Epifanía para los no cristianos


He leído los últimos días que tanto en España como en otros países de tradición cristiana algunos han decidido eliminar de la simbología navideña toda referencia cristiana “para no ofender” a los no creyentes o a los creyentes de otras religiones.
La cosa da que pensar. Por una lado, esa Navidad (=natividad, nacimiento) sin nacido, es como un budismo sin Buda, un Ramadán sin Mahoma, un esquimal sin iglú, café sin cafeína y leche sin lactosa. Tanto luchar por el derecho a la diferencia (que es lo mismo que por el derecho a la identidad), y ahora resulta que la diferencia (esto es, la propia identidad) es por sí misma ofensiva. Si voy a la Meca, ¿debo ofenderme por que esté ahí la Kaaba? Lo que me ofendería sería ir hasta allí y no poder ver lo más característico de esa ciudad. Ese miedo a ofender a los distintos significa, o considerar que esos distintos tienen la piel demasiado fina (y eso sí que es ofensivo), o que nos avergonzamos de ser lo que somos. Me parece que por ahí van los tiros. Las tradiciones cristianas se han convertido para muchos en mero folklore, en tradiciones sólo culturales, pero desprovistas de su verdadero significado. Y aunque, siquiera como tradiciones culturales ya merecerían algún respeto, lo cierto es que desprovistas de su contenido propio, molestan, no a los extraños, sino a los propios, porque ese contenido llama, exige y compromete. La fina piel de los huéspedes es sólo la mala excusa para librarnos de lo que nos incomoda. 
Pero la Navidad no está completa sin la Epifanía: la manifestación. Jesús ha nacido para manifestarse, para darse a conocer, para encontrarse con nosotros, con todos, propios y extraños. Los Magos de oriente son visitantes, gentes de otras culturas y convicciones, pero buscan al niño. Son los propios, Herodes y los suyos, los que se revuelven incómodos, responden a regañadientes, y se confabulan para acabar con ese niño que les complica la vida: son israelitas, pero no creyentes. 
Los que quieren vaciar de sentido las propias tradiciones se parecen demasiado a ese Herodes, vergonzante, temeroso, demasiado preocupado de defender su estatus, de no permitir que ningún Mesías le complique la vida. En cambio, muy bien podría ser que muchos de los visitantes (refugiados, emigrantes en busca de trabajo, simplemente turistas) guiados por sus particulares estrellas (paz y seguridad, futuro para sus hijos, simplemente curiosidad o cultura) estén, como los magos extranjeros de oriente, más abiertos que nosotros al mensaje de luz, amor y esperanza que el niño nacido en Belén ha traído al mundo, no sólo para los judíos, no sólo para los cristianos, sino para todos: pues todos nos descubrimos en él hijos de Dios y hermanos entre nosotros. ¿Tenemos derecho a ocultar el tesoro de nuestra fe en este Dios humano a los que vienen a visitarnos o a vivir entre nosotros? 
Tal vez los que han reducido el mensaje navideño a mera tradición y folclore puedan hacerlo. Pero los creyentes tenemos la obligación de manifestar a todos que este niño nacido en Belén es el Rey celestial (el oro), el Dios con nosotros (el incienso), que entregará su vida por la salvación de todos (la mirra), y que ha venido a encontrarse con nosotros, con todos sin distinción. 
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