Archive for 28 junio 2018

Domingo 13 del Tiempo Ordinario (B)

junio 28, 2018

Lectura del libro de la Sabiduría 1, 13-15; 2, 23-24 La muerte entró en el mundo por la envidia del diablo

Dios no hizo la muerte ni goza destruyendo a los vivientes. Todo lo creó para que subsistiera; las criaturas del mundo son saludables: no hay en ellas veneno de muerte, ni el abismo impera en la tierra. Porque la justicia es inmortal. Dios creó al hombre para la inmortalidad y lo hizo a imagen de su propio ser; pero la muerte entró en el mundo por la envidia del diablo, y los de su partido pasarán por ella.

Sal 29, 2 y 4. 5 6. 11 y l2a y 13b R. Te ensalzaré, Señor, porque me has librado.

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Corintios 8, 7. 9. 13-15 Vuestra abundancia remedia la falta que tienen los hermanos pobres

Hermanos: Ya que sobresalís en todo: en la fe, en la palabra, en el conocimiento, en el empeño y en el cariño que nos tenéis, distinguíos también ahora por vuestra generosidad. Porque ya sabéis lo generoso que fue nuestro Señor Jesucristo: siendo rico, se hizo pobre por vosotros para enriqueceros con su pobreza. Pues no se trata de aliviar a otros, pasando vosotros estrecheces; se trata de igualar. En el momento actual, vuestra abundancia remedia la falta que ellos tienen; y un día, la abundancia de ellos remediará vuestra falta; así habrá igualdad. Es lo que dice la Escritura: «Al que recogía mucho no le sobraba; y al que recogía poco no le faltaba.»

Lectura del santo evangelio según san Marcos 5, 21-43 Contigo hablo, niña, levántate

En aquel tiempo, Jesús atravesó de nuevo en barca a la otra orilla, se le reunió mucha gente a su alrededor, y se quedó junto al lago. Se acercó un jefe de la sinagoga, que se llamaba Jairo, y, al verlo, se echó a sus pies, rogándole con insistencia: «Mi niña está en las últimas; ven, pon las manos sobre ella, para que se cure y viva.» Jesús se fue con él, acompañado de mucha gente. Llegaron de casa del jefe de la sinagoga para decirle: «Tu hija se ha muerto. ¿Para qué molestar más al maestro?» Jesús alcanzó a oír lo que hablaban y le dijo al jefe de la sinagoga: «No temas; basta que tengas fe.» Jesús se fue con él, acompañado de mucha gente que lo apretujaba. Había una mujer que padecía flujos de sangre desde hacía doce años. Muchos médicos la habían sometido a toda clase de tratamientos y se había gastado en eso toda, su fortuna; pero en vez de mejorar, se había puesto peor. Oyó hablar de Jesús y, acercándose por detrás, entre la gente, le tocó el manto, pensando que con sólo tocarle el vestido, curaría. Inmediatamente se secó la fuente de sus hemorragias y notó que su cuerpo estaba curado. Jesús, notando que, había salido fuerza de él, se volvió en seguida, en medio le la gente, preguntando: «¿Quién me ha tocado el manto?» Los discípulos le contestaron: «Ves como te apretuja la gente y preguntas: “¿quién me ha tocado?”» Él seguía mirando alrededor, para ver quién había sido. La mujer se acercó asustada y temblorosa, al comprender lo que había pasado, se le echó a los pies y le confesó todo. Él le dijo: «Hija, tu fe te ha curado. Vete en paz y con salud.» Todavía estaba hablando, cuando llegaron de casa del jefe de la sinagoga para decirle: «Tu hija se ha muerto. ¿Para qué molestar más al maestro?» Jesús alcanzó a oír lo que hablaban y le dijo al jefe de la sinagoga: «No temas; basta que tengas fe.» No permitió que lo acompañara nadie, más que Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago. Llegaron a casa del jefe de la sinagoga y encontró el alboroto de los que lloraban y se lamentaban a gritos. Entró y les dijo: «¿Qué estrépito y qué lloros son éstos? La niña no está muerta, está dormida.» Se reían de él. Pero él los echó fuera a todos y, con el padre y la madre de la niña y sus acompañantes, entró donde estaba la niña, la cogió de la mano y le dijo: «Talitha qumi» (que significa: «Contigo hablo, niña, levántate»). La niña se puso en pie inmediatamente y echó a andar; tenía doce años. Y se quedaron viendo visiones. Les insistió en que nadie se enterase; y les dijo que dieran de comer a la niña.

No está muerta, está dormida

Jesús, que nos invita una y otra vez a pasar a la otra orilla, a no quedarnos paralizados, a ponernos en camino, él mismo ha pasado a la otra orilla: de la orilla de Dios, plenitud de ser y de vida, a la orilla de nuestro mundo, en el que se encuentra con todos (la mucha gente a su alrededor), y con cada uno en persona, con sus problemas, penalidades y tristezas: con Jairo, angustiado por su hija, que está en las últimas.

He aquí una situación típica en la que cualquiera de nosotros podría reconocerse con facilidad: un familiar cercano enfermo y en grave peligro de muerte, y encima joven, un niño o una niña, con toda esa vida que debería tener por delante, amenazada de un prematuro final. La impotencia ante la muerte es una situación típica para acudir a Dios, pedirle la curación; y, en un caso como el del evangelio, casi exigírsela; porque, si para nosotros, los seres humanos, la muerte es siempre percibida como una injusticia que no debería suceder, tanto más si se trata de alguien que apenas ha podido estrenar su propia vida.

Jesús acoge y responde a la angustiada petición de Jairo, el hombre importante que, ante la enfermedad de su hija, nada puede hacer, más que suplicar. Sin embargo, este fragmento parece que está más hecho para suscitar interrogantes que para suspirar aliviados por su final feliz. En primer lugar, Jesús responde, pero no inmediatamente. Entre la petición de Jairo y la llegada a la casa se interpone el encuentro con la mujer hemorroísa, que le hace perder un tiempo precioso en un asunto que, al fin y al cabo, no parecía tan urgente, hasta el punto de que, entretanto, la niña enferma muere. Algo que también descubrimos, y muy enfáticamente, en el caso de la muerte de su amigo Lázaro (cf. Jn 11, 6) ¿No podía haber acudido Jesús inmediatamente y ahorrar así, en los dos casos, el amargo trance de la muerte? Con frecuencia podemos tener la impresión de que Dios está distraído y no atiende a nuestras súplicas angustiadas.

Pero hay más. Si Jesús tiene la capacidad de apiadarse y de salvarnos de la enfermedad y la muerte, ¿por qué lo hace sólo en unos pocos casos, mientras que parece ignorar olímpicamente muchísimos otros? En tiempos de Jesús las gentes, jóvenes y viejas, enfermaban y morían, como sucedía antes y ha sucedido después, y no parece que la actividad principal de Jesús haya sido dedicarse a salvar de los lazos de la muerte. Es muy posible que todos nosotros hayamos rezado en alguna ocasión con angustia, pidiendo por la vida o la salud de un ser querido o cercano, sin que, aparentemente, hayamos obtenido respuesta. La oración de petición por la vida amenazada de nuestros seres queridos es su forma más dramática, precisamente porque percibimos la muerte como el mal irremediable. Por fin, un último interrogante que, a una mirada puramente racional, suscita este milagro de Jesús es el de su carácter provisional: la hija de Jairo, igual que el hijo de la viuda de Naín (cf. Lc 7, 11-17) y su amigo Lázaro no fueron, estrictamente hablando, resucitados, sino devueltos a esta vida mortal, por lo que después de un tiempo, volvieron a morir.

Para entender el sentido de este milagro de Jesús, debemos tratar de descubrir, más allá del favor personal que recibió Jairo, el significado que tiene para todos nosotros, para nuestra comprensión de nuestra fe en Cristo y del modo de actuar de Dios en favor nuestro. Porque los milagros de Jesús hay que entenderlos, no, sobre todo, como favores personales que hace a unos, mientras se los deniega a otros (¿por qué a él sí y a mí no?, cabría siempre protestar), sino como signos salvíficos que nos dan a comprender quién es Jesús como Mesías y Salvador de todos. Si al calmar la tempestad, Jesús se ha mostrado como Señor sobre las fuerzas de la naturaleza (cf. Mc 4, 35-40); y en el encuentro con la hemorroísa, muestra su poder sobre la enfermedad (pero también sobre el pecado, pues esa enfermedad hacía a esa mujer impura), ahora se manifiesta como Señor de la vida y de la muerte, que tiene poder precisamente sobre lo que para nosotros se presenta con el cariz de lo irremediable.

Jesús manifiesta este poder en el caso de la hija de Jairo, que acaba de morir; en el del hijo de la viuda de Naín, que ya se dirige a la tumba; y en el de su amigo Lázaro, del que, tras varios días en el sepulcro, la muerte ya se ha enseñoreado, pues ya huele. Jesús se muestra en todos estos casos como el Dios amigo y creador de la vida, que ni ha hecho la muerte, ni goza destruyendo a los vivientes, como hermosamente nos recuerda el libro de la Sabiduría.

Ahora bien, si, por un lado, creemos y sentimos que hemos sido creados para la vida y no para la muerte, y que la muerte es fruto del mal y del pecado, una especie de no deber ser contra el que nos rebelamos y protestamos con razón, sabemos también que la muerte es una parte natural de la vida, que es ley de vida. Nos sentimos hechos para la vida, nos las ingeniamos de mil modos para vencerle la partida a la muerte, siquiera temporalmente, prolongando el tiempo de nuestra existencia, o procurando dejar de nosotros alguna “memoria” en forma de obras o descendencia… Pero, al mismo tiempo, comprendemos que una vida sin fin en las condiciones de este mundo concreto sería una carga insoportable, difícil de aceptar, además de que haría inviable la supervivencia de todos sobre la tierra. Por eso, a veces percibimos la muerte como una liberación y un alivio de las penas de este mundo: una forma de descansar en paz.

En este relato de la vuelta a la vida de la hija de Jairo debemos entender la acción de Jesús como un anticipo de su propia muerte y resurrección. Al pasar a nuestra orilla asumiendo la vida humana, su condición carnal, vulnerable y limitada, Jesús ha asumido también su mortalidad. La asume en su condición natural (biológica, inevitable); pero también carga sobre sí lo que tiene de consecuencia del pecado: su carácter injusto, fruto de la violencia, la mentira, los intereses bastardos, dispuestos a pasar incluso por encima de la vida inocente. En el primer sentido, Jesús ni se ahorra a sí mismo, ni nos ahorra a nosotros el tránsito necesario de la muerte. Ya vimos que, incluso aquellos a los que Jesús devolvió a la vida, tuvieron que volver a pasar por ella. Pero es en el segundo sentido: la muerte como negación radical de la vida, del Dios creador de la misma, del bien y la posibilidad de una vida plena, en el que Jesús actúa a favor de todos. Por su muerte y resurrección le ha arrebatado a esa muerte, que entró en el mundo por la envidia del diablo, su poder sobre nosotros. Es aquí donde hemos de escuchar las palabras de Jesús en todo su significado: “no está muerta, está dormida”. La muerte no es para el cristiano una destrucción, ni una disolución en la nada, sino un tránsito, una dormición: cerrar los ojos a este mundo para pasar por el fuego y el crisol de Cristo, en el que se consume todo lo inauténtico y efímero (la paja), y queda lo verdadero, auténtico y permanente (el oro) (cf. 1 Cor 3, 12-15). Nuestros seres queridos, los que murieron antes de tiempo y los que vivieron una larga vida, todos los que han muerto, para Dios no están muertos, sólo dormidos.

A algunos esto les da risa, lo consideran expresión de una ingenua esperanza, y nos exhortan a la pura resignación: no es posible pasar a la otra orilla. Pero la fe en Cristo, esa fe que salva a la mujer hemorroísa de la enfermedad y la impureza, y a la que se exhorta a Jairo para salvar a su hija de la muerte, significa la fe en un Dios que ama la vida, que no ha hecho la muerte (más que, en todo caso, como final biológico en esta vida y como tránsito a la vida plena), porque en esta vida hay dimensiones que traspasan las condiciones efímeras del espacio y el tiempo: la justicia es inmortal, nos recuerda la primera lectura, y también lo son la verdad, la honestidad, la generosidad, el amor… Incluso los que se ríen de la esperanza cristiana entienden que hay realidades y valores por los que merece la pena entregar la propia vida, aceptando, de este modo, confusamente, que hay “dimensiones superiores”, que dan plenitud a la vida, la ennoblecen y la salvan del envilecimiento, incluso cuando esto significa renunciar a la supervivencia física.

La vida eterna no es una mera vida sin fin, sino una vida plena, liberada de la amenaza del mal y de la muerte, una vida en comunión con Dios en Cristo (cf. Jn 17, 3). Y, puesto que Cristo se ha hecho hombre y vive con nosotros, podemos empezar ya en este mundo caduco a gozar de la vida eterna: una vida como la de Cristo basada en el amor, abierta a todos, a favor de todos, en la que, como el Dios Creador, no destruimos, ni gozamos destruyendo, sino que estamos al servicio de la vida, de la justicia, la generosidad, en especial con los que menos tienen, como nos exhorta hoy Pablo.

Ante la muerte humana, ante nuestros muertos, ante nuestra propia muerte Jesús afirma: no están muertos, están dormidos. Y luego añade “contigo hablo, levántate”; o, con otras palabras: “Despiértate, tú que duermes, levántate de entre los muertos, y Cristo será tu luz” (Ef 5, 14). Así es si participamos ya, por la Palabra, los Sacramentos y las buenas obras, en la muerte y resurrección de Jesucristo, si tratamos de seguirlo en esta vida, si procuramos vivir como Él nos ha enseñando. Está claro que para que la muerte sea sólo eso, una dormición que nos abre a la vida plena, en esta vida caduca tenemos que vivir en vela, tenemos que estar despiertos, tenemos que, como la hija de Jairo, ya al borde de la madurez, levantarnos y caminar. Cristo, que mandó que le dieran de comer, es para nosotros alimento para el camino.

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Solemnidad de San Pedro y san Pablo, apóstoles

junio 28, 2018

 

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 12,1-11 Era verdad: el Señor me ha librado de las manos de Herodes

En aquellos días, el rey Herodes se puso a perseguir a algunos miembros de la Iglesia. Hizo pasar a cuchillo a Santiago, hermano de Juan. Al ver que esto agradaba a los judíos, decidió detener a Pedro. Era la semana de Pascua. Mandó prenderlo y meterlo en la cárcel, encargando su custodia a cuatro piquetes de cuatro soldados cada uno; tenía intención de presentarlo al pueblo pasadas las fiestas de Pascua. Mientras Pedro estaba en la cárcel bien custodiado, la Iglesia oraba insistentemente a Dios por él. La noche antes de que lo sacara Herodes, estaba Pedro durmiendo entre dos soldados, atado con cadenas. Los centinelas hacían guardia a la puerta de la cárcel. De repente, se presentó el ángel del Señor y se iluminó la celda. Tocó a Pedro en el hombro, lo despertó y le dijo: «Date prisa, levántate.» Las cadenas se le cayeron de las manos y el ángel añadió: «Ponte el cinturón y las sandalias.» Obedeció y el ángel le dijo: «Échate el manto y sígueme.» Pedro salió detrás, creyendo que lo que hacía el ángel era una visión y no realidad. Atravesaron la primera y la segunda guardia, llegaron al portón de hierro que daba a la calle, y se abrió solo. Salieron, y al final de la calle se marchó el ángel. Pedro recapacitó y dijo: «Pues era verdad: el Señor ha enviado a su ángel para librarme de las manos de Herodes y de la expectación de los judíos.»

Sal 33,2-3.4-5.6-7.8-9 R/. El Señor me libró de todas mis ansias

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a Timoteo 4,6-8.17-18 Ahora me aguarda la corona merecida

Yo estoy a punto de ser sacrificado y el momento de mi partida es inminente. He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe. Ahora me aguarda la corona merecida, con la que el Señor, juez justo, me premiará en aquel día; y no sólo a mí, sino a todos los que tienen amor a su venida. El Señor me ayudó y me dio fuerzas para anunciar íntegro el mensaje, de modo que lo oyeran todos los gentiles. Él me libró de la boca del león. El Señor seguirá librándome de todo mal, me salvará y me llevará a su reino del cielo. A él la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

Lectura del santo evangelio según san Mateo 16,13-19 Tú eres Pedro y te daré las llaves del Reino de los Cielos

En aquel tiempo, al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?» Ellos contestaron: «Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas.» Él les preguntó: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» Simón Pedro tomó la palabra y dijo: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.» Jesús le respondió: «¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás! porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo. Ahora te digo yo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo.»

 

La roca y fuego

 

Tal vez todos nos hemos hecho alguna vez la pregunta de por qué la Iglesia une en una misma fiesta a Pedro y a Pablo, los dos grandes apóstoles y columnas de la Iglesia. ¿Es qué no merecen cada uno por separado una conmemoración propia? ¿No resulta que al celebrar sus figuras el mismo día vienen como a hacerse sombra el uno al otro? De hecho, la Iglesia remedia en cierto modo esta situación dedicándoles a cada uno por separado otras dos fiestas: la conversión de san Pablo (el 25 de enero) y la de la Cátedra de San Pedro (el 22 de febrero). Pero la celebración principal, con el rango de solemnidad, es este 29 de junio, en que los recordamos juntos.

Este hecho, que puede parecernos extraño, responde a una antigua tradición romana, relacionada con el traslado de los restos de Pedro y Pablo en el año 258 a una cripta en la vía Apia (donde se erigió una basílica a los dos apóstoles, en el lugar en que hoy se levanta una iglesia a san Sebastián) para preservarlos durante la persecución de Valeriano. Los testimonios sobre los lugares en que reposaban originariamente los restos de los dos Apóstoles datan de tiempos anteriores. Sólo al llegar la paz de Constantino esos restos fueron llevados a sus emplazamientos iniciales, donde el mismo Constantino levantó dos templos en sus actuales emplazamientos de la colina Vaticana (Basílica de san Pedro) y de la vía Ostiense (Basílica de San Pablo extramuros).

Pero aquí, como tantas veces, la anécdota se eleva a categoría, y lo que puede parecer una mera coincidencia histórica revela un significado profundo, incluso providencial. Porque Pedro y Pablo, además de ser dos personalidades formidables y fundamentales en la historia de la primera Iglesia, representan dos principios esenciales e inseparables de la Iglesia universal, de la misma fe que Cristo encargó preservar y difundir a los apóstoles y, con ellos, a toda la Iglesia. El aparente antagonismo entre ellos que cree descubrir una mirada superficial esconde una profunda unidad y complementariedad.

Pedro representa la confesión firme, la roca de la fe, la seguridad en su contenido. La fe es un acto personal de adhesión; pero no es un acto meramente subjetivo, en el que poco importa lo que se crea, con tal de que se crea firmemente. Hoy somos especialmente proclives a esa forma de subjetivismo. Pero, como vemos en el evangelio de hoy, Jesús, al preguntar a los apóstoles sobre lo que las gentes piensan de Él, y sobre lo que piensan ellos mismos, está dando a entender que no cualquier opinión tiene el mismo valor, incluso si esas opiniones son favorables y positivas. En su tiempo se le tenía por profeta, por uno de los grandes profetas antiguos (como Elías) o recientes (como Juan el Bautista). Después se le ha visto, casi siempre de manera positiva, como un maestro de moral, un renovador o un revolucionario social, un adalid de la fraternidad universal, y así un largo etcétera. Pero ninguna de esas opiniones es suficiente. Pedro no emite una opinión, sino que realiza una verdadera confesión de fe, fruto de una experiencia personal que es, además, una revelación de lo alto: Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios vivo. Y justo porque confiesa la verdadera identidad de Jesús recibe una bendición, una nueva identidad y una misión: ser piedra y fundamento, garante de la fe.

Pablo representa el viento, el riesgo y el arrojo de la evangelización: el anuncio abierto universalmente de aquella fe confesada. Porque la fe en Cristo tiene que ser primero confesada, esto es, aceptada y asimilada hasta conformar de un modo nuevo la propia identidad. Pero no es posible quedarse ahí: como no puede esconderse la luz (cf. Mt 5, 14), la fe no puede no ser proclamada, anunciada y comunicada. Pues creer que Cristo es el Hijo de Dios y el salvador del mundo, muerto y resucitado para reunir a todos los seres humanos en la única familia de los hijos de Dios, significa que el creyente no puede guardarse esa fe para sí solo, sino que tiene que darla a conocer a todos, pues todos son llamados a ingresar en esa familia, a gozar de la misma bendición. Y Pablo, que no había conocido al Jesús histórico, pero conoció tan bien al Cristo al que había perseguido, reclama con fuerza el título de verdadero apóstol, apóstol de los gentiles, porque sabe que la fe en Cristo atraviesa épocas y también traspasa fronteras. Pablo comprendió como nadie la universalidad del Evangelio, que debe abrirse sin condiciones, ni culturales, ni raciales, ni religiosas.

De hecho, que el principio petrino (el cimiento firme y seguro) y el paulino (la evangelización abierta y sin límites) no están reñidos se echa de ver con claridad si consideramos que Pedro ya dio el primer paso hacia la apertura a los gentiles (cf. Hch 10), y que toda la actividad evangelizadora de Pablo no tiene otro centro que la confesión apasionada del Señor Jesucristo (cf., por ejemplo Flp 3, 8; 1 Cor 2, 2). Y aunque en alguna ocasión pudieran discutir o tener un enfrentamiento (cf. Gal 2, 14), esto no elimina en modo alguno la profunda amistad de los principios que representan, que, separados el uno del otro, se debilitan y mueren. Si nos quedamos sólo con la roca, resulta una identidad cerrada sobre sí misma y estéril. Pero si afirmamos sólo una apertura universal sin contenidos concretos, nos disipamos en una formalidad vacía que nada ofrece en concreto, que se disuelve en meras poses de aceptación de todo, hasta comulgar con ruedas de molino.

Encontramos, pues, en esta celebración conjunta de Pedro y Pablo, una sabia pedagogía divina, que la Iglesia ya en sus primeros siglos comprendió con clarividencia, vinculando para siempre a estos dos grandes apóstoles, a los dos principios que representan al servicio de la única fe en Jesucristo. Y la prueba principal de la unión indisoluble y necesaria de estas dos columnas de la fe se encuentra en el testimonio martirial que los hermana. Los dos por igual, en la misma persecución y en la misma ciudad, aunque de modos distintos, entregaron su vida por la fe que confesaron y difundieron, culminando de esta manera una vida de entrega sufrida y total al único Señor y Salvador. Las dos primeras lecturas dan fe de esa entrega. En la primera lectura, tras el martirio de Santiago, Pedro se encuentra también en situación de extremo peligro. La orden que recibe del ángel: “levántate, ponte el cinturón, sígueme” nos recuerda esas otras palabras que le dirige Jesús en el evangelio de Juan: “Cuando seas viejo otro te ceñirá y te llevará a dónde no quieres. Tú sígueme” (Jn 21, 18. 19). Se ve que Pedro ha alcanzado ya la madurez del discípulo dispuesto a seguir al Maestro a donde quiera que vaya. De modo similar, el texto de la carta a Timoteo ofrece una especie de balance final de la vida de Pablo, en el que expresa una confianza total en Aquel por el que ha combatido su combate y ha corrido hasta la meta, sabiendo que, tras librarle de toda clase de peligros, le liberará del mal radical, como rezamos en el Padre nuestro, una liberación que atraviesa también el muro de la muerte, destruido por Cristo en el altar de la Cruz.

Para nosotros hoy, como para los cristianos de todos los tiempos, conmemorar juntos a Pedro y a Pablo tiene especial significación. Mirándolos a los dos podemos vencer la tentación (digámoslo así, cediendo a los clichés en circulación) “conservadora” de una fe numantina, a la defensiva, encerrada sobre sí misma que mira al mundo sólo con temor y desconfianza; y también la otra tentación “progresista” de un aperturismo sin criterio, que acepta todo lo que va apareciendo como nuevo, sin pasarlo por el crisol de la fe confesada y personalizada. Es necesario unir en la vivencia de nuestra fe los dos principios, la inspiración de los dos Apóstoles, apoyándonos por igual en las dos columnas: confesar a Cristo sin fisuras, y, desde esa fe, abrirnos a todos sin temor: capaces de acoger con amor a todos, pero también de anunciar con convicción y sin complejos que “no existe bajo el cielo otro Nombre dado a los hombres, por el cual podamos alcanzar la salvación” (Hch 4, 12), que sólo Jesús es “el Mesías, el Hijo de Dios vivo”, que “Dios salva al hombre no por cumplir la ley sino por la fe en Jesucristo” (Gal 2, 15). Confesión y apertura, la roca y el fuego, que se ponen a prueba y se autentifican, como en Pedro y en Pablo, en la disposición a dar la vida por Aquel en el que hemos creído y del que nos hemos fiado (cf. 2 Tim 1, 12).

 

Natividad de San Juan Bautista

junio 23, 2018

Lectura del libro de Isaías 49, 1-6 Te hago luz de las naciones

Escuchadme, islas; atended, pueblos lejanos: Estaba yo en el vientre, y el Señor me llamó; en las entrañas maternas, y pronunció mi nombre. Hizo de mi boca una espada afilada, me escondió en la sombra de su mano; me hizo flecha bruñida, me guardó en su aljaba y me dijo: «Tú eres mi siervo, de quien estoy orgulloso.» Mientras yo pensaba: «En vano me he cansado, en viento y en nada he gastado mis fuerzas», en realidad mi derecho lo llevaba el Señor, mi salario lo tenía mi Dios. Y ahora habla el Señor, que desde el vientre me formó siervo suyo, para que le trajese a Jacob, para que le reuniese a Israel -tanto me honró el Señor, y mi Dios fue mi fuerza-: «Es poco que seas mi siervo y restablezcas las tribus de Jacob y conviertas a los supervivientes de Israel; te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra.»

Sal 138, 1-3. 13-14. 15 R. Te doy gracias, porque me has escogido portentosamente.

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 13, 22-26 Antes de que llegara Cristo, Juan predicó.

En aquellos días, dijo Pablo: -«Dios nombró rey a David, de quien hizo esta alabanza: “Encontré a David, hijo de Jesé, hombre conforme a mi corazón, que cumplirá todos mis preceptos.” Según lo prometido, Dios sacó de su descendencia un salvador para Israel: Jesús. Antes de que llegara, Juan predicó a todo Israel un bautismo de conversión; y, cuando estaba para acabar su vida, decía: “Yo no soy quien pensáis; viene uno detrás de mí a quien no merezco desatarle las sandalias.” Hermanos, descendientes de Abrahán y todos los que teméis a Dios: A vosotros se os ha enviado este mensaje de salvación.»

Lectura del santo evangelio según san Lucas 1, 57-66. 80 El nacimiento de Juan Bautista. Juan es su nombre.

A Isabel se le cumplió el tiempo del parto y dio a luz un hijo. Se enteraron sus vecinos y parientes de que el Señor le había hecho una gran misericordia, y la felicitaban. A los ocho días fueron a circuncidar al niño, y lo llamaban Zacarías, como a su padre. La madre intervino diciendo: -«¡No! Se va a llamar Juan. » Le replicaron: -«Ninguno de tus parientes se llama así.» Entonces preguntaban por señas al padre cómo quería que se llamase. Él pidió una tablilla y escribió: «Juan es su nombre.» Todos se quedaron extrañados. Inmediatamente se le soltó la boca y la lengua, y empezó a hablar bendiciendo a Dios. Los vecinos quedaron sobrecogidos, y corrió la noticia por toda la montaña de Judea. Y todos los que lo oían reflexionaban diciendo: -«¿Qué va a ser este niño?» Porque la mano del Señor estaba con él. El niño iba creciendo, y su carácter se afianzaba; vivió en el desierto hasta que se presentó a Israel.

La importancia de llamarse Juan

La tendencia de hacer de los hijos “clones” de sus padres, llamándoles con el mismo nombre, se ve que es cosa que viene de lejos. También en el Israel de los tiempos de Jesús existía esta costumbre. Sin embargo, no hay semejanzas ni parentescos que puedan anular o disminuir la irrepetible originalidad de cada uno. Lo recordaba con su peculiar fuerza expresiva Khalil Gibram, cuando, en “El Profeta”, a la petición “háblanos de los niños” comienza respondiendo “vuestros hijos no son hijos vuestros. Vienen a través de vosotros, pero no vienen de vosotros. Y, aunque están con vosotros, no os pertenecen”. De ahí la importancia del gesto de Zacarías, secundando a su mujer Isabel, de darle a su hijo el hombre de Juan. Zacarías significa “El Señor se acuerda”; y, aunque ese nombre tiene sentido en la situación de un hijo inesperado en la vejez, le cuadra mejor a su padre, pues tiene una inevitable referencia al pasado. El nombre de Juan, “Dios es propicio” (o misericordioso), y también “Don de Dios”, habla de la inminencia de la novedad que Juan habrá de preparar. Zacarías, viejo y mudo, es una buena imagen del Antiguo Testamento: parece que ya nada tiene que decir, pero tiene todavía la fuerza suficiente para dar un último fruto que pondrá punto final a esa larga historia del Dios de las promesas, depositadas en Israel, pero válidas para todo el mundo. Juan dará el testigo a una época nueva, la del cumplimiento. Al darle el nombre de Juan, Zacarías intuye una novedad que el Bautista no inaugura, pero a la que abre el camino ante la inminencia de su venida.

En el nombre va implícita la misión que el hombre tiene que desempeñar en la vida, es decir su vocación. A veces, ante una conversión radical, se exige un cambio de nombre, que significa un cambio de vida. Es el caso del nombre nuevo, Pedro, que Jesús le da a Simón, el hijo de Juan. También es frecuente que los adultos que acceden al bautismo elijan un nombre nuevo; o los que se consagran a Dios al hacer su profesión religiosa. En un contexto de vida cristiana ha sido tradición dar nombres de santos, que son modelos de auténtica vida cristiana.

La liturgia reserva el término “natividad” sólo para el nacimiento de Jesús, de María y del mismo Juan. De esta forma destaca la extraordinaria cercanía de Juan (desde luego y, sobre todo, de María) con Jesús. En Juan descubrimos algunos rasgos esenciales de la vocación humana y cristiana. En primer lugar, la llamada: desde el seno materno el hombre está llamado a cumplir una misión en la vida. Es importante entender que no se trata de un destino ineludible que esté escrito de antemano; este carácter abierto de la llamada se expresa muy bien en la pregunta que “todo se hacían”: “¿qué va a ser de este niño?” Se trata, pues, de una llamada dirigida a la propia libertad y que el ser humano debe realizar tomando decisiones propias para responder a ella.

En segundo lugar, esta llamada que debe ser libremente respondida nos dice ya que la vida tiene sentido y que ese sentido comparece desde el mismo momento de su concepción. Por tanto, somos responsables no sólo de nuestra propia vida, sino también de la vida de los demás, que nos es confiada cuando ésta no puede todavía valerse por sí misma. Ahora bien, esta proclamación de sentido puede ser impugnada y lo es con mucha frecuencia. Tenemos permanentemente la tentación de reducir nuestra vida a un cúmulo de casualidades, que vacían de sentido nuestra existencia: “En vano me he cansado, en viento y en nada he gastado mis fuerzas”, se lamenta el profeta Isaías. Existen ciertamente experiencias vitales de decepción y frustración que pueden inclinarnos a pensar así. Pero si se considera atentamente, caemos en la cuenta de que la misma decepción y frustración hablan de sentido, de expectativas que, por algún motivo, no han podido realizarse. Cuando alguien proclama que la vida carece de sentido lo hace siempre con un deje de protesta que reconoce implícitamente el sentido que niega. Si la vida careciera de todo sentido, ni siquiera nos daríamos cuenta de ello y no haría falta ni quejarse ni proclamarlo.

Así pues, Juan, desde el seno materno nos habla de un sentido que es vocación (llamada) y misión, y que es, además, servicio. Este es el tercer rasgo esencial que debemos señalar en la vocación humana y que en Juan es especialmente visible. La misión de Juan es la de abrir camino y luego hacerse a un lado, disminuir él, para que crezca Jesús. Realmente, para poder realizar la propia misión en la vida hay que saber que estamos al servicio de algo que es más grande que nosotros y que, por tanto, no es demasiado importante figurar y estar en el centro. Los grandes acontecimientos, igual que los grandes personajes no serían nada si no fuera por una multitud de personas que, sin figurar especialmente, han vivido con fidelidad su propia vocación y han allanado el camino de eso y esos que son más grandes que ellos, pero que sin ellos no serían nada. El mismo Jesús se ha sometido a esta misma ley de la encarnación, de modo que para poder realizar su misión salvadora ha necesitado del cumplimiento fiel de su misión de otras personas que como Juan de modo muy especial le han preparado el camino.

El filósofo cristiano Emmanuel Mounier expresó esta verdad de manera muy precisa cuando afirmó que “una persona sólo alcanza su plena madurez en el momento en que ha elegido fidelidades que valen más que la vida”. Y es que el hombre no crece ni madura cuando se afirma como centro del mundo y proclama una independencia tan absoluta como imposible, sino cuando, tomando las riendas de su propia vida, se consagra (se somete libremente y no de manera servil) a algo que descubre como más grande que él, pero que lo libera y engrandece. Esta verdad, que vemos tan patente en Juan el Bautista, es todavía más evidente en María, la humilde sierva del Señor, y, por encima de todos, en Jesús, que no vive para sí, sino libremente sometido a la voluntad de su Padre, al servicio del Reino de Dios y al servicio de sus hermanos (cf. Lc 22, 27. 42).

Al contemplar la figura de Juan el Bautista y meditar con él sobre nuestra vocación y el sentido de

Alexandr Ivanov: Manifestación de Cristo al pueblo

nuestra vida, podemos comprender que en toda vocación cristiana hay un componente que nos asemeja al Precursor. Jesús sigue viniendo al mundo, acercándose a los hombres, muchos de los cuales no lo conocen, no saben de él. Para que Jesús pueda llegar hasta ellos, siguiendo las leyes de la encarnación, necesita de precursores y mediadores que allanen el camino y preparen su venida. Nosotros mismos, en algún momento de nuestra vida, tuvimos a algún Juan el Bautista que nos introdujo al conocimiento de Cristo. Y cada uno de nosotros, como todo cristiano, estamos llamados a realizar esta misión, cuando, por medio del testimonio de nuestras palabras y nuestras obras, señalamos, no a nosotros mismos, sino al “Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Jn 1, 29, 36).

 

Domingo 11 del Tiempo Ordinario (B)

junio 16, 2018

Lectura del Profeta Ezequiel 17,22-24 Ensalzo los árboles humildes

Esto dice el Señor Dios: – Arrancaré una rama del alto cedro y la plantaré. De sus ramas más altas arrancaré una tierna y la plantaré en la cima de un monte elevado; la plantaré en la montaña más alta de Israel; para que eche brotes y dé fruto y se haga un cedro noble. Anidarán en él aves de toda pluma, anidarán al abrigo de sus ramas. Y todos los árboles silvestres sabrán que yo soy el Señor, que humilla los árboles altos y ensalza los árboles humildes, que seca los árboles lozanos y hace florecer los árboles secos. Yo, el Señor, lo he dicho y lo haré.

Sal 91,2-3. 13-14. 15-16 R. Es bueno darle gracias, Señor

Lectura de la segunda carta de San Pablo a los Corintios 5, 6-10 En el destierro o en patria, nos esforzamos en el Señor

Hermanos: Siempre tenemos confianza, aunque sabemos que, mientras vivimos en el cuerpo, estamos desterrados, lejos del Señor. Caminamos guiados por la fe, sin ver todavía. Estamos, pues, llenos de confianza y preferimos salir de este cuerpo para vivir con el Señor. Por eso procuramos agradarle, en el destierro o en la patria. Porque todos tendremos que comparecer ante el tribunal de Cristo, para recibir el premio o el castigo por lo que hayamos hecho en esta vida.

Lectura del santo Evangelio según san Marcos 4, 26-34  Era la semilla más pequeña, pero se hace más alta que las demás hortalizas

En aquel tiempo, Jesús dijo a la multitud: “El Reino de Dios se parece a lo que sucede cuando un hombre siembra la semilla en la tierra: que pasan las noches y los días, y sin que él sepa cómo, la semilla germina y crece; y la tierra, por sí sola, va produciendo el fruto: primero los tallos, luego las espigas y después los granos en las espigas. Y cuando ya están maduros los granos, el hombre echa mano de la hoz, pues ha llegado el tiempo de la cosecha”. Les dijo también: “¿Con qué compararemos el Reino de Dios? ¿Con qué parábola lo podremos representar? Es como una semilla de mostaza que, cuando se siembra, es la más pequeña de las semillas; pero una vez sembrada, crece y se convierte en el mayor de los arbustos y echa ramas tan grandes, que los pájaros pueden anidar a su sombra”. Y con otras muchas parábolas semejantes les estuvo exponiendo su mensaje, de acuerdo con lo que ellos podían entender. Y no les hablaba sino en parábolas; pero a sus discípulos les explicaba todo en privado.

 

Parábolas contra el desánimo

El desánimo, como su mismo nombre indica, es una enfermedad del alma: por motivos muy diversos, el ser humano puede experimentar que se le desinfla el alma, que pierde el ánimo, el aliento interior que le hace caminar, luchar por lo que cree, superar dificultades. Se tiene entonces la impresión de que esa lucha es inútil, que ese camino no conduce a ninguna parte, que las dificultades son más fuertes que nosotros. Las causas del desánimo pueden ser muy diversas: pueden ser factores externos, hostiles a nuestras convicciones o a nuestra forma de vida, que pueden llegar a hacernos dudar, y a plantearnos si no seremos nosotros los equivocados; pueden ser problemas internos de nuestro grupo de referencia (matrimonio, comunidad, iglesia…), que no responde a nuestras expectativas, a la imagen ideal que nos habíamos hecho de él; pueden ser, también, causas estrictamente personales, como momentos de crisis, de oscuridad, de depresión…

El grupo de los discípulos de Jesús, aun yendo en pos del Maestro, experimentó también momentos así. Las grandes expectativas suscitadas en el encuentro con el joven profeta de Nazaret no acababan de cumplirse. Por un lado, la respuesta a la predicación no era tan positiva como hubiera sido de esperar; incluso encontraba una oposición abierta y creciente por parte de los dirigentes del pueblo, hasta el punto de que seguir a Jesús se hacía peligroso. Pero, además, por el otro lado, el mismo modo de concebir Jesús su mesianismo no correspondía con lo que los discípulos esperaban, apoyados incluso en las promesas del antiguo testamento, como da a entender la primera lectura: liderazgo social, político y militar, liberación de Israel, retorno de los tiempos de gloria como en el reinado de David. Nada de eso se estaba cumpliendo y, es más, no parecía que Jesús tuviera mucho interés en que fuera así. A todo esto cabe añadir las disputas internas de los discípulos, que distaban mucho de formar un grupo humano ideal…

También nosotros, discípulos de Jesús en estos tiempos, podemos experimentar tales momentos de desánimo: el Reino de Dios no sólo no crece, sino que parece estar en retroceso, al menos en los países de más fuerte tradición cristiana; la secularización ya no aboga sólo por una tolerancia más o menos indiferente hacia el hecho religioso, sino que empieza a mostrar ciertos signos de abierta hostilidad hacia la fe, la Iglesia y los creyentes. Y los rebrotes religiosos que se pueden percibir tampoco parecen jugar a favor de la fe cristiana: más bien son otras religiones, otras formas de espiritualidad las que nos toman la delantera. La causa del desánimo puede ser también la vida interna de la Iglesia, respecto de la que no pocos se sienten defraudados por los más variados motivos.

A los discípulos que caminaban con Jesús por los caminos de Galilea, y a los que caminamos hoy por los caminos de la vida y de la historia, nos cuenta Él hoy estas parábolas, parábolas contra el desánimo. Con ellas nos está llamando a la confianza en Dios, que es el que ha iniciado la obra buena y que Él mismo llevará a término. La obra buena es la siembra de la semilla de la Palabra. La aparente falta de éxito, la exasperante lentitud del proceso, tiene que ver con la lógica del mismo, que encuentra en esta imagen agrícola su mejor modelo. Sembrar la semilla y esperar sus frutos es un proceso largo, trabajoso, que requiere mucha paciencia, en el que hay periodos prolongados de aparente esterilidad, en los que “no pasa nada”, en los que “nada se ve”. Si nos impacientamos, nos da la impresión de que la Palabra no actúa, no da resultados, ni en nosotros que la escuchamos, ni en la Iglesia que la proclama, ni en el mundo ante el que tratamos de dar testimonio. El desánimo que nos embarga nos sugiere, como una tentación, que la Palabra no es ni viva ni eficaz, (cf. Hb 4, 12), que no está cerca de nosotros (cf. Rm 10, 8), que la fe no sirve para nada. Esta misma tentación nos puede hacer creer que sería más eficaz un modelo de acción de la Palabra basada no en anacrónicas imágenes agrícolas, sino en otras más actuales y eficaces, como la del mercado y su propaganda agresiva, que ofrece directamente el producto empaquetado, listo para el consumo. El problema de esta eficacia es que lo así adquirido siempre nos será ajeno, un artículo de usar y tirar que no alcanzamos a asimilar, a hacer nuestro. Así sucede con ciertas formas de espiritualidad más o menos de moda que prometen que nos “sentiremos bien” enseguida, o que tendremos éxito social, y en las que es difícil discernir la verdadera espiritualidad de la mera higiene mental, a veces del abuso abierto de la necesidad y la esperanza de la gente.

El modelo que nos propone Jesús, es verdad, es largo, lento y trabajoso, pero es así porque crece desde las raíces y madura desde dentro, hasta dar frutos que son propios, auténticos: es una verdadera ecología del espíritu. Jesús nos dice que Dios está haciendo su obra y que nosotros tenemos que creer con una fe que es confianza. Como nos recuerda Pablo, la fe nos guía aunque todavía no vemos (cuando alcancemos la visión, la fe ya no será necesaria); y aunque podemos sentir esta falta de visión como un destierro, conscientes de que vivimos en una situación de no total plenitud, no por eso hemos de perder la confianza, que no es otra cosa que la fe misma dinamizada por la esperanza.

¿Tenemos que entender estas palabras de Pablo, y las parábolas de Jesús, como una llamada a la pasividad, a no hacer nada, a esperar sentados? Al contrario. Precisamente el que vive en la confianza no pierde el ánimo y pone manos a la obra; el desanimado es el que baja los brazos. El mismo Pablo nos recuerda que la confianza de la que habla conlleva una responsabilidad: “todos tendremos que comparecer ante el tribunal de Cristo, para recibir el premio o el castigo por lo que hayamos hecho en esta vida”. No es que con nuestras obras podamos “comprar” la salvación, sino que la justificación que recibimos gratuitamente por la fe, al renovarnos por dentro, nos lleva a actuar de una manera nueva. Y es que con nuestras obras podemos favorecer o perjudicar el crecimiento de la semilla: podemos, siguiendo con la imagen agrícola, desbrozar la tierra y eliminar las malas hierbas, podemos regarla y abonarla, podemos, en síntesis, ayudar a que nuestra tierra acoja favorablemente la semilla de la palabra; pero podemos también actuar de tal forma que la ahogue y le impida crecer: por ejemplo, no haciendo nada; o, todavía peor, sembrando malas semillas. La obra buena iniciada con Dios requiere de nuestra cooperación, la confianza lleva a una esperanza activa, constante, responsable y también a algunas renuncias.

Escuchar perseverantemente la Palabra, aunque a veces no la acabemos de entender; asistir con fidelidad a la reunión eucarística, aunque a veces “no nos diga nada”; mantener vivo el vínculo con Dios en la oración, pese a los momentos de sequedad…, son formas de vivir la fe con confianza, esperanza y responsabilidad que siempre acaban dando fruto. Puede ser que esos frutos se nos antojen casi insignificantes, ante la magnitud de los problemas y los poderes del mundo. Pero esa pequeñez insignificante es precisamente a lo que se parece el Reino de Dios: como el arbusto de la semilla de mostaza; no es un árbol (como el árbol grandioso que se describe en la primera lectura, una imagen, tal vez, de nuestros sueños de grandeza), pero es suficiente para que los pájaros puedan anidar en sus ramas y encontrar así sombra y cobijo. La fe confiada que actúa es una fe que sí sirve, es decir, que está al servicio. Así han de ser nuestras obras: no grandiosas en su apariencia, pero sí capaces de ofrecer humildemente acogida, consuelo, descanso. Estos son ya signos de la presencia entre nosotros del Reino de Dios, son los frutos de la fe confiada y perseverante, los que podemos ir dando en nuestra vida, si nos aplicamos con perseverancia a la acogida de la semilla, a la escucha de la Palabra que es el mismo Jesús. Para ello tenemos que acudir a Él, procurar estar con Él, como aquellos discípulos que le acompañaban por los caminos de Galilea, a veces con entusiasmo, a veces desanimados, para que, igual que a ellos, nos lo explique todo en privado, en el encuentro personal tú a tú y, de esta forma, nos ayude a entender y nos dé ánimo para seguir caminando.

Domingo 10 del Tiempo Ordinario (B)

junio 10, 2018

Lectura del profeta Génesis 3, 9-15 Establezco hostilidades entre tu estirpe la de la mujer

Después que Adán comió del árbol, el Señor Dios lo llamó: –¿Dónde estás? Él contestó: ¡Oí tu ruido en el jardín, me dio miedo, porque estaba desnudo, y me escondí. El Señor le replicó: “¿Quién te informó de que estabas desnudo?, ¿es que has comido del árbol del que te prohibí comer? Adán respondió: –La mujer que me diste como compañera me ofreció del fruto y comí. El Señor dijo a la mujer: ­–¿Qué es lo que has hecho? Ella respondió: –La serpiente me engañó y comí. El Señor dijo a la serpiente: ­Por haber hecho esto, serás maldita entre todo el ganado y todas las fieras del campo; te arrastrarás sobre el vientre y comerás polvo toda tu vida; establezco hostilidades entre ti y la mujer, entre tu estirpe y la tuya; ella te herirá en la cabeza, cuando tú la hieras en el talón.

Salmo 129, 1-2. 3-4ab. 4c-6.7-8 R. Desde lo hondo a ti grito, Señor.

Lectura de la segunda carta de san Pablo a los Corintios 4, 13-5, 1 Creí, por eso hablé

Hermanos: Teniendo el mismo espíritu de fe, según lo que está escrito: “Creí, por eso hablé”, también nosotros creemos y por eso hablamos; sabiendo que quien resucitó al Señor Jesús, también con Jesús nos resucitará y nos hará estar con vosotros. Todo es para vuestro bien. Cuantos más reciben la gracia, mayor será el agradecimiento, para gloria de Dios. Por eso no nos desanimamos. Aunque nuestra condición física se vaya deshaciendo, nuestro interior se renueva día a día. Y unas tribulación pasajera y liviana produce un inmenso e incalculable tesoro de gracia. No nos fijamos en lo que se ve, sino en lo que no se ve. Lo que se ve es transitorio; lo que no se ve es eterno. Aunque se desmorone la morada terrestre en que acampamos, sabemos que Dios nos dará una casa eterno en el cielo, no construida por hombres.

Lectura del Santo evangelio según san Marcos 3, 20-35 ¿Quién es mi madre y mis hermanos?

En aquel tiempo, volvió Jesús a casa y se juntó tanta gente, que no los dejaban ni comer. Al enterarse su familia, vinieron a llevárselo, porque decían que no estaba en sus cabales. Unos letrados de Jerusalén decían: –Tiene dentro a Belcebú y expulsa a los demonios con el poder del jefe de los demonios. Él los invitó a acercarse y les puso estas comparaciones: ­¿Cómo va a echar Satanás a Satanás? Un reino en guerra civil no puede subsistir. Si Satanás se rebela contra sí mismo, para hacerse la guerra, no puede subsistir, está perdido. Nadie puede meterse en casa de un hombre forzudo para arramblar con su ajuar, si primero no lo ata; entonces podrá arramblar con la casa. Creedme, todo se les podrá perdonar a los hombres; los pecados y cualquier blasfemia que digan; pero el que blasfeme con el Espíritu Santo no tendrá perdón jamás, cargará con su pecado para siempre. Se refería a los que decían que tenía dentro un espíritu inmundo. Llegaron su madre y sus hermanos, y desde fuera lo mandaron llamar. La gente que tenía sentada alrededor le dijo: –Mira, tu madre y tus hermanos están fuera y te buscan. Les contestó: ­–¿Quiénes son mi madre y mis hermanos? Y paseando la mirada por el corro, dijo: –Estos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre.

 

Mi madre y mis hermanos

 

El Evangelio de hoy presenta dos motivos algo distintos en apariencia: la cuestión del pecado, de ese misterioso pecado contra el Espíritu Santo, que nunca podrá ser perdonado, y las relaciones de Jesús con su familia, que a la luz de este texto evangélico, no parecían ser excelentes.

La cuestión del pecado viene enmarcada por la lectura del Génesis, por el tenso diálogo entre Dios y Adán y Eva tras la caída original. Nos encontramos con dos perspectivas o puntos de vista sobre el pecado: el pecado original, esto es, aquello que se encuentra en el origen del pecado, no sólo ni sobre todo cronológicamente, sino en su esencia misma (es lo que encontramos en la primera lectura); y, ya en el Evangelio, lo que podríamos llamar “el pecado final”, el pecado definitivo y sin vuelta atrás. Vayamos paso a paso.

El pecado original, el origen del pecado, se encuentra en la voluntad de ponerse en el lugar de Dios: “seréis como dioses” había dicho la serpiente a la mujer, “conocedores del bien y del mal” (Gn 3, 5). Está claro que “comer del árbol de la ciencia del bien y del mal” no significa infringir simplemente una prohibición positiva y más o menos arbitraria, establecida simplemente para “poner a prueba” a nuestros primeros padres. La cosa tiene un sentido mucho más profundo, universal y presente en toda forma de pecado. Se trata aquí de comer del árbol “de la ciencia del bien y del mal”. Es decir, se tata de determinar libremente, según la propia voluntad o el propio interés o capricho, el contenido del bien y del mal: de trastocar el orden establecido por Dios, que sirve para preservar la vida; pues el “árbol de la ciencia del bien y del mal”, que bien podemos entender como la conciencia, y que se encuentra en el centro del jardín –que es el ser humano–, se encuentra, además, junto al árbol de la vida (cf. Gn 3, 9). El corazón y el origen del pecado está en esa voluntad de ser como dioses (que tantas versiones ha tenido y tiene a lo largo de la historia), en esa pretensión de una libertad creadora y que no responde ante nadie, que no es, ciertamente, la libertad del hombre.

En el pecado, el ser humano niega a Dios, pues no lo reconoce como autor de la vida y del orden del bien y del mal; pero también se niega a sí mismo, porque no acepta su condición de criatura, la más excelsa, “poco inferior a los ángeles” (Sal 8, 5), pero no divina, ciertamente libre, pero con una libertad limitada y, por eso mismo, responsable. Al negarse a sí mismo, entra inmediatamente en conflicto con sus semejantes. Todo esto se refleja meridianamente en el diálogo entre Dios y Adán y Eva. El ser humano, que al pecar se ha descubierto, no sólo que no es igual a Dios, sino que es poco más que un animal (y se avergüenza de serlo, de su desnudez), se oculta de Dios, en vez de ir a buscar en Él el remedio del mal cometido. En segundo lugar, en vez de reconocer humildemente su culpa, se quita de encima la responsabilidad, acusando a otros: el hombre, a la mujer, ésta, a la serpiente. Tal vez hubiera bastado reconocer humildemente la propia culpa para recomponer la amistad con Dios. Descubrimos una cierta contumacia en la reacción de esa pareja que nos representa a todos.

Pero también descubrimos que en el pecado hay un elemento de debilidad, producto de la inicial imperfección humana. Lo expresa la mujer: “la serpiente me engañó, y comí”. El pecado no significa, al menos en su punto de partida, una perversión completa, una destrucción total de la dignidad del hombre, de su capacidad para el bien. Por su imperfección, admite aún la posibilidad del arrepentimiento y, en consecuencia, del perdón y la salvación. Por eso, la mujer, y en ella todo el género humano que engendra, al no haber perdido del todo su dignidad, queda por encima de la serpiente, del tentador y engañador: éste puede herirla, pero en el talón, mientras que ella, si llega a vencer, le aplastará la cabeza.

El pecado trastoca la historia humana. Lo que debería haber sido un proceso de autoperfeccionamiento del hombre y de perfeccionamiento de la creación que le ha sido confiada, se convierte en un proceso ambiguo, en el que el bien y el mal se encuentran íntimamente mezclados, de manera que la obra de Dios y su designio sobre el mundo quedan comprometidos. Empieza otra historia: Dios no puede descansar, sino que tiene que salir al encuentro del hombre que se esconde de Él. Empieza la historia de salvación. Esa larga historia culmina en el encuentro definitivo entre Dios y el hombre en Jesucristo, en el que Aquel hace su definitiva oferta de perdón y reconciliación, de restauración de la naturaleza caída.

Pero, así como el pecado es fruto de la libertad del hombre, del uso abusivo de ella, así esta oferta, para poder realizarse, requiere la aceptación libre por parte suya. La salvación que Dios ofrece tiene carácter dialogal, y aunque es incondicional y gratuita, requiere la cooperación libre del hombre. Por eso, existe el peligro de que éste persevere en el mal, renuncie al arrepentimiento y a la acogida del perdón.

Igual que en el pecado original descubrimos varios grados de culpabilidad (la soberbia de querer ser como dioses, pero también la debilidad propia de la debilidad y la ignorancia), así en la acogida de Cristo podemos ver que hay diversos grados de resistencia.

Por un lado, está la de la familia. Mientras que la multitudes buscan a Jesús con ahínco, sus familiares no le entienden, son incapaces de descubrir la presencia de Dios en uno al que conocen bien desde pequeño. Sin duda, se ha debido volver loco. Es una falta de aceptación que revela rutina, escasa apertura para lo extraordinario, horizontes estrechos. Pero no se ve ahí una mala voluntad fundamental.

Eso es lo que se descubre en los letrados venidos de Jerusalén. Ante su acusación, Jesús, por un lado, responde al reproche de locura de sus familiares. Su respuesta es de una lógica aplastante, no la de un alucinado. Si expulsa demonios, ¿cómo puede hacerlo por el poder del demonio, de Satanás? Así muestra Jesús que el mal, por muy fuerte que parezca ser, es más débil que el bien, pues necesita de él para subsistir. Como comenta Sancho Panza al ver el reparto de los bandoleros de Roque Guinart: “Es tan buena la justicia distributiva, que es necesaria que se use aun entre los mesmos ladrones” (Don Quijote de la Mancha, 2.ª parte, Cap. LX). La de los letrados es, sin duda, una acusación absurda. O, peor, de una enorme perversidad, como hemos dicho, de una mala voluntad fundamental que se empeña en llamar mal al bien y bien al mal (cf. Is 5, 12). Se trata de una ceguera voluntaria, porque se niega a reconocer la evidencia, quién sabe por qué oscuros intereses o razones inconfesables. Es, como hemos dicho, una especial contumacia en el mal que ninguna debilidad o imperfección puede disculpar, pues consiste, precisamente, en el rechazo de la oferta de salvación que Dios nos hace en Cristo, es precisamente el rechazo del perdón.

Que Jesús hable de “pecado contra el Espíritu Santo” para designar este pecado final o definitivo que no puede jamás perdonarse no puede ser casual. ¿Por qué no lo designa “pecado contra el Hijo de Dios”? En el evangelio de Lucas (12, 10) se dice expresamente que la blasfemia contra el Hijo del hombre se podrá perdonar, pero no la proferida contra el Espíritu Santo. La encarnación del Verbo supone una cierta “relativización” que puede en ocasiones, por diversos motivos, dificultar la opción de fe en Él, pero sin que se llegue a esa mala voluntad y ceguera voluntaria de que hablamos aquí. Aquí el hombre se opone de manera consciente y libre al bien evidente (se encuentre donde se encuentre, y lo haga quien lo haga), y eso supone cerrarse por completo a él. Que es lo que manifiestan los letrados cuando, viendo a Jesús expulsando demonios, afirman que él mismo está endemoniado.

Sin llegar a esos extremos, existe un modo menos radical, pero que tal vez a nosotros, los creyentes, nos puede amenazar más de cerca. Es muy posible que ya en vida de Jesús algunos familiares suyos no le entendieran y quisieran apartarlo de su actividad pública. También es probable que estos textos reflejen, además, situaciones de la primitiva iglesia, en la que algunos familiares de Jesús pretendieran posiciones de privilegio simplemente en virtud de sus vínculos de sangre con Él. Es significativo que en el texto los familiares están “fuera” del círculo de los discípulos y tienen que mandar a llamarlo. La respuesta de Cristo es bien significativa: los vínculos de sangre son insuficientes si no están recogidos en el plan de Dios, que pasa por la vinculación con Cristo. Esta última genera unas relaciones más intensas, profundas y duraderas que las basadas en la familia natural. Jesús está creando la familia de los hijos de Dios, su Padre, en la que sus discípulos se convierten en sus hermanos, incluso en su madre, pues engendran su presencia a dondequiera que vayan.

Nuestro mundo occidental, profundamente impregnado por la fe cristiana, tiene una cierta “familiaridad” con Cristo, piensa conocerlo, saber de qué va su discurso. Pero, poco a poco, en sus grandes opciones culturales se ha ido distanciando de su círculo de discípulos y situándose en la periferia de la verdadera fe cristiana. Muchos de nuestros contemporáneos, pese a conservar esos vínculos de familiaridad (¿qué otra cosa son, si no, la noción de persona, la idea de dignidad humana, de derechos humanos?), consideran que lo que se refiere a la fe es un delirio o una superstición: que los creyentes en Cristo no estamos en nuestros cabales, y pretenden retirar de la circulación (del espacio público) todo lo que huela a Iglesia, a cristianismo. Una cierta tolerancia revestida de desdén pretende concedernos poder pensar o creer como queramos, pero siempre que sea en el fuero interno, sin que podamos expresarnos públicamente. ¿Es esto posible? En modo alguno: “Creí, por eso hablé”. Quien cree no puede no hablar, con sus palabras y con sus hechos. Las tribulaciones externas no deben desanimarnos, porque fijos nuestros ojos en lo que no se ve, y que es eterno, nos sabemos miembros de la familia de Dios, hermanos, hermanas, incluso madres de Jesús que con su testimonio lo engendran en fe en los demás.

Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo (B)

junio 2, 2018

Lectura del libro del Éxodo 24, 3-8 Ésta es la sangre de la alianza que hace el Señor con vosotros

En aquellos días, Moisés bajó y contó al pueblo todo lo que había dicho el Señor y todos sus mandatos; y el pueblo contestó a una: – «Haremos todo lo que dice el Señor.» Moisés puso por escrito todas las palabras del Señor. Se levantó temprano y edificó un altar en la falda del monte, y doce estelas, por las doce tribus de Israel. Y mandó a algunos jóvenes israelitas ofrecer al Señor holocaustos, y vacas como sacrificio de comunión. Tomó la mitad de la sangre, y la puso en vasijas, y la otra mitad la derramó sobre el altar. Después, tomó el documento de la alianza y se lo leyó en alta voz al pueblo, el cual respondió: – «Haremos todo lo que manda el Señor y lo obedeceremos.» Tomó Moisés la sangre y roció al pueblo, diciendo: – «Ésta es la sangre de la afianza que hace el Señor con vosotros, sobre todos estos mandatos.»

Sal 115, 12-13. 15 y 16bc. 17-18 R. Alzaré la copa de la salvación, invocando el nombre del Señor.

Lectura de la carta a los Hebreos 9, 11-15 La sangre de Cristo podrá purificar nuestra conciencia

Hermanos: Cristo ha venido como sumo sacerdote de los bienes definitivos. Su tabernáculo es más grande y más perfecto: no hecho por manos de hombre, es decir, no de este mundo creado. No usa sangre de machos cabríos ni de becerros, sino la suya propia; y así ha entrado en el santuario una vez para siempre, consiguiendo la liberación eterna. Si la sangre de machos cabríos y de toros y el rociar con las cenizas de una becerra tienen el poder de consagrar a los profanos, devolviéndoles la pureza externa, cuánto más la sangre de Cristo, que, en virtud del Espíritu eterno, se ha ofrecido a Dios como sacrificio sin mancha, podrá purificar nuestra conciencia de las obras muertas, llevándonos al culto del Dios vivo. Por esa razón, es mediador de una alianza nueva: en ella ha habido una muerte que ha redimido de los pecados cometidos durante la primera alianza; y así los llamados pueden recibir la promesa de la herencia eterna.

Lectura del santo evangelio según san Marcos 14, 12-16. 22-26 Esto es mi cuerpo. Ésta es mi sangre

El primer día de los Ázimos, cuando se sacrificaba el cordero pascual, le dijeron a Jesús sus discípulos: – «¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la cena de Pascua?» Él envió a dos discípulos, diciéndoles: – «Id a la ciudad, encontraréis un hombre que lleva un cántaro de agua; seguidlo y, en la casa en que entre, decidle al dueño: “El Maestro pregunta: ¿Dónde está la habitación en que voy a comer la Pascua con mis discípulos?” Os enseñará una sala grande en el piso de arriba, arreglada con divanes. Preparadnos allí la cena.» Los discípulos se marcharon, llegaron a la ciudad, encontraron lo que les había dicho y prepararon la cena de Pascua. Mientras comían, Jesús tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio, diciendo: – «Tomad, esto es mi cuerpo.» Cogiendo una copa, pronunció la acción de gracias, se la dio, y todos bebieron. Y les dijo: – «Ésta es mi sangre, sangre de la alianza, derramada por todos. Os aseguro que no volveré a beber del fruto de la vid hasta el día que beba el vino nuevo en el reino de Dios.» Después de cantar el salmo, salieron para el monte de los Olivos.

 

Cuerpo entregado, sangre derramada

Si la solemnidad de la Santísima Trinidad habla de un Dios cercano que viene al encuentro, la del Cuerpo y la Sangre de Cristo viene a confirmar y realizar del todo esa cercanía y ese encuentro. La cercanía de Dios se ha hecho visible, humana, y se ha puesto a nuestro alcance en la carne de Cristo.

Por medio de Jesucristo Dios y el hombre se han encontrado y reconciliado para siempre. La encarnación del Verbo de Dios en la humanidad de Jesús de Nazaret hay que entenderla desde la categoría de la mediación presente ya en el Antiguo Testamento. El Dios transcendente y absolutamente inaccesible toma la iniciativa y se acerca al hombre a través de mediaciones que permiten reconocerlo y entrar en contacto vivo con Él sin perecer. Por un lado están los mediadores entre Dios y el pueblo: Abraham, Isaac, Jacob, Moisés, los profetas, reyes y sacerdotes… Pero éstos son servidores de la gran mediación que hace de Israel el Pueblo de Dios, y a Yahvé el Dios de Israel: la Alianza. Por eso, de entre todos los mediadores del Antiguo Testamento, destaca Moisés, por medio del que Dios establece con el pueblo un pacto sellado con la sangre de víctimas inmoladas. La sangre que sella la alianza habla de la extrema seriedad de este vínculo, por el que Dios se compromete con su pueblo, y el pueblo con Dios. La sangre era para los judíos la sede de la vida. Sellar un pacto con sangre significa que a los firmantes les va la vida en ello. Y, aunque el pacto implica una cierta igualdad entre las partes (siquiera la de la libertad para aceptar sus clausulas y asumir responsabilidades), aquí existe un claro desequilibrio a favor de Dios: es Él quien toma la iniciativa, el que salva y da la vida y, sobre todo, el que permanece fiel. Israel, por su parte, se compromete a vivir de manera conforme a la voluntad de Dios, que no es una voluntad despótica, sino de liberación y de vida. Por eso, el pueblo proclama solemnemente “haremos todo lo que manda el Señor y lo obedeceremos”. Aunque después la historia muestra que se va a apartar una y otra vez de esta alianza que le garantiza la identidad como pueblo, la salvación.

Los pactos que no se cumplen acaban cayendo en desuso. Pero no por eso Dios va a abandonar a su pueblo a su propia suerte. De hecho, el mismo pueblo elegido es un pueblo sacerdotal, mediador entre Dios y los hombres: al mirar y elegir a su pueblo, Dios tiene la vista puesta en la humanidad entera. Por eso, el Dios fiel que cumple sus promesas no destruye la alianza, sino que la renueva en una mediación definitiva. Dios supera la infidelidad con la fidelidad, el alejamiento voluntario de su pueblo con el acercamiento definitivo y máximo, que ya no es sólo mediación (que une y separa) sino presencia inmediata: la humanidad de Cristo. En ella se hace realidad lo que en la antigua alianza tenía un sentido simbólico, como la sangre de los animales sacrificados. El autor de la carta a los Hebreos insiste con fuerza en este “máximo” de presencia que no puede ser ya ni superada ni abolida: Cristo, sacerdote de los bienes definitivos, tabernáculo perfecto no hecho por manos humanas, que nos purifica con su propia sangre, mediador de una alianza nueva que nos redime y nos purifica, para que podamos recibir la herencia y la liberación eternas.

Vemos aquí cómo el misterio de la encarnación del Verbo está íntimamente ligado al de su muerte y resurrección. Y es que al hacerse máximamente cercano en la humanidad de Cristo, Dios se hace también máximamente vulnerable. La cercanía, con todas las ventajas que puede tener, conlleva siempre un riesgo. Al hacerse accesible al hombre, por compartir nuestra propia condición humana, Dios nos permite que lo toquemos, pero se expone a que lo golpeemos, hiramos y demos muerte. Pero también aquí Dios sigue teniendo la iniciativa: su muerte no es un accidente que se podía haber evitado. La carne humana está herida por la semilla de la mortalidad. Y Jesús ha asumido voluntariamente esta carne con todas sus consecuencias. Por eso, su muerte en la cruz es también una elección: la de entregar su vida por amor y hasta el extremo. Así Dios sella con la sangre de Cristo una alianza definitiva que es más fuerte que la misma muerte y que el pecado que conduce a ella. Esta fuerza, que se manifiesta en la debilidad de su carne, es lo que resplandece en la resurrección de Jesucristo.

Sólo desde la perspectiva de la muerte y resurrección de Cristo es posible comprender el misterio de la Eucaristía que celebramos hoy. El pan y el vino, elementos de la vida cotidiana, prolongan y multiplican la cercanía corporal de Cristo. Pero eso no es todo. Podemos tener la tentación de percibir en esta presencia sólo el milagro admirable e incomprensible de que un trozo de pan y un poco de vino se conviertan en el cuerpo y la sangre de Cristo. Si atendemos sólo o sobre todo al aspecto físico o metafísico de esta “conversión”, podemos estar reduciendo el misterio del amor de Dios a un enigma filosófico o teológico. La plena compresión (en fe) del misterio eucarístico exige que no olvidemos que se trata de un pan que se parte, de un vino que se entrega, precisamente durante la cena pascual judía, que no era sino un anticipo de la verdadera Pascua del Cordero de Dios en el altar de la Cruz. El pan partido significa el cuerpo ofrecido en sacrificio, y el vino entregado es la anticipación de la sangre derramada.

La participación en la Eucaristía es la oportunidad que tenemos de entrar en contacto con el Dios encarnado, cercano y vulnerable que se entrega por amor y sella con nosotros una alianza más fuerte que la muerte. No se trata, pues, de “ir a misa”, de “cumplir” con una obligación, sino de dejar que Dios venga a nosotros y entre en nuestra vida, que en Jesús se nos haga cercano con su cuerpo entregado y su sangre derramada, y nos haga el don de su presencia. Como los judíos ante Moisés decían “haremos todo lo que manda el Señor”, nosotros ante el pan y el vino hechos cuerpo y sangre de Cristo exclamamos: “anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección, ven señor Jesús”. No lo la hacemos como espectadores, sino como participantes en el misterio pascual (por eso comemos y bebemos), que hacen suya la carne del que tomó la nuestra para entregarla.

No en vano, la Iglesia vincula el misterio de la Eucaristía con la exigencia de la fraternidad. Así lo hace en el Jueves Santo, día de la institución de la Eucaristía y día del amor fraterno. Y, por la misma razón, al menos en la Iglesia española, se celebra en este día del Corpus la jornada de Cáritas. En la carne de los pobres, sigue sufriendo y padeciendo la carne de Cristo. Participando de la Eucaristía, al acoger el cuerpo entregado y la sangre derramada, no podemos no hacernos sensibles a esos sufrimientos y responder a ellos de manera eficaz y concreta.

Y es que por esa participación activa en la Eucaristía nos “cristificamos”, es decir, nos hacemos mediadores de esta alianza nueva entre Dios y los hombres, testigos de este amor que se entrega hasta la muerte. Jesús es aquel que “hace todo lo que manda el Señor” (“he aquí que vengo a hacer tu voluntad”, Hb 10, 7). Unidos a Él, especialmente por medio de la Eucaristía, también nosotros podemos “hacer su voluntad, en la tierra, como en el cielo”. Podemos hacer que baje el cielo a la tierra, que el mundo vaya haciéndose un lugar habitable para Dios, nuestro Padre, y para los hombres, porque nosotros, en comunión con Cristo, aprendemos a vivir como hermanos.

Peregrinación por los Países Bálticos

junio 2, 2018

Riga

Acabo de regresar de la peregrinación por Letonia y Lituania con el Seminario de San Petersburgo. Han faltado dos seminaristas, uno por enfermedad y el otro porque no ha recibido a tiempo el pasaporte. En total éramos 11: el rector, los prefectos, el de estudios (yo) y el de formación, y el padre espiritual, más 7 seminaristas. Hemos ido en un coche y una furgoneta. Riga, Kaunas, Vilna y, entre medias, varios santuarios y lugares significativos para el catolicismo ruso. En tiempos de la Unión Soviética, en la que estaban integrados los países bálticos, estos fueron una especie de refugio y punto de referencia para los católicos rusos. En Kaunas estaba el único seminario católico de toda la Unión Soviética. Muchos sacerdotes y varios obispos que trabajaron, fueron perseguidos, encarcelados y, en muchísimos casos fusilados, procedían de estos países, sobre todo de Lituania, y no pocos de ellos se formaron en nuestro Seminario católico de San Petersburgo. Uno de ellos, el

Kaišiadorys:Teófilo Matulionis

obispo Teófilo Matulionis, recientemente beatificado en Vilna, estudió efectivamente en él, fue ordenado en 1900 y fue párroco en las parroquia de Santa Catalina y el Sagrado Corazón de nuestra ciudad (fue, de hecho, el fundador de esta parroquia y el que construyó el templo actualmente existente). Fue condenado en tres ocasiones al Gulag, una siendo sacerdote, y dos ya como obispo, en total 16 años. Después de su última liberación ejerció como obispo en Lituania, en Kaysiadoris, donde murió en 1962, probablemente envenenado. El día 30 de mayo estuvimos en el templo de esta ciudad, en donde está enterrado, y celebramos allí la eucaristía.

Es bueno recordar las propias raíces, y mirarse en el espejo de los que vivieron con coraje y sin miedo su fe, y supieron dar testimonio de ella hasta la muerte. Entregaron su cuerpo, en muchas ocasiones, derramaron su sangre, celebraron hasta el final la fiesta de este Domingo: el Cuerpo y la Sangre de Cristo.