SOLEMNIDAD DE LA NATIVIDAD DEL SEÑOR


Misa de la Vigilia 

Lectura del libro de Isaías 9,1-3.5-6 Un hijo se nos ha dado

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a Tito 2,11-14 Ha aparecido la gracia de Dios a todos los hombres

Lectura del santo evangelio según san Lucas 2,1-14 Hoy nos ha nacido un Salvador

El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande

1No es casualidad que empecemos a celebrar la gran fiesta de la Navidad la noche anterior, ahora, en medio de la oscuridad. Lo que estamos celebrando tiene mucho que ver con la oscuridad que nos rodea. La oscuridad es un símbolo del mal, de los poderes oscuros que tratan de dominar nuestro mundo y de dominarnos a nosotros. En la profundidad de la noche, tenemos la sensación de que la oscuridad tiene un poder ilimitado, invencible: nos rodea por todas partes, y parece no darnos respiro ni ofrecernos salida. Ante el poder del mal, cuando sentimos la fuerza de la oscuridad, nos sentimos débiles e impotentes. Somos como ese pueblo que caminaba en tinieblas, es decir, sin rumbo y sin sentido.

El mal del que hablamos tiene muchos rostros, muchos nombres. Porque es poderoso, podemos identificarlo en los poderes inicuos de nuestro mundo. No porque todo ejercicio de la autoridad sea en sí perverso, pero sí porque las fuerzas del mal tratan de hacerse con esos poderes que deberían servir a los seres humanos, para someterlos y reducirlos a esclavitud, convirtiéndolos en meros peones de intereses bastardos. Es lo que nos narra Lucas, cuando sitúa el acontecimiento del nacimiento de Cristo en un contexto histórico bien concreto, recordándonos que no se trata aquí de un fenómeno cósmico o mítico, sino de una historia real que nos toca de cerca a todos. El decreto de Augusto de realizar un censo universal es un típico gesto de un poder omnímodo, que hace de los seres humanos objetos de posesión (cf. 2 Sam 24, 1-10). Y así parece funcionar el mundo: los poderosos lo manejan a su antojo, provocando guerras, conflictos, sufrimientos sin cuento. José y María, embarazada y a punto de dar a luz, que tienen que marchar de su hogar a Belén por el capricho de un monarca lejano, son como la expresión de las víctimas inocentes de esas fuerzas oscuras, que conforman la noche de nuestra historia, y que fuerzan al Hijo de Dios a nacer en la pobreza de un pesebre, en los márgenes de una vida humana digna.

Pero no tenemos que buscar las causas del mal sólo en poderes ajenos y lejanos, como si nosotros fuéramos sólo víctimas del mal. La noche que nos rodea es también responsabilidad nuestra. Cuando Pablo nos anuncia hoy la aparición de la gracia de Dios, nos recuerda también que hay en nosotros impiedad y deseos mundanos, que también nosotros contribuimos a nuestra manera en la propagación de la oscuridad y la noche. Elegimos a veces valores y formas de vida que nos cierran en nosotros mismos, en nuestros egoísmos individuales y grupales, y nos impiden ver la luz del sol, la presencia de Dios en nuestra vida, y, en consecuencia, mirar con el corazón abierto a nuestros semejantes. También en esas actitudes se esconden las semillas de las guerras y los desencuentros. La vida que deriva de ahí es sombría: vivimos en sombras de muerte, sin dicha y sin esperanza.

Pero el mensaje de hoy viene precisamente a disipar la oscuridad, a restablecer la esperanza. “El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande”. El poder de la oscuridad es más aparente que real. Nos puede amedrentar y paralizar, pero basta que en la noche brille una pequeña luz, para que ese poder sea vencido: con ese pequeño foco de luz, como el faro que brilla en la costa, en medio de la tormenta y de la noche más oscura es posible encontrar orientación y sentido, es posible ponerse en camino y hacerlo con un rumbo definido. Pues bien, la luz que brilla hoy en la oscuridad de nuestro mundo no es pequeña, sino grande, aunque parezca brillar de una manera tenue, sin hacer mucho ruido, sin deslumbrar cegando nuestros ojos.

En medio de la noche, brilla la luz, la vida florece, y la mujer de José, junto con el que parece ir a la deriva, zarandeados los dos por el poder de las tinieblas, da a luz un niño en el que se cumplen antiguas profecías: pues “todo esto sucedió para que se cumpliera lo que había dicho el Señor por boca del profeta: la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Emmanuel, que significa: Dios-con-nosotros” (Mt 1, 22-23). No son en realidad los poderes oscuros de este mundo los que realmente dirigen la historia, aunque así nos lo parezca (y aunque así sea en parte), sino la Providencia de Dios, que sabe moverse entre los hilos invisibles de los acontecimientos humanos para hacerse presente y regalarnos, respetuosamente, sin hacer mucho ruido, su designio de amor, para que en medio de la oscuridad aparezca la luz, una gran luz, aunque a nuestros ojos humanos está atenuada por la opacidad de la carne.

Para ver esta luz es preciso tener un corazón bien dispuesto. Y si nuestro corazón no está del todo dispuesto, es posible, con la ayuda de Dios, disponerlo. Los primeros en ver la luz son los pastores. No gozaban de buena fama los pastores en aquel tiempo. No eran considerados ejemplo de una vida precisamente “honrada y religiosa”. Esto nos debe dar el consuelo de que Jesús ha nacido para todos, para los pecadores, y todos lo somos de un modo u otro (todos habitamos de una forma u otra en la oscuridad). Pero los pastores son también los que viven en espacios abiertos, los que están en vela, los pecadores dispuestos a cambiar de vida: son los que, porque están abiertos y en vela son capaces de ver en la oscuridad de la noche destellos de luz, signos de la presencia de la luz y que les llevan a la luz: de noche los ángeles vuelan como mensajeros de esperanza y de buenas noticias, y los pastores escuchan esa voz y acuden a ver la luz.

Es de notar que sigue siendo de noche, pero muchos indicios nos hablan de un próximo amanecer: guiados por esos indicios luminosos nos ponemos en camino, no nos resignamos al mal ni renunciamos a los sueños (que no son quimeras, sino deseos bien fundados) de un mundo mejor. Su punto de partida es el niño nacido en Belén: en la noche brilla la luz, en este mundo, pese a todo, habita Dios, y es posible encontrarlo, pues habita en carne mortal. Pero también nosotros tenemos que hacer nuestra parte: como los pastores, acoger el mensaje de los ángeles, acudir a ver y adorar al Niño, lo que significa también renunciar a la impiedad y a los deseos mundanos, para tratar de llevar ya desde ahora una vida sobre, honrada y religiosa, anticipando en esperanza la alegría de la aparición gloriosa del gran Dios y Salvador nuestro Jesucristo. Ya ha aparecido en carne mortal, revestido de nuestra debilidad, y por eso padeció y se entregó por nosotros, rescatándonos de la oscuridad, de toda maldad.

Si hacemos nuestra parte, como los pastores, nos convertiremos nosotros mismos por medio de nuestras buenas obras, en ángeles que anuncian en la noche a los hombres (a todos, aunque tal vez sólo nos escuchen los de buena voluntad) que no hay que seguir temiendo, que se ha producido una buena noticia, una gran alegría para todos: que Dios ha nacido en la debilidad de una carne mortal y quiere encontrarse con nosotros.

Misa del día

Lectura del libro de Isaías 52, 7-10 Verán los confines de la tierra la victoria de nuestro Dios

Lectura de la carta a los Hebreos 1, 1-6 Dios nos ha hablado por el Hijo

Lectura del santo evangelio según san Juan 1. 1-18 La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros

 

Habitó entre nosotros

Juan, el águila de Patmos, que comienza su evangelio mirando al sol, a la luz indefectible que es Dios, nos recuerda que este Dios en el que creemos es el creador de todas las cosas, de todo sin excepción: de modo que sólo hay un Dios y ante nada, más que Él, debemos inclinarnos en actitud de adoración. Dios, que todo lo ha creado con su Palabra poderosa, está, pues, por encima de todas las cosas, y el universo entero e inmenso no es capaz de contenerlo. No hay ni ideas, ni conceptos, ni sistemas religiosos que puedan expresar adecuadamente lo que Dios y dónde podemos encontrarlo. Mirando al sol con ojos de águila, Juan nos indica que tenemos que aceptar esta limitación nuestra, y debemos renunciar a todo intento de poseer y manipular a Dios.

Pero esto no significa que debamos resignarnos a la pura ignorancia, ni que Dios se niegue a comunicarse con nosotros. Juan mismo nos lo está diciendo: el Dios eterno que todo lo ha hecho, lo ha hecho por medio de su Palabra. Y si esta Palabra estaba junto a Dios desde el principio y era Dios, es que Dios mismo es comunicación, relación. Ya la creación es el primer acto de comunicación y expresión, de revelación. Pero, además, el Dios Palabra, se nos dice, quiere establecer con nosotros un diálogo. ¿Cómo? ¿Cómo se comunicará el Dios, al que el universo inmenso no puede contener, con nosotros, que habitamos una minúscula mota de ese universo inabarcable? Y ¿cómo podrá hacerlo sin infundirnos temor, a causa de su enorme grandeza y poder?

Recordemos, ante todo, que el poder de Dios es un poder benéfico, que crea el universo y lo sostiene con su palabra poderosa. En esto se distingue del poder humano, que se mide, normalmente, por su capacidad de destrucción. Dios viene con su poder, pero no amenazando, asustando, amedrentando. Por eso, antes de su aparición definitiva, ha preparado el encuentro hablándonos de “muchas maneras”, ya por medio de la misma creación (que proclama la gloria de Dios: cf. Sal 18A) y, sobre todo, por medio de los profetas. Así, poco a poco, disipando las causas de temor, Dios ha venido finalmente a visitarnos en persona. Y no podía hacerlo de otro modo que haciéndose Él mismo pequeño, abajándose, poniéndose a nuestra altura: la Palabra, esa misma Palabra poderosa por la que todo se hizo y que todo lo sostiene, se ha hecho carne, y habita entre nosotros.

Al hacerse carne, se ha hecho visible y cercano, podemos verlo y tocarlo. Pero se ha hecho también débil y vulnerable: se arriesga a que al verlo lo despreciemos o lo ignoremos, y que, al poderlo tocar, lo hagamos para golpearlo, incluso matarlo. En ese “hacerse carne” Juan ya nos está avisando sobre su muerte en la cruz. Y es que, al asumir el riesgo de la encarnación, renunciando a imponerse con fuerza y poder, el Hijo de Dios, Jesús de Nazaret, ha aceptado la posibilidad de que no le conozcamos, no seamos capaces de acogerlo.

Sólo hay un modo de conocerlo y acogerlo: la fe y, en consecuencia, el amor. Cuando damos el paso de la fe y aceptamos el riesgo del amor (renunciando al poder destructivo del mal), al acogerlo nos hacemos semejantes a Él, y Él nos hace partícipes de su poder: el poder de ser hijos de Dios, de nacer de nuevo, no de sangre ni de carne, sino de un amor superior y Fontal, del mismo Dios. Es verdad que es este un poder paradójico que nos lleva a participar de su mismo destino: el de dar la vida por nuestros hermanos. A veces, como tantos cristianos hoy, en la verdadera cruz del martirio; la mayoría de las veces en el testimonio del amor vivido día a día, con frecuencia en medio de fuertes oposiciones.

Pero con este poder alcanzamos la libertad: no nos sometemos a la ley mosaica, sino a la gracia y la verdad de Jesucristo. De esta manera, nos hacemos también, como Juan el Bautista, profetas que hablan de muchas maneras pero transmitiendo un único mensaje: que Jesús es el Mesías, el que existía desde toda la eternidad. Y de esta manera, preparando y abriendo el camino a Jesús para muchos, nos convertimos verdaderamente en mensajeros que anuncian la paz, que portan y transmiten la Buena Nueva de la salvación.

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