Un jueves que brilla en Domingo


1Este del Corpus era uno de esos tres jueves que relucían más que el sol (junto con el Jueves Santo y la Ascensión). La verdad es que el jueves santo, ante la imposibilidad de que lo trasladen al domingo siguiente, se ha quedado solo. Pero, pese a estos cambios, que nos recuerdan la secularización que va orillando las fiestas religiosas, la luz del Corpus, como la de la Ascensión siguen brillando con luz propia, independientemente del día de la semana en que se celebren.

Es verdad que esta fiesta del Corpus es relativamente tardía, pues surge en el siglo XI como reacción a las objeciones que a la presencia real oponía un tal Berengario. Pero la historia con sus vueltas y revueltas es ocasión para pensar, reflexionar y profundizar. Y aquellas polémicas, que hoy nos resultan extrañas, fructificaron en una tradición que ha sido extraordinariamente rica y fecunda para la vida de la Iglesia. Habrá quien objete, y no sin razón, que el “culto” a la Eucaristía puede desvirtuar la “celebración” eucarística: la Eucaristía no es sólo un trozo de pan en el que se hace realmente presente el cuerpo de Cristo, sino que es toda la celebración: la reunión misma de los fieles, la petición de perdón, la escucha de la Palabra, las alabanzas y peticiones que eleva la asamblea, y también claro, la oración eucarística en que en el pan y el vino ofrecidos se hacen presentes por la acción del Espíritu el cuerpo y la sangre de Cristo, en torno al cual podemos sentirnos hermanos y orar juntos el padre nuestro, darnos la 2paz y, por fin, alimentar nuestro espíritu en la comunión. Si Cristo se hizo hombre, asumió nuestra carne, para entregarse por todos nosotros, así, el pan partido y el vino ofrecido son sacramentos de esa entrega: no se consagra el pan y el vino para contemplarlos, sino para comerlos, para alimentarnos con ellos. Pero así como la Palabra requiere del silencio previo para que pueda ser escuchada, así el misterio eucarístico, “fuente y cumbre de la vida cristiana”, pide que no lo celebremos apresuradamente, sin atención ni conciencia, sino con un espíritu abierto y un corazón dispuesto. Y la contemplación y la adoración eucarística son un modo excelente de disponerse bien y acoger conscientemente el don que se nos hace.

Las lecturas de hoy iluminan muy bien el sentido de este regalo que Dios nos hace y que no es otra cosa que el mismo Jesucristo, muerto y resucitado.

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