Archive for 30 julio 2016

Domingo18 del tiempo ordinario (C)

julio 30, 2016

Lectura del libro del Eclesiastés 1,2; 2,21-23¿Qué saca el hombre de todos los trabajos?

Salmo 89, 3-4. 5-6. 12-13. 14 y 17 R/. Señor, tú has sido nuestro refugio de generación en generación.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Colosenses 3,1-5.9-11 Buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo

Lectura del santo evangelio según san Lucas 12,13-21 Lo que has acumulado, ¿de quién será?

 

Los bienes de abajo y los bienes de arriba

imagesEl evangelio de hoy contiene una enseñanza sobre los verdaderos bienes que enriquecen nuestra vida, en perfecta sintonía con la primera lectura y la carta de Pablo. Pero arranca con un diálogo que ilustra y completa la catequesis sobre la oración de los domingos anteriores. Si el domingo pasado meditábamos sobre la oración de petición, sobre qué y cómo pedir, hoy Jesús nos avisa claramente acerca de lo que no hemos de pedir. No podemos pretender que Dios nos resuelva los problemas que son objeto de nuestra exclusiva competencia. Dios respeta nuestra autonomía, y quiere que la ejerzamos. No podemos ni debemos pedirle a Dios lo que Él nos pide a nosotros, convirtiéndolo en el remedio mágico de aquellos asuntos, para cuya resolución nos ha dado los recursos necesarios. Se suele decir que al necesitado no hay que darle un pez (salvo en situaciones de extrema necesidad), sino una caña de pescar. Con ello se indica que es necesario promover la autonomía de cada uno, porque en ella estriba la propia dignidad. Pues bien, Dios, que es el autor de nuestra dignidad y el fundamento de nuestra autonomía, no nos ha dado ni siquiera la caña, sino mucho más: la capacidad de idearla, nos ha dado la razón y la libertad y además la conciencia moral iluminada por la Revelación, que vienen a ser el manual de instrucción para hacer un recto uso de esas capacidades, de modo que podamos ser nosotros mismos y vivir por nosotros mismos. Esto no quita el que nos dirijamos a Él expresándole nuestras necesidades, pidiéndole, también, el pan nuestro de cada día, pues todo lo que tenemos es, al fin y al cabo, don de Dios. Pero, precisamente al pedir el pan, estamos ya aludiendo a “los frutos de la tierra y al trabajo del hombre”, esto es, la misma petición lleva aparejada el reconocimiento de nuestra responsabilidad, de lo que nos corresponde hacer a nosotros.

En el diálogo con el hombre descontento con su hermano Jesús parece responder con demasiada brusquedad, pero en la concisión de sus palabras nos está invitando a establecer relaciones maduras con Dios. Ya el modo que tiene Jesús de dirigirse a su interlocutor, “hombre”, puede entenderse como una apelación a tomar responsablemente las riendas de la propia vida. Dios es nuestro Padre, pero los hijos se encuentran respecto de sus padres en situación de dependencia sólo temporal, hasta que alcanzan la edad adulta. Entonces la piedad filial se conserva, pero ya desde la autonomía conquistada gracias a aquella inicial y pasajera dependencia, de modo que la primera se convierte en preocupación y cuidado de los propios padres cuando estos son ya ancianos. Dios Padre quiere que crezcamos, que vivamos como adultos y que, alcanzada la madurez en la fe, establezcamos relaciones maduras con Él, y no de pura dependencia infantil.

Los bienes materiales que necesitamos para vivir están en este mundo a nuestra disposición, y nosotros imgresmismos debemos procurárnoslos. Ese “manual de instrucciones” que, hemos dicho, es la conciencia moral, el sentido de la justicia y el mandamiento del amor, nos dice que debemos hacer un uso responsable de esos bienes, de modo que nos sirvan, evitando absolutizarlos y convirtiéndonos en sus esclavos. Cuando sucede esto último surgen los conflictos, la codicia, la avaricia, la guerra por la posesión, la tendencia a acaparar, a poseer en exceso, con perjuicio de los derechos y las necesidades de otros.

Jesús, que se niega a hacer de juez en este tipo de conflictos, nos da, sin embargo, otras indicaciones que pueden ser de gran ayuda, para solucionarlos, superándolos positivamente. Se trata de cambiar de actitud respecto de los bienes materiales, de no darles más importancia de la que tienen (y la tienen, pero en su justa medida). Para ello describe con gran agudeza y no poca ironía lo que sucede al que hace de la riqueza económica su único horizonte vital. El hombre de la parábola tuvo un golpe de suerte y se hizo inmensamente rico. Y pensó de forma insensata que su vida estaba salvada. Sin darse cuenta de que la vida en este mundo es pasajera, y que los bienes externos no pueden formar parte del equipaje que podemos llevarnos al otro mundo. Como dice el libro de Job, “desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo volveré allá” (Job 1, 21). Si toda la riqueza que el hombre puede acumular es la que puede guardarse en el banco o en los graneros, todos estamos abocados a acabar en la misma pobreza: la desnudez de la muerte. Si todos nuestros afanes se concentran sólo en los valores externos y materiales, por muy bien que nos pueda ir (algo que no está en absoluto garantizado), habremos consagrado nuestra vida a bienes que no perduran, a la vanidad de que nos avisa el libro del Eclesiástico.

images-1Existen otras riquezas, que el hombre puede acumular dentro de sí y que atraviesan incólumes el fuego purificador de la muerte. Jesús nos recuerda que tenemos que hacernos ricos ante Dios. Pablo nos exhorta a buscar los bienes de allá arriba, los que recibimos de Dios, por medio de Jesucristo, los bienes que perduran y son más fuertes que la muerte. Son los bienes que componen precisamente esa madurez humana y cristiana de que hablábamos antes: los bienes ligados al sentido de la justicia, a la generosidad y la entrega, al servicio y, en definitiva, a los que se sustancian en el mandamiento del amor. La muerte y resurrección de Jesucristo los han hecho plenamente patentes y accesibles: entregarse hasta dar la vida, como Cristo, tiene sentido (no es vanidad ni grave desgracia) porque así nos hacemos partícipes de la plenitud de vida de la resurrección.

Pero no hay que esperar a la muerte para empezar a vivir así. El mandamiento del amor, la vida al servicio de los demás, los sacrificios que a veces nos impone la generosidad y el elemental sentido de la justicia, todo esto implica, como dice Pablo, ir dando muerte en nosotros a todo lo terreno, a toda forma de vida basada en el egoísmo y en el mero disfrute (que, es una forma de vida idolátrica, desconocedora del verdadero Dios), para que crezca en nosotros la imagen de Dios que conocemos por Cristo.

Un primer fruto de esta forma de vida es la superación de las múltiples barreras que el egoísmo ha ido levantando entre los hombres (judíos y gentiles, circuncisos e incircuncisos, bárbaros y escitas, esclavos y libres, y, podríamos añadir, ricos y pobres), y la capacidad de reconocer en cada hombre o mujer un semejante, un hermano o hermana.

¿Significa esto que tenemos que renunciar por completo a toda forma de bienestar, descuidar del todo las preocupaciones por los bienes materiales? Ni mucho menos. Jesús, recordémoselo, ha incluido la petición del pan cotidiano en el Padrenuestro. Él mismo se ha preocupado de dar de comer a los hambrientos, y ha mandado a sus discípulos que hagan lo mismo (cf. Lc 9, 13). En realidad no hay que contraponer excesivamente las riquezas materiales y las que nos hacen ricos ante Dios. Ya decía el santo papa Juan XXIII que “no sólo de pan vive el hombre, pero también de pan”. Ser rico ante Dios significa, entre otras cosas, preocuparse del bienestar material de los que carecen de lo necesario. El hombre de la parábola que Jesús nos narra hoy tuvo un golpe de suerte y se hizo rico de repente. Podría haberse hecho también rico delante de Dios si, en vez de acumular vanamente esas riquezas sólo para sí, hubiera abierto sus graneros para compartir esa riqueza con los hambrientos. Esa misma noche hubiera tenido que entregar igualmente su vida, sin poderse llevar su fortuna, pero se habría presentado ante Dios adornado con la riqueza del deber cumplido de justicia, la libertad de la generosidad, la madurez del amor y, también, del agradecimiento y la bendición de los pobres saciados con esos bienes efímeros, pero que, transfigurados por los bienes de allá arriba, en modo alguno resultan vanos.

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Domingo 14 del Tiempo Ordinario (C)

julio 1, 2016

Lectura del libro de Isaías 66, 10-14c Yo haré derivar hacia ella, como un río, la paz

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Gálatas 6, 14-18 Yo llevo en mi cuerpo las marcas de Jesús

Lectura del santo evangelio según san Lucas 10, 1-9 Descansará sobre ellos vuestra paz

La mucha mies y los obreros pocos

La Iglesia se encuentra embarcada en un gran proceso de “Nueva evangelización”. El papa Francisco lo ha relanzado con la idea de un “Iglesia en salida”. El matiz es importante, para evitar toda idea de “reconquista”: se trata de que la renueve y ponga en práctica la actitud que ya descubrimos en el grupo de los primeros discípulos, que, impulsados por Jesús, salen al encuentro de todos llevando un mensaje de salvación. No se trata, pues, sólo de repensar métodos y estrategias, sino sobre todo de meditar de nuevo sobre la propia misión y sobre la seriedad de la misma. En ella decide la Iglesia su ser y su fidelidad a Jesucristo. El evangelio de hoy nos ayuda a centrar esta meditación que nos incumbe a todos.

imgresDestaca, en primer lugar, la inmensidad de la tarea. Jesús nos avisa de ello, cuando nos recuerda la abundancia de la mies. Se trata del mundo entero, de toda la humanidad, de este mundo y esta humanidad llenos de problemas, tensiones, desequilibrios, injusticias, amenazas, sufrimiento… Pero Jesús mira al mundo preocupado, pero sin pesimismo, con esperanza: no es un campo de batalla, sino un campo sembrado también, de buena semilla y llamado a dar fruto.

La inmensidad de la tarea significa, en segundo lugar, que es una tarea de todos. Jesús nos llama a salir de la pasividad. Esto es esencial para que la nueva evangelización llegue a buen puerto. Nos llama, pues, a adoptar una actitud activa, a ponernos en camino: la misión no es sólo cosa de los apóstoles, sino de todos los discípulos. Los 72 enviados son, podemos imaginar, un grupo heterogéneo de seguidores que habían asimilado el mensaje de Cristo lo suficientemente como para convertirse en heraldos suyos. Toda la vida cristiana en todas sus vocaciones y estados de vida es misión, envío, preparación del camino por el que viene Jesús.

No debemos pensar en la misión mirando al pasado: como la recuperación de una influencia perdida, o sólo como la conservación de un legado de siglos pasados, sino como la preparación de un acontecimiento futuro: Jesús está en camino y viene, y nosotros tenemos que preparar esa venida.

La misión no consiste sólo ni sobre todo en comunicar un determinado mensaje, sino en llevar un estilo images2de vida. En las instrucciones que Jesús da a los 72 no se indica lo que tienen que decir, sino cómo deben ir, qué actitudes deben adoptar, qué acciones deben realizar. En el preámbulo de las mismas no oculta los peligros que habrán de afrontar. Pero precisamente por ello previene: se van a encontrar lobos, pero ellos deben actuar como corderos: no van a la guerra (por lo que deben abstenerse de medios bélicos), sino en misión de paz. Han de caminar ligeros de equipaje. Siendo heraldos del que no tiene donde reclinar la cabeza, no han de ser las preocupaciones materiales las que los obsesionen. Su actitud ha de ser la de la confianza en la Providencia. Es cierto que no es posible vivir totalmente descuidado de lo material, y Jesús lo sabe, por eso recomienda una actitud de sencillez y agradecimiento: no renunciar a comer y beber, al salario merecido por los obreros.

La misión es urgente, de ahí la (para nosotros) extraña recomendación de no detenerse a saludar a nadie por el camino. Es claro que no se trata de negar el saludo, sino de no distraerse aquí y allá, en los largos y ceremoniosos ritos de salutación de aquella cultura oriental. Es la misma urgencia de la que nos hablaba el evangelio el domingo pasado. Los que vean pasar de largo y sin detenerse a los discípulos comprenderán que lo que se llevan entre manos es urgente y de gran importancia. Es, pues, una forma más de anuncio.

Ya hemos dicho que la misión no es bélica, sino de paz. Para comunicar la paz hay llevarla dentro de sí. No se trata sólo de un saludo más o menos protocolario, sino de una forma de presentarse. La paz que se da y se transmite es la paz que encontramos en el Señor, la paz que él nos deja, la que él no da, como rezamos antes de la comunión. Así pues, para poder dar esta paz tenemos que examinarnos continuamente, ver hasta qué punto estamos interiormente pacificados, de modo que podemos convertirnos en agentes de la paz de Cristo. Es una paz que procede del perdón recibido, de la salvación experimentada, del trato cotidiano con el Señor. Es, por fin, una paz que sana, que no cesa de hacer el bien. De ahí la recomendación de curar a los enfermos.

imagesSólo al final se da una breve indicación del mensaje: “está cerca de vosotros el reino de Dios”. Pero ese mensaje es la persona misma de Cristo que está ya cerca. En Él se cumplen las antiguas profecías y promesas. Podemos entender la misión de los discípulos y la nuestra a la luz de la bella utopía de paz, consuelo y alegría soñada por Isaías. En Jesús esa utopía deja de ser un sueño, se convierte en una utopía en acción. Por la misión de los discípulos, por la presencia de Cristo, se abren realmente en nuestro mundo espacios de reino de Dios, relaciones nuevas, modos nuevos de solucionar los conflictos, de responder a las necesidades de los que sufren.

Pero no debemos dejarnos llevar por el color rosa que tienen las utopías. Recordemos que hemos sido enviados en medio de lobos. Aquí tenemos que volvernos al mensaje de Pablo: la misión de Cristo y la nuestra no es una incursión victoriosa, sino una entrega que implica renuncias, hasta la de la propia vida. Así pues, la paz de la que hablamos y la que tenemos que dar procede de la Cruz de nuestro señor Jesucristo: “la paz y la misericordia de Dios vengan sobre todos los que se ajustan a esta norma”.

Pablo afirma llevar en su cuerpo las marcas de Jesús. ¿Qué significa esto? Se ha especulado sobre la posibilidad de que llevara en manos, pies y costado los estigmas de la pasión. En realidad no lo sabemos, ni tampoco importa tanto. Lo importante es que, al hacer propia la Cruz de Cristo (que es lo mismo que unirse a Él) sus “marcas” no pueden no reflejarse en nosotros, precisamente en un estilo de vida marcado por el Evangelio.

El que está marcado por el Evanelio de Cristo, ese ha vencido y sometido en sí mismo al diablo, no se deja impresionar por la magnitud del mal en el mundo, porque ha experimentado en su propia persona que existe un poder mayor, que ha vencido al mal en todas sus formas, y ese mal aparentemente tan poderoso se ha precipitado por la fuerza de Aquel que quiere inscribir todos nuestros nombres en el libro de la vida, en el lugar en el que habita Dios.