El sentimiento de pudor y la dignidad moral de la persona


(Artículo publicado en la Revista Acontecimiento, órgano de expresión del Instituto Emmanuel Mounier)

El pudor no es un sentimiento de moda, no es un valor en alza. Al contrario, existe hoy un cierto gusto morboso por transgredirlo, cualesquiera que sean sus límites culturalmente establecidos. Levantar la voz para defender este sentimiento y la exigencia de respetarlo suscita como mínimo una sonrisa condescendiente y despectiva, si no aspavientos que expresan la imposibilidad de comprender cómo es que “en estos tiempos” hay quienes siguen pensando así. ¿Se deberá esto a que nos hemos por fin liberado de esos prejuicios morales y religiosos atávicos, que nos impiden reconciliarnos pacíficamente con el cuerpo sexuado que somos? O, por el contrario, ¿no será esta ridiculización y desvalorización del pudor un signo más de la profunda crisis moral de nuestro tiempo, una expresión más de la decadencia desbocada de nuestra civilización?

El sentimiento de pudor está directamente relacionado con nuestra dimensión corporal, esto es claro. Por ello conviene especificar mínimamente cómo concebir esta dimensión. Por decirlo brevemente, el hombre no tiene un cuerpo, que puede usar en un sentido o en otro, ni tampoco se reduce a ser un cuerpo; el ser humano es corporal. Con esto ya se está diciendo que su intrínseca corporalidad no agota su ser. En el hombre existen otras dimensiones que se dan unidas a la corporalidad (esto es, a su materialidad orgánica, fisiológica, animada, etc.), pero que no pueden simplemente reducirse a ella: nos referimos a su carácter inteligente y libre, a su autoposesión espiritual, frente a la pura alteración animal. La complejidad humana como espíritu encarnado indica que esta condición suya es, al mismo tiempo, no un mero estado que dota al ser humano con especiales y refinados instrumentos de supervivencia (como pretenden todos los naturalismos reduccionistas), sino una tarea de autorrealización que le obliga a dotarse individual y colectivamente de una segunda naturaleza, de un ethos, que remedie la insuficiencia radical con que la madre naturaleza le ha arrojado a la existencia. Esa tarea de autorrealización explica la irreductible condición moral y cultural del hombre. El hombre tiene que hacerse a sí mismo, cultivarse (cultivando la tierra –técnica–, cultivándose a sí mismo –ética–, y dando culto al fundamento del ser y del bien –religión–), para poder llegar a ser plenamente el que es. Y, puesto que esa tarea puede malograrse, su realización significa posesionarse de un cierto bien.

Pero cabe preguntarse si no será todo lo dicho una mistificación, que pretende ver en la mera complejidad de los mecanismos evolutivos las huellas de un espíritu y de una dimensión moral que, de hecho, no existen en absoluto. ¿No tendrá razón el naturalismo, injustamente calificado de reduccionista, cuando somos nosotros los que agrandamos indebidamente y con palabras grandilocuentes lo que no trasciende de hecho los límites de la biología?

Precisamente en este punto puede prestarnos un gran servicio la consideración de la verdadera naturaleza del pudor. En esta consideración se apoya el padre de la filosofía rusa, Vladimir Soloviov, para poner de relieve el irreductible carácter moral del hombre. Confieso que cuando trabé contacto por vez primera con su pensamiento, me produjo cierta perplejidad el que atribuyera tanta importancia a un sentimiento que, pese a reconocer su sentido, siempre me había parecido secundario y derivado. Sólo la lectura reposada de su obra principal[2] me ha convencido de que la importancia atribuida por Soloviov al pudor responde a eso que él llama los “datos primarios de la moralidad”. ¿En qué consiste en verdad el pudor?

Siguiendo a esta autor,[3] afirmamos, en primer lugar, que el sentimiento de pudor es exclusivo de los seres humanos: los animales, incluso los más evolucionados, carecen por completo de él; pero está siempre presente en todas las razas y pueblos humanos, incluso en las formas más rudimentarias (como un simple cinturón que cubre los órganos genitales) allí donde el clima y la simplicidad de la vida no requieren el uso del vestido. En segundo lugar, el sentimiento de pudor consiste en que el ser humano se avergüenza y, por eso, oculta el acto sexual que, no sólo satisface su propia inclinación, sino que además es útil y necesario para la conservación de la especie.

Por el hecho mismo de que no exista rastro de pudor en los animales, ciertos pensadores naturalistas tratan de negar su carácter exclusiva y específicamente humano, y se esfuerzan en explicar su aparición en el hombre como un mecanismo adaptativo útil en la lucha por la supervivencia, esto es, como una forma compleja del instinto animal de conservación individual o colectiva. Así, mientras que en los animales la función sexual está férreamente regulada por mecanismos que impiden excesos dañinos en su ejercicio, el hombre, a causa de su mayor conciencia individual y de su voluntad, tiene más posibilidades de cometer abusos peligrosos para la autoconservación, y por ello, contra ellos, desarrolla sobre la base universal de la selección natural un contrapeso útil: el sentimiento de pudor.

Este razonamiento (y otros que pudieran aducirse de parecida matriz) es sólo una apariencia de razonamiento que no resiste la crítica. En primer lugar, si contra los abusos perniciosos para la especie resulta impotente el más poderoso y fundamental instinto de supervivencia, ¿de dónde sacará fuerzas el nuevo y secundario “instinto” de pudor? Esto es, desde el punto de vista utilitario y material, este presunto instinto se revela perfectamente inútil. Además, en segundo lugar, el sentimiento de pudor se manifiesta con fuerza precisamente antes de iniciar las relaciones sexuales, habla con claridad virginibus puerisque, por lo que si tuviera una acción práctica directa imposibilitaría, no determinados abusos, sino el acto sexual en sí mismo considerado, por lo que tendría un significado directamente pernicioso tanto para el individuo como para la especie. “Pero, si de hecho, el pudor no tiene aplicación práctica incluso cuando más alto habla, entonces ¿qué efecto ulterior cabe esperar de él? Cuando aparece el pudor todavía no se puede hablar de abusos y cuando aparecen los abusos ya no hay nada de qué hablar sobre del pudor. El hombre normal está sin esto suficientemente protegido de los excesos dañinos por medio del simple sentimiento de la necesidad satisfecha y el hombre anormal o corrompido por los instintos es el que menos se distingue en cuanto a pudor. Así que, en general, desde el punto de vista utilitario allí donde el pudor podría ser útil, no existe, y allí donde existe, no es necesario.”[4]

El hecho de avergonzarse no afecta a la materialidad corporal como tal (el hecho de la extensión, el peso, etc.), ni tampoco a aquellas partes de nuestra corporalidad que expresan nuestra naturaleza racional (como la cabeza, el rostro y las manos), sino a las funciones orgánicas que más nos asemejan con los demás animales, de manera especial, el ejercicio de la sexualidad, y no porque se la considere algo en sí perverso, sino porque el hombre, tomando distancia de su naturaleza animal, expresa que no se identifica (totalmente) con ella, que él es más que ella: al avergonzarse de su animalidad con ello mismo está mostrando que no es sólo animal. El pudor muestra, tanto o más que el habla, la presencia del espíritu en la naturaleza material orgánica del hombre. Por consiguiente, el pudor no aparece para preservar de abusos la función sexual, sino a causa del mero descubrimiento de la misma, por lo que no protege ningún género de bienestar del individuo o de la especie, sino que testimonia (y protege) su dignidad humana superior. La sexualidad, como manifestación máxima de la vida material orgánica al servicio de la especie, suscita una reacción del principio espiritual que no niega ni condena a aquella, sino que sirve de advertencia de que el hombre no puede ser un mero instrumento pasivo de los fines vitales, de que ha de preservar su dignidad y no supeditarla a la naturaleza inferior.

Es digna de mención la confluencia en la forma de entender el pudor del filósofo ruso con otros pensadores, que comparten con él, no obstante, la orientación personalista. Mencionamos, a título de ejemplo, a M. Scheler y E. Mounier. Scheler, en su ensayo de 1913, “Sobre la vergüenza y el pudor”,[5] afirma que el pudor es propio del ser que no es ni animal ni divino, sino que habita entre dos mundos; por ello, el hombre necesita no sólo de la luz objetivante, sino también de la oscuridad que le permite echar raíces hacia dentro y que impide que se lo reduzca a objeto. Según Scheler, el fenómeno del pudor se hace especialmente patente cuando se viola la esfera personal de alguien, que es, así, reducido a mero objeto. Así pues, el fenómeno del pudor tiene relación directa con esa esfera inviolable propia de la persona finita. Por eso, en el ámbito de la existencia personal, que es lo mismo que decir espiritual, el criterio (cartesiano, objetivante) de evidencia es inadecuado e improcedente. La persona y su esfera de intimidad espiritual no pueden ser puestos en evidencia (la misma expresión española es suficientemente expresiva y tiene un claro matiz negativo), y el pudor es precisamente la defensa de su dimensión personal, que prohíbe que se la haga completamente accesible y utilizable. Mounier, que cita además a Kierkegaard, Jaspers y también a Soloviov, se expresa en parecidos términos: “Se encuentra, a menudo, en los pensadores de inspiración personalista el tema del pudor. El pudor es el sentimiento que tiene la persona de no agotarse en sus expresiones y de estar amenazada en su ser por quien tome su existencia manifiesta por su existencia total. El pudor físico no significa que el cuerpo sea impuro, sino que yo soy infinitamente más que este cuerpo mirado o tomado. El pudor de los sentimientos significa que cado uno de ellos me limita y traiciona. Uno y otro expresan que no soy juguete de la naturaleza, ni del otro. No estoy avergonzado de ser esta desnudez o este personaje, sino de parecer que no soy más que esto. Lo contrario del pudor es la vulgaridad, el consentimiento en ser únicamente lo que ofrece la apariencia inmediata a exponerse a la mirada pública.”[6]

Volviendo a Soloviov, éste afirma que esta relación, en principio negativa con la naturaleza animal, que tiende a dominar el ser completo del hombre, es, no obstante, el principio de una liberación positiva: la afirmación de la propia dignidad, la no resignación a llevar una vida meramente animal. Y este afirmación de la dignidad moral, presente de manera semiinconsciente en el sentimiento de pudor, se eleva, por la acción de la razón, al principio moral del ascetismo.[7] Esta norma no significa la negación de la dimensión carnal, sino la exigencia de que la carne no domine al espíritu, y de que, al revés, aquella sea dominada por éste. Así, el espíritu humano, dada su inexcusable condición encarnada, no ha de negar la carne, sino realizarse en ella. Ello supone la espiritualización de la materialidad carnal, esto es, su personalización. Algo que se ve claramente en la sexualidad misma, que adecuadamente integrada en el ámbito moral y espiritual, se convierte en la expresión de un verdadero encuentro interpersonal y exclusivo entre los esposos, siempre en el ámbito pudoroso de la intimidad, y, desde la altura de la perspectiva cristiana, en un sacramento de la presencia de Dios en el mundo.

La importancia del pudor y del principio ascético para la vida moral no deben hacer pensar que ésta se agota en ellos. La condición primera de la moralidad no debe convertirse en el fin último, pues la fortaleza del autodominio ascético puede traducirse en una mala voluntad egoísta, orgullosa o cruel. Los datos originarios de la moralidad ponen en el hombre, junto al sentimiento de pudor, el de compasión dirigido a los seres semejantes a él, y el de veneración, referido a la realidad superior a él. Estos sentimientos, de nuevo por la mediación racional, dan lugar respectivamente a los principios morales de la justicia y de la obediencia. El primero regula las relaciones interhumanas, el segundo abre el ámbito de la religión, que arrancando de la experiencia de los propios padres (sentidos como fuerza superior, benéfica y providente), se va ampliando después a los antepasados, hasta lograr su plenitud en la conciencia de un Dios trascendente creador y Padre de todos los hombres.

Estos sentimientos y sus correspondientes principios están íntimamente relacionados entre sí. Así, en lo que hace a la justicia, las lenguas antiguas expresan la idea de la conciencia moral en general con el término “vergüenza”. Realmente, nuestra experiencia nos enseña que, cuando actuamos injustamente porque el sentimiento moral de compasión y las exigencias de justicia y solidaridad no aparecieron en el momento de la acción, es frecuente que después nos dolamos de haber actuado así, y nos avergoncemos de ello (sin que haya aquí una relación directa con el objeto primario del pudor). Ello indica que el sentimiento de pudor, aunque está inmediatamente relacionado con la corporalidad y la sexualidad, desborda este sentido y afecta a toda la esfera moral, a cualquier trasgresión de la norma moral. Y, respecto del sentimiento religioso de veneración a la realidad superior y absoluta, aquí encontramos el verdadero fundamento religioso de la moralidad, o el principio moral de la religión. Y el punto central es que si esa realidad superior no fuera en sí misma absolutamente valiosa, es decir, el Bien absoluto e incondicional, todo el resto del esfuerzo moral (de someter las pasiones a la razón o, dicho de otra manera, la carne al espíritu; y de ser compasivo y justo con los semejantes), que en la percepción inmediata e intuitiva tiene sentido, carecería absolutamente de él. Esta ausencia total de sentido se daría en el caso de que en vez de un Bien absoluto e incondicional, identificado con el Ser absoluto y autosuficiente, sólo hubiera una materia perfectamente indiferente al dominio del valor, o si el bien que percibimos psicológicamente de hecho fuera sólo una mera proyección subjetiva. Las dos alternativas, por cierto, son entre sí compatibles y suelen ir de la mano en toda suerte de reduccionismos naturalistas. Y lo que se ha dicho del Bien se aplica de manera correspondiente a la dignidad humana que determina su carácter moral. Por esta dignidad el hombre no se reduce a mero caso numérico del género, sino que dice: “no soy género, aunque proceda de él; no soy genus sino genius”. Y no por la presencia en determinado individuo de capacidades excepcionales (que, al final, también se han de comer la tierra), sino por algo presente en cada individuo humano, según lo cual cada uno de ellos tiene sentido y valor por sí mismo.[8] La dignidad del hombre significa que éste no se conforma con ser un mero medio o instrumento del proceso natural, no se conforma con la mala infinitud impersonal del género, sino que aspira a alcanzar él mismo la plenitud de la vida eterna, realizando efectivamente lo que ya acoge idealmente por medio de la apertura infinita de su conciencia. Es claro que alcanzar esa infinitud (la bienaventuranza de que habla la teología cristiana) es posible sólo por medio de la comunión con Dios, es decir, por medio de la gracia.

Vemos, pues, cómo la dignidad propia del ser humano, revelada primariamente por el sentimiento de pudor, encuentra su plena realización y plenitud sólo en el ámbito de la experiencia religiosa (e incluye en sí la relación debida con todos los demás seres humanos y, por medio de ellos, con el conjunto de la creación).

¿Qué podemos decir como corolario de nuestra reflexión sobre el pudor, guiada por el maestro Soloviov? El desprestigio en que este noble sentimiento ha caído en nuestra actual cultura de masas da que pensar. Dejando a un lado todo género de mojigatería moral, no es posible estar de acuerdo con la tendencia hodierna a la transgresión sistemática de las formas sanas y debidas del pudor. No sólo se transgreden continuamente los límites físicos del mismo (en medios de comunicación social, espectáculos, propaganda, formas de vestir “a la moda” y hasta en campañas presuntamente educativas dirigidas por nuestras autoridades políticas), sino que se hace continuamente alarde de impudicia psicológica y espiritual, por ejemplo, en programas de gran éxito de audiencia, en los que personajillos de escasa catadura moral pero con buena presencia y mejor cuenta corriente exhiben todo tipo de miserias emocionales. Este culto por la transgresión del pudor corre paralelo a los ataques crecientes a las creencias religiosas, especialmente las ligadas al cristianismo y a su expresión eclesial. Se están minando de manera sistemática los cimientos, no ya del pudor y de la religión, sino de la dignidad humana. Y removidos estos cimientos, la retórica solidarista que todavía se escucha tiene el peligro de reducirse a un sentimentalismo aderezado de moralina, en vez de ser una voluntad eficaz, dispuesta a renunciar al propio bienestar, por mejorar las condiciones de vida de los más desfavorecidos; a un lenitivo para adormecer y tranquilizar lo que nos queda de conciencia moral. Esos ataques a los sentimientos de pudor y a la fe religiosa, al desnudarnos de nuestra dignidad personal, nos dejan desarmados frente a las posibilidades crecientes de manipulación, frente a toda forma de ingeniería social, que pretende reducirnos a una masa moldeable, que, eso sí, se siente muy satisfecha de ser tan crítica, tan progre, tan liberada de “viejos atavismos morales y religiosos”.

En mi modesta opinión, toda la perniciosa y antipersonalista ideología de género, oficialmente adoptada por la Unión Europea y que nos están haciendo ingerir a grandes tragos (empezando por ese lenguaje tan políticamente correcto como afectado y cursi, y terminando por todo un universo de pseudo valores y supuestos “nuevos derechos” que van desde el aborto hasta la eutanasia, pasando por las pretendidas “opciones sexuales”), no es sino la expresión avasalladora de esta voluntad de manipulación a gran escala. Ante ella, es preciso hoy invocar, defender y reivindicar valores tradicionales y, a la vez, fundamento de un verdadero progreso, como el pudor y el sentido de la ascética, el matrimonio y la familia, la educación exigente, la solidaridad basada en el autosacrificio y la capacidad de dar la vida, la fe cristiana y la pertenencia eclesial; valores que, por mucho desprestigio social que puedan atraerse, son hoy una verdadera profecía de la irreductible dignidad humana, una forma de ir contracorriente y de denunciar y resistir a los nuevos bárbaros que ya se han instalado en el poder.


[2] Me refiero a La justificación del Bien, (1899). La traducción española de esta obra verá la luz en 2011, publicada por Ediciones Sígueme (Salamanca).

[3] Cf. V. Soloviov, La justificación del Bien, cap. 1. I y II.

[4] Ibíd., cap. 1. II.

[5] M. Scheler, Über Scham und Schamgefühl, en Gesammelte Werke, vol. 10. Schriften aus dem Nachlaß. Band I: Zur Ethik und Erkenntnislehre, Bou­vier Verlag Herbert Grundmann, Bonn 1986, 3.ª ed., pp. 65-154. Cf. G. Cusinato, Scheler. Il Dio in divenire, Ed. Messaggero, Padova, 2002, pp. 77-79.

[6] E. Mounier, El personalismo, en Obras completas, vol. III, Ed. Sígueme, Salamanca, 1990, p. 487.

[7] No podemos extendernos aquí en este punto, pero es interesante indicar la sintonía con el modo scheleriano de entender el ascetismo, como el máximo de goce con un mínimo de cosas agradables y útiles; mientras que en la sociedad de consumo se impone el estúpido ideal de un mínimo de goce con un máximo de cosas agradables y útiles. Cf. M. Scheler, El resentimiento en la moral, Caparrós, Madrid, 1998, 2.ª ed., pp. 123 y sigs.

[8] Cf. V. Soloviov, op. cit., cap. 7, III y IV. En latín “Genius” es la divinidad particular de cada hombre, que nacía y moría con él. En el sentido en que lo usa Soloviov se puede traducir sencillamente por “espíritu”.

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Una respuesta to “El sentimiento de pudor y la dignidad moral de la persona”

  1. Amfortas Says:

    Muy buen artículo, padre.

    P.D.-

    Estuve haciendo una búsqueda y me confundí poniendo este comentario en otro post:

    http://josemvegas.wordpress.com/2010/09/10/el-arrepentimiento-de-dios/#comment-59

    Puede borrarlo allí, si quiere.

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