Archive for 13 febrero 2014

Las Bienaventuranzas, proyecto de felicidad

febrero 13, 2014

Decía la filosofía clásica (desde Sócrates, Platón y Aristóteles, y aún antes) que lo que el ser humano quiere siempre y necesariamente, como fin último de todas sus tendencias y deseos, es la felicidad. A partir de ahí empiezan los desacuerdos, pues la felicidad se puede concebir de muchas maneras. Por eso decía Kant (siguiendo con la filosofía) que la felicidad es un ideal, en parte de la razón (por su universalidad), en parte de la imaginación (por la enorme variedad de sus contenidos). Aunque, a diferencia de lo que ocurre ahora, la filosofía clásica (y también el pensamiento cristiano que continúa su reflexión), considera que la felicidad no es algo puramente subjetivo, sino que, junto a la satisfacción subjetiva (sin la que nadie podría considerarse feliz), debía darse la posesión (o la vinculación) con un bien objetivo, digno de ser querido por sí mismo. Eso es lo que, ante la euforia de un borracho que se encontró por las calles de Milán, le hacía decir a San Agustín “non enim verum gaudium habebat”:“Cierto que la de aquél no era alegría verdadera” (Confe­siones, VI, VI, 9s).

Hoy en día nuestra cultura occidental se ha terminado de pasar (pues el proceso viene de atrás) a una concepción puramente subjetivista de la felicidad, y se estima que no es posible establecer una escala cualitativa de la misma, como reconocía, por ejemplo, el mismísimo Epicuro o, más cerca en el tiempo, John Stuart Mill, que no admitían que un hombre sabio pero pobre y enfermo, era en realidad más feliz que un cerdo retozando en el barro, pues, a la hora de evaluar la felicidad, no cuenta sólo la intensidad del gozo, sino también la calidad y la nobleza del objeto que la proporciona. Es verdad, sin embargo, que el extremo subjetivismo contemporáneo en la idea de felicidad, está siendo, no diré atemperado, sino coartado hasta lo zafio y grotesco, por el imperialismo de lo “políticamente correcto”. De manera cada vez más asfixiante nos están dictando (desde Hollywood y Bruselas, los MCS y ciertos lobbies cada vez más poderosos) cómo debemos pensar, sentir y actuar para ser partícipes de esta bobalicona Arcadia feliz. Y lo más grave es que, pese a todo, a los adelantos y a las adaptaciones, no somos más felices, sino al revés: la inestabilidad emocional, la debilidad moral que nos impide asumir compromisos y responsabilidades fuertes (por ejemplo, “para toda la vida”), la apuesta por valores volátiles, pues en gran medida no dependen de nosotros, etc., hacen que vivamos tal vez con más comodidad (y no todos, claro: siempre habrá excluidos, y a algunos los excluyen incluso antes de nacer, en nombre del bienestar políticamente correcto), pero no más felices.

En este contexto, nos viene Jesús con su Sermón de la Montaña, que se abre además con una declaración sobre la verdadera felicidad y los verdaderamente felices, que abraza, en primer lugar, a los excluidos por definición. El contraste no puede ser más fuerte. Pero, precisamente por eso, la sorpresa y la extrañeza pueden dar pie a una comprensión que brota de las profundidades de nuestro ser, esas profundidades a las que no puede llegar nunca la superficialidad de los eslóganes fáciles.

Todos queremos ser felices. Pero parece que estamos condenados a aspirar en este mundo a un ideal imposible. ¿O no? Merece la pena meditar un poco por el paradójico proyecto de felicidad que Jesús, sin cortarse un pelo, nos propone en el umbral del Sermón de la montaña.

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Ionas, el guardia personal de Beria

febrero 7, 2014

Esta semana me he dado de bruces con una página de la historia. La semana anterior me llamó por teléfono una mujer llamada Tatiana pidiéndome que me acercara a Lomonosov, un pequeño pueblo a unos 20 kms de San Petersburgo (un poco más allá de Peterhoff, para los que han estado por aquí), para confesar y llevar a la comunión a su anciano padre, un lituano que tiene muchas dificultades para acercarse a una de las iglesias católicas de San Petersburgo. Después de varias conversaciones telefónicas con la hija y el yerno y un encuentro con ellos el domingo pasado, finalmente el martes pude acercarme hasta allí. Al llegar a su casa, Ionas, que es como se llama nuestro personaje (Juan en lituano), no estaba en casa, porque había salido a hacer unas compras. Estuve hablando bastante tiempo con su mujer, rusa y ortodoxa y, por lo que me estuvo contando, de una fe profunda, muy enraizada en la vida. También me contó cómo se habían encontrado “por casualidad” (y añadía, “tal vez fuera la Providencia”) después de la guerra, cuando Ionas anduvo por Rusia con motivo de su servicio militar. También me contó los dolores de cabeza que habían tenido que sufrir por una dacha que habían adquirido en Lituania hacía muchos años, y que un vecino rico e influyente había querido arrebatarles con la excusa de que estaba a nombre de ella, que no tenía la nacionalidad lituana, por lo que no tenía derecho a poseerla. “Tu tendrás mucho dinero y poder, pero yo tengo a Dios de mi parte”, me dijo que le había espetado al ricachón injusto. Y, de hecho, tras muchos pleitos (y no poco dinero en abogados), acabaron ganando el juicio.

A todo esto llegó Ionas, un hombre muy cordial y comunicativo. Como es frecuente entre los lituanos, me preguntó si podría confesarlo en lituano, a lo que le respondí que para mí el ruso ya era suficientemente exótico cómo para intentar además esa lengua imposible (dicen que indoeuropea, pero sin relación con ninguna de las lenguas habladas en Europa –que me corrijan los filólogos). Después de confesarlo, rezar un rato y darle la comunión, me ofrecieron una buena comida, durante la  que el bueno de Ionas me contó más o menos las mismas cosas que me había contado su mujer. Pero hubo un momento inédito, que me hizo abrir los ojos y los oídos de par en par. Me contó sobre su servicio militar, y como quien te cuenta una anécdota del cabo furriel, dejó caer que había servido en la NKVD (antecedente de la KGB) en la guardia personal de Beria, el último jefe de los servicios de seguridad soviéticos de la época de Stalin, y que él estaba presente en el momento en el que Zhukov, el sanguinario mariscal que dirigió al Ejército Soviético durante la II Guerra Mundial, detuvo a Beria, al poco tiempo de la muerte del zar rojo. Contó Ionas cómo Beria, que era georgiano como Stalin, y un tipo imponente de cerca de dos metros de altura, al ver lo que se le venía encima, trató de sacar una pistola del cajón de su escritorio, pero que, con el azoramiento, se le cayó de las manos, lo que aprovechó Zhukov para abalanzarse sobre él y hacer que los guardias que lo acompañaban lo pudieran detener. Después de eso, le oyó decir al mismo Zhukov que la cuestión de Beria se iba a resolver deprisa. Y así, fue, pues parece ser que fue ejecutado sin juicio, según Ionas un par de días después. La causa de este desenlace, además de las luchas por el poder tras la muerte de Stalin, fue el creciente desapego de Beria, hacia la ideología comunista, y su deseo de liberalizar el régimen, tanto en lo político, como en lo económico y social.

Yo había leído en historias de la Unión Soviética, la versión oficial según la cual la detención de Beria se había producido durante una sesión del Presidium del PC el 26 de junio de 1953, y que su juicio y ejecución  fue unas semanas o meses más tarde. Pero el hijo de Beria y otros testimonios hablan de una detención y ejecución inmediata. Ahora la versión de este testigo directo, Ionas, avala más bien esa última.

El caso es que casi no podía dar crédito a lo que estaba oyendo y que nuestro buen lituano lo contaba como si nada (de hecho, ponía mucho más énfasis en el episodio de la dacha, que en ese episodio de los libros de historia en el que estuvo presente). Le pregunté tanto por Zhukov como por Beria, y me dijo que Zhukov era terrible, de una crueldad extrema, mientras que le parecía que Beria (que aunque rebajó la extrema represión de su antecesor, al que él mismo se encargó de ejecutar, no dejó de dirigir una aparato represor sin parangón en la historia) era un buen “muzhik”.

Al terminar el servicio militar, Ionas siguió trabajando para el ejército como personal civil, y al cabo de algunos años le concedieron el piso en el que ha vivido desde entonces hasta ahora junto con su mujer, Vera Alekseevna. Algo, por cierto, bien poco frecuente por estos lares: Ionas ha sido el primer y único marido de Vera, y Vera la primera y única mujer de Ionas. No me cabe duda de que la profunda fe de los dos, pese a las distintas confesiones, ha ayudado no poco en esta larga fidelidad, que, como decía ella, empezó por casualidad, pero, quién sabe, tal vez fue cosa de la Providencia.

Lo que más me ha hecho pensar es que en medio de aquellos acontecimientos terribles y sangrientos del régimen que creía haber superado para siempre la religión y vencido a Dios, había personajes anónimos que, como nuestro buen Ionas, mantenían viva la semilla de la fe, esa fe que mueve montañas, y  que, como dice el evangelio de este domingo debe iluminar al mundo.

Al final, después de este agradable y sorprendente encuentro, Vera y Ionas me despidieron no sin antes regalarme una botella de vodka un montón de mandarinas y un pastel de queso. Que Dios los bendiga.