Archive for 26 septiembre 2015

Domingo 26 del Tiempo Ordinario (B)

septiembre 26, 2015

Lectura del libro de los Números 11,25-29 ¿Estás celoso de mí? ¡Ojalá todo el pueblo fuera profeta!

Lectura de la carta del apóstol Santiago 5, 1-6 Vuestra riqueza está corrompida

Lectura del santo evangelio según san Marcos 9, 38-43. 45. 47-48 El que no está contra nosotros está a favor nuestro. Si tu mano te hace caer, córtatela

La radicalidad de la apertura

imgresEn las dos semanas pasadas Jesús nos ha anunciado el difícil mensaje de la Cruz. La fe vivida con coherencia implica la disposición a aceptar persecuciones y, si llega el caso, al sacrificio de la propia vida. Pero la disposición al martirio no debe convertirse en los creyentes en victimismo, en cerrazón sectaria o en un rigorismo pronto a condenar a los demás. Existe, en efecto, un rigorismo de la fe que puede llevar al fanatismo, a la negación del distinto, a la disposición a acabar violentamente con los “desviados”. Por desgracia, la historia ha sido generosa en ejemplos de esta perversión de la experiencia religiosa, y hoy mismo abundan los fundamentalismos, más prontos a matar que a dar la vida, pese que algunos de estos matones se autodenominen “mártires”.

El Evangelio de Jesús es, por el contrario, un espíritu de apertura que, sin renunciar a las propias convicciones religiosas y morales, incluso estando dispuesto a dar la vida por ellas, sabe descubrir las huellas del Dios en todo el mundo. Es esta apertura la que nos enseña Jesús en el evangelio de hoy cuando, de modo similar a lo que hace Moisés con Josué, corrige el exceso de celo de Juan: no se debe impedir a otros hacer el bien en el nombre de Jesús, pues quien “no está contra nosotros, está a favor nuestro”. Es verdad que en otros momentos Jesús parece expresar casi lo contrario, cuando afirma que “el que no está conmigo está contra mí” (Mt 12, 30 y Lc 11, 23). Pero esa contradicción es sólo aparente, pues la verdadera cuestión es en qué consiste “estar con Jesús”. No se puede entender este “estar con Jesús” como una actitud numantina, cerrada y a la defensiva, excluyente y agresiva con toda forma de diversidad. Al contrario, desde la experiencia del encuentro con Jesús y la confesión de él como el Cristo, el creyente sale de sí hacia el mundo con un corazón nuevo y una mirada transfigurada para ver las semillas del Verbo presentes en la creación, para, como nos exhorta San Pablo, tener en cuenta “todo cuanto hay de verdadero, de noble, de justo, de puro, de amable, de honorable, todo cuanto es virtud y cosa digna de elogio” (Flp 4, 8), no para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él (Jn 3, 17), para buscar y rescatar lo que estaba perdido (cf. Lc 19, 10).

Así pues, la confesión del nombre de Jesús como el Mesías y el Salvador del imagesmundo en el altar de la Cruz produce un anuncio que no es una conquista, una campaña para hacer prosélitos para el propio partido, esto es, para la propia parcialidad, sino una proclamación de que el bien y la verdad y la belleza, y todo lo que de positivo hay en el mundo, tienen una raíz (un Creador) y también una meta (un Salvador) que ha venido a visitarnos y con el que podemos encontrarnos. Es un anuncio que no violenta ni impone su verdad, sino que la propone desde el respeto a la libertad de cada uno y desde el reconocimiento de la bondad presente en cada ser humano, en cada pueblo y cultura. Sólo desde esa positividad se pueden y deben denunciar las formas de maldad presentes también en el mundo, y que impiden una plenitud, que ahora es posible precisamente porque la fuente del bien y la verdad se ha encarnado y hecho cercano en Jesucristo. Este espíritu de apertura y diálogo, que no impone sino que propone, ve en los otros no sólo “destinatarios” de la misión, sino sobre todo “interlocutores” con los que Dios, por medio de Jesús y de sus discípulos, quiere iniciar un diálogo. Porque sólo de forma dialogal puede entenderse la revelación de un Dios que se nos ha manifestado como Palabra que interpela nuestra libertad y nos llama a una respuesta libre.

El verdadero espíritu cristiano acepta y afirma que el bien no es patrimonio exclusivo de nadie. Ni tan siquiera Jesús lo pretende, a tenor de su corrección a Juan. Jesús no deja que sus discípulos hagan de él, el Maestro bueno, una propiedad privada. Pero no siendo patrimonio exclusivo de nadie, no por eso deja de tener una fuente y una raíz: un Dios (el único bueno), fuente de todo bien y Padre suyo. Los cristianos tenemos que hacer nuestra la apertura universal (católica) de Jesús, renunciando a poseerlo, pero siendo radicales en la pertenencia a su persona, tratando de vivir como él vivió.

Esta pertenencia radical a Jesucristo, que se abre sin límites al bien presente por doquier, es lo que nos hace entender la aparente intransigencia con toda forma de mal que el mismo Jesús nos propone en la segunda parte del evangelio de hoy, y que con tanta fuerza expresa el apàosotol Santiago. El contraste puede sorprendernos, pero no debe hacerlo, pues la pertenencia radical a Cristo nos debe llevar a romper con toda forma de mal, aunque ello nos parezca a veces, desde la lógica de este mundo, una pérdida dolorosa. Así es como deben entenderse las llamadas a perder un ojo, una mano o un pie. Porque la confesión de Jesús como el Cristo es la experiencia positiva del Bien que nos viene al encuentro con rostro humano y que quiere alcanzar a todos (apertura dialogal y universal), precisamente por eso hay que ser intransigente con el mal, que es un espíritu de cerrazón y de exclusión. El que está dispuesto a dar la vida por el Bien y la Justicia, por la fe en Jesucristo y en Dios Padre, ese tiene que renunciar (a veces con dolor) a falsas promesas de vida y felicidad que se alcanzan a costa del bien de los demás (el escándalo de los pequeños y la explotación de los pobres que denuncia Santiago), y, en realidad, a costa del propio y verdadero bien: el Reino de Dios en el que merece la pena entrar, incluso tuerto, manco o cojo.

Frente a la injusticia de los aprovechados que quieren vivir a cualquier precio (como el del salario ajeno), y frente al fanatismo intransigente del que está dispuesto a matar al “infiel”, llegando hasta el extremo de morir matando, el seguidor de Jesús se ha de caracterizar por la radicalidad del que está dispuesto a dar la vida por los demás, por su fe: con el ánimo sereno de morir sin matar.

Anuncios

Domingo 25 del Tiempo Ordinario (B)

septiembre 20, 2015

Lectura del libro de la Sabiduría 2, 12. 17-20 Lo condenaremos a muerte ignominiosa

Lectura de la carta del apóstol Santiago 3, 16-4, 3 Los que procuran la paz están sembrando la paz, y su fruto es la justicia

Lectura del santo evangelio según san Marcos 9, 30-37 El Hijo del hombre va a ser entregado. Quien quiera ser el primero, que sea el servidor de todos

 

La elección de la cruz y el camino del servicio

images-1Jesús continúa con sus discípulos la enseñanza sobre la cruz que había iniciado en Cesárea de Filipo. La incomprensión y oposición que esta enseñanza provoca hace que Jesús la limite exclusivamente a los más cercanos y que evite el encuentro con las masas. En verdad, el mensaje de la cruz sólo puede ser comprendido en el trato personal con el Maestro y, aún así, entenderlo y, sobre todo, aceptarlo no es cosa fácil. Y más si nos damos cuenta de que la cruz no es sólo la aceptación resignada de males que no podemos evitar, sino también un destino elegido. Esta es la clave que nos ofrece la primera lectura. Como un eco de los poemas del siervo de Yahvé del segundo Isaías (cf. Is 42, 1-7; 49, 1-7; 50, 4-9; 52, 13-15. 53, 10) este texto nos habla de la persecución del justo, que, en un dramático crescendo, llega hasta la condena a una muerte ignominiosa. Existen, de hecho, formas pasivas de presencia de la cruz que no podemos ni debemos buscar, como la enfermedad o la pobreza. Son males indeseables que, cuando resultan inevitables, hemos de tratar de sobrellevar, descubriendo en ellos un sentido que nos une a la cruz de Jesucristo. Pero, en la medida en que podamos evitarlos, debemos hacerlo, respecto de nosotros mismos, procurándonos con honestidad la salud y los medios de una vida digna; y también respecto de los demás, ayudando según nuestras posibilidades a los que sufren a causa de cualquier necesidad material. Jesús mismo alivia el hambre y la enfermedad de los que sufren, enseñándonos con ello que también nosotros debemos ayudar a los que padecen a superar sus males.

En cambio, el texto de la Sabiduría nos habla de una forma de sufrimiento que procede de la propia coherencia de vida, del compromiso conimages la verdad y la justicia, de la fidelidad a la propia conciencia y a Dios. No es raro que esta fidelidad y coherencia se atraigan la enemistad de algunos, del ambiente dominante que nos rodea, que no puede soportar un comportamiento que, por sí mismo, y aun sin pretenderlo, es una denuncia que pone al descubierto la inmoralidad entorno. La consecuencia de esta coherencia suele ser el rechazo y la persecución, en ocasiones incruenta (ridiculizar, difamar, hacer el vacío…), pero que a veces también llega hasta el derramamiento de sangre. Se trata así de acallar la voz incómoda del profeta, presionándola para que se amolde a formas de maldad socialmente aceptadas. Y, ante esta presión, el perseguido tiene que hacer una elección. Puede ceder y evitar la persecución adaptándose, y renunciando así a su propia conciencia, a sus convicciones morales o religiosas. Pero, a diferencia de las otras cruces, que en lo posible deben ser evitadas, aquí la única opción válida es la de aceptar la persecución para mantenerse fiel a uno mismo, al bien, la verdad, la justicia y la fe. Es decir, esta forma de cruz, si se presenta, ha de ser expresamente elegida, y siempre debemos estar en la disposición de cargar con ella. Así hay que entender este caminar lúcido y libre de Jesús hacia Jerusalén, donde sabe que le espera un proceso injusto y una muerte ignominiosa.

Y ese es el sentido de las palabras con las que Jesús cerraba el evangelio de la semana pasada: “el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio la salvará”. Estas palabras nos ayudan a comprender que elegir esta forma de cruz no tiene nada que ver con una especie de masoquismo espiritual, ni de heroísmo trágico. El anuncio de la pasión va acompañado de la profecía de la resurrección. El mensaje de la cruz es un mensaje pascual, que sin ocultar el rostro terrible y amenazante de la muerte, y una muerte de cruz (es decir, atroz e injusta), habla también del triunfo final del bien, de la justicia y de la vida.

La instrucción a los discípulos, que de momento son incapaces de entender, significa que quien sigue a Jesús ha de aceptar no sólo el hecho de su trágico final, sino la disposición a vivir del mismo modo que él, con la misma coherencia y con las consecuencias negativas que pueden sobrevenir, como el único camino de salvación verdadera. Es una instrucción de vital importancia porque, como se ve en el texto de hoy, mientras Jesús les habla de su próxima pasión, ellos están preocupados por el éxito en este mundo, por alcanzar posiciones de prestigio y poder, que incluso se disputan entre sí. Se puede decir que, al menos de momento, están en ondas completamente distintas. Pero Jesús no desespera por ello. Al contrario, toma pie en esa discusión de los apóstoles para introducirlos en la sabiduría de la cruz por la vía pedagógica del espíritu de servicio.

imgresFrente a la lógica del poder, que busca el reconocimiento, la fama, la riqueza, el ser servido, Jesús propone otra forma de primacía: por un lado, hacerse servidor. No se trata de adoptar un espíritu servil, sino de hacer una libre elección. El servicio realizado libremente es parte de la esencia del amor. Pero, para ello, hay que dejar a un lado las actitudes arrogantes y autosuficientes. Y aquí entra en juego la enseñanza sobre los niños. Estos eran en la cultura del momento el prototipo de la insignificancia social. Jesús toma un niño y lo abraza, y lo señala como “el primero” y el más importante. Es claro que para los apóstoles el más importante era Jesús, al que confesaban como Mesías e Hijo de Dios. Pues bien, Jesús les dice que para acogerle a él, el más importante, tienen que acoger a los que, según los parámetros sociales, carecen de importancia, como ese niño, del que hace sacramento de su persona; y acogiéndole a él en los más pequeños acogen al mismo Dios. El verdadero camino de seguimiento de Jesús, que conduce a la salvación y a la vida, es el camino de la pequeñez (como la “infancia espiritual” de santa Teresa de Lisieux), del servicio y de la cruz.

images-2La carta de Santiago nos da un cumplido ejemplo de esta sabiduría de la cruz. Cuando uno elige “ser importante”, “el más importante”, surge inmediatamente el conflicto, la envidia, la rivalidad, el desorden y toda clase de males. Esto es lo que sucede cuando uno pretende ante todo dar satisfacción a sus pasiones, poniendo a su servicio a los demás y las cosas más sagradas. Como atestigua Santiago, esto puede pasar incluso en el seno de la comunidad cristiana. Lo que indica hasta qué punto muchos creyentes siguen y seguimos sin entender ni aceptar el camino de la cruz y del servicio que nos propone Jesús. Y si esto es así, ¿qué testimonio pueden (podemos) dar? ¿Cómo anunciar el evangelio de Jesucristo, del amor y de la paz, si vivimos en contradicción con la enseñanza de nuestro Maestro? Cuando tal sucede, ¿no estamos volviendo sosa la sal y escondiendo la luz bajo el celemín? (cf. Mt 5, 13-16). Una fe vivida de modo tan incoherente hace estéril nuestra vida y vacía nuestra oración. Pero, no lo olvidemos, los discípulos tampoco entendieron enseguida las enseñanzas de Jesús. Igual que ellos, también nosotros estamos en camino, y tenemos la posibilidad de volvernos a la escucha de la Palabra, que es el mismo Cristo, y que nos comunica la sabiduría que viene de arriba, con sus actitudes de paz, comprensión, tolerancia y misericordia, y que da frutos de justicia y buenas obras, de servicio constante y sincero. Esta es la consecuencia de la escucha, acogida y comprensión de la Palabra del Señor, de la sabiduría de la cruz: convertirnos en mensajeros y agentes de paz, primero en la propia comunidad cristiana y, después, en el mundo entero.

Domingo 23 del Tiempo Ordinario (B)

septiembre 5, 2015

Lectura del libro de Isaías 35, 4-7a Los oídos del sordo se abrirán, la lengua del mudo cantará

Lectura de la carta del apóstol Santiago 2, 1-5 ¿Acaso no ha elegido Dios a los pobres para hacerlos herederos del reino?

Lectura del santo evangelio según san Marcos 7, 31-37 Hace oír a los sordos y hablar a los mudos

 

Effetá

images-1La ceguera, la sordera, cualquier género de invalidez física son formas extremas de la limitación propia de nuestra condición humana. Además de estas carencias, adosadas directamente a nuestro cuerpo, también nos limita con frecuencia la hostilidad del ambiente natural, como la aridez de la tierra que nos niega sus frutos. Unos más, otros menos, todos sentimos y experimentamos esas limitaciones y es normal que, cuando aprietan, imaginemos la salvación como la superación de aquello que nos impide vivir en plenitud: ver, oír, hablar, movernos, el desierto que florece como un vergel. Es normal, pero no es suficiente. La película “Los descendientes”, protagonizada por George Clooney en 2011, empieza recordándonos que unas condiciones naturales, sociales y humanas aparentemente envidiables (gente “guapa” y sana que vive en Hawái con un buen nivel de vida) ni garantizan la felicidad ni evitan los sufrimientos a que se ven sometidos todos los seres humanos. Si todo el problema de la felicidad y la plenitud humana se ciñeran a la superación de las limitaciones físicas, la salvación sería cuestión exclusivamente técnica, confiada al adecuado progreso de la medicina, y de las ciencias que nos permiten dominar la naturaleza física. Que esto es insuficiente lo entendemos enseguida al considerar el problema siempre pendiente de la muerte, pero también el problema moral de la justicia, de la distribución de los bienes producidos, al que las soluciones puramente técnicas por sí solas no son capaces de responder.

Por eso, esas desgracias extremas como la ceguera, la sordera (y la mudez) o la parálisis son en el lenguaje bíblico signos sacramentales de otros males más profundos que amenazan la existencia humana de manera radical: males morales y religiosos, como el pecado y el alejamiento de Dios, fuente de todo bien. Se trata de es “Mal”, con mayúsculas, del que pedimos a Dios que nos libre en la oración del Padre nuestro. Y, en consecuencia, los bienes reales representados por la eliminación de las limitaciones y carencias físicas son también indicadores de otros bienes más altos, de la salvación del pecado y la muerte, del Bien supremos, que el ser humano encuentra en la comunión con Dios.

Esta comunión con Dios (y en Él, con todos los demás seres humanos y con la creación entera) es lo que ha venido a traernos Jesús. La anuncia con sus palabras, pero, además, la hace visible liberando al hombre de sus dolencias. Jesús cura enfermedades de manera milagrosa con la fuerza de su palabra. Pero él no es un médico, ni siquiera un taumaturgo. No ejerce su poder benéfico y sanador para sorprender ni para suscitar admiración o promover adhesiones. Con estas acciones manifiesta la fuerza salvadora de su palabra, la efectiva presencia en nuestro mundo del Reino de Dios, el cumplimiento de las antiguas profecías, que inaugura los tiempos mesiánicos. Podemos, pues, entender estos milagros como acciones simbólicas que nos avisan de la voluntad salvífica de Dios que opera de manera real y efectiva por medio de Cristo.

El relato de hoy, de la curación del sordomudo, nos da indicaciones preciosas imagessobre la salvación que Dios nos ofrece en Jesucristo. En primer lugar, su carácter abierto, incondicional y universal: la curación tiene lugar fuera de los límites de Israel, en territorio pagano, igual que la de la hija de la mujer fenicia (cf. Mc 7, 24); en este caso ni siquiera se nos da noticia de la fe ni la pertenencia religiosa de ese hombre. Aunque la expresión curativa de Jesús, “Effetá” (Ephphatha, una forma del imperativo hippataj, “¡Sea abierto!”), que es un término arameo de origen hebreo, puede reivindicar que la salvación, abierta a todos, de hecho “viene de los judíos” (cf. Jn 4, 22), en definitiva, de ese Resto de Israel, que es el mismo Jesús. En segundo lugar, la acción curativa no sólo no busca, sino que evita la publicidad, para obviar malas comprensiones, precisamente, médicas o taumatúrgicas: el peligro de quedarse sólo en el bienestar material (y reducir a esto la salvación), o de provocar una fe interesada. La salvación que ofrece Jesús se debe aceptar sólo por la fe y la acogida de su palabra, y no por posibles ventajas que se puedan obtener.

Jesús, en efecto, al abrir los oídos y la boca del sordomudo está realizando una acción salvífica que llama a ese hombre, y a todos los que la contemplan (a todos nosotros), a abrir los oídos a la Palabra de Dios y la boca a su alabanza.

Ahora estamos en grado de entender mejor el carácter simbólico de las curaciones físicas como expresión de la salvación. No se trata de una mera instrumentalización del sufrimiento físico al servicio de metas “espirituales”. Lo simbólico es la esencia del sacramento: lo que une realidades separadas, a Dios con el hombre, el cielo y la tierra, el espíritu y el cuerpo. Si en la curación física Jesús realiza una acción sacramental que remite a la curación del corazón, herido por el pecado y exiliado de Dios, aquel que ha sido curado por dentro de esta manera se abre a las necesidades concretas de los demás. Y es que si nuestras necesidades, limitaciones y sufrimientos tienden a encerrarnos en nosotros mismos en un movimiento egoísta (bastante tenemos con nuestros propios problemas, solemos decir), la curación que opera Jesús toca nuestro interior, transforma el corazón de manera que podemos empezar a “ver” a los demás con ojos nuevos, a “escuchar” sus gemidos, y acercarnos a ellos para aliviar sus necesidades concretas, incluidas las físicas. Esta concreción es otro de los rasgos sobresalientes en el relato del evangelio de hoy: Jesús, apartándolo de la multitud, busca el encuentro con el enfermo, lo toca allí donde duele, al tocarlo tan de cerca, se hace partícipe de su sufrimiento, le dirige una palabra personal.

Nosotros mismos, si hemos experimentado de alguna forma el poder sanador de Jesús, tenemos que aprender a participar de ese poder, que nos da fuerzas para salir de la cerrazón de nuestros territorios e ir, más allá de nuestras fronteras, al encuentro de los hermanos que sufren, tocándolos y sanando sus enfermedades en la medida de nuestras posibilidades. Aquí el milagro es ya la capacidad de salir de sí. La ayuda concreta podrá realizarse de manera natural, por medio de los adelantos técnicos y científicos (como la medicina, que también entra en el designio de Dios), o de otros (la contribución económica, el voluntariado, la consagración a Dios y al servicio de los demás…). Pero lo importante es que, en la concreción del encuentro, de la capacidad de compadecer y de la ayuda fraterna, estaremos haciendo presente en nuestro mundo el Reino de Dios, la humanidad nueva, al mismo Cristo que la encarna y realiza. En el Evangelio de Marcos hasta los tiempos verbales son significativos: usa el presente, diciéndonos que la salvación no es una vaga promesa de futuro, ni un lejano recuerdo de algo pasado, sino algo de hoy, que está ya sucediendo.

Un ejemplo muy concreto de todo esto nos lo ofrece hoy la carta de Santiago. Este apóstol no se distingue por las sutilezas teológicas, sino precisamente por lo directo de sus expresiones. Quien ha sido curado por Jesús no puede juzgar por apariencias externas ni, en consecuencia, discriminar a los seres humanos por su estatus social o por su aspecto. Pero tenemos que reconocer que sus palabras de hoy son un aldabonazo a nuestra conciencia, pues la mayoría de nosotros seguimos ateniéndonos a esos criterios del viejo mundo, seguimos ciegos para las riquezas de la fe y la herencia del reino. Caigamos en la cuenta de que lo que dice Santiago se puede entender en sentido amplio: los vestidos lujosos o los andrajos por los que discriminamos, respetando a unos y despreciando a otros, pueden ser también de tipo ideológico, cultural, nacional o racial: son fronteras que Jesús, con su ejemplo, nos invita a traspasar. Todos debemos examinarnos al respecto, para, una vez reconocidos los prejuicios que nos impiden reconocer en el otro a un hermano nuestro, acudir a Jesús y pedirle que, una vez más, nos cure, nos abra los ojos, los oídos, la boca y el corazón, para que podamos alabar a Dios, proclamando y testimoniando que “todo lo ha hecho bien”, como Dios en el principio de la creación del mundo, y que nosotros podemos participar de ese mismo poder creador y sanador haciendo el bien al necesitado.