Archive for 26 marzo 2017

Cuarto domingo de Cuaresma (A)

marzo 26, 2017


Lectura del primer libro de Samuel 16, 1b. 6-7. 10-13a David es ungido rey de Israel

En aquellos días, el Señor dijo a Samuel: «Llena la cuerna de aceite y vete, por encargo mío, a Jesé, el de Belén, porque entre sus hijos me he elegido un rey.» Cuando llegó, vio a Eliab y pensó: «Seguro, el Señor tiene delante a su ungido.» Pero el Señor le dijo: «No te fijes en las apariencias ni en su buena estatura. Lo rechazo. Porque Dios no ve como los hombres, que ven la apariencia; e Señor ve el corazón.» Jesé hizo pasar a siete hijos suyos ante Samuel; y Samuel le dijo «Tampoco a éstos los ha elegido el Señor.» Luego preguntó a Jesé: «¿Se acabaron los muchachos?» Jesé respondió: «Queda el pequeño, que precisamente está cuidando las ovejas.» Samuel dijo: «Manda por él, que no nos sentaremos a la mesa mientras no llegue.» Jesé mandó a por él y lo hizo entrar: era de buen color, de hermosos ojos y buen tipo. Entonces el Señor dijo a Samuel: «Anda, úngelo, porque es éste.» Samuel tomó la cuerna de aceite y lo ungió en medio de sus hermanos. En aquel momento, invadió a David el espíritu del Señor, y estuvo con él en adelante.

Sal 22, 1-3a. 3b-4. 5. 6 R. El Señor es mi pastor, nada me falta.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios 5, 8-14 Levántate de entre los muertos, y Cristo será lo luz

Hermanos:
En otro tiempo erais tinieblas, ahora sois luz en el Señor. Caminad como hijos de la luz -toda bondad, justicia y verdad son fruto de la luz-, buscando lo que agrada al Señor, sin tomar parte en las obras estériles de las tinieblas, sino más bien denunciadlas. Pues hasta da vergüenza mencionar las cosas que ellos hacen a escondidas. Pero la luz, denunciándolas, las pone al descubierto, y todo lo descubierto es luz. Por eso dice: «Despierta, tú que duermes, levántate de entre los muertos, y Cristo será tu luz.»

 

Lectura del santo evangelio según san Juan 9, 1. 6-9. 13-17. 34-38 Fue, se lavó, y volvió con vista 

En aquel tiempo, al pasar Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento. Y sus discípulos le preguntaron: «Maestro, ¿quién pecó, éste o sus padres, para que naciera ciego?» Jesús contestó: «Ni éste pecó ni sus padres, sino para que se manifiesten en él las obras de Dios. Mientras es de día, tenemos que hacer las obras del que me ha enviado; viene la noche, y nadie podrá hacerlas. Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo.» Dicho esto, escupió en tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego y le dijo: «Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado.” Él fue, se lavó, y volvió con vista. Y los vecinos y los que antes solían verlo pedir limosna preguntaban: «¿No es ése el que se sentaba a pedir?» Unos decían: «El mismo.» Otros decían: «No es él, pero se le parece.» Él respondía: «Soy yo.»

Y le preguntaban: «¿Y cómo se te han abierto los ojos?» Él contestó: «Ese hombre que se llama Jesús hizo barro, me lo untó en los ojos y me dijo que fuese a Siloé y que me lavase. Entonces fui, me lavé, y empecé a ver.» Le preguntaron: «¿Dónde está él?» Contestó: «No sé.» Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. Era sábado el día que Jesús hizo barro y le abrió los ojos. También los fariseos le preguntaban cómo había adquirido la vista. Él les contestó: «Me puso barro en los ojos, me lavé, y veo.» Algunos de los fariseos comentaban: «Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado.» Otros replicaban: «¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos?» Y estaban divididos. Y volvieron a preguntarle al ciego: «Y tú, ¿qué dices del que te ha abierto los ojos?» Él contestó: «Que es un profeta.»

Pero los judíos no se creyeron que aquél había sido ciego y había recibido la vista, hasta que llamaron a sus padres y les preguntaron: «¿Es éste vuestro hijo, de quien decís vosotros que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve?» Sus padres contestaron: «Sabemos que éste es nuestro hijo y que nació ciego; pero cómo ve ahora, no lo sabemos nosotros, y quién le ha abierto los ojos, nosotros tampoco lo sabemos. Preguntádselo a él, que es mayor y puede explicarse.» Sus padres respondieron así porque tenían miedo los judíos; porque los judíos ya habían acordado excluir de la sinagoga a quien reconociera a Jesús por Mesías. Por eso sus padres dijeron: «Ya es mayor, preguntádselo a él.» Llamaron por segunda vez al que había sido ciego y le dijeron: «Confiésalo ante Dios: nosotros sabemos que ese hombre es un pecador.» Contestó él: «Si es un pecador, no lo sé; sólo sé que yo era ciego y ahora veo.» Le preguntan de nuevo: «¿Qué te hizo, cómo te abrió los ojos?» Les contestó: «Os lo he dicho ya, y no me habéis hecho caso; ¿para qué queréis oírlo otra vez?; ¿también vosotros queréis haceros discípulos suyos?» Ellos lo llenaron de improperios y le dijeron: «Discípulo de ése lo serás tú; nosotros somos discípulos de Moisés. Nosotros sabemos que a Moisés le habló Dios, pero ése no sabemos de dónde viene.» Replicó él: «Pues eso es lo raro: que vosotros no sabéis de dónde viene y, sin embargo, me ha abierto los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, sino al que es religioso y hace su voluntad. Jamás se oyó decir que nadie le abriera los ojos a un ciego de nacimiento; si éste no viniera de Dios, no tendría ningún poder.» Le replicaron: «Empecatado naciste tú de pies a cabeza, ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros?» Y lo expulsaron. Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo: «¿Crees tú en el Hijo del hombre?» Él contestó: «¿Y quién es, Señor, para que crea en él?» Jesús les dijo: «Lo estás viendo: el que te está hablando, ése es.» Él dijo: «Creo, señor.» Y se postró ante él.

Jesús añadió: «Para un juicio he venido ya a este mundo; para que los que no ve vean, y los que ven queden ciegos.» Los fariseos que estaban con él oyeron esto y le preguntaron: «¿También nosotros estamos ciegos?» Jesús les contestó: «Si estuvierais ciegos, no tendríais pecado, pero como decís que veis, vuestro pecado persiste.»

 

La luz y la oscuridad

 

El texto del evangelio empieza planteando una cuestión peliaguda pero siempre actual. Ante el problema del mal (y la ceguera es uno de esos males físicos que producen un horror especial) surge espontánea la pregunta por su causa. Una forma de explicación es encontrar culpables. En las antiguas culturas se vinculaba espontáneamente cualquier mal o desgracia con algún pecado, incluso desconocido, de la víctima de ese mal o de gentes ligadas con ella (como los padres). La cultura moderna, desde hace varios siglos ha ido invirtiendo el sentido de la responsabilidad, primero vetando a Dios la posibilidad de intervenir en el mundo, ni de modo natural ni sobrenatural (un momento de inflexión muy importante e históricamente localizado fue el terremoto de Lisboa en 1754, que conmovió el ánimo de los ilustrados, y quebró el optimismo que veía en este mundo “el mejor de los posibles”); después tendiendo a imputar a Dios la existencia del mal, o usando el dato del mal para negar la existencia de Dios con un sencillo razonamiento: o Dios quiere acabar con el mal y no puede, y no es todopoderoso; o puede y no quiere, y entonces no es bueno. Benedicto XVI en su encíclica “Spes salvi” dice que el ateísmo contemporáneo es ante todo un ateísmo moral, que protesta ante el problema del mal. El problema, claro, es que si suprimimos a Dios en virtud del mal que, pese a todo, sigue existiendo, nos quedamos sin culpable o, más bien, tenemos que buscar a otro. Probablemente, dado lo relativamente poco inclinados que estamos hoy en día en creer en el Fatum y en diablos, tengamos que dirigir la atención sobre nosotros mismos. No ya, claro, para explicar el mal físico, que tiene causas naturales, sino el mal moral, que depende de nuestra libertad.

Hoy vemos que Jesús no sigue la corriente de su tiempo, que trata de descubrir un culpable de la ceguera, sino que, con su respuesta, nos viene a decir que cualquier mal es ocasión para hacer el bien. Y lo hace. Da la luz al que vive en tinieblas.

Los evangelios siempre juegan con varios planos de significado. Aquí también es así: la ceguera física, una situación de sufrimiento que no exige detectar culpables, sino buscar remedio y alivio, es ocasión para meditar sobre otro tipo de ceguera todavía peor. Bien lo dice el refrán: “no hay peor ciego que el que no quiere ver”. Y es que el mal que procede del corazón humano, el verdadero mal, el que hemos llamado mal moral, nos ciega, nos impide ver con claridad, nos hace vivir en la oscuridad.

La cosa es patente con ocasión de la curación realizada por Jesús, un acto de benévola gratuidad realizado incluso sin que el ciego de nacimiento lo pidiera. Tras la curación, el que era ciego se ha transformado, se ha convertido plenamente en sí mismo, en un ser autónomo y libre, que ve y puede valerse con independencia. Tal es su transformación, que algunos de sus vecinos no lo reconocen. Y empieza la polémica, que es la que pone de relieve la verdadera ceguera, la de los que no quieren ver. Ceguera hacia el hombre que ha sido salvado. Pero, sobre todo, ceguera hacia Jesús. Es impresionante el contraste entre el sencillo gesto de Jesús, meridiano, directo: barro y saliva, una verdadera nueva creación; y el lío que se forma en torno a él. Idas y venidas, interrogatorios repetidos varias veces, acusaciones, amenazas, miedos y exclusiones. Los ciegos que no quieren ver se niegan a reconcer la evidencia del bien realizado de manera gratuita y pública. Por eso preguntan una y otra vez, sin poder aceptar lo que es patente, cegados por sus propios prejuicios, encastillados en la seguridad de su propia justicia, que les impide abrir los ojos a dimensiones nuevas.

Frente a ellos, el ciego que ha abierto los ojos inicia un proceso. Primero se descubre a sí mismo: antes era ciego y ahora veo. “Ve” también que “alguien”, “ese hombre” que se llama Jesús, lo ha curado. No sabe más de él y no sabe siquiera dónde está (no lo ve). Pero ante los interrogatorios insistentes, el hombre, que ha empezado a ver por sí mismo, es capaz de tomar postura con la libertad recién estrenada, sin dejarse achantar por las amenazas y, habiendo empezado a ver claro, hace una primera confesión: “ese hombre no es un pecador”, ¿cómo va a ser un pecador el que ha hecho el bien con un poder que sólo puede venir de Dios?; la conclusión es lógica, y está ya muy cerca de una confesión de fe: “es un profeta”. Finalmente, en otro momento de gracia, Jesús se hace el encontradizo con él y le da una luz todavía más alta y decisiva, una revelación sobre el Hijo del Hombre que provoca la confesión final: “Creo, Señor”.

Cuando buscamos culpables, solemos exigir castigos y correcciones. Jesús, en cambio, no apaga la mecha vacilante, ni destruye primero para construir después, ve el corazón, hace el bien, cura, restablece, nos da su luz para que podamos ser libres.

Al considerar la escena que el Evangelio nos propone hoy comprendemos que, como el ciego de nacimiento, estamos en camino y que si queremos seguir progresando (como personas, como cristianos) tenemos que reconocer que, precisamente por estar en proceso, todavía no somos capaces de verlo todo, que hay todavía mucho que ignoramos y que aún tenemos que descubrir. Es decir, se nos invita aquí a que nuestras certezas no se conviertan en prejuicios, en rigideces que nos paralizan, en obstáculos que nos impiden ver más, sino a hacer de ellas luminarias para el camino.

Se insiste hoy en la fe como proceso, camino e iluminación progresiva. Reconocer nuestras cegueras sobre nosotros mismos, sobre los demás y sobre Dios nos ayuda a pedir la luz de la curación, a ampliar el horizonte de nuestra mirada para descubrirnos mejor a nosotros mismos, para reconocer sin prejuicios el bien allí donde se hace, para mirar a los demás con esperanza, pues de ellos, también en camino, vemos sólo una mínima parte, y para alcanzar su corazón deberíamos mirarlos con los ojos de Dios (que son los ojos del amor); en definitiva, para confesar a Jesús de manera renovada.

Pero se nos recuerda también que esa fe tiene que ser confesada, que implica tomar partido, a favor de Cristo o en su contra. Confesar nuestra fe en Jesús de manera pública, sin miedos y sin complejos no está exento de dificultades y de riesgos. También hoy, como en tiempos de Jesús, se dan amenazas de exclusión para los que creen en Cristo. Es notorio lo que sucede con las personas que viven en ciertos países mulsulmanes, sobre todo con aquellas que, perteneciendo al Islam, se convierten a Cristo. Esto supone el exilio cultural y con frecuencia el riesgo de la propia vida. Pero también entre nosotros existen otras formas de amenaza de exclusión de las “sinagogas” de nuestro tiempo. No es fácil resistir la presión que hoy en día, de manera a veces suave, otras más virulenta, y en nombre de las vigencias (algo así como los credos) del momento trata de expulsar la fe cristiana y a los que la profesan de la vida pública. Como los padres del ciego, podemos tratar de esquivar esa marginación sacudiéndonos toda implicación o responsabilidad: “que le pregunten a él, que ya es mayorcito” dicen aquellos, negándose a reconocer a su propio hijo. Una forma de hacer esto hoy día es recluirse en el ámbito privado, el de las convicciones íntimas: creer sin confesar, sin dar testimonio, renunciando a reflejar la luz que recibimos de Cristo, para evitarnos complicaciones, acomodándonos lo más posible a lo que dicta el ambiente. Pero esa pura privacidad acomodaticia, en realidad, es imposible. Hay que tomar partido, aunque, como en el caso del ciego de hoy, nos echen fuera. Si hemos sido curados de nuestra ceguera, si somos capaces de ver con los ojos de Dios y no juzgar sólo por las apariencias más o menos deslumbrantes, si alcanzamos a ver la presencia de Dios en lo pequeño, como Samuel que tuvo que ungir al menor de los hijos de Jesé, o como el ciego de nacimiento, que supo descubrir al Mesías en el hombre de Nazaret, si vivimos en esta luz, esto no puede no reflejarse en nuestra vida. En primer lugar, en nuestras obras, que tienen que tratar de ser las de los hijos de la luz y que Pablo resume hoy admirablemente: la bondad, la justicia y la verdad; dicho con otras palabras: la benevolencia hacia todos, en vez del odio, la exclusión o la violencia; la equidad, en vez de la búsqueda del propio interés a toda costa; la veracidad y la sinceridad, que no trata de someter la realidad a esos mismos intereses o a los prejuicios de moda. La fe se refleja, en segundo lugar, en nuestro modo de tratar con el mundo que nos rodea: la misma fe ha de ser principio de discernimiento de lo que se puede aceptar y de lo que no. Siempre tenemos la tentación de hacer al revés: acomodar la fe a las modas del momento, a lo que agrada al mundo, en vez de buscar lo que agrada al Señor, aun a costa de renunciar a las vanidades estériles, y de denunciar lo que es inadmisible y vergonzoso, por más predicamento que pueda tener. Renunciar y denunciar son sólo la cruz de la cara positiva: anunciar, confesar y testimoniar nuestra fe, esto es, vivir reflejando la luz que Cristo ha venido a traernos y con la que nos está curando.

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Segundo domingo de Cuaresma (A) La transfiguración

marzo 11, 2017

PRIMERA LECTURA

Lectura del libro del Génesis 12, 1-4a Vocación de Abraham, padre de] pueblo de Dios

En aquellos días, el Señor dijo a Abran: -“Sal de tu tierra y de la casa de tu padre, hacia la tierra que te mostraré. Haré de ti un gran pueblo, te bendeciré, haré famoso tu nombre, y será una bendición. Bendeciré a los que te bendigan, maldeciré a los que te maldigan. Con tu nombre se bendecirán todas las familias del mundo.” Abran marchó, como le había dicho el Señor.

Sal 32, 4-5. 18-19. 20 y 22 R. Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti.

SEGUNDA LECTURA

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a Timoteo 1,8b-10 Dios nos llama y nos ilumina

Querido hermano: Toma parte en los duros trabajos del Evangelio, según la fuerza de Dios. Él nos salvó y nos llamó a una vida santa, no por nuestros méritos, sino porque, desde tiempo inmemorial, Dios dispuso darnos su gracia, por medio de Jesucristo; y ahora, esa gracia se ha manifestado al aparecer nuestro Salvador Jesucristo, que destruyó la muerte y sacó a la luz la vida inmortal, por medio del Evangelio.

EVANGELIO

Lectura del santo evangelio según san Mateo 17, 1-9 Su rostro resplandecía como el sol

En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los llevó aparte a una montaña alta. Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Y se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él. Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús: -“Señor, ¡qué bien se está aquí! Sí quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.” Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra, y una voz desde la nube decía: -“Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo.” Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto. Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo: -“Levantaos, no temáis.” Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo. Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó: -“No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos.”

 

Digno de crédito

 

En mitad del camino a Jerusalén, es decir, camino de su Pasión, Jesús protagoniza un episodio realmente inaudito: sube a la montaña con tres de sus discípulos, Pedro, Santiago y Juan, y se transfigura ante ellos. Un momento luminoso, en el que todo se ve claro, y en el que uno (como lo expresan las palabras de Pedro) quisiera permanecer para siempre. Posiblemente todos hemos tenido en nuestra vida estos momentos de luz: en nuestras relaciones, en nuestro trabajo, también en nuestra fe. También nosotros hubiéramos querido hacer una tienda para permanecer para siempre en esa situación de claridad y de luz. Pero estos instantes de luz deben servir para resistir en los momentos de dificultad, que siempre se dan en la vida, en todos esos ámbitos (relaciones, profesión, fe, etc.). También en la experiencia de Jesús y de sus discípulos encontramos esta dinámica, tan humana y, por eso, tan propia de la vida cristiana, de la fe en el Dios humano, en el Dios encarnado. La montaña es lugar de manifestación de Dios. Como lo fue el Sinaí, y hoy lo es el Tabor, mañana será el “monte de la calavera”, el Gólgota. No todas las manifestaciones de Dios son igualmente fáciles de aceptar. Pero los momentos de luz se nos dan, precisamente, para permanecer fieles cuando las cosas se ponen feas.

Hoy se nos ofrece este episodio enmarcado en otros dos textos aparentemente desconectados de él: la llamada de Dios a Abraham y la exhortación de Pablo a su discípulo Timoteo.

La palabra dirigida a Abraham, “sal de tu tierra”, es un arquetipo de la experiencia religiosa. Lejos de ser ésta, como se dice a veces, un refugio y una huida, resulta ser un desafío, una llamada a dejar seguridades (la patria, la casa paterna, el lugar conocido) y emprender un camino abierto, inseguro, incierto. No sabemos qué imágenes o representaciones religiosas tenía el arameo errante, Abram, pero sabemos que se fió de un Dios para él nuevo (no ligado a la tribu o la nación), que le dirigió su palabra inesperadamente, invitándole a adentrarse en lo desconocido, fiado sólo de esa palabra, que prometía cosas inverosímiles, fecundidades humanamente imposibles. Ese nuevo Dios fue para él digno de crédito. Y esa fe abierta a lo nuevo, a lo aparentemente imposible, engendró todo un pueblo para el que Dios desplegó su poder y su voluntad salvífica, que se resume en la ley y los profetas.

Pues bien, el crédito de la Palabra de Dios se traslada ahora íntegro a Jesús. El que en el desierto venció la tentación para vivir “de toda palabra que sale de la boca de Dios” y adorarle sólo a Él, sin inclinarse ante el mal que se le ofrecía atractivo y lisonjero, ése es ahora, y por eso mismo, digno de crédito. En efecto, Jesús resume y lleva a perfección la ley y los profetas (Moisés y Elías), toda la revelación que Dios ha dirigido al hombre por medio de Israel. Por eso, Dios mismo nos confía su Palabra definitiva en Jesucristo: “Escuchadle”. Como Abraham se fío de Dios en los orígenes de la revelación, ahora nosotros, todos, hijos de Abraham por la fe, podemos fiarnos de esta Palabra encarnada que lleva aquella revelación a su plenitud.

Fe, crédito y confianza que harán falta en el momento de la dificultad. Y es que el destino de Jesús no es un camino fácil ni triunfal. Como Abraham, también Jesús hace un camino incierto fiado de una promesa, de una elección: “Tú eres mi hijo amado”, que ahora se repite en el Tabor. La subida al monte de la Transfiguración se produce de camino a Jerusalén, donde, como ya hemos dicho, Jesús deberá subir a otro monte y ser glorificado de otra manera. “No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos”; esta última frase del Evangelio que hemos escuchado nos da la clave de comprensión de esta experiencia extraordinaria. Toda ella se realiza mirando al misterio Pascual: la muerte y resurrección, que es el objeto de la conversación de Jesús con Moisés y Elías (la Ley y los Profetas): pues la Ley y los Profetas en realidad sólo hablan de Jesús, el Mesías. La Transfiguración, en la que todo el Antiguo Testamento ilumina con su luz el misterio de Cristo, es un anticipo de la luz de la Resurrección, pero sólo un anticipo. Para llegar a la plenitud de esa luz habrá que pasar primero por la prueba de la Cruz, por la oscuridad de la muerte.

La Cruz de Cristo es una realidad que se prolonga en la historia de muchas maneras: en “los pequeños hermanos de Jesús, que pasan hambre y sed” (cf. Mt 25, 40), en los sufrimientos de los creyentes, que “completan en la propia carne lo que falta a los padecimientos de Cristo” (cf. Col 1,24) y además, como dice hoy la carta a Timoteo, “tomando parte en los duros trabajos del Evangelio”: anunciar el evangelio y dar testimonio de Cristo, algo que compete a todos los creyentes, no es sólo propagar una doctrina, sino participar activamente en el modo de vida de Jesús y, en consecuencia, también en su destino. Por eso, también nosotros, cualesquiera que sean las dificultades que experimentamos en esta vida, estamos llamados a participar de la luz de Cristo transfigurado y a recibir fuerzas de esa luz. Hemos contemplado a Jesús transfigurado para que, como Pedro, Santiago y Juan, como todos los discípulos, podamos ser fieles a los momentos de luz cuando llegue la oscuridad.

Pero, podemos preguntarnos, ¿cómo podemos nosotros subir a la montaña y contemplar esta luz? Si queremos ser iluminados, tenemos que acoger y cumplir lo que la voz que se oyó en aquel monte nos dice: “Escuchadle”. En la escucha de la Palabra, de Cristo mismo, que lleva a plenitud la Ley y los Profetas, nos dejamos iluminar por dentro para, cuando llegue la prueba, podamos mantenernos fieles y confirmar a nuestros hermanos.

Domingo de la primera semana de Cuaresma (A)

marzo 5, 2017

Lectura del libro del Génesis 2, 7-9; 3, 1-7 Creación y pecado de los primeros padres

El Señor Dios modeló al hombre de arcilla del suelo, sopló en su nariz un aliento de vida, y el hombre se convirtió en ser vivo. El Señor Dios plantó un jardín en Edén, hacia oriente, y colocó en él al hombre que había modelado. El Señor Dios hizo brotar del suelo toda clase de árboles hermosos de ver y buenos de comer; además, el árbol de la vida, en mitad del jardín, y el árbol del conocimiento del bien y el mal. La serpiente era el más astuto de los animales del campo que el Señor Dios había hecho. Y dijo a la mujer: -«¿Cómo es que os ha dicho Dios que no comáis de ningún árbol del jardín?» La mujer respondió a la serpiente: -«Podemos comer los frutos de los árboles del jardín; solamente del fruto del árbol que está en mitad del jardín nos ha dicho Dios: “No comáis de él ni lo toquéis, bajo pena de muerte.”» La serpiente replicó a la mujer: -«No moriréis. Bien sabe Dios que cuando comáis de él se os abrirán los ojos y seréis como Dios en el conocimiento del bien y el mal. » La mujer vio que el árbol era apetitoso, atrayente y deseable, porque daba inteligencia; tomó del fruto, comió y ofreció a su marido, el cual comió. Entonces se les abrieron los ojos a los dos y se dieron cuenta de que estaban desnudos; entrelazaron hojas de higuera y se las ciñeron.

Sal 50, 3-4. 5-6a. 12-13. 14 y 17 R. Misericordia, Señor: hemos pecado.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 5, 12-19 Si creció el pecado, más abundante fue la gracia

Hermanos: Lo mismo que por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y así la muerte pasó a todos los hombres, porque todos pecaron. Porque, aunque antes de la Ley había pecado en el mundo, el pecado no se imputaba porque no había Ley. A pesar de eso, la muerte reinó desde Adán hasta Moisés, incluso sobre los que no habían pecado con una transgresión como la de Adán, que era figura del que habla de venir. Sin embargo, no hay proporción entre el delito y el don: si por la transgresión de uno murieron todos, mucho más, la gracia otorgada por Dios, el don de la gracia que correspondía a un solo hombre, Jesucristo, sobró para la multitud. Y tampoco hay proporción entre la gracia que Dios concede y las consecuencias del pecado de uno: el proceso, a partir de un solo delito, acabó en sentencia condenatoria, mientras la gracia, a partir de una multitud de delitos, acaba en sentencia absolutoria. Por el delito de un solo hombre comenzó el reinado de la muerte, por culpa de uno solo. Cuanto más ahora, por un solo hombre, Jesucristo, vivirán y reinarán todos los que han recibido un derroche de gracia y el don de la justificación. En resumen: si el delito de uno trajo la condena a todos, también la justicia de uno traerá la justificación y la vida. Si por la desobediencia de uno todos se convirtieron en pecadores, así por la obediencia de uno todos se convertirán en justos.

Lectura del santo evangelio según san Mateo 4, 1-11 Jesús ayuna cuarenta días y es tentado

En aquel tiempo, Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo. Y después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, al fin sintió hambre. El tentador se le acercó y le dijo: -«Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes.» Pero él le contestó, diciendo: -«Está escrito: “No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.”» Entonces el diablo lo lleva a la ciudad santa, lo pone en el alero del templo y le dice: -«Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: “Encargará a los ángeles que cuiden de ti, y te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con las piedras.”» Jesús le dijo: -«También está escrito: “No tentarás al Señor, tu Dios.”» Después el diablo lo lleva a una montaña altísima y, mostrándole los reinos del mundo y su gloria, le dijo: -«Todo esto te daré, si te postras y me adoras.» Entonces le dijo Jesús: -«Vete, Satanás, porque está escrito: “Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto.”» Entonces lo dejó el diablo, y se acercaron los ángeles y le servían.

 

Las tentaciones de Jesús y las nuestras

 

Hemos comenzado el tiempo de Cuaresma hace tres días, mediante el rito de purificación y penitencia de la ceniza, y haciéndonos propósitos relativos al ayuno, la limosna y la oración; es decir, con el propósito de mejorar nuestras relaciones con nosotros mismos, con los demás y con Dios. Pero, al hacerlo, descubrimos casi inmediatamente nuestra debilidad, que se manifiesta especialmente en la tentación. Por eso, la Palabra de Dios nos invita a reflexionar en este primer domingo de Cuaresma sobre esta realidad tan humana, y que, por eso, también experimenta Cristo.

1458135629_098388_1458135694_noticia_normalEl relato del Génesis nos ilumina sobre la esencia de la tentación y del pecado. El paraíso es el mundo (un mundo sin pecado sería ciertamente un paraíso), el centro del paraíso es el hombre, cumbre de la creación a quien Dios le confía su obra. En ese centro está “el árbol prohibido”. ¿Qué árbol es éste, el único del que le está prohibido comer al hombre? ¿Ha de entenderse como una prueba que Dios pone a la fidelidad del hombre? Pero, ¿no sería esto un gesto de desconfianza? O, lo que es peor, una trampa. Porque, si lo pensamos bien, ¿qué tiene de malo comer de un árbol, por muy en el centro que esté? ¿Y si en vez de comer de un árbol hubiera prohibido atravesar una raya? Pero no debemos entender los mandatos de Dios de manera tan arbitraria. No olvidemos que se trata del árbol del conocimiento del bien y del mal: una realidad viva, que da frutos y se encuentra en el centro del jardín es la conciencia moral. El ser humano tiene conciencia, distingue de manera espontánea y más o menos clara el bien del mal. Que no puede comer los frutos significa que no puede disponer del orden moral a su antojo, ni puede cambiar arbitrariamente su significado. No puede decidir, por ejemplo, que “mentir para él sea bueno, de manera que mintiendo se haga bueno”. Podrá mentir el hombre por motivos cualesquiera, pero no puede hacer de la mendacidad una virtud.

El relato habla también del tentador, la astuta serpiente: la tentación no viene de Dios, sino de una realidad creada: el diablo, por la vía del inconsciente, o la imaginación, o el entorno… El ser humano percibe una incitación a transgredir el orden moral, a disponer de él a su antojo, a “ser como dios”, haciendo que sea en sí bueno lo que sólo le viene bien. Hay en esto un elemento de debilidad: no somos perfectos, debemos perfeccionarnos, sometiendo nuestras inclinaciones a las exigencias más nobles. Se trataría de una especie de tentación natural. Pero, además, a veces se produce en la tentación un engaño, que pretende que lo que es malo sea bueno, y, lo que es peor, que nosotros tenemos el poder para cambiar el significado del bien del mal a nuestro antojo, convirtiéndonos en unos pequeños dioses, dotados de la capacidad de crear. Esta tentación más radical, ligada con la soberbia, es cosa del diablo, el tentador y el padre de la mentira (cf. Jn 8, 44).

De hecho, en este engaño siempre se percibe un cierto bien. El tentador no nos dice que hagamos lo que está mal, sino que astutamente nos lo pinta como algo bueno: el árbol era “apetitoso, atrayente y deseable, porque daba inteligencia” (saber, poder, placer…). ¿Qué hay de malo en todo eso?, podemos preguntarnos. En esas cosas, como tales, no hay nada malo. El mal está en elegirlos a costa de otros bienes más elevados. A veces, “lo que nos viene bien” puede conllevar una transgresión de lo que es en sí bueno. Convendremos en que no se debe obtener placer a costa de la dignidad de una persona (por ejemplo, humillándola). No es legítimo obtener bienes relativos (en sí, tal vez, legítimos: placer, dinero, prestigio, poder…) a costa de valores absolutos, como la verdad, la fidelidad, la justicia, los derechos o los méritos de otros. Todos los juicios morales que hacemos a diario en un sentido o en otro suponen implícitamente esta conexión. Por eso, en la tentación siempre hay un elemento de mentira o engaño: “¿Cómo es que os ha dicho Dios que no comáis de ningún árbol del jardín?”, que hoy se traduce fácilmente, por ejemplo, diciendo que “la Iglesia lo único que hace es prohibirlo todo” y cosas por el estilo.

El tentador no es la causa del pecado, ya que la tentación no es el pecado. Este depende de nuestra libre voluntad. Se peca sólo cuando damos nuestro consentimiento libre (si no hubiera libertad, no habría pecado). Nuestra cultura, siguiendo a Rousseau, se empeña en echarle las culpas del mal a otros (la civilización, la economía, el ambiente, la biología, y así un largo etc., pero nunca yo: a mí que me registren). Cierto es que existen factores que atenúan o acentúan la responsabilidad. Pero lo que no se puede hacer es vaciar por completo la libertad humana cuando se trata de la culpa, mientras que, cuando se trata de la diversión y de nuestra “real gana”, se eleva esa misma libertad a instancia suprema. Podemos definir el pecado como la elección de la libertad, al tiempo que se rechaza la responsabilidad: hago lo que me da la gana, pero yo no respondo, de modo que culpables, si algo no va, siempre serán otros. La revelación bíblica y el cristianismo afirman la libertad humana, pero como libertad responsable (que es lo que es).

La historia que nos relata el Génesis hoy es real como la vida misma, es un verdadero arquetipo de la existencia humana de todos los tiempos.

De la responsabilidad nos habla Pablo. Subrayamos de su texto sólo un aspecto: cuando hacemos el bien o el mal, no se queda la cosa en el ámbito exclusivo de mi privacidad, sino que repercute (para bien o para mal) en todos los demás. En este sentido, todo pecado es “original”, porque se convierte en el punto de partida de una cadena, que va emitiendo sus ondas nocivas a su alrededor. Adán y Eva son el varón y la mujer, el hombre, cada uno de nosotros. Pero, igualmente y con mayor motivo, el bien que hacemos aumenta el caudal de bien de la humanidad y de la historia. Como vemos la responsabilidad asoma de nuevo. Al hacer el bien, el ser humano se cristifica, lo sepa o no, pues responde a la inspiración del Espíritu del Amor que sopla donde quiere y por todas partes. Pero esta verdad se ha hecho carne en Jesucristo, de modo que podemos unirnos al poder benéfico y redentor del que se sometió a la tentación para vencer el pecado desde dentro.

Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu, empieza hoy el Evangelio. Sucede después del Bautismo en el Jordán. Allí Jesús escuchó la voz imagesque le llamaba “mi hijo amado, el elegido”. ¿Por qué precisamente después se va Jesús al desierto llevado por el Espíritu? ¿Es que no fue suficiente con la experiencia del Jordán? Esta secuencia expresa una ley de vida, especialmente en la experiencia religiosa: Dios nos elige gratuitamente, pero nosotros debemos responder eligiéndolo a Él, y esta respuesta debe superar enormes dificultades y tentaciones, es una verdadera lucha, un camino por el desierto. En Jesús, hijo de Dios, pero hombre en sentido pleno, también es así. Por ello, estas tentaciones no son sólo experiencias puntuales que Jesús sintió una vez y superó para siempre, sino que son las tentaciones permanentes de todo su ministerio, que son además las tentaciones básicas o axiales a las que estamos sometidos todos los seres humanos.

Que las piedras se conviertan en pan es la tentación ligada a nuestras necesidades y a nuestra debilidad, la de usar del poder de que disponemos (y todos disponemos de alguno: responsabilidad, capacidad de decisión, conocimientos, etc.) en propio beneficio y no para aquello que se nos ha concedido. El tentador dice: “Si eres el Hijo de Dios…” La tentación a veces nos quiere convencer halagándonos: oye, que eres el director, para algo te han dado la responsabilidad, además tú tienes también tus necesidades, el que parte y reparte se lleva la mejor parte… Pero las piedras no son pan y yo no tengo derecho a cambiar las cosas simplemente en beneficio propio. Un ejemplo claro es la “mordida”, el policía, o el funcionario, o quien sea, que abusa de su posición para sacar beneficios extra.

En la segunda (“tírate del alero del templo”) más que ser nosotros tentados, tratamos de tentar a Dios. De nuevo “si eres Hijo de Dios”: si eres creyente y Dios existe que haga esto o lo otro… De qué sirve creer en Dios si luego no te va mejor que a los demás. Jesús pudo tener la tentación de hacer cosas maravillosas para suscitar la aceptación de las gentes. A veces claramente fue tentado en este sentido por otros, como Herodes que le pidió hacer un milagro. Jesús siempre se negó a tentar a Dios, a usar su poder como magia o espectáculo, a seguir el camino del éxito fácil. Nunca hizo milagros para suscitar la fe, sino que exigía la fe como condición para curar, liberar, perdonar. La fe, condición y no consecuencia de los milagros de Dios, no puede ser un negocio.

La tercera situación es una oferta tentadora: el tentador le ofrece a Jesús lo que éste realmente quiere: el mundo entero. Jesús quiere ganar el mundo para Dios. Pero el tentador le ofrece alcanzar esa meta buena postrándose ante el mal. Es una tentación frecuente (realmente diabólica) tratar de conseguir buenos fines con malos medios. Es la teoría, defendida o condenada, pero tantas veces practicada, de que el fin justifica los medios. Eso significa inclinarse ante el mal y adorarlo.

Jesús ha elegido otro camino: ni se aprovecha, ni busca el aplauso fácil, ni se alía con el mal. Elige a Dios, se somete a su voluntad, camina por la senda empinada y entra por la puerta estrecha: es el camino sin compromisos del servicio, de la verdad y de la entrega, el camino que le lleva a Jerusalén, donde entregará su vida en la Cruz.

Es el camino de la autenticidad y de los bienes verdaderos, duraderos y que nos salvan. En Jesús vemos que, sin bien la tentación es inevitable, no lo es el ceder a ella. Y si, en ocasiones, es bien difícil superarla, unidos a Cristo, que ha vencido al tentador, es posible. Si a veces sentimos que nuestra debilidad ha sido mayor que nuestra resolución y voluntad de bien, siempre podemos volver al Maestro bueno que se ha sometido a la tentación por amor nuestro, y recibir de Él el perdón, “pues no tenemos un sumo sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras flaquezas, sino que las ha experimentado todas como nosotros, menos el pecado” (Hb 4, 15).