Archive for 29 junio 2017

San Pedro y San Pablo

junio 29, 2017

 

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 12,1-11 Era verdad: el Señor me ha librado de las manos de Herodes

En aquellos días, el rey Herodes se puso a perseguir a algunos miembros de la Iglesia. Hizo pasar a cuchillo a Santiago, hermano de Juan. Al ver que esto agradaba a los judíos, decidió detener a Pedro. Era la semana de Pascua. Mandó prenderlo y meterlo en la cárcel, encargando su custodia a cuatro piquetes de cuatro soldados cada uno; tenía intención de presentarlo al pueblo pasadas las fiestas de Pascua. Mientras Pedro estaba en la cárcel bien custodiado, la Iglesia oraba insistentemente a Dios por él. La noche antes de que lo sacara Herodes, estaba Pedro durmiendo entre dos soldados, atado con cadenas. Los centinelas hacían guardia a la puerta de la cárcel. De repente, se presentó el ángel del Señor y se iluminó la celda. Tocó a Pedro en el hombro, lo despertó y le dijo: «Date prisa, levántate.» Las cadenas se le cayeron de las manos y el ángel añadió: «Ponte el cinturón y las sandalias.» Obedeció y el ángel le dijo: «Échate el manto y sígueme.» Pedro salió detrás, creyendo que lo que hacía el ángel era una visión y no realidad. Atravesaron la primera y la segunda guardia, llegaron al portón de hierro que daba a la calle, y se abrió solo. Salieron, y al final de la calle se marchó el ángel. Pedro recapacitó y dijo: «Pues era verdad: el Señor ha enviado a su ángel para librarme de las manos de Herodes y de la expectación de los judíos.»

Sal 33,2-3.4-5.6-7.8-9 R/. El Señor me libró de todas mis ansias

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a Timoteo 4,6-8.17-18 Ahora me aguarda la corona merecida

Yo estoy a punto de ser sacrificado y el momento de mi partida es inminente. He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe. Ahora me aguarda la corona merecida, con la que el Señor, juez justo, me premiará en aquel día; y no sólo a mí, sino a todos los que tienen amor a su venida. El Señor me ayudó y me dio fuerzas para anunciar íntegro el mensaje, de modo que lo oyeran todos los gentiles. Él me libró de la boca del león. El Señor seguirá librándome de todo mal, me salvará y me llevará a su reino del cielo. A él la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

Lectura del santo evangelio según san Mateo 16,13-19 Tú eres Pedro y te daré las llaves del Reino de los Cielos

En aquel tiempo, al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?» Ellos contestaron: «Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas.» Él les preguntó: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» Simón Pedro tomó la palabra y dijo: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.» Jesús le respondió: «¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás! porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo. Ahora te digo yo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo.»

 

La roca y fuego

 

Tal vez todos nos hemos hecho alguna vez la pregunta de por qué la Iglesia une en una misma fiesta a Pedro y a Pablo, los dos grandes apóstoles y columnas de la Iglesia. ¿Es qué no merecen cada uno por separado una conmemoración propia? ¿No resulta que al celebrar sus figuras el mismo día vienen como a hacerse sombra el uno al otro? De hecho, la Iglesia remedia en cierto modo esta situación dedicándoles a cada uno por separado otras dos fiestas: la conversión de san Pablo (el 25 de enero) y la de la Cátedra de San Pedro (el 22 de febrero). Pero la celebración principal, con el rango de solemnidad, es este 29 de junio, en que los recordamos juntos.

Este hecho, que puede parecernos extraño, responde a una antigua tradición romana, relacionada con el traslado de los restos de Pedro y Pablo en el año 258 a una cripta en la vía Apia (donde se erigió una basílica a los dos apóstoles, en el lugar en que hoy se levanta una iglesia a san Sebastián) para preservarlos durante la persecución de Valeriano. Los testimonios sobre los lugares en que reposaban originariamente los restos de los dos Apóstoles datan de tiempos anteriores. Sólo al llegar la paz de Constantino esos restos fueron llevados a sus emplazamientos iniciales, donde el mismo Constantino levantó dos templos en sus actuales emplazamientos de la colina Vaticana (Basílica de san Pedro) y de la vía Ostiense (Basílica de San Pablo extramuros).

Pero aquí, como tantas veces, la anécdota se eleva a categoría, y lo que puede parecer una mera coincidencia histórica revela un significado profundo, incluso providencial. Porque Pedro y Pablo, además de ser dos personalidades formidables y fundamentales en la historia de la primera Iglesia, representan dos principios esenciales e inseparables de la Iglesia universal, de la misma fe que Cristo encargó preservar y difundir a los apóstoles y, con ellos, a toda la Iglesia. El aparente antagonismo entre ellos que cree descubrir una mirada superficial esconde una profunda unidad y complementariedad.

Pedro representa la confesión firme, la roca de la fe, la seguridad en su contenido. La fe es un acto personal de adhesión; pero no es un acto meramente subjetivo, en el que poco importa lo que se crea, con tal de que se crea firmemente. Hoy somos especialmente proclives a esa forma de subjetivismo. Pero, como vemos en el evangelio de hoy, Jesús, al preguntar a los apóstoles sobre lo que las gentes piensan de Él, y sobre lo que piensan ellos mismos, está dando a entender que no cualquier opinión tiene el mismo valor, incluso si esas opiniones son favorables y positivas. En su tiempo se le tenía por profeta, por uno de los grandes profetas antiguos (como Elías) o recientes (como Juan el Bautista). Después se le ha visto, casi siempre de manera positiva, como un maestro de moral, un renovador o un revolucionario social, un adalid de la fraternidad universal, y así un largo etcétera. Pero ninguna de esas opiniones es suficiente. Pedro no emite una opinión, sino que realiza una verdadera confesión de fe, fruto de una experiencia personal que es, además, una revelación de lo alto: Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios vivo. Y justo porque confiesa la verdadera identidad de Jesús recibe una bendición, una nueva identidad y una misión: ser piedra y fundamento, garante de la fe.

Pablo representa el viento, el riesgo y el arrojo de la evangelización: el anuncio abierto universalmente de aquella fe confesada. Porque la fe en Cristo tiene que ser primero confesada, esto es, aceptada y asimilada hasta conformar de un modo nuevo la propia identidad. Pero no es posible quedarse ahí: como no puede esconderse la luz (cf. Mt 5, 14), la fe no puede no ser proclamada, anunciada y comunicada. Pues creer que Cristo es el Hijo de Dios y el salvador del mundo, muerto y resucitado para reunir a todos los seres humanos en la única familia de los hijos de Dios, significa que el creyente no puede guardarse esa fe para sí solo, sino que tiene que darla a conocer a todos, pues todos son llamados a ingresar en esa familia, a gozar de la misma bendición. Y Pablo, que no había conocido al Jesús histórico, pero conoció tan bien al Cristo al que había perseguido, reclama con fuerza el título de verdadero apóstol, apóstol de los gentiles, porque sabe que la fe en Cristo atraviesa épocas y también traspasa fronteras. Pablo comprendió como nadie la universalidad del Evangelio, que debe abrirse sin condiciones, ni culturales, ni raciales, ni religiosas.

De hecho, que el principio petrino (el cimiento firme y seguro) y el paulino (la evangelización abierta y sin límites) no están reñidos se echa de ver con claridad si consideramos que Pedro ya dio el primer paso hacia la apertura a los gentiles (cf. Hch 10), y que toda la actividad evangelizadora de Pablo no tiene otro centro que la confesión apasionada del Señor Jesucristo (cf., por ejemplo Flp 3, 8; 1 Cor 2, 2). Y aunque en alguna ocasión pudieran discutir o tener un enfrentamiento (cf. Gal 2, 14), esto no elimina en modo alguno la profunda amistad de los principios que representan, que, separados el uno del otro, se debilitan y mueren. Si nos quedamos sólo con la roca, resulta una identidad cerrada sobre sí misma y estéril. Pero si afirmamos sólo una apertura universal sin contenidos concretos, nos disipamos en una formalidad vacía que nada ofrece en concreto, que se disuelve en meras poses de aceptación de todo, hasta comulgar con ruedas de molino.

Encontramos, pues, en esta celebración conjunta de Pedro y Pablo, una sabia pedagogía divina, que la Iglesia ya en sus primeros siglos comprendió con clarividencia, vinculando para siempre a estos dos grandes apóstoles, a los dos principios que representan al servicio de la única fe en Jesucristo. Y la prueba principal de la unión indisoluble y necesaria de estas dos columnas de la fe se encuentra en el testimonio martirial que los hermana. Los dos por igual, en la misma persecución y en la misma ciudad, aunque de modos distintos, entregaron su vida por la fe que confesaron y difundieron, culminando de esta manera una vida de entrega sufrida y total al único Señor y Salvador. Las dos primeras lecturas dan fe de esa entrega. En la primera lectura, tras el martirio de Santiago, Pedro se encuentra también en situación de extremo peligro. La orden que recibe del ángel: “levántate, ponte el cinturón, sígueme” nos recuerda esas otras palabras que le dirige Jesús en el evangelio de Juan: “Cuando seas viejo otro te ceñirá y te llevará a dónde no quieres. Tú sígueme” (Jn 21, 18. 19). Se ve que Pedro ha alcanzado ya la madurez del discípulo dispuesto a seguir al Maestro a donde quiera que vaya. De modo similar, el texto de la carta a Timoteo ofrece una especie de balance final de la vida de Pablo, en el que expresa una confianza total en Aquel por el que ha combatido su combate y ha corrido hasta la meta, sabiendo que, tras librarle de toda clase de peligros, le liberará del mal radical, como rezamos en el Padre nuestro, una liberación que atraviesa también el muro de la muerte, destruido por Cristo en el altar de la Cruz.

Para nosotros hoy, como para los cristianos de todos los tiempos, conmemorar juntos a Pedro y a Pablo tiene especial significación. Mirándolos a los dos podemos vencer la tentación (digámoslo así, cediendo a los clichés en circulación) “conservadora” de una fe numantina, a la defensiva, encerrada sobre sí misma que mira al mundo sólo con temor y desconfianza; y también la otra tentación “progresista” de un aperturismo sin criterio, que acepta todo lo que va apareciendo como nuevo, sin pasarlo por el crisol de la fe confesada y personalizada. Es necesario unir en la vivencia de nuestra fe los dos principios, la inspiración de los dos Apóstoles, apoyándonos por igual en las dos columnas: confesar a Cristo sin fisuras, y, desde esa fe, abrirnos a todos sin temor: capaces de acoger con amor a todos, pero también de anunciar con convicción y sin complejos que “no existe bajo el cielo otro Nombre dado a los hombres, por el cual podamos alcanzar la salvación” (Hch 4, 12), que sólo Jesús es “el Mesías, el Hijo de Dios vivo”, que “Dios salva al hombre no por cumplir la ley sino por la fe en Jesucristo” (Gal 2, 15). Confesión y apertura, la roca y el fuego, que se ponen a prueba y se autentifican, como en Pedro y en Pablo, en la disposición a dar la vida por Aquel en el que hemos creído y del que nos hemos fiado (cf. 2 Tim 1, 12).

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Domingo 12 del Tiempo ordinario (A)

junio 23, 2017

Lectura del libro del profeta Jeremías 20, 10-13 Libró la vida del pobre de manos de los impíos

Dijo Jeremías: –Oía el cuchicheo de la gente: “Pavor en torno; delatadlo, vamos a delatarlo.” Mis amigos acechaban mi traspié: “A ver si se deja seducir y lo violaremos, lo cogeremos y nos vengaremos de él.” Pero el Señor está conmigo como fuerte soldado; mis enemigos tropezarán y no podrán conmigo. Se avergonzarán de su fracaso con sonrojo eterno que no se olvidará. Señor de los ejércitos, que examinas al justo y sondeas lo íntimo del corazón, que yo vea la venganza que tomas de ellos, porque a ti encomendé mi causa. Cantad al Señor, alabad al Señor, que libró la vida del pobre de manos de los impíos.

Salmo responsorial 68, 8-10. 14 y 17. 33-35 R/. Que me escuche tu gran bondad, Señor.

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Romanos 5, 12-15 No hay proporción entre la culpa y el don: el don no se puede comparar con la caída

Hermanos: Lo mismo que por un solo hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y la muerte se propagó a todos los hombres, porque todos pecaron… Pero aunque antes de la ley había pecado en el mundo, el pecado no se imputaba porque no había ley. Pues a pesar de eso, la muerte reinó desde Adán hasta Moisés, incluso sobre los que no habían pecado con un delito como el de Adán, que era figura del que había de venir. Sin embargo, no hay proporción entre la culpa y el don: si por la culpa de uno murieron todos, mucho más, gracias a un solo hombre, Jesucristo, la benevolencia y el don de Dios desbordaron sobre todos.

Lectura del santo evangelio según san Mateo 10, 26-33 No tengáis miedo a los que matan el cuerpo 

En aquel tiempo dijo Jesús a sus apóstoles: –No tengáis miedo a los hombres porque nada hay cubierto que no llegue a descubrirse; nada hay escondido que no llegue a saberse. Lo que os digo de noche decidlo en pleno día, y lo que os digo al oído pregonadlo desde la azotea. No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. No; temed al que puede destruir con el fuego alma y cuerpo. ¿No se venden un par de gorriones por unos cuartos? Y, sin embargo, ni uno solo cae al suelo sin que lo disponga vuestro Padre. Pues vosotros hasta los cabellos de la cabeza tenéis contados. Por eso, no tengáis miedo, no hay comparación entre vosotros y los gorriones.

 

No tengáis miedo

 

El miedo es una de las sombras que se alzan continuamente sobre la vida del hombre: efectivamente, una vida dominada por el temor es una vida sombría, bajo amenaza, encogida e impedida de desplegarse en plenitud. Aunque el temor juega un papel positivo, en cuanto advertencia de un peligro real, que nos invita a reaccionar ante él y esquivarlo o superarlo, si ese peligro permanece escondido o se revela como insuperable, quedamos dominados por el temor, y eso es lo que ensombrece y limita nuestra vida. Es claro que los objetos del temor pueden ser muy variados: tememos la enfermedad y el dolor, la pobreza, el fracaso en nuestros proyectos, la inseguridad; nos inspiran también temor otros seres humanos que pueden ser la causa de todos esas desgracias. Pero si hay un temor fundamental en nuestra vida es, precisamente, el temor a su acabamiento, el temor a la muerte, que se nos antoja como la destrucción total de nuestro ser, que es la base de todos los otros bienes y males.

Es sabido que diversas teorías filosóficas, antiguas y modernas, consideran que es precisamente el temor a la muerte el origen de la religión: el deseo de vivir siempre y en plenitud habría producido (por medio del sentimiento, la imaginación o la razón, por un mecanismo psicológico inconsciente, o por voluntad de engaño de algunos) la idea de una vida más allá de la muerte. La pregunta, claro, es de dónde ha surgido en el ser humano ese extraño deseo que trasciende los límites de su existencia temporal, si es que, como sostienen estos críticos de la religión, no hay en él nada que vaya más allá de la pura existencia natural. Pero dejada a un lado esta cuestión teórica, lo cierto es que esa teoría no se aplica en ningún caso, al menos, a la religión cristiana y, por extensión, a la judía. Si el miedo a la muerte fuera el origen de la religión, ésta debería esforzarse en fomentar el sentimiento de temor lo más posible. Sin embargo, la frase que más veces se repite en la Biblia es “no temáis”, que aparece 365 veces, una por cada día del año. Si alguien pretende (o ha pretendido) fundar la fe cristiana sobre la base del temor, que sepa que está pervirtiendo su verdadero sentido.

Jesús nos exhorta hoy a no temer a los hombres, a esos hombres que se creen poderosos porque pueden matar el cuerpo, pero nada más. Este es el signo distintivo del poder humano: aunque, a fuer de ser justos, hemos de reconocer que el poder se puede usar para el bien, es verdad que lo que hace poderoso a un hombre (o grupo humano, o país, etc.) es su capacidad destructiva, con la que puede amenazar, amedrentar y someter a los demás. Cuando Jesús nos invita a ser valientes y a no temer a la muerte, está reconociendo, en primer lugar, su carácter natural. Incluso en un mundo sin pecado la muerte biológica seguiría existiendo, pero sin ese carácter trágico y temible que tiene ahora, pues sería simplemente el tránsito natural de la vida terrena a una forma de vida superior, en perfecta comunión con Dios. A esa muerte natural no tenemos que tenerle miedo.

Pero es verdad que existe otra muerte (implicada en la misma muerte biológica), que es de la que hoy nos habla Pablo: es la muerte fruto del pecado. Es la muerte radical, antinatural, no porque sea un castigo enviado por Dios, sino porque es la consecuencia del apartamiento voluntario de Dios, fuente de la vida. A esa muerte sí que tenemos que tenerle miedo, pues pervierte radicalmente el sentido de nuestra existencia (nuestra alma). Este es, creo, el significado de las palabras de Jesús, sobre temer al que puede destruir con el fuego cuerpo y alma. Es verdad que sólo el Dios que nos ha creado y nos ha dotado de un espíritu inmortal, puede destruirlo. Pero Dios, que es “creador” y no “destructor”, no destruye nada. Somos nosotros los que, cuando nos apartamos voluntariamente de Él por nuestros pecados, nos estamos alejando de la fuente de la vida, entrando en un proceso de autodestrucción, de muerte del alma, incluso aunque sigamos existiendo de un modo u otro.

El Dios que se ocupa de los pajarillos, y con mucho mayor motivo se preocupa por nosotros, nos ama con amor de madre (contar los pelos de la cabeza es una imagen de la madre que despioja a sus hijos), y no nos ha abandonado al dominio del pecado, dejándonos tirados en nuestro extravío. Dios se dirige a nosotros, sale a buscarnos, nos avisa, nos llama para que volvamos a Él. Ya la ley del Antiguo Testamento nos habla de ello: es como un faro orientador, una luz roja de aquellas actitudes y comportamientos que nos apartan de Dios y nos encaminan a la muerte. Pero el paso definitivo lo ha dado en Jesucristo, en el que nos ha encontrado, y en el que nos ha concedido gratuitamente el don de la vida, de una vida plena, que empieza ya en este mundo: podemos vivir la vida de Dios, que nos ha traído Jesucristo, y que consiste en el amor. Realmente no hay proporción entre la culpa y el don: a nuestro extravío ha respondido con la sobreabundancia de gracia, al pecado de Adán con la entrega total de Cristo. De este modo, Jesús ha destruido las causas del temor a la muerte: sabemos que en ella nos encontramos con Él; y, por tanto, no debemos temerla ni como acabamiento biológico, porque Cristo ha resucitado, ni como consecuencia del pecado, porque con su muerte y resurrección nos ha dado el perdón y ha destruido el poder del pecado sobre nosotros. Nada tienen que temer los que viven en Cristo Jesús.

La exhortación de Jesús a no temer a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma, es además una invitación a no ceder ante los chantajes que por medio de amenazas, incluso mortales, pretenden hacernos renunciar a la verdad, la justicia, la fe, pretenden, en una palabra, que vendamos nuestra alma por cualesquiera bienes efímeros. Jesús nos exhorta a una vida íntegra, auténtica, plena, aunque el precio sea renunciar a parte del tiempo que, según parece, teníamos asignado. El que la exhortación se abra con las palabras sobre lo cubierto que llega a descubrirse y sobre lo escondido que se acabará sabiendo, es una proclamación de que la verdad (esa verdad viva, que incluye a la justicia y la fe) acaba triunfando, y que no debemos, por tanto, hacer componendas con lo que realmente vale por salvar la piel. Es una llamada a un testimonio que debe incluir la disposición al martirio.

El cristiano, afincado vitalmente en Cristo, liberado del temor a la muerte, está llamado a vivir con valor, con entereza, sin dejarse amedrentar por las presiones y las amenazas que el entorno social puede ejercer para oponerse al anuncio del Evangelio en su integridad. Si el poder humano, hemos dicho, se distingue por su capacidad de quitar la vida, el poder de Dios se manifiesta en nosotros en la disposición a dar la vida como testimonio de la verdad, de esa verdad que salva, que consiste en el amor y que, oculta durante siglos, se ha manifestado definitivamente en Cristo Jesús, en el que la benevolencia y el don de Dios se han desbordado sobre todos.

Natividad de San Juan Bautista

junio 23, 2017

Lectura del libro de Isaías 49, 1-6 Te hago luz de las naciones

Escuchadme, islas; atended, pueblos lejanos: Estaba yo en el vientre, y el Señor me llamó; en las entrañas maternas, y pronunció mi nombre. Hizo de mi boca una espada afilada, me escondió en la sombra de su mano; me hizo flecha bruñida, me guardó en su aljaba y me dijo: «Tú eres mi siervo, de quien estoy orgulloso.» Mientras yo pensaba: «En vano me he cansado, en viento y en nada he gastado mis fuerzas», en realidad mi derecho lo llevaba el Señor, mi salario lo tenla mi Dios. Y ahora habla el Señor, que desde el vientre me formó siervo suyo, para que le trajese a Jacob, para que le reuniese a Israel -tanto me honró el Señor, y mi Dios fue mi fuerza-: «Es poco que seas mi siervo y restablezcas las tribus de Jacob y conviertas a los supervivientes de Israel; te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra.»

Sal 138, 1-3. 13-14. 15 R. Te doy gracias, porque me has escogido portentosamente.

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 13, 22-26 Antes de que llegara Cristo, Juan predicó.

En aquellos días, dijo Pablo: -«Dios nombró rey a David, de quien hizo esta alabanza: “Encontré a David, hijo de Jesé, hombre conforme a mi corazón, que cumplirá todos mis preceptos.” Según lo prometido, Dios sacó de su descendencia un salvador para Israel: Jesús. Antes de que llegara, Juan predicó a todo Israel un bautismo de conversión; y, cuando estaba para acabar su vida, decía: “Yo no soy quien pensáis; viene uno detrás de mí a quien no merezco desatarle las sandalias.” Hermanos, descendientes de Abrahán y todos los que teméis a Dios: A vosotros se os ha enviado este mensaje de salvación.»

Lectura del santo evangelio según san Lucas 1, 57-66. 80 El nacimiento de Juan Bautista. Juan es su nombre.

A Isabel se le cumplió el tiempo del parto y dio a luz un hijo. Se enteraron sus vecinos y parientes de que el Señor le había hecho una gran misericordia, y la felicitaban. A los ocho días fueron a circuncidar al niño, y lo llamaban Zacarías, como a su padre. La madre intervino diciendo: -«¡No! Se va a llamar Juan. » Le replicaron: -«Ninguno de tus parientes se llama así.» Entonces preguntaban por señas al padre cómo quería que se llamase. Él pidió una tablilla y escribió: «Juan es su nombre.» Todos se quedaron extrañados. Inmediatamente se le soltó la boca y la lengua, y empezó a hablar bendiciendo a Dios. Los vecinos quedaron sobrecogidos, y corrió la noticia por toda la montaña de Judea. Y todos los que lo oían reflexionaban diciendo: -«¿Qué va a ser este niño?» Porque la mano del Señor estaba con él. El niño iba creciendo, y su carácter se afianzaba; vivió en el desierto hasta que se presentó a Israel.

 

La importancia de llamarse Juan

 

La tendencia de hacer de los hijos “clones” de sus padres, llamándoles con el mismo nombre, se ve que es cosa que viene de lejos. También en el Israel de los tiempos de Jesús existía esta costumbre. Sin embargo, no hay semejanzas ni parentescos que puedan anular o disminuir la irrepetible originalidad de cada uno. Lo recordaba con su peculiar fuerza expresiva Khalil Gibram, cuando, en “El Profeta”, a la petición “háblanos de los niños” comienza respondiendo “vuestros hijos no son hijos vuestros. Vienen a través vuestro, pero no vienen de vosotros. Y, aunque están con vosotros, no os pertenecen”. De ahí la importancia del gesto de Zacarías, secundando a su mujer Isabel, de darle a su hijo el hombre de Juan. Zacarías significa “El Señor se acuerda”; y, aunque ese nombre tiene sentido en la situación de un hijo inesperado en la vejez, le cuadra mejor a sus padres, pues tiene una inevitable referencia al pasado. El nombre de Juan, “Dios es propicio” (o misericordioso), y también “Don de Dios”, habla de la inminencia de la novedad que Juan habrá de preparar. Zacarías, viejo y mudo, es una buena imagen del Antiguo Testamento, que apenas tiene ya nada que decir, pero que recibe todavía fuerzas para dar un último fruto que pondrá punto final a esa larga historia del Dios de las promesas, depositadas en Israel, pero efectivas para todo el mundo, y dará el testigo a una época nueva, la del cumplimiento. Al darle el nombre de Juan, Zacarías intuye una novedad que el Bautista no inaugura, pero a la que abre el camino ante la inminencia de su venida.

En el nombre va implícita la misión que el hombre tiene que desempeñar en la vida, es decir su vocación. A veces, ante una conversión radical, se exige un cambio de nombre, que significa un cambio de vida. Es el caso del nombre nuevo, Pedro, que Jesús le da a Simón, el hijo de Juan. También es frecuente que los adultos que acceden al bautismo elijan un nombre nuevo; o los que se consagran a Dios al hacer su profesión religiosa. En un contexto de vida cristiana ha sido tradición dar nombres de santos, que son modelos de auténtica vida cristiana.

En Juan, cuya cercanía con Jesús la expresa la liturgia en el hecho de que reserva el término “natividad” sólo para el nacimiento de Jesús, de María y del mismo Juan, descubrimos algunos rasgos esenciales de la vocación humana y cristiana. En primer lugar, la llamada: desde el seno materno el hombre está llamado a cumplir una misión en la vida. Es importante entender que no se trata de un destino ineludible que esté escrito de antemano; este carácter abierto de la llamada se expresa muy bien en la pregunta que “todo se hacían”: “¿qué va a ser de este niño?” Se trata, pues, de una llamada dirigida a la propia libertad y que el ser humano debe realizar tomando decisiones propias para responder a ella.

En segundo lugar, esta llamada que debe ser libremente respondida nos dice ya que la vida tiene sentido y que ese sentido comparece desde el mismo momento de su concepción. Por tanto, somos responsables no sólo de nuestra propia vida, sino también de la vida de los demás, que nos es confiada cuando ésta no puede todavía valerse por sí misma. Ahora bien, esta proclamación de sentido puede ser impugnada y lo es con mucha frecuencia. Tenemos permanentemente la tentación de reducir nuestra vida a un cúmulo de casualidades, que vacían de sentido nuestra existencia: “En vano me he cansado, en viento y en nada he gastado mis fuerzas”. Existen ciertamente experiencias vitales de decepción y frustración que pueden inclinarnos a pensar así. Pero si se considera atentamente, caemos en la cuenta de que la misma decepción y frustración hablan de sentido, de expectativas que, por algún motivo, no han podido realizarse. Cuando alguien proclama que la vida carece de sentido lo hace siempre con un deje de protesta que reconoce implícitamente el sentido que niega. Si la vida careciera de todo sentido, ni siquiera nos daríamos cuenta de ello y no haría falta proclamarlo.

Así pues, Juan, desde el seno materno nos habla de un sentido que es vocación (llamada) y misión, y que es, además, servicio. Este es el tercer rasgo esencial que debemos señalar en la vocación humana y que en Juan es especialmente visible. La misión de Juan es la de abrir camino y luego hacerse a un lado, disminuir él, para que crezca Jesús. Realmente, para poder realizar la propia misión en la vida hay que saber que estamos al servicio de algo que es más grande que nosotros y que, por tanto, no es demasiado importante figurar y estar en el centro. Los grandes acontecimientos, igual que los grandes personajes no serían nada si no fuera por una multitud de personas que, sin figurar especialmente, han vivido con fidelidad su propia vocación y han allanado el camino de eso y esos que son más grandes que ellos, pero que sin ellos no serían nada. El mismo Jesús se ha sometido a esta misma ley de la encarnación, de modo que para poder realizar su misión salvadora ha necesitado del cumplimiento fiel de su misión de otras personas que como Juan de modo muy especial le han preparado el camino.

El filósofo cristiano Emmanuel Mounier expresó esta verdad de manera muy precisa cuando afirmó que “una persona sólo alcanza su plena madurez en el momento en que ha elegido fidelidades que valen más que la vida”. Y es que el hombre no crece ni madura cuando se afirma como centro del mundo y proclama una independencia tan absoluta como imposible, sino cuando, tomando las riendas de su propia vida, se consagra (se somete libremente y no de manera servil) a algo que descubre como más grande que él, pero que lo libera y engrandece. Esta verdad, que vemos tan patente en Juan el Bautista, es igualmente evidente en Jesús, que no vive para sí, sino sometido a la voluntad de su Padre, al servicio del Reino de Dios y al servicio de sus hermanos (cf. Lc 22, 27. 42).

Al contemplar la figura de Juan el Bautista y meditar con él sobre nuestra vocación y el sentido de nuestra vida, podemos comprender que en toda vocación cristiana hay un componente que nos asemeja al Precursor. Jesús sigue viniendo al mundo, acercándose a los hombres, muchos de los cuales no lo conocen, no saben de él. Para que Jesús pueda llegar hasta ellos, siguiendo las leyes de la encarnación, necesita de precursores y mediadores que allanen el camino y preparen su venida. Todo cristiano está llamado a realizar esta misión, cuando, por medio del testimonio de sus palabras y obras, está señalando al “Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Jn 1, 29, 36).

Inmaculado Corazón de María

junio 23, 2017

Lectura del profeta Isaías 61, 9-11 Me ha vestido con un traje de gala y me ha envuelto en un manto de triunfo
Salmo 1Sam 2,1-8 R/. Mi corazón se regocija por el Señor, mi salvador
Lectura del santo evangelio según san Lucas 2, 41-51 Conservaba todo esto en su corazón. 

La carne se hizo Verbo

 

Como a la sombra de la solemnidad del Corazón de Jesús, la Iglesia coloca el recuerdo (la memoria obligatoria) del Corazón inmaculado de María. Sí, realmente, es obligado recordar y contemplar el Corazón de María tras haber considerado el significado del Corazón de Jesús. Porque, si el Verbo se hizo carne, y recibió así un corazón de carne, María es la carne del Verbo, aquella de la que el Verbo del Eterno Padre tomó su carne mortal. Dice el Evangelio de Juan, y lo repetimos al rezar el Ángelus, “el Verbo se hizo carne”. Pero es que esa carne humana y mortal en la que se encarnó el Verbo eterno de Dios es una carne concreta, personal, con rostro y con nombre: la carne de María. Por eso, en ella, podemos también decir que la carne se hizo Verbo.

Por eso, también del Corazón de María tenemos los cristianos mucho que aprender. Del Corazón manso y humilde de Jesús recibimos la revelación de la sabiduría del amor. Del Corazón de María aprendemos a aceptar y asimilar esa sabiduría. Porque ese aprendizaje no es cosa fácil. No todo está claro desde el principio. No nos creamos tan listos: no todo lo entendemos de una vez y a la primera. La sabiduría del amor va al centro de nuestro ser, a sus estratos más profundos, y esto exige un proceso que no está exento de dificultades, de incertezas y de angustias. En nuestro caso, porque, además, existen determinadas resistencias y cerrazones. Somos con frecuencia como el hijo aquél que decía “Sí, voy”, pero después no iba (cf. Mt 21, 2-32): profesamos la fe con ortodoxia, pero no siempre nos lo creemos del todo, y, desde luego, muchas veces no actuamos en consecuencia. Para llegar a entender de verdad, de corazón y no sólo teóricamente, se requiere paciencia y perseverancia. Y en esto María es para nosotros maestra de vida cristiana. En ella no había resistencia alguna, su “fiat” es completo e incondicional. Pero también ella tiene que hacer ese proceso de fe en el que no todo está claro de entrada. También ella pierde de vista a Jesús, siente la angustia de una búsqueda que no da fruto inmediato (los tres días de búsqueda nos hablan, de hecho, de los tres días que van de la muerte a la resurrección), también ella escucha de Jesús cosas que no le resultan claras… Pero, en vez de hacer lo que solemos hacer nosotros, “interpretar” según nuestro leal saber y entender, tratando de domar la Palabra, María “conservaba todo en su corazón”, dejando con paciencia y confianza, con fe verdadera, que la Palabra madurara, que penetrara hasta esas profundidades del alma en las que sólo es posible una comprensión a su tiempo y completa. Así es el corazón humilde, el corazón abierto, el corazón que ama, el corazón de madre, el Corazón Inmaculado de María. Si hemos de imitar a Jesús, el manso y humilde de corazón, ¿no habremos de imitar también a aquella de la que ese corazón tomó su carne?

 

Sagrado Corazón de Jesús

junio 23, 2017

Lectura del libro del Deuteronomio 7, 6-11 El Señor se enamoró de vosotros y os eligió
Salmo 102,1-2.3-4.6-7.8.10 R/. La misericordia del Señor dura siempre, para los que cumplen sus mandatos
Lectura de la primera carta del apóstol san Juan 4, 7-16 En esto consiste el amor: en que él nos amó y nos envió a su Hijo.
Lectura del santo evangelio según san Mateo 11, 25-30 Soy manso y humilde de corazón

 

El corazón de Dios

 

Para los espíritus críticos el Dios que se revela en el Antiguo testamento resulta excesivamente pasional, con explosiones de ira y, por el otro lado, una increíble capacidad para la ternura. Se trataría, en todo caso, de antropomorfismos, meras metáforas que no se podrían atribuir, así, sin más, al verdadero Dios, transcendente e inmutable. Ese Dios lejano, podrá ser con nosotros, tal vez, benévolo, con un deje de condescendencia, pero sin verdaderas entrañas. Ahora bien, los cristianos no creemos simplemente en Dios (lo que, en los tiempos que corren, no es poco), sino en un Dios encarnado, que ha asumido plenamente y con todas sus consecuencias nuestra condición humana. De modo que, precisamente en Cristo, se hacen realidad humana esas presuntas metáforas. Así, la profecía de Ezequiel (36,26) que promete arrancar del pecho el corazón de piedra y dar un corazón de carne, se cumple en Jesús, el hombre verdadero dotado de un corazón, no angélico, sino de carne, un corazón capaz de compadecer. Sólo así, amándonos con un corazón de carne, puede Jesús sanar el amor humano, herido por el pecado, por el egoísmo, la envidia, la codicia, la rivalidad y el odio; y esto no sólo en las relaciones humanas más impersonales (como las sociales o las económicas), sino también en las más cercanas y entrañables (como las familiares), que son con frecuencia fuente de conflictos y sufrimientos que nos hieren en lo profundo.

Jesús ha acercado el amor incondicional de Dios, y nos ha hecho accesible, por medio de su corazón de carne, el corazón de Dios. No es un Dios lejano y terrible, ante el que debamos sentirnos temerosos e indignos, sino un Dios Padre que se preocupa por nosotros, y que suscita en nosotros confianza y amor. Esto es lo que podemos experimentar al acercarnos a Jesús con un espíritu sencillo: la revelación de una sabiduría que no es cuestión de erudición, sino la sabiduría del amor. El amor, es verdad, es exigente y a veces nos pesa: “amor meus pondus meum” (mi amor es mi peso), decía San Agustín. Pero es, también, lo que da sentido y orientación a nuestra vida. Por eso añadía: “eo feror, quocumque feror” (por él soy llevado adondequiera que me lleven), porque el ser humano tiende al objeto de su amor, por más que esfuerzos que le exija. Por eso dice Jesús que su yugo es llevadero y su carga es ligera. Y tanto más si consideramos que el peso del amor verdadero lo ha tomado Jesús sobre sí mismo al dar su vida por nosotros.

La sabiduría del amor que Jesús ha revelado es exigente, cierto, pero sobre todo nos da confianza, nos relaja, nos da alivio y respiro. En Cristo, en su corazón manso y humilde, encontramos el perfecto equilibrio entre la autoestima y la humildad: autoestima, porque somos amados sin condiciones, lo que significa que, en el fondo de nuestro ser, somos buenos y valiosos; pero también humildad, porque sabemos que no somos perfectos, que tenemos que reconocer con humildad nuestros límites, nuestros pecados. Pero esto último no es una humillación que nos destruye, sino la certeza de que podemos mejorar, de que hay en nosotros posibilidades no exploradas. Y nuestra gran posibilidad, si aprendemos de Jesús, es el amor: saber que cuando tratamos de amar, Dios mismo está obrando en nosotros y que Él permanece con nosotros.

Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo (A)

junio 17, 2017

Lectura del libro del Deuteronomio 8,2-3.14b-16a Te alimentó con el maná, que tú no conocías ni conocieron tus padres

Moisés habló al pueblo, diciendo: «Recuerda el camino que el Señor, tu Dios, te ha hecho recorrer estos cuarenta años por el desierto; para afligirte, para ponerte a prueba y conocer tus intenciones: si guardas sus preceptos o no. Él te afligió, haciéndote pasar hambre, y después te alimentó con el maná, que tú no conocías ni conocieron tus padres, para enseñarte que no sólo vive el hombre de pan sino de todo cuanto sale de la boca de Dios. No te olvides del Señor, tu Dios, que te sacó de Egipto, de la esclavitud, que te hizo recorrer aquel desierto inmenso y terrible, con dragones y alacranes, un sequedal sin una gota de agua, que sacó agua para ti de una roca de pedernal; que te alimentó en el desierto con un maná que no conocían tus padres.»

Salmo 147,12-13.14-15.19-20 R/. Glorifica al Señor, Jerusalén 

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 10,16-17 El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo

El cáliz de la bendición que bendecimos, ¿no es comunión con la sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo? El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque comemos todos del mismo pan.

Lectura del santo evangelio según san Juan 6, 51-58  Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida

En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos: «Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.» Disputaban los judíos entre sí: «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?» Entonces Jesús les dijo: «Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. El Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí. Éste es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre.»

 

Pan para el camino de la vida, pan de vida eterna

El fin de la Pascua significó litúrgicamente el retorno a la vida cotidiana. Abandonamos el oasis de luz y nos enfrentamos con las preocupaciones y las ocupaciones de todos los días. La vida cotidiana es con frecuencia algo gris y puede convertirse con facilidad en la tumba de los grandes ideales. Así también en la vida cristiana: la luz de la pascua se apaga ante la presión de la realidad chata y estrecha. Pero el retorno litúrgico a la vida cotidiana (a Galilea) nos quiere decir que esto no tiene por qué ser así. De hecho, el paso a la cotidianidad lo marca Pentecostés, la fiesta del Espíritu Santo, que se considera la tercera Pascua cristiana. Pascua significa “paso”: pasamos a la vida cotidiana “iluminados” por el Espíritu Santo, el Espíritu del Amor, el Espíritu de Jesús, que está con nosotros todos los días hasta el fin del mundo.

De este modo, la liturgia nos dice que la vida cotidiana no es el lugar que entierra nuestros ideales, sino el campo en el que se han de realizar. Los ideales no pueden ser sólo hermosas ideas con las que nos evadimos de la realidad, sino que son “sentidos”, universos de valor que deben adquirir carne en los acontecimientos que componen nuestra vida. La encarnación, como toda realización, supone un cierto empequeñecimiento (una “kénosis”), pero es también una concreción, que da densidad real a los puros ideales.

En nuestro caso, la encarnación del ideal cristiano, de todo el mensaje de la Pascua, es sencillamente el amor, realizado en las pequeñas cosas de la vida cotidiana. Vivir con sentido, ser conscientes, infundir valor a lo que hacemos, ser capaces de renunciar a ciertos caprichos dictados por nuestro egoísmo, estar por encima de nuestros humores y estados de ánimo para prestar atención a lo que realmente vale la pena y a los que realmente queremos…, todo eso realiza, aunque sea imperfectamente, el ideal del amor cristiano. Todo eso es posible, y todo eso es fruto del Espíritu.

La Pascua ha terminado. Hemos regresado a la cotidianidad de nuestra vida, a Galilea. Pero la liturgia no parece querer despedirse tan deprisa de ese tiempo luminoso. Van apareciendo los destellos de la luz Pascual. El primero, el domingo posterior a Pentecostés, fue la fiesta de la Santísima Trinidad. El segundo gran destello de la Pascua es la solemnidad que tradicionalmente se celebraba el jueves después del Domingo de la Trinidad, y que ahora se ha trasladado al domingo siguiente, el que hoy celebramos.

La fiesta del cuerpo y la sangre de Cristo y de su presencia real en la Eucaristía es la fiesta que nos habla de la presencia de lo extraordinario de Dios en lo ordinario, en la vida cotidiana. Todo el misterio de la encarnación, la vida, la pasión y muerte y la resurrección de Jesucristo se concentran en esas realidades tan cercanas y ordinarias, casi tan vulgares, como son el pan y el vino, símbolos de nuestra debilidad, que necesita ser remediada con el alimento cotidiano: el pan; y de nuestro deseo de plenitud, que a veces tratamos de anticipar en los momentos de fiesta: “el vino que alegra el corazón del hombre” (Sal 104, 15).

Jesús, que prolonga su presencia en la Iglesia y en el mundo de tantas maneras (en la comunidad de los creyentes, en su Palabra, en los pastores, en sus pequeños hermanos que sufren), ha querido estar entre nosotros no sólo en espíritu, sino con una forma de presencia especialísima y real, con su cuerpo y su sangre, en el sacramento del pan y el vino, en la Eucaristía, en la que, por cierto, todas las otras están implicadas de manera directa. Así nos dice que su cercanía no se limita a ciertos momentos extraordinarios, desgajados de nuestra vida diaria, sino que nos acompaña y alimenta en nuestro caminar. La Eucaristía es alimento para el camino de la vida.

El texto del Deuteronomio nos recuerda de qué camino se trata. No es un camino de rosas, sino, con frecuencia, un camino de aflicción, erizado de dificultades, peligros y carencias: un camino que nos pone a prueba. Pero es un camino en el que también podemos experimentar la providencia de Dios, los regalos que la vida nos hace, los bienes que nos dan fuerza y nos alimentan para seguir caminando. Ante las carencias y dificultades podemos tener la tentación (la tenemos con mucha frecuencia) de preocuparnos sólo por sobrevivir, de asegurarnos el maná material que nos garantiza no perecer, o no perecer enseguida: ir tirando mientras se pueda. Pero, si estamos en camino, tenemos que ser conscientes de que caminamos hacia alguna parte, de que el camino tiene una meta, un sentido. Por eso, debemos recibir con agradecimiento el maná que alimenta nuestro cuerpo (todos los bienes materiales), sin olvidar que “no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”. Porque no basta sobrevivir (mejor o peor, según la fortuna nos haya sido propicia o adversa), sino que hay que tratar de vivir bien, de alimentar nuestro espíritu con otro pan, de hacernos ricos de bienes superiores que también encontramos por el camino como regalos y como exigencias: la justicia, la generosidad desinteresada, la paz, la ayuda mutua, el perdón.

Jesús se presenta a sí mismo como el verdadero maná, como el pan vivo bajado del cielo: él es la Palabra que sale de la boca de Dios y que nos ayuda no sólo a sobrevivir mal que bien, sino a vivir de manera acorde con nuestra dignidad de imágenes de Dios e hijos suyos. No es que Jesús desprecie el maná material, el pan que alimenta nuestro cuerpo: no olvidemos que este discurso del pan de vida tiene lugar después de la multiplicación de los panes, con la que Jesús ha remediado el hambre física de sus discípulos. Pero nos recuerda que preocuparse sólo de esa supervivencia no es suficiente: por mucho que hayamos comido y bebido, por bien que nos haya ido en la vida, al final nos espera la muerte. Por eso es preciso esforzarse por el alimento que nos permite vencer a la muerte, alcanzar la vida plena, participar de la vida de Dios: habitar en Cristo, Palabra eterna del Padre, que él habite en nosotros, para, junto con él, vivir en el Padre.

Ahora bien, Jesús expresa todo esto de un modo que nos puede parecer excesivamente crudo: alimentar nuestro espíritu con el Pan que ha bajado del cielo implica comer su carne y beber su sangre. ¿Qué significa esto realmente? Ya los discípulos contemporáneos de Jesús (y los de la primera generación cristiana, y luego, de muchas formas, a lo largo de toda la historia) se preguntaban “¿cómo puede éste darnos a comer su carne?” ¿Implica esto alguna forma de canibalismo? Ante la repugnancia que suscita esta posibilidad, surge enseguida la tentación de una interpretación meramente simbólica. El pan y el vino no serían realmente el cuerpo y la sangre de Cristo, sino sólo “signos” que nos lo recuerdan. Pero toda la tradición de la Iglesia ha ido en sentido contrario, y ha afirmado la presencia real del cuerpo y la sangre en las especies del pan y el vino. Son muchos los textos bíblicos los que nos ayudan a entender este misterio, eso sí, con los ojos de la fe, como con tanta fuerza subraya Sto. Tomás de Aquino en su maravilloso himno eucarístico “Tantum ergo”: Et, si sensus déficit, ad firmandum cor sincerum sola fides súfficit / Præstet fides suppleméntum sénsuum deféctui (Aunque fallen los sentidos, solo la fe es suficiente para fortalecer el corazón en la verdad / Que la fe reemplace la incapacidad de los sentidos; o en traducción poética: “y aunque no entendemos baste fe si existe corazón sincero / dudan los sentidos y el entendimiento: que la fe lo supla con asentimiento”). Para esta comprensión nos fijamos en los textos que nos propone hoy la liturgia.

El discurso del pan de vida suple en el Evangelio de Juan al relato de la institución de la Eucaristía que encontramos en los Evangelios sinópticos (cf. Mt 26, 26-29; Mc 14, 22-25; Lc 22, 15-20) y en la primera carta a los Corintios (11, 23-25). Pero el contexto de este discurso es tan pascual como en los otros Evangelios. Jesús dice que su carne es el pan que yo os daré, en futuro. Es claro que no se trata de una invitación a la antropofagia, sino de comer un pan y de beber un vino que son un cuerpo entregado y una sangre derramada. Jesús habla, pues, de su muerte y de su resurrección. La carne que hemos de comer y la sangre que hemos de beber son los de su cuerpo glorificado en el misterio pascual. En este misterio pascual participamos realmente por medio de una comida. Así se hace presente en nuestra vida cotidiana lo extraordinario de Dios, la salvación y la vida plena que nos ha dado en Jesucristo, su Palabra encarnada, en su carne y sangre entregadas por nosotros.

El camino de nuestra vida puede ser arduo y difícil, pero en él recibimos cotidianamente el sustento que nos hace descubrir en la dificultad el rostro de Cristo sufriente, y nos ayuda a vislumbrar en esas mismas condiciones (alegres o tristes, luminosas u oscuras) la luz del triunfo de Cristo, el cuidado providente de Dios Padre. Y esto nos ayuda no sólo a sobrevivir, sino a vivir en una cierta plenitud, prenda de la plenitud futura: a vivir bien, a vivir en comunión con Cristo, y en comunión con los demás, convertidos en hermanos, pues, porque comemos todos del mismo pan, aunque somos muchos (distintos, a veces divergentes), formamos un solo cuerpo, el cuerpo de Cristo que es la Iglesia. Jesús nos invita a acercarnos a Él y participar gratuitamente de su banquete, comer el pan y el vino que ha bendecido para nosotros, y que son su cuerpo y sangre entregados y transfigurados. De esta manera participamos realmente de su vida y de su misión, no sólo alimentamos nuestro espíritu para poder caminar, sino que nos cristificamos, capaces de entregarnos, nos transfiguramos, nos convertimos en alimento que da fuerza para caminar a muchos otros.

¿Cómo no aceptar este don que Dios nos hace gratuitamente?