Archive for 29 enero 2016

Domingo 4 del Tiempo Ordinario (C)

enero 29, 2016

Lectura del libro de Jeremías 1, 4-5. 17-19 Te nombré profeta de los gentiles
Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 12, 31-13, 13 Quedan la fe, la esperanza, el amor; la más grande es el amor
Lectura del santo evangelio según san Lucas 4, 21-30 Jesús, como Elías y Elíseo, no es enviado sólo a los judíos

 

… Se alejaba

imagesLa interpretación que Jesús hace del Profeta Isaías en la sinagoga de Nazaret (hoy se cumple esta Escritura, el hoy de la salvación), recibe al principio y en apariencia una respuesta positiva: sus paisanos se admiran de las palabras de gracia que salían de su boca. La admiración de los paisanos puede tener una explicación bastante localista: ¿quién no se enorgullece de que uno de la propia familia, del pueblo, un conocido, alcance la gloria y la fama? A Nazaret habían llegado noticias de su predicación y de sus acciones extraordinarias en la vecina Cafarnaúm. Es normal la gran expectación con que lo recibieron: “toda la sinagoga tenía los ojos fijos en él”, leíamos la semana pasada. La admiración y la sorpresa se incrementan ante el mensaje que les trasmite. No sólo que la profecía de Isaías “se cumple hoy” (se entiende, en su propia persona), sino también que esa profecía se cumple sólo en su dimensión positiva, en “lo que se refiere a la gracia”. Muy probablemente se pueda entender así la admiración de los paisanos de Jesús: se admiraban de que les hablara sólo de la gracia, de que sus palabras fueran sólo palabras de gracia, y no de castigo y de venganza; y es que Jesús lee el texto de Isaías deteniéndose justo antes de las palabras que anuncian “el día de venganza de nuestro Dios” (Is 61, 2). Y es posible también que sea aquí donde se diera la inflexión en la actitud de los paisanos, que, como tantas veces sucede en la vida humana, en sus expectativas de mejora y salvación, incluso en su dimensión religiosa, deseaban al mismo tiempo la gracia y la salvación para sí, pero para los demás, para los considerados rivales o enemigos, la venganza y el castigo.

Este provincianismo (o nacionalismo, o fundamentalismo, o como se lo quiera llamar) es por desgracia demasiado frecuente en nuestra manera de entender el bienestar, la felicidad, el bien moral y hasta la salvación religiosa. Como sucede que, en nuestra experiencia cotidiana, los males que padecemos están ligados a menudo a la percepción de “otros”, a los que consideramos fuente de nuestra desgracia, librarnos de ésta significa librarnos de paso de esos “otros”: excluirlos de un modo u otro, hasta el límite extremo de su destrucción. Pero si las palabras de Jesús, que anuncian que la salvación ha llegado hoy, hablan sólo de la gracia, es que no hay venganza, y que la salvación y la gracia se ofrece y alcanza a todos, también a esos “otros” que, a nuestros ojos, merecerían el castigo.

La voluntad de exclusión se puede dar a muy distintos niveles. En los reproches contra Jesús por parte de sus paisanos, que adivinamos a partir de las mismas palabras de Cristo (“sin duda, me recitaréis…”), podemos entender que las gentes de Nazaret rivalizaban con las de la vecina Cafarnaúm, como pasa tantas veces entre vecinos. Si Jesús era de Nazaret, ¿a qué venía que anduviera curando y haciendo el bien en casa del rival? ¿Es que no podía hacerlo en su propia casa? ¿No tenían los propios vecinos más derecho que los forasteros a beneficiarse de los poderes del profeta local? En realidad, como parece responderles de nuevo Jesús, no es fácil realizar prodigios y curaciones a los que no están dispuestos a acogerlos: aunque existe, decíamos al principio, el orgullo por el éxito del de casa, éste choca no pocas veces con los celos, la incomprensión y los prejuicios que genera la cercanía: ¿quién se ha creído éste que es? ¿Cómo va a enseñarnos nada, si lo conocemos desde que era un mocoso?

Pero Jesús en su respuesta nos invita a mirar mucho más lejos de Cafarnaúm, allende las fronteras de Israel. La salvación (la gracia, la liberación, la curación que anuncia) ni siquiera se detiene en los límites territoriales, culturales y confesionales del pueblo elegido. Jesús manifiesta y revela a un Dios Padre de todos los hombres, de los propios y los extraños, que ofrece la salvación y la gracia incluso a los tradicionales enemigos de Israel, como ya enseñaron en el pasado Elías y Eliseo.

Sin embargo, esta declaración de universalismo, por muy fundada que pudiera estar en los profetas, choca con el estrecho nacionalismo del judaísmo de entonces, que esperaba la salvación como una intervención de Dios que enalteciera a Israel y destruyera a sus enemigos. Ahí la expectación, los recelos y la desconfianza se convierten en una explosión de ira que ya no sólo rechaza la pretensión mesiánica de Jesús, sino que se revuelve contra su persona hasta intentar suprimirlo físicamente.

Aquí entendemos que la liberación que nos trae y nos ofrece Cristo no es sólo una liberación de esclavitudes y dependencias externas (de nuestros enemigos reales o figurados), sino también de esas otras esclavitudes, más radicales y perniciosas, las que nos dominan por dentro, las de nuestros prejuicios, de nuestros fobias y odios excluyentes. Aceptar el año de gracia del Señor, acoger la libertad, dejarnos curar por Jesús “hoy” significa romper con nuestra estrechez de miras, abrirnos a los demás, tratar de establecer puentes, reconocer que la liberación, la sanación y la salvación las ofrece Dios gratuitamente a todos por medio de Jesucristo. El pueblo elegido no puede serlo si no comprende que la elección significa ponerlo al servicio de todos los seres humanos sin excepción.

¡Qué bien encaja en este mensaje el himno a la caridad de Pablo! Si la semana pasada nos hablaba de la diversidad de los carismas que han de servir a la edificación de todos, como Cuerpo de Cristo, hoy entendemos que el quicio de estos dones es el amor. El amor es el cemento que los une, la savia que los alimenta, la luz que los hace brillar, la fuerza que los impulsa al servicio. Es el carisma de los carismas, el corazón de la gracia. Es un camino, dice Pablo, excepcional. Pero no porque sea para unos pocos, sino porque es el nervio de todas las vocaciones y caminos, sin el que todos estos pierden sentido. La excepcionalidad del amor está en que no se trata de una “norma moral” que nos obligue, sino de la vida misma de Dios obrando en nosotros, la gratuidad de la gracia, que se nos entrega en Jesucristo sin méritos previos por nuestra parte. En este sentido, podemos entender el himno a la caridad de Pablo no, sobre todo, como el listado de actitudes que debemos acumular esforzadamente para poder “cumplir” este mandamiento, sino, sencilla y llanamente, el canto al amor con el Dios nos ama: con paciencia, con cariño, con generosidad, humildemente, con delicadeza, sin ira, olvidando el mal que hacemos, pero también sin engañarnos, llamándonos a la verdad, perdonando, confiando, esperándonos sin límites. El amor no puede pasar nunca porque es tan eterno como Dios. Si miramos a la figura del padre de la parábola del hijo pródigo (cf. Lc 15,11-31), tal vez podamos hacernos una idea más precisa de lo que Pablo quiere decirnos con su himno a la caridad.

Acoger la salvación y la gracia que se cumplen “hoy” significa acoger este amor de Dios, más grande que cualquier obra y mérito, don gratuito que se manifiesta en Cristo Jesús. Pero ello nos compromete a superar los límites estrechos de nuestros prejuicios y exclusiones. El “esfuerzo del amor” consiste en ir eliminando las barreras que nos cierran en nosotros mismos (individual, pero también en los círculos colectivos a los que podemos pertenecer) para, mirando más allá de nuestro particular Nazaret, abrirnos a Cafarnaúm, a Sidón y a Siria, a los extranjeros y hasta a los enemigos nuestros, entre los que Jesús quiere también revelar la salvación y realizar prodigios.

Es un reto que podemos afrontar con garantías sólo aceptando a Jesucristo, que apela a nuestra libertad para que lo acojamos o rechacemos.

Caigamos en la cuenta de que la aceptación no está exenta de riesgos. Por un lado, porque, al images-1aceptarlo, nos exponemos a la ira de quienes siguen encerrados en sus esquemas excluyentes. El lenguaje universal del amor, que no conoce fronteras, suscita con frecuencia reacciones violentas en contra. Aceptar a Cristo significa estar dispuesto a testimoniar este amor de Dios hasta dar la vida. A través de Jeremías, Dios nos exhorta a no tener miedo. No deben ni pueden temer los que han elegido a Aquel que “ha vencido al mundo” (cf. Jn 16, 33). Pero, por otro lado, existe también un riesgo más sutil y peligroso: podemos reducir el mensaje de Jesús a una “doctrina” excluyente, que traza nuevas fronteras y sólo reconoce a los “propios” y rechaza a los “ajenos” (a los de Cafarnaúm, el pueblo rival; a Sidón y Siria, a los extranjeros y enemigos). La doctrina cristiana (que tiene perfiles claros, no es una mera declaración de “buenismo” blando) se verifica, sin embargo, en el amor que la encarna. Si no se da esa traducción encarnada, aunque hagamos milagros, como dice Pablo, “no somos nada”. O, menos que nada: con nuestras actitudes cerradas podemos estar revolviéndonos contra Cristo, tratando de expulsarlo de nuestro pueblo, de acabar con él. En tal caso, puede muy bien suceder que sigamos habitando en su vecindad, en Nazaret, y considerándonos paisanos suyos (qué se yo, buenos cristianos), mientras que él, tras pasar por entre nosotros, ante la cerrazón de nuestro corazón, simplemente, se vaya alejando.

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Domingo 3 del Tiempo Ordinario (C)

enero 23, 2016

Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír

imgresJesús no es simplemente un profeta más, tal vez el más grande de todos ellos. Tampoco es sólo un maestro de moralidad y religión, si bien el más excelso que haya habido nunca. No es sólo profeta, porque Jesús no se limita a actualizar, reforzar o renovar las promesas de una salvación futura; ni sólo maestro, pues no expone sólo una doctrina religiosa y moral más elevada. Aunque sea posible encontrar en la persona, la doctrina y las obras de Jesús elementos propios del profetismo y de la enseñanza rabínica, Jesús se distingue de unos y otros porque en él se realizan y hacen verdad las promesas que Dios hizo a su pueblo por medio de los profetas; y su doctrina no es un sistema de ideas y valores, sino que su persona es su encarnación viva.* De ahí que la explicación que Jesús da del texto de Isaías, leído en la sinagoga de Nazaret, se limite al anuncio solemne de que esa profecía “se cumple hoy”. En Jesús se hace presente el Reino de Dios, en su persona Dios cumple su palabra y realiza la salvación. No se trata de un mero “hoy” cronológico, aunque también: Jesús anuncia la inauguración de un tiempo nuevo en el que la salvación y la presencia de Dios no son ya objeto de una vaga esperanza futura, sino que se pueden gustar en el presente y en primera persona. El Ungido del Señor ya ha venido y podemos encontrarnos con él; la Buena Noticia de la salvación, la libertad, la curación y la gracia está ya entre nosotros. La proclamación de este “hoy” se realiza en Nazaret, “donde se había criado”. Quiere decir que, no sólo no hay que seguir esperando, sino que tampoco hay que irse lejos, emigrar a países exóticos en busca de maestros de ciencias arcanas. Es en el tiempo y el lugar en el que vive cada uno, en las circunstancias en las que nos encontramos, en las que podemos encontrarnos con el hombre que es Cristo, el Mesías esperado, podemos ya escuchar la alegre noticia que nos enriquece, sentirnos liberados de toda servidumbre, empezar a ver la vida y el mundo con ojos nuevos, experimentar la gracia, el don gratuito de Dios.

Ahora bien, no es difícil alzar graves objeciones contra este mensaje, que puede sonar en exceso optimista. ¿Cómo anunciar este “hoy” y esta noticia buena a todos aquellos que sufren la enfermedad, la injusticia, la pobreza, en una palabra, el mal en alguna de sus casi infinitas versiones? ¿Cómo pueden entenderla ellos? ¿Qué quería decir Jesús en la sinagoga de su pueblo y nos está diciendo a nosotros “hoy”? 

Es preciso comprender que las palabras que Jesús pronuncia en la sinagoga de Nazaret son el comienzo de su ministerio, no el final del mismo. No es un punto final, un final feliz tras el que se cierra el telón de la historia, como concluyen los cuentos. Se trata, más bien, de un punto de partida. Jesús nos dice: “ya he venido, ya estoy con vosotros, entre vosotros”. Y se trata del comienzo de un camino, de un camino humano, de nuestro camino. Dios, en el hijo del Hombre, se ha introducido en nuestra historia para caminar con nosotros, para hacerse él mismo camino por el que podamos transitar por este mundo concreto, en el que hay dolor, mal, injusticia, sufrimiento. No ha venido a mostrarnos atajos que nos eviten esos lados negativos de la vida, sino a atravesarlos a nuestro lado, acompañándonos, dando sentido a esa negatividad, mostrándonos que, pese a todo, nuestra vida tiene sentido, esto es, que nuestro camino tiene una meta: no caminamos “a ninguna parte”, sino que Jesús, que camina con nosotros y él mismo se hace Camino, nos guía a la meta, la casa del Padre.

Jesús asume y hace suyas las dificultades de este nuestro caminar: “hoy” empieza él a tomar sobre sí imagesnuestras cargas, nuestros sufrimientos, nuestros pecados. Porque está ya presente “hoy”, podemos sentir y saber que somos ricos en medio de la pobreza, que no somos esclavos, ni del pecado, ni de los convencionalismos, ni de los prejuicios de nuestro entorno (en resumen, de la “ley”, que de tantas formas trata de encadenarnos), sino que podemos alcanzar la libertad para vivir de otra manera, según otra ley, la ley del amor; podemos sentir que, a pesar del mal en nosotros mismos y en nuestra sociedad y nuestro mundo, la gracia de Dios (el perdón y la filiación) son más fuertes que el pecado. Podemos experimentar, en suma, que, aunque siga habiendo cargas y yugos, la presencia de Cristo entre nosotros hace el yugo suave y la carga ligera (cf. Mt 11, 30).Y es que el camino que Jesús emprende “hoy”, y en el que toma sobre sí las cargas y los yugos de la humanidad, culmina en Jerusalén, en la Cruz, resumen de todos los males que afligen a la humanidad, pero también de la liberación definitiva, esto es, del triunfo del bien sobre el mal, de la vida sobre la muerte. El camino que va de Nazaret a Jerusalén, el misterio entero de la vida, la muerte y la Resurrección de Jesucristo nos dicen que “hoy”, a pesar de todos los pesares, Dios está con nosotros en las alegrías y en las penas, en la prosperidad y en el infortunio, en la salud en la enfermedad. Escuchamos ecos de las Bodas de Caná, con la diferencia de que en el desposorio de Dios con su pueblo, ya ni la muerte nos separa, pues Él, en Cristo, no nos abandona nunca: cuando sufrimos, sufre con nosotros, cuando morimos, muere con nosotros, cuando nos alejamos de Él, nos espera y nos busca para regalarnos su perdón.

El “hoy” en el que se cumplen por fin y para siempre las antiguas promesas y profecías no significa la transformación mágica y forzada de toda la realidad. Una transformación así sería, en realidad, ilusoria, ficticia. Pues si no cambia el corazón del hombre, ¿de qué sirve cambiar las circunstancias externas? ¿No volverían a ser esas circunstancias las mismas de ahora, si el ser humano continúa actuando como siempre? Pero Dios no puede cambiarnos el corazón si nosotros no colaboramos, si no le dejamos entrar en nuestra vida. Lo que significa ese “hoy” es la posibilidad ofrecida a todos de ingresar ya, gracias a la presencia entre nosotros del Hijo de Dios, en una forma nueva de vida. Se trata de una forma de vida que es signo y realidad de una salvación que está ya operando en la historia. Pablo, en la carta a los Corintios expresa de manera elocuente algunos aspectos de esta vida nueva que podemos hacer nuestra.

La diferencia (sexual, racial, nacional, cultural, religiosa, de mentalidad, de sensibilidad, y así hasta el infinito) ha sido y sigue siendo causa de división, extrañamiento mutuo, indiferencia, enemistad y conflicto. El “hoy” que nos ofrece Jesús y que nos libera y nos cura de nuestras cegueras, nos permite descubrir en las múltiples diferencias posibilidades nuevas de cooperación y enriquecimiento mutuo. El símil del cuerpo, del que nos habla Pablo, es afortunado. El organismo vivo es la reunión de órganos distintos, pero que se complementan entre sí y cooperan al bien de cada uno y al bien común. No vale el que cada miembro se considere superior a los demás y trate de prescindir de ellos, despreciándolos con indiferencia. Cada uno, siendo sí mismo y para ser sí mismo, necesita de los demás, como los otros necesitan de cada uno. Vistas así las cosas, podemos descubrir en las diferencias la fuente de una vida más plena y rica para todos. Pero, ¿cómo conseguirlo, siendo así que la experiencia nos sigue diciendo que las diferencias son fuente de conflicto y enemistad? Con demasiada frecuencia la diferencia se convierte en indiferencia hacia el otro, y en enemistad. No basta con diseñar un hermoso ideal poético, que no toma nota de las dificultades reales. Al fin y al cabo, el símil del cuerpo ya lo usaron otros antes de Pablo, y el ideal de un humanismo universal puede también encontrarse fuera del cristianismo. Aquí es precisamente donde debemos volvernos a Cristo: él viene a anunciar que “hoy” se inaugura el año de gracia del Señor. En él hallamos la gracia, la fuerza, el don, el regalo que nos permite superar la enemistad de la diferencia y hacer nuestra existencialmente la “no-indiferencia” ante el rostro del otro, del pobre, del distinto. Es el misterio del amor, que Jesús porta en sí y que le lleva a entregar su propia vida. Para que el cuerpo tenga vida, para que los miembros cooperen al bien de todos, para que el “hoy” de la salvación se vaya haciendo verdad, es preciso que cada uno esté dispuesto a dar la vida por sus hermanos, a aliviar a los que sufren, a perdonar a los que le ofenden, a liberar a los cautivos y curar a los que padecen enfermedad, cada uno según el don que ha recibido y las posibilidades reales de que dispone; y todos cooperando como miembros de un mismo cuerpo. Porque la cuestión está ahí: para dar ese paso de manera consecuente y realista, tenemos que acercarnos al Señor y Maestro que “hoy” se ha hecho presente entre nosotros y nos reúne como hermanos de una misma familia, como miembros de un mismo cuerpo.

Domingo 2 del Tiempo Ordinario (C)

enero 16, 2016

Lectura del libro de Isaías 62, 1-5 La alegría que encuentra el esposo con su esposa, la encontrará tu Dios contigo
Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 12, 4-11 El mismo y único Espíritu reparte a cada uno como a él le parece
Lectura del santo evangelio según san Juan 2, 1-11 En Caná de Galilea Jesús comenzó sus signos

Lo mejor está al final

imgresComenzamos ya la segunda semana del tiempo litúrgico ordinario, pero seguimos percibiendo los ecos de las pasadas fiestas navideñas y, concretamente, los de su culminación en la Epifanía. De hecho, tradicionalmente la liturgia ha visto la manifestación de Jesús en los tres momentos que se han sucedido desde el 6 de enero hasta este domingo segundo: la adoración de los Magos de Oriente, el Bautismo de Jesús y la Boda en Caná de Galilea.

El Evangelio de Juan sitúa en el contexto de una boda a la que estaban invitados Jesús con sus discípulos y su madre María (que, a tenor del texto, estaba invitada independientemente de Jesús). De este modo, Juan retoma una imagen central del Antiguo Testamento para expresar la relación de Dios con su pueblo Israel: la del amor esponsal. El amor entre el marido y su esposa expresa el máximo grado de unión, intimidad y compromiso. Dios experimenta continuamente las infidelidades de su pueblo, que muchos textos veterotestamentarios reflejan en términos de infidelidad matrimonial. Está de triste actualidad, por noticias que saltan con frecuencia a los medios de comunicación, los durísimos y crueles castigos que aquellas sociedades (y algunas de hoy) reservaban para los pecados de adulterio, aunque sólo si estos eran cometidos por la esposa. En el lenguaje simbólico del Antiguo Testamento, el papel de la esposa lo encarna el pueblo. Es, pues, de esperar que las infidelidades continuas a su alianza con Dios atraigan sobre Israel castigos que pueden llegar a su total destrucción. Sin embargo, especialmente en los textos proféticos, la cólera de Dios por la infidelidad de su pueblo no se traduce en una voluntad de castigo y destrucción, sino que, paradójicamente, acaba siempre en palabras de perdón, en renovadas y conmovedoras declaraciones de amor y restablecimiento de la Alianza, en la promesa de un desposorio perpetuo que ya no se romperá nunca. El texto de Isaías de la primera lectura de hoy es un ejemplo elocuente (y bellísimo) de esta especie de “locura de amor” por su pueblo, que rompe con todos los estereotipos punitivos y vindicativos propios de esa misma sociedad, de su ley religiosa (que mandaba lapidar a las adúlteras). Desde luego, hay que decir que, al menos en esto, la experiencia religiosa de Israel no es en absoluto una mera proyección de ideas o convenciones humanas, pues vemos cómo las promesas de Dios hacen caso omiso de las mismas y no tienen empacho en contradecirlas abiertamente.

Si la revelación no ha encontrado mejor modo de expresar el amor de Dios por su pueblo que el del amor esponsal, quiere decirse que este género de amor, por su propia naturaleza, no puede reducirse a un capricho subjetivo, a un mero contrato de conveniencia que puede hacerse a la ligera y disolverse del mismo modo, con consenso de las partes o sin él. Existe en estas relaciones una exigencia de responsabilidad en su punto de partida; y una semilla de eternidad, incondicionalidad y fidelidad en su realización en el día a día.

Así pues, no es extraño que Juan, apelando a una larga tradición bíblica, elija el contexto de una boda para situar en ella el imgres-1comienzo de la actividad pública de Jesús, y narrar en ella el primero de los “signos” que la jalonan. De hecho, los capítulos 2-12 de este cuarto Evangelio se han dado en llamar el “Libro de los signos”, siete en total. En este primer signo se afirma con claridad que el desposorio definitivo de Dios con su pueblo se cumple ahora, en la persona de Jesús. Con Él se pone fin a la situación de provisionalidad, penuria, postración y vergüenza en que se encuentra el pueblo de Dios. Ahora se hace verdad que “la alegría que encuentra el marido con su esposa, la encontrará tu Dios contigo.” En definitiva, aquí y ahora realiza Dios lo que prometió en tiempos remotos.

El aquí es Galilea, el lugar en el que Jesús inicia su ministerio, pero también el de la manifestación a los discípulos después de la resurrección: “Él va por delante de vosotros a Galilea; allí lo veréis” (Mc 16, 7). El ahora es “al tercer día” (o “tres días después”, aunque la lectura de hoy no recoge estas palabras que abren la narración de todo el pasaje). El tercer día es para Juan el día de la glorificación de Jesús (cf. Jn 12, 23), que para él significa tanto la hora de la cruz y la hora de la Resurrección. Así pues, se pone desde el principio el ministerio público de Jesús en relación con el misterio de su muerte y resurrección. Es posible que la resistencia de Jesús a intervenir ante la petición de su madre esté en relación con esto: “Mujer, déjame, todavía no ha llegado mi hora”.

El texto no dice quiénes eran los esposos, no da ningún detalle sobre la posible relación de Jesús y María con esos anfitriones anónimos. El foco de atención está totalmente centrado en María y Jesús. María interviene ante una situación penosa (vergonzosa y humillante, en lo que debería ser la alegría del desposorio), que recuerda la indicada antes para el pueblo de Israel (y, en él, de la humanidad entera). Ante la resistencia inicial de Jesús, María insiste y ordena a los servidores con una confianza absoluta: “haced lo que él os diga”. Este texto es el primero del Evangelio de Juan en que aparece María. Juan, que ha hablado de la “encarnación” (la Palabra se hizo carne), no había hecho mención a la madre de Jesús. Ahora, en cambio, se ve cómo Jesús “entra” en la historia, en el sentido de su actividad pública, en su “hora”, por la mediación de María.

La acción de Jesús, entonces, se centra en las seis enormes tinajas de piedra (“de unos cien litros cada una”), usadas para la purificación de los judíos. El número seis refleja una ausencia de perfección (aunque está cerca de ella, que se representa con el número siete). Tal vez se pueda entender en el hecho de que sean de piedra una referencia a la antigua ley de Moisés, grabada en tablas de piedra; una referencia que sí puede claramente descubrirse en el hecho de que sean para las purificaciones de los judíos: la enorme cantidad de agua habla de la enormidad del pecado humano. En una palabra, la antigua ley, orientada a la purificación de los pecados, se revela como imperfecta e insuficiente, se trata de una alianza no definitiva, que prepara pero no puede otorgar la plenitud de la salvación. La penosa situación que se ha creado en lo que debería ser una fiesta también habla del agotamiento de la ley mosaica y, probablemente, de la insuficiencia del Bautismo de Juan. Pero es una insuficiencia que no implica un rechazo o una condena. Igual que Jesús se somete al Bautismo de Juan y lo supera, bautizando con Espíritu Santo y fuego, ahora Jesús realiza la superación de la antigua ley partiendo de ella.

imagesAsí, Jesús manda llenar las tinajas de agua y, sin más preámbulos, ordena llevarle un poco al mayordomo. Se ve que la acción de Jesús no está dirigida simplemente a resolver un apuro ocasional. En primer lugar, llama la atención la cantidad exagerada de agua y de vino: unos seiscientos litros. En segundo lugar, se subraya su extraordinaria calidad. Ni una cosa ni otra tienen sentido en relación con la situación creada: ni hacía falta tanto vino al final de la fiesta, ni era necesaria esa alta calidad, dado el estado de los invitados. Es decir, Jesús “dice” con su signo algo muy distinto: la superabundancia del vino es señal de que los tiempos mesiánicos se han inaugurado, de que el Reino de Dios se ha hecho presente. Y esta nueva etapa supera en mucho a la anterior. El vino nuevo y festivo de las bodas de Dios con su pueblo es mucho más y mucho mejor que la vieja ley y los antiguos ritos de purificación. Aunque, como ya se dijo, no haya de faltar el sufrimiento de la cruz. En el vino nuevo se prefigura también la sangre derramada en la Cruz, con la que Jesús, el Cordero inmaculado, sella una alianza nupcial nueva y definitiva. Con otras palabras, viene a decir lo mismo Pablo: “donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia” (Rm 5, 20).

Ahora entendemos por qué los esposos de estas bodas de Caná no aparecen por ningún lado. El verdadero esposo es aquí Dios, en el rostro de Jesús, nuevo Adán; y la esposa, la Mujer, nueva Eva, es la madre de Jesús, que representa a todo el nuevo pueblo de Dios. Dios reúne de nuevo a su pueblo, en el que la ley está escrita en el corazón y que hace lo que él les dice, un pueblo que, como María, escucha y acoge la Palabra y la pone en práctica.

Todo lo que sucede en Caná de Galilea tiene el sentido de una Epifanía, de una revelación. Por ello, los discípulos, primicias tras María, del nuevo Israel, sienten fortalecerse su fe en él.

Por la fe, los discípulos se convierten en servidores del vino nuevo del Reino de Dios. Realmente, es significativo el papel de los servidores de la boda. El texto dice que el mayordomo no sabía de dónde venía ese vino, mientras que los servidores sí lo sabían. Esto significa, tal vez, en primer lugar, que el vino del Reino de Dios es ofrecido a todos sin excepción: a los que reconocen a Cristo y a los que todavía no lo conocen. Es decir, los frutos positivos del Reino de Dios, el reconocimiento de la dignidad del hombre como imagen e hijo de Dios, los valores del perdón y la misericordia, la solidaridad y la acogida del extraño, y así un largo etc., son parte de ese vino nuevo que muchos beben sin saber de dónde viene. Mientras que, en segundo lugar, los servidores del vino, los que lo recogen y distribuyen, sí saben de dónde viene. ¿No hemos de ver en éstos a la imagen de los discípulos y creyentes de Jesús, que hacen lo que él dice y sirven a los demás desinteresadamente, dándoles de los frutos de la acción de Cristo, que inaugura una nueva etapa en las relaciones entre Dios y los hombres?

Los creyentes como servidores de la comunidad de hermanos, pero también de la humanidad entera, según la diversidad de dones que cada uno ha recibido del Espíritu, es una imagen paulina que expresa bien el núcleo de nuestra vocación cristiana.

Así que, hoy, en Caná de Galilea, Jesús empieza sus signos, crece nuestra fe de discípulos en él, y esto nos da más fuerza para hacer lo que nos dice y servir mejor (el vino nuevo de la filiación divina y la fraternidad) a todos los seres humanos, nuestros hermanos.

El Bautismo del Señor

enero 9, 2016

Lectura del libro de Isaías 42, 1-4. 6-7 Mirad a mi siervo, a quien prefiero
Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 10,34-38 Ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo
Lectura del santo evangelio según san Lucas 3,15-16.21-22 Jesús se bautizó. Mientras oraba, se abrió el cielo

Más que Juan el Bautista

imgresJesús inaugura su ministerio público participando en un rito colectivo de purificación: el bautismo de Juan a las orillas del Jordán. Se presenta en sociedad en un contexto bien determinado: en el círculo del Bautista, en un ambiente de expectación profética, que percibe la inminencia del Mesías. En Juan el Bautista se da un inesperado renacimiento del profetismo de Israel, que contrasta con la religión dominante, concentrada en la ley y su observancia. Es lógico que muchos se preguntaran si no sería Juan el Mesías prometido. De hecho, para él hubiera sido relativamente fácil arrogarse tal título, tanto más si tenemos en cuenta que muchos estaban dispuestos a aceptarlo como tal. ¿Podemos imaginarnos qué hubiera sido el mesianismo de Juan?

Juan es ante todo un profeta que denuncia los pecados del pueblo, llama al arrepentimiento y exhorta a volverse de nuevo al Dios de Israel mediante el rito de purificación del bautismo y una vida basada en la exigencia moral, de la que él mismo es un ejemplo. Sin embargo, Juan no concentra la atención sobre su propia persona, no se hace a sí mismo centro de su mensaje. Al contrario, desvía la mirada hacia “otro” más grande, más poderoso, más digno. Su llamada a la conversión y a la purificación moral y religiosa no tiene el carácter de una meta final, sino de una preparación, de un tránsito hacia algo mayor, hacia el verdadero Mesías, que está punto de llegar. La grandeza de Juan, que Jesús proclamará con énfasis, no está sólo en haberle señalado a Él como el verdadero Mesías, sino también en no haberse aprovechado de la expectación despertada en torno a él, al mismo Juan, para colocarse en el centro, ocupando el lugar de Cristo. Es en esta capacidad de “descentrarse” en la que descubrimos la vocación del verdadero profeta y, en general, del verdadero maestro espiritual, de todo aquel que, de un modo u otro, ejerce un cierto liderazgo religioso. Juan el Bautista debe ser un espejo de todo el que se dedica, en el sentido que sea, a la actividad religiosa: el obispo y el sacerdote, el religioso, el profeta carismático, el catequista, el iniciador de cualquier corriente de espiritualidad, etc., todos ellos deben vencer la tentación de ponerse en el centro, de atraer la atención sobre sí, de ocupar el lugar que sólo le corresponde a Dios y a Aquel que Él ha enviado: Jesucristo. El verdadero profeta, el líder religioso (carismático o institucional), tiene que saber que su papel es sólo preparatorio: favorecer la venida del único Mesías, su acogida y el encuentro con Él. Y esto supone que el profeta auténtico tiene que saber menguar y dejar el protagonismo al que puede más que él. Y esta actitud es tanto más importante, cuanto que, con frecuencia, hay quienes están dispuestos a hacer de uno de estos líderes una especie de Mesías salvador.

Además de esa actitud personal que avala la autenticidad profética, hay otra dimensión que afecta al contenido del mensaje comunicado por el profeta y por el Mesías al que el primero sirve. El mensaje de Juan, preparatorio, denunciador de los pecados y purificador de los mismos, no es un mensaje que pueda salvar definitivamente. Prepara para la recepción de la salvación, pero no salva. La denuncia del pecado y la injusticia, el reconocimiento de ese pecado en uno mismo y la voluntad de purificación, simbolizada en el rito bautismal del agua, y concretada en los buenos propósitos de un cambio de vida, son momentos imprescindibles en la vida del hombre, en sentido moral y religioso, pero son claramente insuficientes. El que denuncia el pecado ambiental y la injusticia social cae fácilmente en el pesimismo respecto del mundo y de la historia, y en la tentación de destruir lo que considera la raíz del mal, con lo que acaba provocando más mal del que pretende eliminar. La historia es prolija en ejemplos de este puritanismo destructor. Por otro lado, el que se purifica del pecado y alcanza un cierto grado de justicia, puede caer en el pecado de orgullo o de soberbia, al creer que se ha hecho justo por sus propios medios. Parece que el círculo del pecado nos rodea de tal manera que siempre acabamos cayendo en él, de un modo u otro. Y esta es la tercera tentación que nos habla de la insuficiencia de esta (con todo, necesaria) actitud: el pesimismo respecto de sí mismo, la sensación de que somos impotentes ante el mal, de que, por más que lo intentemos, no podemos alcanzar la plenitud de la justicia. Y es que, realmente, por muy buenos que creamos ser, no podemos salvarnos a nosotros mismos.

Cuando Juan, al rechazar el título de Mesías, señala al que “puede más que él”, imagesestá señalando, en efecto, una posibilidad mucho más radical que la mera purificación moral y que es la única que puede realmente salvar al hombre definitivamente. El reconocimiento y la purificación de los pecados, representados por Juan y su bautismo de agua, son sólo el preámbulo de una “nueva creación”, de un renacimiento de lo alto, de un bautismo con “Espíritu Santo y fuego”.

Juan, profeta auténtico, dirige nuestra mirada y nuestra atención a Jesús. Y nosotros, hoy, descubrimos a Jesús participando del bautismo de Juan. ¿Es que Jesús necesitaba purificarse de los pecados? ¿Por qué Jesús participa de un rito que, según hemos dicho, es sólo una anticipación preparatoria del verdadero mesianismo, representado por Él mismo? Porque nos debe quedar claro que el bautismo que Jesús recibe de Juan no es todavía nuestro bautismo cristiano (aunque lo simbolice y lo anticipe).

Jesús, de hecho, se sabe puro y sin pecado (cf. 1 P. 2, 22), pero, al mismo tiempo, se siente solidario con su pueblo y partícipe de su destino, que es el destino de toda la humanidad. Jesús, igual en todo a nosotros excepto en el pecado (cf. Hb 4, 15), siente en sí las consecuencias del pecado, la debilidad y vulnerabilidad humana (así en las tentaciones), finalmente en la misma muerte. Por eso se somete junto con su pueblo a este rito de purificación que es signo y anticipo del verdadero bautismo en el que, según sus mismas palabras, debe ser bautizado: su Pasión y muerte en cruz. Así pues, Jesús se somete al bautismo de Juan no porque sea pecador, sino porque ha cargado sobre sí con los pecados del mundo. (cf. Is 53, 4-6).

El hecho de someterse al bautismo de Juan expresa además cuál va a ser su forma de ministerio: Jesús no rehúye el encuentro con los pecadores, sino que busca su compañía, el contacto con los impuros para “encontrar al que está perdido” y “sanar a los que están enfermos”. Es decir, Jesús no es un puritano dispuesto a acabar con el pecado y la imperfección a cualquier precio, en un afán destructor, sino que, por el contrario, sus designios son de recreación y rehabilitación: “La caña cascada no la quebrará, el pábilo vacilante no lo apagará”, ese será su peculiar estilo de implantar el derecho en la tierra.

Así, de una forma bien paradójica, abajándose y participando en el bautismo de Juan, Jesús muestra en qué sentido es “más fuerte y más grande”. Jesús es más que un profeta o un maestro espiritual. (Esta es la tentación equidistante a la de hacer del profeta un Mesías, la de hacer del Mesías un mero profeta.) En el momento del abajamiento, uniéndose a su pueblo en el rito purificador, se abren los cielos y se revela quién es este hombre de Nazaret, este Mesías esperado: es el Hijo amado y predilecto de Dios. Ahora entendemos la radicalidad de la salvación, que el esfuerzo moral y la purificación del agua no pueden lograr: es un renacimiento, una recreación, la adquisición gratuita de una nueva identidad, la de los hijos de Dios. Porque cuando la voz del cielo (la voz del Padre) que declara que ese hombre, que unido a su pueblo, participa de la purificación de los pecados, es “mi hijo, el amado, el predilecto”, al tiempo que lo unge con el Espíritu, Dios nos está diciendo que, en Cristo, acoge y acepta a la humanidad en la que su Hijo se ha encarnado, y acepta sin condiciones y adopta, en consecuencia, a cada ser humano. Efectivamente, en la humanidad de Cristo, “Dios no hace distinciones; acepta al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que sea.”

Domingo 2.º después de Navidad

enero 2, 2016

Lectura del libro del Eclesiástico 24, 1-2. 8-12 La sabiduría de Dios habitó en el pueblo escogido
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios 1, 3-6. 15-18 Nos ha destinado en la persona de Cristo a ser sus hijos
Lectura del santo evangelio según san Juan 1, 1-18 La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros

Vino a los suyos

searchLas fiestas navideñas, su sentido cristiano, tienen el peligro de contagiarse del sentido mundano que, inevitablemente, acompaña a estas celebraciones. Es algo parecido al descorche de una botella de champán: mucho ruido, posiblemente bastante espuma, y luego a bebérsela rápido antes de que se escape el gas, sin el que el champán pierde toda su gracia. Parecido, porque puede quedarse en una breve y superficial explosión de alegría, que apenas deja más poso que la resaca de tanto brindis y tanta comida. No hay que moralizar demasiado al respecto, ni descalificar sombríamente este último sentido mundano, que también tiene su sitio. Pero tampoco debemos, a causa de este último, perdernos el sentido profundo y esencial de la navidad. Por eso, la liturgia vuelve una y otra vez a invitarnos a la contemplación del Misterio. Lo hace desde diversas perspectivas, tratando de que, poco a poco, sin prisas, vayamos captando todos los matices.

Primero vimos la luz y centramos toda la atención en el Niño, al que nuestra fe identifica como el Hijo de Dios, la Palabra de Dios encarnada. Y nos sorprendimos por la increíble cercanía a la que había venido a habitar el Dios por el que todo se hizo. Después, contemplamos a ese mismo niño junto a los que lo rodean más de cerca, sus padres terrenos, María y José, y comprendimos que este nacimiento toca (y transformo) todas las realidades en que vivimos nosotros. En el año nuevo nos fijamos más en María, Madre de Dios. Y como sabemos que María no es un ser divino, sino humano, entendimos mejor la realidad fuerte de esta encarnación: el Hijo de Dios es realmente hombre como nosotros, puesto que ha nacido de una mujer. María aparece además como trono de la sabiduría, pues en su regazo se encuentra la Palabra que Dios nos dirige para iluminarnos.

Hoy, la liturgia nos invita a volver sobre el texto que ya leímos el día de Navidad (y también el día 31) para poder asimilarlo y que vaya calando en nuestra alma. Los nuevos matices que podemos descubrir en este denso texto nos los indican las dos primeras lecturas. Y esos indicadores señalan en dirección a nosotros. La sabiduría, leemos en la primera lectura, ha venido a habitar en medio de nosotros, convertidos en su pueblo. La Palabra que es la Sabiduría de Dios, si quiere habitar entre nosotros, es para hacernos sabios, para que sepamos por experiencia propia, quién es Dios para nosotros, quiénes somos nosotros para Él. Pablo dice lo mismo con otras palabras, cuando señala que en la persona de Cristo nos ha bendecido con toda clase de bienes espirituales. Tanto el sabio autor del libro del Eclesiástico, como Pablo, apóstol de los gentiles, nos están diciendo que Jesús ha nacido para nosotros, por nosotros. Es decir, subrayan con fuerza el acento salvífico de este Misterio.

La sabiduría que Dios nos transmite en Cristo y todos los bienes espirituales y celestiales con que nos enriquece se resumen en el don de la filiación divina: a quienes creen en él y le acogen en la fe les da un verdadero poder: el de ser hijos de Dios.

Es decir, el Hijo de Dios, su Palabra eterna, ha nacido en la debilidad de la carne para que nosotros nos hagamos poderosos, y convirtamos, en Él, en hijos de Dios. Y esto es algo enorme: no somos siervos o esclavos, que han de inclinarse ante este Dios, forzados por el temor de ser destruidos o castigados; ni somos funcionarios de una ley moral más o menos rigurosa, por la que acumulamos méritos que después podemos exhibir orgullosos, exigiendo la paga correspondiente. Tampoco nos convertimos en “libertos”, es decir, gentes desinhibidas para hacer “lo que nos da la gana”, pues esas ganas, que no brotan de nuestro más auténtico yo, y que pueden ser inducidas manipuladoramente de tantas formas, nos hacen vivir una libertad ilusoria y, con frecuencia, nos hacen caer en nuevas esclavitudes… Adquirimos la dignidad de hijos. También la condición de hijo está en nuestro mundo sometida a la realidad del pecado: muchos son los hijos no reconocidos, maltratados, abandonados; o sometidos a una suerte de propiedad privada por parte de sus padres. Jesús con su nacimiento y su cercanía, nos da la oportunidad de ser hijos en sentido pleno: hijos de un Dios que es Padre, no en el sentido metafórico de ser el origen de todas las cosas. El Dios que conocemos por Jesucristo no es padre por ser creador, sino que al contrario: si ha llegado a crear el mundo es porque es ante todo Padre: Padre del Hijo por el que hizo todas las cosas. Llegar a ser hijos de Dios en el Hijo Jesucristo significa que Dios nos quiere y nos elige, nos reconoce, nos restituye toda la dignidad con la que fuimos creados como imágenes suyas, y nos da la libertad propia de los hijos, que, como recuerda Agustín, no consiste en la posibilidad de hacer el mal (esa es la libertad humana herida y enferma), sino la libertad para el bien, es decir, para el amor, para dar libremente la propia vida como nos enseña con su ejemplo el mismo Cristo: para que, como dice Pablo, seamos santos, esto es, irreprochables por el amor.

Así que hoy, en la repetida contemplación del Misterio, de la Palabra hecha carne, todo el acento se dirige a nosotros: pues por y para nosotros, por y para nuestro bien, ha nacido Cristo. Y porque su nacimiento, su presencia entre nosotros pide de nosotros una respuesta: que lo acojamos con fe y con amor, que escuchemos y pongamos por obra su Palabra, que no seamos tan necios como para rechazar estos dones, sino que nos hagamos sabios con la sabiduría que viene de arriba para convivir con nosotros y que es pura, pacífica, amable, llena de indulgencia y buenas obras (cf. St 3, 17).