Archive for 28 mayo 2016

Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo (C)

mayo 28, 2016

Lectura del libro del Génesis 14, 18-20 Sacó pan y vino
Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 11, 23-26 Cada vez que coméis y bebéis, proclamáis la muerte del Señor
Lectura del santo evangelio según san Lucas 9, 11b-17 Comieron todos y se saciaron

“Corpus Christi”, el memorial de una pasión

imagesDespués de la solemnidad de la Santísima Trinidad, el segundo gran destello de la Pascua es la solemnidad que tradicionalmente se celebraba el jueves después del Domingo de la Trinidad, y que ahora se ha trasladado al domingo siguiente, el que hoy celebramos, la solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo.

El cuerpo es ante todo presencia, cercanía, contacto. Pero también expresa nuestra debilidad, lo vulnerables que somos. Cuando el Verbo de Dios asumió un cuerpo humano y “tomó carne”, se hizo al mismo tiempo presente y expuesto. Su cercanía corporal habla de la proximidad humana de Dios, de su voluntad de ser accesible, abordable. Pero esta cercanía le hace asumir la debilidad humana, su vulnerabilidad, su carácter mortal. Por su cuerpo Jesús puede tocarnos sanándonos, y podemos tocarlo nosotros para que nos transmita su fuerza (cf. Mc 5, 25-30), pero también puede ser golpeado, azotado, herido hasta la muerte. La encarnación no es una mera apariencia y, por eso, incluye la participación plena en la humana finitud. De ahí que algunos Padres de la Iglesia dijeran que “si alguno pregunta por el misterio se sentirá llevado a afirmar más bien, que no fue su muerte una consecuencia de su nacimiento, sino que él nació para poder morir” (San Gregorio Nacianceno). Y es esta muerte la que le hace plenamente humano, “uno de los nuestros”.

El misterio Pascual, la muerte y resurrección, universaliza la presencia de Cristo, de manera que ya no está limitado por el espacio y el tiempo. Pero, entonces, ¿cómo garantizar el acceso “corporal” a la humanidad de Cristo?

Jesús prolonga su presencia física en la Eucaristía. No es casualidad que eligiera como signo y realidad de su presencia cosas tan sencillas y cotidianas como el pan y el vino. De esta manera subraya, de nuevo, el compromiso con la cotidianidad. Dios no nos images-2saca de nuestra realidad, no nos aliena, sino que se hace presente en ella y en ella alimenta nuestra vida. La Eucaristía es un “memorial”, el memorial de su pasión: no un mero recuerdo de un acontecimiento pasado, sino una actualización, que nos hace realmente partícipes del acontecimiento pascual. En el texto de la carta a los Corintios, escrita relativamente pocos años después de la vida terrenal de Jesucristo, Pablo nos habla ya de una “tradición” procedente del mismo Señor y que él trasmite a sus fieles. Pablo, que tenía a gala ser apóstol por elección del mismo Cristo, pese a no haber convivido con el Jesús histórico, enfatiza de este modo la realidad fuerte de la Eucaristía, por la que participamos de modo no sólo simbólico en la pasión de Jesús: su pasión por su Padre, por hacer la voluntad del Padre. Cuando Pablo, como también Lucas, recoge el mandato de Jesús al final del gesto eucarístico, “haced esto en memoria mía”, el esto que Jesús nos manda hacer se refiere a un memorial de su pasión que nos pone en contacto con toda la vida de Cristo, con todo su misterio. Por eso, hacer esto significa vivir con Él vivió, dando la vida por amor, por los suyos, por todos. Participar en la Eucaristía no puede reducirse a “cumplir” con una obligación pesada, no consiste en “ir a misa”, sino que tiene que ser una escuela de comunión con Cristo, que nos enseña a abrirnos a Dios, a su voluntad de Bien y de amor, y, en consecuencia, a los demás, a sus necesidades reales. Como afirma Juan “quien dice que permanece en él debe vivir como vivió él” (1Jn 2,6).

Y es que Jesús, mediante los signos del pan y el vino, nos recuerda también que la salvación que nos ha traído no es sólo algo del “espíritu” (la “inmortalidad del alma”, por ejemplo), sino que se trata de una salvación integral que afecta al hombre entero, su cuerpo y su espíritu, su intelecto, su voluntad y sus sentimientos, su individualidad personal y sus relaciones. El pan nos habla de las necesidades más elementales y cotidianas, de las que no sólo vive el hombre, pero también de ellas, como recordaba Juan XXIII: “no sólo de pan vive el hombre, pero también de pan”. El vino nos habla de la dimensión festiva que también está presente en la vida del hombre y, por tanto, en la vida cristiana y en la Eucaristía: “el vino que alegra el corazón del hombre” (Sal 104, 15).

Pero el pan y el vino juntos, como cuerpo y sangre de Cristo presentes en la Eucaristía, nos hablan de una mesa común en la que los hermanos se comunican y comparten. No es la mesa eucarística la reunión sectaria de un grupo de iluminados, sino una mesa abierta a las necesidades de todos.

Por eso el Evangelio de esta fiesta del Corpus (Lucas 9, 11-17) recoge una situación tan eucarística como la multiplicación de los panes. Ante la multitud hambrienta y en descampado, los discípulos quieren despedirlos: ya han recibido el alimento del espíritu, que se busquen ahora ellos mismos la vida (es decir, el pan). Pero Jesús les lanza un desafío que parece un imposible: “Dadles vosotros de comer”. La respuesta de los apóstoles no se hace esperar: “No tenemos más que cinco panes y dos peces…” No podemos afrontar con nuestras fuerzas y medios limitados una necesidad tan grande.

También hoy nos dice Jesús a nosotros, cuando le hablamos de las necesidades y los males de nuestro mundo: “dadles vosotros de comer; responded vosotros a esas necesidades, poned fin a la injusticia, a las guerras…”. Y también nosotros tendemos a las evasivas: ¿qué podemos hacer ante tantos problemas y tanto mal, cuándo somos tan limitados y tenemos tan poco?

images-1Jesús nos enseña hoy que si le entregamos lo poco que tenemos, Él tiene poder para multiplicar eso poco para que alcance para todos. La Eucaristía es alimento para el espíritu, pero también es una escuela de amor concreto, de comunión y solidaridad, en la que aprendemos a compartir nuestros bienes con los necesitados. El que podamos hacer poco no es excusa para hacer precisamente eso poco, que es la contribución que podemos y debemos hacer para saciar el hambre de los hambrientos de pan y de sentido.

Como botón de muestra, basta que pensemos que múltiples comunidades cristianas en muchos países, entre otros en Rusia, pero también en Asia, África e Iberoamérica pueden subsistir y llevar adelante múltiples proyectos eclesiales y sociales gracias a las ayudas de cristianos de países como Alemania, Italia o España. Si se sumaran más a esa red de fraternidad, por ejemplo participando más activamente a la vida de la Iglesia, también acudiendo a la reunión dominical a la Jesús llama a sus discípulos para darles, y también para pedirles que pongan a disposición su pequeña contribución, a muchos más llegaría esa ayuda multiplicada por la acción eucarística de Jesús, que “tomó los panes y los dos peces, levantó los ojos al cielo, pronunció la bendición, los partió y se los dio a los discípulos para que los distribuyeran a la gente”. Comieron y se saciaron los presentes, y todavía sobró para continuar multiplicando la red de fraternidad y ayuda a los necesitados que, inevitablemente, se forma en torno a Jesús, a su cuerpo entregado y a su sangre derramada.

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Domingo de la Santísima Trinidad

mayo 21, 2016

Lectura del libro de los Proverbios 8, 22-31 Antes de comenzar la tierra, la sabiduría fue engendrada

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 5, 1-5 A Dios, por medio de Cristo, en el amor derramado con el Espíritu

Lectura del santo evangelio según san Juan 16, 12-15 Todo lo que tiene el Padre es mío; el Espíritu tomará de lo mío y os lo anunciará

Enigmas y misterios

imgresLos misterios no son enigmas. Estos últimos son planteamientos artificiales o situaciones más o menos naturales cuyo sentido se encuentra escondido y resulta de difícil comprensión, pero que con observación, un poco de agudeza e ingenio se pueden resolver. Todos conocemos el célebre enigma de la Esfinge, que resolvió Edipo, salvando así su vida y labrando al tiempo su propia desgracia. Los misterios, en cambio, pueden no tener nada de extraño, pueden ser realidades totalmente habituales y, sin embargo, no se pueden “resolver”, en el sentido de que no se pueden “disolver”, no se pueden reducir a una fórmula que deshace su secreto; el misterio puede entenderse sólo si se lo respeta como tal. La vida es un misterio, y el enigma biológico de su fórmula genética no puede desplazar el sentimiento de asombro ante la vida, especialmente ante la nueva vida, por ejemplo, de un niño recién nacido. Tampoco el enigma de la estructura subatómica o el de la expansión del universo pueden, una vez resueltos, explicar el misterio de por qué hay ser y no, más bien, la nada. Lo mismo cabe decir de la inteligencia y la voluntad libre. No digamos ya, del misterio del amor. ¿Por qué una persona se enamora precisamente de esta otra, y siente que, pese al cúmulo de casualidades que han cruzado sus caminos, está como predestinado a compartir con ella su vida del todo y hasta el final? Quien quiera explicar este misterio resolviendo enigmas biológicos o psicológicos, tendrá que explicar además el enigma de su propia miopía mental.

El misterio de la Santísima Trinidad no es un enigma. Mucho menos es un enigma matemático que pretende una searchimposible ecuación numérica (que uno es igual a tres, o algo similar). Tampoco se trata de un misterio puramente teórico, una especie de rompecabezas teológico propuesto para poner a prueba nuestra fe, o, tal vez, nuestra credulidad. Todo en el mundo tiene, desde luego, un lado teórico, y el Dios trinitario también: no en vano es objeto de la reflexión teológica. Pero no es ése su aspecto más importante.

El misterio de la Trinidad es una verdad de fe que Dios ha ido revelando poco a poco, a lo largo de toda la historia de la salvación, y que se ha ido entrelazando, ante todo, con la experiencia religiosa viva del hombre, primero en Israel, y después y de modo definitivo, con el advenimiento de Cristo.

El texto del libro de los Proverbios expresa con enorme fuerza y belleza un lado fundamental de la experiencia religiosa de Israel. El universo inmenso, inabarcable, ordenado y lleno de belleza remite a un Autor que es todavía más grande, más alto que lo más alto del cielo, más profundo que los fundamentos de todo lo que existe. Israel al contemplar el universo, comprende que éste no es divino, y que el Creador de todas las cosas está por encima de todas ellas. Por esta transcendencia suya Dios es inaferrable, no es posible encerrarlo en un concepto, ni manipularlo con ritos mágicos cualesquiera. Pero, ante esta grandeza y fuerza ilimitada, el hombre no se siente aterrado y aplastado. El Dios que se anuncia y esconde tras las maravillas de la creación no es un monarca (literalmente, un principio –arché– solitario y separado –monos–) que establece con sus criaturas relaciones despóticas, puramente verticales que reducen a pura servidumbre. Al hablar de la sabiduría “engendrada antes de todo tiempo” con la que y por medio de la que todas las cosas fueron creadas, se adivina la intuición, todavía no del todo explícita, de un Dios que no es un solitario, o que se reduce a pensamiento puro que se piensa a sí mismo, sino que en su interior existe relación, hay comunicación interna, se da un diálogo. La comunicación sólo es posible allí donde hay diferencia, inteligencia y respeto. La suprema expresión de una comunicación así es el amor, que supera la diferencia sin anularla.

El mundo que suscita la admiración del autor del libro de los Proverbios habla de una sabiduría que revela a un Dios amable deseoso de comunicarse con el hombre. Si alguien opone a esto las expresiones de amenaza, ira o castigo por parte de Yahvé en el Antiguo Testamento, es preciso responder que esas expresiones siempre dan paso, a veces de manera inesperada, incluso ilógica, a otras que hablan de perdón, misericordia, salvación y restablecimiento de la alianza. Porque Dios no establece con el hombre, hemos dicho, relaciones despóticas de sumisión, sino que propone pactos, alianzas, que suponen el reconocimiento de la libertad de las dos partes y el respeto entre ellas.

La plena comunicación de Dios al hombre se ha realizado en Jesucristo, Palabra y sabiduría de Dios, por quien fueron creadas todas las cosas, y que, al comunicarse al hombre se ha hecho máximamente cercano, hasta el punto de haber asumido la humanidad misma. En Jesús, el Dios-hombre, el Padre, pagando, eso sí, un alto precio, ha sellado la paz con el hombre, la plena reconciliación y la amistad, que el ser humano ha roto con el pecado. Pero Jesús no ha venido simplemente a realizar una “visita de cortesía”, a resolver un entuerto y a marcharse tranquilo a casa; Jesús ha querido quedarse con nosotros. Es cierto que la encarnación ha significado someterse a las limitaciones del espacio y el tiempo, pero gracias a su Resurrección, esas barreras han sido superadas y Jesús sigue presente entre nosotros por medio de su Espíritu. El Espíritu Santo es el Espíritu de Jesús, el Espíritu del Amor, la relación viva y personal que hay entre el Padre y el Hijo.

imagesDe hecho, el misterio de Dios, incluso en la concreción de la carne y la humanidad de Jesús sigue siendo inmanipulable e inabarcable. Por eso, como dice Jesús en el Evangelio, no “podemos con ello”, pues no es posible encerrarlo en unas fórmulas, en una “doctrina”. Es preciso entrar en un diálogo vivo, paciente y prolongado, en una comunicación perseverante en la que cada uno de nosotros y todos como Iglesia vamos profundizando, comprendiendo, penetrando el misterio insondable de Dios, que es el misterio mismo del Amor, bajo el magisterio del único Maestro, Jesús, y la guía y la inspiración del Espíritu. Por eso, más que una comprensión meramente intelectual (imposible para nuestra frágil inteligencia, al menos en las actuales circunstancias de nuestra vida), es necesario abrirse a este misterio por la vía del amor. Al aceptar el amor de Dios en Cristo y al tratar de amar a los demás estamos estableciendo una comunicación viva con Dios que trasciende toda teoría. Porque el amor no es una norma moral que tengamos que “cumplir”, sino la vida interna del Dios Uno y Trino derramada en el corazón del creyente y que opera en él, precisamente por las obras del amor: la paz, la confianza, el respeto, el perdón, la virtud, la constancia, la comprensión.

Domingo de Pentecostés

mayo 14, 2016

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles 2,1-11 Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 12,3b-7.12-13 Hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo

Lectura del santo evangelio según san Juan 20,19-23 Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. Recibid el Espíritu Santo

Bajo la acción del Espíritu

luzLa solemnidad de Pentecostés cierra el largo ciclo del tiempo pascual (que hace unidad con el tiempo de Cuaresma). Podemos tener la sensación de que el don de Espíritu Santo es algo que acontece “al final” de este tiempo extraordinario, y que vendría a atemperar la sensación de orfandad por la ausencia terrena de Jesús. Pero, si escuchamos con atención la Palabra que Dios nos ha dirigido hoy, podemos entender que no es exactamente así. Pablo nos recuerda que “Nadie puede decir: ʻJesús es Señorʼ, si no es bajo la acción del Espíritu Santo”. Por tanto, si durante el tiempo pascual hemos podido ver a Jesús resucitado, y lo hemos reconocido como Señor y Mesías, significa que el don del Espíritu Santo ya ha estado actuando en nosotros. Y su actuación no permite que nos sintamos huérfanos, sino, al contrario, nos reviste del Espíritu de filiación que clama en nosotros “¡Abba! ¡Padre!” (cf. Gal 4, 6). El sentido inevitablemente cronológico de la liturgia no debe llevarnos a engaño. Los tiempos de Dios no son como los nuestros. 

¿Por qué, entonces, la liturgia sitúa la venida del Espíritu precisamente al final del tiempo pascual? Nuestra vida se da en la distensión temporal y es en ella en la que vamos aprendiendo los misterios de Dios, que exceden la limitación del espacio y el tiempo. Pero Dios, al encarnarse, asume nuestra temporalidad y hace de ella ocasión para desplegar su sabia pedagogía, dirigiendo nuestra atención, ora a unos aspectos, ora a otros, que se iluminan y enriquecen mutuamente. Durante el ciclo pascual (Cuaresma-Semana Santa-Pascua), tiempo de luz, hemos contemplado los grandes misterios de la Vida, la Muerte y la Resurrección de Jesucristo. Lo hemos contemplado a Él, y lo hemos hecho desde la fe, es decir, bajo la acción del Espíritu. Al concluir (sólo litúrgicamente) este gran ciclo de contemplación y de fiesta, abrimos uno nuevo, el ciclo de la misión y el testimonio en la vida cotidiana. Por eso, antes de ponernos en camino, la liturgia nos invita a detenernos un momento y hacer conciencia, no sólo de lo que hemos visto y oído, sino también de la luz y la vibración que nos ha permitido ver, escuchar y creer, y que ahora nos tiene que llevar a confesar y anunciar. El Espíritu Santo es la luz en la que habitualmente no reparamos, pero gracias a la cual podemos ver. Es decir, lo conocemos por sus frutos, por sus dones.

Tradicionalmente se ha considerado que esos dones son la sabiduría, la inteligencia, el consejo, la fuegofortaleza, la ciencia, la piedad y el temor de Dios, todos ellos en relación con la compresión de los misterios de la fe. Nosotros ahora no vamos a comentar con detalle estos dones, sino que queremos contemplarlos a la luz de la Palabra que hemos escuchado hoy. Ya hemos dicho que el primer don del Espíritu Santo lo hemos experimentado durante todo este tiempo de Pascua, al contemplar a Cristo resucitado y encontrarnos con él. A partir de él podemos discernir los otros dones, frutos que denotan la presencia y la acción del Espíritu en nuestras vidas y que nos habilitan para la misión que Jesús nos confía: “Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo”.

Al reflexionar sobre ellos, caemos en la cuenta de que el Espíritu Santo no actúa de manera mágica o automática, pues, siendo un Espíritu personal, es también un Espíritu de diálogo, que no fuerza nuestra libertad, sino que requiere nuestra cooperación. Por eso, de nuevo, la venida del Espíritu Santo no es un hecho puntual, sino una realidad siempre actual, siempre en curso. También por este motivo, podemos comprobar, precisamente por sus frutos (o por la ausencia de ellos), en qué medida estamos viviendo bajo la acción del Espíritu, y hasta qué punto nos estamos oponiendo a ella.

Cuando en nuestra vida de relación con los demás, también en nuestra vida eclesial, no somos capaces de entendernos entre nosotros, si, incluso hablando un mismo idioma, no conseguimos encontrar un lenguaje común, es que no estamos siendo dóciles al Espíritu. Porque, cuando el Espíritu viene, nos inspira para comprendernos entre nosotros, universalmente, a pesar de las diferencias, que, curiosamente, el Espíritu no anula, sino que preserva. El Espíritu no nos uniformiza, ni nos obliga a hablar en un mismo idioma, sino que nos enseña el lenguaje universal del amor, que une a los distintos, sin eliminar la originalidad de cada uno.

Por esto mismo, cuando subrayamos la división entre nosotros por lo más variados motivos, si fomentamos la confrontación, por ejemplo, entre jerarquía y laicado, entre acción y contemplación, entre oración y compromiso social, entre tradición y progreso…, aunque la parte de verdad que hay en nuestra posición parezca justificarnos, no estamos actuando y juzgando bajo la inspiración del Espíritu Santo, que hace de la diversidad de dones, ministerios, sensibilidades, formas de espiritualidad, etc., manifestaciones para el bien común, para la unidad del único cuerpo de Cristo.

aguaA diferencia de Lucas, que distancia en el tiempo la Pascua de la Ascensión y de Pentecostés, Juan, como queda patente en el Evangelio de hoy, reúne estos acontecimientos en un mismo día: “el primer día de la semana”. Y es que este primer día de la semana no es un tiempo meramente cronológico (aunque acontezca en la historia), sino que es el tiempo de la nueva creación, en el que, como al comienzo de la creación del mundo (cf. Gn 1, 2) el Espíritu alienta, crea y ordena. En este texto podemos descubrir en apretada síntesis otros frutos del Espíritu, y, por contraste, aquellas actitudes que, por el contrario, denotan que aún no lo hemos acogido. Allí donde dominan la cerrazón y el miedo no está actuando el Espíritu, que, al contrario, nos abre y da coraje para salir al mundo entero a dar testimonio de la Buena Nueva de Cristo. Junto al miedo, atenazan los corazones de los hombres, muchas veces también de los creyentes, la inquietud, el pesimismo, la tristeza. El Espíritu de Jesús insufla paz y alegría, incluso allí donde vemos, sentimos y nos duelen las heridas del cuerpo de Cristo, que él mismo nos muestra. Esas heridas abiertas, recuerdo vivo de la Pasión de Cristo, que sigue presente de tantas formas (en el cuerpo de Cristo que es la Iglesia, en los sufrimientos de sus “pequeños hermanos”), no son heridas que claman venganza, ni acusan con rencor, sino “las heridas que nos han curado” (Is 53, 5; 1 P 2, 24), que hablan de perdón. Un gran don del Espíritu que opera en la Iglesia es el perdón. El sacramento de la reconciliación es su expresión principal, pero no la única. Todos estamos llamados a ejercer el ministerio del perdón, precisamente en la generosidad para perdonar a los que nos ofenden, para ser agentes de reconciliación allí donde hoy conflictos de cualquier tipo. Cuando somos incapaces de perdonar, cuando vivimos en el rencor, “guardándonos” las ofensas reales o imaginarias de que hemos sido víctimas, cuando ahondamos los conflictos, en vez de contribuir a resolverlos, entonces es claro que nuestro corazón está cerrado a la acción del Espíritu, que tenemos que ponernos en vela a la espera de nuestro particular Pentecostés. Podemos decir que el verdadero perdón no es cosa fácil, especialmente cuando las ofensas son muy graves. Pero no se trata de realizar imposibles superiores a nuestras fuerzas, sino de abrirnos al que es más fuerte que nosotros, al que ha resucitado a Jesucristo de la muerte, ha vencido el mal, y nos enriquece y transforma con sus dones.

El ministerio del perdón es el fruto de un corazón reconciliado, resucitado, nuevo. Es el gran signo de que, realmente, el Espíritu Santo, el Espíritu del Amor, el Espíritu de Jesús ha bajado sobre nosotros y ha encontrado espacio en nosotros, de manera que podemos salir al mundo, sin temor, con paz y alegría para dar testimonio del gran misterio pascual, que hemos contemplado durante este tiempo que hoy concluye, y del que Jesús nos manda testimoniar y anunciar, enviándonos al mundo entero.

La Ascensión del Señor

mayo 7, 2016

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles 1,1-11 Lo vieron levantarse

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios 1,17-23 Los sentó a su derecha en el cielo

Conclusión del santo evangelio según san Lucas 24, 46-53 Mientras los bendecía, iba subiendo al cielo

 

Fidelidad y apertura

 

imgresHace años un afamado teólogo comenzaba su reflexión sobre la presencia de la Iglesia en el mundo de hoy proponiendo con agudeza una dialéctica entre identidad y relevancia, dos dimensiones, en apariencia, incompatibles: si los cristianos tratan de alcanzar relevancia y aceptación social, han de acomodarse al ambiente entorno, con lo que sacrifican su identidad cristiana; y si, por el contrario, refuerzan los elementos de su identidad, tienen el peligro de perder presencia social y convertirse en una secta. Es claro, y así lo proponía este teólogo, que la verdadera relevancia del cristiano y de la Iglesia sólo puede alcanzarse sobre la base de una identidad experimentada y creída. Y esto mismo es lo que les dice Jesús a sus discípulos antes de su Ascensión. Son palabras que aúnan admirablemente las dos dimensiones: la identidad, el núcleo esencial del mensaje cristiano, el recuerdo del misterio pascual de la muerte y resurrección del Mesías; y, sin solución de continuidad, la relevancia, la misión de la Iglesia, que Jesús confía a sus discípulos, y por la que se abre así al mundo entero.

La íntima unión de las dos dimensiones es esencial. En primer lugar, porque el contenido de la fe no es un sistema ideológico, moral o religioso más o menos atrayente, sino la vinculación con el Mesías, una persona de carne y hueso, que realmente ha vivido entre nosotros, ha muerto y ha resucitado, cumpliendo así el designio salvador de Dios, que es lo que significan las palabras “así estaba escrito”. Por eso, la misión no se realiza por medio de la propaganda, la fuerza o los argumentos racionales, sino mediante el testimonio de aquellos que están vitalmente unidos al maestro: “vosotros sois testigos de esto”.

Es significativo que la Ascensión tenga lugar en Betania: lugar de muerte y de vida (cf. Jn 11, 1-43), de amistad con el Maestro, de contemplación y de servicio (cf. Lc 10, 38-42). Los fuertes vínculos personales que evoca Betania nos hacen comprender que la Ascensión de Jesús a los cielos no es una separación. Lucas, teólogo de la historia de la salvación, va distinguiendo con claridad sus diversos momentos, y ahora señala la línea divisoria entre el período de la presencia terrena de Jesús, que se prolonga en cierto sentido durante el tiempo de las apariciones pascuales, y el tiempo de la misión. Pero, en realidad, la Ascensión marca, más que una desaparición, una nueva forma de presencia que, precisamente por universalizarse en la misión, no puede tener el carácter visible que vincula a determinado espacio y tiempo. Es la presencia en el Espíritu, la fuerza de lo alto que ha de revestir a los discípulos. Ahora bien, el carácter universal de esa presencia no debe llevar a equívocos: no es una universalidad “abstracta”, limitada al mundo de las ideas, sino una universalidad concreta, ligada a todo lugar y todo tiempo: ser sus testigos “en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los confines del mundo”, sabiendo que Él está con nosotros “todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20). Esos “confines del mundo”, en el espacio y en el tiempo, se encuentran allí donde yo, cada uno de nosotros, se encuentra en cada momento: aquí y ahora, hasta aquí y hasta este momento ha llegado el mensaje del Evangelio, y la misión de cada uno es seguir llevándolo a todo tiempo y lugar.

Gracias a esta nueva forma de presencia en el Espíritu y que es el testimonio de los creyentes, Jesús “sigue padeciendo en la tierra todos los trabajos que Servicionosotros, sus miembros, experimentamos”, como nos recuerda San Agustín: él mismo es el perseguido cuando los cristianos sufren persecuciones (“Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?” Hch 9, 4); él mismo pasa hambre y sed y penalidades en todo ser humano que sufre (cf. Mt 25, 34-45). Pero esta forma de presencia también hace verdad la inversa: si los discípulos volvieron a Jerusalén (que, no lo olvidemos, “dista poco de Betania, unos quince estadios! – cf. Jn 11, 18) y estaban “con gran alegría siempre en el templo bendiciendo a Dios”, es porque, en medio de las dificultades y contrariedades de este tiempo de misión y testimonio, participan y gozan ya de las primicias de la victoria de Cristo sobre la muerte. Por eso dice también San Agustín, hablando de la Ascensión, “que nuestro corazón ascienda también con él… de modo que gracias a la fe, la esperanza y la caridad, con las que nos unimos a él, descansemos ya con él en los cielos”.

PapaEntendemos así que, aunque la misión se realiza humildemente por medio del testimonio de hombres débiles y limitados, no es cosa de la libre iniciativa o la imaginación humana, sino que es llevada adelante por el Espíritu Santo. De nuevo descubrimos cómo la apertura y relevancia de la misión es cuestión de fidelidad al núcleo de la fe confesada y vivida. Sólo desde esa fidelidad y esa guía del Espíritu es posible, como nos recuerda Pablo, recibir la sabiduría que ilumina el corazón, comprender vitalmente la esperanza a la que estamos llamados, la eficacia desplegada por la fuerza de la muerte y resurrección. Y sólo así la misión podrá evitar las deformaciones a que se puede ver sometida si nos dejamos llevar de nuestras propias ideas y que, de un modo u otro, tientan sin cesar a los seguidores de Jesús. La pregunta de estos en la escena que Lucas reproduce con otros matices al comienzo de los Hechos de los Apóstoles puede entenderse en este sentido: “Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel?” Es una pregunta que sigue denotando a estas alturas una cierta incomprensión del mesianismo de Cristo y de su misterio pascual. Es fácil y tentador soñar con la fundación de un determinado sistema, más o menos teocrático, que establece claras fronteras entre “nosotros y los demás”, o comprender el testimonio, sea como un místico quedarse mirando al cielo, o, por el otro extremo, como un programa de pura transformación social que deja en la penumbra la confesión de fe. Es decir, es fácil caer en la tentación de subrayar la identidad a costa de la relevancia, o, lo contrario, buscar formas de relevancia que dejan desvaída la fidelidad al núcleo de la fe. Pero, como dice Jesús, “no os toca a vosotros poner en cuestión la autoridad de Dios”, sino realizar la misión encomendada: el testimonio de fe, que aúna fidelidad y apertura, confesión de fe y compromiso. Y no puede ser de otra manera, porque la verdad que se transmite por vía de testimonio es posible sólo cuando se incorpora en la propia persona la verdad testimoniada, que no consiste en hablar de “algo”, sino de vivir como vivió “alguien”, Jesucristo, reproduciendo en uno mismo ese núcleo de la fe: dar la propia vida para alcanzar la Vida.