Archive for 30 septiembre 2016

Domingo 27 del tiempo ordinario (C)

septiembre 30, 2016

Lectura de la profecía de Habacuc 1, 2-3; 2, 2-4 El justo vivirá por su fe

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a Timoteo 1, 6-8. 13-14 No te avergüences de dar testimonio de nuestro Señor

Lectura del santo evangelio según san Lucas 17, 5-10 ¡Si tuvierais fe…!

La fe viva y el servicio a los hermanos

imgres“En algo hay que creer” es una expresión que se repite frecuentemente y que, pese a ser tan imprecisa y desvaída, encierra una gran verdad. Todo ser humano cree, de hecho, en algo, en el sentido de que tiene su confianza puesta en ese algo que le da orientación y sentido. Incluso los que no creen, esto es, los que carecen de fe religiosa, son a su manera creyentes, creen en “algo”, creen (y son frases que posiblemente todos hemos oído alguna vez) en la libertad, en la justicia, en el progreso o en la ciencia. Porque, de hecho, en la vida humana, es imposible traducirlo todo a evidencias inmediatas y hay que dejar siempre un espacio a la confianza en ese “algo” que no es objeto de certeza actual o experiencia directa, sino de deseo y de esperanza. Hasta los positivistas más acérrimos, que dicen confiar sólo en la ciencia positiva, hacen con ello profesión de una cierta fe, pues confían (sin evidencia) en que la ciencia irá desvelando en el futuro todos los misterios de la naturaleza.

Esta fe como confianza juega un papel capital en la vida humana, porque es ella la que orienta nuestras opciones prácticas, la selección de nuestros valores y, en consecuencia, nuestra acción.

Cuando vivía en Krasnoyarsk asistí a las clases de filosofía de un viejo profesor soviético, que hablaba de la dialéctica de la materia (con la que resolvía todo tipo de problemas filosóficos) con la unción de un verdadero creyente (huelga decir que jamás aportó ni una sola prueba científica al objeto de su fe, que él tenía por ciencia). Y recientemente hemos visto cómo uno de los representantes más activos del ateísmo contemporáneo, Richard Dawkins, negador de todo sentido y de todo valor que trascienda los límites de la biología, ha iniciado una verdadera cruzada contra la religión y contra todas sus expresiones, pues aunque niega que existan el bien y el mal, considera muy malo que haya quienes defiendan lo contrario y, al parecer, muy bueno dedicarse a combatirlos. Es decir, también estos descreídos militantes acaban creyendo “en algo”. Sin esa mínima fe no podrían actuar en ningún sentido, ni movilizarse en favor o en contra de nada.

Y es que la fe tiene un sentido humano que es inevitable. La fe es ante todo, hemos dicho, confianza. La confianza es la base de las relaciones humanas, de la amistad, hasta de la economía, no digamos ya del amor. Quien vive en la desconfianza sistemática es incapaz de abrirse a nada ni a nadie y está cerrado a una relación personal auténtica, lo que es, y así lo enseña la experiencia, fuente de sufrimientos indecibles.

Por otro lado, la fe como confianza no es, como suele afirmarse, una actitud ciega. Es verdad que la fe implica aceptar lo que no se ve directamente y, por ello, tiene inevitablemente un componente de riesgo, pero eso no significa que no exista absolutamente ningún modo de garantizar el objeto de la fe. En las relaciones humanas hay todo un sistema de signos (comportamientos, actitudes, expresiones) que nos dicen que tal persona o grupo o institución son o no “dignos de crédito”, por lo que es razonable o no depositar en ellos nuestra confianza. El que otorga su confianza de manera completamente ciega es que es un crédulo, y el mismo uso del lenguaje nos indica que no es lo mismo la credulidad que la fe.

Pues bien, también en el ámbito religioso no cualquier fe, es decir, cualquier objeto de fe y cualquier modo de creencia, son igualmente aceptables. Para que la fe religiosa sea una virtud teologal debe dirigirse a un objeto verdaderamente existente; además debe dirigirse a una objeto que sea digno en sí mismo (y, por eso, digno de fe); finalmente, es preciso relacionarse dignamente con ese objeto digno de fe. Así, depositar la propia fe en objetos de superstición, como el horóscopo o la piedra filosofal que convierte cualquier cosa en oro, es caer en la credulidad ilusa en objetos inexistentes. Puede creerse en objetos reales, pero que no son dignos de una relación de fe: como quienes depositan su confianza en el diablo o, de manera más pedestre, en algún embaucador religioso o político. Finalmente, es posible creer en algo existente y digno de fe, pero hacerlo de manera indigna, como en el caso citado por el apóstol Santiago (2, 19), que dice que los demonios creen en Dios y tiemblan, pues creen de manera indigna (no con alegría y confianza, sino con horror y repugnancia). Así pues, hablando de fe religiosa, “puede considerarse virtud sólo una fe en el Ser supremo, que se dirige a Él con dignidad, que significa con una libre piedad filial” (V. Soloviov, La justificación del Bien, cap. 5, IV ).

La relación que los discípulos de Jesús tenían con él era una relación de fe. No eran sólo aprendices de una doctrina o de una cierta forma de vida, sino que estaban ligados al Maestro por una relación de profunda comunión vital, que implicaba reconocer y confesar en él al Mesías de Dios. Más allá de la evidencia de su realidad humana, sus palabras y sus hechos invitaban a una actitud fiducial: creer que en él se cumplían efectivamente las antiguas promesas contenidas en la ley y los profetas. Los discípulos habían sido testigos en numerosas ocasiones de cómo Jesús alababa la fe de aquellos que le pedían curación, liberación o perdón. Posiblemente sentían que la fe que profesaban por el Maestro se tambaleaba a veces, especialmente cuando experimentaban la enemistad y las amenazas que provenían de gentes dotadas de autoridad y prestigio. Y es que, efectivamente, la fe se pone a prueba ante las dificultades de todo tipo que nos rodean. La primera lectura lo ilustra con fuerza expresiva. Puede tratarse de la evidencia del mal en el mundo, que parece dominar y campar por sus respetos con insolencia; pueden ser dificultades personales y la impresión de que Dios no responde a nuestras peticiones; pueden ser dudas internas que nos asaltan a veces, porque, como hemos dicho, la fe tiene ciertamente un componente de riesgo, y las bases en que se apoya no son demostraciones axiomáticas o evidencias de laboratorio. Los discípulos sentían, por un lado, que Jesús exigía de ellos ante todo una respuesta de fe; por otro, experimentaban las flaquezas propias de la actitud fiducial. De ahí que, con buen criterio, le piden a Jesús que aumente su fe. Una petición que también nosotros podemos hacer hoy. Porque, aunque frecuentemente hablamos de tener o no tener fe, ésta no es un mero objeto de posesión, sino una actitud viva, que puede padecer anemia o raquitismo si no se la alimenta adecuadamente, o crecer y robustecerse hasta dar frutos.

La respuesta de Jesús, de entrada, puede sorprender. Más que concederles el don solicitado parece lanzarles un reto: “Si tuvierais fe como un granito de imagesmostaza…” Parece dar a entender que la fe no es cuestión de cantidad, sino de calidad. Lo importante es que esté viva, como una semilla, y entonces, por pequeña y débil que parezca, es capaz de obrar milagros y hacer cosas imposibles. La alusión a la morera (planta de profundas y ramificadas raíces, difícil de arrancar) hay que entenderla en el sentido metafórico en que decimos nosotros que “la fe mueve montañas”. La fe viva, en efecto, nos pone en movimiento y nos permite realizar cosas que, de otra manera, se nos antojan imposibles.

Ahora bien, ¿qué significa realmente una “fe viva”? No se trata de un poder nuestro para hacer cosas extraordinarias, como si gracias a la fe nos convirtiéramos en una especie de taumaturgos capaces de sorprender a quien se nos ponga por delante. La fe de la que hablamos aquí, la fe en Jesús, es la confianza en su palabra, la acogida de la misma y la disposición a ponerla en práctica. Como realidad viva que es, a imagen de la semilla, requiere ser cultivada y, como dice Pablo en la segunda lectura, reavivada. Ante las dificultades internas y externas, la fe probada se convierte en fidelidad: las últimas palabras de la profecía de Habacuc se traducen a veces de esta manera: “el justo vivirá por su fidelidad”. Y una fe que confía y es fiel es una fe que se enfrenta con valentía a las dificultades, que no se esconde, que da testimonio. El supremo ejemplo lo tenemos en el mismo Jesús, que vive en la plena confianza en su Padre, y fiel a su misión, llega al extremo de entregar su propia vida.

images-2En el texto evangélico podemos tener la impresión de que tras la breve catequesis sobre la fe, Jesús cambia de tercio y se pone a hablar de algo totalmente distinto. Pero, en realidad, existe un profundo vínculo entre las dos enseñanzas. Si, como hemos dicho,  la fe se alimenta de la palabra de Jesús escuchada, acogida y puesta en práctica, la alusión al servicio no es casual. La fe no es una confianza pasiva, sino que nos pone en pie y nos hace vivir activamente, actuar. Y, ¿cuál es el género de acción que, como fruto de la semilla, procede de la fe en Jesucristo? El que cree en Él debe vivir como vivió Él (cf. 1 Jn 2, 6). Si Él vino a servir y a entregar su vida en rescate por muchos (cf. Mt 20, 28), el discípulo de Jesús ha de ser un servidor de Dios y de sus hermanos. Si es un verdadero creyente, éste es el milagro que la fe opera en él: arrancarlo de las raíces del egoísmo y de la seguridad, y plantarlo en el mar arriesgado del servicio a los demás. Vivir en actitud de entrega y servicio no es una dimensión sobreañadida a la fe, algo de lo que podamos enorgullecernos o por lo que debamos exigir un salario, sino la consecuencia natural de ese “vivir por la fe”, de ese espíritu de energía, amor y buen juicio; es el fruto de esa semilla de la fe que la palabra de Jesús ha plantado en nuestro interior.

Después del Concilio Vaticano II en pleno proceso de renovación eclesial había un dicho muy significativo sobre el papel y el sentido de la Iglesia en el mundo: “una Iglesia que no sirve, no sirve para nada”. Lo mismo podemos decir nosotros de nuestra fe: una fe que no nos pone en una actitud de servicio es una fe débil y mortecina, si no ya totalmente muerta. Pero también la inversa es verdadera: para fortalecer, reavivar y aumentar nuestra fe, además de pedírselo al Señor en la escucha de su palabra, hemos de ponernos enseguida al servicio de los hermanos.

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Domingo 26 del tiempo ordinario (C)

septiembre 24, 2016

Lectura de la profecía de Amós 6, la. 4-7 Los disolutos encabezarán la cuerda de cautivos
Lectura de la primera carta apóstol san Pablo a Timoteo 6, 11-16 Guarda el mandamiento hasta la manifestación del Señor
Lectura del santo evangelio según san Lucas 16, 19-31 Recibiste bienes y Lázaro males: por eso encuentra aquí consuelo, mientras que tú padeces

 

Para superar el abismo

La primera y la segunda lectura presentan respectivamente dos géneros de vida diametralmente opuestos. El primero de ellos, denunciado por el profeta Amós, bien podría ser calificado de un “consumismo avant la lettre”. Completamente centrado en el disfrute personal y sin medida, su pecado más grave no consiste, en realidad, en ese mismo disfrute, sino sobre todo en el olvido y el desprecio hacia la suerte de los que sufren. Es una suerte que reclama la atención y la ayuda de los que tienen los medios para aliviarla en todo o en parte, pero que deciden que el sufrimiento ajeno no va con ellos (aunque es más que probable que la excesiva riqueza de estos sea la causa directa de la excesiva pobreza de aquellos). Por eso, advierte el profeta, los que así actúan acabarán padeciendo una suerte similar a la de los que han despreciado. Y es que las riquezas de este mundo son efímeras, y quien se entrega a ellas como a un absoluto está labrando su propia perdición. El segundo género de vida camina en dirección contraria: Pablo exhorta a su discípulo Timoteo a comportarse como un “hombre de Dios”, y enumera las cualidades que deben adornarlo: justicia, piedad, fe, amor, paciencia, delicadeza. No hay que ver aquí una sucesión jerárquica. Son cualidades propias de quien no vive en la disolución, sino en la tensión de un combate, el combate de la fe, que significa el testimonio de vida de quien cree en Jesucristo. Jesucristo es el camino que nos lleva a una vida plena, a una vida de total comunión con Dios y con los hermanos. Pero esa comunión empieza ya en esta vida: quien cree en Jesucristo no puede estar ocioso ni ocuparse sólo de su propia satisfacción, física o espiritual: ha de ser alguien que se dedica a tender puentes de comunión, y que, en consecuencia, se duele “del desastre de José”, esto es, que no permanece impasible ante el sufrimiento de los demás y trata de superar los abismos que separan a los seres humanos y que son la causa de esos sufrimientos.

El rico Epulón, que banqueteaba espléndidamente cada día, es la figura que en la parábola de Jesús encarna a los disolutos de Amós. Como ya se ha dicho, su mayor pecado no es la gula (o la lujuria que iría muy posiblemente aparejada), sino su insensibilidad, su ceguera para ver la necesidad del que, a la puerta de su casa, ansiaba saciarse con las migas de su mesa, pero que no fue objeto de su compasión, y fue tratado peor que los perros que merodeaban por allí. Frecuentemente la gula, la lujuria, el exceso de sensaciones referidas a uno mismo, nos hacen egoístas, nos ciegan para percibir las necesidades de los otros: su hambre y sed, su desnudez y enfermedad, su falta de afecto y autoestima.

La situación descrita es clara y sencilla. No es Dios el responsable del hambre y los sufrimientos del pobre Lázaro. Los abismos que median entre ricos y pobres, entre víctimas y verdugos, entre poderosos y débiles, no están escritos en las estrellas, ni son el producto de un destino inevitable, ni son, por tanto, insuperables. Los hemos creado nosotros. Y podemos y debemos superarlos nosotros y, precisamente, en esta vida, en este mundo, en este tiempo en que vivimos. Después ya será demasiado tarde. No hay aquí absolutamente nada de justificación de la injusticia en nombre de una futura recompensa en el más allá. Al contrario, percibimos aquí toda la seriedad de la denuncia contra toda forma de injusticia, y de la llamada a tomar medidas reparadoras en esta vida, pues después será demasiado tarde.

Precisamente porque la vida es una cosa seria, no hay que tomársela a broma, ni podemos pasarla banqueteando (o, más probablemente, imgres-1trabajando sólo para poder banquetear). Esta vida limitada en el espacio y el tiempo es el tiempo de nuestra responsabilidad, en el que decidimos nuestro destino, nuestro “tipo” (el del disoluto, o el del hombre de Dios) y, en cierta medida, la fortuna de los que están cerca de nosotros. Lo que hagamos en este tiempo y espacio, que Dios nos ha cedido por completo, quedará así para siempre. Esos abismos que hemos de superar construyendo puentes de justicia, misericordia, ayuda y compasión, se harán insuperables una vez concluido nuestro periplo vital. Insisto, la vida es cosa seria. Hay cosas con las que no se debe jugar. La verdadera fe religiosa es una llamada a esa seriedad de la vida, a la libertad responsable, al testimonio de fe, con el que vamos construyendo ese camino que nos vincula con los demás y nos conduce a la vida eterna, a la vida plena.

Pero, ¿no es esta responsabilidad excesiva para nuestras pobres espaldas? Pues somos débiles y limitados en el conocimiento y en la voluntad. ¿No es demasiado para nosotros exigirnos que decidamos nuestro destino definitivo en los avatares cambiantes de la historia?

En realidad, Dios no nos ha dejado solos. En nuestra conciencia y también en la Revelación encontramos múltiples indicadores que nos ayudan a tomar la decisión correcta, el modo de superar los abismos, de encontrar el camino que nos lleva “la casa del Padre”. Es cierto que hay situaciones conflictivas y difíciles en las que no es tan sencillo acertar con la solución correcta. Pero nadie nos pide imposibles. Si tenemos buena voluntad, lo importante es que tratemos de hacer las cosas lo mejor que podamos. Además, estamos en proceso y también se puede aprender de los errores. No se nos pide ser perfectos, sino adoptar una orientación fundamental que deseche la de la primera lectura y adopte la de la segunda.

Pero podría objetarse, ¿por qué Dios no nos da esas indicaciones de modo más claro y explícito, por medio de signos maravillosos que obliguen nuestro asentimiento? Eso es lo que significa “que resuciten los muertos”: un “milagrón” al que no podamos oponer la menor duda. Se podría replicar que si Dios nos hablara así, nos avasallaría con su fuerza y podríamos sentir que el espacio de nuestra libertad quedaba indebidamente invadido. Su palabra no sería un diálogo respetuoso con el espacio de nuestra libertad, ni daría oportunidad a una respuesta basada en la fe, es decir, en la confianza. Ahí, claro, está el riesgo de nuestro posible “no” a su oferta. Pero ese riesgo es inherente al respeto de la libertad. Además, el “milagrón” no tendría efecto, pues lo importante aquí es un corazón bien dispuesto. Eso es lo que quiere decir Jesús con eso de que “si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso ni aunque resucite un muerto”. Los que se dedican a banquetear, a vivir en la superficialidad, a ocuparse sólo de sí mismos, no suelen estar para milagros de ningún género: si no ven al pobre tirado en su puerta, menos van a ver a un muerto resucitado.

Para ver a uno y a otro hacen falta otras actitudes, precisamente las que enumera Pablo en su carta a Timoteo: voluntad de justicia, piedad (para con Dios y para con los hombres), fe y amor, también esas virtudes menores, pero tan necesarias en la vida, que aquí se resumen en la delicadeza. Sólo así se clarifica nuestra mirada para ver al pobre que sufre y al muerto que resucita: uno y otro son Jesucristo, que sufre en los pobres y con-padece con todos los que padecen (y, ¿quién no padece de un modo u otro?), y que por ese sufrimiento llegó al extremo de la muerte, cancelando así todos los abismos y conquistando para nosotros la vida eterna.

A la luz de la parábola que Jesús nos ha contado hoy, podemos volver ahora a las dos primeras lecturas para examinar a qué género de vida se asemeja más la nuestra, y para tomar decisiones que nos ayuden a superar abismos en vez de a crearlos y ahondarlos. La voz de la ley y los profetas que nos ayuda en esta tarea es la voz de la Iglesia, por medio de la cual nos está hablando cada día el mismo Dios. Escuchémoslo.

Domingo 25 del tiempo ordinario (C)

septiembre 18, 2016

Lectura de la profecía de Amos 8, 4-7 Contra los que «compran por dinero al pobre»

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a Timoteo 2, 1-8 Que se hagan oraciones por todos los hombres a Dios, que quiere que todos se salven

Lectura del santo evangelio según san Lucas 16, 1-13 No podéis servir a Dios y al dinero

El vil metal y el Reino de Dios

Al leer la primera lectura caemos en la cuenta de que la especulación, el fraude y la explotación del hombre por el hombre son cosas que vienen de antiguo. No hace falta esperar el advenimiento del capitalismo para encontrarnos con ese proceder injusto. Ni tampoco hay que esperar a que aparezcan los críticos del capitalismo y del neoliberalismo para encontrar la indignación y la protesta contra esos comportamientos inmorales. Quien piense que “la religión” se ha dedicado tradicionalmente a justificar la injusticia o la pasividad ante ella en este mundo en nombre de un futuro paraíso celeste, es que no ha leído nunca los textos del Antiguo Testamento, no digamos ya los del Nuevo. Sobre todo (aunque no sólo) los profetas descalifican la falsa religiosidad de los que elevan oraciones a Dios y le ofrecen sacrificios, mientras explotan a sus semejantes cometiendo todo género de injusticias en el campo social y económico. En múltiples textos proféticos se subraya con una fuerza inusitada que el ver­dadero sentido religioso requiere como condi­ción la justicia, el derecho, la atención de los necesitados. Sin esto, los sacrificios y todos los actos de culto le son aborreci­bles a Dios, que expresa por boca de sus profetas el hastío que le producen holo­caustos y sacrificios realizados por corazones tor­cidos, insensibles a los sufrimientos de los pobres. Al texto que leemos hoy, del profeta Amós, especialmente sensible en este campo, se podrían añadir muchos otros (cf. Am 5,22; Os 6,6; Zac 7,10; Is 1,11-17). Los deberes de justicia son tan sagrados, en sentido literal, como los deberes directamente relacionados con Dios, precisamente porque es en el hombre, imagen y semejanza de Dios, en donde encontramos el ámbito principal para mostrar la verdad de nuestras actitudes religiosas.

Pero, por otro lado, el cumplimiento de nuestros deberes de justicia no debe servirnos de excusa para distraernos de nuestra relación con Dios. Son dimensiones profundamente implicadas entre sí, pero cada una de ellas tiene su espacio propio. Precisamente, la parábola del administrador injusto del Evangelio nos ayuda a comprender esa mutua implicación y, al tiempo, la especificidad de cada uno de ellos. Esta parábola hace pie en un problema administrativo y de falta de honestidad para enseñarnos una verdad más profunda. El administrador infiel se encuentra en una situación de gran apuro, prácticamente sin salida: pillado en su deshonestidad, no encuentra alternativas válidas para poder “salvarse”, en el sentido más inmediato de la expresión: ni el trabajo físico ni la mendicidad son salidas válidas para él. De ahí que busque la salvación por medio de la astucia, haciendo que los deudores de su amo se conviertan en deudores suyos, y así poder ganarse su favor futuro.

¿Debemos entender que Jesús alaba esa astucia deshonesta, en la que el fin justifica los medios, cualesquiera que estos sean? ¿No estaría esto en flagrante contradicción con lo que escuchamos en la primera lectura, en la que se condena sin paliativos el fraude y el engaño? La clave para entender la provocativa parábola de Jesús está en las palabras con que la concluye: “los hijos de este mundo son más astutos con su gente que los hijos de la luz”. Ese “con su gente”, que puede entenderse además como “en sus asuntos”, indica que también nosotros debemos ser astutos, sagaces, inteligentes, con nuestra gente, en el asunto que nos ocupa, si es que somos hijos de la luz. Así como hay que tener habilidad para “salvarse” de las situaciones apuradas en que nos pone la vida, así debemos saber cuáles son los medios para que nos reciban “en las moradas eternas”. Porque, en verdad, todos somos hijos de este mundo y todos estamos llamados a ser hijos de la luz. Y la cuestión está en que, con frecuencia, mostramos un interés, una sagacidad y una habilidad para resolver nuestros asuntos mundanos, que brilla por su ausencia en el asunto capital de la salvación religiosa, en la que se decide nuestro destino de manera definitiva.

¿En qué consiste esa habilidad, astucia y empeño para que nos reciban en las moradas eternas? Siguiendo con la lectura del Evangelio nos encontramos con una frase de Jesús todavía más enigmática que la anterior. ¿Qué significa hacerse amigos con el dinero injusto? Posiblemente no debamos entender aquí el adjetivo injusto como una cualidad que el dinero puede tener o no, sino como un adjetivo redundante, que subraya una cualidad propia del objeto en cuestión; como cuando decimos “la fría nieve” o “el sol ardiente”. Jesús estaría usando una expresión coloquial, como cuando en español decimos “el vil metal”, aludiendo a las pasiones (la avaricia, la codicia, la ambición…) que suscita, sin que queramos decir que toda relación con el dinero haya de ser deshonesta.

Precisamente, el trato con el injusto dinero, con el vil metal o con los bienes y los asuntos pasajeros de este mundo (económicos, políticos, sociales, etc.) son parte esencial de nuestro camino hacia las moradas eternas. Es en el trato con estos bienes, reales, pero no definitivos, donde se pone a prueba si somos realmente hijos de la luz o sólo hijos de este mundo. Los que son sólo hijos de este mundo se entregan a estos asuntos en cuerpo y alma, y, por obtener este género de bienes, son capaces de vender su alma al diablo, de hacer todo tipo de pactos con el mal, de cometer todo género de injusticias; se hacen así siervos del dinero y de los bienes que desean poseer. Si somos hijos de la luz, entonces estamos llamados, no a inhibirnos de estas dimensiones de nuestra vida (también somos hijos de este mundo), sino a llevarlos a la luz, a iluminarlos con la sabiduría que proviene de Dios, a usarlos sin entregarles nuestro corazón ni hacernos servidores suyos. Hacerse amigos con el vil metal (y con todo lo que ello significa) quiere decir establecer también en este ámbito relaciones nuevas, no marcadas por el interés egoísta y la idolatría del dinero, sino por la justicia (aun a costa de perder a veces en los propios intereses), y más allá de la justicia, por la generosidad. No hace tanto (hace tres domingos) escuchábamos en el evangelio cómo Jesús nos exhortaba a invitar no a aquellos que pueden correspondernos, sino a los pobres, lisiados, cojos y ciegos, que no pueden pagarnos pues la paga será cuando resuciten los muertos (cf. Lc 14, 13-14). Con el vil metal o el injusto dinero es posible realizar obras de justicia, establecer relaciones nuevas y fraternas, acoger a los necesitados, en una palabra, hacerse verdaderos amigos (que no lo son por interés, si es que son verdaderos). En medio de los asuntos cotidianos que nos ocupan, preocupan y agobian, podemos vivir de tal manera que nos hagamos amigos de Jesús, que vive y sufre en los necesitados. La frase entera de Jesús es altamente significativa: “Ganaos amigos con el dinero injusto, para que, cuando os falte, os reciban en las moradas eternas”. No dice, “por si os falta”, sino “cuando os falte”; pues esos bienes, por los que nos afanamos a causa de las necesidades de la vida, nos han de faltar con seguridad: nadie puede llevarse a la tumba su fortuna. Pero los bienes que hayamos acumulado en honradez, justicia y generosidad (precisamente en el trato con aquellos otros bienes efímeros) serán los que nos abran el camino a las moradas eternas, pues serán el vínculo de la amistad con Jesús, ganada en el trato con sus pequeños hermanos (cf. Mt 25, 40).

Entendemos, pues, que los bienes de esta tierra, que nos ocupan y preocupan, y los bienes de allá arriba no son extraños entre sí. En los primeros se hacen ya patentes los valores del Reino de Dios, dependiendo de cómo nos relacionemos con ellos. Es en el trato con ellos como se pone a prueba si somos o no de fiar, si somos responsables, honestos, justos, generosos y desprendidos. Y es Jesús, amigo y maestro, el que nos enseña la justa jerarquía de todos los bienes.

Así vamos entendiendo la mutua implicación de los dos órdenes, mundano y religioso, que no tienen ni que mezclarse indebidamente, ni tienen por qué estar en guerra o en conflicto (aunque lo estén con frecuencia). En esta clave podemos entender las palabras de Pablo en la carta a Timoteo, que no habla de economía, sino de política. La necesaria autonomía de estos órdenes (el más externo de la vida social, económica y política, regido por el derecho; y el más personal, ético y religioso, que atañe a la conciencia) pueden y deben tratar de coordinarse desde el mutuo respeto y la cooperación. Igual que en la economía, también en la política es posible ver las semillas del Reino de Dios, en la medida en que en ella ha de procurarse por la vía jurídica la justicia, la paz y el bien de la persona humana. Si nos parece que los “hijos de este mundo” tienen más habilidad para imponer en estos órdenes sus criterios, tratando con frecuencia de exiliar de ellos cualquier vestigio del Reino de Dios, nosotros, llamados a ser hijos de la luz e implicándonos sin temor en todos esos asuntos, hemos de tratar de iluminar el sentido trascendente de los bienes pasajeros de este mundo, de modo que podamos así dar a conocer a todos también la voluntad salvífica de Dios, del Dios que se ha encarnado en Jesucristo, y que “quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad”.

Domingo 24 del tiempo ordinario (C)

septiembre 10, 2016

Lectura del libro del Éxodo 32, 7-11. 13-14 El Señor se arrepintió de la amenaza que había pronunciado
Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a Timoteo 1, 12-17 Cristo vino para salvar a los pecadores
Lectura del santo evangelio según san Lucas 15, 1-32 Habrá alegría en el ciclo por un solo pecador que se convierta

El arrepentimiento de Dios… y el nuestro

Durante el año litúrgico C leemos dos veces la parábola del Hijo pródigo: en el domingo cuarto de Cuaresma y, junto con las otras parábolas de la misericordia, en este domingo 24 del tiempo ordinario. Pero no se trata de una mera repetición: el diferente acento lo marcan las respectivas primera y segunda lectura. Allí se insistía en el arrepentimiento del hombre, llamado a searchreconciliarse con Dios. Ahora, en cambio, se mira sobre todo a la actitud de Dios ante el pecador; se puede decir que se subraya el arrepentimiento de Dios: “el Señor se arrepintió de la amenaza que había pronunciado contra su pueblo”. Esto nos invita a reflexionar sobre la imagen que tenemos de Dios y, tal vez, a modificarla. No se trata de nuestro “concepto teórico” de Dios, pues Dios no cabe en ningún concepto y los desborda a todos. La cuestión es práctica y existencial, pues trata de su actitud ante nosotros: es ahí donde descubrimos que Dios nos supera y sorprende. Un Dios que se arrepiente… ¿Qué quiere decir esto? ¿Cuál es la actitud de Dios ante el mal y el pecado?

Son muchos los que acusan a Dios de permanecer indiferente ante el mal del mundo. Aquí se apoya uno de los argumentos más fuertes contra la existencia de Dios, que se esgrimió sobre todo en la cultura moderna. Aunque, todo hay que decirlo, la no existencia de Dios, lejos de resolver el problema lo hace irresoluble.

Otros, en cambio, piensan que Dios reacciona ante el pecado humano castigando a los pecadores. Aunque esta mentalidad era popular en la antigüedad, todavía pervive hoy en diversas religiones e, incluso, entre no pocos cristianos. Desgracias individuales y colectivas se contemplan como consecuencias más o menos directas del pecado humano y de la actividad punitiva de Dios. Así que, contra los que se quejan de que Dios permanezca impasible ante el mal, encontramos aquí una respuesta que, todo hay que decirlo, no nos sirve de mucho consuelo. Porque, si antes se quejaban de la inactividad divina, ahora alzarán la voz contra su indebida intromisión en asuntos de estricta competencia humana… ¿En qué quedamos? ¿Interviene Dios o no interviene? ¿Queremos nosotros que intervenga, o preferimos que no lo haga? Y, si sí, ¿en qué sentido?

Posiblemente, para responder adecuadamente a estas difíciles preguntas, lo mejor es dejar de filosofar (aun sin tener nada contra esa noble actividad) y ponerse a la escucha de la Palabra, que nos dice que Dios no permanece impasible ni ocioso ante el mal y el pecado, pero que lo que hace nada tiene que ver con la actividad punitiva que le atribuyen algunos.

La Palabra propone como trasfondo de la actitud de Dios hacia el hombre tres pecados de especial gravedad. En la primera lectura se habla de idolatría, esto es, de la divinización indebida de realidades naturales. En la carta a Timoteo Pablo se acusa a sí mismo con dureza y sin tapujos (“blasfemo, perseguidor, insolente”) de haber perseguido a Cristo; no es que haya adorado a un falso dios, sino que se ha opuesto al verdadero. En estos tiempos de subjetivismo rampante nos cuesta aceptar el discurso sobre el verdadero Dios, la verdadera religión y, en consecuencia, el pecado de haberse opuesto a la Verdad en nombre de lo que uno consideraba verdadero. En realidad, Pablo concede los derechos de la conciencia errónea al mitigar su autoacusación (“yo no era creyente y no sabía lo que hacía”), pero no por eso se considera justificado. El ser humano no tiene sólo el deber de actuar de acuerdo a lo que le parece bueno y verdadero, sino también el de buscar con sinceridad lo que lo es realmente. Por fin, el evangelio personifica en el hijo pródigo el pecado de negación del padre y la depravación de una vida desenfrenada y egoísta.

¿Cuál es la reacción de Dios ante estos (y otros) pecados? La primera lectura parece atribuirle el propósito de imagescastigar a los idólatras borrándolos de la faz de la tierra. Sólo ante la oposición e intercesión de Moisés Dios “se arrepiente” de su propósito y aplaca su ira. Pero, ¿qué significa esto? ¿Hay que entenderlo al pie de la letra? ¿Es que acaso hemos de aceptar que Moisés era mejor que el mismo Dios? Sería absurdo. El “arrepentimiento” de Dios ante la intercesión de Moisés es un bello recurso literario, que subraya que, sin bien el pecado del hombre es autodestructivo, Dios reacciona con la misericordia y el perdón. El papel de Moisés como intercesor ante Dios a favor del pueblo nos recuerda que el hombre participa de los designios salvíficos de Dios, que Dios mismo se apoya en la mediación humana y, en definitiva, aquí se anticipa proféticamente la mediación exclusiva y definitiva de Jesucristo.

Pablo confirma en la carta a Timoteo lo que acabamos de decir con tanta claridad, que apenas cabe más comentario que releer esas palabras llenas de fuerza y confianza sobre el derroche de gracia, de amor, de compasión y de paciencia que Dios se gasta con nosotros.

Por si quedaban dudas, las parábolas de la misericordia deberían ser el argumento definitivo. Dios no sólo perdona, salva y recrea, sino que, cuando el hombre “se pierde”, sale a su encuentro, lo busca con ahínco y esmero, sin ahorrar esfuerzos. Así lo ha manifestado en Cristo, que para encontrar y salvar al pecador ha ido hasta el extremo de la muerte.

Se dice que los pastores conocen a sus ovejas una por una y no en “rebaño”. Así nos conoce y nos busca Dios. Somos para él más valiosos que la moneda perdida de la mujer de la segunda parábola, que seguro que no había perdido unos céntimos. Cualquiera entiende qué supone perder la garantía el sustento propio y de los suyos. Pero Jesús ahonda aún más su enseñanza sobre la misericordia: somos más que una oveja conocida por el nombre, o el tesoro que nos promete la supervivencia; para Dios somos como el hijo único, amado con un amor exclusivo, que es como los buenos padres y, sobre todo, las buenas madres quieren a cada uno de sus hijos, por muchos que tengan. Un amor exclusivo es un amor incondicional, que sale al encuentro del hijo perdido “cuando estaba todavía lejos”, un amor que no reprocha ni castiga, sino que abraza, recrea y festeja la vuelta a casa. Dios, en efecto, tiene una actitud activa ante el pecado y el mal, pero también respetuosa hacia la libertad humana, a la que no fuerza si ésta no presta su acuerdo. Y es que el perdón de Dios es incondicional, pero nosotros podemos recibirlo sólo si nos abrimos a él. De ahí la necesidad del arrepentimiento.

La idea del castigo divino por el pecado se parece más a una proyección nuestra que clama venganza y se cierra a la misericordia. Es precisamente un género de pecado que no aparecía en el listado anterior, el pecado del hijo mayor, de los que se pretenden justos y niegan el perdón de los “perdidos” que vuelven a casa, y exigen para ellos los castigos adecuados. Es el pecado de los fariseos, para los que Jesús cuenta estas parábolas, con las que quiere purificar nuestra imagen de Dios, al revelarlo como un Padre lleno de amor. El fariseo (de entonces y de siempre) mira a Jesús con mirada torva y bien puede retorcer el argumento, oponiendo ahora que, entonces, ese Dios bonachón consentiría el mal al no castigarlo. Pero ya hemos dicho que no es verdad, que lo que Dios ha hecho es lo máximo que se puede hacer: en Cristo ha tomado sobre sí el pecado del mundo hasta el extremo de la cruz, para convertir la muerte en vida, el pecado en gracia.

Pero no nos convirtamos nosotros en fariseos de los fariseos, considerando que son estos últimos los que no tienen remedio. Pablo, al fin y al cabo, era un fariseo y fue el que descubrió en su propia vida que lo que no podía la ley, sí lo podía la gracia. Y es que la imagen de Dios que la Palabra nos trasmite hoy es precisamente la de un Padre que espera activamente el regreso de sus hijos, y que no desespera de ninguno, ni siquiera de los “buenos”.

Domingo 23 del tiempo ordinario (C)

septiembre 4, 2016

Lectura del libro de la Sabiduría 9, 13-18 ¿Quién comprende lo que Dios quiere?
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a Filemón 9b-10. 12-17 Recíbelo, no como esclavo, sino como hermano querido
Lectura del santo evangelio según san Lucas 14, 25-33 El que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío

 

Posponer para mejor amar

El evangelio de hoy comienza con unas palabras enigmáticas, casi escandalosas, que parecen contradecir, no sólo el espíritu del evangelio mismo, centrado todo él en el mandamiento nuevo del amor, sino, incluso, los (viejos) mandamientos de la ley de Dios, que, en el cuarto de ellos, nos mandan honrar padre y madre. Al exponer las condiciones para ser discípulos suyos, Jesús dice que para ello es preciso “odiar” a padre, madre, mujer (marido), hijos, hermanos y hermanas, incluso a sí mismo. Es verdad que el texto en español que hemos leído está edulcorado, y no dice “odiar”, sino “posponer”. Si leemos diversas traducciones de este pasaje, podemos encontrar términos tan variados como “odiar” (así, por ejemplo, la Biblia de Jerusalén), posponer, despreciar, etc. La versión griega usa, de hecho, el verbo “miseo”, que significa literalmente odiar. ¿Es que la fe y el amor a Jesús y a Dios conllevan un conflicto con las relaciones humanas, precisamente, las más inmediatas, de modo que elegir la fe y el amor a Dios implica renunciar o, al menos, dejar en segundo plano aquellas?

En realidad, parece que detrás del verbo “odiar” usado por Lucas se esconde una insuficiencia del arameo subyacente, que carece del matiz que nosotros expresamos en el verbo “preferir”. Esta forma de entender ese extraño “odiar” (o “aborrecer”, o “posponer”) lo confirma la versión de este pasaje en el Evangelio de Mateo, que se expresa positivamente: “el que ama a su padre o a su madre, o a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí” (10, 37).

images-1Efectivamente, Jesús nos llama a una elección radical y sin componendas, que significa ponerlo a él en un primer lugar absoluto, en la cumbre de los afectos y de las preferencias. Sólo de esta forma radical y sin medias tintas es posible seguirle de verdad, ser realmente discípulo suyo. Pero esta preferencia radical y exclusiva, que conlleva “posponer” hasta los lazos afectivos más inmediatos, no significa una disminución o debilitación del amor que debemos a los nuestros, a nuestros padres, hermanos, mujeres o maridos, hijos, etc. Al contrario, la elección absoluta a favor de Jesús como nuestro único Señor y Maestro sana, purifica y fortalece nuestra capacidad de amar a todos, y también a los más cercanos, porque le da una medida nueva. Esa medida es, precisamente, el mismo Cristo y el amor con que nos ha amado. La apostilla “incluso a sí mismo” (en otras traducciones se dice “incluso a su propia vida”) aclara esto último: es Cristo el que ha despreciado su propia vida, al entregarla en la Cruz por nosotros. De ahí, también, la alusión a la Cruz: para caminar en pos de Jesús y ser discípulo suyo es preciso aceptar y tomar la cruz. Y esto no significa otra cosa que la disposición a amar hasta la entrega total de la propia vida. Amar dando la vida (despreciando la propia vida) significa tomar la decisión de amar sin condiciones, de poner el amor por encima de cualesquiera intereses, aficiones, valores que puedan disputarle a la fuente del amor (que es el mismo Cristo) el primer puesto en nuestros afectos, en el “ordo Amoris” de nuestro corazón.

Preferir a Jesús de manera exclusiva y sin componendas es conectarse a la fuente del amor verdadero, el mismo Dios. Es cierto que todo amor humano viene de Dios. Pero todos sabemos hasta qué punto el amor humano está herido, enfermo, debilitado y condicionado por el egoísmo, y, por tanto, dificultado por múltiples intereses, aficiones y valores que rivalizan continuamente en nosotros por ese “primer puesto” que Jesús reclama para sí. Y esta anemia de nuestros amores se manifiesta también en las relaciones más cercanas e inmediatas. ¡Cuántas veces los propios padres se quitan de encima a sus hijos pequeños, que les reclaman atención y amor, poniéndoles un DVD para que no les molesten mientras, por ejemplo, ven un partido de fútbol! Muchos matrimonios acaban mal por la incapacidad de tomar sobre sí la cruz de las inevitables limitaciones y defectos del otro. Muchos vínculos familiares se rompen por disputas ideológicas o económicas, a veces por grandes herencias, a veces por cuatro perras miserables…

Poner a Jesús en el primer lugar y preferirle por encima de todo significa valorar más el tesoro de la relación, de los vínculos familiares, de la amistad, etc., que nuestras aficiones o ideas particulares, la “razón” que creemos tener, o la fortuna grande o pequeña que tanto nos tienta, pero que no nos podremos llevar a la tumba. Ahora podemos entender también, por qué Jesús, al final de su llamada a una elección radical para ser sus discípulos, incluye además la renuncia a todos los bienes. No significa esto que todos, ni siquiera la mayoría, hayan de despojarse de todo lo que tienen para poder ser cristianos, sino que también debemos anteponer nuestra fe en Jesús a todo interés material, a todo egoísmo que grava e impide nuestra capacidad de amar.

El seguimiento de Cristo es una empresa que merece ser ponderada con cuidado. Emprenderla sin la disposición necesaria, pretendiendo searchcompaginar la fe con actitudes y formas de relación incompatibles con ella, es iniciar un camino a ninguna parte, afrontar una batalla perdida de antemano. Si para construir torres y ganar batallas hay que contar con los medios adecuados, también para poder llegar a ser verdaderos discípulos de Jesús tenemos que estar dispuestos a hacer acopio de los medios necesarios, cultivando en nuestra vida las actitudes acordes con la fe que profesamos. En realidad la adquisición de estos “medios” puede hacerse sólo en contacto vivo con el Maestro, que nos los enseña, y con su gracia y nuestra cooperación los va haciendo crecer en nosotros. No se puede aprender a tomar la propia cruz más que en la escuela de Aquel que entregó su vida en la Cruz; no es posible preferir a Cristo antes que la propia vida más que si estamos vitalmente vinculados por la fe, la oración y los sacramentos con el que despreció su propia vida imagespor amor nuestro.

Algo de esto nos enseña Salomón en la primera lectura. Él, considerado el hombre más sabio de su tiempo, tiene que reconocer que todos los conocimientos humanos, filosóficos o científicos, que con gran esfuerzo y no pocos errores vamos acumulando, no se pueden comparar con la sabiduría que Dios otorga a los que están abiertos a su enseñanza, y que sólo de Él es posible recibir, la sabiduría que salva, la sabiduría del amor. Jesús es el Maestro de esta sabiduría, que Dios nos ha enviado.

Decíamos al principio que esa aparente contradicción entre amar a Cristo y a los “propios” se resuelve cuando entendemos que preferir a Jesús es el mejor modo de amar de verdad y sin egoísmo a padres, hijos y hermanos. Al leer la carta de Pablo a Filemón, esa joya de la primera generación cristiana, entendemos, además, que gracias a esa preferencia nuestra capacidad de amar se amplía infinitamente, supera toda barrera y alcanza a todos. En Cristo, el Hijo de Dios, comprendemos que todos los hombres, sin excepción, son hermanos nuestros. Sin grandes proclamas ni manifiestos (de esos que tanto gustan hoy, pero que suelen quedarse en papel mojado) contra la monstruosa inhumanidad de la esclavitud, Pablo se limita a descubrirle a su amigo y discípulo Filemón que Onésimo, su esclavo, su propiedad, es, en realidad, hermano suyo en Cristo. Sin solemnes alardes ideológicos, Pablo había lanzado la carga de profundidad que habría de terminar con esa institución odiosa y contraria al plan de Dios. Y ahí vemos con toda claridad, con toda su fuerza, hasta qué punto preferir a Cristo por encima de todo es el mejor modo de amar a todos con un amor puro y un corazón indiviso, de superar barreras y conflictos, de poner las bases de un mundo nuevo y fraterno.