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Decimoséptimo domingo 17 del Tiempo Ordinario (C)

julio 25, 2019

Lectura del libro del Génesis 18,20-32 No se enfade mi Señor, si sigo hablando

En aquellos días, el Señor dijo: «La acusación contra Sodoma y Gomorra es fuerte, y su pecado es grave; voy a bajar, a ver si realmente sus acciones responden a la acusación; y si no, lo sabré.» Los hombres se volvieron y se dirigieron a Sodoma, mientras el Señor seguía en compañía de Abrahán. Entonces Abrahán se acercó y dijo a Dios: «¿Es que vas a destruir al inocente con el culpable? Si hay cincuenta inocentes en la ciudad, ¿los destruirás y no perdonarás al lugar por los cincuenta inocentes que hay en él? ¡Lejos de ti hacer tal cosa!, matar al inocente con el culpable, de modo que la suerte del inocente sea como la del culpable; ¡lejos de ti! El juez de todo el mundo, ¿no hará justicia?» El Señor contestó: «Si encuentro en la ciudad de Sodoma cincuenta inocentes, perdonaré a toda la ciudad en atención a ellos.» Abrahán respondió: «Me he atrevido a hablar a mi Señor, yo que soy polvo y ceniza. Si faltan cinco para el número de cincuenta inocentes, ¿destruirás, por cinco, toda la ciudad?» Respondió el Señor: «No la destruiré, si es que encuentro allí cuarenta y cinco.» Abrahán insistió: «Quizá no se encuentren más que cuarenta.» Le respondió: «En atención a los cuarenta, no lo haré.» Abrahán siguió: «Que no se enfade mi Señor, si sigo hablando. ¿Y si se encuentran treinta?» Él respondió: «No lo haré, si encuentro allí treinta.» Insistió Abrahán: «Me he atrevido a hablar a mi Señor. ¿Y si se encuentran sólo veinte?»Respondió el Señor: «En atención a los veinte, no la destruiré.» Abrahán continuó: «Que no se enfade mi Señor si hablo una vez más. ¿Y si se encuentran diez?» Contestó el Señor: «En atención a los diez, no la destruiré.»

Salmo 137,1-2a.2bc-3.6-7ab.7c-8 R/.Cuando te invoqué, Señor, me escuchaste

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Colosenses 2,12-14 Os dio vida en Cristo, perdonándoos todos los pecados

Por el bautismo fuisteis sepultados con Cristo, y habéis resucitado con él, porque habéis creído en la fuerza de Dios que lo resucitó de entre los muertos. Estabais muertos por vuestros pecados, porque no estabais circuncidados; pero Dios os dio vida en él, perdonándoos todos los pecados. Borró el protocolo que nos condenaba con sus cláusulas y era contrario a nosotros; lo quitó de en medio, clavándolo en la cruz.

Lectura del santo evangelio según san Lucas 11,1-13 Pedid y se os dará

Una vez que estaba Jesús orando en cierto lugar, cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: «Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos.» Él les dijo: «Cuando oréis decid: “Padre, santificado sea tu nombre, venga tu reino, danos cada día nuestro pan del mañana, perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe algo, y no nos dejes caer en la tentación.”»Y les dijo: «Si alguno de vosotros tiene un amigo, y viene durante la medianoche para decirle: “Amigo, préstame tres panes, pues uno de mis amigos ha venido de viaje y no tengo nada que ofrecerle.” Y, desde dentro, el otro le responde: “No me molestes; la puerta está cerrada; mis niños y yo estamos acostados; no puedo levantarme para dártelos.” Si el otro insiste llamando, yo os digo que, si no se levanta y se los da por ser amigo suyo, al menos por la importunidad se levantará y le dará cuanto necesite. Pues así os digo a vosotros: Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá; porque quien pide recibe, quien busca halla, y al que llama se le abre. ¿Qué padre entre vosotros, cuando el hijo le pide pan, le dará una piedra? ¿O si le pide un pez, le dará una serpiente? ¿O si le pide un huevo, le dará un escorpión? Si vosotros, pues, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo piden?»

 

Aprender a pedir

 

La semana pasada entendimos que la acción cristiana tiene que ir precedida de la escucha de la Palabra. La oración es, ante todo, escucha. Pero, hoy, esa misma Palabra nos enseña que en la oración también tenemos derecho a hablar, expresando nuestros deseos, nuestras necesidades, nuestras peticiones.

Ya la primera lectura ilustra esto con gran viveza. El precioso diálogo de Abraham con Dios indica no sólo que podemos dirigirnos a Él con nuestros ruegos, sino que Dios se deja importunar por nosotros, escucha con paciencia, incluso cuando nuestras peticiones tiene el tono de una queja o de un reproche. Por otro lado, al hilo de la conversación entre el patriarca y el peregrino que ha venido a visitarle, se plantea una grave cuestión que afecta a la verdadera imagen de Dios y a nuestra relación con Él. En una primera lectura tenemos la impresión de que Dios se dirige a castigar a Sodoma y Gomorra por sus muchos pecados. Esto se corresponde con esa idea del Dios juez y castigador que todavía opera en muchos, que consideran que ciertos males, como terremotos o inundaciones u otras desgracias naturales o provocadas por el hombre, son acciones punitivas de Dios por los pecados de los hombres. Pero ante esa idea del Dios vengativo se levanta la voz de Abraham, que no puede soportar que caigan justos por pecadores. La protesta de Abraham la hacen propia muchos contemporáneos, y la usan a veces incluso para impugnar la existencia de Dios. Pero en estos textos hay que saber leer entre líneas. Si ante las insistentes protestas de Abraham, Dios escucha paciente y concede que perdonará a toda la ciudad en atención a los pocos justos que se encuentren en ella, podemos entender que Dios no se dirige a destruir, sino a salvar, y que la justicia de pocos es causa de salvación de muchos. Es el mal que hacemos voluntariamente el que nos destruye, es el hombre quien se castiga a sí mismo cuando se aparta de Dios, fuente del bien y de la vida. En Sodoma no se encontró a ningún justo y esa fue la causa de su destrucción. Pero en el diálogo de Abraham con Dios hemos de leer una profecía sobre Cristo. Nadie puede considerarse totalmente justo delante de Dios, y, entonces, ¿cuál es la esperanza de salvación? Jesucristo, el único Justo, que se ha hecho causa de salvación para cuantos se acogen a él. Jesucristo es la excusa que ha encontrado Dios para ofrecer a todos la salvación.

Este es, en sustancia, el mensaje que nos transmite Pablo en la carta a los Colosenses que acabamos de leer: “Estabais muertos por vuestros pecados…; pero Dios os dio vida en él, perdonándoos todos los pecados.” Así pues, en la oración de intercesión de Abraham resuena no sólo la protesta humana ante la injusticia, sino también la voluntad salvífica de Dios, que no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva (cf. Ez 18, 23; Lc 15, 7).

Esta voluntad salvífica de Dios se traduce también en una voluntad de comunicación: Dios quiere establecer con nosotros un diálogo, quiere hablarnos y que le hablemos. Jesucristo es un ejemplo vivo de comunicación orante con su Padre Dios. Es lógico que los discípulos, alentados por ese ejemplo, le pidieran que les enseñara a orar. Hoy, nosotros repetimos esa súplica y recibimos como respuesta la oración del Padrenuestro. Hemos dicho que la oración, además de la escucha, incluye la petición. ¿Qué podemos y debemos pedir? La primera petición que aparece en el Evangelio de hoy es precisamente la de que nos enseñe a orar. Tenemos que aprender a orar y tenemos que aprender, en consecuencia, a pedir, pues sigue siendo verdad que no sabemos pedir como conviene (cf. Rm 8, 26).

En el Padrenuestro Jesús nos introduce en su propia oración, nos pone en relación con su Padre, exhortándonos así a orar en plena confianza filial. La enseñanza de Jesús tras enseñarnos el Padrenuestro lo confirma: Dios escucha con solicitud nuestras oraciones, y está dispuesto a darnos cosas buenas, del mismo modo que los padres les dan a sus hijos aquello que les conviene de verdad. En sintonía con la oración de Jesús, aprendemos a pedir lo que realmente necesitamos, lo más importante: que resplandezca el nombre de Dios, es decir, que Dios, fuente de la vida y de todo bien sea conocido y amado por todos; que su Reino de amor y de justicia, el que Cristo ha venido a traernos, se haga presente entre nosotros porque lo acogemos y aceptamos; que su voluntad de bien y de salvación se vaya realizando por medio de nuestra propia voluntad. Jesús no se olvida de que tenemos necesidades materiales, por las que también tenemos que pedir, y no sólo para nosotros, sino para todos. En esta petición por el pan de cada día resuenan esas otras palabras: “dadles vosotros de comer” (cf. Lc 9, 13); esto es, Jesús nos invita a ensanchar el corazón, para que también en estas necesidades materiales más básicas se santifique su nombre, se haga presente su Reino, se realice su voluntad. Por eso, junto al pan material, pedimos el pan de vida que es su cuerpo, que recibimos en la Eucaristía. Tampoco se olvida Cristo en su enseñanza de que este mundo en que vivimos no es ideal, sino que está afectado por muchos males, por muchos sufrimientos causados por nuestras propias injusticias. Él, el justo por el que Dios perdona a los pecadores, nos exhorta, pues, a superar el mal a base de bien, las ofensas mediante el perdón, que nosotros ya hemos recibido abundantemente. Y como el mal sigue acosándonos de muchas maneras (por medio de tantas tentaciones), nos exhorta a plantarle cara con la ayuda de su gracia. La oración de Abraham a favor de Sodoma nos hace comprender también que cuando rezamos el Padrenuestro no oramos solo por nosotros y los más cercanos, sino que estamos haciendo de mediadores de la humanidad entera ante el Dios Padre de todos.

Jesús, maestro de oración, nos enseña qué debemos pedir, pero también cómo debemos hacerlo: además de con confianza, con insistencia y perseverancia, sin miedo de importunar a Dios, como hizo Abraham, y como el amigo pesado de la breve parábola que sigue a la enseñanza del Padrenuestro.

Aquí puede alzarse, sin embargo, una objeción contra esta oración confiada y perseverante. A veces tenemos la impresión de que Dios no nos escucha. Y no se trata de cuestiones de poca monta. La oración angustiada de muchos por la salud propia y de los suyos, por la vida, la paz, la justicia… parece no encontrar eco, sino, por el contrario, el silencio por respuesta. También aquí Jesús es nuestro Maestro, más con el ejemplo que con las palabras. El modelo de esa oración angustiada es la suya en el huerto de los Olivos, cuando pidió que pasara de él el cáliz de la Pasión, pero añadió, “si es posible; y que no se haga mi voluntad sino la tuya” (Lc 22, 42). Aparentemente, Dios no respondió a la oración de Jesús, puesto que murió en la Cruz. Pero, en realidad, el Padre respondió con creces, muy por encima de lo que es posible pensar o imaginar (cf. Ef. 3, 20), resucitándolo de entre los muertos por la fuerza del Espíritu. Y, sea cual sea el resultado aparente de nuestra oración, podemos estar seguros de que, si aprendemos de Jesús a orar como conviene, ninguna oración cae en saco roto, el Padre celestial nos escucha siempre, y no dejará de dar el Espíritu Santo a los que se lo piden.

 

 

 

Segundo domingo de Cuaresma (A) La transfiguración

marzo 11, 2017

PRIMERA LECTURA

Lectura del libro del Génesis 12, 1-4a Vocación de Abraham, padre de] pueblo de Dios

En aquellos días, el Señor dijo a Abran: -“Sal de tu tierra y de la casa de tu padre, hacia la tierra que te mostraré. Haré de ti un gran pueblo, te bendeciré, haré famoso tu nombre, y será una bendición. Bendeciré a los que te bendigan, maldeciré a los que te maldigan. Con tu nombre se bendecirán todas las familias del mundo.” Abran marchó, como le había dicho el Señor.

Sal 32, 4-5. 18-19. 20 y 22 R. Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti.

SEGUNDA LECTURA

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a Timoteo 1,8b-10 Dios nos llama y nos ilumina

Querido hermano: Toma parte en los duros trabajos del Evangelio, según la fuerza de Dios. Él nos salvó y nos llamó a una vida santa, no por nuestros méritos, sino porque, desde tiempo inmemorial, Dios dispuso darnos su gracia, por medio de Jesucristo; y ahora, esa gracia se ha manifestado al aparecer nuestro Salvador Jesucristo, que destruyó la muerte y sacó a la luz la vida inmortal, por medio del Evangelio.

EVANGELIO

Lectura del santo evangelio según san Mateo 17, 1-9 Su rostro resplandecía como el sol

En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los llevó aparte a una montaña alta. Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Y se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él. Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús: -“Señor, ¡qué bien se está aquí! Sí quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.” Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra, y una voz desde la nube decía: -“Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo.” Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto. Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo: -“Levantaos, no temáis.” Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo. Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó: -“No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos.”

 

Digno de crédito

 

En mitad del camino a Jerusalén, es decir, camino de su Pasión, Jesús protagoniza un episodio realmente inaudito: sube a la montaña con tres de sus discípulos, Pedro, Santiago y Juan, y se transfigura ante ellos. Un momento luminoso, en el que todo se ve claro, y en el que uno (como lo expresan las palabras de Pedro) quisiera permanecer para siempre. Posiblemente todos hemos tenido en nuestra vida estos momentos de luz: en nuestras relaciones, en nuestro trabajo, también en nuestra fe. También nosotros hubiéramos querido hacer una tienda para permanecer para siempre en esa situación de claridad y de luz. Pero estos instantes de luz deben servir para resistir en los momentos de dificultad, que siempre se dan en la vida, en todos esos ámbitos (relaciones, profesión, fe, etc.). También en la experiencia de Jesús y de sus discípulos encontramos esta dinámica, tan humana y, por eso, tan propia de la vida cristiana, de la fe en el Dios humano, en el Dios encarnado. La montaña es lugar de manifestación de Dios. Como lo fue el Sinaí, y hoy lo es el Tabor, mañana será el “monte de la calavera”, el Gólgota. No todas las manifestaciones de Dios son igualmente fáciles de aceptar. Pero los momentos de luz se nos dan, precisamente, para permanecer fieles cuando las cosas se ponen feas.

Hoy se nos ofrece este episodio enmarcado en otros dos textos aparentemente desconectados de él: la llamada de Dios a Abraham y la exhortación de Pablo a su discípulo Timoteo.

La palabra dirigida a Abraham, “sal de tu tierra”, es un arquetipo de la experiencia religiosa. Lejos de ser ésta, como se dice a veces, un refugio y una huida, resulta ser un desafío, una llamada a dejar seguridades (la patria, la casa paterna, el lugar conocido) y emprender un camino abierto, inseguro, incierto. No sabemos qué imágenes o representaciones religiosas tenía el arameo errante, Abram, pero sabemos que se fió de un Dios para él nuevo (no ligado a la tribu o la nación), que le dirigió su palabra inesperadamente, invitándole a adentrarse en lo desconocido, fiado sólo de esa palabra, que prometía cosas inverosímiles, fecundidades humanamente imposibles. Ese nuevo Dios fue para él digno de crédito. Y esa fe abierta a lo nuevo, a lo aparentemente imposible, engendró todo un pueblo para el que Dios desplegó su poder y su voluntad salvífica, que se resume en la ley y los profetas.

Pues bien, el crédito de la Palabra de Dios se traslada ahora íntegro a Jesús. El que en el desierto venció la tentación para vivir “de toda palabra que sale de la boca de Dios” y adorarle sólo a Él, sin inclinarse ante el mal que se le ofrecía atractivo y lisonjero, ése es ahora, y por eso mismo, digno de crédito. En efecto, Jesús resume y lleva a perfección la ley y los profetas (Moisés y Elías), toda la revelación que Dios ha dirigido al hombre por medio de Israel. Por eso, Dios mismo nos confía su Palabra definitiva en Jesucristo: “Escuchadle”. Como Abraham se fío de Dios en los orígenes de la revelación, ahora nosotros, todos, hijos de Abraham por la fe, podemos fiarnos de esta Palabra encarnada que lleva aquella revelación a su plenitud.

Fe, crédito y confianza que harán falta en el momento de la dificultad. Y es que el destino de Jesús no es un camino fácil ni triunfal. Como Abraham, también Jesús hace un camino incierto fiado de una promesa, de una elección: “Tú eres mi hijo amado”, que ahora se repite en el Tabor. La subida al monte de la Transfiguración se produce de camino a Jerusalén, donde, como ya hemos dicho, Jesús deberá subir a otro monte y ser glorificado de otra manera. “No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos”; esta última frase del Evangelio que hemos escuchado nos da la clave de comprensión de esta experiencia extraordinaria. Toda ella se realiza mirando al misterio Pascual: la muerte y resurrección, que es el objeto de la conversación de Jesús con Moisés y Elías (la Ley y los Profetas): pues la Ley y los Profetas en realidad sólo hablan de Jesús, el Mesías. La Transfiguración, en la que todo el Antiguo Testamento ilumina con su luz el misterio de Cristo, es un anticipo de la luz de la Resurrección, pero sólo un anticipo. Para llegar a la plenitud de esa luz habrá que pasar primero por la prueba de la Cruz, por la oscuridad de la muerte.

La Cruz de Cristo es una realidad que se prolonga en la historia de muchas maneras: en “los pequeños hermanos de Jesús, que pasan hambre y sed” (cf. Mt 25, 40), en los sufrimientos de los creyentes, que “completan en la propia carne lo que falta a los padecimientos de Cristo” (cf. Col 1,24) y además, como dice hoy la carta a Timoteo, “tomando parte en los duros trabajos del Evangelio”: anunciar el evangelio y dar testimonio de Cristo, algo que compete a todos los creyentes, no es sólo propagar una doctrina, sino participar activamente en el modo de vida de Jesús y, en consecuencia, también en su destino. Por eso, también nosotros, cualesquiera que sean las dificultades que experimentamos en esta vida, estamos llamados a participar de la luz de Cristo transfigurado y a recibir fuerzas de esa luz. Hemos contemplado a Jesús transfigurado para que, como Pedro, Santiago y Juan, como todos los discípulos, podamos ser fieles a los momentos de luz cuando llegue la oscuridad.

Pero, podemos preguntarnos, ¿cómo podemos nosotros subir a la montaña y contemplar esta luz? Si queremos ser iluminados, tenemos que acoger y cumplir lo que la voz que se oyó en aquel monte nos dice: “Escuchadle”. En la escucha de la Palabra, de Cristo mismo, que lleva a plenitud la Ley y los Profetas, nos dejamos iluminar por dentro para, cuando llegue la prueba, podamos mantenernos fieles y confirmar a nuestros hermanos.