Archive for 27 julio 2017

Domingo 17 del tiempo ordinario (A)

julio 27, 2017

Pediste discernimiento

Lectura del primer libro de los Reyes 3, 5. 7-12

En aquellos días, el Señor se apareció en sueños a Salomón y le dijo: -«Pídeme lo que quieras.» Respondió Salomón: -«Señor, Dios mío, tú has hecho que tu siervo suceda a David, mi padre, en el trono, aunque yo soy un muchacho y no sé desenvolverme. Tu siervo se encuentra en medio de tu pueblo, un pueblo inmenso, incontable, innumerable. Da a tu siervo un corazón dócil para gobernar a tu pueblo, para discernir el mal del bien, pues, ¿quién sería capaz de gobernar a este pueblo tan numeroso?» Al Señor le agradó que Salomón hubiera pedido aquello, y Dios le dijo: -«Por haber pedido esto y no haber pedido para ti vida larga ni riquezas ni la vida de tus enemigos, sino que pediste discernimiento para escuchar y gobernar, te cumplo tu petición: te doy un corazón sabio e inteligente, como no lo ha habido antes ni lo habrá después de ti.»

Sal 118, 57 y 72. 76-77. 127-128. 129-130 R. ¡Cuánto amo tu voluntad, Señor!

Nos predestinó a ser imagen de su Hijo

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 8, 28-30

Hermanos: Sabemos que a los que aman a Dios todo les sirve para el bien: a los que ha llamado conforme a su designio. A los que había escogido, Dios los predestinó a ser imagen de su Hijo, para que él fuera el primogénito de muchos hermanos. A los que predestinó, los llamó; a los que llamó, los justificó; a los que justificó, los glorificó.

Vende todo lo que tiene y compra el campo

Lectura del santo evangelio según san Mateo 13, 44-52

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: -«El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra lo vuelve a esconder y, lleno de alegría va a vender todo lo que tiene y compra el campo. El reino de los cielos se parece también a un comerciante en perlas finas que, al encontrar una de gran valor, se va a vender todo lo que tiene y la compra. El reino de los cielos se parece también a la red que echan en el mar y recoge toda clase de peces: cuando está llena, la arrastran a la orilla, se sientan, y reúnen los buenos en cestos y los malos los tiran. Lo mismo sucederá al final del tiempo: saldrán los ángeles, separarán a los malos de los buenos y los echarán al horno encendido. Allí será el llanto y el rechinar de dientes. ¿Entendéis bien todo esto?» Ellos le contestaron: -«Sí.» Él les dijo: -«Ya veis, un escriba que entiende del reino de los cielos es como un padre de familia que va sacando del arca lo nuevo y lo antiguo.»

 

Lo que realmente vale

 

La vida humana es elegir, y elegir es renunciar. Los deseos humanos no están dirigidos por los sabios mecanismos de los instintos animales (o lo están en muy débil medida), y en esto estriba la riqueza, pero también el riesgo y el drama de la existencia. El ser humano debe establecer él mismo y libremente la escala de sus preferencias; y como sus necesidades y sus posibles deseos son tantos y tan distintos, a veces tan contradictorios, nuestras decisiones comportan siempre la renuncia a posibilidades atractivas y deseables. Si la libertad es la riqueza del hombre, su ejercicio tiene, hemos dicho, algo de dramático por las renuncias que comporta elegir; y de riesgo, porque nuestras elecciones y preferencias puede ser equivocadas, y contribuir no a nuestro bien, sino a nuestra ruina.

La dificultad de elegir adecuadamente depende además del hecho de que los posibles objetos de deseo venden su producto gritando bondades que no siempre tienen, y prometen formas diversas de felicidad vestidas de mil disfraces, como el placer, el bienestar, el éxito, el poder, la riqueza… Todas esas cosas responden a determinadas necesidades, pero muchas veces tratan de atraer nuestra atención hasta el punto de hacernos olvidar otras necesidades más hondas, más decisivas, aunque aparentemente menos urgentes.

Por todo esto, posiblemente el bien más preciado consiste en saber discernir entre el bien y el mal, y en la capacidad de elegir con tino entre las múltiples posibilidades que se nos ofrecen a diario. Este es el mensaje que brota meridianamente de la primera lectura: Salomón, aunque es rey, se considera un servidor de Dios en favor de su pueblo y, por tanto, en deuda con uno y con otro; por otro lado, se reconoce joven e inexperto. Salomón tenía todas las cartas para pedir a Dios precisamente la capacidad de elegir bien y de discernir entre el bien y el mal. Porque estos bienes no se pueden comprar en el mercado, y sólo hasta cierto punto se pueden adquirir con el estudio: son sobre todo dones y no cuestión de conquista, por eso es necesario pedirlos a Dios en la oración. Pero para recibirlos es necesario desearlos, hacer de ellos objeto de nuestra elección.

 

 

La Palabra es Jesucristo. Él es el que porta en sí mismo el Reino de Dios, porque él es el hombre en el que Dios reina. Él es el tesoro escondido, porque esta Palabra salvadora se ha revestido de carne. La carne de Cristo vela y contiene al mismo tiempo ese tesoro por el que debemos estar dispuestos a venderlo todo para comprar el campo. Al tomar esta decisión, aunque comporte renuncias, no renunciamos a nosotros mismos, al revés, en Jesús, primogénito de muchos hermanos, nos descubrimos a nosotros mismos en nuestra verdad más profunda: descubrimos el tesoro de la imagen de Dios escondida en el campo que somos cada uno. La Palabra que nos anuncia el Reino de Dios es salvadora porque rescata lo mejor de nosotros mismos, la originalidad de cada uno; y, al hacerlo, no sólo no nos aísla, sino que, al revés, nos abre de un modo nuevo a los demás, en los que sabemos por fe que habita también, a su manera, la imagen de Dios.

La elección del Reino de Dios, la decisión de dejar a Dios reinar en nuestra vida aceptando en ella a Jesús, es la elección por un bien, el del amor a Dios y a los hermanos, gracias al cual todo nos sirve para el bien. Y es que “el reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo” (Rom 14, 17).

Jesús nos llama a tomar una decisión radical en favor un bien incomparablemente más valioso que todos los bienes a los que podemos aspirar en este mundo. Como el tesoro escondido en el campo, este bien no es inmediatamente evidente; pero el que lo encuentra comprende que merece la pena venderlo todo para adquirirlo. Y es que este bien, que es el mismo Jesucristo, hace que todos los demás (viejos y nuevos) adquieran su justo valor, de manera que hasta las renuncias inevitablemente inherentes a toda toma de decisión adquieran un sentido positivo, contribuyan a nuestro bien definitivo y último. ¿Es Jesús y su Evangelio el tesoro por el que estoy dispuesto a venderlo todo?

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Domingo 16 del tiempo ordinario (A)

julio 21, 2017

Lectura del libro de la Sabiduría 12, 13. 16-19 En el pecado, das lugar al arrepentimiento

Fuera de ti, no hay otro dios al cuidado de todo, ante quien tengas que justificar tu sentencia. Tu poder es el principio de la justicia, y tu soberanía universal te hace perdonar a todos. Tú demuestras tu fuerza a los que dudan de tu poder total, y reprimes la audacia de los que no lo conocen. Tú, poderoso soberano, juzgas con moderación y nos gobiernas con gran indulgencia, porque puedes hacer cuanto quieres. Obrando así, enseñaste a tu pueblo que el justo debe ser humano, y diste a tus hijos la dulce esperanza de que, en el pecado, das lugar al arrepentimiento.

Sal 85, 5-6. 9-10. 15-16a R Tú, Señor, eres bueno y clemente.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 8, 26-27 El Espíritu intercede con gemidos inefables

Hermanos: El Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad, porque nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables. Y el que escudriña los corazones sabe cuál es el deseo del Espíritu, y que su intercesión por los santos es según Dios.

Lectura del santo evangelio según san Mateo 13, 24-43 Dejadlos crecer juntos hasta la siega

En aquel tiempo, Jesús propuso otra parábola a la gente: -«El reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero, mientras la gente dormía, su enemigo fue y sembró cizaña en medio del trigo y se marchó. Cuando empezaba a verdear y se formaba la espiga apareció también la cizaña. Entonces fueron los criados a decirle al amo: “Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde sale la cizaña?” Él les dijo: “Un enemigo lo ha hecho.” Los criados le preguntaron: “¿Quieres que vayamos a arrancarla?” Pero él les respondió: “No, que, al arrancar la cizaña, podríais arrancar también el trigo. Dejadlos crecer juntos hasta la siega y, cuando llegue la siega, diré a los segadores: ‘Arrancad primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo almacenadlo en mi granero.»

El misterio del mal y la paciencia de Dios

La parábola del sembrador respondía al desaliento de los discípulos por la aparente falta de frutos de la predicación del Evangelio. La parábola del trigo y la cizaña responde a una forma más dramática de desconcierto en los discípulos de Jesús y que, por tanto, todos nosotros podemos experimentar. Es el que procede del escándalo del mal en el mundo y en la Iglesia. No se trata sólo de que la Buena Noticia se extienda con gran dificultad, hasta el punto de que nos pueda parecer que la misión de la Iglesia es un esfuerzo estéril. Es que además, con frecuencia, tenemos la sensación de que el mal es mucho más poderoso que el bien y se impone con mayor velocidad y eficacia. Y no se trata sólo del mal “en el mundo”, sino también en el campo de la Iglesia, en medio de aquellos que han acogido la buena semilla de Jesucristo. Esta es en verdad una gran causa de escándalo para creyentes y no creyentes, para miembros de la Iglesia y para los que se sienten fuera de ella. El mal (y hoy hablamos sólo del mal moral, el que depende exclusivamente de la voluntad del hombre), que parece dominar por todo el mundo en forma de injusticia, violencia, corrupción, pobreza, marginación, desigualdad y un etcétera que se podría prolongar casi indefinidamente, se hace presente también en la Iglesia: allí donde la semilla de la Palabra ha encontrado buena tierra y debería producir frutos sobreabundantes de vida nueva resulta que crecen también los amargos frutos del mal que Jesucristo ha venido a combatir.

El escándalo puede llegar hasta el punto de estar tentados de culpar al sembrador del crecimiento de la mala semilla. Es la clásica objeción que se ha esgrimido tantas veces contra Dios: si el Creador hizo todo de la nada y lo hizo bueno, y muy bueno (cf. Gen 1, 31), ¿cómo explicar la presencia del mal en el mundo? O Dios quiere eliminar el mal y no puede, y entonces no es todopoderoso, o puede y no quiere, y entonces no es bueno; en los dos casos parece que no se puede aceptar la existencia de Dios.

En la parábola de Jesús, pese a su aparente simplicidad, existen indicaciones muy profundas para entender la respuesta a estas graves objeciones. En primer lugar, Dios no ha creado un mundo totalmente acabado, sino sometido a la ley del crecimiento: ha sembrado buenas semillas que deben dar buenos frutos. Pero para que ese proceso llegue a buen puerto es necesaria nuestra colaboración. Dios nos ha confiado parte de esta tarea, y nos ha dado libertad y autonomía para realizarla responsablemente. Esto significa que, aunque es verdad que todo lo que Dios ha creado es bueno, esa bondad está llamada a crecer y perfeccionarse. Y esto, que se cumple en todo el mundo, es especialmente patente en el hombre. Precisamente porque ha recibido la semilla de la razón y la libertad, el hombre es responsable del mundo que Dios le ha confiado y, sobre todo, de sí mismo y de sus hermanos.

La semilla de la cizaña fue sembrada mientras “la gente dormía”. Vivir responsablemente es vivir en vela, con los ojos abiertos, sin abdicar de esa responsabilidad. Aquí dormir no significa simplemente descansar, sino desentenderse, vivir irresponsablemente, no asumir como se debe la propia libertad, abusar de ella. Es entonces cuando “el enemigo” aprovecha para sembrar la mala semilla. Es interesante subrayar que las buenas obras se siembran a plena luz, tienen un carácter sincero, abierto y sin tapujos, mientras que el mal se esconde, actúa a hurtadillas, tratando de cargar la responsabilidad sobre aquél que creó el bien y sembró la buena semilla. De ahí la pregunta de los criados, que bien podría ser un reflejo de las objeciones contra Dios de las que hablamos antes: “Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde sale la cizaña?” Cuando el señor responde que lo ha hecho “el enemigo”, podemos entender a ese enemigo de muy diversas formas: puede ser el diablo, pero también nosotros mismos cuando nos dejamos llevar de nuestros intereses egoístas y desoímos la Palabra de Dios, y nos negamos a realizar la tarea a la que Dios nos ha llamado. El denominador común de ese enemigo sembrador de cizaña es la libertad personal. Así que la cuestión es que existen actitudes, formas de vida, opciones vitales que se hacen libremente enemigas de Dios y de su obra y que siembran el mal en el mismo campo en el que Dios ha depositado la buena semilla.

La respuesta sobre el origen del mal (que aquí sólo mencionamos de pasada) abre otra cuestión, que es la principal en el Evangelio de hoy: qué hacer ante la presencia del mal. La propuesta de los criados es una tentación permanente que se ha repetido muchas veces a lo largo de la historia y que ha producido no pocos destrozos y sufrimientos: ir y arrancar la cizaña que ha empezado a despuntar junto con el trigo. No debemos entender la respuesta del dueño del campo como una llamada a la pasividad, como si ante la presencia del mal debiéramos simplemente no hacer nada, dejándolo campar por sus respetos, sin defendernos de él ni tratar de que triunfe la justicia. Son muchas las palabras de Jesús en el Evangelio las que nos hablan de una actitud comprometida con la causa del bien, de una resistencia activa ante las fuerzas del mal, empezando por el que encontramos en nosotros mismos. Pero cuando Jesús nos dice que no hay que arrancar la cizaña, para no arrancar al mismo tiempo el trigo, nos está diciendo que en la lucha contra el mal no podemos caer en la tentación de usar las mismas armas de aquello que combatimos. Es la tentación de pensar que el fin (bueno) justifica los medios (malos), que la causa de la verdad se puede defender con la imposición violenta, la de la justicia, con el engaño, la de la paz, con la injusticia. Cuántas veces a lo largo de la historia se ha querido implantar el bien, la justicia, la libertad o la igualdad al precio de pasar por encima de los derechos y hasta la sangre de los inocentes; cuántas veces se ha querido acabar con el mal a base de “cortar por lo sano” y haciendo pagar a justos por pecadores. También en la historia de la Iglesia podemos encontrar por desgracia episodios de este tipo (tal vez menos de los que se dicen, pero siempre más de los que serían de desear). La tentación es tan fuerte, que hasta Jesús llegó a sentirla: “todo esto (todos los reinos del mundo) te daré, si te inclinas y me adoras” (Mt 4, 9; Lc 4, 7); es la tentación de servir al bien sirviéndose del mal, de extender el reino de la luz usando los métodos del reino de las tinieblas. Es claro que cuando esto sucede no sólo no eliminamos el mal (la cizaña), sino que destruimos los frutos de la buena semilla. Y los que se pretenden justicieros de esa manera, se convierten, a sabiendas o no, en “enemigos” que, queriendo arrancar la cizaña, en realidad están arrancando el trigo y sembrando semillas de futuras cizañas.

Es necesario combatir el mal, pero sólo con las armas del bien, y esto requiere la fe, la esperanza y la paciencia a la que Jesús nos llama en el Evangelio de hoy: renunciar absolutamente a la injusticia, al engaño, a todo abuso de poder, a toda contravención de los derechos ajenos, a toda violencia injustificada. Para actuar así tenemos que soportar una cierta porción de mal, que es, por cierto, el corazón de la verdadera tolerancia, pero sólo de esa manera evitamos contagiarnos del mal que queremos combatir. Además, de este modo imitamos la paciencia de Dios con el tiempo de la historia, el tiempo en el que los hombres estamos llamados a cuidar y hacer crecer la buena semilla sembrada por Dios; e imitamos a Jesucristo, que echó las semillas del Reino sin imposiciones ni violencia, sin ceder a la tentación (en el fondo absurda, pero que nos acosa sin cesar) de ganar el mundo para Dios inclinándose ante el diablo. En él la paciencia de Dios se ha convertido en pasión, en padecimiento: el precio de la cruz, que Jesús asumió por no ceder a las insidias del diablo.

Que todo esto no tiene nada que ver con la pasividad que baja las manos ante los embates del mal se ve en la gran posibilidad que siempre tenemos frente a ese poder oscuro, de la que nos habla tan hermosamente la primera lectura: la posibilidad del perdón. La omnipotencia creadora de Dios no tiene nada que ver con la capacidad de destrucción, sino que se manifiesta en el perdón, la indulgencia, la paciencia. “El justo debe ser humano”: el Justo y fuente de toda justicia se ha hecho humano en Jesucristo, y en él, que ha cargado sobre sí los pecados del mundo, vemos cómo Dios, ante el pecado y el mal, nos da lugar al arrepentimiento, nos ofrece su perdón. También nosotros, discípulos de Jesús, debemos combatir el mal, no siendo prontos a condenar y arrancar, sino ofreciendo la fuerza divina y creadora del perdón. Dios cree en nosotros, cree que podemos cambiar; Dios no se cansa de esperar en nosotros, tiene la esperanza de nuestra conversión. ¿No deberíamos nosotros, que decimos creer y esperar en Dios, creer y esperar también en nuestros hermanos, también en nosotros mismos? Cuando lo hacemos, tal vez tengamos que soportar con paciencia una cierta dosis de cizaña, pero estaremos sembrando la buena semilla del trigo que Dios arrojó a nuestro mundo con la esperanza de encontrar buena tierra.

Si a veces nos cuesta entender el misterio del mal y la forma en que Dios reacciona ante él, podemos recordar que nuestras debilidades también afectan a nuestra mente y que siempre podemos pedir que el Espíritu venga en ayuda de esta debilidad nuestra; que él, que escudriña los corazones, nos dé la capacidad no sólo de entender, sino también de vivir conforme a la lógica de la paciencia y del perdón de Dios.

Domingo 15 del tiempo ordinario (A)

julio 15, 2017

Lectura del libro de Isaías 55, 10-11 La lluvia hace germinar la tierra

Así dice el Señor: «Como bajan la lluvia y la nieve del cielo, y no vuelven allá sino después de empapar la tierra,
de fecundarla y hacerla germinar, para que dé semilla al sembrador y pan al que come, así será mi palabra, que sale de mí boca: no volverá a mi vacía, sino que hará mi voluntad y cumplirá mi encargo.»

Sal 64, 10. 11. 12-13. 14 R. La semilla cayó en tierra buena y dio fruto.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 8, 18-23 La creación, expectante, está aguardando la plena manifestación de los hijos de Dios

Hermanos: Sostengo que los sufrimientos de ahora no pesan lo que la gloria que un día se nos descubrirá. Porque la creación, expectante, está aguardando la plena manifestación de los hijos de Dios; ella fue sometida a la frustración, no por su voluntad, sino por uno que la sometió; pero fue con la esperanza de que la creación misma se vería liberada de la esclavitud de la corrupción, para entrar en la libertad gloriosa de los hijos de Dios. Porque sabemos que hasta hoy la creación entera está gimiendo toda ella con dolores de parto. Y no sólo eso; también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos en nuestro interior, aguardando la hora de ser hijos de Dios, la redención de nuestro cuerpo.

Lectura del santo evangelio según san Mateo 13, 1-23 Salió el sembrador a sembrar

Aquel día, salió Jesús de casa y se sentó junto al lago. Y acudió a él tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó, y la gente se quedó de pie en la orilla. Les habló mucho rato en parábolas: -«Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, un poco cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se lo comieron. Otro poco cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra, y, como la tierra no era profunda, brotó en seguida; pero, en cuanto salió el sol, se abrasó y por falta de raíz se secó. Otro poco cayó entre zarzas, que crecieron y lo ahogaron. El resto cayó en tierra buena y dio grano: unos, ciento; otros, sesenta; otros, treinta. El que tenga oídos que oiga.»

 

La palabra, lluvia y semilla

La revelación que Dios realiza a los sencillos por medio de Jesucristo no discurre de modo llamativo y extraordinario: no consiste en tremendos acontecimientos cósmicos, ni se transmite mediante visiones y apariciones reservadas a unos pocos. Al contrario, las vías que nos comunican la sabiduría de Dios son también sencillas y están al alcance de todos. El medio más común y habitual de comunicación entre los hombres es la palabra, y Dios se nos manifiesta como Palabra, y una palabra encarnada, es decir, “traducida” al lenguaje humano, de manera que la podamos entender y acoger. Es Palabra de Dios, pero también es palabra humana, cercana y accesible: es el mismo Cristo Jesús. Suele decirse que el cristianismo es, junto con el judaísmo y el islam, una de las religiones del libro, pero es más exacto afirmar que la fe cristiana es la religión de la Palabra: una Palabra viva y eficaz (cf. Hb 4, 12), que, como la lluvia que empapa la tierra, la fecunda y produce vida, actúa y da frutos en quien la escucha y acepta.

Pero la fuerza y eficacia de la Palabra depende también de aquellos a los que se dirige. No es una palabra de ordeno y mando, ni se impone por la fuerza o las amenazas, sino que apela con respeto a nuestra libertad, invita y llama a establecer un diálogo. Así como la lluvia da frutos si encuentra una tierra bien dispuesta, la Palabra que Dios nos dirige necesita de una respuesta adecuada por parte del hombre.

Jesús compara a la Palabra (que es su propia persona y su misión, realizada en palabras y obras) con una semilla que se arroja a la tierra y encuentra distintas respuestas. Por ello, el objeto principal de la parábola son las distintas actitudes con las que se puede recibir esta semilla llamada a fructificar. Jesús divide a los hombres en cuatro grupos, dependiendo de su actitud ante la Palabra: el rechazo frontal, la acogida superficial que impide que la semilla eche raíces, la acogida sincera, pero que tiene que rivalizar con otras preocupaciones que acaban teniendo toda la prioridad, y, finalmente, la buena tierra, en la que la Palabra muestra toda su fecundidad. Si se tiene en cuenta que en aquel tiempo se consideraba el siete por ciento una buena cosecha, se entiende hasta qué punto Jesús, al hablar del treinta, el sesenta y el cien por cien, subraya la extraordinaria eficacia de esta semilla lanzada por Dios al mundo cuando encuentra aceptación sincera. Con esta parábola Jesucristo responde al desánimo de los discípulos, que tienen la sensación de que el anuncio del Reino de Dios no acaba de prender y avanza con demasiada lentitud. La parábola del sembrador, como otras parábolas agrícolas de Jesús, es una llamada a la esperanza y a la confianza. Pero también a la responsabilidad. Dios hace su parte sin escatimar nada, pero si el Reino de Dios parece no hacerse presente, al menos suficientemente, tenemos que examinarnos y comprobar hasta qué punto hacemos nuestra parte, si no será que con nuestras actitudes personales estamos haciendo estéril la rica semilla de la Palabra.

Es importante atender al escenario en el que Mateo sitúa esta y otras parábolas sobre el Reino de Dios. Jesús habla a la multitud que está de pie en la orilla, mientras él está sentado en la barca a una pequeña distancia; se dirige a todos sin distinción, sabiendo que posiblemente muchos de los que le oyen no están en disposición de acoger hasta el final sus palabras: oyen sin entender, miran si ver, porque no están dispuestos a la conversión. De hecho, esta falta de comprensión de las parábolas y, en consecuencia, de la cercanía del Reino de Dios, nos afecta a todos de un modo u otro. Es necesario que, acuciados por esa falta de comprensión, nos lancemos al agua, nos mojemos y nos acerquemos a Jesús para preguntarle por el sentido de sus palabras.

El evangelio de hoy puede leerse en su versión breve, que reproduce escuetamente la parábola del sembrador, o en su versión larga, que incluye la pregunta de los discípulos y la explicación detallada por parte de Jesús. De hecho, las dos versiones son procedentes. La más breve puede suscitar en nosotros el deseo de una comprensión en profundidad, y provocar el que salgamos de la multitud que se mantiene de pie a una cierta distancia, que nos mojemos para acerquemos a Jesús y, entrando en la barca en la que se sienta, le expongamos nuestras dudas. Es ese movimiento de acercarnos, mojarnos y preguntar lo que nos convierte en discípulos. Y la explicación de Jesús nos puede ayudar a comprender que no sólo existen cuatro grupos de personas que reaccionan de manera distinta ante la predicación de Jesús, sino que esas cuatro actitudes son como territorios que conviven de un modo u otro en cada uno de nosotros.

El borde del camino, el rechazo frontal de la Palabra, indica que, aunque nos consideremos creyentes, pueden existir en nosotros “territorios paganos”, sin evangelizar, impermeables al evangelio. En esos aspectos de nuestra vida, sencillamente, no estamos en camino, sino al margen del mismo. Pueden ser actitudes antievangélicas de odio, de rencor o resentimiento, de falta de perdón expresamente afirmada hacia ciertas personas o grupos, o bien costumbres y aficiones que contradicen abiertamente las exigencias de la fe y no se dejan interpelar por ella. Más frecuente es el terreno pedregoso, la superficialidad que impide que la Palabra eche raíces en nuestra vida. No es raro que la aceptación de la fe se haga por motivos demasiado coyunturales: la nacionalidad, el contexto cultural, la presión social. Si no se llega a asumir personalmente y en profundidad, la semilla se encontrará en terreno pedregoso, sin posibilidad de dar frutos. En estos casos la fe depende demasiado del estado de ánimo o del entorno social favorable o contrario. Falta constancia, perseverancia para profundizar y, en consecuencia, fidelidad.

En muchas personas sinceramente creyentes, incluso consagradas a Dios, es fácil encontrar el terreno en el que crecen las zarzas. Aunque aquí hay una acogida consciente y personal de la Palabra, dominan en la vida urgencias que impiden prestar atención a lo más importante. Pueden ser preocupaciones mundanas, como el éxito o la riqueza, que nos roban el corazón para lo esencial; pero también podemos ocuparnos de cosas muy buenas y santas, como la atención a los demás, el trabajo apostólico, el servicio de la Iglesia, pero que no nos dejan tiempo para la oración y la escucha en profundidad de la Palabra. Uno de los peligros que acecha a los cristianos más comprometidos, sacerdotes y religiosos incluidos, es que hablen mucho de Dios y de Cristo, pero no tengan tiempo para hablar con Él y escucharlo.

La presencia de estos “territorios” más o menos cerrados a la Palabra no deben hacernos olvidar que Jesús afirma también la existencia en el mundo, en cada uno de nosotros, de tierra buena, en la que el sembrador siembra con la seguridad de una cosecha sobreabundante. Cuando contemplamos la obra de la Palabra de Dios en personas que han sabido ser buena tierra, como pueden ser los santos (y que cada cual elija los que sean de su devoción), no podemos dejar de admirar los frutos abundantes que han dado, y no sólo para sí, sino también para la vida del mundo. También hay en nosotros buena tierra. Por ello, Dios siembra esperanzado. La Palabra de Dios es eficaz y produce frutos. Una falsa humildad no debe descalifi­car o dejar de mirar esta realidad: Dios no siembra en balde. Él está en nuestra vida y nos urge, con suavidad, pero con insisten­cia.

El borde del camino, el pedregal, los abrojos, la buena tierra…, a través de nuestras actitudes, hábitos, aficiones, prejuicios, etc., en la complejidad de nuestra vida, somos un poco todo eso. No podemos, sin embargo, contentarnos con ello. No basta con cuidar con mimo la semilla que cae en buena tierra (aquello que ya hemos conseguido, donde podemos hacer algún progreso); hay que trabajar para que todo en nosotros se vaya transformando en tierra fecunda. Hay que desbrozar, roturar y abonar. Por medio de la oración, los sacramentos, el contacto vivo con Jesús, nuestro Maestro, que nos invita a acercarnos a él y subirnos a su barca, podemos ir convirtiendo en sementera los espacios de nuestra vida reacios a la Palabra. Los frutos que demos así no son un botín personal, “méritos” propios; los frutos evocan el don que se ofrece a los demás, que sirve para ayudar y alimentar a otros. Es verdad que ese trabajo puede comportar algunas renuncias y sufrimientos, pero, como dice San Pablo en su carta a los Romanos, esos sufrimientos “no pesan lo que la gloria que un día se nos descubrirá”. Pero no hay que pensar, como a veces hacemos, en una especie de “premio” que, en el fondo, sería externo a nosotros mismos. El fruto principal de la Palabra de Dios en nosotros es la plena manifestación los hijos de Dios, en la que cada uno será plenamente sí mismo. Al hacernos hijos de Dios en el Hijo Jesucristo, nuestra vida se convierte en semilla y en palabra, en don y testimonio. Si, como hemos dicho, el cristianismo es la religión de la Palabra, nosotros estamos llamados a ser en ella sus letras vivas.

Domingo 14 del tiempo ordinario (A)

julio 8, 2017

Lectura de la profecía de Zacarías 9, 9-10 Mira a tu rey que viene a ti modesto

Así dice el Señor: «Alégrate, hija de Sión; canta, hija de Jerusalén; mira a tu rey que viene a ti justo y victorioso; modesto y cabalgando en un asno, en un pollino de borrica. Destruirá los carros de Efraím, los caballos de Jerusalén, romperá los arcos guerreros, dictará la paz a las naciones; dominará de mar a mar, del Gran Río al confín de la tierra.»

Sal 144, 1-2. 8-9. 10-11. 13cd-14 R. Bendeciré tu nombre por siempre, Dios mío, mi rey.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 8, 9. 11-13 Si con el Espíritu dais muerte a las obras del cuerpo, viviréis

Hermanos: Vosotros no estáis sujetos a la carne, sino al espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en vosotros. El que no tiene el Espíritu de Cristo no es de Cristo. Si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en vosotros. Así, pues, hermanos, estamos en deuda, pero no con la carne para vivir carnalmente. Pues si vivís según la carne, vais a la muerte; pero si con el Espíritu dais muerte a las obras del cuerpo, viviréis.

Lectura del santo evangelio según san Mateo 11, 25-30 Soy manso y humilde de corazón

En aquel tiempo, exclamó Jesús: -«Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, así te ha parecido mejor. Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera.»

Para adquirir sabiduría

 El esfuerzo por alcanzar la verdad es, sin duda, uno de los más nobles de los que habitan el corazón del hombre. También es de los más arduos, porque la realidad en todas sus dimensiones se resiste a revelar sus secretos, y grandes dosis de observación, investigación y reflexión apenas sirven para arrancar unas pocas esquirlas de la verdad buscada. Pero el esfuerzo constante acaba por obtener su premio, y al cabo de muchos siglos de civilización se han ido acumulando conocimientos que han pasado a formar parte del acervo espiritual de la humanidad. Hoy en día tenemos por evidentes cosas que, sin que ya nos percatemos de ello, son el producto de largos siglos de esfuerzos de muchas generaciones. Especialmente los conocimientos técnicos y científicos son objeto de un proceso acumulativo gracias al cual el saber adquirido difícilmente puede llegar a olvidarse; y en este terreno ni siquiera hace falta que todos lo sepamos todo, es posible dividir socialmente el conocimiento para que, sabiendo, eso sí, a quién dirigirse, todos puedan disfrutar de sus ventajas.

Pero la aventura del saber requiere de condiciones definidas por parte de quien busca. Son distintos los pensadores que han puesto de relieve las condiciones morales de la indagación de la verdad. Ya Sócrates avisaba al respecto. Y en los últimos tiempos se ha vuelto a insistir en ello. Un filósofo cristiano del siglo XX, von Hildebrand, recuerda que “para cualquier evidencia ade­cuada son ya necesa­rios en diverso grado reverencia, sed auténtica de verdad, un paciente esfuerzo cognos­citivo y flexibilidad de espíri­tu”. Aquí, como en todo lo que afecta al ser humano, existen obstáculos que no sólo dependen de las limitaciones intrínsecas de nuestro intelecto, sino también de la ausencia de esas disposiciones morales: el orgullo, la cerrazón de espíritu, la voluntad de poder, la vanidad, etc., nos ciegan para la aprehensión de verdades elementales. Todos sabemos que no hay peor ciego que el que no quiere ver; y tenemos la experiencia de que las conquistas del saber (por ejemplo, científico y técnico) no siempre redundan como es debido en beneficio de todos, sino que se convierten con facilidad en instrumentos de dominación, en motivos para la injusticia.

Pero todo esto se acentúa cuando se trata de aquellas verdades en las que el hombre decide la autenticidad de su existencia, las verdades relacionadas con el bien y la justicia, y con la fuente de todo bien y toda verdad, es decir, con Dios. Y esto es así porque, en primer lugar, esas verdades, a diferencia de las meramente teóricas y técnicas, no son “acumulativas”: no basta que se hayan descubierto en cierto momento para que se incorporen definitivamente al caudal de la cultura común; además, no basta “conocerlas” sólo teóricamente, es preciso asimilarlas, apropiárselas sometiendo a las exigencias que presentan no sólo la razón, sino también la voluntad y el corazón. Por eso, cada generación, cada cultura y cada persona individual debe descubrirlas y asumirlas. Aquí no cabe la “división social” del conocimiento.

Posiblemente es de estas cosas de las que habla hoy el Evangelio, en este breve y denso texto, que algunos han llamado

Sede de la Sabiduría

“el Magníficat de Jesús”. Estas son las cosas que Dios ha querido revelar a la gente sencilla, mientras que se las ha ocultado a los sabios y entendidos. Y es que, efectivamente, las cosas de las que habla Jesús no son una mera instrucción moral o una nueva cosmovisión filosófica, sino una verdadera revelación, un don que Dios nos hace por medio de Jesucristo: las Bienaventuranzas, el amor universal, que incluye a los enemigos, y llega hasta el don de la propia vida, el perdón sin límites, la fidelidad, la confianza en Dios nuestro Padre, incluso en los momentos de adversidad, la difícil comprensión del mesianismo de Cristo, que lo llevó a la cruz. Todas estas son cosas que Dios ha revelado por medio de Cristo, y que requieren un corazón bien dispuesto, abierto, sencillo, como dice Jesús, esto es, curado de la hinchazón de la soberbia y la seguridad exclusiva en las propias fuerzas.

De hecho, “estas cosas”, aunque suenen tan bien, no son tan fáciles de entender. Muy posiblemente, eran muchos en tiempos de Jesús los que torcían el gesto cuando oían por primera vez hablar de ellas. También es muy posible que nosotros mismos lo torzamos cuando nos encontramos en situaciones que nos exigen llevar a la práctica estas verdades evangélicas, es decir, aceptar vitalmente “estas cosas”. Examinando nuestra actitud real, concreta y práctica respecto de ellas, podemos intuir si nos encontramos en el grupo de los sabios y entendidos, o en el de la gente sencilla.

Posiblemente oscilemos entre los dos grupos. Por un lado, todos tendemos a adquirir seguridad por la vía de la fuerza y el poder: los carros de Efraím, que serían los modernos carros de combate, los caballos y los arcos de los guerreros, son cosas que parecen ofrecernos más seguridad y mayor garantía de dominio que la humildad del rey manso que afirma su triunfo cabalgando en un modesto asno, y se encamina al trono de la cruz. ¿Será capaz un rey así de romper los arcos, dictar la paz y dominar el mundo entero? Estas cosas son las que permanecen escondidas a los sabios y entendidos. Pero ello quiere decir que tenemos que seguir trabajando para abandonar la autosuficiencia que nos dificulta aceptar esta revelación y adoptar en todo momento la actitud de confianza de los sencillos, abiertos sin condiciones a la enseñanza de Cristo, y que reciben la revelación de que precisamente es este extraño y modesto rey el que nos descubre la verdad que salva: la que da alivio a nuestras angustias, la que nos consuela y libera, la que nos da el descanso del alma, porque es sólo esta verdad la que nos rescata de la culpa, del pecado y de la muerte. El poder de carros, arcos y caballos estriba en su capacidad de provocar la muerte; el de estas cosas de que habla Jesús, por el contrario, está en su capacidad de vencer sobre la violencia y la muerte y dar vida. Y como los agobios y fatigas, procedentes de aquellos males fundamentales, nos afectan a todos, por eso mismo, por mucho que sean sólo los sencillos los capaces de entender estas verdades, Jesús dirige su llamada a todos, para ofrecerles su alivio: “venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados”; y ¿quién no lo está de un modo u otro?

Es verdad que Jesús, al llamarnos así, no nos engaña y nos avisa de que esta verdad es exigente: es también carga y yugo. Ya lo decía bellamente San Agustín: “amor meus, pondus meum”, mi amor y mi peso. Esto se ve ya en el amor humano: es lo más necesario para nuestra vida, sin él ésta se convierte en un peso insoportable, en un infierno; pero el amor tiene también su propio peso, su parte de yugo: en el matrimonio, en las relaciones de los hijos con los padres y de los padres con los hijos, en la verdadera amistad… existen momentos en los que hay que saber renunciar, asumir algún sacrificio, estar dispuesto a sufrir por la persona amada. Sin esto, el amor no persevera. También en el amor que Jesús nos ofrece y regala con su persona y que es, además, el acceso a la fuente de todo verdadero amor, hay un elemento de peso y de yugo, de cruz. Pero es un yugo llevadero, una carga ligera, porque es la que Jesús mismo ha cargado sobre sí para aliviar la nuestra, y porque es el peso y el yugo del amor, de nuestra salvación.

Aunque con otras palabras, San Pablo nos habla de lo mismo en su carta a los Romanos. Los sencillos a los que se les han revelado estas cosas son los que viven (tratan de vivir) en el Espíritu de Jesús, en la dinámica de su muerte y resurrección: los que mueren en su vida cotidiana a la carne (el poder y la violencia, el egoísmo, la mentira y la injusticia, con tal de adquirir seguridad) para ser vivificados por el Espíritu del amor, la generosidad, el perdón, la fe. El Espíritu de Dios es un Espíritu de vida y libertad, pero no para “hacer lo que me da la gana”; las “ganas” son con mucha frecuencia distintivo y expresión de la carne. El Espíritu del que nos habla Pablo, el que da el verdadero entendimiento de “estas cosas” que Jesús nos revela, es el que nos inspira para el bien, el Espíritu del amor. De nuevo fue San Agustín el que supo resumirlo admirablemente: “dilige et quod vis fac”, ama y haz lo que quieras.

Domingo 13 del Tiempo ordinario (A)

julio 1, 2017

Lectura del segundo libro de los Reyes 4, 8-11. 14-16a Ese hombre de Dios es un santo; se quedará aquí

Un día pasaba Eliseo por Sunem y una mujer rica lo invitó con insistencia a comer. Y siempre que pasaba por allí iba a comer a su casa. Ella dijo a su marido: –Me consta que ese hombre de Dios es un santo; con frecuencia pasa por nuestra casa. Vamos a prepararle una habitación pequeña, cerrada, en el piso superior; le ponemos allí una cama, una mesa, una silla y un candil y así cuando venga a visitarnos se quedará aquí. Un día llegó allí, entró en la habitación y se acostó. Dijo a su criado Guiezi: –¿Qué podemos hacer por ella? Contestó Guiezi: –No tiene hijos y su marido ya es viejo. Él le dijo: –Llama a la Sunamita. La llamó y ella se presentó a él. Eliseo le dijo: –El año que viene, por estas mismas fechas abrazarás a un hijo.

Salmo responsorial 88, 2-3. 16-17. 18-19 R/. Cantaré eternamente las misericordias del Señor.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 6, 3-4. 8-11 Por el bautismo fuimos sepultados con Él en la muerte, para que andemos en una vida nueva.

Hermanos: Los que por el bautismo nos incorporamos a Cristo fuimos incorporados a su muerte. Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que así, como Cristo fue despertado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva. Por tanto, si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él, pues sabemos que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio sobre él. Porque su morir fue un morir al pecado de una vez para siempre, y su vivir es un vivir para Dios. Lo mismo vosotros consideraos muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús.

Lectura del santo evangelio según san Mateo 10, 37-42 El que no toma su cruz no es digno de mí, el que os recibe a vosotros, me recibe a mí.

En aquel tiempo dijo Jesús a sus apóstoles: ­–El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí. El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará. El que os recibe a vosotros, me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me ha enviado. El que recibe a un profeta porque es profeta, tendrá paga de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo, tendrá paga de justo. El que dé a beber, aunque sea sólo un vaso de agua a uno de estos pequeños por ser discípulo mío, os aseguro que no quedará sin recompensa.

 

La medida del verdadero amor

 

Cualquiera que haya tenido el más mínimo contacto con eso que se suelen llamar “sectas destructivas” (sea por relación directa, sea por medio de quienes han estado en sus redes) sabrá que una de las primeras cosas que tratan de hacer estas sectas es romper los lazos familiares del adepto. Esto se puede hacer de formas sutiles o brutales, pero el resultado en el mismo. Las formas sutiles consisten en decir que tu familia te limita, que para empezar una nueva vida hay que romper con los lazos del pasado, que sólo así podrás desarrollarte en todo tu potencial, que tú estás muy por encima de ellos… Y no se refieren sólo a los padres y hermanos, sino también al esposo o la esposa, y hasta los propios hijos. Romper todo tipo de lazos familiares significa dejar al individuo desarmado, inerme, con lo que resulta fácil manipularlo y ponerlo en situación de total dependencia. En cuanto a los métodos brutales, no es difícil imaginar que quien cae en las redes de estos grupos, es prácticamente obligado a aislarse de sus relaciones anteriores y a profesar una relación de casi adoración hacia el líder del grupo o hacia la ideología que lo sustenta.

¿No son las palabras de Jesús en el Evangelio de hoy una variante de esta actitud sectaria? Porque parece que nos invita a poner en segundo plano nuestras relaciones familiares para centrarnos en exclusiva en su persona, como objeto de nuestro amor. Puede parecerlo, pero no es así. Jesús no dice que no debemos amar a nuestros familiares, padre, madre, hermanos, hijos, sino que el amor a Él debe estar en la cima de la jerarquía de nuestros amores. Y esto es así, sencillamente, porque también el amor familiar está afectado por el pecado y necesita ser redimido. Con mucha frecuencia las relaciones familiares están basadas en la violencia, la manipulación, el egoísmo, los celos. Aunque teóricamente se trata de la forma más incondicional y básica del amor (como el amor de la madre hacia sus hijos), en la práctica no es así y, con mucha frecuencia, las relaciones familiares se convierten en un infierno del que muchos aspiran sólo a liberarse. Por difícil que parezca, hasta la madre puede llegar a olvidarse de su niño de pecho y a no compadecerse del hijo de sus entrañas, como recuerda con dramatismo el profeta Isaías (49, 15).

La salvación que Jesús ha venido a traer a la tierra afecta también a las relaciones familiares, también este amor tan natural e inmediato necesita ser redimido. Y es Jesús el que nos da la medida de ese amor salvador: es el amor con el que Él mismo nos ha amado, dando su vida por nosotros en la cruz. Amar a Cristo más que al propio padre, madre, hermanos, hijos… es el mejor modo de llegar a amar a estos últimos de verdad e incondicionalmente. Porque en el amor a Cristo se purifica nuestra pobre capacidad de amar, tan afectada por el pecado, y en ese amor aprendemos la sabiduría de la cruz, adquirimos la fuerza y la gracia para vivir dando la vida por aquellos a los que amamos.

Pablo nos ayuda muy bien hoy a entender la naturaleza de este amor prioritario a Cristo: no se trata de algo meramente sentimental o psicológico. No es fácil mandar sobre los propios sentimientos, ni es lo mismo el sentir iluminado por la fe que el que experimentamos ante el ser amado. No hay que forzar las cosas por la vía emocional. El amor prioritario a Cristo significa una “incorporación” a su persona y, por tanto, a todo el misterio de su vida y de su muerte. No es una cuestión del mero sentimiento, ni tampoco un ejercicio de voluntarismo moral, sino del don que, por la fe, y en el bautismo, hemos recibido: muertos al pecado, nos convertimos en criaturas nuevas, que viven en la vida nueva de la resurrección. Esto que suena, tal vez, a sutileza teológica, tiene una traducción práctica en nuestra vida cotidiana: no nos guiamos sólo por intereses individuales, más o menos legítimos y más o menos egoístas, no dejamos que los sentimientos espontáneos guíen nuestro comportamiento, sino que el criterio de vida es para nosotros el amor con el que Cristo nos ha amado. Es un amor más fuerte que la muerte, pues en la resurrección la muerte ha sido vencida, y eso nos lleva a la disposición de dar la vida por los hermanos, por los nuestros y por los ajenos, por los cercanos y por los lejanos. Esto significa estar abiertos a las necesidades de los demás, tomar sobre nosotros, en la medida de nuestras posibilidades, la carga de los más débiles, perdonar cuando nos ofenden, no devolver mal por mal, y un largo etcétera que se desgrana a lo largo de los Evangelios. Naturalmente, en esta vida encontramos muchos obstáculos para vivir así, pero precisamente los Evangelios nos hablan de un camino de seguimiento, de un proceso en el que Jesús, Señor y Maestro, nos guía y enseña a crecer en ese amor, cuya semilla ya hemos recibido en el amor que Dios por medio de Jesucristo ya nos ha regalado.

Realmente, podemos pensar que si muchos matrimonios y familias cristianas fracasan es porque no acabamos de tomarnos en serio lo que supone el bautismo y el modo de vida que lleva consigo. No se trata de ser perfecto, sino de iniciar un camino en la escuela del amor que Jesús, no de modo teórico, sino vivo y existencial, nos transmite y enseña. Es ahí dónde podemos experimentar cómo ese perder la vida (las negaciones de uno mismo que el amor a veces exige) es realmente encontrarla, pues es encontrar la vida nueva del Resucitado.

A diferencia de esos amores sectarios, de los que hablábamos al principio, el verdadero amor cristiano es inclusivo y difusivo. Cuando vivimos en Cristo, el bien que hemos recibido de Dios, alcanza a todos los que se encuentran con nosotros, incluso si ellos no lo saben. Porque en la acogida de los discípulos de Cristo se está acogiendo al mismo Cristo. Y esto habla, además, del gran don que hemos recibido con la fe, y del don que podemos hacer a los demás cuando vivimos o tratamos de vivir con coherencia, de nuestra gran responsabilidad. El cristiano no vive para sí, sino para Dios y para los hermanos. Se sabe un “cristóforo”, un portador de Cristo, de modo que con su modo de vida hace posible el encuentro con el mismo Cristo Jesús, pero si no es coherente puede convertirse en un obstáculo de ese mismo encuentro. Ser cristiano de verdad significa automáticamente ser un enviado, un misionero, un testigo de ese amor más grande y primero, que eleva y purifica todos nuestros amores, al ponerlos en contacto con la fuente de todo amor, que no es sino Dios, el Amor puro y perfecto.