Las Bienaventuranzas, proyecto de felicidad


Decía la filosofía clásica (desde Sócrates, Platón y Aristóteles, y aún antes) que lo que el ser humano quiere siempre y necesariamente, como fin último de todas sus tendencias y deseos, es la felicidad. A partir de ahí empiezan los desacuerdos, pues la felicidad se puede concebir de muchas maneras. Por eso decía Kant (siguiendo con la filosofía) que la felicidad es un ideal, en parte de la razón (por su universalidad), en parte de la imaginación (por la enorme variedad de sus contenidos). Aunque, a diferencia de lo que ocurre ahora, la filosofía clásica (y también el pensamiento cristiano que continúa su reflexión), considera que la felicidad no es algo puramente subjetivo, sino que, junto a la satisfacción subjetiva (sin la que nadie podría considerarse feliz), debía darse la posesión (o la vinculación) con un bien objetivo, digno de ser querido por sí mismo. Eso es lo que, ante la euforia de un borracho que se encontró por las calles de Milán, le hacía decir a San Agustín “non enim verum gaudium habebat”:“Cierto que la de aquél no era alegría verdadera” (Confe­siones, VI, VI, 9s).

Hoy en día nuestra cultura occidental se ha terminado de pasar (pues el proceso viene de atrás) a una concepción puramente subjetivista de la felicidad, y se estima que no es posible establecer una escala cualitativa de la misma, como reconocía, por ejemplo, el mismísimo Epicuro o, más cerca en el tiempo, John Stuart Mill, que no admitían que un hombre sabio pero pobre y enfermo, era en realidad más feliz que un cerdo retozando en el barro, pues, a la hora de evaluar la felicidad, no cuenta sólo la intensidad del gozo, sino también la calidad y la nobleza del objeto que la proporciona. Es verdad, sin embargo, que el extremo subjetivismo contemporáneo en la idea de felicidad, está siendo, no diré atemperado, sino coartado hasta lo zafio y grotesco, por el imperialismo de lo “políticamente correcto”. De manera cada vez más asfixiante nos están dictando (desde Hollywood y Bruselas, los MCS y ciertos lobbies cada vez más poderosos) cómo debemos pensar, sentir y actuar para ser partícipes de esta bobalicona Arcadia feliz. Y lo más grave es que, pese a todo, a los adelantos y a las adaptaciones, no somos más felices, sino al revés: la inestabilidad emocional, la debilidad moral que nos impide asumir compromisos y responsabilidades fuertes (por ejemplo, “para toda la vida”), la apuesta por valores volátiles, pues en gran medida no dependen de nosotros, etc., hacen que vivamos tal vez con más comodidad (y no todos, claro: siempre habrá excluidos, y a algunos los excluyen incluso antes de nacer, en nombre del bienestar políticamente correcto), pero no más felices.

En este contexto, nos viene Jesús con su Sermón de la Montaña, que se abre además con una declaración sobre la verdadera felicidad y los verdaderamente felices, que abraza, en primer lugar, a los excluidos por definición. El contraste no puede ser más fuerte. Pero, precisamente por eso, la sorpresa y la extrañeza pueden dar pie a una comprensión que brota de las profundidades de nuestro ser, esas profundidades a las que no puede llegar nunca la superficialidad de los eslóganes fáciles.

Todos queremos ser felices. Pero parece que estamos condenados a aspirar en este mundo a un ideal imposible. ¿O no? Merece la pena meditar un poco por el paradójico proyecto de felicidad que Jesús, sin cortarse un pelo, nos propone en el umbral del Sermón de la montaña.

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