Archive for 18 junio 2016

Domingo 12 del Tiempo Ordinario (C)

junio 18, 2016

Lectura del profeta Zacarías 12,10-11 Mirarán al que atravesaron

Lectura de la carta de San Pablo a los Gálatas 3,26-29 Los que habéis sido bautizados os habéis revestido de Cristo

Lectura del santo Evangelio según San Lucas 9, 18-24 Tú eres el Mesías de Dios. El Hijo del hombre tiene que padecer much

Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?

imagesLa persona de Jesús difícilmente deja indiferente a nadie. Incluso quienes se encuentran en cierto sentido en las antípodas de lo que Cristo representa han experimentado la fascinación de su persona, y muchos de ellos han tratado de atraer su figura hacia su propia posición. Los ilustrados del siglo XVIII vieron en Jesús a un maestro de la moralidad racional que ellos defendían, los revolucionarios de todo signo han querido ver en él una encarnación de sus propios ideales de subversión del orden (o desorden) establecido. Hasta el gran profeta del ateísmo y negador radical del cristianismo, Nietzsche, vio en Jesús una de las manifestaciones históricas del superhombre, si bien finalmente fallida. Como personaje histórico que es, Jesús está abierto a las más variadas interpretaciones de su persona y su vida. Aunque, con frecuencia, esas interpretaciones no son más que una proyección de las ideas de quienes las hacen, más que una apertura verdadera al mismo Jesús de Nazaret. También en tiempos de Jesús corrían diversas opiniones sobre su persona, pues tampoco en aquel tiempo dejaba indiferente a casi nadie. Las distintas opiniones sobre la identidad de Jesús tenían sobre todo, como era lógico en aquel tiempo y contexto social, una clave religiosa. De ahí que las respuestas que los discípulos dan a la pregunta inicial de Jesús, “¿qué dice la gente que soy yo?”, apunten a la figura más característica de la experiencia de Israel, el profetismo: Juan el Bautista, Elías, uno de los antiguos profetas. Pero esta primera pregunta no es más que el preámbulo de la verdadera pregunta, la que en realidad importa: “y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”; es decir, tú, ¿qué dices de mí? ¿Quién soy yo para ti? Es una pregunta inevitable, que todo creyente en Cristo tiene que plantearse alguna vez, o, mejor, que Jesús, de un modo u otro, plantea inevitablemente a todo creyente.

Esto es así porque la fe, en muchos casos heredada por tradición, tiene que ser en algún momento asumida personalmente. La pregunta se plantea y puede ser respondida sólo después de un cierto conocimiento de Jesús. Por eso, en la experiencia de muchos de nosotros, no es preciso denigrar, como a veces se hace, el hecho de haber recibido la fe en la infancia, como si esto fuera una pura imposición. Que no lo es necesariamente, lo revela el que siempre llega el momento en que hemos de asimilar como propio (o rechazar) el bagaje (no sólo el religioso) recibido en los primeros años de nuestra vida. De hecho, así se puede entender el hecho de que Mateo narre este episodio justamente en la mitad de su evangelio, cuando, tras un breve y aparente éxito inicial, muchos de los que siguieron a Jesús lo han abandonado, y él se dirige a Jerusalén, donde le espera la muerte en Cruz. Se trata de una encrucijada vital en la que los discípulos tienen que definirse y tomar partido. Lucas, en el texto que hemos leído hoy, subraya otro contexto de la pregunta, no menos importante: es un contexto de oración. Indica, significativamente, que se trata de la oración de Jesús a solas, a una soledad a la que se acercan los discípulos. Es decir, los discípulos rompen la soledad de Jesús (los discípulos verdaderos son lo que no le dejan solo), y, además, se introducen en su misma oración. La oración del cristiano significa participar en la oración de Cristo: retirarse para orar no es apartarse, sino entrar en relación, en primer lugar con Jesús; y, a partir de Él, con todo el mundo. Y es, precisamente, este contexto de oración y de relación viva con Él el que permite responder adecuadamente a la pregunta. La respuesta de Pedro, en nombre de todos los demás, no es una respuesta estándar, una opinión común, o una mera verdad teórica aprendida en algún libro y sin implicaciones vitales. No expresa lo que “se dice” de Jesús, sino la propia experiencia personal, mi respuesta a la pregunta dirigida a . Es decir, esta respuesta es una confesión de fe, que manifiesta una relación profunda de confianza y pertenencia. El que así confiesa habla de un vínculo vital lleno de consecuencias, positivas pero también peligrosas, pues está expresando la voluntad de compartir con el Maestro, en el que se reconoce al Ungido (Cristo) enviado por Dios, su vida y su destino.

El momento de la asunción personal de la fe implica, ciertamente, un paso hacia la madurez de la vida cristiana. No significa esto que se sepa ya todo, que se conozca todo lo que se sigue para la propia vida de esta confesión y este vínculo de fe. Significa que la relación con Cristo ya no es sólo cuestión de herencia cultural, de nacionalidad o de contagio sociológico, sino que es una decisión personal, y una decisión de fe, por la que se deposita la propia confianza en aquel que porta en sí el Reino de Dios y nos abre las puertas a la filiación divina.

Sólo cuando se ha dado este paso hacia la fe madura se puede producir la revelación por parte de Jesús del sentido, extraño y paradójico, de su mesianismo. No se trata de un mesianismo triunfal, que se impone y vence por la fuerza sobre los enemigos, sobre los “demás”, por ejemplo, sobre el invasor romano, o sobre los que no confiesan su nombre. Al contrario, Jesús empieza a hablar desde este momento (precisamente a sus discípulos, al pequeño círculo de los que han dado este paso de fe) de la necesidad de que el Hijo del hombre sufra, sea rechazado, condenado y entregado a la muerte.

Incluso para los creyentes que han dado el paso de una confesión personal resulta difícil aceptar images-2este extraño mesianismo. Todos tenemos metida hasta los tuétanos la idea de una victoria sobre los que, de un modo u otro, consideramos enemigos o rivales. Sin embargo, si en el caso de Cristo hubiera sido así, si hubiera usado su autoridad y su poder para derrotar, someter o destruir a “otros”, a determinados grupos, por ejemplo, nacionales, como los romanos invasores y ocupantes de su patria, o ideológicos, como los saduceos y los herodianos, detentadores del poder y colaboracionistas, o cualesquiera otros, lo único que habría hecho es instaurar una división más entre los seres humanos, entre “buenos” (en cualquier sentido) y “malos”, entre propios y extraños, entre amigos y enemigos. Al entregarse a la muerte, Jesús, en primer lugar, asume el destino de todos los seres humanos sin excepción, pues todos hemos de pasar por el amargo trance de la muerte; al asumir una muerte violenta e injusta, no se somete simplemente al puro hecho biológico del final del ciclo vital, sino que toca y asume sus raíces morales, ese “no deber ser” con que nos topamos tantas veces en la vida, que algunos padecen con especial crueldad, y que pone en cuestión incluso el sentido relativo de nuestro breve paso por este mundo.

¿No son nuestras cerrazones, nuestros egoísmos, nuestra tendencia a excluir y discriminar por cualesquiera motivos, una de las raíces principales del sufrimiento de los hombres y de las injusticias de nuestro mundo? Somos proclives a levantar murallas físicas, psicológicas, legales, que nos separan de “otros”, considerados indeseables en cualquier sentido. Es evidente que Jesús no ha venido a establecer nuevas fronteras, sino a eliminar y superar precisamente aquellas que son fruto del odio, la discriminación y la injusticia (pues aquí, es claro, no estamos hablando de problemas administrativos ni aduaneros). Pero, si esas fronteras excluyentes e injustas provocan sufrimiento y muerte, Jesús ha asumido ese precio para, removiéndolas, hermanarnos a todos en torno a sí, hijo del Padre, haciéndonos partícipes de su misma filiación. Lo entendió bien Pablo cuando exclama que la fe se expresa en el bautismo, por el que nos revestimos de Cristo y superamos así esas barreras raciales y religiosas, nacionales, sociales y sexuales, de modo que, en él, podemos descubrir los profundos vínculos que nos unen.

images-1Aceptar a Cristo por la fe, como Pedro hoy, significa aceptar el mesianismo de la Cruz, y esto implica aceptar la cruz en nuestra vida cotidiana. Seguir a Jesús, negarse a sí mismo, tomar la cruz de cada día, todo esto significa asumir el límite propio y ajeno, y no hacer de él una excusa para no amar, para excluir o para aislarse. Existen límites de muy diverso tipo que separan y enfrentan. Asumir el límite y tratar de superarlo es como morir un poco, pues ello comporta sufrimiento. Pero ese es el precio del verdadero amor. Ama de verdad el que está dispuesto a sufrir por la persona amada. Y el que acepta el reto del amor ya no acepta barreras, fronteras y divisiones que nos hacen extraños unos a otros, sino que, sabiendo que no siempre es fácil, que no hay garantías absolutas de éxito, que, en ocasiones, esa forma de vida comportará sufrimiento, pese a todo, vive abierto y dispuesto a reconocer en cualquier hombre o mujer, sin importarle su raza, condición social, ideología o confesión religiosa, a un hermano y hermana suya. Con frecuencia esa actitud tendrá la apariencia de una derrota, de una pérdida, de una negación, pero, al estar vinculada al Cristo en quien hemos depositado nuestra fe y nuestra confianza, y que murió por amor y resucitó para darnos nueva vida, se tratará en realidad de una victoria definitiva, de una ganancia que ya nadie podrá arrebatarnos

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Domingo 11 del Tiempo Ordinario (C)

junio 10, 2016

Lectura del segundo libro de Samuel 12, 7-10. 13 El Señor ha perdonado ya tu pecado

Lectura de la carta del Apóstol San Pablo a los Gálatas 2, 16. 19-21 Me amó hasta entregarse por mí

Lectura del santo Evangelio según san Lucas 7, 36-8, 3 Sus muchos pecados están perdonados, porque tiene mucho amor

El perdón y la deuda del amor

images-1Solemos considerar el perdón como un deber cristiano, basado en el perdón que recibimos de Dios. Pensamos también que, mientras que al Dios todopoderoso el perdón debe resultarle fácil, a nosotros, al menos a veces, nos resulta extraordinariamente difícil, si no imposible. En este modo de pensar el perdón (fácil) de Dios se da casi por descontado, con sólo cumplir ciertas condiciones; mientras que el perdonar nosotros se nos antoja un deber cuesta arriba, de difícil cumplimiento. El hecho de que los sentimientos negativos que acompañan a la ofensa recibida no desaparezcan enseguida, sino que tengan una cierta inercia temporal, aunque exista la voluntad de perdón, hace que muchos digan: “yo quisiera perdonar, pero no puedo”.

La Palabra hoy pone de relieve el perdón, pero no desde nuestra perspectiva (el perdón “a los que nos ofenden”, como decimos en el Padrenuestro), sino desde la perspectiva de Dios (“perdona nuestras ofensas”). Y es que, realmente, sin tener en cuenta detenidamente el perdón que recibimos de Dios, es imposible entender el perdón a los que nos han ofendido. Y la consideración de este perdón de Dios, a la luz de la Palabra que nos ilumina hoy, nos ayuda a deshacer algún equívoco en la comprensión y en la experiencia de este don extraordinario.

El perdón es una posibilidad nueva, pues no se cuenta entre las variables normalmente consideradas en situación de conflicto. La ofensa, el daño, la injusticia “claman al cielo” pidiendo reparación y venganza. Existe una dinámica perversa que multiplica los efectos de esa negatividad, hasta hacer de ella una fuerza destructiva no sólo del ofensor, sino también del ofendido, pues en esta dinámica se alcanza con facilidad un punto álgido en el que ya no es posible discernir al ofensor del ofendido. El mal llama al mal, la violencia a la violencia, la ofensa a la respuesta adecuada, y, de este modo, todos acaban resultando ofensores y ofendidos. Sólo el perdón es capaz de romper esta dinámica diabólica y destructiva. Pero, ¿de dónde recabar la fuerza para detener esa tempestad de malos sentimientos?

En el Antiguo Testamento el perdón de Dios como reacción a los pecados del pueblo aparece siempre como por sorpresa, como una decisión casi ilógica ante una situación que pide castigo y destrucción. El perdón resulta ser una posibilidad “nueva”, inesperada, con la novedad del que “en el principio creó los cielos y la tierra” (Gen 1,1), del que hace nuevas todas las cosas (cf. Ap 21, 5). El perdón es una manifestación del poder creador de Dios, capaz de sacar toda la riqueza del ser de la nada, y de recrear la bondad de lo creado, cuando en ella comparece el misterio del mal que es el pecado. Si el perdón es un poder creador y recreador, sólo se puede entender de verdad como algo en último término procedente de Dios.

El primer rasgo que descubrimos en este poder divino es su carácter gratuito y sin condiciones, en paralelo a la gratuidad de la creación de la nada. No es cierto que el perdón sea algo que Dios concede “a condición” de que se cumplan ciertos requisitos. En el texto del libro de Samuel, el profeta Natán acusa abiertamente a David de su terrible pecado, y éste reacciona reconociéndolo. Pero no es el reconocimiento la causa del perdón. El profeta no le dice al arrepentido David, “ya que has reconocido tu pecado, el Señor te perdona”, sino “el Señor ya ha perdonado tu pecado”. El “he pecado contra el Señor” no es condición del perdón sino sólo la expresión de su acogida. Así como el pecado sólo es posible donde hay libertad, el perdón incondicional de Dios puede ser libremente acogido o rechazado por el hombre.

Al reconocer el propio pecado nos abrimos al poder del perdón ya otorgado, que nos sana y recrea. No es ése un reconocimiento fácil. Mirarse con realismo, y nombrar las propias sombras, los defectos, las malas ideas, intenciones y acciones requiere mucho valor. Y más aún si alguien, ejerciendo de profeta, nos denuncia. Ahí lo fácil es mirar para otro lado, o responder buscando excusas, o acusando a otros, a la sociedad, al inconsciente o al mismo profeta (“¿quién se habrá creído éste?”, solemos decir en este último caso). De todos es sabido que el alcohólico y el drogadicto no ingresan en el camino de la rehabilitación hasta que no se dicen a sí mismos “soy un alcohólico, un drogadicto”. Lo mismo ocurre con los demás pecados. Y el pecado existe. Es inútil que pretendamos escabullirnos, declarando su inexistencia, como si fuera verdad ese subjetivismo barato que pretende que “cada uno hace lo que a él le parece bien”. Cuando la verdad es que a diario hacemos con los ojos abiertos lo que a nosotros mismos nos parece mal. Para comprobar la estafa de ese burdo subjetivismo (que nos predican machaconamente algunos periodistas, políticos y hasta pedagogos) basta con ver cómo esos mismos predicadores y todos nosotros estamos prontos a acusar a los demás de los más variados pecados (aunque evitando cuidadosamente esa molesta palabra) personales, sociales o económicos. Tal vez nunca antes en la historia se hizo una profesión tan amplia de tolerancia moral, al tiempo que se van multiplicando las actitudes de “tolerancia cero” hacia ciertos comportamientos, tratando de corregir los efectos perversos de esta cultura sin pecado.

Si, pues, reconocemos con más o menos eufemismos, la realidad del mal y del pecado, ¿no deberíamos estar dispuestos a reconocerlo en nosotros mismos, con el coraje de confesar que no somos perfectos ni del todo buenos? Porque cuando lo hacemos así, sobre todo cuando acudimos al sacramento de la reconciliación, estamos abriéndonos a esa posibilidad sorpresiva, gratuita, inmerecida, pero recreadora y nueva que es el perdón.

Posiblemente no haya peor pecado que el declararse libre de ellos, al tiempo que se acusa sin images-2misericordia a los demás. Es el caso del anfitrión de Jesús, el fariseo Simón. El que incluso se indique su nombre habla de una cierta familiaridad con Jesús, del que se sentía discípulo ya que lo reconocía como Maestro. Pero Simón es de esos discípulos asentados en la seguridad de ser “buena persona”, gente de principios y, por tanto, muy dado a marcar distancias con los pecadores “oficiales”, como “esa” mujer. La cuestión es que, grandes o pequeños, socialmente visibles o celosamente encubiertos por nuestro estatus social, cada uno ha de reconocer ante Dios sus propios pecados, sus debilidades, su imperfección y, en el fondo, la necesidad que tiene de la misericordia y el amor del Dios, que nos ha creado sin nosotros, y el único que nos puede salvar, pero no sin nosotros, como recuerda san Agustín. Nuestro discipulado y amistad con Jesús pueden reducirse, como el del fariseo Simón, a un trato correcto y formal, pero en el que nuestro corazón permanece cerrado. Abrimos nuestra casa a Jesús, pero no le permitimos que entre de verdad en nuestra vida, no nos consideramos necesitados de salvación, tal vez porque consideramos que la tenemos garantizada como un derecho, ya que somos tan buenas personas.

Todo lo contrario sucede con la pecadora pública de aquella ciudad. En sus muestras de arrepentimiento se expresan todos los gestos de bienvenida propios de la cultura oriental: el agua para lavar los pies del polvo del camino, el beso de acogida, el perfume en la cabeza. Jesús le recuerda al fariseo Simón quién lo ha acogido de corazón y no sólo de modo formal.

En el tenor del texto se puede dar el malentendido de pensar que la mujer obtiene el perdón porque muestra mucho amor. Esto estaría en contradicción con lo dicho sobre David, pero también en la pequeña parábola con la que Jesús corrige a Simón: muestra más amor el deudor al que más se le ha perdonado. No es que la mujer obtenga el perdón a causa del mucho amor que muestra, sino que, por el contrario, muestra mucho amor porque se le ha perdonado mucho. El perdón incondicional ya otorgado entra en nosotros sanándonos si lo aceptamos y nos abrimos a él; y la sanación se expresa en la gratitud y el amor. El perdón de los grandes pecados y de los aparentemente pequeños nos da un corazón nuevo. Sólo cuando hemos experimentado la gratuidad de un amor que nos perdona y regenera podemos estar en disposición de perdonar nosotros: “perdona nuestras ofensas para que podamos perdonar a los que nos han ofendido”, así se puede entender la petición del Padrenuestro.

¿Es verdad que, mientras que a nosotros el perdón nos cuesta lágrimas y sangre, a Dios le resulta muy fácil? Podemos tratar de entenderlo atendiendo a lo que Él nos ha revelado de sí mismo. Y, según esa revelación, sabemos que el perdón de Dios es un don gratuito, pero no “barato”. Como dijo el teólogo luterano Bonhoeffer, existe un “precio de la gracia”. La gracia (que incluye el perdón) es eso, gracia, don; pero no banal ni barata: “habéis sido adquiridos a gran pre­cio” (1 Cor 6, 20), y lo que le ha costado caro a Dios no debe resultarnos barato a nosotros.

De este alto precio nos habla hoy Pablo, con un exquisito sentido personal que cada uno puede aplicarse a sí mismo: “me amó hasta entregarse por mí”. La muerte de Cristo es el precio que Dios ha pagado por nuestra reconciliación. Si en ocasiones perdonar nos cuesta lágrimas y hasta sangre, pensemos que el perdón que recibimos de Dios gratuitamente no es una mercancía barata, que se puede dar por descontada. Es gratis, sí, pero es cara. “Caro” es lo que cuesta mucho, pero también lo que es muy querido, lo que más valor tiene. Si Dios ha entregado por nosotros lo más querido (a su propio Hijo), podemos entender hasta qué punto le somos caros, hasta qué punto nos ama. El amor que Dios nos tiene, que se traduce en su voluntad de perdón, es lo más valioso que hay en nuestra vida, nuestra posibilidad más alta, lo que nos ayuda a ser nosotros mismos, rehabilitando nuestra dignidad dañada por el pecado. Dios ha pagado un alto precio para hacernos este regalo. ¿No habremos nosotros de responderle abriéndole de par en par las puertas de nuestra casa, con un corazón agradecido, que muestra mucho amor y derrama gratuitamente sobre los demás, como un perfume de suave olor, lo que ha recibido gratis?

Domingo 10 del Tiempo Ordinario (C)

junio 4, 2016

Lectura del primer libro de los Reyes, 17, 17-24 Mira, tu hijo está vivo

Lectura de la carta de san Pablo a los Gálatas 1, 11-19 Reveló a su Hijo en mí, para que yo lo anunciara a los gentiles

Lectura del Santo evangelio según san Lucas 7, 11-17¡Muchacho, a ti te lo digo, levántate

 

“Levántate”

La tragedia de la muerte no queda atemperada por su carácter inevitable. El que la muerte sea, searchparadójicamente, “ley de vida” nos consuela bien poco cuando esa poco dichosa ley nos arrebata a nuestros seres queridos. Y más aún cuando el que muere apenas ha tenido tiempo de vivir, cuando muere un niño, una persona joven. Son, sobre todo, los padres de quien muere prematuramente los que sienten con crueldad que esa “ley de vida” ha resultado para ellos especialmente injusta, puesto que también es de ley que los padres dejen el mundo antes que los hijos.

En todo este asunto de muerte y de vida, en el que confluyen múltiple factores, unos inevitables (como nuestra fragilidad y limitación temporal), otros puramente casuales (como el fin temprano por enfermedad o accidente), el ser humano se enfrenta con un misterio que le supera, ante el que parece que debe callar, que le plantea también interrogantes religiosos. Este misterio produce además un sentimiento de rebeldía y protesta, y que, tratando de explicar lo injustificable, busca a veces culpables, sin excluir de entre ellos al mismo Dios. La viuda de Sarepta culpa de la más que probable muerte de su hijo a sus antiguos pecados, al profeta de Israel, incluso al Dios al que este representa. Y este mismo Dios, por medio de su profeta, responde al desafío mostrando que no es un Dios de muertos, sino de vivos (cf. Lc 20, 38), que no quiere la muerte, sino que ama la vida (cf. Sab 1, 13-14).

La respuesta definitiva de Dios al desafío que plantea la muerte la ha dado en Jesucristo. Pero esa respuesta no la encontramos (al menos, todavía en su plenitud) en los milagros en los que, como el de hoy, Jesús no “resucita” a un muerto, sino que lo “revive”, lo devuelve a la vida, pero a una vida que sigue afectada por la condición mortal. Entonces, podemos preguntarnos, ¿para qué realiza Jesús este gesto milagroso, que significa una victoria sólo parcial sobre la muerte, que, al final acabará cobrándose su pieza?

El texto de Lucas nos explica la acción de Jesús de modo bien elocuente: “Al verla el Señor, le dio lástima”. images-1La respuesta de Dios al drama de la muerte no es una fría doctrina sobre una futura inmortalidad, sino que viene acompañada de cercanía humana, de compasión, de la voluntad de compartir nuestros dolores y nuestras alegrías. Jesús siente, siente lástima, en primer lugar de la madre que ha perdido a su hijo; siente lástima del hijo que ha muerto prematuramente, sin casi haber vivido; pero siente lástima también de la viuda que, al perder a su único hijo, estaba también condenada a la miseria y probablemente a la muerte. Esa mujer, en aquellas circunstancias, era una auténtica proletaria: alguien que no tenía otra dote que su propia y escasa prole, que ahora había perdido para siempre. Al acercarse, sentir lástima, y devolver la vida al hijo, Jesús está salvando dos vidas, y no sólo de la muerte, sino también de la indigencia y de la humillación.

Y aunque, de momento, parezca que la condición mortal del hombre no haya sido definitivamente vencida, en la actitud de Jesús hay algo que apunta ya a esa derrota completa. Si ante el dolor de la mujer Jesús se inclina con compasión, ante la muerte misma se manifiesta como Señor, dotado de poder. No es un poder para quitar la vida (que es, al parecer, la máxima expresión de poder que los hombres suelen exhibir), sino para darla, pues para él todos están vivos. De ahí que se dirija con autoridad: “¡Muchacho, a ti te lo digo, levántate!” La autoridad de Jesús no realiza sólo un “milagro biológico”, sino que es un gesto de salvación, que señala en la dirección de su futura resurrección y, por tanto, de una vida nueva y plena. El “muchacho”, llamado a levantarse, está siendo llamado también a ser un adulto, a vivir en pie, tomando responsabilidades, no viviendo sólo para sí, sino al servicio de los demás, en primer lugar de su propia madre, cuya vida está siendo salvada junto con la suya. Aunque afectado aún de la condición mortal, Jesús ha sembrado en él ya las semillas de la vida nueva, de la resurrección futura.

Jesús ha realizado un gesto profético, que aquellas gentes, que conocían el episodio de Elías, comprenden: reconocen en Jesús a alguien que es, no sólo un rabino, un maestro de la ley, ni siquiera “un” profeta, sino “un gran Profeta” equiparable a los grandes profetas de la antigüedad, a Elías, el que tenía que venir precediendo al Mesías (Mc 9, 13).

imgresEn realidad, Jesús es mucho más. Porque él no sólo devuelve la vida a los muertos (como Elías), sino que en esos milagros está profetizando y anticipando su propia muerte: él es el Hijo único que, en la plenitud de la vida, la entrega libremente por amor y, de esta manera, destruye definitivamente el poder de la muerte e ingresa en una vida nueva, en la que ya no muere más, porque la muerte ya no tiene dominio sobre él (cf. Rm 6, 9). Y esa vida nueva no es un horizonte futuro más o menos incierto, sino que está ya presente entre nosotros, los creyentes en Cristo Jesús, pues él mismo está viviendo en medio de nosotros. Podemos vivir las primicias de la vida nueva del resucitado por medio de la fe y de las obras del amor. La muerte radical, no la meramente biológica, fruto del pecado, nos exilia de Dios, fuente de la vida. Y Jesús, con su encarnación, muerte y resurrección nos ha reconciliado con Él, nos da la oportunidad de vivir en comunión con Él.

La llamada de Jesús al joven hijo de la viuda de Naín es una llamada a la conversión y a la vida nueva dirigida a todos. Pablo también la oyó, pues su conversión fue un pasar de la muerte a la vida, de una forma de entender la religión que le llevaba a perseguir y quitar la vida a los demás, a otra en que tenía que estar dispuesto a ser perseguido y a dar su propia vida por Cristo, por los hermanos, por la Iglesia, por la salvación de todos. También Pablo, como el muchacho del Evangelio, se ha puesto en pie, ha madurado, se ha puesto al servicio.

Cada uno de nosotros tiene que sentir hoy esas palabras como dirigidas a sí mismo en la particular situación en que cada uno se encuentre. Jesús nos llama a no vivir en la postración, a no dejarnos vencer por la muerte que supone el pecado, el egoísmo, el vivir sólo para sí; nos llama a madurar como personas y como cristianos, a vivir de acuerdo con nuestra propia vocación; nos llama a levantarnos y ponernos en pie, a vivir proféticamente, en la vida nueva de la Resurrección, haciendo signos de vida, compadeciéndonos, acercándonos a los que sufren, entregando nuestra propia vida por amor, como testimonio de que alguien que es más que un gran profeta, el hijo de Dios y Mesías, ha surgido entre nosotros y nos está llamando.

El corazón de María

junio 4, 2016

La carne se hizo Verbo

Como a la sombra de la solemnidad del Corazón de Jesús, la Iglesia coloca el recuerdo (la memoria obligatoria) del Corazón inmaculado de María. Sí, realmente, es obligado recordar y contemplar el Corazón descarga-2-a4767de María tras haber considerado el significado del Corazón de Jesús. Porque, si el Verbo se hizo carne, y recibió así un corazón de carne, María es la carne del Verbo, aquella de la que el Verbo del Eterno Padre tomó su carne mortal. Dice el Evangelio de Juan, y lo repetimos al rezar el Ángelus, “el Verbo se hizo carne”. Pero es que esa carne humana y mortal en la que se encarnó el Verbo eterno de Dios es una carne concreta, personal, con rostro y con nombre: la carne de María. Por eso, en ella, podemos también decir que la carne se hizo Verbo.

Por eso, también del Corazón de María tenemos los cristianos mucho que aprender. Del Corazón manso y humilde de Jesús recibimos la revelación de la sabiduría del amor. Del Corazón de María aprendemos a aceptar y asimilar esa sabiduría. Porque ese aprendizaje no es cosa fácil. No todo está claro desde el principio. No nos creamos tan listos: no todo lo entendemos de una vez y a la primera. La sabiduría del amor va al centro de nuestro ser, a sus estratos más profundos, y esto exige un proceso que no está exento de dificultades, de incertezas y de angustias. En nuestro caso, porque, además, existen determinadas resistencias y cerrazones. Somos con frecuencia como el hijo aquél que decía “Sí, voy”, pero después no iba (cf. Mt 21, 2-32): profesamos la fe con ortodoxia, pero no siempre nos lo creemos del todo, y, desde luego, muchas veces no actuamos en consecuencia. Para llegar a entender de verdad, de corazón y no sólo teóricamente, se requiere paciencia y perseverancia. Y en esto María es para nosotros maestra de vida cristiana. En ella no había resistencia alguna, su “fiat” es completo e incondicional. Pero también ella tiene que hacer ese proceso de fe en el que no todo está claro de entrada. También ella pierde de vista a Jesús, siente la angustia de una búsqueda que no da fruto inmediato (los tres días de búsqueda nos hablan, de hecho, de los tres días que van de la muerte a la resurrección), también ella escucha de Jesús cosas que no le resultan claras… Pero, en vez de hacer lo que solemos hacer nosotros, “interpretar” según nuestro leal saber y entender, tratando de domar la Palabra, María “conservaba todo en su corazón”, dejando con paciencia y confianza, con fe verdadera, que la Palabra madurara, que penetrara hasta esas profundidades del alma en las que sólo es posible una comprensión a su tiempo y completa. Así es el corazón humilde, el corazón abierto, el corazón que ama, el corazón de madre, el Corazón Inmaculado de María. Si hemos de imitar a Jesús, el manso y humilde de corazón, ¿no habremos de imitar también a aquella de la que ese corazón tomó su carne?