Archive for 26 septiembre 2014

Domingo 26 del Tiempo Ordinario (A)

septiembre 26, 2014

Lectura de la profecía de Ezequiel 18, 25-28 Cuando el malvado se convierte de su maldad, salva su vida

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses 2, 1-11 Tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús

Lectura del santo evangelio según san Mateo 21, 28-32 Recapacitó y fue

 

Noes y síes a la llamada de Dios

La creencia bíblica más tradicional, de fuerte arraigo popular, consideraba que el pecado implicaba una responsabilidad colectiva, y que la culpa pasaba de padres a hijos. Ése es el sentido de un refrán que Ezequiel cita al principio de este capítulo 18: “los padres comieron agraces y los hijos tuvieron dentera”. El profeta se opone a esta mentalidad e insiste en la responsabilidad personal del hombre, tanto en la justicia como en el pecado, en sus consecuencias de vida y de muerte. Pero no siempre es tan fácil identificar con claridad a los justos y a los pecadores, pues con frecuencia las apariencias engañan. Jesús nos da hoy una preciosa lección a este respecto, que es toda una invitación a examinarnos en profundidad. Se sirve, una vez más, de la imagen de la viña. Ya sabemos que trabajar en ella no es una cuestión salarial, sino una gracia, un regalo que Dios nos hace: estar y trabajar en la viña es estar junto al Hijo y participar de su filiación. Como no somos esclavos o meros siervos asalariados, sino hijos, la libertad tiene que ser un signo distintivo de nuestro trabajo en la viña: Dios no nos manda despóticamente, sino que apela a nuestra libre disposición para cooperar en su campo. Y, como ya hemos dicho, las respuestas a esta llamada pueden ser muy distintas y también engañosas.

Hay quienes se manifiestan dispuestos a trabajar en la viña, y afirman aceptar al Señor, pero lo hacen sólo de boquilla. Estos pueden ser los que practican externamente, pero en sus actitudes personales, en su escala vital de valores, en sus intereses reales viven de espaldas a lo que confiesan. Jesús se está dirigiendo a los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo, los “justos oficiales” de aquel tiempo, los que tenían la misión de enseñar y guiar al pueblo de Dios, pero que eran impermeables a la Palabra, incapaces de entenderla y acogerla, pues estaban rechazando al que la encarnaba en su propia persona. A nosotros, creyentes y practicantes de nuestro tiempo, especialmente a los evangelizadores activos (sacerdotes, religiosos, catequistas, educadores, etc.), esta palabra nos tiene que interpelar: ¿hasta qué punto escuchamos y acogemos lo que anunciamos y predicamos, de modo que la fe dirija realmente nuestro modo de vida? Si decimos “sí” a la llamada de Dios, pero no llevamos a la práctica ese sí en nuestras acciones y en nuestras actitudes prácticas, no somos sólo incoherentes, sino que podemos además contribuir al desprestigio y el abandono de la viña por parte de muchos otros.

Se puede aplicar también la actitud del hijo que dice “sí” pero luego no va a la viña en otro sentido, hoy muy actual: son los que se dicen creyentes pero no practicantes. Le dirigen a Dios un sí pálido y desvaído, pero sin concederle ni tiempo ni atención, sin disposición alguna a ir a trabajar a la viña, aunque de ciento en viento se pasan por ella para comerse algunos racimos, que otros, por cierto, han cuidado y hecho crecer.

En la otra orilla encontramos aquellos que están oficialmente alejados, pecadores más o menos reconocidos, pero que están interiormente bien dispuestos a la conversión: pueden ser personas víctimas de sus circunstancias, pero en búsqueda sincera, que tal vez necesiten para cambiar de vida y acercarse sinceramente a Dios, a vivir de una manera nueva, a trabajar en la viña, sólo un empujón de la gracia, a veces en forma de una mano amiga y un corazón comprensivo que no se apresura a juzgarlos. La historia es generosa en ejemplos de este último grupo, algunos de los cuales iluminan con fuerza el santoral de la Iglesia: Pablo de Tarso, Agustín de Hipona, Francisco de Asís…

En unos casos y otros Jesús nos advierte de que existen profundidades del corazón que no alcanza una mirada superficial. Y así como hay justicias aparentes, que esconden dureza de corazón y soberbia, hay también pecadores dispuestos a la conversión y al cambio de vida. El pecado no es un estado definitivo, la conversión es posible. Y esta llamada a la conversión alcanza a todos: si nos sentimos justos ante Dios, debemos examinar si no estaremos desoyendo por autocomplacencia u orgullo alguna llamada suya; si nos sentimos pecadores y “perdidos”, tenemos que saber que Dios nos está buscando, que no desespera de nosotros, que abre para nosotros caminos para una vida nueva.

Con la parábola de los dos hijos, Jesús no está diciendo que todos los justos sean unos hipócritas, ni que la prostitución y la usura sean buenas. Está llamándonos a escuchar su Palabra de corazón y a acordar nuestro corazón con nuestro comportamiento. Porque la figura de los dos hijos no agota todo el arco de posibles respuestas: existen también los que dicen que no y, en efecto, no van a la viña. El misterio de la libertad humana se afirma aquí en todo su dramatismo, aunque, evidentemente, no es a nosotros a quienes toca juzgar. Y, por fin, están los que dicen que sí y van; estos son los mejores, y esta es la disposición perfecta, la que brota de un amor verdadero a la voluntad del Padre: un amor que escucha de corazón y lo encarna poniéndolo inmediatamente por obra.

1Pero, cabe preguntarse: ¿existe esta respuesta perfecta? Sí: es la perfección que encontramos en Cristo: “He aquí que vengo a hacer tu voluntad” (Hb 10, 7); en María: “He aquí la sierva del Señor, hágase en mí según tu Palabra” (Lc 1, 38); y sólo por Él, con Él y en Él es posible que nosotros la alcancemos también: Jesús, obediente a la voluntad del Padre, se despojó de su rango, se hizo siervo y esclavo de todos, y su trabajo en la viña de Dios que es el mundo llegó hasta el extremo de entregar su vida entera, hasta la muerte y muerte de Cruz. Y, nosotros, que pecamos con alguno de los modos encarnados por los hijos de la parábola, o con una mezcla de los dos, estamos llamados a asemejarnos a Cristo y a alcanzar su misma perfección. Pero eso no lo podemos hacer por nuestras propias fuerzas, sino sólo, como nos indica hoy el Apóstol Pablo, haciendo propios los mismos sentimientos de Cristo, unidos a Él, en su seguimiento.

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Domingo 25 del Tiempo Ordinario (A)

septiembre 19, 2014

Lectura del libro de Isaías 55, 6-9 Mis planes no son vuestros planes

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses 1, 20c-24. 27a Para mí la vida es Cristo

Lectura del santo evangelio según san Mateo 20, 1-16¿Vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?

 

Id a trabajar a mi viña

1No es raro encontrarse con reacciones adversas a esta paradójica y provocativa parábola de Jesús. Son reacciones del tipo: “esas cosas podrían pasar en tiempos de Jesús, pero no en los nuestros…” La cuestión y la sal de la parábola está en que “esas cosas” tampoco podían pasar en esos tiempos, y, precisamente por eso, Jesús cuenta la parábola y describe la reacción iracunda de los trabajadores de primera hora: para llamar la atención. Para llamar la atención, ¿sobre qué? Jesús no trata de explicarnos un nuevo (y extraño) sistema de relaciones laborales y salariales, ni tampoco pretende defender o justificar la arbitrariedad patronal. La cuestión que plantea no tiene vigencia en determinados tiempos, pasados o futuros, sino sólo y exclusivamente en un lugar: en la viña del Señor, en el Reino de Dios. Y es que con esta parábola Jesús está tratando de explicarnos en qué consiste ese Reino, de ahí sus primeras palabras: “El Reino de los cielos se parece…”

Cualquier judío del tiempo de Jesús entendía al escuchar el término “viña”, que no se trataba aquí de un campo de trabajo cualquiera. La viña era un símbolo del pueblo de Dios y, en concreto, del amor entrañable y del cuidado del Señor sobre él, y también de las expectativas frustradas sobre que ese amor y ese cuidado dieran buenos frutos (cf. Is 5, 1-7). Así que, al hablarnos del trabajo en la viña, Jesús nos está explicando qué significa estar y trabajar en el campo del Reino de Dios.

Ser enviado a la viña y permanecer y trabajar en ella es, ante todo, una invitación y una gracia, un regalo para el que no valen méritos previos. Por eso, la invitación se cursa a todos los que están dispuestos a ir, independientemente de la hora del día, es decir, de la edad, la nacionalidad, la condición social y moral o las convicciones religiosas. Cualquier etapa de la vida, cualquier origen social, cualquier decurso biográfico son buenos para ir a trabajar a esa viña. La viña, el Reino de Dios, es el ámbito en el que es posible encontrar a Dios, descubrir su rostro paterno y misericordioso, su voluntad salvífica: “Buscad al Señor mientras se le encuentra, invocadlo mientras esté cerca; que el malvado abandone su camino, y el criminal sus planes; que regrese al Señor, y él tendrá piedad, a nuestro Dios, que es rico en perdón”. Ese ámbito, claro está, más que un lugar es la relación con una persona concreta, portadora del Reino de Dios: Jesucristo.

Ahora bien, la imagen misma de la viña nos da la idea de que estar en ella no es un estado de ociosidad, sino de actividad, de 6trabajo. La viña que era el pueblo de Israel le dio a Dios y a sus colaboradores (Moisés, los profetas, etc.) mucho que hacer, mucho trabajo y muchos padecimientos. Y no menos trabajo le da a Jesús hacer cercano este reinado de Dios: “mi Padre trabaja siempre y yo también trabajo” (Jn 5, 17). La gracia de estar con Jesús y de seguirle conlleva la participación en su trabajo y en su misión, significa hacer propia su causa, querer lo que él quiere, esforzarse porque la semilla caiga en buena tierra y dé buenos frutos, uvas y no agrazones (cf. Is 5, 2). Jesús en el evangelio de hoy desmiente, una vez más, esa falsa idea que imagina a los creyentes como gentes en búsqueda de refugios imposibles frente a las tareas y las responsabilidades de la vida. No es pasividad a lo que llama la fe, sino, por el contrario, a salir de la propia tierra, a ponerse en camino, a arremangarse y trabajar.

Y es justamente a este trabajo al que se aplica una “lógica salarial” que no es la propia de las normales relaciones laborales de los otros tajos humanos, sino otra más alta que nuestros planes y nuestros caminos, del mismo modo que el cielo es más alto que la tierra. El salario es el mismo Cristo. Por eso, aquí no se trata de méritos, ni de derechos laborales, ni es posible un más o un menos, pues Cristo se entrega a todos, entero y sin reservas, a aquellos que han aceptado en circunstancias y horas dispares acoger el don y la misión de trabajar en su viña.

A no ser que entremos a trabajar en esa viña como mercenarios, que sólo buscan su provecho individual. Y, entonces, sí, entonces es posible comparar, exhibir méritos, antigüedad, horas de trabajo y productividad. Jesús se dirige aquí a los judíos (escribas y fariseos) que hacían de la ley un instrumento de su provecho personal y de sus privilegios. Ellos “eran” más ante Dios, puesto que cumplían más y mejor, y podían mirar por encima del hombro a los gentiles, excluidos de la elección, y a los otros judíos, ignorantes de la ley. Usaban a Dios, su ley, su viña al servicio de sus intereses personales. Pero hemos de aplicarnos la 4advertencia implicada en esta parábola también a nosotros, los cristianos, que podemos caer en peligros semejantes: sea porque somos “cristianos viejos”, de “los de toda la vida”; sea porque nos consideramos la élite, por nuestros conocimientos o la intensidad de nuestro compromiso… En vez de servir, nos servimos: por los más diversos motivos, podemos tratar de hacer de la viña del Señor el instrumento de nuestros intereses, de nuestro orgullo, de nuestra forma de medrar, de “ser alguien”, de conseguir mayor salario que otros, recién llegados, trabajadores de última hora y que, a nuestro entender, no han hecho tantos méritos como nosotros. Sin caer en la cuenta de que el salario, el denario igual para todos, es el mismo Señor, la participación en su vida, en su misión, en su bondad generosa y rica en perdón para con todos.

Pablo nos da hoy un magnífico ejemplo de lo que significa ser trabajador de esta viña. Él nos enseña que lo importante, lo que llena su corazón, es la viña misma, la causa de Jesús, que Él sea glorificado y conocido, sin importar el precio que tiene que pagar él, obrero del Evangelio, en trabajos, sufrimientos, en vida y en muerte. Hasta el punto de que Pablo no sólo no mira el esfuerzo realizado, “aguantando el peso del día y el bochorno”, y que merece ya el justo premio, sino que, por el bien de la viña, está dispuesto a prolongar indefinidamente la jornada de trabajo, difiriendo la consecución del salario. Y es que Pablo ha comprendido esos planes que no son nuestros planes, esos caminos que no son nuestros caminos, esa bondad característica del dueño de la viña que está por encima de toda lógica mercantil: mirando la porción de viña en la que le ha tocado trabajar, y a los creyentes que se le han confiado, recién llegados a la fe y trabajadores de última hora, lo que él quiere es que puedan también ellos recibir el salario íntegro al que él mismo aspira: llevar una vida digna del Evangelio de Cristo.

Domingo 24 del tiempo Ordinario (A) Exaltación de la Santa Cruz

septiembre 13, 2014

Lectura del libro de los Números 21,4b-9 Cuando una serpiente mordía a uno, él miraba a la serpiente de bronce y quedaba curado.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses 2,6-11 Se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz

Lectura del santo evangelio según san Juan 3,13-17 Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único

 

Exaltación de la Cruz, exaltación del Amor

 
2El mero enunciado de esta fiesta puede sonar extraño a los oídos de muchos, incluso creyentes. Pase que la cruz haya de ser soportada y aceptada con resignación, si es que se presenta. Pero, ¿es necesario incluso exaltarla? ¿No representa esto rendir culto al dolor, al sufrimiento, a aquello que espontáneamente nos repugna? ¿No significa, en definitiva, sancionar una visión de la fe cristiana centrada en los aspectos negativos de la vida y de espaldas a sus alegrías?

Algunas fiestas cristianas tienen orígenes históricos concretos que nos ayudan a entender por qué se celebran. En este caso, la Iglesia (tanto la católica, como la ortodoxa y también diversas confesiones protestantes) conmemora el hallazgo hacia el año 320 por santa Elena, madre de Constantino, de la Cruz en la que fue crucificado Jesucristo y la consagración de la Iglesia del Santo Sepulcro, erigida el año 335. Conmemora también la recuperación de esta reliquia el año 628 por el emperador Heraclio, después de que el rey Cosroes de Persia se la hubiera llevado de Jerusalén catorce años antes.

Pero más allá de estas anécdotas históricas, ¿qué sentido tiene exaltar la cruz, instrumento de tortura y de muerte? Planteamos de nuevo la pregunta inicial con otras palabras: ¿significa esto que la vida de fe consiste en fastidiarse ahora renunciando a los placeres de este mundo, para luego disfrutar de placeres celestiales (que en la imaginación de muchos, serían más o menos igual que los mundanos, pero elevados a la enésima potencia)?

Esta fiesta puede ayudarnos a purificar algunas formas deformadas de entender la fe cristiana.

La cruz expresa de un modo peculiar la condición limitada del ser humano, la presencia en su vida del sufrimiento. En la primera lectura se nos ofrece de manera sintética un cuadro completo de estos sufrimientos: está, en primer lugar, el sufrimiento físico, representado ahí en el hambre y la sed del pueblo en el desierto. En segundo lugar, existe el sufrimiento moral: el pecado, la rebelión contra Dios, es también fuente de sufrimientos y expresión de nuestra condición limitada. El pueblo busca culpables de su penosa situación y, tras acusar a Moisés, acaba dirigiendo sus quejas contra el mismo Dios. Es un expediente frecuente, que se repite sin cesar en la historia humana. El hombre que quiere y afirma su libertad, no quiere cargar con el peso de la misma, y olvidando que es Dios quien le ha dado la condición de ser libre, y le ha liberado de la esclavitud, no quiere cargar con el peso y el riesgo que esa libertad comporta: la travesía del desierto. El mal moral provoca nuevos sufrimientos físicos, representados en la primera lectura en las serpientes que mordían a los que habían murmurado contra Dios, y que podemos entender de manera amplia, como todo el sufrimiento provocado por la injusticia, la violencia, la pobreza, es decir por la acción indebida de los seres humanos. La muerte provocada por esas mordeduras es la síntesis final de todos los males y sufrimientos que podemos padecer.

En esta lectura aparecen las serpientes como un castigo de Dios. Esto refleja la mentalidad tradicional de Israel y que todavía 4está vigente para muchos. Pero, ¿puede decirse realmente que Dios provoca esos sufrimientos, que nos envía castigos (físicos o morales por nuestros pecados)? La plena comprensión del Antiguo Testamento la obtenemos gracias a la clave de lectura que nos da el Nuevo, esto es, la persona de Jesucristo. Y es el mismo Cristo el que dice hoy, en su conversación con Nicodemo, que “Dios no mandó su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él”. Pero si es así, ¿por qué permite el sufrimiento físico, cómo se opone al mal moral, causa de muchos otros padecimientos? Digamos que el sufrimiento físico es consecuencia de la condición limitada del mundo en que vivimos y del que formamos parte. El dolor físico es un aviso de un desorden en nuestro organismo, y pese a su carácter desagradable (o precisamente por él) está al servicio de la vida: si no hubiera dolor, nuestra viabilidad perdería muchos enteros, o se haría sencillamente imposible. Nuestra existencia en este mundo es algo temporal, pero estamos llamados a una vida plena en Dios. El mal moral y el sufrimiento que produce son consecuencia de nuestra libertad, del abuso de la misma, de eso que llamamos pecado, aunque la palabra no esté de moda. ¿Qué hace Dios ante ello? En primer lugar, respeta nuestra libertad y el ámbito de la misma, que es precisamente el de nuestra existencia en este mundo. Pero su respeto no significa que permanezca indiferente ante el mal, el pecado y el dolor. En la primera lectura vemos cómo lo que era la causa de muerte, se convierte en instrumento de salvación y de sanación. Es un signo profético de la salvación en Cristo.

El Dios que no permanece indiferente ante nuestros males, pero que respeta el bien de la libertad que Él mismo nos ha dado, viene a nosotros, no con poder, con soberbia o con ira, amenazando, sino al contrario, abajándose, poniéndose a nuestra altura, para compartir con nosotros nuestra situación y nuestro destino: nuestras penas, nuestros dolores, nuestras oscuridades e incerteza, también las consecuencias de las injusticias humanas, de nuestros pecados, y todo esto hasta el extremo, hasta la muerte, y muerte de Cruz. La Cruz, sí, es un instrumento de tortura, pero en Cristo se ha convertido en el signo y la realidad de un amor sin límites: “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna.” Jesús mismo habla de su cruz como de una elevación, es decir, una exaltación, porque sufriendo nuestros sufrimientos, padeciendo por nuestras injusticias y pecados, muriendo nuestra muerte, nos ha regalado la vida. Como la serpiente que causaba la muerte, elevada simbólicamente por Moisés, se convirtió en causa de salud, así Cristo elevado en la Cruz ha hecho de la síntesis de nuestros males el principio de una vida nueva y eterna.

3Al exaltar la Cruz de Cristo no estamos exaltando (deseando, buscando, alabando) el mal y el sufrimiento, sino que estamos profesando nuestra fe en el Dios Padre, lleno de amor que se preocupa por sus hijos, y que ha tocado y compartido nuestras penas realmente en la carne de Cristo. Estamos profesando que el amor del Dios no falla, incluso sentimos la dentellada del dolor, de cualquier tipo que sea, pues podemos descubrir en él el rostro de Cristo. Y estamos además comprometiéndonos a tomar sobre nosotros mismos nuestra cruz cotidiana, es decir, estamos comprometiéndonos a amar, también cuando nos va mal, sin hacer de nuestras penas, de las injusticias que padecemos o de las enfermedades que nos aquejan, excusas para no amar.

No es infrecuente que en situaciones de dificultad (una enfermedad, una situación social extrema, etc.) el ser humano extraiga de sí sus mejores recursos, sus más nobles sentimientos, capacidades y valores que de otro modo un hubieran emergido nunca. En situaciones depresivas de cruz el ser humano, a veces, muestra sus posibilidades más altas. Existen múltiples ejemplos de estas “exaltaciones cotidianas” de la cruz, que gracias a que en ella Cristo entregó su vida por todos, no se limitan a gestos que suscitan sólo admiración, sino que son sacramentos del amor, de la salvación del sufrimiento, del pecado y de la muerte. Y los creyentes, que sabemos por la fe esta dinámica de cruz y resurrección, de muerte y vida, tenemos la responsabilidad de vivir así, y de anunciar de palabra y obra que la fuente de esta forma de vida es el Dios, autor y amigo de la vida, que en Cristo vive y sufre con nosotros.