Archive for 30 noviembre 2014

Domingo 1 de Adviento (B)

noviembre 30, 2014

Lectura del libro de Isaías 63, 16b-17. 19b; 64, 2b-7¡Ojalá rasgases el cielo y bajases!

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 1,3-9 Aguardamos la manifestación de nuestro Señor Jesucristo

Lectura del santo evangelio según san Marcos 13,33-37 Velad, pues no sabéis cuándo vendrá el dueño de la casa

 La espera y la esperanza

En el corazón el hombre, de todo hombre, habita un anhelo de bien, de felicidad, de plenitud, en definitiva, de salvación. Este anhelo puede revestirse de los más diversos ropajes, de las ideas y representaciones más dispares, pero, en el fondo, todos deseamos que nos vaya bien, que nuestra vida no se malogre; y esto incluye, naturalmente, que tal suerte abrace también “a los nuestros” (cuyos límites, si bien se piensa, se ensanchan hasta incluir a la humanidad entera). Es una sed de amar y ser amado bajo la que late el secreto deseo de Dios. Podemos racionalizar este deseo de mil formas: confiando en una futura realización fruto del progreso de la humanidad, esa idea tan activa y potente de la época moderna, como indefinida y confusa; o bien, negándolo, diciéndonos (cómo hacen los “postmodernos”) que es una utopía irrealizable y resignándonos a ello.

1La fe cristiana (ya desde sus raíces veterotestamentarias) nos dice que ese deseo no es una utopía huera y sin esperanza. Pero nos recuerda también que no es algo que el hombre pueda construir con sus propias y solas fuerzas. La tentación de crear torres de Babel es permanente en la historia humana. Sabemos bien cómo suelen terminar: puesto que una tarea imprescindible para alcanzar la plenitud del bien (el bienestar y la justicia) es la eliminación del mal en todas sus formas, los intentos de realizar la utopía suelen empezar por la tarea de destruir el mal y lo que se consideran sus causas, lo que suele terminar en algún régimen de terror que se dedica sobre todo a destruir a los malvados (a los que la utopía de turno así califica).

Lo que la fe cristiana nos dice es que ese anhelo que habita en el corazón del hombre, y que lo sostiene en la dificultad y le hace esperar la superación del mal que le atenaza, es un don de lo alto, un don de Dios, igual que la vida, la libertad y la dignidad humana. ¿Supone esto, acaso, una invitación a la pasividad, a “esperar sentados”? No, en modo alguno. La esperanza cristiana es una espera activa, que prohíbe toda pasividad. Jesús lo expresa hoy con una 2plasticidad insuperable: estar a la espera significa velar; y velar significa realizar con responsabilidad la tarea que se nos ha confiado. Decía Ortega que la vida es quehacer, pues la vida nos da mucho que hacer. Y es verdad. Se nos ha entregado un espacio de responsabilidad y, lo queramos o no, tenemos cosas que hacer. Para vivir con responsabilidad y hacer las cosas que tenemos que hacer, no de cualquier manera, sino “bien”, como se deben hacer, hay que vivir conscientemente, con los ojos abiertos, con el corazón despierto. De esa manera, emerge a nuestra conciencia la tensión de la esperanza que se activa por ese anhelo originario de bien que nos habita por dentro inevitablemente, pero a veces de manera inconsciente, a veces aturdida por el aluvión de las preocupaciones cotidianas, como árboles que nos impiden ver el bosque. La esperanza activa y consciente nos abre los ojos para descubrir que nuestro anhelo de bien y plenitud tiene sentido y, por eso, tienen sentido nuestros esfuerzos y quehaceres cotidianos, que no se limitan a maniobras de distracción para una supervivencia efímera y condenada a la nada.

La Navidad es el rostro concreto de la esperanza cristiana, la respuesta que la fe cristiana ofrece a ese anhelo latente del corazón humano. Pero hemos de tener cuidado. Celebramos litúrgicamente la Navidad, le ponemos fecha, podemos programarla gracias al calendario. Mas lo que la Navidad significa y representa no es posible programarlo a fecha fija. No es posible programar, por ejemplo, la adquisición de la virtud, ni el acontecimiento del amor. Nos haría sonreír con incredulidad que alguien nos dijera que, dadas sus ocupaciones, ha planeado enamorarse justo dentro de un año y medio, y que calcula que en tres años de ejercicios continuados habrá alcanzado la virtud de la paciencia (y, ya puestos, en uno más, la de la prudencia). Las dimensiones más importantes de la vida no son el cumplimiento voluntarioso y previsible de un plan, sino un acontecimiento que se hace presente en la vida como un don. Y, sin embargo, no es un don totalmente inesperado: es, por el contrario, aquello que hemos esperado largo tiempo, por lo que nos hemos esforzado poniendo las condiciones para que ese acontecimiento tenga lugar alguna vez, sin que, sin embargo, podamos forzar su advenimiento.

El Señor viene a nuestra vida. La Navidad no es sólo el recuerdo de un hecho histórico sucedido de una vez y para siempre, no es, sobre todo, una efeméride en el calendario. La encarnación del Hijo de Dios en la historia de la humanidad hace unos 2014 años es un acontecimiento que debe suceder de nuevo en la vida de cada uno de nosotros. Cada cual tiene su historia. Aquí no caben esquemas fijos ni fórmulas preconcebidas. Pero sí cabe permanecer en vela, abrir los ojos, purificar el corazón, esforzarse por el bien, elevar al Señor una plegaria, en definitiva, vivir en esa activa esperanza en que una conciencia despierta convierte el anhelo humano de plenitud y felicidad.

Que nadie piense que para él ese acontecimiento está vetado: Dios adquiere rostro humano para todos, y llama a la puerta de cada uno. Y que nadie crea que para él eso ya ha sucedido (pues tiene ya fe y la practica): el que cree haber abierto ya la puerta ha de saber que ese acontecimiento nunca está concluido del todo, y debe realizarse siempre de nuevo a un nivel de mayor profundidad. Pues así como nadie le es a Dios extraño, tampoco puede creer nadie que ya lo conoce o posee suficientemente.

3La verdadera esperanza consciente y activa nos libra de la desesperación y de la presunción. La palabra que Jesús nos dirige hoy es una llamada esencial, que apunta al centro del corazón humano, de todo hombre: “Lo que os digo a vosotros lo digo a todos: ¡Velad!”; es decir, no os encerréis en esquemas estrechos y rígidos; no os dejéis amodorrar por la rutina; no seáis prisioneros de vuestras seguridades (ni siquiera de vuestras pretendidas virtudes y buenas obras); no le pongáis puertas al campo, ni queráis encerrar al sol en aerosoles; abríos a dimensiones nuevas, abrid los ojos y el corazón, lev
antad la cabeza, el horizonte es más grande que vuestra mirada y la medida de vuestros sueños mayor que el recorrido de vuestras piernas.

Que nuestras limitaciones (que tan claramente experimentamos) no nos hagan desesperar de nuestras posibilidades, infinitamente mayores que aquellas, gracias sencillamente a la fuente inagotable de nuestro origen: “Señor, tú eres nuestro padre, nosotros la arcilla y tú el alfarero: somos todos obra de tu mano”.

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Domingo 34 del Tiempo Ordinario (A) Jesucristo, Rey del Universo

noviembre 21, 2014

1

 

Lectura de la profecía de Ezequiel 34, 11-12. 15-17 A vosotras, mis ovejas, voy a juzgar entre oveja y oveja

Lectura de la primera carta de san Pablo a los Corintios 15, 20-26. 28 Devolverá a Dios Padre su reino, y así Dios lo será todo para todos

Lectura del santo evangelio según san Mateo 25, 31-46 Se sentará en el trono de su gloria y separará a unos de otros

El juicio final

En fuerte contraste con otras parábolas suyas, que se distinguen por su extrema sencillez, aquí Jesús realiza un alarde de imaginación y nos dibuja un cuadro magnífico y solemne. La misma idea del juicio final evoca sentimientos tremendistas, nos hace imaginar escenarios terribles. Basta pensar en la fuerza y el dramatismo expresados en el célebre juicio final de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina. Por eso hay quienes creen que el Juicio final está pensado para asustar al ser humano con ese género de representaciones que contrastan mucho con sus (nuestras) preocupaciones cotidianas, mucho más modestas. Estas preocupaciones habituales e inevitables las resumía muy bien el filósofo Epicuro en lo que él llamaba “el grito de la carne”: “no tener hambre, no tener sed, no pasar frío”, o, si se quiere, en un lenguaje más actual, “un bienestar razonable”.

 ¿Se corresponde realmente el juicio de Dios con esas ideas tremendas, terribles y alejadas de la cotidianidad pedestre de nuestra vida?

En realidad, el juicio de Dios es “final” no sobre todo porque esté al final cronológico de la historia (sea ésta la historia universal, sea la pequeña historia que es la biografía de cada uno), sino porque trata de las dimensiones últimas, definitivas, pero realmente presentes, si bien no siempre de modo totalmente consciente, en la vida de cada día.

2Hay que empezar diciendo que el juicio de Dios es, como todo juicio, un discernimiento y, por tanto, un proceso. En él, en la “fase de instrucción” o recogida de rastros y pruebas, Dios ha salido en busca del hombre, de modo parecido a cómo un pastor va en busca de su rebaño disperso, como de forma tan expresiva y bella describe el profeta Ezequiel en el texto de la primera lectura. Va Dios a la busca del que se ha perdido, de los “perdidos”. Esa pérdida (de sí) era ya toda una sentencia: el hombre se condena a sí mismo a muerte cuando se aleja de la fuente de la vida, de Aquel que se la ha regalado. Y si esa es la sentencia que el hombre dicta contra sí mismo (la que los seres humanos dictan además unos contra otros, de manera directa o indirecta, mediante la violencia y el odio, o mediante la indiferencia y el olvido egoísta), Dios ya ha juzgado de manera definitiva (un verdadero juicio final) sin apelación posible: su sentencia ha sido la misericordia y el perdón. Pero, como la otra sentencia, la de muerte, ya se ha hecho presente por el juicio (o la falta de él) del ser humano (Adán), Dios ha asumido esa sentencia sobre sí, y la ha padecido en Jesucristo. Y así, venciendo la muerte desde dentro, ha abierto a todos las puertas del perdón y de la vida, de la resurrección. Ese juicio de Dios es lo que con tanta concisión y fuerza nos transmite hoy la primera carta de Pablo a los Corintios.

Pero si todo esto es así, ¿a qué viene –podríamos preguntar– esa parábola grandiosa del juicio final? Más allá de la grandiosidad del escenario (requerido, sin embargo, por la seriedad de lo representado en él), reparemos en su contenido, en lo que Jesús nos quiere decir. Lo primero que nos dice es que ese juicio final también es un proceso que está sucediendo todos los días (también en fase de instrucción): no es algo que está en un lejano y brumoso futuro escatológico, sino precisamente en esa cotidianidad a la que nos referíamos al principio. En segundo lugar, se nos dice que, si el Juicio de Dios es el perdón y la misericordia, y esa sentencia ya ha sido dictada de una vez y para siempre en la muerte y resurrección de Jesucristo, ahora somos nosotros los que nos juzgamos a nosotros mismos: en la medida en que acogemos esa capacidad de compadecer (= padecer con) de Dios con nosotros y la proyectamos sobre los demás, precisamente sobre los que padecen (y, ¿quién no padece de un modo u otro?). Es decir, ese “grito de la carne” del que hablaba Epicuro, ese es el contenido del juicio que está en curso cada día, y en el que nosotros nos juzgamos a nosotros mismos. Pero si ese grito brota de modo espontáneo de la carne de cada uno referido a sí, aquí se nos habla de acoger el grito de aquellos que pasan hambre y sed, o están desnudos o solos o enfermos… Escuchar y responder. Sabemos lo que es padecer esas necesidades, pues todos estamos hechos de la misma pasta, todos tenemos carne; por tanto, podemos comprender los padecimientos ajenos, y participar en ellos, antes que nada no provocándolos (evitar ser causa del hambre o la sed, o el sufrimiento de nadie) y, en segundo lugar, tratando de remediarlos en la medida de nuestras posibilidades. Nadie puede decir que esos problemas no le conciernen, que no tiene que ver con ellos. Si no tenemos que ver con los sufrimientos de nuestros semejantes, ¿con quién tenemos nosotros que ver? Al decir eso, ¿no estamos dictando sentencia contra ellos, abandonándolos en su situación de necesidad, y contra nosotros mismos, rechazando la compasión y la misericordia que Dios nos ofrece? El juicio es discernimiento, y lo que separa o discierne a los seres humanos unos de otros no es, ante todo, ni el sexo, ni la raza, la nacionalidad, el nivel económico ni el de instrucción, ni siquiera, sobre todo, la confesión religiosa, sino la capacidad de compadecer, que es la que hace presente en la cotidianidad pedestre de nuestra vida y de sus preocupaciones más elementales lo que de definitivo, “final”, no pasajero ni mortal hay en la vida humana.

La sorpresa de los juzgados para la vida o para la condenación (“¿Cuándo, Señor no te atendimos?”) nos ayuda a comprender que en nuestra 3vida, aún sin ser del todo conscientes de ello, está continuamente presente el mismo Dios: el rostro de Cristo es el de nuestros semejantes, y de modo especial de los que pasan necesidad. Realmente, el primer y principal sacramento de Dios en la tierra, su forma más universal y directa de presencia real, es el hombre, cada ser humano concreto, especialmente en sus sufrimientos. Ese “no saber” (que estaban desatendiendo a Cristo) tiene un significado muy concreto, que vale incluso para los que “saben”, para los creyentes que reconocen en los demás, sobre todo en los pobres, el rostro de Cristo. Y es que al compadecer, ayudar, visitar, consolar… no lo hacemos “para” salvarnos; como si fuera posible “comprar” la salvación a base de buenas obras; como si éstas fueran una técnica religiosa “para ir al cielo”. Cuando respondemos con misericordia (que incluye la justicia y es su forma suprema) a las necesidades ajenas, lo hacemos “porque” la salvación ya está operando en nosotros de un modo u otro; y la prueba de ello es nuestra capacidad de salir del círculo egoísta de nuestras necesidades y abrirnos a las necesidades de los demás. Esto es, lo hacemos por amor a ellos. Pero, ¿no es el amor la presencia de lo absoluto, definitivo y final, del mismo Dios, en nuestro mundo pasajero y mudable? Sí. Ese es el juicio de Dios y ese ha de ser el contenido del Juicio final, como dijo San Juan de la Cruz: “Al atardecer de la vida nos examinarán de amor”. O, como más lacónicamente aún dice San Pablo: “el amor no pasa nunca” (1 Cor 13, 8).

Solemnidad de todos los santos y Conmemoración de los fieles difuntos

noviembre 1, 2014

Todos los Santos

Lectura del libro del Apocalipsis 7,2-4.9-14 Apareció en la visión una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua

Lectura de la primera carta del apóstol san Juan 3, 1-3 Veremos a Dios tal cual es

Lectura del santo evangelio según san Mateo 5,1-12 Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo

Fieles difuntos

Lectura del libro de Job 19,1.23-27a Sé que está vivo mi Redentor

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses 3,20-21 El Señor Jesucristo transformará nuestro cuerpo humilde

Lectura del santo evangelio según san Marcos 15,33-39;16,1-6 Dando un fuerte grito, expiró

 (Se pueden leer otras lecturas apropiadas a esta conmemoración)

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 1Desde tiempos inmemoriales la Iglesia sitúa juntas, una detrás de otra, estas dos fiestas: la solemnidad de todos los santos y la conmemoración de todos los fieles difuntos. Una intuición que viene de lejos ve un vínculo fuerte y profundo entre estas dos celebraciones o, si se quiere, entre estos dos grupos objeto de nuestra atención, de nuestra reflexión. A primera vista, lo que unos y otros tienen en común es, precisamente, que no los podemos ver, es decir, que están ausentes de nuestra vida. Al celebrar su memoria lo que hacemos ¿no es justamente hacerles presentes con el recuerdo? En realidad, hacemos mucho más que eso. Lo que hacemos es recordar (=dejar que resuene en nuestro corazón) que esa ausencia no lo es del todo, que ellos siguen presentes en nuestra vida mucho más de lo que nos parece. Pero vayamos por partes.

Los “santos” ¿quiénes son realmente? A veces nos parecen personajes de leyenda, gentes de otra galaxia, si no física, sí moral o religiosa, pues las hagiografías tienden a resaltar lo extraordinario y sobrehumano de su vida. Y, sin embargo, si la Iglesia declara “santos” a algunos lo hace, más bien, en sentido contrario. Es verdad que al declarar santo a alguien se reconocen sus méritos. En este sentido, todas las instituciones, las naciones, los partidos, las ideologías… tienen “sus santos”, esto es, personas sobresalientes en los correspondientes ámbitos de actividad o en la particular escala de valores de que se trate. Pero, en nuestro caso, no es eso lo más importante. Cuando la Iglesia declara santo a alguien, primero lo “beatifica”, luego lo “canoniza”. ¡Vaya!, podríamos pensar, la burocracia hasta en el cielo. Pero esos dos pasos tienen sentido. Ser “beato” significa ser feliz, bienaventurado. La Iglesia afirma con la beatificación que la persona en cuestión goza ya de la bienaventuranza, de la plenitud de la comunión con Dios. Atendiendo al Evangelio del día de hoy, caemos en la cuenta de que esa beatitud, es decir, felicidad, no es un “premio” que reciben “después” los que han sido “buenos”… Esto es una caricatura de la vida cristiana. Jesús, que anuncia que el Reino de Dios se ha acercado (precisamente, por medio de Él), nos está diciendo que se puede ser ya feliz en esta vida, incluso en medio de dificultades y estrecheces. Y es que las bienaventuranzas, que muchos consideran un autorretrato del mismo Jesús, hablan de la felicidad que por medio de Él pueden experimentar los que tradicionalmente se han sentido desgraciados, porque en Jesús, que comparte todas las limitaciones y los sufrimientos humanos, podemos experimentar la preferencia que Dios tiene por ellos. Esto es, ya somos (o podemos ser), en cierto sentido, beatos.

Y la canonización es una afirmación sobre esa persona pero dirigida a nosotros. Canon significa regla, medida, modelo. El santo “canonizado” se nos propone como un modelo de vida digno de ser imitado, como una forma válida y segura de seguimiento de Cristo.

En síntesis, los santos lo son por relación a Jesucristo, el único Santo. Y, además, el que sean declarados santos significa que el ideal de vida que representa Cristo no es un imposible, algo que está bien, tal vez, para contemplarlo, pero que es de imposible aplicación en la vida cotidiana. Los santos, gentes como nosotros, nos enseñan que se puede vivir coherentemente (y ser feliz, beato) según ese ideal.

Como sabemos hay muchos santos canonizados. Niños, jóvenes y viejos, mujeres y varones, laicos, sacerdotes, religiosas, obispos, casados, pobres y ricos, humildes trabajadores y reyes… Unos se dedicaron a la oración, otros a atender a los pobres, otros a anunciar el evangelio, otros a cuidar de su familia, otros a la investigación y a la ciencia, otros a labrar la tierra… De esta manera se nos dice que los caminos de santidad son muchos, que están abiertos a todos, que cada uno puede tratar de caminar en el seguimiento de Cristo como mejor la convenga, y elegir los modelos que más le gusten. Eso que decimos a veces, “no es santo de mi devoción”, es plenamente verdad: no estamos obligados a imitar a todos, cada cual debe ver qué santo y que forma de espiritualidad, de las muchas que propone la Iglesia, le cuadra mejor.

Vemos que esto de la santidad, más que un club exclusivo para elegidos, es una sociedad muy democrática, abierta a todos. Y más si consideramos que lo dicho sobre los santos canonizados, esto es, propuestos como modelos, no lo es todo. Si hay modelos es que ha habido y hay quienes los han imitado. Aquí entran “todos los santos”, la multitud de aquellos que no han sido canonizados pero han alcanzado, por alguno de los muchos caminos indicados, la meta: “una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua”. La Iglesia insiste hoy, si es que nos hemos dejado llevar por la idea “legendaria” de la santidad, en que ésta es para todos, y no sólo para personas hechas de una pasta especial. Y la razón, por fin, es muy sencilla. Ser santo no es una conquista fruto de un esfuerzo ascético sobrehumano, sino un don, es vivir en Cristo, y Él vive entre nosotros. Es el don de ser hijos de Dios: “Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!”; es ser hijos en el Hijo, Jesucristo, es el don de vivir en Él ese mundo nuevo que porta en sí, que es el reinado de Dios, que son las bienaventuranzas, el secreto de la felicidad verdadera. En una palabra, que, si nos sentimos hijos de Dios (en el Hijo, Jesucristo), ya somos santos, aunque tengamos defectos.

Ahora entran en escena los difuntos. Pocos de nosotros habremos conocido a un santo canonizado. Yo, por ejemplo, he conocido a san Juan 2Pablo II, y conozco a gentes que han conocido y convivido con la madre Teresa de Calcuta, con algún beato mártir de Barbastro, etc. Pero con los santos anónimos de aquella muchedumbre inmensa seguro que, de un modo u otro, sí que nos hemos encontrado, aunque puede ser que no nos hayamos dado cuenta del todo. De lo que no tenemos ninguna duda es de que personas de nuestro entorno, queridas por nosotros, que han sido parte esencial de nuestra vida, ya no están con nosotros. Todos llevamos en nuestra vida las heridas de la muerte, todos estamos referidos a esos ámbitos de relación que han quedado mutilados y vacíos por la muerte, y que nadie puede ocupar, porque hay personas que son insustituibles. Y esas “amputaciones” afectivas nos hablan de esa certeza absoluta que tan pocas veces consideramos, pero que gravita sobre todos nosotros como una nubecilla gris: todos tenemos que morir. Cada cual reacciona ante esta certeza a su manera (y esto no depende sólo de que se sea o no creyente, tiene también un fuerte factor psicológico): con temor, resignación, confianza, indiferencia… Pero ese recordatorio perenne y algo subconsciente nos invita a pensar en que la vida humana es un misterio en el que se entremezclan dimensiones paradójicas, inevitables e imprescindibles, pero entre las que a veces tenemos que elegir, y entre las que necesariamente tenemos que establecer un orden de prioridad: lo caduco y lo permanente, lo relativo y lo absoluto, lo que lleva a la muerte y lo que da vida. Es así. Hay cosas tan ligadas al tiempo que no pueden no compartir esencialmente su carácter efímero y relativo: por ejemplo, pasarlo bien siempre está ligado a un lugar y un tiempo; mientras que otras, pese a estar afectadas por la caducidad temporal, aspiran a estar por encima de las condiciones del espacio y el tiempo: el amor o la justicia tienen vocación de eternidad. Uno puede, efectivamente, entregarse a lo caduco de la vida, apurar sus posibilidades, vivir sólo para sí, acumular cosas, puede, incluso, en el caso extremo, estar dispuesto a despojar a los demás (de sus bienes, incluso de su vida) para asegurarse una vida mejor que, sin embargo, no dejará de ser efímera y acabará consumida por la voracidad del tiempo. O puede, por el contrario, tratar de dar vida aun a costa de perder algo; puede uno no servirse de los demás, sino servirlos, y servir en ellos a aquellos valores superiores por los que merece la pena entregar la propia vida. Lo decía hermosamente el filósofo E. Mounier: “la persona no alcanza su madurez hasta el momento en que pone su vida al servicio de valores que valen más que la vida”.

Estos valores que existen, y a los que muchos (sabiéndolo o no, creyentes y no creyentes) sirven con corazón sincero, son signos de una vida superior a la que todos estamos llamados. Esa llamada se ha hecho patente en Cristo que, aceptando nuestra misma muerte se ha solidarizado con nosotros, y al resucitar le ha quitado su poder, haciendo de la muerte lugar de encuentro con Dios.

Al celebrar esta memoria de los fieles difuntos afirmamos que nuestros vínculos con ellos no están muertos, que podemos mantenerlos y, en cierto modo, sentirlos. Nuestra solidaridad con ellos y nuestra responsabilidad hacia ellos se expresa de modo especial en esta conmemoración,  en la que oramos por aquellos difuntos que están en un estado intermedio de purificación por sus pecados, el purgatorio. No podemos saber exactamente de qué se trata. Pero sí que podemos tener la certeza de que, en primer lugar, esa purificación empieza ya en esta vida, en la medida en que tratamos de superar el egoísmo en nosotros y, en segundo lugar, que la misma muerte es purificadora. Podemos entender la muerte como un fuego purificador, que consume todo lo que en nuestra vida se haya construido con materiales efímeros (madera, heno o paja), mientras que atraviesa incólume las llamas todo lo que hemos construido con materiales imperecederos, como el oro, la plata o las piedras preciosas. Ese fuego purificador es el mismo Jesucristo, que se ha hecho presente en la vida humana y, en consecuencia, también en su muerte. Y es que realmente la opción de vida del hombre se hace definitiva con la muerte, por la que comparece ante el Juez de todos (cf. 1 Cor 3, 12-15; Spes Salvi 45-46).

Tras la muerte ya no “hay tiempo”, al menos tal como lo entendemos en esta vida, pero creemos que sí hay purificación. Por eso tiene sentido orar por aquellos que han muerto y, tal vez, están en ese período. Esa oración es una forma real y eficaz de comunicación con nuestros difuntos. Y, además, como creemos que el proceso de purificación se realiza en Cristo (participando de su muerte) y que los que han alcanzado la meta están también en Cristo (que es la verdad, la luz y la vida), nosotros que estamos en camino (y Cristo mismo es camino), podemos sentir o saber que nuestros difuntos están cerca de nosotros, pues están en Cristo, que vive en medio de nosotros.

Aquella intuición que “viene de lejos” a la que aludíamos al principio, ahora está claro de dónde viene: de la primera generación cristiana, de su experiencia de la muerte y resurrección de Cristo, y es una intuición que, como vemos, sigue operando entre nosotros.