Archive for 31 marzo 2018

Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor (B)

marzo 31, 2018

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 10, 34a. 37-43 Hemos comido y bebido con él después de la resurrección

En aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo: – «Conocéis lo que sucedió en el país de los judíos, cuando Juan predicaba el bautismo, aunque la cosa empezó en Galilea. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él. Nosotros somos testigos de todo lo que hizo en Judea y en Jerusalén. Lo mataron colgándolo de un madero. Pero Dios lo resucitó al tercer día y nos lo hizo ver, no a todo el pueblo, sino a los testigos que él había designado: a nosotros, que hemos comido y bebido con él después de su resurrección. Nos encargó predicar al pueblo, dando solemne testimonio de que Dios lo ha nombrado juez de vivos y muertos. El testimonio de los profetas es unánime: que los que creen en él reciben, por su nombre, el perdón de los pecados.»

 

Sal 117, 1-2. l6ab-17. 22-23 R. Éste es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo.


Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Colosenses 3, 1-4 Buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo

Hermanos: Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra. Porque habéis muerto, y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida nuestra, entonces también vosotros apareceréis, juntamente con él, en gloria.

SECUENCIA

Ofrezcan los cristianos
ofrendas de alabanza
a gloria de la Víctima
propicia de la Pascua.

Cordero sin pecado
que a las ovejas salva,
a Dios y a los culpables
unió con nueva alianza.

Lucharon vida y muerte
en singular batalla,
y, muerto el que es la Vida,
triunfante se levanta.

«¿Qué has visto de camino,
María, en la mañana?»
«A mi Señor glorioso,
la tumba abandonada,

los ángeles testigos,
sudarios y mortaja.
¡Resucitó de veras
mi amor y mi esperanza!

Venid a Galilea,
allí el Señor aguarda;
allí veréis los suyos
la gloria de la Pascua.»

Primicia de los muertos,
sabemos por tu gracia que estás resucitado;
la muerte en ti no manda.

Rey vencedor, apiádate
de la miseria humana
y da a tus fieles parte
en tu victoria santa.


Lectura del santo evangelio según san Juan 20, 1-9 
Él había de resucitar de entre los muertos

El primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro. Echó a correr y fue donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo, a quien tanto quería Jesús, y les dijo: – «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto.» Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; y, asomándose, vio las vendas en el suelo; pero no entró. Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio las vendas en el suelo y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.

 

La Resurrección de Jesucristo: de la desaparición a las apariciones

 

El rasgo más sobresaliente de los relatos evangélicos leídos en la noche Pascual (Lc 24, 1-12) y en el Domingo de Resurrección (Jn 20, 1-9), es que Jesús no aparece en ellos por ningún lado: ni muerto, ni vivo. El primer testimonio de la Resurrección de Jesús no es una aparición, sino una desaparición: ha desaparecido el cadáver de Jesús.

Los discípulos, empezando por las mujeres que van al sepulcro a embalsamar el cadáver (tras la ejecución, víspera ya de sábado, no habían podido hacerlo), y siguiendo por los Apóstoles, Pedro y el discípulo amado, se encuentran que el lugar de la muerte está vacío, que la evidencia de la muerte, el cadáver, ha desaparecido. De esta manera paradójica e indirecta los evangelios van indicando que los indicios del poder de la muerte, tan poderosa que ni el Hijo de Dios ha podido superarla, empiezan a palidecer.

El hecho de que no “vean” al Señor Resucitado, sino sólo la ausencia, la desaparición de Jesús muerto, y los signos del caos de la muerte (las vendas y el sudario) recogidos y ordenados, es muy elocuente, dice muchas cosas, nos ilustra sobre qué significa “ver” y “creer”, tal como indica el Evangelio de Juan: “vio y creyó” (Jn 20,8)

La primera cosa que dice, es que no se trata de relatos fantásticos creados para sorprender, para suscitar credulidad, en los que se despliega un alarde de imaginación y de recursos narrativos maravillosos. Al contrario, destacan por su austeridad y sencillez, casi por su “normalidad”. Se narra una desaparición.

El segundo elemento, continuamente presente en todos los relatos de la Resurrección es la dificultad que tuvieron los discípulos para creer en la Resurrección. No fue cosa de un momento, sino un proceso largo y difícil. Empezando por la experiencia del sepulcro vacío, es decir, por los signos debilitados de la muerte, desposeídos de su presa, hasta “ver” al Señor, hubieron de hacer todo un camino. El evangelio de Juan lo dice bien: “Y es que hasta entonces no habían entendido la Escritura, según la cual Jesús tenía que resucitar de entre los muertos” (Jn 20,9).

Y todo esto indica que el llegar a “ver” al Resucitado es un proceso de fe, de maduración en la fe. Así cómo el proceso de seguimiento de Jesús, desde el primer encuentro en Galilea, el momento del entusiasmo (“querían hacerle rey”) pero también de la inmadurez, requiere ir subiendo a Jerusalén, ir entendiendo que el camino mesiánico de Jesús, no es un camino de rosas (cf. Mt 16, 13-23); del mismo modo para “ver” al resucitado hay que hacer el camino inverso: de Jerusalén a Galilea, el lugar del primer amor, la recuperación de la inocencia tras la experiencia terrible de la frustración de la muerte, del fracaso y el abandono: “No temáis, id a decir a mis hermanos que vayan a Galilea, allí me verán” (Mt 28, 10).

Todo esto significa que de la Resurrección no hay pruebas, no se puede demostrar (sólo se puede demostrar históricamente que desapareció el cadáver, pero eso después cada cual lo interpreta a su manera: cf. Mt 28,15); pero sí hay testigos: el testimonio de aquellos que gracias a su fe son capaces de “ver” al Señor. Es la inversa del dicho: “ver para creer”, aquí se trata de lo contrario: creer para ver. Para ello hay que purificar la mirada, limpiarse de impurezas: por eso la noche pascual empieza por la liturgia del fuego y sigue con la del agua bautismal. Esos elementos bautismales que nos hacen nacer a una vida nueva: el Espíritu (fuego) y el agua son los que al purificarnos cumplen en nosotros la bienaventuranza de “los limpios de corazón, porque verán a Dios” (cf. Mt 5,8). El tiempo de Pascua es una gran Catequesis: los que han recibido el Bautismo como una inmersión en la muerte de Cristo, (todos nosotros) para el que se han (nos hemos) preparado durante el tiempo de Cuaresma, van y vamos ahora siendo iluminados sobre el proceso de la fe que nos permite ver a Jesús. La liturgia, la palabra de Dios, Jesús que camina con nosotros y nos acompaña en nuestras alegrías y nuestras penas, nos va explicando dónde podemos encontrarle y “verle”.

De momento, nos invita a meditar sobre la propia fe tal vez muerta, o latente, o adormecida, o inmadura, en todo caso siempre necesitada de nuevos impulsos. Desilusiones, experiencias vitales, incomprensiones, han podido debilitar nuestra fe, o nos han llevado a alejarnos de Jerusalén, olvidarnos de Galilea. Puede ser que nos parezca que la fe fue una más o menos hermosa ilusión de juventud, pero que los acontecimientos de la vida nos han enseñado que eso en lo que esperábamos ha sido frustrado por el chato realismo de la vida.

El mensaje de la Pascua nos dice que es posible, pese a los muchos signos de muerte, “comprender las Escrituras” (pero hay que escucharlas, Jesús nos las explica), “partir el pan” (pero hay que compartirlo allí donde Jesús lo parte para nosotros), “ver” a Jesús y creer en Él, que camina con nosotros a pesar de que nuestros ojos ofuscados no sean capaces de reconocerle. Y eso es posible ¡porque está vivo!

No hay pruebas, pero hay testigos. Tú puedes ser unos de ellos.

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Vigilia Pascual

marzo 31, 2018

Lectura del libro del Génesis 1, 1. 26-31a Vio Dios todo lo que había hecho; y era muy bueno

Sal 32, 4-5. 6-7. 12-13. 20 y 22. R. La misericordia del Señor llena la tierra.

Lectura del libro del Génesis 22, 1-2. 9a. 10-13. 15-18 El sacrificio de Abrahán, nuestro padre en la fe

Sal 15 R. Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti.

Lectura del libro del Éxodo 14, 15-15, 1 Los israelitas en medio del mar a pie enjuto

Ex 15, 1-6.17-18 R. Cantaré al Señor, sublime es su victoria

Lectura del profeta Isaías 54, 5-14 Con misericordia eterna te quiere el Señor, tu redentor

Sal 30 R. Te ensalzaré, Señor, porque me has librado

Lectura del profeta Isaías 55, 1-11 Venid a mí, y viviréis; sellaré con vosotros alianza perpetua

Is 12, 2-6 R. Sacaréis aguas con goza de las fuentes de la salvación

Lectura del profeta Baruc 3, 9-15.32 – 4,4 Camina en la claridad del resplandor del Señor

Sal 18 R. Señor, tienes palabras de vida eterna

Lectura del profeta Ezequiel 36, 16-17a. 18-28 Derramaré sobre vosotros un agua pura, y os daré un corazón nuevo

Sal 50 R. Oh Dios, crea en mí un corazón puro

EPÍSTOLA

Lectura de la Carta del apóstol san Pablo a los Romanos 6, 3-11 Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más

Sal 117 Aleluya, aleluya, aleluya

EVANGELIO

Lectura del santo evangelio según san Marcos Jesús Nazareno, el crucificado, ha resucitado

Pasado el sábado, María Magdalena, María la de Santiago y Salomé, compraron aromas para ir a embalsamar a Jesús. Y muy temprano, el primer día de la semana, al salir el sol, fueron al sepulcro. Y se decían unas a otras: “¿Quién nos correrá la piedra a la entrada del sepulcro?” Al mirar vieron que la piedra estaba corrida, y eso que era muy grande. Entraron en el sepulcro y vieron a un joven sentado a la derecha, vestido de blanco. Y se asustaron. Él les dijo: “No os asustéis. ¿Buscáis a Jesús el Nazareno, el crucificado? No está aquí. Ha resucitado. Mirad el sitio donde lo pusieron. Ahora id a decir a sus discípulos y a Pedro: él va por delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis, como os dijo.”

La resurrección de Jesucristo: la otra cara de la historia

¡Cristo ha resucitado! ¡Aleluya!

Al leer la Pasión (el Domingo de Ramos y el Viernes Santo) comprendimos que es posible leer la historia (la de la Pasión, la de la humanidad y la nuestra propia) “de otra manera”, positiva y esperanzada. En medio del dolor, la injusticia y la muerte fuimos capaces de encontrar ciertas claves que nos abrieron los ojos para la esperanza.

La noche de Pascua y su prolongación en la celebración del domingo es una confirmación, es más, una proclamación que pone de manifiesto con toda su fuerza lo que empezamos a vislumbrar entonces. En medio de la noche celebramos la liturgia de la luz: las tinieblas empiezan a ser disipadas. Aunque es de noche, permanecemos en vela para ver esta luz, esta aurora. A esta luz la Palabra despliega ante nuestra mirada atónita toda la historia de salvación. Como una gran sinfonía se nos anuncia que, al hilo de la historia tormentosa y tantas veces malvada de la humanidad, Dios no ha estado durmiendo, sino que no ha dejado de actuar a favor de los hombres: “Éste es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo” (Sal 117). Contemplamos, pues, las grandes obras de Dios a favor de la vida, de la libertad, de la dignidad, a favor de los pobres y desvalidos, de las víctimas, a favor de todos sin distinción, pues llama a todos a la reconciliación, la restauración y el perdón.

Estas grandes obras de Dios han culminado definitivamente en su Hijo Jesucristo, su Palabra encarnada, que ha librado el combate decisivo contra el mal y su gran expresión y consecuencia que es la muerte. Enfrentándose a ella, entrando en ella, en apariencia derrotado por ella, Jesús la ha vencido por dentro, al sembrar la semilla del bien y del amor en el corazón mismo de lo que parece ser la victoria del mal: la semilla de la libertad (Jesús entrega libremente su vida), de la dignidad (Jesús no se somete ni pacta con las fuerzas del mal), de la Verdad (por cuyo testimonio entrega su vida), del Bien, pues no opone al mal que le aplasta un mal mayor, sino, por el contrario, un bien más poderoso: el del perdón ofrecido a todos y la reconciliación con Dios, abierta como sus brazos en la cruz y su costado traspasado por la lanza.

En esta noche, en este día Jesús realmente muerto, y en verdad vuelto a la vida, nos está diciendo que merece la pena perder a veces humanamente para ganar bienes no perecederos: merece la pena mantener la fidelidad (aunque a veces nos parece que con ello renunciamos a la felicidad inmediata), tratar de vivir en la verdad, renunciar a la venganza, saber pedir perdón con humildad y perdonar con generosidad… Y así un largo etcétera que la Palabra de Dios nos enseña y la vida misma, iluminada por esa Palabra, nos va mostrando.

La Resurrección de Cristo nos dice que es posible no sólo leer la historia en otra clave (positiva), sino vivir “de otra manera” haciéndonos protagonistas vivos y activos de esa “otra historia”, historia de salvación, historia de derrotas aparentes que se convierten en victorias. Para ello es preciso conectarse con el Autor de la salvación, aspirar a los bienes de arriba, que no consisten sino en que nuestra vida esté con él, el Maestro que nos enseña a vivir de esa otra manera, no sólo para sí (y, tal vez, para el pequeño círculo), el Señor que transforma la muerte en vida. Ese es el sentido del Bautismo, que la liturgia de la noche pascual, en su tercera parte (tras el fuego y la Palabra), en la liturgia del agua, nos invita a renovar. Estamos bautizados en Cristo, esto es, estamos conectados a la fuente de esa vida nueva, de esa posibilidad más alta. De cuando en cuando, y la noche pascual es un momento especialmente privilegiado, necesitamos renovar de manera explícita nuestro bautismo, para recordar que estamos en camino y que este camino tiene todavía recorrido por delante. Pero el bautismo no es un rito mágico, sino el sello de una pertenencia y de una amistad que hay que renovar en el día a día, tratando de vivir de esa “otra manera”, aprendiendo a hacerlo en la escucha cotidiana de la Palabra y alimentando nuestra vida con la comunión en el misterio pascual que renueva la Eucaristía. Cuando al saludarnos con el grito de júbilo “¡Cristo ha resucitado!” respondemos “¡Verdaderamente ha resucitado!”, ese verdaderamente quiere subrayar que no se trata de una conmemoración sólo litúrgica o simbólica: somos testigos de la resurrección, nosotros, “que hemos comido y bebido con Él después de su resurrección”, cada vez que participamos en la Eucaristía.

Renovamos las promesas bautismales (a veces, siendo testigos del bautismo de los catecúmenos en este noche pascual) al contemplar primero en la noche, en la que ya vislumbramos la luz de la aurora, el sepulcro vacío. El lugar de la muerte ha soltado su presa. No hay que buscar entre los muertos al que vive. Jesús no es un personaje histórico admirable, que ha dejado su huella en la historia y luego, como todos los personajes de la historia, se ha ido, engullido por la voracidad del tiempo. Los que velan y lo buscan, como las mujeres en la noche pascual, reciben señales que dicen que Jesús vive y va a nuestro encuentro.

En la noche las mujeres, presas de la sorpresa y del miedo, no dijeron nada, según suena en esta noche el evangelio de Marcos (que insiste siempre en la dificultad para creer incluso de los propios discípulos; que nadie, pues, se extrañe si siente resistencia ante la noticia). Pero al romper el primer día de la semana, al hacerse la luz, aun incluso sin haber llegado a la plena comprensión (así se nos relata la situación de María Magdalena), el mensaje recibido se convierte en testimonio que llama a los demás discípulos a ir también a ver el lugar en el que Jesús ya no está, para que viendo esa ausencia se abra la luz de la fe: vio y creyó.

Ser cristiano es ver con los ojos de la fe: ver a Cristo Resucitado, y ver el mundo con ojos nuevos, ver a los demás y a nosotros mismos con los ojos de Dios; y, además, comunicar lo que hemos visto y creído, en primer lugar, a los otros discípulos: este testimonio mutuo es uno de los fundamentos de la Iglesia; ser cristiano es entrar a formar parte de esta historia “otra”, que transcurre en medio de la historia humana, en la que a veces aparecemos como derrotados y perdedores, aunque, en realidad, salimos victoriosos en Aquél que, muerto y resucitado, ha vencido al mundo y vive hoy y reina por los siglos de los siglos.

Domingo de Ramos (B)

marzo 24, 2018

Lectura del libro de Isaías 50, 4-7 No me tapé el rostro ante los ultrajes, sabiendo que no quedaría defraudado

Mi Señor me ha dado una lengua de iniciado, para saber decir al abatido una palabra de aliento. Cada mañana me espabila el oído, para que escuche como los iniciados. El Señor me abrió el oído; y yo no resistí ni me eché atrás: ofrecí la espalda a los que me apaleaban, las mejillas a los que mesaban mi barba; no me tapé el rostro ante ultrajes ni salivazos. El Señor me ayuda, por eso no sentía los ultrajes; por eso endurecí el rostro como pedernal, sabiendo que no quedaría defraudado. 

Sal 21, 8-9. 17-18a. 19-20. 23-24 R. Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses 2, 6-11 Se rebajó, por eso Dios lo levantó sobre todo

Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo levantó sobre todo y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

Pasión de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos 15,1-39  Realmente este hombre era Hijo de Dios

Apenas se hizo de día, los sumos sacerdotes, con los ancianos, los escribas y el Sanedrín en pleno, se reunieron, Y. atando a Jesús, lo llevaron y lo entregaron a Pilato. Pilato le preguntó: S. – «¿Eres tú el rey de los judíos?» C. Él respondió: + -«Tú lo dices.» C. Y los sumos sacerdotes lo acusaban de muchas cosas. Pilato le preguntó de nuevo:
S. – «¿No contestas nada? Mira cuántos cargos presentan contra ti.» C. Jesús no contestó más; de modo que Pilato estaba muy extrañado. Por la fiesta solía soltarse un preso, el que le pidieran. Estaba en la cárcel un tal Barrabás, con los revoltosos que habían cometido un homicidio en la revuelta. La gente subió y empezó a pedir el indulto de costumbre. Pilato les contestó: S. – «¿Queréis que os suelte al rey de los judíos?» C. Pues sabía que los sumos sacerdotes se lo habían entregado por envidia. Pero los sumos sacerdotes soliviantaron a la gente para que pidieran la libertad de Barrabás. Pilato tomó de nuevo la palabra y les preguntó: S. – «¿Qué hago con el que llamáis rey de los judíos?» C. Ellos gritaron de nuevo: S. – «¡Crucifícalo!» C. Pilato les dijo: S. – «Pues ¿qué mal ha hecho?» C. Ellos gritaron más fuerte: S. – «¡Crucifícalo!» C. Y Pilato, queriendo dar gusto a la gente, les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran. Le pusieron una corona de espinas, que habían trenzado
C. Los soldados se lo llevaron al interior del palacio -al pretorio- y reunieron a toda la compañía. Lo vistieron de púrpura, le pusieron una corona de espinas, que habían trenzado, y comenzaron a hacerle el saludo: S. -«¡Salve, rey de los judíos!» C. Le golpearon la cabeza con una caña, le escupieron; y, doblando las rodillas, se postraban ante él.
Terminada la burla, le quitaron la púrpura y le pusieron su ropa. Y lo sacaron para crucificarlo. Llevaron a Jesús al Gólgota y lo crucificaron C. Y a uno que pasaba, de vuelta del campo, a Simón de Cirene, el padre de Alejandro y de Rufo, lo forzaron a llevar la cruz. Y llevaron a Jesús al Gólgota (que quiere decir lugar de «la Calavera»), y le ofrecieron vino con mirra; pero él no lo aceptó. Lo crucificaron y se repartieron sus ropas, echándolas a suerte, para ver lo que se llevaba cada uno. Era media mañana cuando lo crucificaron. En el letrero de la acusación estaba escrito: «El rey de los judíos.» Crucificaron con él a dos bandidos, uno a su derecha y otro a su izquierda. A otros ha salvado, y a sí mismo no se puede salvar C. Los que pasaban lo injuriaban, meneando la cabeza y diciendo: S. -«¡Anda!, tú que destruías el templo y lo reconstruías en tres días, sálvate a ti mismo bajando de la cruz.» C. Los sumos sacerdotes con los escribas se burlaban también de él, diciendo: S. – «A otros ha salvado, y a sí mismo no se puede salvar. Que el Mesías, el rey de Israel, baje ahora de la cruz, para que lo veamos y creamos.»
C. También los que estaban crucificados con él lo insultaban. C. Al llegar el mediodía, toda la región quedó en tinieblas hasta la media tarde. Y, a la media tarde, Jesús clamó con voz potente: + – «Eloí, Eloí, lama sabaktaní.» C. Que significa: + – «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» C. Algunos de los presentes, al oírlo, decían: S. – «Mira, está llamando a Elías.» C. Y uno echó a correr y, empapando una esponja en vinagre, la sujetó a una caña, y le daba de beber, diciendo: S. – «Dejad, a ver si viene Ellas a bajarlo.» C. Y Jesús, dando un fuerte grito, expiró.
Todos se arrodillan, y se hace una pausa.

  1. El velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo. El centurión, que estaba enfrente, al ver cómo había expirado, dijo: S. – «Realmente este hombre era Hijo de Dios.»

 

Realmente este hombre era Hijo de Dios

El domingo de Ramos, pórtico de la Semana Santa, nos presenta un cuadro unitario de lo que vamos a contemplar, meditar y actualizar en estos días. En una misma celebración asistimos a la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén y a su prendimiento, proceso y muerte en Cruz. ¿A qué se debe que la lectura de la Pasión del Señor se duplique durante la Semana Santa, y se lea el Domingo (en versión de uno de los sinópticos, este año B, Marcos), si se va a leer de nuevo (en la versión de Juan) el día propiamente de Pasión, el Viernes Santo? Litúrgicamente tiene pleno sentido que la Pasión del Señor se lea en Domingo, el día en que los cristianos se reúnen a orar juntos. De otro modo, la Pasión no sería proclamada nunca en Domingo y en el contexto de la celebración eucarística, que es, precisamente, la memoria de esa Pasión (pues el Viernes no se celebra la eucaristía). Pero, además, de este modo nos preparamos a entrar en profundidad en los misterios que, paso a paso, vamos a celebrar en los días siguientes.

La Palabra de Dios la podemos leer hoy desde dos prismas distintos y contrapuestos, cada uno de los cuales tiene su verdad, pero que conviene situar en la justa perspectiva.

Un prisma, el que primero salta a la vista, pone de relieve el drama que se desarrolla ante nosotros (y que la liturgia trata de subrayar mediante la lectura inicial de la entrada en Jerusalén, la procesión que la representa, la lectura dramatizada de la Pasión, etc.). Ante nuestros ojos se despliega el cuadro paradójico de un pueblo que acoge a Jesús con entusiasmo como el enviado de Dios, y en pocos días cambia de parecer y pide a gritos su muerte. Aunque no está dicho que fueran los mismos los que gritaran una cosa y la otra: posiblemente, en la entrada triunfal fueran los discípulos que lo acompañaban desde Galilea, mientras que los que pidieron su muerte eran gentes de Jerusalén o venidas a la fiesta, manipuladas por las autoridades del pueblo. El mal presenta con frecuencia este rostro estúpido de la masa que se mueve por inercia, semiinconsciente de la manipulación que la dirige. Pero tras el rumor y el estruendo de los gritos, percibimos otras manifestaciones del mal, todo un muestrario del mismo: la debilidad y cobardía de los discípulos, que alcanza su cénit en la traición de Judas, acompañada del detalle del beso, gesto de gran familiaridad que, en el contexto de la traición, resulta de un cinismo repugnante; la cobardía de Pedro, que le lleva a negar y renegar de Jesús; el acoso plagado de mentiras e hipocresía en el proceso del Sanedrín, en el que es claro que poco importa la verdad y la justicia, y de lo que se trata es de condenar a cualquier precio al que resulta a todas luces inocente; esa hipocresía se revela en toda su crudeza cuando ante Pilatos se cambia la acusación, de religiosa (blasfemia), en política (sedición), ya que las cuitas teológicas poco podían interesarle al procurador romano; el cual, convencido de la ausencia de culpabilidad del reo, incluso en las materias que a él podían interesarle (sedición, alteración del orden público, amenaza para la pax romana), cede a la injusticia (agravada por la liberación de un reo confeso de asesinato) por cálculo político o por miedo a altercados que, quien sabe, podían dar al traste con su carrera política. En definitiva, podemos contemplar toda la escena con el estupor y la impotencia de ver al inocente ultrajado, humillado, torturado y entregado a la muerte.

Esa lectura podemos trasladarla a nuestro mundo con extrema facilidad. En ocasiones nos embarga la sensación de que este mundo está definitivamente perdido, de que el mal que reina en él es más fuerte que cualquier retoño de bien y de justicia y de que los malvados se salen con la suya, por lo que sentimos la tentación de pensar que, al final, el mal compensa. Esta sensación desalentadora cada cual puede experimentarla desde el peculiar prisma que compone su escala prioritaria de valores. Habrá quien subraye sobre todo las dimensiones relativas a la ética personal, familiar, sexual, etc., y considere que asistimos a una progresiva degradación de las costumbres y a la disolución de valores básicos como el respeto a la vida, la familia, la responsabilidad, el respeto, etc. Otros, en cambio, subrayarán más las dimensiones sociales, políticas, ecológicas del mal: las relaciones injustas y desequilibradas entre ricos y pobres, poderosos y débiles… Todas esas perspectivas son, por lo demás, conciliables, porque el mal, desgraciadamente, tiene muchos rostros, además de mucho poder. Estupidez, debilidad y temor, manipulación, traición, hipocresía, mentira, cinismo, violencia gratuita, humillación del débil, crueldad, injusticia… son todas realidades que componen una red que abarca al mundo entero y que se concentran dramáticamente en la Pasión de Cristo.

Y, sin embargo, el realismo de esta perspectiva es aparente si nos quedamos sólo en ella. Lo mismo que si realizamos una lectura puramente negativa del mundo en el que vivimos. Porque, volviendo de nuevo al relato de la Pasión, si miramos con más detalle, yendo a lo profundo de esa trama de acontecimientos marcados por el sello del mal, no podremos dejar de percibir la luz que emana de todos ellos. Ya la entrada de Jesús en Jerusalén, acogido como el que “viene en nombre del Señor” es la expresión de una fe y de una esperanza que no se han de ver defraudadas, a pesar de todas las apariencias contrarias. Es posible que algunos de los que acogieron a Jesús con entusiasmo cayeran días después presas de la manipulación y pidieran a gritos su crucifixión. Pero no está dicho que todos los que le acogieron cambiaron de bando; muchos sentirían la derrota de Jesús como su propia derrota, la de sus esperanzas. En el prendimiento, el proceso ante el Sanedrín y Pilato, en medio de los ultrajes y las humillaciones, en la misma Cruz, resalta la dignidad de Cristo y su confianza en su Padre hasta el final. El mismo Jesús es la luz que ilumina la oscuridad del momento, la bondad insobornable ante los embates del mal, la libertad soberana que se despoja de su rango por amor y toma la condición de esclavo, y elige así el bando de la víctima inocente en vez del de los verdugos. En ello mismo está diciendo Jesús al abatido una palabra de aliento: nos está diciendo de parte de quién está Dios y qué es lo que salva al hombre al final y a la postre. Esa misma luz que emana de Cristo nos permite ver el amor arrojado que, pese a todo, mueve al débil Pedro a asumir riesgos y, literalmente, meterse en la boca del lobo en su desesperado intento por seguir cerca del maestro; las negaciones de Pedro son producto del temor, pero no de la indiferencia, como lo muestran sus lágrimas. Vemos también a esa misma luz la compasión de un hombre anónimo “que pasaba por allí”, Simón de Cirene y la de las santas mujeres que miran desde lejos y siguen esperando contra toda esperanza cuando José de Arimatea (otro destello de luz, proveniente esta vez del Sanedrín que condenó a Jesús) hace rodar la piedra del sepulcro. Y es también esa luz la que ilumina la conciencia del centurión en una confesión, “verdaderamente este hombre era Hijo de Dios”, que es la revelación final a la que tiende todo el evangelio de Marcos desde su primera línea (“Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios”), y que significativamente se pone en boca de un pagano, capaz de reconocer lo que los “propios” han sido incapaces de ver: al morir Cristo el velo del templo se rasga, queda atrás la antigua alianza, y se establece una nueva, sellada con la Sangre del Cordero inmaculado, abierta a todas las gentes sin distinción. Es esa luz de Cristo, que alcanza a iluminar en torno a sí a muchos de los protagonistas de esta historia, la que da el verdadero sentido de los acontecimientos y la que alimenta nuestra esperanza: Jesucristo se ha entregado libremente y por amor hasta la muerte y una muerte de Cruz.

Vemos pues en este relato la luz y los destellos de un bien que sigue en pie, con dignidad, sin ceder a las acometidas del mal ni sucumbir a sus seducciones, a pesar de su aparente derrota. Y lo que vemos en este relato podemos y debemos verlo también cuando hacemos la lectura de nuestro mundo. No podemos dejar que la evidencia del mal nos ciegue para esa otra evidencia, a veces casi imperceptible pero perseverante, tenaz, insobornable del bien y de la luz. Nuestra historia (la historia del mundo, las historias más locales que la componen, nuestra situación contemporánea, nuestras personales biografías) encierran en sí, al mismo tiempo, la realidad del pecado y de la gracia: son la historia del mal (la violencia, la injusticia, la traición, el sufrimiento…), pero también son historia de salvación: de entrega generosa, de fidelidad, de honestidad… No podemos cerrar los ojos ante la realidad del mal; pero no debemos sucumbir al pesimismo de pensar que ese mal es la perspectiva única y además la victoriosa (sintiendo así, de paso, la tentación de entregarnos a sus seducciones). En esta misma historia, en sus múltiples niveles, existe la otra posibilidad, la que procede de la luz de Cristo, de su entrega por amor, de su fidelidad insobornable. En nuestras manos está decidir de qué parte queremos estar, a cuál de estas historias queremos pertenecer. Porque, aunque las dos se entrecruzan en nosotros inevitablemente (también nosotros colaboramos con el mal de un modo u otro), podemos tomar la decisión de ponernos del lado de Cristo, reconociendo el mal que hay en nosotros y aceptando la luz que nos purifica y nos va haciendo miembros activos de esa otra historia de salvación.

Hoy, junto con el centurión (que apalabra y representa a todos los “iluminados” de esta historia), al contemplar la Pasión de Cristo y esa otra pasión que se desarrolla a diario en nuestra atormentada historia, somos invitados a confesar con esperanza: “Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios”. Y, por eso, Dios lo levantó y lo seguirá levantando “sobre todo”, también sobre toda forma de mal. La derrota a la que asistimos hoy es el germen de una victoria definitiva, la de Cristo, y, en Él, la de todos nosotros.

Domingo 5 de Cuaresma (B)

marzo 17, 2018

Lectura del profeta Jeremías 31,31-3 Haré una alianza nueva y no recordaré sus pecados

Mirad que llegan días –oráculo del Señor– en que haré con la casa de Israel y la casa de Judá una alianza nueva. No como la alianza que hice con sus padres, cuando los tomé de la mano para sacarlos de Egipto: ellos quebrantaron mi alianza, aunque yo era su Señor –oráculo del Señor–. Sino que así será la alianza que haré con ellos, después de aquellos días –oráculo del Señor–: Meteré mi ley en su pecho, la escribiré en sus corazones; yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo. Y no tendrá que enseñar uno a su prójimo, el otro a su hermano, diciendo: “Reconoce al Señor.” Porque todos me conocerán, desde el pequeño al grande –oráculo del Señor–, cuando perdone sus crímenes y no recuerde sus pecados.

Salmo 50 R/. Oh Dios, crea en mí un corazón puro.

 

Lectura de la carta a los Hebreos 5,7-9 Aprendió a obedecer y se ha convertido en autor de salvación eterna

Cristo, en los días de su vida mortal, a gritos y con lágrimas, presentó oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte, cuando en su angustia fue escuchado. Él, a pesar de ser Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer. Y, llevado a la consumación, se ha convertido para todos los que le obedecen en autor de salvación eterna.

Lectura del santo evangelio según san Juan 12,20-33 Si el grano de trigo cae en tierra y muere, da mucho fruto

En aquel tiempo, entre los que habían venido a celebrar la fiesta había algunos griegos; éstos, acercándose a Felipe, el de Betsaida de Galilea, le rogaban: “Señor, quisiéramos ver a Jesús.” Felipe fue a decírselo a Andrés; y Andrés y Felipe fueron a decírselo a Jesús. Jesús les contestó: “Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre. Os aseguro que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto. El que se ama a sí mismo se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo se guardará para la vida eterna. El que quiera servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre lo premiará. Ahora mi alma está agitada, y ¿qué diré?: Padre, líbrame de esta hora. Pero si por esto he venido, para esta hora. Padre, glorifica tu nombre.” Entonces vino una voz del cielo: “Lo he glorificado y volveré a glorificarlo.” La gente que estaba allí y lo oyó decía que había sido un trueno; otros decían que le había hablado un ángel. Jesús tomó la palabra y dijo: “Esta voz no ha venido por mí, sino por vosotros. Ahora va a ser juzgado el mundo; ahora el Príncipe de este mundo va a ser echado fuera. Y cuando yo sea elevado sobre la tierra atraeré a todos hacia mí.” Esto lo decía dando a entender la muerte de que iba a morir.

 

Quisiéramos ver a Jesús

 

fama de Jesús, al parecer, ha trascendido fronteras. No sólo las gentes de Galilea y Judea, y también las de la mestiza Samaria y las de los territorios circundantes a Palestina, sino incluso gentes extranjeras que han venido de lejos, “unos griegos”, han oído hablar de Jesús y expresan su deseo de verle.

Llama la atención, en primer lugar, la “burocracia” que provoca la petición: en vez de dirigirse directamente a Jesús, tienen que utilizar una red de intermediarios. Tal vez su condición de extranjeros les llevó a dirigirse a Felipe. El Evangelio especifica que “era de Betsaida”, una ciudad de frontera. El nombre de Felipe es también el de uno de los diáconos elegidos para el grupo de origen helenista y que evangeliza al funcionario etíope en el camino desértico de Gaza, y también en Samaria. Es, pues, un nombre que habla de apertura a lo distinto; de ahí, tal vez, que fuera por medio de este Felipe Apóstol como aquellos griegos trataron de cumplir su deseo. Del intermediario Felipe la petición se pasa a uno del círculo más cercano, Andrés, y, por fin, los dos se la hacen llegar a Jesús.

Un segundo detalle de la petición es el modo de expresarla: “quisiéramos…” Suena a “nos gustaría…” Jesús era un hombre que llamaba la atención: su modo de hablar, el contenido novedoso de su doctrina, los signos maravillosos que acompañaban al mensaje. Es normal que los visitantes y los peregrinos oyeran hablar de Él y eso suscitara el deseo de verlo, escucharlo, encontrarse con él, sea por mera curiosidad, o por la posibilidad de ver hechos extraordinarios, tal vez por el deseo de escuchar una nueva doctrina (eran, al fin y al cabo, griegos) o por un motivo más profundo. El Evangelio no nos informa de ello.

Llama inmediatamente la atención la extraña respuesta de Jesús, que parece que se sale por la tangente. Pero, en realidad, lo que dice tiene pleno sentido. Ver a Jesús no es ver a un predicador, a un profeta, a un milagrero, al fundador de una filosofía nueva. El que quiera ver todo eso deberá dirigirse a otros lugares, a otros maestros. Si se quiere ver a Jesús hay que mirar a la Cruz. No hay otro modo de concertar una entrevista: el dónde (el Gólgota) viene marcado por el cuándo: ha llegado la hora. Es la hora de la glorificación, que es el modo en que Juan expresa, al mismo tiempo, la muerte (la derrota, el sufrimiento, la ignominia) y la resurrección (el triunfo de la vida, del perdón y la reconciliación).

Jesús se refiere con fuerza a lo inevitable de esa cita: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo. Es así: la predicación, las parábolas, los encuentros, los signos extraordinarios, todo lo que Jesús ha hecho y realizado, y que parece que debería llevar a la victoria del reconocimiento, la aceptación y la fundación del Nuevo Pueblo de Dios, en el que la ley estará escrita en los corazones y no en tablas de piedra… exige por el contrario un final en apariencia trágico de derrota y muerte. Pero sólo así es posible que todo lo anterior, palabras, encuentros y milagros den fruto. La voz del cielo, que suena por nosotros, dice que pese a la aparente derrota de Jesús en la cruz, Dios está con Él.

Para “ver” a Jesús de manera fecunda, salvadora, hay que ir más allá de la curiosidad, del deseo de ver milagros, o de escuchar doctrinas nuevas, o de descubrir nuevos valores morales y religiosos… Todo eso es insuficiente. Porque palabras y hechos, doctrina y milagros van, en este caso, indisolublemente ligados a la persona misma de Jesús: es Él mismo el centro del mensaje, pues es Él la encarnación de la Palabra, la expresión hecha carne y sangre del amor de Dios para con los hombres. Por eso, sería contradictorio que se quedara todo en mera doctrina (por muy sublime que sea) y en gestos maravillosos (por muy milagrosos que se nos antojen): lo que Jesús anuncia y encarna es un amor más fuerte que la muerte, que sólo dará fruto si pasa por el crisol de la muerte, esa realidad al parecer definitiva que encarna el triunfo del mal y del pecado.

En Cristo la muerte en Cruz, por amor y libremente asumida, se convierte en una glorificación, en la prueba y la manifestación del triunfo del amor sobre el pecado y su fruto, la muerte.

Si queréis ver a Jesús mirad, pues, al Crucificado. Ya no hay tiempo para otras citas. Ha llegado su hora.

¿Qué sentido tiene todo esto para nuestra vida personal y para nuestra vida cristiana? En la vida de todo hombre, de un modo u otro, se hace presente la cruz. No es que haya que buscarla. Siempre se hace presente. Y son esos momentos los que ponen a prueba la autenticidad de unas convicciones y de unos valores, es decir, la fecundidad de una vida. Si uno, por ejemplo, se dedica a las cosas de la Iglesia (a la catequesis, al apostolado y la predicación o a las obras de solidaridad y ayuda a los necesitados), todo eso, que, en sí mismo está muy bien, puede quedar sin fruto, si a la hora de la verdad, uno no acepta la Cruz (que puede tener mil rostros: falta de éxito o reconocimiento, a veces conflictos con los más cercanos, con la misma Iglesia). Porque sólo ahí, en la Cruz aceptada, se identifica uno de verdad y hasta el final con Cristo. De otro modo, todo lo realizado, con estar muy bien, puede quedarse en una prédica moral o una actividad altruista, pero sin llegar a ese momento cumbre en el que el amor se hace carne y sangre y pide, de un modo u otro, dar la vida; o, por decirlo de otro modo, uno puede trabajar por el Reino, dar su tiempo y sus capacidades, y, al mismo tiempo, estar salvaguardando para sí la propia vida (exigiendo, por ejemplo, reconocimiento, éxito o estatus), en vez de darla.

Algo similar sucede en las otras vocaciones cristianas. El matrimonio, por ejemplo. El proyecto de vida en común basado en un amor humano elevado a sacramento y, por tanto, signo y realidad de la presencia de Cristo, no es un camino de rosas. Las crisis, el cansancio, las limitaciones de uno y otra, con frecuencia las ofensas, los disgustos que dan los hijos… son formas variadas en que la Cruz se hace presente y nos pone a prueba. La fidelidad, la perseverancia, los elementos tal vez grises de un amor verdadero tienen también un componente de Cruz, que, si no se aceptan, pueden dar al traste con una relación humanamente muy bien cimentada. La fidelidad “hasta la muerte” no es sólo una referencia cronológica (“hasta que la muerte nos separe”), sino la voluntad y la confianza de establecer un vínculo más fuerte que la muerte: en Cristo, realmente, ni la muerte nos separa, porque en la muerte en Cruz (en el amor hasta dar la vida), la vida entregada se hace fecunda y da fruto. Es ahí, precisamente, donde la ley se nos graba en el corazón.

Además de las cruces personales, están las otras, las presencias vivas de los que viven en el sufrimiento y del lado de los cuales se ha puesto Jesús, haciéndose uno de ellos. También en esa dirección hay que mirar para verlo, aceptarlo y servirle.

No es pues sólo cosa de doctrina o de trabajo, sino también de seguimiento, de “estar allí donde está Él”. Ya sabemos dónde.

Aquellos griegos que querían ver a Jesús probablemente fueron testigos de los acontecimientos que se desencadenaron inmediatamente después: estamos en la quinta semana de Cuaresma, al borde ya de la Semana Santa. Este domingo habla siempre de muerte y de vida: de cómo la muerte se transforma en vida, de cómo la vida vence a la muerte. Jesús, elevado sobre la tierra se hizo bien visible y accesible para todos. Griegos y judíos, buenos y malos, lejanos y cercanos… todos pueden verle, a todos atrae hacia sí.

Si en alguna ocasión alguien (pongamos, “unos griegos”) nos dicen que quisieran ver a Jesús (conocerlo, saber de Él, descubrirlo entre nosotros, en la Iglesia), podemos hablarles de sus palabras y obras (de la doctrina cristiana, de los sacramentos y las obras de caridad), pero no deberemos omitir ese momento clave, el de la hora decisiva, el de la Cruz, como el lugar de la plenitud de un amor hasta la muerte, que derriba fronteras, atrae a todos y da frutos de vida nueva.

Domingo 4 de Cuaresma (B)

marzo 9, 2018

Чтение второй книги Паралипоменон. 2 Пар (2 Chr) 36, 14-16. 19-23

В те дни: Все начальствующие над священниками и над народом много грешили, подражая всем мерзостям язычников, и сквернили дом Господа, который Он освятил в Иерусалиме. И посылал к ним Господь, Бог отцов их, посланников Своих от раннего утра, потому что Он жалел Свой народ и Своё жилище. Но они издевались над посланными от Бога, и пренебрегали словами Его, и ругались над пророками Его, доколе не сошёл гнев Господа на народ Его, так что не было ему спасения. И сожгли дом Божий, и разрушили стену Иерусалима; и все чертоги его сожгли огнём, и все драгоценности его истребили. И переселил он оставшихся от меча в Вавилон; и были они рабами его и сыновей его, до воцарения царя Персидского, доколе, во исполнение слова Господня, сказанного устами Иеремии, земля не отпраздновала суббот своих. Во все дни запустения она субботствовала до исполнения семидесяти лет. А в первый год Кира, царя Персидского, во исполнение слова Господня, сказанного устами Иеремии, возбудил Господь дух Кира, царя Персидского, и он велел объявить по всему царству своему, словесно и письменно, и сказать: так говорит Кир, царь Персидский: все царства земли дал мне Господь, Бог небесный, и Он повелел мне построить Ему дом в Иерусалиме, что в Иудее. Кто есть из вас — из всего народа Его, да будет Господь, Бог его, с ним, и пусть он туда идёт.

Пс 137 Припев: Господу принадлежит слава на Сионе.

Чтение Послания святого Апостола Павла к Ефесянам. Еф 2, 4-10

Братья: Бог, богатый милостью, по Своей великой любви, которою возлюбил нас, и нас, мёртвых по преступлениям, оживотворил со Христом, — благодатью вы спасены, — и воскресил с Ним, и посадил на небесах во Христе Иисусе, дабы явить в грядущих веках преизобильное богатство благодати Своей в благости к нам во Христе Иисусе. Ибо благодатью вы спасены через веру, и сие не от вас, Божий дар: не от дел, чтобы никто не хвалился. Ибо мы — Его творение, созданы во Христе Иисусе на добрые дела, которые Бог предназначил нам исполнять.

+ Чтение святого Евангелия от Иоанна. Ин 3, 14-21

В то время: Иисус сказал Никодиму: Как Моисей вознёс змию в пустыне, так должно вознесену быть Сыну Человеческому, дабы всякий, верующий в Него, не погиб, но имел жизнь вечную. Ибо так возлюбил Бог мир, что отдал Сына Своего Единородного, дабы всякий, верующий в Него, не погиб, но имел жизнь вечную. Ибо не послал Бог Сына Своего в мир, чтобы судить мир, но чтобы мир спасён был чрез Него. Верующий в Него не судится, а неверующий уже осуждён, потому что не уверовал во имя Единородного Сына Божия. Суд же состоит в том, что свет пришёл в мир; но люди более возлюбили тьму, нежели свет; потому что дела их были злы. Ибо всякий, делающий злое, ненавидит свет и не идёт к свету, чтобы не обличились дела его, потому что они злы. А поступающий по правде идёт к свету, дабы явны были дела его, потому что они в Боге соделаны.

К свету через крест

Кажется, что первое чтение не имеет прямой связи с Евангелием. Хотя можно было бы понимать в таком смысле, что после бури наступит тишина. То есть, после наказания ссылки наступит примирение и можно будет вернуться домой. А если смотреть на сегодняшнее евангелие, то после ночи и темноты наступает свет: через крест (на котором должен быть вознесен Сын Человеческий, как и змий в пустыне) где различается уже свет воскресения.

На самом деле, свет это главный мотив четвертого воскресенья Великого поста (в цикле А читается отрывок от Иоанна о рожденном слепом). О свете говорит Иисус с Никодимом.

Нужно иметь в виду, что Никодим пришел к Иисусу «ночью» (ст. 2). Да, Никодим (хотя сейчас) является «ночным учеником», который избегает света. Он ученик, но «тайный из страха от Иудеев» (см. Ион 19, 38), то есть из тех, которые «из-за страха фарисеев не исповедовали, чтобы не быть отлученными от синагоги» (Ион 12, 42).

Здесь «ночь» означает, не какое-то время дня, но внутреннее состояние. Ночью человек скрывается, как делают те, кто плохо и подло поступает, чтобы никто не видел его плохие действия. Но темнота ночи служит также тем, кто хочет жить спокойно, кто боится и не хочет рисковать ради своей веры во Христа. Ночью живут также «хорошие люди», как Никодим, который испытывает симпатию к Иисусу и верит, что он от Бога («ибо таких чудес, какие Ты творишь, никто не может творить, если не будет с ним Бог» (Ион 3:2).

Поэтому ночь, о которой тут говорят, это состояние, в котором живут добрые люди, как Никодим, которые относятся к Иисусу хорошо, любят его как-то и восхищаются им, его чрезвычайными делами и которые верят, что он от Бога, и даже иногда приближаются к нему (но тайно, ночью). Однако, они не делают шаг истинной веры, потому что не готовы к ней (к Нему, Иисусу) свидетельствовать, следовать за ним. Ведь все это влечет за собой выйти на свет, выявиться, рисковать. Жить на свете означает взять на себя такой образ жизни, который усложняет ее, требует рисковать своим общественным положением (Быть в Синагоге, в том, что все принимают, думают, делают…), своим престижем , своей репутацией… Может быть, что принимать открыто Иисуса требует от нас от чего-то отказаться, и мы к этому не готовы.

Нужно иметь в виду, что «поступки по правде» (добрые дела), о которых Иисус говорит с Никодимом, и которые приводят нас к свету – это, прежде всего, исповедовать Иисуса как Мессию, и, следовательно, принимать его образ жизни. Но тогда, неизбежно, появляется в горизонте нашей жизни Крест Иисуса Христа. И так, как сегодняшнее евангелие говорит о кресте, смотря на боящегося, пугливого и ночного ученика (Никодима), означает и влечет за собой способность рисковать теми безопасностями (социальными, конвенциональными, даже и религиозными), свойственными «добрым людям», которые выбирают верить только для себя, тайно, ночью, без публичного исповедания, чтобы не мешать окружению, которое может смотреть на верующих враждебно, и даже угрожать ему. Одним словом, есть такие верующие, которые говорят, что принимают Христа, но отвергают его Крест.

Сегодняшнее евангелие спрашивает нас о качестве нашего исповедания веры, нашего свидетельства. Может быть, что и мы также ночные верующие, предпочитающие темноту больше чем свет, хотя наши поступки не страшны, и не развращены. Развращенность, о которой говорит Иисус это отказ от открытого исповедания и от свидетельства, то есть, отсутствие отваги, чтобы выйти на свет.

Ночь как искушение веры присутствовало всегда, во время Иисуса (вот Никодим) и потом, в разное время церкви и до сих пор. Также во времена официально очень религиозные, христианские, было трудно жить по настоящему, следуя за Христом, принимая Крест. Сама эпоха Иисуса была чрезвычайно религиозной, но принять Иисуса Христа и верить в Него удалось не всем; или в средневековье, когда все были официально христианами, но все равно для истинных учеников, как, например, для Св. Франциска Ассизского, выйти на свет и следовать за Христом влекло за собой отказ и преследования со стороны своих современников.

Мы, сегодня, испытываем тоже специфические трудности. Мы наверное, не переживаем гонения, угрожающие нашей жизни, но знаем, что не так давно так и было, и что и сегодня в разных странах мира есть христиане, которые рискуют своей жизнью просто из-за того, что они верующие во Христа.

Но в нашем мире, в нашем культурном контексте, говорить ясно, что ты христианин (католик), и что именно поэтому защищаешь определенные ценности в области жизни, брака, деторождения, прав человека и т.д. означает часто притягивать к себе оскорбление и отвержение.

Поэтому, и мы испытываем искушение жить нашу веру как Никодим, ночью, без света, только как внутренний подход, без всяких выражений, молча, когда наша христианская идентичность противоречит общепринятым мнениям. Но это именно вера без креста. Но на кресте висит Христос. Поэтому, христианская вера без креста – это вера без Христа.

Слово Божье приглашает нас сегодня на то, чтобы выйти на свет, чтобы открыто и без страха исповедывать нашу веру.

Не надо бояться, что на свету видны и наши слабости и грехи, потому что «Бог не послал Сына Своего, чтобы судить мир, но чтобы мир спасён был через Него». Да, сам Иисус Христос есть свет истины: «Я свет миру; кто последует за Мною, тот не будет ходить во тьме, но будет иметь свет жизни» (Ион 8, 12). И человек сделан, чтобы жить во свете; и свет веры дает нам жизнь, нас исцеляет, и дает нам силу, чтобы делать добрые дела, сделаны в Боге (по Богу). Какие именно эти дела?

Крест, о котором говорит нам Иисус, и по которому мы идем к свету, это выражение огромной любви Бога Отца: «Так возлюбил Бог мир, что отдал Сына своего Единородного, дабы всякий, верующий в Него, не погиб, но имел жизнь вечную», и, как говорит Павел сегодня, эта вечная жизнь не только дело будущего, но уже действует активно в настоящее время.

Но все это не означает, что спасение происходит как бы автоматически: это не «новая Эра», зависимая от движения звезд. Бог, который так возлюбил мир и дал нам Своего Сына, то есть, свое слово, это Бог, любящий диалог, который не принуждает нас, и не игнорирует нашу свободу. Он призывает Словом своим к тому, чтобы мы к нему приблизились, чтобы мы жили в свете, и занимались добрыми делами; а главное доброе дело это исповедовать Иисуса: «вот дело Божие, чтобы вы веровали в Того, Кого Он послал» (Ион 6, 29). Итак, доброе дело – это участвовать в Евхаристии каждое воскресенье, защищать без стыда христианские ценности, исповедовать без страха и с доверием наши грехи, свидетельствовать нашими действия о любви (и со словами, если можно и нужно) о нашей вере. А если мы так не делаем или не стараемся делать, то тогда не только остаемся в темноте, но и будем скрывать свет для других, которые, может быть, находятся в поисках его.

Наша скрытая вера (только для себя, ночью) может превратиться в полное отсутствие веры, света и надежды; то есть, если мы не свидетельствуем нашу веру во Христа, мы скроем (перестанем явить) «в грядущих веках преизобильное богатство благодати Своей в благости к нам во Христе Иисусе».

Часто говорят (говорим), что мы переживаем в наше время кризис веры. Но мы имеем это сокровище, это богатство. И мы люди нашего времени. То есть, верить можно. А может быть, что кризис касается нашего свидетельства, готовности самих верующих выйти на свет, рисковать и передавать другим этот свет спасающий. Может быть, что вера в кризисе потому, что многие христиане слишком похожи на Никодима, ночного верующего. Но Никодим не остался навсегда в ночной темноте; он, наконец сделал шаг в следование за Христом до Креста, и вышел на свет. И мы тоже можем, и Бог сегодня призывает нас, чтобы мы, преодолев все страхи, сделали доброе дело свидетельства веры (словами и делами), чтобы, оставив назад ночь, вышли и жили во свете.

Domingo 4 de Cuaresma (B)

marzo 9, 2018

Lectura del segundo libro de las Crónicas 36,14-16.19-2 La ira y la misericordia del Señor se manifiestan en la deportación y en la liberación del pueblo

En aquellos días, todos los jefes de los sacerdotes y el pueblo multiplicaron sus infidelidades, según las costumbres abominables de los gentiles, y mancharon la casa del Señor, que él se había construido en Jerusalén. El Señor, Dios de sus padres, les envió desde el principio avisos por medio de sus mensajeros, porque tenía compasión de su pueblo y de su morada. Pero ellos se burlaron de los mensajeros de Dios, despreciaron sus palabras y se mofaron de sus profetas, hasta que subió la ira del Señor contra su pueblo a tal punto que ya no hubo remedio. Los caldeos incendiaron la casa de Dios y derribaron las murallas de Jerusalén; pegaron fuego a todos sus palacios y destruyeron todos sus objetos preciosos. Y a los que escaparon de la espada los llevaron cautivos a Babilonia, donde fueron esclavos del rey y de sus hijos hasta la llegada del reino de los persas; para que se cumpliera lo que dijo Dios por boca del profeta Jeremías: «Hasta que el país haya pagado sus sábados, descansará todos los días de la desolación, hasta que se cumplan los setenta años.» En el año primero de Ciro, rey de Persia, en cumplimiento de la palabra del Señor, por boca de Jeremías, movió el Señor el espíritu de Ciro, rey de Persia, que mandó publicar de palabra y por escrito en todo su reino: «Así habla Ciro, rey de Persia: “El Señor, el Dios de los cielos, me ha dado todos los reinos de la tierra. Él me ha encargado que le edifique una casa en Jerusalén, en Judá. Quien de entre vosotros pertenezca a su pueblo, ¡sea su Dios con él, y suba!”»

Salmo 136, 1-2. 3. 4. 5. 6. R/. Que se me pegue la lengua al paladar si no me acuerdo de ti.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios 2,4-10 Estando muertos por los pecados, nos ha hecho vivir con Cristo

Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho vivir con Cristo –por pura gracia estáis salvados–, nos ha resucitado con Cristo Jesús y nos ha sentado en el cielo con él. Así muestra a las edades futuras la inmensa riqueza de su gracia, su bondad para con nosotros en Cristo Jesús. Porque estáis salvados por su gracia y mediante la fe. Y no se debe a vosotros, sino que es un don de Dios; y tampoco se debe a las obras, para que nadie pueda presumir. Pues somos obra suya. Nos ha creado en Cristo Jesús, para que nos dediquemos a las buenas obras, que él nos asignó para que las practicásemos.

Lectura del santo evangelio según san Juan 3,14-21 Dios mandó su Hijo al mundo para que el mundo se salve por él

En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo: «Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna. Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios. El juicio consiste en esto: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra perversamente detesta la luz y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras. En cambio, el que realiza la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios.»

 

A la luz por la cruz

 

La primera lectura que abre el mensaje de la Palabra no parece tener una relación clara con el evangelio. Podría entenderse en el sentido del refrán: “después de la tempestad, viene la calma”; es decir, tras el castigo del exilio, viene la reconciliación y la vuelta a casa; o, mirando ya directamente al Evangelio, después de la noche llega la luz: a través de la Cruz (a la que el Hijo del hombre tiene que ser elevado, como la serpiente en el desierto), se vislumbra ya la luz de la resurrección.

Cristo enseña a Nicodemo. Crijn_Hendricksz Volmarijn

La luz es, de hecho, el tema central del cuarto domingo de Cuaresma (en el ciclo A, que es el que marca la pauta, se lee el texto del Ciego de Nacimiento). Y de la luz habla Jesús en su conversación con Nicodemo, que, es bueno recordarlo, fue a ver a Jesús “de noche” (v. 2). Nicodemo es un discípulo “nocturno”, que rehúye la luz. Es un discípulo “en secreto, por miedo a los judíos” (Jn 19, 38-39), de esos que “no lo confesaban, para no ser excluidos de la Sinagoga” (Jn 12, 42).

La noche es aquí una situación vital, no un tiempo del día. La noche sirve para esconderse, como sucede con los que obran perversamente, que detestan la luz, porque los denuncia y pone al descubierto sus malas obras. Pero también puede servir sencillamente para no arriesgar, para vivir una vida tranquila, para sí, sin complicaciones. En la noche de la que se habla aquí viven también buenas personas, como Nicodemo, que mira a Jesús con simpatía, como alguien que viene de Dios, que se acerca a Él (aunque de noche), lo reconoce como maestro y admira sus obras extraordinarias. Sin embargo, no da el paso de la fe, de la confesión, del seguimiento. Eso exige salir a luz, arriesgar, adoptar un modo de vida que te la complica, te pide arriesgar tu estatus social (que, en este caso, es religioso, en el nuestro puede ser otro, social, político, laboral…), tu prestigio, el buen nombre que te has labrado; o, quien sabe, tal vez romper con algún otro aspecto inconfesable de la propia vida.

De hecho, la obra buena de la que Jesús habla y que nos acerca a la luz es, ante todo, la confesión de Jesús como Mesías, y, en consecuencia, la adopción de su modo de vida. Y entonces, inevitablemente, aparece en el horizonte la cruz. La cruz, tal como se plantea en el evangelio de hoy, en relación con el creyente temeroso y apocado, nocturno, con Nicodemo, es, efectivamente, la capacidad de arriesgar las seguridades (sociales, convencionales, incluso religiosas) que son propias de las “buenas personas”, pero que prefieren creer para sí, de noche, sin confesar públicamente, sin molestar al entorno hostil, en una palabra, sin aceptar la cruz de Jesús.

El evangelio de hoy, en que encaminamos la recta final de la Cuaresma, nos interroga por la calidad de nuestra confesión de fe. Puede ser que seamos, también nosotros, creyentes nocturnos, que prefieren la oscuridad a la luz, aunque nuestras obras no sean perversas. La perversidad de que habla Jesús, recordémoslo una vez más, es ante todo la ausencia de confesión y testimonio, la falta de valor para salir a la luz.

La tentación de la noche es permanente, propia de todo tiempo. También en épocas oficialmente religiosas, incluso cristianas, era difícil dar la cara y confesar hasta la aceptación de la cruz. La época de Jesús era hiperreligiosa. También lo era, y en sentido cristiano, la de Francisco de Asís o la de Teresa de Jesús. Y, sin embargo, para ellos, tomarse su fe en serio y salir a la luz supuso riesgos, renuncias e incomprensiones. Hoy en día, en nuestro entorno, también hay dificultades específicas. No vivimos tiempos de persecución violenta (aunque no debemos olvidar, que hay quienes sí que la padecen, en India o Nigeria, por ejemplo, por el mero hecho de ser cristianos, en otros lugares, más o menos oficialmente cristianos, por defender causas justas). Pero hoy en el mundo occidental, cada vez con más claridad, ser cristiano se está convirtiendo en una postura políticamente incorrecta, mal vista, objeto de una tolerancia desganada y desdeñosa, ya que choca con muchos de los estándares dominantes en múltiples campos (desde luego en materia sexual, matrimonial, bioética, pero también en otros). Por eso, también nosotros sentimos la tentación de vivir una fe “a lo Nicodemo”, en la noche, sin luz ni taquígrafos, en nuestro fuero interno (con esa idea tan peregrina de que la fe es “una opción personal”, como si lo personal fuera lo meramente privado, y no tuviera relevancia pública), sin tocar temas problemáticos (y, eso sí, sacando pecho en los que se atraen el aplauso de lo políticamente correcto), sin molestar mucho al entorno, en el fondo sin dar testimonio explícito a la luz del día, en una palabra, sin Cruz.

Pero en la Cruz está Cristo. De eso nos habla hoy la Palabra: un cristianismo sin confesión, sin luz y sin cruz es, al final, un cristianismo sin Cristo, moralina para espíritus delicados.

Se nos llama hoy, pues, a salir a la luz confesando. No es una luz que Dios nos envíe para condenarnos, juzgarnos o ponernos en evidencia: “Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo”; estamos hechos para la luz; y esa luz (de la fe confesada) nos da vida, nos regenera, nos da fuerzas para realizar “obras según Dios”.

¿Qué obras son esas?

La Cruz de la que nos habla Jesús y que nos hace ya vislumbrar la luz es la manifestación de un amor inmenso del Padre (“tanto amó Dios al mundo…”), que nos entrega a su Hijo para que nadie perezca, para que tengamos vida en abundancia, una vida plena, que eso significa vida eterna, y que, como con tanta fuerza dice hoy san Pablo, está ya operando entre nosotros (fijémonos en que usa tiempos en presente y en pretérito perfecto, que hablan de presencia y realización ya ahora).

Volvamos brevemente a la primera lectura. Si ese vínculo entre la situación de penuria (tempestad, exilio, etc.) con el “happy end” resulta problemática en relación con la compresión del Evangelio, es porque no se trata de algo automático, como el refrán citado puede dar a entender. No se trata de una “nueva era” (New Age) que adviene por combinaciones de estrellas. El Dios que “tanto amó al mundo hasta entregar a su Hijo” es un Dios dialogal, que no fuerza nuestra libertad. Nos llama a tomar postura, a ir a verle a plena luz, a hacer la buena obra de confesar a Jesús: “la obra de Dios es que creáis en quien él ha enviado” (Jn 6, 29). Eso puede llamarse, por ejemplo, participar en la Eucaristía los domingos, defender sin avergonzarnos valores cristianos, no tener miedo de confesar que lo somos. Si no lo hacemos así, estaremos, no sólo permaneciendo en la oscuridad, sino también ocultándoles la luz a otros: podemos plantearnos el testimonio que estamos dando a los propios hijos: nuestra fe escondida en el fuero interno puede convertirse en ellos en total ausencia de fe, de luz y de esperanza; podemos estar ocultando a “las edades (generaciones) futuras la inmensa riqueza de su gracia, su bondad para con nosotros en Cristo Jesús”, de la que Pablo nos habla hoy con vehemencia.

Es evidente que la fe debe llevar a las buenas obras de ayuda y solidaridad. Eso es una constante de la verdadera fe. Pero, puesto que esas obras gozan de buena prensa en nuestros días (es uno de los rasgos positivos del tiempo en que vivimos), y puesto que lo que está en crisis es la raíz explícitamente religiosa que hace posible esas obras, tal vez Dios nos esté llamando, en estos tiempos aciagos para la fe, a la buena obra de una confesión explícita, que, sin miedo a las consecuencias, abandone la noche y salga a la luz.

Domingo 3 de Cuaresma (B)

marzo 2, 2018

Lectura del libro del Éxodo 20,1-17 La Ley se dio por medio de Moisés 

En aquellos días, el Señor pronunció las siguientes palabras: «Yo soy el Señor, tu Dios, que te saqué de Egipto, de la esclavitud. No tendrás otros dioses frente a mí. No te harás ídolos, figura alguna de lo que hay arriba en el cielo, abajo en la tierra o en el agua debajo de la tierra. No te postrarás ante ellos, ni les darás culto; porque yo, el Señor, tu Dios, soy un Dios celoso: castigo el pecado de los padres en los hijos, nietos y biznietos, cuando me aborrecen. Pero actúo con piedad por mil generaciones cuando me aman y guardan mis preceptos. No pronunciarás el nombre del Señor, tu Dios, en falso. Porque no dejará el Señor impune a quien pronuncie su nombre en falso. Fíjate en el sábado para santificarlo. Durante seis días trabaja y haz tus tareas, pero el día séptimo es un día de descanso, dedicado al Señor, tu Dios: no harás trabajo alguno, ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu esclavo, ni tu esclava, ni tu ganado, ni el forastero que viva en tus ciudades. Porque en seis días hizo el Señor el cielo, la tierra y el mar y lo que hay en ellos. Y el séptimo día descansó: por eso bendijo el Señor el sábado y lo santificó. Honra a tu padre y a tu madre: así prolongarás tus días en la tierra que el Señor, tu Dios, te va a dar. No matarás. No cometerás adulterio. No robarás. No darás testimonio falso contra tu prójimo. No codiciarás los bienes de tu prójimo; no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su esclavo, ni su esclava, ni su buey, ni su asno, ni nada que sea de él.»

 Salmo 18, 8. 9. 10. 11 R. Señor, tú tienes palabras de vida eterna.

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 1,22-25 Predicamos a Cristo crucificado, escándalo para los hombres, pero, para los llamados, sabiduría de Dios

Los judíos exigen signos, los griegos buscan sabiduría; pero nosotros predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; pero, para los llamados -judíos o griegos-, un Mesías que es fuerza de Dios y sabiduría de Dios. Pues lo necio de Dios es más sabio que los hombres; y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres.

Lectura del santo evangelio según san Juan 2,13-25 Destruid este templo, y en tres días lo levantaré

Se acercaba la Pascua de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén. Y encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas sentados; y, haciendo un azote de cordeles, los echó a todos del templo, ovejas y bueyes; y a los cambistas les esparció las monedas y les volcó las mesas; y a los que vendían palomas les dijo: «Quitad esto de aquí; no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre.» Sus discípulos se acordaron de lo que está escrito: «El celo de tu casa me devora.» Entonces intervinieron los judíos y le preguntaron: «¿Qué signos nos muestras para obrar así?» Jesús contestó: «Destruid este templo, y en tres días lo levantaré.» Los judíos replicaron: «Cuarenta y seis años ha costado construir este templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?» Pero él hablaba del templo de su cuerpo. Y, cuando resucitó de entre los muertos, los discípulos se acordaron de que lo había dicho, y dieron fe a la Escritura y a la palabra que había dicho Jesús. Mientras estaba en Jerusalén por las fiestas de Pascua, muchos creyeron en su nombre, viendo los signos que hacía; pero Jesús no se confiaba con ellos, porque los conocía a todos y no necesitaba el testimonio de nadie sobre un hombre, porque él sabía lo que hay dentro de cada hombre.

 

Defender a Dios para defender al hombre

 

El Evangelio de hoy comienza con un gesto sorprendente de Jesús. Algunos se pueden escandalizar de que el Mesías del amor y la mansedumbre se deje llevar de repente por un arrebato de ira y de violencia. Otros, en cambio, celebran el gesto y lo interpretan como un claro alegato a favor del uso legítimo de la violencia, incluso en defensa de valores religiosos. Sin embargo, ni el texto ni el contexto permiten interpretar este episodio en términos de ira, menos aún de violencia. No se trata de dirimir aquí el espinoso problema del uso legítimo de la violencia: la doctrina de la Iglesia al respecto, pese a todas las dificultades específicas que hoy entraña la cuestión, es clara y sigue siendo válida (cf Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 2307-2317). Pero no parece admisible que aquí se trate de una explosión de cólera, en la que Jesús no pudo controlarse; ni tampoco puede hablarse de un acto de violencia en sentido estricto. Se trata más bien de un acto de purificación del templo, cargado de simbolismo y de connotaciones para el mismo Jesús y para sus seguidores.

El gesto de Jesús no es tampoco un alegato contra el comercio o las actividades financieras como tales. El que se vendieran animales para la celebración de la Pascua, y el que hubiera cambistas de moneda en un momento de gran afluencia de fieles de todas las partes del mundo, no puede considerarse algo anómalo. El problema estaba en que vendedores y cambistas habían invadido poco a poco el espacio del Templo, es decir, habían ocupado el lugar reservado exclusivamente para Dios. Y al quitarle a Dios su lugar propio, hacían esas actividades no sólo estériles (al perder su sentido religioso), sino verdaderas profanaciones sacrílegas, que en eso consiste poner cualquier cosa, incluido a uno mismo, en el lugar de Dios.

Con su gesto purificador, Jesús restablece el sentido verdadero de lo religioso, el templo como lugar de encuentro con Dios, y la pureza de la Ley que ese templo y aquellos ritos, deformados por la idolatría del dinero, representaban. Al defender el lugar sagrado, la posibilidad de encontrarse con Dios en la casa de oración, al defender, en suma, la santidad de Dios, Jesús está purificando al mismo tiempo la causa del hombre, que es la imagen de Dios.

El texto del Éxodo, en que Dios da al pueblo las diez Palabras, que expresan su santidad y su voluntad de salvación para con el hombre, arrojan mucha luz sobre el pasaje evangélico. Dios se presenta como un salvador y liberador incondicional: transmite su ley al pueblo, no como condición de la liberación, sino después de haberlo liberado. Los primeros mandamientos proclaman la unicidad, santidad y celo de Dios. Nada ni nadie puede ponerse en el lugar de Dios, ni usar su nombre para fines cualesquiera, antes bien, el hombre debe reconocer e inclinarse ante este Dios que lo bendice y lo salva. Tras esos primeros tres mandamientos, expresados con detalle y solemnidad, se desgranan con rapidez lacónica las consecuencias de la fe y el verdadero culto: si el hombre reconoce a Dios, habrá de reconocer necesariamente al hombre y, en primer lugar, a los que mejor representan al Dios creador para él: sus propios padres. Después, como consecuencia necesaria de haber desterrado la idolatría (la divinización de lo mundano, la absolutización de lo relativo) y de haber reconocido al único Dios, quedan desterradas también la violencia homicida, la infidelidad, el robo, la mentira, la codicia y la envidia… En suma, todo lo que envilece al hombre y empaña la obra de Dios. Vemos que defender la causa de Dios es el mejor modo de defender la causa del hombre. Por el contrario, cuando cosas relativas (el dinero o el poder, la libertad, el bienestar y el placer, el saber, cosas necesarias y, por eso, en principio, buenas si están donde deben estar) ocupan el lugar de Dios, se desatan fuerzas diabólicas que desafían a Dios y producen aquello que la santidad de Dios había prohibido y exorcizado: la codicia, la opresión, la mentira, la muerte, la falsedad, la soberbia… Y el hombre, así encumbrado, acaba destruyéndose a sí mismo.

Es verdad que el ser humano ha cometido y sigue cometiendo esas acciones abominables no sólo como expresión de su debilidad y su propia maldad, sino incluso, con demasiada frecuencia, en el nombre de Dios (o de otros valores divinizados, que han querido ocupar su lugar). En todos estos casos, se tergiversa la imagen de Dios, se abusa de su santo nombre y, por mucho que se pretenda lo contrario, no se le tributa el culto debido. Pero es precisamente por esto por lo que el gesto de purificación de Jesús, incluso a riesgo de entenderse mal (como un arrebato de ira), es imprescindible. Es preciso rescatar el espacio propio de Dios, gracias al cual el hombre se descubre a sí mismo en su dignidad, descubre en los demás la imagen de Dios y la exigencia del respeto y la benevolencia.

Comprendemos, a la luz de los mandamientos, que hay una profunda lógica en ese acto de purificación que trasciende con mucho el episodio de los cambistas y los vendedores de palomas. La purificación siempre es un proceso doloroso, difícil. En primer lugar, porque parte de una situación de impureza que no siempre estamos dispuestos a reconocer, y exige renuncias para las que no siempre estamos preparados. La necesidad nos purifica del apego a lo superfluo (tal vez aquí podríamos ver una oportunidad positiva de las crisis); la enfermedad nos purifica de la autosuficiencia, y así sucesivamente. En segundo lugar, porque los medios purificadores nunca son livianos. Basta pensar en la lejía o el fuego. La misma agua, que parece más inocente, cuando purifica de verdad, no es tampoco inane. De hecho, el agua del Bautismo es una participación en la muerte de Cristo. Y es de esto mismo de lo que habla Jesús cuando, increpado por sus adversarios, justifica su acción: el verdadero templo (del que el de Jerusalén es sólo figura provisional), el lugar de la plena comunicación con Dios, en el que se puede orar en espíritu y verdad, es su cuerpo, la persona misma de Cristo Jesús. Y es ese templo-cuerpo el que ha de ser purificado con la purificación de la muerte.

El Cristo crucificado, escándalo para los espíritus delicados, necedad para los entregados a los ídolos de este mundo, es la fuente de una sabiduría que nos purifica definitivamente de todos los falsos dioses y restituye nuestra dignidad. Porque el templo que ha de ser purificado es también el templo que somos cada uno de nosotros (cf. 1Cor 3, 16) y que, si lo miramos bien y sinceramente, también se ha ido llenando de animales y cambistas, que le roban el espacio a Dios. No seremos unos canallas, vale; incluso podemos decir que somos “buenas personas”. Pero, ¿estamos seguros de no haberle robado a Dios, poco o mucho, el espacio que le pertenece sólo a Él? Porque, repitámoslo, nosotros mismos somos templos de Dios, en los que habita, o quiere habitar el Espíritu Santo, el Espíritu de Jesús.

Si vivimos como olvidados de Dios, los cambistas de un género u otro irán invadiendo el terreno del lugar sagrado. Y al hacerlo, iremos perdiendo sensibilidad no sólo para Dios, sino también para el bien debido a los hombres, igualmente templos e imágenes de Dios; abriremos espacios en los que intereses mezquinos, egoísmos pequeños o grandes, iras y fobias enquistadas, dosis más o menos grandes de odio, etc. (cada cuál que se examine) se irán adueñando de la escena.

Si todo esto es así, no sería malo que nos dejásemos sacudir por el látigo de Jesús, por el agua bautismal de la purificación, por el fuego del Espíritu, por el sacramento de la reconciliación. Puede ser que pasar por ese trago desbarate un poco nuestros enquistados esquemas, pero será un ejercicio saludable de renovación y de profundización que nos ayudará a entrar en la lógica de esa sabiduría de la cruz, de una muerte por amor que nos limpia de todos nuestros pecados, nos enseña que el sentido de la vida y el verdadero culto a Dios está en la entrega generosa de la propia vida, y nos va preparando a la plena participación (litúrgica dentro de unas semanas, existencial a lo largo de nuestra vida cristiana, definitiva tras la purificación de la muerte) en la vida de la Resurrección que Jesús nos ha prometido y ha conquistado ya para todos los que creen en Él y se dejan purificar por Él.