Archive for 24 noviembre 2017

Domingo 34 del Tiempo Ordinario (A) Jesucristo, Rey del Universo

noviembre 24, 2017

Lectura de la profecía de Ezequiel 34, 11-12. 15-17 A vosotras, mis ovejas, voy a juzgar entre oveja y oveja

Así dice el Señor Dios: «Yo mismo en persona buscaré a mis ovejas, siguiendo su rastro. Como sigue el pastor el rastro de su rebaño, cuando las ovejas se le dispersan, así seguiré yo el rastro de mis ovejas y las libraré, sacándolas de todos los lugares por donde se desperdigaron un día de oscuridad y nubarrones. Yo mismo apacentaré mis ovejas, yo mismo las haré sestear -oráculo del Señor Dios-. Buscaré las ovejas perdidas, recogeré a las descarriadas; vendaré a las heridas; curaré a las enfermas: a las gordas y fuertes las guardaré y las apacentaré como es debido. Y a vosotras, mis ovejas, así dice el Señor: Voy a juzgar entre oveja y oveja, entre carnero y macho cabrío.»

Salmo responsorial Sal 22, 1-2a. 2b-3. 5. 6. El Señor es mi pastor, nada me falta.

Lectura de la primera carta de san Pablo a los Corintios 15, 20-26. 28 Devolverá a Dios Padre su reino, y así Dios lo será todo para todos

Hermanos: Cristo resucitó de entre los muertos: el primero de todos. Si por un hombre vino la muerte, por un hombre ha venido la resurrección. Si por Adán murieron todos, por Cristo todos volverán a la vida. Pero cada uno en su puesto: primero Cristo, como primicia; después, cuando él vuelva, todos los que son de Cristo; después los últimos, cuando Cristo devuelva a Dios Padre su reino, una vez aniquilado todo principado, poder y fuerza. Cristo tiene que reinar hasta que Dios haga de sus enemigos estrado de sus pies. El último enemigo aniquilado será la muerte. Y, cuando todo esté sometido, entonces también el Hijo se someterá a Dios, al que se lo había sometido todo. Y así Dios lo será todo para todos.

Lectura del santo evangelio según san Mateo 25, 31-46 Se sentará en el trono de su gloria y separará a unos de otros

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Cuando venga en su gloria el Hijo del hombre, y todos los ángeles con él, se sentará en el trono de su gloria, y serán reunidas ante él todas las naciones. Él separará a unos de otros, como un pastor separa las ovejas, de las cabras. Y pondrá las ovejas a su derecha y las cabras a su izquierda. Entonces dirá el rey a los de su derecha: “Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme.” Entonces los justos le contestarán: “Señor, ¿cuándo te vimos con hambre y te alimentamos, o con sed y te dimos de beber?; ¿cuándo te vimos forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos?; ¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte?” Y el rey les dirá: “Os aseguro que cada vez que lo hicisteis con uno de éstos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis.” Y entonces dirá a los de su izquierda: “Apartaos de mi, malditos, id al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber, fui forastero y no me hospedasteis, estuve desnudo y no me vestisteis, enfermo y en la cárcel y no me visitasteis.” Entonces también éstos contestarán: “Señor, ¿cuándo te vimos con hambre o con sed, o forastero o desnudo, o enfermo o en la cárcel, y no te asistirnos?” Y él replicará: “Os aseguro que cada vez que no lo hicisteis con uno de éstos, los humildes, tampoco lo hicisteis conmigo.” Y éstos irán al castigo eterno, y los justos a la vida eterna.»

 

El juicio final

En fuerte contraste con otras parábolas suyas, que se distinguen por su extrema sencillez, aquí Jesús realiza un alarde de imaginación y nos dibuja un cuadro magnífico y solemne. La misma idea del juicio final evoca sentimientos tremendistas, nos hace imaginar escenarios terribles. Basta pensar en la fuerza y el dramatismo expresados en el célebre juicio final de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina. Por eso hay quienes creen que el Juicio final está pensado para asustar al ser humano con ese género de representaciones que contrastan mucho con sus (nuestras) preocupaciones cotidianas, mucho más modestas. Estas preocupaciones habituales e inevitables las resumía muy bien el filósofo Epicuro en lo que él llamaba “el grito de la carne”: “no tener hambre, no tener sed, no pasar frío”, o, si se quiere, en un lenguaje más actual, “un bienestar razonable”.

¿Se corresponde realmente el juicio de Dios con esas ideas tremendas, terribles y alejadas de la cotidianidad pedestre de nuestra vida?

En realidad, el juicio de Dios es “final” no, sobre todo, porque esté al final cronológico de la historia (sea ésta la historia universal, sea la pequeña historia que es la biografía de cada uno), sino porque trata de las dimensiones últimas, definitivas, pero realmente presentes, si bien no siempre de modo totalmente consciente, en la vida de cada día.

Hay que empezar diciendo que el juicio de Dios es, como todo juicio, un discernimiento y, por tanto, un proceso. En él, en la “fase de instrucción” o recogida de rastros y pruebas, Dios ha salido en busca del hombre, de modo parecido a cómo un pastor va en busca de su rebaño disperso, como de forma tan expresiva y bella describe el profeta Ezequiel en el texto de la primera lectura. Va Dios a la busca del que se ha perdido, de los “perdidos”. Esa pérdida (de sí) era ya toda una sentencia: el hombre se condena a sí mismo a muerte cuando se aleja de la fuente de la vida, de Aquel que se la ha regalado. Y si esa es la sentencia que el hombre dicta contra sí mismo (la que los seres humanos dictan además unos contra otros, de manera directa o indirecta, mediante la violencia y el odio, o mediante la indiferencia y el olvido egoísta), Dios ya ha juzgado de manera definitiva (un verdadero juicio final) sin apelación posible: su sentencia ha sido la misericordia y el perdón. Pero, como la otra sentencia, la de muerte, ya se ha hecho presente por el juicio (o la falta de él) del ser humano (Adán), Dios ha asumido esa sentencia sobre sí, y la ha padecido en Jesucristo. Y así, venciendo la muerte desde dentro, ha abierto a todos las puertas del perdón y de la vida, de la resurrección. Ese juicio de Dios es lo que con tanta concisión y fuerza nos transmite hoy la primera carta de Pablo a los Corintios.

Pero si todo esto es así, ¿a qué viene –podríamos preguntar– esa parábola grandiosa del juicio final? Más allá de la grandiosidad del escenario (requerido, sin embargo, por la seriedad de lo representado en él), reparemos en su contenido, en lo que Jesús nos quiere decir. Lo primero que nos dice es que ese juicio final también es un proceso que está sucediendo todos los días (también en fase de instrucción): no es algo que está en un lejano y brumoso futuro escatológico, sino precisamente en esa cotidianidad a la que nos referíamos al principio. En segundo lugar, se nos dice que, si el Juicio de Dios es el perdón y la misericordia, y esa sentencia ya ha sido dictada de una vez y para siempre en la muerte y resurrección de Jesucristo, ahora somos nosotros los que nos juzgamos a nosotros mismos: en la medida en que acogemos esa capacidad de compadecer (= padecer con) de Dios con nosotros y la proyectamos sobre los demás, precisamente sobre los que padecen (y, ¿quién no padece de un modo u otro?). Es decir, ese “grito de la carne” del que hablaba Epicuro, ese es el contenido del juicio que está en curso cada día, y en el que nosotros nos juzgamos a nosotros mismos. Pero si ese grito brota de modo espontáneo de la carne de cada uno referido a sí, aquí se nos habla de acoger el grito de aquellos que pasan hambre y sed, o están desnudos o solos o enfermos… Escuchar y responder. Sabemos lo que es padecer esas necesidades, pues todos estamos hechos de la misma pasta, todos tenemos carne; por tanto, podemos comprender los padecimientos ajenos, y participar en ellos, antes que nada no provocándolos (evitar ser causa del hambre o la sed, o el sufrimiento de nadie) y, en segundo lugar, tratando de remediarlos en la medida de nuestras posibilidades. Nadie puede decir que esos problemas no le conciernen, que no tiene que ver con ellos. Si no tenemos que ver con los sufrimientos de nuestros semejantes, ¿con quién tenemos nosotros que ver? Al decir eso, ¿no estamos dictando sentencia contra ellos, abandonándolos en su situación de necesidad, y contra nosotros mismos, rechazando la compasión y la misericordia que Dios nos ofrece? El juicio es discernimiento, y lo que separa o discierne a los seres humanos unos de otros no es, ante todo, ni el sexo, ni la raza, la nacionalidad, el nivel económico ni el de instrucción, ni siquiera, sobre todo, la confesión religiosa, sino la capacidad de compadecer, que es la que hace presente en la cotidianidad pedestre de nuestra vida y de sus preocupaciones más elementales lo que de definitivo, “final”, no pasajero ni mortal hay en la vida humana.

La sorpresa de los juzgados para la vida o para la condenación (“¿Cuándo, Señor no te atendimos?”) nos ayuda a comprender que en nuestra vida, aún sin ser del todo conscientes de ello, está continuamente presente el mismo Dios: el rostro de Cristo es el de nuestros semejantes, y de modo especial el de los que pasan necesidad. Realmente, el primer y principal sacramento de Dios en la tierra, su forma más universal y directa de presencia real, es el hombre, cada ser humano concreto, especialmente en sus sufrimientos. Ese “no saber” (que estaban desatendiendo a Cristo) tiene un significado muy concreto, que vale incluso para los que “saben”, para los creyentes que reconocen en los demás, sobre todo en los pobres, el rostro de Cristo. Y es que al compadecer, ayudar, visitar, consolar… no lo hacemos “para” salvarnos; como si fuera posible “comprar” la salvación a base de buenas obras; como si éstas fueran una técnica religiosa “para ir al cielo”. Cuando respondemos con misericordia (que incluye la justicia y es su forma suprema) a las necesidades ajenas, lo hacemos “porque” la salvación ya está operando en nosotros de un modo u otro; y la prueba de ello es nuestra capacidad de salir del círculo egoísta de nuestras necesidades y abrirnos a las necesidades de los demás. Esto es, lo hacemos por amor a ellos. Pero, ¿no es el amor la presencia de lo absoluto, definitivo y final, del mismo Dios, en nuestro mundo pasajero y mudable? Sí. Ese es el juicio de Dios y ese ha de ser el contenido del Juicio final, como dijo San Juan de la Cruz: “Al atardecer de la vida nos examinarán de amor”. O, como más lacónicamente aún dice San Pablo: “el amor no pasa nunca” (1 Cor 13, 8).

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Domingo 33 del Tiempo Ordinario (A)

noviembre 18, 2017

Lectura del libro de los Proverbios 31, 10-13. 19-20. 30-31 Trabaja con la destreza de sus manos

Una mujer hacendosa, ¿quién la hallará? Vale mucho más que las perlas. Su marido se fía de ella, y no le faltan riquezas. Le trae ganancias y no pérdidas todos los días de su vida. Adquiere lana y lino, los trabaja con la destreza de sus manos. Extiende la mano hacia el huso y sostiene con la palma la rueca. Abre sus manos al necesitado y extiende el brazo al pobre. Engañosa es la gracia, fugaz la hermosura, la que teme al Señor merece alabanza. Cantadle por el éxito de su trabajo, que sus obras la alaben en la plaza.

 

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Tesalonicenses 5, 1-6 Que el día del Señor no os sorprenda como un ladrón

En lo referente al tiempo y a las circunstancias no necesitáis, hermanos, que os escriba. Sabéis perfectamente que el día del Señor llegará como un ladrón en la noche. Cuando estén diciendo: «Paz y seguridad», entonces, de improviso, les sobrevendrá la ruina, como los dolores de parto a la que está encinta, y no podrán escapar. Pero vosotros, hermanos, no vivís en tinieblas, para que ese día no os sorprenda como un ladrón, porque todos sois hijos de la luz e hijos del día; no lo sois de la noche ni de las tinieblas, Así, pues, no durmamos como los demás, sino estemos vigilantes y despejados.

 

Lectura del santo evangelio según san Mateo 25, 14-30 Has sido fiel en lo poco, pasa al banquete de tu Señor

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: -«Un hombre, al irse de viaje, llamó a sus empleados y los dejó encargados de sus bienes: a uno le dejó cinco talentos de plata, a otro dos, a otro uno, a cada cual según su capacidad; luego se marchó. El que recibió cinco talentos fue en seguida a negociar con ellos y ganó otros cinco. El que recibió dos hizo lo mismo y ganó otros dos. En cambio, el que recibió uno hizo un hoyo en la tierra y escondió el dinero de su señor. Al cabo de mucho tiempo volvió el señor de aquellos empleados y se puso a ajustar las cuentas con ellos. Se acercó el que había recibido cinco talentos y le presentó otros cinco, diciendo: “Señor, cinco talentos me dejaste; mira, he ganado otros cinco.” Su señor le dijo: “Muy bien. Eres un empleado fiel y cumplidor; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; pasa al banquete de tu señor.” Se acercó luego el que había recibido dos talentos y dijo: “Señor, dos talentos me dejaste; mira, he ganado otros dos.” Su señor le dijo: “Muy bien. Eres un empleado fiel y cumplidor; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; pasa al banquete de tu señor.” Finalmente, se acercó el que había recibido un talento y dijo: “Señor, sabía que eres exigente, que siegas donde no siembras y recoges donde no esparces, tuve miedo y fui a esconder mi talento bajo tierra. Aquí tienes lo tuyo.” El señor le respondió: “Eres un empleado negligente y holgazán. ¿Con que sabias que siego donde no siembro y recojo donde no esparzo? Pues debías haber puesto mi dinero en el banco, para que, al volver yo, pudiera recoger lo mío con los intereses. Quitadle el talento y dádselo al que tiene diez. Porque al que tiene se le dará y le sobrará, pero al que no tiene, se le quitará hasta lo que tiene. Y a ese empleado inútil echadle fuera, a las tinieblas; allí será el llanto y el rechinar de dientes.”

Una esperanza activa

Nos acercamos paso a paso al final del año litúrgico y la Palabra de Dios nos invita a reflexionar sobre eso que llamamos el fin del mundo. Algunos han considerado que esta doctrina cristiana del fin del mundo era una forma algo tétrica de asustar a la gente. Pero ahora resulta que, en estos tiempos de crisis ecológica y agotamiento de los recursos, estamos casi palpando los límites del mundo y sintiendo la inquietud de que, si seguimos por este camino, la vida (al menos la humana) sobre la tierra se hará inviable. Y, ante esta perspectiva amenazante, nos sentimos llamados a actuar de manera responsable: usar con medida los recursos de la tierra, para que duren y alcancen para todos, también a las futuras generaciones. Pues bien, a esta responsabilidad fundamental es a lo que nos llama hoy Jesús con la parábola de los talentos. Y no sólo respecto de los recursos de la tierra, sino, en general, y también respecto de los recursos de que disponemos personalmente cada uno. Porque el fin de mundo no es sólo un acontecimiento cósmico posible más o menos remoto, sino que tiene también un dimensión estrictamente personal: es la certeza de que la vida humana, la de cada uno de nosotros, es limitada y de que llegará el momento en que habremos de hacer las cuentas con lo que hemos hecho en y con ella. Así, esta parábola completa la que meditamos en el domingo 32 sobre las diez vírgenes: porque nuestro presente no está cerrado sobre sí mismo, estamos a la espera de un acontecimiento futuro que se anuncia con tonos festivos (la venida del esposo, la celebración de una fiesta), pero que también es una llamada a la responsabilidad, a un rendimiento de cuentas. Lo que significa que la espera no es, no debe ser, una actitud pasiva y ociosa. Si la parábola de las vírgenes nos avisaba de que la espera ha de ser prudente (hay que hacer provisión de aceite), ahora se subraya ante todo la necesidad de que no sea ociosa, sino activa y, por tanto, productiva.

No hay nada de tétrico en todo esto. La responsabilidad es parte de nuestra vida, porque es parte de nuestra libertad. Nuestras acciones son nuestras, de cada uno, y por eso cada uno se convierte en responsable de lo que hace. La vida es un don a nuestra disposición, pero, como es vida, es también dinamismo, actividad, tarea, tendencia a crecer, capacidad de dar frutos, de producir, de multiplicarse. Como en la tierra con el problema ecológico, nuestros recursos vitales (capacidades naturales, habilidades adquiridas, relaciones, medios materiales y de cualquier otro tipo, etc.) son limitados, como es limitado el plazo temporal de nuestra responsabilidad. Por eso, hemos de discernir con cuidado qué hacer con todo ello. La vida es una cosa seria, no hay que tomársela a broma. Hay que saber invertir los talentos recibidos para que nuestra vida sea fecunda. Lo contrario de esa inversión es dilapidarlos hasta llegar a la ruina, o esconderlos llevando una vida egoísta y estéril.

Jesús, en su parábola, elige bien la comparación: la toma del ámbito económico, porque ahí la cosa es más patente, pero también es claro que la inversión de la que habla es de otro tipo. Nuestra vida da réditos y frutos y se hace fecunda en la medida en que nos esforzamos por hacer el bien. Hay aspectos de la vida (producir arte, o ciencia y conocimiento, o grandes intereses económicos) que no están en manos de todos, no todos han recibido talentos para ello, pero cada uno, con lo que ha recibido, poco o mucho, puede esforzarse en hacer el bien, en multiplicar la alegría y no la tristeza, en vivir con justicia, en acoger al que sufre, ayudar al necesitado, ser fiel a la palabra dada, y así un largo etcétera. Porque estas cosas dependen estrictamente de nuestra voluntad. En este sentido, nadie ha recibido muchos o pocos talentos, sino que cada uno tiene los suyos, y se le pide que los haga fructificar en la medida de sus posibilidades. La responsabilidad es un hecho absoluto, pero proporcional. Por eso a cada uno se le piden frutos acordes con los talentos recibidos. La fidelidad no es cuestión de tallas ni de tamaños. El que es fiel, lo es en lo pequeño y en lo grande. Y la fidelidad en las pequeñas cosas de cada día es el mejor entrenamiento para garantizar la fidelidad cuando lleguen, si es que llegan, los momentos difíciles y las grandes pruebas.

El elogio de la mujer hacendosa de la primera lectura no es necesario leerlo en clave sólo femenina, sino que es el elogio de la persona responsable, que se toma la vida en serio y multiplica el bien en torno a sí, mejorando el mundo en el que le ha tocado vivir.

Además, como no sabemos el día ni la hora de nuestro particular fin del mundo, como nos recuerda Pablo en la segunda lectura, no hemos de perder el tiempo. Nunca es demasiado pronto para empezar a hacer el bien, y nunca es demasiado tarde para ponerse a ello. El momento presente en que nos encontramos, ese es el talento que hemos de invertir y hacer fructificar. No estamos hablando de una ética obsesiva del trabajo. Ya hemos dicho que el símil económico hay que tomarlo como comparación, como parábola. En la vida hay tiempos para trabajar y descansar, para velar y para dormir, como los hay para llorar y para reír (cf. Eclesiastés 3, 1-8); pero siempre es “tiempo propicio, día de salvación” (cf. 2Cor 6, 2); porque en todo tiempo hemos de evitar el mal y tratar de hacer el bien, de modo que “despiertos o dormidos, vivamos con él” (1 Tes 5, 10).

Y ¿qué pasa con el que devolvió el talento sin producir frutos? ¿Es que eso no es suficiente? ¿No se nos presenta aquí una imagen algo rigorista de la responsabilidad cristiana ante Dios? En realidad, no. El que entregó el talento, después de haberlo tenido escondido sin producir frutos, es como el que devuelve una vida que él mismo ha convertido en estéril. Que ha de entregarla es claro, pues, al margen incluso de que seamos o no creyentes, no vamos a vivir siempre. La vida que hemos recibido (de Dios, si somos creyentes, del azar o la necesidad, si no lo somos) acabaremos por devolverla tarde o temprano. La vida del siervo holgazán es la parábola o el icono del que ha vivido irresponsablemente. Es un fenómeno frecuente, en realidad una tentación permanente y, según creo yo, el corazón mismo del pecado: tomo la vida y la libertad (mucha o poca) que comporta, pero yo no respondo ante nadie. Hago lo que quiero, soy ley para mí mismo, pero que a mí nadie venga a pedirme cuenta de mis actos. Para enterrar en un agujero el propio talento hay que tomarse algunas precauciones. Por ejemplo, no transgredir aquellas convenciones sociales (como las leyes) por las que la sociedad me podría multar o castigarme con la cárcel. Además, como esas convenciones se van estirando bastante en muchos aspectos (por ejemplo, en cuestiones de ética sexual y bioética; aunque todo hay que decirlo, en otras nos estamos poniendo de un moralista cargante, como en el sermoneo laico de lo políticamente correcto), la posibilidad de disponer de la propia libertad de manera irresponsable se amplía notablemente. El único problema es que una vida así, que tal vez no hace nada malo, pero tampoco nada bueno, se hace estéril y al final no tiene nada que ofrecer. El que vive así, si ha tenido suerte, puede ser que se lo haya pasado muy bien, pero su vida, aunque tal vez sea envidiada por muchos, no será admirada por nadie, porque nada ha producido.

¿Qué significa que el señor era un hombre exigente, que segaba donde no sembraba y recogía donde no había esparcido? Tal vez haya que entenderlo en el sentido ya indicado de la seriedad de la vida, que por sí misma es dinamismo, crecimiento y también riesgo. “Enterrar” los propios talentos, las propias posibilidades es una especie de traición al don de la vida. La imagen del señor exigente y duro puede servirnos además de antídoto de esa otra imagen edulcorada de Dios que se va extendiendo cada vez más, y que lo ve como un abuelete bonachón que todo lo perdona sin exigirnos nada, que cierra los ojos ante el mal, y se olvida de exigirnos que vivamos con responsabilidad. Es verdad que Dios lo perdona todo, pero también lo es que si nosotros no respondemos (si no somos responsables) a ese perdón ofrecido, por ejemplo, con un sincero arrepentimiento, la gracia del perdón no obra su efecto. La bondad de Dios incluye su carácter exigente: si Dios quiere nuestro bien, significa que quiere que seamos buenos, que vivamos bien, que seamos responsables, adultos, que se toman la vida en serio, y no que nos comportemos como niños caprichosos. Recordemos que Jesús es el Hijo de Dios, no su “nieto”, y que nos llama a caminar por el camino empinado y a entrar por la puerta estrecha (cf. Mt 7 13-14).

En resumen, la parábola de los talentos es una llamada, en primer lugar, a la acción de gracias: hemos recibido talentos, ni muchos ni pocos, sino precisamente los nuestros. Hemos de reconocerlos con agradecimiento y sin envidia. Nuestra fe no sólo no prohíbe un sano nivel de autoestima, sino que nos lo exige, al considerar positivamente los dones que Dios nos ha dado. En segundo lugar, nos llama a la responsabilidad: esos dones son realidades vivas, semillas llamadas a dar fruto. Nuestra libertad ha de ponerse manos a la obra para que, en la medida de nuestras posibilidades, el mundo se haga mejor gracias a nuestra aportación (que, por otro lado, nadie puede hacer por nosotros). Por fin, nos llama también a la esperanza: contra todas las posibles evidencias, hacer el bien (ser justos, decir la verdad, sacrificarse por los demás, etc.) no es ni inútil ni cosa de ingenuos, sino una inversión a largo plazo que dará frutos a su tiempo.

Cuando tratamos de vivir así, nos abrimos a esas dimensiones ultimas (escatológicas), a los valores que no pasan, a la eternidad de Dios que se ha hecho presente en la historia humana por la encarnación de Jesús, y, de este modo, anticipamos sin miedo el “fin del mundo”, justamente aquello que en el mundo es definitivo y no pasa nunca, y que se sustancia en el amor.

Domingo 32 del Tiempo Ordinario (A)

noviembre 9, 2017

Lectura del libro de la Sabiduría 6,12-1 Encuentran la sabiduría los que la buscan

La sabiduría es radiante e inmarcesible, la ven fácilmente los que la aman, y la encuentran los que la buscan; ella misma se da a conocer a los que la desean. Quien madruga por ella no se cansa: la encuentra sentada a la puerta. en ella es prudencia consumada, el que vela por ella pronto se ve libre de preocupaciones; misma va de un lado a otro buscando a los que la merecen; los aborda benigna por los caminos y les sale al paso en cada pensamiento. 

Salmo Responsorial 62, 2. 3-4. 5-6. 7-8 R/ Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío.

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Tesalonicenses 4, 13-17 A los que han muerto, Dios, por medio de Jesús, los llevará con él

Hermanos, no queremos que ignoréis la suerte de los difuntos para que no os aflijáis como los hombres sin esperanza. Pues si creemos que Jesús ha muerto y resucitado, del mismo modo, a los que han muerto, Dios, por medio de Jesús, los llevará con él. Esto es lo que os decimos como palabra del Señor: Nosotros, los que vivimos y quedamos para cuando venga el Señor, no aventajaremos a los difuntos. Pues él mismo, el Señor, cuando se dé la orden, a la voz del arcángel y al son de la trompeta divina, descenderá del cielo, y los muertos en Cristo resucitarán en primer lugar. Después nosotros, los que aún vivimos, seremos arrebatados con ellos en la nube, al encuentro del Señor, en el aire. Y así estaremos siempre con el Señor. Consolaos, pues, mutuamente con estas palabras.

Lectura del santo evangelio según san Mateo 25, 1-13¡Que llega el esposo, salid a recibirlo!

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: -«Se parecerá el reino de los cielos a diez doncellas que tomaron sus lámparas y salieron a esperar al esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco eran sensatas. Las necias, al tomar las lámparas, se dejaron el aceite; en cambio, las sensatas se llevaron alcuzas de aceite con las lámparas. El esposo tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron. A medianoche se oyó una voz: ¡Que llega el esposo, salid a recibirlo! Entonces se despertaron todas aquellas doncellas y se pusieron a preparar sus lámparas. Y las necias dijeron a las sensatas: “Dadnos un poco de vuestro aceite, que se nos apagan las lámparas.” Pero las sensatas contestaron: “Por si acaso no hay bastante para vosotras y nosotras, mejor es que vayáis a la tienda y os lo compréis.” Mientras iban a comprarlo, llegó el esposo, y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de bodas, y se cerró la puerta. Más tarde llegaron también las otras doncellas, diciendo: “Señor, señor, ábrenos.” Pero él respondió: “Os lo aseguro: no os conozco”. Por tanto, velad, porque no sabéis el día ni la hora.»

 

¡Salid a recibir al esposo!

 

La parábola de las diez vírgenes nos sorprende por su dureza. Primero, por la negativa de las vírgenes prudentes (es decir, de las “buenas”) a compartir su aceite con las pobres necias. En segundo lugar, por la total exclusión de estas últimas del banquete de bodas por un simple retraso. ¿Es que Jesús nos está llamando a la insolidaridad, dándonos a entender que la salvación, a fin de cuentas, es algo exclusivo de cada uno, de modo que cada uno debe preocuparse sólo de la suya? ¿Está tratando de meternos miedo, ya que un simple descuido, un pequeño retraso puede dejarnos fuera del Reino de Dios? ¿No supone esto un contraste demasiado fuerte con otras parábolas y dichos de Jesús, en los que subraya ante todo la misericordia y el perdón?
No debemos leer las parábolas de un modo demasiado directo, al pie de la letra. Para entenderlas es preciso atender al contexto en que Jesús las pronuncia y, por tanto, a la intención con que las cuenta. La parábola de las diez vírgenes está dentro del discurso escatológico del Evangelio de Mateo. No conviene que olvidemos que estamos enfilando el fin del año litúrgico y que en estas últimas semanas la liturgia y la Palabra de Dios nos invitan a reflexionar sobre la dimensión de ultimidad. Jesús mismo, que está a punto de enfrentarse con su pasión y muerte, vive en carne propia lo que de definitivo y último hay en la vida humana. No se trata, pues, ni de invitar al individualismo espiritual, ni de fomentar una religión del temor. Jesús nos llama a tomarnos en serio la vida, la fe, nuestra relación con Dios y, en consecuencia, el sentido último de nuestra vida. Nos está llamando a vigilar, a vivir en vela o, dicho con otras palabras, a vivir de manera consciente. Es también una llamada a la sabiduría de la vida, que sabe calibrar y discernir adecuadamente los diversos géneros de bienes presentes en nuestra vida. Esta forma de vida consciente, vigilante, no niega las preocupaciones cotidianas. De hecho, también las vírgenes prudentes fueron vencidas por el cansancio y se quedaron dormidas. Esto es, también ellas sabían atender a las necesidades más perentorias e inmediatas. Pero lo hacían con su lámpara y su provisión de aceite preparadas. ¿De qué se trata aquí?

Jesús está hablando de la luz que ilumina en las tinieblas. Vivir de manera consciente y ser sabio y no necio significa vivir en la luz, incluso cuando es de noche. Y esa luz es, ante todo, la fe. En el rito del bautismo el neófito recibe la candela que representa la luz de Cristo. Es un don, pero también es responsabilidad de cada uno mantener viva esa llama para que siga brillando. De poco sirve tener la lámpara, si no la alimentamos con la oración, con la escucha de la Palabra, con la participación en los sacramentos. En este caso nuestra fe está muerta, como una lámpara sin aceite, que no ilumina la propia vida, que no es capaz de descubrir en ella la presencia del esposo, de Jesucristo, que viene a nosotros de muchas maneras.

Cuando sucede esto, cuando somos “necios”, es decir, inconscientes de la presencia de Dios en nuestras vidas, lo más frecuente es que nos entreguemos a los bienes pasajeros de este mundo como si fueran definitivos. Vivimos como narcotizados por las preocupaciones cotidianas, como si fuesen las únicas realmente importantes. Esta forma de vida puede consistir en una elección explícita y exclusiva de esos bienes reales y necesarios, pero efímeros. En su caso extremo es una vida “de pecado”, cuando por nuestros intereses más o menos inmediatos estamos dispuestos a sacrificarlo todo: la verdad, la justicia, la compasión, la propia conciencia, pues consideramos que aquellos intereses (el bienestar, la riqueza, el éxito social, el disfrute de la vida) son los únicos bienes reales y contables. Esa vida despreocupada de lo más importante nos abotaga y nos conduce a la ruina, como advierte el mismo Jesús en otro momento: “Guardaos de que no se hagan pesados vuestros corazones por el libertinaje, por la embriaguez y por las preocupaciones de la vida, y venga aquel Día de improviso como un lazo” (Lc 21, 34). En este caso, peor que las vírgenes necias, no sólo dormimos, sino que carecemos no sólo de aceite, sino incluso de lámpara: no esperamos nada ni a nadie, vivimos encerrados en nosotros mismos. Pero puede suceder que haya en nosotros una vaga conciencia de que “algo” debe haber, de que “alguien” ha de venir. Tenemos una fe mortecina, más o menos formal, tenemos, en una palabra, lámpara; pero no le prestamos la menor atención, nunca elevamos la mente y el corazón a Dios, ni abrimos nuestros oídos a su Palabra, para adquirir así esa sabiduría que se deja encontrar por quien la busca, y se da a conocer a quien la desea, porque se ha hecho cercana en la humanidad de Cristo; ni nos inclinamos nunca ante Él para pedir y obtener el perdón, ni acogemos su invitación para sentarnos a su mesa y comer su pan y beber su vino, y entrar así en comunión con los bienes definitivos de su cuerpo entregado y su sangre derramada. Nuestra lámpara no ilumina, porque no queremos hacernos con el aceite que alimenta su llama.

La luz de la fe ilumina la oscuridad. Y la oscuridad suprema, la oscuridad de la muerte, iluminada por la fe en Cristo, muerto y resucitado, enciende en nosotros la luz de la esperanza. La esperanza es otra dimensión esencial de esa sabiduría superior que Cristo ha hecho cercana y accesible. Es sabio el que sabiendo que ha de morir se esfuerza por los bienes que perduran, por los tesoros que ni la polilla ni la herrumbre corroen, ni los ladrones pueden robar (cf. Mt 6, 19). El aceite que alimenta la luz de esta lámpara es la perseverancia, la constancia, la fidelidad. El Señor viene de muchas maneras, pero la definitiva, la que representa el “fin del mundo” para cada uno de nosotros, es la propia muerte. Es de sabios ser conscientes de esto, sabiendo que el presente no está cerrado sobre sí mismo, sino abierto a un futuro que trasciende el tiempo, porque en la muerte humana, que ha sido visitada y asumida por el Hijo de Dios, vamos al encuentro de Cristo. El llanto inevitable que produce la muerte no ha de ser un llanto de desesperación, sino que encuentra su consuelo en la victoria de Cristo.

Por fin, la luz de la fe y de la esperanza, adecuadamente alimentada, no puede no encender el fuego del amor. Vivir en vela y de manera consciente significa abrir los ojos y descubrir de una manera nueva a los demás y sus necesidades. Los bienes relativos y efímeros de este mundo adquieren un sentido definitivo y transcendente cuando hacemos de ellos medios y expresión de nuestra apertura y preocupación por las necesidades de aquellos en los que, en fe, descubrimos a nuestros hermanos. Si lo que distingue una forma de vida “necia”, sin aceite, es el “comamos y bebamos que mañana moriremos” (cf. 1 Cor, 15, 32), la vida sabia es la que da de comer al hambriento y de beber al sediento (cf. Mt 25, 31-46). Una vez más, tener lámpara y carecer de aceite significa ser un creyente desvaído, que deja la fe en el desván de una mera referencia mental, y vive una vida egoísta, preocupada sólo de sí, de los propios intereses. En este mundo, en el que nos hartamos de escuchar que “todo es relativo”, descubrimos que hay dimensiones definitivas y eternas, que no dependen del carácter efímero del espacio y el tiempo, sino que tienen vocación de eternidad. La fe y la esperanza las iluminan, y su mejor expresión es el amor que Cristo nos ha enseñado. Jesús, pues, no sólo no nos llama a no compartir, sino al contrario: la luz de la fe no puede no compartirse si realmente ilumina (no puede ocultarse ni ponerla bajo el celemín –cf. Mt 5, 15), pero tiene que alimentarse adecuadamente, y eso sí que es responsabilidad de cada uno. Y el compartir se realiza por antonomasia en la caridad, pero ¿cómo podremos hacerlo si vivimos neciamente, descuidados de Dios y de nuestros prójimos?
Jesús nos narra esta parábola sobre los últimos tiempos en el contexto de sus últimos días, en Jerusalén, en vísperas de su pasión. Se trata para él de una experiencia bien concreta: él es el esposo, que ha llegado, y los suyos duermen, no lo reconocen, lo rechazan… Viven en la oscuridad y, aunque tienen lámparas, pues son formalmente religiosos, incluso muy religiosos, sus lámparas están apagadas, no están preparados para la venida del maestro, carecen del aceite necesario para encenderlas, de la sabiduría que es capaz de discernir los signos de la presencia entre ellos del Hijo de Dios.

A nosotros puede sucedernos lo mismo. Hemos recibido el don de la fe, pero hemos de preocuparnos de que ésta se convierta en una verdadera sabiduría de la vida, en una esperanza activa, en una ardiente caridad. Eso significa vivir en vela, conscientemente, preparados para la venida del Señor que, aun sin saber ni el día ni la hora, ha de suceder sin duda, tal vez del modo más imprevisto. ¿Tengo la lámpara preparada? ¿Me estoy haciendo con la provisión de aceite que la hará arder?

Domingo 31 del Tiempo Ordinario (A)

noviembre 3, 2017

Lectura de la profecía de Malaquías 1, 14-2, 2b. 8-10 Os apartasteis del camino y habéis hecho tropezar a muchos en la ley

Yo soy el Gran Rey, y mi nombre es respetado en las naciones -dice el Señor de los ejércitos-. Y ahora os toca a vosotros, sacerdotes. Si no obedecéis y no os proponéis dar gloria a mi nombre -dice el Señor de los ejércitos-, os enviaré mi maldición. Os apartasteis del camino, habéis hecho tropezar a muchos en la ley, habéis invalidado mi alianza con Leví -dice el Señor de los ejércitos-. Pues yo os haré despreciables y viles ante el pueblo, por no haber guardado mis caminos, y porque os fijáis en las personas al aplicar la ley. ¿No tenemos todos un solo padre? ¿No nos creó el mismo Señor? ¿Por qué, pues, el hombre despoja a su prójimo, profanando la alianza de nuestros padres?»

Sal 130, 1-3 R. Guarda mi alma en la paz, junto a ti, Señor.

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Tesalonicenses 2, 7b-9. 13 Deseábamos entregaros no sólo el Evangelio de Dios, sino hasta nuestras propias personas

Hermanos: Os tratamos con delicadeza, como una madre cuida de sus hijos. Os teníamos tanto cariño que deseábamos entregaros no sólo el Evangelio de Dios, sino hasta nuestras propias personas, porque os habíais ganado nuestro amor. Recordad si no, hermanos, nuestros esfuerzos y fatigas; trabajando día y noche para no serle gravoso a nadie, proclamamos entre vosotros el Evangelio de Dios. Ésa es la razón por la que no cesamos de dar gracias a Dios, porque al recibir la palabra de Dios, que os predicamos, la acogisteis no como palabra de hombre, sino, cual es en verdad, como palabra de Dios, que permanece operante en vosotros los creyentes.

Lectura del santo evangelio según san Mateo 23, 1-12 No hacen lo que dicen

En aquel tiempo, Jesús habló a la gente y a sus discípulos, diciendo: -«En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos: haced y cumplid lo que os digan; pero no hagáis lo que ellos hacen, porque ellos no hacen lo que dicen. Ellos lían fardos pesados e insoportables y se los cargan a la gente en los hombros, pero ellos no están dispuestos a mover un dedo para empujar. Todo lo que hacen es para que los vea la gente: alargan las filacterias y ensanchan las franjas del manto; les gustan los primeros puestos en los banquetes y los asientos de honor en las sinagogas; que les hagan reverencias por la calle y que la gente los llame maestros. Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar maestro, porque uno solo es vuestro maestro, y todos vosotros sois hermanos. Y no llaméis padre vuestro a nadie en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre, el del cielo. No os dejéis llamar consejeros, porque uno solo es vuestro consejero, Cristo. El primero entre vosotros será vuestro servidor. El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.»

 

Un solo Padre, un solo Maestro

 El Evangelio de hoy empieza con un durísimo alegato contra una determinada forma de ejercer la autoridad. Las palabras de Jesús van dirigidas en primer lugar a los escribas y fariseos, que han ocupado la cátedra de Moisés. Pero no debemos entenderlas como la mera expresión de un conflicto localizado en la época de Jesús y referido sólo al judaísmo. La primera lectura testimonia cómo esas desviaciones por parte de los que deberían ser guías y maestros del pueblo databan de antiguo. Y es que se trata de un mal incrustado en el corazón del hombre, y que tiende a aparecer en todo tiempo y lugar. De hecho, la comunidad cristiana tampoco está exenta de ese peligro. Si Mateo ha reproducido esta diatriba de Jesús en su Evangelio no es sólo por afán de erudición histórica. La tensión real y creciente entre Jesús y las autoridades del pueblo le da ocasión de recordar que también en la Iglesia es fácil caer en la misma tentación y para recordar las instrucciones de Jesús sobre cómo debe ser entre sus seguidores.

Como siempre que leemos los evangelios, los matices del texto están llenos de significado. Jesús no se limita a hacer una crítica a toda forma de autoridad, como si toda ella y por definición fuera rechazable, expresión de una pura voluntad de poder y, en definitiva, algo que debe ser eliminado en aras de una pura horizontalidad comunitaria. Cristo habla de la “cátedra de Moisés”, lo que significa que hay cátedras y un magisterio que debe ser ejercido por alguien. Incluso reconoce una elemental fidelidad de escribas y fariseos en la transmisión del contenido: de ahí que recomiende “hacer lo que dicen”, aunque los desautorice por la contradicción entre lo que predican y lo que hacen. Es verdad que cualquier ejercicio de la autoridad se justifica sólo por el servicio a determinados valores, por lo que cualquiera que ocupa un cargo o una cátedra suele mantener, al menos retóricamente, la adhesión a lo que debe servir. Otra cosa es pasar del dicho al hecho, que, como recuerda el refrán, exige recorrer con esfuerzo un cierto trecho.

Lo que Jesús denuncia aquí es, pues, la incoherencia de vida, especialmente en aquellos que, por tener que enseñar al pueblo, deberían además dar ejemplo de lo que predican, pues aquí no se trata de una mera doctrina teórica, sino de una verdad que afecta a la vida y a sus actitudes prácticas. Pero no sólo no dan ejemplo, desmintiendo con su vida lo que exigen a los demás, sino que además usan la verdad a la que deberían servir para hacerse notar y alcanzar estatus social.

Al decirnos que “hagamos lo que dicen, pero que no imitemos su ejemplo”, Jesús nos exhorta a denunciar esa incoherencia no sólo con palabras, sino precisamente con la propia coherencia de vida. No hay denuncia más eficaz que encarnar efectivamente las propias convicciones. En el caso del Evangelio, no se puede predicar la Palabra, la fe en Dios Padre y la llamada al seguimiento más que haciendo de la escucha de la Palabra, del espíritu de confianza filial y del discipulado del único Maestro una forma concreta de vida.

Si la diatriba inicial de Jesús va dirigida a los que ejercen la autoridad y el magisterio de un cierto modo, las recomendaciones que la siguen (“vosotros, en cambio…”) deben entenderse, en primer lugar, también dirigidas a los que en la Iglesia están encargados de enseñar y dirigir a la comunidad: no usar a Dios para obtener el reconocimiento de las gentes, ni servirse de la Palabra para conseguir ventajas materiales y sociales, sino servir a los hermanos para alcanzar como premio sólo el reconocimiento de Dios “que ve en lo escondido” (cf. Mt 6, 4). Y esto significa que los inevitables roles, los cargos de responsabilidad y la autoridad, que no pueden no existir, deben ejercerse con sencillez, sin privilegios, sin aplastar ni hacer invisible la fundamental igualdad ante el único Padre de todos, ante el único Señor y Maestro Jesucristo, que se ha abajado (cf. Flp 2, 7) para convertirse en el servidor de sus hermanos (cf. Mc 10, 45; Jn 13, 14).

Aunque el peligro y la tentación de abusar de la autoridad instituida por Cristo para el servicio aceche siempre a la Iglesia, e, incluso, se dé siempre de un modo u otro, también es verdad que abundan también, y por fortuna, los ejemplos positivos. Pablo, que sabía ejercer su autoridad apostólica cuando lo requerían las circunstancias, el bien de la comunidad y la defensa de la verdad del Evangelio, era también un modelo de entrega generosa y desinteresada a sus hermanos: no se limita a predicar, enseñar y organizar la comunidad, sino que está dispuesto a entregar su propia persona, como una madre se entrega por sus hijos, como el buen pastor entrega su vida por sus ovejas. Y, después de él, han sido legión los que han puesto en práctica con fidelidad las instrucciones de Jesús, haciendo del servicio desinteresado, a imitación del único Señor y Maestro, el eje de su ministerio. Hace poco hemos celebrado la fiesta del P. Claret, que con su vida fue un ejemplo preclaro de ese espíritu de entrega al ministerio hasta la muerte, de ese espíritu de servicio que recorre con agilidad el trecho que va del dicho al hecho.

Es en estos en los que se puede seguir usando con propiedad los títulos de padre y maestro sin temor a contradecir las palabras de Jesús, pues en ellos, en su vida y en su magisterio, resplandece la única paternidad de Dios, el único magisterio de Cristo.

En todo caso, el mensaje de la Palabra de Dios hoy no es cosa exclusiva de los que en la Iglesia ocupan cargos de responsabilidad. Tenemos que recordar que, a partir de la fundamental igualdad como hijos de Dios, todos somos miembros vivos del cuerpo de Cristo, todos participamos de su función sacerdotal, de mediación entre Dios y la humanidad. Por ello, la llamada a la coherencia entre lo que profesamos y lo que vivimos es especialmente urgente para todos los cristianos y para la entera comunidad cristiana. Es posible que parte del desprestigio del cristianismo en nuestros días tenga que ver con el divorcio entre nuestra fe y nuestra vida: tal vez con demasiada frecuencia desmentimos con nuestras actitudes prácticas las verdades y los valores en los que decimos creer. ¿Cuál es el antídoto contra esta enfermedad que deja el cuerpo eclesial de Cristo en estado de anemia? Además de escuchar y acoger la Palabra, tenemos que ponerla en práctica mediante el espíritu de servicio abnegado a los hermanos. Si nos inclinamos humildemente ante las necesidades de nuestros hermanos, en los que la fe que confesamos nos descubre el rostro vivo y sufriente de Cristo, seremos ensalzados, igual que Dios enalteció a María al mirar la humildad de la que se hizo libremente servidora del Señor.