Archive for 30 mayo 2015

Domingo de la Santísima Trinidad (B)

mayo 30, 2015

Lectura del libro del Deuteronomio 4,32-34.39-40 El Señor es el único Dios, allá arriba en el cielo, y aquí abajo en la tierra; no hay otro

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 8, 14-17 Habéis recibido un espíritu de hijos adoptivos, que nos hace gritar: «¡Abba!» (Padre)

Lectura del santo evangelio según san Mateo 28,16-20 Bautizados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo

Un Dios amigo y cercano

imgresMuchos piensan que el misterio de la Trinidad es el producto de la imaginación calenturienta de ociosos teólogos medievales, una manera probar nuestra fe, o nuestra credulidad, a base de poner ante nuestros ojos una imagen de Dios lejana y misteriosa, precisamente por su carácter contradictorio: tres personas en una sola sustancia divina, en la que cada una de las personas es Dios en sentido pleno…

En realidad, merece la pena meditar sobre este misterio, que aunque nos superará siempre, nos habla de algo muy distinto de un Dios lejano e incomprensible. Empecemos diciendo que no fueron teólogos medievales los que pensaron este dogma. El carácter trinitario de la fe cristiana comparece desde los primeros escritos del Nuevo Testamento: el más antiguo de todos, la primera carta a los Tesalonicenses (en torno al año 50), tiene ya claras formulaciones trinitarias. No es extraño si tenemos en cuenta que el centro de la conciencia mesiánica de Jesús consiste precisamente en la filiación divina, en su ser Hijo de Dios, y en un sentido que dista mucho de ser una mera metáfora. Los judíos que le acusaban de blasfemia por equipararse con Dios entendían muy bien que Jesús reivindicaba una familiaridad con su Padre que transcendía los símbolos.

Pero es que, además, la fe en el Dios trinitario no es en absoluto algo “ocioso”, carente de consecuencias prácticas. Las discusiones trinitarias en los primeros siglos de la era cristiana, que se sirven con libertad de diversas categorías griegas (sustancia, relación, etc.), dan lugar a un nuevo mundo conceptual, del que todavía vivimos: la noción de persona, que ha tenido enormes consecuencias en la cultura occidental y mundial, que habla del valor absoluto de cada ser humano, de su dignidad y de sus derechos inalienables, es producto de la formulación teológica del dato revelado claramente en el Nuevo Testamento: es al hilo de la reflexión sobre la vida y las relaciones entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, como se llega a la noción de persona, absolutamente novedosa para la cultura griega y helenista, y que nos ofrece una nueva comprensión de Dios y, como consecuencia, del hombre que es su imagen.

Las lecturas de hoy iluminan con gran intensidad el carácter existencial de la fiesta que celebramos. El libro del Deuteronomio no sólo subraya el monoteísmo (“el Señor es el único Dios…; no hay otro”), sino, sobre todo, la cercanía de este Dios único “allá arriba en el cielo, y aquí abajo en la tierra”. El Dios de Israel es un Dios que viene al encuentro, que lo hace liberando y, además, respetando la libertad humana: no se impone despóticamente, sino que propone un pacto. Los pactos sólo pueden ser suscritos entre seres libres y, en cierto modo, iguales o, al menos, semejantes. Si Dios propone un pacto, es porque nos considera semejantes a Él. Esa semejanza es la fuente de nuestra libertad (por eso actúa Él liberando), y de nuestra dignidad (por eso nos respeta, incluso si nos alejamos de Él). Así que se trata de un Dios que viene al encuentro, pero sin invadir el espacio propio del hombre; es un Dios que se muestra, que interpela y que busca el diálogo y la comunicación.

Un Dios así no puede ser un déspota solitario, que de relaciones no sabe nada. Al contrario, siendo absolutamente único, su interna sustancia es la comunicación, la relación, el amor: la armonía y la perfecta unidad entre los distintos. Y el amor es siempre, en sí mismo, una buena noticia, que tiende a comunicarse, a compartirse. Así que Dios crea el mundo y al hombre para incluirlo en esa relación en que consiste misteriosamente su propio ser. No nos llama a una alianza cualquiera (por ejemplo, comercial o de intereses), sino a esa alianza profunda y decisiva que son las relaciones familiares. Esta es la gran novedad que nos ha traído Jesucristo.

Sabemos que nuestras imágenes no pueden expresar adecuadamente el misterio inaccesible de Dios. Pero sí que hay imágenes que lo expresan mejor, y ésas son las que mejor nos definen a nosotros mismos: las ligadas a las relaciones familiares. Dios como Padre quiere incluirnos en la filiación por medio de su Hijo. Jesús se refería a Dios en términos de extraordinaria cercanía y familiaridad: al hablar de Dios como de su Abbá, que es el equivalente arameo de “papá”, Jesús está subrayando una relación de inaudita intimidad, que lo equipara con Dios. Y su Evangelio, su Buena noticia, consiste en que esa relación paterno-filial se abre como una posibilidad de vida para todos los seres humanos.

De esto nos habla Pablo en la carta a los Romanos. Si nos abrimos al Dios que viene al encuentro, si nos dejamos tocar por su Espíritu, descubrimos de manera no sólo teórica, sino vital, que Dios no es un abstracto Principio de todo, ni sólo un Primer Motor del mecanismo universal, sino un ser personal que funda y sostiene nuestra libertad; un Dios que al venir al encuentro y hacerse cercano en su Hijo Jesucristo llega incluso a padecer con nosotros y por nosotros, para así compadecerse de todos. Y si Él se une a nosotros en nuestros padecimientos, al participar nosotros en los suyos, podemos sentir que el Abbá de Jesús es también el nuestro, y así nos hacemos partícipes de su gloria, nos convertimos en Él en hijos de Dios y coherederos de su vida resucitada.

El Evangelio, por fin, nos recuerda que esa cercanía de Dios es un imagesproyecto, algo que está siempre en camino, y del que todos los que hemos creído somos responsables ante los demás, ante el mundo entero. Nos convertimos en cierto sentido en la voz del Dios que llama al encuentro e invita a la comunicación con Él por medio del bautismo. Jesús nos envía a anunciar al Dios cercano siendo y haciéndonos nosotros mismos cercanos, anunciando con palabras y obras la cercanía de Dios. Cuando tratamos de hacerlo, la sentimos nosotros mismos y pueden sentirla los demás: Jesús y, con Él, el Padre, por la mediación del Espíritu Santo, está con nosotros “hasta el fin del mundo”. Este “hasta el fin del mundo” puede entenderse en varios sentidos: siempre, hasta que el mundo se acabe (no sabemos cuándo); en todas partes, hasta los últimos rincones del mundo (también en mi propio rincón); y hasta las últimas consecuencias, pase lo que pase, incondicionalmente (hasta la muerte).

En un Dios así, la verdad, merece la pena creer.

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PENTECOSTÉS

mayo 23, 2015

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles 2,1-11 Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 12, 3b-7.12-13 Hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo

Lectura del santo evangelio según san Juan 20, 19-23 Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. Recibid el Espíritu Santo 

El Espíritu de Jesús y los otros espíritus 

imagesRecuerdo que hace ya bastantes años, leyendo la novela de Alejo Carpentier (excelente escritor y gran apologeta de la revolución cubana), “La consagración de la primavera”, me encontré con una descripción de lo que es el “espíritu” que me impresionó. Pretendiendo negar la existencia real de “espíritus” en sentido estricto, decía Alejo que el espíritu sólo existe en el sentido en que se habla, por ejemplo, del “espíritu imperial”, o del “espíritu revolucionario”. Ese género de espíritu es una realidad muy difícil de definir, pero de una enorme eficacia práctica. Porque quien tenga espíritu imperial (o imperialista) adoptará, sin duda, una determinada perspectiva sobre los acontecimientos de la historia, un determinado orden de valores y de criterios de acción y de selección… Ese espíritu le dará inspiración, orientación, impulso. Lo mismo sucederá, pero con otros contenidos muy distintos, a quien posea un espíritu revolucionario, o democrático, o el que sea. Esa realidad tan escurridiza del espíritu tiene la enorme fuerza y eficacia de modelar, a fin de cuentas, el corazón del hombre. Eso que San Agustín llamaba el “ordo Amoris” del hombre, la jerarquía no teórica sino vital de los propios amores (y odios), las preferencias, las opciones fundamentales, todo ello es producto de un cierto espíritu rector de nuestras vida. Y está claro que todos tenemos alguno. Pues, incluso del que se deja simplemente llevar, puede decirse que tiene un “espíritu acomodaticio”.

Al tratar de reducir el espíritu a una vaporosa inspiración Alejo Carpentier estaba señalando, tal vez sin darse cuenta, su enorme importancia y su concreción práctica. Sin un determinado espíritu el corazón humano se desparramaría desorientado y sin rumbo. Otra cosa es que la orientación sea buena o mala, que el rumbo nos lleve a la meta o nos pierda sin remedio.

También existe un “espíritu” que inspira la vida y configura el corazón de los cristianos. A veces tenemos la sensación de que ciertas personas que se confiesan muy creyentes carecen, sin embargo, de verdadero espíritu cristiano, vistas sus actitudes vitales. No es lo mismo decirse cristiano que serlo de verdad. Ya decía Jesús que “por sus obras los conoceréis” (Mt 7, 6), y que “no todo el que dice Señor, Señor, entrará en el Reino de los Cielos” (Mt 7, 21). No significa esto que el credo y su contenido objetivo no sean importantes. Pero creer no es sólo un acto mental y teórico, sino una relación viva con Jesucristo y con su Padre, y es esto lo que determina el carácter cristiano de una vida: como se dice a veces (con ese lenguaje algo técnico de la teología), la ortodoxia (la recta doctrina), requiere la “ortopráxis” (la actuación en consecuencia); o, dicho con más sencillez, la fe sin obras está muerta (cf. St 2, 17). Y de esto hablamos al referirnos al espíritu. Es muy difícil definirlo, decir en qué consiste, “verlo” o imaginárselo. Pero es él precisamente el que nos define y configura, el que da contenido y consistencia a nuestra vida, el que nos permite “ver” a Jesucristo, por ejemplo, en la Palabra, en los sacramentos y en nuestros prójimos, de modo especial en los que sufren, es ese espíritu el que da imaginación y creatividad a la fe, como se ve en los múltiples carismas que adornan a la Iglesia.

Así que también del espíritu cristiano podemos decir que lo conocemos por sus obras. ¿Qué obras son images-1esas? La tradición habla de los siete dones del Espíritu Santo: sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios. Pero nosotros nos vamos a centrar sólo en lo que la Palabra de Dios nos dice hoy sobre este misterioso y, sin embargo, poderoso Espíritu.

Lo primero que llama la atención, ya en el texto de los Hechos, es que se trata de un espíritu personal: se reparte “sobre cada uno”. Es decir, no se trata de un espíritu uniformador, que va a la masa y nos corta a todos por el mismo patrón, como sucede con ciertos espíritus que andan por ahí: nos someten al lecho de Procusto, sea de alguna ideología dura, sea a esa forma en apariencia suave, pero que nos va apretando poco a poco y ya amenaza con dejarnos sin respiración, de lo “políticamente correcto”.

El espíritu cristiano no es así y, si a veces lo parece, es que se nos ha colado algún otro espíritu que no es el genuino. Y es que este espíritu, por ser personal, es, además, un espíritu de apertura. Lo subraya de nuevo el libro de los Hechos, y también el Evangelio de Juan. En este último, el Espíritu que Jesús derrama sobre los discípulos los libera de la cerrazón en que se encontraban “por miedo a los judíos” y los abre y envía al mundo entero. En los Hechos se expresa esto mismo diciendo que “empezaron a hablar en lenguas extranjeras”, en lenguas del mundo entero (y el autor del texto se toma la molestia de enumerar las regiones de donde procedían aquellas gentes devotas, y que abarcaban todo el mundo entonces conocido). El espíritu cristiano debe hablar en una lengua que todos puedan entender. Tal vez sepamos por experiencia lo que significa encontrarse en un ambiente en el que no entiendes nada. Puede ser por el hecho elemental de que no conoces el idioma. Si te encuentras en un lugar en el que sólo puedes comunicarte en una lengua que no conoces, la sensación de bloqueo, agotamiento y depresión es tremenda. Pero también sucede con frecuencia que esos bloqueos no dependen del idioma. Existen ambientes herméticos, que te hacen sentir con fuerza que eres un extraño y un advenedizo, que estás de más; o situaciones en que tienen lugar “diálogos de sordos”, donde el entendimiento se hace imposible por más que se hable un mismo idioma. Al final, el problema del idioma se puede resolver: con paciencia los idiomas se aprenden; y mientras no se conocen, siempre es posible encontrar algún alma buena, que te hace sentir bien con su actitud de acogida, o que te hace de intérprete… El problema de la comunicación es sobre todo un problema de “espíritu”, de configuración del corazón. Por eso, el libro del Génesis (11, 1-9, un texto que se lee en la misa de la víspera de esta solemnidad de Pentecostés), interpreta la pluralidad de las lenguas como un signo de la falta de entendimiento entre los hombres y los pueblos, consecuencia del orgullo. El idioma universal que todos pueden entender es el del amor sin fronteras, sin barreras nacionales, ideológicas o religiosas. El otro puede ser para mí una persona extraña, pertenecer a una ideología que no comparto, a un credo que no es el mío, a una cultura que me resulta extraña… Pero, a pesar de todo eso, puedo mirarlo como a un semejante, alguien al que puedo hacer el bien y aceptar por su condición personal, por ser un tú insustituible. El espíritu de apertura, que inaugura el lenguaje del amor, y el espíritu personal, como vemos, se dan la mano, son el mismo espíritu. La iglesia y los cristianos tenemos que examinarnos de este idioma, tratar de ver hasta qué punto estamos abiertos más allá de toda frontera, o si hay grupos y regiones (no sólo geográficas, sino de todo otro tipo) con los que no estamos dispuestos a cruzar una palabra.

El lenguaje del amor se expresa en la vida de la Iglesia en las obras de misericordia, en las iniciativas a favor de los pobres, de los que sufren, de los marginados… Es curioso que este lenguaje lo entiende prácticamente todo el mundo (con tal de que haya un mínimo de buena voluntad, que es lo que se puede entender bajo el “gentes devotas” de la primera lectura). Incluso los que se declaran o indiferentes o abiertamente contrarios a la fe reconocen la bondad de esas expresiones del amor.

Ahora bien, ese lenguaje tan comprensible, ¿de qué habla? Porque si es un lenguaje universal, no puede ser, sin embargo, un lenguaje indeterminado, dotado de muy buena pronunciación, pero que no habla de nada. El lenguaje del amor inspirado por el espíritu cristiano es un lenguaje que confiesa. El que ha recibido este espíritu confiesa que Jesús es Señor: “Nadie puede decir: Jesús es Señor, si no es bajo la acción del Espíritu Santo”. De modo que el espíritu cristiano es, además, un espíritu de unidad: se divide repartiéndose, para unir en torno al Señor Jesús. Apoyándonos en lo que ya hemos entendido sobre el espíritu cristiano, podemos comprender sin dificultad que no se trata de una unidad que nos hace a todos ser “lo mismo”, sino que se forma de la armonía (fruto del amor y la apertura mutua) entre los diversos (la dimensión personal). Lo explica muy bien Pablo al hablar del único Señor y del único Espíritu, pero que hacen posible y fundan la diversidad de los dones y las funciones, como los diversos miembros de un mismo cuerpo.

Es claro que la presencia del espíritu cristiano en nosotros no elimina de un plumazo nuestras limitaciones y defectos; por eso mismo, tampoco desaparecen, como por arte de magia, los conflictos en nuestras relaciones. El espíritu cristiano no es un elixir mágico, sino, lo hemos dicho ya, una configuración del corazón que lleva su tiempo y no elimina nuestra libertad (¡es un espíritu personal!). Pero su presencia nos permite no sucumbir a estos conflictos ni ahogarnos en nuestros defectos: el espíritu que nos da Cristo es, también, un espíritu de perdón, que nos lleva a pedir perdón cuando pecamos, y a perdonar a los que nos ofenden. La fuente de la verdadera paz no es un Nirvana impersonal, que anestesia el alma y se encierra en sí para evitar todo dolor. La paz verdadera es la que nos da Jesús, tras atravesar la prueba de la cruz (por eso nos muestra las manos y el costado: son sus heridas, que son las nuestras), la que procede de la alegría del reconocimiento mutuo, que implica también el mutuo perdón.

imgresAsí pues, el espíritu cristiano es un espíritu personal, de apertura, que habla el lenguaje universal del amor, que confiesa a Jesús como Señor y Salvador, es un espíritu de unidad, paz, alegría y perdón… Podemos comprender que este espíritu no es simplemente “un espíritu” (una fantasmagórica e indeterminada inspiración), sino “el Espíritu”, el Espíritu de Jesús, el que une al Hijo con el Padre, y es el Amor en persona, porque él mismo es una Persona. No sabemos definirlo, ni lo vemos, pero nos define y configura y, como la luz, ella misma invisible, nos permite ver: ver a Dios en sus criaturas, a Cristo en sus pequeños hermanos, la salvación donde parece no haber salida. Cristo nos ha donado su Espíritu, el Espíritu que nos enseña el lenguaje del amor sin fronteras. Él nos guía y nos acompaña, nos envía a los demás, a todos, a decirles que entre los muchos espíritus que hay en el mundo hay uno, con mayúsculas, que nos renueva por dentro, y que quiere posarse también en nosotros, en mí, en ti, en cada uno, para unirnos sin uniformarnos, para que cada uno pueda ser plenamente sí mismo y ofrecer libremente su riqueza a los demás, diciendo más con las obras que con las palabras: “paz a vosotros”.

La Ascensión del Señor

mayo 16, 2015

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 1, 1 – 11 Lo vieron levantarse

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios 1,17-23 Lo sentó a su derecha en el cielo

Conclusión del santo evangelio según san Marcos 16, 15-20 Jesús subió al cielo y se sentó a la derecha de Dios 

Has recibido una carta

imgresEn la fiesta de la Ascensión todos hemos recibido una carta. Es la carta de Lucas, un testigo de primera hora, dirigida a Teófilo. Es curioso que este misterioso Teófilo no haya pasado a la devoción popular: no se celebra su fiesta, ni se le dedican parroquias, tampoco, al parecer, se conservan reliquias suyas. Sólo hemos conservado de él esta carta que le escribió Lucas: una carta larga, en dos partes. La primera, todo un Evangelio (el tercero, tal como se suele presentar en las Biblias), la segunda es algo así como el quinto evangelio, el evangelio de la misión, de la transmisión de la Buena Noticia a todo el mundo entonces conocido. Se ve que desde los primeros tiempos los cristianos comprendieron que Teófilo (el amigo de Dios) somos cada uno de nosotros (por tanto, también se llama Teófila) y que para cada uno de los que se interesan por Jesús, por el Evangelio, se ha escrito y enviado esta carta. Así que, sintiéndonos personalmente concernidos por lo que Lucas nos envía, nos aprestamos a leer con atención lo que nos quiere decir.

Y nos encontramos, en primer lugar, con la Ascensión de Jesús a los cielos. Lucas lo presenta como una cierta culminación del camino terrestre de Jesús y como el comienzo de una nueva etapa, precisamente la de la misión universal de la Iglesia: desde Jerusalén, por Judea y Samaria y hasta los confines del mundo, que para Lucas significan Roma, la ciudad en la que termina la narración, pero no la historia, pues la de Lucas es una narración abierta.

La Ascensión de Jesús a los cielos, esto es, a su Padre, es el movimiento correlativo y complementario al de su Encarnación. En esta última el Logos, la Palabra, el Hijo de Dios se abaja y se inclina para hacerse encontradizo con el hombre. Pablo lo expresa con extraordinaria fuerza en su carta a los Filipenses: “se despojó”, “se humilló”, “tomó la condición de siervo” (cf. Flp 2, 7-8). Ese abajamiento realizado para compartir en todo la condición humana, llegó al extremo cuando asumió la muerte humana: “hasta la muerte y muerte de cruz”. Pero “por eso Dios lo levantó sobre todo” (Flp 2, 9). En la Ascensión, que debemos entender como una manifestación más de la Resurrección, Jesús eleva nuestra condición humana hasta la altura del mismo Dios. Así pues, Dios se abaja en Cristo para elevar al hombre: para restaurar la imagen de Dios que él lleva en sí, y que ha quedado desfigurada por el pecado, y, todavía más, para hacerle partícipe de la condición de hijo de Dios.  

Es claro que no debemos entender este “ascenso”, este “subir” en sentido meramente físico, aunque Lucas lo describa de ese modo. A veces se tiene la sensación de que ciertas expresiones antirreligiosas (que hoy en día se están extendiendo con bastante virulencia) son tan ingenuas, si no más, que ciertas formas de creencia religiosa. Recuerdo las clases de filosofía de un viejo profesor soviético en Krasnoyarsk, que hacía frecuentes citas bíblicas, leyendo los textos con la misma literalidad que el más simplón de los fundamentalistas (sólo que a la contra, claro). En ese sentido cabe entender la famosa frase de Yuri Gagarin, el primer astronauta, tras su viaje espacial: “no he visto a Dios”. Es evidente que la Ascensión de Jesús no fue un viaje al “arriba” cósmico.

Existen dimensiones “superiores” que sólo se ven si se tiene abierto algo más que los ojos, como le decía el zorro al Principito: “sólo se ve bien con el corazón, lo esencial es invisible a los ojos”. Es de esa altura de la que nos habla hoy la Ascensión: el “altum” que significa al mismo tiempo “profundo”, como le dice Jesús a Pedro: “duc in altum” (Lc 5,4), ve a alta mar, allí donde las aguas son profundas. Hace una semana comprendíamos que el compendio de la resurrección de Jesús y de nuestra vida en él consiste en el amor, ese “carisma superior”, esa “vía mejor” de la que habla también Pablo en su extraordinario himno a la caridad. No es posible “ver” a Dios elevándose sólo físicamente, incluso aunque uno se eleve hasta el Cosmos. Pero quien se eleva por encima de la superficialidad cotidiana, del egoísmo, de la atención exclusiva a sus intereses más inmediatos y pedestres, puede llegar a “ver” a Dios incluso en las situaciones más difíciles y dramáticas: como los tres jóvenes del libro del Profeta Daniel, que, condenados al tormento, entonan el canto de alabanza a Dios que se puede percibir en toda la creación: “Criaturas todas del Señor, bendecid al Señor, Aguas, Sol y luna, lluvia y rocío…, bendecid al Señor” (Dn 3, 57-88). Y lo mismo le sucede al pobrecillo de Asís, que compuso su cántico de las criaturas en medio de la enfermedad y el sufrimiento: “Omnipotente, altísimo, bondadoso Señor… Loado seas por toda criatura, mi Señor…”.

La Resurrección de Jesús, por la que ha ascendido al Padre y elevado a la humanidad a esa misma altura, significa el rescate de esas dimensiones superiores y profundas, las más nobles, las que ennoblecen y salvan así nuestra vida, y es la invitación a participar de ellas, a vivir en y de ellas. Es de esta posibilidad abierta para nosotros por Jesucristo de lo que nos habla hoy Pablo en esa otra carta que hemos recibido de él: el espíritu de sabiduría, la iluminación de los ojos del corazón, la compresión de los tesoros que nos ha donado, la posibilidad de una vida superior que nos libera de las ataduras que frecuentemente nos esclavizan, que empieza ya ahora (por el misterio de la cruz y el mandamiento del amor) y que, al ser más fuerte que la muerte, vale para vivir en este mundo y en el mundo futuro.

Todo esto se ha hecho presente en la historia gracias a la encarnación, muerte y resurrección de Jesucristo, y ahora se tiene que comunicar a toda criatura por medio del testimonio de los discípulos. Porque esta altura de la que hablamos no es tampoco algo que está “arriba” sólo para que lo contemplemos. Es preciso caer en la cuenta de algunos peligros encerrados en una mala comprensión de los tesoros que Jesús ha abierto para nosotros. Uno es, precisamente, el del misticismo. De ahí la advertencia de los misteriosos varones vestidos de blanco (que inevitablemente recuerdan las primeras experiencias de la Resurrección): “¿qué hacéis ahí plantados, mirando al cielo?” Hay un aire de reproche o, al menos, de ironía en ese “ahí, plantados”. Efectivamente la altura de que se trata aquí está entre nosotros (es Jesús en medio de nosotros), y delante de nosotros: es la misión que él nos confía; en el futuro (“volverá”). Los otros peligros de que debemos hablar hoy se refieren precisamente a la misión y su forma de realización. Esta se puede entender como una campaña de conquista, de imposición de ciertos esquemas culturales. Los “galileos” que se quedaron mirando al cielo le habían preguntado al Señor, justo antes de su Ascensión “¿es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel?” Seguían apegados, al parecer, a viejos esquemas que asociaban el Reino de Dios a una cierta supremacía social y política. Se percibe incluso cierta impaciencia en la pregunta: “¿es ahora cuando por fin, de una vez, vas a restaurar?” Jesús les quita una vez más esa idea de la cabeza: el Reino de Dios no es de este mundo (cf. Jn 18, 30), porque “no es comida ni bebida, sino justicia y paz y gozo por el Espíritu Santo” (Rm 14, 17). Es verdad que hoy en día estamos relativamente curados de la tentación de la conquista cultural. Es uno de los aspectos positivos de la secularización. Pero ha habido otra tentación que, tras el Vaticano II vino a suceder a aquel esquema y que sigue en parte vigente. Es la idea de que Jesús vino a “transformar este mundo” en sus estructuras políticas, económicas, sociales, a introducir una especie de revolución, al estilo de las revoluciones sociales y políticas del mundo moderno. Esta forma de entender la fe cristiana tuvo mucha fuerza en la segunda mitad del siglo pasado, como una forma de reivindicar al cristianismo frente a los humanismos revolucionarios de diverso tipo que criticaban a la fe por ineficaz y por avalar ideológicamente un orden social injusto (ya se sabe, lo del “opio del pueblo”). Hoy día sigue presente en una forma de entender “el Reino” de Dios, como una suerte de humanismo horizontal, ecológico, pacifista y abierto a todos pero sin confesión expresa, que lima todo contenido de fe determinado para favorecer ese ecumenismo ético universalista e, inevitablemente, de mínimos.+ En realidad, tampoco por ahí van los tiros, al menos si se toma esta tensión transformista del mundo de modo unilateral. El Reino no se impone ni se expande ni por vía de conquista, ni por la de la revolución social. La transformación a que llama empieza por el propio creyente: creer y bautizarse. Y la misión que éste recibe es la de “testimoniar”: “seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los confines del mundo.” En medio de este mundo viejo se ha hecho presente el Reino que es la presencia misma de Jesús, su modo de vida, su nueva forma de relación con Dios (Padre) y con los otros seres humanos (hermanos). Esta presencia es real, sus valores son posibles, el hombre aceptando en fe a Jesucristo, sin dejar de ser “galileo” (lo que es), se convierte en ciudadano de este Reino, lo que, lejos de encerrarle en nuevas fronteras, le abre al mundo entero (“hasta los confines del mundo”), le hace miembro de Cristo, testigo de su vida, muerte y resurrección. Así que no se trata de conquistar o de “transformar con tensión revolucionaria”, sino de proponer desde la propia libertad y respetando la libertad de los demás, el testimonio de estas posibilidades superiores que en Cristo se han hecho presentes. En medio de la historia y el mundo viejo hemos descubierto que en Cristo podemos vencer al mal en nosotros (expulsar demonios), abrirnos a dimensiones nuevas (hablar lenguas nuevas, ante todo, el lenguaje del amor), perder todo temor (a serpientes y venenos), hacer el bien sin condiciones (curar enfermedades).  

Se podrá decir que los peligros de que hablábamos antes han sido pecados históricos reales de la Iglesia. Es que los discípulos de Jesús somos Galileos, gentes de carne y hueso, iguales que los demás, sometidos a todo tipo de condicionamientos y, por tanto, también a esas tentaciones y expuestos a caer en ellas. Pero esto, con tener sus riesgos, tiene la ventaja de evitar creernos mejores y superiores a nadie. Si nosotros, que somos como todo el mundo, hemos creído y hemos encontrado en esta fe esas posibilidades superiores, más altas y profundas de que nos habla hoy la Ascensión, es que también los demás pueden creer. Además de galileos somos Teófilos, amigos y buscadores de Dios. Y si podemos salir de nuestra aldea galilea y llegar hasta los confines del mundo (que para cada uno es allí donde se encuentra pues ser cristiano es vivir en la frontera) para dar testimonio de la propia fe, es porque confiamos que en cada ser humano, a veces muy en lo profundo, se encierra un Teófilo, deseoso de conocer a Jesús y de “todo lo que fue haciendo y enseñando hasta el día en que, movido por el Espíritu Santo, ascendió al cielo”.