Archive for 18 marzo 2011

Sal de tu tierra

marzo 18, 2011

«Yahvé dijo a Abram: “Sal de tu tierra, y de tu patria, y de la casa de tu padre, a la tierra que yo te mostraré”.» (Gn. 12,1)

Sal, ponte en camino, camina, que la rutina no te entumezca, ni te adormezca la inercia que te lleva como un torrente; sé protago¬nista de tu propia vida: ella misma es un camino que tú debes recorrer personalmente. No creas a los que dicen que «no hay nada que hacer», «que nada hay nuevo bajo el sol», que es preciso vivir «como todo el mundo», que es preciso no complicarse la vida… Por el contrario, tus pasos son tuyos, tu camino es único y nadie lo puede recorrer por ti:

El camino que tienes ante ti no lo conoce nadie. / Nadie ha ido nunca por el camino por el que tendrás que ir tú. / ES TU CAMINO / Insustituible. / Puedes dejarte aconsejar, / Pero decidir, eso debes hacerlo tú. / Escucha la voz de tu maestro interior. / Dios no te ha dejado solo. / Él habla contigo en tus pensamientos. / Confía en Él. / Confía en ti mismo.

                              (U. Schaffer, …weil du einmalig bist, de Lahr, 1987.)

De tu tierra: sal de tu seguridad cotidiana, no te conformes. En realidad, lo que crees tu tierra es tu exilio: tu tierra, tu verdadera patria, tu identidad única y auténtica es sólo una promesa (es tierra prometida) y tienes que buscarla, irla creando en el diálogo con la realidad que es tu biografía.

Lo que crees tu tierra, en cambio, es una seguridad engañosa que te puede alienar y extraviar, hacer de ti un extranjero en tu casa, un exiliado interior.

Eso que crees tu tierra, de la que has de salir, si quieres, son tus convicciones (políticas, éticas, religiosas) no personalizadas, heredadas por tradición o aceptadas por contagio, pero que no han hecho carne en tu realidad profunda, que no son verdad vital, sino adherencia, como una costra. Son también tus prejuicios, respuestas fáciles a problemas difíciles, que te evitan toda confrontación con la realidad, toda búsqueda y la humildad de reconocer que no lo sabes todo; son tus máscaras, esos parapetos en los que te escudas fácilmente, como los papeles,  los roles que desempeñas a diario, tu estatus social, tu prestigio, la imagen que quieres dar, las cosas que te identifican como un tipo de hoy; o ideologías que te dan relieve: un relieve engañoso que consiste en ser apreciado por no disentir, por someterse, por «ser como todo el mundo». Las máscaras son muy útiles, pues te evitan precisamente dar la cara, exponerte, arriesgar, dando lo más auténtico de ti; pues al exponerte serás auténtico, pero también, ¡qué fastidio!, revelas tus límites, tu pequeñez, la verdad palmaria de que no eres autosuficiente ni perfecto: pones al descubierto que existen sombras en tu vida que no quisieras afrontar.

Tu tierra, lo que crees tu tierra, son también tu dinero y tus cosas: las que tienes o las que quieres tener, y que te dan -o te prometen- tanta seguridad; son tus relaciones habituales, tal vez vulgares, guiadas por el interés y que esconden tu pobreza. Tu tierra es también lo cotidiano que adormece tu sensibilidad para lo extraordinario y nuevo; es tu rutina semiinconsciente, que impide que vivas con los ojos abiertos, desde ti mismo; es, en suma, tu superficialidad, que ahoga tu capacidad para vivir profundamente, de forma que ni te das cuenta de las raíces del mal que hay en ti, ni, sobre todo, del tesoro escondido que hay en tu campo, en tu verdadera patria.

Pero, cuidado, tu tierra, lo que crees tu tierra, de la que debes salir, pueden ser también tus cualidades, tus compromisos, tus buenas acciones, de las que te sientes satisfecho; para los que «tienen experiencia» de vida cristiana (de oración, de apostolado, de vida consagrada, etc.), también esa experiencia puede ser la tierra de la que han de salir. También de ahí te manda salir el Señor.

«Sal de tu tierra» es una llamada continuamente repetida en la Biblia. En el mismo relato de la creación se indica su dimensión originaria: el hombre dejará a su padre y a su madre (su patria, su tierra) para unirse a su mujer y ser una sola carne y hacer así una historia nueva (cf. Gn 2,24). El pueblo de Israel, guiado por Moisés, sale de la seguridad esclavizante de Egipto -los ajos y cebollas, los horizontes limitados y estrechos, la alienación dulce- «a la tierra que te mostraré» (cf. Ex 3). Los salmos exhortan en la misma dirección, aunque en ellos el hombre expresa a veces su inseguridad y su angustia: «tú me conduces a espacio abierto» (Sal 18,20); pero también el júbilo de la elección: «olvida tu pueblo y la casa paterna, prendado está el rey de tu belleza» (Sal 44). María salió de su casa a la montaña de Judea y experimentó allí lo extraordinario de Dios: «Proclama mi alma la grandeza del Señor» (Lc 1,46). También Jesús sale de su aldea, su pequeño mundo, en donde están sus raíces, sus recuerdos, sus seguridades, y se va al desierto, en donde experimenta los embates que habrá de sufrir durante su vida pública: las tentaciones de la búsqueda del propio provecho, del triunfo sorprendente, de las componendas…

Pero responder a la llamada -caminar en pos de la autenticidad de la propia vida- exige pagar un precio. Al fin y al cabo, en la tierra de lo cotidiano y superficial, basta «tener un poco de suerte» para ser más o menos feliz, sin grandes cuestionamientos, sin complicarse la vida. Y salir de esa tierra (que no será de promisión, que será, cierto, algo esclavizante, pero en la que, al menos, hay ajos y cebollas y algo de carne) exige adentrarse en el desierto, en el que uno está expuesto y sin agarraderos, significa exponerse a lo desconocido, arriesgar lo que se tiene. El desierto es el lugar del silencio en que nos probamos a nosotros mismos, desasidos de falsas seguridades, donde nos exponemos y, haciéndonos más conscientes de nosotros mismo, podemos escuchar las voces que nos brotan de lo más hondo: reconocer las tentaciones (que en la vida cotidiana, tal vez no nos lo parecen), pero también la voz del Dios que nos habla al corazón y nos da la fuerza para vencer aquellas.

Expuestos y a la escucha, centrados en lo esencial, en el desierto aprendemos a desenredarnos y a hacernos disponibles. El «Sal de tu tierra» tiene un sentido estrictamente humano, el ser humano, hombre o mujer, llamado a realizar su destino, su vocación humana única, alcanzar la autenticidad:

Nadie tiene tu huella dactilar. / Nadie tiene tu voz. / Nadie dice «te quiero» como tú lo dices. / Nadie cree como tú. / Nadie tiene tu historia. / Nadie percibe el mismo duelo, la misma dicha, como tú. / Nadie es como tú. / Nadie en tu país, / en tu continente, / en el tercer planeta del sistema solar, / en esa galaxia que llamamos Vía Láctea. / Nadie. / Porque tú eres único.

(U. Schaffer, …weil du einmalig bist, de Lahr, 1987.)

Pero salir de la tierra tiene además un estricto sentido cristiano: la relación con Dios es encuentro y camino. Es, para nosotros, una llamada de Cristo (ven, deja…), un camino de seguimiento (sígueme), una tarea o misión (id, anunciad…), para alcanzar la «patria de la identidad»: el Reino de Dios, la plenitud personal, pues «el Reino de Dios está en medio de vosotros» (Lc 17,21) y «vuestros nombres están escritos en el libro de la vida» (cf Flp 4,3). Cristo mismo es llamada, camino y meta.

Pero esta verdad esencial de nuestra vida se realiza, claro está, paso a paso. Hay llamadas grandes y llamadas pequeñas. Grandes decisiones y momentos menos brillantes, pero que componen también el cuadro armónico de la sin¬fonía de nuestra vida. Un rato de oración, unas horas de retiro, entran en esta dinámica. Renunciamos a algunas cosas, nos alejamos de lo cotidiano, abrimos un paréntesis, nos dedicamos un tiempo especial, tratando de recoger el desparramamiento en que se diluye nuestra vida, oscureciendo también, tal vez, su sentido. Acudimos a esos momentos cargados con los fardos de nuestra vida, con los ruidos que nos ensordecen, pero deseosos de escuchar a Dios, de dejarnos interpelar por Él, de avanzar en nuestro conocimiento de Cristo, de descubrir dimensiones nuevas. Hemos de abrir en nuestra vida esos espacios y hacer de ellos un tiempo denso y esencial. Nuestro equipaje, dejados a un lado los fardos que nos molestan, somos al final nosotros mismos, descuidados de otras cosas, dispuestos a realizar la experiencia del desierto, la soledad, el silencio y el encuentro. Acudimos a ellos, lo sepamos o no, respondiendo a una llamada: sal, ven, ven sin nada:

Vivía yo en el silencio / y me conformaba con pequeñas cosas, con pocas palabras. / Era yo pájaro que se entretenía en cortos vuelos… / Pero llegaste Tú: / metiste tu viento en mi polvo / e hiciste con mi carne un remolino; / metiste tu soplo en mi cuerpo y has enloquecido mi sangre; / levantaste entorno a mis alas una tormenta… / Yo dije: / Mira, Señor, que no quiero contender contigo, / ¡no me pongas la mano encima que soy débil! / Tu voz me llegó en el silencio: / Te quiero junto a mí. / ¡Ven sin nada! / Con rapidez me quité los vestidos y arrojé mis sandalias: / ¡Aquí estoy, Señor! / No vengas así -me respondiste-, / ¡ven sin nada! / Me fui a los pobres y les repartí toda mi hacienda y mi casa. / ¡Tomadla, tomadla! / ¿Así, Señor? / No, así no. ¡Ven sin nada! / Llamé a mis padres y les di mi nombre y su apellido: / Señor, ¿me quieres así? / No, así no. ¡Has de venir sin nada! / Corrí a los campos e hice una gran hoguera con todas mis palabras, / y quemé mis labios y mi lengua con las ascuas: / ¿Así, Señor? ¿Me quieres así? / No, así no. ¡Has de venir sin nada! / Entonces repliqué: / ¿Por qué, Señor, me llevas como a un loco de un lado para otro? / ¿Por qué no me dices de una vez qué he de hacer? / Dios atendió mi queja y me dijo: / Ve a casa del alfarero. / Que él haga un cántaro con tu barro. / Después ven a mí, que yo lo llenaré de agua. / Y tú correrás a dar de beber a los que tienen sed, / la derramarás sobre los arrepentidos, / bendecirás la tierra seca. / No temas si tu cántaro se rompe, / ni te preocupes si se dispersan sus trozos por la superficie de la tierra, / porque entonces te llamaré a mí / y vendrás como yo te quiero, / y te bendeciré en mi presencia.

(Domingo Martín Olmo, Carta desde la tierra, Colmenar Viejo, 1977)

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¿Persecución de la Iglesia?

marzo 8, 2011

En los últimos tiempos oímos hablar cada vez más de persecuciones contra los cristianos en diversos países del mundo. En zonas de dominio del islam o del hinduísmo, estas persecuciones (restricciones de la libertad religiosa, ataques violentos contra iglesias y personas, condenas a personas concretas a causa de su fe) pueden entenderse como expresión de una intolerancia creciente por parte de ciertos grupos y corrientes de tendencia fundamentalista de esas religiones, aunque no pueda decirse que se trate de un fenómeno universal, es decir, que afecte a todos los musulmanes (la situación varía mucho en dependencia de los países) ni a todos los hinduístas.

Santas Perpetua y Felicidad (Iglesia de Ntra Sra de Vierson, Francia)

Aquí nos centraremos sólo a la persecución, no cruenta, pero que cada vez se percibe con más claridad en los países occidentales. El cristianismo ha jugado un papel clave en la configuración cultural de estos países. Desde finales de la Edad Media el proceso de secularización ha significado la afirmación progresiva de la neutralidad estatal en materia religiosa, de manera que el Estado debía garantizar la libertad religiosa de todos los ciudadanos, pero sin privilegiar una confesión o religión en detrimento de otras. Algunos, yendo más allá, han entendido que esta neutralidad exigía además la renuncia de todas las confesiones a la pretensión de verdad (religiosa o moral), pues esto había de suponer necesariamente la tendencia a imponer por la fuerza esa pretendida verdad. Por muy falsa que haya de considerarse esta forma de entender las cosas (pues una visión que se considera verdadera puede muy bien incluir en su credo la tolerancia, esto es, la renuncia y aun la prohibición a imponer convicciones por la fuerza, como es el caso del cristianismo), de hecho la misma se ha extendido hasta el punto de convertirse en un dogma de nuestro tiempo. El relativismo cultural, moral y religioso es el caldo de cultivo de esta mentalidad. Y es ella la que ha propiciado el paso de la secularización al llamado “postcristianismo”, según el cual el cristianismo no es legítimo ni siquiera como opción privada, pues al mantener, pese a todo, su pretensión de verdad (en materia religiosa y moral sobre todo), resulta por definición intolerante, dogmático, contrario a los derechos humanos.

Se da la paradójica situación de que los derechos humanos, ligados de manera esencial a la concepción del ser humano como persona y, en consecuencia, a la visión cristiana del hombre y del mundo, se exhiben en nuestro tiempo como argumento contra el cristianismo. Los llamados “nuevos derechos”, como el derecho al aborto, a la elección de sexo (las llamadas “opciones sexuales”), a la eutanasia, etc., chocan frontalmente con la visión cristiana del hombre y del mundo. Y como la Iglesia sigue afirmando sus convicciones en estas materias, contra corriente y contra esta mentalidad dominante, son muchos los que consideran que es necesario ser intolerante con los que, según ellos, profesan posturas intolerantes. La situación recuerda al relativismo del Imperio Romano, en el que se aceptaban todos los credos, con tal de que todos doblaran el espinazo ante la religión imperial que divinizaba el poder. Los cristianos, grupo casi insignificante, visto como una mera secta judía, afirmó entonces su convicción de ser la religión verdadera (si bien en diálogo abierto con la cultura entorno) y se negó a rendir homenaje de adoración al poder imperial. Esa fue la causa de las acusaciones de ateísmo e impiedad contra los cristianos y de las persecuciones contra ellos.

Ratzinger ha hablado del actual “totalitarismo del relativismo”, en el que se impugna la validez de toda verdad objetiva, pero se pretende que todos hemos de estar de acuerdo con el relativismo dominante, que hoy se expresa en la perniciosa “ideología de género” (oficialmente adoptada por la Unión Europea). También hoy el precio que hay que pagar para ser aceptado en el club de los tolerantes es adoptar esa ideología, que incluye la legitimidad y aún la bondad del aborto, la eutanasia, la manipulación genética sin límites, los llamados matrimonios homosexuales, etc. La Iglesia, sobre todo la católica (y la ortodoxa en la Europa oriental), se ha convertido en “el último bastión” contra esta mentalidad. Y esto explica las campañas en su contra, los boicots a las visitas papales, las delirantes denuncias contra el papa por delito de genocidio, y esa forma “light” (porque en el mundo occidental casi todo es “light”, todo blando) de persecución, denunciada recientemente por Benedicto XVI, que consiste en la ridiculización de los creyentes.

Esta tendencia, creo, va a ir en aumento en los próximos años. Pero los creyentes no debemos temer ni perder el ánimo. Al contrario, estas persecuciones nos tienen que sacar del letargo de una fe demasiado cómoda, y devolvernos la radicalidad del testimonio que permitió a los primeros cristianos, tan pocos y débiles, evangelizar la cultura europea (salvándola de paso). Y esa radicalidad se explica precisamente por lo que, tal vez, le está faltando a nuestra aburguesada forma de vivir la fe: la disposición al martirio.


Artículo publicado en “Avenida”, revista católica de Majadahonda, marzo de 2011