Archive for 19 noviembre 2016

Jesucristo Rey del universo – Domingo 34 del tiempo ordinario (C)

noviembre 19, 2016

Lectura del segundo libro de Samuel 5, 1-3 Ungieron a David como rey de Israel
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Colosenses 1, 12-20 Nos ha trasladado al reino de su Hijo querido
Lectura del santo evangelio según san Lucas 23, 35-43 Señor, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino

El trono de la cruz

images-2El año litúrgico concluye con la solemnidad de Cristo Rey. La liturgia nos dice así, gráficamente, que al final Dios, el Bien, la Verdad, la Justicia y la Vida triunfarán sobre las aparentemente invencibles e insuperables fuerzas del mal, la mentira, la injusticia y la muerte. En realidad, dice mucho más: que Cristo ya ha vencido, que ya es Rey del Universo, y que esa victoria, pese a todas las apariencias, está ya operando en la historia. Esto es lo que dice la liturgia y la Iglesia que la celebra al concluir el año. Pero no es difícil encontrar objeciones contra lo que la Iglesia dice con su liturgia, y también contra el modo de decirlo. Empecemos por esto último.

¿Por qué para proclamar la victoria final de Cristo hay que usar el título de rey? ¿No significa eso asimilarse a los usos de este mundo, a los deseos de un poder que se impone sobre los demás, pues donde hay victoria tiene que haber derrotados, y donde hay reyes hay por necesidad súbditos, siervos?

En realidad, usar el título de rey, pese a las reminiscencias políticas que parece tener, no carece de sentido. A diferencia de los otros títulos políticos que se pueden evocar (presidente, primer ministro), el de rey habla de un poder que no se tiene por delegación, sino por derecho propio, por causa de la propia ascendencia. Y si, como es probable, se objeta que hoy precisamente nadie o casi nadie cree en un poder así, pues incluso las monarquías que quedan requieren del consenso popular para su legitimación, se podrá responder que así es, y que, hablando con propiedad, sólo Cristo es rey por derecho propio y no por delegación, pues es el primogénito de toda criatura, imagen del Dios invisible, el hijo del Eterno Padre. Si, pese a todo, la imagen monárquica sigue produciendo rechazo en algunos, conviene meditar lo que nos dice hoy la palabra de Dios para comprender que aquí se trata de un reinado muy peculiar, en el que la formalidad del símil sirve más para marcar las diferencias que para establecer paralelismos. Más que de asimilación habría que hablar de contraste y oposición.

Lucas lo ha expresado admirablemente en el texto evangélico que hemos leído, dibujando un escenario perfecto de entronización, en el que images-3no falta detalle. El pueblo contempla la escena desde una cierta distancia; cerca del trono en el que se sienta el rey están, rodeándole, las autoridades civiles y militares, que son las únicas que pueden dirigirse a él directamente; aunque entre ellos destacan los consejeros más próximos que le hablan de tú a tú, sin intermediarios ni protocolo. Este escenario formal, dibujado por Lucas con toda intención, se llena de un contenido que poco o nada tiene que ver con alegato alguno a favor de la monarquía o de cualquier otro sistema político. Aquí la analogía usada funciona por contraste, pues se trata de algo completamente distinto. El pueblo que contempla de lejos no aclama, sino que primero ha exigido la ejecución de Jesús (cf. Lc 23, 18), aunque, como indica el mismo Lucas, después se duele de lo que ha visto (“se volvieron golpeándose el pecho”). Las “autoridades civiles y militares”, son los altos magistrados judíos y los soldados romanos, que insultan a Jesús, tentándole, igual que el diablo en el desierto (“si eres hijo de Dios…”), para que use el poder en beneficio propio. Los consejeros más próximos son criminales, uno de los cuales también apostrofa al Rey escarneciéndolo. El rey del que hablamos tiene por trono la cruz, instrumento de tortura y ejecución para los criminales y los esclavos. Incluso el letrero en escritura griega, latina y hebrea, anunciando “éste es el rey de los judíos”, no deja de estar cargado de ironía, que denigra no sólo al supuesto rey en su extraño trono, sino también (ahí los romanos no perdieron la oportunidad) al pueblo que tiene un rey así. La Iglesia y la liturgia, al decirnos que Jesús es Rey y que ha vencido, nos presentan una imagen de esta realeza y su victoria que no puede dar lugar a equívocos o asimilaciones.

Si ser proclamado rey significa ser enaltecido y elevado, es claro que la “elevación” de Jesús es de un género completamente distinto. En el evangelio de Juan se habla de “elevación” y “glorificación” para referirse a la cruz. En Lucas no se habla, pero se “ve” lo mismo. Si la exaltación significa ponerse por encima de los demás, en Jesús significa, al contrario, abajarse, humillarse, tomar la condición de esclavo (cf Flp 2, 7-8). Aquí entendemos plenamente las palabras de los israelitas a David cuando le proponen que sea su rey: “somos de tu carne”. Jesús no es un rey que se pone por encima, sino que se hace igual, asume nuestra misma carne y sangre, nuestra fragilidad y vulnerabilidad. Por eso mismo, lejos de imponerse y someter a los demás con fuerza y poder, él mismo se somete, se ofrece, se entrega.

Y ahora podemos comprender un nuevo rasgo original y exclusivo de la realeza de Cristo: pese a ser el único rey por derecho propio, es, al mismo tiempo, el más democrático, porque Jesús es rey sólo para aquellos que lo quieren aceptar como tal. De nuevo en la primera lectura comprendemos que el sentido pleno de la elección libre del rey David por parte de los israelitas se da sólo en Cristo. De hecho, a lo largo de la pasión de este extraño rey, tal como la narra Lucas, van apareciendo personajes que lo eligen y aceptan pese a su terrible destino o precisamente por él: de entre el pueblo, las mujeres que se dolían y lamentaban por él (cf. Lc 23, 26) y otras que con sus conocidos se mantienen cerca de la Cruz (cf. 23, 49); de entre las “autoridades civiles y militares”, José de Arimatea, que reclama el cadáver, y el centurión romano que confiesa la justicia de Jesús y glorifica a Dios (cf. 34, 47. 50-53). Por fin, también uno de los “consejeros más próximos”, el buen ladrón, que expone su causa al tiempo que reconoce el Reino que los ojos simplemente humanos son incapaces de ver (cf. Lc 23, 40-43).

Icono de Cristo Rey con las huellas de la Pasión

Icono de Cristo Rey con las huellas de la Pasión

Todos los que aceptan a Jesús como Rey y creen en su victoria sin escandalizarse del trono de la cruz no se hacen súbditos ni siervos, sino que, al contrario, adquieren la plena libertad. Porque la victoria de Cristo no es sobre nadie, no hay aquí derrotados y sometidos, sino que es la victoria (en su propio cuerpo, en su carne, la misma que la nuestra, no lo olvidemos) sobre el pecado y la muerte y, por eso, a favor de todos. Siendo rey por derecho propio (el primogénito de toda criatura), Jesús ha conquistado una realeza que, gracias a ser de su misma carne, nos alcanza a todos: es el primogénito de entre los muertos. Y esta es la carta de ciudadanía y libertad que adquirimos cuando libremente aceptamos a este rey: la redención, el perdón de los pecados, la reconciliación con Dios y con todos los seres.

En realidad, al aceptar a este extraño rey victorioso sobre el trono de la cruz, además de en ciudadanos del Reino, nos convertimos nosotros mismos en reyes. Pero, claro, reyes como este rey aceptado y confesado: reyes que se abajan para servir, que se ofrecen por el bien de los demás, que se entregan sin imponerse, pues lo que están dispuestos a entregar es, como Jesús, la propia vida. Podemos hacerlo de muchas maneras: como las mujeres de Jerusalén que se apiadan del que sufre, o como las otras que lo seguían desde Galilea y están con él en las duras y en las maduras, o como José de Arimatea o el centurión, que confiesan sin temor al ambiente hostil y peligroso; o como el buen ladrón, que se engancha al Reino en el último momento… Pero lo importante es que al hacerlo, nosotros mismos, todos, cada uno según su circunstancia biográfica y su particular vocación, nos convertimos en reyes porque nos hacemos imágenes visibles de ese rey que a su vez es imagen del Dios invisible. Y como la más profunda verdad del hombre es ser imagen de Dios, por este camino llegamos a ser plenamente lo que somos.

El Reino del que habla Jesús, del que él mismo es el rey, no es de este mundo, pero no es ajeno a este mundo. En la respuesta a la petición del buen ladrón Jesús no hace como los burócratas de reinos y repúblicas, que remandan la petición “ad calendas graecas”, sino que cursa la solicitud inmediatamente: “hoy estarás conmigo”. Ese “hoy” quiere decir que el Reino de Dios, el reinado de Cristo, ya ha empezado, precisamente en la Cruz. Y nosotros, que oramos cada día para que ese Reino venga a nosotros, podemos estar en él ya, hoy; a veces junto a la cruz (pues esa es la llave de entrada), pero siempre en la esperanza de gozar después, plenamente reconciliados, en el hoy eterno de Dios.

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Domingo 33 del tiempo ordinario (C)

noviembre 19, 2016

Lectura de la profecía de Malaquías 3, 19-20a Os iluminará un sol de justicia
Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Tesalonicenses 3, 7-12 El que no trabaja, que no coma
Lectura del santo evangelio según san Lucas 21, 5-19 Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas

Lo que queda y lo que pasa

maqueta-de-jerusalenAl final del año litúrgico y antes de proclamar la definitiva victoria de Jesucristo, Rey del Universo, la Palabra de Dios nos enfrenta con la dimensión escatológica de nuestra fe: el problema del fin del mundo. Lucas, igual que los otros evangelistas, insiste en no dar importancia a la hipotética fecha de ese fin del mundo, que ni sabemos, ni, al parecer, podemos saber. Subraya, en cambio, la finitud y caducidad de las realidades de este mundo, y nos invita a fijar nuestra atención en las dimensiones permanentes y definitivas que ya están operando en nuestra vida, y hacer la elección correspondiente.

Decía Chesterton que cuando los hombres son felices crean instituciones. Con su peculiar perspicacia, hacía notar que los seres humanos tratamos de atrapar, conservar y prolongar por este medio nuestras experiencias afortunadas, nuestros momentos de dicha. Es una gran verdad. El problema es que también las instituciones envejecen y acaban pereciendo. Por ello, el esplendor, la fuerza, la belleza que adornan ciertos logros del ingenio del hombre, pese a su indudable valor, están también afectados por la caducidad de todo lo humano. Jesús lo constata hoy a propósito de la admiración que el lugar más sagrado de Israel suscita en sus discípulos. La piedra y los exvotos del templo, su esplendor externo, no están llamados a perdurar, todo está condenado a la destrucción. En esta profecía de Jesús se refleja muy probablemente la traumática experiencia de la destrucción del templo de Jerusalén en el año 70. Incluso lo que nos parece más sagrado y firme está sujeto a la desaparición, por lo que hemos de fijar nuestra mirada más allá de las apariencias externas, como las piedras y los exvotos.

Acto seguido Jesús nos advierte de dos peligros aparejados al trauma de la fugacidad de nuestra condición temporal. El primero consiste en pensar que las catástrofes naturales (terremotos, epidemias, etc.) y humanas (guerras y revoluciones) las provoca Dios para anunciar amenazante el próximo fin del mundo. Jesús en ningún momento atribuye a la acción de Dios esas desgracias. Más bien hay que entender que todas ellas son expresión de la limitación propia del mundo: de la limitación física (los acontecimientos físicos y naturales) y moral (las acciones del hombre, autor de guerras e injusticias). Unas y otras nos avisan de que no es posible poner en ellas nuestra fe y nuestra confianza definitiva. Pero esto no significa que “el final vendrá enseguida”. Es decir, no es posible, en virtud de un supuesto inminente fin del mundo, desentenderse de los asuntos cotidianos, como, al parecer, hicieron algunos en las primeras comunidades cristianas, y a los que amonesta Pablo con severidad con su palabra y con su propio ejemplo: seguimos sometidos a la ley del trabajo, esto es, de la responsabilidad y del compromiso con las realidades de la vida diaria, en las que precisamente tenemos que dar cuenta de nuestra esperanza y testimonio de nuestra fe.

El segundo peligro o tentación de que nos advierte Jesús es el de tratar de superar las intrínsecas limitaciones físicas y morales de nuestro mundo pero dentro de él, instaurando ya, sea por los puros esfuerzos humanos, sea por ciertas confluencias cósmicas (la “Nueva Era” de Acuario, por ejemplo), el paraíso en la tierra, una nueva era de paz y armonía, en la que se eliminen o minimicen al máximo todas las causas del sufrimiento humano, y que sería la única salvación a la que nos sería dado aspirar. Los falsos profetas que tratan de usurpar el nombre de Jesucristo, que dicen de múltiples modos “soy yo”, “el momento de la salvación está cerca”, han sido y son legión. Unos lo hacen en nombre de determinadas ideologías políticas, otros en virtud del progreso científico, otros, por fin, apelan a los movimientos de los astros que marcan supuestos años cósmicos (y hay quienes combinan en una macedonia político-científico-mística todos estos motivos). Pero acomodarse a este mundo pasajero como si fuera definitivo es una solución tan falsa como lo es desentenderse del compromiso con la vida cotidiana.

Por decirlo gráficamente, si los que se inhiben de sus responsabilidades cotidianas y no trabajan no tienen derecho a comer (y se condenan a morir de hambre), los que trabajan sólo para comer no podrán por ello escapar de la muerte (el particular fin del mundo de cada uno) y del sinsentido que lleva consigo.

La destrucción por causas naturales o humanas no debe infundirnos, sin embargo, miedo, pánico o desesperación. Las palabras de Jesús son, wailing_wall_jerusalem_victor_grigas_2011_-1-50más bien, una llamada a la confianza: existen valores y bienes permanentes, que podemos empezar a cultivar y adquirir ya en esta vida, que no están sometidos a la fugacidad y limitación de este mundo, y que encontramos en plenitud precisamente en Jesucristo. Él es el único Señor y Salvador que, al adquirir la condición humana, se ha sometido ciertamente a las limitaciones físicas y morales propias de este mundo, y las experimenta en su cuerpo, hasta el extremo de padecer la injusticia de la muerte en cruz; pero ahí mismo manifiesta la victoria de la realidad que no pasa, que es el amor y la voluntad salvífica de Dios: Jesús es el verdadero y definitivo templo que atraviesa el fuego purificador de la muerte y, al superarla, se convierte en el sol que ilumina a los que creen en Él. Podemos así hacer la lectura cristiana de las terribles catástrofes que, con frecuencia, azotan a la humanidad: no son castigos de Dios, que nos da su gracia (Jesucristo), sino desgracias, expresión de las limitaciones de nuestro efímero mundo; Cristo está entre las víctimas, sus pequeños hermanos, padeciendo con y en ellas; en esas situaciones es posible vivir y realizar los valores del Reino de Dios que son más fuertes que la muerte, mediante la ayuda fraterna y solidaria por parte de todos a las víctimas (que, de un modo u otro también acabamos siendo todos).

Para los que viven como si sólo existieran los bienes pasajeros de este mundo, y también para los que viven desentendidos de la responsabilidad que la vida conlleva, los acontecimientos que expresan la limitación y fugacidad de nuestra condición mundana (guerras y terremotos) son como un fuego devorador que quema la paja y consume lo que no está llamado a perdurar: piedras y exvotos, comer y beber. Para los que están afincados en el Dios Padre de Jesucristo, las desgracias reales que, igual que todo el mundo, pueden padecer (además de guerras y terremotos, también persecuciones a causa de la fe), no son experimentadas como “el fin del mundo”, causa de pánico y desesperación, sino como ocasiones de testimonio de la esperanza en los bienes no perecederos, que se expresan sobre todo en las obras del amor. Los que eligen los valores permanentes y definitivos de la verdad, la justicia, el amor y el servicio a sus hermanos, valores que en Cristo han encontrado su definitiva expresión, también son probados y purificados en el crisol de ese fuego devorador, pero no son destruidos por él, pues iluminados por el sol de justicia que es Cristo, se han hecho ricos, no de bienes perecederos, como la paja, sino del oro de los bienes permanentes y las buenas obras. Estos son los que han sabido dar testimonio, sea en la persecución que a veces se desata contra ellos (por parte de los falsos profetas del paraíso en la tierra), sea en el compromiso cotidiano y perseverante por construir en la ciudad terrena las primicias del Reino de Dios.

Ciertamente, cabe que este testimonio tenga en ocasiones un carácter anónimo: hay quienes han elegido la vía del servicio sincero a los hermanos, sin saber que es a Cristo al que están sirviendo (cf. Mt 25, 39-40). Pero para los creyentes ha de ser además un testimonio explícito, que se expresa en palabras de sabiduría, inspiradas por Cristo, y que hablan con especial elocuencia en los momentos de persecución. Aunque no todos los cristianos estamos llamados al martirio (“matarán a algunos de vosotros”, algo que en estos días se está verificando en varios países del mundo), todos estamos llamados a la disposición martirial, esto es, a testimoniar que nuestra fe y nuestra adhesión a Cristo Jesús vale para nosotros más que todos los bienes que podamos adquirir en este mundo. Este mundo nos presiona para que nos pleguemos a él, para que nos acomodemos a sus valores (a sus modas, sus slogans, sus normas de corrección), y lo hace en ocasiones de manera virulenta: mediante la persecución cruenta; otras veces, de manera “light”, ridiculizando o desprestigiando la fe, sus valores y sus exigencias. Ayer como hoy, no hay que tener miedo, sino perseverar y hacer de todo ello, como nos dice Jesús, ocasión para anunciar lo que realmente vale, lo que no pasa nunca, al Único que nos salva del terremoto y de la guerra, del pecado y de la muerte.

Domingo 32 del tiempo ordinario (C)

noviembre 4, 2016

Lectura del segundo libro de los Macabeos 7, 1-2. 9-14 El rey del universo nos resucitará para una vida eterna
Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Tesalonicenses 2, 16-3, 5 El Señor os dé fuerza para toda clase de palabras y de obras buenas
Lectura del santo evangelio según san Lucas 20, 27-38 No es Dios de muertos, sino de vivos

Son como ángeles

Los saduceos no solían tener mucho trato con Jesús. Eran personajes demasiado importantes, alejados del pueblo, ocupados en conservar su privilegiada posición social y su poder a toda costa. Los interlocutores y oponentes habituales de Jesús eran los farisimgreseos, maestros del pueblo, por tanto, cercanos a él y sinceramente creyentes, aunque su interpretación rígida y estrecha de la ley los llevaba a condenar a los pecadores y a chocar con la forma novedosa, abierta y misericordiosa en que Jesús presentaba la relación con Dios. En los fariseos podía haber ira, desacuerdo, oposición, pero había también relación e interés por la verdad, hasta el punto de que a veces se dejaban convencer por Jesús (cf. Mc 12, 32-34). La hipocresía de la que Jesús les acusa no deja de implicar un reconocimiento de la piedad que “usan” para mostrarse (recordemos a De la Rochefoucauld, que definía la hipocresía como “el homenaje que el vicio rinde a la virtud”).

En los saduceos encontramos una actitud distinta, que asoma en el diálogo del Evangelio de hoy. Su pecado no es la hipocresía, sino el cinismo, que se ríe abiertamente del bien, lo desafía y, en este caso, mira con desprecio y suficiencia la fe religiosa del pueblo y su esperanza en la resurrección. Al abordar a Jesús, usan una técnica similar a la de los fariseos para ponerlo en apuros: plantear una cuestión legal avalada por la autoridad de Moisés, pero en una situación de conflicto. Sólo que lo hacen en tales términos que la conclusión a que da lugar resulta ridícula. Eso es lo que buscan: dejar en ridículo la fe en la resurrección, que, como sabemos, se define con toda claridad en Israel en tiempos relativamente tardíos, en la época de los Macabeos (hacia el siglo II a.C.). La obligación establecida por Moisés a la que aluden, la ley del levirato (cf. Dt 25, 5-6), tenía por finalidad garantizar la descendencia del hermano difunto (y la transmisión legal de su herencia), la única forma de supervivencia aceptada entonces y signo de la bendición de Dios. El tecnicismo planteado por los saduceos pone bien a las claras que para ellos la resurrección de los muertos es un absurdo: desde el punto de vista legal “cuando llegue la resurrección” la mujer pertenecería a todos los hermanos al tiempo, puesto que ninguno de ellos podía exhibir la descendencia como “título de propiedad”. La cínica ironía de la pregunta se revela en lo ridículo de la situación que se crea para aquella mentalidad patriarcal: un harén de hombres en torno a una única mujer.

Y es que para los saduceos, “que niegan la resurrección”, el único bien posible se da sólo en este mundo, y ellos se aplicaban con todas sus fuerzas a su consecución: la riqueza, el éxito social y el poder. La base que les garantizaba la posesión de estos bienes era la misma ley del levirato, el hecho de ser descendientes de Sadoc; y, por tanto, para ellos, la descendencia era el único modo de pervivir tras la muerte: conservar el patronímico –el apellido–, pero también el patrimonio. En una sociedad religiosa, esos bienes estaban ligados al culto y al templo de Jerusalén; en un pueblo ocupado, era necesario además colaborar con el ocupante; a nada de eso le hacían asco los saduceos. Es claro que, dependiendo de las circunstancias, los saduceos no habrían tenido empacho en convertirse en funcionarios del partido de turno o en accionistas mayoritarios de cualquier sociedad anónima. Cuando no existen valores trascendentes sólo quedan los que cotizan en bolsa. La perspectiva inquietante de una posible “justicia superior”, que pudiera exigirnos renunciar a los bienes de que disfrutamos ahora por ascendencia y posición social, se puede y debe exorcizar desacreditándola convenientemente, por ejemplo, ridiculizándola. Como vemos, en los asuntos más esenciales, la historia no aporta tantas novedades como a veces parece.

La respuesta de Jesús está llena de sentido y sabiduría, y pone de relieve la debilidad interna de la cínica pregunta. En primer lugar, los saduceos han planteado mal la cuestión, trasladando a la situación de la vida futura las estructuras e instituciones que sólo tienen sentido en este mundo efímero y pasajero. “En esta vida, dice Jesús, hombres y mujeres se casan”, y podría añadir: “tienen hijos, acumulan riquezas, dejan herencias”. Todo eso es expresión de la limitación propia de este mundo espacio-temporal, que no podemos trasladar al ámbito de la vida eterna, que no es simplemente una vida sin fin, sino una vida plena, en la que todo lo bueno se conserva (se salva), al tiempo que se superan las limitaciones que aquí impiden la plenitud. Eso es lo que significa: “no se casarán, no pueden morir, son como ángeles, son hijos de Dios, participan de la resurrección” (que es lo mismo que decir, que participan de la vida del Resucitado, Jesucristo, Hijo de Dios). No se puede medir el mundo del más allá (que escapa a todo esfuerzo de imaginación) con los parámetros del más acá. Al revés, tenemos que medir nuestra vida terrena (nuestras relaciones, nuestros valores, nuestros comportamientos y elecciones, etc.) con los criterios de lo alto.

Ahora bien, ¿cómo es esto posible? Que ese mundo del más allá no se pueda imaginar, no significa que no se pueda imagespensar y entender a la luz de la fe. Ese es el sentido de la segunda parte de la respuesta de Jesús. Jesús se apoya inteligentemente en un texto que los saduceos, que sólo reconocían los libros del Pentateuco, conocían bien. En el episodio de la zarza (cf. Ex 3, 1-14) Dios se revela a Moisés y le comunica su nombre (“el que soy”, es decir, el que seré, el que estaré con vosotros, cumpliendo mis promesas) bajo la forma de un fuego que arde sin destruir: Dios purifica como el fuego, pero no destruye, no es portador de muerte, sino de vida. Dios se manifiesta en este mundo, en el que de múltiples formas reina la muerte: la belleza, la fuerza, la riqueza, todo se revela efímero y pasajero, aquejado por la relatividad del espacio y el tiempo. Sin embargo, existen realidades que nos indican que no todo está sometido al poder destructor de la muerte. La fidelidad, la verdad, la justicia, el amor trascienden la relatividad del espacio y del tiempo: son como signos sacramentales de la eternidad en el tiempo. De hecho, nuestra intuición cotidiana nos dice que, aunque sea difícil, merece la pena y tiene sentido sacrificar bienes inmediatos por estos otros bienes más elevados, y que es noble y tiene sentido dar la vida por ellos. El filósofo francés E. Mounier decía que “una persona sólo alcanza su plena madurez en el momento en que ha elegido fidelidades que valen más que la vida.” Pero si hay fidelidades y valores que valen más que la vida, es que hay dimensiones que la trascienden y que podemos conocer; ¿cómo, si no, podríamos entregarnos a ellas y por ellas dar la vida?

El caso de los Macabeos, en la primera lectura, se convierte hoy para nosotros en un símbolo de todos aquellos que han estado dispuestos a renunciar a su vida por un ideal. Encontramos aquí el testimonio de que en las condiciones relativas de este mundo se hacen presentes valores y exigencias absolutas que trascienden la vida biológica: la integridad personal es incomparablemente más que la integridad física, a la que los jóvenes macabeos renuncian con tal de mantenerse fieles a su fe. Estas exigencias absolutas, por las que merece la pena dar la propia vida, laten con fuerza incluso en humanismos ateos que, aun a costa de la vida y la felicidad individual, pretenden instaurar variantes del reino de Dios en este mundo, y que no son sino formas secularizadas del altruismo cristiano. Pero esta generosidad real es, en el fondo, ilusoria si no existe el bien absoluto e incondicional, pues significa entregar el único bien relativo de la propia y efímera existencia en nombre de un bien futuro cuya consecución no está garantizada y que, en el fondo, ni siquiera existe. Hay que reconocer que, en este sentido, la posición de los saduceos (de ayer y de hoy) no es nada simpática, pero es más coherente.

En su respuesta, Jesús está diciendo que el Dios eterno y absoluto se ha hecho presente en la historia de los hombres abriendo nuevos horizontes de vida. Los abre indirectamente, mediante esos valores “que valen más que la vida”. Pero también de forma directa, en la Revelación, en Jesús de Nazaret, que renunciando libremente a su vida por amor nos ha abierto el camino de la vida plena. Jesús no ironiza, como los saduceos, pero pone de relieve con seriedad y agudeza lo absurdo de la fe en un Dios que nos condena a la muerte y, todo lo más, nos conserva en un recuerdo que no va a durar, pues, quitando unos pocos personajes históricos, “conservados” en las páginas de los libros de historia y en los nombres del callejero, ¿quién guarda memoria de nadie, poco más allá de sus abuelos? Y por muy grandilocuentes promesas que hagamos de “recordar para siempre”, también esa lábil memoria desaparecerá cuando nosotros mismos seamos pronto olvidados. La única “memoria eterna” que tiene sentido real es la de permanecer en la mente de Dios, en comunión con Él. El Dios que se acuerda de Abraham, Isaac y Jacob es el Dios que no los deja tirados en cualquier esquina de la historia, sino el Dios que, tras crearlos y darles la vida, los salva y los rescata de la muerte. Jesús, al hacer callar a los saduceos, fortalece hoy nuestra esperanza. Y, por medio de las palabras de Pablo, nos hace entender que la esperanza de la que hablamos no es una pasiva espera de un “mundo futuro”, sino una fuerza para hacer “toda clase de obras buenas” que hacen presente ya hoy ese futuro de plenitud. Se trata, pues, de una esperanza que nos anima a entregarnos y a arriesgar por esos valores que valen más que la vida, que nos enseña que el riesgo de hacer el bien no es hacer el primo, sino que merece la pena. Todo bien procede de Dios, fuente de la vida. Sacrificar la vida por el bien es conectar con esa fuente, que por medio de Jesucristo ha plantado su tienda entre nosotros. En una palabra, podemos empezar a ser ya desde ahora “como ángeles”, portadores de la buena nueva de Dios, anunciadores con nuestras buenas obras de la presencia viva entre nosotros del Hijo de Dios, muerto y resucitado.