Cuarto domingo de Cuaresma (A)

marzo 26, 2017


Lectura del primer libro de Samuel 16, 1b. 6-7. 10-13a David es ungido rey de Israel

En aquellos días, el Señor dijo a Samuel: «Llena la cuerna de aceite y vete, por encargo mío, a Jesé, el de Belén, porque entre sus hijos me he elegido un rey.» Cuando llegó, vio a Eliab y pensó: «Seguro, el Señor tiene delante a su ungido.» Pero el Señor le dijo: «No te fijes en las apariencias ni en su buena estatura. Lo rechazo. Porque Dios no ve como los hombres, que ven la apariencia; e Señor ve el corazón.» Jesé hizo pasar a siete hijos suyos ante Samuel; y Samuel le dijo «Tampoco a éstos los ha elegido el Señor.» Luego preguntó a Jesé: «¿Se acabaron los muchachos?» Jesé respondió: «Queda el pequeño, que precisamente está cuidando las ovejas.» Samuel dijo: «Manda por él, que no nos sentaremos a la mesa mientras no llegue.» Jesé mandó a por él y lo hizo entrar: era de buen color, de hermosos ojos y buen tipo. Entonces el Señor dijo a Samuel: «Anda, úngelo, porque es éste.» Samuel tomó la cuerna de aceite y lo ungió en medio de sus hermanos. En aquel momento, invadió a David el espíritu del Señor, y estuvo con él en adelante.

Sal 22, 1-3a. 3b-4. 5. 6 R. El Señor es mi pastor, nada me falta.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios 5, 8-14 Levántate de entre los muertos, y Cristo será lo luz

Hermanos:
En otro tiempo erais tinieblas, ahora sois luz en el Señor. Caminad como hijos de la luz -toda bondad, justicia y verdad son fruto de la luz-, buscando lo que agrada al Señor, sin tomar parte en las obras estériles de las tinieblas, sino más bien denunciadlas. Pues hasta da vergüenza mencionar las cosas que ellos hacen a escondidas. Pero la luz, denunciándolas, las pone al descubierto, y todo lo descubierto es luz. Por eso dice: «Despierta, tú que duermes, levántate de entre los muertos, y Cristo será tu luz.»

 

Lectura del santo evangelio según san Juan 9, 1. 6-9. 13-17. 34-38 Fue, se lavó, y volvió con vista 

En aquel tiempo, al pasar Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento. Y sus discípulos le preguntaron: «Maestro, ¿quién pecó, éste o sus padres, para que naciera ciego?» Jesús contestó: «Ni éste pecó ni sus padres, sino para que se manifiesten en él las obras de Dios. Mientras es de día, tenemos que hacer las obras del que me ha enviado; viene la noche, y nadie podrá hacerlas. Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo.» Dicho esto, escupió en tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego y le dijo: «Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado.” Él fue, se lavó, y volvió con vista. Y los vecinos y los que antes solían verlo pedir limosna preguntaban: «¿No es ése el que se sentaba a pedir?» Unos decían: «El mismo.» Otros decían: «No es él, pero se le parece.» Él respondía: «Soy yo.»

Y le preguntaban: «¿Y cómo se te han abierto los ojos?» Él contestó: «Ese hombre que se llama Jesús hizo barro, me lo untó en los ojos y me dijo que fuese a Siloé y que me lavase. Entonces fui, me lavé, y empecé a ver.» Le preguntaron: «¿Dónde está él?» Contestó: «No sé.» Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. Era sábado el día que Jesús hizo barro y le abrió los ojos. También los fariseos le preguntaban cómo había adquirido la vista. Él les contestó: «Me puso barro en los ojos, me lavé, y veo.» Algunos de los fariseos comentaban: «Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado.» Otros replicaban: «¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos?» Y estaban divididos. Y volvieron a preguntarle al ciego: «Y tú, ¿qué dices del que te ha abierto los ojos?» Él contestó: «Que es un profeta.»

Pero los judíos no se creyeron que aquél había sido ciego y había recibido la vista, hasta que llamaron a sus padres y les preguntaron: «¿Es éste vuestro hijo, de quien decís vosotros que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve?» Sus padres contestaron: «Sabemos que éste es nuestro hijo y que nació ciego; pero cómo ve ahora, no lo sabemos nosotros, y quién le ha abierto los ojos, nosotros tampoco lo sabemos. Preguntádselo a él, que es mayor y puede explicarse.» Sus padres respondieron así porque tenían miedo los judíos; porque los judíos ya habían acordado excluir de la sinagoga a quien reconociera a Jesús por Mesías. Por eso sus padres dijeron: «Ya es mayor, preguntádselo a él.» Llamaron por segunda vez al que había sido ciego y le dijeron: «Confiésalo ante Dios: nosotros sabemos que ese hombre es un pecador.» Contestó él: «Si es un pecador, no lo sé; sólo sé que yo era ciego y ahora veo.» Le preguntan de nuevo: «¿Qué te hizo, cómo te abrió los ojos?» Les contestó: «Os lo he dicho ya, y no me habéis hecho caso; ¿para qué queréis oírlo otra vez?; ¿también vosotros queréis haceros discípulos suyos?» Ellos lo llenaron de improperios y le dijeron: «Discípulo de ése lo serás tú; nosotros somos discípulos de Moisés. Nosotros sabemos que a Moisés le habló Dios, pero ése no sabemos de dónde viene.» Replicó él: «Pues eso es lo raro: que vosotros no sabéis de dónde viene y, sin embargo, me ha abierto los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, sino al que es religioso y hace su voluntad. Jamás se oyó decir que nadie le abriera los ojos a un ciego de nacimiento; si éste no viniera de Dios, no tendría ningún poder.» Le replicaron: «Empecatado naciste tú de pies a cabeza, ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros?» Y lo expulsaron. Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo: «¿Crees tú en el Hijo del hombre?» Él contestó: «¿Y quién es, Señor, para que crea en él?» Jesús les dijo: «Lo estás viendo: el que te está hablando, ése es.» Él dijo: «Creo, señor.» Y se postró ante él.

Jesús añadió: «Para un juicio he venido ya a este mundo; para que los que no ve vean, y los que ven queden ciegos.» Los fariseos que estaban con él oyeron esto y le preguntaron: «¿También nosotros estamos ciegos?» Jesús les contestó: «Si estuvierais ciegos, no tendríais pecado, pero como decís que veis, vuestro pecado persiste.»

 

La luz y la oscuridad

 

El texto del evangelio empieza planteando una cuestión peliaguda pero siempre actual. Ante el problema del mal (y la ceguera es uno de esos males físicos que producen un horror especial) surge espontánea la pregunta por su causa. Una forma de explicación es encontrar culpables. En las antiguas culturas se vinculaba espontáneamente cualquier mal o desgracia con algún pecado, incluso desconocido, de la víctima de ese mal o de gentes ligadas con ella (como los padres). La cultura moderna, desde hace varios siglos ha ido invirtiendo el sentido de la responsabilidad, primero vetando a Dios la posibilidad de intervenir en el mundo, ni de modo natural ni sobrenatural (un momento de inflexión muy importante e históricamente localizado fue el terremoto de Lisboa en 1754, que conmovió el ánimo de los ilustrados, y quebró el optimismo que veía en este mundo “el mejor de los posibles”); después tendiendo a imputar a Dios la existencia del mal, o usando el dato del mal para negar la existencia de Dios con un sencillo razonamiento: o Dios quiere acabar con el mal y no puede, y no es todopoderoso; o puede y no quiere, y entonces no es bueno. Benedicto XVI en su encíclica “Spes salvi” dice que el ateísmo contemporáneo es ante todo un ateísmo moral, que protesta ante el problema del mal. El problema, claro, es que si suprimimos a Dios en virtud del mal que, pese a todo, sigue existiendo, nos quedamos sin culpable o, más bien, tenemos que buscar a otro. Probablemente, dado lo relativamente poco inclinados que estamos hoy en día en creer en el Fatum y en diablos, tengamos que dirigir la atención sobre nosotros mismos. No ya, claro, para explicar el mal físico, que tiene causas naturales, sino el mal moral, que depende de nuestra libertad.

Hoy vemos que Jesús no sigue la corriente de su tiempo, que trata de descubrir un culpable de la ceguera, sino que, con su respuesta, nos viene a decir que cualquier mal es ocasión para hacer el bien. Y lo hace. Da la luz al que vive en tinieblas.

Los evangelios siempre juegan con varios planos de significado. Aquí también es así: la ceguera física, una situación de sufrimiento que no exige detectar culpables, sino buscar remedio y alivio, es ocasión para meditar sobre otro tipo de ceguera todavía peor. Bien lo dice el refrán: “no hay peor ciego que el que no quiere ver”. Y es que el mal que procede del corazón humano, el verdadero mal, el que hemos llamado mal moral, nos ciega, nos impide ver con claridad, nos hace vivir en la oscuridad.

La cosa es patente con ocasión de la curación realizada por Jesús, un acto de benévola gratuidad realizado incluso sin que el ciego de nacimiento lo pidiera. Tras la curación, el que era ciego se ha transformado, se ha convertido plenamente en sí mismo, en un ser autónomo y libre, que ve y puede valerse con independencia. Tal es su transformación, que algunos de sus vecinos no lo reconocen. Y empieza la polémica, que es la que pone de relieve la verdadera ceguera, la de los que no quieren ver. Ceguera hacia el hombre que ha sido salvado. Pero, sobre todo, ceguera hacia Jesús. Es impresionante el contraste entre el sencillo gesto de Jesús, meridiano, directo: barro y saliva, una verdadera nueva creación; y el lío que se forma en torno a él. Idas y venidas, interrogatorios repetidos varias veces, acusaciones, amenazas, miedos y exclusiones. Los ciegos que no quieren ver se niegan a reconcer la evidencia del bien realizado de manera gratuita y pública. Por eso preguntan una y otra vez, sin poder aceptar lo que es patente, cegados por sus propios prejuicios, encastillados en la seguridad de su propia justicia, que les impide abrir los ojos a dimensiones nuevas.

Frente a ellos, el ciego que ha abierto los ojos inicia un proceso. Primero se descubre a sí mismo: antes era ciego y ahora veo. “Ve” también que “alguien”, “ese hombre” que se llama Jesús, lo ha curado. No sabe más de él y no sabe siquiera dónde está (no lo ve). Pero ante los interrogatorios insistentes, el hombre, que ha empezado a ver por sí mismo, es capaz de tomar postura con la libertad recién estrenada, sin dejarse achantar por las amenazas y, habiendo empezado a ver claro, hace una primera confesión: “ese hombre no es un pecador”, ¿cómo va a ser un pecador el que ha hecho el bien con un poder que sólo puede venir de Dios?; la conclusión es lógica, y está ya muy cerca de una confesión de fe: “es un profeta”. Finalmente, en otro momento de gracia, Jesús se hace el encontradizo con él y le da una luz todavía más alta y decisiva, una revelación sobre el Hijo del Hombre que provoca la confesión final: “Creo, Señor”.

Cuando buscamos culpables, solemos exigir castigos y correcciones. Jesús, en cambio, no apaga la mecha vacilante, ni destruye primero para construir después, ve el corazón, hace el bien, cura, restablece, nos da su luz para que podamos ser libres.

Al considerar la escena que el Evangelio nos propone hoy comprendemos que, como el ciego de nacimiento, estamos en camino y que si queremos seguir progresando (como personas, como cristianos) tenemos que reconocer que, precisamente por estar en proceso, todavía no somos capaces de verlo todo, que hay todavía mucho que ignoramos y que aún tenemos que descubrir. Es decir, se nos invita aquí a que nuestras certezas no se conviertan en prejuicios, en rigideces que nos paralizan, en obstáculos que nos impiden ver más, sino a hacer de ellas luminarias para el camino.

Se insiste hoy en la fe como proceso, camino e iluminación progresiva. Reconocer nuestras cegueras sobre nosotros mismos, sobre los demás y sobre Dios nos ayuda a pedir la luz de la curación, a ampliar el horizonte de nuestra mirada para descubrirnos mejor a nosotros mismos, para reconocer sin prejuicios el bien allí donde se hace, para mirar a los demás con esperanza, pues de ellos, también en camino, vemos sólo una mínima parte, y para alcanzar su corazón deberíamos mirarlos con los ojos de Dios (que son los ojos del amor); en definitiva, para confesar a Jesús de manera renovada.

Pero se nos recuerda también que esa fe tiene que ser confesada, que implica tomar partido, a favor de Cristo o en su contra. Confesar nuestra fe en Jesús de manera pública, sin miedos y sin complejos no está exento de dificultades y de riesgos. También hoy, como en tiempos de Jesús, se dan amenazas de exclusión para los que creen en Cristo. Es notorio lo que sucede con las personas que viven en ciertos países mulsulmanes, sobre todo con aquellas que, perteneciendo al Islam, se convierten a Cristo. Esto supone el exilio cultural y con frecuencia el riesgo de la propia vida. Pero también entre nosotros existen otras formas de amenaza de exclusión de las “sinagogas” de nuestro tiempo. No es fácil resistir la presión que hoy en día, de manera a veces suave, otras más virulenta, y en nombre de las vigencias (algo así como los credos) del momento trata de expulsar la fe cristiana y a los que la profesan de la vida pública. Como los padres del ciego, podemos tratar de esquivar esa marginación sacudiéndonos toda implicación o responsabilidad: “que le pregunten a él, que ya es mayorcito” dicen aquellos, negándose a reconocer a su propio hijo. Una forma de hacer esto hoy día es recluirse en el ámbito privado, el de las convicciones íntimas: creer sin confesar, sin dar testimonio, renunciando a reflejar la luz que recibimos de Cristo, para evitarnos complicaciones, acomodándonos lo más posible a lo que dicta el ambiente. Pero esa pura privacidad acomodaticia, en realidad, es imposible. Hay que tomar partido, aunque, como en el caso del ciego de hoy, nos echen fuera. Si hemos sido curados de nuestra ceguera, si somos capaces de ver con los ojos de Dios y no juzgar sólo por las apariencias más o menos deslumbrantes, si alcanzamos a ver la presencia de Dios en lo pequeño, como Samuel que tuvo que ungir al menor de los hijos de Jesé, o como el ciego de nacimiento, que supo descubrir al Mesías en el hombre de Nazaret, si vivimos en esta luz, esto no puede no reflejarse en nuestra vida. En primer lugar, en nuestras obras, que tienen que tratar de ser las de los hijos de la luz y que Pablo resume hoy admirablemente: la bondad, la justicia y la verdad; dicho con otras palabras: la benevolencia hacia todos, en vez del odio, la exclusión o la violencia; la equidad, en vez de la búsqueda del propio interés a toda costa; la veracidad y la sinceridad, que no trata de someter la realidad a esos mismos intereses o a los prejuicios de moda. La fe se refleja, en segundo lugar, en nuestro modo de tratar con el mundo que nos rodea: la misma fe ha de ser principio de discernimiento de lo que se puede aceptar y de lo que no. Siempre tenemos la tentación de hacer al revés: acomodar la fe a las modas del momento, a lo que agrada al mundo, en vez de buscar lo que agrada al Señor, aun a costa de renunciar a las vanidades estériles, y de denunciar lo que es inadmisible y vergonzoso, por más predicamento que pueda tener. Renunciar y denunciar son sólo la cruz de la cara positiva: anunciar, confesar y testimoniar nuestra fe, esto es, vivir reflejando la luz que Cristo ha venido a traernos y con la que nos está curando.

Segundo domingo de Cuaresma (A) La transfiguración

marzo 11, 2017

PRIMERA LECTURA

Lectura del libro del Génesis 12, 1-4a Vocación de Abraham, padre de] pueblo de Dios

En aquellos días, el Señor dijo a Abran: -“Sal de tu tierra y de la casa de tu padre, hacia la tierra que te mostraré. Haré de ti un gran pueblo, te bendeciré, haré famoso tu nombre, y será una bendición. Bendeciré a los que te bendigan, maldeciré a los que te maldigan. Con tu nombre se bendecirán todas las familias del mundo.” Abran marchó, como le había dicho el Señor.

Sal 32, 4-5. 18-19. 20 y 22 R. Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti.

SEGUNDA LECTURA

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a Timoteo 1,8b-10 Dios nos llama y nos ilumina

Querido hermano: Toma parte en los duros trabajos del Evangelio, según la fuerza de Dios. Él nos salvó y nos llamó a una vida santa, no por nuestros méritos, sino porque, desde tiempo inmemorial, Dios dispuso darnos su gracia, por medio de Jesucristo; y ahora, esa gracia se ha manifestado al aparecer nuestro Salvador Jesucristo, que destruyó la muerte y sacó a la luz la vida inmortal, por medio del Evangelio.

EVANGELIO

Lectura del santo evangelio según san Mateo 17, 1-9 Su rostro resplandecía como el sol

En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los llevó aparte a una montaña alta. Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Y se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él. Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús: -“Señor, ¡qué bien se está aquí! Sí quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.” Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra, y una voz desde la nube decía: -“Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo.” Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto. Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo: -“Levantaos, no temáis.” Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo. Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó: -“No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos.”

 

Digno de crédito

 

En mitad del camino a Jerusalén, es decir, camino de su Pasión, Jesús protagoniza un episodio realmente inaudito: sube a la montaña con tres de sus discípulos, Pedro, Santiago y Juan, y se transfigura ante ellos. Un momento luminoso, en el que todo se ve claro, y en el que uno (como lo expresan las palabras de Pedro) quisiera permanecer para siempre. Posiblemente todos hemos tenido en nuestra vida estos momentos de luz: en nuestras relaciones, en nuestro trabajo, también en nuestra fe. También nosotros hubiéramos querido hacer una tienda para permanecer para siempre en esa situación de claridad y de luz. Pero estos instantes de luz deben servir para resistir en los momentos de dificultad, que siempre se dan en la vida, en todos esos ámbitos (relaciones, profesión, fe, etc.). También en la experiencia de Jesús y de sus discípulos encontramos esta dinámica, tan humana y, por eso, tan propia de la vida cristiana, de la fe en el Dios humano, en el Dios encarnado. La montaña es lugar de manifestación de Dios. Como lo fue el Sinaí, y hoy lo es el Tabor, mañana será el “monte de la calavera”, el Gólgota. No todas las manifestaciones de Dios son igualmente fáciles de aceptar. Pero los momentos de luz se nos dan, precisamente, para permanecer fieles cuando las cosas se ponen feas.

Hoy se nos ofrece este episodio enmarcado en otros dos textos aparentemente desconectados de él: la llamada de Dios a Abraham y la exhortación de Pablo a su discípulo Timoteo.

La palabra dirigida a Abraham, “sal de tu tierra”, es un arquetipo de la experiencia religiosa. Lejos de ser ésta, como se dice a veces, un refugio y una huida, resulta ser un desafío, una llamada a dejar seguridades (la patria, la casa paterna, el lugar conocido) y emprender un camino abierto, inseguro, incierto. No sabemos qué imágenes o representaciones religiosas tenía el arameo errante, Abram, pero sabemos que se fió de un Dios para él nuevo (no ligado a la tribu o la nación), que le dirigió su palabra inesperadamente, invitándole a adentrarse en lo desconocido, fiado sólo de esa palabra, que prometía cosas inverosímiles, fecundidades humanamente imposibles. Ese nuevo Dios fue para él digno de crédito. Y esa fe abierta a lo nuevo, a lo aparentemente imposible, engendró todo un pueblo para el que Dios desplegó su poder y su voluntad salvífica, que se resume en la ley y los profetas.

Pues bien, el crédito de la Palabra de Dios se traslada ahora íntegro a Jesús. El que en el desierto venció la tentación para vivir “de toda palabra que sale de la boca de Dios” y adorarle sólo a Él, sin inclinarse ante el mal que se le ofrecía atractivo y lisonjero, ése es ahora, y por eso mismo, digno de crédito. En efecto, Jesús resume y lleva a perfección la ley y los profetas (Moisés y Elías), toda la revelación que Dios ha dirigido al hombre por medio de Israel. Por eso, Dios mismo nos confía su Palabra definitiva en Jesucristo: “Escuchadle”. Como Abraham se fío de Dios en los orígenes de la revelación, ahora nosotros, todos, hijos de Abraham por la fe, podemos fiarnos de esta Palabra encarnada que lleva aquella revelación a su plenitud.

Fe, crédito y confianza que harán falta en el momento de la dificultad. Y es que el destino de Jesús no es un camino fácil ni triunfal. Como Abraham, también Jesús hace un camino incierto fiado de una promesa, de una elección: “Tú eres mi hijo amado”, que ahora se repite en el Tabor. La subida al monte de la Transfiguración se produce de camino a Jerusalén, donde, como ya hemos dicho, Jesús deberá subir a otro monte y ser glorificado de otra manera. “No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos”; esta última frase del Evangelio que hemos escuchado nos da la clave de comprensión de esta experiencia extraordinaria. Toda ella se realiza mirando al misterio Pascual: la muerte y resurrección, que es el objeto de la conversación de Jesús con Moisés y Elías (la Ley y los Profetas): pues la Ley y los Profetas en realidad sólo hablan de Jesús, el Mesías. La Transfiguración, en la que todo el Antiguo Testamento ilumina con su luz el misterio de Cristo, es un anticipo de la luz de la Resurrección, pero sólo un anticipo. Para llegar a la plenitud de esa luz habrá que pasar primero por la prueba de la Cruz, por la oscuridad de la muerte.

La Cruz de Cristo es una realidad que se prolonga en la historia de muchas maneras: en “los pequeños hermanos de Jesús, que pasan hambre y sed” (cf. Mt 25, 40), en los sufrimientos de los creyentes, que “completan en la propia carne lo que falta a los padecimientos de Cristo” (cf. Col 1,24) y además, como dice hoy la carta a Timoteo, “tomando parte en los duros trabajos del Evangelio”: anunciar el evangelio y dar testimonio de Cristo, algo que compete a todos los creyentes, no es sólo propagar una doctrina, sino participar activamente en el modo de vida de Jesús y, en consecuencia, también en su destino. Por eso, también nosotros, cualesquiera que sean las dificultades que experimentamos en esta vida, estamos llamados a participar de la luz de Cristo transfigurado y a recibir fuerzas de esa luz. Hemos contemplado a Jesús transfigurado para que, como Pedro, Santiago y Juan, como todos los discípulos, podamos ser fieles a los momentos de luz cuando llegue la oscuridad.

Pero, podemos preguntarnos, ¿cómo podemos nosotros subir a la montaña y contemplar esta luz? Si queremos ser iluminados, tenemos que acoger y cumplir lo que la voz que se oyó en aquel monte nos dice: “Escuchadle”. En la escucha de la Palabra, de Cristo mismo, que lleva a plenitud la Ley y los Profetas, nos dejamos iluminar por dentro para, cuando llegue la prueba, podamos mantenernos fieles y confirmar a nuestros hermanos.

Domingo de la primera semana de Cuaresma (A)

marzo 5, 2017

Lectura del libro del Génesis 2, 7-9; 3, 1-7 Creación y pecado de los primeros padres

El Señor Dios modeló al hombre de arcilla del suelo, sopló en su nariz un aliento de vida, y el hombre se convirtió en ser vivo. El Señor Dios plantó un jardín en Edén, hacia oriente, y colocó en él al hombre que había modelado. El Señor Dios hizo brotar del suelo toda clase de árboles hermosos de ver y buenos de comer; además, el árbol de la vida, en mitad del jardín, y el árbol del conocimiento del bien y el mal. La serpiente era el más astuto de los animales del campo que el Señor Dios había hecho. Y dijo a la mujer: -«¿Cómo es que os ha dicho Dios que no comáis de ningún árbol del jardín?» La mujer respondió a la serpiente: -«Podemos comer los frutos de los árboles del jardín; solamente del fruto del árbol que está en mitad del jardín nos ha dicho Dios: “No comáis de él ni lo toquéis, bajo pena de muerte.”» La serpiente replicó a la mujer: -«No moriréis. Bien sabe Dios que cuando comáis de él se os abrirán los ojos y seréis como Dios en el conocimiento del bien y el mal. » La mujer vio que el árbol era apetitoso, atrayente y deseable, porque daba inteligencia; tomó del fruto, comió y ofreció a su marido, el cual comió. Entonces se les abrieron los ojos a los dos y se dieron cuenta de que estaban desnudos; entrelazaron hojas de higuera y se las ciñeron.

Sal 50, 3-4. 5-6a. 12-13. 14 y 17 R. Misericordia, Señor: hemos pecado.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 5, 12-19 Si creció el pecado, más abundante fue la gracia

Hermanos: Lo mismo que por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y así la muerte pasó a todos los hombres, porque todos pecaron. Porque, aunque antes de la Ley había pecado en el mundo, el pecado no se imputaba porque no había Ley. A pesar de eso, la muerte reinó desde Adán hasta Moisés, incluso sobre los que no habían pecado con una transgresión como la de Adán, que era figura del que habla de venir. Sin embargo, no hay proporción entre el delito y el don: si por la transgresión de uno murieron todos, mucho más, la gracia otorgada por Dios, el don de la gracia que correspondía a un solo hombre, Jesucristo, sobró para la multitud. Y tampoco hay proporción entre la gracia que Dios concede y las consecuencias del pecado de uno: el proceso, a partir de un solo delito, acabó en sentencia condenatoria, mientras la gracia, a partir de una multitud de delitos, acaba en sentencia absolutoria. Por el delito de un solo hombre comenzó el reinado de la muerte, por culpa de uno solo. Cuanto más ahora, por un solo hombre, Jesucristo, vivirán y reinarán todos los que han recibido un derroche de gracia y el don de la justificación. En resumen: si el delito de uno trajo la condena a todos, también la justicia de uno traerá la justificación y la vida. Si por la desobediencia de uno todos se convirtieron en pecadores, así por la obediencia de uno todos se convertirán en justos.

Lectura del santo evangelio según san Mateo 4, 1-11 Jesús ayuna cuarenta días y es tentado

En aquel tiempo, Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo. Y después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, al fin sintió hambre. El tentador se le acercó y le dijo: -«Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes.» Pero él le contestó, diciendo: -«Está escrito: “No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.”» Entonces el diablo lo lleva a la ciudad santa, lo pone en el alero del templo y le dice: -«Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: “Encargará a los ángeles que cuiden de ti, y te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con las piedras.”» Jesús le dijo: -«También está escrito: “No tentarás al Señor, tu Dios.”» Después el diablo lo lleva a una montaña altísima y, mostrándole los reinos del mundo y su gloria, le dijo: -«Todo esto te daré, si te postras y me adoras.» Entonces le dijo Jesús: -«Vete, Satanás, porque está escrito: “Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto.”» Entonces lo dejó el diablo, y se acercaron los ángeles y le servían.

 

Las tentaciones de Jesús y las nuestras

 

Hemos comenzado el tiempo de Cuaresma hace tres días, mediante el rito de purificación y penitencia de la ceniza, y haciéndonos propósitos relativos al ayuno, la limosna y la oración; es decir, con el propósito de mejorar nuestras relaciones con nosotros mismos, con los demás y con Dios. Pero, al hacerlo, descubrimos casi inmediatamente nuestra debilidad, que se manifiesta especialmente en la tentación. Por eso, la Palabra de Dios nos invita a reflexionar en este primer domingo de Cuaresma sobre esta realidad tan humana, y que, por eso, también experimenta Cristo.

1458135629_098388_1458135694_noticia_normalEl relato del Génesis nos ilumina sobre la esencia de la tentación y del pecado. El paraíso es el mundo (un mundo sin pecado sería ciertamente un paraíso), el centro del paraíso es el hombre, cumbre de la creación a quien Dios le confía su obra. En ese centro está “el árbol prohibido”. ¿Qué árbol es éste, el único del que le está prohibido comer al hombre? ¿Ha de entenderse como una prueba que Dios pone a la fidelidad del hombre? Pero, ¿no sería esto un gesto de desconfianza? O, lo que es peor, una trampa. Porque, si lo pensamos bien, ¿qué tiene de malo comer de un árbol, por muy en el centro que esté? ¿Y si en vez de comer de un árbol hubiera prohibido atravesar una raya? Pero no debemos entender los mandatos de Dios de manera tan arbitraria. No olvidemos que se trata del árbol del conocimiento del bien y del mal: una realidad viva, que da frutos y se encuentra en el centro del jardín es la conciencia moral. El ser humano tiene conciencia, distingue de manera espontánea y más o menos clara el bien del mal. Que no puede comer los frutos significa que no puede disponer del orden moral a su antojo, ni puede cambiar arbitrariamente su significado. No puede decidir, por ejemplo, que “mentir para él sea bueno, de manera que mintiendo se haga bueno”. Podrá mentir el hombre por motivos cualesquiera, pero no puede hacer de la mendacidad una virtud.

El relato habla también del tentador, la astuta serpiente: la tentación no viene de Dios, sino de una realidad creada: el diablo, por la vía del inconsciente, o la imaginación, o el entorno… El ser humano percibe una incitación a transgredir el orden moral, a disponer de él a su antojo, a “ser como dios”, haciendo que sea en sí bueno lo que sólo le viene bien. Hay en esto un elemento de debilidad: no somos perfectos, debemos perfeccionarnos, sometiendo nuestras inclinaciones a las exigencias más nobles. Se trataría de una especie de tentación natural. Pero, además, a veces se produce en la tentación un engaño, que pretende que lo que es malo sea bueno, y, lo que es peor, que nosotros tenemos el poder para cambiar el significado del bien del mal a nuestro antojo, convirtiéndonos en unos pequeños dioses, dotados de la capacidad de crear. Esta tentación más radical, ligada con la soberbia, es cosa del diablo, el tentador y el padre de la mentira (cf. Jn 8, 44).

De hecho, en este engaño siempre se percibe un cierto bien. El tentador no nos dice que hagamos lo que está mal, sino que astutamente nos lo pinta como algo bueno: el árbol era “apetitoso, atrayente y deseable, porque daba inteligencia” (saber, poder, placer…). ¿Qué hay de malo en todo eso?, podemos preguntarnos. En esas cosas, como tales, no hay nada malo. El mal está en elegirlos a costa de otros bienes más elevados. A veces, “lo que nos viene bien” puede conllevar una transgresión de lo que es en sí bueno. Convendremos en que no se debe obtener placer a costa de la dignidad de una persona (por ejemplo, humillándola). No es legítimo obtener bienes relativos (en sí, tal vez, legítimos: placer, dinero, prestigio, poder…) a costa de valores absolutos, como la verdad, la fidelidad, la justicia, los derechos o los méritos de otros. Todos los juicios morales que hacemos a diario en un sentido o en otro suponen implícitamente esta conexión. Por eso, en la tentación siempre hay un elemento de mentira o engaño: “¿Cómo es que os ha dicho Dios que no comáis de ningún árbol del jardín?”, que hoy se traduce fácilmente, por ejemplo, diciendo que “la Iglesia lo único que hace es prohibirlo todo” y cosas por el estilo.

El tentador no es la causa del pecado, ya que la tentación no es el pecado. Este depende de nuestra libre voluntad. Se peca sólo cuando damos nuestro consentimiento libre (si no hubiera libertad, no habría pecado). Nuestra cultura, siguiendo a Rousseau, se empeña en echarle las culpas del mal a otros (la civilización, la economía, el ambiente, la biología, y así un largo etc., pero nunca yo: a mí que me registren). Cierto es que existen factores que atenúan o acentúan la responsabilidad. Pero lo que no se puede hacer es vaciar por completo la libertad humana cuando se trata de la culpa, mientras que, cuando se trata de la diversión y de nuestra “real gana”, se eleva esa misma libertad a instancia suprema. Podemos definir el pecado como la elección de la libertad, al tiempo que se rechaza la responsabilidad: hago lo que me da la gana, pero yo no respondo, de modo que culpables, si algo no va, siempre serán otros. La revelación bíblica y el cristianismo afirman la libertad humana, pero como libertad responsable (que es lo que es).

La historia que nos relata el Génesis hoy es real como la vida misma, es un verdadero arquetipo de la existencia humana de todos los tiempos.

De la responsabilidad nos habla Pablo. Subrayamos de su texto sólo un aspecto: cuando hacemos el bien o el mal, no se queda la cosa en el ámbito exclusivo de mi privacidad, sino que repercute (para bien o para mal) en todos los demás. En este sentido, todo pecado es “original”, porque se convierte en el punto de partida de una cadena, que va emitiendo sus ondas nocivas a su alrededor. Adán y Eva son el varón y la mujer, el hombre, cada uno de nosotros. Pero, igualmente y con mayor motivo, el bien que hacemos aumenta el caudal de bien de la humanidad y de la historia. Como vemos la responsabilidad asoma de nuevo. Al hacer el bien, el ser humano se cristifica, lo sepa o no, pues responde a la inspiración del Espíritu del Amor que sopla donde quiere y por todas partes. Pero esta verdad se ha hecho carne en Jesucristo, de modo que podemos unirnos al poder benéfico y redentor del que se sometió a la tentación para vencer el pecado desde dentro.

Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu, empieza hoy el Evangelio. Sucede después del Bautismo en el Jordán. Allí Jesús escuchó la voz imagesque le llamaba “mi hijo amado, el elegido”. ¿Por qué precisamente después se va Jesús al desierto llevado por el Espíritu? ¿Es que no fue suficiente con la experiencia del Jordán? Esta secuencia expresa una ley de vida, especialmente en la experiencia religiosa: Dios nos elige gratuitamente, pero nosotros debemos responder eligiéndolo a Él, y esta respuesta debe superar enormes dificultades y tentaciones, es una verdadera lucha, un camino por el desierto. En Jesús, hijo de Dios, pero hombre en sentido pleno, también es así. Por ello, estas tentaciones no son sólo experiencias puntuales que Jesús sintió una vez y superó para siempre, sino que son las tentaciones permanentes de todo su ministerio, que son además las tentaciones básicas o axiales a las que estamos sometidos todos los seres humanos.

Que las piedras se conviertan en pan es la tentación ligada a nuestras necesidades y a nuestra debilidad, la de usar del poder de que disponemos (y todos disponemos de alguno: responsabilidad, capacidad de decisión, conocimientos, etc.) en propio beneficio y no para aquello que se nos ha concedido. El tentador dice: “Si eres el Hijo de Dios…” La tentación a veces nos quiere convencer halagándonos: oye, que eres el director, para algo te han dado la responsabilidad, además tú tienes también tus necesidades, el que parte y reparte se lleva la mejor parte… Pero las piedras no son pan y yo no tengo derecho a cambiar las cosas simplemente en beneficio propio. Un ejemplo claro es la “mordida”, el policía, o el funcionario, o quien sea, que abusa de su posición para sacar beneficios extra.

En la segunda (“tírate del alero del templo”) más que ser nosotros tentados, tratamos de tentar a Dios. De nuevo “si eres Hijo de Dios”: si eres creyente y Dios existe que haga esto o lo otro… De qué sirve creer en Dios si luego no te va mejor que a los demás. Jesús pudo tener la tentación de hacer cosas maravillosas para suscitar la aceptación de las gentes. A veces claramente fue tentado en este sentido por otros, como Herodes que le pidió hacer un milagro. Jesús siempre se negó a tentar a Dios, a usar su poder como magia o espectáculo, a seguir el camino del éxito fácil. Nunca hizo milagros para suscitar la fe, sino que exigía la fe como condición para curar, liberar, perdonar. La fe, condición y no consecuencia de los milagros de Dios, no puede ser un negocio.

La tercera situación es una oferta tentadora: el tentador le ofrece a Jesús lo que éste realmente quiere: el mundo entero. Jesús quiere ganar el mundo para Dios. Pero el tentador le ofrece alcanzar esa meta buena postrándose ante el mal. Es una tentación frecuente (realmente diabólica) tratar de conseguir buenos fines con malos medios. Es la teoría, defendida o condenada, pero tantas veces practicada, de que el fin justifica los medios. Eso significa inclinarse ante el mal y adorarlo.

Jesús ha elegido otro camino: ni se aprovecha, ni busca el aplauso fácil, ni se alía con el mal. Elige a Dios, se somete a su voluntad, camina por la senda empinada y entra por la puerta estrecha: es el camino sin compromisos del servicio, de la verdad y de la entrega, el camino que le lleva a Jerusalén, donde entregará su vida en la Cruz.

Es el camino de la autenticidad y de los bienes verdaderos, duraderos y que nos salvan. En Jesús vemos que, sin bien la tentación es inevitable, no lo es el ceder a ella. Y si, en ocasiones, es bien difícil superarla, unidos a Cristo, que ha vencido al tentador, es posible. Si a veces sentimos que nuestra debilidad ha sido mayor que nuestra resolución y voluntad de bien, siempre podemos volver al Maestro bueno que se ha sometido a la tentación por amor nuestro, y recibir de Él el perdón, “pues no tenemos un sumo sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras flaquezas, sino que las ha experimentado todas como nosotros, menos el pecado” (Hb 4, 15).

Domingo 8 del Tiempo Ordinario (A)

febrero 25, 2017

Lectura del libro de Isaías 49, 14-15 Yo no te olvidaré

Sión decía: “Me ha abandonado el Señor, mi dueño me ha olvidado.” ¿Es que puede una madre olvidarse, de su criatura, no conmoverse por el hijo de sus entrañas? Pues, aunque ella se olvide, yo no te olvidaré.

Sal 61, 2-3. 6-7. 8-9ab R. Descansa sólo en Dios, alma mía.

 

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 4, 1-5 El Señor pondrá al descubierto los designios del corazón

Hermanos: Que la gente sólo vea en nosotros servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios. Ahora, en un administrador, lo que se busca es que sea fiel. Para mí, lo de menos es que me pidáis cuentas vosotros o un tribunal humano; ni siquiera yo me pido cuentas. La conciencia, es verdad, no me remuerde; pero tampoco por eso quedo absuelto: mi juez es el Señor. Así, pues, no juzguéis antes de tiempo: dejad que venga el Señor. Él iluminará lo que esconden las tinieblas y pondrá al descubierto los designios del corazón; entonces cada uno recibirá la alabanza de Dios.

Lectura del santo evangelio según san Mateo 6, 24-34 No os agobiéis por el mañana

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “Nadie puede estar al servicio de dos amos. Porque despreciará a uno y querrá al otro; o, al contrario, se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero. Por eso os digo: No estéis agobiados por la vida, pensando qué vais a comer o beber, ni por el cuerpo, pensando con qué os vais a vestir. ¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo que el vestido? Mirad a los pájaros: ni siembran, ni siegan, ni almacenan y, sin embargo, vuestro Padre celestial los alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellos? ¿Quién de vosotros, a fuerza de agobiarse, podrá añadir una hora al tiempo de su vida? ¿Por qué os agobiáis por el vestido? Fijaos cómo crecen los lirios del campo: ni trabajan ni hilan. Y os digo que ni Salomón, en todo su fasto, estaba vestido como uno de ellos. Pues, si a la hierba, que hoy está en el campo y mañana se quema en el horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más por vosotros, gente de poca fe? No andéis agobiados, pensando qué vais a comer, o qué vais a beber, o con qué os vais a vestir. Los gentiles se afanan por esas cosas. Ya sabe vuestro Padre del cielo que tenéis necesidad de todo eso. Sobre todo buscad el reino de Dios y su justicia; lo demás se os dará por añadidura. Por tanto, no os agobiéis por el mañana, porque el mañana traerá su propio agobio. A cada día le bastan sus disgustos.”

 

El afán de cada día

 images-1El evangelio bien entendido no es un ideal (religioso, moral, filosófico) alejado de las preocupaciones más menudas de la vida cotidiana. No nos ofrece sólo una “cosmovisión” de sentido, o como dicen algunos, que gustan de palabras solemnes, un “horizonte transcendental”, pero que en poco o en nada toca los asuntos más pedestres que nos ocupan cada día. Decimos, el evangelio “bien entendido”, pero para entender bien el evangelio hay que estar a la escucha, prestar oídos, acudir al magisterio del maestro del Evangelio, Jesús de Nazaret.

Jesús nos habla hoy de la sabiduría de la vida. En el marco del ideal representado por las bienaventuranzas, y sobre el fondo de la reinterpretación de los mandamientos (los grandes temas de la vida humana), Jesús toca hoy temas cercanos, los que nos preocupan cotidianamente y los que nos ocupan de manera habitual, como el alimento y el vestido.

Pero, precisamente lo que nos dice Jesús a este respecto puede producirnos una cierta desazón. Porque lo primero que entendemos de sus palabras es que no debemos preocuparnos de estas necesidades que, por un lado, son elementales pero que, además, no están garantizadas. ¿Cómo no preocuparnos de ellas? ¿Nos exhorta realmente Jesús a despreocuparnos de estas cosas tan necesarias para la vida? Si atendemos al contexto de las palabras y, sobre todo, de las acciones de Jesús, no es posible concluir tal cosa. Él mismo se ocupa de alimentar a los hambrientos, de los que siente lástima (cf. Mt 14, 13-21; 15, 32). No dice “yo ya he alimentado su espíritu, para el alimento del cuerpo, que se busquen ellos la vida”, como parecen sugerirle los discípulos. Al contrario, cuando, en un gran despliegue de imaginación, nos presenta el grandioso cuadro del juicio final (cf. Mt 25, 31-46), nos recuerda que el objeto de ese juicio será el haber atendido a aquellos que padecen necesidad precisamente en estas cosas elementales: bebida, comida, vestido, alojamiento, enfermedad. ¿En qué quedamos entonces? ¿Hay que preocuparse de estas cosas o no, como parece aconsejarnos hoy?

Estas necesidades son primarias, básicas, pero no pueden ser las únicas, ni siquiera las más importantes. Sin embargo, su carácter primario las convierte en las más urgentes: si no les prestamos atención, todas las demás, incluso las más sublimes, quedan también en el aire. Ahora bien, esta misma urgencia puede producir en nosotros una preocupación obsesiva que las eleva al rango de bien supremo al que debe supeditarse todo, y que nos ciega para otros bienes, de hecho, más elevados.

Jesús nos da una sencilla indicación que nos permite resolver este posible conflicto sin menoscabo de ninguno de sus extremos: la vida vale más que el alimento y el cuerpo más que el vestido. Es decir, nos alimentamos para vivir, pero no debemos vivir sólo para alimentarnos. Y del mismo modo que el alimento ha de estar al servicio de la vida, y no al revés, así debe el vestido servir al cuerpo y no, por el contrario, hacer del cuerpo la mera percha del vestido, de las apariencias externas. Estas últimas tienen también su importancia, su valor, pero es un valor subordinado al cuerpo, que no debe convertirse en un esclavo del vestido (de la figura, la moda, el aparentar, etc.). Así pues, hemos de preocuparnos de esas necesidades en su justa medida, pero no deben ocupar nuestro corazón hasta el punto de esclavizarlo, cegándonos para lo más importante.

Y, ¿qué es lo más importante? Las palabras de Jesús nos lo dicen con bastante claridad. Si la vida y el cuerpo importan más que el alimento y el vestido, que están al servicio de aquellos, significa que nosotros mismos somos más importantes y valiosos que los medios que nos procuran sustento y calor. Nosotros, cuerpo y alma, tenemos que ser dueños de nuestras necesidades y no esclavos de las mismas. Esta importancia que descubrimos en nosotros mismos, no es una llamada ni al searchorgullo ni al egoísmo; al contrario, somos egoístas cuando nos hacemos esclavos de las necesidades materiales; mientras que, cuando las atendemos pero dominándolas y sometiéndolas a nuestra dignidad personal, somos capaces de descubrir que esa importancia y valor que descubrimos en nosotros mismos es la que adorna también a los demás, partícipes por igual de la dignidad humana. Y, así, somos capaces de abrirnos a sus necesidades, las de los que pasan hambre y sed, los que están desnudos, enfermos o solos. Es en esta clave en la que hay que leer la recomendación de Jesús de “buscar sobre todo el Reino de Dios y su justicia”; no dice que lo busquemos de manera exclusiva, sino sobre todo, sin renunciar a las preocupaciones cotidianas (esto es una exigencia de elemental responsabilidad); “sobre todo” alude a una jerarquía de nuestras búsquedas y preocupaciones. Y es que el Reino de Dios incluye “su justicia”; y la justicia es un concepto que abarca necesariamente los bienes materiales, que, de hecho, Jesús parece asegurarnos si atendemos sobre todo a las exigencias superiores del Reino de Dios y su justicia: en tal caso, todo lo demás se nos da por añadidura.

Buscar ante todo el Reino de Dios significa elevar nuestra mirada a “los bienes de allá arriba” (cf. Col 3, 1-4), y descubrir que “el reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo” (Rm 14, 17). Cuando hacemos así, aprendemos no a despreciar, sino a apreciar en su justa medida los “bienes de acá abajo”. Y esa justa medida (la de la justicia del Reino de Dios) nos los descubre no sólo como fruto de esfuerzo y conquista, sino también como dones que recibimos agradecidos. Los bienes de la tierra que remedian nuestra hambre y cubren nuestra desnudez son, como dice la oración del ofertorio, “fruto de la tierra y del trabajo del hombre”, que recibimos de la generosidad del Señor, Dios del universo. Descubrimos que hay una providencia divina que se preocupa de sus criaturas, que alimenta a los pájaros y viste con esplendor a los lirios del campo; y que se preocupa mucho más de las criaturas que más valen ante sus ojos. El Padre celestial no desconoce ni desatiende nuestras necesidades; al contrario, como una madre por el hijo de sus entrañas, y más que ella, se acuerda de nosotros.

imagesPero, podemos preguntarnos de nuevo, ¿en qué se revela esa preocupación divina, cuando es un hecho que tantos hombres y mujeres del mundo padecen necesidad? Esa preocupación se revela en Jesucristo que nos comunica la sabiduría de la vida, la que nos permite satisfacer nuestras necesidades y las de los demás. Si la búsqueda obsesiva de bienes materiales (dinero, comida, vestido…) se enseñorea de nosotros y nos esclaviza, esto nos aleja también de los demás, pues cuando esos bienes necesarios se convierten en los únicos o los más altos, se produce inmediatamente un ansia insaciable, nunca estamos satisfechos, todo nos parece poco, y los otros se convierten en objeto de comparación y envidia, surge la rivalidad y la competencia, pues lo que tiene otro no puedo tenerlo yo. Pero si, a diferencia de “los gentiles”, siervos del dios dinero (Mammon), nos hacemos servidores del Dios autor de los bienes del cielo y de la tierra, entonces nos convertimos en dueños de nosotros mismos, capaces de apreciar con agradecimiento y alegría lo que tenemos, aunque sea poco, lo que cubre nuestras necesidades básicas; y al hacernos servidores de Dios y dueños de nosotros mismos, como ya hemos dicho, nos convertimos también en servidores libres de los que padecen necesidad. Los bienes materiales adquieren una importancia y un valor nuevos: no sólo no son objeto de codicia, competencia y encontronazo, sino que son ocasión para ayudar, compartir y encontrarse con los otros. Esta es la justicia del Reino de Dios.

El evangelio de Jesús, como vemos, nos concede una verdadera sabiduría para la vida cotidiana, un criterio para juzgar y apreciar todos los bienes, nos da un auténtico “orden del corazón” (un ordo amoris, como decía San Agustín) que nos hace libres (señores) y, además, nos enseña a disfrutar de la vida, del cada día que ella nos regala, es verdad que con sus agobios y afanes, pero que, en virtud de la confiada apertura a la providencia del Padre (y Madre, nos recuerda Isaías), no nos ahogan, pues se limitan a ser el afán de cada día. Es decir, Jesús nos enseña a dosificar las necesidades y también los afanes, sin por ello renunciar a los grandes ideales que deben llenar nuestro corazón (el Reino de Dios y su justicia). Y es que si somos servidores de Dios y de los hermanos (administradores de los misterios de Dios, nos recuerda Pablo), el día a día de nuestra vida es el banco de pruebas de nuestra fidelidad: el lugar en el que, en el trato con los asuntos (agobios y afanes) cotidianos, vamos encarnando el Reino de Dios, el ideal evangélico.

Domingo 7 del Tiempo Ordinario (A)

febrero 18, 2017

Lectura del libro del Levítico 19, 1-2.17-18 Amarás a tu prójimo como a ti mismo

El Señor habló a Moisés: – Habla a la asamblea de los hijos de Israel y diles: “Seréis santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo. No odiarás de corazón a tu hermano. Reprenderás a tu pariente, para que no cargues tú con su pecado. No te vengarás ni guardarás rencor a tus parientes, sino que amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo soy el Señor.”

Sal 102,1-2.3-4.8 y 10. 12-13 R. El Señor es compasivo y misericordioso.

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 3, 16-23 Todo es vuestro, vosotros de Cristo, y Cristo de Dios

Hermanos: ¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros? Si alguno destruye el templo de Dios, Dios lo destruirá a él; porque el templo de Dios es santo: ese templo sois vosotros. Que nadie se engañe. Si alguno de vosotros se cree sabio en este mundo, que se haga necio para llegar a ser sabio. Porque la sabiduría de este mundo es necedad ante Dios, como está escrito: “Él caza a los sabios en su astucia.” Y también: “El Señor penetra los pensamientos de los sabios y conoce que son vanos.” Así, pues, que nadie se gloríe en los hombres, pues todo es vuestro: Pablo, Apolo, Cefas, el mundo, la vida, la muerte, lo presente, lo futuro. Todo es vuestro, vosotros de Cristo, y Cristo de Dios.

Lectura del santo evangelio según san Mateo 5, 38-48 Amad a vuestros enemigos

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: Habéis oído que se dijo: “Ojo por ojo, diente por diente.” Yo, en cambio, os digo: No hagáis frente al que os agravia. Al contrario, si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra; al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica, dale también la capa; a quien te requiera para caminar una milla, acompáñale dos; a quien te pide, dale, y al que te pide prestado, no lo rehuyas. Habéis oído que se dijo: “Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo”. Yo, en cambio, os digo: Amad a vuestros enemigos, y rezad por los que os persiguen. Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos. Porque, si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y, si saludáis sólo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles? Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto.

 

La perfección del amor

 

imagesEl evangelio de hoy concluye la enseñanza rabínica de Jesús sobre la ley, que iniciamos la semana pasada. Y es aquí donde vemos hasta qué punto la enseñanza de Jesús en el Sermón de la montaña supera infinitamente las prescripciones de la antigua ley, y en qué medida la lleva a una perfección casi impensable. Si el mandamiento del amor es el corazón de la nueva ley del Evangelio, el amor a los enemigos supone su expresión más radical. Pero, cabe preguntar, ¿es esta novedad tan radical que sea imposible encontrar nada parecido, no sólo ya en el Antiguo Testamento, sino incluso en otras perspectivas religiosas o morales? La primera lectura viene a responder en lo referente al Antiguo Testamento. El texto del Levítico es una explícita llamada al amor y a la renuncia al odio, en la que el mismo Jesús se apoya para expresar el núcleo de la ley y su mandamiento principal (cf. Mt 22, 39), que expresa con claridad hasta qué punto el Nuevo Testamento está implícito en el Antiguo. Pero es que también en otras religiones y sistemas morales existen similares llamadas al amor universal. Sin entrar en grandes detalles, se podrían citar ciertas prescripciones del budismo y de la ética estoica. No debe extrañar que la llamada al amor no sea absolutamente exclusiva del Evangelio, pues cualquiera que tenga la mente abierta y el corazón en su sitio puede entender que el amor es preferible al odio, y que es en el amor y no en el rencor, la venganza y la violencia en donde el hombre encuentra su quicio vital, su perfecta realización y, a fin de cuentas, su salvación. Pero podemos plantearnos otro interrogante. ¿Es el mandato del amor universal, que alcanza hasta a los propios enemigos, algo realista? Sin negar la belleza del ideal, la vida real nos incita con frecuencia a considerar que se trata de un mandato de imposible cumplimiento. La santidad a la que llama el texto del Levítico, la perfección a la que nos llama Jesús, pueden cuadrar bien para Dios (en el que lo ideal y lo real coinciden), pero no para nosotros, imperfectos, débiles y limitados. Tal vez por esto, algunas de las posiciones religiosas y morales que llaman también al amor a todos (como los mencionados budismo y estoicismo) proponen, como camino para lograr esa benevolencia, adoptar una actitud de impasibilidad, que, es verdad, nos protege del sufrimiento por la vía de la indiferencia, pero que, si tal vez se abstiene de hacer mal a nadie, difícilmente podrá amar de verdad y activamente a criatura alguna.

En realidad, la gran novedad que encontramos en la revelación bíblica, ya desde el Antiguo Testamento, es que, por paradójico que parezca, el mandamiento del amor no es una exigencia ética, una norma moral que hemos de “cumplir” con la fuerza de la voluntad, en ocasiones cerrando los puños y apretando los dientes. Se trata más bien de una revelación que Dios hace de su propio ser. El mandamiento del amor nos dice quién es Dios, cómo se nos manifiesta, cómo nos mira y cómo quiere relacionarse con nosotros. Más que una norma que nos exige, es un don que se nos hace. Dios no se nos revela mandando, obligando, imponiendo, sino dándose. Si podemos seguir hablando de mandamiento, es en lo que esa expresión tiene de envío: Dios nos manda el amor, esto es, nos lo envía, nos lo entrega. Y si nosotros estamos abiertos a esa revelación, es claro que la luz de la misma no puede no reflejarse en nosotros. Así han de entenderse las palabras “Seréis santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo”, que Jesús reproduce al decir “sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto”.

Es claro que ser santos con la santidad de Dios, o perfectos con su perfección, está absolutamente por encima de nuestras fuerzas, y que no podemos alcanzarlo por más esfuerzos que hagamos. Por ello, algo así es posible sólo si lo recibimos como don. Así pues, el mandamiento del amor no es ante todo una norma de obligado cumplimiento, sino, más bien, la posibilidad de participar de la vida divina: es la vida misma de Dios actuando en nosotros.

La plena revelación de la vida divina se ha realizado en la persona de Jesucristo. Es Jesús quien refleja y encarna (hace imgrestkncarne) la santidad y la perfección de Dios en nuestro mundo. Es él quien hace cercano, concreto y posible lo que parece imposible a las solas fuerzas humanas. Porque si aceptamos la revelación y el don de Dios y su presencia encarnada en Jesús de Nazaret, si lo dejamos entrar en nuestra vida, es claro que algo ha de cambiar en nosotros. Y no de manera mágica, automática, sin nuestra participación. A partir del don del amor de Dios la dimensión moral tiene también cabida como respuesta positiva al don recibido. Y es que Dios apela a nuestra libertad, y la libertad humana es ante todo responsabilidad, esto es, libertad que responde a una llamada previa.

Si hemos de ser reflejo de la santidad de Dios que nos ha iluminado, esto no puede no expresarse en actitudes nuevas, que la Palabra de Dios hoy desglosa con detalle.

La primera de todas consiste en desterrar el odio de nuestro corazón. No “odiar de corazón a tu hermano” significa que, aunque en ocasiones surgen en nosotros de manera espontánea sentimientos negativos (como cuando nos sentimos injustamente tratados, ofendidos, etc.) no debemos permitir que ese sentimiento negativo de odio se instale en nuestro corazón como una actitud permanente, que dirige nuestros pensamientos y nuestras acciones. Antes bien, ante el mal procedente de nuestro prójimo, la respuesta adecuada (a la santidad de Dios reflejada en nosotros) ha de ser la de corregir al hermano, para que se enmiende. Es una manera concreta de responder al mal con el bien. El texto del Levítico pone aquí el acento en las relaciones con los más próximos, que son los propios familiares y, todo lo más, los miembros del pueblo de Israel.

imgres-1En el Evangelio Jesús universaliza esta exigencia y la extiende a todos sin excepción. El primer paso de esta universalización consiste en superar la vieja ley del Talión, que expresa una cierta medida de proporcionalidad en las relaciones de justicia, cuando se trata de resarcir por un daño recibido. La ley del Talión supone un cierto progreso, pues pone un límite al deseo de venganza que tiende a multiplicar la ofensa sufrida (como en el caso de la salvaje ley de Lamek, cf. Gn 4, 23-24). Pero la experiencia nos dice que la venganza, incluso si se la trata de contener en los límites de un daño proporcional y equitativo, genera un dinámica diabólica y creciente que no conoce fin, a no ser que se le oponga, por fin, un acto de positivo perdón. Jesús opone a la ley del Talión esas exigencias que nos parecen tan excesivas e imposibles, y se nos antojan como actitudes pasivas de cesión ante el mal y la injusticia, pero que, en realidad, una vez más, reflejan el modo en que Dios ha respondido al mal y al pecado humano. No se trata aquí, por tanto, de prescripciones jurídicas que dejan impune el crimen, sino de la adopción de actitudes activas, que tratan de responder al mal con el bien.

Frente a la medida del Talión, ya el libro del Levítico (y el mismo Jesús, que, como dijimos antes, lo cita en otro lugar) nos propone una medida positiva: amar al prójimo como a sí mismo. Porque el amor también se dirige a uno mismo, ya que tenemos no sólo la inclinación, sino también la obligación de procurar nuestro propio bien, de corregir nuestros defectos, y de cuidar y desarrollar el don que Dios ha depositado en nosotros. Esa medida es la que tenemos que aplicar con nuestros prójimos que, si en el Levítico son ante todo los de nuestra propia carne, Jesús extiende universalmente. De hecho, la segunda parte de la cita que Mateo pone en boca de Jesús: “Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo” no es posible encontrarla en la antigua Ley, sino que expresa la pobreza de la lengua aramea, que usa el verbo aborrecer para indicar los límites del propio amor (aborrecer significa “no preferir”, “no gozar del favor”; cf. Gn 29, 31; Lc 14, 26). Es decir, si en el Antiguo Testamento la universalidad del amor está sólo implícitamente apuntada (sobre todo en los profetas), y se manda amar a los propios, y contener en los límites de la ley del Talión la respuesta a los enemigos, ahora Jesús amplía la categoría de “prójimos” a todos, enemigos incluidos. Y este “imposible” moral se hace posible sólo si miramos a los demás desde el prisma de Dios, Padre de Jesús y Padre de todos, a cuya luz podemos descubrir a los demás de una manera nueva. Y no olvidemos que no sólo los enemigos son hermanos nuestros (hijos del mismo Padre) y potenciales amigos, sino que también nuestros hermanos y amigos se convierten con frecuencia en ocasionales enemigos, por los inevitables conflictos que tenemos precisamente con los más cercanos.

Así pues, es claro que el amor de que se habla aquí no se reduce a un mero sentimiento de simpatía o una especie de “buenismo” que cierra los ojos a los conflictos y las enemistades. ¿Cómo entender este amor que Jesús nos recomienda y nos revela en su propia persona?

Ante todo, el amor es la afirmación del otro en cuanto tal; y esta afirmación incluye toda una serie de matices que empiezan por el respeto. Amar al enemigo significa renunciar a instalarse en el odio, que conlleva la negación del otro y que va desde la ignorancia y la exclusión hasta su destrucción. Sin negar que existe la enemistad por multitud de motivos, mirando al otro desde el prisma de Dios Padre, descubro en él a un hermano y potencial amigo. Por ello, sin renunciar tal vez a la justicia, no dejaré de tenderle la mano si se encuentra en necesidad, de reconciliarme con él si existe la posibilidad, y de orar por él si esta es la única alternativa que me ofrece. Esta recomendación es de extraordinaria utilidad en estos tiempos en que parece crecer la hostilidad hacia el cristianismo y se multiplican en muchos lugares actitudes de persecución (a veces cruenta, a veces incruenta) contra los creyentes. Es la ocasión de responder en genuino sentido cristiano, de poner a prueba la autenticidad de nuestra fe, de purificarla si es que la hemos ido reduciendo a una serie de actitudes culturales y a ciertas convicciones teológicas y morales más o menos aburguesadas, sin la radicalidad propia del Sermón de la montaña.

La capacidad de descubrir en nuestros enemigos a nuestros hermanos, hijos del mismo Padre, habla de esa cualidad del amor que, como decía el filósofo Max Scheler, es como una luz que descubre los valores escondidos en el otro, que una mirada desprovista de amor es incapaz de percibir. El verdadero amor no sólo no es ciego, sino que es, por el contrario, el colmo de la lucidez. La perfección del nuestro Padre celestial a la que nos llama Jesús (y que él mismo porta en sí) es la de un amor que no se limita a las normas de convivencia de un grupo cerrado sobre sí mismo, sino que rompe fronteras y establece lazos incluso allí donde esto parece imposible.

Reflejar en nosotros la perfección del amor de Dios nos convierte, como nos recuerda Pablo, en templos de Dios, en los que habita el Espíritu Santo, el Espíritu del Amor. Más que de un privilegio se trata de un don y de una extraordinaria responsabilidad. ¿Cómo habremos de comportarnos para conservar y transmitir esa presencia en nosotros? A tenor de las mismas palabras de Pablo en la segunda lectura, posiblemente sea pertinente hacer una observación sobre las consecuencias del mandamiento del amor universal dentro del templo de Dios que es la Iglesia, cuerpo de Cristo. Parece un contrasentido que, al tiempo que proclamamos la universalidad del amor (a propios y extraños, amigos y enemigos) nos dediquemos a construir capillas dentro de la Iglesia, que compiten entre sí y se excluyen mutuamente. “Pablo, Apolo, Cefas, el mundo, la vida, la muerte, lo presente, lo futuro” podemos entenderlo hoy como la diversidad de caminos de espiritualidad, carismas, movimientos, tendencias (jesuitas y dominicos, focolares y neocatecumentales, Opus Dei y Cristianos por el Socialismo, conservadores y progresistas…), todos, si somos cristianos, esto es, de Cristo, hemos de trabajar por reconocernos, apreciarnos, amarnos unos a otros: ser generosos y benevolentes unos con otros, reconociendo el don que cada uno ha recibido para bien de todos, sin excluir, si procede, la corrección fraterna (corrigiendo, pero también dejándonos corregir), para, desde esa sabiduría del amor y esa suprema libertad, dar un testimonio concorde y unánime del único Señor y Dios Padre al que pertenecemos.

Domingo 6 del Tiempo Ordinario (A)

febrero 10, 2017

Lectura del libro del Eclesiástico 15, 16-21 No mandó pecar al hombre

Si quieres, guardarás los mandatos del Señor, porque es prudencia cumplir su voluntad; ante ti están puestos fuego y agua: echa mano a lo que quieras; delante del hombre están muerte y vida: le darán lo que él escoja. Es inmensa la sabiduría del Señor, es grande su poder y lo ve todo; los ojos de Dios ven las acciones, él conoce todas las obras del hombre; no mandó pecar al hombre, ni deja impunes a los mentirosos.

Salmo responsorial 118, 1-2. 4-5. 17-18. 33-34 R. Dichoso el que camina en la voluntad del Señor.

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 2, 6-10 Dios predestinó la sabiduría antes de los siglos para nuestra gloria

Hermanos: Hablamos, entre los perfectos, una sabiduría que no es de este mundo, ni de los príncipes de este mundo, que quedan desvanecidos, sino que enseñamos una sabiduría divina, misteriosa, escondida, predestinada por Dios antes de los siglos para nuestra gloria. Ninguno de los príncipes de este mundo la ha conocido; pues, si la hubiesen conocido, nunca hubieran crucificado al Señor de la gloria. Sino, como está escrito: «Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar lo que Dios ha preparado para los que lo aman.» Y Dios nos lo ha revelado por el Espíritu. El Espíritu lo sondea todo, incluso lo profundo de Dios.

Lectura del santo evangelio según san Mateo 5, 17-37 Se dijo a los antiguos, pero yo os digo

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: —«No creáis que he venido a abolir la Ley y los profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud. Os aseguro que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la Ley. El que se salte uno sólo de los preceptos menos importantes, y se lo enseñe así a los hombres será el menos importante en el reino de los cielos. Pero quien los cumpla y enseñe será grande en el reino de los cielos. Os lo aseguro: Si no sois mejores que los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos. Habéis oído que se dijo a los antiguos: “No matarás”, y el que mate será procesado. Pero yo os digo: Todo el que esté peleado con su hermano será procesado. Y si uno llama a su hermano “imbécil”, tendrá que comparecer ante el Sanedrín, y si lo llama “renegado”, merece la condena del fuego. Por tanto, si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda. Con el que te pone pleito, procura arreglarte en seguida, mientras vais todavía de camino, no sea que te entregue al juez, y el juez al alguacil, y te metan en la cárcel. Te aseguro que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último cuarto. Habéis oído el mandamiento “no cometerás adulterio”. Pues yo os digo: El que mira a una mujer casada deseándola, ya ha sido adúltero con ella en su interior. Si tu ojo derecho te hace caer, sácatelo y tíralo. Más te vale perder un miembro que ser echado entero en el infierno. Si tu mano derecha te hace caer, córtatela y tírala, porque más te vale perder un miembro que ir a parar entero al infierno. Está mandado: “El que se divorcie de su mujer, que le dé acta de repudio.” Pues yo os digo: El que se divorcie de su mujer, excepto en caso de impureza, la induce al adulterio, y el que se case con la divorciada comete adulterio. Habéis oído que se dijo a los antiguos: “No jurarás en falso” y “Cumplirás tus votos al Señor”. Pues yo os digo que no juréis en absoluto: ni por el cielo, que es el trono de Dios; ni por la tierra, que es estrado de sus pies; ni por Jerusalén, que es la ciudad del Gran Rey. Ni jures por tu cabeza, pues no puedes volver blanco o negro un solo pelo. A vosotros os basta decir “sí” o “no”. Lo que pasa de ahí viene del Maligno.»

 

 

El cumplimiento de la ley hasta el final

 
imgresEl Sermón de la montaña que estamos leyendo en estos domingos es la revelación de los nuevos valores del Reino de Dios, de un nuevo mundo religioso, de una nueva visión de Dios y de su relación con el hombre. ¿Significa esto la abolición de la antigua Ley, también fruto de una revelación divina, la que tuvo lugar en el Sinaí? De hecho, en los Evangelios encontramos numerosas acciones de Jesús en las que parece desafiar abiertamente la ley, como curar en sábado, saltarse ciertas leyes de pureza ritual y otras relativas al ayuno. Como sabemos, este comportamiento se atraía la abierta enemistad de escribas y fariseos, maestros de la ley. Pero ante las críticas de estos, y también, posiblemente, ante ciertas interpretaciones por parte de sus propios discípulos, Jesús, precisamente en el contexto del Sermón de la montaña, niega la mayor: no ha venido a abolir la ley, incluso afirma que la misma tiene un valor eterno, y que es preciso cumplirla hasta la última coma. ¿En qué quedamos? ¿No se da aquí una cierta contradicción entre estas palabras y las acciones mencionadas antes? Cuando Jesús afirma que no ha venido a abolir sino a dar cumplimiento, ¿qué significa esto? Dar cumplimiento significa hacerla plena, llevarla a su perfección.

Cumplir la ley “hasta la última tilde” no significa la observancia puntillosa, obsesiva y literal de todos los preceptos de la ley mosaica, que en tiempos de Jesús se había recargado con numerosas cláusulas, producto de una larga tradición de interpretaciones y exégesis. Son precisamente las acciones en apariencia desafiantes de Jesús las que nos dan a entender que no se trata de ese legalismo casi asfixiante: no es el hombre para el sábado, sino el sábado para el hombre, y es preciso entender qué significa “misericordia quiero y no sacrificios” (cf. Mt 12, 7; Mc 2, 27). También sus palabras en el evangelio de hoy son elocuentes: por un lado exhorta a no saltarse ningún precepto de la ley, y el que así lo enseñe será grande en el Reino de los cielos; por el otro, afirma que no entrará en ese Reino quien no supere la justicia de escribas y fariseos. Es claro que aquí no se trata de un cumplimiento escrupuloso y meramente legal de ciertos preceptos rituales. ¿De qué se trata entonces?

Jesús, adoptando la actitud de un verdadero maestro de la ley, de un verdadero rabino, lo explica acudiendo a toda una serie de preceptos de la antigua ley. En primer lugar, recordemos que Jesús no habla sólo de la ley (como hacían escribas y fariseos), sino de la ley y los profetas; y esto ya nos indica que interpreta la ley desde el prisma de la inspiración profética, que precisamente criticaba el legalismo huero y apelaba a la ley interior, a la que está “escrita en el corazón”, a la misericordia y la atención de los necesitados. Del mismo modo, para Cristo, la perfección de la ley (y los profetas) y su cumplimiento hasta el final no van en la línea de la mera observancia externa, sino de la plenitud que brota de un corazón renovado y purificado, el que se expresa en las bienaventuranzas.

Desde el espíritu de las bienaventuranzas Jesús comenta y reinterpreta (lleva a plenitud) siete preceptos de la antigua ley, de los que el Evangelio de hoy recoge sólo cuatro. Lo hace en diálogo con la tradición (“habéis oído que se dijo a los antiguos”), pero de la que él es no un mero comentador, sino un interlocutor autorizado: “pero yo os digo”. De este modo, Jesús hace ver que la antigua ley no queda abolida sino perfeccionada, pero también nos dice que el Autor de la antigua ley y el de su definitivo perfeccionamiento son el mismo, y que ahora habla (y lleva a cumplimiento) en él mismo, con autoridad propia.

El primer ejemplo se refiere al quinto mandamiento de la ley del Sinaí: “no matarás”. Está expresado en términos jurídicos: “será procesado”. Jesús, más allá de la ley, que mira sólo la exterioridad del comportamiento, atiende a la actitud interior de la que brotan los crímenes y la violencia contra el prójimo: la ira, el odio, la enemistad, que se expresan primero verbalmente, y después pasa a la voluntad de exclusión (es lo que significa la palabra “renegado”) y, finalmente, puede llegar a la agresión física. Esas actitudes interiores y sus expresiones, aun sin llegar al asesinato, merecen una condena de tipo religioso (el Sanedrín y el fuego), pues hablan de un corazón no reconciliado y, por tanto, alejado del Dios Padre de todos. El cambio del corazón y la purificación interior hacen que pasemos de la agresión (de pensamiento, de palabra y de obra) a la reconciliación. No se trata, por tanto, sólo de extremar los preceptos de la antigua ley, sino de cambiar la dirección de nuestras actitudes profundas: no sólo evitar el mal en todas sus dimensiones, sino vencerlo a fuerza de bien; no sólo renunciar a las actitudes agresivas y a las agresiones verbales o físicas, sino adoptar una actitud positiva que busca a los hermanos, trata de recomponer relaciones y de solucionar los conflictos (que inevitablemente surgen en la vida) de manera pacífica.

El comentario del sexto mandamiento (“no cometerás adulterio” –Ex, 20, 14) va en la misma dirección. El adulterio era contemplado en la antigua ley images(y, en general, en las antiguas culturas) sobre todo como un atentado contra la “propiedad” ajena, que así era considerada la mujer. El precepto tenía un sabor claramente discriminatorio contra la mujer. Jesús, al radicalizar y perfeccionar el precepto, apela de nuevo a una actitud interior que cambia por entero los estándares culturales: llama a una actitud de respeto hacia la mujer misma, no sólo en cuanto es “de otro”, sino en su propia condición de mujer, que no puede reducirse a un mero objeto de deseo. Así pues, Jesús no sólo condena el adulterio, sino que restablece plenamente la dignidad de la mujer, igual a la del varón en cuanto imagen de Dios (cf. Gn. 1, 17). Este cambio del corazón no es, sin embargo, tarea fácil. Los deseos y los pensamientos inclinados al mal surgen en nosotros con frecuencia de manera espontánea. ¿Es que su mera presencia es ya una forma de pecado? ¿No se está aquí extremando la idea de pecado, que nos puede hacer entrar en un moralismo obsesivo y asfixiante, peor que el meramente externo de escribas y fariseos? En realidad, Jesús no va por ahí, y las palabras que siguen a esta llamada, en plena consonancia con la bienaventuranza de los limpios de corazón, lo aclaran suficientemente. No es la mera presencia de ciertos sentimientos, inclinaciones o tentaciones lo que constituye el pecado, sino el consentimiento por parte de nuestra libre voluntad. De ahí la necesidad de una cierta ascética, esto es, de la capacidad de renunciar a los deseos que nos hostigan y nos incitan al mal. Jesús expresa la necesidad de la actitud de renuncia en términos muy duros (sacarse el ojo, cortarse la mano), que no debemos tomar al pie de la letra, sino entender como un recurso para subrayar con fuerza la importancia de la purificación del corazón y la mirada: nos va en ello el que podamos ver a Dios, esto eso, nos jugamos en esto nuestra propia salvación, que vale más que el bienestar en este mundo pasajero.

El siguiente precepto comentado por Jesús no está tomado de la tabla de los mandamientos (cf. Dt 24, 1) pero es como una glosa y complemento del anterior, y toca un tema muy sensible en las costumbres de los judíos de entonces (cf. Mt 19, 1-12) y, en realidad, de todos los tiempos. Si se debe respetar a la mujer del prójimo, tanto más es necesario respetar a la propia. Aquí, de nuevo, Jesús defiende a la mujer de una situación de clara desventaja y la eleva a miembro paritario en derechos dentro del matrimonio. El matrimonio es la unión sagrada entre varón y mujer, iguales en dignidad personal y que, por tanto, han de dar cada uno su libre consentimiento. Este ejercicio de libertad y compromiso mutuo exige responsabilidad y la fidelidad a la palabra dada en la alianza matrimonial. La salvedad que hace Jesús (salvo caso de impureza, en otras traducciones se dice “fornicación”) se refiere, al parecer al caso de las uniones ilegítimas, de tipo incestuoso o meramente casuales, sin la voluntad de un verdadero compromiso mutuo (como el caso de la prostitución, el –mal– llamado “amor libre” y otras formas de relación que no corresponden con el designio de Dios sobre el matrimonio). La relación matrimonial es algo demasiado serio para dejarlo al capricho subjetivo de una de las partes.

En lo que respecta al juramento, en principio no es fácil de entender esta especie de prohibición del mismo, cuando la vida muestra que en ocasiones es necesario empeñar la propia palabra: el mismo caso del matrimonio, o cuando se jura un cargo o se da testimonio en un juicio… Las palabras de Jesús hay que entenderlas como una llamada a no abusar del juramento, es decir, a no poner a Dios por testigo de los propios asuntos, en definitiva, a no “usar” o instrumentalizar a Dios. Esta debía ser una costumbre extendida en aquel tiempo. El que vive reconciliado en su interior, con los demás y con Dios no necesita ir poniendo a Dios por testigo a cada paso, sino que más bien él mismo se convierte en un testigo de Dios, fuente de la verdad y de todo bien. Y ese hombre no es un mero cumplidor externo de normas que le coaccionan desde fuera, sino un ser libre, que libremente se adhiere al bien sin condiciones ni componendas.

Ahora bien, ¿es esto posible? ¿No están estas exigencias, que suenan tan bien, muy por encima de nuestras pobres fuerzas? Jesús que nos llama a ser misericordiosos con las debilidades de los demás, conoce también las nuestras, y las tiene en cuenta. No es un rabino que comenta leyes, sustituye unas por otras, las atenúa o las endurece; es un maestro que nos muestra un nuevo modo de vida que inaugura él: él mismo se convierte en ley para sus discípulos. Cumplir la ley entera, hasta la última tilde, significa seguir a Jesús y adoptar su estilo de vida. Él es quien cumpla la ley hasta el final, radicalmente, al dar su propia vida en la cruz.

d8e939015787a75db5f30ff3fbb64917Por ello, la nueva ley del Evangelio resume todos los preceptos (en todas sus direcciones: en relación con propios y extraños, en relación con la propiedad, etc.) en el mandamiento del amor. Y este mandamiento sólo puede ser asumido desde la libertad, a la que apela con tanta claridad la primera lectura. En ella vemos hasta qué punto la antigua ley estaba realmente orientada a la plenitud del Evangelio. Porque los preceptos meramente legales se pueden cumplir de una manera exterior, por coacción y sin convicción (con una libertad disminuida), pero amar sólo es posible desde la libertad. No es posible amar “a la fuerza” y de modo puramente externo. Sólo se puede amar de corazón. Y esa fuerza del amor es un don que precisamente encontramos y recibimos en Cristo, que nos ha amado y entregado por nosotros hasta el extremo. No se nos pide aquí nada que no hayamos recibido antes. Y esta es la sabiduría de la que habla Pablo, inaccesible a la mera razón humana, pero que ha sido revelada plenamente en Jesucristo. Es la sabiduría de la cruz, la sabiduría de un amor que se entrega del todo y que, así, “cumple” (llena, perfecciona) la ley entera.

DOMINGO 5 DEL TIEMPO ORDINARIO (A)

febrero 4, 2017

Lectura del libro de Isaías 58, 7-10 Romperá tu luz como la aurora

Así dice el Señor: «Parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, viste al que ves desnudo, y no te cierres a tu propia carne. Entonces romperá tu luz como la aurora, en seguida te brotará la carne sana; te abrirá camino la justicia, detrás irá la gloria del Señor. Entonces clamarás al Señor, y te responderá; gritarás, y te dirá: “Aquí estoy.” Cuando destierres de ti la opresión, el gesto amenazador y la maledicencia, cuando partas tu pan con el hambriento y sacies el estómago del indigente, brillará tu luz en las tinieblas, tu oscuridad se volverá mediodía.»
Sal 111, 4-5. 6-7. 8a y 9 R. El justo brilla en las tinieblas como una luz.

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 2, 1-5 Os anuncié el misterio de Cristo crucificado

Yo, hermanos, cuando vine a vosotros a anunciaros el misterio de Dios, no lo hice con sublime elocuencia o sabiduría, pues nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y éste crucificado. Me presenté a vosotros débil y temblando de miedo; mi palabra y mi predicación no fue con persuasiva sabiduría humana, sino en la manifestación y el poder del Espíritu, para que vuestra fe no se apoye en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios.

Lectura del santo evangelio según san Mateo 5, 13-16 Vosotros sois la luz del mundo

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: -«Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente. Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte. Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa. Alumbre así vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo.»

 

Ser luz, pero no iluminados

imagesLa imagen de la luz vuelve a centrar nuestra atención en la meditación de la Palabra de Dios. La luz que hemos contemplado en Navidad (cf. Is 9,2; Jn 1, 4.9) y que ha empezado a iluminarnos por medio de la Palabra y su acción benéfica y curativa (cf. Mt 4, 16) se nos transmite también a nosotros, los creyentes. Esa luz nos ha iluminado para ver un mundo nuevo, que Jesús proclama por medio de las Bienaventuranzas. Participar de la bienaventuranza del Reino de Dios, como veíamos la pasada semana, significa también contagiarse de la luz: si en Jesús, hijo de Dios, nos convertimos en hijos adoptivos, y si en el bienaventurado, por ser hijo, también nosotros lo somos, y hemos de actuar en consecuencia; del mismo modo, por ser Jesús la luz del mundo (cf. Jn 8, 12), nos convertimos en luz. Pero ¿qué significa exactamente esto? ¿Podemos decir que los cristianos somos unos “iluminados”?

La palabra “iluminado” está gravada de una cierta ambigüedad. En su acepción más común habla de la persona poseída por una idea (religiosa, moral, política…) que la envuelve como una luz, pero de modo que, en cierto sentido, la aísla del resto del mundo. La “iluminación” tiene fuertes resonancias gnósticas. El gnosticismo es la doctrina que busca la salvación por el conocimiento, de modo que son pocos los elegidos que alcanzan ese nivel. El iluminado es el que ha llegado a un nivel superior de conocimiento y de conciencia, de modo que se sitúa por encima de los simples mortales, de los hombres corrientes. Otra connotación de la iluminación es el haber alcanzado un contacto directo con la divinidad, lo que desvincula al que la adquiere de las mediaciones que necesitan los demás (en forma de iglesia, mandamientos, exigencias morales y litúrgicas, etc.) Los iluminados son elegidos y segregados. También existe, desde luego, otra acepción, no sólo carente de referentes religiosos, sino incluso opuesto a ellos: la época de la Ilustración (el Illuminismo, la Aufklärung) consideraba que el hombre alcanzaba la luz gracias al uso autónomo de la razón, al progreso de las ciencias, que, según la mentalidad ilustrada, permitía al hombre prescindir de toda revelación religiosa.

Lo común de todas estas acepciones es el establecer una segregación: entre los iluminados en un sentido u otro y los que viven en la oscuridad; también, en el caso de la Ilustración, entre Dios y el hombre (como si el progreso de las ciencias gracias al uso de la razón que Dios nos ha dado fuera incompatible con la fe, es decir, con la comunicación confiada con el Autor del orden racional del mundo). También es común a las dos formas de iluminación la fuerte autoafirmación del yo (frente a los otros, ignorantes, y frente al mismo Dios).

La luz que, según dice Jesús hoy, somos como discípulos suyos, tiene poco que ver con esas formas de iluminación. Por eso, podemos decir que somos (y tenemos que ser) luz, pero no iluminados.

Que no se trata de esas formas de iluminación nos lo deja claro el Apóstol Pablo en la segunda lectura. Su predicación no consiste en una perfecta argumentación racional, ni es la introducción en ciertos saberes arcanos, que nos segregan y nos convierten en miembros de una cierta secta de elegidos. Al contrario, la predicación de Pablo tiene como referente el testimonio de alguien que está a la vista de todos, al que todos pueden ver, pues está elevado y crucificado. Ahí se manifiesta una sabiduría nueva, cierto, pero abierta a todos, como los brazos de Jesús en la cruz. La luz de la cruz de Jesucristo no nos separa, sino que, al contrario, nos ilumina abriéndonos los ojos para las necesidades y los sufrimientos de los demás; tampoco nos pone por encima de los otros, sino que nos lleva a inclinarnos hacia ellos para convertirnos en servidores suyos.

Unidos a Cristo, luz del mundo, no nos convertimos en miembros de una secta de iluminados, que se separan y miran con desprecio a los demás, sino en hermanos de todos, hermanos de nuestros hermanos, que se ponen a su servicio. Jesús habla, en efecto, de iluminar con “las buenas obras”, sin más especificaciones, tal vez no muy necesarias, si tenemos en cuenta que estas palabras suceden inmediatamente a las bienaventuranzas. Pero, pueden servirnos de complemento las palabras de Isaías, que hemos escuchado en la primera lectura: partir el pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, vestir al desnudo, no cerrarse a la propia carne. Resuenan en estas palabras las que Jesús pronuncia respecto del juicio final: son las obras por las que seremos juzgados, por las que ya nos estamos juzgando a nosotros mismos. Y si tenemos en cuenta que Jesús ha asumido nuestra carne, comprendemos que no cerrarse a la “propia” carne significa estar abierto no sólo a los de la propia familia, nación o partido, sino a todo hombre sin excepción, pues todos somos de la misma carne, que se ha convertido en carne de Cristo, que padece hambre, frío, abandono en cada hombre sufriente.

imgresSon estas buenas obras las que constituyen la luz de la que Jesucristo nos hace partícipes, y no la de un saber arcano reservado a unos pocos iluminados. Por eso, junto a la imagen de la luz es tan necesaria de la sal. La sal es (y era especialmente en la antigüedad, y hasta no hace tanto tiempo) una sustancia vital para conservar los alimentos, para preservar la vida y evitar la podredumbre. Son las buenas obras las que van en la dirección de la vida, de su preservación e incremento. Mientras que la opresión, la amenaza, la violencia y el egoísmo la destruyen, la corroen por dentro. La sal además da sabor a los alimentos insípidos. Podemos entender esta imagen de la sal como una llamada a vivir nuestra fe con alegría.

Hay un último detalle que nos recuerda una diferencia capital entre los iluminados y la luz que somos unidos a Cristo. El iluminado considera que ha llegado a una meta, que ha alcanzado con su esfuerzo un nivel superior, normalmente por la vía del conocimiento. En las palabras de Jesús percibimos, por el contrario, una llamada a nuestra libertad, a nuestra responsabilidad. Somos luz y sal por gracia de Dios, por nuestra relación con Cristo. Pero, porque somos libres, podemos no ser fieles a esta gracia, ocultando la luz y dejando que la sal pierda su sabor. La luz que se oculta es una fe que se guarda en el fuero de la conciencia, que no se testimonia ni se anuncia, sobre todo, con las buenas obras; una sal que se hace sosa es como ser depositario del mandamiento del amor y no amar, portador de la esperanza y no comunicarla. Si no nos esforzamos en ser luz y sal con nuestras buenas obras, que hablan de nuestro Padre, nos convertimos en cristianos de boquilla, opacos, oscuros, sosos, inútiles. Y es que, como se decía en los años 70, una iglesia (un cristiano) que no sirve, no sirve para nada, sólo para tirarla fuera y que la pise la gente. Que no sea así, que alumbre nuestra luz, la luz de Cristo en nosotros, para que todos vean nuestras buenas obras y den gloria a nuestro Padre del cielo.

Domingo 2 del tiempo ordinario (A)

enero 14, 2017

Lectura del libro de Isaías 49, 3. 5-6 Te hago luz de las naciones, para que seas mi salvación

El Señor me dijo: «Tú eres mi siervo, de quien estoy orgulloso.» Y ahora habla el Señor, que desde el vientre me formó siervo suyo, para que le trajese a Jacob, para que le reuniese a Israel -tanto me honró el Señor, y mi Dios fue mi fuerza-: «Es poco que seas mi siervo y restablezcas las tribus de Jacob y conviertas a los supervivientes de Israel; te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra.»

Sal 39, 2 y 4ab. 7-8a. 8b-9. 10 R. Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.

 

Comienzo de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 1, 1-3 La gracia y la paz de parte de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesús sean con vosotros

Yo, Pablo, llamado a ser apóstol de Cristo Jesús por designio de Dios, y Sóstenes, nuestro hermano, escribimos a la Iglesia de Dios en Corinto, a los consagrados por Cristo Jesús, a los santos que él llamó y a todos los demás que en cualquier lugar invocan el nombre de Jesucristo, Señor de ellos y nuestro. La gracia y la paz de parte de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo sean con vosotros.

Lectura del santo evangelio según san Juan 1, 29-34 Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo

En aquel tiempo, al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó: «Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Ése es aquel de quien yo dije: “Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo.” Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel. » Y Juan dio testimonio diciendo: -«He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: “Aquél sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ése es el que ha de bautizar con Espíritu Santo.” Y yo lo he visto, y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios.»

El que quita el pecado del mundo

imgresCuando escuchamos o leemos la expresión “el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”, nuestra mirada se dirige espontáneamente a Jesús, hacia el que señala Juan el Bautista. Pero para calibrar hasta el final lo que significa su acción de quitar el pecado, cargando sobre sí con nuestras dolencias y enfermedades, asumiendo nuestras culpas (cf. Is 53, 4-5; Mt 8, 17), deberíamos detenernos también a considerar ese pecado que parece reinar en el mundo y que Jesús ha venido a quitar.

No se trata, desde luego, de un peso ligero, de un mal de escasa entidad. El pecado del mundo, el mal con el nos chocamos a cada paso, no es algo banal. La empresa de eliminarlo se nos antoja una utopía, algo casi imposible. Lo que Jesús carga sobre sí, para quitárnoslo de encima, es el dolor de todas las víctimas, los destrozos del egoísmo, la impotencia ante la fuerza brutal de la injusticia y la violencia, la enfermedad del odio, que florece por múltiples motivos, pues es fácil encontrar excusas para él: personales, familiares, nacionales, raciales, religiosas… Es un peso casi insoportable, mejor dicho, no “casi”, sino insoportable a secas.

¿Cómo es posible “quitar” ese mal, ese mucho, fuerte, persistente, omnipresente mal? ¿Es ello posible realmente? ¿No se trata de un deseo piadoso, pero ingenuo, imposible? Tenemos a veces la impresión de que el mal es consustancial a nuestro mundo, a nuestra vida. Quitarlo sería, en realidad, imposible.

Sin embargo, percibimos también el mal en todas sus formas de modo espontáneo como aquello que no debe ser, como un cierto “no-ser” que corroe por dentro al ser, la vida del mundo y de los hombres. Pero eso, pese a la tentación permanente de la resignación ante el mal, el ser humano ha sentido siempre el deseo y el impulso que quitar el mal, de eliminarlo de la faz de la tierra. Muchas son las utopías filosóficas, morales, religiosas, sociales y políticas que se han propuesto erradicar el mal en lo que les parecían ser sus raíces, y que han emprendido iniciativas distintas para ello. No cabe duda de que estos intentos, casi siempre bienintencionados, han logrado algunos resultados positivos: no en vano el hombre está, pese a todo, hecho para el bien, orientado e inclinado a él de manera natural. Pero, como el mal se le presenta como una fuerza que nos aplasta, ha sido frecuente tratar de oponerle una fuerza contraria equivalente o mayor. Si se consideraba que la raíz del mal estaba en la deficiente organización social y en la educación (como, por ejemplo, pensó Platón), la solución será imponer una forma de organización social adecuada a lo que se considera la verdadera naturaleza humana, eliminando sin más todo lo que es para ella inconveniente. Si la raíz del mal se ve en una forma económica determinada (por ejemplo, la propiedad privada), el modo eficaz de eliminarlo será suprimirla por la fuerza, como pensó Marx. Si la raíz del mal se descubre en determinados errores de tipo religioso (eso que se llama herejía), acabar con el mal significará acabar con los heréticos. Como es fácil comprender, ha sido demasiado frecuente que los diversos intentos de acabar con el mal en el mundo han terminado por provocar tanto o mayor mal y sufrimiento del que pretendían suprimir.

La experiencia histórica nos dice que el mal es demasiado fuerte como para que podamos vencerlo con sólo nuestro esfuerzo, y eso que, a fin de cuentas, el mal del que hablamos no es una fuerza cósmica que nos sea completamente ajena, sino algo que nosotros mismos hemos generado. Es como si uno libremente se lanza al vacío: aunque es responsable del salto, una vez que va cayendo ya no puede hacer nada por invertir la situación. Se podría comparar la realidad del mal con un virus en el organismo: es un cuerpo extraño que no forma parte de nuestra definición (de la definición esencial de nuestro mundo), pero que nos ha infectado por dentro y que se manifiesta en todo lo que hacemos.

Sólo una fuerza superior, sobrehumana parece ser capaz de librarnos de este mal images(detener la caída o limpiarnos del virus que nos está destruyendo). De ahí el frecuente recurso a Dios en la lucha contra el mal y el pecado. Nuestras imágenes de Dios suelen ir acompañadas de la idea de la fuerza y el poder: Dios es omnipotente, es el Dios de los ejércitos, en sus manos está el poder y la fuerza, el vengará los pecados y castigará a los malvados… El problema es que estas imágenes de Dios, sin negar lo que de justo hay en ellas (pues Dios, efectivamente, es la plenitud de ser, y, por eso mismo, el que todo lo puede) están también inficionadas por ese virus del que acabamos de hablar y, por eso, no ha sido infrecuente (y lo sigue siendo) que en nombre de Dios y su justicia, en nombre de la religión, se cometan tropelías que, lejos de quitar el pecado del mundo, no hacen sino aumentar su caudal. Eso explica que haya quienes consideren que la religión, no sólo no es la solución, sino que es parte del problema.

Pero Dios no se deja atrapar en las imágenes que nos hacemos de Él. El Dios que “quita el pecado del mundo” nos sorprende, supera, incluso contradice nuestras expectativas. La sorpresa está ya preanunciada en el Antiguo Testamento. Aunque en él abundan las imágenes del Dios guerrero, el profeta Isaías nos transmite también una completamente nueva e inesperada, la del Siervo de Yahvé (cf. los cuatro cantos del Siervo: Is 42, 1-9; 49, 1-6, el que hoy reproduce la primera lectura, correspondiente al segundo; 50, 4-11; 52, 13-15. 53, 1-12), llamado a quitar el pecado por una vía totalmente distinta de la fuerza, el poder o la violencia.

La imagen que usa Juan el Bautista al señalar a Cristo es la de un cordero. El cordero es el animal pacífico, inofensivo, inocente y destinado al sacrificio en propiciación por los pecados en el Antiguo Israel. Si Jesús es un Cordero capaz de quitar los pecados del mundo, es que es uno que soporta (porta sobre sí) el mal que se ha de combatir; uno que, abandonando el papel de verdugo (que dice restablecer la justicia provocando muerte y dolor), asume el papel de la víctima, esto es, de los que sufren las consecuencias del mal y del pecado.

Ahora bien, Jesús es un Cordero por voluntad propia, uno que se hace libremente cordero. Al confesar en Jesús al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo no estamos haciendo el elogio de la debilidad y la impotencia, de los “valores enfermizos” que tanto irritaban a Nietzsche. Al contrario, el testimonio de Juan Bautista habla de un poder real: de uno que es mayor que él (que es el más grande de entre los nacidos de mujer), de uno que existe desde siempre, esto es, que es en sentido pleno, que posee el Espíritu de Dios, la fuerza del Todopoderoso, que es Hijo de Dios.

Jesús, Verbo de Dios hecho carne, Omnipotencia que ha asumido la debilidad vulnerable de la condición humana, se despoja libremente, renuncia al poder de imposición, al poder de destruir el mal y al malvado, para entregarse, cargar sobre sí, hacerse solidario en el sufrimiento de sus semejantes. Esta es la fuerza del amor, una fuerza de una potencia tal que no necesita imponerse, capaz de quitar el pecado del mundo por la vía del perdón y la reconciliación, sanándonos interiormente del virus del egoísmo y el odio, descubriéndonos que ese virus nos es ajeno, que nos impide ser nosotros mismos y descubrir a los demás en su verdad.

El pecado que hay que quitar, pese a sus múltiples expresiones estructurales, anida en su raíz en el corazón del hombre. Para quitarlo hay que sanar ese corazón, pues sin ello, toda acción destinada a eliminar las consecuencias del pecado, será impotente para impedir que se reproduzca de nuevo, posiblemente además por la vía de esa misma acción.

Jesús quita el pecado del mundo haciéndose por nosotros cordero, esto es, víctima y no verdugo (pues todos somos verdugos cuando pecamos, pero todos somos también víctimas del pecado propio y ajeno), y dándonos así la oportunidad de ser, como él, hijos de Dios, hijos en el Hijo. De esta manera, Jesús nos sana por dentro, nos libera del yugo de la esclavitud del pecado, nos da la oportunidad de ser plenamente nosotros mismos.

Juan el Bautista no se limita hoy a informarnos sobre una cierta verdad religiosa (sobre la identidad de Jesús), sino que nos invita a abrirnos a su acción: permitir que Dios, por medio de Jesús, nos quite el pecado. No nos despoja, al hacerlo, de algo nuestro, pues el pecado no es “lo nuestro”, sino lo “ajeno en nosotros”, lo que nos impide ser en plenitud, manifestar nuestra dignidad de hijos e imágenes de Dios. Se trata de permitir que Dios nos cure interiormente por medio de su amor. Y este es el verdadero y existencial significado del bautismo: no es un mero ritual simbólico, sino la acción eficaz de abrirnos a la acción de Dios, de estar permanentemente abiertos a ella, de vivir abiertos al amor que es el Espíritu de Dios.

El bautismo del Espíritu en el que hemos sido bautizados nos une con Cristo, Cordero e Hijo de Dios, débil por la debilidad de nuestra carne que ha asumido al nacer como hombre, y fuerte porque es el Hijo de Dios, la encarnación de su amor; nos unimos, pues, en el bautismo con esa lucha de Jesús con el mal y el pecado del mundo, que es nuestro mal y nuestro pecado.

Los métodos de Jesús (la entrega personal, el tomar sobre sí, el perdón y la reconciliación, la renuncia a la venganza y al odio) pueden parecernos a veces poco eficaces. Jesús experimentó también esta tentación (no de otra cosa hablan las tentaciones de Jesús en el desierto que relatan los evangelios sinópticos) y que se expresa en las palabras del profeta Isaías (omitidas en el texto de la primera lectura: “Por poco me he fatigado, en vano e inútilmente he gastado mis fuerzas” – Is 49, 4). Pero la fe nos llama a fiarnos de los “métodos” de Jesús, a vencer el mal sólo con el bien, confiando en que éste tiene una potencia infinitamente superior a todas las fuerzas del mal, como se ha manifestado en la resurrección de Jesús de entre los muertos.

También Pablo nos sirve de ejemplo. Es un ejemplo especialmente pertinente frente a la tentación del uso de la violencia en nombre de Dios y de la verdadera religión. Saulo, perseguidor violento en nombre de Dios, renunció a ella al encontrarse con Cristo, y fue así como se encontró a sí mismo, su verdadera identidad, su auténtico yo y su propia vocación: Pablo, apóstol de Cristo Jesús por designio de Dios.

Domingo después de la Epifanía del Señor -El Bautismo de Jesús

enero 7, 2017

Lectura del libro de Isaías 42, 1-4. 6-7 Mirad mi siervo, a quien prefiero

Así dice el Señor: «Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, a quien prefiero. Sobre él he puesto mi espíritu, para que traiga el derecho a las naciones. No gritará, no clamará, no voceará por las calles. La caña cascada no la quebrará, el pábilo vacilante no lo apagará. Promoverá fielmente el derecho, no vacilará ni se quebrará, hasta implantar el derecho en la tierra, y sus leyes que esperan las islas. Yo, el Señor, te he llamado con justicia, te he cogido de la mano, te he formado, y te he hecho alianza de un pueblo, luz de las naciones. Para que abras los ojos de los ciegos, saques a los cautivos de la prisión, y de la mazmorra a los que habitan las tinieblas.»

Salmo 28 R./ El Señor bendice a su pueblo con la paz

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 10, 34-38 Ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo

En aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo: – «Está claro que Dios no hace distinciones; acepta al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que sea. Envió su palabra a los israelitas, anunciando la paz que traería Jesucristo, el Señor de todos. Conocéis lo que sucedió en el país de los judíos, cuando Juan predicaba el bautismo, aunque la cosa empezó en Galilea. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él.»

Lectura del santo evangelio según san Mateo 3, 13-17 Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto

En aquel tiempo, fue Jesús de Galilea al Jordán y se presentó a Juan para que lo bautizara. Pero Juan intentaba disuadirlo, diciéndole: -«Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?» Jesús le contestó: -«Déjalo ahora. Está bien que cumplamos así todo lo que Dios quiere.» Entonces Juan se lo permitió. Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrió el cielo y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él. Y vino una voz del cielo que decía: -«Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto.» 

Éste es mi Hijo amado

Los acontecimientos se precipitan. La liturgia nos mete prisa. O, como solemos decir, “el tiempo pasa volando”. Hablamos así, por ejemplo, cuando, tras un cierto período de tiempo sin ver a unos amigos con hijos, los volvemos a encontrar y resulta que los niños se han convertido ya en unos hombres y mujeres hechos y dda035d456fc8c52ff2bdf1ba8f158e8derechos. Hace tan sólo unos días contemplábamos el misterio de Dios hecho hombre en un niño recién nacido al que nos acercamos a adorarlo junto con los pastores y los Magos de Oriente, y hoy nos encontramos ya con Jesús adulto y preparado para iniciar su ministerio público.

En una semana la liturgia da un salto de treinta años. De hecho, apenas tenemos datos de la infancia y juventud de Jesús, más que vivió “sometido a la tutela de sus padres” y que “crecía en sabiduría, estatura y aprecio ante Dios y ante los hombres” (cf. Lc 2, 51-52). Es decir, que se fue desarrollando con normalidad, incluyendo en ella, los inevitables conflictos que conlleva el crecimiento personal y el descubrimiento de la propia autonomía (cf. Lc 2, 41-49). En síntesis, podemos decir que en ese largo período, Jesús aprendió a ser hombre, a vivir según las leyes de la humanidad, a discernir el bien del mal, que en su caso significa experimentar que en este mundo bueno creado por Dios existe también el mal, el conflicto, el sufrimiento, la injusticia en todas sus formas. En todo caso, lo importante aquí es que podemos ver hoy el resultado de este proceso de maduración. La liturgia nos presenta hoy (en continuidad con la fiesta de la Epifanía) a Jesús adulto y dispuesto a comenzar su actividad pública, que tiene lugar en el Jordán, donde Juan el Bautista se encontraba bautizando.

La aparición de Juan el Bautista fue un acontecimiento muy notable en la convulsa vida del Israel de aquel tiempo. El profetismo es uno de los fenómenos religiosos más significativos de la fe de Israel. Por el profetismo Israel escucha una Palabra de Dios viva y ligada a los acontecimientos de su historia. Pero el profetismo acabó desapareciendo tras el destierro. Desde hacía siglos Israel leía, recordaba, interpretaba la Palabra de Dios, pero ya no podía escucharla en la inquietante y actual voz de los profetas. Y he aquí que aparece Juan, que en su vida y en su modo de acción restablece la antigua profecía. Es lógico que algunos se preguntaran (y le preguntaran) si no era él el Mesías prometido.

Pero no, él no era el Mesías, sino aquel que debía preparar el camino de su aparición. De ahí su llamada a volver a la antigua fidelidad, al momento fundacional del pueblo que debía ser reconstituido, su exigencia de conversión y purificación de los pecados, significado por el rito bautismal en el Jordán; de ahí, también, que eligiera el desierto como su lugar de morada.

No conocemos con detalle que relación existió entre Juan y Jesús. Lucas los presenta como emparentados lejanamente. Pero, en el otro extremo, el Evangelio de Juan informa de que no se conocían (cf. Jn 1, 31). Otra hipótesis dice que Jesús empezó siendo discípulo del Bautista, o, al menos, que ambos estaban ligados por la espiritualidad del movimiento esenio… Parece que a los Evangelistas nos les interesó aclarar estos extremos porque lo que era claro es que Juan acabó reconociendo en Jesús al Mesías esperado y que Jesús tenía a Juan en una altísima estima (el mayor entre los nacidos de mujer). Entre ellos y sus respectivos grupos hubo ciertamente contactos. Jesús mismo durante su vida realizó prácticas de bautismo penitencial similares a las de Juan (cf. Jn 3, 22) y parece seguro que algunos de los discípulos de Jesús habían sido discípulos del Bautista (cf. Jn 1, 35-37).

Tanto los evangelios sinópticos como el de Juan coinciden en situar el bautismo de Jesús al comienzo de su ministerio público. Huelga decir que el bautismo de Jesús no es el sacramento del bautismo que nosotros hemos recibido (no es infrecuente que los niños, pero también ciertos cristianos, deliciosamente ingenuos, pregunten por qué Jesús no se bautizó de pequeño y cuándo entonces hizo la primera comunión). Aunque entre el bautismo de Juan y el de Jesús existe un vínculo estrecho, precisamente gracias a que Cristo quiso ser bautizado por Juan.

¿Por qué se bautiza Jesús? Se trataba de un rito de purificación, pero Jesús no tenía pecados de los que purificarse. Una primera respuesta es que Jesús se une a su pueblo, que acudía en masa a bautizarse (cf. Mc 1,5). Es decir, participaba de la tensión mesiánica de su pueblo, a la que Él mismo iba a dar definitiva respuesta.

Por otro lado, ilumina el sentido de este bautismo la pugna entre Juan y Jesús. Juan se resiste a bautizar a Jesús, reconoce su papel mediador del que ha de crecer mientras él mengua, protesta que es él quien necesita ser bautizado por Jesús (lo sería ciertamente en su martirio). Cede sólo ante las palabras algo enigmáticas de Jesús: “déjalo ahora; conviene que cumplamos toda justicia”. El ahora indica tal vez la provisionalidad del bautismo de Juan, que había de ser sustituido por el auténtico y definitivo bautismo cristiano. La justicia que se ha de cumplir es “la respuesta del hombre a la Torá, la aceptación plena de la voluntad de Dios, la aceptación del «yugo del Reino de Dios», según la formulación judía”[1]. Y aunque el bautismo de Juan no está previsto en la Torá –continúa Ratzinger– Jesús, con su respuesta lo reconoce como expresión de un sí incondicional a la voluntad de Dios, como obediente aceptación de su yugo.

Es decir, Jesús, como hombre, se somete por entero a Dios su Padre, que le reconoce como su Hijo. De esta forma se prefigura el futuro camino de Jesús. Al participar en el bautismo de purificación, Jesús está realizando de manera simbólica lo que será el sentido y la realidad de su misión: toma sobre sí los pecados de su pueblo, los pecados del mundo.

El pecado es el rechazo de Dios, la rebelión contra Él, la voluntad de no someterse directa o indirectamente a su designio. Todo acto de injusticia, de mentira, de odio y violencia, de egoísmo y negación del otro implica alejarse de Dios, cerrar el camino de acceso a Él. Cuando Jesús “cumple toda justicia” se somete como hombre al designio de Dios, elimina la causa que cierra la posibilidad de reconocer a Dios y de ser reconocido por Él, es decir, “toma sobre sí el pecado del mundo”.

Por eso, tras el bautismo de Jesús los cielos se abren y se produce una teofanía trinitaria. Dios, eliminado el obstáculo que le impedía acercarse al hombre, muestra inmediatamente su rostro. Se restablecen los vínculos entre Dios y la humanidad. El Dios trinidad, Padre que ama (Espíritu Santo) a su Hijo, reconoce en el hombre Jesús a su propio Hijo. En Jesús se ha producido el reencuentro pleno entre Dios y el hombre. Ahora, en Cristo, es posible escuchar de nuevo la voz de Dios que suena no para condenar y reprochar, sino para reconocer y acoger.

Está claro que en el bautismo Jesús está anticipando su muerte en la cruz, el momento culminante en el que Jesús toma sobre sí los pecados del mundo y padece sus consecuencias, ofreciendo su vida a Dios, sometiéndose hasta el extremo a la voluntad de Dios, su Padre. De hecho, Jesús habla de su muerte en Cruz como del bautismo en el que tiene que ser bautizado. (cf. Mc 10, 38; Lc 12, 20). Queda así prefigurado todo el misterio de la salvación: el bautismo es sinónimo de la muerte en la cruz y purificación de todos los pecados; en esto estriba la posibilidad de que el hombre se reconcilie con Dios, consigo mismo y con los demás. De hecho, las palabras de la voz que desciende del cielo, “Este es mi hijo amado”, podemos entenderlas como dirigidas a cada uno de nosotros. En Cristo, con el que nos unimos en el misterio de la muerte y la resurrección por medio del bautismo, todos somos hijos de Dios.

Hace pocos días, en la celebración de la Navidad, contemplábamos al niño Jesús, el hijo de María y en la fe reconocíamos en Él al Hijo de Dios. Hoy descubrimos a ese niño ya adulto y sabemos que en Él también nosotros somos “niños”, hijos del Padre bueno que por amor ha entregado la vida de su Hijo para la salvación de todos.

Así, también nosotros estamos llamados, como Jesús, a “tomar sobre nosotros los pecados del mundo”. ¿Cómo? Existen varias formas: Reconociendo los propios pecados con humildad y sin miedos: Dios los toma sobre sí al perdonarlos. El sacramento de la reconciliación (junto con el de la Eucaristía) es una forma preclara de renovar en nosotros los efectos del bautismo. Perdonando nosotros las ofensas que otros nos puedan infligir: no devolver mal por mal, sino bien por mal. Haciendo el bien que podamos, para, por decirlo así, aumentar el capital de bien que hay en el mundo y colaborar a que se abran los cielos sobre nosotros. Es una forma de “dar la vida” como lo hizo Cristo. Confesando sin miedos y sin complejos al Cristo en el que hemos sido bautizados. Tratando de mirar a nuestro mundo con ojos positivos. Es cierto que existe mal y mucho mal. Pero también existe el bien, y mucho bien, y además el bien está llamado a vencer, ya ha vencido en la muerte y resurrección de Cristo. Que nuestra mirada no sea catastrofista y sombría sin dejar de ser realista y crítica: que sea esperanzada, como lo es la mirada de Dios.

En cada ser humano hay alguien llamado a ser hijo de Dios, a escuchar la palabra que define el sentido de nuestra dignidad, de nuestra vida y también de nuestra muerte: “tú eres mi hijo amado; tú eres mi hija amada”.

[1] J. Ratzinger, Jesús de Nazaret, Madrid, 2007, p. 39.

Domingo 4 de adviento (A)

diciembre 17, 2016

Lectura del libro de Isaías 7,10-14 Mirad: la virgen está encinta

En aquellos días, el Señor habló a Acaz: –«Pide una señal al Señor, tu Dios: en lo hondo del abismo o en lo alto del cielo.» Respondió Acaz: – «No la pido, no quiero tentar al Señor.» Entonces dijo Dios: – «Escucha, casa de David: ¿No os basta cansar a los hombres, que cansáis incluso a mi Dios? Pues el Señor, por su cuenta, os dará una señal: Mirad: la virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel, que significa “Dios-con-nosotros”.»

Sal 23, 1-2 3-4ab. 5-6. R. Va a entrar el Señor, él es el Rey de la gloria.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 1, 1-7. Jesucristo, de la estirpe de David, Hijo de Dios

Pablo, siervo de Cristo Jesús, llamado a ser apóstol, escogido para anunciar el Evangelio de Dios. Este Evangelio, prometido ya por sus profetas en las Escrituras santas, se refiere a su Hijo, nacido, según la carne, de la estirpe de David; constituido, según el Espíritu Santo, Hijo de Dios, con pleno poder por su resurrección de la muerte: Jesucristo, nuestro Señor. Por él hemos recibido este don y esta misión: hacer que todos los gentiles respondan a la fe, para gloria de su nombre. Entre ellos estáis también vosotros, llamados por Cristo Jesús. A todos los de Roma, a quienes Dios ama y ha llamado a formar parte de los santos, os deseo la gracia y la paz de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo.

Lectura del santo evangelio según san Mateo 1, 18-24. Jesús nacerá de María, desposada con José, hijo de David

El nacimiento de Jesucristo fue de esta manera: María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, que era justo y no quería denunciarla, decidió repudiarla en secreto. Pero, apenas había tomado esta resolución, se le apareció en sueños un ángel del Señor que le dijo: –«José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, p
orque él salvará a su pueblo de los pecados.» Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que había dicho el Señor por el Profeta: «Mirad: la Virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrá por nombre Emmanuel, que significa “Dios-con-nosotros”.» Cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y se llevó a casa a su mujer.

Cooperadores necesarios

La última semana de Adviento pasa de las esperanzas a los hechos, de las promesas (incluso de las muy inminentes, como las de Juan Bautista), a los cumplimientos. A pocos días de la gran fiesta el Evangelio nos avisa: “el nacimiento de Jesucristo fue de esta manera”. Y entran en escena personajes que ya no anuncian, prometen o preparan, sino que intervienen como actores principales de ese nacimiento. Ante todo, María, la madre, pero también José, su esposo, que se encontró con que, antes de vivir juntos, María “esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo”.imgres

La alusión al Espíritu Santo lo dice todo: Dios se ha hecho presente. No es una presencia avasalladora, pues se manifiesta en la realidad, tan cotidiana y, al mismo tiempo, tan extraordinaria de una mujer embarazada, en cuyo seno florece la vida. A pesar de la cotidianidad y humildad con que se presenta, esta presencia de Dios en nuestra vida es siempre algo inquietante. Esa inquietud ante lo inesperado y misterioso y que, además, nos rompe los esquemas, el “temor de Dios”, puede ser de calidad muy distinta. La Palabra de Dios lo presenta hoy con claridad, en el extremo contraste que se da entre las actitudes de Acaz, en el texto profético de Isaías, y de José, en el Evangelio en el que Mateo presenta el cumplimiento de aquella profecía.

La primera forma de temor la representa Acaz, el rey inicuo, y es el miedo. La manifestación de Dios, incluso en esa forma humilde y extraordinaria pero aparentemente inofensiva (la virgen encinta que da a luz un hijo), nos complica la vida, la sentimos como amenaza, como una invasión indebida de nuestro territorio, y preferimos que Dios esté lejos, fuera de nuestra vida, que no nos exija exponernos ante Él, pues puede poner al descubierto nuestros pecados y poner en cuestión los planes a los que no estamos dispuestos a renunciar. Dios desea manifestarse, pero nosotros, como Acaz, buscamos y encontramos excusas para evitarlo, excusas que pueden incluso sonar muy bien, excusas casi piadosas (“no quiero tentar al Señor”), pero que, en el fondo, esconden el rechazo de la cercanía de Dios, del Emmanuel, del Dios con nosotros. Rechazo y excusas que no son más que estrategias que tratan de estorbar e impedir el plan de Dios, que, pese a todo, va adelante.

Pero no es que vaya adelante porque Dios se imponga con violencia, sino porque busca y encuentra a gentes bien dispuestas, que se ponen a disposición de ese plan y cooperan con él. Es la disposición de María, su “fiat”, como lo relata Lucas. Mateo, por su parte, fija su atención en José, otro colaborador necesario. En José encontramos hoy personificada la otra forma de temor de Dios, que no consiste en el miedo, sino en el respeto. José descubre en el misterioso embarazo de María el dedo de Dios, y, porque es justo, decide retirarse respetuosamente, renunciando a sus derechos. Pero Dios no viene a rivalizar con el hombre, sino a encontrarse con él; Dios no se acerca al hombre destruyendo los vínculos y las relaciones humanas, aunque a veces, como en el caso de hoy, las transforma y les da un significado nuevo y más pleno. Por eso, el temor respetuoso de José, tras ese primer movimiento de retirada, descubre que su desposorio con María lo vincula con el plan de Dios. Lo descubre en un sueño. No podemos no recordar a aquel otro José, llamado por sus hermanos “el soñador” (cf. Gn 37, 19). También José recibe luces especiales por medio del sueño. Pero, a diferencia de los sueños del hijo de Jacob, que lo ponen en una posición de privilegio y superioridad sobre sus hermanos, en el caso de José (cuyo padre también se llamaba Jacob: cf. Mt 1, 16), el sueño hace de él un servidor de los que están en el centro: María y el fruto de su vientre, a los que debe acoger y proteger. También es un privilegiado, pero es el privilegio del servicio.

Y es que José no es un soñador; lo que comprende en el sueño le lleva a tomar decisiones difíciles y arriesgadas: renunciar a sus propios planes, para ponerse al servicio del plan de Dios. El sueño se convierte en disposición a la cooperación. José, así, se abre a lo nuevo e inesperado: el “audire” se traduce en un “oboedire”, que no puede entenderse más que como un acto de libertad. De esta forma se le abren a José perspectivas nuevas, adquiere imgres-1una nueva forma de paternidad, no biológica, pero tampoco, como a veces se dice, meramente legal. José acoge a María, portadora del signo prodigioso de la presencia de Dios, acoge también al hijo de María y le da un nombre (que, en efecto, lo constituye en padre legal); pero, al actuar así, está acogiendo al mismo Dios, haciendo posible la realización de la promesa davídica y la obra de la salvación. Hay en la actitud cooperante de José una fecundidad que alcanza a la humanidad entera y que se prolonga en la misión apostólica de la Iglesia, que sigue anunciando el Evangelio, la Buena noticia de Jesucristo, “nacido, según la carne, de la estirpe de David” y que nos alcanza e incluye también a todos nosotros.

Jesús va a nacer. No se trata sólo del recuerdo de lo que sucedió hace algo más de dos mil años. Jesús quiere seguir naciendo, haciéndose “Dios con nosotros”, cercano de muchos que no saben nada de él. Los signos de su presencia son cotidianos y, a la vez, extraordinarios: la vida que nace, el agua que nos limpia, el pan que compartimos, la fraternidad en la que nos incluimos los que antes éramos extraños. José es para nosotros hoy un maestro de justicia, un modelo de cómo reaccionar a esa voluntad de Dios de nacer entre nosotros. Ante todo, hemos de evitar ser como Acaz, que busca excusas y pone obstáculos, no quiere ver los signos y trata de impedir la presencia. En segundo lugar, ser capaces, como José, de descubrir la extraordinaria presencia de Dios en lo ordinario y cotidiano y entender los sueños que nos hablan de confianza, acogida y aceptación. Esto significa estar abiertos a la escucha y dispuestos a la obediencia. La acogida de la que hablamos tiene varios frentes. Ante todo, la acogida de la vida, de tantas formas amenazada, rechazada e impedida en nuestros días, a veces, como en el caso de Acaz, con palabras que suenan muy bien (pretendidos “derechos”), pero que esconden el miedo patológico a la responsabilidad, al riesgo, a la generosidad. También, puesto que se trata del nacimiento de Cristo, la acogida de la Iglesia, que anuncia el misterio. José, varón justo, supo percibir la presencia de Dios en el inexplicable embarazo de su prometida, y acogió a María, que para otros estaba bajo sospecha. También hoy la Iglesia está bajo sospecha. A diferencia de María Inmaculada, la Iglesia tiene manchas, es cierto, pero no deja de ser la portadora del misterio de Cristo, la anunciadora de la presencia cercana del Dios con nosotros y la dispensadora de los múltiples medios de gracia (la Palabra, los sacramentos, las obras de caridad de millones de sus miembros). Los pecados de algunos, repetidos y aireados hasta la náusea, no deben cegarnos para la santidad de la que, pese a todo, también está grávida “por obra del Espíritu Santo”. Acoger a la Iglesia en fe, como José acogió a María, significa convertirse en “cooperador necesario” del plan de Dios y, como dice Pablo, aceptar el don y la misión de hacer posible que Jesús siga naciendo, para que todos los gentiles, todos los seres humanos, respondan a la fe, para gloria de su nombre.