Archive for the ‘Uncategorized’ Category

Domingo 19 de Tiempo Ordinario (A)

agosto 12, 2017

Lectura del primer libro de los Reyes 19, 9a. 11-13a Ponte de pie en el monte ante el Señor

En aquellos días, cuando Ellas llegó al Horeb, el monte de Dios, se metió en una cueva donde pasó la noche. El Señor le dijo: -«Sal y ponte de pie en el monte ante el Señor. ¡El Señor va pasar! » Vino un huracán tan violento que descuajaba los montes y hizo trizas las peñas delante del Señor; pero el Señor no estaba en el viento. Después del viento, vino un terremoto; pero el Señor no estaba en el terremoto. Después del terremoto, vino un fuego; pero el Señor no estaba en el fuego. Después del fuego, se oyó una brisa tenue; al sentirla, Elías se tapo el rostro con el manto, salió afuera y se puso en pie a la entrada da la cueva.

Sal 84, 9ab-10. 11-12. 13-14 R. Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 9, 1-5  Quisiera ser un proscrito por el bien de mis hermanos

Hermanos: Digo la verdad en Cristo; mi conciencia, iluminada por el Espíritu Santo, me asegura que no miento. Siento una gran pena y un dolor incesante, en mi corazón, pues por el bien de mis hermanos, los de mi raza según la carne, quisiera incluso ser un proscrito lejos de Cristo. Ellos descienden de Israel, fueron adoptados como hijos, tienen la presencia de Dios, la alianza, la ley, el culto y las promesas. Suyos son los patriarcas, de quienes, según la carne, nació el Mesías, el que está por encima de todo: Dios bendito por los siglos. Amén.

Lectura del santo evangelio según san Mateo 14, 22-33 Mándame ir hacia ti andando sobre el agua

Después que la gente se hubo saciado, Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente. Y, después de despedir a la gente, subió al monte a solas para orar.
Llegada la noche, estaba allí solo. Mientras tanto, la barca iba ya muy lejos de tierra, sacudida por las olas, porque el viento era contrario. De madrugada se les acercó Jesús, andando sobre el agua. Los discípulos, viéndole andar sobre el agua, se asustaron y gritaron de miedo, pensando que era un fantasma. Jesús les dijo en seguida: -«¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!» Pedro le contestó: -«Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti andando sobre el agua.» Él le dijo: -«Ven.» Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua, acercándose a Jesús; pero, al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó: -«Señor, sálvame.» En seguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo: -«¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?» En cuanto subieron a la barca, amainó el viento. Los de la barca se postraron ante él, diciendo: -«Realmente eres Hijo de Dios.»

Soy yo, no tengáis miedo

 El evangelio de hoy nos presenta tres escenas sucesivas: Jesús despidiendo a la multitud; Jesús orando en soledad; Jesús caminando sobre las aguas al encuentro de los discípulos.

La primera escena cierra el episodio de la multiplicación de los panes: tras haberse compadecido de la gente, curado a los enfermos y saciado a la multitud hambrienta, Jesús se ocupa de ellos hasta el final, y permanece con ellos para despedirlos. Así se muestra la verdadera solicitud del que se ha definido como el buen pastor de su rebaño. Todo un estilo pastoral que los cristianos, especialmente lo que tienen responsabilidades pastorales, debemos aprender e imitar.

En la segunda se retoma algo que quedó en suspenso a causa de la gente que lo buscaba. Jesús renunció a su retiro para atenderla, pero, una vez que la ha despedido, vuelve a la soledad, el silencio y la oración. Si la oración no puede ser una huida, una excusa para evitar los problemas acuciantes de los hombres, la dedicación a estos problemas tampoco puede excusarnos del trato personal con Dios en el silencio y la soledad. Compromiso y oración se reclaman mutuamente; no pueden subsistir de verdad el uno sin la otra. La oración sin compromiso con las necesidades de los demás está vacía; el compromiso sin oración en la soledad puede ser algo ciego, un altruismo tal vez encomiable, pero carente del sello distintivo de la fe cristiana. Precisamente es la fe en Jesús lo que vincula estas dos dimensiones, y lo que las une con la tercera escena.

La fe puede ser a veces producto del temor. Existe una cierta inclinación a pensar que Dios ha de manifestarse por medio de signos que, como el huracán o el terremoto, expresan su fuerza irresistible, su poder, ante el que el hombre no puede hacer otra cosa que temer y someterse. Pero el Dios Padre de Jesucristo se manifiesta más bien en la amabilidad tenue de la brisa, en la cercanía solícita de su propio Hijo. Esta forma de manifestación no quiere inducir al temor sino a la confianza: en medio de la

tormenta, de la oscuridad de la noche y con el viento en contra Jesús va al encuentro de sus discípulos. Podemos entender que la barca zarandeada por el viento es una imagen de la Iglesia, que con frecuencia se mueve en medio de un ambiente hostil y contrario, en circunstancias amenazantes que parecen poner en peligro su supervivencia. Los discípulos son presa del miedo, sienten que pueden hundirse, y no tienen ojos para reconocer a Jesús que, confortado y fortalecido por la oración en soledad, es capaz de caminar sereno sobre las aguas embravecidas, por encima de peligros y turbulencias. La fe basada en el temor ve fantasmas inexistentes o percibe en los acontecimientos adversos amenazas y castigos por parte de Dios. Pero no es ese el modo de actuar de un Dios que en la solicitud de Jesucristo hacia las masas enfermas y hambrientas ha revelado su rostro paterno. No es, pues, una voz de amenaza lo que nos dirige Jesús, sino de ánimo y de confianza: «¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!»

En los tiempos que vivimos, de crisis de fe, de abandono masivo de la práctica religiosa, de hostilidad creciente hacia la Iglesia, podemos sentir también nosotros la tentación del temor y el pesimismo, incapaces de ver a Jesús caminando con señorío en medio de la tormenta. Es importante que sepamos retirarnos a la soledad para aprender a percibir la voz de Jesús que nos da ánimo y nos invita a disipar el temor. Ahora bien, lo que ha de sustituir al temor no es una arrogancia pretenciosa que ignora los peligros y confía sólo en las propias fuerzas. En la actitud de Pedro hay una curiosa mezcla de fe verdadera y de arrogancia. Por un lado, la petición que dirige a Jesús («Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti andando sobre el agua») tiene algo de desafío y desconfianza («si eres tú»), que recuerda la tentación que los sumos sacerdotes lanzaron a Jesús en la cruz: «si eres Hijo de Dios, baja de la cruz» (Mt 27, 40). A veces exigimos que Dios nos muestre sus credenciales haciendo cosas extraordinarias, o dándonos la capacidad de hacerlas nosotros. Pero hay también algo auténtico en la petición de Pedro: en tiempos de turbulencias y viento contrario no es de recibo esconderse y buscar refugio en la barca. También esta es una tentación que debe ser evitada. Cuando pintan bastos algunos cristianos prefieren esconderse, evitar el conflicto, cerrarse sobre sí, aceptando que la fe es sólo una «opción privada», y buscando en la Iglesia un lugar seguro frente a la intemperie. Pero Jesús camina sobre las aguas, en medio de la tormenta, en medio del mundo al que ha venido a salvar a pesar de la hostilidad que le muestra. Como Pedro, hay que estar dispuesto a arriesgar, a salir de la barca incluso cuando los peligros acechan. Pero hay que hacerlo con una fe confiada en Jesús, que nos salva de la arrogancia, nos tiende la mano e impide que nos hundamos, enseñándonos que es sólo en Él, y no en nuestras fuerzas, en quien debemos depositar toda nuestra confianza. Sólo así podremos caminar también sobre las aguas de la adversidad y alcanzar la paz que sólo Jesús nos puede dar. Esta tercera escena del Evangelio de hoy nos evoca estas otras palabras de Cristo: «Os he dicho estas cosas para que tengáis paz en mí. En el mundo tendréis tribulación. Pero ¡ánimo!: yo he vencido al mundo» (Jn 16, 33).

Estas son las tres llamadas que resuenan con claridad en el Evangelio de hoy: solicitud hasta el final hacia las gentes necesitadas, encuentro con Dios en la soledad de la oración y, por fin, lo que une indisolublemente el primero con la segunda, en medio del mundo, de sus tormentas y amenazas, la firme profesión de fe de los Apóstoles («los de la barca»): «Realmente eres Hijo de Dios».

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Los números de 2015

diciembre 30, 2015

Los duendes de las estadísticas de WordPress.com prepararon un informe sobre el año 2015 de este blog.

Aquí hay un extracto:

Un teleférico de San Francisco puede contener 60 personas. Este blog fue visto por 2.300 veces en 2015. Si el blog fue un teleférico, se necesitarían alrededor de 38 viajes para llevar tantas personas.

Haz click para ver el reporte completo.

Domingo de la 4ª semana de Adviento (C)

diciembre 19, 2015

Lectura de la profecía de Miqueas 5, 1-4a De ti saldrá el jefe de Israel

Lectura de la carta a los Hebreos 10, 5-10 Aquí estoy para hacer tu voluntad

Lectura del santo evangelio según san Lucas 1, 39-45 ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?

 

¿Quién soy yo?

38b8c316a247f59ee3a32109b96bcd39Al contemplar el espectáculo de nuestro mundo hay motivos para pensar que los telares en los que se hilan las grandes tramas de la historia están muy lejos de nuestra vida cotidiana. Personajes poderosos se encuentran para tomar decisiones que, después, habrán de afectar a nuestra vida de múltiples formas; decisiones en las que nosotros no tenemos arte ni parte. Grandes centros de poder (político, económico, social…) son testigos de los movimientos que deciden el curso de la historia. Es así, para bien y para mal, y tal vez no pueda ser de otra manera. Pero se entiende que se susciten protestas que piden otra forma de decidir las cuestiones que nos afectan a todos. ¿Es ello posible?

Al menos parece que a Dios sí se le ha ocurrido un camino alternativo. El gran acontecimiento del encuentro pleno y definitivo entre Dios y los hombres discurre por derroteros completamente distintos. Los personajes y los lugares que forman parte de esta otra trama son insignificantes, si los juzgamos con los criterios de los grandes sucesos históricos. “¿Quién soy yo?” pregunta Isabel, expresando la conciencia de su propia pequeñez. La pregunta suena a unos pocos kilómetros de una aldea, Belén, la más pequeña entre las aldeas de Judá, dice el profeta Miqueas. Al venir a la humanidad para encontrarse con ella en su propio territorio (en la carne, en el tiempo, en el espacio), Dios no se dirige a los grandes de este mundo, ni busca la puerta de entrada en los centros de poder de las principales urbes (Roma, Atenas, Jerusalén) desde las que, al parecer, puede tener una influencia mayor y más eficaz. Al elegir gentes insignificantes, lugares desprovistos de poder, Dios expresa que no quiere realizar una visita protocolaria, “oficial”, una “cumbre” de esas en las que se habla mucho y se buscan compromisos de papel que suelen acabar siendo papel mojado. Para Dios cada ser humano es un “gran personaje”, el más importante del mundo, así como cada pequeño rincón perdido de la tierra es para Él el centro del mundo. Dios quiere realizar con cada uno de nosotros un encuentro verdadero, en profundidad, y quiere llegar hasta el último lugar en el que habita el ser humano.

Por todo esto, los encuentros preparatorios, que preceden siempre a las cumbres, tienen también lugar ahora, pero suceden de otra manera, con otro tono, en otra atmósfera. Dios no viene a nosotros a entablar conversaciones mediante un tira y afloja de intereses contrapuestos. Quiere, eso sí, establecer una relación verdaderamente humana, y por eso ha de someterse a las condiciones de nuestra humanidad de carne, que habita en el espacio y el tiempo. Todo el Antiguo Testamento habla prácticamente sólo de estos encuentros preparatorios, no siempre culminados con éxito. Pero ahora, ante la inminencia de la venida, éstos alcanzan el máximo de intensidad. El que nos narra hoy el Evangelio de Lucas nos da algunas claves fundamentales. Se trata, en primer lugar, de un encuentro entre dos mujeres. En un mundo en el que la mujer ocupa un lugar totalmente secundario y subordinado, Dios les concede el máximo protagonismo. Se trata además, de dos mujeres embarazadas, en las que, de modo diverso, pero siempre extraordinario, está sucediendo el milagro de la vida que florece. Y María e Isabel no se dedican a quejarse por lo mal que están las cosas, a criticar a los invasores romanos o a las corruptas autoridades políticas y religiosas judías. Motivos tenían de sobra para maldecir por los muchos males que afectaban de modo directo o indirecto a sus difíciles vidas. Pero no, estas mujeres generadoras de vida realizan un encuentro de bendición: un halo divino las rodea. Y es que Dios no viene en tono amenazante, ni quiere echarnos en cara nuestros pecados. Es decir, no viene en plan reivindicativo. Su visita es salvífica, recreadora, positiva. El diálogo de Isabel con María, carente de toda queja, crítica o amargura, refleja toda esta positividad, expresada en bendiciones mutuas: la de Isabel a María, llena de entusiasmo y alegría; y la que la misma Isabel recibe de María, sin palabras, por la mera presencia del Verbo de Dios en su seno.

Si Isabel y María se encuentran en Aim Karem, en la montaña de Judá, es porque María ha ido al encuentro, ha salido de sí, sin ahorrar esfuerzos, para compartir con Isabel los dones de Dios que ambas han recibido. Aquí se ve la cooperación humana en la obra de la salvación: para que el Verbo de Dios pueda salir de sí hacia los hombres, “para hacer su voluntad”, la voluntad del Padre, hace falta que María (en plena sintonía: “hágase en mí según tu voluntad”) salga de sí y vaya al encuentro de los que la necesitan El protagonismo no lo tienen los intereses contrapuestos, con los correspondientes regateos para llegar a algún acuerdo de mínimos, sino la generosidad pura del que se sabe rico en medio de su pobreza y decide compartir lo que tiene. Y éste es también el espíritu con el que Dios viene a plantar su tienda entre nosotros: para hacernos partícipes de su propia vida y a compartir la nuestra, sin ahorrar esfuerzos y sacrificios. Esa es la voluntad de Dios, que Jesús ha venido a realizar a un alto precio, como expresa con fuerza la carta a los Hebreos.

Las condiciones del encuentro de Dios con los hombres, que se van realizando en estos otros encuentros, insignificantes para la gran historia de la humanidad, pero fundamentales para una mirada de fe (que eso son, por cierto, la palabras de Isabel: una confesión de fe), nos abren también los ojos para comprender las consecuencias de aquel: Dios, al someterse a nuestra condición humana, se hace dependiente de nosotros, necesita de nuestra cooperación. Estamos a la espera del nacimiento de Jesús, el hijo de Dios, todavía no lo vemos, pero podemos ya percibir su presencia como hijo de María. Dios, en la humildad de la carne, se deja llevar de un lugar a otro. Llevado así, en el seno de la doncella de Nazaret, en dependencia de sus andanzas, empieza ya a derramar sus bendiciones.

Al contemplar esta escena luminosa del encuentro entre Isabel y María, comprendemos el modo concreto en que podemos preparar nosotros el próximo nacimiento de Cristo. De nada sirve que nos quejemos de lo mal que está el mundo, y menos aún de que el espíritu comercial haya secuestrado el verdadero espíritu de la Navidad. Esta queja, que de tan repetida ya cansa, acaba sonando a mala excusa. Ninguna actividad comercial puede secuestrar el sentido profundo de la Navidad si nosotros los creyentes lo vivimos en la condiciones y con las consecuencias que hoy subraya para nosotros la Palabra de Dios. En primer lugar tenemos que propiciar encuentros positivos, encuentros en que dominen las bendiciones y evitemos las maldiciones; encuentros guiados no por intereses particulares (sean mezquinos o legítimos), sino por la generosidad, la capacidad de sacrificarnos por los demás, por la voluntad de compartir los dones que hemos recibido. Finalmente, la Navidad se hará real en nuestro tiempo, en cada rincón del mundo, si alguien, en apariencia insignificante, pero no para Dios, deja que la Palabra habite en él, y se hace portador de ella y, por medio de sus actos y de sus palabras, deja que esa Palabra sea fuente de bendición para otros. Esa Palabra será a veces sólo una semilla, un embrión, como Jesús en el seno de María, pero su acción será ya eficaz y fuente de bendición, suscitará el espíritu profético que anima a Isabel en su bendición y a María en su canto del Magníficat, y hará posible, en algún momento de futura madurez, un encuentro pleno con aquel que ha venido a hacer la voluntad del Altísimo, a cumplir las promesas de Dios y a ser nuestra paz.

Domingo 3 de Cuaresma (B)

marzo 6, 2015

Lectura del libro del Éxodo 20,1-17 La Ley se dio por medio de Moisés 

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 1,22-25 Predicamos a Cristo crucificado, escándalo para los hombres, pero, para los llamados, sabiduría de Dios

Lectura del santo evangelio según san Juan 2,13-25 Destruid este templo, y en tres días lo levantaré

Defender a Dios para defender al hombre

1Evangelio de hoy comienza con un gesto sorprendente de Jesús. Algunos se pueden escandalizar de que el Mesías del amor y la mansedumbre se deje llevar de repente por un arrebato de ira y de violencia. Otros, en cambio, celebran el gesto y lo interpretan como un claro alegato a favor del uso legítimo de la violencia, incluso en defensa de valores religiosos. Sin embargo, ni el texto ni el contexto permiten interpretar este episodio en términos de ira, menos aún de violencia. No se trata de dirimir aquí el espinoso problema del uso legítimo de la violencia: la doctrina de la Iglesia al respecto, pese a todas las dificultades específicas que hoy entraña la cuestión, es clara y sigue siendo válida (cf Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 2307-2317). Pero no parece admisible que aquí se trate de una explosión de cólera, en la que Jesús no pudo controlarse; ni tampoco puede hablarse de un acto de violencia en sentido estricto. Se trata más bien de un acto de purificación del templo, cargado de simbolismo y de connotaciones para el mismo Jesús y para sus seguidores.

El gesto de Jesús no es tampoco un alegato contra el comercio o las actividades financieras como tales. El que se vendieran animales para la celebración de la Pascua, y el que hubiera cambistas de moneda en un momento de gran afluencia de fieles de todas las partes del mundo, no puede considerarse algo anómalo. El problema estaba en que vendedores y cambistas habían invadido poco a poco el espacio del Templo, es decir, habían ocupado el lugar reservado exclusivamente para Dios. Y al quitarle a Dios su lugar propio, hacían esas actividades no sólo estériles (al perder su sentido religioso), sino verdaderas profanaciones sacrílegas, que en eso consiste poner cualquier cosa, incluido a uno mismo, en el lugar de Dios.

Con su gesto purificador, Jesús restablece el sentido verdadero de lo religioso, el templo como lugar de encuentro con Dios, y la pureza de la Ley que ese templo y aquellos ritos, deformados por la idolatría del dinero, representaban. Al defender el lugar sagrado, la posibilidad de encontrarse con Dios en la casa de oración, al defender, en suma, la santidad de Dios, Jesús está purificando al mismo tiempo la causa del hombre, que es la imagen de Dios.

El texto del Éxodo, en que Dios da al pueblo las diez Palabras, que expresan su santidad y su voluntad de salvación para con 2el hombre, arrojan mucha luz sobre el pasaje evangélico. Dios se presenta como un salvador y liberador incondicional: transmite su ley al pueblo, no como condición de la liberación, sino después de haberlo liberado. Los primeros mandamientos proclaman la unicidad, santidad y celo de Dios. Nada ni nadie puede ponerse en el lugar de Dios, ni usar su nombre para fines cualesquiera, antes bien, el hombre debe reconocer e inclinarse ante este Dios que lo bendice y lo salva. Tras esos primeros tres mandamientos, expresados con detalle y solemnidad, se desgranan con rapidez lacónica las consecuencias de la fe y el verdadero culto: si el hombre reconoce a Dios, habrá de reconocer necesariamente al hombre y, en primer lugar, a los que mejor representan al Dios creador para él: sus propios padres. Después, como consecuencia necesaria de haber desterrado la idolatría (la divinización de lo mundano, la absolutización de lo relativo) y de haber reconocido al único Dios, quedan desterradas también la violencia homicida, la infidelidad, el robo, la mentira, la codicia y la envidia… En suma, todo lo que envilece al hombre y empaña la obra de Dios. Vemos que defender la causa de Dios es el mejor modo de defender la causa del hombre. Por el contrario, cuando cosas relativas (el dinero o el poder, la libertad, el bienestar y el placer, el saber, cosas necesarias y, por eso, en principio buenas si están donde deben estar) ocupan el lugar de Dios, se desatan fuerzas diabólicas que desafían a Dios y producen aquello que la santidad de Dios había prohibido y exorcizado: la codicia, la opresión, la mentira, la muerte, la falsedad, la soberbia… Y el hombre, así encumbrado, acaba destruyéndose a sí mismo.

Es verdad que el ser humano ha cometido y sigue cometiendo esas acciones abominables no sólo como expresión de su debilidad y su propia maldad, sino incluso, con demasiada frecuencia, en el nombre de Dios (o de otros valores divinizados, que han querido ocupar su lugar). En todos estos casos, se tergiversa la imagen de Dios, se abusa de su santo nombre y, por mucho que se pretenda lo contrario, no se le tributa el culto debido. Pero es precisamente por esto por lo que el gesto de purificación de Jesús, incluso a riesgo de entenderse mal (como un arrebato de ira), es imprescindible. Es preciso rescatar el espacio propio de Dios, gracias al cual el hombre se descubre a sí mismo en su dignidad, descubre en los demás la imagen de Dios y la exigencia del respeto y la benevolencia.

Comprendemos, a la luz de los mandamientos, que hay una profunda lógica en ese acto de purificación que trasciende con mucho el episodio de los cambistas y los vendedores de palomas. La purificación siempre es un proceso doloroso, difícil. En primer lugar, porque parte de una situación de impureza que no siempre estamos dispuestos a reconocer, y exige renuncias para las que no siempre estamos preparados. La necesidad nos purifica del apego a lo superfluo (tal vez aquí podríamos ver una oportunidad positiva de la crisis que padecemos); la enfermedad nos purifica de la autosuficiencia, y así sucesivamente. En segundo lugar, porque los medios purificadores nunca son livianos. Basta pensar en la lejía o el fuego. La misma agua, que parece más inocente, cuando purifica de verdad no es tampoco inane. De hecho, el agua del Bautismo es una participación en la muerte de Cristo. Y es de esto mismo de lo que habla Jesús cuando, increpado por sus adversarios, justifica su acción: el verdadero templo (del que el de Jerusalén es sólo figura provisional), el lugar de la plena comunicación con Dios, en el que se puede orar en espíritu y verdad, es su cuerpo, la persona misma de Cristo Jesús. Y es ese templo-cuerpo el que ha de ser purificado con la purificación de la muerte.

3El Cristo crucificado, escándalo para los espíritus delicados, necedad para los entregados a los ídolos de este mundo, es la fuente de una sabiduría que nos purifica definitivamente de todos los falsos dioses y restituye nuestra dignidad. Porque el templo que ha de ser purificado es también el templo que somos cada uno de nosotros y que, si lo miramos bien y sinceramente, también se ha ido llenando de animales y cambistas, que le roban el espacio a Dios. No seremos unos canallas, vale; incluso podemos decir que somos “buenas personas”. Pero, ¿estamos seguros de no haberle robado a Dios, poco o mucho, el espacio que le pertenece sólo a Él? Porque, repitámoslo, nosotros mismos somos templos de Dios, en los que habita, o quiere habitar el Espíritu Santo, el Espíritu de Jesús.

Si vivimos como olvidados de Dios, los cambistas de un género u otro irán invadiendo el terreno del lugar sagrado. Y al hacerlo, iremos perdiendo sensibilidad no sólo para Dios, sino también para el bien debido a los hombres, igualmente templos e imágenes de Dios; abriremos espacios en los que intereses mezquinos, egoísmos pequeños o grandes, iras y fobias enquistadas, dosis más o menos grandes de odio, etc. (cada cuál que se examine) se irán adueñando de la escena.

Si todo esto es así, no sería malo que nos dejásemos sacudir por el látigo de Jesús, por el agua bautismal de la purificación, por el fuego del Espíritu, por el sacramento de la reconciliación. Puede ser que pasar por ese trago desbarate un poco nuestros enquistados esquemas, pero será un ejercicio saludable de renovación y de profundización que nos ayudará a entrar en la lógica de esa sabiduría de la cruz, de una muerte por amor que nos limpia de todos nuestros pecados, nos enseña que el sentido de la vida y el verdadero culto a Dios está en la entrega generosa de la propia vida, y nos va preparando a la plena participación (litúrgica dentro de unas semanas, existencial a lo largo de nuestra vida cristiana, definitiva tras la purificación de la muerte) en la vida de la Resurrección que Jesús nos ha prometido y ha conquistado ya para todos los que creen en Él y se dejan purificar por Él.

Domingo 22 del Tiempo Ordinario (A

agosto 29, 2014

Lectura del libro de Jeremías 20, 7-9 La palabra del Señor se volvió oprobio para mí
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 21-12, 1-2 Presentad vuestros cuerpos como hostia viva
Lectura del santo evangelio según san Mateo 16, 21-27 El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo

Cargar con la cruz para seguir a Jesús

1El Evangelio de hoy completa el cuadro de Cesárea de Filipo que consideramos la semana pasada. Por eso, para una comprensión más plena es necesario leer juntos los dos textos. Una vez que los discípulos, por boca de Pedro, han confesado que Jesús es el Mesías, éste comienza con ellos una catequesis personalizada sobre el sentido de su mesianismo y que se concreta en el primer anuncio de su pasión. Esto choca frontalmente con las expectativas de un mesianismo triunfante, que somete con poder y fuerza a los enemigos de Israel. Jesús no deja de hablar de victoria, pero de un modo completamente distinto al que esperan los discípulos: primero tiene que ir a Jerusalén, someterse, padecer, incluso ser ejecutado. El triunfo sólo vendrá después de la completa derrota, mediante la resurrección “al tercer día”.

Que todo esto contradice de plano lo que los discípulos esperaban del Mesías se echa de ver en la reacción –una vez más, en representación de todo el grupo– de Pedro. Es una reacción que no puede sorprendernos, porque no puede ser más humana. Lo que sorprende es la dura respuesta de Jesús, que rechaza con virulencia y llama “Satanás” a aquel a quien acaba de declarar bienaventurado y de confiarle las llaves del Reino. Sin embargo, ese tremendo apóstrofe tiene su lógica, porque al rechazar el camino hacia la cruz Pedro está jugando el papel del tentador, que ya le propuso a Jesús una forma de mesianismo más lisonjera, hecha de poder y de éxito (cf. Mt 4, 1-11), y que suponía pactar de un modo u otro con el diablo. El mesianismo que elije Jesús, el mesianismo de la cruz, es aquel en el que sus enemigos no son los hombres pecadores, sino sólo los pecados de los hombres; por ello, no se trata de liberar a unos del poder de otros, sino de liberar a todos del poder del pecado, y para ello es necesario renunciar a todo lo que signifique una alianza con cualquier forma de mal, como el sometimiento de los demás por medio de la violencia. El camino de la cruz es el de la negación de sí, el de la entrega de la propia vida hasta la muerte. Y este camino, el de Cristo hasta Jerusalén, es, tiene que ser, el camino del cristiano en el seguimiento del Maestro.

Por eso, hoy, el “no” de Pedro nos tiene que hacer reflexionar. El mismo Pedro que nos representaba en la confesión de fe, nos representa también en el rechazo de la cruz. Y esta contradicción nos descubre que el camino cristiano es un camino complejo, en el que existen distintos momentos, todos ellos necesarios, pero insuficientes si los separamos entre sí. Pedro es bienaventurado porque ha comprendido en la fe y ha confesado la verdadera identidad de Jesús y, gracias a ello, ha recibido un nombre nuevo y una misión. Pero hoy comprendemos que confesar de manera ortodoxa, con ser fundamental (es el fundamento), no es suficiente si no se da el paso de aceptar la cruz que esa confesión lleva consigo. Si aceptamos a Jesús como el Mesías, tenemos que aceptar el mesianismo que él nos propone, no el que nosotros queremos soñar o imaginar.

Cuántas veces sucede que emprendemos un proyecto de vida cristiana (en una comunidad parroquial, en un movimiento, en la vida religiosa o en el matrimonio) llenos de entusiasmo y de optimismo, llevados precisamente por la fe que profesamos, por la revelación que hemos recibido de lo alto. Pero en cuanto tropezamos con  las inevitables dificultades de la vida, con conflictos o decepciones, con algunos sufrimientos que nos causan precisamente aquellos con los que habíamos emprendido ese camino feliz, empezamos a renegar, a sentir la tentación de echarnos atrás, a decirnos que no, que no era esto lo que habíamos soñado, lo que nos habíamos imaginado. Somos creyentes ortodoxos, confesamos como se debe, y en esto somos bienaventurados, pero no estamos dispuestos a aceptar la cruz, la limitación, el sufrimiento que conlleva el camino que hemos emprendido en el seguimiento de Jesús. Parece que queremos enmendarle la plana a Cristo, que en su encarnación no ha elegido vivir en una campana de cristal ni en un mundo ideal, sino que ha asumido nuestra condición, nuestras limitaciones, y ha tomado sobre sí el pecado del mundo; nos gustaría un mesianismo y una salvación más fácil y ligera, en la que Dios desplegara su poder y nos librara como por arte de magia de nuestros problemas y dificultades. Pero esto es sólo una tentación en la que caemos con facilidad y en la que tratamos de hacer caer a Jesús, asumiendo así el papel del tentador.

Jesús, tras la primera reacción contra Pedro, dirige a los suyos (a todos nosotros) una enseñanza más sosegada sobre el significado verdadero del camino de seguimiento al que nos llama: si queremos caminar en pos de Él, tenemos que estar dispuestos a la negación de nosotros mismos, a cargar con la cruz, a perder la propia vida para ganarla. Pero, ¿no es esto algo imposible y absurdo? ¿No será esto una especie de masoquismo espiritual contrario a los deseos humanos de felicidad y que explica el amplio rechazo que el cristianismo se está ganando cada vez más en nuestros días, especialmente en el mundo más avanzado? Aunque puede ser verdad lo relativo al rechazo del cristianismo, no podemos estar de acuerdo en la acusación de masoquismo. Tomar la cruz no es hacer una opción por el dolor, sino una opción por el amor. Y el amor es lo más necesario para la vida, pero también lo más exigente, pues, a diferencia de la ley, no reclama simplemente un comportamiento determinado, sino el corazón y la vida entera. Por eso, como nos dice Jesús hoy, quien pierde la vida porque la entrega libremente, da vida y encuentra la vida. Tomar la cruz no significa buscar el dolor o el sufrimiento, pues estos están inevitablemente presentes en nuestra vida de un modo u otro. Significa no pararse en ellos, no hacer de la cruz una excusa para el egoísmo, para la autocompasión egocéntrica, para llamar la atención, en el fondo, para no amar; Jesús nos dice que carguemos con ella, pero no que nos quedemos en ella, sino que nos pongamos en camino, en su seguimiento. Tomar la cruz es elegir el amor y la entrega, la atención a los demás, el perdón… también cuando no me va tan bien, cuando experimento el dolor o la limitación, cuando siento no sólo las alas del amor, sino también su peso. En el fondo, la propuesta de Jesús está animada de una profunda lógica vital: el éxito social, la riqueza, el poder… son bienes efímeros, que no perduran, y que conducen inevitablemente a la muerte, que los corroe. Mientras que el camino difícil del amor y la entrega de sí nos conecta con la fuente de la vida, siembra nuestra vida perecedera con semillas de vida eterna. Las derrotas aparentes conducen a la victoria del “tercer día”, la victoria definitiva sobre la muerte.

Abundan hoy día autodenominadas “iglesias cristianas”, “universales”, etc. que predican la fe como camino de éxito social en este mundo, y prometen a sus fieles la riqueza material (frecuentemente, mientras los esquilman). Como los malos pastores de que habla San Agustín, predican que quienes vivan piadosamente en Cristo abundarán en toda clase de bienes, induciéndolos a vivir, o a tratar de vivir en la prosperidad que les ha de corromper, de modo que cuando sobrevengan las adversidades, los derribarán y acabarán con ellos. El que de esta manera edifica, no edifica sobre piedra, sino sobre arena (cf. S. Agustín, Sermón 46, sobre los Pastores, 10-11).

Muy distinto es el verdadero mensaje evangélico, que añade a la confesión de fe la disposición a entregar la propia vida como Jesús, libremente y por amor. Tomar sobre sí la cruz es lo mismo que nos dice hoy Pablo: presentar el propio cuerpo (la propia vida) como una hostia viva, santa, agradable a Dios. El misterio de la cruz es el misterio mismo de la eucaristía, el de la entrega hasta dar la vida. Pablo ejerce hoy de buen pastor, cuando nos exhorta a no acomodarnos a este mundo, sino a un discernimiento de lo bueno y lo perfecto, a ser libres de los dictados del ambiente, incluidas las burlas que tiene que afrontar el verdadero profeta, a caminar contra corriente y a ser una verdadera alternativa. Todo esto es lo que conlleva la verdadera confesión de fe en Jesús como Mesías y, venciendo la tentación diabólica de falsos mesianismos, la voluntad de seguirlo hasta Jerusalén.

Aurora boreal

enero 4, 2014

IMG_5937En Murmansk, quinientos kilómetros por encima del Círculo Polar, el invierno se convierte en una fría y larga noche. Es curioso comprobar cómo el cuerpo tiene necesidad de luz solar. A veces se siente físicamente, como una sed que brota de improviso de un lugar indefinido. Supongo que más al norte será peor. Aquí, al menos, queda el consuelo pálido de un par de horas de resplandor lánguido, normalmente amortiguado por las nubes que casi ininterrumpidamente cubren el cielo.

Es curioso, pero esta situación se le antoja a uno la viva imagen de la fe. En medio de la noche polar el sol es objeto de creencia. No sólo de esperanza, que también: el primer día en el que el sol asoma por el horizonte es fiesta en la ciudad. Pero mientras llega ese día hay que creer que existe el sol al que no alcanzamos a ver. El resplandor de las dos horas al día debe venir de algún sitio. Si existe esa tenue luz ha de existir su fuente. Los pocos días en que las IMG_5919nubes nos dan un respiro el mediodía es también todo un sacramental de esta fe solar. Un cielo suavemente rojizo, como el de los atardeceres mediterráneos, nos avisa de la existencia del esquivo astro. La fe, pues, en esta metáfora septentrional, no es una actitud ciega: existen signos sacramentales del astro rey.

IMG_5944Algunas veces, raras, esos signos alcanzan la cima de una experiencia mística: cuando el frío aprieta y el cielo se despeja, la naturaleza nos regala una aurora boreal. Dicen los especialistas que las auroras boreales son producto del choque de radiaciones solares contra la atmósfera. Así será. Lo importante es que nos envían un signo más del sol que, pese a ocultarse, avisa de su existencia y promete asomarse un buen día, sin velos, por el horizonte.

Domingo de la 1ª semana de Adviento (A)

noviembre 30, 2013

Lectura del libro de Isaías 2, 1-5 El Señor reúne a todas las naciones en la paz eterna del Reino de Dios

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 13, 11-14a Nuestra salvación está cerca

Lectura del santo evangelio según san Mateo 24, 37-44 Estad en vela para estar preparados

 

Las dos venidas del Señor (y la tercera)

 Anticipándose al final y al principio del año civil, el año litúrgico concluye un ciclo y abre otro nuevo. Nuestros años solares, organizados en torno a la muerte y el nacimiento del sol, han recibido el sello del cristianismo que afirma que la verdadera luz que da la vida a los hombres es Jesucristo, el Logos de Dios hecho carne y nacido en Belén. Pero la gran fiesta del nacimiento de Cristo no es un acontecimiento cósmico que se nos impone con la inevitabilidad necesaria de todo lo natural, sino un acontecimiento histórico, humano, que Dios propone en diálogo, y por ello requiere de una adecuada preparación. De ahí que el año litúrgico se adelante en casi un mes a la fiesta de la venida del Hijo de Dios al mundo, y se inaugure con este tiempo previo, llamado precisamente Adviento. Una de las palabras clave de este tiempo es “¡preparad el camino al Señor!” El Señor está en camino. Y nosotros, impacientes por su venida, nos ponemos también en camino para salir a su encuentro.

imgres1Se habla en la tradición cristiana de dos venidas del Señor: la primera, la encarnación del verbo de Dios, el nacimiento de Jesús, por el que Dios se hace cercano y presente, y que es el fundamento de nuestra esperanza. Dios está ya presente entre nosotros y es posible vivir en comunión con él. Pero seguimos experimentando el peso y las limitaciones de la vida. Por eso, no vivimos todavía en la plenitud a que aspira nuestro corazón. Más bien es Dios en Cristo Jesús el que participa de nuestras limitaciones y nos acompaña en ellas, dándonos así la posibilidad de vivir las primicias de aquello que esperamos alcanzar.

La segunda venida, la definitiva, es la que nos habla del fin del mundo, del juicio, del momento en que Cristo, al que conocemos en la apariencia humilde de su humanidad, frágil como la nuestra, se manifestará en toda su gloria, en el poder de su victoria sobre el mal y la muerte, en la plena luz de la resurrección. Todas estas frases, que suenan tal vez un poco estereotipadas, que a muchos practicantes y no practicantes, les resulta una extraña jerga eclesiástica, ¿qué sentido tienen, si es que tienen alguno?

En una ya larga tradición se entienden esas palabras sobre la segunda venida como algo terrible y  pavoroso. La idea del fin del imgres2mundo evoca catástrofes y tremendos cataclismos. Incluso hoy hay cristianos sumamente interesados en determinar el cuándo de ese final, que asocian a la idea de un castigo universal. También la idea del juicio se entiende como algo que provoca pánico. Basta pensar en las imágenes, tremendas en su soberbia fuerza y belleza, del juicio final de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina. Ante estas imágenes tremebundas muchos reaccionan con rechazo y explícito desinterés. El fin del mundo nos les parece interesante (mejor ocuparse de este mundo, mientras existe, que es el único que tenemos), además de rechazar esa religión del miedo que parece querer mantenernos en un infantilismo permanente, ajeno al espíritu de la época.

En realidad, si se atiende con detalle a lo que, no las tradiciones culturales, sino el mensaje cristiano dice a este respecto, nos damos cuenta de que lo tremendo y pavoroso no pertenece a su entraña. En primer lugar, lo que los textos evangélicos nos dicen es que saber en concreto el día y la hora no es posible y además no es interesante. La idea del fin del mundo está de hecho asociada a algo que todos sabemos y experimentamos cada día: el mundo y la vida son limitados y finitos y esa limitación se manifiesta de muchas formas, que todos podemos experimentar de múltiples modos. Es decir, este mundo y esta vida no son definitivos. Pero, al mismo tiempo, sobre esta experiencia real, podemos experimentar que, no sólo nuestra vida aspira a lo definitivo (si no fuera así, ni siquiera podríamos tener conciencia de la limitación y la finitud), sino que hay en verdad en la vida humana dimensiones no efímeras que le dan densidad y valor.

Por ello, Jesús, que no nos dice cuándo será el fin del mundo (él mismo dice ignorarlo, se ve que no le interesaba mucho), sí que nos dice cómo hemos de vivir para no descuidar esas dimensiones últimas: es necesario no dejarse amodorrar por la preocupación exclusiva de lo pasajero, y, sin dejar de ocuparnos responsablemente de las necesidades de la vida (comer y beber, resolver los problemas y conflictos cotidianos), no absolutizarlas pues hay valores y dimensiones superiores y perdurables. Cuando absolutizamos lo relativo, el comer y el beber, el legítimo disfrute de la vida, la solución de los inevitables conflictos, todo eso se convierte en “comilonas y borracheras, lujuria y desenfreno, riñas y pendencias”, es decir, como dice San Pablo, una vida vivida sin dignidad. Frente a eso, se nos exhorta a velar, a vivir con los ojos abiertos, conscientemente o, lo que es lo mismo, con dignidad. Que nos vaya mejor o peor, la riqueza y la salud no dependen por entero de nosotros; hay que prestarles atención, pero la justa. En cambio vivir con dignidad eso sí depende de nosotros, es asunto de nuestra exclusiva responsabilidad.

Así, creo yo, hay que entender esas enigmáticas palabras de que “a uno se lo llevarán y a otro lo dejarán”. Haciendo las mismas cosas, viviendo en el mismo mundo, podemos vivir de manera muy diferente: encerrados y entregados por entero a los bienes pasajeros; o atentos y abiertos a los bienes que no pasan. De esto depende que nuestra vida adquiera o no un sentido pleno.

En este sentido, el fin del mundo es su límite, su intrínseca limitación que se manifiesta en nuestra condición mortal. Todos hemos de morir y ese es el fin del mundo para cada. Igual que no sabemos cuándo será el fin del mundo, no sabemos en principio cuándo será nuestra muerte. Y si lo llegamos a saber (en el caso de una enfermedad incurable, que nos puede invitar a buscar remedios alternativos o, al menos, a prepararnos adecuadamente), eso se parecería al anuncio de un fin del mundo al estilo de la actual crisis ecológica, como amenaza por agotamiento de sus recursos energéticos, o por cualquier otra causa, que puede obligarnos a tomar medidas y empezar a vivir de otra manera. En cualquier caso, ser conscientes de todo esto y tratar de vivir de los valores definitivos (la verdad, el bien, la justicia, la fidelidad, el amor…) nos pone en relación con la fuente de la vida y de lo que la trasciende, con Dios que, en Cristo, viene a nosotros. Vistas así las cosas, entendemos que la segunda venida (el fin del mundo y el juicio) no es algo tremebundo ni amenazador. Al contrario: Jesús viene como salvador que nos rescata de la finitud de la muerte y del mal en todas sus formas. El encuentro con él es una alegre noticia, un mensaje de esperanza y de consuelo, pues significa que el pecado, el mal y la muerte han sido vencidos por Él y, si viene, es para hacernos partícipes de su victoria.

imgresA este respecto, podemos hablar de una tercera venida del Señor. No es tercera en sentido cronológico sino en su forma de realización, y que pone en relación la primera (en la que se funda) y la segunda (a la que tiende). Es la venida cotidiana de Jesús en su Palabra proclamada en la liturgia, en el Pan y el Vino de la Eucaristía, en el sacramento del perdón, en su presencia en nuestros semejantes, especialmente en los necesitados, desde los que nos llama al servicio del amor. Estas venidas cotidianas que hacen a Dios, a Cristo, accesibles a todo el que quiera encontrarse con Él, son como la aurora que anuncia que el día (la salvación) está cerca, y que tenemos que irnos despertando ya, no podemos seguir viviendo entumecidos por el sueño de la noche. Despertarse, prepararse, pertrecharse adecuadamente para la venida de la luz, todo eso significa empezar a vivir ya como si fuera de día, adoptar y usar las “armas de la luz”, caminar a la luz del Señor, anticipar en nuestra forma de vida, de relación, de solución de conflictos la armonía, la paz y la plenitud a la que aspiramos y que Cristo ya está haciendo presente: ejercitarnos para vivir en paz y no en guerra, transformar las espadas en arados y las lanzas en podaderas. Atendiendo a esas diversas formas de su “tercera” venida, damos testimonio y acogemos la primera, y nos preparamos adecuadamente a la segunda y definitiva.

En la muerte de un familiar (mi tío Santiago)

agosto 12, 2011

1.ª Lectura: Rm 14, 7-9

Evangelio: Jn 11, 17-27

«Sé que te olvidarás de Tu justicia

Que sólo impartirás misericordia

¿Cómo si no, Señor, ir a tu gloria?

¿Trocando la esperanza en injusticia?

¡Cuántas veces se ha obrado con malicia,

Dando la espalda a Dios, con gran euforia!

No se podrá llamar una victoria

Conseguir que el Señor no haga justicia.

Eres Dios, y Tú puedes lo imposible

Nada que hagas te estará vetado

Pero engañarte no será factible

Tú eres eterno y el hombre, creado.

Alza Tu mano y haz que sea posible

Alcanzar el Edén que he despreciado.»

(Santiago de San Juan)

Siempre me he preguntado por qué cuando muere alguien, especialmente un ser querido, recordamos sólo lo bueno, sus virtudes, sus buenas cualidades y acciones, y tendemos a olvidar lo malo, sus defectos, lo que no hizo bien. ¿Es esto un ejercicio de hipocresía, de autoengaño? Creo que no, que hay razones profundas, que percibimos sólo de manera vaga, pero que nos obligan a actuar así.

La primera es que el bien es eterno, no pasa nunca, queda para siempre. Cuando hace algunos años nos reunimos para celebrar las bodas de oro de Santiago y Tere os dije algo que quiero recordar ahora: el bien, como someternos a la verdad, servir a la justicia, ser honestos, fieles, etc., todo esto está más allá de las condiciones efímeras del espacio y el tiempo. Esto es especialmente verdad cuando hablamos del amor. Es absurdo decirle a alguien que le quieres en Madrid, pero no en Barcelona, o que le querrás con toda tu alma… los próximos tres meses. El amor (tan débil por tantos motivos) tiene vocación de eternidad, está llamado a perdurar siempre. El mal, en cambio, es efímero por definición.

La segunda razón es que la muerte es como un fuego que nos purifica, destruye la paja de nuestra vida, y deja limpio y puro el oro que hemos acumulado durante nuestra vida. La muerte no es un fuego que nos destruye hasta el final y nos reduce a ceniza, como a muchos puede parecer, sino un crisol que nos limpia y hace resplandecer el bien que hay en nosotros.

Cuando hace ya 17 años murió mi padre, el día de su entierro por la mañana, sentí y comprendí vitalmente algo que he conservado desde entonces como una de mis convicciones más profundas, que ahora quiero compartir con vosotros: no nos damos cuenta hasta el final de cuánto queremos a alguien hasta que este muere. Pues bien, Dios no ha encontrado un modo mejor de decirnos cuánto nos quiere que muriendo por nosotros, haciéndose presente en la humanidad de Jesucristo en nuestra propia muerte. Y gracias a Él la muerte se ha convertido en ese crisol que nos purifica y nos salva. Porque Dios se ha hecho presente en la muerte humana, y lo ha hecho como Amor (pues por amor nuestro entregó Jesús su vida en la cruz), la muerte es para cada ser humano un encuentro con Cristo. Todos tenemos que pasar por ahí, pero todos nos encontraremos con Él, el Buen Pastor, en ese momento supremo. Ese será el bautismo de cada uno. Y nosotros, los bautizados, tenemos la suerte de anticipar sacramentalmente ese momento, esta verdad existencial: por eso podemos y debemos tratar de vivir en la médula de lo que significa la muerte y la resurrección de Jesucristo: el amor, la entrega cotidiana por los hermanos. El amor es exigente, el amor es, él mismo, fuego que nos va purificando día a día.

Me perdonaréis que no haga ahora el panegírico de Santiago: sus virtudes, sus cualidades, sus méritos, el bien que hizo, pues todo ello es para nosotros ahora patente para todos. En cuanto a sus defectos y pecados, han sido ya purificados y limpiados en el fuego y el crisol de Cristo, con el que se ha encontrado al morir: “Sé que te olvidarás de tu justicia / Que sólo impartirás misericordia”.

Sus últimos días han sido una parábola de toda su vida: se ha consumido, como se consumió trabajando toda su vida para sacar adelante a los suyos. Se ha consumido luchando, amando. Ha caminado con los ojos abiertos, con plena consciencia, hacia la muerte, sabiendo que caminaba al encuentro con Cristo.

Ahora vosotros (y todos los que le hemos querido) tenemos que vivir el duelo de la despedida. Es importante hacerlo también con los ojos abiertos. No hay que huir del dolor de la separación que nos desgarra por dentro, porque hay personas que son parte de nuestra vida, y con su muerte  morimos todos un poco. Pero tenemos que saber que este proceso de duelo, en el que tenemos que llorar y rebelarnos, la relación con Santiago no se ha truncado para siempre, de modo que sólo queda la resignación; sino que se ha transformado. Viviendo el duelo de esta manera, con la esperanza que nos dan la fe y el amor, llegaremos a sentir que él está cerca de nosotros, aunque de otro modo: está en Cristo, y Cristo está en medio de nosotros.

Cristo es el misterio encarnado del amor, que nos ayuda y enseña a vivir (a acumular oro, a hacer el bien, a purificarnos ya en esta vida), y también a morir, a dar el paso a la vida plena sin temor.

No es una utopía, un sueño, y vago deseo, es algo real y posible, y en Santiago hoy lo vemos realizado.

«Ayúdanos, Señor, a ver las huellas

Del sendero que quieres que sigamos;

Que se iluminen mientras caminamos

Para poder poner los pies en ellas.

Haznos la carga un poco más liviana

Y colma de esperanza nuestro intento.

No nos dejes tener el sentimiento

De que nos falta el tiempo del mañana…

Déjanos apurar despacio el vaso

Y ver marcar, también, sus propias huellas

A los que precedimos en su paso.

Brille, Señor, tu luz en su camino,

Y que detrás de todas las estrellas,

Tengamos en tu seno el mismo sino.»

(Santiago de San Juan)