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Descartes en el círculo polar

febrero 26, 2011

Como es sabido, René Descartes murió en Suecia de una neumonía, concretamente el 11 de febrero de 1650, a los 53 años de edad. A Descartes no le iba el frío ni los madrugones. La reina Cristina de Suecia, que le había invitado (casi obligado) a ir a Estocolmo a que le enseñara los fundamentos de la nueva filosofía, no era, evidentemente, culpable del severo invierno sueco. Pero sí que lleva sobre sus espaladas la responsabilidad de hacer al pobre Renato levantarse a horas intempestivas, pues decidió que la mejor hora para dedicarse a la filosofía eran las cinco de la mañana. Esto era demasiado para el filósofo. A Descartes le gustaba dormir largo y tendido, como atestiguan algunas de sus cartas. En una dirigida a Balzac en 1631 habla de sus dulces costumbres en la dulce Holanda: «Duermo aquí diez horas todas las noches, sin que ninguna preocupación me despier­te; luego que el sueño ha llevado mi espíritu largo tiempo por bosques, jardines y palacios encantados, en los cuales experimen­to todos los placeres imaginados en la fábulas, mezclo insensi­blemente mis ensoñaciones de la vigilia con las de la noche; y cuando me percato de estar despierto, entonces es mayor mi con­tento y mis sentidos pueden también par­ticipar de esas sensacio­nes.» Para él, más que la “vida es sueño”, puede decirse que el sueño era vida, pues era indudable fuente de inspiración. No en vano intuyó mientras dormitaba en Ulm junto a una estufa los fundamentos de la nueva filosofía, el método matemático; y también, cuando ensaya la duda metódica, hay un nivel de duda que se basa en la hipótesis de que todo lo que percibimos es un mero sueño. Vamos, todo un “Matrix” avant la lettre.

El caso es que su estancia en Suecia debió convertirse en una pesadilla, por los madrugones, por el frío extremo y, quién sabe si por algún otro motivo. Hay quien ha sostenido en tiempos recientes que los síntomas de la enfermedad que le llevó a la tumba no eran los de una neumonía, sino los de envenenamiento por arsénico…

Es de suponer que por nada del mundo hubiera querido Descartes volver a aventurarse por las latitudes nórdicas, menos aún si estas se encuentran, pongamos, unos 500 kilómetros por encima del círculo polar.

Pero, a pesar de todas sus resistencias, Descartes se ha visto obligado a viajar a esos lugares, invitado por la cátedra de filosofía de la Universidad de Humanidades de Murmansk, que ha celebrado el 450 aniversario del nacimiento de Francis Bacon (que también murió de una pulmonía, pero este a causa de su tozudez investigadora), y el 415 de Descartes. 

Aprovechando mi estancia en Murmansk, y gracias a la amistad con un profesor de esta cátedra, Alexandr Saukin, que de cuando en cuando aparece por nuestra misa dominical, he participado en este seminario- conferencia, que se anunciaba además solemnemente como “internacional”, gracias a la participación de un par de profesores de la Universidad de Nordland, región central de Noruega, cuya capital (y sede de la Universidad) es la ciudad de Bodø , además de un pequeño grupo de estudiantes de aquella misma Universidad que, todo hay que decirlo, hicieron acto de presencia sólo en la sesión inaugural. Mi participación reforzaba relativamente esa internacionalidad (relativamente, por venir de San Petersburgo), a la vez que daba una nota de tipismo, pues se ven pocos españoles por estos pagos, especialmente relacionados con la filosofía (de cuando en cuando se deja caer alguno relacionado con la exportación de pescado).  Presenté una comunicación sobre el nominalismo, las reglas segunda y tercera del método cartesiano y la ausencia de síntesis, no sólo en la filosofía cartesiana (vamos, que la tercera regla no consigue su objetivo), sino también en el conjunto de la filosofía moderna. En las conclusiones, en las que comparaba la síntesis cristiana medieval con la ausencia de la misma en la cultura moderna (en la que domina el espíritu analítico), hice alusión a la alternativa que suponía al nominalismo de Ockam la docta ignorantia  de Nicolás de Cusa. Y la fortuna quiso que el profesor noruego presente en la sesión fuera un especialista en este filósofo renacentista alemán, con lo que se creó un clima de gran sintonía, que dio lugar a un sabroso diálogo sobre la relación de fe y razón y otras cuestiones. 

Creo que la calidez de este clima, que los organizadores del encuentro supieron crear desde el primer momento, ha salvado a Descartes, también a Bacon, de una nueva neumonía, esta vez mental, pues, como vemos, por estos pagos, a pesar del clima polar, los entusiastas del pensamiento  no permiten que se congelen las ideas.

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