Archive for 26 agosto 2017

Domingo 21 del tiempo ordinario (A)

agosto 26, 2017

Lectura del libro de Isaías 22, 19-23 Colgaré de su hombro la llave del palacio de David

Así dice el Señor a Sobná, mayordomo de palacio: «Te echaré de tu puesto, te destituiré de tu cargo. Aquel día, llamaré a mi siervo, a Eliacin, hijo de Elcías: le vestiré tu túnica, le ceñiré tu banda, le daré tus poderes; será padre para los habitantes de Jerusalén, para el pueblo de Judá. Colgaré de su hombro la llave del palacio de David: lo que él abra nadie lo cerrará, lo que él cierre nadie lo abrirá. Lo hincaré como un clavo en sitio firme, dará un trono glorioso a la casa paterna.»

Sal 137, 1-2a. 2bc-3. 6 y 8bc R. Señor, tu misericordia es eterna, no abandones la obra de tus manos.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 11, 33-36 Él es el origen, guía y meta del universo

¡Qué abismo de generosidad, de sabiduría y de conocimiento, el de Dios! ¡Qué insondables sus decisiones y qué irrastreables sus caminos! ¿Quién conoció la mente del Señor? ¿Quién fue su consejero? ¿Quién le ha dado primero, para que él le devuelva? Él es el origen, gula y meta del universo. A él la gloria por los siglos. Amén. 

Lectura del santo evangelio según san Mateo 16, 13-20 Tú eres Pedro, y te daré las llaves del reino de los cielos

En aquel tiempo, al llegar a la región de Cesárea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: -«¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?» Ellos contestaron: -«Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremíaso uno de los profetas.» Él les preguntó: -«Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» Simón Pedro tomó la palabra y dijo: -«Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.» Jesús le respondió: -«¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo. Ahora te digo yo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo.» Y les mandó a los discípulos que no dijesen a nadie que él era el Mesías.

 

Creer en el Dios que cree en el hombre

 

El evangelio de hoy supone un momento de inflexión en el ministerio de Jesús. El anuncio del Reino de Dios realizado a Israel no ha tenido la acogida esperada. Esto explica la pregunta sobre las opiniones de la gente acerca de la identidad del hijo del hombre. Incluso si estas opiniones pueden ser favorables, pues interpretan a Jesús en clave profética y descubren en él una cierta presencia de Dios, no acaban de salir de los límites estrechos de lo que hoy consideramos el antiguo Testamento: si Jesús es un profeta más, de los antiguos, como Elías o Jeremías, o de los recientes, como Juan, significa que el Reino de Dios no se ha hecho todavía presente, que “tenemos que esperar a otro” (Mt 11, 3). Esto significa que la gente, cuyas opiniones recogen los discípulos, entienden a Jesús desde esquemas religiosos tradicionales, pero sin llegar a percibir la novedad contenida en su persona y su mensaje: que en él se realizan por fin las antiguas promesas. En este momento de crisis, en el retiro de un territorio pagano, y en la soledad del pequeño círculo de los más cercanos, Jesús trata de comprobar si esta incomprensión se da también en estos últimos. Si así fuera, el fracaso sería completo, la soledad, total. Su pregunta no es ahora impersonal, acerca de lo que piensa “la gente”, sino directa y personal: “vosotros, quién decís que soy yo”. Pedro, en nombre de todo el grupo, responde con palabras que son más que una mera opinión, que tienen el carácter de una confesión. Pedro no se deja guiar simplemente por las ideas religiosas que flotan en el medio ambiente, sino por su experiencia personal de seguimiento de Cristo. Su respuesta indica que la predicación y los signos de Jesús en su ministerio por Galilea no han caído totalmente en saco roto. Hay quien ha entendido, ha percibido la novedad, ha descubierto en el hombre de Nazaret la presencia del Mesías esperado.

Las palabras de Jesús en respuesta a la confesión de Pedro son enormemente significativas: lo declara dichoso, bienaventurado, es decir, partícipe de la nueva forma de felicidad propia de los niños del Reino de Dios (cf. Mt 5, 3-12); y esa dicha se debe a que ha sido depositario de una revelación: Simón, hijo de Jonás, es decir, hijo de la sangre y la carne, de las tradiciones nacionales y de los prejuicios culturales, no ha respondido así por ser miembro de esa tradición nacional o religiosa, sino que, elevándose sobre las opiniones comunes y los prejuicios ambientales, se ha abierto a la revelación que Dios ha hecho de manera definitiva en su Hijo Jesucristo. Todos entendemos que cuando habla de revelación Jesús no alude a experiencias místicas y visiones extraordinarias, sino al trato cotidiano con Él, a la acogida sincera de su Palabra, a la comprensión en fe del significado de los signos que realiza. Pedro no se limita a opinar, sino que confiesa, porque el seguimiento ha impregnado ya su personalidad.

Por eso, si el hijo de Jonás ha descubierto en el hijo del hombre al hijo de Dios, el Cristo, ahora es Jesús el que le descubre una nueva identidad, un nombre nuevo y una misión: Pedro, llamado a ser fundamento de la Iglesia y depositario de las llaves del Reino que Cristo ha traído a la tierra.

El cuadro que Mateo sitúa en Cesárea de Filipo, tierra pagana, bien puede trasladarse a hoy, a nuestro tiempo, nuestra cultura. Todo país o cultura es territorio de misión, pues la evangelización, incluso allí donde las ideas cristianas son dominantes, es necesaria una toma de postura personal. Si la fe cristiana se adopta por motivos nacionales, por tradición cultural o por contagio social, entonces es “la sangre y la sangre” la que la dicta; es un principio, pero es insuficiente. La carne y la sangre pueden ser también tomas de postura ante Jesús dictadas por motivos muy positivos, que ven en Jesús un gran maestro de moralidad, un luchador y mártir por la justicia o un profeta de hondo significado religioso, pero que no llegan a la confesión que lo reconoce como el Mesías, el Cristo, el Hijo de Dios que “tenía que venir al mundo” (Jn 11, 27). Para llegar a esta confesión, fruto de una revelación de lo alto, es preciso abrirse a la Palabra, realizar un encuentro personal con Jesús, hacer un camino personal de seguimiento, que nos permita descubrir en él al Ungido de Dios.

Esta experiencia y esta toma de postura personal ante Jesús tocan las fibras más íntimas de nuestra identidad, sacan lo mejor de nosotros mismos, el hombre nuevo que estamos llamados a ser, expresado en el nombre nuevo y en la misión que Jesús nos confía. En el texto de hoy se habla de la misión de Pedro, que toda la tradición de la Iglesia ha visto prolongada en sus sucesores. Pero Pedro, que habla aquí en nombre de todos los otros apóstoles, en cierto modo representa a todos los miembros de la Iglesia. Cada uno de nosotros tiene su propia misión en la comunidad de los creyentes, es decir, a cada uno de nosotros, en dependencia de nuestra personal vocación, Jesús nos confía su propia obra.

Así descubrimos una dimensión muy importante de nuestra fe, en la que no siempre reparamos lo bastante. Ser cristiano significa creer en el Dios que cree en el hombre. Que Dios cree en nosotros significa ante todo que confía en nosotros, y, por eso, nos confía la misión que Jesús ha venido a realizar en el mundo. Dios nos conoce, conoce nuestras debilidades, nuestra fragilidad. Pedro es también representante de ellas: así como Jesús lo declara bienaventurado, acto seguido (lo veremos la semana que viene) tendrá que reprenderlo, y todos recordamos sus negaciones. Y, no obstante, Jesús no se desdice de la misión y del riesgo de la responsabilidad que le confía. Creer en el Dios de Jesucristo es una invitación directa a creer en el hombre, a pesar de los pesares. Y ello tiene que reflejarse también en nuestra actitud respecto de la Iglesia, construida sobre el fundamento de los apóstoles, sobre la piedra que es Pedro. La fe y la confianza en la Iglesia no elimina sus debilidades, que merecen la crítica de Jesús (cf. Mt 16, 23) y su reconvención serena y llena de amor (cf. Jn 21, 15-17). Pero si Jesús, a pesar de todo ello, no ha dejado de confiar en Pedro (y, en él, en cada uno de nosotros, que lo confesamos como Mesías), ¿no habremos nosotros de creer y confiar en aquellos a los que Él ha entregado las llaves del Reino?

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Domingo 20 del tiempo ordinario (A)

agosto 18, 2017

Lectura del libro de Isaías 56, 1. 6-7 A los extranjeros los traeré a mi monte santo

Así dice el Señor: «Guardad el derecho, practicad la justicia, que mi salvación está para llegar, y se va a revelar mi victoria. A los extranjeros que se han dado al Señor, para servirlo, para amar el nombre del Señor y ser sus servidores, que guardan el sábado sin profanarlo y perseveran en mi alianza, los traeré a mi monte santo, los alegraré en mi casa de oración, aceptaré sobre mi altar sus holocaustos y sacrificios; porque mi casa es casa de oración, y así la llamarán todos los pueblos»

Sal 66, 2-3. 5. 6 y 8 R. Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 11, 13-15. 29-32 Los dones y la llamada de Dios son irrevocables para Israel

Hermanos: Os digo a vosotros, los gentiles: Mientras sea vuestro apóstol, haré honor a mi ministerio, por ver si despierto emulación en los de mi raza y salvo a alguno de ellos. Si su reprobación es reconciliación del mundo, ¿qué será su reintegración sino un volver de la muerte a la vida? Pues los dones y la llamada de Dios son irrevocables. Vosotros, en otro tiempo, erais rebeldes a Dios; pero ahora, al rebelarse ellos, habéis obtenido misericordia. Así también ellos, que ahora son rebeldes, con ocasión de la misericordia obtenida por vosotros, alcanzarán misericordia. Pues Dios nos encerró a todos en la rebeldía para tener misericordia de todos.

Lectura del santo evangelio según san Mateo 15, 21-28  Mujer, qué grande es tu fe

En aquel tiempo, Jesús se marchó y se retiró al país de Tiro y Sidón. Entonces una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle: -«Ten compasión de mi, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo.» Él no le respondió nada. Entonces los discípulos se le acercaron a decirle -«Atiéndela, que viene detrás gritando.» Él les contestó: -«Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel.» Ella los alcanzó y se postró ante él, y le pidió: -«Señor, socórreme.» Él le contestó: -«No está bien echar a los perros el pan de los hijos.»
Pero ella repuso: -«Tienes razón, Señor; pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos.» Jesús le respondió: -«Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas.» En aquel momento quedó curada su hija.

 

Las fronteras de la fe y la compasión que no conoce fronteras

El profetismo es un momento decisivo en la apertura universalista de la fe de Israel y, por consiguiente, de superación del fuerte nacionalismo que la caracteriza. Su enérgico monoteísmo lleva a los profetas a comprender que, si hay un solo Dios, ese Dios único ha de serlo de todos los hombres sin excepción. Por eso, la salvación ofrecida al pueblo judío no puede ser algo exclusivo de él. El pueblo escogido lo es en cuanto pueblo sacerdotal, es decir, mediador de una salvación abierta a todos. Pero este universalismo es todavía imperfecto, teñido del nacionalismo del que tiene que liberarse: la condición para acceder a la salvación es prácticamente hacerse judío, el pueblo judío abre sus puertas para que, quien quiera, pueda entrar en él.

Jesús, que no ha venido a abolir la ley, sino a darle cumplimiento y llevarla a la perfección (cf. Mt 5, 17), es el que da el paso definitivo hacia un universalismo verdadero y sin fronteras nacionales o raciales.

La apertura que se produce en la época del profetismo la aprovecha Jesús para salir de los confines nacionales e ir en busca de los considerados “gentiles”, o “paganos”, como se los designó más tarde. Todo el cuadro que nos presenta hoy el evangelio de Mateo puede entenderse como una acción profética, no exenta de paradojas chocantes, pero impregnada de un profundo sentido pedagógico para sus discípulos y, por tanto, para todos nosotros.

El primer momento de esta acción profética consiste precisamente en salir de los territorios del pueblo de Israel (Galilea y Judea), al país de Tiro y Sidón, en Fenicia, el actual Líbano. Es posible que Jesús, que no encuentra tranquilidad en su tierra (cf. Mt 14, 13), que experimenta una tensión creciente con los fariseos y saduceos (cf. Mt 15, 1-7), y se siente amenazado por Herodes (cf. Mt 14, 1-2), buscara en aquellos territorios alejados la soledad con sus discípulos, a los que tenía que preparar para anunciarles su próxima pasión (cf. Mt 16, 21).

Sin embargo, ni siquiera en tierra de paganos encuentra Jesús la tranquilidad que busca. He aquí que una mujer cananea le importuna con sus gritos y con sus ruegos. Al atravesar los límites de Israel ya nos está diciendo Jesús que la compasión no sabe de aduanas. El sufrimiento humano, que adquiere aquí rostro en una madre angustiada por el mal que padece su hija, es digno de lástima independientemente de la procedencia, la condición social, la confesión religiosa, incluso la calidad moral del que sufre. Todo el que sufre es digno de compasión y de ayuda.

Por eso nos choca tanto la reacción de Jesús, que da la callada por respuesta. Algo que nos podría dar pie a reflexionar sobre el silencio de Dios a nuestros ruegos y peticiones. Aquí vamos a subrayar sólo un aspecto: el silencio de Jesús provoca que los discípulos intercedan a favor de la mujer. Posiblemente, los apóstoles eran partidarios de la doctrina más tradicional, que reservaba el favor de Dios sólo para Israel. Por eso, es muy probable que no entendieran qué habían ido a hacer aquellos territorios paganos. De ahí que, muy posiblemente, la motivación para interceder a favor de aquella pobre mujer que los seguía gritando no fueran totalmente puros: querían, sencillamente, quitársela de encima. Pero ya el silencio de Jesús les obligó a mirarla y sentir una primera forma de compasión. Que sus motivaciones no fueran perfectas nos habla precisamente de la necesidad de ese proceso pedagógico que ha de conducirlos a la comprensión de la universalidad de la salvación.

Cuando, ante la insistencia de una y los otros, Jesús se dirige por fin a la mujer, parece espetarle los prejuicios nacionales judíos, cargados no sólo de exclusivismo, sino también de desprecio (como es propio, por lo demás, de los prejuicios de toda forma de nacionalismo, también de los actuales). Pero, una vez más, debemos ver aquí el sentido profético y pedagógico del modo de actuar de Jesús. Con su peculiar mayéutica, Jesús provoca que la mujer complete la confesión de fe ya contenida en su petición: “ten compasión de mí, Señor, Hijo de David”, con una súplica llena de confianza y humildad: la salvación prometida a los judíos puede y debe alcanzar también a los que no lo son, siquiera sea como migajas. Así Jesús les enseña a sus discípulos, a todos nosotros, que no son los rasgos nacionales, raciales o culturales los que establecen los límites de la salvación que Cristo ha venido a traernos, sino una fe viva y confiada.

Ahora bien, aquí tenemos que advertir que en toda esta escena no se está diciendo que lo único importante es el aspecto subjetivo de la fe, que lo que vale es creer y confiar, no importa en qué ni en quién. Hoy existe una fuerte tendencia al subjetivismo, que pretende que todas las religiones y “fes” son exactamente iguales. Sin negar la dignidad propia de cada religión y forma de fe, es necesario subrayar también los aspectos objetivos, los contenidos de fe, que Jesús en ningún momento niega. Hay detalles en este texto que recuerdan la declaración de Jesús a la samaritana en el evangelio de Juan: “vosotros no sabéis lo que adoráis, nosotros sabemos lo que adoramos, porque la salvación viene por los judíos” (Jn 4, 22). En la afirmación de Jesús sobre el pan de los hijos se contiene la afirmación implícita de que la revelación plena de Dios (eso sí, para todos los hombres sin excepción) se da en el seno de Israel. La mujer cananea también lo ha reconocido al confesar que Jesús es Señor e hijo de David, es decir, Mesías. Y este matiz nos hace volver los ojos a la segunda lectura, la de hoy y la del domingo anterior, en que Pablo, el Apóstol que abrió la fe cristiana de manera radical y definitiva a todos los gentiles, liberándola de las ataduras de la ley mosaica, se duele por el destino de su pueblo, depositario de las promesas y del que nació el Mesías (cf. Rm 9, 1-5), y al que sigue asignando un papel clave en la reconciliación de la humanidad con Dios: “Si su reprobación es reconciliación del mundo, ¿qué será su reintegración sino un volver de la muerte a la vida? Pues los dones y la llamada de Dios son irrevocables.”

Así pues, Jesús con su respuesta final (“Mujer, qué grande es tu fe”) realiza lo que simbólicamente significaba aquel “salir” de las fronteras nacionales: la verdadera frontera es la fe, pero no una fe cualquiera, sino la fe en el Dios Padre de todos, Padre de Jesucristo, el Hijo de David, la fe que es además apertura y confianza, la fe confiada que pide compasión y que mueve a compasión hacia todo sufrimiento humano, un fe, en definitiva, que no conoce fronteras.

Domingo 19 de Tiempo Ordinario (A)

agosto 12, 2017

Lectura del primer libro de los Reyes 19, 9a. 11-13a Ponte de pie en el monte ante el Señor

En aquellos días, cuando Ellas llegó al Horeb, el monte de Dios, se metió en una cueva donde pasó la noche. El Señor le dijo: -«Sal y ponte de pie en el monte ante el Señor. ¡El Señor va pasar! » Vino un huracán tan violento que descuajaba los montes y hizo trizas las peñas delante del Señor; pero el Señor no estaba en el viento. Después del viento, vino un terremoto; pero el Señor no estaba en el terremoto. Después del terremoto, vino un fuego; pero el Señor no estaba en el fuego. Después del fuego, se oyó una brisa tenue; al sentirla, Elías se tapo el rostro con el manto, salió afuera y se puso en pie a la entrada da la cueva.

Sal 84, 9ab-10. 11-12. 13-14 R. Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 9, 1-5  Quisiera ser un proscrito por el bien de mis hermanos

Hermanos: Digo la verdad en Cristo; mi conciencia, iluminada por el Espíritu Santo, me asegura que no miento. Siento una gran pena y un dolor incesante, en mi corazón, pues por el bien de mis hermanos, los de mi raza según la carne, quisiera incluso ser un proscrito lejos de Cristo. Ellos descienden de Israel, fueron adoptados como hijos, tienen la presencia de Dios, la alianza, la ley, el culto y las promesas. Suyos son los patriarcas, de quienes, según la carne, nació el Mesías, el que está por encima de todo: Dios bendito por los siglos. Amén.

Lectura del santo evangelio según san Mateo 14, 22-33 Mándame ir hacia ti andando sobre el agua

Después que la gente se hubo saciado, Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente. Y, después de despedir a la gente, subió al monte a solas para orar.
Llegada la noche, estaba allí solo. Mientras tanto, la barca iba ya muy lejos de tierra, sacudida por las olas, porque el viento era contrario. De madrugada se les acercó Jesús, andando sobre el agua. Los discípulos, viéndole andar sobre el agua, se asustaron y gritaron de miedo, pensando que era un fantasma. Jesús les dijo en seguida: -«¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!» Pedro le contestó: -«Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti andando sobre el agua.» Él le dijo: -«Ven.» Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua, acercándose a Jesús; pero, al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó: -«Señor, sálvame.» En seguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo: -«¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?» En cuanto subieron a la barca, amainó el viento. Los de la barca se postraron ante él, diciendo: -«Realmente eres Hijo de Dios.»

Soy yo, no tengáis miedo

 El evangelio de hoy nos presenta tres escenas sucesivas: Jesús despidiendo a la multitud; Jesús orando en soledad; Jesús caminando sobre las aguas al encuentro de los discípulos.

La primera escena cierra el episodio de la multiplicación de los panes: tras haberse compadecido de la gente, curado a los enfermos y saciado a la multitud hambrienta, Jesús se ocupa de ellos hasta el final, y permanece con ellos para despedirlos. Así se muestra la verdadera solicitud del que se ha definido como el buen pastor de su rebaño. Todo un estilo pastoral que los cristianos, especialmente lo que tienen responsabilidades pastorales, debemos aprender e imitar.

En la segunda se retoma algo que quedó en suspenso a causa de la gente que lo buscaba. Jesús renunció a su retiro para atenderla, pero, una vez que la ha despedido, vuelve a la soledad, el silencio y la oración. Si la oración no puede ser una huida, una excusa para evitar los problemas acuciantes de los hombres, la dedicación a estos problemas tampoco puede excusarnos del trato personal con Dios en el silencio y la soledad. Compromiso y oración se reclaman mutuamente; no pueden subsistir de verdad el uno sin la otra. La oración sin compromiso con las necesidades de los demás está vacía; el compromiso sin oración en la soledad puede ser algo ciego, un altruismo tal vez encomiable, pero carente del sello distintivo de la fe cristiana. Precisamente es la fe en Jesús lo que vincula estas dos dimensiones, y lo que las une con la tercera escena.

La fe puede ser a veces producto del temor. Existe una cierta inclinación a pensar que Dios ha de manifestarse por medio de signos que, como el huracán o el terremoto, expresan su fuerza irresistible, su poder, ante el que el hombre no puede hacer otra cosa que temer y someterse. Pero el Dios Padre de Jesucristo se manifiesta más bien en la amabilidad tenue de la brisa, en la cercanía solícita de su propio Hijo. Esta forma de manifestación no quiere inducir al temor sino a la confianza: en medio de la

tormenta, de la oscuridad de la noche y con el viento en contra Jesús va al encuentro de sus discípulos. Podemos entender que la barca zarandeada por el viento es una imagen de la Iglesia, que con frecuencia se mueve en medio de un ambiente hostil y contrario, en circunstancias amenazantes que parecen poner en peligro su supervivencia. Los discípulos son presa del miedo, sienten que pueden hundirse, y no tienen ojos para reconocer a Jesús que, confortado y fortalecido por la oración en soledad, es capaz de caminar sereno sobre las aguas embravecidas, por encima de peligros y turbulencias. La fe basada en el temor ve fantasmas inexistentes o percibe en los acontecimientos adversos amenazas y castigos por parte de Dios. Pero no es ese el modo de actuar de un Dios que en la solicitud de Jesucristo hacia las masas enfermas y hambrientas ha revelado su rostro paterno. No es, pues, una voz de amenaza lo que nos dirige Jesús, sino de ánimo y de confianza: «¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!»

En los tiempos que vivimos, de crisis de fe, de abandono masivo de la práctica religiosa, de hostilidad creciente hacia la Iglesia, podemos sentir también nosotros la tentación del temor y el pesimismo, incapaces de ver a Jesús caminando con señorío en medio de la tormenta. Es importante que sepamos retirarnos a la soledad para aprender a percibir la voz de Jesús que nos da ánimo y nos invita a disipar el temor. Ahora bien, lo que ha de sustituir al temor no es una arrogancia pretenciosa que ignora los peligros y confía sólo en las propias fuerzas. En la actitud de Pedro hay una curiosa mezcla de fe verdadera y de arrogancia. Por un lado, la petición que dirige a Jesús («Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti andando sobre el agua») tiene algo de desafío y desconfianza («si eres tú»), que recuerda la tentación que los sumos sacerdotes lanzaron a Jesús en la cruz: «si eres Hijo de Dios, baja de la cruz» (Mt 27, 40). A veces exigimos que Dios nos muestre sus credenciales haciendo cosas extraordinarias, o dándonos la capacidad de hacerlas nosotros. Pero hay también algo auténtico en la petición de Pedro: en tiempos de turbulencias y viento contrario no es de recibo esconderse y buscar refugio en la barca. También esta es una tentación que debe ser evitada. Cuando pintan bastos algunos cristianos prefieren esconderse, evitar el conflicto, cerrarse sobre sí, aceptando que la fe es sólo una «opción privada», y buscando en la Iglesia un lugar seguro frente a la intemperie. Pero Jesús camina sobre las aguas, en medio de la tormenta, en medio del mundo al que ha venido a salvar a pesar de la hostilidad que le muestra. Como Pedro, hay que estar dispuesto a arriesgar, a salir de la barca incluso cuando los peligros acechan. Pero hay que hacerlo con una fe confiada en Jesús, que nos salva de la arrogancia, nos tiende la mano e impide que nos hundamos, enseñándonos que es sólo en Él, y no en nuestras fuerzas, en quien debemos depositar toda nuestra confianza. Sólo así podremos caminar también sobre las aguas de la adversidad y alcanzar la paz que sólo Jesús nos puede dar. Esta tercera escena del Evangelio de hoy nos evoca estas otras palabras de Cristo: «Os he dicho estas cosas para que tengáis paz en mí. En el mundo tendréis tribulación. Pero ¡ánimo!: yo he vencido al mundo» (Jn 16, 33).

Estas son las tres llamadas que resuenan con claridad en el Evangelio de hoy: solicitud hasta el final hacia las gentes necesitadas, encuentro con Dios en la soledad de la oración y, por fin, lo que une indisolublemente el primero con la segunda, en medio del mundo, de sus tormentas y amenazas, la firme profesión de fe de los Apóstoles («los de la barca»): «Realmente eres Hijo de Dios».