Domingo de la 4ª semana de Pascua (A)


Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 2, l4a. 36-41 Dios lo ha constituido Señor y Mesías

Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro 2, 20-25 Habéis vuelto al pastor de vuestras vidas

Lectura del santo evangelio según san Juan l0, 1-10 Yo soy la puerta de las ovejas

 

Jesús, puerta y pastor

 

searchEl cuarto domingo de Pascua es el domingo del Buen Pastor. Continuando con la visita por los lugares de encuentro con Jesús Resucitado, nos topamos ahora con esta forma de presencia: Jesús es el Buen Pastor que prolonga su pastoreo por medio de los pastores de la Iglesia. Es una forma de presencia íntimamente ligada a las otras dos: la comunidad creyente y la Eucaristía. La comunidad creyente de discípulos es una comunidad eucarística y el sacramento del Cuerpo y la Sangre de Cristo, memorial de su Pasión, hace que la comunidad que lo celebra y se reúne en torno a él se convierta en algo más que en un grupo social de tipo religioso: se convierte ella misma en cuerpo de Cristo y en templo de su Espíritu. La Eucaristía genera una comunidad ordenada e internamente estructurada. Toda la comunidad es cuerpo de Cristo, toda ella conforma el Cristo total, todos los fieles participan de Él. Pero el cuerpo es un organismo cuya unidad resulta de la diversidad de órganos y funciones. Y Jesús ha confiado la función de enseñar, guiar y santificar a los pastores, a los apóstoles y a sus sucesores, que hacen presente con su ministerio al único Pastor.

Puesto que estos pastores son hombres como los demás, el hecho de confiarles el ministerio pastoral habla de la confianza que Dios deposita en los hombres, a pesar de sus debilidades. Es esta debilidad la que hizo exclamar a San Agustín al principio de su extraordinario sermón sobre los pastores:

“Por nuestra parte, nosotros que nos encontramos en este ministerio, del que tendremos que rendir una peligrosa cuenta, y en el que nos puso el Señor según su dignación y no según nuestros méritos, hemos de distinguir claramente dos cosas completamente distintas: la primera, que somos cristianos, y, la segunda, que somos obispos. Lo de ser cristianos es por nuestro propio bien; lo de ser obispos, por el vuestro. En el hecho de ser cristianos, se ha de mirar a nuestra utilidad; en el hecho de ser obispos, la vuestra únicamente.

Son muchos los cristianos que no son obispos y llegan a Dios quizás por un camino más fácil y moviéndose con tanta mayor agilidad, cuanto que llevan a la espalda un peso menor. Nosotros, en cambio, además de ser cristianos, por lo que habremos de rendir a Dios cuentas de nuestra vida, somos también obispos, por lo que habremos de dar cuenta a Dios del cumplimiento de nuestro ministerio.”

Ahora bien, si Dios mismo se fía así de los hombres, y de hombres concretos de carne y hueso, ¿no habremos de hacer otro tanto los creyentes? Sabiendo, además, que al fiarnos de aquellos que han sido puestos por Dios al cuidado de su grey, en realidad nos fiamos del único Pastor y guardián de nuestras vidas, de modo que es a Él al que escuchamos y que es Él el que nos guía. Porque al hablar de “fiarnos” y de “confiar”, no estamos hablando de una confianza ciega o apoyada sólo en el prestigio de los que ocupan el cargo, sino de la confianza que brota de la fe y es iluminada por ella: en ese fiarnos de los hombres estamos viendo en fe la presencia de Cristo Resucitado. Es lo que dice Jesús en otro lugar al regreso de los discípulos de su primera misión: “Quien os escucha a vosotros, a mí me escucha; quien os rechaza a vosotros, a mí me rechaza” (Lc 10, 16). Y si esto es verdad de toda la Iglesia y de todos los creyentes, también lo ha de ser de aquellos a los que Jesús ha puesto al frente de su comunidad (cf. Mt 16, 19; Jn 20, 23).

Sin embargo, esta es una forma de presencia que suscita hoy muchas desconfianzas y rechazos. En realidad, ya para muchos la Iglesia misma representa una dificultad para creer: “creo en Dios, incluso en Cristo, pero no en la Iglesia”, se oye decir con frecuencia. Pero ya dijimos (en el segundo domingo de Pascua) que ser cristiano sin Iglesia (sin comunidad eucarística) es como ser cristiano sin Cristo. El rechazo al que aludimos ahora lo encontramos a veces dentro de la misma Iglesia. Se acepta, sí, la comunidad cristiana, pero se considera que el ideal evangélico se encarnaría mejor en una forma de comunidad desestructurada, sin funciones ni diversidad de carismas, sin ningún género de autoridad, sin jerarquía, en una palabra, sin pastores. Son a veces los mismos representantes del clero los que hablan o escriben así, en un ejercicio de la autoridad y el magisterio recibido por la imposición de manos extrañamente aplicado a deslegitimar la una y el otro.

Pero si hemos de aceptar a Cristo entero, y no arbitrariamente mutilado, tenemos que aprender a ver también al Resucitado a la luz del Buen pastor, que se prolonga en el ministerio de los pastores.

Es claro que las funciones de enseñanza, guía y santificación tienen que ser un reflejo fiel del único Pastor, y se han de realizar imagesmirándolo a él. Jesús no es un líder cualquiera, que vive a costa de sus seguidores, que los explota y esquilma. Demasiadas veces los liderazgos humanos se parecen más a ese ladrón que no entra por la puerta sino que salta por otra parte, roba, mata y hace estrago. Jesús, al contrario, establece una relación personal, llama por el nombre, camina delante y sirve para que los que le han sido confiados tengan vida y la tengan en abundancia. Los pastores tienen que imitar en todo ese estilo de pastoreo. Como dice el papa Francisco, “tienen que oler a oveja”.

Ahora bien, la imagen del pastor y del rebaño hay que entenderla en sus justos términos: dependemos por entero de Jesús para tener la vida que sólo es accesible gracias a su resurrección; pero la Iglesia no es una masa de miembros carentes de identidad y voluntad propia, sino una comunidad de personas con rostro y nombre, que escuchan la voz que se les dirige personalmente y a la que responden de manera consciente y libre. Y, si bien en la comunidad existen diversos niveles de madurez en la fe, sea por edad, o por otros motivos (como una experiencia todavía breve de vida cristiana), es claro que todos hemos de estar en camino hacia esa madurez que brota de una experiencia personal de Cristo Resucitado, de manera que el “rebaño” sea, al mismo tiempo, una comunidad de adultos.

El verdadero pastor que se sabe representante del único Pastor, consciente de la propia debilidad, tiene que exorcizar los peligros inherentes a todo ejercicio de autoridad, saber que lo que le habilita para el ministerio es el amor a Cristo, y subrayar la actitud de servicio que da vida, y llega a dar la propia vida por las ovejas (cf. Jn 20, 15-18). Y, en lo que respecta a los fieles (que somos todos, como recuerda Agustín), fiarnos de la presencia de Cristo en los pastores, porque él mismo se fía de ellos, hace que la obediencia propia del cristiano no sea servil, sino que esté basada en el principio de la libertad de los hijos de Dios: al someternos a los pastores nos sometemos sólo a Cristo Jesús. Y esto es así incluso cuando quien ejerce el ministerio no está personalmente a la altura de la dignidad que ha recibido por la imposición de manos, pues la eficacia de los sacramentos no depende de la santidad de quien los administra, sino de la acción del Espíritu Santo; aunque, por otro lado, como recuerda el Concilio Vaticano II, “Dios prefiere, por ley ordinaria, manifestar sus maravillas por medio de quienes, hechos más dóciles al impulso y guía del Espíritu Santo, por su íntima unión con Cristo y su santidad de vida, pueden decir con el Apóstol: Y ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí (Gal 2, 20)” (PO 12).

imgresEl evangelio que hemos leído hoy es el arranque del discurso sobre el Buen Pastor que Juan recoge en su capítulo 10. Se encuentran en estos primeros versículos los motivos fundamentales de esta imagen (cf. Mc, 6, 34; Mt 10, 6; 18,12-14; Lc 15, 1-10). Hoy la atención se centra en Jesús, pero no como pastor del rebaño, sino como puerta del redil. En realidad, las dos imágenes son convergentes. Cuando se visita la cueva de los pastores cerca de Belén, se ve que dispone de un pequeño muro de piedra de media altura y que la puerta es un sencillo hueco en medio del mismo. El pastor principal dormía echado en ese hueco, y hacía así de puerta del redil, porque las ovejas, que conocían al pastor, no salían ni entraban mientras él estuviera allí.

Para entrar en este redil, en esta comunidad de discípulos, la única puerta de acceso es el mismo Cristo. Es una puerta abierta a todos, porque todos tienen cabida; como subrayan con insistencia las palabras de Pedro en la primera lectura, todos son llamados: “todo Israel esté cierto; la promesa vale para todos…”. Pero hay puerta porque no todo tiene cabida en la comunidad. La puerta, que es el mismo Cristo, indica que existen criterios de pertenencia, de modo que hay ideas, actitudes o comportamientos incompatibles con el Evangelio, y que entrar en el redil requiere una purificación en el baño del Bautismo, que es la participación en la muerte y resurrección de Cristo. La imagen de Jesús, puerta del redil, pone de relieve la función magisterial y de gobierno de los pastores, que han de discernir según el espíritu del Evangelio, lo que es y lo que no es acorde con él. Y la pertenencia eclesial exige someterse a ese juicio (criterio y discernimiento), en el que, de nuevo, en los avatares a veces dolorosos de la historia, es preciso descubrir en fe la guía providente del Espíritu de Jesús.

Así pues, el hecho de que la puerta esté abierta nos dice que todos son llamados por medio de “palabras que atraviesan el corazón”: no es un mensaje impersonal o anónimo, sino que toca las fibras más íntimas y sensibles de la realidad humana; y, por otro lado, la necesidad de pasar y ser purificados por esa puerta, que es Cristo muerto y resucitado (“sus heridas nos han curado”) indica que ha de haber una aceptación libre de ese mensaje anunciado: “los que aceptaron sus palabras se bautizaron”, dice el texto de los Hechos.

Al entrar en el redil de la Iglesia, como dice la segunda lectura, hemos vuelto al pastor y guardián de nuestras vidas. Es decir, fuera de Cristo andamos extraviados, exiliados de nosotros mismos. En Cristo nos encontramos, tenemos la posibilidad de ser plenamente lo que somos. Aceptar al Pastor y a los pastores que lo representan no es una enajenación de nuestra propia verdad, sino que, al contrario, todo encuentra sentido, incluso los posibles sufrimientos que podamos experimentar en nuestro empeño de hacer el bien: no son sino el reflejo de la pasión del Buen Pastor que ha dado la vida por su ovejas para que nosotros, muertos al pecado, vivamos para la justicia.

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