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En la muerte de un familiar (mi tío Santiago)

agosto 12, 2011

1.ª Lectura: Rm 14, 7-9

Evangelio: Jn 11, 17-27

«Sé que te olvidarás de Tu justicia

Que sólo impartirás misericordia

¿Cómo si no, Señor, ir a tu gloria?

¿Trocando la esperanza en injusticia?

¡Cuántas veces se ha obrado con malicia,

Dando la espalda a Dios, con gran euforia!

No se podrá llamar una victoria

Conseguir que el Señor no haga justicia.

Eres Dios, y Tú puedes lo imposible

Nada que hagas te estará vetado

Pero engañarte no será factible

Tú eres eterno y el hombre, creado.

Alza Tu mano y haz que sea posible

Alcanzar el Edén que he despreciado.»

(Santiago de San Juan)

Siempre me he preguntado por qué cuando muere alguien, especialmente un ser querido, recordamos sólo lo bueno, sus virtudes, sus buenas cualidades y acciones, y tendemos a olvidar lo malo, sus defectos, lo que no hizo bien. ¿Es esto un ejercicio de hipocresía, de autoengaño? Creo que no, que hay razones profundas, que percibimos sólo de manera vaga, pero que nos obligan a actuar así.

La primera es que el bien es eterno, no pasa nunca, queda para siempre. Cuando hace algunos años nos reunimos para celebrar las bodas de oro de Santiago y Tere os dije algo que quiero recordar ahora: el bien, como someternos a la verdad, servir a la justicia, ser honestos, fieles, etc., todo esto está más allá de las condiciones efímeras del espacio y el tiempo. Esto es especialmente verdad cuando hablamos del amor. Es absurdo decirle a alguien que le quieres en Madrid, pero no en Barcelona, o que le querrás con toda tu alma… los próximos tres meses. El amor (tan débil por tantos motivos) tiene vocación de eternidad, está llamado a perdurar siempre. El mal, en cambio, es efímero por definición.

La segunda razón es que la muerte es como un fuego que nos purifica, destruye la paja de nuestra vida, y deja limpio y puro el oro que hemos acumulado durante nuestra vida. La muerte no es un fuego que nos destruye hasta el final y nos reduce a ceniza, como a muchos puede parecer, sino un crisol que nos limpia y hace resplandecer el bien que hay en nosotros.

Cuando hace ya 17 años murió mi padre, el día de su entierro por la mañana, sentí y comprendí vitalmente algo que he conservado desde entonces como una de mis convicciones más profundas, que ahora quiero compartir con vosotros: no nos damos cuenta hasta el final de cuánto queremos a alguien hasta que este muere. Pues bien, Dios no ha encontrado un modo mejor de decirnos cuánto nos quiere que muriendo por nosotros, haciéndose presente en la humanidad de Jesucristo en nuestra propia muerte. Y gracias a Él la muerte se ha convertido en ese crisol que nos purifica y nos salva. Porque Dios se ha hecho presente en la muerte humana, y lo ha hecho como Amor (pues por amor nuestro entregó Jesús su vida en la cruz), la muerte es para cada ser humano un encuentro con Cristo. Todos tenemos que pasar por ahí, pero todos nos encontraremos con Él, el Buen Pastor, en ese momento supremo. Ese será el bautismo de cada uno. Y nosotros, los bautizados, tenemos la suerte de anticipar sacramentalmente ese momento, esta verdad existencial: por eso podemos y debemos tratar de vivir en la médula de lo que significa la muerte y la resurrección de Jesucristo: el amor, la entrega cotidiana por los hermanos. El amor es exigente, el amor es, él mismo, fuego que nos va purificando día a día.

Me perdonaréis que no haga ahora el panegírico de Santiago: sus virtudes, sus cualidades, sus méritos, el bien que hizo, pues todo ello es para nosotros ahora patente para todos. En cuanto a sus defectos y pecados, han sido ya purificados y limpiados en el fuego y el crisol de Cristo, con el que se ha encontrado al morir: “Sé que te olvidarás de tu justicia / Que sólo impartirás misericordia”.

Sus últimos días han sido una parábola de toda su vida: se ha consumido, como se consumió trabajando toda su vida para sacar adelante a los suyos. Se ha consumido luchando, amando. Ha caminado con los ojos abiertos, con plena consciencia, hacia la muerte, sabiendo que caminaba al encuentro con Cristo.

Ahora vosotros (y todos los que le hemos querido) tenemos que vivir el duelo de la despedida. Es importante hacerlo también con los ojos abiertos. No hay que huir del dolor de la separación que nos desgarra por dentro, porque hay personas que son parte de nuestra vida, y con su muerte  morimos todos un poco. Pero tenemos que saber que este proceso de duelo, en el que tenemos que llorar y rebelarnos, la relación con Santiago no se ha truncado para siempre, de modo que sólo queda la resignación; sino que se ha transformado. Viviendo el duelo de esta manera, con la esperanza que nos dan la fe y el amor, llegaremos a sentir que él está cerca de nosotros, aunque de otro modo: está en Cristo, y Cristo está en medio de nosotros.

Cristo es el misterio encarnado del amor, que nos ayuda y enseña a vivir (a acumular oro, a hacer el bien, a purificarnos ya en esta vida), y también a morir, a dar el paso a la vida plena sin temor.

No es una utopía, un sueño, y vago deseo, es algo real y posible, y en Santiago hoy lo vemos realizado.

«Ayúdanos, Señor, a ver las huellas

Del sendero que quieres que sigamos;

Que se iluminen mientras caminamos

Para poder poner los pies en ellas.

Haznos la carga un poco más liviana

Y colma de esperanza nuestro intento.

No nos dejes tener el sentimiento

De que nos falta el tiempo del mañana…

Déjanos apurar despacio el vaso

Y ver marcar, también, sus propias huellas

A los que precedimos en su paso.

Brille, Señor, tu luz en su camino,

Y que detrás de todas las estrellas,

Tengamos en tu seno el mismo sino.»

(Santiago de San Juan)

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