Archive for 17 diciembre 2016

Domingo 4 de adviento (A)

diciembre 17, 2016

Lectura del libro de Isaías 7,10-14 Mirad: la virgen está encinta

En aquellos días, el Señor habló a Acaz: –«Pide una señal al Señor, tu Dios: en lo hondo del abismo o en lo alto del cielo.» Respondió Acaz: – «No la pido, no quiero tentar al Señor.» Entonces dijo Dios: – «Escucha, casa de David: ¿No os basta cansar a los hombres, que cansáis incluso a mi Dios? Pues el Señor, por su cuenta, os dará una señal: Mirad: la virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel, que significa “Dios-con-nosotros”.»

Sal 23, 1-2 3-4ab. 5-6. R. Va a entrar el Señor, él es el Rey de la gloria.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 1, 1-7. Jesucristo, de la estirpe de David, Hijo de Dios

Pablo, siervo de Cristo Jesús, llamado a ser apóstol, escogido para anunciar el Evangelio de Dios. Este Evangelio, prometido ya por sus profetas en las Escrituras santas, se refiere a su Hijo, nacido, según la carne, de la estirpe de David; constituido, según el Espíritu Santo, Hijo de Dios, con pleno poder por su resurrección de la muerte: Jesucristo, nuestro Señor. Por él hemos recibido este don y esta misión: hacer que todos los gentiles respondan a la fe, para gloria de su nombre. Entre ellos estáis también vosotros, llamados por Cristo Jesús. A todos los de Roma, a quienes Dios ama y ha llamado a formar parte de los santos, os deseo la gracia y la paz de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo.

Lectura del santo evangelio según san Mateo 1, 18-24. Jesús nacerá de María, desposada con José, hijo de David

El nacimiento de Jesucristo fue de esta manera: María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, que era justo y no quería denunciarla, decidió repudiarla en secreto. Pero, apenas había tomado esta resolución, se le apareció en sueños un ángel del Señor que le dijo: –«José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, p
orque él salvará a su pueblo de los pecados.» Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que había dicho el Señor por el Profeta: «Mirad: la Virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrá por nombre Emmanuel, que significa “Dios-con-nosotros”.» Cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y se llevó a casa a su mujer.

Cooperadores necesarios

La última semana de Adviento pasa de las esperanzas a los hechos, de las promesas (incluso de las muy inminentes, como las de Juan Bautista), a los cumplimientos. A pocos días de la gran fiesta el Evangelio nos avisa: “el nacimiento de Jesucristo fue de esta manera”. Y entran en escena personajes que ya no anuncian, prometen o preparan, sino que intervienen como actores principales de ese nacimiento. Ante todo, María, la madre, pero también José, su esposo, que se encontró con que, antes de vivir juntos, María “esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo”.imgres

La alusión al Espíritu Santo lo dice todo: Dios se ha hecho presente. No es una presencia avasalladora, pues se manifiesta en la realidad, tan cotidiana y, al mismo tiempo, tan extraordinaria de una mujer embarazada, en cuyo seno florece la vida. A pesar de la cotidianidad y humildad con que se presenta, esta presencia de Dios en nuestra vida es siempre algo inquietante. Esa inquietud ante lo inesperado y misterioso y que, además, nos rompe los esquemas, el “temor de Dios”, puede ser de calidad muy distinta. La Palabra de Dios lo presenta hoy con claridad, en el extremo contraste que se da entre las actitudes de Acaz, en el texto profético de Isaías, y de José, en el Evangelio en el que Mateo presenta el cumplimiento de aquella profecía.

La primera forma de temor la representa Acaz, el rey inicuo, y es el miedo. La manifestación de Dios, incluso en esa forma humilde y extraordinaria pero aparentemente inofensiva (la virgen encinta que da a luz un hijo), nos complica la vida, la sentimos como amenaza, como una invasión indebida de nuestro territorio, y preferimos que Dios esté lejos, fuera de nuestra vida, que no nos exija exponernos ante Él, pues puede poner al descubierto nuestros pecados y poner en cuestión los planes a los que no estamos dispuestos a renunciar. Dios desea manifestarse, pero nosotros, como Acaz, buscamos y encontramos excusas para evitarlo, excusas que pueden incluso sonar muy bien, excusas casi piadosas (“no quiero tentar al Señor”), pero que, en el fondo, esconden el rechazo de la cercanía de Dios, del Emmanuel, del Dios con nosotros. Rechazo y excusas que no son más que estrategias que tratan de estorbar e impedir el plan de Dios, que, pese a todo, va adelante.

Pero no es que vaya adelante porque Dios se imponga con violencia, sino porque busca y encuentra a gentes bien dispuestas, que se ponen a disposición de ese plan y cooperan con él. Es la disposición de María, su “fiat”, como lo relata Lucas. Mateo, por su parte, fija su atención en José, otro colaborador necesario. En José encontramos hoy personificada la otra forma de temor de Dios, que no consiste en el miedo, sino en el respeto. José descubre en el misterioso embarazo de María el dedo de Dios, y, porque es justo, decide retirarse respetuosamente, renunciando a sus derechos. Pero Dios no viene a rivalizar con el hombre, sino a encontrarse con él; Dios no se acerca al hombre destruyendo los vínculos y las relaciones humanas, aunque a veces, como en el caso de hoy, las transforma y les da un significado nuevo y más pleno. Por eso, el temor respetuoso de José, tras ese primer movimiento de retirada, descubre que su desposorio con María lo vincula con el plan de Dios. Lo descubre en un sueño. No podemos no recordar a aquel otro José, llamado por sus hermanos “el soñador” (cf. Gn 37, 19). También José recibe luces especiales por medio del sueño. Pero, a diferencia de los sueños del hijo de Jacob, que lo ponen en una posición de privilegio y superioridad sobre sus hermanos, en el caso de José (cuyo padre también se llamaba Jacob: cf. Mt 1, 16), el sueño hace de él un servidor de los que están en el centro: María y el fruto de su vientre, a los que debe acoger y proteger. También es un privilegiado, pero es el privilegio del servicio.

Y es que José no es un soñador; lo que comprende en el sueño le lleva a tomar decisiones difíciles y arriesgadas: renunciar a sus propios planes, para ponerse al servicio del plan de Dios. El sueño se convierte en disposición a la cooperación. José, así, se abre a lo nuevo e inesperado: el “audire” se traduce en un “oboedire”, que no puede entenderse más que como un acto de libertad. De esta forma se le abren a José perspectivas nuevas, adquiere imgres-1una nueva forma de paternidad, no biológica, pero tampoco, como a veces se dice, meramente legal. José acoge a María, portadora del signo prodigioso de la presencia de Dios, acoge también al hijo de María y le da un nombre (que, en efecto, lo constituye en padre legal); pero, al actuar así, está acogiendo al mismo Dios, haciendo posible la realización de la promesa davídica y la obra de la salvación. Hay en la actitud cooperante de José una fecundidad que alcanza a la humanidad entera y que se prolonga en la misión apostólica de la Iglesia, que sigue anunciando el Evangelio, la Buena noticia de Jesucristo, “nacido, según la carne, de la estirpe de David” y que nos alcanza e incluye también a todos nosotros.

Jesús va a nacer. No se trata sólo del recuerdo de lo que sucedió hace algo más de dos mil años. Jesús quiere seguir naciendo, haciéndose “Dios con nosotros”, cercano de muchos que no saben nada de él. Los signos de su presencia son cotidianos y, a la vez, extraordinarios: la vida que nace, el agua que nos limpia, el pan que compartimos, la fraternidad en la que nos incluimos los que antes éramos extraños. José es para nosotros hoy un maestro de justicia, un modelo de cómo reaccionar a esa voluntad de Dios de nacer entre nosotros. Ante todo, hemos de evitar ser como Acaz, que busca excusas y pone obstáculos, no quiere ver los signos y trata de impedir la presencia. En segundo lugar, ser capaces, como José, de descubrir la extraordinaria presencia de Dios en lo ordinario y cotidiano y entender los sueños que nos hablan de confianza, acogida y aceptación. Esto significa estar abiertos a la escucha y dispuestos a la obediencia. La acogida de la que hablamos tiene varios frentes. Ante todo, la acogida de la vida, de tantas formas amenazada, rechazada e impedida en nuestros días, a veces, como en el caso de Acaz, con palabras que suenan muy bien (pretendidos “derechos”), pero que esconden el miedo patológico a la responsabilidad, al riesgo, a la generosidad. También, puesto que se trata del nacimiento de Cristo, la acogida de la Iglesia, que anuncia el misterio. José, varón justo, supo percibir la presencia de Dios en el inexplicable embarazo de su prometida, y acogió a María, que para otros estaba bajo sospecha. También hoy la Iglesia está bajo sospecha. A diferencia de María Inmaculada, la Iglesia tiene manchas, es cierto, pero no deja de ser la portadora del misterio de Cristo, la anunciadora de la presencia cercana del Dios con nosotros y la dispensadora de los múltiples medios de gracia (la Palabra, los sacramentos, las obras de caridad de millones de sus miembros). Los pecados de algunos, repetidos y aireados hasta la náusea, no deben cegarnos para la santidad de la que, pese a todo, también está grávida “por obra del Espíritu Santo”. Acoger a la Iglesia en fe, como José acogió a María, significa convertirse en “cooperador necesario” del plan de Dios y, como dice Pablo, aceptar el don y la misión de hacer posible que Jesús siga naciendo, para que todos los gentiles, todos los seres humanos, respondan a la fe, para gloria de su nombre.

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Tercer Domingo de Adviento (A)

diciembre 11, 2016

Lectura del libro de Isaías 35, 1-6a. 10 Dios viene en persona y os salvará

El desierto y el yermo se regocijarán, se alegrarán el páramo y la estepa, florecerá como flor de narciso, se alegrará con gozo y alegría. Tiene la gloria del Líbano, la belleza del Carmelo y del Sarión. Ellos verán la gloria del Señor, la belleza de nuestro Dios. Fortaleced las manos débiles, robusteced las rodillas vacilantes; decid a los cobardes de corazón: «Sed fuertes, no temáis. Mirad a vuestro Dios, que trae el desquite; viene en persona, resarcirá y os salvará.» Se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán, saltará como un ciervo el cojo, la lengua del mudo cantará. Volverán los rescatados del Señor, vendrán a Sión con cánticos: en cabeza, alegría perpetua; siguiéndolos, gozo y alegría. Pena y aflicción se alejarán.

Sal 145, 7. 8-9a. 9bc-10 R. Ven, Señor, a salvarnos

Lectura de la carta del apóstol Santiago 5,7-10 Manteneos firmes, porque la venida del Señor está cerca

Tened paciencia, hermanos, hasta la venida del Señor. El labrador aguarda paciente el fruto valioso de la tierra, mientras recibe la lluvia temprana y tardía. Tened paciencia también vosotros, manteneos firmes, porque la venida del Señor está cerca. No os quejéis, hermanos, unos de otros, para no ser condenados. Mirad que el juez está ya a la puerta. Tomad, hermanos, como ejemplo de sufrimiento y de paciencia a los profetas, que hablaron en nombre del Señor.

Lectura del santo evangelio según san Mateo 11, 2-11 ¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?

En aquel tiempo, Juan, que había oído en la cárcel las obras del Mesías, le mandó a preguntar por medio de sus discípulos: -«¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?» Jesús les respondió: -«Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven, y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios, y los sordos oyen; los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia el Evangelio. ¡Y dichoso el que no se escandalice de mí! » Al irse ellos, Jesús se puso a hablar a la gente sobre Juan: -«¿Qué salisteis a contemplar en el desierto, una caña sacudida por el viento? ¿O qué fuisteis a ver, un hombre vestido con lujo? Los que visten con lujo habitan en los palacios. Entonces, ¿a qué salisteis?, ¿a ver a un profeta? Sí, os digo, y más que profeta; él es de quien está escrito: “Yo envío mi mensajero delante de ti, para que prepare el camino ante ti.” Os aseguro que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan, el Bautista; aunque el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él.»

 

No tenemos que seguir esperando

 

El tercer domingo de Adviento es una llamada a la alegría por la proximidad de la Navidad, de ahí que tradicionalmente se le llame domingo “Gaudete”, “alegraos”. En Rusia, cuando empieza a apretar el frío, hacia mediados o finales de octubre, la gente suele decir “huele a nieve”. En este Domingo de Adviento “huele a Navidad”, ya casi se toca el nacimiento de Jesús. Y, como dice el refrán, lo mejor de la fiesta es la víspera, porque ya empezamos a sentir anticipadamente la alegría que ésta trae consigo. El personaje principal que llena la escena es Juan el Bautista, el Precursor. Él es el profeta que anuncia la cercanía de Cristo. En esto se manifiesta su verdadero carácter de profeta. Profeta no es el que “adivina” el futuro (los adivinos, de hecho, estaban prohibidos en Israel), sino el que es capaz de descubrir los signos de la presencia de Dios allí donde los demás no son capaces de hacerlo. Pero el profeta abre los ojos a los demás, no se guarda para sí su clarividencia, sino que la sabe al servicio de todos.infantjesus_johnbaptist

Con respecto al domingo anterior se produce una interesante inversión de perspectiva. Hace una semana mirábamos con Juan hacia el futuro, hacia el que “tiene que venir”, pero que todavía no ha aparecido. En este Domingo Jesús se para a mirar a Juan; el anunciado, que ya ha venido, homenajea al precursor. Mucho se ha especulado y escrito sobre las relaciones entre Jesús y Juan. ¿Fue Jesús un discípulo de Juan, tal vez vinculados los dos al movimiento esenio? También puede ser que Juan no conociera previamente a ese “más grande” que él, y que Jesús se acercara al profeta del Jordán como un judío más entre los muchos que acudían a su llamada al bautismo de conversión. Lo que sí parece claro es que algunos discípulos de Juan se convirtieron en discípulos de Jesús, mientras que otros siguieron vinculados a este profeta todavía del Antiguo testamento, pero que señala ya el camino del nuevo, ante el que él tiene que ceder.

Al final, pese a su popularidad y su fuerza, Juan es aplastado por los poderes del mal, ya que él no sólo anuncia la venida del Mesías, sino que denuncia todo aquello que se opone al Reino de Dios, como es la arbitrariedad del tiranuelo oriental, Herodes. Juan decrece, mientras el movimiento en torno a Jesús va en aumento. Así se cumple lo que él mismo había profetizado.

Pero he aquí que a Juan le asaltan dudas. Posiblemente, como a tantos otros judíos de su tiempo, el mesianismo de Jesús le choca y no corresponde con sus expectativas, con lo que él se había imaginado: un mesianismo de fuerza, de castigo de los pecadores, de derrocamiento de los poderes injustos… En la cárcel, impotente, envía un mensaje a Jesús. “Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?” Una pregunta tremenda para el que había dicho “Este es el Cordero de Dios”. ¿Cómo se explica esto? ¿Es que acaso él no conocía a Jesús? ¿No lo había ya reconocido?

Vemos que incluso los profetas, pese a su clarividencia, y precisamente porque son hombres de fe, tienen un proceso que no excluye las dudas. La pregunta es tremenda más por la segunda parte que por la primera. Seguir esperando… cuando creíamos que ya había venido “el que había de venir”, el objeto de nuestra espera, de nuestra esperanza. Tener que seguir esperando se antoja una terrible cuesta arriba cuando se había vislumbrado el fin de la larga espera. Si tenemos que esperar a otro, de nuevo se abre el horizonte incierto, el futuro sin fondo, el cansancio de un camino que parece no tener fin.

Esta experiencia, que tal vez atormentaba a Juan más que la prisión y la amenaza de muerte que pesaba sobre él, se repite de muchas formas en nuestra vida. En el estudio, el trabajo, el matrimonio, la vida cristiana. Empezamos llenos de alegría, de algo que es más que esperanza, pues tenemos la sensación de que hemos encontrado aquello a lo que aspirábamos, el objeto de nuestros deseos, la persona que ha de colmar nuestra vida, la fe que nos ilumina… Y después… llega la rutina, las desilusiones, el tedio. No era esto lo que había imaginado. ¿No me habré equivocado? ¿Era este mi camino, o tendré que buscar otro? Parece que se nos nubla la mirada y lo que antes nos parecía claro y evidente se hace problemático y opaco.

La respuesta de Jesús a la pregunta de Juan también nos vale a nosotros. Jesús hace de profeta para el profeta. De hecho su respuesta es una cita de los textos proféticos, sobre todo de Isaías, que anuncian la presencia del Reino de Dios: los ciegos ven, los cojos andan, la tristeza se convierte en alegría, la debilidad en fuerza, la cobardía en valentía. Juan tiene que entender bien la respuesta indirecta de Jesús, que no habla de sí, sino de lo que Dios está haciendo por medio de Él. Jesús invita a Juan a participar de esa alegría que él mismo ha anunciado. Aunque el estilo de Jesús no es exactamente lo que Juan había imaginado, la respuesta que recibe es un pleno espaldarazo de su ministerio: por un lado los oráculos proféticos se realizan en Jesús. Por el otro, ¿no había anunciado el mismo Juan a uno “más grande que yo”? Pues esta grandeza mayor se realiza, pero no en la línea de la fuerza, la amenaza de castigo o el miedo, sino en la de la misericordia, el perdón y la alegría. Puede ser que no fuera como él se imaginaba, pero es claro que las profecías se están cumpliendo en Jesús. Y es que Dios siempre es capaz de sorprendernos y supera con creces nuestra imaginación.

¿Cómo traducir esto a nuestra vida cotidiana? Jesús nos dice a nosotros que abramos los ojos para el bien que, pese a todo, existe a nuestros alrededor, en lo que hacemos, en las personas con las que vivimos. En lo que tenemos hay mucho más bien de lo que a veces nos empeñamos en percibir, y hay muchas más posibilidades inesperadas que requieren de nuestra confianza, perseverancia y fidelidad.

Por otro lado, Jesús reconoce el gran papel que Juan ha realizado. Es claro que Jesús tenía a Juan en un altísimo concepto. Podemos imaginarnos la sorpresa que la alabanza de Jesús a Juan tuvo que causar entre sus oyentes: si no ha nacido de mujer uno más grande que Juan el Bautista, significa que Juan es más grande que Abraham, que Moisés, que David. Todo el universo religioso judío, la ley y los profetas, se quedaban pequeños ante ese postrer profeta que, pese a la conmoción que produjo su aparición, no dejaba de ser a los ojos de sus contemporáneos un personaje marginal en el conjunto de la historia de Israel. La sorprendente alabanza de Jesús contiene, sin embargo, un profundo contenido cristológico y sólo desde ella adquiere todo su sentido: la grandeza de Juan consiste en haber llevado hasta el final el largo camino que desde la antigua alianza conduce a la realización de las promesas.

Pero con Juan termina un mundo y una historia que, en forma de promesa, apuntan a Cristo, con y en quien se inaugura la cercanía del Reino de Dios. Juan es, en la historia de la salvación, el último de los siervos fieles que han preparado el camino al Mesías y han hecho así posible la inauguración de una nueva alianza.

El más pequeño en el reino de los cielos es más grande que Juan. Cualquiera de nosotros, sin tener la enorme estatura de Juan el Bautista, tiene la posibilidad de gozar de aquello que Juan y toda su tradición religiosa anunció sin llegar a disfrutar, tenemos acceso al que cumple la promesas: escuchamos su Palabra, nos sentamos con él a su mesa.

Pero el verdadero “pequeño” del Reino de los Cielos y más grande que Juan es, en realidad, el mismo Jesús. Es el pequeño porque es el Hijo. Y es que la nueva alianza no está basada en la ley sino en la filiación. Y Él es aquel del que Juan dijo que viene detrás de mí uno que es más grande que yo.

Nosotros somos más grandes que Juan en tanto en cuanto estamos unidos a Cristo. Vivir en Él es el mejor homenaje que podemos hacerle a Juan (y todos nosotros hemos tenido un Juan el Bautista en nuestra vida). Porque nosotros somos los objetos de la profecía realizada con que Jesús confirma a Juan que él es el Mesías: somos los ciegos que ven, los cojos que andan, los sordos que oyen, los pobres a los que se anuncia la buena noticia. Dichosos nosotros si no nos escandalizamos del Él.

Segundo Domingo de Adviento (A)

diciembre 3, 2016

Lectura del libro de Isaías 11,1-10 Juzgará a los pobres con justicia

Aquel día, brotará un renuevo del tronco de Jesé, y de su raíz florecerá un vástago. Sobre él se posará el espíritu del Señor: espíritu de prudencia y sabiduría, espíritu de consejo y valentía, espíritu de ciencia y temor del Señor. Le inspirará el temor del Señor. No juzgará por apariencias ni sentenciará sólo de oídas; juzgará a los pobres con justicia, con rectitud a los desamparados. Herirá al violento con la vara de su boca, y al malvado con el aliento de sus labios. La justicia será cinturón de sus lomos, y la lealtad, cinturón de sus caderas. Habitará el lobo con el cordero, la pantera se tumbará con el cabrito, el novillo y el león pacerán juntos: un muchacho pequeño los pastorea. La vaca pastará con el oso, sus crías se tumbarán juntas; el león comerá paja con el buey. El niño jugará en la hura del áspid, la criatura meterá la mano en el escondrijo de la serpiente. No harán daño ni estrago por todo mi monte santo: porque está lleno el país de ciencia del Señor, como las aguas colman el mar. Aquel día, la raíz de Jesé se erguirá como enseña de los pueblos: la buscarán los gentiles, y será gloriosa su morada.

Sal 71, 1-2. 7-8. 12-13. 17 R. Que en sus días florezca la justicia, y la paz abunde eternamente.

 Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 15,4-9 Cristo salva a Iodos los hombres

Todas las antiguas Escrituras se escribieron para enseñanza nuestra, de modo que entre nuestra paciencia y el consuelo que dan las Escrituras mantengamos la esperanza. Que Dios, fuente de toda paciencia y consuelo, os conceda estar de acuerdo entre vosotros, según Jesucristo, para que unánimes, a una voz, alabéis al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo. En una palabra, acogeos mutuamente, como Cristo os acogió para gloria de Dios. Quiero decir con esto que Cristo se hizo servidor de los judíos para probar la fidelidad de Dios, cumpliendo las promesas hechas a los patriarcas; y, por otra parte, acoge a los gentiles para que alaben a Dios por su misericordia. Así, dice la Escritura: «Te alabaré en medio de los gentiles y cantaré a tu nombre».

Lectura del santo evangelio según san Mateo 3,1-12 Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos

Por aquel tiempo, Juan Bautista se presentó en el desierto de Judea, predicando: «Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos.» Éste es el que anunció el profeta Isaías, diciendo: «Una voz grita en el desierto: “Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos.”» Juan llevaba un vestido de piel de camello, con una correa de cuero a la cintura, y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre. Y acudía a él toda la gente de Jerusalén, de Judea y del valle del Jordán; confesaban sus pecados; y él los bautizaba en el Jordán. Al ver que muchos fariseos y saduceos venían a que los bautizara, les dijo: «¡Camada de víboras!, ¿quién os ha enseñado a escapar del castigo inminente? Dad el fruto que pide la conversión. Y no os hagáis ilusiones, pensando: “Abraham es nuestro padre”, pues os digo que Dios es capaz de sacar hijos de Abraham de estas piedras. Ya toca el hacha la base de los árboles, y el árbol que no da buen fruto será talado y echado al fuego. Yo os bautizo con agua para que os convirtáis; pero el que viene detrás de mí puede más que yo, y no merezco ni llevarle las sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego. Él tiene el bieldo en la mano: aventará su parva, reunirá su trigo en el granero y quemará la paja en una hoguera que no se apaga.»

 

¿En dónde están los profetas?

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Los profetas alimentaron la esperanza de Israel, especialmente en los momentos de postración y derrota, en aquellos en los que era más fácil caer en la desesperación. Los oráculos proféticos, que denuncian la injusticia y la infidelidad del pueblo como causa de sus propios males, no se limitan a señalar la actual situación de derrota y humillación como justa consecuencia del mal comportamiento, sino que reafirman la voluntad salvífica de Dios, manifestada en el perdón y la rehabilitación del pueblo. Allí donde reina la destrucción, puede resurgir la vida, del tronco seco y en apariencia muerto puede brotar un renuevo. Si ese renuevo brota del tronco de Jesé, quiere decirse que Dios restablece la promesa davídica, en apariencia condenada a la desaparición a causa de la infidelidad de los sucesores de David. Los profetas son capaces de soñar cuadros que nos pueden parecer utopías idílicas, más propias de soñadores ilusos que de personas realistas. Sin embargo, lo que describen los profetas, como hoy la poesía de Isaías, no son sueños fatuos, sino aquello a lo que aspira en el fondo el corazón humano, y que ellos saben leer como nadie, pues lo ven como el cumplimiento de las promesas de Dios, como el fruto de una fidelidad divina que supera con creces todas las infidelidades de la monarquía, del pueblo, del hombre en general. Pero esto no quiere decir que se trate de un cumplimiento mágico, en el que todo se convertirá de repente en color de rosa sin cooperación alguna por parte del hombre. Se trata de un brote, de un renuevo, es decir, del comienzo de un proceso. Además, la vida que renace del tronco de Jesé es el resultado de un “espíritu”: espíritu de prudencia y sabiduría, espíritu de consejo y valentía, espíritu de ciencia y temor del Señor; es el resultado de un modo de vida, el de aquel que es capaz de juzgar con justicia y rectitud, de oponerse con fuerza al mal. No está dicho que ese mundo nuevo y en paz nacerá sin oposición. Lo que el Profeta nos dice en realidad es que Dios no ha perdido la esperanza en la bondad del hombre (la semilla que Él mismo depositó en el corazón humano al crearlo) y que actúa para hacerlo brotar. La libertad y la responsabilidad humana no son ajenas a la “utopía”: es posible crear un mundo armónico y en paz, y hacer de él un paraíso, si el hombre retorna a Dios y vive de acuerdo con la dignidad que de Él ha recibido.

Los profetas son los hombres capaces de ver en el desierto la posibilidad de un jardín, en la desgracia los signos de la presencia de Dios. Sus palabras superan con mucho las circunstancias históricas en que fueron pronunciadas o escritas. Nosotros descubrimos en el oráculo profético de Isaías (cuyo trasfondo histórico es la invasión asiria de Senaquerib el 701 a.C.) el anuncio del nacimiento de Jesús, en quien el Espíritu de Dios habita en su plenitud y en torno al que empieza a hacerse verdad la profecía de un mundo en el que no reine la violencia. Él es el renuevo del tronco de Jesé, la restauración de la dinastía davídica, aunque se trata ahora de un reinado completamente distinto, no político, sino dirigido al corazón del hombre.

Juan, que pertenece al linaje de los profetas, surge cuando la profecía parecía haber muerto en Israel y es, por eso mismo, todo un signo de esperanza; además, su profecía breve e intensa, áspera y directa, supera a todos sus precedentes. Su ministerio profético tiene lugar en el desierto: el lugar de la aridez y la muerte, pero también el lugar de la experiencia genuina de Dios, de la purificación y la promesa. Su profecía no habla de una futura restauración, sino de un acontecimiento inminente. Por eso, su llamada a la conversión es dura y apremiante. Precisamente en el desierto, y en un momento de máxima postración del pueblo elegido, sometido casi por entero a una potencia extranjera y gentil, Juan es capaz de ver los signos de una presencia inmediata. Esa presencia todavía no se ha descubierto, pero su inminencia urge a cambiar de actitud, a purificarse y prepararse para no dejar pasar la oportunidad que Dios nos brinda. Porque, de nuevo, no se trata de un acontecimiento que suceda sin participación alguna por parte nuestra. Aquí no caben automatismos. Juan avisa de que el proceso ya se ha iniciado, y de que está abierto a todos: no es algo para los puros, sino para los que, reconociendo su pecado, están dispuestos a purificarse. Se trata de una llamada personal que apela a la responsabilidad de cada uno. Por eso habla con tanta dureza a fariseos y saduceos, que ni reconocen su pecado ni, en consecuencia, están dispuestos a la purificación simbolizada en el bautismo. La mera pertenencia al pueblo de Israel (ser hijo de Abraham) no es suficiente para asegurarse la salvación. Da la impresión de que saduceos y fariseos acudían a Juan o por curiosidad o “por si acaso”, tal vez para controlar la actividad del díscolo profeta, que no se sometía a nadie. El caso es que carecían de una voluntad real de purificarse por dentro, de cambiar de vida y dar frutos de conversión.

Juan, el último y el más grande de los profetas, no es, sin embargo el vástago anunciado por Isaías, pese a que externamente su predicación básica se parece mucho a la de Jesús: “está cerca el Reino de los Cielos”. Pero mientras que Juan sólo presiente y prepara esa presencia ya cercana, Jesús es la realización de la misma. Es en él en quien se cumplen las antiguas promesas, los sueños de los profetas. Sabemos, una vez más, que no se trata de un cumplimiento triunfal, mágico, sin oposición, ni tampoco sin colaboración por nuestra parte. Juan nos advierte de los signos de lo que está por venir y de las disposiciones necesarias para acogerlo y colaborar a hacerlo realidad en nuestro mundo. Nos preparamos en medio de las contradicciones que nos rodean y que nos afectan personalmente: el mal existe, en el mundo, en nosotros mismos, y por eso la realización de las promesas, ya presentes en la persona de Jesús, se da en tensión, de forma agónica. Es una lucha que cada uno de nosotros debe sostener y que los seguidores de Cristo experimentan de múltiples formas. Pero, precisamente porque no es una pura promesa, sino una realidad ya operante, podemos percibir, en el espíritu del profetismo más genuino, los signos reales de esa presencia. El primero y el más importante de todos: la Palabra, que como dice Pablo de las antiguas Escrituras, que se escribieron para enseñanza nuestra, nos instruye e ilumina, “de modo que entre nuestra paciencia y el consuelo que dan las Escrituras mantengamos la esperanza”. En torno a la Palabra encarnada, que es el mismo Cristo, se congrega unánime (= con una sola alma) la comunidad, que en la acogida mutua, alaba a Dios. De esta forma, nosotros mismos nos convertimos en signos de esperanza para otros, para los desposeídos de esperanza, porque, aunque de manera imperfecta, en la voluntad de escuchar la Palabra, en la acogida de los otros sin distinción, esto es, en el amor, en el perdón recibido y otorgado, estamos haciendo fructificar el renuevo del tronco de Jesé, y haciendo verdad el sueño de los profetas, la verdad de un mundo en armonía y paz, tratando de hacer posibles esa paz y armonía en torno a nosotros, superando los prejuicios y las barreras que se alzan de tantas formas entre los hombres, descubriendo en todos ellos, judíos o gentiles, a aquellos para los que se hicieron las promesas del Dios fiel, que va al encuentro de los hombres, y que está ya cerca.