Archive for 30 septiembre 2017

Domingo 26 del Tiempo Ordinario (A)

septiembre 30, 2017

Lectura de la profecía de Ezequiel 18, 25-28 Cuando el malvado se convierte de su maldad, salva su vida

Así dice el Señor: «Comentáis: “No es justo el proceder del Señor”. Escuchad, casa de Israel: ¿es injusto mi proceder?, ¿o no es vuestro proceder el que es injusto? Cuando el justo se aparta de su justicia, comete la maldad y muere, muere por la maldad que cometió. Y cuando el malvado se convierte de la maldad que hizo y practica el derecho y la justicia, él mismo salva su vida. Si recapacita y se convierte de los delitos cometidos, ciertamente vivirá y no morirá.»

Sal 24, 4bc-5. 6-7. 8-9 R. Recuerda, Señor, que tu misericordia es eterna.

 

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses 2, 1-11 Tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús

Hermanos: Si queréis darme el consuelo de Cristo y aliviarme con vuestro amor, si nos une el mismo Espíritu y tenéis entrañas compasivas, dadme esta gran alegría: manteneos unánimes y concordes con un mismo amor y un mismo sentir. No obréis por rivalidad ni por ostentación, dejaos guiar por la humildad y considerad siempre superiores a los demás. No os encerréis en vuestros intereses, sino buscad todos el interés de los demás. Tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús. Él, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo levantó sobre todo y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre»; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

 

Lectura del santo evangelio según san Mateo 21, 28-32 Recapacitó y fue

En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: -«¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero y le dijo: “Hijo, ve hoy a trabajar en la viña.” Él le contestó: “No quiero.” Pero después recapacitó y fue. Se acercó al segundo y le dijo lo mismo. Él le contestó: “Voy, señor.” Pero no fue. ¿Quién de los dos hizo lo que quería el padre?» Contestaron: -«El primero.» Jesús les dijo: -«Os aseguro que los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el camino del reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros enseñándoos el camino de la justicia, y no le creísteis; en cambio, los publicanos y prostitutas le creyeron. Y, aun después de ver esto, vosotros no recapacitasteis ni le creísteis.»

 

Noes y síes a la llamada de Dios

 

La creencia bíblica más tradicional, de fuerte arraigo popular, consideraba que el pecado implicaba una responsabilidad colectiva, y que la culpa pasaba de padres a hijos. Ése es el sentido de un refrán que Ezequiel cita al principio de este capítulo 18: “los padres comieron agraces y los hijos tuvieron dentera”. El profeta se opone a esta mentalidad e insiste en la responsabilidad personal del hombre, tanto en la justicia como en el pecado, en sus consecuencias de vida y de muerte. Pero no siempre es tan fácil identificar con claridad a los justos y a los pecadores, pues con frecuencia las apariencias engañan. Jesús nos da hoy una preciosa lección a este respecto: no juzgar por las apariencias que no permiten ver el corazón. Es una lección que, además, es toda una invitación a examinarnos en profundidad. Se sirve, una vez más, de la imagen de la viña. Ya sabemos que trabajar en ella no es una cuestión salarial, sino una gracia, un regalo que Dios nos hace: estar y trabajar en la viña es estar junto al Hijo y participar de su filiación. Como no somos esclavos o meros siervos asalariados, sino hijos, la libertad tiene que ser un signo distintivo de nuestro trabajo en la viña: Dios no nos manda despóticamente, sino que apela a nuestra libre disposición para cooperar en su campo. Y, como ya hemos dicho, las respuestas a esta llamada pueden ser muy distintas y también engañosas.

Hay quienes se manifiestan dispuestos a trabajar en la viña, y afirman aceptar al Señor, pero lo hacen sólo de boquilla. Estos pueden ser los que practican externamente, pero en sus actitudes personales, en su escala vital de valores, en sus intereses reales viven de espaldas a lo que confiesan. Jesús se está dirigiendo a los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo, los “justos oficiales” de aquel tiempo, los que tenían la misión de enseñar y guiar al pueblo de Dios, pero que eran impermeables a la Palabra, incapaces de entenderla y acogerla, pues estaban rechazando al que la encarnaba en su propia persona. A nosotros, creyentes y practicantes de nuestro tiempo, especialmente a los evangelizadores activos (sacerdotes, religiosos, catequistas, educadores, etc.), esta palabra nos tiene que interpelar: ¿hasta qué punto escuchamos y acogemos lo que anunciamos y predicamos, de modo que la fe dirija realmente nuestro modo de vida? Si decimos “sí” a la llamada de Dios, pero no llevamos a la práctica ese sí en nuestras acciones y en nuestras actitudes prácticas, no somos sólo incoherentes, sino que podemos además contribuir al desprestigio y el abandono de la viña por parte de muchos otros.

Se puede aplicar también la actitud del hijo que dice “sí” pero luego no va a la viña en otro sentido, hoy muy actual: son los que se dicen creyentes pero no practicantes. Le dirigen a Dios un “sí” pálido y desvaído, pero sin concederle ni tiempo ni atención, sin disposición alguna a ir a trabajar a la viña, aunque de ciento en viento se pasan por ella para comerse algunos racimos, que otros, por cierto, han cuidado y hecho crecer.

En la otra orilla encontramos a aquellos que están oficialmente alejados, pecadores más o menos reconocidos, pero que están interiormente bien dispuestos a la conversión: pueden ser personas víctimas de sus circunstancias, pero en búsqueda sincera, que tal vez necesiten para cambiar de vida y acercarse de corazón a Dios, a vivir de una manera nueva, a trabajar en la viña, sólo un empujón de la gracia, a veces en forma de una mano amiga y un corazón comprensivo que no se apresura a juzgarlos. La historia es generosa en ejemplos de este último grupo, algunos de los cuales iluminan con fuerza el santoral de la Iglesia: Pablo de Tarso, Agustín de Hipona, Francisco de Asís…

En unos casos y otros Jesús nos advierte de que existen profundidades del corazón que no alcanza una mirada superficial. Y así como hay justicias aparentes, que esconden dureza de corazón y soberbia, hay también pecadores dispuestos a la conversión y al cambio de vida. El pecado no es un estado definitivo, la conversión es posible. Y esta llamada a la conversión alcanza a todos: si nos sentimos justos ante Dios, debemos examinar si no estaremos desoyendo por autocomplacencia u orgullo alguna llamada suya; si nos sentimos pecadores y “perdidos”, tenemos que saber que Dios nos está buscando, que no desespera de nosotros, que abre para nosotros caminos para una vida nueva.

Con la parábola de los dos hijos, Jesús no está diciendo que todos los justos sean unos hipócritas, ni que la prostitución y la usura sean buenas. Está llamándonos a escuchar su Palabra de corazón y a acordar nuestro corazón con nuestro comportamiento. Porque la figura de los dos hijos no agota todo el arco de posibles respuestas: existen también los que dicen que no y, en efecto, no van a la viña. El misterio de la libertad humana se afirma aquí en todo su dramatismo, aunque, evidentemente, no es a nosotros a quienes toca juzgar. Y, por fin, están los que dicen que sí y van; estos son los mejores, y esta es la disposición perfecta, la que brota de un amor verdadero a la voluntad del Padre: un amor que escucha de corazón y lo encarna poniéndolo inmediatamente por obra.

Pero, cabe preguntarse: ¿existe esta respuesta perfecta? Sí: es la perfección que encontramos en Cristo: “He aquí que vengo a hacer tu voluntad” (Hb 10, 7); en María: “He aquí la sierva del Señor, hágase en mí según tu Palabra” (Lc 1, 38); y sólo por Él, con Él y en Él, y con el ejemplo y la intercesión de su Madre, es posible que nosotros la alcancemos también: Jesús, obediente a la voluntad del Padre, se despojó de su rango, se hizo siervo y esclavo de todos, y su trabajo en la viña de Dios, que es el mundo, llegó hasta el extremo de entregar su vida entera, hasta la muerte y muerte de Cruz. Y, nosotros, que pecamos con alguno de los modos encarnados por los hijos de la parábola, o con una mezcla de los dos, estamos llamados a asemejarnos a Cristo y a alcanzar su misma perfección. Pero eso no lo podemos hacer por nuestras propias fuerzas, sino sólo, como nos indica hoy el Apóstol Pablo, haciendo propios los mismos sentimientos de Cristo, unidos a Él, en su seguimiento.

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Domingo 24 del Tiempo Ordinario (A)

septiembre 23, 2017

Lectura del libro de Isaías 55, 6-9 Mis planes no son vuestros planes

Buscad al Señor mientras se le encuentra, invocadlo mientras esté cerca; que el malvado abandone su camino, y el criminal sus planes; que regrese al Señor, y él tendrá piedad, a nuestro Dios, que es rico en perdón. Mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos -oráculo del Señor-. Como el cielo es más alto que la tierra, mis caminos son más altos que los vuestros, mis planes, que vuestros planes.

Sal 144, 2-3. 8-9. 17-18 R. Cerca está el Señor de los que lo invocan.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses 1, 20c-24. 27a Para mí la vida es Cristo

Hermanos: Cristo será glorificado abiertamente en mi cuerpo, sea por mi vida o por mi muerte. Para mí la vida es Cristo, y una ganancia el morir. Pero, si el vivir esta vida mortal me supone trabajo fructífero, no sé qué escoger. Me encuentro en ese dilema: por un lado, deseo partir para estar con Cristo, que es con mucho lo mejor; pero, por otro, quedarme en esta vida veo que es más necesario para vosotros. Lo importante es que vosotros llevéis una vida digna del Evangelio de Cristo.

Lectura del santo evangelio según san Mateo 20, 1-16¿Vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: -«El reino de los cielos se parece a un propietario que al amanecer salió a contratar jornaleros para su viña. Después de ajustarse con ellos en un denario por jornada, los mandó a la viña. Salió otra vez a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo, y les dijo: “Id también vosotros a mi viña, y os pagaré lo debido.” Ellos fueron. Salió de nuevo hacia mediodía y a media tarde e hizo lo mismo. Salió al caer la tarde y encontró a otros, parados, y les dijo: “¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar?” Le respondieron: “Nadie nos ha contratado.” Él les dijo: “Id también vosotros a mi viña.” Cuando oscureció, el dueño de la viña dijo al capataz: “Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros.” Vinieron los del atardecer y recibieron un denario cada uno. Cuando llegaron los primeros, pensaban que recibirían más, pero ellos también recibieron un denario cada uno. Entonces se pusieron a protestar contra el amo: “Estos últimos han trabajado sólo una hora, y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno.” El replicó a uno de ellos: “Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?” Así, los últimos serán los primeros y los primeros los últimos.»

 

Id a trabajar a mi viña

 

No es raro encontrarse con reacciones adversas a esta paradójica y provocativa parábola de Jesús. Son reacciones del tipo: “esas cosas podrían pasar en tiempos de Jesús, pero no en los nuestros…” La cuestión y la sal de la parábola está en que “esas cosas” tampoco podían pasar en esos tiempos, y, precisamente por eso, Jesús cuenta la parábola y describe la reacción iracunda de los trabajadores de primera hora: para llamar la atención. Para llamar la atención, ¿sobre qué? Jesús no trata de explicarnos un nuevo (y extraño) sistema de relaciones laborales y salariales, ni tampoco pretende defender o justificar la arbitrariedad patronal. La cuestión que plantea no tiene vigencia en determinados tiempos, pasados o futuros, sino sólo y exclusivamente en un lugar: en la viña del Señor, en el Reino de Dios. Y es que con esta parábola Jesús está tratando de explicarnos en qué consiste ese Reino, de ahí sus primeras palabras: “El Reino de los cielos se parece…”

Cualquier judío del tiempo de Jesús entendía al escuchar el término “viña”, que no se trataba aquí de un campo de trabajo cualquiera. La viña era un símbolo del pueblo de Dios y, en concreto, del amor entrañable y del cuidado del Señor sobre él, y también de las expectativas frustradas sobre que ese amor y ese cuidado dieran buenos frutos (cf. Is 5, 1-7). Así que, al hablarnos del trabajo en la viña, Jesús nos está explicando qué significa estar y trabajar en el campo del Reino de Dios.

Ser enviado a la viña y permanecer y trabajar en ella es, ante todo, una invitación y una gracia, un regalo para el que no valen méritos previos. Por eso, la invitación se cursa a todos los que están dispuestos a ir, independientemente de la hora del día, es decir, de la edad, la nacionalidad, la condición social y moral o las convicciones religiosas. Cualquier etapa de la vida, cualquier origen social, cualquier decurso biográfico son buenos para ir a trabajar a esa viña. La viña, el Reino de Dios, es el ámbito en el que es posible encontrar a Dios, descubrir su rostro paterno y misericordioso, su voluntad salvífica: “Buscad al Señor mientras se le encuentra, invocadlo mientras esté cerca; que el malvado abandone su camino, y el criminal sus planes; que regrese al Señor, y él tendrá piedad, a nuestro Dios, que es rico en perdón”. Ese ámbito, claro está, más que un lugar es la relación con una persona concreta, portadora del Reino de Dios: Jesucristo.

Ahora bien, la imagen misma de la viña nos da la idea de que estar en ella no es un estado de ociosidad, sino de actividad, de trabajo. La viña que era el pueblo de Israel le dio a Dios y a sus colaboradores (Moisés, los profetas, etc.) mucho que hacer, mucho trabajo y muchos padecimientos. Y no menos trabajo le da a Jesús hacer cercano este reinado de Dios: “mi Padre trabaja siempre y yo también trabajo” (Jn 5, 17). La gracia de estar con Jesús y de seguirle conlleva la participación en su trabajo y en su misión, significa hacer propia su causa, querer lo que él quiere, esforzarse porque la semilla caiga en buena tierra y dé buenos frutos, uvas y no agrazones (cf. Is 5, 2). Jesús en el evangelio de hoy desmiente, una vez más, esa falsa idea que imagina a los creyentes como gentes en búsqueda de refugios imposibles frente a las tareas y las responsabilidades de la vida. No es pasividad a lo que llama la fe, sino, por el contrario, a salir de la propia tierra, a ponerse en camino, a arremangarse y trabajar.

Y es justamente a este trabajo al que se aplica una “lógica salarial” que no es la propia de las normales relaciones laborales de los otros tajos humanos, sino otra más alta que nuestros planes y nuestros caminos, del mismo modo que el cielo es más alto que la tierra. El salario es el mismo Cristo. Por eso, aquí no se trata de méritos, ni de derechos laborales, ni es posible un más o un menos, pues Cristo se entrega a todos, entero y sin reservas, a aquellos que han aceptado en circunstancias y horas dispares acoger el don y la misión de trabajar en su viña.

A no ser que entremos a trabajar en esa viña como mercenarios, que sólo buscan su provecho individual. Y, entonces, sí, entonces es posible comparar, exhibir méritos, antigüedad, horas de trabajo y productividad. Jesús se dirige aquí a los judíos (escribas y fariseos) que hacían de la ley un instrumento de su provecho personal y de sus privilegios. Ellos “eran” más ante Dios, puesto que cumplían más y mejor, y podían mirar por encima del hombro a los gentiles, excluidos de la elección, y a los otros judíos, ignorantes de la ley. Usaban a Dios, su ley, su viña al servicio de sus intereses personales. Pero hemos de aplicarnos la advertencia implicada en esta parábola también a nosotros, los cristianos, que podemos caer en peligros semejantes: sea porque somos “cristianos viejos”, de “los de toda la vida”; sea porque nos consideramos la élite, por nuestros conocimientos o la intensidad de nuestro compromiso… En vez de servir, nos servimos: por los más diversos motivos, podemos tratar de hacer de la viña del Señor el instrumento de nuestros intereses, de nuestro orgullo, de nuestra forma de medrar, de “ser alguien”, de conseguir mayor salario que otros, recién llegados, trabajadores de última hora y que, a nuestro entender, no han hecho tantos méritos como nosotros. Sin caer en la cuenta de que el salario, el denario igual para todos, es el mismo Señor, la participación en su vida, en su misión, en su bondad generosa y rica en perdón para con todos.

Pablo nos da hoy un magnífico ejemplo de lo que significa ser trabajador de esta viña. Él nos enseña que lo importante, lo que llena su corazón, es la viña misma, la causa de Jesús, que Él sea glorificado y conocido, sin importar el precio que tiene que pagar él, obrero del Evangelio, en trabajos, sufrimientos, en vida y en muerte. Hasta el punto de que Pablo no sólo no mira el esfuerzo realizado, “aguantando el peso del día y el bochorno”, y que merece ya el justo premio, sino que, por el bien de la viña, está dispuesto a prolongar indefinidamente la jornada de trabajo, difiriendo la consecución del salario. Y es que Pablo ha comprendido esos planes que no son nuestros planes, esos caminos que no son nuestros caminos, esa bondad característica del dueño de la viña que está por encima de toda lógica mercantil: mirando la porción de viña en la que le ha tocado trabajar, y a los creyentes que se le han confiado, recién llegados a la fe y trabajadores de última hora, lo que él quiere es que puedan también ellos recibir el salario íntegro al que él mismo aspira: llevar una vida digna del Evangelio de Cristo.

Domingo 24 del Tiempo Ordinario (A)

septiembre 16, 2017

Lectura del libro del Eclesiástico 27, 33-28, 9 Perdona la ofensa a tu prójimo, y se te perdonarán los pecados cuando lo pidas

Furor y cólera son odiosos; el pecador los posee. Del vengativo se vengará el Señor y llevará estrecha cuenta de sus culpas. Perdona la ofensa a tu prójimo, y se te perdonarán los pecados cuando lo pidas. ¿Cómo puede un hombre guardar rencor a otro y pedir la salud al Señor? No tiene compasión de su semejante, ¿y pide perdón de sus pecados? Si él, que es carne, conserva la ira, ¿quién expiará por sus pecados? Piensa en tu fin, y cesa en tu enojo; en la muerte y corrupción, y guarda los mandamientos. Recuerda los mandamientos, y no te enojes con tu prójimo; la alianza del Señor, y perdona el error.

Sal 102, 1-2. 3-4. 9-10. 11-12 R./ El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la cólera y rico en clemencia

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 14, 7-9 En la vida y en la muerte somos del Señor

Hermanos: Ninguno de nosotros vive para sí mismo y ninguno muere para sí mismo. Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor; en la vida y en la muerte somos del Señor. Para esto murió y resucitó Cristo: para ser Señor de vivos y muertos.

Lectura del santo evangelio según san Mateo 18, 21-35 No te digo que perdones hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete

En aquel tiempo, se adelantó Pedro y preguntó a Jesús: -«Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?» Jesús le contesta: -«No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.Y a propósito de esto, el reino de los cielos se parece a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus empleados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debla diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así. El empleado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: “Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré todo.” El señor tuvo lástima de aquel empleado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda. Pero, al salir, el empleado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debla cien denarios y, agarrándolo, lo estrangulaba, diciendo: “Págame lo que me debes.” El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba, diciendo: “Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré.” Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía. Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo: “¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo pediste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?” Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda. Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo, si cada cual no perdona de corazón a su hermano.»

 

Setenta veces siete

 

La corrección fraterna es una consecuencia necesaria de nuestra condición imperfecta y pecadora. Pero, a veces, el pecado se convierte en una realidad que nos ofende o nos hace daño sin remedio. No se trata ya, sólo, de corregir (o dejarse corregir) para mejorar una conducta imperfecta o nociva (en primer lugar, para el mismo que así actúa), pero que no es todavía irreparable (de ahí la obligación de la “reparación”, de la corrección). Ahora se trata de algo más: por activa o por pasiva (hemos hecho o nos han hecho) de un daño que ya no tiene vuelta atrás. No tiene que ser algo enorme o monstruoso, los pecados que hacemos y padecemos suelen ser menudos, ligados a las situaciones pedestres de nuestra vida, pero no por eso nos resultan menos dañinos, ofensivos, dolorosos. Hacemos daño sobre todo a los más cercanos, a los que más queremos, y son ellos los que más nos hacen sufrir. Nuestra vida va acumulando pequeñas heridas, conflictos enquistados, agravios, desengaños, injusticias (no lo olvidemos, que hacemos y que nos hacen). Con frecuencia, unas cosas llevan a otras: revanchas, pequeñas venganzas, en forma de palabras, alusiones, omisiones… Es sobre ese cúmulo de “pecados veniales” sobre el que crecen después los grandes conflictos, las traiciones, los expolios a gran escala, los abismos duraderos, los odios irreconciliables, los enfrentamientos entre grupos, pueblos y naciones, las guerras… La dinámica de acción y reacción suele ser la que se impone en una espiral que acaba por hacer imposible la convivencia e irrespirable la vida. A pequeña y gran escala no es necesario aducir ejemplos: la vida, la nuestra personal y la de nuestro mundo, está demasiado llena de ellos. Que cada cual elija a placer.

Sólo el perdón rompe el círculo vicioso de esta dinámica diabólica. El perdón inaugura posibilidades nuevas e inéditas y permite comenzar de cero. Jesús, Maestro de la misericordia y del perdón, nos enseña hoy sobre ello aprovechando una pregunta de Pedro. Es una pregunta que, ya en sí misma, encierra un extraordinario interés. En primer lugar, denota que en el grupo de los discípulos los conflictos y las ofensas debían ser frecuentes. El modo de preguntar de Pedro nos deja adivinar un cierto hartazgo: conocemos muy ese “cuántas veces…”: “cuántas veces tengo que decirte…”; “cuántas veces voy a tener que aguantar…”; “cuántas veces me has hecho la misma faena…”; etc. Además, habla de perdonar “a mi hermano”, lo que confirma que se trata de relaciones conflictivas con los cercanos. Pero esto mismo denota que Pedro ya había entendido mucho del mensaje de Jesús: el condiscípulo, pese a todo, es un hermano, lo que habla de las relaciones familiares que se habían establecido en el círculo de los discípulos; y la medida del perdón propuesta por Pedro es en extremo generosa: siete veces no son pocas. Ya sabemos que el “siete” bíblico representa la perfección. Bastaría que nos examináramos a nosotros mismos sobre la medida de nuestra capacidad de perdón. Perdonar siete veces al mismo hermano, tal vez por la misma ofensa, posiblemente esté muy lejos de nuestra capacidad de padecer (que es lo que significa paciencia). Pedro está volviendo por activa la medida terrible que usaba Lamec para vengar las ofensas: exactamente siete veces (cf. Gn 4, 23-24).

Pero, he aquí que Pedro, que tal vez se ufanaba de su generosidad, se encuentra con una chocante respuesta de Jesús: no siete veces, sino setenta veces siete. Fácil es entender que si el siete tiene un sentido simbólico, aquí Jesús no nos está diciendo que perdonemos 490 veces, sino que nuestra capacidad de perdón no debe tener límites, tenemos que estar dispuestos a perdonar siempre, cada vez que nuestro hermano nos pida perdón (cf. Lc 17, 4). Ahora bien, una vez más, ante las exigencias desmedidas que nos propone Jesús, tenemos que preguntarnos si es esto posible, si está a nuestro alcance, si realmente se puede exigir tanto de nosotros, que somos tan limitados en tantos sentidos.

La parábola que Jesús les cuenta a continuación fue probablemente la respuesta a la cara de asombro que debieron poner los discípulos al escuchar su respuesta. Es una parábola que nos explica hasta qué punto la medida del perdón que nos propone es realista, ya que no se nos exige nada que no hayamos recibido en sobreabundancia. Los 10.000 talentos de la deuda del siervo son una exageración intencionada. Es una cifra exorbitante, que seguramente excedía la fortuna que pudiera tener nadie en aquel tiempo. Y, sin embargo, pese a lo extraordinario de la suma (que el siervo moroso había recibido en préstamo) el rey cede a las súplicas de aquel y se la perdona del todo, no sin perjuicio de sus intereses. Sin embargo, el siervo, recién aligerado de un peso insoportable y que amenazaba su vida y la de toda su familia, no fue capaz de aplicar la misma medida ante una deuda mucho más menuda. Frente a los irreales 10.000 talentos, 100 denarios es una cifra muy realista, a la medida de las necesidades humanas: un denario podía equivaler al salario diario de un trabajador no cualificado (cf. Mt 20, 2); con doscientos denarios se podía comprar pan para mucha gente (cf. Mc 6, 37), y con trescientos, un perfume de primera calidad (cf. Jn 12, 5).

La enorme desproporción entre los 10.000 talentos y los 100 denarios nos habla de la desproporción infinita entre lo que hemos recibido de Dios y la parte que a nosotros nos toca, también en lo referente al perdón. Nuestra deuda con Dios es la de aquellos que han recibido de Él dones sin medida, que no se pueden comprar con nada: la misma vida, la libertad, la salvación en Jesucristo, todo aquello que nos vincula con Él, la Iglesia, los sacramentos, la comunidad cristiana o la familia, naturalmente, también el perdón y la vida eterna. Todo ello es literalmente impagable, y todo ello lo recibimos gratis, como don. ¿Podemos comparar estos regalos que recibimos de Dios por puro amor suyo, con lo que nos corresponde hacer a nosotros? A veces pequeñas molestias, alguna injusticia menor, real o imaginada, los defectos de aquellos con los que convivimos producen en nosotros reacciones iracundas e inmisericordes, como la del siervo que agarraba por el cuello a su compañero, y que nos hacen olvidar lo mucho que estamos en deuda. La ligereza que le produjo al hombre aquel el perdón del rey no le sirvió para inclinarse a su vez con misericordia y magnanimidad, a su medida, hacia el que le suplicaba. Es verdad que existen situaciones muy graves y dramáticas, en las que el perdón resulta más difícil. Pero, precisamente por ello indica Jesús la enorme desproporción entre lo que Dios nos da y lo que nos pide. Somos ricos en misericordia, porque Dios la ha derramado sobre nosotros con sobreabundancia. No podemos ser rácanos en darla a los demás, aunque en ocasiones el “desembolso” sea notable.

La dificultad del perdón en los casos más extremos nos debe hacer caer en la cuenta de dos cosas muy importantes: primero, que tampoco a Dios le ha salido gratis el perdón (que nosotros sí que recibimos gratuitamente), sino que ha pagado un altísimo precio por él. Los 10.000 talentos no son otra cosa que la sangre de Jesucristo derramada en la cruz. El perdón es gratuito, es gracia, pero no debemos considerarla una “gracia barata”, que podemos tomar a destajo, sin consideración ni gratitud. En segundo lugar, que esa dificultad del perdón habla precisamente de la seriedad del mal en todos sus niveles. Si necesitamos del perdón, es porque hay ofensas, en ocasiones muy graves. Tan graves que han exigido la encarnación, muerte y resurrección del Hijo de Dios.

La consecuencia de todo esto es que el verdadero perdón, contra lo que se suele pensar, no es cosa de débiles, sino, al contrario, de fuertes. Ante el mal y la ofensa recibida, lo fácil, lo espontáneo es responder con un mal equivalente o mayor. El perdón, que consiste en saldar la deuda y reconciliar y sanar la memoria (lo que a veces requiere un largo proceso), exige una gran fuerza moral, que recibimos precisamente cuando nos abrimos al perdón que recibimos de Dios. Y, puesto que el mal ya padecido se nos muestra con el sello de lo irremediable, el verdadero perdón, como única alternativa positiva y creativa, consiste en el fondo en participar de la misma fuerza creadora y recreadora de Dios. Ello explica que el primer beneficiario del perdón, además del perdonado, sea el mismo que perdona, que se reconcilia consigo mismo y se sana de un odio y un rencor que, de otro modo, podrían acabar destruyéndolo. Por eso dice Jesús que tenemos que “perdonar de corazón” al hermano: el que acoge de verdad el perdón de Dios, ese tiene un corazón nuevo; mientras que el que se niega a perdonar, ni siquiera cuando se le suplica, ese no está abierto a acoger los dones de Dios. Y si, pese a todo, a veces el perdón se nos hace tan difícil que nos parece psicológicamente imposible, tenemos que recordar que la voluntad y el deseo de perdonar ya es una forma de ejercerlo (aunque luego haya que recorrer un cierto camino), y que ese esfuerzo difícil por el perdón, que a veces nos parece exigirnos la vida, es una forma de vivir y morir para el Señor, que murió y resucitó para que seamos suyos

Domingo 23 del tiempo ordinario (A)

septiembre 9, 2017

Lectura de la profecía de Ezequiel 33, 7-9 Sí no hablas al malvado, te pediré cuenta de su sangre

Así dice el Señor: «A ti, hijo de Adán, te he puesto de atalaya en la casa de Israel; cuando escuches palabra de mi boca, les darás la alarma de mi parte. Si yo digo al malvado: “¡Malvado, eres reo de muerte!”, y tú no hablas, poniendo en guardia al malvado para que cambie de conducta, el malvado morirá por su culpa, pero a ti te pediré cuenta de su sangre; pero si tú pones en guardia al malvado para que cambie de conducta, si no cambia de conducta, él morirá por su culpa, pero tú has salvado la vida.»

Sal 94, 1-2. 6-7. 8-9 R. Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: «No endurezcáis vuestro corazón.»

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 13, 8-10 Amar es cumplir la ley, entera

Hermanos: A nadie le debáis nada, más que amor; porque el que ama a su prójimo tiene cumplido el resto de la ley. De hecho, el «no cometerás adulterio, no matarás, no robarás, no envidiarás» y los demás mandamientos que haya, se resumen en esta frase: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo.» Uno que ama a su prójimo no le hace daño; por eso amar es cumplir la ley entera.

Lectura del santo evangelio según san Mateo 18, 15-20 Si te hace caso, has salvado a tu hermano

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: -«Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos. Si te hace caso, has salvado a tu hermano. Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un gentil o un publicano. Os aseguro que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo. Os aseguro, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre del cielo. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.»

Jesús en medio de su comunidad enseña y corrige

 

El episodio de Cesárea de Filipo nos ha dejado la imagen de un Pedro que, casi simultáneamente, confiesa y niega, es bienaventurado y rechazado. Y esto nos dice que nosotros, los creyentes, somos bienaventurados porque hemos sido tocados por el Señor con el don de la fe, pero que no por eso somos puros y perfectos, sino que seguimos siendo pecadores. Jesús va por delante de nosotros, enseñándonos el camino de perfección, que conduce a Jerusalén

, a la Pasión y a la muerte en la cruz. Además ha depositado en nosotros, imperfectos y pecadores, una responsabilidad enorme, puesto que nos ha confiado las llaves del Reino, es decir, la realización de su propia causa. Y, por eso mismo, es tan importante y tan urgente que Jesús, Señor y Maestro, siga enseñándonos, y que nosotros sigamos a la escucha de su magisterio, si es que queremos cumplir con fidelidad la misión que nos ha confiado. Tal por esto, la Iglesia recuerda cada día, al comenzar la liturgia matutina, las palabras del salmo de hoy: ¡Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor!

Una parte de esta enseñanza consiste en corregirnos, señalarnos nuestras incoherencias, nuestras deficiencias, nuestros pecados. Así que estar a la escucha de la enseñanza de Jesús incluye necesariamente estar abiertos a su corrección: «No endurezcáis vuestro corazón.». Y, al habernos confiado su misión, nos enseña y corrige por medio de su comunidad, que es su Cuerpo y en la que nos insertamos como miembros vivos. Somos una comunidad de fe: es precisamente nuestra fe en Jesús como Mesías lo que nos congrega y vincula, y esa es nuestra dicha, nuestra bienaventuranza; pero somos una comunidad en camino, una comunidad de hombres y mujeres que todavía no han llegado a la perfección, que necesitan seguir aprendiendo y creciendo en el seguimiento de Jesús. Y todo esto significa que somos corresponsables unos de otros. Aunque cada uno es responsable de sí mismo, no es cierto que cada uno lo sea de manera exclusiva y excluyente: sólo de sí y de nadie más, y ningún otro ha de meterse en mi vida. La responsabilidad que Jesús nos ha confiado, esas llaves entregadas a Pedro, esa misión que todos debemos llevar adelante, tiene mucho que ver con la preocupación por los demás. Jesús nos lo enseña hoy con realismo, de manera directa y explícita: la corrección fraterna es parte esencial de la vida de la comunidad de los discípulos, de la comunidad eclesial.

Desde luego es un encargo difícil: precisamente por nuestra condición de pecadores estamos necesitados de corrección; pero es esa misma condición la que nos dificulta la tarea: primero, porque el pecado se manifiesta en la tendencia a desentenderse de los demás; en segundo lugar, porque, sabiéndonos pecadores, ¿qué autoridad tenemos nosotros para amonestar o llamar la atención a nadie? Y, sin embargo, Jesús insiste en este importante deber. Lo hace en línea con la tradición profética, que nos recuerda, por boca de Ezequiel, que, si bien, es el propio pecador el responsable de su perdición, el que se da cuenta de ello y no hace nada para evitarlo poniéndolo en guardia, se hace corresponsable de ella.

Una manera de superar esta dificultad puede consistir en que nos pongamos en primer lugar, no en el lugar del que ha de corregir, sino en el del corregido. Sabiéndome limitado, imperfecto y pecador, tengo que estar abierto a que me ayuden a superarme mediante la corrección fraterna. Este es también un arte difícil: implica no sólo la humildad de reconocer mis limitaciones, sino también, lo que se nos hace más cuesta arriba, reconocerlas ante los demás, incluso permitir que ellos me las descubran. Con frecuencia nos volvemos herméticos a las observaciones de los otros, nos defendemos de ellas, sea con malos humores y agresividad, sea con indiferencia y soberbia; como si fuéramos ya perfectos y no estuviéramos necesitados de esa ayuda que estimula nuestro crecimiento cristiano.

Cuando nos ejercitamos en esta apertura y capacidad de escucha a esa enseñanza difícil de la corrección fraterna que otros nos dirigen, aprendemos también a construir la comunidad haciéndonos responsables de los demás, ayudándolos con humildad a superar sus propias debilidades. Jesús nos indica una sabia pedagogía, que parte de la discreta conversación personal (pues hay que evitar en lo posible poner a nadie en evidencia); continúa, si es preciso, apelando a la confirmación de unos pocos testigos (lo que nos puede ayudar también a mirar más objetivamente al problema); y, sólo en el caso extremo, acudiendo a la mediación de toda la comunidad. En todo el proceso, queda siempre a salvo el respeto a la autonomía de cada uno. Si el interpelado no hace caso a nadie, él mismo se pone fuera de la comunidad. Y es que, aunque todos seamos responsables unos de otros, sigue siendo verdad que, al final, cada uno es responsable último de sí mismo.

La misión de la corrección fraterna es cosa de todos, pues la comunidad de la que habla Jesús tiene muy distintos niveles: la familia o iglesia doméstica, la comunidad parroquial o el grupo cristiano en el que participo, la comunidad religiosa, la diócesis… Los que tienen especial responsabilidad en estas distintas formas de comunidad están, ciertamente, más obligados. Pero la tarea compete a todos, pues también se puede y se debe ejercer proféticamente la corrección fraterna a aquellos que están investidos de autoridad. En todo caso, el evangelio de hoy nos invita a meditar sobre esta función que también compete a la Iglesia como tal, y que hoy no goza del favor de amplios sectores de eso que se llama “opinión pública”, y que afecta también a muchos miembros de la Iglesia. Es parte de la función magisterial velar por la fidelidad al depósito de la fe y por la coherencia de vida (fides et mores). No cualquier opinión, ni cualquier forma de comportamiento son compatibles con la fe y con las exigencias de vida que se derivan de ella. En ocasiones la Iglesia, por medio de sus pastores, tiene que llamar la atención, avisar de posibles desviaciones y ejercer de manera oficial formas concretas de corrección fraterna. Que esta función no resulte popular y suscite con frecuencia reacciones airadas por parte de ciertos grupos y medios de comunicación social, no quita el que sea parte de la misión que Jesús ha confiado a su Iglesia, de modo que tan evangélico y profético es amar al enemigo y atender a Jesús en sus pequeños hermanos, como obedecer a aquellos a los que Él ha puesto al frente de su rebaño.

La mejor, o tal vez, la única forma de poner en práctica esta importante dimensión evangélica de la corrección fraterna es contemplarla como una modulación de lo único que nos debemos y que resume toda la ley: el amor. Sin él, cualquier corrección se convierte en una disciplina sin corazón, que busca salvar, no tanto a la persona que yerra, sino sólo “el orden establecido”. El amor es el único camino de perfeccionamiento por el que nos llama Jesús. Y el amor, que es la disposición a dar la vida por los hermanos, incluye también la disposición sincera a sufrir por ellos, sea porque nos corrigen, sea porque tenemos que corregirlos de un modo u otro.

Las palabras postreras de Jesús en el Evangelio de hoy nos dan otra clave para ejercer adecuadamente este difícil ministerio. Puesto que la corrección fraterna presupone siempre una situación conflictiva, para poder ejercerla de manera evangélica, es decir, conforme al mandamiento del amor, deberíamos realizarla siempre asegurando previamente el acuerdo en lo fundamental, reunidos en el nombre del Señor, y en un ambiente de oración. Estas cosas no deberían darse por supuestas: porque son ellas las que hacen presente al mismo Jesús en medio de nosotros; y cuando tenemos la certeza en la fe de que es Él el que nos enseña y corrige, entonces resulta mucho más fácil acoger la corrección y seguir caminando en pos de la perfección del amor, en el seguimiento de Cristo.

Nos cuesta dejarnos corregir. Pero todos nosotros estaremos de acuerdo que si fuera el mismo Jesús el que nos viniera a corregir, posiblemente aceptaríamos encantados la corrección. Pues bien, es Él mismo el que está en medio de su comunidad, el que nos enseña y corrige.

Domingo 22 del tiempo ordinario (A)

septiembre 2, 2017

Lectura del libro de Jeremías 20, 7-9 La palabra del Señor se volvió oprobio para mí

Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir; me forzaste y me pudiste. Yo era el hazmerreir todo el día, todos se burlaban de mí. Siempre que hablo tengo que gritar: «Violencia», proclamando: «Destrucción.» La palabra del Señor se volvió para mí oprobio y desprecio todo el día. Me dije: «No me acordaré de él, no hablaré más en su nombre»; pero ella era en mis entrañas fuego ardiente, encerrado en los huesos; intentaba contenerlo, y no podía.

Sal 62, 2. 3-4. 5-6. 8-9 R. Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 21-12, 1-2 Presentad vuestros cuerpos como hostia viva

Os exhorto, hermanos, por la misericordia de Dios, a presentar vuestros cuerpos como hostia viva, santa, agradable a Dios; éste es vuestro culto razonable. Y no os ajustéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir lo que es la voluntad de Dios, lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto.

Lectura del santo evangelio según san Mateo 16, 21-27 El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo

En aquel tiempo, empezó Jesús a explicar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día. Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo: -«¡No lo permita Dios, Señor! Eso no puede pasarte.» Jesús se volvió y dijo a Pedro: -«Quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar; tú piensas como los hombres, no como Dios.» Entonces dijo Jesús a sus discípulos: -«El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga.

Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí la encontrará. ¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? ¿O qué podrá dar para recobrarla? Porque el Hijo del hombre vendrá entre sus ángeles, con la gloria de su Padre, y entonces pagará a cada uno según su conducta.»

 

Cargar con la cruz para seguir a Jesús

 

El Evangelio de hoy completa el cuadro de Cesárea de Filipo que consideramos la semana pasada. Por eso, para una comprensión más plena es necesario leer juntos los dos textos. Una vez que los discípulos, por boca de Pedro, han confesado que Jesús es el Mesías, éste comienza con ellos una catequesis personalizada sobre el sentido de su mesianismo y que se concreta en el primer anuncio de su pasión. Esto choca frontalmente con las expectativas de un mesianismo triunfante, que somete con poder y fuerza a los enemigos de Israel. Jesús no deja de hablar de victoria, pero de un modo completamente distinto al que esperan los discípulos: primero tiene que ir a Jerusalén, someterse, padecer, incluso ser ejecutado. El triunfo sólo vendrá después de la completa derrota, mediante la resurrección “al tercer día”.

Que todo esto contradice de plano lo que los discípulos esperaban del Mesías se echa de ver en la reacción –una vez más, en representación de todo el grupo– de Pedro. Es una reacción que no puede sorprendernos, porque no puede ser más humana. Lo que sorprende es la dura respuesta de Jesús, que rechaza con virulencia y llama “Satanás” a aquel a quien acaba de declarar bienaventurado y de confiarle las llaves del Reino. Sin embargo, ese tremendo apóstrofe tiene su lógica, porque al rechazar el camino hacia la cruz Pedro está jugando el papel del tentador, que en el desierto ya le propuso a Jesús una forma de mesianismo más lisonjera, hecha de poder y de éxito (cf. Mt 4, 1-11), y que suponía pactar de un modo u otro con el diablo. El mesianismo que elije Jesús, el mesianismo de la cruz, es aquel en el que sus enemigos no son los hombres pecadores, sino sólo los pecados de los hombres; por ello, no se trata de liberar a unos del poder de otros (con lo que todo quedaría igual: unos sometidos a otros), sino de liberar a todos del poder del pecado que los somete, y hacer de todos ellos hermanos, hijos de un mismo Padre. Para ello es necesario renunciar a todo lo que signifique una alianza con cualquier forma de mal, como el sometimiento de los demás por medio de la violencia.

El camino de la cruz es el de la negación de sí, el de la entrega de la propia vida hasta la muerte. Y este camino, el de Cristo hasta Jerusalén, es, tiene que ser, el camino del cristiano en el seguimiento del Maestro.

Por eso, hoy, el “no” de Pedro nos tiene que hacer reflexionar. El mismo Pedro que nos representaba en la confesión de fe, nos representa también en el rechazo de la cruz. Y esta contradicción nos descubre que el camino cristiano es un camino complejo, en el que existen distintos momentos, todos ellos necesarios, pero insuficientes si los separamos entre sí. Pedro es bienaventurado porque ha comprendido en la fe y ha confesado la verdadera identidad de Jesús y, gracias a ello, ha recibido un nombre nuevo y una misión. Pero hoy comprendemos que confesar de manera ortodoxa, con ser fundamental (es el fundamento), no es suficiente si no se da el paso de aceptar la cruz que esa confesión lleva consigo. Si aceptamos a Jesús como el Mesías, tenemos que aceptar el mesianismo que él nos propone, no el que nosotros queremos soñar o imaginar.

Cuántas veces sucede que emprendemos un proyecto de vida cristiana (en el matrimonio, en una comunidad parroquial, en un movimiento o en la vida religiosa) llenos de entusiasmo y de optimismo, llevados precisamente por la fe que profesamos, por la revelación que hemos recibido de lo alto. Pero en cuanto tropezamos con las inevitables dificultades de la vida, con conflictos o decepciones, con algunos sufrimientos que nos causan precisamente aquellos con los que habíamos emprendido ese camino feliz, empezamos a renegar, a sentir la tentación de echarnos atrás, a decirnos que no, que no era esto lo que habíamos soñado, lo que nos habíamos imaginado. Somos creyentes ortodoxos, confesamos como se debe, y en esto somos bienaventurados, pero no estamos dispuestos a aceptar la cruz, la limitación, el sufrimiento que conlleva el camino que hemos emprendido en el seguimiento de Jesús. Parece que queremos enmendarle la plana a Cristo, que en su encarnación no ha elegido vivir en una campana de cristal ni en un mundo ideal, sino que ha asumido nuestra condición, nuestras limitaciones, y ha tomado sobre sí el pecado del mundo; nos gustaría un mesianismo y una salvación más fácil y ligera, en la que Dios desplegara su poder y nos librara como por arte de magia de nuestros problemas y dificultades. Pero esto es sólo una tentación en la que caemos con facilidad y en la que tratamos de hacer caer a Jesús, asumiendo así el papel del tentador.

Jesús, tras la primera reacción contra Pedro, dirige a los suyos (a todos nosotros) una enseñanza más sosegada sobre el significado verdadero del camino de seguimiento al que nos llama: si queremos caminar en pos de Él, tenemos que estar dispuestos a la negación de nosotros mismos, a cargar con la cruz, a perder la propia vida para ganarla. Pero, ¿no es esto algo imposible y absurdo? ¿No será esto una especie de masoquismo espiritual contrario a los deseos humanos de felicidad y que explica el amplio rechazo que el cristianismo se está ganando cada vez más en nuestros días, especialmente en el mundo más avanzado? Aunque puede ser verdad lo relativo al rechazo del cristianismo, no podemos estar de acuerdo en la acusación de masoquismo. Tomar la cruz no es hacer una opción por el dolor, sino una opción por el amor. Y el amor es lo más necesario para la vida, pero también lo más exigente, pues, a diferencia de la ley, no reclama simplemente un comportamiento determinado, sino el corazón y la vida entera. Por eso, como nos dice Jesús hoy, quien pierde la vida porque la entrega libremente, da vida y encuentra la vida. Tomar la cruz no significa buscar el dolor o el sufrimiento, pues estos están inevitablemente presentes en nuestra vida de un modo u otro. Significa no pararse en ellos, no hacer de la cruz una excusa para el egoísmo, para la autocompasión egocéntrica, para llamar la atención, en el fondo, para no amar; Jesús nos dice que carguemos con ella, pero no que nos quedemos en ella, sino que nos pongamos en camino, en su seguimiento. Tomar la cruz es elegir el amor y la entrega, la atención a los demás, el perdón… también cuando no me va tan bien, cuando experimento el dolor o la limitación, cuando siento no sólo las alas del amor, sino también su peso. En el fondo, la propuesta de Jesús está animada de una profunda lógica vital: el éxito social, la riqueza, el poder… son bienes efímeros, que no perduran, y que conducen inevitablemente a la muerte, que los corroe. Mientras que el camino difícil del amor y la entrega de sí nos conecta con la fuente de la vida, siembra nuestra vida perecedera con semillas de vida eterna. Las derrotas aparentes conducen a la victoria del “tercer día”, la victoria definitiva sobre la muerte.

Abundan hoy día autodenominadas “iglesias cristianas”, “universales”, etc. que predican la fe como camino de éxito social en este mundo, y prometen a sus fieles la riqueza material (frecuentemente, mientras los esquilman). Como los malos pastores de que habla San Agustín, predican que quienes vivan piadosamente en Cristo abundarán en toda clase de bienes, induciéndolos a vivir, o a tratar de vivir en la prosperidad que les ha de corromper, de modo que cuando sobrevengan las adversidades, los derribarán y acabarán con ellos. El que de esta manera edifica, no edifica sobre piedra, sino sobre arena (cf. S. Agustín, Sermón 46, sobre los Pastores, 10-11).

Muy distinto es el verdadero mensaje evangélico, que añade a la confesión de fe la disposición a entregar la propia vida como Jesús, libremente y por amor. Tomar sobre sí la cruz es lo mismo que nos dice hoy Pablo: presentar el propio cuerpo (la propia vida) como una hostia viva, santa, agradable a Dios. El misterio de la cruz es el misterio mismo de la eucaristía, el de la entrega hasta dar la vida. Pablo ejerce hoy de buen pastor, cuando nos exhorta a no acomodarnos a este mundo, sino a un discernimiento de lo bueno y lo perfecto, a ser libres de los dictados del ambiente, incluidas las burlas que tiene que afrontar el verdadero profeta, a caminar contra corriente y a ser una verdadera alternativa. Todo esto es lo que conlleva la verdadera confesión de fe en Jesús como Mesías y, venciendo la tentación diabólica de abandonar (como la que siente Jeremías) o de falsos mesianismos, la voluntad de seguirlo hasta Jerusalén.