Archive for 30 diciembre 2015

Los números de 2015

diciembre 30, 2015

Los duendes de las estadísticas de WordPress.com prepararon un informe sobre el año 2015 de este blog.

Aquí hay un extracto:

Un teleférico de San Francisco puede contener 60 personas. Este blog fue visto por 2.300 veces en 2015. Si el blog fue un teleférico, se necesitarían alrededor de 38 viajes para llevar tantas personas.

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Sagrada Familia

diciembre 26, 2015

Lectura del libro del Eclesiástico 3, 2-6. 12-14 El que teme al Señor honra a sus padres

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Colosenses 3, 12-21 La vida de familia vivida en el Señor

Lectura del santo evangelio según san Lucas 2, 41-52 Los padres de Jesús lo encuentran en medio de los maestros

¿Por qué me buscabais?

imgresEl nacimiento de Jesús significa que el Verbo de Dios se reviste de carne, y también del conjunto de relaciones en que la vida humana consiste. La primera de estas relaciones, fundamental para la existencia del hombre y su sentido, es la relación paterno-filial. Al aparecer en el mundo totalmente menesteroso y dependiente, el recién nacido percibe a sus padres (primero a su madre, después también a su padre) como una fuerza superior, providente y poderosa que remedia todas sus necesidades: alimento, calor, higiene, afecto, acogida. Esta inicial relación de dependencia garantiza la supervivencia física, provee de estabilidad psicológica (da seguridad, confianza y sentido: si todo lo hacen por mí, es que mi vida es importante); y, por fin, abre a la relación religiosa: la sumisión a los padres es temporal y provisional, al ir creciendo el niño, convertido en joven, descubre que sus padres son limitados. Esa limitación va aumentando con la edad, hasta el punto de que llega un momento en que la dependencia se invierte, y son los ancianos padres los que necesitan de la ayuda y el cuidado de sus hijos. La primera lectura lo expresa con claridad, subrayando primero la “mayor respetabilidad” de los padres y recordando, después, el deber de los hijos hacia los ancianos padres: no abandonarlos, no abochornarlos, honrarlos hasta el final. El cuarto mandamiento de la ley de Dios, el único mandamiento positivo de los referidos a nuestros deberes para con los demás, hace de puente entre los siguientes y los tres primeros: porque es en esa inicial y provisional relación vertical con los padres donde se configura la relación religiosa con Dios. El hombre aprende en ella a mirar hacia arriba con confianza en el poder benéfico y providente que, como acaba descubriendo, procede últimamente del Dios Padre de todos. Fácil es entender que si el niño es maltratado o no suficientemente querido, se produce una distorsión en su percepción del mundo, que dificultará muchísimo una relación equilibrada con los demás y una adecuada imagen de Dios. De ahí la extraordinaria responsabilidad de los padres hacia sus hijos, y también de ahí la autoridad de que han sido investidos por Dios.

Por el contrario, el amor y la acogida incondicional del niño lo va imagesintroduciendo poco a poco en formas sanas de relación con los demás, en las que ya no domina la “verticalidad” primera, sino la “horizontalidad” entre iguales, que va del elemental respeto mutuo, hasta la forma privilegiada y exclusiva del amor conyugal entre un hombre y una mujer. El texto de la carta a los Colosenses empieza con una exhortación a las verdaderas relaciones fraternas en su generalidad. No se trata de una pura idealización, sino que se hace cargo de las muchas dificultades que estas relaciones deben superar. De ahí que mencione enseguida la capacidad de aguante y el necesario perdón, que solo aparece cuando se dan ofensas y conflictos.

Cristo ha venido a sanar, salvar y restablecer al ser humano, incluyendo el conjunto de sus relaciones, también heridas por el pecado. En él, por el amor que nos da y para el que nos capacita, se hace posible recomponer la unidad entre los seres humanos, hacer de ellos un cuerpo armónico, vivir en paz. Sin embargo, precisamente cuando se refiere a las relaciones familiares hay algo en el texto que rechina en nuestros oídos: nos resulta difícil aceptar esas expresiones que llaman a la “sumisión” de las esposas; a algunos puede ser que incluso la exhortación a la obediencia de los hijos les suene mal. Pero es importante leer estos textos en la clave adecuada: y esta no es el moderno concepto de igualdad, sino la idea evangélica del amor. En este y en otros textos de Pablo, en los que parecen resonar condicionamientos culturales de la época, hemos de saber ver ante todo el espíritu evangélico que los anima, que habla de una sumisión libre y de una entrega total por parte de los dos cónyuges. Si la mujer se somete, lo hace no servilmente, sino libremente y por amor; el marido, por su parte, está llamado no a dominar, sino entregarse sin reservas a su mujer, en la que ama a su propio cuerpo; del mismo modo que la autoridad paterna sobre los hijos debe evitar todo despotismo que exaspera y desanima, para que la obediencia de estos sea un camino de crecimiento hacia la propia madurez. El espíritu cristiano de amor y servicio mutuo no atenta contra la verdadera igualdad (la de la igual dignidad de hijos de Dios), sino que la garantiza del mejor modo, al tiempo que respeta las diferencias que enriquecen la unidad.

images-1El mejor ejemplo de este espíritu lo encontramos en la familia de José, María y Jesús. Ahí vemos reflejado a la perfección el ideal de las relaciones familiares. Un ideal que no excluye ni esconde los inevitables momentos de dificultad y conflicto. Pues Jesús ha nacido para crecer y llegar a ser sí mismo. Y este proceso nunca es sencillo y pacífico. José y María son los mediadores de ese crecimiento. Los padres engendran, pero también y sobre todo ayudan a crecer. Aquí existe un matiz psicológico, que distingue el papel que juegan el padre y la madre: ésta es sobre todo el principio generador, la tierra, que acoge y engendra confianza; el padre es el principio de crecimiento, el ideal que exige y llama. En el caso de José, su papel tiene importancia capital en este segundo aspecto: representa el rostro humano de la paternidad, que Jesús experimenta como mediación de su experiencia filial respecto de su Padre, Dios.

El texto de hoy recoge, precisamente, un momento clave de inflexión en las relaciones familiares. Jesús ya no es un niño. Los doce años marcan el paso a la adolescencia, el umbral de la madurez. De ahí que José y María, que le van abriendo paso para que él emprenda su propio camino, lo lleven por vez primera a Jerusalén. Y Jesús, haciendo uso de este primer momento de autonomía “se pierde”. Tal como suena el texto, da la impresión de que toma una decisión, para la que, además, no cuenta con la opinión de sus padres. No se trata de una travesura, sino de un primer paso en busca de su propia vocación.

Es clara la alusión a la muerte de Jesús, cuyo cuerpo es el verdadero templo de Dios. Sólo a los tres días sus padres lo encuentran “en el templo”, sentado en medio de los maestros, como uno de ellos, pero escuchándolos y haciéndoles preguntas, y también dando sus propias respuestas. Jesús no está en el templo como en un refugio en el que escapar de los problemas e interrogantes de la vida. Al contrario: Jesús pregunta, plantea dudas, escucha, también avanza sus propios puntos de vista. Es decir, Jesús experimenta la vida y la relación con Dios como realidades abiertas, en las que no existen soluciones prefabricadas. Y de esta manera va comprendiendo su propia vocación: la total dedicación a las cosas de su Padre.

A los padres, normalmente, les cuesta entender que el hijo que hasta entonces ha sido “su niño”, completamente dependiente de ellos, empiece a caminar por sí mismo, a tomar sus propias decisiones. De ahí la pregunta de María, en la que se deja percibir un cierto reproche por la angustia de haberlo perdido. En la respuesta de Jesús suena, por un lado, la reivindicación de su propia autonomía (“¿por qué me buscabais?”); pero también una indicación precisa de dónde podemos encontrarlo, siempre que lo perdamos: en la “casa” de su Padre, o mejor, en las “cosas” de su Padre, que no son otra cosa que el anuncio y la implantación del Reino de Dios y la salvación de los hombres.

María y José no entienden la respuesta de Jesús. A veces a los padres les cuesta entender el camino de los propios hijos, y a todos nosotros nos cuesta percibir y entender a la primera la Palabra de Dios. La actitud correcta es la que nos enseña María: la paciencia y la confianza que dejan madurar la semilla de la Palabra y sus respuestas en el propio corazón. Esa misma paciencia y confianza la encontramos en Jesús: la autonomía recién estrenada no significa total independencia y ruptura. Tras la escapada adolescente Jesús “regresó con sus padres y vivía sometido a ellos”. Este sometimiento yo no es algo forzado por la total indefensión del recién nacido, sino fruto de una decisión libre. Como libremente se someterá a la voluntad de su Padre celestial, así ahora se somete con libertad a la autoridad (no despótica o exasperante, sino abierta, respetuosa) de sus padres en la tierra, para seguir creciendo y madurando. Y es que, en verdad, el hombre no crece ni madura cuando se afirma como centro del mundo y proclama una independencia tan absoluta como imposible, sino cuando, tomando las riendas de su propia vida, se consagra libre y no servilmente a algo (a Alguien) más grande que él, que lo libera, y que vale más que la vida.

Comprendemos a la luz de la Palabra la importancia de la familia en los designios de Dios, en el camino hacia la propia madurez humana y cristiana. También en la fe hemos de ir avanzando hacia la madurez del amor en el seno de la familia eclesial. Jesús es nuestro maestro y pedagogo. Si a veces se pierde y nos fuerza a buscarlo con angustia, ya sabemos dónde encontrarlo: en las cosas del Padre, inquiriendo, preguntando, escuchando y ensayando nuestras propias respuestas; y sometiéndonos libremente y por amor al servicio de nuestros hermanos.

Domingo de la 4ª semana de Adviento (C)

diciembre 19, 2015

Lectura de la profecía de Miqueas 5, 1-4a De ti saldrá el jefe de Israel

Lectura de la carta a los Hebreos 10, 5-10 Aquí estoy para hacer tu voluntad

Lectura del santo evangelio según san Lucas 1, 39-45 ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?

 

¿Quién soy yo?

38b8c316a247f59ee3a32109b96bcd39Al contemplar el espectáculo de nuestro mundo hay motivos para pensar que los telares en los que se hilan las grandes tramas de la historia están muy lejos de nuestra vida cotidiana. Personajes poderosos se encuentran para tomar decisiones que, después, habrán de afectar a nuestra vida de múltiples formas; decisiones en las que nosotros no tenemos arte ni parte. Grandes centros de poder (político, económico, social…) son testigos de los movimientos que deciden el curso de la historia. Es así, para bien y para mal, y tal vez no pueda ser de otra manera. Pero se entiende que se susciten protestas que piden otra forma de decidir las cuestiones que nos afectan a todos. ¿Es ello posible?

Al menos parece que a Dios sí se le ha ocurrido un camino alternativo. El gran acontecimiento del encuentro pleno y definitivo entre Dios y los hombres discurre por derroteros completamente distintos. Los personajes y los lugares que forman parte de esta otra trama son insignificantes, si los juzgamos con los criterios de los grandes sucesos históricos. “¿Quién soy yo?” pregunta Isabel, expresando la conciencia de su propia pequeñez. La pregunta suena a unos pocos kilómetros de una aldea, Belén, la más pequeña entre las aldeas de Judá, dice el profeta Miqueas. Al venir a la humanidad para encontrarse con ella en su propio territorio (en la carne, en el tiempo, en el espacio), Dios no se dirige a los grandes de este mundo, ni busca la puerta de entrada en los centros de poder de las principales urbes (Roma, Atenas, Jerusalén) desde las que, al parecer, puede tener una influencia mayor y más eficaz. Al elegir gentes insignificantes, lugares desprovistos de poder, Dios expresa que no quiere realizar una visita protocolaria, “oficial”, una “cumbre” de esas en las que se habla mucho y se buscan compromisos de papel que suelen acabar siendo papel mojado. Para Dios cada ser humano es un “gran personaje”, el más importante del mundo, así como cada pequeño rincón perdido de la tierra es para Él el centro del mundo. Dios quiere realizar con cada uno de nosotros un encuentro verdadero, en profundidad, y quiere llegar hasta el último lugar en el que habita el ser humano.

Por todo esto, los encuentros preparatorios, que preceden siempre a las cumbres, tienen también lugar ahora, pero suceden de otra manera, con otro tono, en otra atmósfera. Dios no viene a nosotros a entablar conversaciones mediante un tira y afloja de intereses contrapuestos. Quiere, eso sí, establecer una relación verdaderamente humana, y por eso ha de someterse a las condiciones de nuestra humanidad de carne, que habita en el espacio y el tiempo. Todo el Antiguo Testamento habla prácticamente sólo de estos encuentros preparatorios, no siempre culminados con éxito. Pero ahora, ante la inminencia de la venida, éstos alcanzan el máximo de intensidad. El que nos narra hoy el Evangelio de Lucas nos da algunas claves fundamentales. Se trata, en primer lugar, de un encuentro entre dos mujeres. En un mundo en el que la mujer ocupa un lugar totalmente secundario y subordinado, Dios les concede el máximo protagonismo. Se trata además, de dos mujeres embarazadas, en las que, de modo diverso, pero siempre extraordinario, está sucediendo el milagro de la vida que florece. Y María e Isabel no se dedican a quejarse por lo mal que están las cosas, a criticar a los invasores romanos o a las corruptas autoridades políticas y religiosas judías. Motivos tenían de sobra para maldecir por los muchos males que afectaban de modo directo o indirecto a sus difíciles vidas. Pero no, estas mujeres generadoras de vida realizan un encuentro de bendición: un halo divino las rodea. Y es que Dios no viene en tono amenazante, ni quiere echarnos en cara nuestros pecados. Es decir, no viene en plan reivindicativo. Su visita es salvífica, recreadora, positiva. El diálogo de Isabel con María, carente de toda queja, crítica o amargura, refleja toda esta positividad, expresada en bendiciones mutuas: la de Isabel a María, llena de entusiasmo y alegría; y la que la misma Isabel recibe de María, sin palabras, por la mera presencia del Verbo de Dios en su seno.

Si Isabel y María se encuentran en Aim Karem, en la montaña de Judá, es porque María ha ido al encuentro, ha salido de sí, sin ahorrar esfuerzos, para compartir con Isabel los dones de Dios que ambas han recibido. Aquí se ve la cooperación humana en la obra de la salvación: para que el Verbo de Dios pueda salir de sí hacia los hombres, “para hacer su voluntad”, la voluntad del Padre, hace falta que María (en plena sintonía: “hágase en mí según tu voluntad”) salga de sí y vaya al encuentro de los que la necesitan El protagonismo no lo tienen los intereses contrapuestos, con los correspondientes regateos para llegar a algún acuerdo de mínimos, sino la generosidad pura del que se sabe rico en medio de su pobreza y decide compartir lo que tiene. Y éste es también el espíritu con el que Dios viene a plantar su tienda entre nosotros: para hacernos partícipes de su propia vida y a compartir la nuestra, sin ahorrar esfuerzos y sacrificios. Esa es la voluntad de Dios, que Jesús ha venido a realizar a un alto precio, como expresa con fuerza la carta a los Hebreos.

Las condiciones del encuentro de Dios con los hombres, que se van realizando en estos otros encuentros, insignificantes para la gran historia de la humanidad, pero fundamentales para una mirada de fe (que eso son, por cierto, la palabras de Isabel: una confesión de fe), nos abren también los ojos para comprender las consecuencias de aquel: Dios, al someterse a nuestra condición humana, se hace dependiente de nosotros, necesita de nuestra cooperación. Estamos a la espera del nacimiento de Jesús, el hijo de Dios, todavía no lo vemos, pero podemos ya percibir su presencia como hijo de María. Dios, en la humildad de la carne, se deja llevar de un lugar a otro. Llevado así, en el seno de la doncella de Nazaret, en dependencia de sus andanzas, empieza ya a derramar sus bendiciones.

Al contemplar esta escena luminosa del encuentro entre Isabel y María, comprendemos el modo concreto en que podemos preparar nosotros el próximo nacimiento de Cristo. De nada sirve que nos quejemos de lo mal que está el mundo, y menos aún de que el espíritu comercial haya secuestrado el verdadero espíritu de la Navidad. Esta queja, que de tan repetida ya cansa, acaba sonando a mala excusa. Ninguna actividad comercial puede secuestrar el sentido profundo de la Navidad si nosotros los creyentes lo vivimos en la condiciones y con las consecuencias que hoy subraya para nosotros la Palabra de Dios. En primer lugar tenemos que propiciar encuentros positivos, encuentros en que dominen las bendiciones y evitemos las maldiciones; encuentros guiados no por intereses particulares (sean mezquinos o legítimos), sino por la generosidad, la capacidad de sacrificarnos por los demás, por la voluntad de compartir los dones que hemos recibido. Finalmente, la Navidad se hará real en nuestro tiempo, en cada rincón del mundo, si alguien, en apariencia insignificante, pero no para Dios, deja que la Palabra habite en él, y se hace portador de ella y, por medio de sus actos y de sus palabras, deja que esa Palabra sea fuente de bendición para otros. Esa Palabra será a veces sólo una semilla, un embrión, como Jesús en el seno de María, pero su acción será ya eficaz y fuente de bendición, suscitará el espíritu profético que anima a Isabel en su bendición y a María en su canto del Magníficat, y hará posible, en algún momento de futura madurez, un encuentro pleno con aquel que ha venido a hacer la voluntad del Altísimo, a cumplir las promesas de Dios y a ser nuestra paz.

Domingo 2.º de Adviento (C)

diciembre 5, 2015

Lectura del libro de Baruc 5, 1-9 Dios mostrará tu esplendor

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses 1, 4-6. 8-11 Que lleguéis al día de Cristo limpios e irreprochables

Lectura del santo evangelio según san Lucas 3, 1-6 Todos verán la salvación de Dios

 

No utopías, sino promesas y profecías

imgresEl mundo moderno, cuyo ciclo histórico parece irse cerrando en este comienzo de siglo, se ha caracterizado por su utopismo. Lejos de querer anticipar el Reino de Dios en la tierra (que fue, tal vez, el empeño de los hombres del Medievo), el hombre moderno ha querido conquistar el futuro con sus propias fuerzas, basadas en el progreso científico y técnico, o en la acción revolucionaria. Lo que caracteriza al movimiento utópico es la difusa certeza de que el ideal perseguido es, en el fondo, inalcanzable. No en vano la misma palabra “utopía”, elegida por Tomás Moro para describir la sociedad perfecta, significa “lugar ninguno”. Sin embargo, la convicción más o menos explícita de que la meta no es nunca alcanzable del todo, no le restó fuerza al impulso conquistador, ya que se pensaba (como, en el plano puramente teórico, expresó Kant), que la idea utópica hace de “ideal”, de faro orientador, al que la humanidad se va aproximando en un proceso sin fin, pero ininterrumpido.

Se dice que nos encontramos en un periodo de inflexión caracterizado por el fin de las utopías. Los grandes esfuerzos utópicos de la humanidad han acabado topando con los límites propios de la condición humana y del mundo en el que vivimos. El ideal de un progreso científico y técnico sin fin ha chocado con los límites impuestos por los recursos de la tierra y de un equilibrio ecológico que se ha revelado más frágil de lo que cabía esperar. Sin renunciar al progreso en este campo, nos damos cuenta de que éste debe discurrir por cauces que le imponen precisas restricciones. En el campo social ha sucedido algo similar. Los grandes experimentos sociales que se han hecho sin consideración de las tradiciones, los valores, los derechos de los seres humanos concretos han producido horrores y sufrimientos sin cuento a lo largo del siglo XX y, en parte, seguimos hoy padeciendo muchas de sus consecuencias. Eso que se llama Postmodernidad es como el despertar de un sueño que se ha convertido en una pesadilla. La tentación que nos amenaza ahora es la del pesimismo histórico: leer la historia en clave exclusivamente negativa, subrayando los muchos males que nos afectan o nos amenazan, y cerrarnos definitivamente a la esperanza. O, si no renunciamos a la esperanza, podemos entenderla en un sentido exclusivamente “religioso”, individual, “privado” (como muchos, progresistas incluidos, quieren ver la vida de fe), al margen y sin conexión con los acontecimientos de la historia, a los que consideran irremediablemente perdidos, o completamente autónomos respecto de la fe.

El segundo Domingo de Adviento, que abre el ciclo de Juan el Bautista, nos da claves para descubrir posibilidades nuevas, que, sin dejar de ver los elementos negativos del mundo y de la historia, nos ofrecen motivos para una esperanza que opera en esos elementos, aunque proceden de dimensiones que los trascienden.

El evangelista Lucas sitúa el inicio del ministerio profético de Juan en un marco histórico bien concreto,
en el que no ahorra detalles: allá lejos, en Roma, es emperador Tiberio; su delegado en Judea es Poncio Pilato; los poderes locales están en manos de Herodes, su hermano Felipe, y de un tal Lisanio; el poder religioso está representado por Anás y Caifás. Parece ser una mera descripción histórica, una simple crónica para enmarcar en el tiempo el acontecimiento que realmente interesa al evangelista. Pero, en realidad, en esa descripción hay toda una valoración, que en modo alguno es positiva. Tiberio, “el más triste de los hombres” (Plinio el Viejo dixit), se caracterizó por su crueldad y depravación moral; en crueldad no le anduvo a la zaga Poncio Pilato, y en una y otra se distinguió Herodes. Anás y Caifás, emparentados entre sí por lazos de familia (Anás era el suegro de Caifás), representan un poder religioso desprovisto de verdadera fe (los saduceos no creían en la resurrección) y basado en alianzas con el poder político (pues uno y otro fueron nombrados Sumos sacerdotes por el poder romano). El cuadro que dibuja Lucas no puede ser más sombrío, ni el juicio histórico más negativo. Los poderes políticos lejanos y cercanos, y lo mismo el poder religioso, invitan a cualquier cosa, menos a la esperanza. No en vano, todos estos personajes están implicados de un modo u otro en la muerte de Jesús en la cruz, que es a lo que, muy probablemente, está aludiendo Lucas.

Sin embargo, no es a la desesperanza a lo que nos quiere invitar el evangelista. Al contrario, en ese marco sombrío irrumpe desde arriba un rayo de luz: “vino la palabra de Dios”. Los poderes de este mundo, por muy negativos o malvados que sean, no pueden acallar la palabra de Dios ni limitar su libertad soberana. Si esos poderes se ponen de espaldas a Dios y a sus designios, Dios encuentra otros cauces por los que llegar a los hombres. La palabra de Dios vino sobre Juan, un hombre cualquiera, no uno de los aparentemente designados por la historia para hacer cosas grandes: hijo de un anciano sacerdote de rango menor. La palabra no vino a Roma, la gran capital, ni a Jerusalén, en la que se encuentra el templo…, sino que suena “en el desierto”. El desierto es el lugar de la elección y la prueba, el lugar en que Israel se formó como pueblo, recibió la alianza y escuchó las promesas. En Juan, en el desierto, Dios renueva la experiencia religiosa originaria de Israel y empieza a avisar del cumplimiento de aquellas promesas. Los signos premonitorios de ese cumplimiento transforman el estado de ánimo, y los que vivían en situación de luto y postración son invitados a ponerse en pie y revestirse de alegría. Así nos lo recuerda el profeta Baruc.

Las promesas de Dios no son una utopía lejana de imposible cumplimiento, un mero “ideal” que nunca llegará a ser realidad. Al contrario, su realización es posible, porque la iniciativa procede del mismo imagesDios. Su palabra irrumpe en nuestra historia. Busca interlocutores que la acojan y transmitan. Juan, de hecho, no se queda en el desierto: este es un lugar importante, pero de paso; el desierto y la palabra impulsan a ponerse en camino y a transmitir lo que Dios quiere decirnos.

Podemos ensayar la trasposición de los parámetros históricos de Juan a los nuestros. La experiencia y el ministerio de Juan nos dicen que también hoy, en medio de acontecimientos históricos que muchas veces invitan al pesimismo, es preciso estar atentos a las irrupciones de Dios en la historia. Dios sigue hablando y para poder escuchar su palabra tenemos que hacer la experiencia del desierto: saber retirarnos del ruido cotidiano, abrir espacios para el silencio y la escucha, no dejarnos embaucar ni por las falsas promesas de salvación, ni por las apariencias que dicen que no cabe esperar nada bueno de la historia. En el desierto experimentamos que Dios habla en el mundo y en la historia, y para quienes habitan en el mundo y en la historia. Y al hacerlo nos dice que hay posibilidades nuevas, más altas, inéditas para las solas fuerzas humanas. Estas tienen su valor y hay que ejercitarlas. No se trata de despreciar el esfuerzo por la adquisición de conocimiento (la filosofía, la ciencia, la técnica), ni por la instauración de la libertad y la justicia. Despreciar esto es despreciar los dones que Dios nos ha dado. Pero cifrar toda la vida humana y pretender salvarnos con nuestras solas fuerzas, olvidando su fuente, es caer en un utopismo desfondado y en una nueva forma de idolatría.

El desencanto propio del postmodernismo podemos entenderlo como una situación que abre posibilidades nuevas a la Palabra de Dios. Pero esa palabra que irrumpe también hoy en nuestro mundo busca interlocutores que la acojan y difundan. La palabra es siempre diálogo y, por tanto, cooperación. No funda una experiencia puramente individual o sólo interior, sino que instaura vínculos, abre espacios de comunicación y comunidad. El mismo Juan no fue un solitario, sino que en torno a él se reunieron discípulos. Muchos especialistas consideran que el mismo Jesús se contó entre ellos. También Pablo nos presenta hoy su ministerio como una obra comunitaria, en la que Dios, que ha iniciado la obra buena en nosotros (la interpelación, el diálogo, el anuncio), él mismo la llevará a término.

Esta palabra, que irrumpe también hoy en nuestra vida por medio del profeta Baruc, de Pablo y de Juan el Bautista (de la mano del evangelista Lucas), nos invita a la escucha y al profetismo, a ser lectores realistas y esperanzados de la historia, a intervenir en ella con la fuerza de esta misma palabra mediante la conversión personal y comunitaria (todos tenemos cosas en las que debemos cambiar), y mediante el mutuo perdón. No es profeta el que se proclama a sí mismo como tal, sino el que se deja interpelar por la Palabra de Dios, la transmite sin compromisos, incluso cuando incomoda, deja que esa palabra le aclare la mirada para ver en nuestra atormentada historia los signos de la presencia de Dios, y sabe comunicar esperanza porque su voz se ha convertido en un eco de la Palabra que sigue viniendo. Sólo así, personalmente y en comunidad de discípulos (en Iglesia) seremos profetas de la reconciliación y el perdón que Dios derrama sobre nosotros. De este modo estaremos preparando la venida de Dios en la humanidad humilde de Jesucristo, en la que la divinidad se ha hecho cercana y accesible, de modo que “todos vean la salvación de Dios”.