Archive for 14 enero 2017

Domingo 2 del tiempo ordinario (A)

enero 14, 2017

Lectura del libro de Isaías 49, 3. 5-6 Te hago luz de las naciones, para que seas mi salvación

El Señor me dijo: «Tú eres mi siervo, de quien estoy orgulloso.» Y ahora habla el Señor, que desde el vientre me formó siervo suyo, para que le trajese a Jacob, para que le reuniese a Israel -tanto me honró el Señor, y mi Dios fue mi fuerza-: «Es poco que seas mi siervo y restablezcas las tribus de Jacob y conviertas a los supervivientes de Israel; te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra.»

Sal 39, 2 y 4ab. 7-8a. 8b-9. 10 R. Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.

 

Comienzo de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 1, 1-3 La gracia y la paz de parte de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesús sean con vosotros

Yo, Pablo, llamado a ser apóstol de Cristo Jesús por designio de Dios, y Sóstenes, nuestro hermano, escribimos a la Iglesia de Dios en Corinto, a los consagrados por Cristo Jesús, a los santos que él llamó y a todos los demás que en cualquier lugar invocan el nombre de Jesucristo, Señor de ellos y nuestro. La gracia y la paz de parte de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo sean con vosotros.

Lectura del santo evangelio según san Juan 1, 29-34 Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo

En aquel tiempo, al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó: «Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Ése es aquel de quien yo dije: “Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo.” Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel. » Y Juan dio testimonio diciendo: -«He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: “Aquél sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ése es el que ha de bautizar con Espíritu Santo.” Y yo lo he visto, y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios.»

El que quita el pecado del mundo

imgresCuando escuchamos o leemos la expresión “el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”, nuestra mirada se dirige espontáneamente a Jesús, hacia el que señala Juan el Bautista. Pero para calibrar hasta el final lo que significa su acción de quitar el pecado, cargando sobre sí con nuestras dolencias y enfermedades, asumiendo nuestras culpas (cf. Is 53, 4-5; Mt 8, 17), deberíamos detenernos también a considerar ese pecado que parece reinar en el mundo y que Jesús ha venido a quitar.

No se trata, desde luego, de un peso ligero, de un mal de escasa entidad. El pecado del mundo, el mal con el nos chocamos a cada paso, no es algo banal. La empresa de eliminarlo se nos antoja una utopía, algo casi imposible. Lo que Jesús carga sobre sí, para quitárnoslo de encima, es el dolor de todas las víctimas, los destrozos del egoísmo, la impotencia ante la fuerza brutal de la injusticia y la violencia, la enfermedad del odio, que florece por múltiples motivos, pues es fácil encontrar excusas para él: personales, familiares, nacionales, raciales, religiosas… Es un peso casi insoportable, mejor dicho, no “casi”, sino insoportable a secas.

¿Cómo es posible “quitar” ese mal, ese mucho, fuerte, persistente, omnipresente mal? ¿Es ello posible realmente? ¿No se trata de un deseo piadoso, pero ingenuo, imposible? Tenemos a veces la impresión de que el mal es consustancial a nuestro mundo, a nuestra vida. Quitarlo sería, en realidad, imposible.

Sin embargo, percibimos también el mal en todas sus formas de modo espontáneo como aquello que no debe ser, como un cierto “no-ser” que corroe por dentro al ser, la vida del mundo y de los hombres. Pero eso, pese a la tentación permanente de la resignación ante el mal, el ser humano ha sentido siempre el deseo y el impulso que quitar el mal, de eliminarlo de la faz de la tierra. Muchas son las utopías filosóficas, morales, religiosas, sociales y políticas que se han propuesto erradicar el mal en lo que les parecían ser sus raíces, y que han emprendido iniciativas distintas para ello. No cabe duda de que estos intentos, casi siempre bienintencionados, han logrado algunos resultados positivos: no en vano el hombre está, pese a todo, hecho para el bien, orientado e inclinado a él de manera natural. Pero, como el mal se le presenta como una fuerza que nos aplasta, ha sido frecuente tratar de oponerle una fuerza contraria equivalente o mayor. Si se consideraba que la raíz del mal estaba en la deficiente organización social y en la educación (como, por ejemplo, pensó Platón), la solución será imponer una forma de organización social adecuada a lo que se considera la verdadera naturaleza humana, eliminando sin más todo lo que es para ella inconveniente. Si la raíz del mal se ve en una forma económica determinada (por ejemplo, la propiedad privada), el modo eficaz de eliminarlo será suprimirla por la fuerza, como pensó Marx. Si la raíz del mal se descubre en determinados errores de tipo religioso (eso que se llama herejía), acabar con el mal significará acabar con los heréticos. Como es fácil comprender, ha sido demasiado frecuente que los diversos intentos de acabar con el mal en el mundo han terminado por provocar tanto o mayor mal y sufrimiento del que pretendían suprimir.

La experiencia histórica nos dice que el mal es demasiado fuerte como para que podamos vencerlo con sólo nuestro esfuerzo, y eso que, a fin de cuentas, el mal del que hablamos no es una fuerza cósmica que nos sea completamente ajena, sino algo que nosotros mismos hemos generado. Es como si uno libremente se lanza al vacío: aunque es responsable del salto, una vez que va cayendo ya no puede hacer nada por invertir la situación. Se podría comparar la realidad del mal con un virus en el organismo: es un cuerpo extraño que no forma parte de nuestra definición (de la definición esencial de nuestro mundo), pero que nos ha infectado por dentro y que se manifiesta en todo lo que hacemos.

Sólo una fuerza superior, sobrehumana parece ser capaz de librarnos de este mal images(detener la caída o limpiarnos del virus que nos está destruyendo). De ahí el frecuente recurso a Dios en la lucha contra el mal y el pecado. Nuestras imágenes de Dios suelen ir acompañadas de la idea de la fuerza y el poder: Dios es omnipotente, es el Dios de los ejércitos, en sus manos está el poder y la fuerza, el vengará los pecados y castigará a los malvados… El problema es que estas imágenes de Dios, sin negar lo que de justo hay en ellas (pues Dios, efectivamente, es la plenitud de ser, y, por eso mismo, el que todo lo puede) están también inficionadas por ese virus del que acabamos de hablar y, por eso, no ha sido infrecuente (y lo sigue siendo) que en nombre de Dios y su justicia, en nombre de la religión, se cometan tropelías que, lejos de quitar el pecado del mundo, no hacen sino aumentar su caudal. Eso explica que haya quienes consideren que la religión, no sólo no es la solución, sino que es parte del problema.

Pero Dios no se deja atrapar en las imágenes que nos hacemos de Él. El Dios que “quita el pecado del mundo” nos sorprende, supera, incluso contradice nuestras expectativas. La sorpresa está ya preanunciada en el Antiguo Testamento. Aunque en él abundan las imágenes del Dios guerrero, el profeta Isaías nos transmite también una completamente nueva e inesperada, la del Siervo de Yahvé (cf. los cuatro cantos del Siervo: Is 42, 1-9; 49, 1-6, el que hoy reproduce la primera lectura, correspondiente al segundo; 50, 4-11; 52, 13-15. 53, 1-12), llamado a quitar el pecado por una vía totalmente distinta de la fuerza, el poder o la violencia.

La imagen que usa Juan el Bautista al señalar a Cristo es la de un cordero. El cordero es el animal pacífico, inofensivo, inocente y destinado al sacrificio en propiciación por los pecados en el Antiguo Israel. Si Jesús es un Cordero capaz de quitar los pecados del mundo, es que es uno que soporta (porta sobre sí) el mal que se ha de combatir; uno que, abandonando el papel de verdugo (que dice restablecer la justicia provocando muerte y dolor), asume el papel de la víctima, esto es, de los que sufren las consecuencias del mal y del pecado.

Ahora bien, Jesús es un Cordero por voluntad propia, uno que se hace libremente cordero. Al confesar en Jesús al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo no estamos haciendo el elogio de la debilidad y la impotencia, de los “valores enfermizos” que tanto irritaban a Nietzsche. Al contrario, el testimonio de Juan Bautista habla de un poder real: de uno que es mayor que él (que es el más grande de entre los nacidos de mujer), de uno que existe desde siempre, esto es, que es en sentido pleno, que posee el Espíritu de Dios, la fuerza del Todopoderoso, que es Hijo de Dios.

Jesús, Verbo de Dios hecho carne, Omnipotencia que ha asumido la debilidad vulnerable de la condición humana, se despoja libremente, renuncia al poder de imposición, al poder de destruir el mal y al malvado, para entregarse, cargar sobre sí, hacerse solidario en el sufrimiento de sus semejantes. Esta es la fuerza del amor, una fuerza de una potencia tal que no necesita imponerse, capaz de quitar el pecado del mundo por la vía del perdón y la reconciliación, sanándonos interiormente del virus del egoísmo y el odio, descubriéndonos que ese virus nos es ajeno, que nos impide ser nosotros mismos y descubrir a los demás en su verdad.

El pecado que hay que quitar, pese a sus múltiples expresiones estructurales, anida en su raíz en el corazón del hombre. Para quitarlo hay que sanar ese corazón, pues sin ello, toda acción destinada a eliminar las consecuencias del pecado, será impotente para impedir que se reproduzca de nuevo, posiblemente además por la vía de esa misma acción.

Jesús quita el pecado del mundo haciéndose por nosotros cordero, esto es, víctima y no verdugo (pues todos somos verdugos cuando pecamos, pero todos somos también víctimas del pecado propio y ajeno), y dándonos así la oportunidad de ser, como él, hijos de Dios, hijos en el Hijo. De esta manera, Jesús nos sana por dentro, nos libera del yugo de la esclavitud del pecado, nos da la oportunidad de ser plenamente nosotros mismos.

Juan el Bautista no se limita hoy a informarnos sobre una cierta verdad religiosa (sobre la identidad de Jesús), sino que nos invita a abrirnos a su acción: permitir que Dios, por medio de Jesús, nos quite el pecado. No nos despoja, al hacerlo, de algo nuestro, pues el pecado no es “lo nuestro”, sino lo “ajeno en nosotros”, lo que nos impide ser en plenitud, manifestar nuestra dignidad de hijos e imágenes de Dios. Se trata de permitir que Dios nos cure interiormente por medio de su amor. Y este es el verdadero y existencial significado del bautismo: no es un mero ritual simbólico, sino la acción eficaz de abrirnos a la acción de Dios, de estar permanentemente abiertos a ella, de vivir abiertos al amor que es el Espíritu de Dios.

El bautismo del Espíritu en el que hemos sido bautizados nos une con Cristo, Cordero e Hijo de Dios, débil por la debilidad de nuestra carne que ha asumido al nacer como hombre, y fuerte porque es el Hijo de Dios, la encarnación de su amor; nos unimos, pues, en el bautismo con esa lucha de Jesús con el mal y el pecado del mundo, que es nuestro mal y nuestro pecado.

Los métodos de Jesús (la entrega personal, el tomar sobre sí, el perdón y la reconciliación, la renuncia a la venganza y al odio) pueden parecernos a veces poco eficaces. Jesús experimentó también esta tentación (no de otra cosa hablan las tentaciones de Jesús en el desierto que relatan los evangelios sinópticos) y que se expresa en las palabras del profeta Isaías (omitidas en el texto de la primera lectura: “Por poco me he fatigado, en vano e inútilmente he gastado mis fuerzas” – Is 49, 4). Pero la fe nos llama a fiarnos de los “métodos” de Jesús, a vencer el mal sólo con el bien, confiando en que éste tiene una potencia infinitamente superior a todas las fuerzas del mal, como se ha manifestado en la resurrección de Jesús de entre los muertos.

También Pablo nos sirve de ejemplo. Es un ejemplo especialmente pertinente frente a la tentación del uso de la violencia en nombre de Dios y de la verdadera religión. Saulo, perseguidor violento en nombre de Dios, renunció a ella al encontrarse con Cristo, y fue así como se encontró a sí mismo, su verdadera identidad, su auténtico yo y su propia vocación: Pablo, apóstol de Cristo Jesús por designio de Dios.

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Domingo después de la Epifanía del Señor -El Bautismo de Jesús

enero 7, 2017

Lectura del libro de Isaías 42, 1-4. 6-7 Mirad mi siervo, a quien prefiero

Así dice el Señor: «Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, a quien prefiero. Sobre él he puesto mi espíritu, para que traiga el derecho a las naciones. No gritará, no clamará, no voceará por las calles. La caña cascada no la quebrará, el pábilo vacilante no lo apagará. Promoverá fielmente el derecho, no vacilará ni se quebrará, hasta implantar el derecho en la tierra, y sus leyes que esperan las islas. Yo, el Señor, te he llamado con justicia, te he cogido de la mano, te he formado, y te he hecho alianza de un pueblo, luz de las naciones. Para que abras los ojos de los ciegos, saques a los cautivos de la prisión, y de la mazmorra a los que habitan las tinieblas.»

Salmo 28 R./ El Señor bendice a su pueblo con la paz

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 10, 34-38 Ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo

En aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo: – «Está claro que Dios no hace distinciones; acepta al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que sea. Envió su palabra a los israelitas, anunciando la paz que traería Jesucristo, el Señor de todos. Conocéis lo que sucedió en el país de los judíos, cuando Juan predicaba el bautismo, aunque la cosa empezó en Galilea. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él.»

Lectura del santo evangelio según san Mateo 3, 13-17 Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto

En aquel tiempo, fue Jesús de Galilea al Jordán y se presentó a Juan para que lo bautizara. Pero Juan intentaba disuadirlo, diciéndole: -«Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?» Jesús le contestó: -«Déjalo ahora. Está bien que cumplamos así todo lo que Dios quiere.» Entonces Juan se lo permitió. Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrió el cielo y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él. Y vino una voz del cielo que decía: -«Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto.» 

Éste es mi Hijo amado

Los acontecimientos se precipitan. La liturgia nos mete prisa. O, como solemos decir, “el tiempo pasa volando”. Hablamos así, por ejemplo, cuando, tras un cierto período de tiempo sin ver a unos amigos con hijos, los volvemos a encontrar y resulta que los niños se han convertido ya en unos hombres y mujeres hechos y dda035d456fc8c52ff2bdf1ba8f158e8derechos. Hace tan sólo unos días contemplábamos el misterio de Dios hecho hombre en un niño recién nacido al que nos acercamos a adorarlo junto con los pastores y los Magos de Oriente, y hoy nos encontramos ya con Jesús adulto y preparado para iniciar su ministerio público.

En una semana la liturgia da un salto de treinta años. De hecho, apenas tenemos datos de la infancia y juventud de Jesús, más que vivió “sometido a la tutela de sus padres” y que “crecía en sabiduría, estatura y aprecio ante Dios y ante los hombres” (cf. Lc 2, 51-52). Es decir, que se fue desarrollando con normalidad, incluyendo en ella, los inevitables conflictos que conlleva el crecimiento personal y el descubrimiento de la propia autonomía (cf. Lc 2, 41-49). En síntesis, podemos decir que en ese largo período, Jesús aprendió a ser hombre, a vivir según las leyes de la humanidad, a discernir el bien del mal, que en su caso significa experimentar que en este mundo bueno creado por Dios existe también el mal, el conflicto, el sufrimiento, la injusticia en todas sus formas. En todo caso, lo importante aquí es que podemos ver hoy el resultado de este proceso de maduración. La liturgia nos presenta hoy (en continuidad con la fiesta de la Epifanía) a Jesús adulto y dispuesto a comenzar su actividad pública, que tiene lugar en el Jordán, donde Juan el Bautista se encontraba bautizando.

La aparición de Juan el Bautista fue un acontecimiento muy notable en la convulsa vida del Israel de aquel tiempo. El profetismo es uno de los fenómenos religiosos más significativos de la fe de Israel. Por el profetismo Israel escucha una Palabra de Dios viva y ligada a los acontecimientos de su historia. Pero el profetismo acabó desapareciendo tras el destierro. Desde hacía siglos Israel leía, recordaba, interpretaba la Palabra de Dios, pero ya no podía escucharla en la inquietante y actual voz de los profetas. Y he aquí que aparece Juan, que en su vida y en su modo de acción restablece la antigua profecía. Es lógico que algunos se preguntaran (y le preguntaran) si no era él el Mesías prometido.

Pero no, él no era el Mesías, sino aquel que debía preparar el camino de su aparición. De ahí su llamada a volver a la antigua fidelidad, al momento fundacional del pueblo que debía ser reconstituido, su exigencia de conversión y purificación de los pecados, significado por el rito bautismal en el Jordán; de ahí, también, que eligiera el desierto como su lugar de morada.

No conocemos con detalle que relación existió entre Juan y Jesús. Lucas los presenta como emparentados lejanamente. Pero, en el otro extremo, el Evangelio de Juan informa de que no se conocían (cf. Jn 1, 31). Otra hipótesis dice que Jesús empezó siendo discípulo del Bautista, o, al menos, que ambos estaban ligados por la espiritualidad del movimiento esenio… Parece que a los Evangelistas nos les interesó aclarar estos extremos porque lo que era claro es que Juan acabó reconociendo en Jesús al Mesías esperado y que Jesús tenía a Juan en una altísima estima (el mayor entre los nacidos de mujer). Entre ellos y sus respectivos grupos hubo ciertamente contactos. Jesús mismo durante su vida realizó prácticas de bautismo penitencial similares a las de Juan (cf. Jn 3, 22) y parece seguro que algunos de los discípulos de Jesús habían sido discípulos del Bautista (cf. Jn 1, 35-37).

Tanto los evangelios sinópticos como el de Juan coinciden en situar el bautismo de Jesús al comienzo de su ministerio público. Huelga decir que el bautismo de Jesús no es el sacramento del bautismo que nosotros hemos recibido (no es infrecuente que los niños, pero también ciertos cristianos, deliciosamente ingenuos, pregunten por qué Jesús no se bautizó de pequeño y cuándo entonces hizo la primera comunión). Aunque entre el bautismo de Juan y el de Jesús existe un vínculo estrecho, precisamente gracias a que Cristo quiso ser bautizado por Juan.

¿Por qué se bautiza Jesús? Se trataba de un rito de purificación, pero Jesús no tenía pecados de los que purificarse. Una primera respuesta es que Jesús se une a su pueblo, que acudía en masa a bautizarse (cf. Mc 1,5). Es decir, participaba de la tensión mesiánica de su pueblo, a la que Él mismo iba a dar definitiva respuesta.

Por otro lado, ilumina el sentido de este bautismo la pugna entre Juan y Jesús. Juan se resiste a bautizar a Jesús, reconoce su papel mediador del que ha de crecer mientras él mengua, protesta que es él quien necesita ser bautizado por Jesús (lo sería ciertamente en su martirio). Cede sólo ante las palabras algo enigmáticas de Jesús: “déjalo ahora; conviene que cumplamos toda justicia”. El ahora indica tal vez la provisionalidad del bautismo de Juan, que había de ser sustituido por el auténtico y definitivo bautismo cristiano. La justicia que se ha de cumplir es “la respuesta del hombre a la Torá, la aceptación plena de la voluntad de Dios, la aceptación del «yugo del Reino de Dios», según la formulación judía”[1]. Y aunque el bautismo de Juan no está previsto en la Torá –continúa Ratzinger– Jesús, con su respuesta lo reconoce como expresión de un sí incondicional a la voluntad de Dios, como obediente aceptación de su yugo.

Es decir, Jesús, como hombre, se somete por entero a Dios su Padre, que le reconoce como su Hijo. De esta forma se prefigura el futuro camino de Jesús. Al participar en el bautismo de purificación, Jesús está realizando de manera simbólica lo que será el sentido y la realidad de su misión: toma sobre sí los pecados de su pueblo, los pecados del mundo.

El pecado es el rechazo de Dios, la rebelión contra Él, la voluntad de no someterse directa o indirectamente a su designio. Todo acto de injusticia, de mentira, de odio y violencia, de egoísmo y negación del otro implica alejarse de Dios, cerrar el camino de acceso a Él. Cuando Jesús “cumple toda justicia” se somete como hombre al designio de Dios, elimina la causa que cierra la posibilidad de reconocer a Dios y de ser reconocido por Él, es decir, “toma sobre sí el pecado del mundo”.

Por eso, tras el bautismo de Jesús los cielos se abren y se produce una teofanía trinitaria. Dios, eliminado el obstáculo que le impedía acercarse al hombre, muestra inmediatamente su rostro. Se restablecen los vínculos entre Dios y la humanidad. El Dios trinidad, Padre que ama (Espíritu Santo) a su Hijo, reconoce en el hombre Jesús a su propio Hijo. En Jesús se ha producido el reencuentro pleno entre Dios y el hombre. Ahora, en Cristo, es posible escuchar de nuevo la voz de Dios que suena no para condenar y reprochar, sino para reconocer y acoger.

Está claro que en el bautismo Jesús está anticipando su muerte en la cruz, el momento culminante en el que Jesús toma sobre sí los pecados del mundo y padece sus consecuencias, ofreciendo su vida a Dios, sometiéndose hasta el extremo a la voluntad de Dios, su Padre. De hecho, Jesús habla de su muerte en Cruz como del bautismo en el que tiene que ser bautizado. (cf. Mc 10, 38; Lc 12, 20). Queda así prefigurado todo el misterio de la salvación: el bautismo es sinónimo de la muerte en la cruz y purificación de todos los pecados; en esto estriba la posibilidad de que el hombre se reconcilie con Dios, consigo mismo y con los demás. De hecho, las palabras de la voz que desciende del cielo, “Este es mi hijo amado”, podemos entenderlas como dirigidas a cada uno de nosotros. En Cristo, con el que nos unimos en el misterio de la muerte y la resurrección por medio del bautismo, todos somos hijos de Dios.

Hace pocos días, en la celebración de la Navidad, contemplábamos al niño Jesús, el hijo de María y en la fe reconocíamos en Él al Hijo de Dios. Hoy descubrimos a ese niño ya adulto y sabemos que en Él también nosotros somos “niños”, hijos del Padre bueno que por amor ha entregado la vida de su Hijo para la salvación de todos.

Así, también nosotros estamos llamados, como Jesús, a “tomar sobre nosotros los pecados del mundo”. ¿Cómo? Existen varias formas: Reconociendo los propios pecados con humildad y sin miedos: Dios los toma sobre sí al perdonarlos. El sacramento de la reconciliación (junto con el de la Eucaristía) es una forma preclara de renovar en nosotros los efectos del bautismo. Perdonando nosotros las ofensas que otros nos puedan infligir: no devolver mal por mal, sino bien por mal. Haciendo el bien que podamos, para, por decirlo así, aumentar el capital de bien que hay en el mundo y colaborar a que se abran los cielos sobre nosotros. Es una forma de “dar la vida” como lo hizo Cristo. Confesando sin miedos y sin complejos al Cristo en el que hemos sido bautizados. Tratando de mirar a nuestro mundo con ojos positivos. Es cierto que existe mal y mucho mal. Pero también existe el bien, y mucho bien, y además el bien está llamado a vencer, ya ha vencido en la muerte y resurrección de Cristo. Que nuestra mirada no sea catastrofista y sombría sin dejar de ser realista y crítica: que sea esperanzada, como lo es la mirada de Dios.

En cada ser humano hay alguien llamado a ser hijo de Dios, a escuchar la palabra que define el sentido de nuestra dignidad, de nuestra vida y también de nuestra muerte: “tú eres mi hijo amado; tú eres mi hija amada”.

[1] J. Ratzinger, Jesús de Nazaret, Madrid, 2007, p. 39.