Segundo Domingo de Pascua (A) “in Albis”

abril 22, 2017

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 2, 42-47 Los creyentes vivían todos unidos y lo tenían todo en común

Los hermanos eran constantes en escuchar la enseñanza de los apóstoles, en la vida común, en la fracción del pan y en las oraciones. Todo el mundo estaba impresionado por los muchos prodigios y signos que los apóstoles hacían en Jerusalén. Los creyentes vivían todos unidos y lo tenían todo en común; vendían posesiones y, bienes, y lo repartían entre todos, según la necesidad de cada uno. A diario acudían al templo todos unidos, celebraban la fracción del pan en las casas y comían juntos, alabando a Dios con alegría y de todo corazón; eran bien vistos de todo el pueblo, y día tras día el Señor iba agregando al grupo los que se iban salvando.

Sal 117, 2-4. 13-15. 22-24 R. Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia.

 Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro 1, 3-9 Por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza viva

Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que en su gran misericordia, por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza viva, para una herencia incorruptible, pura, imperecedera, que os está reservada en el cielo. La fuerza de Dios os custodia en la fe para la salvación que aguarda a manifestarse en el momento final. Alegraos de ello, aunque de momento tengáis que sufrir un poco, en pruebas diversas: así la comprobación de vuestra fe -de más precio que el oro, que, aunque perecedero, lo aquilatan a fuego- llegará a ser alabanza y gloria y honor cuando se manifieste Jesucristo. No habéis visto a Jesucristo, y lo amáis; no lo veis, y creéis en él; y os alegráis con un gozo inefable y transfigurado, alcanzando así la meta de vuestra fe: vuestra propia salvación.

Lectura del santo evangelio según san Juan 20, 19-31 A los ocho días, llegó Jesús

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: -«Paz a vosotros.» Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: -«Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.» Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: -«Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.» Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: -«Hemos visto al Señor.» Pero él les contestó: -«Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo.» A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: -«Paz a vosotros.» Luego dijo a Tomás: -«Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.» Contestó Tomás: -«¡Señor mío y Dios mío!» Jesús le dijo: -«¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto.» Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Éstos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.

 

Reunidos para ver al Señor

 

Si el tiempo de Cuaresma es un camino catequético para los catecúmenos que se preparan al Bautismo, el tiempo de Pascua es el momento de la catequesis mistagógica, de profundización de la catequesis bautismal: después de habernos sumergido en la muerte de Cristo, representada en las aguas bautismales, la luz de la Resurrección nos va iluminando los lugares de encuentro con el Señor. Y el primer lugar que ilumina esa luz es la propia comunidad de los discípulos. El Bautismo supone necesariamente la pertenencia a la comunidad creyente, la inserción en la Iglesia. Ser “creyente por libre”, sin comunidad ni comunión con los otros discípulos de Jesús, es una contradicción, prácticamente un imposible. Ser creyente en Cristo al margen de la comunidad que me anuncia y proclama la Palabra, que me ha bautizado y que parte el Pan de la Eucaristía, es lo mismo que ser cristiano sin Cristo. Y los que pretenden ser cristianos al margen de la Iglesia, en realidad viven también de ella (pues de ella toman la fe que dicen, pese a todo, profesar), pero a modo de parásitos, sin construirla ni mantenerla.

Es lo que, tal vez, intentó Tomás, que, quién sabe por qué motivos (por una desilusión profunda tras la muerte de Jesús, o por hartazgo de la compañía de los otros diez, que tras la muerte de Jesús se le hacía insoportable, o por cualesquiera otros motivos), se apartó del grupo y, en consecuencia, no pudo ver al Señor resucitado aquél “primer día de la semana” en que los demás discípulos estaban reunidos.

La primera lectura concluye diciendo que “Día tras día el Señor iba agregando al grupo los que se iban salvando”. Pertenecer a la Iglesia y agregarse al grupo (que el Señor nos agregue) no puede entenderse simplemente como un acto jurídico o una mera pertenencia social: aquí estamos hablando de algo mucho más radical, de un acto salvífico que sólo puede suceder por la acción gratuita de Dios. Se trata de un nuevo nacimiento: “Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que en su gran misericordia, por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha hecho nacer de nuevo”, nos escribe Pedro hoy. Eso es el Bautismo: una nueva vida, la nueva vida que Jesús resucitado nos comunica con su presencia.

Esa nueva vida se expresa y se manifiesta dentro y fuera de la comunidad creyente. Dentro se expresa en la escucha de la Palabra (la enseñanza de los Apóstoles), en la fracción del Pan y en la oración común, en una fe compartida que lleva a compartir también los bienes para remediar las necesidades materiales. El cuadro ideal que nos pinta el texto de los Hechos de los Apóstoles se refleja igualmente en el Evangelio, que presenta a los discípulos reunidos en torno a la mesa eucarística y recibiendo del Resucitado el saludo de paz.

Pero también se manifiesta hacia fuera, en primer lugar, en que la presencia del Señor Resucitado abre la comunidad que se escondía con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Es fácil comprender que ser discípulo de un ejecutado a muerte por blasfemo y sedicioso era muy peligroso. Pero los peligros externos, que nos pueden inducir a encerrarnos temerosos en nosotros mismos, se disuelven ante la evidencia del triunfo de la vida sobre la muerte. Jesús, presente en medio de los discípulos, abre la puertas de la comunidad, les abre las mentes y los corazones, les da su Espíritu y los envía: la comunidad de los creyentes no vive para sí misma, la Iglesia existe para anunciar el Evangelio, pues la Buena Noticia de la Resurrección no sólo es buena para el pequeño círculo de los discípulos, sino para el mundo entero. Y los creyentes que han visto al Señor salen de su cerrazón y anuncian abiertamente y sin miedo, y hacen muchos signos y prodigios; no se trata necesariamente de hechos milagrosos, en el sentido de maravillosos y sorprendentes, sino de signos de la vida nueva: hacer el bien a los extraños, curar a los enfermos, atender a los pobres, servir a Cristo en los pequeños hermanos, transmitir el perdón de los pecados en el ministerio de la reconciliación. Todas estas cosas, sin salirse del marco de la normalidad física, no dejan de ser sorprendentes, prodigiosas, pues expresan el milagro de un corazón nuevo, de una vida nueva.

Sin embargo, no podemos dejar de reconocer que la inserción en la comunidad eclesial no es siempre tan fácil. Se exhiben con suma frecuencia los mil motivos por los que uno se excusa de esa pertenencia, muchos de ellos los sentimos cada uno de nosotros cotidianamente. Son motivos que nos invitan a tomar el camino de Tomás y ausentarnos de la reunión con los otros discípulos “el primer día de la semana”. También las dificultades son aquí internas y externas. Las internas tienen que ver, sobre todo, con las debilidades, defectos y pecados de los propios miembros de la comunidad. El cuadro que se nos dibuja en el texto de los Hechos es más un ideal que una realidad efectiva. Ya hemos visto que la comunidad tiene tendencia a cerrarse en sí misma, dentro de ella habitan el miedo, también la ambición, la tentación de la violencia, existen además conflictos entre distintos puntos de vista. De todos estos problemas nos informan abundantemente los Evangelios, y también el libro de los Hechos de los Apóstoles y las Cartas de Pablo. El que se inserta en la comunidad creyente experimenta con relativa facilidad una cierta decepción: soñó entrar en una comunidad regida por criterios exclusivamente evangélicos, y se encuentra con miserias humanas que hacen opaca la luz del Resucitado. La tentación del purismo empuja a salir del grupo de estos discípulos tan imperfectos, entonces igual que ahora. Aquí se revela una de las debilidades fundamentales de la vida interna de la Iglesia: la falta de fe. Tomás es, una vez más, representante de esta actitud. Así como la fe nos lleva a la comunidad, su debilidad la debilita. La fe es un tesoro que llevamos en vasijas de barro (cf. 2 Cor 4, 7) y, por eso, la comunidad cristiana se encuentra siempre en peligro de desintegración, de dispersión. Cada vez que un miembro la abandona, sufre el cuerpo de Cristo.

Pero los mismos textos nos dan la clave para superar estas dificultades. En primer lugar, el hecho mismo de que es en la comunidad en donde podemos ver al Señor; en segundo lugar, se nos avisa de cuáles son las condiciones para que el Señor se haga visible: la reunión eucarística, la escucha de la Palabra y la fracción del pan; un elemento muy importante para el fortalecimiento de la fe es el testimonio interno de la comunidad. En esto han insistido constantemente los textos evangélicos de esta primera semana de Pascua, y también el evangelio de hoy. No hay que dar la fe por descontada dentro de la comunidad, es fundamental que nos comuniquemos nuestras experiencias de fe, que nos enriquezcamos mutuamente, que nos fortalezcamos unos a otros. Así se construye la comunidad. Porque, igual que la descripción de la primera comunidad cristiana es un ideal, pero, precisamente por ello, también es una tarea, una responsabilidad, la fe es un proceso (lo atestigua el mismo camino catequético y mistagógico) y de este proceso es responsable toda la comunidad cristiana. Los discípulos que vieron al Señor aquel primer día de la semana se lo comunicaron a Tomás, invitándolo a reintegrarse en el grupo. Pese a sus reticencias, y poniendo duras condiciones, Tomás accedió a participar “a los ocho días”, de nuevo “el primer día de la semana”. Las condiciones de Tomás eran razonables: no quería creer en fantasmas, ni participar en alucinaciones colectivas. Si se trataba del mismo Jesús, muerto en la cruz, tenía que tener en su cuerpo las huellas de la Pasión. “Tocar las heridas” no es sólo un desafío propio de la incredulidad, sino una exigencia de la encarnación, que se expresa en el dramático realismo de la muerte. En la imperfecta comunidad de los discípulos vive el cuerpo de Cristo, pero este cuerpo está herido. Debilidades y pecados, defectos y conflictos nos hablan de este cuerpo herido de Cristo. Y hay que tocar esas heridas para poder alcanzar la sanación y esquivar la tentación de un falso misticismo que no mira a la realidad. Del mismo modo que, hacia fuera de la comunidad, tocar las heridas significa mirar cara a cara los sufrimientos de los seres humanos, los pequeños hermanos de Jesús en los que se prolonga su pasión. Tocar esas heridas abiertas y todavía sangrantes tiene mucho que ver con los prodigios que los apóstoles y discípulos hacían como testimonio de la fe en cumplimiento del envío encargado por Cristo.

Naturalmente, fuera de la comunidad no todo son parabienes y aplausos (como sugiere el libro de los Hechos: “eran bien vistos de todo el pueblo”); también ahí hay dificultades, como nos recuerda en un contrapunto de realismo la carta de Pedro, que tiene hoy para nosotros especial actualidad: existen persecuciones y oposiciones que nos pueden hacer sufrir en pruebas diversas. Pero esas dificultades se superan precisamente por la presencia en la comunidad del Señor resucitado al que vemos por la fe, más valiosa que el oro y, por eso, necesitada de ser purificada, aquilatada y fortalecida. Así es posible la paradoja de la alegría en medio de la prueba.

Estamos viviendo en el “primer día de la semana”. No nos reunimos en el Sábado, el día en el que Dios descansó de su obra creadora, sino en el primer día, el día en el que Dios creó la luz y la separó de las tinieblas (cf. Gn 1, 3-4). Este primer día es el día de la nueva creación: Dios ha vuelto a crear la luz, la de la resurrección, y la ha separado de la oscuridad de la muerte. Y, por eso, nosotros podemos ver a Jesús vivo y en medio de nosotros, y podemos escuchar la palabra que nos dice: “Paz a vosotros”, haciendo así posible el ideal de la comunidad creyente, reconciliada y que, sin miedo y abiertamente, da testimonio ante el mundo entero.

Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor (A)

abril 15, 2017

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 10, 34a. 37-43 Hemos comido y bebido con él después de la resurrección

En aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo: – «Conocéis lo que sucedió en el país de los judíos, cuando Juan predicaba el bautismo, aunque la cosa empezó en Galilea. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él. Nosotros somos testigos de todo lo que hizo en Judea y en Jerusalén. Lo mataron colgándolo de un madero. Pero Dios lo resucitó al tercer día y nos lo hizo ver, no a todo el pueblo, sino a los testigos que él había designado: a nosotros, que hemos comido y bebido con él después de su resurrección. Nos encargó predicar al pueblo, dando solemne testimonio de que Dios lo ha nombrado juez de vivos y muertos. El testimonio de los profetas es unánime: que los que creen en él reciben, por su nombre, el perdón de los pecados.»

Sal 117, 1-2. l6ab-17. 22-23 R. Éste es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo.

SECUENCIA

Ofrezcan los cristianos
ofrendas de alabanza
a gloria de la Víctima
propicia de la Pascua.

Cordero sin pecado
que a las ovejas salva,
a Dios y a los culpables
unió con nueva alianza.

Lucharon vida y muerte
en singular batalla,
y, muerto el que es la Vida,
triunfante se levanta.

«¿Qué has visto de camino,
María, en la mañana?»
«A mi Señor glorioso,
la tumba abandonada,

los ángeles testigos,
sudarios y mortaja.
¡Resucitó de veras
mi amor y mi esperanza!

Venid a Galilea,
allí el Señor aguarda;
allí veréis los suyos
la gloria de la Pascua.»

Primicia de los muertos,
sabemos por tu gracia que estás resucitado;
la muerte en ti no manda.

Rey vencedor, apiádate
de la miseria humana
y da a tus fieles parte
en tu victoria santa.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Colosenses 3, 1-4 Buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo

Hermanos: Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra. Porque habéis muerto, y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida nuestra, entonces también vosotros apareceréis, juntamente con él, en gloria.


Lectura del santo evangelio según san Juan 20, 1-9
 Él había de resucitar de entre los muertos

El primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro. Echó a correr y fue donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo, a quien tanto quería Jesús, y les dijo: – «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto.» Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; y, asomándose, vio las vendas en el suelo; pero no entró. Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio las vendas en el suelo y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.

 

Ya amanece, aunque aún está oscuro

 

Durante la vigilia pascual millones de cristianos, muchos de nosotros, hemos permanecido en vela. Las gentes son capaces de velar durante horas y días con tal de ser testigos de un acontecimiento extraordinario: un eclipse de sol o de luna, una aurora boreal… Tanto más, nosotros, hemos querido permanecer en vela para poder ser testigos del acontecimiento más extraordinario y decisivo de la historia de la humanidad y del Cosmos entero: la muerte que parece reinar sin oposición ha sido definitivamente vencida. Jesús, el Autor de la vida, que parecía haber sucumbido a ese poder enorme, ha salido de la tumba vencedor del pecado y de la muerte. Y su victoria no es una victoria para sí, sino para todos los seres humanos, y para la creación entera, que gime y sufre con dolores de parto, y espera ser liberada de la corrupción, para participar de la gloriosa libertad de los hijos de Dios (cf. Rm 8, 21-22), pues no en vano la salvación del hombre es también la salvación del mundo del hombre.

En esta noche en vela hemos visto la luz, la Palabra nos ha mostrado el grandioso cuadro de la historia de la salvación, el caminar de Dios en busca del hombre, hemos renovado nuestro renacimiento en las aguas del bautismo, hemos podido gustar el banquete del pan de vida y del vino de salvación que son el cuerpo y la sangre entregados por nuestro Salvador para inaugurar así los tiempos nuevos, la presencia, en este mundo viejo y herido de muerte, del nuevo mundo, del Reino de Dios, del primer día de la semana, día de la nueva creación. Sabiendo todo esto, muchos no hemos podido, no hemos querido dormir, sino permanecer en vela. Pero, ¿cómo es que lo hemos sabido? ¿Quién nos ha dado el aviso que nos ha hecho permanecer en vela?

Nuestra mente y nuestros corazones se vuelven agradecidos a aquellos primeros discípulos que vivieron aquella noche y la anterior bajo el peso insoportable de la muerte del Maestro, sin saber lo que había de acontecer en aquel amanecer del primer día de la semana. Aún así, tampoco ellos podían dormir, sentían que debían permanecer en vela, ir de madrugada al sepulcro. De entre todos ellos, destacan las mujeres, María Magdalena y la otra María, señalaba anoche el evangelista Mateo; Juan, hoy, se fija sólo en la primera.

María Magdalena va al sepulcro cuando todavía estaba oscuro, pero ya está amaneciendo. El poder de la muerte parece aún dominar, pero, en realidad, aunque no lo percibamos, la luz de la resurrección ya ilumina la noche. La lámpara que guía a María en la noche de su tristeza es el amor: el amor por el Maestro, el amor que sobrevive a la muerte. Todos tenemos la experiencia de que, al morir un ser querido, el amor nos impulsa a estar cerca de él, aunque esté muerto, como queriendo retener su presencia entre nosotros. María, por puro amor, quiere estar cerca de Jesús; ella y las otras mujeres quieren ocuparse del cadáver de Cristo, sin saber cómo, pues el sepulcro está cerrado a cal y canto.

La muerte es cerrazón y oscuridad, es descomposición y caos. Pero María, y después el discípulo amado y Pedro, se encuentran el sepulcro vacío, abierto, con luz, y en orden (las vendas, el sudario doblado en un lugar aparte). Lo primero en la experiencia de la resurrección no es la aparición (de ángeles, del mismo Cristo), sino la ausencia: no está el cadáver, y los signos de muerte, oscuridad, cerrazón y caos se han desvanecido. Y este “ver” la ausencia es suficiente para empezar a creer.

De esta manera paradójica e indirecta los evangelios van indicando que los signos del poder de la muerte, tan poderosa que ni el Hijo de Dios ha podido superarla, empiezan a palidecer.

El hecho de que no “vean” al Señor Resucitado, sino sólo la ausencia de Jesús muerto, y los signos de la muerte recogidos y ordenados, nos ilustra sobre qué significa “ver” y “creer”. Lo primero que dice es que no se trata de relatos fantásticos, creados para sorprender, para suscitar credulidad, y en los que se despliega un alarde de imaginación y de recursos narrativos maravillosos. Al contrario, destacan por su austeridad y sencillez, casi por su “normalidad”. Se narra escuetamente una desaparición.

El segundo elemento, continuamente presente en todos los relatos de la Resurrección, es la dificultad que tuvieron los discípulos para creer en la Resurrección. No fue cosa de un momento, sino un proceso largo y difícil de maduración en la fe. Empezando por la experiencia del sepulcro vacío hasta “ver” al Señor, hubieron de hacer todo un camino. El evangelio de hoy lo dice bien: “Y es que hasta entonces no habían entendido la Escritura, que Jesús tenía que resucitar de entre los muertos” (Jn 20, 9).

Así cómo el proceso de seguimiento de Jesús, desde el primer encuentro en Galilea, momento de entusiasmo (“querían hacerle rey”) pero también de inmadurez, requiere ir entendiendo que el mesianismo de Jesús no es un camino de rosas, requiere subir a Jerusalén; del mismo modo para “ver” al resucitado hay que hacer el camino inverso: de Jerusalén a Galilea, el lugar del primer amor, la recuperación de la inocencia tras la experiencia terrible de la frustración de la muerte, del fracaso y el abandono: “No temáis, id a decir a mis hermanos que vayan a Galilea, allí me verán” (Jn 20, 17; Mt 28, 10).

En nuestro descreído mundo y en nuestro descreído modo de vida el orden habitual es: ver – saber – creer. Se suele decir: “yo sólo creo lo que veo”. Aunque, precisamente en lo que se ve con los ojos del cuerpo no es necesario creer. Esa afirmación significa que, en realidad, no se cree en nada. Es un saber dirigido al dominio, al poder, que busca garantías, y sólo desde ahí puede abrirse débilmente al amor (una forma verdadera pero inferior de amor, dominada por el deseo, el “amor concupiscentiae” de que hablaban los teólogos medievales). Sólo se acepta lo que está sometido al control del propio poder. Así, en relación a Jesús, cualquiera puede saber ciertas cosas: “Conocéis lo que sucedió en Judea…”, dice Pedro, poniendo ante los ojos de sus oyentes información controlable que llega hasta la muerte de Cristo. Ese saber de hechos relativos a Jesús es accesible a todos, pero no presupone ni el amor ni la fe.

El evangelio de hoy nos enseña una lógica completamente distinta. El que está poseído por la lógica del poder (del sometimiento) no puede entenderla, por lo que aquí son inútiles las demostraciones. Aquí se parte de un “no saber”: las mujeres no sabían cómo acceder el sepulcro (Mc 16, 3); María Magdalena no sabe a dónde se han llevado al Señor (Jn 20, 2); los discípulos no sabían que él tenía que resucitar de entre los muertos (Jn 20, 9). Pero es un no-saber que, pese al desconcierto y la desolación, está iluminado por el amor, por el deseo de estar junto al ser amado. Mientras que una mirada desamorada permanece aquí ciega, es el amor el que habilita para “ver”: en los signos de muerte (el sepulcro vacío, las vendas enrolladas, el sudario doblado), signos de vida, y, a partir de esos indicios, creer. El amor va más allá de los datos, ve en profundidad, es capaz de intuir. Y sólo a partir de este creer guiado por el amor es posible, ahora sí, ver al Señor Resucitado. Pero de esto no se habla todavía en el evangelio del día de Pascua. Hoy se subrayan sólo las condiciones (el amor y la fe) de esta experiencia.

Esto explica el orden de esta forma de “ver”: primero María Magdalena, después el discípulo “al que amaba Jesús”, por fin, Pedro, al que aquel discípulo cede el acceso al sepulcro. El orden del amor no siempre coincide con el orden jerárquico: el amor (y su sabiduría) es un don abierto a todos sin distinciones, que no depende de cargos ni de títulos. Pero también, y esto es muy importante, el verdadero amor, aunque corra más, acepta ese orden jerárquico como una exigencia suya y, por eso, Juan cede ante Pedro. Y es que la fe y el encuentro con el resucitado no son asuntos meramente privados y subjetivos, sino que están vinculados a una comunidad: la comunidad de los discípulos. A veces se dice que Jesús no quería fundar una Iglesia (es sorprendente lo mucho que saben algunos, que saben hasta lo que no quería Jesús). Pero parece indudable que Jesús quería a sus discípulos, quería a su comunidad, quería que se mantuviera unida y, al mismo tiempo, abierta: porque la comunidad de discípulos es necesariamente una comunidad de testigos.

No es posible “demostrar” la resurrección de Cristo, porque sólo puede aceptarla quien está bien dispuesto. Pero sí es posible testimoniarla: no pruebas, sino testigos, esta es la vía para transmitir esta Buena Noticia, que no debe permanecer encerrada en el círculo de los que han hecho esta experiencia. El Resucitado se muestra y se aparece no a todos, sino a los testigos que él había designado: a nosotros, que hemos comido y bebido con él después de su resurrección. Estos son, somos los que amamos a Cristo, los que lo buscamos entre los muertos, pero nos lo encontramos vivo: en su Palabra y en su Eucaristía, en la que comemos y bebemos con Él. Y, si por el Bautismo y la Eucaristía hemos resucitado con él, tenemos que buscar “los bienes de allá arriba”; y esos bienes son los que están contenidos en el amor, que así como ha guiado nuestra búsqueda, tiene que guiar toda nuestra vida: amar a Cristo, y por él amar a todos. Es en las obras del amor en las que subrayamos el “vere” del surrexit! No se trata de un slogan o de un deseo piadoso. Ante el anuncio del “¡Resucitó!” los cristianos gritamos “¡Realmente ha resucitado!”

Eso es el modo de mostrar que Cristo vive: en el testimonio de una vida basada en el amor. Los que pretenden que sólo creen en lo que ven, no pueden aceptar “demostraciones”, pero tal vez puedan ser movidos por el testimonio de la fe encarnada en las buenas obras.

El amor que cree y ve pone en práctica las peticiones del Padre nuestro: “venga tu Reino”, “hágase tu voluntad en la tierra como en cielo”. El amor hace descender el cielo a la tierra y propicia las apariciones del Resucitado, que se visibiliza en el testimonio de los creyentes, que es como una anticipación de la Parusía: “cuando aparezca Cristo, vida nuestra, entonces también nosotros apareceremos, juntamente con él, en gloria” (cf. Col 3, 4).

Tras la catequesis cuaresmal, el tiempo de Pascua es tiempo de mistagógica (de profundización): los que han recibido el Bautismo como una inmersión en la muerte de Cristo, van y vamos ahora siendo iluminados sobre el proceso de la fe que nos permite ver a Jesús. La liturgia, la palabra de Dios, Jesús que camina con nosotros y nos acompaña en nuestras alegrías y nuestras penas, nos va explicando paso a paso, domingo a domingo, dónde podemos encontrarlo y “verlo”.

Pero hoy se subraya ante todo la luz misma que nos hace ver, también a nosotros, y que, también a nosotros, hoy, nos convierte en testigos.

VIGILIA PASCUAL

abril 15, 2017

Lectura del libro del Génesis 1, 1. 26-31a Vio Dios todo lo que había hecho; y era muy bueno

Sal 32, 4-5. 6-7. 12-13. 20 y 22. R. La misericordia del Señor llena la tierra.

Lectura del libro del Génesis 22, 1-2. 9a. 10-13. 15-18 El sacrificio de Abraham, nuestro padre en la fe 

Sal 15 R. Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti.

Lectura del libro del Éxodo 14, 15-15, 1 Los israelitas en medio del mar a pie enjuto

Ex 15, 1-6.17-18 R. Cantaré al Señor, sublime es su victoria

Lectura del profeta Isaías 54, 5-14 Con misericordia eterna te quiere el Señor, tu redentor

Sal 30 R. Te ensalzaré, Señor, porque me has librado

Lectura del profeta Isaías 55, 1-11 Venid a mí, y viviréis; sellaré con vosotros alianza perpetua

Is 12, 2-6 R. Sacaréis aguas con goza de las fuentes de la salvación

Lectura del profeta Baruc 3, 9-15.32 – 4,4 Camina en la claridad del resplandor del Señor

Sal 18 R. Señor, tienes palabras de vida eterna

Lectura del profeta Ezequiel 36, 16-17a. 18-28 Derramaré sobre vosotros un agua pura, y os daré un corazón nuevo

Sal 50 R. Oh Dios, crea en mí un corazón puro

EPÍSTOLA

Lectura de la Carta del apóstol san Pablo a los Romanos 6, 3-11 Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más

Sal 117 Aleluya, aleluya, aleluya

EVANGELIO

Lectura del santo evangelio según san Mateo 28, 1-10 Ha resucitado y ya por delante de vosotros a Galilea

En la madrugada del sábado, al alborear el primer día de la semana, fueron María Magdalena y la otra María a ver el sepulcro. Y de pronto tembló fuertemente la tierra, pues un ángel del Señor, bajando del cielo y acercándose, corrió la piedra y se sentó encima. Su aspecto era de relámpago y su vestido blanco como la nieve; los centinelas temblaron de miedo y quedaron como muertos. El ángel habló a las mujeres: -«Vosotras, no temáis; ya sé que buscáis a Jesús, el crucificado, No está aquí. Ha resucitado, como había dicho. Venid a ver el sitio donde yacía e id aprisa a decir a sus discípulos: “Ha resucitado de entre los muertos y va por delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis.” Mirad, os lo he anunciado.» Ellas se marcharon a toda prisa del sepulcro; impresionadas y llenas de alegría, corrieron a anunciarlo a los discípulos. De pronto, Jesús les salió al encuentro y les dijo: -«Alegraos.» Ellas se acercaron, se postraron ante él y le abrazaron los pies. Jesús les dijo: -«No tengáis miedo: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán.»

 

¡Resucitó!

 

Nos reunimos de noche para celebrar el triunfo de la luz. La noche, la oscuridad que nos rodean simbolizan el dominio del mal. Al asistir y contemplar la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo, hemos visto de cerca el rostro del mal, hemos podido sentir su poder y hasta tener la sensación de que es más fuerte que el bien, y que la victoria es suya. ¿Cómo no sentir algo así cuando su víctima es el mismo Autor de la vida? Todos tenemos o hemos tenido alguna vez la amarga sensación de que el bien en todas sus formas (la honradez, la sinceridad, la justicia, la integridad, la fidelidad, la limpieza de corazón, la abnegación…) sucumben ante el poder de la mentira, la violencia, la corrupción, la insolencia, el cinismo… Es la sensación de la oscuridad, que no sólo ensombrece nuestros ojos, sino que nos embarga el alma. Sin embargo, cuanto más profunda y oscura es la noche, tanto mejor se puede ver la luz que brilla en la oscuridad. En el mal extremo que los resume a todos, en la muerte, podemos descubrir un destello de luz: Cristo ha muerto, pero no ha sido aplastado por la muerte, pues su muerte ha sido una entrega libre, por amor. Al extremo alejamiento, Dios ha respondido con el amor extremo. Y es este amor el que ilumina nuestra noche, la luz que, simbolizada en el fuego, ha abierto nuestra vigilia. Estamos en vigilia, esta noche no queremos dormir, porque queremos ver esta luz que convierte la noche en madrugada, queremos ver al que ha vencido a la muerte.

Queremos también escuchar la Palabra que Dios nos dirige. La luz de la Resurrección de Jesucristo es la respuesta definitiva de Dios a todas las súplicas y a todas las peticiones que los hombres le han dirigido a lo largo de toda la historia. Al escuchar esta noche la liturgia de la Palabra se ha desplegado ante nosotros la entera historia de salvación desde la creación del mundo. Se trata de la misma historia de la humanidad pero vista desde Dios. Un Dios que crea el mundo por amor y lo ha hecho todo bien, como canta el estribillo de la primera lectura. O, como dice el libro de la Sabiduría: «Porque Dios no ha hecho la muerte ni se complace en la perdición de los vivientes. Él ha creado todas las cosas para que subsistan; las criaturas del mundo son saludables, no hay en ellas ningún veneno mortal y la muerte no ejerce su dominio sobre la tierra.» (Sab 1, 13-14). Es el pecado como negación de Dios el que introduce la muerte como negación radical de la vida y del bien que adorna a toda la creación por designio divino. Pero ante el pecado del hombre no se detiene el poder creador de Dios; y, por eso, no reacciona con voluntad de destrucción y venganza, sino de recreación y perdón. Si el pecado es una esclavitud que nos disminuye y nos impide ser en plenitud, Dios nos ofrece la libertad, como al pueblo judío al sacarlo de Egipto; si el pecado nos lleva a la muerte, al separarnos de la fuente de la vida, Dios abre para nosotros la posibilidad de una vida nueva; si por el pecado nos escondemos de Dios, la historia de salvación es el camino que Dios ha recorrido para buscarnos y encontrarse de nuevo con nosotros, como el buen pastor que sale a buscar a la oveja perdida. Esta es la lectura que podemos hacer de la atormentada historia de la humanidad, y así nos enseña a leerla la Palabra de Dios.

No tenemos necesidad de escondernos, Dios ha salido a nuestro encuentro, podemos salir al espacio abierto para encontrarnos con él. Dios nos ha encontrado en Jesucristo y en él, muerto y resucitado, ha respondido definitivamente a todas nuestras preguntas, a todas nuestras angustias y miedos, a nuestros sufrimientos y enfermedades. Pero ha respondido en la muerte y en la resurrección. En la muerte de Jesús, es decir, no como nosotros, tal vez, hubiéramos deseado. Nos pareció el Viernes santo que Dios no respondía a las súplicas de Jesús, que permanecía indiferente y mudo ante la angustia, el sufrimiento, la muerte de su propio Hijo; y así nos parece a nosotros en tantos viernes santos que experimentamos en nuestra vida. Pero hoy, en esta noche, comprendemos que no es así: en la resurrección descubrimos que la respuesta de Dios, aunque no le ha ahorrado a Jesús el trance de la muerte, es mucho más radical y definitiva de lo que hubiéramos nunca podido imaginar. Porque, precisamente, al entrar en la muerte, la Palabra, que existía en el principio y por la que todo se hizo, ha destruido definitivamente el poder de la muerte, la insolencia del pecado.

Podemos escuchar la alegre noticia: «no temáis; buscáis a Jesús, el crucificado. No está aquí. Ha resucitado.» Podemos encontrarnos con el Maestro que ha salido a buscarnos, como a las santas mujeres, y escuchar que Él mismo nos dice: «Alegraos. No tengáis miedo: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán.»

En medio de la noche, alegraos, en medio de la oscuridad, no tengáis miedo. La victoria de Cristo sobre la muerte no es algo que nos sea ajeno. Nos toca de cerca, por dentro, porque la muerte de Jesús es nuestra propia muerte; y la vida del Resucitado es un don que se nos regala por la fe y el Bautismo. Tras la liturgia de la luz, que todos hemos visto y recibido, y tras la liturgia de la Palabra que todos hemos escuchado, celebramos la liturgia del agua, en la que todos nos hemos bañado, limpiándonos de la semilla del pecado y regenerándonos a una vida nueva. Jesucristo es el agua pura que nos purifica de nuestras impurezas e idolatrías y nos da un corazón nuevo (Ez 36, 25-26); el agua viva que apaga nuestra sed (cf. Jn 4, 10.14; 8, 37-38), la fuente bautismal por la que hemos sido sepultados en su muerte, muertos con él al pecado, para que, compartiendo su resurrección, podamos llevar una vida nueva (cf. Rm 6, 4.11).

Es cierto que experimentamos de muchas formas todavía el poder de la muerte, la debilidad del pecado. Pero podemos empezar ya desde ahora a vivir para Dios, en unión con Cristo Jesús. De modo parecido a las mujeres del Evangelio (María Magdalena y la otra María), que caminaban “de madrugada”, entre la luz y la oscuridad; también nosotros sentimos esa situación intermedia en que la noche empieza a ser vencida por la luz. Como a ellas, que movidas por el amor se dirigieron al lugar de los muertos, pero lo encontraron vacío, también a nosotros nos sale al encuentro el Resucitado y nos llama a la alegría, a no temer. A pesar de las sombras de muerte que aún nos amenazan, podemos encontrarnos con la luz, si vamos a su encuentro, si no nos escondemos, si, liberados de todo temor, le permitimos que nos hable, nos corrija, nos limpie y purifique y nos renueve el corazón. Purificados por el fuego de la muerte y el agua del bautismo, y renovados cotidianamente por el sacramento del perdón, fortalecidos por la escucha de la Palabra y el pan de la Eucaristía, vivimos una vida nueva cuando hacemos del amor el eje de nuestra vida, cuando descubrimos en los demás a nuestros hermanos, cuando damos testimonio de lo que hemos visto y oído.

Cuarto domingo de Cuaresma (A)

marzo 26, 2017


Lectura del primer libro de Samuel 16, 1b. 6-7. 10-13a David es ungido rey de Israel

En aquellos días, el Señor dijo a Samuel: «Llena la cuerna de aceite y vete, por encargo mío, a Jesé, el de Belén, porque entre sus hijos me he elegido un rey.» Cuando llegó, vio a Eliab y pensó: «Seguro, el Señor tiene delante a su ungido.» Pero el Señor le dijo: «No te fijes en las apariencias ni en su buena estatura. Lo rechazo. Porque Dios no ve como los hombres, que ven la apariencia; e Señor ve el corazón.» Jesé hizo pasar a siete hijos suyos ante Samuel; y Samuel le dijo «Tampoco a éstos los ha elegido el Señor.» Luego preguntó a Jesé: «¿Se acabaron los muchachos?» Jesé respondió: «Queda el pequeño, que precisamente está cuidando las ovejas.» Samuel dijo: «Manda por él, que no nos sentaremos a la mesa mientras no llegue.» Jesé mandó a por él y lo hizo entrar: era de buen color, de hermosos ojos y buen tipo. Entonces el Señor dijo a Samuel: «Anda, úngelo, porque es éste.» Samuel tomó la cuerna de aceite y lo ungió en medio de sus hermanos. En aquel momento, invadió a David el espíritu del Señor, y estuvo con él en adelante.

Sal 22, 1-3a. 3b-4. 5. 6 R. El Señor es mi pastor, nada me falta.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios 5, 8-14 Levántate de entre los muertos, y Cristo será lo luz

Hermanos:
En otro tiempo erais tinieblas, ahora sois luz en el Señor. Caminad como hijos de la luz -toda bondad, justicia y verdad son fruto de la luz-, buscando lo que agrada al Señor, sin tomar parte en las obras estériles de las tinieblas, sino más bien denunciadlas. Pues hasta da vergüenza mencionar las cosas que ellos hacen a escondidas. Pero la luz, denunciándolas, las pone al descubierto, y todo lo descubierto es luz. Por eso dice: «Despierta, tú que duermes, levántate de entre los muertos, y Cristo será tu luz.»

 

Lectura del santo evangelio según san Juan 9, 1. 6-9. 13-17. 34-38 Fue, se lavó, y volvió con vista 

En aquel tiempo, al pasar Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento. Y sus discípulos le preguntaron: «Maestro, ¿quién pecó, éste o sus padres, para que naciera ciego?» Jesús contestó: «Ni éste pecó ni sus padres, sino para que se manifiesten en él las obras de Dios. Mientras es de día, tenemos que hacer las obras del que me ha enviado; viene la noche, y nadie podrá hacerlas. Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo.» Dicho esto, escupió en tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego y le dijo: «Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado.” Él fue, se lavó, y volvió con vista. Y los vecinos y los que antes solían verlo pedir limosna preguntaban: «¿No es ése el que se sentaba a pedir?» Unos decían: «El mismo.» Otros decían: «No es él, pero se le parece.» Él respondía: «Soy yo.»

Y le preguntaban: «¿Y cómo se te han abierto los ojos?» Él contestó: «Ese hombre que se llama Jesús hizo barro, me lo untó en los ojos y me dijo que fuese a Siloé y que me lavase. Entonces fui, me lavé, y empecé a ver.» Le preguntaron: «¿Dónde está él?» Contestó: «No sé.» Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. Era sábado el día que Jesús hizo barro y le abrió los ojos. También los fariseos le preguntaban cómo había adquirido la vista. Él les contestó: «Me puso barro en los ojos, me lavé, y veo.» Algunos de los fariseos comentaban: «Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado.» Otros replicaban: «¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos?» Y estaban divididos. Y volvieron a preguntarle al ciego: «Y tú, ¿qué dices del que te ha abierto los ojos?» Él contestó: «Que es un profeta.»

Pero los judíos no se creyeron que aquél había sido ciego y había recibido la vista, hasta que llamaron a sus padres y les preguntaron: «¿Es éste vuestro hijo, de quien decís vosotros que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve?» Sus padres contestaron: «Sabemos que éste es nuestro hijo y que nació ciego; pero cómo ve ahora, no lo sabemos nosotros, y quién le ha abierto los ojos, nosotros tampoco lo sabemos. Preguntádselo a él, que es mayor y puede explicarse.» Sus padres respondieron así porque tenían miedo los judíos; porque los judíos ya habían acordado excluir de la sinagoga a quien reconociera a Jesús por Mesías. Por eso sus padres dijeron: «Ya es mayor, preguntádselo a él.» Llamaron por segunda vez al que había sido ciego y le dijeron: «Confiésalo ante Dios: nosotros sabemos que ese hombre es un pecador.» Contestó él: «Si es un pecador, no lo sé; sólo sé que yo era ciego y ahora veo.» Le preguntan de nuevo: «¿Qué te hizo, cómo te abrió los ojos?» Les contestó: «Os lo he dicho ya, y no me habéis hecho caso; ¿para qué queréis oírlo otra vez?; ¿también vosotros queréis haceros discípulos suyos?» Ellos lo llenaron de improperios y le dijeron: «Discípulo de ése lo serás tú; nosotros somos discípulos de Moisés. Nosotros sabemos que a Moisés le habló Dios, pero ése no sabemos de dónde viene.» Replicó él: «Pues eso es lo raro: que vosotros no sabéis de dónde viene y, sin embargo, me ha abierto los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, sino al que es religioso y hace su voluntad. Jamás se oyó decir que nadie le abriera los ojos a un ciego de nacimiento; si éste no viniera de Dios, no tendría ningún poder.» Le replicaron: «Empecatado naciste tú de pies a cabeza, ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros?» Y lo expulsaron. Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo: «¿Crees tú en el Hijo del hombre?» Él contestó: «¿Y quién es, Señor, para que crea en él?» Jesús les dijo: «Lo estás viendo: el que te está hablando, ése es.» Él dijo: «Creo, señor.» Y se postró ante él.

Jesús añadió: «Para un juicio he venido ya a este mundo; para que los que no ve vean, y los que ven queden ciegos.» Los fariseos que estaban con él oyeron esto y le preguntaron: «¿También nosotros estamos ciegos?» Jesús les contestó: «Si estuvierais ciegos, no tendríais pecado, pero como decís que veis, vuestro pecado persiste.»

 

La luz y la oscuridad

 

El texto del evangelio empieza planteando una cuestión peliaguda pero siempre actual. Ante el problema del mal (y la ceguera es uno de esos males físicos que producen un horror especial) surge espontánea la pregunta por su causa. Una forma de explicación es encontrar culpables. En las antiguas culturas se vinculaba espontáneamente cualquier mal o desgracia con algún pecado, incluso desconocido, de la víctima de ese mal o de gentes ligadas con ella (como los padres). La cultura moderna, desde hace varios siglos ha ido invirtiendo el sentido de la responsabilidad, primero vetando a Dios la posibilidad de intervenir en el mundo, ni de modo natural ni sobrenatural (un momento de inflexión muy importante e históricamente localizado fue el terremoto de Lisboa en 1754, que conmovió el ánimo de los ilustrados, y quebró el optimismo que veía en este mundo “el mejor de los posibles”); después tendiendo a imputar a Dios la existencia del mal, o usando el dato del mal para negar la existencia de Dios con un sencillo razonamiento: o Dios quiere acabar con el mal y no puede, y no es todopoderoso; o puede y no quiere, y entonces no es bueno. Benedicto XVI en su encíclica “Spes salvi” dice que el ateísmo contemporáneo es ante todo un ateísmo moral, que protesta ante el problema del mal. El problema, claro, es que si suprimimos a Dios en virtud del mal que, pese a todo, sigue existiendo, nos quedamos sin culpable o, más bien, tenemos que buscar a otro. Probablemente, dado lo relativamente poco inclinados que estamos hoy en día en creer en el Fatum y en diablos, tengamos que dirigir la atención sobre nosotros mismos. No ya, claro, para explicar el mal físico, que tiene causas naturales, sino el mal moral, que depende de nuestra libertad.

Hoy vemos que Jesús no sigue la corriente de su tiempo, que trata de descubrir un culpable de la ceguera, sino que, con su respuesta, nos viene a decir que cualquier mal es ocasión para hacer el bien. Y lo hace. Da la luz al que vive en tinieblas.

Los evangelios siempre juegan con varios planos de significado. Aquí también es así: la ceguera física, una situación de sufrimiento que no exige detectar culpables, sino buscar remedio y alivio, es ocasión para meditar sobre otro tipo de ceguera todavía peor. Bien lo dice el refrán: “no hay peor ciego que el que no quiere ver”. Y es que el mal que procede del corazón humano, el verdadero mal, el que hemos llamado mal moral, nos ciega, nos impide ver con claridad, nos hace vivir en la oscuridad.

La cosa es patente con ocasión de la curación realizada por Jesús, un acto de benévola gratuidad realizado incluso sin que el ciego de nacimiento lo pidiera. Tras la curación, el que era ciego se ha transformado, se ha convertido plenamente en sí mismo, en un ser autónomo y libre, que ve y puede valerse con independencia. Tal es su transformación, que algunos de sus vecinos no lo reconocen. Y empieza la polémica, que es la que pone de relieve la verdadera ceguera, la de los que no quieren ver. Ceguera hacia el hombre que ha sido salvado. Pero, sobre todo, ceguera hacia Jesús. Es impresionante el contraste entre el sencillo gesto de Jesús, meridiano, directo: barro y saliva, una verdadera nueva creación; y el lío que se forma en torno a él. Idas y venidas, interrogatorios repetidos varias veces, acusaciones, amenazas, miedos y exclusiones. Los ciegos que no quieren ver se niegan a reconcer la evidencia del bien realizado de manera gratuita y pública. Por eso preguntan una y otra vez, sin poder aceptar lo que es patente, cegados por sus propios prejuicios, encastillados en la seguridad de su propia justicia, que les impide abrir los ojos a dimensiones nuevas.

Frente a ellos, el ciego que ha abierto los ojos inicia un proceso. Primero se descubre a sí mismo: antes era ciego y ahora veo. “Ve” también que “alguien”, “ese hombre” que se llama Jesús, lo ha curado. No sabe más de él y no sabe siquiera dónde está (no lo ve). Pero ante los interrogatorios insistentes, el hombre, que ha empezado a ver por sí mismo, es capaz de tomar postura con la libertad recién estrenada, sin dejarse achantar por las amenazas y, habiendo empezado a ver claro, hace una primera confesión: “ese hombre no es un pecador”, ¿cómo va a ser un pecador el que ha hecho el bien con un poder que sólo puede venir de Dios?; la conclusión es lógica, y está ya muy cerca de una confesión de fe: “es un profeta”. Finalmente, en otro momento de gracia, Jesús se hace el encontradizo con él y le da una luz todavía más alta y decisiva, una revelación sobre el Hijo del Hombre que provoca la confesión final: “Creo, Señor”.

Cuando buscamos culpables, solemos exigir castigos y correcciones. Jesús, en cambio, no apaga la mecha vacilante, ni destruye primero para construir después, ve el corazón, hace el bien, cura, restablece, nos da su luz para que podamos ser libres.

Al considerar la escena que el Evangelio nos propone hoy comprendemos que, como el ciego de nacimiento, estamos en camino y que si queremos seguir progresando (como personas, como cristianos) tenemos que reconocer que, precisamente por estar en proceso, todavía no somos capaces de verlo todo, que hay todavía mucho que ignoramos y que aún tenemos que descubrir. Es decir, se nos invita aquí a que nuestras certezas no se conviertan en prejuicios, en rigideces que nos paralizan, en obstáculos que nos impiden ver más, sino a hacer de ellas luminarias para el camino.

Se insiste hoy en la fe como proceso, camino e iluminación progresiva. Reconocer nuestras cegueras sobre nosotros mismos, sobre los demás y sobre Dios nos ayuda a pedir la luz de la curación, a ampliar el horizonte de nuestra mirada para descubrirnos mejor a nosotros mismos, para reconocer sin prejuicios el bien allí donde se hace, para mirar a los demás con esperanza, pues de ellos, también en camino, vemos sólo una mínima parte, y para alcanzar su corazón deberíamos mirarlos con los ojos de Dios (que son los ojos del amor); en definitiva, para confesar a Jesús de manera renovada.

Pero se nos recuerda también que esa fe tiene que ser confesada, que implica tomar partido, a favor de Cristo o en su contra. Confesar nuestra fe en Jesús de manera pública, sin miedos y sin complejos no está exento de dificultades y de riesgos. También hoy, como en tiempos de Jesús, se dan amenazas de exclusión para los que creen en Cristo. Es notorio lo que sucede con las personas que viven en ciertos países mulsulmanes, sobre todo con aquellas que, perteneciendo al Islam, se convierten a Cristo. Esto supone el exilio cultural y con frecuencia el riesgo de la propia vida. Pero también entre nosotros existen otras formas de amenaza de exclusión de las “sinagogas” de nuestro tiempo. No es fácil resistir la presión que hoy en día, de manera a veces suave, otras más virulenta, y en nombre de las vigencias (algo así como los credos) del momento trata de expulsar la fe cristiana y a los que la profesan de la vida pública. Como los padres del ciego, podemos tratar de esquivar esa marginación sacudiéndonos toda implicación o responsabilidad: “que le pregunten a él, que ya es mayorcito” dicen aquellos, negándose a reconocer a su propio hijo. Una forma de hacer esto hoy día es recluirse en el ámbito privado, el de las convicciones íntimas: creer sin confesar, sin dar testimonio, renunciando a reflejar la luz que recibimos de Cristo, para evitarnos complicaciones, acomodándonos lo más posible a lo que dicta el ambiente. Pero esa pura privacidad acomodaticia, en realidad, es imposible. Hay que tomar partido, aunque, como en el caso del ciego de hoy, nos echen fuera. Si hemos sido curados de nuestra ceguera, si somos capaces de ver con los ojos de Dios y no juzgar sólo por las apariencias más o menos deslumbrantes, si alcanzamos a ver la presencia de Dios en lo pequeño, como Samuel que tuvo que ungir al menor de los hijos de Jesé, o como el ciego de nacimiento, que supo descubrir al Mesías en el hombre de Nazaret, si vivimos en esta luz, esto no puede no reflejarse en nuestra vida. En primer lugar, en nuestras obras, que tienen que tratar de ser las de los hijos de la luz y que Pablo resume hoy admirablemente: la bondad, la justicia y la verdad; dicho con otras palabras: la benevolencia hacia todos, en vez del odio, la exclusión o la violencia; la equidad, en vez de la búsqueda del propio interés a toda costa; la veracidad y la sinceridad, que no trata de someter la realidad a esos mismos intereses o a los prejuicios de moda. La fe se refleja, en segundo lugar, en nuestro modo de tratar con el mundo que nos rodea: la misma fe ha de ser principio de discernimiento de lo que se puede aceptar y de lo que no. Siempre tenemos la tentación de hacer al revés: acomodar la fe a las modas del momento, a lo que agrada al mundo, en vez de buscar lo que agrada al Señor, aun a costa de renunciar a las vanidades estériles, y de denunciar lo que es inadmisible y vergonzoso, por más predicamento que pueda tener. Renunciar y denunciar son sólo la cruz de la cara positiva: anunciar, confesar y testimoniar nuestra fe, esto es, vivir reflejando la luz que Cristo ha venido a traernos y con la que nos está curando.

Segundo domingo de Cuaresma (A) La transfiguración

marzo 11, 2017

PRIMERA LECTURA

Lectura del libro del Génesis 12, 1-4a Vocación de Abraham, padre de] pueblo de Dios

En aquellos días, el Señor dijo a Abran: -“Sal de tu tierra y de la casa de tu padre, hacia la tierra que te mostraré. Haré de ti un gran pueblo, te bendeciré, haré famoso tu nombre, y será una bendición. Bendeciré a los que te bendigan, maldeciré a los que te maldigan. Con tu nombre se bendecirán todas las familias del mundo.” Abran marchó, como le había dicho el Señor.

Sal 32, 4-5. 18-19. 20 y 22 R. Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti.

SEGUNDA LECTURA

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a Timoteo 1,8b-10 Dios nos llama y nos ilumina

Querido hermano: Toma parte en los duros trabajos del Evangelio, según la fuerza de Dios. Él nos salvó y nos llamó a una vida santa, no por nuestros méritos, sino porque, desde tiempo inmemorial, Dios dispuso darnos su gracia, por medio de Jesucristo; y ahora, esa gracia se ha manifestado al aparecer nuestro Salvador Jesucristo, que destruyó la muerte y sacó a la luz la vida inmortal, por medio del Evangelio.

EVANGELIO

Lectura del santo evangelio según san Mateo 17, 1-9 Su rostro resplandecía como el sol

En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los llevó aparte a una montaña alta. Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Y se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él. Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús: -“Señor, ¡qué bien se está aquí! Sí quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.” Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra, y una voz desde la nube decía: -“Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo.” Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto. Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo: -“Levantaos, no temáis.” Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo. Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó: -“No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos.”

 

Digno de crédito

 

En mitad del camino a Jerusalén, es decir, camino de su Pasión, Jesús protagoniza un episodio realmente inaudito: sube a la montaña con tres de sus discípulos, Pedro, Santiago y Juan, y se transfigura ante ellos. Un momento luminoso, en el que todo se ve claro, y en el que uno (como lo expresan las palabras de Pedro) quisiera permanecer para siempre. Posiblemente todos hemos tenido en nuestra vida estos momentos de luz: en nuestras relaciones, en nuestro trabajo, también en nuestra fe. También nosotros hubiéramos querido hacer una tienda para permanecer para siempre en esa situación de claridad y de luz. Pero estos instantes de luz deben servir para resistir en los momentos de dificultad, que siempre se dan en la vida, en todos esos ámbitos (relaciones, profesión, fe, etc.). También en la experiencia de Jesús y de sus discípulos encontramos esta dinámica, tan humana y, por eso, tan propia de la vida cristiana, de la fe en el Dios humano, en el Dios encarnado. La montaña es lugar de manifestación de Dios. Como lo fue el Sinaí, y hoy lo es el Tabor, mañana será el “monte de la calavera”, el Gólgota. No todas las manifestaciones de Dios son igualmente fáciles de aceptar. Pero los momentos de luz se nos dan, precisamente, para permanecer fieles cuando las cosas se ponen feas.

Hoy se nos ofrece este episodio enmarcado en otros dos textos aparentemente desconectados de él: la llamada de Dios a Abraham y la exhortación de Pablo a su discípulo Timoteo.

La palabra dirigida a Abraham, “sal de tu tierra”, es un arquetipo de la experiencia religiosa. Lejos de ser ésta, como se dice a veces, un refugio y una huida, resulta ser un desafío, una llamada a dejar seguridades (la patria, la casa paterna, el lugar conocido) y emprender un camino abierto, inseguro, incierto. No sabemos qué imágenes o representaciones religiosas tenía el arameo errante, Abram, pero sabemos que se fió de un Dios para él nuevo (no ligado a la tribu o la nación), que le dirigió su palabra inesperadamente, invitándole a adentrarse en lo desconocido, fiado sólo de esa palabra, que prometía cosas inverosímiles, fecundidades humanamente imposibles. Ese nuevo Dios fue para él digno de crédito. Y esa fe abierta a lo nuevo, a lo aparentemente imposible, engendró todo un pueblo para el que Dios desplegó su poder y su voluntad salvífica, que se resume en la ley y los profetas.

Pues bien, el crédito de la Palabra de Dios se traslada ahora íntegro a Jesús. El que en el desierto venció la tentación para vivir “de toda palabra que sale de la boca de Dios” y adorarle sólo a Él, sin inclinarse ante el mal que se le ofrecía atractivo y lisonjero, ése es ahora, y por eso mismo, digno de crédito. En efecto, Jesús resume y lleva a perfección la ley y los profetas (Moisés y Elías), toda la revelación que Dios ha dirigido al hombre por medio de Israel. Por eso, Dios mismo nos confía su Palabra definitiva en Jesucristo: “Escuchadle”. Como Abraham se fío de Dios en los orígenes de la revelación, ahora nosotros, todos, hijos de Abraham por la fe, podemos fiarnos de esta Palabra encarnada que lleva aquella revelación a su plenitud.

Fe, crédito y confianza que harán falta en el momento de la dificultad. Y es que el destino de Jesús no es un camino fácil ni triunfal. Como Abraham, también Jesús hace un camino incierto fiado de una promesa, de una elección: “Tú eres mi hijo amado”, que ahora se repite en el Tabor. La subida al monte de la Transfiguración se produce de camino a Jerusalén, donde, como ya hemos dicho, Jesús deberá subir a otro monte y ser glorificado de otra manera. “No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos”; esta última frase del Evangelio que hemos escuchado nos da la clave de comprensión de esta experiencia extraordinaria. Toda ella se realiza mirando al misterio Pascual: la muerte y resurrección, que es el objeto de la conversación de Jesús con Moisés y Elías (la Ley y los Profetas): pues la Ley y los Profetas en realidad sólo hablan de Jesús, el Mesías. La Transfiguración, en la que todo el Antiguo Testamento ilumina con su luz el misterio de Cristo, es un anticipo de la luz de la Resurrección, pero sólo un anticipo. Para llegar a la plenitud de esa luz habrá que pasar primero por la prueba de la Cruz, por la oscuridad de la muerte.

La Cruz de Cristo es una realidad que se prolonga en la historia de muchas maneras: en “los pequeños hermanos de Jesús, que pasan hambre y sed” (cf. Mt 25, 40), en los sufrimientos de los creyentes, que “completan en la propia carne lo que falta a los padecimientos de Cristo” (cf. Col 1,24) y además, como dice hoy la carta a Timoteo, “tomando parte en los duros trabajos del Evangelio”: anunciar el evangelio y dar testimonio de Cristo, algo que compete a todos los creyentes, no es sólo propagar una doctrina, sino participar activamente en el modo de vida de Jesús y, en consecuencia, también en su destino. Por eso, también nosotros, cualesquiera que sean las dificultades que experimentamos en esta vida, estamos llamados a participar de la luz de Cristo transfigurado y a recibir fuerzas de esa luz. Hemos contemplado a Jesús transfigurado para que, como Pedro, Santiago y Juan, como todos los discípulos, podamos ser fieles a los momentos de luz cuando llegue la oscuridad.

Pero, podemos preguntarnos, ¿cómo podemos nosotros subir a la montaña y contemplar esta luz? Si queremos ser iluminados, tenemos que acoger y cumplir lo que la voz que se oyó en aquel monte nos dice: “Escuchadle”. En la escucha de la Palabra, de Cristo mismo, que lleva a plenitud la Ley y los Profetas, nos dejamos iluminar por dentro para, cuando llegue la prueba, podamos mantenernos fieles y confirmar a nuestros hermanos.

Domingo de la primera semana de Cuaresma (A)

marzo 5, 2017

Lectura del libro del Génesis 2, 7-9; 3, 1-7 Creación y pecado de los primeros padres

El Señor Dios modeló al hombre de arcilla del suelo, sopló en su nariz un aliento de vida, y el hombre se convirtió en ser vivo. El Señor Dios plantó un jardín en Edén, hacia oriente, y colocó en él al hombre que había modelado. El Señor Dios hizo brotar del suelo toda clase de árboles hermosos de ver y buenos de comer; además, el árbol de la vida, en mitad del jardín, y el árbol del conocimiento del bien y el mal. La serpiente era el más astuto de los animales del campo que el Señor Dios había hecho. Y dijo a la mujer: -«¿Cómo es que os ha dicho Dios que no comáis de ningún árbol del jardín?» La mujer respondió a la serpiente: -«Podemos comer los frutos de los árboles del jardín; solamente del fruto del árbol que está en mitad del jardín nos ha dicho Dios: “No comáis de él ni lo toquéis, bajo pena de muerte.”» La serpiente replicó a la mujer: -«No moriréis. Bien sabe Dios que cuando comáis de él se os abrirán los ojos y seréis como Dios en el conocimiento del bien y el mal. » La mujer vio que el árbol era apetitoso, atrayente y deseable, porque daba inteligencia; tomó del fruto, comió y ofreció a su marido, el cual comió. Entonces se les abrieron los ojos a los dos y se dieron cuenta de que estaban desnudos; entrelazaron hojas de higuera y se las ciñeron.

Sal 50, 3-4. 5-6a. 12-13. 14 y 17 R. Misericordia, Señor: hemos pecado.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 5, 12-19 Si creció el pecado, más abundante fue la gracia

Hermanos: Lo mismo que por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y así la muerte pasó a todos los hombres, porque todos pecaron. Porque, aunque antes de la Ley había pecado en el mundo, el pecado no se imputaba porque no había Ley. A pesar de eso, la muerte reinó desde Adán hasta Moisés, incluso sobre los que no habían pecado con una transgresión como la de Adán, que era figura del que habla de venir. Sin embargo, no hay proporción entre el delito y el don: si por la transgresión de uno murieron todos, mucho más, la gracia otorgada por Dios, el don de la gracia que correspondía a un solo hombre, Jesucristo, sobró para la multitud. Y tampoco hay proporción entre la gracia que Dios concede y las consecuencias del pecado de uno: el proceso, a partir de un solo delito, acabó en sentencia condenatoria, mientras la gracia, a partir de una multitud de delitos, acaba en sentencia absolutoria. Por el delito de un solo hombre comenzó el reinado de la muerte, por culpa de uno solo. Cuanto más ahora, por un solo hombre, Jesucristo, vivirán y reinarán todos los que han recibido un derroche de gracia y el don de la justificación. En resumen: si el delito de uno trajo la condena a todos, también la justicia de uno traerá la justificación y la vida. Si por la desobediencia de uno todos se convirtieron en pecadores, así por la obediencia de uno todos se convertirán en justos.

Lectura del santo evangelio según san Mateo 4, 1-11 Jesús ayuna cuarenta días y es tentado

En aquel tiempo, Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo. Y después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, al fin sintió hambre. El tentador se le acercó y le dijo: -«Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes.» Pero él le contestó, diciendo: -«Está escrito: “No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.”» Entonces el diablo lo lleva a la ciudad santa, lo pone en el alero del templo y le dice: -«Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: “Encargará a los ángeles que cuiden de ti, y te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con las piedras.”» Jesús le dijo: -«También está escrito: “No tentarás al Señor, tu Dios.”» Después el diablo lo lleva a una montaña altísima y, mostrándole los reinos del mundo y su gloria, le dijo: -«Todo esto te daré, si te postras y me adoras.» Entonces le dijo Jesús: -«Vete, Satanás, porque está escrito: “Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto.”» Entonces lo dejó el diablo, y se acercaron los ángeles y le servían.

 

Las tentaciones de Jesús y las nuestras

 

Hemos comenzado el tiempo de Cuaresma hace tres días, mediante el rito de purificación y penitencia de la ceniza, y haciéndonos propósitos relativos al ayuno, la limosna y la oración; es decir, con el propósito de mejorar nuestras relaciones con nosotros mismos, con los demás y con Dios. Pero, al hacerlo, descubrimos casi inmediatamente nuestra debilidad, que se manifiesta especialmente en la tentación. Por eso, la Palabra de Dios nos invita a reflexionar en este primer domingo de Cuaresma sobre esta realidad tan humana, y que, por eso, también experimenta Cristo.

1458135629_098388_1458135694_noticia_normalEl relato del Génesis nos ilumina sobre la esencia de la tentación y del pecado. El paraíso es el mundo (un mundo sin pecado sería ciertamente un paraíso), el centro del paraíso es el hombre, cumbre de la creación a quien Dios le confía su obra. En ese centro está “el árbol prohibido”. ¿Qué árbol es éste, el único del que le está prohibido comer al hombre? ¿Ha de entenderse como una prueba que Dios pone a la fidelidad del hombre? Pero, ¿no sería esto un gesto de desconfianza? O, lo que es peor, una trampa. Porque, si lo pensamos bien, ¿qué tiene de malo comer de un árbol, por muy en el centro que esté? ¿Y si en vez de comer de un árbol hubiera prohibido atravesar una raya? Pero no debemos entender los mandatos de Dios de manera tan arbitraria. No olvidemos que se trata del árbol del conocimiento del bien y del mal: una realidad viva, que da frutos y se encuentra en el centro del jardín es la conciencia moral. El ser humano tiene conciencia, distingue de manera espontánea y más o menos clara el bien del mal. Que no puede comer los frutos significa que no puede disponer del orden moral a su antojo, ni puede cambiar arbitrariamente su significado. No puede decidir, por ejemplo, que “mentir para él sea bueno, de manera que mintiendo se haga bueno”. Podrá mentir el hombre por motivos cualesquiera, pero no puede hacer de la mendacidad una virtud.

El relato habla también del tentador, la astuta serpiente: la tentación no viene de Dios, sino de una realidad creada: el diablo, por la vía del inconsciente, o la imaginación, o el entorno… El ser humano percibe una incitación a transgredir el orden moral, a disponer de él a su antojo, a “ser como dios”, haciendo que sea en sí bueno lo que sólo le viene bien. Hay en esto un elemento de debilidad: no somos perfectos, debemos perfeccionarnos, sometiendo nuestras inclinaciones a las exigencias más nobles. Se trataría de una especie de tentación natural. Pero, además, a veces se produce en la tentación un engaño, que pretende que lo que es malo sea bueno, y, lo que es peor, que nosotros tenemos el poder para cambiar el significado del bien del mal a nuestro antojo, convirtiéndonos en unos pequeños dioses, dotados de la capacidad de crear. Esta tentación más radical, ligada con la soberbia, es cosa del diablo, el tentador y el padre de la mentira (cf. Jn 8, 44).

De hecho, en este engaño siempre se percibe un cierto bien. El tentador no nos dice que hagamos lo que está mal, sino que astutamente nos lo pinta como algo bueno: el árbol era “apetitoso, atrayente y deseable, porque daba inteligencia” (saber, poder, placer…). ¿Qué hay de malo en todo eso?, podemos preguntarnos. En esas cosas, como tales, no hay nada malo. El mal está en elegirlos a costa de otros bienes más elevados. A veces, “lo que nos viene bien” puede conllevar una transgresión de lo que es en sí bueno. Convendremos en que no se debe obtener placer a costa de la dignidad de una persona (por ejemplo, humillándola). No es legítimo obtener bienes relativos (en sí, tal vez, legítimos: placer, dinero, prestigio, poder…) a costa de valores absolutos, como la verdad, la fidelidad, la justicia, los derechos o los méritos de otros. Todos los juicios morales que hacemos a diario en un sentido o en otro suponen implícitamente esta conexión. Por eso, en la tentación siempre hay un elemento de mentira o engaño: “¿Cómo es que os ha dicho Dios que no comáis de ningún árbol del jardín?”, que hoy se traduce fácilmente, por ejemplo, diciendo que “la Iglesia lo único que hace es prohibirlo todo” y cosas por el estilo.

El tentador no es la causa del pecado, ya que la tentación no es el pecado. Este depende de nuestra libre voluntad. Se peca sólo cuando damos nuestro consentimiento libre (si no hubiera libertad, no habría pecado). Nuestra cultura, siguiendo a Rousseau, se empeña en echarle las culpas del mal a otros (la civilización, la economía, el ambiente, la biología, y así un largo etc., pero nunca yo: a mí que me registren). Cierto es que existen factores que atenúan o acentúan la responsabilidad. Pero lo que no se puede hacer es vaciar por completo la libertad humana cuando se trata de la culpa, mientras que, cuando se trata de la diversión y de nuestra “real gana”, se eleva esa misma libertad a instancia suprema. Podemos definir el pecado como la elección de la libertad, al tiempo que se rechaza la responsabilidad: hago lo que me da la gana, pero yo no respondo, de modo que culpables, si algo no va, siempre serán otros. La revelación bíblica y el cristianismo afirman la libertad humana, pero como libertad responsable (que es lo que es).

La historia que nos relata el Génesis hoy es real como la vida misma, es un verdadero arquetipo de la existencia humana de todos los tiempos.

De la responsabilidad nos habla Pablo. Subrayamos de su texto sólo un aspecto: cuando hacemos el bien o el mal, no se queda la cosa en el ámbito exclusivo de mi privacidad, sino que repercute (para bien o para mal) en todos los demás. En este sentido, todo pecado es “original”, porque se convierte en el punto de partida de una cadena, que va emitiendo sus ondas nocivas a su alrededor. Adán y Eva son el varón y la mujer, el hombre, cada uno de nosotros. Pero, igualmente y con mayor motivo, el bien que hacemos aumenta el caudal de bien de la humanidad y de la historia. Como vemos la responsabilidad asoma de nuevo. Al hacer el bien, el ser humano se cristifica, lo sepa o no, pues responde a la inspiración del Espíritu del Amor que sopla donde quiere y por todas partes. Pero esta verdad se ha hecho carne en Jesucristo, de modo que podemos unirnos al poder benéfico y redentor del que se sometió a la tentación para vencer el pecado desde dentro.

Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu, empieza hoy el Evangelio. Sucede después del Bautismo en el Jordán. Allí Jesús escuchó la voz imagesque le llamaba “mi hijo amado, el elegido”. ¿Por qué precisamente después se va Jesús al desierto llevado por el Espíritu? ¿Es que no fue suficiente con la experiencia del Jordán? Esta secuencia expresa una ley de vida, especialmente en la experiencia religiosa: Dios nos elige gratuitamente, pero nosotros debemos responder eligiéndolo a Él, y esta respuesta debe superar enormes dificultades y tentaciones, es una verdadera lucha, un camino por el desierto. En Jesús, hijo de Dios, pero hombre en sentido pleno, también es así. Por ello, estas tentaciones no son sólo experiencias puntuales que Jesús sintió una vez y superó para siempre, sino que son las tentaciones permanentes de todo su ministerio, que son además las tentaciones básicas o axiales a las que estamos sometidos todos los seres humanos.

Que las piedras se conviertan en pan es la tentación ligada a nuestras necesidades y a nuestra debilidad, la de usar del poder de que disponemos (y todos disponemos de alguno: responsabilidad, capacidad de decisión, conocimientos, etc.) en propio beneficio y no para aquello que se nos ha concedido. El tentador dice: “Si eres el Hijo de Dios…” La tentación a veces nos quiere convencer halagándonos: oye, que eres el director, para algo te han dado la responsabilidad, además tú tienes también tus necesidades, el que parte y reparte se lleva la mejor parte… Pero las piedras no son pan y yo no tengo derecho a cambiar las cosas simplemente en beneficio propio. Un ejemplo claro es la “mordida”, el policía, o el funcionario, o quien sea, que abusa de su posición para sacar beneficios extra.

En la segunda (“tírate del alero del templo”) más que ser nosotros tentados, tratamos de tentar a Dios. De nuevo “si eres Hijo de Dios”: si eres creyente y Dios existe que haga esto o lo otro… De qué sirve creer en Dios si luego no te va mejor que a los demás. Jesús pudo tener la tentación de hacer cosas maravillosas para suscitar la aceptación de las gentes. A veces claramente fue tentado en este sentido por otros, como Herodes que le pidió hacer un milagro. Jesús siempre se negó a tentar a Dios, a usar su poder como magia o espectáculo, a seguir el camino del éxito fácil. Nunca hizo milagros para suscitar la fe, sino que exigía la fe como condición para curar, liberar, perdonar. La fe, condición y no consecuencia de los milagros de Dios, no puede ser un negocio.

La tercera situación es una oferta tentadora: el tentador le ofrece a Jesús lo que éste realmente quiere: el mundo entero. Jesús quiere ganar el mundo para Dios. Pero el tentador le ofrece alcanzar esa meta buena postrándose ante el mal. Es una tentación frecuente (realmente diabólica) tratar de conseguir buenos fines con malos medios. Es la teoría, defendida o condenada, pero tantas veces practicada, de que el fin justifica los medios. Eso significa inclinarse ante el mal y adorarlo.

Jesús ha elegido otro camino: ni se aprovecha, ni busca el aplauso fácil, ni se alía con el mal. Elige a Dios, se somete a su voluntad, camina por la senda empinada y entra por la puerta estrecha: es el camino sin compromisos del servicio, de la verdad y de la entrega, el camino que le lleva a Jerusalén, donde entregará su vida en la Cruz.

Es el camino de la autenticidad y de los bienes verdaderos, duraderos y que nos salvan. En Jesús vemos que, sin bien la tentación es inevitable, no lo es el ceder a ella. Y si, en ocasiones, es bien difícil superarla, unidos a Cristo, que ha vencido al tentador, es posible. Si a veces sentimos que nuestra debilidad ha sido mayor que nuestra resolución y voluntad de bien, siempre podemos volver al Maestro bueno que se ha sometido a la tentación por amor nuestro, y recibir de Él el perdón, “pues no tenemos un sumo sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras flaquezas, sino que las ha experimentado todas como nosotros, menos el pecado” (Hb 4, 15).

Domingo 8 del Tiempo Ordinario (A)

febrero 25, 2017

Lectura del libro de Isaías 49, 14-15 Yo no te olvidaré

Sión decía: “Me ha abandonado el Señor, mi dueño me ha olvidado.” ¿Es que puede una madre olvidarse, de su criatura, no conmoverse por el hijo de sus entrañas? Pues, aunque ella se olvide, yo no te olvidaré.

Sal 61, 2-3. 6-7. 8-9ab R. Descansa sólo en Dios, alma mía.

 

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 4, 1-5 El Señor pondrá al descubierto los designios del corazón

Hermanos: Que la gente sólo vea en nosotros servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios. Ahora, en un administrador, lo que se busca es que sea fiel. Para mí, lo de menos es que me pidáis cuentas vosotros o un tribunal humano; ni siquiera yo me pido cuentas. La conciencia, es verdad, no me remuerde; pero tampoco por eso quedo absuelto: mi juez es el Señor. Así, pues, no juzguéis antes de tiempo: dejad que venga el Señor. Él iluminará lo que esconden las tinieblas y pondrá al descubierto los designios del corazón; entonces cada uno recibirá la alabanza de Dios.

Lectura del santo evangelio según san Mateo 6, 24-34 No os agobiéis por el mañana

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “Nadie puede estar al servicio de dos amos. Porque despreciará a uno y querrá al otro; o, al contrario, se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero. Por eso os digo: No estéis agobiados por la vida, pensando qué vais a comer o beber, ni por el cuerpo, pensando con qué os vais a vestir. ¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo que el vestido? Mirad a los pájaros: ni siembran, ni siegan, ni almacenan y, sin embargo, vuestro Padre celestial los alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellos? ¿Quién de vosotros, a fuerza de agobiarse, podrá añadir una hora al tiempo de su vida? ¿Por qué os agobiáis por el vestido? Fijaos cómo crecen los lirios del campo: ni trabajan ni hilan. Y os digo que ni Salomón, en todo su fasto, estaba vestido como uno de ellos. Pues, si a la hierba, que hoy está en el campo y mañana se quema en el horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más por vosotros, gente de poca fe? No andéis agobiados, pensando qué vais a comer, o qué vais a beber, o con qué os vais a vestir. Los gentiles se afanan por esas cosas. Ya sabe vuestro Padre del cielo que tenéis necesidad de todo eso. Sobre todo buscad el reino de Dios y su justicia; lo demás se os dará por añadidura. Por tanto, no os agobiéis por el mañana, porque el mañana traerá su propio agobio. A cada día le bastan sus disgustos.”

 

El afán de cada día

 images-1El evangelio bien entendido no es un ideal (religioso, moral, filosófico) alejado de las preocupaciones más menudas de la vida cotidiana. No nos ofrece sólo una “cosmovisión” de sentido, o como dicen algunos, que gustan de palabras solemnes, un “horizonte transcendental”, pero que en poco o en nada toca los asuntos más pedestres que nos ocupan cada día. Decimos, el evangelio “bien entendido”, pero para entender bien el evangelio hay que estar a la escucha, prestar oídos, acudir al magisterio del maestro del Evangelio, Jesús de Nazaret.

Jesús nos habla hoy de la sabiduría de la vida. En el marco del ideal representado por las bienaventuranzas, y sobre el fondo de la reinterpretación de los mandamientos (los grandes temas de la vida humana), Jesús toca hoy temas cercanos, los que nos preocupan cotidianamente y los que nos ocupan de manera habitual, como el alimento y el vestido.

Pero, precisamente lo que nos dice Jesús a este respecto puede producirnos una cierta desazón. Porque lo primero que entendemos de sus palabras es que no debemos preocuparnos de estas necesidades que, por un lado, son elementales pero que, además, no están garantizadas. ¿Cómo no preocuparnos de ellas? ¿Nos exhorta realmente Jesús a despreocuparnos de estas cosas tan necesarias para la vida? Si atendemos al contexto de las palabras y, sobre todo, de las acciones de Jesús, no es posible concluir tal cosa. Él mismo se ocupa de alimentar a los hambrientos, de los que siente lástima (cf. Mt 14, 13-21; 15, 32). No dice “yo ya he alimentado su espíritu, para el alimento del cuerpo, que se busquen ellos la vida”, como parecen sugerirle los discípulos. Al contrario, cuando, en un gran despliegue de imaginación, nos presenta el grandioso cuadro del juicio final (cf. Mt 25, 31-46), nos recuerda que el objeto de ese juicio será el haber atendido a aquellos que padecen necesidad precisamente en estas cosas elementales: bebida, comida, vestido, alojamiento, enfermedad. ¿En qué quedamos entonces? ¿Hay que preocuparse de estas cosas o no, como parece aconsejarnos hoy?

Estas necesidades son primarias, básicas, pero no pueden ser las únicas, ni siquiera las más importantes. Sin embargo, su carácter primario las convierte en las más urgentes: si no les prestamos atención, todas las demás, incluso las más sublimes, quedan también en el aire. Ahora bien, esta misma urgencia puede producir en nosotros una preocupación obsesiva que las eleva al rango de bien supremo al que debe supeditarse todo, y que nos ciega para otros bienes, de hecho, más elevados.

Jesús nos da una sencilla indicación que nos permite resolver este posible conflicto sin menoscabo de ninguno de sus extremos: la vida vale más que el alimento y el cuerpo más que el vestido. Es decir, nos alimentamos para vivir, pero no debemos vivir sólo para alimentarnos. Y del mismo modo que el alimento ha de estar al servicio de la vida, y no al revés, así debe el vestido servir al cuerpo y no, por el contrario, hacer del cuerpo la mera percha del vestido, de las apariencias externas. Estas últimas tienen también su importancia, su valor, pero es un valor subordinado al cuerpo, que no debe convertirse en un esclavo del vestido (de la figura, la moda, el aparentar, etc.). Así pues, hemos de preocuparnos de esas necesidades en su justa medida, pero no deben ocupar nuestro corazón hasta el punto de esclavizarlo, cegándonos para lo más importante.

Y, ¿qué es lo más importante? Las palabras de Jesús nos lo dicen con bastante claridad. Si la vida y el cuerpo importan más que el alimento y el vestido, que están al servicio de aquellos, significa que nosotros mismos somos más importantes y valiosos que los medios que nos procuran sustento y calor. Nosotros, cuerpo y alma, tenemos que ser dueños de nuestras necesidades y no esclavos de las mismas. Esta importancia que descubrimos en nosotros mismos, no es una llamada ni al searchorgullo ni al egoísmo; al contrario, somos egoístas cuando nos hacemos esclavos de las necesidades materiales; mientras que, cuando las atendemos pero dominándolas y sometiéndolas a nuestra dignidad personal, somos capaces de descubrir que esa importancia y valor que descubrimos en nosotros mismos es la que adorna también a los demás, partícipes por igual de la dignidad humana. Y, así, somos capaces de abrirnos a sus necesidades, las de los que pasan hambre y sed, los que están desnudos, enfermos o solos. Es en esta clave en la que hay que leer la recomendación de Jesús de “buscar sobre todo el Reino de Dios y su justicia”; no dice que lo busquemos de manera exclusiva, sino sobre todo, sin renunciar a las preocupaciones cotidianas (esto es una exigencia de elemental responsabilidad); “sobre todo” alude a una jerarquía de nuestras búsquedas y preocupaciones. Y es que el Reino de Dios incluye “su justicia”; y la justicia es un concepto que abarca necesariamente los bienes materiales, que, de hecho, Jesús parece asegurarnos si atendemos sobre todo a las exigencias superiores del Reino de Dios y su justicia: en tal caso, todo lo demás se nos da por añadidura.

Buscar ante todo el Reino de Dios significa elevar nuestra mirada a “los bienes de allá arriba” (cf. Col 3, 1-4), y descubrir que “el reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo” (Rm 14, 17). Cuando hacemos así, aprendemos no a despreciar, sino a apreciar en su justa medida los “bienes de acá abajo”. Y esa justa medida (la de la justicia del Reino de Dios) nos los descubre no sólo como fruto de esfuerzo y conquista, sino también como dones que recibimos agradecidos. Los bienes de la tierra que remedian nuestra hambre y cubren nuestra desnudez son, como dice la oración del ofertorio, “fruto de la tierra y del trabajo del hombre”, que recibimos de la generosidad del Señor, Dios del universo. Descubrimos que hay una providencia divina que se preocupa de sus criaturas, que alimenta a los pájaros y viste con esplendor a los lirios del campo; y que se preocupa mucho más de las criaturas que más valen ante sus ojos. El Padre celestial no desconoce ni desatiende nuestras necesidades; al contrario, como una madre por el hijo de sus entrañas, y más que ella, se acuerda de nosotros.

imagesPero, podemos preguntarnos de nuevo, ¿en qué se revela esa preocupación divina, cuando es un hecho que tantos hombres y mujeres del mundo padecen necesidad? Esa preocupación se revela en Jesucristo que nos comunica la sabiduría de la vida, la que nos permite satisfacer nuestras necesidades y las de los demás. Si la búsqueda obsesiva de bienes materiales (dinero, comida, vestido…) se enseñorea de nosotros y nos esclaviza, esto nos aleja también de los demás, pues cuando esos bienes necesarios se convierten en los únicos o los más altos, se produce inmediatamente un ansia insaciable, nunca estamos satisfechos, todo nos parece poco, y los otros se convierten en objeto de comparación y envidia, surge la rivalidad y la competencia, pues lo que tiene otro no puedo tenerlo yo. Pero si, a diferencia de “los gentiles”, siervos del dios dinero (Mammon), nos hacemos servidores del Dios autor de los bienes del cielo y de la tierra, entonces nos convertimos en dueños de nosotros mismos, capaces de apreciar con agradecimiento y alegría lo que tenemos, aunque sea poco, lo que cubre nuestras necesidades básicas; y al hacernos servidores de Dios y dueños de nosotros mismos, como ya hemos dicho, nos convertimos también en servidores libres de los que padecen necesidad. Los bienes materiales adquieren una importancia y un valor nuevos: no sólo no son objeto de codicia, competencia y encontronazo, sino que son ocasión para ayudar, compartir y encontrarse con los otros. Esta es la justicia del Reino de Dios.

El evangelio de Jesús, como vemos, nos concede una verdadera sabiduría para la vida cotidiana, un criterio para juzgar y apreciar todos los bienes, nos da un auténtico “orden del corazón” (un ordo amoris, como decía San Agustín) que nos hace libres (señores) y, además, nos enseña a disfrutar de la vida, del cada día que ella nos regala, es verdad que con sus agobios y afanes, pero que, en virtud de la confiada apertura a la providencia del Padre (y Madre, nos recuerda Isaías), no nos ahogan, pues se limitan a ser el afán de cada día. Es decir, Jesús nos enseña a dosificar las necesidades y también los afanes, sin por ello renunciar a los grandes ideales que deben llenar nuestro corazón (el Reino de Dios y su justicia). Y es que si somos servidores de Dios y de los hermanos (administradores de los misterios de Dios, nos recuerda Pablo), el día a día de nuestra vida es el banco de pruebas de nuestra fidelidad: el lugar en el que, en el trato con los asuntos (agobios y afanes) cotidianos, vamos encarnando el Reino de Dios, el ideal evangélico.

Domingo 7 del Tiempo Ordinario (A)

febrero 18, 2017

Lectura del libro del Levítico 19, 1-2.17-18 Amarás a tu prójimo como a ti mismo

El Señor habló a Moisés: – Habla a la asamblea de los hijos de Israel y diles: “Seréis santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo. No odiarás de corazón a tu hermano. Reprenderás a tu pariente, para que no cargues tú con su pecado. No te vengarás ni guardarás rencor a tus parientes, sino que amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo soy el Señor.”

Sal 102,1-2.3-4.8 y 10. 12-13 R. El Señor es compasivo y misericordioso.

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 3, 16-23 Todo es vuestro, vosotros de Cristo, y Cristo de Dios

Hermanos: ¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros? Si alguno destruye el templo de Dios, Dios lo destruirá a él; porque el templo de Dios es santo: ese templo sois vosotros. Que nadie se engañe. Si alguno de vosotros se cree sabio en este mundo, que se haga necio para llegar a ser sabio. Porque la sabiduría de este mundo es necedad ante Dios, como está escrito: “Él caza a los sabios en su astucia.” Y también: “El Señor penetra los pensamientos de los sabios y conoce que son vanos.” Así, pues, que nadie se gloríe en los hombres, pues todo es vuestro: Pablo, Apolo, Cefas, el mundo, la vida, la muerte, lo presente, lo futuro. Todo es vuestro, vosotros de Cristo, y Cristo de Dios.

Lectura del santo evangelio según san Mateo 5, 38-48 Amad a vuestros enemigos

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: Habéis oído que se dijo: “Ojo por ojo, diente por diente.” Yo, en cambio, os digo: No hagáis frente al que os agravia. Al contrario, si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra; al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica, dale también la capa; a quien te requiera para caminar una milla, acompáñale dos; a quien te pide, dale, y al que te pide prestado, no lo rehuyas. Habéis oído que se dijo: “Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo”. Yo, en cambio, os digo: Amad a vuestros enemigos, y rezad por los que os persiguen. Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos. Porque, si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y, si saludáis sólo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles? Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto.

 

La perfección del amor

 

imagesEl evangelio de hoy concluye la enseñanza rabínica de Jesús sobre la ley, que iniciamos la semana pasada. Y es aquí donde vemos hasta qué punto la enseñanza de Jesús en el Sermón de la montaña supera infinitamente las prescripciones de la antigua ley, y en qué medida la lleva a una perfección casi impensable. Si el mandamiento del amor es el corazón de la nueva ley del Evangelio, el amor a los enemigos supone su expresión más radical. Pero, cabe preguntar, ¿es esta novedad tan radical que sea imposible encontrar nada parecido, no sólo ya en el Antiguo Testamento, sino incluso en otras perspectivas religiosas o morales? La primera lectura viene a responder en lo referente al Antiguo Testamento. El texto del Levítico es una explícita llamada al amor y a la renuncia al odio, en la que el mismo Jesús se apoya para expresar el núcleo de la ley y su mandamiento principal (cf. Mt 22, 39), que expresa con claridad hasta qué punto el Nuevo Testamento está implícito en el Antiguo. Pero es que también en otras religiones y sistemas morales existen similares llamadas al amor universal. Sin entrar en grandes detalles, se podrían citar ciertas prescripciones del budismo y de la ética estoica. No debe extrañar que la llamada al amor no sea absolutamente exclusiva del Evangelio, pues cualquiera que tenga la mente abierta y el corazón en su sitio puede entender que el amor es preferible al odio, y que es en el amor y no en el rencor, la venganza y la violencia en donde el hombre encuentra su quicio vital, su perfecta realización y, a fin de cuentas, su salvación. Pero podemos plantearnos otro interrogante. ¿Es el mandato del amor universal, que alcanza hasta a los propios enemigos, algo realista? Sin negar la belleza del ideal, la vida real nos incita con frecuencia a considerar que se trata de un mandato de imposible cumplimiento. La santidad a la que llama el texto del Levítico, la perfección a la que nos llama Jesús, pueden cuadrar bien para Dios (en el que lo ideal y lo real coinciden), pero no para nosotros, imperfectos, débiles y limitados. Tal vez por esto, algunas de las posiciones religiosas y morales que llaman también al amor a todos (como los mencionados budismo y estoicismo) proponen, como camino para lograr esa benevolencia, adoptar una actitud de impasibilidad, que, es verdad, nos protege del sufrimiento por la vía de la indiferencia, pero que, si tal vez se abstiene de hacer mal a nadie, difícilmente podrá amar de verdad y activamente a criatura alguna.

En realidad, la gran novedad que encontramos en la revelación bíblica, ya desde el Antiguo Testamento, es que, por paradójico que parezca, el mandamiento del amor no es una exigencia ética, una norma moral que hemos de “cumplir” con la fuerza de la voluntad, en ocasiones cerrando los puños y apretando los dientes. Se trata más bien de una revelación que Dios hace de su propio ser. El mandamiento del amor nos dice quién es Dios, cómo se nos manifiesta, cómo nos mira y cómo quiere relacionarse con nosotros. Más que una norma que nos exige, es un don que se nos hace. Dios no se nos revela mandando, obligando, imponiendo, sino dándose. Si podemos seguir hablando de mandamiento, es en lo que esa expresión tiene de envío: Dios nos manda el amor, esto es, nos lo envía, nos lo entrega. Y si nosotros estamos abiertos a esa revelación, es claro que la luz de la misma no puede no reflejarse en nosotros. Así han de entenderse las palabras “Seréis santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo”, que Jesús reproduce al decir “sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto”.

Es claro que ser santos con la santidad de Dios, o perfectos con su perfección, está absolutamente por encima de nuestras fuerzas, y que no podemos alcanzarlo por más esfuerzos que hagamos. Por ello, algo así es posible sólo si lo recibimos como don. Así pues, el mandamiento del amor no es ante todo una norma de obligado cumplimiento, sino, más bien, la posibilidad de participar de la vida divina: es la vida misma de Dios actuando en nosotros.

La plena revelación de la vida divina se ha realizado en la persona de Jesucristo. Es Jesús quien refleja y encarna (hace imgrestkncarne) la santidad y la perfección de Dios en nuestro mundo. Es él quien hace cercano, concreto y posible lo que parece imposible a las solas fuerzas humanas. Porque si aceptamos la revelación y el don de Dios y su presencia encarnada en Jesús de Nazaret, si lo dejamos entrar en nuestra vida, es claro que algo ha de cambiar en nosotros. Y no de manera mágica, automática, sin nuestra participación. A partir del don del amor de Dios la dimensión moral tiene también cabida como respuesta positiva al don recibido. Y es que Dios apela a nuestra libertad, y la libertad humana es ante todo responsabilidad, esto es, libertad que responde a una llamada previa.

Si hemos de ser reflejo de la santidad de Dios que nos ha iluminado, esto no puede no expresarse en actitudes nuevas, que la Palabra de Dios hoy desglosa con detalle.

La primera de todas consiste en desterrar el odio de nuestro corazón. No “odiar de corazón a tu hermano” significa que, aunque en ocasiones surgen en nosotros de manera espontánea sentimientos negativos (como cuando nos sentimos injustamente tratados, ofendidos, etc.) no debemos permitir que ese sentimiento negativo de odio se instale en nuestro corazón como una actitud permanente, que dirige nuestros pensamientos y nuestras acciones. Antes bien, ante el mal procedente de nuestro prójimo, la respuesta adecuada (a la santidad de Dios reflejada en nosotros) ha de ser la de corregir al hermano, para que se enmiende. Es una manera concreta de responder al mal con el bien. El texto del Levítico pone aquí el acento en las relaciones con los más próximos, que son los propios familiares y, todo lo más, los miembros del pueblo de Israel.

imgres-1En el Evangelio Jesús universaliza esta exigencia y la extiende a todos sin excepción. El primer paso de esta universalización consiste en superar la vieja ley del Talión, que expresa una cierta medida de proporcionalidad en las relaciones de justicia, cuando se trata de resarcir por un daño recibido. La ley del Talión supone un cierto progreso, pues pone un límite al deseo de venganza que tiende a multiplicar la ofensa sufrida (como en el caso de la salvaje ley de Lamek, cf. Gn 4, 23-24). Pero la experiencia nos dice que la venganza, incluso si se la trata de contener en los límites de un daño proporcional y equitativo, genera un dinámica diabólica y creciente que no conoce fin, a no ser que se le oponga, por fin, un acto de positivo perdón. Jesús opone a la ley del Talión esas exigencias que nos parecen tan excesivas e imposibles, y se nos antojan como actitudes pasivas de cesión ante el mal y la injusticia, pero que, en realidad, una vez más, reflejan el modo en que Dios ha respondido al mal y al pecado humano. No se trata aquí, por tanto, de prescripciones jurídicas que dejan impune el crimen, sino de la adopción de actitudes activas, que tratan de responder al mal con el bien.

Frente a la medida del Talión, ya el libro del Levítico (y el mismo Jesús, que, como dijimos antes, lo cita en otro lugar) nos propone una medida positiva: amar al prójimo como a sí mismo. Porque el amor también se dirige a uno mismo, ya que tenemos no sólo la inclinación, sino también la obligación de procurar nuestro propio bien, de corregir nuestros defectos, y de cuidar y desarrollar el don que Dios ha depositado en nosotros. Esa medida es la que tenemos que aplicar con nuestros prójimos que, si en el Levítico son ante todo los de nuestra propia carne, Jesús extiende universalmente. De hecho, la segunda parte de la cita que Mateo pone en boca de Jesús: “Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo” no es posible encontrarla en la antigua Ley, sino que expresa la pobreza de la lengua aramea, que usa el verbo aborrecer para indicar los límites del propio amor (aborrecer significa “no preferir”, “no gozar del favor”; cf. Gn 29, 31; Lc 14, 26). Es decir, si en el Antiguo Testamento la universalidad del amor está sólo implícitamente apuntada (sobre todo en los profetas), y se manda amar a los propios, y contener en los límites de la ley del Talión la respuesta a los enemigos, ahora Jesús amplía la categoría de “prójimos” a todos, enemigos incluidos. Y este “imposible” moral se hace posible sólo si miramos a los demás desde el prisma de Dios, Padre de Jesús y Padre de todos, a cuya luz podemos descubrir a los demás de una manera nueva. Y no olvidemos que no sólo los enemigos son hermanos nuestros (hijos del mismo Padre) y potenciales amigos, sino que también nuestros hermanos y amigos se convierten con frecuencia en ocasionales enemigos, por los inevitables conflictos que tenemos precisamente con los más cercanos.

Así pues, es claro que el amor de que se habla aquí no se reduce a un mero sentimiento de simpatía o una especie de “buenismo” que cierra los ojos a los conflictos y las enemistades. ¿Cómo entender este amor que Jesús nos recomienda y nos revela en su propia persona?

Ante todo, el amor es la afirmación del otro en cuanto tal; y esta afirmación incluye toda una serie de matices que empiezan por el respeto. Amar al enemigo significa renunciar a instalarse en el odio, que conlleva la negación del otro y que va desde la ignorancia y la exclusión hasta su destrucción. Sin negar que existe la enemistad por multitud de motivos, mirando al otro desde el prisma de Dios Padre, descubro en él a un hermano y potencial amigo. Por ello, sin renunciar tal vez a la justicia, no dejaré de tenderle la mano si se encuentra en necesidad, de reconciliarme con él si existe la posibilidad, y de orar por él si esta es la única alternativa que me ofrece. Esta recomendación es de extraordinaria utilidad en estos tiempos en que parece crecer la hostilidad hacia el cristianismo y se multiplican en muchos lugares actitudes de persecución (a veces cruenta, a veces incruenta) contra los creyentes. Es la ocasión de responder en genuino sentido cristiano, de poner a prueba la autenticidad de nuestra fe, de purificarla si es que la hemos ido reduciendo a una serie de actitudes culturales y a ciertas convicciones teológicas y morales más o menos aburguesadas, sin la radicalidad propia del Sermón de la montaña.

La capacidad de descubrir en nuestros enemigos a nuestros hermanos, hijos del mismo Padre, habla de esa cualidad del amor que, como decía el filósofo Max Scheler, es como una luz que descubre los valores escondidos en el otro, que una mirada desprovista de amor es incapaz de percibir. El verdadero amor no sólo no es ciego, sino que es, por el contrario, el colmo de la lucidez. La perfección del nuestro Padre celestial a la que nos llama Jesús (y que él mismo porta en sí) es la de un amor que no se limita a las normas de convivencia de un grupo cerrado sobre sí mismo, sino que rompe fronteras y establece lazos incluso allí donde esto parece imposible.

Reflejar en nosotros la perfección del amor de Dios nos convierte, como nos recuerda Pablo, en templos de Dios, en los que habita el Espíritu Santo, el Espíritu del Amor. Más que de un privilegio se trata de un don y de una extraordinaria responsabilidad. ¿Cómo habremos de comportarnos para conservar y transmitir esa presencia en nosotros? A tenor de las mismas palabras de Pablo en la segunda lectura, posiblemente sea pertinente hacer una observación sobre las consecuencias del mandamiento del amor universal dentro del templo de Dios que es la Iglesia, cuerpo de Cristo. Parece un contrasentido que, al tiempo que proclamamos la universalidad del amor (a propios y extraños, amigos y enemigos) nos dediquemos a construir capillas dentro de la Iglesia, que compiten entre sí y se excluyen mutuamente. “Pablo, Apolo, Cefas, el mundo, la vida, la muerte, lo presente, lo futuro” podemos entenderlo hoy como la diversidad de caminos de espiritualidad, carismas, movimientos, tendencias (jesuitas y dominicos, focolares y neocatecumentales, Opus Dei y Cristianos por el Socialismo, conservadores y progresistas…), todos, si somos cristianos, esto es, de Cristo, hemos de trabajar por reconocernos, apreciarnos, amarnos unos a otros: ser generosos y benevolentes unos con otros, reconociendo el don que cada uno ha recibido para bien de todos, sin excluir, si procede, la corrección fraterna (corrigiendo, pero también dejándonos corregir), para, desde esa sabiduría del amor y esa suprema libertad, dar un testimonio concorde y unánime del único Señor y Dios Padre al que pertenecemos.

Domingo 6 del Tiempo Ordinario (A)

febrero 10, 2017

Lectura del libro del Eclesiástico 15, 16-21 No mandó pecar al hombre

Si quieres, guardarás los mandatos del Señor, porque es prudencia cumplir su voluntad; ante ti están puestos fuego y agua: echa mano a lo que quieras; delante del hombre están muerte y vida: le darán lo que él escoja. Es inmensa la sabiduría del Señor, es grande su poder y lo ve todo; los ojos de Dios ven las acciones, él conoce todas las obras del hombre; no mandó pecar al hombre, ni deja impunes a los mentirosos.

Salmo responsorial 118, 1-2. 4-5. 17-18. 33-34 R. Dichoso el que camina en la voluntad del Señor.

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 2, 6-10 Dios predestinó la sabiduría antes de los siglos para nuestra gloria

Hermanos: Hablamos, entre los perfectos, una sabiduría que no es de este mundo, ni de los príncipes de este mundo, que quedan desvanecidos, sino que enseñamos una sabiduría divina, misteriosa, escondida, predestinada por Dios antes de los siglos para nuestra gloria. Ninguno de los príncipes de este mundo la ha conocido; pues, si la hubiesen conocido, nunca hubieran crucificado al Señor de la gloria. Sino, como está escrito: «Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar lo que Dios ha preparado para los que lo aman.» Y Dios nos lo ha revelado por el Espíritu. El Espíritu lo sondea todo, incluso lo profundo de Dios.

Lectura del santo evangelio según san Mateo 5, 17-37 Se dijo a los antiguos, pero yo os digo

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: —«No creáis que he venido a abolir la Ley y los profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud. Os aseguro que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la Ley. El que se salte uno sólo de los preceptos menos importantes, y se lo enseñe así a los hombres será el menos importante en el reino de los cielos. Pero quien los cumpla y enseñe será grande en el reino de los cielos. Os lo aseguro: Si no sois mejores que los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos. Habéis oído que se dijo a los antiguos: “No matarás”, y el que mate será procesado. Pero yo os digo: Todo el que esté peleado con su hermano será procesado. Y si uno llama a su hermano “imbécil”, tendrá que comparecer ante el Sanedrín, y si lo llama “renegado”, merece la condena del fuego. Por tanto, si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda. Con el que te pone pleito, procura arreglarte en seguida, mientras vais todavía de camino, no sea que te entregue al juez, y el juez al alguacil, y te metan en la cárcel. Te aseguro que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último cuarto. Habéis oído el mandamiento “no cometerás adulterio”. Pues yo os digo: El que mira a una mujer casada deseándola, ya ha sido adúltero con ella en su interior. Si tu ojo derecho te hace caer, sácatelo y tíralo. Más te vale perder un miembro que ser echado entero en el infierno. Si tu mano derecha te hace caer, córtatela y tírala, porque más te vale perder un miembro que ir a parar entero al infierno. Está mandado: “El que se divorcie de su mujer, que le dé acta de repudio.” Pues yo os digo: El que se divorcie de su mujer, excepto en caso de impureza, la induce al adulterio, y el que se case con la divorciada comete adulterio. Habéis oído que se dijo a los antiguos: “No jurarás en falso” y “Cumplirás tus votos al Señor”. Pues yo os digo que no juréis en absoluto: ni por el cielo, que es el trono de Dios; ni por la tierra, que es estrado de sus pies; ni por Jerusalén, que es la ciudad del Gran Rey. Ni jures por tu cabeza, pues no puedes volver blanco o negro un solo pelo. A vosotros os basta decir “sí” o “no”. Lo que pasa de ahí viene del Maligno.»

 

 

El cumplimiento de la ley hasta el final

 
imgresEl Sermón de la montaña que estamos leyendo en estos domingos es la revelación de los nuevos valores del Reino de Dios, de un nuevo mundo religioso, de una nueva visión de Dios y de su relación con el hombre. ¿Significa esto la abolición de la antigua Ley, también fruto de una revelación divina, la que tuvo lugar en el Sinaí? De hecho, en los Evangelios encontramos numerosas acciones de Jesús en las que parece desafiar abiertamente la ley, como curar en sábado, saltarse ciertas leyes de pureza ritual y otras relativas al ayuno. Como sabemos, este comportamiento se atraía la abierta enemistad de escribas y fariseos, maestros de la ley. Pero ante las críticas de estos, y también, posiblemente, ante ciertas interpretaciones por parte de sus propios discípulos, Jesús, precisamente en el contexto del Sermón de la montaña, niega la mayor: no ha venido a abolir la ley, incluso afirma que la misma tiene un valor eterno, y que es preciso cumplirla hasta la última coma. ¿En qué quedamos? ¿No se da aquí una cierta contradicción entre estas palabras y las acciones mencionadas antes? Cuando Jesús afirma que no ha venido a abolir sino a dar cumplimiento, ¿qué significa esto? Dar cumplimiento significa hacerla plena, llevarla a su perfección.

Cumplir la ley “hasta la última tilde” no significa la observancia puntillosa, obsesiva y literal de todos los preceptos de la ley mosaica, que en tiempos de Jesús se había recargado con numerosas cláusulas, producto de una larga tradición de interpretaciones y exégesis. Son precisamente las acciones en apariencia desafiantes de Jesús las que nos dan a entender que no se trata de ese legalismo casi asfixiante: no es el hombre para el sábado, sino el sábado para el hombre, y es preciso entender qué significa “misericordia quiero y no sacrificios” (cf. Mt 12, 7; Mc 2, 27). También sus palabras en el evangelio de hoy son elocuentes: por un lado exhorta a no saltarse ningún precepto de la ley, y el que así lo enseñe será grande en el Reino de los cielos; por el otro, afirma que no entrará en ese Reino quien no supere la justicia de escribas y fariseos. Es claro que aquí no se trata de un cumplimiento escrupuloso y meramente legal de ciertos preceptos rituales. ¿De qué se trata entonces?

Jesús, adoptando la actitud de un verdadero maestro de la ley, de un verdadero rabino, lo explica acudiendo a toda una serie de preceptos de la antigua ley. En primer lugar, recordemos que Jesús no habla sólo de la ley (como hacían escribas y fariseos), sino de la ley y los profetas; y esto ya nos indica que interpreta la ley desde el prisma de la inspiración profética, que precisamente criticaba el legalismo huero y apelaba a la ley interior, a la que está “escrita en el corazón”, a la misericordia y la atención de los necesitados. Del mismo modo, para Cristo, la perfección de la ley (y los profetas) y su cumplimiento hasta el final no van en la línea de la mera observancia externa, sino de la plenitud que brota de un corazón renovado y purificado, el que se expresa en las bienaventuranzas.

Desde el espíritu de las bienaventuranzas Jesús comenta y reinterpreta (lleva a plenitud) siete preceptos de la antigua ley, de los que el Evangelio de hoy recoge sólo cuatro. Lo hace en diálogo con la tradición (“habéis oído que se dijo a los antiguos”), pero de la que él es no un mero comentador, sino un interlocutor autorizado: “pero yo os digo”. De este modo, Jesús hace ver que la antigua ley no queda abolida sino perfeccionada, pero también nos dice que el Autor de la antigua ley y el de su definitivo perfeccionamiento son el mismo, y que ahora habla (y lleva a cumplimiento) en él mismo, con autoridad propia.

El primer ejemplo se refiere al quinto mandamiento de la ley del Sinaí: “no matarás”. Está expresado en términos jurídicos: “será procesado”. Jesús, más allá de la ley, que mira sólo la exterioridad del comportamiento, atiende a la actitud interior de la que brotan los crímenes y la violencia contra el prójimo: la ira, el odio, la enemistad, que se expresan primero verbalmente, y después pasa a la voluntad de exclusión (es lo que significa la palabra “renegado”) y, finalmente, puede llegar a la agresión física. Esas actitudes interiores y sus expresiones, aun sin llegar al asesinato, merecen una condena de tipo religioso (el Sanedrín y el fuego), pues hablan de un corazón no reconciliado y, por tanto, alejado del Dios Padre de todos. El cambio del corazón y la purificación interior hacen que pasemos de la agresión (de pensamiento, de palabra y de obra) a la reconciliación. No se trata, por tanto, sólo de extremar los preceptos de la antigua ley, sino de cambiar la dirección de nuestras actitudes profundas: no sólo evitar el mal en todas sus dimensiones, sino vencerlo a fuerza de bien; no sólo renunciar a las actitudes agresivas y a las agresiones verbales o físicas, sino adoptar una actitud positiva que busca a los hermanos, trata de recomponer relaciones y de solucionar los conflictos (que inevitablemente surgen en la vida) de manera pacífica.

El comentario del sexto mandamiento (“no cometerás adulterio” –Ex, 20, 14) va en la misma dirección. El adulterio era contemplado en la antigua ley images(y, en general, en las antiguas culturas) sobre todo como un atentado contra la “propiedad” ajena, que así era considerada la mujer. El precepto tenía un sabor claramente discriminatorio contra la mujer. Jesús, al radicalizar y perfeccionar el precepto, apela de nuevo a una actitud interior que cambia por entero los estándares culturales: llama a una actitud de respeto hacia la mujer misma, no sólo en cuanto es “de otro”, sino en su propia condición de mujer, que no puede reducirse a un mero objeto de deseo. Así pues, Jesús no sólo condena el adulterio, sino que restablece plenamente la dignidad de la mujer, igual a la del varón en cuanto imagen de Dios (cf. Gn. 1, 17). Este cambio del corazón no es, sin embargo, tarea fácil. Los deseos y los pensamientos inclinados al mal surgen en nosotros con frecuencia de manera espontánea. ¿Es que su mera presencia es ya una forma de pecado? ¿No se está aquí extremando la idea de pecado, que nos puede hacer entrar en un moralismo obsesivo y asfixiante, peor que el meramente externo de escribas y fariseos? En realidad, Jesús no va por ahí, y las palabras que siguen a esta llamada, en plena consonancia con la bienaventuranza de los limpios de corazón, lo aclaran suficientemente. No es la mera presencia de ciertos sentimientos, inclinaciones o tentaciones lo que constituye el pecado, sino el consentimiento por parte de nuestra libre voluntad. De ahí la necesidad de una cierta ascética, esto es, de la capacidad de renunciar a los deseos que nos hostigan y nos incitan al mal. Jesús expresa la necesidad de la actitud de renuncia en términos muy duros (sacarse el ojo, cortarse la mano), que no debemos tomar al pie de la letra, sino entender como un recurso para subrayar con fuerza la importancia de la purificación del corazón y la mirada: nos va en ello el que podamos ver a Dios, esto eso, nos jugamos en esto nuestra propia salvación, que vale más que el bienestar en este mundo pasajero.

El siguiente precepto comentado por Jesús no está tomado de la tabla de los mandamientos (cf. Dt 24, 1) pero es como una glosa y complemento del anterior, y toca un tema muy sensible en las costumbres de los judíos de entonces (cf. Mt 19, 1-12) y, en realidad, de todos los tiempos. Si se debe respetar a la mujer del prójimo, tanto más es necesario respetar a la propia. Aquí, de nuevo, Jesús defiende a la mujer de una situación de clara desventaja y la eleva a miembro paritario en derechos dentro del matrimonio. El matrimonio es la unión sagrada entre varón y mujer, iguales en dignidad personal y que, por tanto, han de dar cada uno su libre consentimiento. Este ejercicio de libertad y compromiso mutuo exige responsabilidad y la fidelidad a la palabra dada en la alianza matrimonial. La salvedad que hace Jesús (salvo caso de impureza, en otras traducciones se dice “fornicación”) se refiere, al parecer al caso de las uniones ilegítimas, de tipo incestuoso o meramente casuales, sin la voluntad de un verdadero compromiso mutuo (como el caso de la prostitución, el –mal– llamado “amor libre” y otras formas de relación que no corresponden con el designio de Dios sobre el matrimonio). La relación matrimonial es algo demasiado serio para dejarlo al capricho subjetivo de una de las partes.

En lo que respecta al juramento, en principio no es fácil de entender esta especie de prohibición del mismo, cuando la vida muestra que en ocasiones es necesario empeñar la propia palabra: el mismo caso del matrimonio, o cuando se jura un cargo o se da testimonio en un juicio… Las palabras de Jesús hay que entenderlas como una llamada a no abusar del juramento, es decir, a no poner a Dios por testigo de los propios asuntos, en definitiva, a no “usar” o instrumentalizar a Dios. Esta debía ser una costumbre extendida en aquel tiempo. El que vive reconciliado en su interior, con los demás y con Dios no necesita ir poniendo a Dios por testigo a cada paso, sino que más bien él mismo se convierte en un testigo de Dios, fuente de la verdad y de todo bien. Y ese hombre no es un mero cumplidor externo de normas que le coaccionan desde fuera, sino un ser libre, que libremente se adhiere al bien sin condiciones ni componendas.

Ahora bien, ¿es esto posible? ¿No están estas exigencias, que suenan tan bien, muy por encima de nuestras pobres fuerzas? Jesús que nos llama a ser misericordiosos con las debilidades de los demás, conoce también las nuestras, y las tiene en cuenta. No es un rabino que comenta leyes, sustituye unas por otras, las atenúa o las endurece; es un maestro que nos muestra un nuevo modo de vida que inaugura él: él mismo se convierte en ley para sus discípulos. Cumplir la ley entera, hasta la última tilde, significa seguir a Jesús y adoptar su estilo de vida. Él es quien cumpla la ley hasta el final, radicalmente, al dar su propia vida en la cruz.

d8e939015787a75db5f30ff3fbb64917Por ello, la nueva ley del Evangelio resume todos los preceptos (en todas sus direcciones: en relación con propios y extraños, en relación con la propiedad, etc.) en el mandamiento del amor. Y este mandamiento sólo puede ser asumido desde la libertad, a la que apela con tanta claridad la primera lectura. En ella vemos hasta qué punto la antigua ley estaba realmente orientada a la plenitud del Evangelio. Porque los preceptos meramente legales se pueden cumplir de una manera exterior, por coacción y sin convicción (con una libertad disminuida), pero amar sólo es posible desde la libertad. No es posible amar “a la fuerza” y de modo puramente externo. Sólo se puede amar de corazón. Y esa fuerza del amor es un don que precisamente encontramos y recibimos en Cristo, que nos ha amado y entregado por nosotros hasta el extremo. No se nos pide aquí nada que no hayamos recibido antes. Y esta es la sabiduría de la que habla Pablo, inaccesible a la mera razón humana, pero que ha sido revelada plenamente en Jesucristo. Es la sabiduría de la cruz, la sabiduría de un amor que se entrega del todo y que, así, “cumple” (llena, perfecciona) la ley entera.

DOMINGO 5 DEL TIEMPO ORDINARIO (A)

febrero 4, 2017

Lectura del libro de Isaías 58, 7-10 Romperá tu luz como la aurora

Así dice el Señor: «Parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, viste al que ves desnudo, y no te cierres a tu propia carne. Entonces romperá tu luz como la aurora, en seguida te brotará la carne sana; te abrirá camino la justicia, detrás irá la gloria del Señor. Entonces clamarás al Señor, y te responderá; gritarás, y te dirá: “Aquí estoy.” Cuando destierres de ti la opresión, el gesto amenazador y la maledicencia, cuando partas tu pan con el hambriento y sacies el estómago del indigente, brillará tu luz en las tinieblas, tu oscuridad se volverá mediodía.»
Sal 111, 4-5. 6-7. 8a y 9 R. El justo brilla en las tinieblas como una luz.

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 2, 1-5 Os anuncié el misterio de Cristo crucificado

Yo, hermanos, cuando vine a vosotros a anunciaros el misterio de Dios, no lo hice con sublime elocuencia o sabiduría, pues nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y éste crucificado. Me presenté a vosotros débil y temblando de miedo; mi palabra y mi predicación no fue con persuasiva sabiduría humana, sino en la manifestación y el poder del Espíritu, para que vuestra fe no se apoye en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios.

Lectura del santo evangelio según san Mateo 5, 13-16 Vosotros sois la luz del mundo

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: -«Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente. Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte. Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa. Alumbre así vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo.»

 

Ser luz, pero no iluminados

imagesLa imagen de la luz vuelve a centrar nuestra atención en la meditación de la Palabra de Dios. La luz que hemos contemplado en Navidad (cf. Is 9,2; Jn 1, 4.9) y que ha empezado a iluminarnos por medio de la Palabra y su acción benéfica y curativa (cf. Mt 4, 16) se nos transmite también a nosotros, los creyentes. Esa luz nos ha iluminado para ver un mundo nuevo, que Jesús proclama por medio de las Bienaventuranzas. Participar de la bienaventuranza del Reino de Dios, como veíamos la pasada semana, significa también contagiarse de la luz: si en Jesús, hijo de Dios, nos convertimos en hijos adoptivos, y si en el bienaventurado, por ser hijo, también nosotros lo somos, y hemos de actuar en consecuencia; del mismo modo, por ser Jesús la luz del mundo (cf. Jn 8, 12), nos convertimos en luz. Pero ¿qué significa exactamente esto? ¿Podemos decir que los cristianos somos unos “iluminados”?

La palabra “iluminado” está gravada de una cierta ambigüedad. En su acepción más común habla de la persona poseída por una idea (religiosa, moral, política…) que la envuelve como una luz, pero de modo que, en cierto sentido, la aísla del resto del mundo. La “iluminación” tiene fuertes resonancias gnósticas. El gnosticismo es la doctrina que busca la salvación por el conocimiento, de modo que son pocos los elegidos que alcanzan ese nivel. El iluminado es el que ha llegado a un nivel superior de conocimiento y de conciencia, de modo que se sitúa por encima de los simples mortales, de los hombres corrientes. Otra connotación de la iluminación es el haber alcanzado un contacto directo con la divinidad, lo que desvincula al que la adquiere de las mediaciones que necesitan los demás (en forma de iglesia, mandamientos, exigencias morales y litúrgicas, etc.) Los iluminados son elegidos y segregados. También existe, desde luego, otra acepción, no sólo carente de referentes religiosos, sino incluso opuesto a ellos: la época de la Ilustración (el Illuminismo, la Aufklärung) consideraba que el hombre alcanzaba la luz gracias al uso autónomo de la razón, al progreso de las ciencias, que, según la mentalidad ilustrada, permitía al hombre prescindir de toda revelación religiosa.

Lo común de todas estas acepciones es el establecer una segregación: entre los iluminados en un sentido u otro y los que viven en la oscuridad; también, en el caso de la Ilustración, entre Dios y el hombre (como si el progreso de las ciencias gracias al uso de la razón que Dios nos ha dado fuera incompatible con la fe, es decir, con la comunicación confiada con el Autor del orden racional del mundo). También es común a las dos formas de iluminación la fuerte autoafirmación del yo (frente a los otros, ignorantes, y frente al mismo Dios).

La luz que, según dice Jesús hoy, somos como discípulos suyos, tiene poco que ver con esas formas de iluminación. Por eso, podemos decir que somos (y tenemos que ser) luz, pero no iluminados.

Que no se trata de esas formas de iluminación nos lo deja claro el Apóstol Pablo en la segunda lectura. Su predicación no consiste en una perfecta argumentación racional, ni es la introducción en ciertos saberes arcanos, que nos segregan y nos convierten en miembros de una cierta secta de elegidos. Al contrario, la predicación de Pablo tiene como referente el testimonio de alguien que está a la vista de todos, al que todos pueden ver, pues está elevado y crucificado. Ahí se manifiesta una sabiduría nueva, cierto, pero abierta a todos, como los brazos de Jesús en la cruz. La luz de la cruz de Jesucristo no nos separa, sino que, al contrario, nos ilumina abriéndonos los ojos para las necesidades y los sufrimientos de los demás; tampoco nos pone por encima de los otros, sino que nos lleva a inclinarnos hacia ellos para convertirnos en servidores suyos.

Unidos a Cristo, luz del mundo, no nos convertimos en miembros de una secta de iluminados, que se separan y miran con desprecio a los demás, sino en hermanos de todos, hermanos de nuestros hermanos, que se ponen a su servicio. Jesús habla, en efecto, de iluminar con “las buenas obras”, sin más especificaciones, tal vez no muy necesarias, si tenemos en cuenta que estas palabras suceden inmediatamente a las bienaventuranzas. Pero, pueden servirnos de complemento las palabras de Isaías, que hemos escuchado en la primera lectura: partir el pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, vestir al desnudo, no cerrarse a la propia carne. Resuenan en estas palabras las que Jesús pronuncia respecto del juicio final: son las obras por las que seremos juzgados, por las que ya nos estamos juzgando a nosotros mismos. Y si tenemos en cuenta que Jesús ha asumido nuestra carne, comprendemos que no cerrarse a la “propia” carne significa estar abierto no sólo a los de la propia familia, nación o partido, sino a todo hombre sin excepción, pues todos somos de la misma carne, que se ha convertido en carne de Cristo, que padece hambre, frío, abandono en cada hombre sufriente.

imgresSon estas buenas obras las que constituyen la luz de la que Jesucristo nos hace partícipes, y no la de un saber arcano reservado a unos pocos iluminados. Por eso, junto a la imagen de la luz es tan necesaria de la sal. La sal es (y era especialmente en la antigüedad, y hasta no hace tanto tiempo) una sustancia vital para conservar los alimentos, para preservar la vida y evitar la podredumbre. Son las buenas obras las que van en la dirección de la vida, de su preservación e incremento. Mientras que la opresión, la amenaza, la violencia y el egoísmo la destruyen, la corroen por dentro. La sal además da sabor a los alimentos insípidos. Podemos entender esta imagen de la sal como una llamada a vivir nuestra fe con alegría.

Hay un último detalle que nos recuerda una diferencia capital entre los iluminados y la luz que somos unidos a Cristo. El iluminado considera que ha llegado a una meta, que ha alcanzado con su esfuerzo un nivel superior, normalmente por la vía del conocimiento. En las palabras de Jesús percibimos, por el contrario, una llamada a nuestra libertad, a nuestra responsabilidad. Somos luz y sal por gracia de Dios, por nuestra relación con Cristo. Pero, porque somos libres, podemos no ser fieles a esta gracia, ocultando la luz y dejando que la sal pierda su sabor. La luz que se oculta es una fe que se guarda en el fuero de la conciencia, que no se testimonia ni se anuncia, sobre todo, con las buenas obras; una sal que se hace sosa es como ser depositario del mandamiento del amor y no amar, portador de la esperanza y no comunicarla. Si no nos esforzamos en ser luz y sal con nuestras buenas obras, que hablan de nuestro Padre, nos convertimos en cristianos de boquilla, opacos, oscuros, sosos, inútiles. Y es que, como se decía en los años 70, una iglesia (un cristiano) que no sirve, no sirve para nada, sólo para tirarla fuera y que la pise la gente. Que no sea así, que alumbre nuestra luz, la luz de Cristo en nosotros, para que todos vean nuestras buenas obras y den gloria a nuestro Padre del cielo.