Archive for 22 febrero 2018

Domingo 2 de Cuaresma (B)

febrero 22, 2018

Lectura del libro del Génesis 22, 1-2. 9-13. 15-18 El sacrificio de Abraham, nuestro padre en la fe

En aquellos días, Dios puso a prueba a Abraham, llamándole: – «¡Abraham!» Él respondió: – «Aquí me tienes.» Dios le dijo: -«Toma a tu hijo único, al que quieres, a Isaac, y vete al país de Moria y ofrécemelo allí en sacrificio, en uno de los montes que yo te indicaré.» Cuando llegaron al sitio que le había dicho Dios, Abraham levantó allí el altar y apiló la leña, luego ató a su hijo Isaac y lo puso sobre el altar, encima de la leña. Entonces Abraham tomó el cuchillo para degollar a su hijo; pero el ángel del Señor le gritó desde el cielo: – «¡Abraham, Abraham!» Él contestó: – «Aquí me tienes.» El ángel le ordenó: – «No alargues la mano contra tu hijo ni le hagas nada. Ahora sé que temes a Dios, porque no te has reservado a tu hijo, tu único hijo.» Abraham levantó los ojos y vio un carnero enredado por los cuernos en la maleza. Se acercó, tomó el carnero y lo ofreció en sacrificio en lugar de su hijo. El ángel del Señor volvió a gritar a Abrahán desde el cielo: -«Juro por mí mismo -oráculo del Señor-: Por haber hecho esto, por no haberle reservado tu hijo único, te bendeciré, multiplicaré a tus descendientes como las estrellas del cielo y como la arena de la playa. Tus descendientes conquistarán las puertas de las ciudades enemigas. Todos los pueblos del mundo se bendecirán con tu descendencia, porque me has obedecido.»

Sal 115, 10 y 15. 16-17. 18-19 R. Caminaré en presencia del Señor en el país de la vida.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 8, 31b-34  Dios no perdonó a su propio Hijo

Hermanos: Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? El que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará todo con él? ¿Quién acusará a los elegidos de Dios? ¿Dios, el que justifica? ¿Quién condenará? ¿Será acaso Cristo, que murió, más aún, resucitó y está a la derecha de Dios, y que intercede por nosotros?

Lectura del santo evangelio según san Marcos 9, 2-10 Éste es mi Hijo amado

En aquel tiempo, Jesús se llevó a Pedro, a Santiago y a Juan, subió con ellos solos a una montaña alta, y se transfiguró delante de ellos. Sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como no puede dejarlos ningún batanero del mundo. Se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús. Entonces Pedro tomó la palabra y le dijo a Jesús: – «Maestro, ¡qué bien se está aquí! Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.» Estaban asustados, y no sabía lo que decía. Se formó una nube que los cubrió, y salió una voz de la nube: – «Este es mi Hijo amado; escuchadlo.» De pronto, al mirar alrededor, no vieron a nadie más que a Jesús, solo con ellos. Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó: – «No contéis a nadie lo que habéis visto, hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos.» Esto se les quedó grabado, y discutían qué querría decir aquello de «resucitar de entre los muertos».

 

¿Qué será eso de resucitar de entre los muertos?

La palabra de Dios hoy nos invita a “subir”, a elevarnos a cimas aparentemente muy distintas: una de dolor, de un dolor imposible de soportar; y la otra, de luz, de una luz indescriptible que supera toda imaginación.

La primera, la cima a la que sube Abraham para ofrecer en sacrificio a su hijo Isaac, suele ser aducida como argumento a favor de la soberana libertad de Dios, incluso para contradecir las leyes morales (que, por otro lado, también proceden de Él). Es muy frecuente que, ante la cuestión de si la auténtica religión y las exigencias morales pueden estar en contradicción, se traiga a colación este texto. Gente de tanta categoría intelectual como Kierkegaard lo usa para hacer ver la fractura entre esos dos niveles de experiencia, lo que él llama “la suspensión teológica de la moral”. ¿Es este un argumento concluyente? ¿Se trata de una interpretación correcta? ¿Puede Dios realmente mandar actuar de modo inmoral? En realidad, si leemos el texto hasta el final, nos hemos de convencer de que lo que Dios manda de verdad a Abraham es que no sacrifique a su hijo Isaac y que lo rescate con el carnero. Y esta prohibición es congruente con todo el contexto del Antiguo Testamento, en el que siempre y de manera reiterada se prohíbe sacrificar a los propios hijos. Aunque los primogénitos (como todas las primicias, de animales y cosechas) debían ser consagrados al Señor, y esto significaba sacrificarlos, todos los textos veterotestamentarios son unánimes en que los primogénitos del hombre habían de ser rescatados siempre (cf. Ex 13, 13; 34, 19-20; Num 18, 15), y se condena como una “abominación imperdonable” (entre otras cosas, por idólatra) el “pasar a los propios hijos por el fuego” (cf. 2Rey 16, 3; 17, 17; 17, 31; 2Cr 28, 3).

¿Cómo se explica, entonces, el mandato inicial, “ofrécemelo en sacrificio”? Muy posiblemente las reiteradas prohibiciones sobre el sacrificio de los hijos hablan de una costumbre muy arraigada en aquellas culturas. De modo que Abraham, guiado por su conciencia profundamente religiosa, sintió como un deber ofrecer en sacrificio al hijo primogénito que había recibido en la vejez como un don inesperado. Actuaba en conciencia, guiado por su fe, a pesar del dolor inmenso que le suponía renunciar a su hijo, que era, además, también en aquella mentalidad, su única esperanza de futuro. Podemos decir que cuando Dios detiene la mano de Abraham se produce de hecho un enorme progreso positivo en la conciencia religiosa y moral de la humanidad: el Dios de Abraham no exige ni quiere sacrificios humanos; la consagración de los primogénitos habrá de entenderse de otra manera.

Pero, además, nosotros hemos de leer estos textos del A.T. con la clave de interpretación que nos ofrece el Evangelio. Y entonces entendemos que Isaac no es sino figura de Jesús, el primogénito del Padre, que ofrece libremente su vida en rescate por todos. Y es esa muestra del amor inmenso de Dios, que no sólo no quita la vida, sino que nos da y comunica la suya por medio de su Hijo, y que genera confianza y seguridad frente a toda adversidad, como nos recuerda Pablo en la carta a los Romanos, lo que vemos preanunciado en la cima del Monte del país de Moria (que algunos identifican con la colina del Templo de Jerusalén).

La otra cima de que se nos habla hoy es, al parecer, muy distinta: la cima de un monte alto en que Jesús se muestra “transfigurado” a tres de sus discípulos, los más cercanos. Lo que sucede allí es una verdadera teofanía, una manifestación de Dios. Jesús aparece como aquel en quien se cumplen y llegan a perfección la Ley (Moisés) y los Profetas (Elías). Moisés y Elías, todo el Antiguo Testamento representado por ellos, conversan con Jesús porque, en realidad, aquellos hablaban sólo de Él; y, a su vez, en Jesús hablan la Ley y los Profetas de modo definitivo, con una Palabra, Cristo, que es preciso escuchar, porque en Él se manifiesta el mismo Dios. El rostro de Dios que Moisés no llegó a ver (cf. Ex 33,20), pese a hablar con Él como un amigo habla con su amigo (cf. Ex 33,11), se ha hecho visible en Cristo para aquellos que escuchan su voz.

Para los apóstoles presentes éste es un momento de luz: ven con claridad aquello que han vislumbrado con más o menos dificultad a lo largo de los años de convivencia con Jesús, lo que han llegado a confesar a pesar de las opiniones distintas que circulaban en torno al Maestro, y de la oposición creciente en torno a Él por parte de los notables y guías del pueblo.

Cuando uno ve con claridad, sobre todo si eso que ve es algo importante, fundamental para su vida, desearía mantener esa clarividencia para siempre, seguir en ese estado bienaventurado y no abandonarlo nunca más. A esto responden las palabras de Pedro, sin saber bien lo que decía. Y no sabía bien lo que decía, porque aquel regalo de luz y claridad no era una meta, esto es, una cima definitiva, sino sólo un alto en el camino. Un camino que había de conducir a otra montaña, a otra cima, aquella de la que el sacrificio de Isaac era sólo una imagen.

De hecho, el paralelismo entre el monte al que sube Abraham a sacrificar a su hijo y el monte de la transfiguración se comprende mirando al monte Gólgota. Pedro, Santiago y Juan reciben esta luz de la transfiguración no sólo para sí, sino para sostener a los demás discípulos en el momento de la prueba y de la oscuridad. No son “elegidos” por encima de los demás, sino en función de todos los otros discípulos y a su servicio. Y aunque la luz que han visto les ha iluminado, no por ello lo han entendido todo. De ahí que, bajando del monte, se pregunten que querría decir aquello de resucitar de entre los muertos.

De un modo u otro todos hemos recibido nuestra porción de luz. Tanto en la fe como en otros aspectos valiosos de la vida (como nuestras relaciones de amor y de amistad y nuestras convicciones más profundas) ha habido momentos en los que “hemos visto claro”. Son momentos de gran importancia, porque suponen un acopio de luz para los momentos de oscuridad, que también llegan inevitablemente. En la fe, en concreto, tenemos momentos de sequedad, en los que “no sentimos nada”, o dudas, o nos acosan tentaciones de abandonar por factores más o menos externos, como la hostilidad ambiental o ciertos aspectos negativos que podemos descubrir o experimentar dentro de la Iglesia. También experimentamos crisis en nuestras relaciones, o situaciones que ponen a prueba nuestras convicciones más íntimas.

En esos momentos, en que la cruz, de un modo u otro se hace presente, es importante “ser fieles a los momentos de luz”, recordarlos y fiarnos de ellos, para poder superar la dificultad, pasando por ella. Por otro lado, atravesar estos áridos desiertos, sostenidos sólo por la fe y la fidelidad, es útil, incluso imprescindible, para poder adquirir una mejor comprensión, que en aquellos momentos de luz no alcanzamos del todo. Pedro, Santiago y Juan se preguntaban qué sería aquello de “resucitar de entre los muertos”, porque la luz del Tabor todavía no les había comunicado la plenitud de la sabiduría. Esta se adquiere sólo pasando por la cruz, por la dificultad y la prueba, que la vida lleva consigo inevitablemente. Es ahí donde se aquilatan y autentifican la fe, el amor, las convicciones personales. Y es ahí donde esas convicciones dejan de ser un saber meramente teórico para convertirse en sabiduría, algo “saboreado”, probado en la propia carne, y se hace así carne nuestra, que nos permite vivir los buenos y los males momentos con coherencia y fidelidad, con sentido.

De hecho, nos cuesta entender “eso de resucitar de entre los muertos”, porque nos cuesta aceptar el misterio de la cruz. Vivimos con frecuencia acomodados en este mundo (que, por otro lado, también puede ser un mundo eclesiástico), mendigando rayos de luz, momentos de satisfacción, construyendo tiendas, como si esta fuera nuestra morada definitiva, absolutizando lo relativo y olvidados de lo fundamental. Las luces que recibimos a lo largo de la vida en los distintos ámbitos de la existencia y que son reflejos de la luz que procede de Dios, nos dan fuerza y orientación para seguir caminando y para que, cuando experimentemos lo caduco de nuestro ser, elevemos la mirada a lo que da verdadera consistencia a la vida, a lo que realmente nos salva, nos libera de la caducidad y nos resucita.

Sólo Jesucristo, “que murió, más aún, resucitó y está a la derecha de Dios, y que intercede por nosotros”, nos salva, nos libera y nos resucita. En él encontramos la luz para caminar y la sabiduría de lo que realmente vale. Lo que realmente vale es el amor. La sabiduría del amor nos hace comprender que la luz que hemos recibido, igual que la que recibieron Pedro, Santiago y Juan, no se nos ha dado sólo para nosotros, para hacernos una tienda y quedarnos en ella disfrutando del paisaje, sino para que, bajando del monte Tabor, sepamos subir al Gólgota, para compartir la luz con los demás, para que con ella iluminemos a los que sufren y se encuentran en dificultad: con el testimonio de nuestra fe, y con la luz hecha carne de la compasión, la ayuda fraterna y la entrega personal, a imitación de Cristo, entregado por todos nosotros para nuestra justificación.

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Domingo 1 de Cuaresma (B)

febrero 16, 2018

 

 

Lectura del libro del Génesis 9, 8-15 El pacto de Dios con Noé salvado del diluvio

Dios dijo a Noé y a sus hijos: – «Yo hago un pacto con vosotros y con vuestros descendientes, con todos los animales que os acompañaron: aves, ganado y fieras; con todos los que salieron del arca y ahora viven en la tierra. Hago un pacto con vosotros: el diluvio no volverá a destruir la vida, ni habrá otro diluvio que devaste la tierra.» Y Dios añadió: – «Ésta es la señal del pacto que hago con vosotros y con todo lo que vive con vosotros, para todas las edades: pondré mi arco en el cielo, como señal de mi pacto con la tierra. Cuando traiga nubes sobre la tierra, aparecerá en las nubes el arco, y recordaré mi pacto con vosotros y con todos los animales, y el diluvio no volverá a destruir los vivientes.»

Sal 24, 4bc-5ab. 6-7bc. 8-9 R. Tus sendas, Señor, son misericordia y lealtad para los que guardan tu alianza.

 Lectura de la primera carta de1 apóstol san Pedro 3, 18-22 Actualmente os salva el bautismo

Queridos hermanos: Cristo murió por los pecados una vez para siempre: el inocente por los culpables, para conduciros a Dios. Como era hombre, lo mataron; pero, como poseía el Espíritu, fue devuelto a la vida. Con este Espíritu, fue a proclamar su mensaje a los espíritus encarcelados que en un tiempo habían sido rebeldes, cuando la paciencia de Dios aguardaba en tiempos de Noé, mientras se construía el arca, en la que unos pocos -ocho personas se salvaron cruzando las aguas. Aquello fue un símbolo del bautismo que actualmente os salva: que no consiste en limpiar una suciedad corporal, sino en impetrar de Dios una conciencia pura, por la resurrección de Jesucristo, que llegó al cielo, se le sometieron ángeles, autoridades y poderes, y está a la derecha de Dios.

Lectura del santo evangelio según san Marcos 1, 12-15  Se dejaba tentar por Satanás, y los ángeles le servían

En aquel tiempo, el Espíritu empujó a Jesús al desierto. Se quedó en el desierto cuarenta días, dejándose tentar por Satanás; vivía entre alimañas, y los ángeles le servían. Cuando arrestaron a Juan, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios. Decía: -«Se ha cumplido el plazo, está cerca el reino de Dios: convertíos y creed en el Evangelio.»

 

Entre ángeles y alimañas

El primer domingo de cuaresma aborda las tentaciones de Jesús. Frente al carácter más detallado con que Mateo y Lucas nos narran este episodio misterioso de la vida de Jesús, Marcos, con su peculiar austeridad, nos da una breve noticia del hecho, sin mayores precisiones. Esto nos da pie para reflexionar sobre el hecho  de la tentación como tal, al que Jesús se somete voluntariamente (“dejándose tentar por Satanás”). Nos enfrentamos, en realidad, con el misterio del mal, pues la tentación incita al pecado. Se plantea la espinosa cuestión: ¿por qué permite Dios que seamos tentados? Es más, ¿por qué permite el mal? ¿Qué hace contra él?

La tentación, como la misma palabra indica, es una “tienta”, un “tanteo” que algo o alguien nos hace, ofreciéndonos motivos para que realicemos una determinada elección; es un sondeo, un ataque, una incitación, pero al mal. Puesto que es una incitación al mal, no se puede aceptar que ésta proceda de Dios: “Cuando alguien se ve tentado, no diga que Dios lo tienta; Dios no conoce la tentación al mal y Él no tienta a nadie” (St. 1, 13).

La tentación es algo propio de la condición humana que, por la libertad que ha recibido de Dios, está llamada a perfeccionarse a través de sus decisiones. Esto significa que partimos de una imperfección, de una desarmonía o falta de unificación inicial de sus diversas dimensiones (sentidos, razón, voluntad, relaciones, etc.), que él mismo debe ir remediando eligiendo entre las posibilidades que va encontrando en su camino. Por eso leemos en el libro del Eclesiástico: “Dios hizo al hombre al principio y puso en sus manos su propio destino” (Si 15, 14). Las posibilidades que se nos ofrecen son muy variadas: existen bienes puramente materiales, instrumentales, otros, agradables, otros más exigentes, como los estéticos o los intelectuales, o, en un grado todavía superior, los morales y los religiosos. Todos son “bienes” y todos son necesarios. Pero entre ellos existe un orden de jerarquía en cuanto a su importancia. La tentación consiste en sentir la atracción de un bien de cierto nivel, pero a costa de la desatención o el sacrificio de otros más elevados. Cuando hacemos una “mala” elección (por ejemplo, elegimos algo agradable a costa de los derechos o las esperanzas de otra persona, o de nuestra salud o de nuestra dignidad), lo hacemos por un cierto bien, pero de manera que lesionamos un bien mayor.

De ahí que el mal sea ante todo una ausencia o un defecto de bien (como el frío es una ausencia de calor y la oscuridad una falta de luz). Esto no quita importancia y gravedad al mal: pues los bienes lesionados o destruidos por la búsqueda desordenada de otro menos digno (poder, riqueza, etc.) pueden ser enormes. Pensemos en el cáncer de la droga o de la pornografía infantil, en que unos miserables, por acumular dinero, destruyen miles de vidas humanas.

Es importante subrayar que la tentación no es el mal (moral, voluntario). Somos tentados por causa de nuestra condición humana (de nuestra propia libertad, real, pero limitada); pero no hay pecado mientras no haya un consentimiento de nuestra libertad.

Jesús, empujado por el Espíritu fue al desierto, al lugar de la experiencia de Dios y de la elección, pero también de la prueba. El pasar por ella forma parte de la realidad de su encarnación y de su misión salvadora: “Precisamente porque él mismo fue sometido al sufrimiento y a la prueba, puede socorrer ahora a los que están bajo la prueba” (Hb 2, 18). “Pues no es él un sumo sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras flaquezas, sino que las ha experimentado todas, excepto el pecado” (Hb 4, 15). Se dejó tentar porque aceptó la condición humana con todas sus consecuencias. Pero su voluntad eligió siempre a Dios, mostrando que el pecado (a diferencia de la tentación) no es algo inevitable; y dándonos la posibilidad de, en Él, hacer la misma elección.

Dios consiente la tentación porque acepta el riesgo de la libertad que incluye la posibilidad de un mal uso de la misma. Sólo a través del proceso de prueba y dificultad puede el hombre madurar, adquirir la sabiduría de la unificación interior, aprender a discernir el bien del mal de modo concreto (y no sólo teórico). La prueba del sufrimiento purifica y justifica al hombre. Así se manifiesta definitivamente en Cristo, el justo sufriente.

Dios consiente la tentación, pero, ¿qué hace contra el mal? ¿Por qué lo consiente? Si Dios y el mal son incompatibles, ¿cómo conciliar la existencia del mal con la existencia de Dios?

El mal es el resultado de un abuso del bien de la libertad humana; no es un destino inevitable y ciego, pues, en tal caso no habría responsabilidad ni pecado: en la idea misma de mal moral está implicada la conciencia de que “esto debería haber sido de otra manera”. La libertad humana, pese a su limitación, es inalienable: nadie puede querer por mí, nadie puede querer por otro, ni siquiera Dios, pues nadie puede “querer sin querer”. Si esto es así, ¿qué puede hacer Dios ante el mal cometido por nosotros voluntariamente? Dios podría evitarlo sólo de dos maneras: o destruir al hombre, o anular su voluntad (reduciéndolo a una marioneta). Pero Dios no hace ni lo uno ni lo otro. Aquí conviene recordar lo que con tanta fuerza leemos en la primera lectura: “Yo hago un pacto con vosotros y con vuestros descendientes… Hago un pacto con vosotros: el diluvio no volverá a destruir la vida, ni habrá otro diluvio que devaste la tierra.” Unos versículos más adelante, dice el texto del Génesis que Dios dijo en su corazón: “Nunca más volveré a maldecir el suelo por causa del hombre, porque las trazas del corazón humano son malas desde su niñez, ni volveré a herir a todo ser viviente, como lo he hecho” (Gn 8, 21). Hay que entender estos textos en el sentido preciso de que Dios no realiza nunca el mal, nunca lo ha hecho (atribuirle el diluvio y cualquier otra desgracia es un antropomorfismo explicable, pero demasiado primitivo), y, es más, no puede hacerlo. Porque el mal es un defecto de bien, una especie de nada, de agujero en el ser. Y Dios es sólo creador, y al crear introduce bien en el mundo. El mal de ningún modo puede proceder de Dios, porque el mal consiste en alejarse de Él, la fuente del ser y de todo bien.

Intervenir para evitar el mal sería, no sólo una intromisión en nuestra libertad (de la que tan celosos somos para hacer “lo que nos da la gana”, pero de la que tan fácilmente nos desmarcamos, cuando se trata de asumir la propia responsabilidad), sino un acto “destructivo” incompatible con la realidad de Dios. Así pues, Dios no destruye nada, y responde al mal sólo con el bien. Por eso no destruye al gran tentador, Satanás, y a sus ángeles: porque son criaturas suyas y, aunque han usado mal su libertad rebelándose contra Dios, Él pese a todo las mantiene en el ser. Por eso Jesús eligió a Judas. Judas estaba llamado a ser apóstol, esa era su vocación, pero fue infiel y traicionó a Jesús (y no se arrepintió, que podía haberlo hecho). Es el misterio de la libertad que Dios respeta.

Se podría objetar que existe otra posibilidad: que Dios, cuando cometemos determinados pecados, nos envíe un castigo para escarmentarnos. Pero esta es una hipótesis imposible. En primer lugar, porque como ya se ha dicho, Dios no hace nunca el mal. Pero además, porque si existiera un nexo claro entre pecado y castigo divino (un castigo en este mundo, como una enfermedad, una desgracia, un terremoto, etc.), entonces todos nos abstendríamos de hacer el mal, sí, pero sólo por la cuenta que nos tiene, por temor al castigo, y no por amor del bien, no de manera realmente libre. Nos convertiríamos en algo parecido a las marionetas de antes. No seríamos malos, pero tampoco podríamos ser buenos, eligiendo el bien por amor del bien mismo. Sencillamente no seríamos humanos.

El castigo del pecado no es cosa de Dios: el ser humano se castiga a sí mismo cuando se aleja de Dios. A veces este castigo es evidente ya en este mundo; como solemos decir, “en el pecado está la penitencia”: el mal que cometemos puede volverse contra nosotros y frecuentemente lo hace. El drogadicto experimenta en su cuerpo, en su mente, en su espíritu, en sus relaciones, los estragos que produce la droga. Pero esto no siempre es así: muchos malvados se van de rositas y muchos justos sufren sin merecerlo. Por eso, mientras dura el tiempo de nuestra responsabilidad en este mundo, somos nosotros los que tenemos que esforzarnos por introducir justicia y bondad en el mundo. Para eso nos ha dado Dios la libertad responsable y la conciencia, y múltiples indicaciones de en qué consiste el bien, y que alcanzan su cima en el mismo Jesús. Y, después, cada uno habrá de dar cuentas de sus acciones. La vida hay que tomársela en serio.

Pero Dios hace todavía otra cosa ante el espectáculo del mal: no sólo se somete a la tentación, sino también a las consecuencias injustas del mal voluntario: con los que padecen com-padece; y se pone del lado de las víctimas, haciéndose él mismo víctima: “Cristo murió por los pecados una vez para siempre: el inocente por los culpables” (1P 3, 18).

De esta manera, Jesús ilumina con su luz nuestra historia tormentosa y plagada de males. Podemos tener la tentación (otra tentación más, la del pesimismo) de pensar que en este mundo vivimos entre  alimañas, y que hay sólo alimañas. A veces nos parece que sólo actúa Satanás, el tentador (no lo olvidemos, el tentador, pero el mal depende de nuestro acuerdo). Pero en este mundo nuestro que es el desierto en que Jesús se dejó tentar por Satanás viviendo entre alimañas, también estaban los “ángeles que le servían”. Hay que tener también ojos para esos ángeles servidores, y que no son sólo ángeles alados, sino también ángeles humanos, que viven haciendo el bien, sirviendo a Cristo en sus hermanos. Jesús está entre nosotros, compartiendo con nosotros nuestras limitaciones, nuestras tentaciones y, sin tener pecado, sufriendo sus consecuencias. Y nosotros podemos ser, en torno a Él, o alimañas que le acosan en búsqueda de su botín, sucumbiendo a la tentación del egoísmo y sirviendo al Tentador, o ángeles que hacen el bien y le sirven en sus (nuestros) hermanos.

De nuestra libertad depende de qué lado queremos estar. Y si nos encontramos con que a veces nuestra debilidad nos pone del lado de las alimañas, sepamos que Jesús hace todavía otra cosa más contra el mal: anunciarnos el perdón de Dios (esa es una de las expresiones de la cercanía del Reino) y darnos la posibilidad de la conversión, de volver al bando de los ángeles.

Domingo 6 de Tiempo Ordinario (B)

febrero 10, 2018

Lectura del libro del Levítico 13, 1-2.44-46 El leproso tendrá su morada fuera del campamento

El Señor dijo a Moisés y a Aarón: «Cuando alguno tenga una inflamación, una erupción o una mancha en la piel, y se le produzca la lepra, será llevado ante Aarón, el sacerdote, o cualquiera de sus hijos sacerdotes. Se trata de un hombre con lepra: es impuro. El sacerdote lo declarará impuro de lepra en la cabeza. El que haya sido declarado enfermo de lepra andará harapiento y despeinado, con la barba tapada y gritando: “¡Impuro, impuro!” Mientras le dure la afección, seguirá impuro; vivirá solo y tendrá su morada fuera del campamento.»

Sal 31,1-2.5.11 R. Tú eres mi refugio, me rodeas de cantos de liberación.

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 10, 31–11,1 Seguid mi ejemplo, como yo sigo el de Cristo

Cuando comáis o bebáis o hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para gloria de Dios. No deis motivo de escándalo a los judíos, ni a los griegos, ni a la Iglesia de Dios, como yo, por mi parte, procuro contentar en todo a todos, no buscando mi propio bien, sino el de la mayoría, para que se salven. Seguid mi ejemplo, como yo sigo el de Cristo.

Lectura del santo evangelio según san Marcos 1, 40-45 La lepra se le quitó, y quedó limpio

En aquel tiempo, se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas: «Si quieres, puedes limpiarme.» Sintiendo lástima, extendió la mano y lo tocó, diciendo: «Quiero: queda limpio.» La lepra se le quitó inmediatamente, y quedó limpio. Él lo despidió, encargándole severamente: «No se lo digas a nadie; pero, para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés.» Pero, cuando se fue, empezó a divulgar el hecho con grandes ponderaciones, de modo que Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo, se quedaba fuera, en descampado; y aun así acudían a él de todas partes.

 

Sintiendo lástima, lo tocó

 

La lepra es una enfermedad terrible. Hoy sabemos que no es muy contagiosa y que tiene cura. Pero sus efectos devastadores sobre el cuerpo no pueden no producir horror, incluso en nuestros días, tanto más cuando se carecía de remedios eficaces contra ella. Las prescripciones del libro del Levítico parecen indicar que, en aquellos tiempos, bajo el término lepra se contemplaba un amplio espectro de enfermedades e infecciones de la piel. Por eso, se puede entender que se hace referencia, además de a la terrible lepra que devora la carne del enfermo, a otras afecciones más leves y temporales que podían llegar a curarse. En todo caso, la prudencia sanitaria aconsejaba alejar al enfermo del grupo social; y esta marginación recibía además una sanción religiosa: el enfermo era declarado impuro; la exclusión social venía aparejada a una suerte de excomunión de la comunidad de salvación, ya que, en la mentalidad antigua, la desgracia se vinculaba con alguna culpa, incluso si esta no era patente, ni siquiera para la conciencia del presunto culpable.

Realmente, la enfermedad conlleva siempre un elemento de marginación. Incluso de las más leves, como una gripe, decimos a veces que “nos han puesto fuera de circulación”. La enfermedad nos exilia de nuestra vida cotidiana, nos impide llevar una vida normal, nos convierte en seres débiles y dependientes, disminuye el caudal de nuestra siempre frágil libertad.

Aunque hoy día casi nadie considera ya las enfermedades como maldiciones ni castigos divinos, la situación de enfermedad en general nos sirve como signo y cifra de la postración humana en todas sus formas: el que está postrado por cualquier motivo, física o moralmente, por culpa propia, ajena o por mera y desgraciada casualidad, es alguien que, de un modo u otro, se encuentra al margen, en situación de dependencia, y que para sobrevivir necesita pedir, suplicar.

El leproso del evangelio de hoy expresa meridianamente esa situación. Marginado e impuro, postrado y de rodillas implora la sanación a quien piensa que puede otorgársela: “si quieres…”. Jesús, dice el evangelista lacónicamente, “sintió lástima”. Es la reacción debida ante la desgracia ajena. Dice el filósofo ruso Vladimir Soloviov que la lástima es el sentimiento básico y espontáneo que regula las relaciones del hombre con sus semejantes, y que este sentimiento primario no es ni puede ser la complacencia (es decir, el gozar junto con), pues el placer puede a veces ser moralmente malo, y además es fin y, por tanto, término del deseo; mientras que el dolor ajeno, independientemente de que sea producido o no por culpa del que padece, es siempre digno de lástima y mueve a la acción. Si, por ejemplo, una persona sufre a consecuencia de su mal comportamiento (por ejemplo, porque ha abusado del alcohol o de las drogas), el que ese comportamiento sea reprobable no quita que su situación de actual postración nos mueva a la compasión. Y ésta, por la mediación de la razón, se eleva a exigencia universal de justicia y benevolencia (no hacer mal y hacer el bien posible). Por eso, incluso si el leproso del evangelio sufría a causa de alguna culpa suya pasada (algo que nosotros no pensamos respecto de la lepra, pero que, como vemos, puede darse en otras situaciones), no por eso dejaba de ser digno de lástima. Y esa compasión no se queda en un sentimiento inactivo, sino que mueve la voluntad y lleva a actuar en socorro del sufriente. “Jesús, sintiendo lástima, lo tocó, diciendo ‘quiero’”.

Pero el gesto de Jesús no es sólo (aunque también) la ilustración de una reacción debida ante el sufrimiento ajeno. En la mentalidad judía que contextualiza su gesto (para eso hemos de leer la primera lectura), éste es de una osadía inusitada, que raya la profanación de normas tenidas por sagradas. Jesús no sólo habla y cura, sino que “toca”. Antes de reintegrar en la sociedad, va al encuentro, traspasa la frontera y, al tocar al impuro, él mismo debería quedar contaminado. Jesús no sólo cura la enfermedad sino que salva al hombre, reintegra en la comunidad de salvación, limpia lo que era impuro y declara que no hay forma de impureza (física, moral o espiritual) que nos aparte definitivamente de Dios si somos capaces de reconocerla y de suplicar.

Sorprende que Jesús, que acaba de trasgredir la ley de manera tan flagrante, acto seguido ordene al regenerado que cumpla las prescripciones de la ley, al tiempo que le prohíbe hablar con nadie del bien recibido. Por un lado, es claro que Jesús no quiere publicidad, no realiza estos signos salvadores para atraerse la admiración de los demás y asegurarse el éxito. Jesús no instrumentaliza el dolor ajeno, no cura para…, sino que cura porque: porque sintió lástima, porque el hombre aquel estaba en situación de postración. Pero, en segundo lugar, si manda que cumpla lo establecido en la ley, es porque esa era la forma concreta de reconocer que el bien recibido procedía de Dios (y, en consecuencia, de confesar que Jesús actuaba con el poder de Dios) y de agradecer. Si ante el dolor ajeno hay que compadecer (y actuar), ante el bien recibido es de ley mostrar agradecimiento.

Lo que el leproso curado hace, en cambio, no debe entenderse como una desobediencia (explicable, por otro lado), sino como el hecho real de que al hacer el bien no se debe buscar publicidad (que no sepa tu mano derecha…), entre otras cosas porque el bien habla por sí mismo. Ese leproso, ya limpio, era en sí mismo un testimonio vivo de la acción de Jesús, de la benevolencia de Dios para con él.

Al contemplar al leproso suplicante y curado y a Jesús, sintiendo lástima y actuando, hemos de volver los ojos a nuestro mundo y a nosotros mismos. Porque también hoy existen formas de lepra (física, moral, espiritual, social, política, ideológica, racial…, se puede ampliar la lista infinitamente), que producen sufrimiento y marginación, que nos separan y alienan a unos de otros. ¿Quiénes son hoy los leprosos de nuestra sociedad? ¿A quiénes considero yo y trato como a leprosos? En segundo lugar, estas situaciones ponen a prueba nuestro corazón humano, nuestro corazón de carne. ¿Somos capaces de sentir lástima, de compadecer, o nos hemos vuelto insensibles a los sufrimientos de los demás? Y hemos de caer en la cuenta de que, tal vez, sintamos lástima de ciertas categorías de lepra, pero seamos insensibles a los sufrimientos de otros, a los que, según nuestros parámetros, hemos declarado “impuros”. Pero la compasión, ya lo vimos, no es suficiente. Ella llama a la acción (al querer, como dice Jesús: “quiero”). Y esta requiere con frecuencia estar dispuesto a “tocar”, a “mancharse las manos”. Imitar a Jesús en la audacia de su gesto significa atravesar fronteras y derribar barreras, superar el miedo al “otro”. Esa imitación significa, además, hacer el bien sin buscar recompensa ni reconocimiento, sino por amor del bien mismo, aún más, por amor de aquel que me necesita. Así, el bien realizado dará testimonio, él mismo, de la bondad de Dios, de quien procede todo bien.

Por fin, podemos mirar a la situación desde otra perspectiva, que también está implicada en el texto del Evangelio: yo mismo tengo mis propias lepras. Por eso, la Palabra hoy me invita también a tener el coraje de ponerme de rodillas ante Jesús y suplicarle, para que me toque y me cure. Hay que hacerlo con fe y confianza (el “si quieres” significa decirle: “sé que puedes”). Pero también hay que “ponerse a tiro”, acercarse a Él, allí donde es posible encontrarlo: su Palabra, la Eucaristía, la Reconciliación, para que nos pueda tocar. Y para que, como el leproso, al sentir que nos ha limpiado, podamos vivir con un corazón agradecido que ya por sí mismo habla “con grandes ponderaciones” de lo que Él ha hecho con nosotros.

Domingo 5 del Tiempo Ordinario (B)

febrero 3, 2018

Lectura del libro de Job 7, 1-4. 6-7 Mis días se consumen sin esperanza

Habló Job, diciendo: – «El hombre está en la tierra cumpliendo un servicio, sus días son los de un jornalero; como el esclavo, suspira por la sombra, como el jornalero, aguarda el salario. Mí herencia son meses baldíos, me asignan noches de fatiga; al acostarme pienso: ¿Cuándo me levantaré? Se alarga la noche y me harto de dar vueltas hasta el alba. Mis días corren más que la lanzadera, y se consumen sin esperanza. Recuerda que mi vida es un soplo, y que mis ojos no verán más la dicha.»

Sal 146, 1-2. 3-4. 5-6 R. Alabad al Señor, que sana los corazones destrozados.

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 9, 16-19. 22-23 ¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio!

Hermanos: El hecho de predicar no es para mí motivo de orgullo. No tengo más remedio y, ¡ay de mí si no anuncio el Evangelio! Si yo lo hiciera por mi propio gusto, eso mismo sería mi paga. Pero, si lo hago a pesar mío, es que me han encargado este oficio. Entonces, ¿cuál es la paga? Precisamente dar a conocer el Evangelio, anunciándolo de balde, sin usar el derecho que me da la predicación del Evangelio. Porque, siendo libre como soy, me he hecho esclavo de todos para ganar a los más posibles. Me he hecho débil con los débiles, para ganar a los débiles; me he hecho todo a todos, para ganar, sea como sea, a algunos. Y hago todo esto por el Evangelio, para participar yo también de sus bienes.

Lectura del santo evangelio según san Marcos 1,29-39 Curó a muchos enfermos de diversos males

En aquel tiempo, al salir Jesús y sus discípulos de la sinagoga, fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama con fiebre, y se lo dijeron. Jesús se acercó, la cogió de la mano y la levantó. Se le pasó la fiebre y se puso a servirles. Al anochecer, cuando se puso el sol, le llevaron todos los enfermos y endemoniados. La población entera se agolpaba a la puerta. Curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó muchos demonios; y como los demonios lo conocían, no les permitía hablar. Se levantó de madrugada, se marchó al descampado y allí se puso a orar. Simón y sus compañeros fueron y, al encontrarlo, le dijeron: – «Todo el mundo te busca.» Él les respondió: – «Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también allí; que para eso he salido.» Así recorrió toda Galilea, predicando en las sinagogas y expulsando los demonios.

 

A todos y a cada uno

Es difícil sintetizar con menos palabras tanta y tan intensa actividad. En este breve texto Marcos nos presenta una visión de conjunto y sumaria del ministerio de Jesús, algo así como uno de sus días “de diario”, en el que se agolpan el sentido y las dimensiones fundamentales de su persona y misión: lo particular y lo universal, la acción y la contemplación, la inserción y la itinerancia.

El arranque del texto ya nos da una preciosa indicación: Jesús sale de la sinagoga, en la que ha predicado. Jesús no es sólo un predicador. Sale del lugar sagrado, va a donde viven, trabajan y sufren los hombres, para seguir transmitiendo su Palabra. Ya sabemos que se trata de una palabra viva y eficaz, por lo que no todo se va en sermones ni en doctrina, sino que esa Palabra anunciada sigue después actuando.

Tampoco es una palabra dicha “en general”, sino que busca el encuentro personal, cara a cara, con las personas concretas de carne y hueso, con sus problemas y sus penas. Por eso se mencionan nombres, situaciones, relaciones bien determinadas: la casa de Simón y Andrés, la suegra del primero, su postración. El gesto de tomar por la mano es índice de esa atención personal con la que Dios, en Jesucristo, se dirige a nosotros. Y si Jesús levanta de esa postración y sana y cura, no se trata de algo que tenga sólo un significado médico, sino que habla de una restauración interior que habilita para una nueva forma de vida: la suegra de Simón inmediatamente se puso a servirles.

Tampoco debemos entender esta concreción del encuentro personal como la afirmación de un cierto intimismo, que excluye por principio el encuentro con las masas. A veces se escuchan voces críticas y hasta despectivas hacia los acontecimientos eclesiales masivos (como Jornadas de la Juventud u otros similares), pero estas voces, si bien pueden señalar peligros reales, tienen a su vez el peligro de desconocer los múltiples encuentros de Jesús con las multitudes. Cristo ha venido por todos y por cada uno. El “cada uno” no excluye el “todos”, del mismo modo que el “todos” no debe excluir a nadie, sino que debe llegar de modo personalizado a “cada uno”. En el texto de hoy se repite con insistencia ese “todos” que habla de la universalidad sin fronteras de la misión de Jesús: “todos los enfermos y endemoniados”, “la población entera”, “todo el mundo te busca”, “toda Galilea”. Nos es difícil saber cómo atendía Jesús de forma personalizada a esas multitudes, pero podemos colegir que el encuentro personal con una enferma (la suegra de Simón) hizo de reclamo para que “todos” los que padecían por cualquier causa acudieran a Él, que, lejos de rehuirlos, se dedicó a atenderlos. Las críticas a los acontecimientos masivos suelen basarse en la tentación del relumbrón, del éxito fácil, del aparentar… Pero esos peligros, con ser reales, se pueden exorcizar: Jesús prohíbe hablar a los demonios, espíritus inmundos que lo conocen y lo tientan (como en el desierto) invitándole tal vez a subirse al carro de la fama fácil… Pero Él los manda callar, vence la tentación, y sana por dentro, disponiendo no al espectáculo, sino al servicio. Al fin y al cabo, también la reclusión en las relaciones cercanas tiene sus peligros, como huir de los grandes problemas y buscar refugio de la intemperie en el calor de las distancias cortas. Pero la medida del hombre no es la que marca el recorrido de sus piernas, y Jesús no ha venido a encerrarse en el pequeño círculo, sino que busca el encuentro, una vez más, con cada uno, pero también con todos.

Combinar lo universal y lo concreto no es un equilibrio fácil. Pero es esencial: es el equilibrio del amor, que hace de cada rostro concreto sacramento de Dios, al tiempo que abre sin límites a las necesidades de todos. Pero, ¿es esto realmente posible, teniendo en cuenta lo limitados que somos? ¿De dónde sacaremos fuerzas para una tarea tan inmensa? No olvidemos que la encarnación ha significado que el Verbo de Dios ha asumido esa misma limitación. De ahí que Jesús tenga que alimentar su vida en la comunicación intensa con Dios, su Padre. El equilibrio de universalidad (masas) y concreción (encuentro personal) se logra equilibrando también la acción intensa (predicación, curaciones) con la oración en soledad, a la que Jesús se entrega con generosidad y por necesidad vital, robándole horas al necesario descanso. En Jesús no sucede (como nos pasa tanto a nosotros) que lo urgente hace descuidar lo fundamental.

La última dimensión que nos revela el texto de Marcos es el de la itinerancia. Jesús entra en las aldeas, en las casas, pero no se ata a ningún lugar en exclusiva, se mantiene libre y en camino. El “todos” de aquella ciudad (Cafarnaum) se abre a un todos más amplio, “toda Galilea”, que es la primera etapa para alcanzar a “todo Israel” y a “todo el mundo y a toda criatura” (Mc 16, 15).

El cuadro que nos ha presentado Marcos no debemos verlo como un escenario que contemplamos como quien ve una obra de teatro o una película. Si somos creyentes y discípulos de Jesús tenemos que vernos incluidos en este relato. (Y si no lo somos, se nos invita a meternos en él.) En primer lugar, hemos de vernos entre los enfermos y endemoniados que buscan a Jesús para ser curados. El índice de que hemos sido tomados de la mano y puestos en pie, como la suegra de Pedro, está en nuestra actitud de servicio. Un creyente que no sirve a sus hermanos, lo es sólo de boquilla. Ha podido admirar la doctrina de Jesús en la sinagoga o en la parroquia, pero después no ha salido con Él, al encuentro de las necesidades reales de sus hermanos. Las formas de servicio son múltiples, tantas como vocaciones cristianas. El servicio es una dimensión esencial de toda vocación humana, como nos recuerda Job: «el hombre está en la tierra cumpliendo un servicio». Y si Jesús nos cura, significa que restablece en nosotros esa dimensión esencial. De ahí que la curación (la liberación, el perdón…) que buscamos y obtenemos de Cristo no tiene un sentido puramente individual, sino salvífico: no obtengo el favor de Dios como quien recobra la salud en el médico o le toca la lotería, para después seguir viviendo para mí, como si nada. Somos curados-para, para el servicio de nuestros hermanos. Y el texto de Job nos recuerda que el servicio no es tarea fácil, sino que cansa, agota y, con frecuencia, desespera porque no se ven los frutos. Por eso es importante realizar ese servicio desde una fe fortalecida por la oración (no al activismo que puede llegar a alienarnos, a perder la conciencia de nosotros mismos y del sentido de lo que hacemos), que alimenta además la esperanza. Las dificultades de una vida de servicio nos vinculan con la Pasión de Cristo, pero la fe fortalecida por la esperanza nos recuerdan que la Resurrección ya está operando también en nosotros.

La suegra de Pedro sirve a su manera. También los apóstoles están en el texto en actitud de servicio: son mediadores entre Jesús y las masas: el «le dijeron» que se repite dos veces nos lo indica. El discípulo de Cristo no puede no ejercer esa función de mediación, que favorece el encuentro con el Maestro. También nosotros debemos hacerlo en la relación interpersonal, con las personas de carne y hueso, con nombre y rostro con los que estamos de tantas formas en contacto. Pero también, si tenemos oportunidad, debemos procurar hacerlo mirando a esta humanidad inmensa tan necesitada de la Palabra que cura y salva. Las Jornadas que mencionamos antes, otras formas de comunicación de masas, incluyendo esta red que nos acerca tanto, son medios válidos para tratar de dirigirse a todos, a los más posibles. Todo esto son vías válidas para realizar en nuestra vida ese «le dijeron» apostólico.

E igual que Jesús, no podremos cumplir nuestra misión si, renunciando a algo de ese tiempo que se nos antoja tan nuestro, tan importante y tan escaso, no lo consagramos a lo más necesario, a la oración en soledad, al tú a tú con Dios.

¿Será en cambio la itinerancia algo válido sólo para unos pocos? Pues parece que no todo cristiano está llamado a abandonar su patria para anunciar el Evangelio, yendo de un lado a otro. En realidad, también esta dimensión es cosa de todos. Pues todos estamos llamados a no estancarnos, a no quedarnos parados, sino a salir de nosotros mismos, a caminar, a crecer, a ir descubriendo día a día, guiados por la Palabra encarnada, que es el mismo Cristo, horizontes, dimensiones, exigencias nuevas, que nos abran cada vez más a la universalidad del Evangelio. En este sentido, las palabras de Pablo en la segunda lectura no son sólo palabras dirigidas a los que se dedican directamente a la actividad apostólica. Ese «¡ay de mí si no anuncio el evangelio!» nos afecta, de nuevo, a todos y a cada uno, según la propia vocación. Porque el mandamiento principal, el mandamiento del amor es precisamente lo que nos lleva a hacernos libremente esclavos y servidores, a hacernos débiles con los débiles, todo a todos, para de esta manera ganarlos para el Evangelio. Así vamos combinando en nuestra vida concreta acción y contemplación, oración y testimonio. En la oración traemos a la presencia de Dios a la humanidad entera, es como si le dijéramos a Jesús: «todo el mundo te busca». En la acción, el testimonio y el servicio les “decimos” a todos y a cada uno dónde encontrar a Jesús.