Archive for the ‘Homilía’ Category

Domingo 2 de Adviento (B)

diciembre 9, 2017

Lectura del libro de Isaías 40, 1-5. 9-11 Preparadle un camino al Señor

«Consolad, consolad a mi pueblo, -dice vuestro Dios-; hablad al corazón de Jerusalén, gritadle, que se ha cumplido su servicio, y está pagado su crimen, pues de la mano del Señor ha recibido doble paga por sus pecados.» Una voz grita: «En el desierto preparadle un camino al Señor; allanad en la estepa una calzada para nuestro Dios; que los valles se levanten, que montes y colinas se abajen, que lo torcido se enderece y lo escabroso se iguale. Se revelará la gloria del Señor, y la verán todos los hombres juntos – ha hablado la boca del Señor- » Súbete a un monte elevado, heraldo de Sion; alza fuerte la voz, heraldo de Jerusalén; álzala, no temas, di a las ciudades de Judá: «Aquí está vuestro Dios. Mirad, el Señor Dios llega con poder, y su brazo manda. Mirad, viene con él su salario, y su recompensa lo precede. Como un pastor que apacienta el rebaño, su brazo lo reúne, toma en brazos los corderos y hace recostar a las madres.»

Sal 84, 9ab-10. 11-12. 13-14 R. Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación.

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pedro 3, 8-14 Esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva

Queridos hermanos: No perdáis de vista una cosa: para el Señor un día es como mil años, y mil años como un día. El Señor no tarda en cumplir su promesa, como creen algunos. Lo que ocurre es que tiene mucha paciencia con vosotros, porque no quiere que nadie perezca, sino que todos se conviertan. El día del Señor llegará como un ladrón. Entonces el cielo desaparecerá con gran estrépito; los elementos se desintegrarán abrasados, y la tierra con todas sus obras se consumirá. Si todo este mundo se va a desintegrar de este modo, ¡qué santa y piadosa ha de ser vuestra vida! Esperad y apresurad la venida del Señor, cuando desaparecerán los cielos, consumidos por el fuego, y se derretirán los elementos. Pero nosotros, confiados en la promesa del Señor, esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva en que habite la justicia. Por tanto, queridos hermanos, mientras esperáis estos acontecimientos, procurad que Dios os encuentre en paz con él, inmaculados e irreprochables.

Lectura del santo evangelio según san Marcos 1,1-8 Allanad los senderos del Señor

Comienza el Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios. Está escrito en el profeta Isaías: «Yo envío mi mensajero delante de ti para que te prepare el camino. Una voz grita en el desierto: “Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos.”» Juan bautizaba en el desierto; predicaba que se convirtieran y se bautizaran, para que se les perdonasen los pecados. Acudía la gente de Judea y de Jerusalén, confesaban sus pecados, y él los bautizaba en el Jordán. Juan iba vestido de piel de camello, con una correa de cuero a la cintura, y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre. Y proclamaba: – «Detrás de mí viene el que puede más que yo, y yo no merezco agacharme para desatarle las sandalias. Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo.»

 

 

Preparad el camino del Señor

 

A. Ivanov, La aparición de Cristo al Pueblo – Galería Tretyakov (Moscú)

Marcos abre su Evangelio directamente con una confesión de fe: Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios. Y esta confesión no es el mero enunciado de una verdad teológica, sino que lleva consigo connotaciones extraordinariamente positivas y alegres: es un “Evangelio”, una Buena Noticia. La inmediata alusión a la profecía de Isaías y al nuevo profeta, Juan, y su actividad en el desierto, habla de que esta alegre nueva es el cumplimiento definitivo y pleno de las antiguas promesas de Dios. El Dios Padre de Jesucristo, es un Dios que cumple sus promesas. Pero, ¡cuánto nos cuesta creerlo! Incluso los creyentes estamos tocados por la enfermedad del escepticismo, sobre todo en lo que se refiere a la historia y al mundo en el que vivimos. Nos es relativamente fácil creer en el Dios que está allá arriba, en el cielo, pero no en el que se acerca, se encarna, se implica en nuestra historia y cumple su Palabra. La carta de Pedro da testimonio de esa incredulidad que tantas veces nos aflige: “El Señor no tarda en cumplir su promesa, como creen algunos” (2P 3, 9). Hay, incluso, quienes miran a esta supuesta tardanza con desprecio, como recuerda Pedro pocas línea antes: “Vendrán hombres llenos de sarcasmo que… dirán en son de burla: ¿Dónde queda la Promesa de su venida?… Todo sigue como al principio de la creación” (2P 3, 4).

Adviento es el tiempo que nos invita a refrescar nuestra esperanza, a sacudirnos el escepticismo, a no vivir de espaldas a las promesas de Dios, a curarnos la ceguera a los signos de su venida. ¿Qué signos son esos? Estamos hablando, no lo olvidemos, de una “buena noticia”. Por lo tanto, se trata de signos de vida, y de vida nueva. Estos signos hay que buscarlos y encontrarlos en un mundo cargado de motivos de muerte, un mundo viejo y caduco, que se encamina por sí mismo a su propio final. Las expresiones apocalípticas de la carta de Pedro sobre la desintegración del mundo hay que entenderlas en este sentido: no es que Dios se disponga a destruir nada, sino que lo caduco de este mundo tiende a su propio fin. Pero de entre sus ruinas florece la esperanza de un cielo nuevo y una tierra, y a ellos mira la vida piadosa que debemos conducir: esperamos que el cielo venga a la tierra y la haga nueva por medio de la justicia, esperamos la visita de Dios, portador y fuente de toda justicia.

Pero nuestra esperanza no es la de los espectadores que, sentados, se limitan a contemplar y a esperar el “final feliz”, sino la de actores que preparan, anticipan y hacen posible esa venida. Nos lo recuerda de nuevo Pedro: “Esperad y apresurad la venida del Señor”. La obra de la justicia también es tarea nuestra: ir trabajando en este mundo viejo para hacerlo nuevo, allanar calzadas, alzar valles y abajar colinas, abrir caminos por lo que pueda transitar el Señor. Y esto hemos de hacerlo, en primer lugar, en nosotros mismos, pues también nosotros somos partícipes del mundo viejo llamado a renovarse. Tenemos que abrir en nosotros mismos espacios de justicia, y el primer paso al que nos llama y en el que nos ayuda Juan el Bautista, el profeta del cumplimiento inminente, es el de reconocer nuestra propia injusticia, convertirnos, confesar nuestros pecados y purificarnos por dentro, es decir, hacer nuestra parte removiendo obstáculos, preparando el camino del que viene a hacer nuevas todas las cosas (cf. Ap 21, 5), del que nos bautizará con Espíritu Santo y fuego.

Ante el viejo mundo, en el que no habita la justicia, la actitud correcta no es limitarse a denunciar (aunque también haya que hacerlo), ni sobre todo a lamentarse, indignarse o amenazar; hay que ponerse manos a la obra, corregir, construir y renovar, empezando por uno mismo. De esta manera, no sólo aprendemos a descubrir los signos de la venida, del cumplimiento de las promesas, sino que nos vamos convirtiendo nosotros mismos en signos de esa esperanza que se cumple, nos vamos transformando en profetas, como Juan.

La dimensión profética es consustancial a la vocación cristiana. Significa vivir en la encrucijada entre el mundo viejo y el nuevo. Y ello conlleva con frecuencia vivir en el desierto: el lugar no transitado por las modas y los poderes. La soledad del desierto es el precio de la autenticidad, pero es también el comienzo del mundo nuevo, el lugar que atraviesa el camino por el que viene el Señor. Sí, decididamente, tenemos que aprender a vivir como profetas, como precursores, como Juan: vivir con sencillez y, aun sin descuidar nuestras necesidades básicas (comer, beber y vestirse, como Juan), no hacer de ellas ni la meta principal, ni el sentido de nuestra vida. Ese sentido consiste para nosotros en ser signos, que indican la cercanía del Salvador, y preparan su venida. Y, sabiendo que se trata de una nueva realmente buena, no podemos ser profetas de catástrofes, sino de consuelo: “Consolad, consolad a mi pueblo, –dice vuestro Dios–; hablad al corazón de Jerusalén”; profetas que anuncian no amenazas, sino perdón: “está pagado su crimen, pues de la mano del Señor ha recibido doble paga por sus pecados”; que no subrayan tanto el final del mundo viejo, cuanto el principio del nuevo, reconciliado, reunido en torno al buen pastor que viene a congregarnos y que se ocupa de nosotros: “Como un pastor que apacienta el rebaño, su brazo lo reúne, toma en brazos los corderos y hace recostar a las madres”.

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Domingo 1 de Adviento (B)

diciembre 1, 2017

Lectura del libro de Isaías 63, 16b-17. 19b; 64, 2b-7¡Ojalá rasgases el cielo y bajases!

Tú, Señor, eres nuestro padre, tu nombre de siempre es «Nuestro redentor». Señor, ¿por qué nos extravías de tus caminos y endureces nuestro corazón para que no te tema? Vuélvete, por amor a tus siervos y a las tribus de tu heredad. ¡Ojalá rasgases el cielo y bajases, derritiendo los montes con tu presencia! Bajaste, y los montes se derritieron con tu presencia, jamás oído oyó ni ojo vio un Dios, fuera de ti que hiciera tanto por el que espera en él. Sales al encuentro del que practica la justicia y se acuerda de tus caminos. Estabas airado, y nosotros fracasamos; aparta nuestras culpas, y seremos salvos. Todos éramos impuros, nuestra justicia era un paño manchado; todos nos marchitábamos como follaje, nuestras culpas nos arrebataban como el viento. Nadie invocaba tu nombre ni se esforzaba por aferrarse a ti; pues nos ocultabas tu rostro y nos entregabas en poder de nuestra culpa. Y, sin embargo, Señor, tú eres nuestro padre, nosotros la arcilla y tú el alfarero: somos todos obra de tu mano.

Sal 79, 2ac y 3b. 15-16. 18-19 R. Oh Dios, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve.

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 1,3-9 Aguardamos la manifestación de nuestro Señor Jesucristo

Hermanos: La gracia y la paz de parte de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo sean con vosotros. En mi acción de gracias a Dios os tengo siempre presentes, por la gracia que Dios os ha dado en Cristo Jesús. Pues por él habéis sido enriquecidos en todo: en el hablar y en el saber; porque en vosotros se ha probado el testimonio de Cristo. De hecho, no carecéis de ningún don, vosotros que aguardáis la manifestación de nuestro Señor Jesucristo. Él os mantendrá firmes hasta el final, para que no tengan de qué acusaros en el día de Jesucristo, Señor nuestro. Dios os llamó a participar en la vida de su Hijo, Jesucristo, Señor nuestro. ¡Y él es fiel!

Lectura del santo evangelio según san Marcos 13,33-37 Velad, pues no sabéis cuándo vendrá el dueño de la casa

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: – «Mirad, vigilad: pues no sabéis cuándo es el momento. Es igual que un hombre que se fue de viaje y dejó su casa, y dio a cada uno de sus criados su tarea, encargando al portero que velara. Velad entonces, pues no sabéis cuándo vendrá el dueño de la casa, si al atardecer, o a medianoche, o al canto del gallo, o al amanecer; no sea que venga inesperadamente y os encuentre dormidos. Lo que os digo a vosotros lo, digo a todos: ¡Velad!»

 

La espera y la esperanza

En el corazón el hombre, de todo hombre, habita un anhelo de bien, de felicidad, de plenitud, en definitiva, de salvación. Este anhelo puede revestirse de los más diversos ropajes, de las ideas y representaciones más dispares, pero, en el fondo, todos deseamos que nos vaya bien, que nuestra vida no se malogre; y esto incluye, naturalmente, que tal suerte abrace también “a los nuestros” (cuyos límites, si bien se piensa, se ensanchan hasta incluir a la humanidad entera). Es una sed de amar y ser amado bajo la que late el secreto deseo de Dios. Podemos racionalizar este deseo de mil formas: confiando en una futura realización fruto del progreso de la humanidad, esa idea tan activa y potente de la época moderna, como indefinida y confusa; o bien, negándolo, diciéndonos (cómo hacen los “postmodernos”) que es una utopía irrealizable y resignándonos a ello.

La fe cristiana (ya desde sus raíces veterotestamentarias) nos dice que ese deseo no es una utopía huera y sin esperanza. Pero nos recuerda también que no es algo que el hombre pueda construir con sus propias y solas fuerzas. La tentación de crear torres de Babel es permanente en la historia humana. Sabemos bien cómo suelen terminar: puesto que una tarea imprescindible para alcanzar la plenitud del bien (el bienestar y la justicia) es la eliminación del mal en todas sus formas, los intentos de realizar la utopía suelen empezar por la tarea de destruir el mal y lo que se consideran sus causas, lo que suele terminar en algún régimen de terror que se dedica sobre todo a destruir a los malvados (a los que la utopía de turno así califica).

Lo que la fe cristiana nos dice es que ese anhelo que habita en el corazón del hombre, y que lo sostiene en la dificultad y le hace esperar la superación del mal que le atenaza, es un don de lo alto, un don de Dios, igual que la vida, la libertad y la dignidad humana. ¿Supone esto, acaso, una invitación a la pasividad, a “esperar sentados”? No, en modo alguno. La esperanza cristiana es una espera activa, que prohíbe toda pasividad. Jesús lo expresa hoy con una plasticidad insuperable: estar a la espera significa velar; y velar significa realizar con responsabilidad la tarea que se nos ha confiado. Decía Ortega que la vida es quehacer, pues la vida nos da mucho que hacer. Y es verdad. Se nos ha entregado un espacio de responsabilidad y, lo queramos o no, tenemos cosas que hacer. Para vivir con responsabilidad y hacer las cosas que tenemos que hacer, no de cualquier manera, sino “bien”, como se deben hacer, hay que vivir conscientemente, con los ojos abiertos, con el corazón despierto. De esa manera, emerge a nuestra conciencia la tensión de la esperanza que se activa por ese anhelo originario de bien que nos habita por dentro inevitablemente, pero a veces de manera inconsciente, a veces aturdida por el aluvión de las preocupaciones cotidianas, como árboles que nos impiden ver el bosque. La esperanza activa y consciente nos abre los ojos para descubrir que nuestro anhelo de bien y plenitud tiene sentido y, por eso, tienen sentido nuestros esfuerzos y quehaceres cotidianos, que no se limitan a maniobras de distracción para una supervivencia efímera y condenada a la nada.

La Navidad es el rostro concreto de la esperanza cristiana, la respuesta que la fe cristiana ofrece a ese anhelo latente del corazón humano. Pero hemos de tener cuidado. Celebramos litúrgicamente la Navidad, le ponemos fecha, podemos programarla gracias al calendario. Mas lo que la Navidad significa y representa no es posible programarlo a fecha fija. No es posible programar, por ejemplo, la adquisición de la virtud, ni el acontecimiento del amor. Nos haría sonreír con incredulidad que alguien nos dijera que, dadas sus ocupaciones, ha planeado enamorarse justo dentro de un año y medio, y que calcula que en tres años de ejercicios continuados habrá alcanzado la virtud de la paciencia (y, ya puestos, en uno más, la de la prudencia). Las dimensiones más importantes de la vida no son el cumplimiento voluntarioso y previsible de un plan, sino un acontecimiento que se hace presente en la vida como un don. Y, sin embargo, no es un don totalmente inesperado: es, por el contrario, aquello que hemos esperado largo tiempo, por lo que nos hemos esforzado poniendo las condiciones para que ese acontecimiento tenga lugar alguna vez, sin que, sin embargo, podamos forzar su advenimiento.

El Señor viene a nuestra vida. La Navidad no es sólo el recuerdo de un hecho histórico sucedido de una vez y para siempre, no es, sobre todo, una efeméride en el calendario. La encarnación del Hijo de Dios en la historia de la humanidad hace unos 2017 años es un acontecimiento que debe suceder de nuevo en la vida de cada uno de nosotros. Cada cual tiene su historia. Aquí no caben esquemas fijos ni fórmulas preconcebidas. Pero sí cabe permanecer en vela, abrir los ojos, purificar el corazón, esforzarse por el bien, elevar al Señor una plegaria, en definitiva, vivir en esa activa esperanza en que una conciencia despierta convierte el anhelo humano de plenitud y felicidad.

Que nadie piense que ese acontecimiento está vetado para uno mismo: Dios adquiere rostro humano para todos, y llama a la puerta de cada uno. Y que nadie crea que para él eso ya ha sucedido (pues tiene ya fe y la practica): el que cree haber abierto ya la puerta ha de saber que ese acontecimiento nunca está concluido del todo, y debe realizarse siempre de nuevo a un nivel de mayor profundidad. Pues así como nadie le es a Dios extraño, tampoco puede creer nadie que ya lo conoce o posee suficientemente.

La verdadera esperanza consciente y activa nos libra de la desesperación y de la presunción. La palabra que Jesús nos dirige hoy es una llamada esencial, que apunta al centro del corazón humano, de todo hombre: “Lo que os digo a vosotros lo digo a todos: ¡Velad!”; es decir, no os encerréis en esquemas estrechos y rígidos; no os dejéis amodorrar por la rutina; no seáis prisioneros de vuestras seguridades (ni siquiera de vuestras pretendidas virtudes y buenas obras); no le pongáis puertas al campo, ni queráis encerrar al sol en aerosoles; abríos a dimensiones nuevas, abrid los ojos y el corazón, levantad la cabeza, el horizonte es más grande que vuestra mirada y la medida de vuestros sueños mayor que el recorrido de vuestras piernas.

Que nuestras limitaciones (que tan claramente experimentamos) no nos hagan desesperar de nuestras posibilidades, infinitamente mayores que aquellas, gracias sencillamente a la fuente inagotable de nuestro origen: “Señor, tú eres nuestro padre, nosotros la arcilla y tú el alfarero: somos todos obra de tu mano”.

Domingo 34 del Tiempo Ordinario (A) Jesucristo, Rey del Universo

noviembre 24, 2017

Lectura de la profecía de Ezequiel 34, 11-12. 15-17 A vosotras, mis ovejas, voy a juzgar entre oveja y oveja

Así dice el Señor Dios: «Yo mismo en persona buscaré a mis ovejas, siguiendo su rastro. Como sigue el pastor el rastro de su rebaño, cuando las ovejas se le dispersan, así seguiré yo el rastro de mis ovejas y las libraré, sacándolas de todos los lugares por donde se desperdigaron un día de oscuridad y nubarrones. Yo mismo apacentaré mis ovejas, yo mismo las haré sestear -oráculo del Señor Dios-. Buscaré las ovejas perdidas, recogeré a las descarriadas; vendaré a las heridas; curaré a las enfermas: a las gordas y fuertes las guardaré y las apacentaré como es debido. Y a vosotras, mis ovejas, así dice el Señor: Voy a juzgar entre oveja y oveja, entre carnero y macho cabrío.»

Salmo responsorial Sal 22, 1-2a. 2b-3. 5. 6. El Señor es mi pastor, nada me falta.

Lectura de la primera carta de san Pablo a los Corintios 15, 20-26. 28 Devolverá a Dios Padre su reino, y así Dios lo será todo para todos

Hermanos: Cristo resucitó de entre los muertos: el primero de todos. Si por un hombre vino la muerte, por un hombre ha venido la resurrección. Si por Adán murieron todos, por Cristo todos volverán a la vida. Pero cada uno en su puesto: primero Cristo, como primicia; después, cuando él vuelva, todos los que son de Cristo; después los últimos, cuando Cristo devuelva a Dios Padre su reino, una vez aniquilado todo principado, poder y fuerza. Cristo tiene que reinar hasta que Dios haga de sus enemigos estrado de sus pies. El último enemigo aniquilado será la muerte. Y, cuando todo esté sometido, entonces también el Hijo se someterá a Dios, al que se lo había sometido todo. Y así Dios lo será todo para todos.

Lectura del santo evangelio según san Mateo 25, 31-46 Se sentará en el trono de su gloria y separará a unos de otros

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Cuando venga en su gloria el Hijo del hombre, y todos los ángeles con él, se sentará en el trono de su gloria, y serán reunidas ante él todas las naciones. Él separará a unos de otros, como un pastor separa las ovejas, de las cabras. Y pondrá las ovejas a su derecha y las cabras a su izquierda. Entonces dirá el rey a los de su derecha: “Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme.” Entonces los justos le contestarán: “Señor, ¿cuándo te vimos con hambre y te alimentamos, o con sed y te dimos de beber?; ¿cuándo te vimos forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos?; ¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte?” Y el rey les dirá: “Os aseguro que cada vez que lo hicisteis con uno de éstos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis.” Y entonces dirá a los de su izquierda: “Apartaos de mi, malditos, id al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber, fui forastero y no me hospedasteis, estuve desnudo y no me vestisteis, enfermo y en la cárcel y no me visitasteis.” Entonces también éstos contestarán: “Señor, ¿cuándo te vimos con hambre o con sed, o forastero o desnudo, o enfermo o en la cárcel, y no te asistirnos?” Y él replicará: “Os aseguro que cada vez que no lo hicisteis con uno de éstos, los humildes, tampoco lo hicisteis conmigo.” Y éstos irán al castigo eterno, y los justos a la vida eterna.»

 

El juicio final

En fuerte contraste con otras parábolas suyas, que se distinguen por su extrema sencillez, aquí Jesús realiza un alarde de imaginación y nos dibuja un cuadro magnífico y solemne. La misma idea del juicio final evoca sentimientos tremendistas, nos hace imaginar escenarios terribles. Basta pensar en la fuerza y el dramatismo expresados en el célebre juicio final de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina. Por eso hay quienes creen que el Juicio final está pensado para asustar al ser humano con ese género de representaciones que contrastan mucho con sus (nuestras) preocupaciones cotidianas, mucho más modestas. Estas preocupaciones habituales e inevitables las resumía muy bien el filósofo Epicuro en lo que él llamaba “el grito de la carne”: “no tener hambre, no tener sed, no pasar frío”, o, si se quiere, en un lenguaje más actual, “un bienestar razonable”.

¿Se corresponde realmente el juicio de Dios con esas ideas tremendas, terribles y alejadas de la cotidianidad pedestre de nuestra vida?

En realidad, el juicio de Dios es “final” no, sobre todo, porque esté al final cronológico de la historia (sea ésta la historia universal, sea la pequeña historia que es la biografía de cada uno), sino porque trata de las dimensiones últimas, definitivas, pero realmente presentes, si bien no siempre de modo totalmente consciente, en la vida de cada día.

Hay que empezar diciendo que el juicio de Dios es, como todo juicio, un discernimiento y, por tanto, un proceso. En él, en la “fase de instrucción” o recogida de rastros y pruebas, Dios ha salido en busca del hombre, de modo parecido a cómo un pastor va en busca de su rebaño disperso, como de forma tan expresiva y bella describe el profeta Ezequiel en el texto de la primera lectura. Va Dios a la busca del que se ha perdido, de los “perdidos”. Esa pérdida (de sí) era ya toda una sentencia: el hombre se condena a sí mismo a muerte cuando se aleja de la fuente de la vida, de Aquel que se la ha regalado. Y si esa es la sentencia que el hombre dicta contra sí mismo (la que los seres humanos dictan además unos contra otros, de manera directa o indirecta, mediante la violencia y el odio, o mediante la indiferencia y el olvido egoísta), Dios ya ha juzgado de manera definitiva (un verdadero juicio final) sin apelación posible: su sentencia ha sido la misericordia y el perdón. Pero, como la otra sentencia, la de muerte, ya se ha hecho presente por el juicio (o la falta de él) del ser humano (Adán), Dios ha asumido esa sentencia sobre sí, y la ha padecido en Jesucristo. Y así, venciendo la muerte desde dentro, ha abierto a todos las puertas del perdón y de la vida, de la resurrección. Ese juicio de Dios es lo que con tanta concisión y fuerza nos transmite hoy la primera carta de Pablo a los Corintios.

Pero si todo esto es así, ¿a qué viene –podríamos preguntar– esa parábola grandiosa del juicio final? Más allá de la grandiosidad del escenario (requerido, sin embargo, por la seriedad de lo representado en él), reparemos en su contenido, en lo que Jesús nos quiere decir. Lo primero que nos dice es que ese juicio final también es un proceso que está sucediendo todos los días (también en fase de instrucción): no es algo que está en un lejano y brumoso futuro escatológico, sino precisamente en esa cotidianidad a la que nos referíamos al principio. En segundo lugar, se nos dice que, si el Juicio de Dios es el perdón y la misericordia, y esa sentencia ya ha sido dictada de una vez y para siempre en la muerte y resurrección de Jesucristo, ahora somos nosotros los que nos juzgamos a nosotros mismos: en la medida en que acogemos esa capacidad de compadecer (= padecer con) de Dios con nosotros y la proyectamos sobre los demás, precisamente sobre los que padecen (y, ¿quién no padece de un modo u otro?). Es decir, ese “grito de la carne” del que hablaba Epicuro, ese es el contenido del juicio que está en curso cada día, y en el que nosotros nos juzgamos a nosotros mismos. Pero si ese grito brota de modo espontáneo de la carne de cada uno referido a sí, aquí se nos habla de acoger el grito de aquellos que pasan hambre y sed, o están desnudos o solos o enfermos… Escuchar y responder. Sabemos lo que es padecer esas necesidades, pues todos estamos hechos de la misma pasta, todos tenemos carne; por tanto, podemos comprender los padecimientos ajenos, y participar en ellos, antes que nada no provocándolos (evitar ser causa del hambre o la sed, o el sufrimiento de nadie) y, en segundo lugar, tratando de remediarlos en la medida de nuestras posibilidades. Nadie puede decir que esos problemas no le conciernen, que no tiene que ver con ellos. Si no tenemos que ver con los sufrimientos de nuestros semejantes, ¿con quién tenemos nosotros que ver? Al decir eso, ¿no estamos dictando sentencia contra ellos, abandonándolos en su situación de necesidad, y contra nosotros mismos, rechazando la compasión y la misericordia que Dios nos ofrece? El juicio es discernimiento, y lo que separa o discierne a los seres humanos unos de otros no es, ante todo, ni el sexo, ni la raza, la nacionalidad, el nivel económico ni el de instrucción, ni siquiera, sobre todo, la confesión religiosa, sino la capacidad de compadecer, que es la que hace presente en la cotidianidad pedestre de nuestra vida y de sus preocupaciones más elementales lo que de definitivo, “final”, no pasajero ni mortal hay en la vida humana.

La sorpresa de los juzgados para la vida o para la condenación (“¿Cuándo, Señor no te atendimos?”) nos ayuda a comprender que en nuestra vida, aún sin ser del todo conscientes de ello, está continuamente presente el mismo Dios: el rostro de Cristo es el de nuestros semejantes, y de modo especial el de los que pasan necesidad. Realmente, el primer y principal sacramento de Dios en la tierra, su forma más universal y directa de presencia real, es el hombre, cada ser humano concreto, especialmente en sus sufrimientos. Ese “no saber” (que estaban desatendiendo a Cristo) tiene un significado muy concreto, que vale incluso para los que “saben”, para los creyentes que reconocen en los demás, sobre todo en los pobres, el rostro de Cristo. Y es que al compadecer, ayudar, visitar, consolar… no lo hacemos “para” salvarnos; como si fuera posible “comprar” la salvación a base de buenas obras; como si éstas fueran una técnica religiosa “para ir al cielo”. Cuando respondemos con misericordia (que incluye la justicia y es su forma suprema) a las necesidades ajenas, lo hacemos “porque” la salvación ya está operando en nosotros de un modo u otro; y la prueba de ello es nuestra capacidad de salir del círculo egoísta de nuestras necesidades y abrirnos a las necesidades de los demás. Esto es, lo hacemos por amor a ellos. Pero, ¿no es el amor la presencia de lo absoluto, definitivo y final, del mismo Dios, en nuestro mundo pasajero y mudable? Sí. Ese es el juicio de Dios y ese ha de ser el contenido del Juicio final, como dijo San Juan de la Cruz: “Al atardecer de la vida nos examinarán de amor”. O, como más lacónicamente aún dice San Pablo: “el amor no pasa nunca” (1 Cor 13, 8).

Domingo 33 del Tiempo Ordinario (A)

noviembre 18, 2017

Lectura del libro de los Proverbios 31, 10-13. 19-20. 30-31 Trabaja con la destreza de sus manos

Una mujer hacendosa, ¿quién la hallará? Vale mucho más que las perlas. Su marido se fía de ella, y no le faltan riquezas. Le trae ganancias y no pérdidas todos los días de su vida. Adquiere lana y lino, los trabaja con la destreza de sus manos. Extiende la mano hacia el huso y sostiene con la palma la rueca. Abre sus manos al necesitado y extiende el brazo al pobre. Engañosa es la gracia, fugaz la hermosura, la que teme al Señor merece alabanza. Cantadle por el éxito de su trabajo, que sus obras la alaben en la plaza.

 

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Tesalonicenses 5, 1-6 Que el día del Señor no os sorprenda como un ladrón

En lo referente al tiempo y a las circunstancias no necesitáis, hermanos, que os escriba. Sabéis perfectamente que el día del Señor llegará como un ladrón en la noche. Cuando estén diciendo: «Paz y seguridad», entonces, de improviso, les sobrevendrá la ruina, como los dolores de parto a la que está encinta, y no podrán escapar. Pero vosotros, hermanos, no vivís en tinieblas, para que ese día no os sorprenda como un ladrón, porque todos sois hijos de la luz e hijos del día; no lo sois de la noche ni de las tinieblas, Así, pues, no durmamos como los demás, sino estemos vigilantes y despejados.

 

Lectura del santo evangelio según san Mateo 25, 14-30 Has sido fiel en lo poco, pasa al banquete de tu Señor

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: -«Un hombre, al irse de viaje, llamó a sus empleados y los dejó encargados de sus bienes: a uno le dejó cinco talentos de plata, a otro dos, a otro uno, a cada cual según su capacidad; luego se marchó. El que recibió cinco talentos fue en seguida a negociar con ellos y ganó otros cinco. El que recibió dos hizo lo mismo y ganó otros dos. En cambio, el que recibió uno hizo un hoyo en la tierra y escondió el dinero de su señor. Al cabo de mucho tiempo volvió el señor de aquellos empleados y se puso a ajustar las cuentas con ellos. Se acercó el que había recibido cinco talentos y le presentó otros cinco, diciendo: “Señor, cinco talentos me dejaste; mira, he ganado otros cinco.” Su señor le dijo: “Muy bien. Eres un empleado fiel y cumplidor; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; pasa al banquete de tu señor.” Se acercó luego el que había recibido dos talentos y dijo: “Señor, dos talentos me dejaste; mira, he ganado otros dos.” Su señor le dijo: “Muy bien. Eres un empleado fiel y cumplidor; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; pasa al banquete de tu señor.” Finalmente, se acercó el que había recibido un talento y dijo: “Señor, sabía que eres exigente, que siegas donde no siembras y recoges donde no esparces, tuve miedo y fui a esconder mi talento bajo tierra. Aquí tienes lo tuyo.” El señor le respondió: “Eres un empleado negligente y holgazán. ¿Con que sabias que siego donde no siembro y recojo donde no esparzo? Pues debías haber puesto mi dinero en el banco, para que, al volver yo, pudiera recoger lo mío con los intereses. Quitadle el talento y dádselo al que tiene diez. Porque al que tiene se le dará y le sobrará, pero al que no tiene, se le quitará hasta lo que tiene. Y a ese empleado inútil echadle fuera, a las tinieblas; allí será el llanto y el rechinar de dientes.”

Una esperanza activa

Nos acercamos paso a paso al final del año litúrgico y la Palabra de Dios nos invita a reflexionar sobre eso que llamamos el fin del mundo. Algunos han considerado que esta doctrina cristiana del fin del mundo era una forma algo tétrica de asustar a la gente. Pero ahora resulta que, en estos tiempos de crisis ecológica y agotamiento de los recursos, estamos casi palpando los límites del mundo y sintiendo la inquietud de que, si seguimos por este camino, la vida (al menos la humana) sobre la tierra se hará inviable. Y, ante esta perspectiva amenazante, nos sentimos llamados a actuar de manera responsable: usar con medida los recursos de la tierra, para que duren y alcancen para todos, también a las futuras generaciones. Pues bien, a esta responsabilidad fundamental es a lo que nos llama hoy Jesús con la parábola de los talentos. Y no sólo respecto de los recursos de la tierra, sino, en general, y también respecto de los recursos de que disponemos personalmente cada uno. Porque el fin de mundo no es sólo un acontecimiento cósmico posible más o menos remoto, sino que tiene también un dimensión estrictamente personal: es la certeza de que la vida humana, la de cada uno de nosotros, es limitada y de que llegará el momento en que habremos de hacer las cuentas con lo que hemos hecho en y con ella. Así, esta parábola completa la que meditamos en el domingo 32 sobre las diez vírgenes: porque nuestro presente no está cerrado sobre sí mismo, estamos a la espera de un acontecimiento futuro que se anuncia con tonos festivos (la venida del esposo, la celebración de una fiesta), pero que también es una llamada a la responsabilidad, a un rendimiento de cuentas. Lo que significa que la espera no es, no debe ser, una actitud pasiva y ociosa. Si la parábola de las vírgenes nos avisaba de que la espera ha de ser prudente (hay que hacer provisión de aceite), ahora se subraya ante todo la necesidad de que no sea ociosa, sino activa y, por tanto, productiva.

No hay nada de tétrico en todo esto. La responsabilidad es parte de nuestra vida, porque es parte de nuestra libertad. Nuestras acciones son nuestras, de cada uno, y por eso cada uno se convierte en responsable de lo que hace. La vida es un don a nuestra disposición, pero, como es vida, es también dinamismo, actividad, tarea, tendencia a crecer, capacidad de dar frutos, de producir, de multiplicarse. Como en la tierra con el problema ecológico, nuestros recursos vitales (capacidades naturales, habilidades adquiridas, relaciones, medios materiales y de cualquier otro tipo, etc.) son limitados, como es limitado el plazo temporal de nuestra responsabilidad. Por eso, hemos de discernir con cuidado qué hacer con todo ello. La vida es una cosa seria, no hay que tomársela a broma. Hay que saber invertir los talentos recibidos para que nuestra vida sea fecunda. Lo contrario de esa inversión es dilapidarlos hasta llegar a la ruina, o esconderlos llevando una vida egoísta y estéril.

Jesús, en su parábola, elige bien la comparación: la toma del ámbito económico, porque ahí la cosa es más patente, pero también es claro que la inversión de la que habla es de otro tipo. Nuestra vida da réditos y frutos y se hace fecunda en la medida en que nos esforzamos por hacer el bien. Hay aspectos de la vida (producir arte, o ciencia y conocimiento, o grandes intereses económicos) que no están en manos de todos, no todos han recibido talentos para ello, pero cada uno, con lo que ha recibido, poco o mucho, puede esforzarse en hacer el bien, en multiplicar la alegría y no la tristeza, en vivir con justicia, en acoger al que sufre, ayudar al necesitado, ser fiel a la palabra dada, y así un largo etcétera. Porque estas cosas dependen estrictamente de nuestra voluntad. En este sentido, nadie ha recibido muchos o pocos talentos, sino que cada uno tiene los suyos, y se le pide que los haga fructificar en la medida de sus posibilidades. La responsabilidad es un hecho absoluto, pero proporcional. Por eso a cada uno se le piden frutos acordes con los talentos recibidos. La fidelidad no es cuestión de tallas ni de tamaños. El que es fiel, lo es en lo pequeño y en lo grande. Y la fidelidad en las pequeñas cosas de cada día es el mejor entrenamiento para garantizar la fidelidad cuando lleguen, si es que llegan, los momentos difíciles y las grandes pruebas.

El elogio de la mujer hacendosa de la primera lectura no es necesario leerlo en clave sólo femenina, sino que es el elogio de la persona responsable, que se toma la vida en serio y multiplica el bien en torno a sí, mejorando el mundo en el que le ha tocado vivir.

Además, como no sabemos el día ni la hora de nuestro particular fin del mundo, como nos recuerda Pablo en la segunda lectura, no hemos de perder el tiempo. Nunca es demasiado pronto para empezar a hacer el bien, y nunca es demasiado tarde para ponerse a ello. El momento presente en que nos encontramos, ese es el talento que hemos de invertir y hacer fructificar. No estamos hablando de una ética obsesiva del trabajo. Ya hemos dicho que el símil económico hay que tomarlo como comparación, como parábola. En la vida hay tiempos para trabajar y descansar, para velar y para dormir, como los hay para llorar y para reír (cf. Eclesiastés 3, 1-8); pero siempre es “tiempo propicio, día de salvación” (cf. 2Cor 6, 2); porque en todo tiempo hemos de evitar el mal y tratar de hacer el bien, de modo que “despiertos o dormidos, vivamos con él” (1 Tes 5, 10).

Y ¿qué pasa con el que devolvió el talento sin producir frutos? ¿Es que eso no es suficiente? ¿No se nos presenta aquí una imagen algo rigorista de la responsabilidad cristiana ante Dios? En realidad, no. El que entregó el talento, después de haberlo tenido escondido sin producir frutos, es como el que devuelve una vida que él mismo ha convertido en estéril. Que ha de entregarla es claro, pues, al margen incluso de que seamos o no creyentes, no vamos a vivir siempre. La vida que hemos recibido (de Dios, si somos creyentes, del azar o la necesidad, si no lo somos) acabaremos por devolverla tarde o temprano. La vida del siervo holgazán es la parábola o el icono del que ha vivido irresponsablemente. Es un fenómeno frecuente, en realidad una tentación permanente y, según creo yo, el corazón mismo del pecado: tomo la vida y la libertad (mucha o poca) que comporta, pero yo no respondo ante nadie. Hago lo que quiero, soy ley para mí mismo, pero que a mí nadie venga a pedirme cuenta de mis actos. Para enterrar en un agujero el propio talento hay que tomarse algunas precauciones. Por ejemplo, no transgredir aquellas convenciones sociales (como las leyes) por las que la sociedad me podría multar o castigarme con la cárcel. Además, como esas convenciones se van estirando bastante en muchos aspectos (por ejemplo, en cuestiones de ética sexual y bioética; aunque todo hay que decirlo, en otras nos estamos poniendo de un moralista cargante, como en el sermoneo laico de lo políticamente correcto), la posibilidad de disponer de la propia libertad de manera irresponsable se amplía notablemente. El único problema es que una vida así, que tal vez no hace nada malo, pero tampoco nada bueno, se hace estéril y al final no tiene nada que ofrecer. El que vive así, si ha tenido suerte, puede ser que se lo haya pasado muy bien, pero su vida, aunque tal vez sea envidiada por muchos, no será admirada por nadie, porque nada ha producido.

¿Qué significa que el señor era un hombre exigente, que segaba donde no sembraba y recogía donde no había esparcido? Tal vez haya que entenderlo en el sentido ya indicado de la seriedad de la vida, que por sí misma es dinamismo, crecimiento y también riesgo. “Enterrar” los propios talentos, las propias posibilidades es una especie de traición al don de la vida. La imagen del señor exigente y duro puede servirnos además de antídoto de esa otra imagen edulcorada de Dios que se va extendiendo cada vez más, y que lo ve como un abuelete bonachón que todo lo perdona sin exigirnos nada, que cierra los ojos ante el mal, y se olvida de exigirnos que vivamos con responsabilidad. Es verdad que Dios lo perdona todo, pero también lo es que si nosotros no respondemos (si no somos responsables) a ese perdón ofrecido, por ejemplo, con un sincero arrepentimiento, la gracia del perdón no obra su efecto. La bondad de Dios incluye su carácter exigente: si Dios quiere nuestro bien, significa que quiere que seamos buenos, que vivamos bien, que seamos responsables, adultos, que se toman la vida en serio, y no que nos comportemos como niños caprichosos. Recordemos que Jesús es el Hijo de Dios, no su “nieto”, y que nos llama a caminar por el camino empinado y a entrar por la puerta estrecha (cf. Mt 7 13-14).

En resumen, la parábola de los talentos es una llamada, en primer lugar, a la acción de gracias: hemos recibido talentos, ni muchos ni pocos, sino precisamente los nuestros. Hemos de reconocerlos con agradecimiento y sin envidia. Nuestra fe no sólo no prohíbe un sano nivel de autoestima, sino que nos lo exige, al considerar positivamente los dones que Dios nos ha dado. En segundo lugar, nos llama a la responsabilidad: esos dones son realidades vivas, semillas llamadas a dar fruto. Nuestra libertad ha de ponerse manos a la obra para que, en la medida de nuestras posibilidades, el mundo se haga mejor gracias a nuestra aportación (que, por otro lado, nadie puede hacer por nosotros). Por fin, nos llama también a la esperanza: contra todas las posibles evidencias, hacer el bien (ser justos, decir la verdad, sacrificarse por los demás, etc.) no es ni inútil ni cosa de ingenuos, sino una inversión a largo plazo que dará frutos a su tiempo.

Cuando tratamos de vivir así, nos abrimos a esas dimensiones ultimas (escatológicas), a los valores que no pasan, a la eternidad de Dios que se ha hecho presente en la historia humana por la encarnación de Jesús, y, de este modo, anticipamos sin miedo el “fin del mundo”, justamente aquello que en el mundo es definitivo y no pasa nunca, y que se sustancia en el amor.

Domingo 32 del Tiempo Ordinario (A)

noviembre 9, 2017

Lectura del libro de la Sabiduría 6,12-1 Encuentran la sabiduría los que la buscan

La sabiduría es radiante e inmarcesible, la ven fácilmente los que la aman, y la encuentran los que la buscan; ella misma se da a conocer a los que la desean. Quien madruga por ella no se cansa: la encuentra sentada a la puerta. en ella es prudencia consumada, el que vela por ella pronto se ve libre de preocupaciones; misma va de un lado a otro buscando a los que la merecen; los aborda benigna por los caminos y les sale al paso en cada pensamiento. 

Salmo Responsorial 62, 2. 3-4. 5-6. 7-8 R/ Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío.

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Tesalonicenses 4, 13-17 A los que han muerto, Dios, por medio de Jesús, los llevará con él

Hermanos, no queremos que ignoréis la suerte de los difuntos para que no os aflijáis como los hombres sin esperanza. Pues si creemos que Jesús ha muerto y resucitado, del mismo modo, a los que han muerto, Dios, por medio de Jesús, los llevará con él. Esto es lo que os decimos como palabra del Señor: Nosotros, los que vivimos y quedamos para cuando venga el Señor, no aventajaremos a los difuntos. Pues él mismo, el Señor, cuando se dé la orden, a la voz del arcángel y al son de la trompeta divina, descenderá del cielo, y los muertos en Cristo resucitarán en primer lugar. Después nosotros, los que aún vivimos, seremos arrebatados con ellos en la nube, al encuentro del Señor, en el aire. Y así estaremos siempre con el Señor. Consolaos, pues, mutuamente con estas palabras.

Lectura del santo evangelio según san Mateo 25, 1-13¡Que llega el esposo, salid a recibirlo!

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: -«Se parecerá el reino de los cielos a diez doncellas que tomaron sus lámparas y salieron a esperar al esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco eran sensatas. Las necias, al tomar las lámparas, se dejaron el aceite; en cambio, las sensatas se llevaron alcuzas de aceite con las lámparas. El esposo tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron. A medianoche se oyó una voz: ¡Que llega el esposo, salid a recibirlo! Entonces se despertaron todas aquellas doncellas y se pusieron a preparar sus lámparas. Y las necias dijeron a las sensatas: “Dadnos un poco de vuestro aceite, que se nos apagan las lámparas.” Pero las sensatas contestaron: “Por si acaso no hay bastante para vosotras y nosotras, mejor es que vayáis a la tienda y os lo compréis.” Mientras iban a comprarlo, llegó el esposo, y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de bodas, y se cerró la puerta. Más tarde llegaron también las otras doncellas, diciendo: “Señor, señor, ábrenos.” Pero él respondió: “Os lo aseguro: no os conozco”. Por tanto, velad, porque no sabéis el día ni la hora.»

 

¡Salid a recibir al esposo!

 

La parábola de las diez vírgenes nos sorprende por su dureza. Primero, por la negativa de las vírgenes prudentes (es decir, de las “buenas”) a compartir su aceite con las pobres necias. En segundo lugar, por la total exclusión de estas últimas del banquete de bodas por un simple retraso. ¿Es que Jesús nos está llamando a la insolidaridad, dándonos a entender que la salvación, a fin de cuentas, es algo exclusivo de cada uno, de modo que cada uno debe preocuparse sólo de la suya? ¿Está tratando de meternos miedo, ya que un simple descuido, un pequeño retraso puede dejarnos fuera del Reino de Dios? ¿No supone esto un contraste demasiado fuerte con otras parábolas y dichos de Jesús, en los que subraya ante todo la misericordia y el perdón?
No debemos leer las parábolas de un modo demasiado directo, al pie de la letra. Para entenderlas es preciso atender al contexto en que Jesús las pronuncia y, por tanto, a la intención con que las cuenta. La parábola de las diez vírgenes está dentro del discurso escatológico del Evangelio de Mateo. No conviene que olvidemos que estamos enfilando el fin del año litúrgico y que en estas últimas semanas la liturgia y la Palabra de Dios nos invitan a reflexionar sobre la dimensión de ultimidad. Jesús mismo, que está a punto de enfrentarse con su pasión y muerte, vive en carne propia lo que de definitivo y último hay en la vida humana. No se trata, pues, ni de invitar al individualismo espiritual, ni de fomentar una religión del temor. Jesús nos llama a tomarnos en serio la vida, la fe, nuestra relación con Dios y, en consecuencia, el sentido último de nuestra vida. Nos está llamando a vigilar, a vivir en vela o, dicho con otras palabras, a vivir de manera consciente. Es también una llamada a la sabiduría de la vida, que sabe calibrar y discernir adecuadamente los diversos géneros de bienes presentes en nuestra vida. Esta forma de vida consciente, vigilante, no niega las preocupaciones cotidianas. De hecho, también las vírgenes prudentes fueron vencidas por el cansancio y se quedaron dormidas. Esto es, también ellas sabían atender a las necesidades más perentorias e inmediatas. Pero lo hacían con su lámpara y su provisión de aceite preparadas. ¿De qué se trata aquí?

Jesús está hablando de la luz que ilumina en las tinieblas. Vivir de manera consciente y ser sabio y no necio significa vivir en la luz, incluso cuando es de noche. Y esa luz es, ante todo, la fe. En el rito del bautismo el neófito recibe la candela que representa la luz de Cristo. Es un don, pero también es responsabilidad de cada uno mantener viva esa llama para que siga brillando. De poco sirve tener la lámpara, si no la alimentamos con la oración, con la escucha de la Palabra, con la participación en los sacramentos. En este caso nuestra fe está muerta, como una lámpara sin aceite, que no ilumina la propia vida, que no es capaz de descubrir en ella la presencia del esposo, de Jesucristo, que viene a nosotros de muchas maneras.

Cuando sucede esto, cuando somos “necios”, es decir, inconscientes de la presencia de Dios en nuestras vidas, lo más frecuente es que nos entreguemos a los bienes pasajeros de este mundo como si fueran definitivos. Vivimos como narcotizados por las preocupaciones cotidianas, como si fuesen las únicas realmente importantes. Esta forma de vida puede consistir en una elección explícita y exclusiva de esos bienes reales y necesarios, pero efímeros. En su caso extremo es una vida “de pecado”, cuando por nuestros intereses más o menos inmediatos estamos dispuestos a sacrificarlo todo: la verdad, la justicia, la compasión, la propia conciencia, pues consideramos que aquellos intereses (el bienestar, la riqueza, el éxito social, el disfrute de la vida) son los únicos bienes reales y contables. Esa vida despreocupada de lo más importante nos abotaga y nos conduce a la ruina, como advierte el mismo Jesús en otro momento: “Guardaos de que no se hagan pesados vuestros corazones por el libertinaje, por la embriaguez y por las preocupaciones de la vida, y venga aquel Día de improviso como un lazo” (Lc 21, 34). En este caso, peor que las vírgenes necias, no sólo dormimos, sino que carecemos no sólo de aceite, sino incluso de lámpara: no esperamos nada ni a nadie, vivimos encerrados en nosotros mismos. Pero puede suceder que haya en nosotros una vaga conciencia de que “algo” debe haber, de que “alguien” ha de venir. Tenemos una fe mortecina, más o menos formal, tenemos, en una palabra, lámpara; pero no le prestamos la menor atención, nunca elevamos la mente y el corazón a Dios, ni abrimos nuestros oídos a su Palabra, para adquirir así esa sabiduría que se deja encontrar por quien la busca, y se da a conocer a quien la desea, porque se ha hecho cercana en la humanidad de Cristo; ni nos inclinamos nunca ante Él para pedir y obtener el perdón, ni acogemos su invitación para sentarnos a su mesa y comer su pan y beber su vino, y entrar así en comunión con los bienes definitivos de su cuerpo entregado y su sangre derramada. Nuestra lámpara no ilumina, porque no queremos hacernos con el aceite que alimenta su llama.

La luz de la fe ilumina la oscuridad. Y la oscuridad suprema, la oscuridad de la muerte, iluminada por la fe en Cristo, muerto y resucitado, enciende en nosotros la luz de la esperanza. La esperanza es otra dimensión esencial de esa sabiduría superior que Cristo ha hecho cercana y accesible. Es sabio el que sabiendo que ha de morir se esfuerza por los bienes que perduran, por los tesoros que ni la polilla ni la herrumbre corroen, ni los ladrones pueden robar (cf. Mt 6, 19). El aceite que alimenta la luz de esta lámpara es la perseverancia, la constancia, la fidelidad. El Señor viene de muchas maneras, pero la definitiva, la que representa el “fin del mundo” para cada uno de nosotros, es la propia muerte. Es de sabios ser conscientes de esto, sabiendo que el presente no está cerrado sobre sí mismo, sino abierto a un futuro que trasciende el tiempo, porque en la muerte humana, que ha sido visitada y asumida por el Hijo de Dios, vamos al encuentro de Cristo. El llanto inevitable que produce la muerte no ha de ser un llanto de desesperación, sino que encuentra su consuelo en la victoria de Cristo.

Por fin, la luz de la fe y de la esperanza, adecuadamente alimentada, no puede no encender el fuego del amor. Vivir en vela y de manera consciente significa abrir los ojos y descubrir de una manera nueva a los demás y sus necesidades. Los bienes relativos y efímeros de este mundo adquieren un sentido definitivo y transcendente cuando hacemos de ellos medios y expresión de nuestra apertura y preocupación por las necesidades de aquellos en los que, en fe, descubrimos a nuestros hermanos. Si lo que distingue una forma de vida “necia”, sin aceite, es el “comamos y bebamos que mañana moriremos” (cf. 1 Cor, 15, 32), la vida sabia es la que da de comer al hambriento y de beber al sediento (cf. Mt 25, 31-46). Una vez más, tener lámpara y carecer de aceite significa ser un creyente desvaído, que deja la fe en el desván de una mera referencia mental, y vive una vida egoísta, preocupada sólo de sí, de los propios intereses. En este mundo, en el que nos hartamos de escuchar que “todo es relativo”, descubrimos que hay dimensiones definitivas y eternas, que no dependen del carácter efímero del espacio y el tiempo, sino que tienen vocación de eternidad. La fe y la esperanza las iluminan, y su mejor expresión es el amor que Cristo nos ha enseñado. Jesús, pues, no sólo no nos llama a no compartir, sino al contrario: la luz de la fe no puede no compartirse si realmente ilumina (no puede ocultarse ni ponerla bajo el celemín –cf. Mt 5, 15), pero tiene que alimentarse adecuadamente, y eso sí que es responsabilidad de cada uno. Y el compartir se realiza por antonomasia en la caridad, pero ¿cómo podremos hacerlo si vivimos neciamente, descuidados de Dios y de nuestros prójimos?
Jesús nos narra esta parábola sobre los últimos tiempos en el contexto de sus últimos días, en Jerusalén, en vísperas de su pasión. Se trata para él de una experiencia bien concreta: él es el esposo, que ha llegado, y los suyos duermen, no lo reconocen, lo rechazan… Viven en la oscuridad y, aunque tienen lámparas, pues son formalmente religiosos, incluso muy religiosos, sus lámparas están apagadas, no están preparados para la venida del maestro, carecen del aceite necesario para encenderlas, de la sabiduría que es capaz de discernir los signos de la presencia entre ellos del Hijo de Dios.

A nosotros puede sucedernos lo mismo. Hemos recibido el don de la fe, pero hemos de preocuparnos de que ésta se convierta en una verdadera sabiduría de la vida, en una esperanza activa, en una ardiente caridad. Eso significa vivir en vela, conscientemente, preparados para la venida del Señor que, aun sin saber ni el día ni la hora, ha de suceder sin duda, tal vez del modo más imprevisto. ¿Tengo la lámpara preparada? ¿Me estoy haciendo con la provisión de aceite que la hará arder?

Domingo 31 del Tiempo Ordinario (A)

noviembre 3, 2017

Lectura de la profecía de Malaquías 1, 14-2, 2b. 8-10 Os apartasteis del camino y habéis hecho tropezar a muchos en la ley

Yo soy el Gran Rey, y mi nombre es respetado en las naciones -dice el Señor de los ejércitos-. Y ahora os toca a vosotros, sacerdotes. Si no obedecéis y no os proponéis dar gloria a mi nombre -dice el Señor de los ejércitos-, os enviaré mi maldición. Os apartasteis del camino, habéis hecho tropezar a muchos en la ley, habéis invalidado mi alianza con Leví -dice el Señor de los ejércitos-. Pues yo os haré despreciables y viles ante el pueblo, por no haber guardado mis caminos, y porque os fijáis en las personas al aplicar la ley. ¿No tenemos todos un solo padre? ¿No nos creó el mismo Señor? ¿Por qué, pues, el hombre despoja a su prójimo, profanando la alianza de nuestros padres?»

Sal 130, 1-3 R. Guarda mi alma en la paz, junto a ti, Señor.

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Tesalonicenses 2, 7b-9. 13 Deseábamos entregaros no sólo el Evangelio de Dios, sino hasta nuestras propias personas

Hermanos: Os tratamos con delicadeza, como una madre cuida de sus hijos. Os teníamos tanto cariño que deseábamos entregaros no sólo el Evangelio de Dios, sino hasta nuestras propias personas, porque os habíais ganado nuestro amor. Recordad si no, hermanos, nuestros esfuerzos y fatigas; trabajando día y noche para no serle gravoso a nadie, proclamamos entre vosotros el Evangelio de Dios. Ésa es la razón por la que no cesamos de dar gracias a Dios, porque al recibir la palabra de Dios, que os predicamos, la acogisteis no como palabra de hombre, sino, cual es en verdad, como palabra de Dios, que permanece operante en vosotros los creyentes.

Lectura del santo evangelio según san Mateo 23, 1-12 No hacen lo que dicen

En aquel tiempo, Jesús habló a la gente y a sus discípulos, diciendo: -«En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos: haced y cumplid lo que os digan; pero no hagáis lo que ellos hacen, porque ellos no hacen lo que dicen. Ellos lían fardos pesados e insoportables y se los cargan a la gente en los hombros, pero ellos no están dispuestos a mover un dedo para empujar. Todo lo que hacen es para que los vea la gente: alargan las filacterias y ensanchan las franjas del manto; les gustan los primeros puestos en los banquetes y los asientos de honor en las sinagogas; que les hagan reverencias por la calle y que la gente los llame maestros. Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar maestro, porque uno solo es vuestro maestro, y todos vosotros sois hermanos. Y no llaméis padre vuestro a nadie en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre, el del cielo. No os dejéis llamar consejeros, porque uno solo es vuestro consejero, Cristo. El primero entre vosotros será vuestro servidor. El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.»

 

Un solo Padre, un solo Maestro

 El Evangelio de hoy empieza con un durísimo alegato contra una determinada forma de ejercer la autoridad. Las palabras de Jesús van dirigidas en primer lugar a los escribas y fariseos, que han ocupado la cátedra de Moisés. Pero no debemos entenderlas como la mera expresión de un conflicto localizado en la época de Jesús y referido sólo al judaísmo. La primera lectura testimonia cómo esas desviaciones por parte de los que deberían ser guías y maestros del pueblo databan de antiguo. Y es que se trata de un mal incrustado en el corazón del hombre, y que tiende a aparecer en todo tiempo y lugar. De hecho, la comunidad cristiana tampoco está exenta de ese peligro. Si Mateo ha reproducido esta diatriba de Jesús en su Evangelio no es sólo por afán de erudición histórica. La tensión real y creciente entre Jesús y las autoridades del pueblo le da ocasión de recordar que también en la Iglesia es fácil caer en la misma tentación y para recordar las instrucciones de Jesús sobre cómo debe ser entre sus seguidores.

Como siempre que leemos los evangelios, los matices del texto están llenos de significado. Jesús no se limita a hacer una crítica a toda forma de autoridad, como si toda ella y por definición fuera rechazable, expresión de una pura voluntad de poder y, en definitiva, algo que debe ser eliminado en aras de una pura horizontalidad comunitaria. Cristo habla de la “cátedra de Moisés”, lo que significa que hay cátedras y un magisterio que debe ser ejercido por alguien. Incluso reconoce una elemental fidelidad de escribas y fariseos en la transmisión del contenido: de ahí que recomiende “hacer lo que dicen”, aunque los desautorice por la contradicción entre lo que predican y lo que hacen. Es verdad que cualquier ejercicio de la autoridad se justifica sólo por el servicio a determinados valores, por lo que cualquiera que ocupa un cargo o una cátedra suele mantener, al menos retóricamente, la adhesión a lo que debe servir. Otra cosa es pasar del dicho al hecho, que, como recuerda el refrán, exige recorrer con esfuerzo un cierto trecho.

Lo que Jesús denuncia aquí es, pues, la incoherencia de vida, especialmente en aquellos que, por tener que enseñar al pueblo, deberían además dar ejemplo de lo que predican, pues aquí no se trata de una mera doctrina teórica, sino de una verdad que afecta a la vida y a sus actitudes prácticas. Pero no sólo no dan ejemplo, desmintiendo con su vida lo que exigen a los demás, sino que además usan la verdad a la que deberían servir para hacerse notar y alcanzar estatus social.

Al decirnos que “hagamos lo que dicen, pero que no imitemos su ejemplo”, Jesús nos exhorta a denunciar esa incoherencia no sólo con palabras, sino precisamente con la propia coherencia de vida. No hay denuncia más eficaz que encarnar efectivamente las propias convicciones. En el caso del Evangelio, no se puede predicar la Palabra, la fe en Dios Padre y la llamada al seguimiento más que haciendo de la escucha de la Palabra, del espíritu de confianza filial y del discipulado del único Maestro una forma concreta de vida.

Si la diatriba inicial de Jesús va dirigida a los que ejercen la autoridad y el magisterio de un cierto modo, las recomendaciones que la siguen (“vosotros, en cambio…”) deben entenderse, en primer lugar, también dirigidas a los que en la Iglesia están encargados de enseñar y dirigir a la comunidad: no usar a Dios para obtener el reconocimiento de las gentes, ni servirse de la Palabra para conseguir ventajas materiales y sociales, sino servir a los hermanos para alcanzar como premio sólo el reconocimiento de Dios “que ve en lo escondido” (cf. Mt 6, 4). Y esto significa que los inevitables roles, los cargos de responsabilidad y la autoridad, que no pueden no existir, deben ejercerse con sencillez, sin privilegios, sin aplastar ni hacer invisible la fundamental igualdad ante el único Padre de todos, ante el único Señor y Maestro Jesucristo, que se ha abajado (cf. Flp 2, 7) para convertirse en el servidor de sus hermanos (cf. Mc 10, 45; Jn 13, 14).

Aunque el peligro y la tentación de abusar de la autoridad instituida por Cristo para el servicio aceche siempre a la Iglesia, e, incluso, se dé siempre de un modo u otro, también es verdad que abundan también, y por fortuna, los ejemplos positivos. Pablo, que sabía ejercer su autoridad apostólica cuando lo requerían las circunstancias, el bien de la comunidad y la defensa de la verdad del Evangelio, era también un modelo de entrega generosa y desinteresada a sus hermanos: no se limita a predicar, enseñar y organizar la comunidad, sino que está dispuesto a entregar su propia persona, como una madre se entrega por sus hijos, como el buen pastor entrega su vida por sus ovejas. Y, después de él, han sido legión los que han puesto en práctica con fidelidad las instrucciones de Jesús, haciendo del servicio desinteresado, a imitación del único Señor y Maestro, el eje de su ministerio. Hace poco hemos celebrado la fiesta del P. Claret, que con su vida fue un ejemplo preclaro de ese espíritu de entrega al ministerio hasta la muerte, de ese espíritu de servicio que recorre con agilidad el trecho que va del dicho al hecho.

Es en estos en los que se puede seguir usando con propiedad los títulos de padre y maestro sin temor a contradecir las palabras de Jesús, pues en ellos, en su vida y en su magisterio, resplandece la única paternidad de Dios, el único magisterio de Cristo.

En todo caso, el mensaje de la Palabra de Dios hoy no es cosa exclusiva de los que en la Iglesia ocupan cargos de responsabilidad. Tenemos que recordar que, a partir de la fundamental igualdad como hijos de Dios, todos somos miembros vivos del cuerpo de Cristo, todos participamos de su función sacerdotal, de mediación entre Dios y la humanidad. Por ello, la llamada a la coherencia entre lo que profesamos y lo que vivimos es especialmente urgente para todos los cristianos y para la entera comunidad cristiana. Es posible que parte del desprestigio del cristianismo en nuestros días tenga que ver con el divorcio entre nuestra fe y nuestra vida: tal vez con demasiada frecuencia desmentimos con nuestras actitudes prácticas las verdades y los valores en los que decimos creer. ¿Cuál es el antídoto contra esta enfermedad que deja el cuerpo eclesial de Cristo en estado de anemia? Además de escuchar y acoger la Palabra, tenemos que ponerla en práctica mediante el espíritu de servicio abnegado a los hermanos. Si nos inclinamos humildemente ante las necesidades de nuestros hermanos, en los que la fe que confesamos nos descubre el rostro vivo y sufriente de Cristo, seremos ensalzados, igual que Dios enalteció a María al mirar la humildad de la que se hizo libremente servidora del Señor.

Domingo 30 del Tiempo Ordinario (A)

octubre 27, 2017

Lectura del libro del Éxodo 22, 20-26 Si explotáis a viudas y huérfanos, se encenderá mi ira contra vosotros

Así dice el Señor: «No oprimirás ni vejarás al forastero, porque forasteros fuisteis vosotros en Egipto. No explotarás a viudas ni a huérfanos, porque, si los explotas y ellos gritan a mí, yo los escucharé. Se encenderá mi ira y os haré morir a espada, dejando a vuestras mujeres viudas y a vuestros hijos huérfanos. Si prestas dinero a uno de mi pueblo, a un pobre que habita contigo, no serás con él un usurero, cargándole intereses. Si tomas en prenda el manto de tu prójimo, se lo devolverás antes de ponerse el sol, porque no tiene otro vestido para cubrir su cuerpo, ¿y dónde, si no, se va a acostar? Si grita a mí, yo lo escucharé, porque yo soy compasivo.»

Sal 17, 2-3a. 3bc-4. 47 y 51ab R. Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza.

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Tesalonicenses 1, 5c-10 Abandonasteis los ídolos para servir a Dios y vivir aguardando la vuelta de su Hijo

Hermanos: Sabéis cuál fue nuestra actuación entre vosotros para vuestro bien. Y vosotros seguisteis nuestro ejemplo y el del Señor, acogiendo la palabra entre tanta lucha con la alegría del Espíritu Santo. Así llegasteis a ser un modelo para todos los creyentes de Macedonia y de Acaya. Desde vuestra Iglesia, la palabra del Señor ha resonado no sólo en Macedonia y en Acaya, sino en todas partes. Vuestra fe en Dios había corrido de boca en boca, de modo que nosotros no teníamos necesidad de explicar nada, ya que ellos mismos cuentan los detalles de la acogida que nos hicisteis: cómo, abandonando los ídolos, os volvisteis a Dios, para servir al Dios vivo y verdadero, y vivir aguardando la vuelta de su Hijo Jesús desde el cielo, a quien ha resucitado de entre los muertos y que nos libra del castigo futuro.

Lectura del santo evangelio según san Mateo 22,34-40 Amarás al Señor, tu Dios, y a tu prójimo como a ti mismo

En aquel tiempo, los fariseos, al oír que Jesús había hecho callar a los saduceos, formaron grupo, y uno de ellos, que era experto en la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba: -«Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?» Él le dijo: -«“Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser.” Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo.” Estos dos mandamientos sostienen la Ley entera y los profetas.

 

El mandamiento principal y el segundo que se le asemeja

Jesús había hecho callar a los saduceos, que le habían tendido una trampa (una trampa saducea): le plantearon la cuestión de la resurrección, pero con sorna, describiendo una situación en verdad ridícula (la de los siete hermanos que estuvieron casados sucesivamente con una misma mujer). Jesús les hizo callar, haciéndoles comprender lo ridículo que es creer que el Dios vivo sea un Dios de muertos. Los fariseos se alegraron de aquella victoria de Jesús, que confirmaba su propia posición, pero lejos de unirse a Él, decidieron tenderle otra trampa, una trampa farisea, es decir, una intrincada cuestión legal. La maraña de los 613 preceptos de la Ley (248 positivos y 365 negativos) planteaba frecuentes conflictos y problemas de interpretación sobre la prioridad de unos sobre otros, por lo que era un terreno ideal para tratar de pillar al joven Maestro de Nazaret en un renuncio que diera ocasión para acusarlo.

Jesús, como siempre, dice mucho con pocas palabras. Lo primero que le dijo a aquel experto en la ley es que la respuesta ya la tenía él, si es que de verdad estaba abierto a la Palabra de Dios, de la que tanto creía saber. De hecho, saltándose la prolija casuística de escribas y fariseos, Jesús se limita a citar dos textos del Antiguo Testamento: Deuteronomio 6, 5 para el amor a Dios, y Levítico 19, 18 para el amor al prójimo. Es decir, resuelve una cuestión que se antojaba irresoluble con extrema sencillez y apelando a la única fuente de autoridad reconocida por los fariseos. En segundo lugar, Jesús nos recuerda que “lo principal”, lo más importante, es aquello a lo que debemos entregar nuestro corazón, a lo que debemos amar más que a otras cosas. Pero, al decir esto, no está proclamando románticamente, como se hace a veces, que lo importante es amar, no importa a qué, a quién y cómo. Al contrario, al recoger el guante de aquel experto en la ley, Jesús concuerda con él en que hay un orden de importancias, hay cosas principales a las que hay que dar prioridad. Pero se desmarca de la actitud legalista, y va al fondo del corazón humano, allí donde habitan sus verdades existenciales, y nos dice que tenemos que jerarquizar adecuadamente nuestros amores. Esto significa que no cualquier amor es bueno, ni todo es igualmente digno de amor; pues es claro que todo el mundo ama algo y vive de ese amor suyo. Pero todos sabemos que no es bueno el amor egoísta a sí mismo, o el amor excluyente a los propios, o el amor apasionado a ciertos placeres o aficiones (qué sé yo, a beber sin medida, o al propio equipo de fútbol). En la respuesta de Jesús está supuesto lo que San Juan, el apóstol del amor, nos recuerda con claridad: “No améis el mundo, ni las cosas de este mundo” (1 Jn 2, 15). Para entender rectamente el mandamiento del amor es preciso no olvidar esta parte, como frecuentemente se hace. Para que en nosotros exista un recto “ordo amoris”, como decía San Agustín, es decir, un adecuado orden del corazón, es preciso saber dominarse a sí mismo, evitando que las inclinaciones de nuestra naturaleza se apoderen de nosotros y guíen nuestra conducta. San Juan, claro, no nos dice que no amemos a la creación, ni menos aún al prójimo, sino que aquí por “mundo” entiende “la concupiscencia de la carne (la sensualidad sin medida), la concupiscencia de los ojos (la avidez, la codicia) y la soberbia de la vida (la vanidad y la ambición)” (cf. 1 Jn 2, 16).

Jesús, en fin, nos dice con claridad qué debemos amar y con qué medida: a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con todo el ser; y al prójimo como a nosotros mismos. El amor a Dios, fuente de todo ser y de todo bien, tiene que ser un amor de entrega total, de plena unión con su voluntad, de completa actitud filial. Un amor así sólo puede orientarse a Dios, pues si se dirigiera a cualquier otra cosa (ideología, nación, partido, líder, afición, interés…) se convertiría inmediatamente en idolatría que nos reduciría a esclavos dependientes de algún falso dios. Sólo la perfecta entrega al único Dios garantiza nuestra libertad, porque a Él le debemos el ser y la dignidad, de Él venimos y a Él nos dirigimos. Como los tesalonicenses, que, al acoger la Palabra abandonaron los ídolos y se volvieron al Dios vivo y verdadero para servirlo, alcanzando así la libertad auténtica.

El amor al prójimo, por su parte, tiene como justa medida el amor que debemos profesarnos a nosotros mismos. Los demás son iguales a nosotros, por lo que el verdadero amor al prójimo no es de sometimiento servil, sino de respeto y apertura solidaria a sus necesidades, que son básicamente las mismas que las nuestras. Si al tratar de atender a nuestras necesidades nos cerramos a las de los demás, caemos en el egoísmo, y de ahí fácilmente derivamos al “uso” y abuso de los otros como meros medios para la satisfacción de nuestros intereses, es decir, caemos en la injusticia, la manipulación y la violencia. Pero sabiéndonos iguales en dignidad, el amor al prójimo se funda en el sentimiento de justicia, que se expresa en la versión negativa de la regla de oro: “no hagas a los demás lo que no quieras que te hagan” (Tob 4, 15); y en el sentimiento de compasión ante las necesidades ajenas, que se vierte en la fórmula positiva de la misma regla: “haced a los demás lo que queráis que os hagan a vosotros” (Mt 7, 12). Este es el recto orden de prioridades que nos enseña Jesús, para que, desde este mandamiento principal y del segundo, que se le asemeja, podamos amar todas las demás cosas en su justa medida, y abstenernos de amar aquellas cosas que nos apartan de nuestra verdad y nuestra salvación.

Ahora bien, si Jesús, para expresar cuál es mandamiento más importante, se ha remitido a dos textos del Antiguo Testamento, ¿en dónde está su novedad? ¿En qué sentido se puede decir que el mandamiento del amor es un mandamiento “nuevo” (Jn 13, 34)? En realidad se trata de una novedad largamente preparada: todo el Antiguo Testamento está lleno de motivos que la anticipan y anuncian. Basta que releamos la primera lectura de hoy. Pero, por otro lado, la novedad principal está en que esas citas las hace precisamente Jesús, que da a los dos preceptos del amor a Dios y al prójimo una profundidad y sentido nuevos. Él no ha venido a abolir la Ley ni los Profetas, sino a darles cumplimiento, a perfeccionarlos, a llevarlos hasta el final. Y esto es lo que hace en su respuesta. Y es que al hablar de Dios y del prójimo, Jesús nos está introduciendo en una comprensión completamente nueva de uno y el otro. El Dios del que habla es su Padre, su Abbá, que en Jesús se hace Padre de todos, buenos y malos, justos e injustos (cf. Mt 5, 45). Y de ahí la semejanza del segundo mandamiento con el primero: si Dios es Padre de todos, todos los seres humanos, hechos a semejanza de Dios, son hermanos entre sí. Jesús reinterpreta el mandamiento del amor al prójimo, que era antes de Él un amor limitado al más próximo, al familiar, al miembro del clan, todo lo más, de la comunidad israelita, y lo extiende a todos los hombres y mujeres sin excepción, todos hijos de Dios, todos llamados a la filiación en Cristo.

Domingo 29 del Tiempo Ordinario (A)

octubre 21, 2017

Lectura del libro de Isaías 45, 1. 4-6 Llevo de la mano a Ciro para doblegar ante él las naciones

Así dice el Señor a su Ungido, a Ciro, a quien lleva de la mano: «Doblegaré ante él las naciones, desceñiré las cinturas de los reyes, abriré ante él las puertas, los batientes no se le cerrarán. Por mi siervo Jacob, por mi escogido Israel, te llamé por tu nombre, te di un título, aunque no me conocías. Yo soy el Señor y no hay otro; fuera de mi, no hay dios. Te pongo la insignia, aunque no me conoces, para que sepan de Oriente a Occidente que no hay otro fuera de mi. Yo soy el Señor, y no hay otro.»

Sal 95, 1 y 3. 4-5. 7-8. 9-10a y e R. Aclamad la gloria y el poder del Señor.

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Tesalonicenses 1, 1-5b Recordamos vuestra fe, vuestro amor y vuestra esperanza

Pablo, Silvano y Timoteo a la Iglesia de los tesalonicenses, en Dios Padre y en el Señor Jesucristo. A vosotros, gracia y paz. Siempre damos gracias a Dios por todos vosotros y os tenemos presentes en nuestras oraciones. Ante Dios, nuestro Padre, recordarnos sin cesar la actividad de vuestra fe, el esfuerzo de vuestro amor y el aguante de vuestra esperanza en Jesucristo, -nuestro Señor. Bien sabemos, hermanos amados de Dios, que él os ha elegido y que, cuando se proclamó el Evangelio entre vosotros, no hubo sólo palabras, sino además fuerza del Espíritu Santo y convicción profunda.

Lectura del santo evangelio según san Mateo 22, 15-21 Pagad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios

En aquel tiempo, se retiraron los fariseos y llegaron a un acuerdo para comprometer a Jesús con una pregunta. Le enviaron unos discípulos, con unos partidarios de Herodes, y le dijeron: -«Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad; sin que te importe nadie, porque no miras lo que la gente sea. Dinos, pues, qué opinas: ¿es licito pagar impuesto al César o no?» Comprendiendo su mala voluntad, les dijo Jesús: -«Hipócritas, ¿por qué me tentáis? Enseñadme la moneda del impuesto.» Le presentaron un denario. Él les preguntó: -«¿De quién son esta cara y esta inscripción?» Le respondieron: -«Del César.» Entonces les replicó: -«Pues pagadle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.»

 

A Dios y al César

 Si los fariseos y los herodianos se han aliado para pillar a Jesús, puede pensarse que la situación de éste es desesperada y sin salida. De hecho, la alianza de los dos grupos no puede ser más antinatural: los fariseos, partidarios del sistema teocrático judío, no podían aceptar ninguna forma de colaboración con el poder pagano de los romanos. Los herodianos, por el contrario, eran colaboracionistas sin escrúpulos, que trataban de sacar ventajas de la ocupación. La actitud hacia el impuesto al César indicaba bien a las claras la posición de cada uno. La trampa era perfecta: si Jesús aceptaba el pago del impuesto, era un enemigo de Dios, un blasfemo, un renegado que no aceptaba el único reinado de Yahvé. Si rechazaba al impuesto podía ser acusado de sedición y rebeldía contra el poder establecido. En los dos casos había causa contra él, que es lo que, en el fondo, interesaba a unos y otros: encontrar un motivo para acusarlo y quitarlo de en medio.

Las dos posiciones, más allá de las peculiaridades culturales de la época, expresan tendencias universales, presentes de un modo y otro en todo tiempo. La tendencia teocrática quiere someter todo el orbe de la actividad humana al poder religioso, negando todo espacio de autonomía para el hombre, la que el mismo Dios le ha dado en el acto de la creación. El fundamentalismo es una religión excesiva, asfixiante, que se niega a reconocer la madurez del hombre y el ejercicio de su libertad responsable. La otra tendencia diviniza idolátricamente realidades humanas, demasiado humanas: el poder político, la riqueza económica, el éxito social. A esos ídolos han de sacrificarse todas las demás realidades, incluidas las más sagradas, como la fe, la propia conciencia, la justicia, la caridad.

Que estos dos extremos viciosos se unan contra Jesús da que pensar. Por una lado, no es infrecuente que formas del mal entre sí contradictorias unan sus fuerzas para lograr sus turbios objetivos: carentes de escrúpulos, para ellas el fin justifica los medios. Pero, por el otro, no es que la verdad se encuentre en un mediocre término medio, hecho de compromisos. Al contrario, Jesús no se inclina ante el poder, pero tampoco gusta de imposiciones, ni siquiera en nombre de Dios. En su respuesta, sencillamente genial, no sólo sale del aprieto en que querían ponerle, sino que, además, nos muestra meridianamente qué significa la libertad del Hijo de Dios, una libertad que, por ser también hijo del hombre, quiere compartir con nosotros. Jesús no necesita negar al hombre para afirmar a Dios, ni negar a Dios para afirmar la libertad del hombre, sino que su afirmación de Dios es la perfecta confirmación de la libertad responsable del hombre y de su ámbito de autonomía.

¿Qué significa esta respuesta: “dadle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”? Significa, en primer lugar, la distinción de las esferas religiosa y secular. Es una novedad absoluta en la historia de la humanidad. Existen áreas en las que el hombre debe decidir por sí mismo, resolviendo con autonomía sus problemas. Jesús llama a la responsabilidad y, al mismo tiempo, exige que no tratemos de manipular a Dios, haciendo de Él la justificación indebida de aquello que nos corresponde resolver por nosotros mismos (como el modo de organizar la política, la economía, la investigación de la naturaleza, etc.). Dios no es ni debe ser el talismán mágico de nuestros problemas. Bajo la teocracia se encuentra también con frecuencia la voluntad de dominio de algunos, que se sirven de Dios y apelan a su autoridad para oprimir al hombre. Jesús desdiviniza así el poder político (y todo otro poder humano), que podrá exigir el impuesto, pero nada más: no puede exigir la conciencia de los hombres.

Ahora bien, ¿no existe en esta distinción de esferas el peligro de espiritualizar en exceso la dimensión religiosa, hasta el punto de recluirla en la sacristía y ponerla de espaldas a los problemas reales del hombre? ¿Está acaso diciéndonos Jesús que “no nos metamos en política”, que permanezcamos mudos ante la injusticia, y nos limitemos a darle a Dios el culto debido en la oración?

Desde luego que no. La pregunta sobre el impuesto lleva a la pregunta sobre la cara y la inscripción de la moneda; eso es “lo del César”. Pero queda en el aire la cuestión de qué es “lo de Dios”. ¿Dónde está el rostro y la inscripción que hay que darle a Dios? Cualquier judío medianamente instruido y conocedor de la Biblia sabía la respuesta: la imagen de Dios es el hombre, el rostro del hombre, y no hay verdadero culto a Dios si no hay respeto al ser humano y servicio al necesitado. De manera implícita e inteligente (a buen entendedor…) Jesús nos está diciendo que el sacramento de Dios en la tierra es el hombre concreto. Es en él en el que Dios ha depositado su imagen y ha hecho resplandecer su semejanza. Por tanto, el ser humano singular y concreto no puede ser sacrificado en el altar del poder político, económico, ni de ningún otro tipo. Todas esas esferas de actividad, teniendo sus ámbitos respectivos de autonomía, han de estar al servicio del hombre, deben realizarse en el respeto de la dignidad humana, no pueden convertir al ser humano en mero medio e instrumento de sus fines, porque sólo el hombre está investido de la dignidad de fin en sí, y eso es lo que hace inadmisible que fines cualesquiera justifiquen medios que lesionen aquella dignidad. Este verdadero humanismo de raíz teológica es el punto de intersección entre la experiencia religiosa y todas las demás esferas de actividad humana. La religión, las iglesias, los curas o los ayatolás no tienen que arrogarse competencias que no les pertenecen, ni meterse a dirigentes de la política, la economía, etc. No tienen derecho, en una palabra, a oprimir al hombre en nombre de Dios. Pero quien cree en el Hijo de Dios hecho hombre, y, en consecuencia, descubre el rostro de Dios en cada ser humano real, no puede consentir que se pisotee la imagen de Dios en nombre de cualesquiera ideologías, formas de poder, sistemas económicos o logros científicos. Ahí la Iglesia y los cristianos deben alzar su voz en defensa de aquello que debemos a Dios. Nuestra fe en el Dios creador y Padre de Nuestro Señor Jesucristo no nos permite permanecer en la indiferencia ante los múltiples atentados contra la dignidad y el valor de la vida humana.

Hoy como ayer, fuerzas contradictorias se alían en contra del hijo del hombre. Fundamentalismos religiosos pretenden determinar hasta los mínimos detalles la vida humana, destruyendo su libertad y amenazándolo de muerte (y matándolo) si no se somete. Y, en el otro extremo, sistemas políticos y económicos, políticas demográficas, programas de investigación científica, etc., utilizan al hombre, su vida y su dignidad, como moneda de cambio para los más variados fines. Hoy como ayer, Cristo, sus discípulos, su Iglesia tienen que alzar la voz para que, respetando la debida autonomía de las realidades de este mundo (dándole al César lo que es suyo, su moneda, pero nada más), no dejemos de darle a Dios lo que le pertenece sólo a Él: su imagen que habita en el interior de cada uno. Reconocer y aceptar a Jesús como el Cristo, Hijo de Dios e hijo del Hombre, es el mejor camino para encontrar ese equilibrio que no está hecho de medias tintas o componendas, sino de la radicalidad del mandamiento del amor a Dios y a los hermanos.

 

Domingo 28 del Tiempo Ordinario (A)

octubre 13, 2017

 

Lectura del libro de Isaías 25,6-10a El Señor preparará un festín, y enjugará las lágrimas de todos los rostros

Aquel día, el Señor de los ejércitos preparará para todos los pueblos, en este monte, un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera; manjares enjundiosos, vinos generosos. Y arrancará en este monte el velo que cubre a todos los pueblos, el paño que tapa a todas las naciones. Aniquilará la muerte para siempre. El Señor Dios enjugará las lágrimas de todos los rostros, y el oprobio de su pueblo lo alejará de todo el país. Lo ha dicho el Señor. Aquel día se dirá: «Aquí está nuestro Dios, de quien esperábamos que nos salvara; celebremos y gocemos con su salvación. La mano del Señor se posará sobre este monte.»

Sal 22, 1-6 R/. Habitaré en la casa del Señor por años sin término

 Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses 4,12-14.19-20 Todo lo puedo en aquél que me conforta

Sé vivir en pobreza y abundancia. Estoy entrenado para todo y en todo: la hartura y el hambre, la abundancia y la privación. Todo lo puedo en aquel que me conforta. En todo caso, hicisteis bien en compartir mi tribulación. En pago, mi Dios proveerá a todas vuestras necesidades con magnificencia, conforme a su espléndida riqueza en Cristo Jesús. A Dios, nuestro Padre, la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

Lectura del santo evangelio según san Mateo 22,1-14 A todos los que encontréis, convidadlos a la boda

En aquel tiempo, de nuevo tomó Jesús la palabra y habló en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: «El reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo. Mandó criados para que avisaran a los convidados a la boda, pero no quisieron ir. Volvió a mandar criados, encargándoles que les dijeran: “Tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses cebadas, y todo está a punto. Venid a la boda.” Los convidados no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios; los demás les echaron mano a los criados y los maltrataron hasta matarlos. El rey montó en cólera, envió sus tropas, que acabaron con aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad. Luego dijo a sus criados: “La boda está preparada, pero los convidados no se la merecían. Id ahora a los cruces de los caminos, y a todos los que encontréis, convidadlos a la boda.” Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos. La sala del banquete se llenó de comensales. Cuando el rey entró a saludar a los comensales, reparó en uno que no llevaba traje de fiesta y le dijo: “Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin vestirte de fiesta?” El otro no abrió la boca. Entonces el rey dijo a los camareros: “Atadlo de pies y manos y arrojadlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes.” Porque muchos son los llamados y pocos los escogidos.»

¡Venid a la fiesta!

Existen diversas formas, que podríamos llamar “cenizas”, de presentar el cristianismo, que afean su rostro y espantan a los que se acercan a él, mirándolo desde ese prisma. Una de esas formas es la que considera la fe cristiana sobre todo como un sistema moral muy riguroso, que se dedica ante todo a prohibir unos comportamientos y otros, nos exilia de las alegrías de la vida y nos impone pesadas cargas, eso sí, para “después”, en la otra vida, disfrutar sin término y sin medida. En esta forma moralizante y sombría de presentar la fe domina la idea de pecado, que hace como de embajadora primera del posterior mensaje de salvación. Esta caricatura de cristianismo es la que tienen en mente muchos de sus detractores, pero también la que, por desgracia, a veces, ofrecemos los mismos creyentes.

Jesús, que nos ha presentado en las semanas anteriores el Reino de los Cielos como una viña hermosa y fecunda, en la que hay que trabajar, pero que está llamada a dar frutos que nos endulzan la vida, va hoy más allá, como tratando de desmentir esas imágenes sombrías del Reino que ha venido a traer, y resaltando con mucha fuerza su carácter festivo y alegre. El Reino de los Cielos se parece a una fiesta, a un banquete de bodas.

La fiesta tiene un profundo significado antropológico. El hombre no es sólo un trabajador, un “funcionario” del deber, alguien sometido a las fuerzas de la necesidad natural o moral. Eso, que es en parte verdad, no agota todo su ser. El ser humano aspira a la ligereza de la libertad respecto de los mecanismos de la necesidad, y busca experimentar esa dimensión precisamente en la fiesta. En ella se abre un espacio de libertad para expresar la alegría de vivir, sea por la vida nueva de un nacimiento, sea por el recuerdo del propio o del cercano (el cumpleaños), sea para alegrarse de cualquier éxito, o de la presencia de Dios en su propia vida, y así un largo etc. Pero, tal vez, la cima de todas las fiestas se encuentre en la que se organiza con motivo de una boda. En ella se experimentan todas las alegrías de una historia nueva fundada en el amor mutuo y la libre decisión de compartir toda la vida, sin los lastres que preceden a otras alegrías no menos profundas (como los dolores de parto en el nacimiento de un niño), con la esperanza de una existencia feliz y fecunda. Que la experiencia se encargue después de rebajar esas expectativas no consigue disminuir, sin embargo, la sensación de felicidad plena que se experimenta en el banquete de bodas. Jesús compara el Reino de los Cielos con esta alegría desbordante, con esta fiesta sin parangón. Y para reforzar todo lo dicho, habla incluso de la boda del hijo del Rey. Si a todos nos agrada que nos inviten a una boda, sobre todo si se trata de la boda de personas a las que queremos, qué no sentiríamos si recibiéramos la invitación a la boda de alguien de la importancia y significación del hijo de un rey. Jesús no ha ahorrado esfuerzos de imaginación para subrayar la extraordinaria positividad del mensaje que porta consigo, al que llama a participar, en primer lugar, a los representantes del pueblo elegido, el pueblo que tiene como Rey al mismo Dios y cuyo hijo ha sido enviado a cumplir en medio de ellos las antiguas promesas, que sostienen la esperanza de este pueblo y son el soporte de su verdadera identidad. Y, por medio de ellos, a todos los demás, pues la boda del hijo del rey es algo que afecta a todos, en lo que todos deben participar.

Jesús nos está diciendo que Dios no quiere amargarnos la vida, no quiere que estemos tristes ni que lo pasemos mal. Todo lo contrario, Dios quiere preparar para nosotros un festín de manjares suculentos, de vinos de solera, quiere aniquilar la muerte, enjugar las lágrimas de todos los rostros. Y lo quiere hacer precisamente por medio de Jesús, su Hijo, en quien se ha dado realmente un desposorio de Dios con la humanidad entera.

Es verdad que en ocasiones, incluso con mucha frecuencia, en la vida existen sombras, penas y tristezas, o, como decimos a veces, pintan bastos. Y es que no todo depende de nuestra voluntad, y no es nada raro que, por diversas circunstancias (naturales o humanas) la realidad se oponga a nuestros deseos. Pablo nos enseña a este respecto que, cuando estamos unidos a Cristo, aunque no está dicho que todo vaya a irnos siempre a pedir de boca, es posible sobrellevar todas esas situaciones, porque nos hacemos libres de las circunstancias externas y, aunque eso no siempre sea del todo posible, sí que aprendemos a ser solidarios en las desgracias y las necesidades, compartiendo unos con otros las alegrías y las penas, la abundancia y la necesidad. Y aquí, en la voluntad de compartir, se cumple esa curiosa ecuación por la que las alegrías se multiplican y las penas se dividen.

La fe, la participación en el Reino, que Jesús nos presenta hoy como la invitación a una gran fiesta, no es sin embargo, un seguro de vida, ni nos garantiza salud, trabajo y éxito social. Pero nos da luz y fuerzas para vivir y encontrar sentido también en los momentos de dificultad.

Para entender del todo el sentido de la parábola de Jesús es importante atender a quién se la está contando: a los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo. Se trata, como en las parábolas de la viña, de una llamada imperiosa y de última hora a responder al Dios que está cumpliendo en Jesús sus promesas, y por medio, una vez más de una imagen que sus interlocutores conocían muy bien. Jesús parece estar dirigiéndoles una llamada final, a la desesperada. De ahí que ponga de relieve con tanto énfasis la positividad y el enorme valor de lo que se están perdiendo por su actitud de rechazo a su mensaje.

Si el banquete de boda es algo tan positivo, un tiempo de celebración, gozo y alegría, no puede dejar de sorprender la reacción de indiferencia, desprecio, incluso violencia que encuentra en los primeros invitados. ¿Será verdad que Dios responde a esas actitudes perversas destruyendo a los que lo rechazan? ¿Cómo entender las palabras de la parábola: “El rey montó en cólera, envió sus tropas, que acabaron con aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad”? Muy probablemente este texto refleje simplemente la época de la última redacción del Evangelio, en la que ya se había producido la destrucción de Jerusalén (el año 70 d.C.).

La respuesta de Dios al pecado humano no es, en realidad, “destructiva”, sino “creativa”, constructiva. El poder de Dios se muestra en su capacidad de sacar bien del mal, vida resucitada de la muerte que produce el pecado. Así, el rechazo de las autoridades de Israel (que por ser pueblo sacerdotal debía hacer de “maestro de ceremonias” de este desposorio salvífico de Dios con la humanidad entera) no frustra el proyecto de Dios, que abre la invitación al banquete de bodas a todas las gentes sin excepción y sin condiciones: “la sala del banquete se llenó de invitados, bueno y malos”. Y todos somos en parte buenos y en parte malos.

Pero aceptar la invitación y entrar en el banquete no nos deja como estábamos: algo en nosotros debe cambiar o, si como sucede de hecho, seguimos sintiendo nuestra debilidad y el acoso del pecado, hemos de entrar en una dinámica de conversión y vida nueva. Se trata de participar en el banquete de Cristo Jesús, en el banquete eucarístico, en el que él nos da su propio cuerpo y sangre, que es lo mismo que decir que se nos da del todo. Para ello nos vestimos con un traje de fiesta. En ello consiste el bautismo, que no es otra cosa que revestirse de Cristo, convertirnos en criaturas nuevas, entrar en una dinámica de vida en la que tratamos de reproducir en nosotros los sentimientos de Cristo (cf. Flp 2, 5), porque como afirma Juan “quien dice que permanece en él debe vivir como vivió él” (1Jn 2,6). Y esto significa que no somos sólo invitados a la fiesta, sino también como los servidores que cursan a otros la invitación, que con nuestras actitudes y, si es el caso, con palabras, con nuestro modo de vida, les decimos a los que nos encontramos por los caminos de la vida: “Dios ha preparado para todos un festín de manjares enjundiosos, de vinos generosos. ¡Venid a la fiesta!”

 

Domingo 27 del Tiempo Ordinario (A)

octubre 6, 2017

Lectura del libro de Isaías 5,1-7 La viña del Señor de los ejércitos es la casa de Israel

Voy a cantar en nombre de mi amigo un canto de amor a su viña. Mi amigo tenía una viña en fértil collado. La entrecavó, la descantó, y plantó buenas cepas; construyó en medio una atalaya y cavó un lagar. Y esperó que diese uvas, pero dio agrazones. Pues ahora, habitantes de Jerusalén, hombres de Judá, por favor, sed jueces entre mí y mi viña. ¿Qué más cabía hacer por mi viña que yo no lo haya hecho? ¿Por qué, esperando que diera uvas, dio agrazones? Pues ahora os diré a vosotros lo que voy a hacer con mi viña: quitar su valla para que sirva de pasto, derruir su tapia para que la pisoteen. La dejaré arrasada: no la podarán ni la escardarán, crecerán zarzas y cardos; prohibiré a las nubes que lluevan sobre ella. La viña del Señor de los ejércitos es la casa de Israel; son los hombres de Judá su plantel preferido. Esperó de ellos derecho, y ahí tenéis: asesinatos; esperó justicia, y ahí tenéis: lamentos.

Sal 79,9.12.13-14.15-16.19-20 R/. La viña del Señor es la casa de Israel

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses 4,6-9 Poned esto por obra, y el Dios de la paz estará con vosotros

Nada os preocupe; sino que, en toda ocasión, en la oración y súplica con acción de gracias, vuestras peticiones sean presentadas a Dios. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo juicio, custodiará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús. Finalmente, hermanos, todo lo que es verdadero, noble, justo, puro, amable, laudable, todo lo que es virtud o mérito, tenedlo en cuenta. Y lo que aprendisteis, recibisteis, oísteis, visteis en mí, ponedlo por obra. Y el Dios de la paz estará con vosotros.

Lectura del santo evangelio según san Mateo 21,33-43 Arrendará la viña a otros labradores

En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: «Escuchad otra parábola: Había un propietario que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar, construyó la casa del guarda, la arrendó a unos labradores y se marchó de viaje. Llegado el tiempo de la vendimia, envió a sus criados a los labradores, para percibir los frutos que le correspondían. Pero los labradores, agarrando a los criados, apalearon a uno, mataron a otro, y a otro lo apedrearon. Envió de nuevo otros criados, más que la primera vez, e hicieron con ellos lo mismo. Por último les mandó a su hijo, diciéndose: “Tendrán respeto a mi hijo.” Pero los labradores, al ver al hijo, se dijeron: “Éste es el heredero, venid, lo matamos y nos quedamos con su herencia.” Y, agarrándolo, lo empujaron fuera de la viña y lo mataron. Y ahora, cuando vuelva el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?» Le contestaron: «Hará morir de mala muerte a esos malvados y arrendará la viña a otros labradores, que le entreguen los frutos a sus tiempos.» Y Jesús les dice: «¿No habéis leído nunca en la Escritura: “La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente”? Por eso os digo que se os quitará a vosotros el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos.»

La viña del Señor es el nuevo Israel, la Iglesia 

En los dos últimos domingos Jesús ha usado la imagen de la viña para explicar el Reino de los cielos y las diferentes actitudes hacia el mismo. Era una imagen bien conocida por los interlocutores de Jesús, familiarizados con el texto de Isaías: “La viña del Señor de los ejércitos es la casa de Israel”. El mimo con el que el Señor ha cuidado de su viña contrasta con la amarga respuesta que ha encontrado por parte del pueblo. Muchos son los que piensan que un rasgo característico de los judíos es el orgullo y la soberbia de considerarse el pueblo elegido por Dios, lo que le haría sentirse por encima de los otros pueblos. El antisemitismo que tantas veces ha manchado la historia es con frecuencia la triste reacción ante esto. Pero, si consideramos las cosas con detenimiento, caeremos en la cuenta de que probablemente no hay un pueblo más crítico consigo mismo que el judío. Así lo atestigua la Biblia, en la que se subraya constantemente la infidelidad del pueblo. En un libro escrito por y para judíos, sorprende que los autores bíblicos sean tan hipercríticos con su propio pueblo (algo inaudito en otras tradiciones nacionales). Y es que el centro del mensaje bíblico no es la conciencia de pueblo elegido sino la elección por parte de Dios. Y aunque parezcan dos caras de la misma moneda, es la iniciativa gratuita de Dios, sin méritos previos, lo que se subraya en la Biblia. Esto debería exorcizar toda soberbia. Que esto no haya sido así siempre es otra cuestión, pero, como decimos, la misma tradición bíblica, que es la conciencia viva de Israel, critica con fuerza su infidelidad. Es este sentido marcadamente autocritico una de las lecciones que deberíamos aprender e imitar del Antiguo Testamento, y no derivar de él ideologías primitivas y criminales como el antisemitismo.

Jesús en el Evangelio de hoy retoma la imagen de la viña para criticar a los principales del pueblo. En su parábola, Jesús reproduce en apretada síntesis la historia toda de Israel: el amor, la fidelidad y el cuidado de Dios hacia el pueblo elegido, y la contumaz infidelidad de este último. Dios es con su llamada el que ha creado a este pueblo, lo ha liberado, le ha confiado una tarea, le ha propuesto una alianza de amor; pese a las continuas infidelidades, no ha dejado de enviarle emisarios, los profetas, que han hablado en nombre de Dios, han exhortado a renovar la alianza, a cumplir la ley de Moisés en su espíritu, y no sólo mecánicamente en su letra. En las llamadas y denuncias proféticas resuena con más fuerza el amor y la misericordia que la amenaza de castigos; pero, aunque con honrosas excepciones, una y otra vez, el pueblo, sus dirigentes, sus sacerdotes, han desoído esas llamadas, se han revuelto contra estos intérpretes inspirados de la Palabra viva de Dios que resuena en los acontecimientos, los han despreciado, perseguido, incluso matado. Cuando Jesús llega al cénit de su narración: «Por último les mandó a su hijo, diciéndose: “Tendrán respeto a mi hijo.”», ya no está hablando de sucesos del pasado, sino del presente: Él es el hijo enviado por el dueño de la viña como último recurso y como extrema expresión del amor de Dios hacia su viña. Y la reacción de los labradores en la parábola no es sino una profecía de la que iban a tener contra Él esos sacerdotes y ancianos, y que albergaban ya en su corazón.

Con su denuncia, Jesús les está dirigiendo una última y definitiva llamada a ser fieles y a cumplir con su misión de pueblo elegido. Porque la elección no es un privilegio que pone a Israel por encima y aparte de los otros pueblos, sino, al contrario, un servicio sacerdotal, que lo hace mediador entre Dios y la humanidad entera. Igual que una viña no da frutos para sí misma, sino para los demás, a los que ofrece sus dulces racimos de uva y el vino que alegra el corazón del hombre (cf. Sal 105, 15), así los frutos que Dios espera de Israel son frutos de santidad, justicia y salvación que deben ser ofrecidos a toda la humanidad, a todos los hombres sin excepción.

El fracaso de Israel, que rechaza a Jesús como Mesías, y conduce al fracaso humano de Jesús, entregado a la muerte en Cruz, pone de manifiesto el poder y la providencia de Dios, que no manipula la historia, pero sabe sacar bien del mal, vida nueva de la muerte. Así, la infidelidad de Israel es ocasión para la definitiva apertura universal de la revelación bíblica y de la salvación, de la que, repetimos, Israel no era dueño exclusivo, sino sólo su mediador. Aquí debemos enmarcar la profecía de Jesús sobre ese otro “pueblo que produzca sus frutos”. Ese nuevo pueblo de Dios, fundado sobre la piedra desechada por los arquitectos, pero convertida en piedra angular, es la Iglesia, somos nosotros. Este nuevo pueblo es el depositario de una nueva y definitiva alianza, que no pasará ya nunca, precisamente porque su fundamento es el mismo Cristo, el Hijo de Dios, la presencia del mismo Dios entre nosotros.

Ahora bien, del mismo modo que la conciencia israelita de ser el pueblo elegido no debía ser motivo de soberbia y de desprecio hacia las otras naciones, la conciencia de que somos el nuevo pueblo de Dios, y de que el vínculo que nos une con Dios no será revocado jamás, tampoco nos consiente a los creyentes mirar a los demás por encima del hombro. Pues se trata también aquí de una vocación sacerdotal, de mediación y de servicio. Hemos sido llamados a la viña del Señor no para holgar, sintiéndonos protegidos de las intemperies del mundo, sino precisamente para trabajar en ella, y para producir frutos de buenas obras, de santidad, de paz, de fraternidad y de justicia, y para ofrecer esos frutos a toda la humanidad, invitando sin amenazas ni coacciones a quien quiera a unirse en este trabajo, uniéndose a Cristo, como los sarmientos a la vid (cf. Jn 15 1-6). Esto quiere decir que ser cristiano consiste en asumir una actitud fundamental de servicio y apertura. Jesús, de hecho, no hizo otra cosa durante su vida que establecer vínculos y atravesar fronteras. Nosotros no podemos dedicarnos a levantar murallas de segregación moral o religiosa. La obligación de dar y ofrecer frutos incluye la apertura a todo lo bueno que encontramos en el mundo, incluso fuera de los límites de la Iglesia. En este “salir al encuentro” está insistiendo continuamente el Papa Francisco, y es la gran lección que nos da hoy Pablo: “hermanos, todo lo que es verdadero, noble, justo, puro, amable, laudable, todo lo que es virtud o mérito, tenedlo en cuenta”. Tenemos también la misión de rescatar y salvar todo lo que de bueno y valioso hay en este mundo creado por Dios.

En esta tarea que Jesucristo nos confía tenemos que tener una conciencia lúcida de nuestra debilidad, de la posibilidad de ser infieles. Aquí tenemos que recuperar la autocrítica que descubríamos en el Antiguo Testamento. Pero con el agravante de que, sabiendo que la alianza que constituye a la Iglesia es la definitiva, si nosotros no respondemos con fidelidad a la llamada de Dios, ¿dónde quedará la esperanza de la humanidad? ¿Quién salará la sal desvirtuada? (cf. Mt 5, 13). Lo que Jesús les dice hoy a los sumos sacerdotes y a los ancianos, nos lo dice también a nosotros. Nos invita a examinarnos de los peligros entrañados en la responsabilidad que hemos recibido: pretender hacernos los dueños de la viña, hacer de ella un coto cerrado, ser incapaces de reconocer a los criados que Dios nos envía para recoger los frutos a su tiempo, los profetas de nuestro tiempo por medio de los cuales Dios nos está hablando hoy.

No debemos olvidar que la dimensión profética es parte del ministerio pastoral de la Iglesia. Escuchar la voz de Dios significa también escuchar y obedecer a sus pastores. Aquí hay que tener cuidado con esa mentalidad tan extendida que pretende reducir el ministerio pastoral a una mera función institucional, que tiene que ver más con el poder que con el servicio. El rechazo de los pastores (en nombre de un equívoco autoproclamado profetismo) puede acabar siendo el rechazo del único Pastor, que pastorea a su pueblo por medio de aquellos. Naturalmente, también puede suceder que los pastores sean infieles. El impresionante sermón de San Agustín sobre los pastores, que advierte precisamente a estos últimos (y a sí mismo) de su grave responsabilidad, nos lo recuerda con gran viveza. Por eso, es preciso saber discernir y aceptar la presencia de otros profetas, también verdaderos enviados de Dios, personas carismáticas que, sin un estatus especial, saben leer los signos de los tiempos, denuncian males, abren nuevos caminos de vida cristiana y producen frutos de vida evangélica. El Espíritu habla también por ellos. No hay que buscar sólo gentes extraordinarias. En nuestro entorno inmediato podemos encontrar personas normales, que nos recuerdan con sencillez en qué consiste vivir según el evangelio, y a las que tal vez rechazamos (tachándolas de exageradas, o de chifladas, o de beatas, o de tantas otras cosas) porque su ejemplo nos resulta molesto. Cada uno de nosotros participará de la vocación profética en la medida en que trate de vivir según el evangelio.

Una última reflexión. Si hemos dicho que la Iglesia es el pueblo de la nueva y definitiva alianza, ¿significa esto que la última profecía de Jesús en el Evangelio de hoy (“se os quitará a vosotros el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos”) no va con nosotros? Creemos que la Iglesia está fundada sobre la piedra angular que es Cristo, y sobre el fundamento de los apóstoles, por lo que “el poder del abismo no la hará perecer” (Mt 16, 18). Pero podemos entender también esa profecía en otro sentido. Es un hecho que en los pueblos considerados tradicionalmente cristianos se está produciendo una apostasía creciente y masiva. La cultura occidental, como tendencia general, está rechazando a Cristo, alejándose de él explícitamente, y también en muchas de sus opciones fundamentales de valor (pensemos en el aborto, la eutanasia, la ideología de género, etc.), por más que sea una cultura profundamente permeada por la fe cristiana (de ahí la idea de persona, los derechos humanos, etc.). A la cultura occidental le está pasando lo que les pasó a los judíos del tiempo de Jesús. Aunque la Iglesia, según la promesa de Cristo, nunca va a dejar de serlo, lo cierto es que el nuevo pueblo de Dios se está desplazando a las periferias de la humanidad, donde encuentra gentes mejor dispuestas, y que están tomando el relevo de la evangelización (mientras Occidente decae y se barbariza).

El Evangelio de hoy es una dramática llamada de atención a estos pueblos tradicionalmente cristianos, a los creyentes que los habitan, a salir de la modorra, a reaccionar y tratar de responder con fidelidad a la llamada de Dios, para poder volver a dar frutos de santidad para la vida del mundo.