Archive for 29 agosto 2014

Domingo 22 del Tiempo Ordinario (A

agosto 29, 2014

Lectura del libro de Jeremías 20, 7-9 La palabra del Señor se volvió oprobio para mí
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 21-12, 1-2 Presentad vuestros cuerpos como hostia viva
Lectura del santo evangelio según san Mateo 16, 21-27 El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo

Cargar con la cruz para seguir a Jesús

1El Evangelio de hoy completa el cuadro de Cesárea de Filipo que consideramos la semana pasada. Por eso, para una comprensión más plena es necesario leer juntos los dos textos. Una vez que los discípulos, por boca de Pedro, han confesado que Jesús es el Mesías, éste comienza con ellos una catequesis personalizada sobre el sentido de su mesianismo y que se concreta en el primer anuncio de su pasión. Esto choca frontalmente con las expectativas de un mesianismo triunfante, que somete con poder y fuerza a los enemigos de Israel. Jesús no deja de hablar de victoria, pero de un modo completamente distinto al que esperan los discípulos: primero tiene que ir a Jerusalén, someterse, padecer, incluso ser ejecutado. El triunfo sólo vendrá después de la completa derrota, mediante la resurrección “al tercer día”.

Que todo esto contradice de plano lo que los discípulos esperaban del Mesías se echa de ver en la reacción –una vez más, en representación de todo el grupo– de Pedro. Es una reacción que no puede sorprendernos, porque no puede ser más humana. Lo que sorprende es la dura respuesta de Jesús, que rechaza con virulencia y llama “Satanás” a aquel a quien acaba de declarar bienaventurado y de confiarle las llaves del Reino. Sin embargo, ese tremendo apóstrofe tiene su lógica, porque al rechazar el camino hacia la cruz Pedro está jugando el papel del tentador, que ya le propuso a Jesús una forma de mesianismo más lisonjera, hecha de poder y de éxito (cf. Mt 4, 1-11), y que suponía pactar de un modo u otro con el diablo. El mesianismo que elije Jesús, el mesianismo de la cruz, es aquel en el que sus enemigos no son los hombres pecadores, sino sólo los pecados de los hombres; por ello, no se trata de liberar a unos del poder de otros, sino de liberar a todos del poder del pecado, y para ello es necesario renunciar a todo lo que signifique una alianza con cualquier forma de mal, como el sometimiento de los demás por medio de la violencia. El camino de la cruz es el de la negación de sí, el de la entrega de la propia vida hasta la muerte. Y este camino, el de Cristo hasta Jerusalén, es, tiene que ser, el camino del cristiano en el seguimiento del Maestro.

Por eso, hoy, el “no” de Pedro nos tiene que hacer reflexionar. El mismo Pedro que nos representaba en la confesión de fe, nos representa también en el rechazo de la cruz. Y esta contradicción nos descubre que el camino cristiano es un camino complejo, en el que existen distintos momentos, todos ellos necesarios, pero insuficientes si los separamos entre sí. Pedro es bienaventurado porque ha comprendido en la fe y ha confesado la verdadera identidad de Jesús y, gracias a ello, ha recibido un nombre nuevo y una misión. Pero hoy comprendemos que confesar de manera ortodoxa, con ser fundamental (es el fundamento), no es suficiente si no se da el paso de aceptar la cruz que esa confesión lleva consigo. Si aceptamos a Jesús como el Mesías, tenemos que aceptar el mesianismo que él nos propone, no el que nosotros queremos soñar o imaginar.

Cuántas veces sucede que emprendemos un proyecto de vida cristiana (en una comunidad parroquial, en un movimiento, en la vida religiosa o en el matrimonio) llenos de entusiasmo y de optimismo, llevados precisamente por la fe que profesamos, por la revelación que hemos recibido de lo alto. Pero en cuanto tropezamos con  las inevitables dificultades de la vida, con conflictos o decepciones, con algunos sufrimientos que nos causan precisamente aquellos con los que habíamos emprendido ese camino feliz, empezamos a renegar, a sentir la tentación de echarnos atrás, a decirnos que no, que no era esto lo que habíamos soñado, lo que nos habíamos imaginado. Somos creyentes ortodoxos, confesamos como se debe, y en esto somos bienaventurados, pero no estamos dispuestos a aceptar la cruz, la limitación, el sufrimiento que conlleva el camino que hemos emprendido en el seguimiento de Jesús. Parece que queremos enmendarle la plana a Cristo, que en su encarnación no ha elegido vivir en una campana de cristal ni en un mundo ideal, sino que ha asumido nuestra condición, nuestras limitaciones, y ha tomado sobre sí el pecado del mundo; nos gustaría un mesianismo y una salvación más fácil y ligera, en la que Dios desplegara su poder y nos librara como por arte de magia de nuestros problemas y dificultades. Pero esto es sólo una tentación en la que caemos con facilidad y en la que tratamos de hacer caer a Jesús, asumiendo así el papel del tentador.

Jesús, tras la primera reacción contra Pedro, dirige a los suyos (a todos nosotros) una enseñanza más sosegada sobre el significado verdadero del camino de seguimiento al que nos llama: si queremos caminar en pos de Él, tenemos que estar dispuestos a la negación de nosotros mismos, a cargar con la cruz, a perder la propia vida para ganarla. Pero, ¿no es esto algo imposible y absurdo? ¿No será esto una especie de masoquismo espiritual contrario a los deseos humanos de felicidad y que explica el amplio rechazo que el cristianismo se está ganando cada vez más en nuestros días, especialmente en el mundo más avanzado? Aunque puede ser verdad lo relativo al rechazo del cristianismo, no podemos estar de acuerdo en la acusación de masoquismo. Tomar la cruz no es hacer una opción por el dolor, sino una opción por el amor. Y el amor es lo más necesario para la vida, pero también lo más exigente, pues, a diferencia de la ley, no reclama simplemente un comportamiento determinado, sino el corazón y la vida entera. Por eso, como nos dice Jesús hoy, quien pierde la vida porque la entrega libremente, da vida y encuentra la vida. Tomar la cruz no significa buscar el dolor o el sufrimiento, pues estos están inevitablemente presentes en nuestra vida de un modo u otro. Significa no pararse en ellos, no hacer de la cruz una excusa para el egoísmo, para la autocompasión egocéntrica, para llamar la atención, en el fondo, para no amar; Jesús nos dice que carguemos con ella, pero no que nos quedemos en ella, sino que nos pongamos en camino, en su seguimiento. Tomar la cruz es elegir el amor y la entrega, la atención a los demás, el perdón… también cuando no me va tan bien, cuando experimento el dolor o la limitación, cuando siento no sólo las alas del amor, sino también su peso. En el fondo, la propuesta de Jesús está animada de una profunda lógica vital: el éxito social, la riqueza, el poder… son bienes efímeros, que no perduran, y que conducen inevitablemente a la muerte, que los corroe. Mientras que el camino difícil del amor y la entrega de sí nos conecta con la fuente de la vida, siembra nuestra vida perecedera con semillas de vida eterna. Las derrotas aparentes conducen a la victoria del “tercer día”, la victoria definitiva sobre la muerte.

Abundan hoy día autodenominadas “iglesias cristianas”, “universales”, etc. que predican la fe como camino de éxito social en este mundo, y prometen a sus fieles la riqueza material (frecuentemente, mientras los esquilman). Como los malos pastores de que habla San Agustín, predican que quienes vivan piadosamente en Cristo abundarán en toda clase de bienes, induciéndolos a vivir, o a tratar de vivir en la prosperidad que les ha de corromper, de modo que cuando sobrevengan las adversidades, los derribarán y acabarán con ellos. El que de esta manera edifica, no edifica sobre piedra, sino sobre arena (cf. S. Agustín, Sermón 46, sobre los Pastores, 10-11).

Muy distinto es el verdadero mensaje evangélico, que añade a la confesión de fe la disposición a entregar la propia vida como Jesús, libremente y por amor. Tomar sobre sí la cruz es lo mismo que nos dice hoy Pablo: presentar el propio cuerpo (la propia vida) como una hostia viva, santa, agradable a Dios. El misterio de la cruz es el misterio mismo de la eucaristía, el de la entrega hasta dar la vida. Pablo ejerce hoy de buen pastor, cuando nos exhorta a no acomodarnos a este mundo, sino a un discernimiento de lo bueno y lo perfecto, a ser libres de los dictados del ambiente, incluidas las burlas que tiene que afrontar el verdadero profeta, a caminar contra corriente y a ser una verdadera alternativa. Todo esto es lo que conlleva la verdadera confesión de fe en Jesús como Mesías y, venciendo la tentación diabólica de falsos mesianismos, la voluntad de seguirlo hasta Jerusalén.

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Domingo 21 del Tiempo Ordinario (A)

agosto 24, 2014

Lectura del libro de Isaías 22, 19-23 Colgaré de su hombro la llave del palacio de David

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 11, 33-36 Él es el origen, guía y meta del universo

Lectura del santo evangelio según san Mateo 16, 13-20 Tú eres Pedro, y te daré las llaves del reino de los cielos

 

Creer en el Dios que cree en el hombre

2El evangelio de hoy supone un momento de inflexión en el ministerio de Jesús. El anuncio del Reino de Dios realizado a Israel no ha tenido la acogida esperada. Esto explica la pregunta sobre las opiniones de la gente acerca de la identidad del hijo del hombre. Incluso si estas opiniones pueden ser favorables, pues interpretan a Jesús en clave profética y descubren en él una cierta presencia de Dios, no acaban de salir de los límites estrechos de lo que hoy consideramos el Antiguo Testamento: si Jesús es un profeta más, de los antiguos, como Elías o Jeremías, o de los recientes, como Juan, significa que el Reino de Dios no se ha hecho todavía presente, que “tenemos que esperar a otro” (Mt 11, 3). Esto significa que la gente, cuyas opiniones recogen los discípulos, entienden a Jesús desde esquemas religiosos tradicionales, pero sin llegar a percibir la novedad contenida en su persona y su mensaje: que en él se realizan por fin las antiguas promesas. En este momento de crisis, en el retiro de un territorio pagano, y en la soledad del pequeño círculo de los más cercanos, Jesús trata de comprobar si esta incomprensión se da también en estos últimos. Si así fuera, el fracaso sería completo, la soledad, total. Su pregunta no es ahora impersonal, acerca de lo que piensa “la gente”, sino directa y personal: “vosotros, quién decís que soy yo”. Pedro, en nombre de todo el grupo, responde con palabras que son más que una mera opinión, que tienen el carácter de una confesión de fe. Pedro no se deja guiar simplemente por las ideas religiosas que flotan en el medio ambiente, sino por su experiencia personal de seguimiento de Cristo. Su respuesta indica que la predicación y los signos de Jesús en su ministerio por Galilea no han caído totalmente en saco roto. Hay quien ha entendido, ha percibido la novedad, ha descubierto en el hombre de Nazaret la presencia del Mesías esperado.

Las palabras de Jesús en respuesta a la confesión de Pedro son enormemente significativas: lo declara dichoso, bienaventurado, es decir, partícipe de la nueva forma de felicidad propia de los niños del Reino de Dios (cf. Mt 5, 3-12); y esa dicha se debe a que ha sido depositario de una revelación: Simón, hijo de Jonás, es decir, hijo de la sangre y la carne, de las tradiciones nacionales y de los prejuicios culturales, no ha respondido así por ser miembro de esa tradición nacional o religiosa, sino que, elevándose sobre las opiniones comunes y los prejuicios ambientales, se ha abierto a la revelación que Dios ha hecho de manera definitiva en su Hijo Jesucristo. Todos entendemos que, cuando habla de revelación, Jesús no alude a experiencias místicas y visiones extraordinarias, sino al trato cotidiano con Él, a la acogida sincera de su Palabra, a la comprensión en fe del significado de los signos que realiza. Pedro no se limita a opinar, sino que confiesa, porque el seguimiento ha impregnado ya su personalidad.

Por eso, si el hijo de Jonás ha descubierto en el hijo del hombre al hijo de Dios, el Cristo, ahora es Jesús el que le descubre una nueva identidad, un nombre nuevo y una misión: Pedro, llamado a ser fundamento de la Iglesia y depositario de las llaves del Reino que Cristo ha traído a la tierra.

El cuadro que Mateo sitúa en Cesárea de Filipo, tierra pagana, bien puede trasladarse a hoy, a nuestro tiempo, y a nuestra cultura. Todo país o cultura es territorio de misión, pues la evangelización, incluso allí donde las ideas cristianas son dominantes, exige una toma de postura personal. Si la fe se adopta por motivos nacionales, por tradición cultural o por contagio social, entonces, aunque se trate de la fe cristiana, es “la sangre y la sangre” la que la dicta; es un principio, pero es insuficiente. La carne y la sangre pueden ser también tomas de postura ante Jesús dictadas por motivos muy positivos, que ven en Jesús un gran maestro de moralidad, un luchador y mártir por la justicia o un profeta de hondo significado religioso, pero que no llegan a  la confesión que lo reconoce como el Mesías, el Cristo, el Hijo de Dios que “tenía que venir al mundo” (Jn 11, 27). Para llegar a esta confesión, fruto de una revelación de lo alto, es preciso abrirse a la Palabra, realizar un encuentro personal con Jesús, hacer un camino personal de seguimiento, que nos permita descubrir en él al Ungido de Dios.

Esta experiencia y esta toma de postura personal ante Jesús tocan las fibras más íntimas de nuestra identidad, sacan lo mejor de 3nosotros mismos, el hombre nuevo que estamos llamados a ser, expresado en el nombre nuevo y en la misión que Jesús nos confía. En el texto de hoy se habla de la misión de Pedro, que toda la tradición de la Iglesia ha visto prolongada en sus sucesores. Pero Pedro, que habla aquí en nombre de todos los otros apóstoles, en cierto modo representa a todos los miembros de la Iglesia. Cada uno de nosotros tiene su propia misión en la comunidad de los creyentes, es decir, a cada uno de nosotros, en dependencia de nuestra personal vocación, Jesús nos confía su propia obra.

Así descubrimos una dimensión muy importante de nuestra fe, en la que no siempre reparamos lo bastante. Ser cristiano significa creer en el Dios que cree en el hombre. Que Dios cree en nosotros significa ante todo que confía en nosotros, y, por eso, nos confía la misión que Jesús ha venido a realizar en el mundo. Dios nos conoce, conoce nuestras debilidades, nuestra fragilidad. Pedro es también representante de ellas: así como Jesús lo declara bienaventurado, acto seguido (lo veremos la semana que viene) tendrá que reprenderlo, y todos recordamos sus negaciones. Y, no obstante, Jesús no se desdice de la misión y del riesgo de la responsabilidad que le confía. Creer en el Dios de Jesucristo es una invitación directa a creer en el hombre, a pesar de los pesares. Y ello tiene que reflejarse también en nuestra actitud respecto de la Iglesia, construida sobre el fundamento de los apóstoles, sobre la piedra que es Pedro. La fe y la confianza en la Iglesia no elimina sus debilidades, que merecen la crítica de Jesús (cf. Mt 16, 23) y su reconvención serena y llena de amor (cf. Jn 21, 15-17). Pero si Jesús, a pesar de todo ello, no ha dejado de confiar en Pedro (y, en él, en cada uno de nosotros, que lo confesamos como Mesías), ¿no habremos nosotros de creer y confiar en aquellos a los que Él ha entregado las llaves del Reino?

Domingo 20 del Tiempo Ordinario (A)

agosto 17, 2014

Lectura del libro de Isaías 56, 1. 6-7 A los extranjeros los traeré a mi monte santo

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 11, 13-15. 29-32 Los dones y la llamada de Dios son irrevocables para Israel

Lectura del santo evangelio según san Mateo 15, 21-28 Mujer, qué grande es tu fe

 

Las fronteras de la fe y la compasión que no conoce fronteras

El profetismo es un momento decisivo en la apertura universalista de la fe de Israel y, por consiguiente, de superación del fuerte nacionalismo que la caracteriza. Su enérgico monoteísmo lleva a los profetas a comprender que, si hay un solo Dios, ese Dios único ha de serlo de todos los hombres sin excepción. Por eso, la salvación ofrecida al pueblo judío no puede ser algo exclusivo de él. El pueblo escogido lo es en cuanto pueblo sacerdotal, es decir, mediador de una salvación abierta a todos. Pero este universalismo es todavía imperfecto, teñido del nacionalismo del que tiene que liberarse: la condición para acceder a la salvación es prácticamente hacerse judío, el pueblo judío abre sus puertas para que, quien quiera, pueda entrar en él.

Jesús, que no ha venido a abolir la ley, sino a darle cumplimiento y llevarla a la perfección (cf. Mt 5, 17), es el que da el paso definitivo hacia un universalismo verdadero y sin fronteras nacionales o raciales.

La apertura que se produce en la época del profetismo la aprovecha Jesús para salir de los confines nacionales e ir en busca de los considerados “paganos”. Todo el cuadro que nos presenta hoy el evangelio de Mateo puede entenderse como una acción profética, no exenta de paradojas chocantes, pero impregnada de un profundo sentido pedagógico para sus discípulos y, por tanto, para todos nosotros.

El primer momento de esta acción profética consiste precisamente en salir de los territorios del pueblo de Israel (Galilea y Judea), al país de Tiro y Sidón, en Fenicia, el actual Líbano. Es posible que Jesús, que no encuentra tranquilidad en su tierra (cf. Mt 14, 13), que experimenta una tensión creciente con los fariseos y saduceos (cf. Mt 15, 1-7), y se siente amenazado por Herodes (cf. Mt 14, 1-2), buscara en aquellos territorios alejados la soledad con sus discípulos, a los que tenía que preparar para anunciarles su próxima pasión (cf. Mt 16, 21). Pero esta es también una buena ocasión para transmitir una enseñanza que va más allá de las palabras.

1Sin embargo, ni siquiera en tierra de paganos encuentra Jesús la tranquilidad que busca. He aquí que una mujer cananea le importuna con sus gritos y con sus ruegos. Al atravesar los límites de Israel ya nos está diciendo Jesús que la compasión no sabe de aduanas. El sufrimiento humano, que adquiere aquí rostro en una madre angustiada por el mal que padece su hija, es digno de lástima independientemente de la procedencia, la condición social, la confesión religiosa, incluso la calidad moral del que sufre. Todo el que sufre es digno de compasión y de ayuda.

Por eso nos choca tanto la reacción de Jesús, que da la callada por respuesta. Algo que nos podría dar pie a reflexionar sobre el silencio de Dios a nuestros ruegos y peticiones. Aquí vamos a subrayar sólo un aspecto: el silencio de Jesús provoca que los discípulos intercedan a favor de la mujer. Posiblemente, los apóstoles eran partidarios de la doctrina más tradicional, que reservaba el favor de Dios sólo para Israel. Por eso, es muy probable que no entendieran qué habían ido a hacer aquellos territorios ajenos, extraños, paganos. De ahí que, finalmente, la motivación para interceder a favor de aquella pobre mujer que los seguía gritando no fueran totalmente puros: querían, sencillamente, quitársela de encima. Pero ya el silencio de Jesús les obligó a mirarla y sentir una primera forma de compasión. Que sus motivaciones no fueran perfectas nos habla precisamente de la necesidad de ese proceso pedagógico que ha de conducirlos a la comprensión de la universalidad de la salvación.

Cuando, ante la insistencia de una y los otros, Jesús se dirige por fin a la mujer, parece espetarle los manosprejuicios nacionales judíos, cargados no sólo de exclusivismo, sino también de desprecio (como, por lo demás, es propio de los prejuicios de toda forma de nacionalismo, también de los actuales). Pero, una vez más, debemos ver aquí el sentido profético y pedagógico del modo de actuar de Jesús. Con su peculiar mayéutica, Jesús provoca que la mujer complete la confesión de fe ya contenida en su petición: “ten compasión de mí, Señor, Hijo de David”, con una súplica llena de confianza y humildad: la salvación prometida a los judíos puede y debe alcanzar también a los que no lo son, siquiera sea como migajas. Así Jesús les enseña a sus discípulos, a todos nosotros, que no son los rasgos nacionales, raciales o culturales los que establecen los límites de la salvación que Cristo ha venido a traernos, sino una fe viva y confiada.

Ahora bien, aquí tenemos que advertir que en toda esta escena no se está diciendo que lo único importante es el aspecto subjetivo de la fe, que lo que vale es creer y confiar, no importa en qué ni en quién. Hoy existe una fuerte tendencia al subjetivismo, que pretende que todas las religiones y “fes” son exactamente iguales. Sin negar la dignidad propia de cada religión y forma de fe, es necesario subrayar también los aspectos objetivos, los contenidos de fe, que Jesús en ningún momento niega. Hay detalles en este texto que recuerdan la declaración de Jesús a la samaritana en el evangelio de Juan: “vosotros no sabéis lo que adoráis, nosotros sabemos lo que adoramos, porque la salvación viene por los judíos” (Jn 4, 22). En la afirmación de Jesús sobre el pan de los hijos se contiene la afirmación implícita de que la revelación plena de Dios (eso sí, para todos los hombres sin excepción) se da en el seno de Israel. La mujer cananea también lo ha reconocido al confesar que Jesús es Señor e hijo de David, es decir, Mesías. Y este matiz nos hace volver los ojos a la segunda lectura, la de hoy y la del domingo anterior, en que Pablo, el Apóstol que abrió la fe cristiana de manera radical y definitiva a todos los gentiles, liberándola de las ataduras de la ley mosaica, se duele por el destino de su pueblo, depositario de las promesas y del que nació el Mesías (cf. Rm 9, 1-5), y al que sigue asignando un papel clave en la reconciliación de la humanidad con Dios: “Si su reprobación es reconciliación del mundo, ¿qué será su reintegración sino un volver de la muerte a la vida? Pues los dones y la llamada de Dios son irrevocables.”

3Así pues, Jesús con su respuesta final (“Mujer, qué grande es tu fe”) realiza lo que simbólicamente significaba aquel “salir” de las fronteras nacionales: la verdadera frontera es la fe, pero no una fe cualquiera, sino la fe en el Dios Padre de todos, Padre de Jesucristo, el Hijo de David, la fe que es además apertura y confianza, la fe confiada que pide compasión y que mueve a compasión hacia todo sufrimiento humano, un fe, en definitiva, que no conoce fronteras.

Domingo 18 del Tiempo Ordinario (A)

agosto 2, 2014

Lectura del libro de Isaías 55, 1-3 Venid y comed

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 8. 35. 37-39 Ninguna criatura podrá apartarnos del amor de Dios, manifestado en Cristo

Lectura del santo evangelio según san Mateo 14, 13-21 Comieron todos hasta quedar satisfechos

 

Dadles vosotros de comer

0El episodio de la multiplicación de los panes prolonga de otra manera el anuncio del Reino de Dios que en las últimas semanas Jesús nos ha explicado por medio de las parábolas. Y es que la predicación no se realiza sólo con palabras, sino también con acciones y signos que las encarnan,  y que también hablan de manera elocuente de que el Reino de Dios se ha hecho ya presente.

La presencia del Reino de Dios no excluye las asechanzas del mal (recordemos la parábola del trigo y la cizaña), incluso sus victorias parciales. El arranque del evangelio de hoy se refiere a ello: Jesús se enteró de la muerte de Juan el Bautista y decidió apartarse. No se trata de una huida, sino de un retiro. De hecho, la muerte de un ser cercano pide retiro y soledad. Y Juan no era para Jesús un cualquiera: unidos en el ministerio profético, Juan le abrió el camino, incluso es posible que Jesús hubiera pertenecido a los círculos del Bautista. La muerte de Juan no podía serle indiferente a Jesús, que, además, veía en ella una profecía de la suya propia. El lugar tranquilo al que se retira Jesús es el desierto (un despoblado). El desierto, lugar de peligros y tentaciones, es también ocasión para experimentar a Dios sin interferencias.

Sin embargo, “la gente” busca a Jesús y él, que buscaba soledad y tranquilidad, no los rehúye, al contrario, los mira y siente compasión, va al encuentro y los cura. Jesús, como vemos, habla y actúa. Es la Palabra encarnada y, por eso mismo, no se limita a predicar, sino que traduce sus palabras en gestos y acciones que confirman la verdad de su predicación. Son acciones cuyo significado aquella gente entendía, pues veía en ellos el cumplimiento de antiguas promesas, que hablaban de curación: “Él tomó nuestras flaquezas y cargó con nuestras enfermedades” (Is 53, 5); pero también de abundancia de alimento: “Oíd, sedientos todos, acudid por agua, también los que no tenéis dinero: venid, comprad trigo, comed sin pagar vino y leche de balde… Escuchadme atentos, y comeréis bien, saborearéis platos sustanciosos”. A través de esos signos entendían que se cumplía la promesa de una nueva y definitiva alianza, el advenimiento del Reino de Dios. Y es que no deja de ser significativo que, ante una situación de emergencia, de esas en que es suficiente responder a las necesidades más básicas, Jesús va más allá, y no sólo da de comer a todos, sino que lo hace de manera abundancia, hasta que quedaron satisfechos, y aún sobró en cantidad, para que los que habían comido pudieran compartir con otros.

En estas acciones se descubre la actitud de un Jesús que no evita los problemas más concretos y perentorios de los que acuden a él. Jesús no predica y después despacha a la gente. No les dice, “yo ya os he alimentado espiritualmente, os he ilustrado en la cuestión religiosa; ahora, el pan material y ese tipo de problemas resolvedlos vosotros mismos, a mí no me incumben”. A Jesús le interesa el hombre entero, cuerpo y alma, y es por el hombre entero con sus problemas más concretos por el que siente compasión y trata de encontrar un remedio. Y lo hace, y esto es muy importante, implicando a sus discípulos. Igual que no dice que estos problemas no le incumben, tampoco dice que esos problemas, como el hambre de la multitud, que superan las normales fuerzas humanas, son sólo cosa suya, ya que sólo él tiene el poder de realizar milagros. Los milagros de Jesús no son cosa de magia. Por eso, ante estas necesidades más inmediatas y materiales, Jesús se dirige a sus discípulos y les lanza un desafío: “no los despachéis, dadles vosotros de comer”. Pero, ¿cómo? Se trata de una multitud y nuestras fuerzas y medios son demasiado escasos. Los discípulos han querido que la gente se buscara la vida por su cuenta, pero Jesús los llama a implicarse en un problema que supera sus posibilidades.

Realmente, ante los enormes problemas del mundo en el que vivimos, 1nosotros, discípulos de Jesús, podemos tener la tentación de pensar que, puesto que nuestras posibilidades son tan limitadas, nos basta con ocuparnos de la parte religiosa, de la oración y el testimonio, mientras que de lo demás es preciso que se ocupen otros, sean los propios interesados, sean los poderes del Estado. Pero, ante esos mismos problemas, Jesús sigue diciéndonos, hoy como ayer, “no os escabulléis, dadles vosotros de comer”. Un himno de la liturgia de las horas es una hermosa paráfrasis de estas palabras de Jesús: “Nos señalaste un trozo de viña y nos dijiste: venid y trabajad / Nos mostraste una mesa vacía y nos dijiste: llenadla de pan / Nos presentaste un campo de batalla y nos dijiste: construid la paz / Nos sacaste al desierto con el alba y nos dijiste: construid la ciudad”.

Pero, ¿cómo?, nos preguntamos de nuevo. Jesús, nuestro Maestro, no nos pide imposibles, sino que nos enseña hoy que para poder repartir primero hay que compartir: traerle y darle eso poco que tenemos, que es lo único que nos pide, y ponerlo a su disposición, que tiene la capacidad de multiplicarlo. Por eso Jesús no se limita a hacer un milagro “mágico”, sólo suyo, al margen de sus discípulos, sino que los llama y hace el milagro de implicarlos, de hacerlos participar en la compasión que siente hacia las gentes, de despertar en ellos la generosidad de entregarle lo poco que tenían (cinco panes y dos peces para los doce, que les garantizaba a ellos solos y a duras penas su propio sustento), para que Jesús se lo diera a los hambrientos. Cuando le damos a Jesús lo poco que tenemos, ese poco se convierte en mucho, hasta el punto de llegar para todos, dejar satisfechos y hasta sobrar para compartir con otros. El himno citado antes empieza precisamente con estas palabras: “Tu poder multiplica la eficacia del hombre, y crece cada día, entre tus manos, la obra de tus manos”.

Jesús ha realizado el milagro de la fraternidad, que incluye la voluntad de responder a las necesidades concretas de nuestros hermanos. Y este milagro nos une a Jesús, nos hace compartir sus propios sentimientos (cf. Flp 2, 5), nos abre a las necesidades de los necesitados y nos convierte en colaboradores suyos en el ministerio de la compasión. Este milagro establece un vínculo que, como dice Pablo, nadie puede romper: unidos al amor de Cristo de esta manera, como miembros activos de su fraternidad, nada puede separarnos de él. Porque en esta fraternidad las tribulaciones, sufrimientos y necesidades se convierten en ocasiones para experimentar ese mismo amor de Cristo, que nos ve, se compadece, nos cura y nos da de comer, pero también nos llama a ver, compadecer, curar, compartir y dar de comer.

2Entendemos que el pan multiplicado por Jesús en este milagro de la compasión, el compartir y la fraternidad no sólo sacia el hambre del cuerpo. El milagro no es sólo una multiplicación material, sino que establece nuevas relaciones con Dios y entre los hombres. Dios muestra aquí su rostro compasivo en la humanidad de Cristo que llega a la multitud por mano de sus discípulos. Este pan es también el pan de la Eucaristía, como lo muestran los gestos y acciones de Jesús al repartirlo: “alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos”.

Vivimos en un mundo con muchas, demasiadas tribulaciones: se sigue matando a los profetas, como Juan el Bautista, y multitudes de nuestro mundo siguen padeciendo enfermedades, hambre, pobreza y el azote de la guerra, y siguen buscando a quién los cure y sacie. Son muchos los males que amenazan con separarnos del amor de Dios, de la fe en un Dios bueno y providente. Pero nosotros, discípulos de Jesús, sabemos que, en realidad, nada puede separarnos de su amor, y que esa seguridad nos fortalece para mirar a este mundo nuestro con los ojos de Cristo, sentir con él compasión y escuchar hoy, una vez más, su bondadoso mandato, “dadles vosotros de comer”.