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Domingo 4 de Adviento (A)

diciembre 18, 2019

Lectura del libro de Isaías 7,10-14 Mirad: la virgen está encinta

En aquellos días, el Señor habló a Acaz: –«Pide una señal al Señor, tu Dios: en lo hondo del abismo o en lo alto del cielo.» Respondió Acaz: – «No la pido, no quiero tentar al Señor.» Entonces dijo Dios: – «Escucha, casa de David: ¿No os basta cansar a los hombres, que cansáis incluso a mi Dios? Pues el Señor, por su cuenta, os dará una señal: Mirad: la virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel, que significa “Dios-con-nosotros”.»

Sal 23, 1-2 3-4ab. 5-6. R. Va a entrar el Señor, él es el Rey de la gloria.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 1, 1-7 Jesucristo, de la estirpe de David, Hijo de Dios

Pablo, siervo de Cristo Jesús, llamado a ser apóstol, escogido para anunciar el Evangelio de Dios. Este Evangelio, prometido ya por sus profetas en las Escrituras santas, se refiere a su Hijo, nacido, según la carne, de la estirpe de David; constituido, según el Espíritu Santo, Hijo de Dios, con pleno poder por su resurrección de la muerte: Jesucristo, nuestro Señor. Por él hemos recibido este don y esta misión: hacer que todos los gentiles respondan a la fe, para gloria de su nombre. Entre ellos estáis también vosotros, llamados por Cristo Jesús. A todos los de Roma, a quienes Dios ama y ha llamado a formar parte de los santos, os deseo la gracia y la paz de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo.

Lectura del santo evangelio según san Mateo 1, 18-24 Jesús nacerá de María, desposada con José, hijo de David

El nacimiento de Jesucristo fue de esta manera: María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, que era justo y no quería denunciarla, decidió repudiarla en secreto. Pero, apenas había tomado esta resolución, se le apareció en sueños un ángel del Señor que le dijo: –«José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados.» Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que había dicho el Señor por el Profeta: «Mirad: la Virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrá por nombre Emmanuel, que significa “Dios-con-nosotros”.» Cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y se llevó a casa a su mujer.

Cooperadores necesarios 

La última semana de Adviento pasa de las esperanzas a los hechos, de las promesas (incluso de las muy inminentes, como las de Juan Bautista), a los cumplimientos. A pocos días de la gran fiesta el Evangelio nos avisa: “el nacimiento de Jesucristo fue de esta manera”. Y entran en escena personajes que ya no anuncian, prometen o preparan, sino que intervienen como actores principales de ese nacimiento. Ante todo, María, la madre, pero también José, su esposo, que se encontró con que, antes de vivir juntos, María “esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo”.

El principio de la sabiduría es el temor del Señor (Sal 111)

La alusión al Espíritu Santo lo dice todo: Dios se ha hecho presente. No es una presencia avasalladora, pues se manifiesta en la realidad, tan cotidiana y, al mismo tiempo, tan extraordinaria de una mujer embarazada, en cuyo seno florece la vida. A pesar de la cotidianidad y humildad con que se presenta, esta presencia de Dios en nuestra vida es siempre algo inquietante. Esa inquietud ante lo inesperado y misterioso y que, además, nos rompe los esquemas, el “temor de Dios”, puede ser de calidad muy distinta. La Palabra de Dios lo presenta hoy con claridad, en el extremo contraste que se da entre las actitudes de Acaz, en el texto profético de Isaías, y de José, en el Evangelio en el que Mateo presenta el cumplimiento de aquella profecía.

La primera forma de temor la representa Acaz, el rey inicuo, y es el miedo. La manifestación de Dios, incluso en esa forma humilde y extraordinaria pero aparentemente inofensiva (la virgen encinta que da a luz un hijo), nos complica la vida, la sentimos como amenaza, como una invasión indebida de nuestro territorio, y preferimos que Dios esté lejos, fuera de nuestra vida, que no nos exija exponernos ante Él, pues puede poner al descubierto nuestros pecados y poner en cuestión los planes a los que no estamos dispuestos a renunciar. Dios desea manifestarse, pero nosotros, como Acaz, buscamos y encontramos excusas para evitarlo, excusas que pueden incluso sonar muy bien, excusas casi piadosas (“no quiero tentar al Señor”), pero que, en el fondo, esconden el rechazo de la cercanía de Dios, del Emmanuel, del Dios con nosotros. Rechazo y excusas que no son más que estrategias que tratan de estorbar e impedir el plan de Dios, que, pese a todo, va adelante.

Pero no es que vaya adelante porque Dios se imponga con violencia, sino porque busca y encuentra a gentes bien dispuestas, que se ponen a disposición de ese plan y cooperan con él. Es la disposición de María, su “fiat”, como lo relata Lucas. Mateo, por su parte, fija su atención en José, otro colaborador necesario. En José encontramos hoy personificada la otra forma de temor de Dios, que no consiste en el miedo, sino en el respeto. José descubre en el misterioso embarazo de María el dedo de Dios, y, porque es justo, decide retirarse respetuosamente, renunciando a sus derechos. Pero Dios no viene a rivalizar con el hombre, sino a encontrarse con él; Dios no se acerca al hombre destruyendo los vínculos y las relaciones humanas, aunque a veces, como en el caso de hoy, las transforma y les da un significado nuevo y más pleno. Por eso, el temor respetuoso de José, tras ese primer movimiento de retirada, descubre que su desposorio con María lo vincula con el plan de Dios. Lo descubre en un sueño. No podemos no recordar a aquel otro José, llamado por sus hermanos “el soñador” (cf. Gn 37, 19). También José recibe luces especiales por medio del sueño. Pero, a diferencia de los sueños del hijo de Jacob, que lo ponen en una posición de privilegio y superioridad sobre sus hermanos, en el caso de José (cuyo padre también se llamaba Jacob: cf. Mt 1, 16), el sueño hace de él un servidor de los que están en el centro: María y el fruto de su vientre, a los que debe acoger y proteger. También es un privilegiado, pero es el privilegio del servicio.

Y es que José no es un soñador; lo que comprende en el sueño le lleva a tomar decisiones difíciles y arriesgadas: renunciar a sus propios planes, para ponerse al servicio del plan de Dios. El sueño se convierte en disposición a la cooperación. José, así, se abre a lo nuevo e inesperado: el “audire” (escuchar) se traduce en un “oboedire” (obedecir), que no puede entenderse más que como un acto de libertad. De esta forma se le abren a José perspectivas nuevas, adquiere una nueva forma de paternidad, no biológica, pero tampoco, como a veces se dice, meramente legal. José acoge a María, portadora del signo prodigioso de la presencia de Dios, acoge también al hijo de María y le da un nombre (que, en efecto, lo constituye en padre legal); pero, al actuar así, está acogiendo al mismo Dios, haciendo posible la realización de la promesa davídica y la obra de la salvación. Hay en la actitud cooperante de José una fecundidad que alcanza a la humanidad entera y que se prolonga en la misión apostólica de la Iglesia, que sigue anunciando el Evangelio, la Buena noticia de Jesucristo, “nacido, según la carne, de la estirpe de David” y que nos alcanza e incluye también a todos nosotros.

Jesús va a nacer. No se trata sólo del recuerdo de lo que sucedió hace algo más de dos mil años. Jesús quiere seguir naciendo, haciéndose “Dios con nosotros”, cercano de muchos que no saben nada de él. Los signos de su presencia son cotidianos y, a la vez, extraordinarios: la vida que nace, el agua que nos limpia, el pan que compartimos, la fraternidad en la que nos incluimos los que antes éramos extraños. José es para nosotros hoy un maestro de justicia, un modelo de cómo reaccionar a esa voluntad de Dios de nacer entre nosotros. Ante todo, hemos de evitar ser como Acaz, que busca excusas y pone obstáculos, no quiere ver los signos y trata de impedir la presencia. En segundo lugar, ser capaces, como José, de descubrir la extraordinaria presencia de Dios en lo ordinario y cotidiano y entender los sueños que nos hablan de confianza, acogida y aceptación. Esto significa estar abiertos a la escucha y dispuestos a la obediencia. La acogida de la que hablamos tiene varios frentes. Ante todo, la acogida de la vida, de tantas formas amenazada, rechazada e impedida en nuestros días, a veces, como en el caso de Acaz, con palabras que suenan muy bien (pretendidos “derechos”), pero que esconden el miedo patológico a la responsabilidad, al riesgo, a la generosidad. También, puesto que se trata del nacimiento de Cristo, la acogida de la Iglesia, que anuncia el misterio. José, varón justo, supo percibir la presencia de Dios en el inexplicable embarazo de su prometida, y acogió a María, que para otros estaba bajo sospecha. También hoy la Iglesia está bajo sospecha. A diferencia de María Inmaculada, la Iglesia tiene manchas, es cierto, pero no deja de ser la portadora del misterio de Cristo, la anunciadora de la presencia cercana del Dios con nosotros y la dispensadora de los múltiples medios de gracia (la Palabra, los sacramentos, las obras de caridad de millones de sus miembros). Los pecados de algunos, repetidos y aireados hasta la náusea, no deben cegarnos para la santidad de la que, pese a todo, también está grávida “por obra del Espíritu Santo”. Acoger a la Iglesia en fe, como José acogió a María, significa convertirse en “cooperador necesario” del plan de Dios y, como dice Pablo, aceptar el don y la misión de hacer posible que Jesús siga naciendo, para que todos los gentiles, todos los seres humanos, respondan a la fe, para gloria de su nombre.

Tercer domingo de Adviento

diciembre 12, 2019

Lectura del libro de Isaías 35, 1-6a. 10 Dios viene en persona y os salvará

El desierto y el yermo se regocijarán, se alegrarán el páramo y la estepa, florecerá como flor de narciso, se alegrará con gozo y alegría. Tiene la gloria del Líbano, la belleza del Carmelo y del Sarión. Ellos verán la gloria del Señor, la belleza de nuestro Dios. Fortaleced las manos débiles, robusteced las rodillas vacilantes; decid a los cobardes de corazón: «Sed fuertes, no temáis. Mirad a vuestro Dios, que trae el desquite; viene en persona, resarcirá y os salvará.» Se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán, saltará como un ciervo el cojo, la lengua del mudo cantará. Volverán los rescatados del Señor, vendrán a Sión con cánticos: en cabeza, alegría perpetua; siguiéndolos, gozo y alegría. Pena y aflicción se alejarán.

Sal 145, 7. 8-9a. 9bc-10 R. Ven, Señor, a salvarnos

Lectura de la carta del apóstol Santiago 5,7-10 Manteneos firmes, porque la venida del Señor está cerca

Tened paciencia, hermanos, hasta la venida del Señor. El labrador aguarda paciente el fruto valioso de la tierra, mientras recibe la lluvia temprana y tardía. Tened paciencia también vosotros, manteneos firmes, porque la venida del Señor está cerca. No os quejéis, hermanos, unos de otros, para no ser condenados. Mirad que el juez está ya a la puerta. Tomad, hermanos, como ejemplo de sufrimiento y de paciencia a los profetas, que hablaron en nombre del Señor.

Lectura del santo evangelio según san Mateo 11, 2-11 ¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?

En aquel tiempo, Juan, que había oído en la cárcel las obras del Mesías, le mandó a preguntar por medio de sus discípulos: -«¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?» Jesús les respondió: -«Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven, y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios, y los sordos oyen; los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia el Evangelio. ¡Y dichoso el que no se escandalice de mí! » Al irse ellos, Jesús se puso a hablar a la gente sobre Juan: -«¿Qué salisteis a contemplar en el desierto, una caña sacudida por el viento? ¿O qué fuisteis a ver, un hombre vestido con lujo? Los que visten con lujo habitan en los palacios. Entonces, ¿a qué salisteis?, ¿a ver a un profeta? Sí, os digo, y más que profeta; él es de quien está escrito: “Yo envío mi mensajero delante de ti, para que prepare el camino ante ti.” Os aseguro que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan, el Bautista; aunque el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él.»

 

No tenemos que seguir esperando

El tercer domingo de Adviento es una llamada a la alegría por la proximidad de la Navidad, de ahí que tradicionalmente se le llame domingo “Gaudete”, “alegraos”. En Rusia, cuando empieza a apretar el frío, hacia mediados o finales de octubre, la gente suele decir “huele a nieve”. En este Domingo de Adviento “huele a Navidad”, ya casi se toca el nacimiento de Jesús. Y, como dice el refrán, lo mejor de la fiesta es la víspera, porque ya empezamos a sentir anticipadamente la alegría que ésta trae consigo. El personaje principal que llena la escena es Juan el Bautista, el Precursor. Él es el profeta que anuncia la cercanía de Cristo. En esto se manifiesta su verdadero carácter de profeta. Profeta no es el que “adivina” el futuro (los adivinos, de hecho, estaban prohibidos en Israel), sino el que es capaz de descubrir los signos de la presencia de Dios allí donde los demás no son capaces de hacerlo. Pero el profeta abre los ojos a los demás, no se guarda para sí su clarividencia, sino que la sabe al servicio de todos.

Con respecto al domingo anterior se produce una interesante inversión de perspectiva. Hace una semana mirábamos con Juan hacia el futuro, hacia el que “tiene que venir”, pero que todavía no ha aparecido. En este Domingo Jesús se para a mirar a Juan; el anunciado, que ya ha venido, homenajea al precursor. Mucho se ha especulado y escrito sobre las relaciones entre Jesús y Juan. ¿Fue Jesús un discípulo de Juan, tal vez vinculados los dos al movimiento esenio? También puede ser que Juan no conociera previamente a ese “más grande” que él (cf. Jn 1, 33), y que Jesús se acercara al profeta del Jordán como un judío más entre los muchos que acudían a su llamada al bautismo de conversión. Lo que sí parece claro es que algunos discípulos de Juan se convirtieron en discípulos de Jesús, mientras que otros siguieron vinculados a este profeta todavía del Antiguo testamento, pero que señala ya el camino del nuevo, ante el que él tiene que ceder.

Al final, pese a su popularidad y su fuerza, Juan es aplastado por los poderes del mal, ya que él no sólo anuncia la venida del Mesías, sino que denuncia todo aquello que se opone al Reino de Dios, como es la arbitrariedad del tiranuelo local, Herodes. Juan decrece, mientras el movimiento en torno a Jesús va en aumento. Así se cumple lo que él mismo había profetizado.

Pero he aquí que a Juan le asaltan dudas. Posiblemente, como a tantos otros judíos de su tiempo, el mesianismo de Jesús le choca y no corresponde con sus expectativas, con lo que él se había imaginado: un mesianismo de fuerza, de castigo de los pecadores, de derrocamiento de los poderes injustos… En la cárcel, impotente, envía un mensaje a Jesús. “Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?” Una pregunta tremenda para el que había dicho “Este es el Cordero de Dios”. ¿Cómo se explica esto? ¿Es que acaso él no conocía a Jesús? ¿No lo había ya reconocido?

Vemos que incluso los profetas, pese a su clarividencia, y precisamente porque son hombres de fe, tienen un proceso que no excluye las dudas. La pregunta es tremenda más por la segunda parte que por la primera. Seguir esperando… cuando creíamos que ya había venido “el que había de venir”, el objeto de nuestra espera, de nuestra esperanza. Tener que seguir esperando se antoja una terrible cuesta arriba cuando se había vislumbrado el fin de la larga espera. Si tenemos que esperar a otro, de nuevo se abre el horizonte incierto, el futuro sin fondo, el cansancio de un camino que parece no tener fin.

Esta experiencia, que tal vez atormentaba a Juan más que la prisión y la amenaza de muerte que pesaba sobre él, se repite de muchas formas en nuestra vida. En el estudio, el trabajo, el matrimonio, la vida cristiana. Empezamos llenos de alegría, de algo que es más que esperanza, pues tenemos la sensación de que hemos encontrado aquello a lo que aspirábamos, el objeto de nuestros deseos, la persona que ha de colmar nuestra vida, la fe que nos ilumina… Y después… llega la rutina, las desilusiones, el tedio. No era esto lo que había imaginado. ¿No me habré equivocado? ¿Era este mi camino, o tendré que buscar otro? Parece que se nos nubla la mirada y lo que antes nos parecía claro y evidente se hace problemático y opaco.

La respuesta de Jesús a la pregunta de Juan también nos vale a nosotros. Jesús hace de profeta para el profeta. De hecho su respuesta es una cita de los textos proféticos, sobre todo de Isaías, que anuncian la presencia del Reino de Dios: los ciegos ven, los cojos andan, la tristeza se convierte en alegría, la debilidad en fuerza, la cobardía en valentía. Juan tiene que entender bien la respuesta indirecta de Jesús, que no habla de sí, sino de lo que Dios está haciendo por medio de Él. Jesús invita a Juan a participar de esa alegría que él mismo ha anunciado. Aunque el estilo de Jesús no es exactamente lo que Juan había imaginado, la respuesta que recibe es un pleno espaldarazo de su ministerio: por un lado los oráculos proféticos se realizan en Jesús. Por el otro, ¿no había anunciado el mismo Juan a uno “más grande que yo”? Pues esta grandeza mayor se realiza, pero no en la línea de la fuerza, la amenaza de castigo o el miedo, sino en la de la misericordia, el perdón y la alegría. Puede ser que no fuera como él se imaginaba, pero es claro que las profecías se están cumpliendo en Jesús. Y es que Dios siempre es capaz de sorprendernos y supera con creces nuestra imaginación.

¿Cómo traducir esto a nuestra vida cotidiana? Jesús nos dice a nosotros que abramos los ojos para el bien que, pese a todo, existe a nuestros alrededor, en lo que hacemos, en las personas con las que vivimos. En lo que tenemos hay mucho más bien de lo que a veces nos empeñamos en percibir, y hay muchas más posibilidades inesperadas que requieren de nuestra confianza, perseverancia y fidelidad.

Por otro lado, Jesús reconoce el gran papel que Juan ha realizado. Es claro que Jesús tenía a Juan en un altísimo concepto. Podemos imaginarnos la sorpresa que la alabanza de Jesús a Juan tuvo que causar entre sus oyentes: si no ha nacido de mujer uno más grande que Juan el Bautista, significa que Juan es más grande que Abraham, que Moisés, que David. Todo el universo religioso judío, la ley y los profetas, se quedaban pequeños ante ese postrer profeta que, pese a la conmoción que produjo su aparición, no dejaba de ser a los ojos de sus contemporáneos un personaje marginal en el conjunto de la historia de Israel. La sorprendente alabanza de Jesús contiene, sin embargo, un profundo contenido cristológico y sólo desde ella adquiere todo su sentido: la grandeza de Juan consiste en haber llevado hasta el final el largo camino que desde la antigua alianza conduce a la realización de las promesas.

Pero con Juan termina un mundo y una historia que, en forma de promesa, apuntan a Cristo, con y en quien se inaugura la cercanía del Reino de Dios. Juan es, en la historia de la salvación, el último de los siervos fieles que han preparado el camino al Mesías y han hecho así posible la inauguración de una nueva alianza.

El más pequeño en el reino de los cielos es más grande que Juan. Cualquiera de nosotros, sin tener la enorme estatura de Juan el Bautista, tiene la posibilidad de gozar de aquello que Juan y toda su tradición religiosa anunció sin llegar a disfrutar, tenemos acceso al que cumple la promesas: escuchamos su Palabra, nos sentamos con él a su mesa.

Pero el verdadero “pequeño” del Reino de los Cielos y más grande que Juan es, en realidad, el mismo Jesús. Es el pequeño porque es el Hijo. Y es que la nueva alianza no está basada en la ley sino en la filiación. Y Él es aquel del que Juan dijo que viene detrás de mí uno que es más grande que yo.

Nosotros somos más grandes que Juan en tanto en cuanto estamos unidos a Cristo. Vivir en Él es el mejor homenaje que podemos hacerle a Juan (y todos nosotros hemos tenido un Juan el Bautista en nuestra vida). Porque nosotros somos los objetos de la profecía realizada con que Jesús confirma a Juan que él es el Mesías: somos los ciegos que ven, los cojos que andan, los sordos que oyen, los pobres a los que se anuncia la buena noticia. Dichosos nosotros si no nos escandalizamos del Él.

 

Domingo 2 de Adviento (A)

diciembre 4, 2019

Lectura del libro de Isaías 11,1-10 Juzgará a los pobres con justicia

Aquel día, brotará un renuevo del tronco de Jesé, y de su raíz florecerá un vástago. Sobre él se posará el espíritu del Señor: espíritu de prudencia y sabiduría, espíritu de consejo y valentía, espíritu de ciencia y temor del Señor. Le inspirará el temor del Señor. No juzgará por apariencias ni sentenciará sólo de oídas; juzgará a los pobres con justicia, con rectitud a los desamparados. Herirá al violento con la vara de su boca, y al malvado con el aliento de sus labios. La justicia será cinturón de sus lomos, y la lealtad, cinturón de sus caderas. Habitará el lobo con el cordero, la pantera se tumbará con el cabrito, el novillo y el león pacerán juntos: un muchacho pequeño los pastorea. La vaca pastará con el oso, sus crías se tumbarán juntas; el león comerá paja con el buey. El niño jugará en la hura del áspid, la criatura meterá la mano en el escondrijo de la serpiente. No harán daño ni estrago por todo mi monte santo: porque está lleno el país de ciencia del Señor, como las aguas colman el mar. Aquel día, la raíz de Jesé se erguirá como enseña de los pueblos: la buscarán los gentiles, y será gloriosa su morada.

Sal 71, 1-2. 7-8. 12-13. 17 R. Que en sus días florezca la justicia, y la paz abunde eternamente.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 15,4-9 Cristo salva a Iodos los hombres

Todas las antiguas Escrituras se escribieron para enseñanza nuestra, de modo que entre nuestra paciencia y el consuelo que dan las Escrituras mantengamos la esperanza. Que Dios, fuente de toda paciencia y consuelo, os conceda estar de acuerdo entre vosotros, según Jesucristo, para que unánimes, a una voz, alabéis al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo. En una palabra, acogeos mutuamente, como Cristo os acogió para gloria de Dios. Quiero decir con esto que Cristo se hizo servidor de los judíos para probar la fidelidad de Dios, cumpliendo las promesas hechas a los patriarcas; y, por otra parte, acoge a los gentiles para que alaben a Dios por su misericordia. Así, dice la Escritura: «Te alabaré en medio de los gentiles y cantaré a tu nombre».

Lectura del santo evangelio según san Mateo 3,1-12 Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos

Por aquel tiempo, Juan Bautista se presentó en el desierto de Judea, predicando: «Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos.» Éste es el que anunció el profeta Isaías, diciendo: «Una voz grita en el desierto: “Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos.”» Juan llevaba un vestido de piel de camello, con una correa de cuero a la cintura, y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre. Y acudía a él toda la gente de Jerusalén, de Judea y del valle del Jordán; confesaban sus pecados; y él los bautizaba en el Jordán. Al ver que muchos fariseos y saduceos venían a que los bautizara, les dijo: «¡Camada de víboras!, ¿quién os ha enseñado a escapar del castigo inminente? Dad el fruto que pide la conversión. Y no os hagáis ilusiones, pensando: “Abraham es nuestro padre”, pues os digo que Dios es capaz de sacar hijos de Abraham de estas piedras. Ya toca el hacha la base de los árboles, y el árbol que no da buen fruto será talado y echado al fuego. Yo os bautizo con agua para que os convirtáis; pero el que viene detrás de mí puede más que yo, y no merezco ni llevarle las sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego. Él tiene el bieldo en la mano: aventará su parva, reunirá su trigo en el granero y quemará la paja en una hoguera que no se apaga.»

 

¿En dónde están los profetas?

 

Los profetas alimentaron la esperanza de Israel, especialmente en los momentos de postración y derrota, en aquellos en los que era más fácil caer en la desesperación. Los oráculos proféticos, que denuncian la injusticia y la infidelidad del pueblo como causa de sus propios males, no se limitan a señalar la actual situación de derrota y humillación como justa consecuencia del mal comportamiento, sino que reafirman la voluntad salvífica de Dios, manifestada en el perdón y la rehabilitación del pueblo. Allí donde reina la destrucción, puede resurgir la vida, del tronco seco y en apariencia muerto puede brotar un renuevo. Si ese renuevo brota del tronco de Jesé, quiere decirse que Dios restablece la promesa davídica, en apariencia condenada a la desaparición a causa de la infidelidad de los sucesores de David. Los profetas son capaces de soñar cuadros que nos pueden parecer utopías idílicas, más propias de soñadores ilusos que de personas realistas. Sin embargo, lo que describen los profetas, como hoy la poesía de Isaías, no son sueños fatuos, sino aquello a lo que aspira en el fondo el corazón humano, y que ellos saben leer como nadie, pues lo ven como el cumplimiento de las promesas de Dios, como el fruto de una fidelidad divina que supera con creces todas las infidelidades de la monarquía, del pueblo, del hombre en general. Pero esto no quiere decir que se trate de un cumplimiento mágico, en el que todo se convertirá de repente en color de rosa sin cooperación alguna por parte del hombre. Se trata de un brote, de un renuevo, es decir, del comienzo de un proceso. Además, la vida que renace del tronco de Jesé es el resultado de un “espíritu”: espíritu de prudencia y sabiduría, espíritu de consejo y valentía, espíritu de ciencia y temor del Señor; es el resultado de un modo de vida, el de aquel que es capaz de juzgar con justicia y rectitud, de oponerse al mal, pero no con la brutalidad de la violencia, sino con la fuerza de la palabra: la vara de su boca y el aliento de sus labios. Y es que no está dicho que ese mundo nuevo y en paz nacerá sin oposición. Pero el Profeta nos dice que Dios no ha perdido la esperanza en la bondad del hombre (la semilla que Él mismo depositó en el corazón humano al crearlo) y que actúa para hacerlo brotar. La libertad y la responsabilidad humana no son ajenas a la “utopía”: es posible crear un mundo armónico y en paz, y hacer de él un paraíso, si el hombre retorna a Dios y vive de acuerdo con la dignidad que de Él ha recibido.

Los profetas son los hombres capaces de ver en el desierto la posibilidad de un jardín, en la desgracia los signos de la presencia de Dios. Sus palabras superan con mucho las circunstancias históricas en que fueron pronunciadas o escritas. Nosotros descubrimos en el oráculo profético de Isaías (cuyo trasfondo histórico es la invasión asiria de Senaquerib el 701 a.C.) el anuncio del nacimiento de Jesús, en quien el Espíritu de Dios habita en su plenitud y en torno al que empieza a hacerse verdad la profecía de un mundo en el que no reine la violencia. Él es el renuevo del tronco de Jesé, la restauración de la dinastía davídica, aunque se trata ahora de un reinado completamente distinto, no político, sino dirigido al corazón del hombre.

Juan, que pertenece al linaje de los profetas, surge cuando la profecía parecía haber muerto en Israel y es, por eso mismo, todo un signo de esperanza; además, su profecía breve e intensa, áspera y directa, supera a todos sus precedentes. Su ministerio profético tiene lugar en el desierto: el lugar de la aridez y la muerte, pero también el lugar de la experiencia genuina de Dios, de la purificación y la promesa. Su profecía no habla de una futura restauración, sino de un acontecimiento inminente. Por eso, su llamada a la conversión es dura y apremiante. Precisamente en el desierto, y en un momento de máxima postración del pueblo elegido, sometido casi por entero a una potencia extranjera y gentil, Juan es capaz de ver los signos de una presencia inmediata. Esa presencia todavía no se ha descubierto, pero su inminencia urge a cambiar de actitud, a purificarse y prepararse para no dejar pasar la oportunidad que Dios nos brinda. Porque, de nuevo, no se trata de un acontecimiento que suceda sin participación alguna por parte nuestra. Aquí no caben automatismos. Juan avisa de que el proceso ya se ha iniciado, y de que está abierto a todos: no es algo para los puros, sino para los que, reconociendo su pecado, están dispuestos a purificarse. Se trata de una llamada personal que apela a la responsabilidad de cada uno. Por eso habla con tanta dureza a fariseos y saduceos, que ni reconocen su pecado ni, en consecuencia, están dispuestos a la purificación simbolizada en el bautismo. La mera pertenencia al pueblo de Israel (ser hijo de Abraham) no es suficiente para asegurarse la salvación. Da la impresión de que saduceos y fariseos acudían a Juan o por curiosidad o “por si acaso”, tal vez para controlar la actividad del díscolo profeta, que no se sometía a nadie. El caso es que carecían de una voluntad real de purificarse por dentro, de cambiar de vida y dar frutos de conversión.

Juan, el último y el más grande de los profetas, no es, sin embargo el vástago anunciado por Isaías, pese a que externamente su predicación básica se parece mucho a la de Jesús: “está cerca el Reino de los Cielos”. Pero mientras que Juan sólo presiente y prepara esa presencia ya cercana, Jesús es la realización de la misma. Es en él en quien se cumplen las antiguas promesas, los sueños de los profetas. Sabemos, una vez más, que no se trata de un cumplimiento triunfal, mágico, sin oposición, ni tampoco sin colaboración por nuestra parte. Juan nos advierte de los signos de lo que está por venir y de las disposiciones necesarias para acogerlo y colaborar a hacerlo realidad en nuestro mundo. Nos preparamos en medio de las contradicciones que nos rodean y que nos afectan personalmente: el mal existe, en el mundo, en nosotros mismos, y por eso la realización de las promesas, ya presentes en la persona de Jesús, se da en tensión, de forma agónica. Es una lucha que cada uno de nosotros debe sostener y que los seguidores de Cristo experimentan de múltiples formas. Pero, precisamente porque no es una pura promesa, sino una realidad ya operante, podemos percibir, en el espíritu del profetismo más genuino, los signos reales de esa presencia. El primero y el más importante de todos: la Palabra, que como dice Pablo de las antiguas Escrituras, que se escribieron para enseñanza nuestra, nos instruye e ilumina, “de modo que entre nuestra paciencia y el consuelo que dan las Escrituras mantengamos la esperanza”. En torno a la Palabra encarnada, que es el mismo Cristo, se congrega unánime (= con una sola alma) la comunidad, que en la acogida mutua, alaba a Dios. De esta forma, nosotros mismos nos convertimos en signos de esperanza para otros, para los desposeídos de esperanza, porque, aunque de manera imperfecta, en la voluntad de escuchar la Palabra, en la acogida de los otros sin distinción, esto es, en el amor, en el perdón recibido y otorgado, estamos haciendo fructificar el renuevo del tronco de Jesé, y haciendo verdad el sueño de los profetas, la verdad de un mundo en armonía y paz, tratando de hacer posibles esa paz y armonía en torno a nosotros, superando los prejuicios y las barreras que se alzan de tantas formas entre los hombres, descubriendo en todos ellos, judíos o gentiles, a aquellos para los que se hicieron las promesas del Dios fiel, que va al encuentro de los hombres, y que está ya cerca.

 

 

 

 

 

Domingo 1 de Adviento (A)

noviembre 27, 2019

Lectura del libro de Isaías 2, 1-5 El Señor reúne a todas las naciones en la paz eterna del Reino de Dios

Visión de Isaías, hijo de Amos, acerca de Judá y de Jerusalén: Al final de los días estará firme el monte de la casa del Señor en la cima de los montes, encumbrado sobre las montañas. Hacia él confluirán los gentiles, caminarán pueblos numerosos. Dirán: «Venid, subamos al monte del Señor, a la casa del Dios de Jacob: él nos instruirá en sus caminos y marcharemos por sus sendas; porque de Sión saldrá la ley, de Jerusalén, la palabra del Señor».» Será el árbitro de las naciones, el juez de pueblos numerosos. De las espadas forjarán arados, de las lanzas, podaderas. No alzará la espada pueblo contra pueblo, no se adiestrarán para la guerra. Casa de Jacob, ven, caminemos a la luz del Señor.

Sal 121, 1-2. 4-5. 6-7. 8-9 R. Vamos alegres a la casa del Señor.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 13, 11-14a Nuestra salvación está cerca

Hermanos: Daos cuenta del momento en que vivís; ya es hora de despertaros del sueño, porque ahora nuestra salvación está más cerca que cuando empezamos a creer. La noche está avanzada, el día se echa encima: dejemos las actividades de las tinieblas y pertrechémonos con las armas de la luz. Conduzcámonos como en pleno día, con dignidad. Nada de comilonas ni borracheras, nada de lujuria ni desenfreno, nada de riñas ni pendencias. Vestíos del Señor Jesucristo.

Lectura del santo evangelio según san Mateo 24, 37-44  Estad en vela para estar preparados

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: -«Cuando venga el Hijo del hombre, pasará como en tiempo de Noé. Antes del diluvio, la gente comía y bebía y se casaba, hasta el día en que Noé entró en el arca; y cuando menos lo esperaban llegó el diluvio y se los llevó a todos; lo mismo sucederá cuando venga el Hijo del hombre: Dos hombres estarán en el campo: a uno se lo llevarán y a otro lo dejarán; dos mujeres estarán moliendo: a una se la llevarán y a otra la dejarán. Por tanto, estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor. Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora de la noche viene el ladrón, estaría en vela y no dejarla abrir un boquete en su casa. Por eso, estad también vosotros preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre.»

 

Las dos venidas del Señor (y la tercera)

 

Anticipándose al final y al principio del año civil, el año litúrgico concluye un ciclo y abre otro nuevo. Nuestros años solares, organizados en torno a la muerte y el nacimiento del sol, han recibido el sello del cristianismo que afirma que la verdadera luz que da la vida a los hombres es Jesucristo, el Logos de Dios hecho carne y nacido en Belén. Pero la gran fiesta del nacimiento de Cristo no es un acontecimiento cósmico que se nos impone con la inevitabilidad necesaria de todo lo natural, sino un acontecimiento histórico, humano, que Dios propone en diálogo, y por ello requiere de una adecuada preparación. De ahí que el año litúrgico se adelante en casi un mes a la fiesta de la venida del Hijo de Dios al mundo, y se inaugure con este tiempo previo, llamado precisamente Adviento. Una de las palabras clave de este tiempo es “¡preparad el camino al Señor!” El Señor está en camino. Y nosotros, impacientes por su venida, nos ponemos también en camino para salir a su encuentro.

Se habla en la tradición cristiana de dos venidas del Señor: la primera, la encarnación del verbo de Dios, el nacimiento de Jesús, por el que Dios se hace cercano y presente, y que es el fundamento de nuestra esperanza. Dios está ya presente entre nosotros y es posible vivir en comunión con él. Pero seguimos experimentando el peso y las limitaciones de la vida. Por eso, no vivimos todavía en la plenitud a que aspira nuestro corazón. Más bien es Dios en Cristo Jesús el que participa de nuestras limitaciones y nos acompaña en ellas, dándonos así la posibilidad de vivir las primicias de aquello que esperamos alcanzar.

La segunda venida, la definitiva, es la que nos habla del fin del mundo, del juicio, del momento en que Cristo, al que conocemos en la apariencia humilde de su humanidad, frágil como la nuestra, se manifestará en toda su gloria, en el poder de su victoria sobre el mal y la muerte, en la plena luz de la resurrección. Todas estas frases, que suenan tal vez un poco estereotipadas, que a muchos practicantes y no practicantes, les resulta una extraña jerga eclesiástica, ¿qué sentido tienen, si es que tienen alguno?

En una ya larga tradición se entienden esas palabras sobre la segunda venida como algo terrible y  pavoroso. La idea del fin del mundo evoca catástrofes y tremendos cataclismos. Incluso hoy hay cristianos sumamente interesados en determinar el cuándo de ese final, que asocian a la idea de un castigo universal. También la idea del juicio se entiende como algo que provoca pánico. Basta pensar en las imágenes, tremendas en su soberbia fuerza y belleza, del juicio final de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina. Ante estas imágenes tremebundas muchos reaccionan con rechazo y explícito desinterés. El fin del mundo no les parece interesante (mejor ocuparse de este mundo, mientras existe, que es el único que tenemos), además de rechazar esa religión del miedo que parece querer mantenernos en un infantilismo permanente, ajeno al espíritu de la época.

En realidad, si se atiende con detalle a lo que, no las tradiciones culturales, sino el mensaje cristiano dice a este respecto, nos damos cuenta de que lo tremendo y pavoroso no pertenece a su entraña. En primer lugar, lo que los textos evangélicos nos dicen es que saber en concreto el día y la hora no es posible y además no es interesante. La idea del fin del mundo está de hecho asociada a algo que todos sabemos y experimentamos cada día: el mundo y la vida son limitados y finitos y esa limitación se manifiesta de muchas formas, que todos podemos experimentar de múltiples modos. Es decir, este mundo y esta vida no son definitivos. Pero, al mismo tiempo, sobre esta experiencia real, podemos experimentar que, no sólo nuestra vida aspira a lo definitivo (si no fuera así, ni siquiera podríamos tener conciencia de la limitación y la finitud), sino que hay en verdad en la vida humana dimensiones no efímeras que le dan densidad y valor.

Por ello, Jesús, que no nos dice cuándo será el fin del mundo (él mismo dice ignorarlo, se ve que no le interesaba mucho), sí que nos dice cómo hemos de vivir para no descuidar esas dimensiones últimas: es necesario no dejarse amodorrar por la preocupación exclusiva de lo pasajero, y, sin dejar de ocuparnos responsablemente de las necesidades de la vida (comer y beber, resolver los problemas y conflictos cotidianos), no absolutizarlas pues hay valores y dimensiones superiores y perdurables. Cuando absolutizamos lo relativo, el comer y el beber, el legítimo disfrute de la vida, la solución de los inevitables conflictos, todo eso se convierte en “comilonas y borracheras, lujuria y desenfreno, riñas y pendencias”, es decir, como dice San Pablo, una vida vivida sin dignidad. Frente a eso, se nos exhorta a velar, a vivir con los ojos abiertos, conscientemente o, lo que es lo mismo, con dignidad. Que nos vaya mejor o peor, la riqueza y la salud no dependen por entero de nosotros; hay que prestarles atención, pero la justa. En cambio vivir con dignidad eso sí depende de nosotros, es asunto de nuestra exclusiva responsabilidad.

Así, creo yo, hay que entender esas enigmáticas palabras de que “a uno se lo llevarán y a otro lo dejarán”. Haciendo las mismas cosas, viviendo en el mismo mundo, podemos vivir de manera muy diferente: encerrados y entregados por entero a los bienes pasajeros; o atentos y abiertos a los bienes que no pasan. De esto depende que nuestra vida adquiera o no un sentido pleno.

En este sentido, el fin del mundo es su límite, su intrínseca limitación que se manifiesta en nuestra condición mortal. Todos hemos de morir y ese es el fin del mundo para cada. Igual que no sabemos cuándo será el fin del mundo, no sabemos en principio cuándo será nuestra muerte. Y si lo llegamos a saber (en el caso de una enfermedad incurable, que nos puede invitar a buscar remedios alternativos o, al menos, a prepararnos adecuadamente), eso se parecería al anuncio de un fin del mundo al estilo de la actual crisis ecológica, como amenaza por agotamiento de sus recursos energéticos, o por cualquier otra causa, que puede obligarnos a tomar medidas y empezar a vivir de otra manera. En cualquier caso, ser conscientes de todo esto y tratar de vivir de los valores definitivos (la verdad, el bien, la justicia, la fidelidad, el amor…) nos pone en relación con la fuente de la vida y de lo que la trasciende, con Dios que, en Cristo, viene a nosotros. Vistas así las cosas, entendemos que la segunda venida (el fin del mundo y el juicio) no es algo tremebundo ni amenazador. Al contrario: Jesús viene como salvador que nos rescata de la finitud de la muerte y del mal en todas sus formas. El encuentro con él es una alegre noticia, un mensaje de esperanza y de consuelo, pues significa que el pecado, el mal y la muerte han sido vencidos por Él y, si viene, es para hacernos partícipes de su victoria.

A este respecto, podemos hablar de una tercera venida del Señor. No es tercera en sentido cronológico sino en su forma de realización, y que pone en relación la primera (en la que se funda) y la segunda (a la que tiende). Es la venida cotidiana de Jesús en su Palabra proclamada en la liturgia, en el Pan y el Vino de la Eucaristía, en el sacramento del perdón, en su presencia en nuestros semejantes, especialmente en los necesitados, desde los que nos llama al servicio del amor. Estas venidas cotidianas que hacen a Dios, a Cristo, accesibles a todo el que quiera encontrarse con Él, son como la aurora que anuncia que el día (la salvación) está cerca, y que tenemos que irnos despertando ya, no podemos seguir viviendo entumecidos por el sueño de la noche. Despertarse, prepararse, pertrecharse adecuadamente para la venida de la luz, todo eso significa empezar a vivir ya como si fuera de día, adoptar y usar las “armas de la luz”, caminar a la luz del Señor, anticipar en nuestra forma de vida, de relación, de solución de conflictos la armonía, la paz y la plenitud a la que aspiramos y que Cristo ya está haciendo presente: ejercitarnos para vivir en paz y no en guerra, transformar las espadas en arados y las lanzas en podaderas. Atendiendo a esas diversas formas de su “tercera” venida, damos testimonio y acogemos la primera, y nos preparamos adecuadamente a la segunda y definitiva.

Domingo 4 de Adviento (C)

diciembre 22, 2018

Lectura de la profecía de Miqueas 5, 1-4a De ti saldrá el jefe de Israel

Así dice el Señor: «Pero tú, Belén de Efrata, pequeña entre las aldeas de Judá, de ti saldrá el jefe de Israel. Su origen es desde lo antiguo, de tiempo inmemorial. Los entrega hasta el tiempo en que la madre dé a luz, el resto de sus hermanos retornará a los hijos de Israel. En pie, pastoreará con la fuerza del Señor, por el nombre glorioso del Señor, su Dios. Habitarán tranquilos, porque se mostrará grande hasta los confines de la tierra, y éste será nuestra paz.»

Salmo responsorial 79, 2ac y 3b. 15-16. 18-19 R. Oh Dios, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve.

Lectura de la carta a los Hebreos 10, 5-10 Aquí estoy para hacer tu voluntad

Hermanos: Cuando Cristo entró en el mundo dijo: «Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, pero me has preparado un cuerpo; no aceptas holocaustos ni víctimas expiatorias. Entonces yo dije lo que está escrito en el libro: “Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad.”» Primero dice: «Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, no aceptas holocaustos ni víctimas expiatorias», que se ofrecen según la Ley. Después añade: «Aquí estoy yo para hacer tu voluntad.» Niega lo primero, para afirmar lo segundo. Y conforme a esa voluntad todos quedamos santificados por la oblación del cuerpo de Jesucristo, hecha una vez para siempre.

Lectura del santo evangelio según san Lucas 1, 39-45 ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?

En aquellos días, María se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. En cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel del Espíritu Santo y dijo a voz en grito. – «¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá. »

 

¿Quién soy yo?

Al contemplar el espectáculo de nuestro mundo hay motivos para pensar que los telares en los que se hilan las grandes tramas de la historia están muy lejos de nuestra vida cotidiana. Personajes poderosos se encuentran para tomar decisiones que, después, habrán de afectar a nuestra vida de múltiples formas; decisiones en las que nosotros no tenemos arte ni parte. Grandes centros de poder (político, económico, social…) son testigos de los movimientos que deciden el curso de la historia. Es así, para bien y para mal, y tal vez no pueda ser de otra manera. Pero se entiende que se susciten protestas que piden otra forma de decidir las cuestiones que nos afectan a todos. ¿Es ello posible?

Al menos parece que a Dios sí se le ha ocurrido un camino alternativo. El gran acontecimiento del encuentro pleno y definitivo entre Dios y los hombres discurre por derroteros completamente distintos. Los personajes y los lugares que forman parte de esta otra trama son insignificantes, si los juzgamos con los criterios de los grandes sucesos históricos. “¿Quién soy yo?” pregunta Isabel, expresando la conciencia de su propia pequeñez. La pregunta suena a unos pocos kilómetros de una aldea, Belén, la más pequeña entre las aldeas de Judá, dice el profeta Miqueas. Al venir a la humanidad para encontrarse con ella en su propio territorio (en la carne, en el tiempo, en el espacio), Dios no se dirige a los grandes de este mundo, ni busca la puerta de entrada en los centros de poder de las principales urbes (Roma, Atenas, Jerusalén) desde las que, al parecer, puede tener una influencia mayor y más eficaz. Al elegir gentes insignificantes, lugares desprovistos de poder, Dios expresa que no quiere realizar una visita protocolaria, “oficial”, una “cumbre” de esas en las que se habla mucho y se buscan compromisos de papel que suelen acabar siendo papel mojado. Para Dios cada ser humano es un “gran personaje”, el más importante del mundo, así como cada pequeño rincón perdido de la tierra es para Él el centro del mundo. Dios quiere realizar con cada uno de nosotros un encuentro verdadero, en profundidad, y quiere llegar hasta el último lugar en el que habita el ser humano.

Por todo esto, los encuentros preparatorios, que preceden siempre a las cumbres, tienen también lugar ahora, pero suceden de otra manera, con otro tono, en otra atmósfera. Dios no viene a nosotros a entablar conversaciones mediante un tira y afloja de intereses contrapuestos. Quiere, eso sí, establecer una relación verdaderamente humana, y por eso ha de someterse a las condiciones de nuestra humanidad de carne, que habita en el espacio y el tiempo. Todo el Antiguo Testamento habla prácticamente sólo de estos encuentros preparatorios, no siempre culminados con éxito. Pero ahora, ante la inminencia de la venida, éstos alcanzan el máximo de intensidad. El que nos narra hoy el Evangelio de Lucas nos da algunas claves fundamentales. Se trata, en primer lugar, de un encuentro entre dos mujeres. En un mundo en el que la mujer ocupa un lugar totalmente secundario y subordinado, Dios les concede el máximo protagonismo. Se trata además, de dos mujeres embarazadas, en las que, de modo diverso, pero siempre extraordinario, está sucediendo el milagro de la vida que florece. Y María e Isabel no se dedican a quejarse por lo mal que están las cosas, a criticar a los invasores romanos o a las corruptas autoridades políticas y religiosas judías. Motivos tenían de sobra para maldecir por los muchos males que afectaban de modo directo o indirecto a sus difíciles vidas. Pero no, estas mujeres generadoras de vida realizan un encuentro de bendición: un halo divino las rodea. Y es que Dios no viene en tono amenazante, ni quiere echarnos en cara nuestros pecados. Es decir, no viene en plan reivindicativo. Su visita es salvífica, recreadora, positiva. El diálogo de Isabel con María, carente de toda queja, crítica o amargura, refleja toda esta positividad, expresada en bendiciones mutuas: la de Isabel a María, llena de entusiasmo y alegría; y la que la misma Isabel recibe de María, sin palabras, por la mera presencia del Verbo de Dios en su seno.

Si Isabel y María se encuentran en Aim Karem, en la montaña de Judá, es porque María ha ido al encuentro, ha salido de sí, sin ahorrar esfuerzos, para compartir con Isabel los dones de Dios que ambas han recibido. Aquí se ve la cooperación humana en la obra de la salvación: para que el Verbo de Dios pueda salir de sí hacia los hombres, “para hacer su voluntad”, la voluntad del Padre, hace falta que María (en plena sintonía: “hágase en mí según tu voluntad”) salga de sí y vaya al encuentro de los que la necesitan El protagonismo no lo tienen los intereses contrapuestos, con los correspondientes regateos para llegar a algún acuerdo de mínimos, sino la generosidad pura del que se sabe rico en medio de su pobreza y decide compartir lo que tiene. Y éste es también el espíritu con el que Dios viene a plantar su tienda entre nosotros: para hacernos partícipes de su propia vida y a compartir la nuestra, sin ahorrar esfuerzos y sacrificios. Esa es la voluntad de Dios, que Jesús ha venido a realizar a un alto precio, como expresa con fuerza la carta a los Hebreos.

Las condiciones del encuentro de Dios con los hombres, que se van realizando en estos otros encuentros, insignificantes para la gran historia de la humanidad, pero fundamentales para una mirada de fe (que eso son, por cierto, la palabras de Isabel: una confesión de fe), nos abren también los ojos para comprender las consecuencias de aquel: Dios, al someterse a nuestra condición humana, se hace dependiente de nosotros, necesita de nuestra cooperación. Estamos a la espera del nacimiento de Jesús, el hijo de Dios, todavía no lo vemos, pero podemos ya percibir su presencia como hijo de María. Dios, en la humildad de la carne, se deja llevar de un lugar a otro. Llevado así, en el seno de la doncella de Nazaret, en dependencia de sus andanzas, empieza ya a derramar sus bendiciones.

Al contemplar esta escena luminosa del encuentro entre Isabel y María, comprendemos el modo concreto en que podemos preparar nosotros el próximo nacimiento de Cristo. De nada sirve que nos quejemos de lo mal que está el mundo, y menos aún de que el espíritu comercial haya secuestrado el verdadero espíritu de la Navidad. Esta queja, que de tan repetida ya cansa, acaba sonando a mala excusa. Ninguna actividad comercial puede secuestrar el sentido profundo de la Navidad si nosotros los creyentes lo vivimos en la condiciones y con las consecuencias que hoy subraya para nosotros la Palabra de Dios. En primer lugar tenemos que propiciar encuentros positivos, encuentros en que dominen las bendiciones y evitemos las maldiciones; encuentros guiados no por intereses particulares (sean mezquinos o legítimos), sino por la generosidad, la capacidad de sacrificarnos por los demás, por la voluntad de compartir los dones que hemos recibido. Finalmente, la Navidad se hará real en nuestro tiempo, en cada rincón del mundo, si alguien, en apariencia insignificante, pero no para Dios, deja que la Palabra habite en él, y se hace portador de ella y, por medio de sus actos y de sus palabras, deja que esa Palabra sea fuente de bendición para otros. Esa Palabra será a veces sólo una semilla, un embrión, como Jesús en el seno de María, pero su acción será ya eficaz y fuente de bendición, suscitará el espíritu profético que anima a Isabel en su bendición y a María en su canto del Magníficat, y hará posible, en algún momento de futura madurez, un encuentro pleno con aquel que ha venido a hacer la voluntad del Altísimo, a cumplir las promesas de Dios y a ser nuestra paz.

Domingo 1 de Adviento (C)

diciembre 1, 2018

Lectura del libro de Jeremías 33, 14-16  Suscitaré a David un vástago legítimo

«Mirad que llegan días –oráculo del Señor– en que cumpliré la promesa que hice a la casa de Israel y a la casa de Judá. En aquellos días y en aquella hora, suscitaré a David un vástago legítimo, que hará justicia y derecho en la tierra. En aquellos días se salvará Judá, y en Jerusalén vivirán tranquilos, y la llamarán así: “Señor-nuestra-justicia”.»

Salmo responsorial 24, 4bc-5ab. 8-9. 10 y 14 R. A ti, Señor, levanto mi alma.

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Tesalonicenses 3, 12-4, 2 Que el Señor os fortalezca internamente, para cuando Jesús vuelva

Hermanos: Que el Señor os colme y os haga rebosar de amor mutuo y de amor a todos, lo mismo que nosotros os amamos. Y que así os fortalezca internamente, para que, cuando Jesús, nuestro Señor, vuelva acompañado de todos sus santos, os presentéis santos e irreprensibles ante Dios, nuestro Padre. En fin, hermanos, por Cristo Jesús os rogamos y exhortamos: Habéis aprendido de nosotros cómo proceder para agradar a Dios; pues proceded así y seguid adelante. Ya conocéis las instrucciones que os dimos, en nombre del Señor Jesús.


Lectura del santo evangelio según san Lucas 21, 25-28. 34-36 Se acerca vuestra liberación

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: – «Habrá signos en el sol y la luna y las estrellas, y en la tierra angustia de las gentes, enloquecidas por el estruendo del mar y el oleaje. Los hombres quedarán sin aliento por el miedo y la ansiedad ante lo que se le viene encima al mundo, pues los astros se tambalearán. Entonces verán al Hijo del hombre venir en una nube, con gran poder y majestad. Cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza: se acerca vuestra liberación. Tened cuidado: no se os embote la mente con el vicio, la bebida y los agobios de la vida, y se os eche encima de repente aquel día; porque caerá como un lazo sobre todos los habitantes de la tierra. Estad siempre despiertos, pidiendo fuerza para escapar de todo lo que está por venir y manteneros en pie ante el Hijo del hombre.»

Vivir con la cabeza alta

El nuevo año litúrgico empieza enlazando con la reflexión con la que concluye el anterior. Incluso el Evangelio que abre este tiempo de Adviento está tomado de los capítulos apocalípticos de Lucas, que la Iglesia lee en la liturgia eucarística del final del año litúrgico.

El punto en común es la venida del Señor. Es verdad que, al ir declinando el año litúrgico, se pone el acento en “los últimos tiempos” que no hablan tanto del “fin del mundo”, cuanto de la dimensión de ultimidad que hay en la vida humana, y que nos invita a tomar decisiones a favor de los valores definitivos frente a los pasajeros en vista de la segunda venida de Cristo. El Adviento, en cambio, nos va preparando para celebrar su primera venida, el nacimiento de Jesús en Belén, hace ya más de dos mil años. Sin embargo, la liturgia nos invita a no separar demasiado estas dos venidas entre las que se tensa la historia humana. La primera venida de Cristo fue objeto de una larga espera por parte del pueblo de Israel, que, como pueblo sacerdotal, tomó sobre sí la representación de la humanidad entera, que, de un modo u otro, vive también en la tensión de la espera, siquiera sea por la presión de las estrecheces y las limitaciones que de múltiples formas experimenta y de las que se quiere liberar. Lo expresa con su característica fuerza expresiva el profeta Jeremías en la primera lectura. Es verdad que la forma de representarse el cumplimiento de la promesa del nuevo David no se correspondió del todo con lo que sucedió en Jesús de Nazaret, pero nosotros comprendemos desde la fe que los acontecimientos del nacimiento, la vida, la muerte y la resurrección de Cristo superan infinitamente cualquier esperanza mesiánica puramente nacional o política.

Una vez que Cristo ya ha nacido y vivido entre nosotros, la Navidad a la que nos prepara el Adviento no se reduce a un mero recuerdo de algo pasado. La encarnación de Cristo y su presencia en la historia trasciende la materialidad del tiempo. Es verdad que ya ha sucedido. Es cierto que nosotros tenemos noticia de ello y, no sólo, sino que lo acogemos con la fe que reconoce en esos acontecimientos históricos la presencia poderosa y, a la vez, humilde y salvífica de Dios. Pero que ese acontecimiento trasciende la historia en su materialidad quiere decir que lo que significa está todavía en camino. Por un lado, son muchísimos los seres humanos que no han tenido noticia del mismo. Sea porque no lo saben en absoluto, sea porque, sabiéndolo como un dato histórico, no comprenden su profundo significado, ni lo aceptan con fe. Para todos ellos, Jesús, el Cristo está todavía por nacer. Para ellos, la historia se mueve por derroteros ajenos al designio amoroso y salvífico de Dios, desconocen que la eternidad se ha hecho presente en el tiempo, que la muerte ya ha sido vencida, que Dios nos ha mostrado su rostro paterno, que, en consecuencia, en ese hombre de Nazaret hemos adquirido la dignidad de hijos de Dios.

Aquí la Navidad y el Adviento que la prepara se convierten en un reto y una llamada para los creyentes: no podemos sólo “recordar”, ni sólo “celebrar”, tenemos que anunciar, que preparar el terreno a la venida todavía no realizada para muchos, crear las condiciones para el encuentro con Cristo. El “amor mutuo” como testimonio de la nueva vida inaugurada por el nacimiento de Jesucristo, y el “amor a todos”, como expresión de la apertura universal de esa misma vida, son, tal vez, la quintaesencia de este anuncio y esa preparación que se despliega en múltiples dimensiones e iniciativas.

Pero es que, además, la primera venida de Cristo, su nacimiento en la carne, tiene que seguir haciéndose realidad para nosotros mismos, los creyentes. Lo que dice Pablo sobre los sufrimientos de Cristo: “completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo” (Col 1, 24), podría aplicarse también a su nacimiento: cuántos aspectos de nuestra vida, de nuestra mentalidad y criterios, de nuestra forma de juzgar y reaccionar son todavía ajenos a la nueva época de la historia inaugurada por la venida del Hijo de Dios en la carne. Hemos de completar en nuestra vida el significado de la Navidad, preparándonos a nuevos encuentros con Cristo, a una nueva y más profunda compresión de su Palabra, a una vida más conforme con nuestra fe. La repetición cíclica de las fiestas y los tiempos litúrgicos, la vuelta repetida tantas veces a los mismos textos de la Palabra de Dios no deben ser una rutina mecánica y superficial de algo que “ya nos sabemos”, sino el retorno convencido de que hay todavía mucha luz que recavar, muchos tesoros escondidos para los que hasta ahora hemos estado como ciegos. También los creyentes tenemos que seguir anhelando ver al Señor.

Por fin, la primera venida realizada en el misterio de la Navidad significa el comienzo del camino humano de Cristo que culmina en el acontecimiento pascual: su muerte y resurrección. Y aquí tiene lugar algo que definitivamente trasciende toda limitación histórica. La muerte es lo más definitivo que hay en este mundo, en esta vida. En la pura perspectiva histórica, la muerte no tiene vuelta atrás. Pero la resurrección significa que eso definitivo negativo y destructor ha perdido su poder y su carácter terrible. La muerte es la cifra de todo lo catastrófico, lo temible que amenaza a la vida humana. Por más seguridades que busquemos acaba resultando que todas ellas son efímeras e impotentes, hasta las cosas más aparentemente sólidas y seguras, como la superficie de la tierra, el sol, la luna, los astros, acaban por tambalearse. Y esa inestabilidad pone en jaque todos nuestros proyectos individuales, todas nuestras utopías colectivas. Las palabras de Jesús en el evangelio de hoy no pretenden asustar o amenazar, sino hacernos comprender lo efímero de nuestro mundo, y hacernos mirar más allá de todos los acontecimientos del mismo, incluso los más terribles.

Con su muerte y resurrección Jesucristo ha introducido en la historia posibilidades inéditas. Normalmente los seres humanos tratamos de conquistar el futuro a partir del presente, mediante nuestro esfuerzo individual y colectivo. Hay en ello algo de inevitable y también de noble y de debido. Pero es claro que ese carácter efímero que afecta a nuestra historia y a nuestro mundo nos impide encontrar ahí el asidero de la salvación definitiva.

La resurrección de Cristo significa el triunfo definitivo sobre la muerte, como una posibilidad ofrecida a todos. Y ese triunfo ya ha acontecido. El futuro ya ha sido conquistado de una vez y para siempre por Jesús. Por eso, desde la fe, es posible conquistar el presente desde el futuro. La certeza de la victoria de Cristo sobre la limitación, el mal y la muerte nos ayuda a contemplar los acontecimientos del mundo y de la historia, incluso los más negativos, con la esperanza activa y la libertad de los que saben que toda negatividad ha sido ya derrotada. En medio de dificultades, estrecheces y sufrimientos, podemos sentir que nuestra liberación opera ya en la historia, que podemos vencer el abatimiento, alzar la cabeza, vivir con dignidad.

Mirando a la segunda venida, podemos considerar que los cristianos, en virtud de nuestra esperanza y nuestra fe, somos embajadores del futuro en el presente: con nuestras acciones, palabras, actitudes y criterios podemos y debemos anticipar ya en las condiciones actuales de la historia la realidad del futuro escatológico. Los embajadores no se desentienden de los lugares a los que son enviados, sino que, al contrario, se implican en ellos y tratan de aportar los valores de los que son portadores. El testimonio del amor mutuo y del amor a todos es también el puente que une las dos venidas de Cristo. Es posible, pese a todas las limitaciones, vivir en esta nueva vida que Cristo nos ha traído, precisamente porque él ya ha venido en la carne, porque sigue viniendo cotidianamente en la Palabra, los sacramentos y el testimonio de los que creen en él, porque está viniendo e ilumina ya desde el futuro escatológico el presente en el que vivimos.

Domingo 4 de Adviento (B)

diciembre 23, 2017

PRIMERA LECTURA

El reino de David durará por siempre en la presencia del Señor

Lectura del segundo libro de Samuel 7,1-5.8b-12.14a.16

Cuando el rey David se estableció en su palacio, y el Señor le dio la paz con todos los enemigos que le rodeaban, el rey dijo al profeta Natán: – «Mira, yo estoy viviendo en casa de cedro, mientras el arca del Señor vive en una tienda.» Natán respondió al rey: – «Ve y haz cuanto piensas, pues el Señor está contigo.» Pero aquella noche recibió Natán la siguiente palabra del Señor: – «Ve y dile a mi siervo David: “Así dice el Señor: ¿Eres tú quien me va a construir una casa para que habite en ella? Yo te saqué de los apriscos, de andar tras las ovejas, para que fueras jefe de mi pueblo Israel. Yo estaré contigo en todas tus empresas, acabaré con tus enemigos, te haré famoso como a los más famosos de la tierra. Daré un puesto a Israel, mi pueblo lo plantaré para que viva en él sin sobresaltos, y en adelante no permitiré que los malvados lo aflijan como antes, cuando nombré jueces para gobernar a mi pueblo Israel. Te pondré en paz con todos tus enemigos, y, además, el Señor te comunica que te dará una dinastía. Y, cuando tus días se hayan cumplido y te acuestes con tus padres, afirmaré después de ti la descendencia que saldrá de tus entrañas, y consolidaré su realeza. Yo seré para él padre, y él será para mí hijo. Tu casa y tu reino durarán por siempre en mí presencia; tu trono permanecerá por siempre.”»

Sal 88, 2-3. 4-5. 27 y 29 R. Cantaré eternamente tus misericordias, Señor.

 

SEGUNDA LECTURA

El misterio, mantenido en secreto durante siglos, ahora se ha manifestado

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 16, 25-27

Hermanos: Al que puede fortaleceros según el Evangelio que yo proclamo, predicando a Cristo Jesús, revelación del misterio mantenido en secreto durante siglos eternos y manifestado ahora en los escritos proféticos, dado a conocer por decreto del Dios eterno, para traer a todas las naciones a la obediencia de la fe al Dios, único sabio, por Jesucristo, la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

 

EVANGELIO
Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo

Lectura del santo evangelio según san Lucas 1,26-38

En aquel tiempo, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la estirpe de David; la virgen se llamaba María. El ángel, entrando en su presencia, dijo: – «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.» Ella se turbó ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquél. El ángel le dijo: – «No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin.» Y María dijo al ángel: – «¿Cómo será eso, pues no conozco a varón?» El ángel le contestó: – «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios. Ahí tienes a tu pariente Isabel, que, a pesar de su vejez, ha concebido un hijo, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible.» María contestó: -«Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.» Y la dejó el ángel.

 

Encuentros y bendiciones

La Navidad es el encuentro pleno y definitivo entre Dios y el hombre. A decir verdad, no ha sido éste un encuentro fácil. Dice el libro del Génesis que cuando, según su costumbre, Dios “paseaba por el jardín a la hora de la brisa” (cf. Gn 3, 8) el hombre temió y se ocultó de su vista al comprender que estaba desnudo. El lenguaje usado habla de una familiaridad cotidiana entre Dios y el hombre. Pero la conciencia de la confianza traicionada hace que el ser humano se sienta desnudo: así nos sentimos siempre cuando nos damos cuenta de que “nos han pillado”. Y esa vergüenza engendra temor y el deseo de huir y desaparecer: “tierra, trágame”, pensamos en esas ocasiones. Y es precisamente ese temor y el deseo de esconderse y huir lo que ha impedido que ese encuentro, buscado por Dios por largo tiempo, haya podido realizarse.

Por otro lado, es verdad que el ser humano ha desplegado su dimensión religiosa a lo largo de la historia de múltiples formas. Ha designado lugares sagrados y construido templos, ofreciéndole así a Dios su hospitalidad. Es lo que nos narra la primera lectura. Pero ahí vemos que Dios se resiste a esa hospitalidad: el Señor del universo no se deja encerrar en una casa, ni de cedro, ni de mármol. Y es que detrás de esa aparente generosa hospitalidad se ha escondido con mucha frecuencia la voluntad humana de encerrar a Dios en sus templos, es decir, en sus conceptos y planes, y de usarlo para sus fines. El poder político ha sido especialmente sensible a esa manipulación. Y en la Biblia hay toda una corriente de crítica sistemática del poder político y su intento de dominar a Dios (pues ése fue el pecado fundamental narrado en el tercer capítulo del Génesis, la voluntad de ocupar el lugar de Dios). Esa corriente crítica, encarnada sobre todo por los profetas, se refleja, entre otras cosas, en la crítica del culto oficial en el templo. Por eso, pese a la buena disposición de David, Dios aplaza el proyecto y, a cambio, promete que será Él quien le dará una casa, una descendencia. Esa promesa se cumple en Jesús, el verdadero templo de Dios en la tierra.

En síntesis, el temor humano por la vergüenza del pecado, y el pecado desvergonzado de querer manipular a Dios han producido, más que encuentros, huidas, desencuentros y encontronazos.

¿Qué ha hecho Dios entre tanto? Dios ha seguido buscando al hombre desde el respeto de su libertad, ha preparado los pasos para un encuentro definitivo, de reconciliación y amistad. No podía ser más que un encuentro a la altura del hombre, para evitar el temor: la Palabra había de tomar carne humana, para hablar al hombre huidizo, temeroso y, al tiempo, sediento de poder, en un lenguaje que pudiera comprender y aceptar. Y, como todos los encuentros de “alto nivel”, había de estar precedido de otros encuentros que lo prepararan. Toda la historia de Israel no habla sino de esto: largas tratativas repetidamente frustradas por el temor y el orgullo, pero que fueron dando sus frutos al encontrar también corazones bien dispuestos.

En estos días previos a la Navidad, especialmente entre el 17 y el 24, cuando el Adviento aumenta la tensión de la espera en intensidad creciente, prodigando signos cada vez más claros de la cercanía del “que ha de venir”, asistimos a los últimos encuentros preparatorios. El ángel y Zacarías, marido de Isabel, representantes de una Alianza ya vieja y en apariencia estéril y muda, pero que va a dar un último y decisivo fruto: la voz, el profeta precursor, Juan; el encuentro luminoso de María con Isabel, que en vez de quejarse de lo mal que estaba el mundo, se alegran y bendicen y cantan a Dios porque perciben su presencia en sus cuerpos embarazados, en los que florece la vida; y, por fin, el encuentro que hoy nos presenta el Evangelio, el del ángel con María. Se trata de un encuentro del todo especial y está lleno de revelaciones esenciales. Si cabía aún alguna duda sobre el ánimo con el que Dios viene a nuestro encuentro, basta que escuchemos las palabras de Gabriel: ni un reproche, ni una amenaza, ningún anuncio de castigo. Sólo piropos, bendiciones y halagos, hasta la exageración: “Alégrate”, “agraciada”, “el Señor está contigo”. Y si todavía queda algún espacio para el temor, basta seguir escuchando: “No temas”, “Dios te mira con benevolencia”, “la vida florece en ti”. Se me dirá: “claro, está hablando con María”. Pero María no es un personaje extraño, ajeno, una especie de extraterrestre. María es el ser humano buscado por Dios desde el comienzo de la historia, ese que salió de sus manos sin sombra de mal, “muy bueno” (cf. Gn 1, 31), es decir, “lleno de gracia”. María es un personaje histórico real, que realiza de manera transparente, en plenitud, algo que cada ser humano esconde en sí, más o menos oculto por el pecado: la huella de Dios, su imagen y, por tanto, la capacidad de responder positivamente a la llamada del Dios que viene a pasear y comunicarse con él “a la hora de la brisa”. María significa y realiza lo mejor de la humanidad, su núcleo no contaminado por el pecado y, por tanto, la que vive en lugar abierto, la que no se esconde.

El papel de María es fundamental en la venida de Dios a nuestro mundo. Porque, al ser nosotros imágenes de Dios, es decir, libres, no puede Él comunicarse con nosotros y entrar en nuestro mundo sin nuestro consentimiento. Pues sin ese consentimiento libre Dios no se haría presente como amigo, hermano (en Cristo), Padre, salvador… Y no podría despejar el temor que nos atenaza y la vergüenza que nos empuja a escondernos. María, con el valor que da la confianza, acoge la Palabra, arriesga y se pone libremente al servicio del mayor proyecto de liberación que han conocido siglos: he aquí la sierva, hágase.

Este encuentro luminoso, pleno de bendiciones y alegres palabras nos hace comprender cuál es el verdadero templo de Dios, el lugar en el que quiere habitar entre nosotros: es el corazón mismo del hombre, su corazón de carne, la carne que acoge a la Palabra y que, al acogerla, se hace presente en medio de nosotros. Es un templo vivo, del que cada uno de nosotros somos piedras vivas, la humanidad de Cristo es la piedra angular y María y su “sí” han sido la puerta de entrada.

La liturgia de hoy es toda ella luminosa y alegre. Es verdad que el destino del que ha de nacer no será en absoluto fácil ni triunfante. Y es que los temores y los orgullos no dejarán de acosar su presencia y de cerrarse al diálogo. Pero en María descubrimos otra posibilidad que se nos abre a todos: vencer el temor con la confianza, el orgullo con la humildad, y la voluntad de dominio con la disposición al servicio. Podemos intentar hacer nuestro su sí, y convertirnos de este modo nosotros mismos en ángeles que anuncian buenas noticias, procuran encuentros salvíficos, transmiten bendiciones y preparan templos vivos y abiertos en los que Dios encuentra un lugar donde habitar en medio de los hombres. Porque, como nos recuerda hoy Pablo, el misterio de Cristo, mantenido en secreto durante siglos, no se ha encarnado para permanecer escondido entre las cuatro paredes de una pequeña capilla sectaria, sino para ser manifestado y dado a conocer a todas las naciones, a todos los hombres y mujeres del mundo, que estuvieron representados ante el ángel por el sí de María.

Domingo 3 de Adviento (B) “Gaudete”

diciembre 15, 2017

Lectura del libro de Isaías 61,1-2a.10-11 Desbordo de gozo con el Señor

El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido. Me ha enviado para dar la buena noticia a los que sufren, para vendar los corazones desgarrados, para proclamar la amnistía a los cautivos, y a los prisioneros la libertad, para proclamar el año de gracia del Señor. Desbordo de gozo con el Señor, y me alegro con mi Dios: porque me ha vestido un traje de gala y me ha envuelto en un manto de triunfo, como novio que se pone la corona, o novia que se adorna con sus joyas. Como el suelo echa sus brotes, como un jardín hace brotar sus semillas, así el Señor hará brotar la justicia y los himnos ante todos los pueblos.

Lc 1, 46-48. 49-50. 53-5 R. Me alegro con mi Dios.

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Tesalonicenses 5,16-24 Que vuestro espíritu, alma y cuerpo sea custodiado hasta la venida del Señor

Hermanos: Estad siempre alegres. Sed constantes en orar. Dad gracias en toda ocasión: ésta es la voluntad de Dios en Cristo Jesús respecto de vosotros. No apaguéis el espíritu, no despreciéis el don de profecía; sino examinadlo todo, quedándoos con lo bueno. Guardaos de toda forma de maldad. Que el mismo Dios de la paz os consagre totalmente, y que todo vuestro espíritu, alma y cuerpo, sea custodiado sin reproche hasta la venida de nuestro Señor Jesucristo. El que os ha llamado es fiel y cumplirá sus promesas.

Lectura del santo evangelio según san Juan 1, 6-8. 19-28 En medio de vosotros hay uno que no conocéis

Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe. No era él la luz, sino testigo de la luz. Y éste fue el testimonio de Juan, cuando los judíos enviaron desde Jerusalén sacerdotes y levitas a Juan, a que le preguntaran: – «¿Tú quién eres?» Él confesó sin reservas: – «Yo no soy el Mesías.» Le preguntaron: – «¿Entonces, qué? ¿Eres tú Elías?» El dijo: – «No lo soy.»
– «¿Eres tú el Profeta?» Respondió: – «No.» Y le dijeron: – «¿Quién eres? Para que podamos dar una respuesta a los que nos han enviado, ¿qué dices de ti mismo?» Él contestó: – «Yo soy la voz que grita en el desierto: “Allanad el camino del Señor”, como dijo el profeta Isaías.» Entre los enviados había fariseos y le preguntaron: – «Entonces, ¿por qué bautizas, si tú no eres el Mesías, ni Elías, ni el Profeta?» Juan les respondió: – «Yo bautizo con agua; en medio de vosotros hay uno que no conocéis, el que viene detrás de mí, y al que no soy digno de desatar la correa de la sandalia.» Esto pasaba en Betania, en la otra orilla del Jordán, donde estaba Juan bautizando.

 

¿Lo conocemos?

El camino del Adviento continúa el ciclo profético, pero con un aumento evidente de intensidad en la espera. Ello prueba una vez más que la esperanza verdadera poco tiene que ver con la pura pasividad, y que, por el contrario, es una fuerza que nos pone en pie, en tensión activa hacia el futuro. De hecho, Juan, el profeta de los nuevos tiempos, la voz, pero no la Palabra, el testigo fiel de la luz, que no pretende ser él la luz, ni un protagonismo que sabe que no le corresponde, ya no habla sólo de la cercanía del Mesías, sino de su presencia, si bien se trata todavía de una presencia escondida: “entre vosotros hay uno que no conocéis.”

Podríamos pensar que esto de que “no lo conocemos” no va con nosotros. Se puede aplicar a los fariseos y las gentes de aquel tiempo que no lo conocían aún, mientras que nosotros, incluso al margen de que seamos muy o poco creyentes, muy o poco practicantes, “ya sabemos de qué va esto”, ya sabemos quién tenía que venir, ya lo hemos conocido.

Si pensamos así, nos equivocamos de parte a parte y nos parecemos a esos fariseos y sus enviados, que interrogaban a Juan, pero pensaban que ellos sí que sabían quién había de ser el Mesías, cómo debía ser y actuar y, por eso, increpaban a Juan, por hacer lo que, según ellos, no le correspondía. Esa manía de enmendarle la plana a Dios y negarnos a estar abiertos a sus sorpresas (sabiendo además que nosotros no podemos abarcarlo con nuestros pobres pensamientos y conceptos) es una constante de la historia de la humanidad, de ayer, de hoy y de siempre. Es curioso que esta especie de soberbia teológica nos iguala a creyentes y no creyentes. Unos, porque pensamos que ya lo tenemos claro, sea por la instrucción religiosa que tenemos, sea por la experiencia acumulada de años. Otros, porque se elaboran una cierta idea de Dios, con frecuencia con materiales de desecho, tomados de las peores expresiones de la religión, o de ciertos reduccionismos propios del conocimiento científico, para declarar después que Dios no existe. Algo, por cierto, de una extrema arrogancia, pues para afirmar con seguridad, no sólo que Dios, sino que cualquier cosa no existe hay que declarar la contradicción del concepto (algo que, desde luego, respecto de Dios no es posible), o pretender saberlo absolutamente todo.

Pero Juan nos avisa hoy, a todos nosotros, que el que ha de venir ya está en medio de nosotros y que no lo conocemos. Es una llamada a abrir los ojos, a despertar y a estar en vela.

Pero no debemos entender este aviso de Juan sobre todo como una amenaza o un reproche. El tono de este domingo de Adviento es la alegría: “Desbordo de gozo con el Señor, y me alegro con mi Dios”, exulta el profeta Isaías; “Estad siempre alegres”, nos exhorta Pablo. Estamos en el Domingo Gaudete, que sigue y completa el tono de consolación del domingo pasado. Ciertamente, el que ha sido consolado tiene motivos para estar alegre. Y si el consuelo era fruto de una esperanza más o menos inminente, ahora la alegría lo es porque, si bien aún invisible, el objeto de la esperanza ya se ha hecho presente. Así es siempre. Aquello que nos ha mantenido vivos, despiertos, en vilo, la promesa que nos ha permitido superar la dificultad, el dolor, ya está ahí, pero todavía no la vemos. La presentimos, y eso alegra nuestro corazón. Es una alegría teñida de esperanza, abierta al futuro inmediato, henchida de presentimientos. ¿No recuerda el sentimiento intensísimo de la infancia en la tarde anterior y en la madrugada de los Reyes Magos? Tras la noche, y ya al amanecer, tras esa puerta cerrada esperaba un mundo mágico, pero aún invisible para nuestros ojos. Y, sin embargo, la emoción de esa espera era tan intensa, si no más, que la alegría de aquellos regalos llenos de una magia especial, del encanto del misterio de sus donadores. Cuando uno espera encontrarse largo tiempo con una persona a la que quiere, produce una sensación del todo especial el encontrarse ya en la ciudad del encuentro, saber que esa persona está ahí, ya cerca, en algún sitio, aunque todavía no puedes verla.

Sí, realmente, la alegría que brota de la esperanza activa es un rasgo distintivo de la vida cristiana. Es una alegría que nos pone en tensión y en movimiento, que nos abre al futuro y nos prepara para sorpresas que no se pueden programar. Tomamos nota de nuestra ignorancia, acogiendo lo que nos dice Juan, y preparamos nuestro corazón para un nuevo encuentro con el que está en camino y viene a nuestro encuentro. Eso de un “nuevo” encuentro debemos entenderlo en sentido literal. No se trata de “un encuentro más”, “otro”, “uno de tantos”, como tantas navidades o años nuevos que después envejecen rápidamente (no hay ni que esperar doce meses). Aquí se trata de un nuevo encuentro, porque es un encuentro inédito, Jesús quiere revelarnos nuevos aspectos que no conocíamos, profundidades que nos estaban vetadas, dones para los que éramos todavía ciegos, también exigencias para las que todavía no estábamos preparados. Es esta novedad verdadera la que hace tan urgente que nos preparemos bien, que no dejemos que la rutina nos haga insensibles “al que está ya cerca, en medio de nosotros, pero todavía no hemos reconocido del todo”.

Pero la alegría que se nos anuncia hoy no nos impide seguir viendo los aspectos sombríos de nuestro mundo y, si es necesario, denunciarlos. Desde luego, la condena no ha de ser el tono principal del mensaje cristiano, pero en nombre del bien y de la luz no podemos dejar de señalar, a veces con energía, proféticamente (como voz que grita en el desierto) los males que impiden al hombre vivir de acuerdo con su dignidad y a Dios ser la fuente inagotable de la misma. La alegría cristiana no es ingenua, inconsciente, alienada. Si hablamos de una alegría que brota de la esperanza y de una presencia que todavía no conocemos, estamos reconociendo que estamos en camino y que no todo es “como debe ser”. Si aspiramos a la luz es porque hay todavía oscuridad. No olvidemos que esta alegría ha seguido a un consuelo. Y necesitamos el consuelo porque experimentamos el mal de múltiples formas, en nosotros mismos y en los demás.

En el pre-sentimiento alegre y esperanzado de una presencia real, que nos llama a un encuentro renovado, a un conocimiento nuevo, a una mayor profundidad, a un amor más auténtico, los cristianos tenemos que ser hoy también como Juan el Bautista, testigos de la luz, que dicen al que quiera oírlo que Jesús ya está entre nosotros, aunque no le (re)conozcamos, y que quiere encontrarse contigo.

Domingo 1 de Adviento (B)

diciembre 1, 2017

Lectura del libro de Isaías 63, 16b-17. 19b; 64, 2b-7¡Ojalá rasgases el cielo y bajases!

Tú, Señor, eres nuestro padre, tu nombre de siempre es «Nuestro redentor». Señor, ¿por qué nos extravías de tus caminos y endureces nuestro corazón para que no te tema? Vuélvete, por amor a tus siervos y a las tribus de tu heredad. ¡Ojalá rasgases el cielo y bajases, derritiendo los montes con tu presencia! Bajaste, y los montes se derritieron con tu presencia, jamás oído oyó ni ojo vio un Dios, fuera de ti que hiciera tanto por el que espera en él. Sales al encuentro del que practica la justicia y se acuerda de tus caminos. Estabas airado, y nosotros fracasamos; aparta nuestras culpas, y seremos salvos. Todos éramos impuros, nuestra justicia era un paño manchado; todos nos marchitábamos como follaje, nuestras culpas nos arrebataban como el viento. Nadie invocaba tu nombre ni se esforzaba por aferrarse a ti; pues nos ocultabas tu rostro y nos entregabas en poder de nuestra culpa. Y, sin embargo, Señor, tú eres nuestro padre, nosotros la arcilla y tú el alfarero: somos todos obra de tu mano.

Sal 79, 2ac y 3b. 15-16. 18-19 R. Oh Dios, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve.

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 1,3-9 Aguardamos la manifestación de nuestro Señor Jesucristo

Hermanos: La gracia y la paz de parte de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo sean con vosotros. En mi acción de gracias a Dios os tengo siempre presentes, por la gracia que Dios os ha dado en Cristo Jesús. Pues por él habéis sido enriquecidos en todo: en el hablar y en el saber; porque en vosotros se ha probado el testimonio de Cristo. De hecho, no carecéis de ningún don, vosotros que aguardáis la manifestación de nuestro Señor Jesucristo. Él os mantendrá firmes hasta el final, para que no tengan de qué acusaros en el día de Jesucristo, Señor nuestro. Dios os llamó a participar en la vida de su Hijo, Jesucristo, Señor nuestro. ¡Y él es fiel!

Lectura del santo evangelio según san Marcos 13,33-37 Velad, pues no sabéis cuándo vendrá el dueño de la casa

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: – «Mirad, vigilad: pues no sabéis cuándo es el momento. Es igual que un hombre que se fue de viaje y dejó su casa, y dio a cada uno de sus criados su tarea, encargando al portero que velara. Velad entonces, pues no sabéis cuándo vendrá el dueño de la casa, si al atardecer, o a medianoche, o al canto del gallo, o al amanecer; no sea que venga inesperadamente y os encuentre dormidos. Lo que os digo a vosotros lo, digo a todos: ¡Velad!»

 

La espera y la esperanza

En el corazón el hombre, de todo hombre, habita un anhelo de bien, de felicidad, de plenitud, en definitiva, de salvación. Este anhelo puede revestirse de los más diversos ropajes, de las ideas y representaciones más dispares, pero, en el fondo, todos deseamos que nos vaya bien, que nuestra vida no se malogre; y esto incluye, naturalmente, que tal suerte abrace también “a los nuestros” (cuyos límites, si bien se piensa, se ensanchan hasta incluir a la humanidad entera). Es una sed de amar y ser amado bajo la que late el secreto deseo de Dios. Podemos racionalizar este deseo de mil formas: confiando en una futura realización fruto del progreso de la humanidad, esa idea tan activa y potente de la época moderna, como indefinida y confusa; o bien, negándolo, diciéndonos (cómo hacen los “postmodernos”) que es una utopía irrealizable y resignándonos a ello.

La fe cristiana (ya desde sus raíces veterotestamentarias) nos dice que ese deseo no es una utopía huera y sin esperanza. Pero nos recuerda también que no es algo que el hombre pueda construir con sus propias y solas fuerzas. La tentación de crear torres de Babel es permanente en la historia humana. Sabemos bien cómo suelen terminar: puesto que una tarea imprescindible para alcanzar la plenitud del bien (el bienestar y la justicia) es la eliminación del mal en todas sus formas, los intentos de realizar la utopía suelen empezar por la tarea de destruir el mal y lo que se consideran sus causas, lo que suele terminar en algún régimen de terror que se dedica sobre todo a destruir a los malvados (a los que la utopía de turno así califica).

Lo que la fe cristiana nos dice es que ese anhelo que habita en el corazón del hombre, y que lo sostiene en la dificultad y le hace esperar la superación del mal que le atenaza, es un don de lo alto, un don de Dios, igual que la vida, la libertad y la dignidad humana. ¿Supone esto, acaso, una invitación a la pasividad, a “esperar sentados”? No, en modo alguno. La esperanza cristiana es una espera activa, que prohíbe toda pasividad. Jesús lo expresa hoy con una plasticidad insuperable: estar a la espera significa velar; y velar significa realizar con responsabilidad la tarea que se nos ha confiado. Decía Ortega que la vida es quehacer, pues la vida nos da mucho que hacer. Y es verdad. Se nos ha entregado un espacio de responsabilidad y, lo queramos o no, tenemos cosas que hacer. Para vivir con responsabilidad y hacer las cosas que tenemos que hacer, no de cualquier manera, sino “bien”, como se deben hacer, hay que vivir conscientemente, con los ojos abiertos, con el corazón despierto. De esa manera, emerge a nuestra conciencia la tensión de la esperanza que se activa por ese anhelo originario de bien que nos habita por dentro inevitablemente, pero a veces de manera inconsciente, a veces aturdida por el aluvión de las preocupaciones cotidianas, como árboles que nos impiden ver el bosque. La esperanza activa y consciente nos abre los ojos para descubrir que nuestro anhelo de bien y plenitud tiene sentido y, por eso, tienen sentido nuestros esfuerzos y quehaceres cotidianos, que no se limitan a maniobras de distracción para una supervivencia efímera y condenada a la nada.

La Navidad es el rostro concreto de la esperanza cristiana, la respuesta que la fe cristiana ofrece a ese anhelo latente del corazón humano. Pero hemos de tener cuidado. Celebramos litúrgicamente la Navidad, le ponemos fecha, podemos programarla gracias al calendario. Mas lo que la Navidad significa y representa no es posible programarlo a fecha fija. No es posible programar, por ejemplo, la adquisición de la virtud, ni el acontecimiento del amor. Nos haría sonreír con incredulidad que alguien nos dijera que, dadas sus ocupaciones, ha planeado enamorarse justo dentro de un año y medio, y que calcula que en tres años de ejercicios continuados habrá alcanzado la virtud de la paciencia (y, ya puestos, en uno más, la de la prudencia). Las dimensiones más importantes de la vida no son el cumplimiento voluntarioso y previsible de un plan, sino un acontecimiento que se hace presente en la vida como un don. Y, sin embargo, no es un don totalmente inesperado: es, por el contrario, aquello que hemos esperado largo tiempo, por lo que nos hemos esforzado poniendo las condiciones para que ese acontecimiento tenga lugar alguna vez, sin que, sin embargo, podamos forzar su advenimiento.

El Señor viene a nuestra vida. La Navidad no es sólo el recuerdo de un hecho histórico sucedido de una vez y para siempre, no es, sobre todo, una efeméride en el calendario. La encarnación del Hijo de Dios en la historia de la humanidad hace unos 2017 años es un acontecimiento que debe suceder de nuevo en la vida de cada uno de nosotros. Cada cual tiene su historia. Aquí no caben esquemas fijos ni fórmulas preconcebidas. Pero sí cabe permanecer en vela, abrir los ojos, purificar el corazón, esforzarse por el bien, elevar al Señor una plegaria, en definitiva, vivir en esa activa esperanza en que una conciencia despierta convierte el anhelo humano de plenitud y felicidad.

Que nadie piense que ese acontecimiento está vetado para uno mismo: Dios adquiere rostro humano para todos, y llama a la puerta de cada uno. Y que nadie crea que para él eso ya ha sucedido (pues tiene ya fe y la practica): el que cree haber abierto ya la puerta ha de saber que ese acontecimiento nunca está concluido del todo, y debe realizarse siempre de nuevo a un nivel de mayor profundidad. Pues así como nadie le es a Dios extraño, tampoco puede creer nadie que ya lo conoce o posee suficientemente.

La verdadera esperanza consciente y activa nos libra de la desesperación y de la presunción. La palabra que Jesús nos dirige hoy es una llamada esencial, que apunta al centro del corazón humano, de todo hombre: “Lo que os digo a vosotros lo digo a todos: ¡Velad!”; es decir, no os encerréis en esquemas estrechos y rígidos; no os dejéis amodorrar por la rutina; no seáis prisioneros de vuestras seguridades (ni siquiera de vuestras pretendidas virtudes y buenas obras); no le pongáis puertas al campo, ni queráis encerrar al sol en aerosoles; abríos a dimensiones nuevas, abrid los ojos y el corazón, levantad la cabeza, el horizonte es más grande que vuestra mirada y la medida de vuestros sueños mayor que el recorrido de vuestras piernas.

Que nuestras limitaciones (que tan claramente experimentamos) no nos hagan desesperar de nuestras posibilidades, infinitamente mayores que aquellas, gracias sencillamente a la fuente inagotable de nuestro origen: “Señor, tú eres nuestro padre, nosotros la arcilla y tú el alfarero: somos todos obra de tu mano”.

Tercer Domingo de Adviento (A)

diciembre 11, 2016

Lectura del libro de Isaías 35, 1-6a. 10 Dios viene en persona y os salvará

El desierto y el yermo se regocijarán, se alegrarán el páramo y la estepa, florecerá como flor de narciso, se alegrará con gozo y alegría. Tiene la gloria del Líbano, la belleza del Carmelo y del Sarión. Ellos verán la gloria del Señor, la belleza de nuestro Dios. Fortaleced las manos débiles, robusteced las rodillas vacilantes; decid a los cobardes de corazón: «Sed fuertes, no temáis. Mirad a vuestro Dios, que trae el desquite; viene en persona, resarcirá y os salvará.» Se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán, saltará como un ciervo el cojo, la lengua del mudo cantará. Volverán los rescatados del Señor, vendrán a Sión con cánticos: en cabeza, alegría perpetua; siguiéndolos, gozo y alegría. Pena y aflicción se alejarán.

Sal 145, 7. 8-9a. 9bc-10 R. Ven, Señor, a salvarnos

Lectura de la carta del apóstol Santiago 5,7-10 Manteneos firmes, porque la venida del Señor está cerca

Tened paciencia, hermanos, hasta la venida del Señor. El labrador aguarda paciente el fruto valioso de la tierra, mientras recibe la lluvia temprana y tardía. Tened paciencia también vosotros, manteneos firmes, porque la venida del Señor está cerca. No os quejéis, hermanos, unos de otros, para no ser condenados. Mirad que el juez está ya a la puerta. Tomad, hermanos, como ejemplo de sufrimiento y de paciencia a los profetas, que hablaron en nombre del Señor.

Lectura del santo evangelio según san Mateo 11, 2-11 ¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?

En aquel tiempo, Juan, que había oído en la cárcel las obras del Mesías, le mandó a preguntar por medio de sus discípulos: -«¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?» Jesús les respondió: -«Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven, y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios, y los sordos oyen; los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia el Evangelio. ¡Y dichoso el que no se escandalice de mí! » Al irse ellos, Jesús se puso a hablar a la gente sobre Juan: -«¿Qué salisteis a contemplar en el desierto, una caña sacudida por el viento? ¿O qué fuisteis a ver, un hombre vestido con lujo? Los que visten con lujo habitan en los palacios. Entonces, ¿a qué salisteis?, ¿a ver a un profeta? Sí, os digo, y más que profeta; él es de quien está escrito: “Yo envío mi mensajero delante de ti, para que prepare el camino ante ti.” Os aseguro que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan, el Bautista; aunque el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él.»

 

No tenemos que seguir esperando

 

El tercer domingo de Adviento es una llamada a la alegría por la proximidad de la Navidad, de ahí que tradicionalmente se le llame domingo “Gaudete”, “alegraos”. En Rusia, cuando empieza a apretar el frío, hacia mediados o finales de octubre, la gente suele decir “huele a nieve”. En este Domingo de Adviento “huele a Navidad”, ya casi se toca el nacimiento de Jesús. Y, como dice el refrán, lo mejor de la fiesta es la víspera, porque ya empezamos a sentir anticipadamente la alegría que ésta trae consigo. El personaje principal que llena la escena es Juan el Bautista, el Precursor. Él es el profeta que anuncia la cercanía de Cristo. En esto se manifiesta su verdadero carácter de profeta. Profeta no es el que “adivina” el futuro (los adivinos, de hecho, estaban prohibidos en Israel), sino el que es capaz de descubrir los signos de la presencia de Dios allí donde los demás no son capaces de hacerlo. Pero el profeta abre los ojos a los demás, no se guarda para sí su clarividencia, sino que la sabe al servicio de todos.infantjesus_johnbaptist

Con respecto al domingo anterior se produce una interesante inversión de perspectiva. Hace una semana mirábamos con Juan hacia el futuro, hacia el que “tiene que venir”, pero que todavía no ha aparecido. En este Domingo Jesús se para a mirar a Juan; el anunciado, que ya ha venido, homenajea al precursor. Mucho se ha especulado y escrito sobre las relaciones entre Jesús y Juan. ¿Fue Jesús un discípulo de Juan, tal vez vinculados los dos al movimiento esenio? También puede ser que Juan no conociera previamente a ese “más grande” que él, y que Jesús se acercara al profeta del Jordán como un judío más entre los muchos que acudían a su llamada al bautismo de conversión. Lo que sí parece claro es que algunos discípulos de Juan se convirtieron en discípulos de Jesús, mientras que otros siguieron vinculados a este profeta todavía del Antiguo testamento, pero que señala ya el camino del nuevo, ante el que él tiene que ceder.

Al final, pese a su popularidad y su fuerza, Juan es aplastado por los poderes del mal, ya que él no sólo anuncia la venida del Mesías, sino que denuncia todo aquello que se opone al Reino de Dios, como es la arbitrariedad del tiranuelo oriental, Herodes. Juan decrece, mientras el movimiento en torno a Jesús va en aumento. Así se cumple lo que él mismo había profetizado.

Pero he aquí que a Juan le asaltan dudas. Posiblemente, como a tantos otros judíos de su tiempo, el mesianismo de Jesús le choca y no corresponde con sus expectativas, con lo que él se había imaginado: un mesianismo de fuerza, de castigo de los pecadores, de derrocamiento de los poderes injustos… En la cárcel, impotente, envía un mensaje a Jesús. “Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?” Una pregunta tremenda para el que había dicho “Este es el Cordero de Dios”. ¿Cómo se explica esto? ¿Es que acaso él no conocía a Jesús? ¿No lo había ya reconocido?

Vemos que incluso los profetas, pese a su clarividencia, y precisamente porque son hombres de fe, tienen un proceso que no excluye las dudas. La pregunta es tremenda más por la segunda parte que por la primera. Seguir esperando… cuando creíamos que ya había venido “el que había de venir”, el objeto de nuestra espera, de nuestra esperanza. Tener que seguir esperando se antoja una terrible cuesta arriba cuando se había vislumbrado el fin de la larga espera. Si tenemos que esperar a otro, de nuevo se abre el horizonte incierto, el futuro sin fondo, el cansancio de un camino que parece no tener fin.

Esta experiencia, que tal vez atormentaba a Juan más que la prisión y la amenaza de muerte que pesaba sobre él, se repite de muchas formas en nuestra vida. En el estudio, el trabajo, el matrimonio, la vida cristiana. Empezamos llenos de alegría, de algo que es más que esperanza, pues tenemos la sensación de que hemos encontrado aquello a lo que aspirábamos, el objeto de nuestros deseos, la persona que ha de colmar nuestra vida, la fe que nos ilumina… Y después… llega la rutina, las desilusiones, el tedio. No era esto lo que había imaginado. ¿No me habré equivocado? ¿Era este mi camino, o tendré que buscar otro? Parece que se nos nubla la mirada y lo que antes nos parecía claro y evidente se hace problemático y opaco.

La respuesta de Jesús a la pregunta de Juan también nos vale a nosotros. Jesús hace de profeta para el profeta. De hecho su respuesta es una cita de los textos proféticos, sobre todo de Isaías, que anuncian la presencia del Reino de Dios: los ciegos ven, los cojos andan, la tristeza se convierte en alegría, la debilidad en fuerza, la cobardía en valentía. Juan tiene que entender bien la respuesta indirecta de Jesús, que no habla de sí, sino de lo que Dios está haciendo por medio de Él. Jesús invita a Juan a participar de esa alegría que él mismo ha anunciado. Aunque el estilo de Jesús no es exactamente lo que Juan había imaginado, la respuesta que recibe es un pleno espaldarazo de su ministerio: por un lado los oráculos proféticos se realizan en Jesús. Por el otro, ¿no había anunciado el mismo Juan a uno “más grande que yo”? Pues esta grandeza mayor se realiza, pero no en la línea de la fuerza, la amenaza de castigo o el miedo, sino en la de la misericordia, el perdón y la alegría. Puede ser que no fuera como él se imaginaba, pero es claro que las profecías se están cumpliendo en Jesús. Y es que Dios siempre es capaz de sorprendernos y supera con creces nuestra imaginación.

¿Cómo traducir esto a nuestra vida cotidiana? Jesús nos dice a nosotros que abramos los ojos para el bien que, pese a todo, existe a nuestros alrededor, en lo que hacemos, en las personas con las que vivimos. En lo que tenemos hay mucho más bien de lo que a veces nos empeñamos en percibir, y hay muchas más posibilidades inesperadas que requieren de nuestra confianza, perseverancia y fidelidad.

Por otro lado, Jesús reconoce el gran papel que Juan ha realizado. Es claro que Jesús tenía a Juan en un altísimo concepto. Podemos imaginarnos la sorpresa que la alabanza de Jesús a Juan tuvo que causar entre sus oyentes: si no ha nacido de mujer uno más grande que Juan el Bautista, significa que Juan es más grande que Abraham, que Moisés, que David. Todo el universo religioso judío, la ley y los profetas, se quedaban pequeños ante ese postrer profeta que, pese a la conmoción que produjo su aparición, no dejaba de ser a los ojos de sus contemporáneos un personaje marginal en el conjunto de la historia de Israel. La sorprendente alabanza de Jesús contiene, sin embargo, un profundo contenido cristológico y sólo desde ella adquiere todo su sentido: la grandeza de Juan consiste en haber llevado hasta el final el largo camino que desde la antigua alianza conduce a la realización de las promesas.

Pero con Juan termina un mundo y una historia que, en forma de promesa, apuntan a Cristo, con y en quien se inaugura la cercanía del Reino de Dios. Juan es, en la historia de la salvación, el último de los siervos fieles que han preparado el camino al Mesías y han hecho así posible la inauguración de una nueva alianza.

El más pequeño en el reino de los cielos es más grande que Juan. Cualquiera de nosotros, sin tener la enorme estatura de Juan el Bautista, tiene la posibilidad de gozar de aquello que Juan y toda su tradición religiosa anunció sin llegar a disfrutar, tenemos acceso al que cumple la promesas: escuchamos su Palabra, nos sentamos con él a su mesa.

Pero el verdadero “pequeño” del Reino de los Cielos y más grande que Juan es, en realidad, el mismo Jesús. Es el pequeño porque es el Hijo. Y es que la nueva alianza no está basada en la ley sino en la filiación. Y Él es aquel del que Juan dijo que viene detrás de mí uno que es más grande que yo.

Nosotros somos más grandes que Juan en tanto en cuanto estamos unidos a Cristo. Vivir en Él es el mejor homenaje que podemos hacerle a Juan (y todos nosotros hemos tenido un Juan el Bautista en nuestra vida). Porque nosotros somos los objetos de la profecía realizada con que Jesús confirma a Juan que él es el Mesías: somos los ciegos que ven, los cojos que andan, los sordos que oyen, los pobres a los que se anuncia la buena noticia. Dichosos nosotros si no nos escandalizamos del Él.