En memoria del P. Guy Barbier


La víspera de la solemnidad de san Pedro y san Pablo me la pasé montado en un autobús camino de  Helsinki. Iba a participar en el funeral del P. Guy Barbier, “Isä” Guy, como suena en finlandés, un sacerdote francés de casi noventa años (los hubiera cumplido el 20 de noviembre) y que precisamente este día 29 de junio cumplía 60 años de sacerdocio. Había muerto el día 21 anterior. Durante la segunda guerra mundial los nazis lo mandaron como trabajador forzoso a Alemania. Allí organizó una rebelión, que le costó pasar por varios campos de concentración. Le salvó la vida el final de la guerra. Fueron las tropas soviéticas las que le liberaron de aquel campo. En 1951 fue ordenado sacerdote y su sueño era ir a trabajar al territorio de la Unión Soviética. Empujado por ese sueño, entonces imposible, trató de vivir lo más cerca posible de Rusia, aprender la lengua y entrar en el país en cuanto fuera posible. Eso le llevó a Finlandia, en donde ha vivido y trabajado durante más de 45 años, en donde finalmente ha muerto. Aunque al principio no aprendió el finlandés, por su empeño en aprender ruso, y se valía del inglés para entenderse con la gente, acabó aprendiéndolo, porque los vagabundos con los que trabajó e, incluso, convivió durante varios años, no dominaban precisamente la lengua de Shakespeare. El P. Guy desplegó una actividad realmente impresionante, en Finlandia y después, con la caída del muro, también en Estonia y en Rusia. A Tallinn, la capital de Estonia, viajaba cada semana, donde dirigía grupos de catequesis de adultos y, en los últimos diez años, ejercía también el ministerio de exorcista, que le encargó el obispo de Helsinki. Y durante varios años pasaba una semana al mes en uno de los dos  hogares (uno para niños minusválidos psíquicos y otro para vagabundos) que las hermanas de Teresa de Calcuta tienen en Moscú. Estos mismos ministerios los ejercía en Helsinki, en donde atendía también un convento de carmelitas en la vecina ciudad de Turku, en donde ha sido enterrado hoy mismo, mientras yo, tras el funeral, ya regresaba hacia San Petersburgo.

Conocí al P. Guy casi por casualidad en Tallinn hace unos 8 años. Cuando el obispo de Moscú me  nombró (para gran sorpresa mía y de muchos otros) exorcista diocesano, entablé con él una relación más estrecha, pues era el único exorcista de los alrededores. Como es fácil suponer, un nombramiento de este tipo te deja un poco suspendido en el vacío: por falta de cualquier tipo de formación y de experiencia, y también por el escepticismo que rodea a este ministerio entre  una mayoría de clero, que incluye con frecuencia a los que son encargados del mismo. Yo, como es de suponer, no era una excepción. El P. Guy no sólo compartió conmigo su amplia experiencia, me dio sabios consejos y no pocos materiales (libros, oraciones, etc.), sino que me hizo comprender que este ministerio sólo se puede entender insertado en la misión evangelizadora y catequizadora de la Iglesia. Con frecuencia, lo primero que hay que hacer con los que se dirigen a nosotros en busca de ayuda, es orientarles a la restauración de su vida cristiana, la purificación de la fe y la inserción en la Iglesia.

El contacto con el P. Guy me ha permitido conocer también de cerca la labor evangelizadora que la  Iglesia despliega en Estonia y en Finlandia en medio de grandes dificultades, no sólo por las que dependen del clima y de la lengua (ahí los que estamos en Rusia vivimos condiciones parecidas), sino también por las que dependen de sociedades fuertemente descristianizadas, una (Finlandia) por un hartazgo de bienestar, la otra (Estonia) por los estragos de la época soviética más una secular tendencia al paganismo (según dicen los propios estonios). Es llamativo que el peso de la evangelización en estos dos países recae sobre miembros del Opus Dei (como el obispo de Tallinn, varios sacerdotes y laicos, entre ellos varios españoles) y de los “Kikos”, también sacerdotes y varias familias, procedentes sobre todo de Italia. En Helsinki hay un joven sacerdote italiano que domina perfectamente el finlandés pues vino a este país cuando era un niño junto con su familia del Camino Neocatecumenal.

A decir verdad, también en Rusia, cuando ha perdido fuelle el impulso misionero de los años en que se puso de moda abrir por estos pagos, son también estos dos movimientos casi los únicos que están aumentando su presencia a ojos vistas. Para todos estos ni el clima, ni la lengua, ni la edad, pues algunos se han venido ya bien entrados en años, ni otras dificultades han sido suficientes para dejar de lanzarse a una misión cuyos frutos se verán en el futuro. La verdad es que después de ver este testimonio he decidido abstenerme de hacer ciertas críticas sobre el carácter conservador o progresista de unos y otros. Nunca me han gustado esas categorías, pero menos aún ahora, cuando más allá de reparos más o menos episódicos, no puedo dejar de reconocer en estos grupos un auténtico espíritu misionero, que, a fuer de ser sincero, estoy echando de menos en otros que me son más cercanos.

Hoy, ante el féretro del P. Guy, un misionero de una pieza, le he pedido su intercesión para que la presencia claretiana en San Petersburgo y Murmansk no sólo no disminuya, sino que vaya a más. Las perspectivas vocacionales que han vuelto a abrirse (un candidato de Murmansk, otro de Kaliningrado, más otro posible en ciernes) exigen de nosotros este esfuerzo, aunque de momento las limitaciones de personal nos están obligando a renunciar a ofertas de nuevos frentes (en el campo del trabajo social, de la pastoral familiar) que nos llegan sin cesar, además de impedirnos desarrollar todas las posibilidades evangelizadoras de la parroquia de Murmansk.

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