Archive for 29 abril 2016

Domingo 6 de Pascua (C)

abril 29, 2016

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 15, 1-2. 22-29 Hemos decidido, el Espíritu Santo y nosotros, no imponeros más cargas que las indispensables

Lectura del libro del Apocalipsis 21, 10-14. 21-23 Me enseñó la ciudad santa, que bajaba del cielo

Lectura del santo evangelio según san Juan 14, 23-29 El Espíritu Santo os irá recordando todo lo que os he dicho

La sabiduría del amor

La palabra “amor”, se dice frecuentemente, está prostituida y gastada por el uso y abuso a la que continuamente se la somete. Se usa para designar cualquier sentimiento de inclinación y afición a algo o a alguien, con frecuencia se identifica esa palabra con una actitud indefinida, desestructurada, puramente subjetiva, la más de las veces parecida a la pasión pasajera, más que al acto definido de una libertad que se entrega y se prolonga en el tiempo como fidelidad. Que se abuse de la palabra no debe, sin embargo, escandalizarnos demasiado, porque el continuo recurso a ella indica, al menos, que el ser humano está, sobre todo, necesitado de amor, que está llamado al amor, que es, como dijo cierto filósofo, más un “ens amans” que un “ens cogitans”, es decir, que se define más por sus amores que por sus pensamientos.

Y, sin embargo, no hemos de resignarnos tampoco a un amor sin rostro, indefinido, desestructurado y dependiente por entero de los efímeros sentimientos y de los cambios de humor. Si el amor es tan importante y decisivo en la vida humana, significa, por una parte, que está dotado de una profundidad y radicalidad que tiene que trascender la fugacidad temporal y emotiva, aunque, eso sí, recogiéndola y asimilándola. Y, por otra parte, significa también que es preciso tratar de definir y entender la sustancia del amor con una precisión mayor que la que nos ofrece la prensa rosa o las opiniones comunes.

Hoy Jesús en el Evangelio vincula con insistencia el amor y la palabra, su Palabra, la Palabra del Padre que le envió. Amarle a Él significa escuchar, acoger y guardar su Palabra. Un amor que es palabra es un amor que se expresa, que se encarna, que se traduce en actitudes concretas y reales. El amor de Dios es un amor-Palabra: Dios Padre nos da su Palabra, y la cumple. Su Palabra, la que Él nos envía, es una Palabra hecha carne, que viene al encuentro, que se entrega hasta la muerte. Es, además, necesariamente, un amor que busca y provoca el diálogo. Vincular el amor con la Palabra significa afirmar que hay un Logos del amor, una lógica suya y una racionalidad propia. El verdadero amor implica apertura, acogida, comprensión, constancia, fidelidad. Un amor así se puede enseñar y se puede, en consecuencia, aprender. Nuestro maestro es Jesucristo, la Palabra encarnada del Padre. En él, el amor de Dios ha trascendido los sentimientos indefinidos y los meros buenos deseos y ha establecido un diálogo que requiere respuesta por nuestra parte.

El magisterio de Cristo se prolonga a lo largo de los siglos por medio de su Espíritu, que hoy el mismo Jesús nos promete. Es el Espíritu de Dios, el Espíritu Santo, el que sigue abriéndonos la mente y el corazón para escuchar y acoger esta Palabra como lo que es en verdad: Palabra de Dios, pero Palabra encarnada, humana, cercana, entregada y que, al mismo tiempo, nos llama y nos exige. Es el Espíritu el que sigue enseñándonos en qué consiste guardar la Palabra: conservarla, como María, en el corazón, para que, desde ahí, se traduzca y encarne en nuestras palabras y acciones, para que también nuestro amor esté internamente alimentado y articulado por ella, para que podamos amar de manera, al mismo tiempo, concreta y sabia. Haciéndonos sabios en la escucha y acogida de la Palabra, que guardamos y nos inspira, el Espíritu Santo nos irá recordando todo lo que nos ha dicho. Pero recordar no es sólo una cuestión de memoria (rememorar), sino de corazón: “re-cordari”, es un resonar en el corazón, o, como dice Ortega, “recordamos lo que volvemos a pasar por el estuario de nuestro corazón”. El Espíritu Santo nos enseña haciendo resonar en nuestro corazón la Palabra viva que es Cristo, con el que mantenemos así un diálogo permanente y creativo. Esta es la fuente de nuestra paz interior, que nos permite vivir desde nosotros mismos, desde ese interior pacificado por Cristo, en vez de, como sucede frecuentemente, reaccionar compulsiva e instintivamente a los estímulos ambientales.

El amor basado en la Palabra y que nos pacifica, nos pertrecha para el camino. Cada uno de nosotros, la Iglesia entera, avanza por la historia llamada a trasmitir esta Palabra pacíficamente, de manera dialogal. Es lo que se desprende de la primera lectura. Un grave conflicto amenaza a la comunidad. Se están extendiendo interpretaciones del Evangelio que no son compatibles con su verdadero contenido. Algunos quieren hacer de él una leve variante del judaísmo, que pretenden imponer a los convertidos del paganismo. La comunidad, dócil al Espíritu, se pone a la escucha, recuerda, dialoga y decide. No es el triunfo de un partido o un grupo, sino el triunfo del amor iluminado por la Palabra, que restablece la paz de la comunidad. No puede no haber conflictos y problemas mientras la naturaleza humana sea la que es y no haya alcanzado la meta definitiva de la salvación. Los discípulos de Jesús han de distinguirse, por tanto, no por la ausencia de conflictos, sino por el modo de resolverlos: con voluntad de diálogo y acogida mutua, dóciles al Espíritu, con la sabiduría del amor que nos enseña el Maestro y nos inspira su Espíritu. Cuando somos fieles a este “método” no sólo estamos resolviendo conflictos (ni siquiera está dicho que los acabemos resolviendo todos), sino que estamos haciendo algo mucho más importante, que repetimos cada día como petición en la oración del Padre nuestro: al guardar su Palabra estamos haciendo que se cumpla la voluntad de Dios (de amor, de diálogo, de paz) en la tierra, como ya se cumple en el cielo. Es decir, estamos trayendo el cielo a la tierra, estamos contribuyendo a que descienda del cielo la Nueva Jerusalén, abriendo espacios en nuestra historia en los que, sobre el fundamento de los apóstoles, la gloria de Dios nos ilumina por medio de la lámpara de luz que es el mismo Jesucristo, el Cordero inmolado por amor y para la salvación de todos.

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Domingo 5 de Pascua (C)

abril 23, 2016

Hechos de los apóstoles 14, 21b-27 Contaron a la Iglesia lo que Dios había hecho por medio de ellos

Apocalipsis 21, 1-5 Dios enjugará las lágrimas de sus ojos

Juan 13, 31-33a. 34-35 Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros

 

La nueva Jerusalén y su ley

imgresDesde tiempo inmemorial los seres humanos han diseñado utopías, es decir, formas ideales de sociedad y de cultura en las que los males que afligen desde siempre al ser humano fueran, si no desterrados para siempre, sí al menos limitados hasta niveles soportables. Lugares y formas de organización social en los que se redujera al mínimo el llanto y el dolor, el mal y la injusticia, y se lograra hasta donde fuera posible poner un coto a la muerte. Estas utopías con frecuencia no han pasado de ser proyectos escritos (Utopía de Sto Tomás Moro es la más célebre, pero hay muchas otras: la República de Platón, La Ciudad del Sol de Campanella y otros); en algunas ocasiones se han ensayado en la práctica sobre bases distintas, religiosas (la Florencia de Savonarola, o la Ginebra de Calvino) o pretendidamente científicas (la utopía marxista).

Difícil es valorar la mera imaginación de las cosas, pero parece que hay consenso en que los ensayos de realizar estas repúblicas ideales han generado, prácticamente siempre, mayores males que los que pretendían remediar. Las pasiones, los deseos, la libertad imprevisible del ser humano han acabado por forzar a los utópicos a prescindir de parte de la humanidad a la que pretendían servir, a violentar la naturaleza humana en el lecho de Procusto de sus deseos utópicos. En síntesis, para remediar el mal hay que producir tanto mal que, al final, suele resultar peor el remedio que la enfermedad.

¿No es la visión de la “Nueva Jerusalén” una versión más de esas utopías sangrientas? En el texto del Apocalipsis alienta el anhelo inextinguible del hombre por un mundo sin mal, sin dolor, sin muerte. Pero aquí no se trata de un sueño que se pone de espaldas a la realidad concreta del hombre y que, por tanto, se niega a mirar cara a cara el mal real de nuestro mundo. La clave de lectura de la visión de la nueva Jerusalén está en el Evangelio que hemos leído en este quinto domingo de Pascua.

Es un evangelio un poco raro en el contexto del camino pascual Mafaldaque venimos recorriendo. Recordemos que se trataba de ir descubriendo aquellos lugares en los que era posible “ver” al Señor con los ojos de la fe: la comunidad de discípulos, la Eucaristía, los Pastores. En esta semana se nos habla de un centro fundamental (si no del centro fundamental) de la fe cristiana: el mandamiento del amor. Es así: esas presencias del Resucitado iluminan el misterio del amor que Dios nos tiene, y tienen sentido para hacer posible que nosotros, los seres humanos, vivamos de ese mismo amor. Pero el “amor” del que aquí se habla no tiene nada de romántico, no es un sentimiento de simpatía universal, ni tampoco está dirigido sólo a aquellos que “nos caen bien”, militan en nuestro partido o que piensan como nosotros… De hecho, el evangelio, con sus primeras palabras, nos retrotrae a los momentos anteriores a la Pasión de Cristo: “cuando salió Judas del cenáculo”. Aunque aquí no se cita, en ese texto se dice que “era de noche”. Es decir, volvemos de la luz a la oscuridad. Y se hace, creo, precisamente, para recordarnos que aquí no hablamos de una hermosa pero irreal utopía, además de peligrosa, por excluyente.

El amor del que aquí se habla mira cara a cara el mal, no lo rehúye, no crea “cordones sanitarios” contra sus posibles portadores (¡¿quién no es portador?!). Dios mira al ser humano real, con todas sus miserias, y las asume sobre sí, las hace suyas, pasa por ellas. El amor de que se habla aquí no es romántico, ni utópico, ni cerrado en el pequeño grupo sectario que se forma a base de la exclusión de los “impuros”; por el contrario, es fuerte, realista, difícil: es la actitud del que está dispuesto a dar su vida en bien de los demás, en los que ve a sus hermanos. ¿Quién es capaz de un amor así? CruzSólo hay una respuesta: Jesús. El amor que nos manda tener entre nosotros es el amor que él nos regala: “que os améis unos a otros, como yo os he amado”. Un amor que mira y asume la limitación y que, por eso, se encarna en lo concreto: un amor que soporta, es paciente, perdona, asume, escucha, que dice la verdad, pero sin rigidez, que da siempre una nueva oportunidad. Es el amor del día a día, el único que nos sostiene en la vida cotidiana, y cuenta por ello con los momentos de cansancio, de debilidad, de rutina, de crisis.

La luz del Resucitado nos da la fuerza para amar también cuando “es de noche”, es decir, en el momento de la cruz, sin utopismos, pero con horizontes de esperanza. La nueva Jerusalén ha comenzado, pero está en camino. Hay que sembrarla con ese amor realista y encarnado, que, porque no es romántico, no es excluyente (hasta el enemigo es objeto de él), sino abierto a todos: es el amor universal de la misión de la Iglesia de la que nos habla la primera lectura.

En esta quinta semana de Pascua la Palabra de Dios, al tiempo que se concentra en el mandamiento del amor (la sustancia de las presencias del Resucitado y el motor de la misión), se introducen dos motivos íntimamente unidos: el Espíritu Santo y la próxima Ascensión de Cristo, que marca el final del intenso período de las apariciones del Resucitado. Su marcha conlleva una cierta noche, pero no es un abandono (el fin de la utopía), sino una nueva forma de presencia: el amor no es ante todo un esfuerzo moral, sino la presencia del Espíritu Santo, el Espíritu de Jesús en la Iglesia y en los creyentes. Esa presencia alimenta nuestra vida cristiana e ilumina esas presencias del Resucitado que hemos contemplado en las primeras semanas pascuales.

Si es de noche en nuestra vida, hemos de saber que la luz del Resucitado opera ya en nosotros gracias al Espíritu Santo que Jesús nos promete. Aunque sea de noche es posible hacer el bien y realizar este amor concreto, realista y encarnado, para así ser fieles a los momentos de luz. Si, pese a nuestras debilidades y defectos, tratamos de vivir de este amor previamente donado, entonces estaremos realizando la misión de la Iglesia, pues por él “conocerán que somos discípulos suyos”. Y si lo hacemos así, por muy deficiente que nos parezca nuestro testimonio, estaremos adelantando esa “utopía realista” y ya operante en la historia humana: la nueva Jerusalén, en la que Dios enjugará las lágrimas de nuestros ojos, y ya no habrá muerte, ni llanto ni luto, ni dolor.