Archive for 26 noviembre 2015

Domingo 1 de Adviento (C)

noviembre 26, 2015

Lectura del libro de Jeremías 33, 14-16 Suscitaré a David un vástago legítimo
Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Tesalonicenses 3, 12-4,2 Que el Señor os fortalezca internamente, para cuando Jesús vuelva
Lectura del santo evangelio según san Lucas 21, 25-28. 34-36 Se acerca vuestra liberación

 

Vivir con la cabeza alta

El nuevo año litúrgico empieza casi como termina el anterior. Incluso el Evangelio que abre este tiempo de Adviento está tomado de los capítulos “apocalípticos” de Lucas, que prácticamente llenan la reflexión de la Iglesia en las últimas semanas del año litúrgico que acaba de terminar.

imagesEl punto en común es, en efecto, la venida del Señor. Es verdad que, al ir declinando el año litúrgico, se pone el acento en “los últimos tiempos” que, como ya sabemos, no hablan sobre todo del “fin del mundo”, sino de la dimensión de ultimidad que hay en la vida humana y que nos invita a tomar decisiones a favor de los valores definitivos frente a los pasajeros, en vista de la segunda venida de Cristo. El Adviento, en cambio, nos va preparando a celebrar la primera venida de Cristo, el nacimiento de Jesús en Belén, hace ya más de dos mil años. Sin embargo, la liturgia nos invita a no separar demasiado estas dos venidas entre las que se tensa la historia humana. La primer venida de Cristo fue objeto de una larga espera por parte del pueblo de Israel, que tomó sobre sí la representación (como pueblo sacerdotal) de la humanidad entera, que, de un modo u otro, vive también en la tensión de la espera, siquiera sea por la presión de las estrecheces y las limitaciones que de múltiples formas experimenta. Lo expresa con su característica fuerza expresiva el profeta Jeremías en la primera lectura. Es verdad que la forma de representarse el cumplimiento de la promesa del nuevo David no se correspondió del todo con lo que sucedió en Jesús de Nazaret, pero nosotros comprendemos desde la fe que el acontecimiento del nacimiento, la vida, la muerte y la resurrección de Cristo supera infinitamente cualquier esperanza mesiánica puramente nacional o política.

Una vez que Cristo ya ha nacido y vivido entre nosotros, la Navidad a la que nos prepara el Adviento no se convierte por ello en un mero recuerdo del pasado. La encarnación de Cristo y su presencia en la historia trasciende la materialidad del tiempo. Es verdad que ya ha sucedido. Es cierto que nosotros tenemos noticia de ello y, no sólo, sino que lo acogemos con la fe que reconoce en esos acontecimientos históricos la presencia poderosa, a la vez que humilde y salvífica, de Dios. Pero que ese acontecimiento trasciende la historia en su materialidad quiere decir que lo que significa está todavía en camino. Por un lado, son muchísimos los seres humanos que no han tenido noticia del mismo. Sea porque no lo saben en absoluto, sea porque, sabiéndolo como un dato histórico, no comprenden su significado real (no lo aceptan con fe). Para todos ellos, Jesús, el Cristo está todavía por nacer. Para ellos, la historia se mueve por derroteros ajenos al designio amoroso y salvífico de Dios, desconocen que la eternidad se ha hecho presente en el tiempo, que la muerte ya ha sido vencida, que Dios nos ha mostrado su rostro paterno, que, en consecuencia, en ese hombre de Nazaret hemos adquirido la dignidad de hijos de Dios.

Aquí la Navidad y el Adviento que la prepara se convierten en un reto y una llamada para los creyentes: no podemos sólo “recordar”, ni sólo “celebrar”, tenemos que anunciar, que preparar el terreno a la venida todavía no realizada para muchos, crear las condiciones para el encuentro con Cristo. El “amor mutuo” como testimonio de la nueva vida inaugurada por el nacimiento de Jesucristo, y el “amor a todos”, como expresión de la universalidad y la apertura a todos de esa misma vida, son, tal vez, la quintaesencia de este anuncio y esa preparación que se despliega en múltiples dimensiones e iniciativas.

Pero es que, además, la primera venida de Cristo, su nacimiento en la carne, images-2tiene que seguir haciéndose realidad para nosotros mismos, los creyentes. Lo que dice Pablo sobre los sufrimientos de Cristo: “completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo” (Col 1, 24), podría aplicarse también a su Navidad: ¡cuántos aspectos de nuestra vida, de nuestra mentalidad y criterios, de nuestra forma de juzgar y reaccionar son todavía ajenos a la nueva época de la historia inaugurada por la venida del Hijo de Dios en la carne! Hemos de completar en nuestra vida el significado de la Navidad, preparándonos a nuevos encuentros con Cristo, a una nueva y más profunda compresión de su Palabra, a una vida más conforme con nuestra fe. La repetición cíclica de las fiestas y los tiempos litúrgicos, la vuelta repetida tantas veces a los mismos textos de la Palabra de Dios, no deben ser una rutina mecánica y superficial de algo que “ya nos sabemos”, sino el retorno convencido de que hay todavía mucha luz que recavar, muchos tesoros escondidos para los que hasta ahora hemos estado ciegos. También los creyentes tenemos que seguir queriendo ver al Señor.

Por fin, la primera venida realizada en el misterio de la Navidad significa el comienzo del camino humano de Cristo que culmina en el acontecimiento pascual: su muerte y resurrección. Y aquí tiene lugar algo que definitivamente trasciende toda limitación histórica. La muerte es lo más definitivo que hay en este mundo, en esta vida. En la pura perspectiva histórica, la muerte no tiene vuelta atrás. Pero la resurrección significa que eso definitivo, negativo y destructor ha perdido su poder y su carácter terrible. La muerte es la cifra de todo lo catastrófico, lo temible que amenaza a la vida humana. Por más seguridades que busquemos acaba resultando que todas ellas son efímeras e impotentes, hasta las cosas más aparentemente sólidas y seguras (la superficie de la tierra, el sol, la luna, los astros) acaban por tambalearse. Y esa inestabilidad pone en jaque todos nuestros proyectos individuales, todas nuestras utopías colectivas. Las palabras de Jesús en el evangelio de hoy no pretenden asustar o amenazar, sino hacernos comprender lo efímero de nuestro mundo, y nos invitan a mirar más allá de todos los acontecimientos del mismo, incluso los más terribles.

Con su muerte y resurrección Jesucristo ha introducido en la historia posibilidades inéditas. Normalmente los seres humanos tratamos de conquistar el futuro a partir del presente, mediante nuestro esfuerzo individual y colectivo. Hay en ello algo de inevitable y también de noble y de debido. Pero es claro que ese carácter efímero que afecta a nuestra historia y a nuestro mundo nos impiden encontrar ahí el asidero de la salvación definitiva.

La resurrección de Cristo significa el triunfo total sobre la muerte, como una posibilidad ofrecida a todos. Y ese triunfo ya ha acontecido. El futuro ya ha sido conquistado de una vez y para siempre por Jesús. Por eso, desde la fe, es posible conquistar el presente desde el futuro. La certeza de la victoria de Cristo sobre la limitación, el mal y la muerte nos ayuda a contemplar los acontecimientos del mundo y de la historia, incluso los más negativos, con la esperanza activa y la libertad de los que saben que toda negatividad ha sido ya derrotada. En medio de dificultades, estrecheces y sufrimientos, podemos sentir que nuestra liberación opera ya en la historia, que podemos alzar la cabeza, no dejarnos abatir, vivir con dignidad.

Mirando a la segunda venida, podemos considerar que los cristianos, en virtud de nuestra esperanza y nuestra fe, somos embajadores del futuro en el presente: con nuestras acciones, palabras, actitudes y criterios podemos y debemos anticipar ya en las condiciones actuales de la historia la realidad del futuro escatológico. Los embajadores no se desentienden de los lugares a los que son enviados, sino que, al contrario, se implican en ellos y tratan de aportar los valores de los que son portadores. El testimonio del amor mutuo y del amor a todos es también el puente que une las dos venidas de Cristo. Es posible, pese a todas las limitaciones, vivir en esta nueva vida que Cristo nos ha traído, precisamente porque él ya ha venido en la carne, porque sigue viniendo cotidianamente en la Palabra, los sacramentos y el testimonio de los que creen en él, porque está viniendo e ilumina ya desde el futuro escatológico el presente en el que vivimos.

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Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo

noviembre 21, 2015

Lectura de la profecía de Daniel 7, 13-14 Su dominio es eterno y no pasa
Lectura del libro del Apocalipsis 1,5-8 El príncipe de los reyes de la tierra nos ha convertido en un reino y hecho sacerdotes de Dios
Lectura del santo evangelio según san Juan 18, 33b-37 Tú lo dices: soy rey

¿Qué clase de rey es Cristo?

Esta es una fiesta extraña, que irrita a los “republicanos” aunque difícilmente puede contentar a los “monárquicos”. Algo o mucho tiene que ver con ello el hecho de que el Reino de que se habla aquí no es de este mundo, aunque se manifieste y subsista en él.

imgresAlgunos pueden pensar que declarar a Cristo “rey” del universo es un anacronismo monárquico, un resabio de tiempos pasados, incluso si entendemos esta realeza en sentido más o menos metafórico. Puede que, en parte, sea verdad, pero si lo pensamos fríamente, declarar que Cristo es “presidente” o “primer ministro” de una cierta república, por mucho que no sea de este mundo, nos podría resultar aún más extraño (por no decir, ridículo). Y es que el título de presidente o primer ministro tiene un sentido meramente funcional y, por eso mismo, advenedizo, pasajero y temporal. Es evidente que los presidentes que pierden el consenso popular pierden al mismo tiempo toda legitimidad y que su poder, si se mantiene, resulta inicuo. Con la institución monárquica no sucede exactamente lo mismo, al menos, tal como se ha entendido históricamente. El rey, se supone, lo es por derecho propio, su puesto conlleva una cierta naturalidad, que hace de él “soberano” (supremo, alguien que está por encima). De ahí que históricamente haya habido tantos ensayos sea de divinizar a los reyes, sea de justificar ese poder humano desde instancias religiosas.

Lo que decimos puede redoblar aún más la desconfianza hacia esta fiesta “monárquica”, considerando que hoy pocos serán los que estén de acuerdo, no ya con divinizar ningún género de poder político, sino ni siquiera de justificarlo teológicamente. Pero puede atemperar nuestra desconfianza el saber que las tendencias antimonárquicas se encuentran ya con mucha fuerza en la misma Biblia, cuando los israelitas, de manera reiterada, pedían un rey a Yahvé para ser “como todas las naciones” (Jc 8, 22; 1Sam 8, 5); esas peticiones son entendidas por Yahvé como un rechazo contra él: “me ha rechazado a mí, para que no reine sobre ellos” (1Sam 8, 7), que advierte de las consecuencias para el pueblo de la institución real: se convertirá en un pueblo de siervos y pondrá en peligro su propia experiencia religiosa, su fuerte monoteísmo, pues tenderá a divinizar el poder político, como hacían los otros pueblos, y las alianzas con éstos le llevarán a dejarse contaminar por sus ídolos.

Aunque la monarquía (y, en consecuencia, las tendencias monárquicas) acaban triunfando en la Biblia, la experiencia religiosa e histórica de la monarquía es globalmente negativa por los motivos indicados. Y de ahí que Israel viva gran parte de su historia ansiando un nuevo David, un rey distinto de los que ha conocido, en el que se hagan por fin verdad las promesas mesiánicas que sólo muy parcialmente vieron cumplidas en David.

En realidad, el fracaso de la monarquía de Israel habla del fracaso de toda monarquía, pues, en verdad, la única forma en que hoy parece aceptable una monarquía como forma de organización política, es la monarquía constitucional, en la que el rey lo es sólo en parte, casi de mentirijillas, ya que la teoría política moderna (que antes que por Montesquieu o por Locke, fue definida en sus grandes rasgos por los representantes de la segunda escolástica de la Escuela de Salamanca) no acepta que nadie sea superior a nadie “por naturaleza”, o por derecho propio, de modo que la única “soberanía” admitida sea la que procede del consenso social.

Está claro, pues, que si Cristo es Rey, lo es de un modo muy distinto al que lo son los reyes de este mundo (sean constitucionales o no). Dicho lo dicho, es claro que ningún rey pasado, presente o futuro lo es en sentido propio. Cristo, en cambio, lo es en el pleno sentido de la palabra, es un verdadero rey, como él mismo lo confiesa ante el representante de otro rey, del más poderoso de su tiempo: el César. Y no deja de ser irónico que esta confesión se haga en una situación que pone de relieve que la realeza de Jesús es bien extraña y paradójica, hasta el punto de que, como él mismo dice, no de este mundo:

 

  • Sin ejército ni poder externo alguno; ¿cómo podrá defendernos?;
  • Sometido a juicio y condenado: ¿cómo podrá hacer justicia?
  • Su corona es de espinas; ¿cómo, siendo así, podrá inspirar respeto y temor?
  • Su trono es la cruz; ¿quién se inclinará ante él?

 

Sin embargo, precisamente estas paradojas pueden ayudarnos a entender en qué sentido es Jesús rey, y rey del universo, si bien, esimages claro que su reino no es de este mundo y poco tiene que ver con los poderes políticos. Jesús no posee, en cuanto rey, poderes ni boatos externos, que, precisamente por serlo, ya hablan del carácter meramente advenedizo de los mismos y, por consiguiente, de la debilidad de quien los posee. El César romano, el Secretario General del Partido o el Presidente de cualesquiera Estados son, de por sí, nada y nadie; su poder es prestado e, igual que lo han recibido, lo pueden perder. En Jesús no es así. Despojado de todo poder externo, Cristo tiene autoridad: un poder que brota de su misma persona. Es un poder del que puede disponer realmente, en virtud del cual puede entregar su propia vida libremente. Por eso, Jesús juzga al mundo por medio, no de la condena, que él mismo asume, sino del perdón, y reina no sobre los reinos (y las repúblicas) de este mundo, sino sobre el mal y la muerte. De ahí que su reino, que no es de este mundo, pero por medio de Él se manifiesta en este mundo, dura por siempre y no tiene fin.

El poder (o, mejor, la autoridad) de la realeza de Jesús no establece una relación vertical y tiránica, ni siquiera meramente “representativa” con los suyos: comparte plenamente su poder con aquellos que aceptan el testimonio de la verdad y escuchan su voz, a los que ha convertido en un pueblo de reyes y sacerdotes de Dios su Padre. De esta manera vemos que, si queremos seguir usando la metáfora política, este rey y este reinado es el más democrático del mundo, pues cualquiera que acepte a Jesús en su vida empieza a reinar con Él, tratando de vivir como vivió Él.

La fiesta de Cristo, Rey del Universo, que cierra el año litúrgico, nos habla de la victoria final del amor y de la vida sobre el pecado y la muerte; algo que no siempre es patente en este mundo, en el que, a veces, puede parecer que la bondad, la honestidad y la justicia no compensan y no merecen la pena. Pero Jesús, en su extraño reinado, coronado de espinas y entronizado en la cruz, testimonia que, al final, no hay fuerza mayor ni poder más grande que el del amor y el perdón, hasta la muerte; que ese reino, aunque no es de este mundo, está presente y operando ya en él, por medio de aquellos que escuchan su voz y tratan de ponerla en práctica; y que, al hacerlo, ellos mismos participan de la realeza de Cristo (invitados a tomar su cruz) y de su autoridad (el poder del amor), y así se convierten en profetas, testigos del nuevo y definitivo reino, y en sacerdotes, mediadores, del Dios Padre de todos.

Domingo 33 del Tiempo Ordinario (B)

noviembre 12, 2015

Lectura de la profecía de Daniel 12, 1-3 Por aquel tiempo se salvará tu pueblo
Lectura de la carta a los Hebreos 10, 11-14. 18 Con una sola ofrenda ha perfeccionado para siempre a los que van siendo consagrados
Lectura del santo evangelio según san Marcos 13,24-32 Reunirá a sus elegidos de los cuatro vientos

El fin de los tiempos y los límites del mundo

.imagesComo siempre al declinar del año litúrgico los textos nos ponen ante la espinosa cuestión del fin del mundo. Estos deberían venir acompañados de ciertos signos apocalípticos (guerras, inundaciones y terremotos), y como estos signos pueden encontrarse de un modo u otro en toda época histórica, siempre hay quien está dispuesto a señalar el fin del mundo en una próxima fecha. Pero ya nos dice Cristo que el día y la hora nadie la sabe, ni los ángeles del cielo y, ni siquiera, el Hijo, que, al participar plenamente de nuestra condición humana participa, al parecer, también de nuestro modo de relación con el futuro, que, es, en primer lugar, el desconocimiento. Una forma atenuada de aquellas tendencias apocalípticas es la que, sin aludir al fin temporal de nuestro mundo, se caracteriza por el pesimismo histórico sobre el presente: cualquier tiempo pasado fue mejor, que diría Jorge Manrique. Es interesante lo que a este respecto escribe San Agustín en uno de sus sermones, y que no ha perdido nada de actualidad:

“Todas las aflicciones y tribulaciones que nos sobrevienen pueden servirnos de advertencia y corrección a la vez. Pues nuestras mismas sagradas Escrituras no nos garantizan la paz, la seguridad y el descanso. Al contrario, el Evangelio nos habla de tribulaciones, apuros y escándalos; pero el que persevere hasta el final se salvará (Mc 13, 13). … No protestéis, pues, queridos hermanos, como protestaron algunos de ellos –son palabras del Apóstol–, y perecieron víctimas de las serpientes (1 Cor 10, 9). ¿O es que ahora tenemos que sufrir desgracias tan extraordinarias que no las han sufrido, ni parecidas, nuestros antepasados? ¿O no nos damos cuenta, al sufrirlas, de que se diferencian muy poco de las suyas? Es verdad que encuentras hombres que protestan de los tiempos actuales y dicen que fueron mejores los de nuestros antepasados; pero esos mismos, si se les pudiera situar en los tiempos que añoran, también entonces protestarían. En realidad juzgas que esos tiempos pasados son buenos, porque no son los tuyos.”

La profunda verdad que enuncia San Agustín, con su característica frescura y agudeza, puede resumirse así: los males de nuestro tiempo son los peores de toda la historia, simplemente porque son los nuestros. Así podemos hacer verdad lo que dice el profeta Daniel: “serán tiempos difíciles, como no los ha habido desde que hubo naciones hasta ahora.” Pues las dificultades y los problemas con las que tenemos que enfrentarnos nosotros, en nuestro tiempo, ya no son las dificultades y los problemas sabidos sin dolor y escritos en una página de la historia, sino que son los que nosotros mismos tenemos realmente que padecer.

De este modo, atendiendo a los signos del “fin del mundo” que experimentamos en nuestro tiempo, podemos images-1reinterpretarlos así: no son tanto los signos del fin (temporal) del mundo (que ni sabemos cuándo será, ni lo podemos saber, ni, en consecuencia, debemos preocuparnos de ello), sino los signos y la expresión de los límites del mundo. Nuestra generación, como dice Jesús, es aquella en la que “todo esto se cumple”, vivimos realmente “los últimos tiempos”, porque vivimos en contacto permanente con los límites del mundo, chocando de continuo con las fronteras de esta limitación: física –dolores y oposiciones–, temporal –la muerte ajena y la certeza de la propia–, moral –los muchos rostros del mal responsable, a causa de la voluntad humana. Estos límites, que nos aprietan y estrechan por doquier, hablan del carácter pasajero y efímero de numerosas dimensiones y aspectos del mundo y de la vida humana. Son dimensiones necesarias, pero no definitivas: la salud y la belleza física; el bienestar material; la fama; el placer… No podemos no prestarles atención y, en una u otra medida, debemos dedicarles nuestros esfuerzos. Pero no podemos ni debemos entregarles nuestro corazón, ni consagrar a ellos en exclusiva nuestra vida. Pues son parte de esos “cielo y tierra que pasarán”; y si son esos los únicos bienes a los que aspiramos, nos contagiamos inevitablemente del carácter efímero y pasajero de los mismos. Pero el ser humano, por su corazón y su espíritu, está abierto a otros bienes y otras dimensiones, a otros valores, llamados a perdurar para siempre. ¿Cómo, de otra manera, podría explicarse que, en ocasiones, el hombre esté dispuesto a entregar la vida antes que renunciar a su dignidad, o a renunciar a su felicidad material con tal de no traicionar el valor de la justicia, o de la verdad? No somos saquitos genéticos de supervivencia biológica (individual o colectiva, poco importa), sino personas dotadas de una dignidad que es un destello de lo divino en nosotros. Por eso hemos de aspirar a los bienes que, como la Palabra de Jesús, no pasarán y que son los que nos salvan.

Así que nuestros tiempos no son sólo “tiempos atroces” (como llamaba a los suyos Ortega y Gasset), sino también tiempo de salvación: “Entonces se salvará tu pueblo”, nos dice de nuevo el profeta.

Ahora bien, al hablar de salvación, y tras leer la profecía del Daniel, un escalofrío puede recorrernos la espalda. Ese libro en el que están inscritos los que se han de salvar, ¿no habla, acaso, de Predestinación, esto es, de una inescrutable voluntad de Dios (el único que sabe no sólo la hora, sino también el quién) que determina los nombres de los salvados y de los condenados? Si al hablar del Dios, Padre de Jesucristo, es posible mencionar en algún sentido la Predestinación, ha de hacerse en un sentido muy preciso: Dios nos ha predestinado a todos a ser hijos por medio de Jesucristo (Ef 1, 5), puesto que Dios “quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1 Tit 2, 4). Pero Dios, que nos ha hecho libres y, por tanto, no puede querer por nosotros, necesita del concurso de nuestra libertad para darnos esa plena filiación. Es decir, que el libro de los inscritos no es un volumen arcano y escondido, inaccesible al ser humano; sino un libro abierto y a disposición de quien quiera, al que cada uno puede acercarse a inscribirse libremente. Ese libro abierto es Cristo, con los brazos abiertos en la cruz, que así “ofreció por los pecados, para siempre jamás, un solo sacrificio, y que está sentado a la derecha de Dios y espera el tiempo que falta hasta que sus enemigos sean puestos como estrado de sus pies.” Pero ese tiempo de la espera (cuyo final desconocemos, pero que cuyo límite temporal es para cada uno el momento de la propia muerte) no es un tiempo de acusación ni de ira, sino un tiempo de llamada a inscribirse en el libro, un tiempo de misericordia y perdón, pues Jesús “con una sola ofrenda ha perfeccionado para siempre a lo que van siendo consagrados. Donde hay perdón, no hay ofrenda por los pecados.”

estrellas

Conocer a Cristo, por otra parte, significa no sólo saber que podemos libremente apuntarnos en el libro de la vida, sino hacernos además como esos sabios que brillan en medio de la oscuridad y que enseñan a muchos la justicia misericordiosa de Dios, manifestada en la Cruz de Jesucristo, avisando a todos que también para ellos está abierto y disponible el libro de la salvación

Domingo 32 del Tiempo Ordinario (B)

noviembre 8, 2015

Lectura del primer libro de los Reyes 17, 10-16 La viuda hizo un panecillo y lo llevó a Elías
Lectura de la carta a los Hebreos 9, 24-28 Cristo se ha ofrecido una sola vez para quitar los pecados de todos
Lectura del santo evangelio según san Marcos 12, 38-44 Esa pobre viuda ha echado más que nadie

El gran valor de lo pequeño

imagesSiempre he pensado que el libro Guiness de los récords merecería constar en ese mismo libro, porque constituye, él mismo, un verdadero récord, el de la vacuidad (por no decir, el de la estupidez). Este libro es un monumento al culto de la magnitud, del tamaño, que hace de la cantidad la medida de la calidad. La cantidad, la magnitud y el tamaño, desde luego, se imponen a la mirada. Para aquellos, que, como los escribas en el Evangelio de hoy, lo importante es hacerse notar, que los vean y reverencien, la cultura del récord es, sin duda, idónea, sobre todo, si no tienen otra cosa que mostrar que le mera apariencia externa (en este caso, religiosa). Para esta mentalidad y este modo de vida, en el que lo importante es el continente y no el contenido, si no te ven y reconocen es como si no existieras, aunque sea altamente probable que esa existencia esté vacía por dentro. Porque, por poner un ejemplo chusco, ¿qué interés puede haber en hacer la tortilla más grande del mundo (excepto el de que te inscriban en el dichoso libro), si luego resulta que esa tortilla no es la más rica del mundo, que es lo que, hablando de tortillas, realmente interesa?

Esta obsesión por ser los primeros y los más grandes revela, al fin y al cabo, nuestra propia vacuidad, es decir, la pérdida del sentido de lo que realmente vale. Y es que lo que vale de veras no se puede medir cuantitativamente. Y medir la calidad, por más que tal vez sea posible, es bastante más difícil. La tortilla más rica del mundo es la que le hace la madre a su hijo, y sólo él, al comérsela, es capaz de captar ese valor que no admite cuantificación.

Con lo que estamos diciendo tampoco queremos ensalzar las perspectivas mediocres, las aspiraciones de cortos vuelos, denigrando así el valor de la excelencia. Pero es que la excelencia no está ligada necesariamente a la magnitud y a la capacidad de atraer la atención de muchos, sino a la autenticidad. En el Evangelio de hoy Jesús llama, precisamente, a la autenticidad, que poco tiene que ver con el deseo de sobresalir y hacerse la propaganda (incluso, con buenas obras, por ejemplo, echando mucho dinero en el cepillo del templo, pero cuidándose bien de que se note).

En realidad, no importa mucho ser grande y famoso, ocupar cargos muy importantes y estar en el candelero público, cualquiera que sea el ámbito de actividad del que se trate (la política o la economía, el deporte o el arte, la religión o la ciencia). Estar en la cumbre, al final, es algo no sólo accesorio, sino con frecuencia también casual y dependiente de factores que escapan a nuestro control. ¡Cuántas veces son meras combinaciones de circunstancias las que encumbran al mediocre o al incompetente! Pero, incluso el que está en la cumbre de cualquier ámbito de la vida humana por méritos propios, por su propia excelencia, no puede olvidar que hay cumbre porque hay una base y todo un cuerpo de la montaña, sin los que él mismo no sería nada.

Así que lo importante no es dónde está uno y si llega o no a ser famoso: todo eso es polvo que se lleva el viento. No importa ser un político reconocido, o un gran médico, o un artista, o científico, o deportista de fama, sino ser un auténtico político, ocupado del bien común (como un sencillo alcalde de aldea), un verdadero médico, entregado a la salud de sus pacientes, un auténtico artista o científico o deportista, consagrado de corazón a la propia actividad. Es decir, lo importante es hacer cosas buenas y hacerlas bien, con el corazón, con convicción y autenticidad. La obra bien hecha, esto es, hecha en conciencia, por convicción y con generosidad, lleva en sí misma su propio premio y es independiente de que obtenga o no el reconocimiento social. Si éste viene, bienvenido sea, pero no depende de él el que nos dediquemos a la obra buena y perseveremos en ella. Y es que la vida humana está hecha en su mayor parte de hechos y situaciones menudas, aparentemente insignificantes, pero en las que vamos hilando, para bien o para mal, la trama de nuestra existencia. Es en la fidelidad de lo pequeño, como nos recuerda Jesús en otros momentos (cf. Mt 25, 21-23), en donde se deciden las grandes fidelidades.

Los maestros escultores medievales tallaban con todo detalle primorosas estatuas para los pináculos de las catedrales góticas, que nadie iba a poder disfrutar. Pero lo hacían movidos por el amor a la obra bien hecha y, sobre todo, por amor al Dios al que consagraban su arte. Creían en Dios y creían en lo que hacían.

Y es que la fidelidad en lo menudo, como hacer bien las cosas que hacemos, incluso las más aparentemente insignificantes, es también una cuestión de fe, esto es, de confianza.

Esa fe es lo que se descubre en la viuda de Sarepta, que, fiada de la palabra del profeta, es capaz de compartir lo poquísimo que tiene con el forastero que le solicita ayuda. Y es esa misma fe la que mueve a la pobre viuda del Evangelio de hoy, que al dar limosna, bien insignificante en cantidad, lo da todo, esto es, se da ella misma.

Los dos reales de su limosna simbolizan, tal vez, que lo decisivo y auténtico de la vida no se decide, la mayoría de las veces, en images-1grandes acciones, sino en los pequeños detalles de cada día. Son ellos los que ponen a prueba la autenticidad de nuestra vida y los que nos preparan para los grandes momentos, si es que llegan. No podemos descuidar el detalle de que esta pobre viuda dio sus dos reales al tesoro del templo. Para nosotros el templo es el cuerpo de Cristo que es la Iglesia. Y esto significa aquí, además de la ayuda material que podemos y debemos realizar para el sostenimiento de nuestra Iglesia, que nuestra aportación a la construcción del cuerpo de Cristo es esencial, por muy pequeña que pueda parecernos: es esencial porque es la nuestra, y lo que nosotros podemos aportar, en dinero, en tiempo, en dedicación, podemos darlo sólo nosotros; y su posible insignificancia lo es sólo a los ojos de quienes todo lo miden sólo en términos de cantidad o de relumbrón, pero no para los ojos capaces de descubrir la autenticidad del corazón, la capacidad de entregarse a Dios y a los hermanos.

Es ese corazón auténtico lo que ve Dios con los ojos humanos de Jesús. Jesús sabe ver bien esa autenticidad de la entrega, porque de entregarse hasta el final sabía un rato, como nos recuerda hoy el autor de la Carta a los Hebreos.

En conclusión, podríamos extraer de las lecturas de hoy tres lecciones principales:

  • Como la viuda de Sarepta, ser generosos incluso en la necesidad, gracias a la fe/confianza en la palabra profética que Dios nos dirige de tantas maneras, pero especialmente por medio de su Palabra, proclamada y escuchada en la liturgia de la Iglesia.
  • Como la pobre viuda del Evangelio, ser capaces de darnos del todo en aquello que hacemos y a aquellos con los que y por los que vivimos. Y hacerlo en los pequeños detalles (los aparentemente insignificantes dos reales) de cada día.
  • Sin dejarnos cegar por el culto a lo grandioso (que puede ser sólo grandilocuente), tener, como Jesús, ojos para ver (reconocer, señalar, agradecer) esos pequeños detalles de autenticidad en los demás, ojos para la grandeza que se manifiesta en lo pequeño

Todos los santos y todos los fieles difuntos

noviembre 1, 2015

Lectura del libro del Apocalipsis 7,2-4.9-14 Apareció en la visión una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua

Lectura de la primera carta del apóstol san Juan 3, 1-3 ¡Somos hijos de Dios!

Lectura del santo evangelio según san Mateo 5,1-12 Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo

 

Conmemoración de todos los fieles difuntos

(2 de noviembre)

 

Lectura del libro de Job 19,1.23-27a Sé que está vivo mi Redentor

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses 3,20-21 El Señor Jesucristo transformará nuestro cuerpo humilde

Lectura del santo evangelio según san Marcos 15,33-39;16,1-6 Dando un fuerte grito, expiró

(Se pueden leer otras lecturas apropiadas a esta conmemoración)

todos los santosDesde tiempos inmemoriales la Iglesia sitúa juntas, una detrás de otra, estas dos fiestas: la solemnidad de todos los santos y la conmemoración de todos los fieles difuntos. Una intuición que viene de lejos ve un vínculo fuerte y profundo entre estas dos celebraciones o, si se quiere, entre estos dos grupos objeto de nuestra atención, de nuestra reflexión. A primera vista, lo que unos y otros tienen en común es, precisamente, que no los podemos ver, es decir, que están ausentes de nuestra vida. Al celebrar su memoria lo que hacemos ¿no es justamente hacerles presentes con el recuerdo? En realidad, hacemos mucho más que eso. Lo que hacemos es recordar (=dejar que resuene en nuestro corazón) que esa ausencia no lo es del todo, que ellos siguen presentes en nuestra vida mucho más de lo que nos parece. Pero vayamos por partes.

Los “santos” ¿quiénes son realmente? A veces nos parecen personajes de leyenda, gentes de otra galaxia, si no física, sí moral o religiosa, pues las hagiografías tienden a resaltar lo extraordinario y sobrehumano de su vida. Y, sin embargo, si la Iglesia declara “santos” a algunos lo hace, más bien, en sentido contrario. Es verdad que al declarar santo a alguien se reconocen sus méritos. En este sentido, todas las instituciones, las naciones, los partidos, las ideologías… tienen “sus santos”, esto es, personas sobresalientes en los correspondientes ámbitos de actividad o en la particular escala de valores de que se trate. Pero, en nuestro caso, no es eso lo más importante. Cuando la Iglesia declara santo a alguien, primero lo “beatifica”, luego lo “canoniza”. ¡Vaya!, podríamos pensar, la burocracia hasta en el cielo. Pero esos dos pasos tienen sentido. Ser “beato” significa ser feliz, bienaventurado. La Iglesia afirma con la beatificación que la persona en cuestión goza ya de la bienaventuranza, de la plenitud de la comunión con Dios. Atendiendo al Evangelio del día de hoy, caemos en la cuenta de que esa beatitud, es decir, felicidad, no es un “premio” que reciben “después” los que han sido “buenos”… Esto es una caricatura de la vida cristiana. Jesús, que anuncia que el Reino de Dios se ha acercado (precisamente, por medio de Él), nos está diciendo que se puede ser ya feliz en esta vida, incluso en medio de dificultades y estrecheces. Y es que las bienaventuranzas, que muchos consideran un autorretrato del mismo Jesús, hablan de la felicidad que por medio de Él pueden experimentar los que tradicionalmente se han sentido desgraciados, porque en Jesús, que comparte todas las limitaciones y los sufrimientos humanos, podemos experimentar la preferencia que Dios tiene por ellos. Esto es, ya somos (o podemos ser), en cierto sentido, beatos.

Y la canonización es una afirmación sobre esa persona pero dirigida a nosotros. Canon significa regla, medida, modelo. El santo “canonizado” se nos propone como un modelo de vida digno de ser imitado, como una forma válida y segura de seguimiento de Cristo.

En síntesis, los santos lo son por relación a Jesucristo, el único Santo. Y, imagesademás, el que sean declarados santos significa que el ideal de vida que representa Cristo no es un imposible, algo que está bien, tal vez, para contemplarlo, pero que es de imposible aplicación en la vida cotidiana. Los santos, gentes como nosotros, nos enseñan que se puede vivir coherentemente (y ser feliz, beato) según ese ideal.

Como sabemos hay muchos santos canonizados. Niños, jóvenes y viejos, mujeres y varones, laicos, sacerdotes, religiosas, obispos, casados, pobres y ricos, humildes trabajadores y reyes… Unos se dedicaron a la oración, otros a atender a los pobres, otros a anunciar el evangelio, otros a cuidar de su familia, otros a la investigación y a la ciencia, otros a labrar la tierra… De esta manera se nos dice que los caminos de santidad son muchos, que están abiertos a todos, que cada uno puede tratar de caminar en el seguimiento de Cristo como mejor la convenga, y elegir los modelos que más le gusten. Eso que decimos a veces, “no es santo de mi devoción”, es plenamente verdad: no estamos obligados a imitar a todos, cada cual debe ver qué santo y que forma de espiritualidad, de las muchas que propone la Iglesia, le cuadra mejor.

Vemos que esto de la santidad, más que un club exclusivo para elegidos, es una sociedad muy democrática, abierta a todos. Y más si consideramos que lo dicho sobre los santos canonizados, esto es, propuestos como modelos, no lo es todo. Si hay modelos es que ha habido y hay quienes los han imitado. Aquí entran “todos los santos”, la multitud de aquellos que no han sido canonizados pero han alcanzado, por alguno de los muchos caminos indicados, la meta: “una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua”. La Iglesia insiste hoy, si es que nos hemos dejado llevar por la idea “legendaria” de la santidad, en que ésta es para todos, y no sólo para personas hechas de una pasta especial. Y la razón, por fin, es muy sencilla. Ser santo no es una conquista fruto de un esfuerzo ascético sobrehumano, sino un don, es vivir en Cristo, y Él vive entre nosotros. Es el don de ser hijos de Dios: “Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!”; es ser hijos en el Hijo, Jesucristo, es el don de vivir en Él ese mundo nuevo que porta en sí, que es el reinado de Dios, que son las bienaventuranzas, el secreto de la felicidad verdadera. En una palabra, que, si nos sentimos hijos de Dios (en el Hijo, Jesucristo), ya somos santos, aunque tengamos defectos.

images-1Ahora entran en escena los difuntos. Pocos de nosotros habremos conocido a un santo canonizado. Yo, por ejemplo, he conocido a san Juan Pablo II, y conozco a gentes que han conocido y convivido con la madre Teresa de Calcuta, con algún beato mártir de Barbastro, etc. Pero con los santos anónimos de aquella muchedumbre inmensa seguro que, de un modo u otro, sí que nos hemos encontrado, aunque puede ser que no nos hayamos dado cuenta del todo.

De lo que no tenemos ninguna duda es de que personas de nuestro entorno, queridas por nosotros, que han sido parte esencial de nuestra vida, ya no están con nosotros. Todos llevamos en nuestra vida las heridas de la muerte, todos estamos referidos a esos ámbitos de relación que han quedado mutilados y vacíos por la muerte, y que nadie puede ocupar, porque hay personas que son insustituibles. Y esas “amputaciones” afectivas nos hablan de esa certeza absoluta que tan pocas veces consideramos, pero que gravita sobre todos nosotros como una nubecilla gris: todos tenemos que morir.

Cada cual reacciona ante esta certeza a su manera (y esto no depende sólo de que se sea o no creyente, tiene también un fuerte factor psicológico): con temor, resignación, confianza, indiferencia… Pero ese recordatorio perenne y algo subconsciente nos invita a pensar en que la vida humana es un misterio en el que se entremezclan dimensiones paradójicas, inevitables e imprescindibles, pero entre las que a veces tenemos que elegir, y entre las que necesariamente tenemos que establecer un orden de prioridad: lo caduco y lo permanente, lo relativo y lo absoluto, lo que lleva a la muerte y lo que da vida. Es así. Hay cosas tan ligadas al tiempo que no pueden no compartir esencialmente su carácter efímero y relativo: por ejemplo, pasarlo bien siempre está ligado a un lugar y un tiempo; mientras que otras, pese a estar afectadas por la caducidad temporal, aspiran a estar por encima de las condiciones del espacio y el tiempo: el amor o la justicia tienen vocación de eternidad. Uno puede, efectivamente, entregarse a lo caduco de la vida, apurar sus posibilidades, vivir sólo para sí, acumular cosas, puede, incluso, en el caso extremo, estar dispuesto a despojar a los demás (de sus bienes, incluso de su vida) para asegurarse una vida mejor que, sin embargo, no dejará de ser efímera y acabará consumida por la voracidad del tiempo. O puede, por el contrario, tratar de dar vida aun a costa de perder algo; puede uno no servirse de los demás, sino servirlos, y servir en ellos a aquellos valores superiores por los que merece la pena entregar la propia vida. Lo decía hermosamente el filósofo E. Mounier: “la persona no alcanza su madurez hasta el momento en que pone su vida al servicio de valores que valen más que la vida”.

Estos valores que existen, y a los que muchos (sabiéndolo o no, creyentes y no creyentes) sirven con corazón sincero, son signos de una vida superior a la que todos estamos llamados. Esa llamada se ha hecho patente en Cristo que, aceptando nuestra misma muerte se ha solidarizado con nosotros, y al resucitar le ha quitado su poder, haciendo de la muerte lugar de encuentro con Dios.

Al celebrar esta memoria de los fieles difuntos afirmamos que nuestros vínculos con ellos no están muertos, que podemos mantenerlos y, en cierto modo, sentirlos. Nuestra solidaridad con ellos y nuestra responsabilidad hacia ellos se expresa de modo especial en esta conmemoración, en la que oramos sobre todo por aquellos difuntos que están en un estado intermedio de purificación por sus pecados, el purgatorio. No podemos saber exactamente de qué se trata. Pero sí que podemos tener la certeza de que, en primer lugar, esa purificación empieza ya en esta vida, en la medida en que tratamos de superar el egoísmo en nosotros y, en segundo lugar, que la misma muerte es purificadora. Podemos entender la muerte como un fuego purificador, que consume todo lo que en nuestra vida se haya construido con materiales efímeros (madera, heno o paja), mientras que atraviesa incólume las llamas todo lo que hemos construido con materiales imperecederos, como el oro, la plata o las piedras preciosas. Ese fuego purificador es el mismo Jesucristo, que se ha hecho presente en la vida humana y, en consecuencia, también en su muerte. Y es que realmente la opción de vida del hombre se hace definitiva con la muerte, por la que comparece ante el Juez de todos (cf. 1 Cor 3, 12-15; Spes Salvi 45-46).

Tras la muerte ya no “hay tiempo”, al menos tal como lo entendemos en esta vida, pero creemos que sí hay purificación. Por eso tiene sentido orar por aquellos que han muerto y, tal vez, están en ese período. Esa oración es una forma real y eficaz de comunicación con nuestros difuntos. Y, además, como creemos que el proceso de purificación se realiza en Cristo (participando de su muerte) y que los que han alcanzado la meta están también en Cristo (que es la verdad, la luz y la vida), nosotros que estamos en camino (y Cristo mismo es camino), podemos sentir o saber que nuestros difuntos están cerca de nosotros, pues están en Cristo, que vive en medio de nosotros.

Aquella intuición que “viene de lejos”, a la que aludíamos al principio, ahora está claro de dónde viene: de la primera generación cristiana, de su experiencia de la muerte y resurrección de Cristo, y es una intuición que, como vemos, sigue operando entre nosotros, los creyentes.