Un entierro en Múrmansk


Esta semana he tenido un entierro. Aquí en Múrmansk los entierros tienen sus peculiaridades, y no sólo por motivos climáticos. El caso es que este entierro me ha suscitado una pequeña reflexión sobre nuestra fe cristiana y sobre este tiempo pascual. El difunto era en esta ocasión un lituano de algo más de 70 años. Es uno de los muchos (no sólo lituanos, sino también letones, bielorrusos y ucranianos) que vinieron a Murmansk en su juventud, sea por el servicio militar, sea por motivos de trabajo, que se casaron aquí y aquí se quedaron. Muchos de ellos son católicos por procedencia, aunque raramente los hemos visto por la Iglesia. Por eso, cuando su hija y su mujer, las dos ortodoxas, vinieron a pedir que acudiéramos al entierro y a concertar el día y la hora, me vino a la cabeza que nuestra parroquia (como tal vez muchas otras en el mundo), son realmente parroquias “de la resurrección”: muchos de sus parroquianos aparecen en ellas sólo después de muertos…

En honor a la verdad, en este caso no era del todo así. La mujer y la hija de nuestro Kazys (en español, Casimiro) me contaron que cuando estaban en Lituania iba siempre a la Iglesia, aunque aquí en Múrmansk tenía problemas para venir por motivos de trabajo. La verdad es que muchos de ellos no han tenido la oportunidad de practicar durante muchos años, pues Múrmansk, fundada en 1917, ha sido una ciudad puramente soviética, en la que no sólo no había iglesia católica, sino tampoco ni ortodoxa ni de ninguna otra confesión. Aquí el experimento de una sociedad sin Dios se pudo llevar a cabo sin “rémoras” del pasado. Así que muchos de estos católicos de origen perdieron el hábito y, al aparecer la Iglesia, se ve que no acabaron de vencer la inercia de muchos años, incluso en los casos, como el de Kazys, en los que, pese a todo, mantuvieron la fe, que, eso sí, practicaban casi solo a la tierra que les vio nacer.

 

El entierro se desarrolló con normalidad. Todo el rito lo hicimos en el cementerio, que está bastante lejos

Iglesia del cementerio de Murmashí

Iglesia del cementerio de Murmashí

de la ciudad (de hecho en otra pequeña ciudad, camino del Aeropuerto, llamada Murmashí), bajo la presión de los enterradores, que no están acostumbrados a “pérdidas de tiempo” en forma de rezos, y me obligaron a ir un poco a marchas forzadas (de hecho, hubo una especie de homilía compartida, pues mientras trataba de decir unas palabras comentado el evangelio y sobre el sentido cristiano de la muerte, uno de los enterradores intervino a su manera, metiéndome prisa). Al menos el otro tiempo, el atmosférico, respetó el momento del entierro, que se celebró bajo una levísima nevada y con una temperatura soportable, ligeramente por encima de cero. Volví solo en taxi, en medio ya de una nevada furiosa, y ahí estuve pensando en esta forma disminuida de fe cristiana en que vivimos con frecuencia. Esto de que los parroquianos aparezcan por la iglesia sólo después de muertos, esto es, que muchos cristianos releguen su relación con Dios a un asunto “de la otra vida”, es muy indicativo de hasta qué punto no acabamos de entender el mensaje de la resurrección. En la fe cristiana, la resurrección no es un asunto para “el fin de los tiempos”, sino que ya ha acontecido “al tercer día”, esto es, en el seno de nuestra historia, es un acontecimiento de hoy, en el que podemos participar ya desde ahora. Por decirlo brevemente: la vida de la resurrección ya ha empezado; o, como dicen los textos evangélicos, ya ha amanecido “el primer día de la semana”.

Por eso, “ir a la iglesia”, o “ir a misa”, como solemos decir, no es una especie de pesada obligación para acumular méritos para que “al final” Dios nos premie con un caramelo de vida eterna; una obligación de la que muchos se liberan pensando que les basta con ser buenas personas, no hacer daño (lo típico, no matar no robar, tal vez pagar los impuestos). Es una actitud bastante comercial, una fe de premios y castigos, de méritos y amenazas, en la que mi presunta bondad hace que Dios esté en deuda conmigo…

Algo que, la verdad, se parece bastante poco a la alegre y buena noticia que Jesús nos ha venido a traer.
A tenor de los textos pascuales que meditamos en estos días, no se trata de la pesada obligación de “ir a misa”, sino de acudir a la reunión a la que nos convoca el Señor Resucitado, para que podamos verle, oírle, tocarlo, para poder participar, ya desde ahora, de la nueva vida del Resucitado, que camina junto a nosotros, sin que lo reconozcamos muchas veces, que habita en medio de sus discípulos, y al que podemos reconocer justamente al partir el pan.

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