Haced esto en memoria mía


La Eucaristía, memorial de una Pasión

El Nuevo Testamento muestra que la Eucaristía no es una genialidad original o una ocurrencia del momento. Por eso su origen no está sólo en el relato de la institución en la Última Cena. Este momento central es la madurez de un proceso vital que abarca el misterio entero de Cristo, su Encarnación, el conjunto de su vida, sus palabras, sus hechos, su pasión y muerte y su resurrección. Por eso en la primera parte se buscan sus raíces en múltiples acontecimientos de la vida de Jesús: las bodas de Caná, las comidas de Jesús, la multiplicación de los panes, la última cena, las comidas del Resucitado.

Cuando Jesús dice a sus discípulos “haced esto en memoria mía”, nos está diciendo que la Eucaristía es ante todo un memorial, que nosotros tenemos que hacer. Es, ante todo, el memorial de su pasión. Pero la Pasión de Cristo es la consecuencia de otras “pasiones”, de aquellas cosas por las que Jesús estaba apasionado, las que le llenaban el corazón y de las que rebosaba su boca (cf. Lc 6,45), y que le llevaron a entregar su vida hasta el extremo: su Padre Dios, el Reino de Dios, los hombres y mujeres, a los que anuncia la Buena Noticia de la misericordia de Dios. La vida de Jesús, que culmina en el misterio pascual es la vida de una oblación, de una entrega sin reservas, en la que se sacramentaliza y realiza el amor de Dios por los hombres: “tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo único” (Jn 3,16).

En torno a la idea del memorial que Jesús nos manda hacer vamos a tratar de comprender desde la fe y desde nuestra propia experiencia lo que significa el sacramento Eucarístico, el “Santísimo Sacramento”, el Sacramento por antonomasia, fuente y cima de la vida cristiana.

Las palabras de Jesús son éstas: “Tomad y comed todos de él, esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros… Tomad y bebed, esta es mi sangre de la Alianza que se derrama por vosotros”. Sólo Lucas añade el mandato del memorial: “haced esto en recuerdo mío”.

¿Qué significa esto? ¿Cómo entendemos estas palabras? ¿Cómo las entiende la Iglesia? ¿Qué es propiamente lo que tenemos que hacer, lo que nos manda el Señor?

Posiblemente la respuesta espontánea es que hemos de hacer el gesto: repetir sus palabras sobre el pan y el vino que, según él mismo nos dice, son su cuerpo y sangre. Y además comer y beber. El esto sería la consagración que realiza el sacerdote y la comunión que recibimos hacia el final de la misa. Se trata de contemplar con la fe (que nos dice que ese pan y ese vino se han convertido milagrosa e incomprensiblemente en el cuerpo y la sangre de Jesús) y de recibir la comunión.

Sin embargo, todo el recorrido que hemos realizado por el Nuevo Testamento y después por la historia de la Iglesia, especialmente la de los primeros siglos, nos dicen que el sacramento de la Eucaristía tiene una significación mucho más amplia. Esto que hemos de hacer abarca todo el misterio de Cristo y toda la vida del cristiano. En ese sentido la Eucaristía es fuente y culmen, es el sacramento por excelencia y su riqueza es inagotable.

Hacer esto es hacer lo que él hizo: ¿Qué es lo que hizo
Jesús?

La Eucaristía no se refiere sólo al momento de la Institución, ni significa sólo la milagrosa conversión del pan y del vino en el cuerpo y la sangre de Cristo. Esa presencia real nos pone en relación con el misterio entero de Cristo, desde su encarnación hasta su resurrección y su segunda venida.

Del mismo modo, la Eucaristía como memorial de la Pasión, nos abre a una oblación de Cristo que no se realiza sólo en la cruz: la muerte en cruz es la culminación de una entrega a Dios, a la causa del Reino de Dios, a los hombres, a los que Jesús viene a anunciar ese Reino, que se prolonga durante toda la vida de Cristo y que empieza ya en la encarnación. La encarnación es una exigencia de esa entrega. Cristo, Palabra eterna de Dios, se hace hombre, se hace carne, se hace rostro humano, tomando carne de María por obra del Espíritu Santo. Ser carne y rostro significa ser presencia cercana, accesible y, por tanto, arriesgada, vulnerable y expuesta. Por ello, la muerte no es para él sólo una participación en el inevitable destino común de todo lo creado, sino que, por la encarnación, es una decisión: “Si alguno pregunta por el misterio se sentirá llevado a afirmar más bien, que no fue su muerte una consecuencia de su nacimiento, sino que él nació para poder morir” (S. Gregorio Nacianceno).

La encarnación es un gesto de entrega, que se refleja en toda la vida de Cristo. La vida humana está sellada por su mortalidad. Con frecuencia los seres humanos hacen de su vida una lucha contra la muerte: sea evitando la confrontación con ella, sea tratando de inmortalizarse de diversas maneras, aprovechando el tiempo de que disponen para arrebatarle a la muerte su poder, al menos en parte: vivir, engendrar, perpetuarse, dejar recuerdos perdurables… Jesús vive, sin embargo, como uno para quien se ha acabado el tiempo, que debe cumplir su destino rápidamente, que tiene prisa. El mismo celibato de Jesús, su renuncia a perpetuarse, su esterilidad, es para él un signo de la muerte en cruz, de su entrega total. Jesús no puede retener su vida para sí y perpetuarla, sino que la entrega y la derrama totalmente en oblación a Dios y a la obra de la salvación. Juan presenta en su evangelio la vida de Jesús como una existencia eucarística: como pan partido y entregado, como vino derramado.

Jesús, que dice con palabras y obras “he aquí que vengo, oh Dios, a hacer tu voluntad” (Hb 10,7), encuentra en esta entrega el sentido de su existencia: perder la vida para dar vida, como la semilla se destruye para dar fruto. Su muerte no es sólo un final trágico y fortuito (que se podía haber evitdo), sino una decisión (cf. Jn 10,18) dictada por el amor: “nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos, vosotros sois mis amigos” (Jn 15,13), es decir, aquellos por los que da la vida.

Sin embargo, lo que hacemos en la Eucaristía no es una comida funeraria. Es un memorial de la pasión en la perspectiva de la resurrección, es una comida pascual. No es simplemente el recuerdo nostálgico de quien se ha ido, realizando, eso sí, un gesto heroico y admirable. Es el memorial de la entrega hasta la muerte de alguien que vive.

Jesús dice con su muerte que la vida humana no se deshace simplemente en la muerte, sino que hay en ella mucho que permanece: la vida está grávida de promesa de futuro, de dimensiones de vida plena, de semillas de resurrección, como dice Pablo: “el amor no pasa nunca” (1Cor 13,8). Esa semilla ha fructificado en Cristo.

Se trata, pues, del memorial de una muerte real, pero no inútil, precisamente por ser una muerte por amor. La Iglesia en la Eucaristía no recuerda resignada la muerte (el fracaso) de Cristo, sino que anuncia su muerte para proclamar su resurrección. La muerte de Cristo es la clave por la que efectivamente lo perdurable de la vida permanece para siempre: frente a la gran negación sin salida de la muerte, el memorial de la muerte por amor de Aquel que es Señor de la vida es la afirmación de que hay salida, de que el Señor de la vida ha triunfado sobre la gran antiutopía que pesa sobre la vida de todos los hombres. Sólo la muerte de Cristo, Hijo y Verbo de Dios, puede librarnos de la muerte, porque en su muerte se ha hecho presente en la muerte humana el principio de la Vida. Por eso la muerte de Cristo en Cruz es el único sacrificio, pues sólo quien es Autor de la vida puede vencer a la muerte.

Que es el único y definitivo sacrificio que el hombre puede ofrecer a Dios significa que es un sacrificio universal, válido para todos los hombres y para siempre. De hecho, es verdad que en esto mundo lo único definitivo (sin vuelta atrás) es la muerte. Y también es verdad que la muerte es posiblemente lo único que une a todos los hombres de manera real.

Ahora comprendemos que “hacer esto” no significa sólo repetir el gesto (Jesús no dice “decid estas palabras”), significa hacer lo que él hizo, lo que el gesto eucarístico significa (mi cuerpo que se entrega, mi sangre que se derrama), o como afirma Juan “quien dice que permanece en él debe vivir como vivió él” (1Jn 2,6).

 

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Una respuesta to “Haced esto en memoria mía”

  1. Nicolas U. Rodriguez Says:

    sin comentarios todo este escrito es la pura verdad

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