Archive for 29 septiembre 2018

Domingo 26 del Tiempo Ordinario (B)

septiembre 29, 2018

Lectura del libro de los Números 11,25-29 ¿Estás celoso de mí? ¡Ojalá todo el pueblo fuera profeta!

En aquellos días, el Señor bajó en la nube, habló con Moisés y, apartando algo del espíritu que poseía, se lo pasó a los setenta ancianos. Al posarse sobre ellos el espíritu, se pusieron a profetizar enseguida. Habían quedado en el campamento dos del grupo, llamados Eldad y Medad. Aunque estaban en la lista, no habían acudido a la tienda. Pero el espíritu se posó sobre ellos, y se pusieron a profetizar en el campamento. Un muchacho corrió a contárselo a Moisés: – «Eldad y Medad están profetizando en el campamento.» Josué, hijo de Nun, ayudante de Moisés desde joven, intervino: «Señor mío, Moisés, prohíbeselo.» Moisés le respondió: – «¿Estás celoso de mí? ¡Ojalá todo el pueblo del Señor fuera profeta y recibiera el espíritu del Señor!»

Sal 18, 8. 10. 12-13. 14 R. Los mandatos del Señor son rectos y alegran el corazón.

Lectura de la carta del apóstol Santiago 5, 1-6 Vuestra riqueza está corrompida

Ahora, vosotros, los ricos, llorad y lamentaos por las desgracias que os han tocado. Vuestra riqueza está corrompida y vuestros vestidos están apolillados. Vuestro oro y vuestra plata están herrumbrados, y esa herrumbre será un testimonio contra vosotros y devorará vuestra carne como el fuego. ¡Habéis amontonado riqueza, precisamente ahora, en el tiempo final! El jornal defraudado a los obreros que han cosechado vuestros campos está clamando contra vosotros; y los gritos de los segadores han llegado hasta el oído del Señor de los ejércitos. Habéis vivido en este mundo con lujo y entregados al placer. Os habéis cebado para el día de la matanza. Condenasteis y matasteis al justo; él no os resiste.

Lectura del santo evangelio según san Marcos 9, 38-43. 45. 47-48 El que no está contra nosotros está a favor nuestro. 

En aquel tiempo, dijo Juan a Jesús: – «Maestro, hemos visto a uno que echaba demonios en tu nombre, y se lo hemos querido impedir, porque no es de los nuestros.» Jesús respondió: -«No se lo impidáis, porque uno que hace milagros en mi nombre no puede luego hablar mal de mí. El que no está contra nosotros está a favor nuestro. Y, además, el que os dé a beber un vaso de agua, porque seguís al Mesías, os aseguro que no se quedará sin recompensa. El que escandalice a uno de estos pequeñuelos que creen, más le valdría que le encajasen en el cuello una piedra de molino y lo echasen al mar. Si tu mano te hace caer, córtatela: más te vale entrar manco en la vida, que ir con las dos manos al infierno, al fuego que no se apaga. Y, si tu pie te hace caer, córtatelo: más te vale entrar cojo en la vida, que ser echado con los dos pies al infierno. Y, si tu ojo te hace caer, sácatelo: más te vale entrar tuerto en el reino de Dios, que ser echado con los dos ojos al infierno, donde el gusano no muere y el fuego no se apaga.»

 

Sin fronteras, con horizontes

 

En las dos semanas pasadas Jesús nos ha anunciado el difícil mensaje de la Cruz. La fe vivida con coherencia implica la disposición a aceptar persecuciones y, si llega el caso, al sacrificio de la propia vida. Pero la disposición al martirio no debe convertirse en los creyentes en victimismo, en cerrazón sectaria o en un rigorismo pronto a condenar a los demás. Existe, en efecto, un rigorismo de la fe que puede llevar al fanatismo, a la negación del distinto, a la disposición a acabar violentamente con los “desviados”. Por desgracia, la historia ha sido generosa en ejemplos de esta perversión religiosa, y hoy mismo abundan los fundamentalismos, más prontos a matar que a dar la vida, pese que esos matones se autodenominen “mártires”.

El Evangelio de Jesús es, por el contrario, un espíritu de apertura que, sin renunciar a las propias convicciones religiosas y morales, incluso estando dispuesto a dar la vida por ellas, sabe descubrir las huellas del Dios en todo el mundo. Es esta apertura la que nos enseña Jesús en el evangelio de hoy cuando, de modo similar a lo que hace Moisés con Josué, corrige el exceso de celo de Juan: no se debe impedir a otros hacer el bien en el nombre de Jesús, pues quien “no está contra nosotros, está a favor nuestro”. “Echar demonios” no es un poder que se haya de considerar un privilegio exclusivo, sino una forma de hacer el bien (expulsando el espíritu del mal), una forma de servicio que, como tal, está abierta a todo el mundo. Y del mismo modo, y en la misma línea, el mínimo gesto de bondad y apertura hacia Jesús y sus discípulos (el vaso de agua) vincula ya al que lo hace con el Reino de Dios. Jesús, como vemos, admite muy diversos grados de pertenencia a su persona.

Es verdad que en otros momentos Jesús parece expresar casi lo contrario, cuando afirma que “el que no está conmigo está contra mí” (Mt 12, 30 y Lc 11, 23). Pero esa contradicción es sólo aparente, pues la verdadera cuestión es en qué consiste “estar con Jesús”. No se puede entender como una actitud numantina, cerrada y a la defensiva, excluyente y agresiva con toda forma de diversidad. Al contrario, desde la experiencia del encuentro con Jesús y la confesión de él como el Cristo, el creyente sale de sí hacia el mundo con un corazón nuevo y una mirada transfigurada para ver las semillas del Verbo presentes en la creación, para, como nos exhorta Pablo, tener en cuenta “todo cuanto hay de verdadero, de noble, de justo, de puro, de amable, de honorable, todo cuanto es virtud y cosa digna de elogio” (Flp 4, 8), no para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él (Jn 3, 17), para buscar y rescatar lo que estaba perdido (cf. Lc 19, 10).

Así pues, la confesión del nombre de Jesús como el Mesías y el Salvador del mundo en el altar de la Cruz produce un anuncio que no es una conquista, una campaña para hacer prosélitos para el propio partido, esto es, para la propia parcialidad, sino una proclamación de que el bien y la verdad y la belleza, y todo lo que de positivo hay en el mundo, tienen una raíz (un Creador) y también una meta (un Salvador) que ha venido a visitarnos y con el que podemos encontrarnos. Es un anuncio que no violenta ni impone su verdad, sino que la propone desde el respeto a la libertad de cada uno y desde el reconocimiento de la bondad presente en cada ser humano, en cada pueblo y cultura. Sólo desde esa positividad se pueden y deben denunciar las formas de maldad presentes también en el mundo, y que impiden una plenitud, que ahora es posible precisamente porque la fuente del bien y la verdad se ha encarnado y hecho cercano en Jesucristo. Este espíritu de apertura y diálogo, que no impone sino que propone, ve en los otros no sólo “destinatarios” de la misión, sino sobre todo “interlocutores” con los que Dios, por medio de Jesús y de sus discípulos, quiere iniciar un diálogo. Porque sólo de forma dialogal puede entenderse la revelación de un Dios que se nos ha manifestado como Palabra que interpela nuestra libertad y nos llama a una respuesta libre.

El verdadero espíritu cristiano acepta y afirma que el bien no es patrimonio exclusivo de nadie.Ni tan siquiera Jesús lo pretende, a tenor de su corrección a Juan. Jesús no deja que sus discípulos hagan de él, el Maestro bueno, una propiedad privada. Pero no siendo patrimonio exclusivo de nadie, no por eso deja de tener una fuente y una raíz: un Dios (el único bueno), fuente de todo bien y Padre suyo. Los cristianos tenemos que hacer nuestra la apertura universal (católica) de Jesús, renunciando a poseerlo, pero siendo radicales en la pertenencia a su persona, tratando de vivir como él vivió.

Esta pertenencia radical a Jesucristo, que se abre sin límites al bien presente por doquier, es lo que nos hace entender la aparente intransigencia con toda forma de mal que el mismo Jesús nos propone en la segunda parte del evangelio de hoy. El contraste puede sorprendernos, pero no debe hacerlo, pues la pertenencia radical a Cristo nos debe llevar a romper con el mal en todas sus versiones y grados, aunque ello nos parezca a veces, desde la lógica de este mundo, una pérdida dolorosa. Así es como deben entenderse las llamadas a perder un ojo, una mano o un pie. Porque la confesión de Jesús como el Cristo es la experiencia positiva del Bien que nos viene al encuentro con rostro humano y que quiere alcanzar a todos (apertura dialogal y universal), precisamente por eso hay que ser intransigente con el mal, que es un espíritu de cerrazón y de exclusión. El que está dispuesto a dar la vida por el Bien y la Justicia, por la fe en Jesucristo y en Dios Padre, ese tiene que renunciar (a veces con dolor) a falsas promesas de vida y felicidad que se alcanzan a costa del bien de los demás (el escándalo de los pequeños y la explotación de los pobres que denuncia Santiago), y, en realidad, a costa del propio y verdadero bien: el Reino de Dios en el que merece la pena entrar aunque sea tuerto o manco o cojo.

Frente al fanatismo intransigente del que está dispuesto a matar al que considera “infiel”, incluso llegando al extremo de morir matando, el seguidor de Jesús se caracteriza por la radicalidad del que está dispuesto a dar la vida por lo que cree, con el ánimo sereno de morir sin matar.

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Domingo 25 del Tiempo Ordinario (B)

septiembre 22, 2018

Lectura del libro de la Sabiduría 2, 12. 17-20 Lo condenaremos a muerte ignominiosa

Se dijeron los impíos: «Acechemos al justo, que nos resulta incómodo: se opone a nuestras acciones, nos echa en cara nuestros pecados, nos reprende nuestra educación errada; veamos si sus palabras son verdaderas, comprobando el desenlace de su vida. Si es el justo hijo de Dios, lo auxiliará y lo librará del poder de sus enemigos; lo someteremos a la prueba de la afrenta y la tortura, para comprobar su moderación y apreciar su paciencia; lo condenaremos a muerte ignominiosa, pues dice que hay quien se ocupa de él.»

Sal 53, 3-4. 5. 6 y 8 R. El Señor sostiene mi vida.

Lectura de la carta del apóstol Santiago 3, 16-4, 3 Los que procuran la paz están sembrando la paz, y su fruto es la justicia

Queridos hermanos: Donde hay envidias y rivalidades, hay desorden y toda clase de males. La sabiduría que viene de arriba ante todo es pura y, además, es amante de la paz, comprensiva, dócil, llena de misericordia y buenas obras, constante, sincera. Los que procuran la paz están sembrando la paz, y su fruto es la justicia. ¿De dónde proceden las guerras y las contiendas entre vosotros? ¿No es de vuestras pasiones, que luchan en vuestros miembros? Codiciáis y no tenéis; matáis, ardéis en envidia y no alcanzáis nada; os combatís y os hacéis la guerra. No tenéis, porque no pedís. Pedís y no recibís, porque pedís mal, para dar satisfacción a vuestras pasiones.

Lectura del santo evangelio según san Marcos 9, 30-37 El Hijo del hombre va a ser entregado. Quien quiera ser el primero, que sea el servidor de todos

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos se marcharon de la montaña y atravesaron Galilea; no quería que nadie se enterase, porque iba instruyendo a sus discípulos. Les decía: – «El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres, y lo matarán; y, después de muerto, a los tres días resucitará.» Pero no entendían aquello, y les daba miedo preguntarle. Llegaron a Cafarnaún, y, una vez en casa, les preguntó – «¿De qué discutíais por el camino?» Ellos no contestaron, pues por el camino habían discutido quién era el más importante. Jesús se sentó, llamó a los Doce y les dijo: – «Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos.» Y, acercando a un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo: – «El que acoge a un niño como éste en mi nombre me acoge a mí; y el que me acoge a mí no me acoge a mí, sino al que me ha enviado.»

 

La cruz elegida y la elección del servicio

 

Jesús continúa con sus discípulos la enseñanza sobre la cruz que había iniciado en Cesárea de Filipo. La incomprensión y oposición que esta enseñanza provoca hace que Jesús la limite exclusivamente a los más cercanos y que evite el encuentro con las masas. En verdad, el mensaje de la cruz sólo puede ser comprendido en el trato personal con el Maestro y, aún así, entenderlo y, sobre todo, aceptarlo no es cosa fácil. Y más si nos damos cuenta de que la cruz no es sólo la aceptación resignada de males que no podemos evitar, sino también un destino elegido. Esta es la clave que nos ofrece la primera lectura. Como un eco de los poemas del siervo de Yahvé del segundo Isaías (cf. Is 42, 1-7; 49, 1-7; 50, 4-9; 52, 13-15. 53, 10) este texto nos habla de la persecución del justo, que, en un dramático crescendo, llega hasta la condena a una muerte ignominiosa. Existen, de hecho, formas pasivas de presencia de la cruz que no podemos ni debemos buscar, como la enfermedad o la pobreza. Son males indeseables que, cuando resultan inevitables, hemos de tratar de sobrellevar, descubriendo en ellos un sentido que nos une a la cruz de Jesucristo. Pero, en la medida en que podamos evitarlos, debemos hacerlo, respecto de nosotros mismos, procurándonos con honestidad la salud y los medios de una vida digna; y también respecto de los demás, ayudando según nuestras posibilidades a los que sufren a causa de cualquier necesidad material. Jesús mismo alivia el hambre y la enfermedad de los que sufren, enseñándonos con ello que también nosotros debemos ayudar a los que padecen a superar sus males.

En cambio, el texto de la Sabiduría nos habla de una forma de sufrimiento que procede de la propia coherencia de vida, del compromiso con la verdad y la justicia, de la fidelidad a la propia conciencia y a Dios. No es raro que esta fidelidad y coherencia se atraigan la enemistad de algunos, del ambiente dominante que nos rodea, que no puede soportar un comportamiento que, por sí mismo, y aun sin pretenderlo, es una denuncia que pone al descubierto la inmoralidad entorno. La consecuencia de esta coherencia suele ser el rechazo y la persecución, en ocasiones incruenta (ridiculizar, difamar, hacer el vacío…), pero que a veces también llega hasta el derramamiento de sangre. Se trata así de acallar la voz incómoda del profeta, presionándola para que se amolde a formas de maldad socialmente aceptadas. Y, ante esta presión, el perseguido tiene que hacer una elección. Puede ceder y evitar la persecución adaptándose, y renunciando así a su propia conciencia, a sus convicciones morales o religiosas. Pero, a diferencia de las otras cruces, que en lo posible deben ser evitadas, aquí la única opción válida es la de aceptar la persecución para mantenerse fiel a uno mismo, al bien, la verdad, la justicia y la fe. Es decir, esta forma de cruz, si se presenta, ha de ser expresamente elegida, y siempre debemos estar en la disposición de cargar con ella. Así hay que entender este caminar lúcido y libre de Jesús hacia Jerusalén, donde sabe que le espera un proceso injusto y una muerte ignominiosa.

Y ese es el sentido de las palabras con las que Jesús cerraba el evangelio de la semana pasada: “el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio la salvará”. Estas palabras nos ayudan a comprender que elegir esta forma de cruz no tiene nada que ver con una especie de masoquismo espiritual, ni de heroísmo trágico. El anuncio de la pasión va acompañado de la profecía de la resurrección. El mensaje de la cruz es un mensaje pascual, que sin ocultar el rostro terrible y amenazante de la muerte, y una muerte de cruz (es decir, atroz e injusta), habla también del triunfo final del bien, de la justicia y de la vida.

La instrucción a los discípulos, que de momento son incapaces de entender, significa que quien sigue a Jesús ha de aceptar no sólo el hecho de su trágico final, sino la disposición a vivir del mismo modo que él, con la misma coherencia y con las consecuencias negativas que pueden sobrevenir, como el único camino de salvación verdadera. Es una instrucción de vital importancia porque, como se ve en el texto de hoy, mientras Jesús les habla de su próxima pasión, ellos están preocupados por el éxito en este mundo, por alcanzar posiciones de prestigio y poder, que incluso se disputan entre sí. Se puede decir que, al menos de momento, están en ondas completamente distintas. Pero Jesús no desespera por ello. Al contrario, toma pie en esa discusión de los apóstoles para introducirlos en la sabiduría de la cruz por la vía pedagógica del espíritu de servicio.

Frente a la lógica del poder, que busca el reconocimiento, la fama, la riqueza, el ser servido, Jesús propone otra forma de primacía: por un lado, hacerse servidor. No se trata de adoptar un espíritu servil, sino de hacer una libre elección. El servicio realizado libremente es parte de la esencia del amor. Pero, para ello, hay que dejar a un lado las actitudes arrogantes y autosuficientes. Y aquí entra en juego la enseñanza sobre los niños. Estos eran en la cultura del momento el prototipo de la insignificancia social. Jesús toma un niño y lo abraza, y lo señala como “el primero” y el más importante. Es claro que para los apóstoles el más importante era Jesús, al que confesaban como Mesías e Hijo de Dios. Pues bien, Jesús les dice que para acogerle a él, el más importante, tienen que acoger a los que, según los parámetros sociales, carecen de importancia, como ese niño, del que hace sacramento de su persona; y acogiéndole a él en los más pequeños acogen al mismo Dios. El verdadero camino de seguimiento de Jesús, que conduce a la salvación y a la vida, es el camino de la pequeñez (como la “infancia espiritual” de santa Teresa de Lisieux), del servicio y de la cruz.

La carta de Santiago nos da un cumplido ejemplo de esta sabiduría de la cruz. Cuando uno elige “ser importante”, “el más importante”, surge inmediatamente el conflicto, la envidia, la rivalidad, el desorden y toda clase de males. Esto es lo que sucede cuando uno pretende ante todo dar satisfacción a sus pasiones, poniendo a su servicio a los demás y las cosas más sagradas. Como atestigua Santiago, esto puede pasar incluso en el seno de la comunidad cristiana. Lo que indica hasta qué punto muchos creyentes siguen y seguimos sin entender ni aceptar el camino de la cruz y del servicio que nos propone Jesús. Y si esto es así, ¿qué testimonio pueden (podemos) dar? ¿Cómo anunciar el evangelio de Jesucristo, del amor y de la paz, si vivimos en contradicción con la enseñanza de nuestro Maestro? Cuando tal sucede, ¿no estamos volviendo sosa la sal y escondiendo la luz bajo el celemín? (cf. Mt 5, 13-16). Una fe vivida de modo tan incoherente hace estéril nuestra vida y vacía nuestra oración. Pero, no lo olvidemos, los discípulos tampoco entendieron enseguida las enseñanzas de Jesús. Igual que ellos, también nosotros estamos en camino, y tenemos la posibilidad de volvernos a la escucha de la Palabra, que es el mismo Cristo, y que nos comunica la sabiduría que viene de arriba, con sus actitudes de paz, comprensión, tolerancia y misericordia, y que da frutos de justicia y buenas obras, de servicio constante y sincero. Esta es la consecuencia de la escucha, acogida y comprensión de la Palabra del Señor, de la sabiduría de la cruz: convertirnos en mensajeros y agentes de paz, primero en la propia comunidad cristiana y, después, en el mundo entero.

Domingo 23 del Tiempo Ordinario (B)

septiembre 8, 2018

Lectura del libro de Isaías 35, 4-7a Los oídos del sordo se abrirán, la lengua del mudo cantará

Decid a los cobardes de corazón. «Sed fuertes, no temáis. Mirad a vuestro Dios que trae el desquite, viene en persona, resarcirá y os salvará.» Se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán, saltará como un ciervo el cojo, la lengua del mudo cantar. Porque han brotado aguas en el desierto, torrentes en la estepa el páramo será un estanque, lo reseco un manantial.

Sal 145, 7. 8-9a. 9bc- 10 R. Alaba, alma mía, al Señor.

Lectura de la carta del apóstol Santiago 2, 1-5 ¿Acaso no ha elegido Dios a los pobres para hacerlos herederos del reino?

Hermanos míos: No juntéis la fe en nuestro Señor Jesucristo glorioso con el favoritismo. Por ejemplo: llegan dos hombres a la reunión litúrgica. Uno va bien vestido y hasta con anillos en los dedos; el otro es un pobre andrajoso. Veis al bien vestido y le decís: «Por favor, siéntate aquí, en el puesto reservado.» Al pobre, en cambio: «Estáte ahí de pie o siéntate en el suelo.» Si hacéis eso, ¿no sois inconsecuentes y juzgáis con criterios malos? Queridos hermanos, escuchad: ¿Acaso no ha elegido Dios a los pobres del mundo para hacerlos ricos en la fe y herederos del reino, que prometió a los que lo aman?

Lectura del santo evangelio según san Marcos 7, 31-37 Hace oír a los sordos y hablar a los mudos

En aquel tiempo, dejó Jesús el territorio de Tiro, pasó por Sidón, camino del lago de Galilea, atravesando la Decápolis. Y le presentaron un sordo que, además, apenas podía hablar; y le piden que le imponga las manos. Él, apartándolo de la gente a un lado, le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua. Y, mirando al cielo, suspiró y le dijo: – «Effetá», esto es: «Ábrete.» Y al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba sin dificultad. Él les mandó que no lo dijeran a nadie; pero, cuanto más se lo mandaba, con más insistencia lo proclamaban ellos. Y en el colmo del asombro decían: – «Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos.»

 

Effetá

 

La ceguera, la sordera, cualquier género de invalidez física son formas extremas de la limitación propia de nuestra condición humana. Además de estas carencias, adosadas directamente a nuestro cuerpo, también nos limita con frecuencia la hostilidad del ambiente natural, como la aridez de la tierra que nos niega sus frutos. Unos más, otros menos, todos sentimos y experimentamos esas limitaciones y es normal que, cuando aprietan, imaginemos la salvación como la superación de aquello que nos impide vivir en plenitud: ver, oír, hablar, movernos, el desierto que florece como un vergel. Es normal, pero no es suficiente. La película “Los descendientes”, protagonizada por George Clooney en 2011, empieza recordándonos que unas condiciones naturales, sociales y humanas aparentemente envidiables (gente “guapa” y sana que vive en Hawái con un buen nivel de vida) ni garantizan la felicidad ni evitan los sufrimientos a que se ven sometidos todos los seres humanos. Si todo el problema de la felicidad y la plenitud humana se ciñeran a la superación de las limitaciones físicas, la salvación sería cuestión exclusivamente técnica, confiada al adecuado progreso de la medicina, y de las ciencias que nos permiten dominar la naturaleza física. Que esto es insuficiente lo entendemos enseguida al considerar el problema siempre pendiente de la muerte, pero también el problema moral de la justicia, de la distribución de los bienes producidos, al que las soluciones puramente técnicas por sí solas no son capaces de responder.

Por eso, esas desgracias extremas como la ceguera, la sordera (y la mudez) o la parálisis son en el lenguaje bíblico signos sacramentales de otros males más profundos que amenazan la existencia humana de manera radical: males morales y religiosos, como el pecado y el alejamiento de Dios, fuente de todo bien. Se trata de ese “Mal”, con mayúsculas, del que pedimos a Dios que nos libre en la oración del Padre nuestro. Y, en consecuencia, los bienes reales representados por la eliminación de las limitaciones y carencias físicas son también indicadores de otros bienes más altos, de la salvación del pecado y la muerte, del Bien supremo, que el ser humano encuentra en la comunión con Dios.

Esta comunión con Dios (y en Él, con todos los demás seres humanos y con la creación entera) es lo que ha venido a traernos Jesús. La anuncia con sus palabras, pero, además, la hace visible liberando al hombre de sus dolencias. Jesús cura enfermedades de manera milagrosa con la fuerza de su palabra. Pero él no es un médico, ni siquiera un taumaturgo. No ejerce su poder benéfico y sanador para sorprender ni para suscitar admiración o promover adhesiones. Con estas acciones manifiesta la fuerza salvadora de su palabra, la efectiva presencia en nuestro mundo del Reino de Dios, el cumplimiento de las antiguas profecías, que inaugura los tiempos mesiánicos. Podemos, pues, entender estos milagros como acciones simbólicas que nos avisan de la voluntad salvífica de Dios que opera de manera real y efectiva por medio de Cristo.

El relato de hoy, de la curación del sordomudo, nos da indicaciones preciosas sobre la salvación que Dios nos ofrece en Jesucristo. En primer lugar, su carácter abierto, incondicional y universal: la curación tiene lugar fuera de los límites de Israel, en territorio pagano, igual que la de la hija de la mujer fenicia (cf. Mc 7, 24); en este caso ni siquiera se nos da noticia de la fe ni la pertenencia religiosa de ese hombre. Aunque la expresión curativa de Jesús, “Effetá” (Ephphatha, una forma del imperativo hippataj, “¡Sea abierto!”), que es un término arameo de origen hebreo, puede reivindicar que la salvación, abierta a todos, de hecho “viene de los judíos” (cf. Jn 4, 22), en definitiva, de ese Resto de Israel, que es el mismo Jesús. En segundo lugar, la acción curativa no sólo no busca, sino que evita la publicidad, para obviar malas comprensiones, precisamente, médicas o taumatúrgicas: el peligro de quedarse sólo en el bienestar material (y reducir a esto la salvación), o de provocar una fe interesada. La salvación que ofrece Jesús se debe aceptar sólo por la fe y la acogida de su palabra, y no por posibles ventajas que se puedan obtener.

Jesús, en efecto, al abrir los oídos y la boca del sordomudo está realizando una acción salvífica que llama a ese hombre, y a todos los que la contemplan (a todos nosotros), a abrir los oídos a la Palabra de Dios y la boca a su alabanza.

Ahora estamos en grado de entender mejor el carácter simbólico de las curaciones físicas como expresión de la salvación. No se trata de una mera instrumentalización del sufrimiento físico al servicio de metas “espirituales”. Lo simbólico es la esencia del sacramento: lo que une realidades separadas, a Dios con el hombre, el cielo y la tierra, el espíritu y el cuerpo. Si en la curación física Jesús realiza una acción sacramental que remite a la curación del corazón, herido por el pecado y exiliado de Dios, aquel que ha sido curado por dentro de esta manera se abre a las necesidades concretas de los demás. Y es que si nuestras necesidades, limitaciones y sufrimientos tienden a encerrarnos en nosotros mismos en un movimiento egoísta (bastante tenemos con nuestros propios problemas, solemos decir), la curación que opera Jesús toca nuestro interior, transforma el corazón de manera que podemos empezar a “ver” a los demás con ojos nuevos, a “escuchar” sus gemidos, y acercarnos a ellos para aliviar sus necesidades concretas, incluidas las físicas. Esta concreción es otro de los rasgos sobresalientes en el relato del evangelio de hoy: Jesús, apartándolo de la multitud, busca el encuentro con el enfermo, lo toca allí donde duele, al tocarlo tan de cerca, se hace partícipe de su sufrimiento, le dirige una palabra personal.

Nosotros mismos, si hemos experimentado de alguna forma el poder sanador de Jesús, tenemos que aprender a participar de ese poder, que nos da fuerzas para salir de la cerrazón de nuestros territorios e ir, más allá de nuestras fronteras, al encuentro de los hermanos que sufren, tocándolos y sanando sus enfermedades en la medida de nuestras posibilidades. Aquí el milagro es ya la capacidad de salir de sí. La ayuda concreta podrá realizarse de manera natural, por medio de los adelantos técnicos y científicos (como la medicina, que también entra en el designio de Dios), o de otros (la contribución económica, el voluntariado, la consagración a Dios y al servicio de los demás…). Pero lo importante es que, en la concreción del encuentro, de la capacidad de compadecer y de la ayuda fraterna, estaremos haciendo presente en nuestro mundo el Reino de Dios, la humanidad nueva, al mismo Cristo que la encarna y realiza. En el Evangelio de Marcos hasta los tiempos verbales son significativos: usa el presente, diciéndonos que la salvación no es una vaga promesa de futuro, ni un lejano recuerdo de algo pasado, sino algo de hoy, que está ya sucediendo.

Un ejemplo muy concreto de todo esto nos lo ofrece hoy la carta de Santiago. Este apóstol no se distingue por las sutilezas teológicas, sino precisamente por lo directo de sus expresiones. Quien ha sido curado por Jesús no puede juzgar por apariencias externas ni, en consecuencia, discriminar a los seres humanos por su estatus social o por su aspecto. Pero tenemos que reconocer que sus palabras de hoy son un aldabonazo a nuestra conciencia, pues la mayoría de nosotros seguimos ateniéndonos a esos criterios del viejo mundo, seguimos ciegos para las riquezas de la fe y la herencia del reino. Caigamos en la cuenta de que lo que dice Santiago se puede entender en sentido amplio: los vestidos lujosos o los andrajos por los que discriminamos, respetando a unos y despreciando a otros, pueden ser también de tipo ideológico, cultural, nacional o racial: son fronteras que Jesús, con su ejemplo, nos invita a traspasar. Todos debemos examinarnos al respecto, para, una vez reconocidos los prejuicios que nos impiden reconocer en el otro a un hermano nuestro, acudir a Jesús y pedirle que, una vez más, nos cure, nos abra los ojos, los oídos, la boca y el corazón, para que podamos alabar a Dios, proclamando y testimoniando que “todo lo ha hecho bien”, como Dios en el principio de la creación del mundo, y que nosotros podemos participar de ese mismo poder creador y sanador haciendo el bien al necesitado.

Domingo 22 del Tiempo Ordinario (B)

septiembre 1, 2018

Lectura del libro del Deuteronomio 4,1-2.6-8 No añadáis nada a lo que os mando…. así cumpliréis los preceptos del Señor

Moisés habló al pueblo, diciendo: – «Ahora, Israel, escucha los mandatos y decretos que yo os mando cumplir. Así viviréis y entraréis a tomar posesión de la tierra que el Señor, Dios de vuestros padres, os va a dar. No añadáis nada a lo que os mando ni suprimáis nada; así cumpliréis los preceptos del Señor, vuestro Dios, que yo os mando hoy. Ponedlos por obra, que ellos son vuestra sabiduría y vuestra inteligencia a los ojos de los pueblos que, cuando tengan noticia de todos ellos, dirán: “Cierto que esta gran nación es un pueblo sabio e inteligente.” Y, en efecto, ¿hay alguna nación tan grande que tenga los dioses tan cerca como lo está el Señor Dios de nosotros, siempre que lo invocamos? Y, ¿cuál es la gran nación, cuyos mandatos y decretos sean tan justos como toda esta ley que hoy os doy?»

Sal 14, 2-3a. 3bc-4ab. 5 R Señor, ¿quién puede hospedarse en tu tienda?

Lectura de la carta del apóstol Santiago 1, 17-18.21b-22.27 Llevad a la práctica la palabra

Mis queridos hermanos: Todo beneficio y todo don perfecto viene de arriba, del Padre de los astros, en el cual no hay fases ni períodos de sombra. Por propia iniciativa, con la palabra de la verdad, nos engendró, para que seamos como la primicia de sus criaturas. Aceptad dócilmente la palabra que ha sido plantada y es capaz de salvaros. Llevadla a la práctica y no os limitéis a escucharla, engañándoos a vosotros mismos. La religión pura e intachable a los ojos de Dios Padre es ésta: visitar huérfanos y viudas en sus tribulaciones y no mancharse las manos con este mundo.

Lectura del santo evangelio según san Marcos 7, 1-8. 14-15. 21-23 Dejáis a un lado el mandamiento de Dios, para aferraros a la tradición de los hombres

En aquel tiempo, se acercó a Jesús un grupo de fariseos con algunos escribas de Jerusalén, y vieron que algunos discípulos comían con manos impuras, es decir, sin lavarse las manos. (Los fariseos, como los demás judíos, no comen sin lavarse antes las manos restregando bien, aferrándose a la tradición de sus mayores, y, al volver de la plaza, no comen sin lavarse antes, y se aferran a otras muchas tradiciones, de lavar vasos, jarras y ollas.) Según eso, los fariseos y los escribas preguntaron a Jesús: – «¿Por qué comen tus discípulos con manos impuras y no siguen la tradición de los mayores?» El les contestó: – «Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, como está escrito: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos.” Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres.» Entonces llamó de nuevo a la gente y les dijo: – «Escuchad y entended todos: Nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre. Porque de dentro, del corazón del hombre, salen los malos propósitos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, injusticias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro.»

 

Lo que mancha y lo que limpia

 

Existe un fuerte contraste entre, por un lado, el mandato de Moisés de no añadir ni quitar nada a la ley y, por el otro, los reproches de los fariseos a los discípulos de Jesús en nombre no de la ley mosaica, sino precisamente de una añadidura espuria a la misma, “la tradición de los mayores”. Sin embargo, cuando se lee la ley de Moisés en los libros del Pentateuco se entienden las añadiduras que la historia ha ido haciendo: las normas mosaicas, tanto las referidas a la pureza ritual como a muchas otras cuestiones, no son tan detalladas como para dar respuesta a todas las situaciones que la vida plantea en la práctica. En esta como en cualquier ley es inevitable que se produzcan situaciones dudosas, que la ley no reglamenta con claridad y que requieren interpretaciones, correcciones o añadiduras. Es así, probablemente, como se generan las “tradiciones de los mayores”. El problema es que esto puede llevar, y lleva con frecuencia, a un cumplimiento mecánico de normas puramente externas que acaban apartando del espíritu original con el que nació la ley. La ley de Moisés, que trata de institucionalizar el acontecimiento salvífico de la liberación de Egipto y expresa la alianza de Dios con su pueblo, para que aquella salvación se prolongue en la historia, acabó convirtiéndose en un complejo y asfixiante entramado de normas, imposible de cumplir para la gente sencilla e iletrada, y que servía más para condenar que para salvar.

¿Cómo entender entonces la exigencia de Moisés de no añadir ni quitar nada, si resulta que esto es un imposible? Probablemente hay que entenderla de manera más cualitativa que cuantitativa, como la fidelidad a una ley que no se reduce a una reglamentación externa, sino que es expresión de una Palabra creadora y salvadora. Cumplir no es ejecutar externa, mecánicamente, sino “cumplimentar”, llenar, dar plenitud. Y esto, como sabemos, se realiza en Jesucristo, que no ha venido a abolir la ley, sino a llevarla a perfección (cf. Mt 5, 17). La ley de Moisés es realmente incomprensible y en la práctica se convierte en opresiva sin esta relación con la Palabra viva de Dios. Ya los profetas tuvieron que recordarlo continuamente. Y esa misma Palabra se ha encarnado en Jesús y se ha perfeccionado en la ley del amor. Es posible cumplir y perfeccionar la ley escuchando, acogiendo y poniendo en práctica esta Palabra cercana, dialogante, comprensible.

Es lo que nos recuerda de manera vívida Santiago en la segunda lectura. La palabra que salva da vida, nos engendra. Y lo hace desde dentro, pues, como semilla, ha sido plantada en nosotros. Por eso, no debemos sólo escucharla como si fuera una voz externa y extraña, sino que debemos darle cabida en nosotros, dejar que nos purifique interiormente y permitir que, desde dentro, guíe nuestras acciones y nuestra vida. Eso significa ponerla en práctica. Y la puesta en práctica se traduce necesariamente en obras de amor y misericordia con los necesitados en sus tribulaciones.

Así pues, aunque resulte inevitable que “los mayores”, esto es, la experiencia histórica y los nuevos problemas que van surgiendo en ella, hagan sus añadiduras y formen sus tradiciones, su validez dependerá de si sirven a la Palabra, a la vida que esa Palabra engendra, a un mejor cumplimiento y puesta en práctica de la misma; o si, por el contrario, se convierten en esquemas rígidos de comportamiento que coartan la libertad y la apertura creativa a la novedad de la historia, y sirven sobre todo para condenar a los que no se atienen a ellas. En una palabra, el criterio de discernimiento de las distintas tradiciones es la misericordia.

Las críticas de los fariseos a los discípulos de Jesús se centran en esta ocasión en la cuestión de la pureza ritual, que se había convertido para ellos en algo obsesivo, pero entendido en su sentido más externo y superficial. Poco que ver con lo nos recuerda Santiago en relación con la acogida y el cumplimiento de la Palabra: aquí “no mancharse las manos con este mundo” no significa contravenir elementales medidas de higiene, sino evitar que los criterios de este mundo impidan los frutos de misericordia de la semilla de la Palabra plantada en nuestro interior. Jesús aprovecha la ocasión para recordar el origen y la fuente de la impureza religiosa: no las cosas de este mundo, creadas por Dios y en sí buenas, no el polvo de la tierra ni determinados alimentos, sino las intenciones torcidas del corazón humano. El origen del mal y la impureza hay que buscarlo en la propia voluntad, en las motivaciones egoístas y desordenadas. Y Jesús ha venido para sanarnos por dentro, de manera que podamos actuar hacia fuera de un modo acorde a la voluntad de Dios, que es una voluntad de vida, de amor, de perdón y misericordia.

Los cristianos tenemos conciencia de que nuestra fe conlleva ciertas obligaciones y de que “tenemos que cumplir con ellas”. A veces, algunos ven en esto una actitud farisaica que se queda en el mero cumplimiento externo, y reaccionan diciendo, por ejemplo, que “lo importante no es ir a misa sino ser buena persona y ayudar a los demás”. Aunque podemos entender estas reacciones, tenemos que tener cuidado con su unilateralidad. En primer lugar, porque ir a misa y actuar con bondad no son cosas incompatibles: no sólo porque, cosa obvia, se puede “ir a misa y ser buena persona”, sino porque participamos de la Eucaristía precisamente para, en unión con Cristo, hacernos mejores personas. Y, en segundo lugar, porque en esta crítica se cae en el fondo en lo mismo que se critica: se reduce el “ir a misa” (u otras prácticas cristianas) a una mera formalidad externa, descuidando su verdadero sentido. Para actuar de acuerdo al espíritu cristiano hay que estar en comunión con Cristo; y esa comunión se realiza de manera privilegiada en el memorial de su Pasión que él mismo nos mandó realizar; es posible vivir como Cristo vivió si escuchamos su Palabra y comemos el pan y el vino que son su cuerpo y su sangre. Es decir, si “ir a misa” se reduce a una formalidad que “cumplimos”, sin dejar que su significado penetre en nosotros, que nos hace sentirnos justificados y que, además, nos lleva a juzgar y condenar a los demás, a los que no cumplen, entonces sí, entonces estamos reduciendo el gran don de la Eucaristía a una “tradición de nuestros mayores”. Pero si, por el contrario, a pesar del aburrimiento o la pereza que a veces nos embarga, tratamos de hacer de la Eucaristía un encuentro vivo con la Palabra y la persona de Cristo, entonces estaremos purificando nuestro interior de las maldades que hacen impuro al hombre, y abriendo nuestro corazón a las buenas obras del amor en las que consiste la religión pura e intachable.