Desde San Petersburgo, sobre el derecho a vivir


En Abril de 2008, en San Petersburgo, en la Facultad de Pediatría de la Universidad estatal fueron invitados un sacerdote católico y doctor en filosofía, un sacerdote grecocatólico y licenciado en derecho, un sacerdote ortodoxo y doctor en medicina y cirujano en ejercicio, y una laica católica, casada y con dos hijos y licenciada en teología, a hablar a los estudiantes de quinto curso sobre los fundamentos cristianos de la bioética. Algo está cambiando en este país, pionero en legislación proabortista y que ahora descubre las desastrosas consecuencias (morales, eugenésicas, demográficas y para la mujer) de una política ya casi secular. En ningún sitio como en Rusia pueden comprobarse los daños enormes que una mentalidad abiertamente favorable al aborto produce en la vida social y familiar, en las relaciones humanas, en la capacidad de amar y, en general, en la psicología de las personas, sobre todo de las mujeres, principales víctimas de esa mentalidad, después, claro está, de los seres humanos que no llegaron a ver la luz.

Viviendo en “komunalkas”, pisos colectivos en los que cada familia disponía de una sola habitación,  sin posibilidad de llevar una vida sexual normal por falta de espacios de intimidad, sin medios antoconceptivos ni una educación sexual adecuada, el aborto se convirtió para la inmensa mayoría en un método anticonceptivo habitual, además de un medio profiláctico también cotidiano. Aquí la gente, sobre todo las mujeres, fueron víctimas de una política y de una educación atroces. Por no hablar de la sensación de vacío existencial, del sentimiento de “no ser una persona amada” (“alguien a quien nadie necesita”, como dicen aquí) que corroe por dentro a aquellos que se saben hijos de una mujer (con la colaboración y, a veces, la presión de un hombre, no lo olvidemos) que abortó varias veces antes de parirles a ellos. Intenta luego decirles que Dios es amor y que es Padre. Incluso muchos creyentes, practicantes y activos encuentran barreras psicológicas colosales para aceptar esas verdades elementales y para salir de un estado de depresión casi crónica.

Pues bien, se percibe en este país que, pese a los muchos problemas y dificultades, se está emprendiendo un camino de vuelta hacia una cultura de la vida. Esta postura no sólo puede expresarse libremente, sino que se le abren foros públicos, como el mencionado arriba, se escriben tesis doctorales sobre filosofía moral abordando esta temática y se ven carteles en los hospitales en donde se advierte de los graves riesgos psicológicos y físicos  para las mujeres que se someten a un aborto.

Todo esto, y lo que sucedió en Abril del 2008 en la Facultad de pediatría de San Petersburgo es algo, hoy por hoy, impensable en nuestro país, donde las comisiones oficiales de expertos sobre estos graves asuntos son sólo la voz de su amo. Es verdaderamente pavorosa la falta de cultura democrática de nuestra España, en donde estas cuestiones tan gravísimas no se someten a debate público, mucho menos, faltaría más, a consulta popular, a referendum. La propaganda ofical (que a eso se reduce la información al respecto) dice que quieren “extender derechos”, como si los gobiernos pudieran sacarse de la chistera nuevos derechos; y, sobre todo, olvidando que los derechos son prerrogativas con sentido sólo en un contexto social de reciprocidad que contrapone los correspondientes deberes. Reclamar derechos sin asumir deberes es el principio de un despotismo en el que unos se afirman reduciendo a otros a meros medios instrumentales. ¿No habíamos quedado en que los derechos humanos son universales e inalienables? Ahora resulta que son dádivas concedidas a los que traspasan un cierto umbral de tiempo o no disturban nuestros planes personales. Digámoslo claro: si ante el rostro de un recién nacido es absurdo exhibir derechos, pues ahí sólo existen deberes y responsabilidades, cuánto más si hablamos del no nato.

Mientras unos emprenden trabajosamente el camino de vuelta, otros siguen empeñados en “progresar” hacia el final de una civilización basada en los derechos humanos y los deberes que estos generan. Desgraciadamente, los efectos perversos de esta política irresponsable y sofística empezaremos a padecerlos en las próximas dos o tres generaciones. Y nos los podríamos ahorrar mirando a los que han hecho ya ese viaje y están de vuelta, aunque siguen aún pagando las consecuencias de la anterior ida (a ninguna parte).

Por eso, desde mi atalaya y mi experiencia rusa, no puedo dejar de ver sin dolor y preocupación como se hurta un debate serio sobre este problema gravísimo (más grave que la crisis económica que tanto absorbe nuestra atención) y cómo se silencian sistemáticamente las voces que tratan con gran sentido cívico de oponerse a ese siniestro proyecto de ley.

Desde aquí, quiero hacer llegar mi voz, sabiendo que sonará débil y lejana, para exhortar a secundar las iniciativas (como la marcha por la vida del próximo día 29 de marzo) que pueden, en definitiva, ayudar a  salvar muchas vidas humanas, tal vez las de aquellos que en el futuro contribuirán desde el arte, la ciencia, la política o la religión, a hacer un mundo mejor, más justo y fraterno.

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