Archive for the ‘Fe cultura’ Category

En contra del aborto y en favor de la vida

marzo 16, 2014

Por fin un político (en este caso una mujer), se moja en el asunto del aborto. Y lo hace de primera.

http://www.youtube.com/watch?v=W1gY48VSxCs&sns=em

En su intervención la diputada del PP desmonta por fin la falacia de que las feministas representan a “las mujeres” en su conjunto.

Las feministas se representan sólo a sí mismas. Muchísimas mujeres, perfectamente libres y responsables, están en contra del aborto. Es decir, a favor de la vida. Además, que abortar o dar a luz sea exclusiva competencia de la mujer, es profundamente antifeminista, pues de ser verdad esa ecuación, habría que concluir que, en caso de decidir tener a su hijo, éste es cosa sólo suya, y el padre de la criatura puede lavarse las manos, y decirle a la madre, parir o no parir o no parir es asunto exclusivamente tuyo, por lo tanto, si decides parir, allá tú con la criatura, a mí no me vengas con exigencias… El absurdo es tan patente que es un insulto a la inteligencia. Además de que no es verdad que “las mujeres” decidan en libertad. Muchísimas son forzadas a abortar contra su voluntad. En esto la izquierda no es simplemente ingenua, es sencillamente mentirosa.

Considero, sin embargo, que la reforma de la ley se queda muy lejos de una verdadera cultura de la vida, porque se trata sólo de volver a la anterior ley de supuestos del PSOE, que es un auténtico coladero. Hay que crear mecanismos que ayuden a las mujeres en dificultad a tener a sus hijos.

Me parece un escándalo que en la actualidad en los mcs (incluidos los públicos controlados por el PP, como TVE) prácticamente sólo se dé voz a los contrarios a la reforma y a sus mendaces argumentos, mientras que multitud de grupos y movimientos de la sociedad civil que trabajan a favor de la vida, sean silenciados sistemáticamente.

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Sta Tatiana de Roma, mártir, y la universidad de Moscú

enero 25, 2014

200px-Tatiana_of_RomeEl día de Tatiana de Roma, mártir del siglo III, se celebra en Rusia el día 25 de enero (el doce según el calendario juliano), coincidiendo con la fiesta de la conversión de San Pablo. En Rusia es toda una institución. Cuando la emperatriz Isabel Petrovna firmó en 1755 el decreto de creación de la Universidad de Moscú, el “día de Tatiana” se comenzó a festejar como el día del cumpleaños de la universidad, y luego se convirtió en la fiesta de los estudiantes. Fue precisamente el 25 (entonces el 12) de enero, fiesta de santa Tatiana de Roma, cuando la emperatriz aprobó la solicitud de Iván Shuvalov de crear la Universidad, que se convirtió en el centro de difusión de la cultura y el pensamiento ruso. Ese mismo día celebraba su santo la madre de Iván, Tatiana.

Más tarde en una de las alas de la Universidad se instaló la Iglesia de la mártir santa Tatiana, que fue declarada patrona de los estudiantes rusos.

A mediados del siglo XIX la fiesta de los estudiantes y profesores de la Universidad de Moscú se había convertido en la fiesta de la intelectualidad rusa. El modo de celebración era especialmente ruidoso y alegre, y en ella participaba toda la ciudad. Después de los actos académicos oficiales en la Universidad, los estudiantes “paseaban” (y “pasear” en ruso no significa sólo “ir de paseo”, sino que se usa en el sentido de francachela y juerga), como se ha dicho, de modo alegre y ruidoso por toda la ciudad. El dueño del complejo cultural “Ermitage” (no el museo de San Petersburgo), el francés Olivié (creador de la ensalada “Olivié”, que en España se conoce precisamente como “ensaladilla rusa), ponía a disposición la sala del restaurante para que profesores y estudiantes celebraran allí su fiesta. Como es de suponer (y de rigor), en la fiesta se bebía con generosidad, pero en ese día los gendarmes no sólo se abstenían de detener a los estudiantes con unas copas de más, sino que incluso le ofrecían su ayuda.

Después de la Revolución de Octubre, el día de Tatiana se fue perdiendo. Sólo después de la reapertura de la iglesia de la santa 280px-Moscow_05-2012_Mokhovaya_01
mártir Tatiana en la Universidad de Moscú en 1995 ha revivido la fiesta.

Desde 2005 se celebra en Rusia como el día del estudiante rusa. El 25 de enero tiene además el signifcado simbólico de que en ese día termina la sesión de exámenes del semestre de invierno y comienzan las vacaciones académicas de invierno.

¿Persecución de la Iglesia?

marzo 8, 2011

En los últimos tiempos oímos hablar cada vez más de persecuciones contra los cristianos en diversos países del mundo. En zonas de dominio del islam o del hinduísmo, estas persecuciones (restricciones de la libertad religiosa, ataques violentos contra iglesias y personas, condenas a personas concretas a causa de su fe) pueden entenderse como expresión de una intolerancia creciente por parte de ciertos grupos y corrientes de tendencia fundamentalista de esas religiones, aunque no pueda decirse que se trate de un fenómeno universal, es decir, que afecte a todos los musulmanes (la situación varía mucho en dependencia de los países) ni a todos los hinduístas.

Santas Perpetua y Felicidad (Iglesia de Ntra Sra de Vierson, Francia)

Aquí nos centraremos sólo a la persecución, no cruenta, pero que cada vez se percibe con más claridad en los países occidentales. El cristianismo ha jugado un papel clave en la configuración cultural de estos países. Desde finales de la Edad Media el proceso de secularización ha significado la afirmación progresiva de la neutralidad estatal en materia religiosa, de manera que el Estado debía garantizar la libertad religiosa de todos los ciudadanos, pero sin privilegiar una confesión o religión en detrimento de otras. Algunos, yendo más allá, han entendido que esta neutralidad exigía además la renuncia de todas las confesiones a la pretensión de verdad (religiosa o moral), pues esto había de suponer necesariamente la tendencia a imponer por la fuerza esa pretendida verdad. Por muy falsa que haya de considerarse esta forma de entender las cosas (pues una visión que se considera verdadera puede muy bien incluir en su credo la tolerancia, esto es, la renuncia y aun la prohibición a imponer convicciones por la fuerza, como es el caso del cristianismo), de hecho la misma se ha extendido hasta el punto de convertirse en un dogma de nuestro tiempo. El relativismo cultural, moral y religioso es el caldo de cultivo de esta mentalidad. Y es ella la que ha propiciado el paso de la secularización al llamado “postcristianismo”, según el cual el cristianismo no es legítimo ni siquiera como opción privada, pues al mantener, pese a todo, su pretensión de verdad (en materia religiosa y moral sobre todo), resulta por definición intolerante, dogmático, contrario a los derechos humanos.

Se da la paradójica situación de que los derechos humanos, ligados de manera esencial a la concepción del ser humano como persona y, en consecuencia, a la visión cristiana del hombre y del mundo, se exhiben en nuestro tiempo como argumento contra el cristianismo. Los llamados “nuevos derechos”, como el derecho al aborto, a la elección de sexo (las llamadas “opciones sexuales”), a la eutanasia, etc., chocan frontalmente con la visión cristiana del hombre y del mundo. Y como la Iglesia sigue afirmando sus convicciones en estas materias, contra corriente y contra esta mentalidad dominante, son muchos los que consideran que es necesario ser intolerante con los que, según ellos, profesan posturas intolerantes. La situación recuerda al relativismo del Imperio Romano, en el que se aceptaban todos los credos, con tal de que todos doblaran el espinazo ante la religión imperial que divinizaba el poder. Los cristianos, grupo casi insignificante, visto como una mera secta judía, afirmó entonces su convicción de ser la religión verdadera (si bien en diálogo abierto con la cultura entorno) y se negó a rendir homenaje de adoración al poder imperial. Esa fue la causa de las acusaciones de ateísmo e impiedad contra los cristianos y de las persecuciones contra ellos.

Ratzinger ha hablado del actual “totalitarismo del relativismo”, en el que se impugna la validez de toda verdad objetiva, pero se pretende que todos hemos de estar de acuerdo con el relativismo dominante, que hoy se expresa en la perniciosa “ideología de género” (oficialmente adoptada por la Unión Europea). También hoy el precio que hay que pagar para ser aceptado en el club de los tolerantes es adoptar esa ideología, que incluye la legitimidad y aún la bondad del aborto, la eutanasia, la manipulación genética sin límites, los llamados matrimonios homosexuales, etc. La Iglesia, sobre todo la católica (y la ortodoxa en la Europa oriental), se ha convertido en “el último bastión” contra esta mentalidad. Y esto explica las campañas en su contra, los boicots a las visitas papales, las delirantes denuncias contra el papa por delito de genocidio, y esa forma “light” (porque en el mundo occidental casi todo es “light”, todo blando) de persecución, denunciada recientemente por Benedicto XVI, que consiste en la ridiculización de los creyentes.

Esta tendencia, creo, va a ir en aumento en los próximos años. Pero los creyentes no debemos temer ni perder el ánimo. Al contrario, estas persecuciones nos tienen que sacar del letargo de una fe demasiado cómoda, y devolvernos la radicalidad del testimonio que permitió a los primeros cristianos, tan pocos y débiles, evangelizar la cultura europea (salvándola de paso). Y esa radicalidad se explica precisamente por lo que, tal vez, le está faltando a nuestra aburguesada forma de vivir la fe: la disposición al martirio.


Artículo publicado en “Avenida”, revista católica de Majadahonda, marzo de 2011

Descartes en el círculo polar

febrero 26, 2011

Como es sabido, René Descartes murió en Suecia de una neumonía, concretamente el 11 de febrero de 1650, a los 53 años de edad. A Descartes no le iba el frío ni los madrugones. La reina Cristina de Suecia, que le había invitado (casi obligado) a ir a Estocolmo a que le enseñara los fundamentos de la nueva filosofía, no era, evidentemente, culpable del severo invierno sueco. Pero sí que lleva sobre sus espaladas la responsabilidad de hacer al pobre Renato levantarse a horas intempestivas, pues decidió que la mejor hora para dedicarse a la filosofía eran las cinco de la mañana. Esto era demasiado para el filósofo. A Descartes le gustaba dormir largo y tendido, como atestiguan algunas de sus cartas. En una dirigida a Balzac en 1631 habla de sus dulces costumbres en la dulce Holanda: «Duermo aquí diez horas todas las noches, sin que ninguna preocupación me despier­te; luego que el sueño ha llevado mi espíritu largo tiempo por bosques, jardines y palacios encantados, en los cuales experimen­to todos los placeres imaginados en la fábulas, mezclo insensi­blemente mis ensoñaciones de la vigilia con las de la noche; y cuando me percato de estar despierto, entonces es mayor mi con­tento y mis sentidos pueden también par­ticipar de esas sensacio­nes.» Para él, más que la “vida es sueño”, puede decirse que el sueño era vida, pues era indudable fuente de inspiración. No en vano intuyó mientras dormitaba en Ulm junto a una estufa los fundamentos de la nueva filosofía, el método matemático; y también, cuando ensaya la duda metódica, hay un nivel de duda que se basa en la hipótesis de que todo lo que percibimos es un mero sueño. Vamos, todo un “Matrix” avant la lettre.

El caso es que su estancia en Suecia debió convertirse en una pesadilla, por los madrugones, por el frío extremo y, quién sabe si por algún otro motivo. Hay quien ha sostenido en tiempos recientes que los síntomas de la enfermedad que le llevó a la tumba no eran los de una neumonía, sino los de envenenamiento por arsénico…

Es de suponer que por nada del mundo hubiera querido Descartes volver a aventurarse por las latitudes nórdicas, menos aún si estas se encuentran, pongamos, unos 500 kilómetros por encima del círculo polar.

Pero, a pesar de todas sus resistencias, Descartes se ha visto obligado a viajar a esos lugares, invitado por la cátedra de filosofía de la Universidad de Humanidades de Murmansk, que ha celebrado el 450 aniversario del nacimiento de Francis Bacon (que también murió de una pulmonía, pero este a causa de su tozudez investigadora), y el 415 de Descartes. 

Aprovechando mi estancia en Murmansk, y gracias a la amistad con un profesor de esta cátedra, Alexandr Saukin, que de cuando en cuando aparece por nuestra misa dominical, he participado en este seminario- conferencia, que se anunciaba además solemnemente como “internacional”, gracias a la participación de un par de profesores de la Universidad de Nordland, región central de Noruega, cuya capital (y sede de la Universidad) es la ciudad de Bodø , además de un pequeño grupo de estudiantes de aquella misma Universidad que, todo hay que decirlo, hicieron acto de presencia sólo en la sesión inaugural. Mi participación reforzaba relativamente esa internacionalidad (relativamente, por venir de San Petersburgo), a la vez que daba una nota de tipismo, pues se ven pocos españoles por estos pagos, especialmente relacionados con la filosofía (de cuando en cuando se deja caer alguno relacionado con la exportación de pescado).  Presenté una comunicación sobre el nominalismo, las reglas segunda y tercera del método cartesiano y la ausencia de síntesis, no sólo en la filosofía cartesiana (vamos, que la tercera regla no consigue su objetivo), sino también en el conjunto de la filosofía moderna. En las conclusiones, en las que comparaba la síntesis cristiana medieval con la ausencia de la misma en la cultura moderna (en la que domina el espíritu analítico), hice alusión a la alternativa que suponía al nominalismo de Ockam la docta ignorantia  de Nicolás de Cusa. Y la fortuna quiso que el profesor noruego presente en la sesión fuera un especialista en este filósofo renacentista alemán, con lo que se creó un clima de gran sintonía, que dio lugar a un sabroso diálogo sobre la relación de fe y razón y otras cuestiones. 

Creo que la calidez de este clima, que los organizadores del encuentro supieron crear desde el primer momento, ha salvado a Descartes, también a Bacon, de una nueva neumonía, esta vez mental, pues, como vemos, por estos pagos, a pesar del clima polar, los entusiastas del pensamiento  no permiten que se congelen las ideas.

El sentimiento de pudor y la dignidad moral de la persona

enero 26, 2011

(Artículo publicado en la Revista Acontecimiento, órgano de expresión del Instituto Emmanuel Mounier)

El pudor no es un sentimiento de moda, no es un valor en alza. Al contrario, existe hoy un cierto gusto morboso por transgredirlo, cualesquiera que sean sus límites culturalmente establecidos. Levantar la voz para defender este sentimiento y la exigencia de respetarlo suscita como mínimo una sonrisa condescendiente y despectiva, si no aspavientos que expresan la imposibilidad de comprender cómo es que “en estos tiempos” hay quienes siguen pensando así. ¿Se deberá esto a que nos hemos por fin liberado de esos prejuicios morales y religiosos atávicos, que nos impiden reconciliarnos pacíficamente con el cuerpo sexuado que somos? O, por el contrario, ¿no será esta ridiculización y desvalorización del pudor un signo más de la profunda crisis moral de nuestro tiempo, una expresión más de la decadencia desbocada de nuestra civilización?

El sentimiento de pudor está directamente relacionado con nuestra dimensión corporal, esto es claro. Por ello conviene especificar mínimamente cómo concebir esta dimensión. Por decirlo brevemente, el hombre no tiene un cuerpo, que puede usar en un sentido o en otro, ni tampoco se reduce a ser un cuerpo; el ser humano es corporal. Con esto ya se está diciendo que su intrínseca corporalidad no agota su ser. En el hombre existen otras dimensiones que se dan unidas a la corporalidad (esto es, a su materialidad orgánica, fisiológica, animada, etc.), pero que no pueden simplemente reducirse a ella: nos referimos a su carácter inteligente y libre, a su autoposesión espiritual, frente a la pura alteración animal. La complejidad humana como espíritu encarnado indica que esta condición suya es, al mismo tiempo, no un mero estado que dota al ser humano con especiales y refinados instrumentos de supervivencia (como pretenden todos los naturalismos reduccionistas), sino una tarea de autorrealización que le obliga a dotarse individual y colectivamente de una segunda naturaleza, de un ethos, que remedie la insuficiencia radical con que la madre naturaleza le ha arrojado a la existencia. Esa tarea de autorrealización explica la irreductible condición moral y cultural del hombre. El hombre tiene que hacerse a sí mismo, cultivarse (cultivando la tierra –técnica–, cultivándose a sí mismo –ética–, y dando culto al fundamento del ser y del bien –religión–), para poder llegar a ser plenamente el que es. Y, puesto que esa tarea puede malograrse, su realización significa posesionarse de un cierto bien.

Pero cabe preguntarse si no será todo lo dicho una mistificación, que pretende ver en la mera complejidad de los mecanismos evolutivos las huellas de un espíritu y de una dimensión moral que, de hecho, no existen en absoluto. ¿No tendrá razón el naturalismo, injustamente calificado de reduccionista, cuando somos nosotros los que agrandamos indebidamente y con palabras grandilocuentes lo que no trasciende de hecho los límites de la biología?

Precisamente en este punto puede prestarnos un gran servicio la consideración de la verdadera naturaleza del pudor. En esta consideración se apoya el padre de la filosofía rusa, Vladimir Soloviov, para poner de relieve el irreductible carácter moral del hombre. Confieso que cuando trabé contacto por vez primera con su pensamiento, me produjo cierta perplejidad el que atribuyera tanta importancia a un sentimiento que, pese a reconocer su sentido, siempre me había parecido secundario y derivado. Sólo la lectura reposada de su obra principal[2] me ha convencido de que la importancia atribuida por Soloviov al pudor responde a eso que él llama los “datos primarios de la moralidad”. ¿En qué consiste en verdad el pudor?

Siguiendo a esta autor,[3] afirmamos, en primer lugar, que el sentimiento de pudor es exclusivo de los seres humanos: los animales, incluso los más evolucionados, carecen por completo de él; pero está siempre presente en todas las razas y pueblos humanos, incluso en las formas más rudimentarias (como un simple cinturón que cubre los órganos genitales) allí donde el clima y la simplicidad de la vida no requieren el uso del vestido. En segundo lugar, el sentimiento de pudor consiste en que el ser humano se avergüenza y, por eso, oculta el acto sexual que, no sólo satisface su propia inclinación, sino que además es útil y necesario para la conservación de la especie.

Por el hecho mismo de que no exista rastro de pudor en los animales, ciertos pensadores naturalistas tratan de negar su carácter exclusiva y específicamente humano, y se esfuerzan en explicar su aparición en el hombre como un mecanismo adaptativo útil en la lucha por la supervivencia, esto es, como una forma compleja del instinto animal de conservación individual o colectiva. Así, mientras que en los animales la función sexual está férreamente regulada por mecanismos que impiden excesos dañinos en su ejercicio, el hombre, a causa de su mayor conciencia individual y de su voluntad, tiene más posibilidades de cometer abusos peligrosos para la autoconservación, y por ello, contra ellos, desarrolla sobre la base universal de la selección natural un contrapeso útil: el sentimiento de pudor.

Este razonamiento (y otros que pudieran aducirse de parecida matriz) es sólo una apariencia de razonamiento que no resiste la crítica. En primer lugar, si contra los abusos perniciosos para la especie resulta impotente el más poderoso y fundamental instinto de supervivencia, ¿de dónde sacará fuerzas el nuevo y secundario “instinto” de pudor? Esto es, desde el punto de vista utilitario y material, este presunto instinto se revela perfectamente inútil. Además, en segundo lugar, el sentimiento de pudor se manifiesta con fuerza precisamente antes de iniciar las relaciones sexuales, habla con claridad virginibus puerisque, por lo que si tuviera una acción práctica directa imposibilitaría, no determinados abusos, sino el acto sexual en sí mismo considerado, por lo que tendría un significado directamente pernicioso tanto para el individuo como para la especie. “Pero, si de hecho, el pudor no tiene aplicación práctica incluso cuando más alto habla, entonces ¿qué efecto ulterior cabe esperar de él? Cuando aparece el pudor todavía no se puede hablar de abusos y cuando aparecen los abusos ya no hay nada de qué hablar sobre del pudor. El hombre normal está sin esto suficientemente protegido de los excesos dañinos por medio del simple sentimiento de la necesidad satisfecha y el hombre anormal o corrompido por los instintos es el que menos se distingue en cuanto a pudor. Así que, en general, desde el punto de vista utilitario allí donde el pudor podría ser útil, no existe, y allí donde existe, no es necesario.”[4]

El hecho de avergonzarse no afecta a la materialidad corporal como tal (el hecho de la extensión, el peso, etc.), ni tampoco a aquellas partes de nuestra corporalidad que expresan nuestra naturaleza racional (como la cabeza, el rostro y las manos), sino a las funciones orgánicas que más nos asemejan con los demás animales, de manera especial, el ejercicio de la sexualidad, y no porque se la considere algo en sí perverso, sino porque el hombre, tomando distancia de su naturaleza animal, expresa que no se identifica (totalmente) con ella, que él es más que ella: al avergonzarse de su animalidad con ello mismo está mostrando que no es sólo animal. El pudor muestra, tanto o más que el habla, la presencia del espíritu en la naturaleza material orgánica del hombre. Por consiguiente, el pudor no aparece para preservar de abusos la función sexual, sino a causa del mero descubrimiento de la misma, por lo que no protege ningún género de bienestar del individuo o de la especie, sino que testimonia (y protege) su dignidad humana superior. La sexualidad, como manifestación máxima de la vida material orgánica al servicio de la especie, suscita una reacción del principio espiritual que no niega ni condena a aquella, sino que sirve de advertencia de que el hombre no puede ser un mero instrumento pasivo de los fines vitales, de que ha de preservar su dignidad y no supeditarla a la naturaleza inferior.

Es digna de mención la confluencia en la forma de entender el pudor del filósofo ruso con otros pensadores, que comparten con él, no obstante, la orientación personalista. Mencionamos, a título de ejemplo, a M. Scheler y E. Mounier. Scheler, en su ensayo de 1913, “Sobre la vergüenza y el pudor”,[5] afirma que el pudor es propio del ser que no es ni animal ni divino, sino que habita entre dos mundos; por ello, el hombre necesita no sólo de la luz objetivante, sino también de la oscuridad que le permite echar raíces hacia dentro y que impide que se lo reduzca a objeto. Según Scheler, el fenómeno del pudor se hace especialmente patente cuando se viola la esfera personal de alguien, que es, así, reducido a mero objeto. Así pues, el fenómeno del pudor tiene relación directa con esa esfera inviolable propia de la persona finita. Por eso, en el ámbito de la existencia personal, que es lo mismo que decir espiritual, el criterio (cartesiano, objetivante) de evidencia es inadecuado e improcedente. La persona y su esfera de intimidad espiritual no pueden ser puestos en evidencia (la misma expresión española es suficientemente expresiva y tiene un claro matiz negativo), y el pudor es precisamente la defensa de su dimensión personal, que prohíbe que se la haga completamente accesible y utilizable. Mounier, que cita además a Kierkegaard, Jaspers y también a Soloviov, se expresa en parecidos términos: “Se encuentra, a menudo, en los pensadores de inspiración personalista el tema del pudor. El pudor es el sentimiento que tiene la persona de no agotarse en sus expresiones y de estar amenazada en su ser por quien tome su existencia manifiesta por su existencia total. El pudor físico no significa que el cuerpo sea impuro, sino que yo soy infinitamente más que este cuerpo mirado o tomado. El pudor de los sentimientos significa que cado uno de ellos me limita y traiciona. Uno y otro expresan que no soy juguete de la naturaleza, ni del otro. No estoy avergonzado de ser esta desnudez o este personaje, sino de parecer que no soy más que esto. Lo contrario del pudor es la vulgaridad, el consentimiento en ser únicamente lo que ofrece la apariencia inmediata a exponerse a la mirada pública.”[6]

Volviendo a Soloviov, éste afirma que esta relación, en principio negativa con la naturaleza animal, que tiende a dominar el ser completo del hombre, es, no obstante, el principio de una liberación positiva: la afirmación de la propia dignidad, la no resignación a llevar una vida meramente animal. Y este afirmación de la dignidad moral, presente de manera semiinconsciente en el sentimiento de pudor, se eleva, por la acción de la razón, al principio moral del ascetismo.[7] Esta norma no significa la negación de la dimensión carnal, sino la exigencia de que la carne no domine al espíritu, y de que, al revés, aquella sea dominada por éste. Así, el espíritu humano, dada su inexcusable condición encarnada, no ha de negar la carne, sino realizarse en ella. Ello supone la espiritualización de la materialidad carnal, esto es, su personalización. Algo que se ve claramente en la sexualidad misma, que adecuadamente integrada en el ámbito moral y espiritual, se convierte en la expresión de un verdadero encuentro interpersonal y exclusivo entre los esposos, siempre en el ámbito pudoroso de la intimidad, y, desde la altura de la perspectiva cristiana, en un sacramento de la presencia de Dios en el mundo.

La importancia del pudor y del principio ascético para la vida moral no deben hacer pensar que ésta se agota en ellos. La condición primera de la moralidad no debe convertirse en el fin último, pues la fortaleza del autodominio ascético puede traducirse en una mala voluntad egoísta, orgullosa o cruel. Los datos originarios de la moralidad ponen en el hombre, junto al sentimiento de pudor, el de compasión dirigido a los seres semejantes a él, y el de veneración, referido a la realidad superior a él. Estos sentimientos, de nuevo por la mediación racional, dan lugar respectivamente a los principios morales de la justicia y de la obediencia. El primero regula las relaciones interhumanas, el segundo abre el ámbito de la religión, que arrancando de la experiencia de los propios padres (sentidos como fuerza superior, benéfica y providente), se va ampliando después a los antepasados, hasta lograr su plenitud en la conciencia de un Dios trascendente creador y Padre de todos los hombres.

Estos sentimientos y sus correspondientes principios están íntimamente relacionados entre sí. Así, en lo que hace a la justicia, las lenguas antiguas expresan la idea de la conciencia moral en general con el término “vergüenza”. Realmente, nuestra experiencia nos enseña que, cuando actuamos injustamente porque el sentimiento moral de compasión y las exigencias de justicia y solidaridad no aparecieron en el momento de la acción, es frecuente que después nos dolamos de haber actuado así, y nos avergoncemos de ello (sin que haya aquí una relación directa con el objeto primario del pudor). Ello indica que el sentimiento de pudor, aunque está inmediatamente relacionado con la corporalidad y la sexualidad, desborda este sentido y afecta a toda la esfera moral, a cualquier trasgresión de la norma moral. Y, respecto del sentimiento religioso de veneración a la realidad superior y absoluta, aquí encontramos el verdadero fundamento religioso de la moralidad, o el principio moral de la religión. Y el punto central es que si esa realidad superior no fuera en sí misma absolutamente valiosa, es decir, el Bien absoluto e incondicional, todo el resto del esfuerzo moral (de someter las pasiones a la razón o, dicho de otra manera, la carne al espíritu; y de ser compasivo y justo con los semejantes), que en la percepción inmediata e intuitiva tiene sentido, carecería absolutamente de él. Esta ausencia total de sentido se daría en el caso de que en vez de un Bien absoluto e incondicional, identificado con el Ser absoluto y autosuficiente, sólo hubiera una materia perfectamente indiferente al dominio del valor, o si el bien que percibimos psicológicamente de hecho fuera sólo una mera proyección subjetiva. Las dos alternativas, por cierto, son entre sí compatibles y suelen ir de la mano en toda suerte de reduccionismos naturalistas. Y lo que se ha dicho del Bien se aplica de manera correspondiente a la dignidad humana que determina su carácter moral. Por esta dignidad el hombre no se reduce a mero caso numérico del género, sino que dice: “no soy género, aunque proceda de él; no soy genus sino genius”. Y no por la presencia en determinado individuo de capacidades excepcionales (que, al final, también se han de comer la tierra), sino por algo presente en cada individuo humano, según lo cual cada uno de ellos tiene sentido y valor por sí mismo.[8] La dignidad del hombre significa que éste no se conforma con ser un mero medio o instrumento del proceso natural, no se conforma con la mala infinitud impersonal del género, sino que aspira a alcanzar él mismo la plenitud de la vida eterna, realizando efectivamente lo que ya acoge idealmente por medio de la apertura infinita de su conciencia. Es claro que alcanzar esa infinitud (la bienaventuranza de que habla la teología cristiana) es posible sólo por medio de la comunión con Dios, es decir, por medio de la gracia.

Vemos, pues, cómo la dignidad propia del ser humano, revelada primariamente por el sentimiento de pudor, encuentra su plena realización y plenitud sólo en el ámbito de la experiencia religiosa (e incluye en sí la relación debida con todos los demás seres humanos y, por medio de ellos, con el conjunto de la creación).

¿Qué podemos decir como corolario de nuestra reflexión sobre el pudor, guiada por el maestro Soloviov? El desprestigio en que este noble sentimiento ha caído en nuestra actual cultura de masas da que pensar. Dejando a un lado todo género de mojigatería moral, no es posible estar de acuerdo con la tendencia hodierna a la transgresión sistemática de las formas sanas y debidas del pudor. No sólo se transgreden continuamente los límites físicos del mismo (en medios de comunicación social, espectáculos, propaganda, formas de vestir “a la moda” y hasta en campañas presuntamente educativas dirigidas por nuestras autoridades políticas), sino que se hace continuamente alarde de impudicia psicológica y espiritual, por ejemplo, en programas de gran éxito de audiencia, en los que personajillos de escasa catadura moral pero con buena presencia y mejor cuenta corriente exhiben todo tipo de miserias emocionales. Este culto por la transgresión del pudor corre paralelo a los ataques crecientes a las creencias religiosas, especialmente las ligadas al cristianismo y a su expresión eclesial. Se están minando de manera sistemática los cimientos, no ya del pudor y de la religión, sino de la dignidad humana. Y removidos estos cimientos, la retórica solidarista que todavía se escucha tiene el peligro de reducirse a un sentimentalismo aderezado de moralina, en vez de ser una voluntad eficaz, dispuesta a renunciar al propio bienestar, por mejorar las condiciones de vida de los más desfavorecidos; a un lenitivo para adormecer y tranquilizar lo que nos queda de conciencia moral. Esos ataques a los sentimientos de pudor y a la fe religiosa, al desnudarnos de nuestra dignidad personal, nos dejan desarmados frente a las posibilidades crecientes de manipulación, frente a toda forma de ingeniería social, que pretende reducirnos a una masa moldeable, que, eso sí, se siente muy satisfecha de ser tan crítica, tan progre, tan liberada de “viejos atavismos morales y religiosos”.

En mi modesta opinión, toda la perniciosa y antipersonalista ideología de género, oficialmente adoptada por la Unión Europea y que nos están haciendo ingerir a grandes tragos (empezando por ese lenguaje tan políticamente correcto como afectado y cursi, y terminando por todo un universo de pseudo valores y supuestos “nuevos derechos” que van desde el aborto hasta la eutanasia, pasando por las pretendidas “opciones sexuales”), no es sino la expresión avasalladora de esta voluntad de manipulación a gran escala. Ante ella, es preciso hoy invocar, defender y reivindicar valores tradicionales y, a la vez, fundamento de un verdadero progreso, como el pudor y el sentido de la ascética, el matrimonio y la familia, la educación exigente, la solidaridad basada en el autosacrificio y la capacidad de dar la vida, la fe cristiana y la pertenencia eclesial; valores que, por mucho desprestigio social que puedan atraerse, son hoy una verdadera profecía de la irreductible dignidad humana, una forma de ir contracorriente y de denunciar y resistir a los nuevos bárbaros que ya se han instalado en el poder.


[2] Me refiero a La justificación del Bien, (1899). La traducción española de esta obra verá la luz en 2011, publicada por Ediciones Sígueme (Salamanca).

[3] Cf. V. Soloviov, La justificación del Bien, cap. 1. I y II.

[4] Ibíd., cap. 1. II.

[5] M. Scheler, Über Scham und Schamgefühl, en Gesammelte Werke, vol. 10. Schriften aus dem Nachlaß. Band I: Zur Ethik und Erkenntnislehre, Bou­vier Verlag Herbert Grundmann, Bonn 1986, 3.ª ed., pp. 65-154. Cf. G. Cusinato, Scheler. Il Dio in divenire, Ed. Messaggero, Padova, 2002, pp. 77-79.

[6] E. Mounier, El personalismo, en Obras completas, vol. III, Ed. Sígueme, Salamanca, 1990, p. 487.

[7] No podemos extendernos aquí en este punto, pero es interesante indicar la sintonía con el modo scheleriano de entender el ascetismo, como el máximo de goce con un mínimo de cosas agradables y útiles; mientras que en la sociedad de consumo se impone el estúpido ideal de un mínimo de goce con un máximo de cosas agradables y útiles. Cf. M. Scheler, El resentimiento en la moral, Caparrós, Madrid, 1998, 2.ª ed., pp. 123 y sigs.

[8] Cf. V. Soloviov, op. cit., cap. 7, III y IV. En latín “Genius” es la divinidad particular de cada hombre, que nacía y moría con él. En el sentido en que lo usa Soloviov se puede traducir sencillamente por “espíritu”.

Religión y magia. Claves para su distinción

diciembre 7, 2008

Cuestiones interesantes sobre la relación entre fe y cultura se pueden encontrar en el Blog http://culturayfe.wordpress.com/ en el que colaboro y en el que se encuentra una versión prácticamente idéntica de este mismo artículo (pero también muchos otros de otros colaboradores). Os lo recomiendo.

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