Posts Tagged ‘Amor’

Domingo de la Santísima Trinidad (C)

junio 13, 2019

Lectura del libro de los Proverbios 8, 22-31 Antes de comenzar la tierra, la sabiduría fue engendrada

Así dice la sabiduría de Dios: «El Señor me estableció al principio de sus tareas, al comienzo de sus obras antiquísimas. En un tiempo remotísimo fui formada, antes de comenzar la tierra. Antes de los abismos fui engendrada, antes de los manantiales de las aguas. Todavía no estaban aplomados los montes, antes de las montañas fui engendrada. No había hecho aún la tierra y la hierba, ni los primeros terrones del orbe. Cuando colocaba los cielos, allí estaba yo; cuando trazaba la bóveda sobre la faz del abismo; cuando sujetaba el cielo en la altura, y fijaba las fuentes abismales. Cuando ponía un límite al mar, cuyas aguas no traspasan su mandato; cuando asentaba los cimientos de la tierra, yo estaba junto a él, como aprendiz, yo era su encanto cotidiano, todo el tiempo jugaba en su presencia: jugaba con la bola de la tierra, gozaba con los hijos de los hombres.»

Salmo responsorial 8, 4-5. 6-7a. 7b-9. R. Señor, dueño nuestro, ¡qué admirable es tu nombre en toda la tierra!

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 5, 1-5A Dios, por medio de Cristo, en el amor derramado con el Espíritu

Hermanos: Ya que hemos recibido la justificación por la fe, estamos en paz con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo. Por él hemos obtenido con la fe el acceso a esta gracia en que estamos; y nos gloriamos, apoyados en la esperanza de alcanzar la gloria de Dios. Más aún, hasta nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce constancia, la constancia, virtud probada, la virtud, esperanza, y la esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado.

 

Lectura del santo evangelio según san Juan 16, 12-15 Todo lo que tiene el Padre es mío; el Espíritu tomará de lo mío y os lo anunciará

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: – «Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora; cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena. Pues lo que hable no será suyo: hablará de lo que oye y os comunicará lo que está por venir. Él me glorificará, porque recibirá de mí lo que os irá comunicando. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso os he dicho que tomará de lo mío y os lo anunciará. »

 

Enigmas y misterios

 

Los misterios no son enigmas. Estos últimos son planteamientos artificiales o situaciones más o menos naturales cuyo sentido se encuentra escondido y resulta de difícil comprensión, pero que con observación, un poco de agudeza e ingenio se pueden resolver. Todos conocemos el célebre enigma de la Esfinge, que resolvió Edipo, salvando así su vida y labrando al tiempo su propia desgracia. Los misterios, en cambio, pueden no tener nada de extraño, pueden ser realidades totalmente habituales y, sin embargo, no se pueden “resolver”, en el sentido de que no se pueden “disolver”, no se pueden reducir a una fórmula que deshace su secreto; el misterio puede entenderse sólo si se lo respeta como tal. La vida es un misterio, y el enigma biológico de su fórmula genética no puede desplazar el sentimiento de asombro ante la vida, especialmente ante la nueva vida, por ejemplo, de un niño recién nacido. Tampoco el enigma de la estructura subatómica o el de la expansión del universo pueden, una vez resueltos, explicar el misterio de por qué hay ser y no, más bien, la nada. Lo mismo cabe decir de la inteligencia y la voluntad libre. No digamos ya del misterio del amor. ¿Por qué una persona se enamora precisamente de esta otra, y siente que, pese al cúmulo de casualidades que han cruzado sus caminos, está como predestinado a compartir con ella su vida del todo y hasta el final? Quien quiera explicar este misterio resolviendo enigmas biológicos o psicológicos, tendrá que explicar además el enigma de su propia miopía mental.

El misterio de la Santísima Trinidad no es un enigma. Mucho menos es un enigma matemático que pretende una imposible ecuación numérica (que uno es igual a tres, o algo similar). Tampoco se trata de un misterio puramente teórico, una especie de rompecabezas teológico propuesto para poner a prueba nuestra fe, o, tal vez, nuestra credulidad. Todo en el mundo tiene, desde luego, un lado teórico, y el Dios trinitario también: no en vano es objeto de la reflexión teológica. Pero no es ése su aspecto más importante.

El misterio de la Trinidad es una verdad de fe que Dios ha ido revelando poco a poco, a lo largo de toda la historia de la salvación, y que se ha ido entrelazando, ante todo, con la experiencia religiosa viva del hombre, primero en Israel, y después y de modo definitivo, con el advenimiento de Cristo.

El texto del libro de los Proverbios expresa con enorme fuerza y belleza un lado fundamental de la experiencia religiosa de Israel. El universo inmenso, inabarcable, ordenado y lleno de belleza remite a un Autor que es todavía más grande, más alto que lo más alto del cielo, más profundo que los fundamentos de todo lo que existe. Israel al contemplar el universo, comprende que éste no es divino, y que el Creador de todas las cosas está por encima de todas ellas. Por esta transcendencia suya Dios es inaferrable, no es posible encerrarlo en un concepto, ni manipularlo con ritos mágicos cualesquiera. Pero, ante esta grandeza y fuerza ilimitada, el hombre no se siente aterrado y aplastado. El Dios que se anuncia y esconde tras las maravillas de la creación no es un monarca (literalmente, un principio –arché– solitario y separado –monos–) que establece con sus criaturas relaciones despóticas, puramente verticales que reducen a pura servidumbre. Al hablar de la sabiduría “engendrada antes de todo tiempo” con la que y por medio de la que todas las cosas fueron creadas, se adivina la intuición, todavía no del todo explícita, de un Dios que no es un solitario, o que se reduce a pensamiento puro que se piensa a sí mismo, sino que en su interior existe relación, hay comunicación interna, se da un diálogo. La comunicación sólo es posible allí donde hay diferencia, inteligencia y respeto. La suprema expresión de una comunicación así es el amor, que supera la diferencia sin anularla.

El mundo que suscita la admiración del autor del libro de los Proverbios habla de una sabiduría que revela a un Dios amable deseoso de comunicarse con el hombre. Si alguien opone a esto las expresiones de amenaza, ira o castigo por parte de Yahvé en el Antiguo Testamento, es preciso responder que esas expresiones siempre dan paso, a veces de manera inesperada, incluso ilógica, a otras que hablan de perdón, misericordia, salvación y restablecimiento de la alianza. Porque Dios no establece con el hombre, hemos dicho, relaciones despóticas de sumisión, sino que propone pactos, alianzas, que suponen el reconocimiento de la libertad de las dos partes y el respeto entre ellas.

La plena comunicación de Dios al hombre se ha realizado en Jesucristo, Palabra y sabiduría de Dios, por quien fueron creadas todas las cosas, y que, al comunicarse al hombre se ha hecho máximamente cercano, hasta el punto de haber asumido la humanidad misma. En Jesús, el Dios-hombre, el Padre, pagando, eso sí, un alto precio, ha sellado la paz con el hombre, la plena reconciliación y la amistad, que el ser humano ha roto con el pecado. Pero Jesús no ha venido simplemente a realizar una “visita de cortesía”, a resolver un entuerto y a marcharse tranquilo a casa; Jesús ha querido quedarse con nosotros. Es cierto que la encarnación ha significado someterse a las limitaciones del espacio y el tiempo, pero gracias a su Resurrección, esas barreras han sido superadas y Jesús sigue presente entre nosotros por medio de su Espíritu. El Espíritu Santo es el Espíritu de Jesús, el Espíritu del Amor, la relación viva y personal que hay entre el Padre y el Hijo.

De hecho, el misterio de Dios, incluso en la concreción de la carne y la humanidad de Jesús sigue siendo inmanipulable e inabarcable. Por eso, como dice Jesús en el Evangelio, no “podemos con ello”, pues no es posible encerrarlo en unas fórmulas, en una “doctrina”. Es preciso entrar en un diálogo vivo, paciente y prolongado, en una comunicación perseverante en la que cada uno de nosotros y todos como Iglesia vamos profundizando, comprendiendo, penetrando el misterio insondable de Dios, que es el misterio mismo del Amor, bajo el magisterio del único Maestro, Jesús, y la guía y la inspiración del Espíritu. Por eso, más que una comprensión meramente intelectual (imposible para nuestra frágil inteligencia, al menos en las actuales circunstancias de nuestra vida), es necesario abrirse a este misterio por la vía del amor. Al aceptar el amor de Dios en Cristo y al tratar de amar a los demás estamos estableciendo una comunicación viva con Dios que trasciende toda teoría. Porque el amor no es una norma moral que tengamos que “cumplir”, sino la vida interna del Dios Uno y Trino derramada en el corazón del creyente y que opera en él, precisamente por las obras del amor: la paz, la confianza, el respeto, el perdón, la virtud, la constancia, la comprensión.

 

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Domingo 6 de Pascua (C)

mayo 22, 2019

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 15, 1-2. 22-29 Hemos decidido, el Espíritu Santo y nosotros, no imponeros más cargas que las indispensables

En aquellos días, unos que bajaron de Judea se pusieron a enseñar a los hermanos que, si no se circuncidaban conforme a la tradición de Moisés, no podían salvarse. Esto provocó un altercado y una violenta discusión con Pablo y Bernabé; y se decidió que Pablo, Bernabé y algunos más subieran a Jerusalén a consultar a los apóstoles y presbíteros sobre la controversia. Los apóstoles y los presbíteros con toda la Iglesia acordaron entonces elegir a algunos de ellos y mandarlos a Antioquía con Pablo y Bernabé. Eligieron a Judas, Barsabá y a Silas, miembros eminentes entre los hermanos, y les entregaron esta carta: «Los apóstoles y los presbíteros hermanos saludan a los hermanos de Antioquía, Siria y Cilicia convertidos del paganismo. Nos hemos enterado de que algunos de aquí, sin encargo nuestro, os han alarmado e inquietado con sus palabras. Hemos decidido, por unanimidad, elegir algunos y enviároslos con nuestros queridos Bernabé y Pablo, que han dedicado su vida a la causa de nuestro Señor Jesucristo. En vista de esto, mandamos a Silas y a Judas, que os referirán de palabra lo que sigue: Hemos decidido, el Espíritu Santo y nosotros, no imponeros más cargas que las indispensables: que os abstengáis de carne sacrificada a los ídolos, de sangre, de animales estrangulados y de la fornicación. Haréis bien en apartaros de todo esto. Salud.

Salmo responsorial 66, 2-3. 5. 6 y 8 R. Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben

Lectura del libro del Apocalipsis 21, 10-14. 21-23 Me enseñó la ciudad santa, que bajaba del cielo

El ángel me transportó en éxtasis a un monte altísimo, y me enseñó la ciudad santa, Jerusalén, que bajaba del cielo, enviada por Dios, trayendo la gloria de Dios. Brillaba como una piedra preciosa, como jaspe traslúcido. Tenía una muralla grande y alta y doce puertas custodiadas por doce ángeles, con doce nombres grabados: los nombres de las tribus de Israel. A oriente tres puertas, al norte tres puertas, al sur tres puertas, y a occidente tres puertas. La muralla tenía doce basamentos que llevaban doce nombres: los nombres de los apóstoles del Cordero. Santuario no vi ninguno, porque es su santuario el Señor Dios todopoderoso y el Cordero. La ciudad no necesita sol ni luna que la alumbre, porque la gloria de Dios la ilumina y su lámpara es el Cordero.

Lectura del santo evangelio según san Juan 14, 23-29 El Espíritu Santo os irá recordando todo lo que os he dicho

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: – «El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en é1. El que no me ama no guardará mis palabras. Y la palabra que estáis oyendo no es mía, sino del Padre que me envió. Os he hablado de esto ahora que estoy a vuestro lado, pero el Defensor, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho. La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo. Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde. Me habéis oído decir: “Me voy y vuelvo a vuestro lado.” Si me amarais, os alegraríais de que vaya al Padre, porque el Padre es más que yo. Os lo he dicho ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda, sigáis creyendo.»

 

La sabiduría del amor

La palabra “amor”, se dice frecuentemente, está prostituida y gastada por el uso y abuso a la que continuamente se la somete. Se usa para designar cualquier sentimiento de inclinación y afición a algo o a alguien, con frecuencia se identifica esa palabra con una actitud indefinida, desestructurada, puramente subjetiva, la más de las veces parecida a la pasión pasajera, más que al acto definido de una libertad que se entrega y se prolonga en el tiempo como fidelidad. Que se abuse de la palabra no debe, sin embargo, escandalizarnos demasiado, porque el continuo recurso a ella indica, al menos, que el ser humano está, sobre todo, necesitado de amor, que está llamado al amor, que es, como dijo cierto filósofo, más un “ens amans” que un “ens cogitans”, es decir, que se define más por sus amores que por sus pensamientos.

Y, sin embargo, no hemos de resignarnos tampoco a un amor sin rostro, indefinido, desestructurado y dependiente por entero de los efímeros sentimientos y de los cambios de humor. Si el amor es tan importante y decisivo en la vida humana, significa, por una parte, que está dotado de una profundidad y radicalidad que tiene que trascender la fugacidad temporal y emotiva, aunque, eso sí, recogiéndola y asimilándola. Y, por otra parte, significa también que es preciso tratar de definir y entender la sustancia del amor con una precisión mayor que la que nos ofrece la prensa rosa o las opiniones comunes.

Hoy Jesús en el Evangelio vincula con insistencia el amor y la palabra, su Palabra, la Palabra del Padre que le envió. Amarle a Él significa escuchar, acoger y guardar su Palabra. Un amor que es palabra es un amor que se expresa, que se encarna, que se traduce en actitudes concretas y reales. El amor de Dios es un amor-Palabra: Dios Padre nos da su Palabra, y la cumple. Su Palabra, la que Él nos envía, es una Palabra hecha carne, que viene al encuentro, que se entrega hasta la muerte. Es, además, necesariamente, un amor que busca y provoca el diálogo. Vincular el amor con la Palabra significa afirmar que hay un Logos del amor, una lógica suya y una racionalidad propia. El verdadero amor implica apertura, acogida, comprensión, constancia, fidelidad. Un amor así se puede enseñar y se puede, en consecuencia, aprender. Nuestro maestro es Jesucristo, la Palabra encarnada del Padre. En él el amor de Dios ha trascendido los sentimientos indefinidos y los meros buenos deseos y ha establecido un diálogo que requiere respuesta por nuestra parte.

El magisterio de Cristo se prolonga a lo largo de los siglos por medio de su Espíritu, que hoy el mismo Jesús nos promete. Es el Espíritu de Dios, el Espíritu Santo, el que sigue abriéndonos la mente y el corazón para escuchar y acoger esta Palabra como lo que es en verdad: Palabra de Dios, pero Palabra encarnada, humana, cercana, entregada y que, al mismo tiempo, nos llama y nos exige. Es el Espíritu el que sigue enseñándonos en qué consiste guardar la Palabra: conservarla, como María, en el corazón, para que, desde ahí, se traduzca y encarne en nuestras palabras y acciones, para que también nuestro amor esté internamente alimentado y articulado por ella, para que podamos amar de manera, al mismo tiempo, concreta y sabia. Haciéndonos sabios en la escucha y acogida de la Palabra, que guardamos y nos inspira, el Espíritu Santo nos irá recordando todo lo que nos ha dicho. Pero recordar no es sólo una cuestión de memoria (rememorar), sino de corazón: “re-cordari”, es un resonar en el corazón, o, como dice Ortega, “recordamos lo que volvemos a pasar por el estuario de nuestro corazón”. El Espíritu Santo nos enseña haciendo resonar en nuestro corazón la Palabra viva que es Cristo, con el que mantenemos así un diálogo permanente y creativo. Esta es la fuente de nuestra paz interior, que nos permite vivir desde nosotros mismos, desde ese interior pacificado por Cristo, en vez de, como sucede frecuentemente, reaccionar compulsiva e instintivamente a los estímulos ambientales.

El amor basado en la Palabra y que nos pacifica, nos pertrecha para el camino. Cada uno de nosotros, la Iglesia entera, avanza por la historia llamada a trasmitir esta Palabra pacíficamente, de manera dialogal. Es lo que se desprende de la primera lectura. Un grave conflicto amenaza a la comunidad. Se están extendiendo interpretaciones del Evangelio que no son compatibles con su verdadero contenido. Algunos quieren hacer de él una leve variante del judaísmo, que pretenden imponer a los convertidos del paganismo. La comunidad, dócil al Espíritu, se pone a la escucha, recuerda, dialoga y decide. No es el triunfo de un partido o un grupo, sino el triunfo del amor iluminado por la Palabra, que restablece la paz de la comunidad. No puede no haber conflictos y problemas mientras la naturaleza humana sea la que es y no haya alcanzado la meta definitiva de la salvación. Los discípulos de Jesús han de distinguirse, por tanto, no por la ausencia de conflictos, sino por el modo de resolverlos: con voluntad de diálogo y acogida mutua, dóciles al Espíritu, con la sabiduría del amor que nos enseña el Maestro y nos inspira su Espíritu. Cuando somos fieles a este “método” no sólo estamos resolviendo conflictos (ni siquiera está dicho que los acabemos resolviendo todos), sino que estamos haciendo algo mucho más importante, que repetimos cada día como petición en la oración del Padre nuestro: al guardar su Palabra estamos haciendo que se cumpla la voluntad de Dios (de amor, de diálogo, de paz) en la tierra, como ya se cumple en el cielo. Es decir, estamos trayendo el cielo a la tierra, estamos contribuyendo a que descienda del cielo la Nueva Jerusalén, abriendo espacios en nuestra historia en los que, sobre el fundamento de los apóstoles, la gloria de Dios nos ilumina por medio de la lámpara de luz que es el mismo Jesucristo, el Cordero inmolado por amor y para la salvación de todos.

Domingo 5 de Pascua (C)

mayo 15, 2019

Hechos de los apóstoles 14, 21b-27 Contaron a la Iglesia lo que Dios había hecho por medio de ellos

En aquellos días, Pablo y Bernabé volvieron a Listra, a Iconio y a Antioquia, animando a los discípulos y exhortándolos a perseverar en la fe, diciéndoles que hay que pasar mucho para entrar en el reino de Dios.
En cada Iglesia designaban presbíteros, oraban, ayunaban y los encomendaban al Señor, en quien habían creído. Atravesaron Pisidia y llegaron a Panfilia. Predicaron en Perge, bajaron a Atalía y allí se embarcaron para Antioquía, de donde los habían enviado, con la gracia de Dios, a la misión que acababan de cumplir. Al llegar, reunieron a la Iglesia, les contaron lo que Dios había hecho por medio de ellos y cómo había abierto a los gentiles la puerta de la fe.

Salmo responsorial 144, 8-9. 10-11. 12-13ab R. Bendeciré tu nombre por siempre jamás, Dios mío, mi rey.

Apocalipsis 21, 1-5 Dios enjugará las lágrimas de sus ojos

Yo, Juan, vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra han pasado, y el mar ya no existe. Y vi la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que descendía del cielo, enviada por Dios, arreglada como una novia que se adorna para su esposo. Y escuché una voz potente que decía desde el trono: – «Ésta es la morada de Dios con los hombres: acampará entre ellos. Ellos serán su pueblo, y Dios estará con ellos y será su Dios. Enjugará las lágrimas de sus ojos. Ya no habrá muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor. Porque el primer mundo ha pasado.» Y el que estaba sentado en el trono dijo: – «Todo lo hago nuevo.»

Juan 13, 31-33a. 34-35 Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros

Cuando salió Judas del cenáculo, dijo Jesús: «Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él. Si Dios es glorificado en él, también Dios lo glorificará en sí mismo: pronto lo glorificará. Hijos míos, me queda poco de estar con vosotros. Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también entre vosotros. La señal por la que conocerán todos que sois discípulos míos será que os amáis unos a otros.»

 

La nueva Jerusalén y su ley

 

Desde tiempo inmemorial los seres humanos han diseñado utopías, es decir, formas ideales de sociedad y de cultura en las que los males que afligen desde siempre al ser humano fueran, si no desterrados para siempre, sí al menos limitados hasta niveles soportables. Lugares y formas de organización social en los que se redujera al mínimo el llanto y el dolor, el mal y la injusticia, y se lograra hasta donde fuera posible poner un coto a la muerte. Estas utopías con frecuencia no han pasado de ser proyectos escritos (Utopía de Sto Tomás Moro es la más célebre, pero hay muchas otras: la República de Platón, La Ciudad del Sol de Campanella y otros); en algunas ocasiones se han ensayado en la práctica sobre bases distintas, religiosas (la Florencia de Savonarola, o la Ginebra de Calvino) o pretendidamente científicas (la utopía marxista).

Difícil es valorar la mera imaginación de las cosas, pero parece que hay consenso en que los ensayos de realizar estas repúblicas ideales han generado, prácticamente siempre, mayores males que los que pretendían remediar. Las pasiones, los deseos, la libertad imprevisible del ser humano han acabado por forzar a los utópicos a prescindir de parte de la humanidad a la que pretendían servir, a violentar la naturaleza humana en el lecho de Procusto de sus deseos utópicos. En síntesis, para remediar el mal hay que producir tanto mal que, al final, suele resultar peor el remedio que la enfermedad.

¿No es la visión de la “Nueva Jerusalén” una versión más de esas utopías sangrientas? En el texto del Apocalipsis alienta el anhelo inextinguible del hombre por un mundo sin mal, sin dolor, sin muerte. Pero aquí no se trata de un sueño que se pone de espaldas a la realidad concreta del hombre y que, por tanto, se niega a mirar cara a cara el mal real de nuestro mundo. Y es que ya en el texto del Apocalipsis salta a la vista una gran diferencia con esas utopías: no se trata aquí de construir una torre de Babel, por la que el hombre conquista el cielo por sus propias fuerzas y cuyo el resultado siempre es “la confusión de las lenguas”, la imposibilidad de encontrar un lenguaje común, y, en consecuencia, el enfrentamiento y la dispersión; aquí se trata de que la nueva Jerusalén “baja del cielo”. No es el hombre que se hace Dios, sino el Dios que se hace hombre y viene a visitarnos. Por eso, la clave de lectura de la visión de la nueva Jerusalén está en el Evangelio que hemos leído en este quinto domingo de Pascua.

Es un evangelio un poco raro en el contexto del camino pascual que venimos recorriendo. Recordemos que se trataba de ir descubriendo aquellos lugares en los que era posible “ver” al Señor con los ojos de la fe: la comunidad de discípulos, la Eucaristía, los Pastores. En esta semana se nos habla de un centro fundamental (si no del centro fundamental) de la fe cristiana: el mandamiento del amor. Es así: esas presencias del Resucitado iluminan el misterio del amor que Dios nos tiene, y tienen sentido para hacer posible que nosotros, los seres humanos, vivamos de ese mismo amor. Pero el “amor” del que aquí se habla no tiene nada de romántico, no es un sentimiento de simpatía universal, ni tampoco está dirigido sólo a aquellos que “nos caen bien”, militan en nuestro partido o piensan como nosotros… De hecho, el evangelio, con sus primeras palabras, nos retrotrae a los momentos anteriores a la Pasión de Cristo: “cuando salió Judas del cenáculo”. Aunque aquí no se cita, en ese texto se dice que “era de noche”. Es decir, volvemos de la luz a la oscuridad. Y se hace, creo, precisamente, para recordarnos que aquí no hablamos de una hermosa pero irreal utopía, además de peligrosa, por excluyente.

El amor del que aquí se habla mira cara a cara el mal, no lo rehúye, no crea “cordones sanitarios” contra sus posibles portadores (¡¿quién no es portador?!). Dios mira al ser humano real, con todas sus miserias, y las asume sobre sí, las hace suyas, pasa por ellas. El amor de que se habla aquí no es romántico, ni utópico, ni cerrado en el pequeño grupo sectario que se forma a base de la exclusión de los “impuros”; por el contrario, es fuerte, realista, difícil: es la actitud del que está dispuesto a dar su vida en bien de los demás, en los que ve a sus hermanos. ¿Quién es capaz de un amor así? Sólo hay una respuesta: Jesús. El amor que nos manda tener entre nosotros es el amor que él nos regala: “que os améis unos a otros, como yo os he amado”. Un amor que mira y asume la limitación y que, por eso, se encarna en lo concreto: un amor que soporta, es paciente, perdona, asume, escucha, que dice la verdad, pero sin rigidez, que da siempre una nueva oportunidad. Es el amor del día a día, el único que nos sostiene en la vida cotidiana, y cuenta por ello con los momentos de cansancio, de debilidad, de rutina, de crisis.

La luz del Resucitado nos da la fuerza para amar también cuando “es de noche”, es decir, en el momento de la cruz, sin utopismos, pero con horizontes de esperanza. La nueva Jerusalén ha comenzado, pero está en camino. Hay que sembrarla con ese amor realista y encarnado, que, porque no es romántico, no es excluyente (hasta el enemigo es objeto de él), sino abierto a todos: es el amor universal de la misión de la Iglesia de la que nos habla la primera lectura.

En esta quinta semana de Pascua la Palabra de Dios, al tiempo que se concentra en el mandamiento del amor (la sustancia de las presencias del Resucitado y el motor de la misión), se introducen dos motivos íntimamente unidos: el Espíritu Santo y la próxima Ascensión de Cristo, que marca el final del intenso período de las apariciones del Resucitado. Su marcha conlleva una cierta noche, pero no es un abandono (el fin de la utopía), sino una nueva forma de presencia: el amor no es ante todo un esfuerzo moral, sino la presencia del Espíritu Santo, el Espíritu de Jesús en la Iglesia y en los creyentes. Esa presencia alimenta nuestra vida cristiana e ilumina esas presencias del Resucitado que hemos contemplado en las primeras semanas pascuales.

Si es de noche en nuestra vida, hemos de saber que la luz del Resucitado opera ya en nosotros gracias al Espíritu Santo que Jesús nos promete. Aunque sea de noche es posible hacer el bien y realizar este amor concreto, realista y encarnado, para así ser fieles a los momentos de luz. Si, pese a nuestras debilidades y defectos, tratamos de vivir de este amor previamente donado, entonces estaremos realizando la misión de la Iglesia, pues por él “conocerán que somos discípulos suyos”. Y si lo hacemos así, por muy deficiente que nos parezca nuestro testimonio, estaremos adelantando esa “utopía realista” y ya operante en la historia humana: la nueva Jerusalén, en la que Dios enjugará las lágrimas de nuestros ojos, y ya no habrá muerte, ni llanto ni luto, ni dolor.

Domingo de la 3ª semana de Pascua (C)

mayo 3, 2019

PRIMERA LECTURA
Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo
Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 5, 27b-32. 40b-41

En aquellos días, el sumo sacerdote interrogó a los apóstoles y les dijo: – «¿No os hablamos prohibido formalmente enseñar en nombre de ése? En cambio, habéis llenado Jerusalén con vuestra enseñanza y queréis hacernos responsables de la sangre de ese hombre.» Pedro y los apóstoles replicaron: – «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a quien vosotros matasteis, colgándolo de un madero. La diestra de Dios lo exaltó, haciéndolo jefe y salvador, para otorgarle a Israel la conversión con el perdón de los pecados. Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo, que Dios da a los que le obedecen.» Prohibieron a los apóstoles hablar en nombre de Jesús y los soltaron. Los apóstoles salieron del Sanedrín contentos de haber merecido aquel ultraje por el nombre de Jesús.

Salmo responsorial 29, 2 y 4. 5 y 6. 11 y l2a y 13b R. Te ensalzaré, Señor, porque me has librado.

SEGUNDA LECTURA
Digno es el Cordero degollado de recibir el poder y la riqueza
Lectura del libro del Apocalipsis 5, 11-14

Yo, Juan, en la visión escuché la voz de muchos ángeles: eran millares y millones alrededor del trono y de los vivientes y de los ancianos, y decían con voz potente: «Digno es el Cordero degollado de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza.» Y oí a todas las criaturas que hay en el cielo, en la tierra, bajo la tierra, en el mar -todo lo que hay en ellos-, que decían: «Al que se sienta en el trono y al Cordero la alabanza, el honor, la gloria y el poder por los siglos de los siglos.» Y los cuatro vivientes respondían: «Amén.» Y los ancianos se postraron rindiendo homenaje.

EVANGELIO
Jesús se acerca, toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado
Lectura del santo evangelio según san Juan 21, 1-14

En aquel tiempo, Jesús se apareció otra vez a los discípulos junto al lago de Tiberiades. Y se apareció de esta manera: Estaban juntos Simón Pedro, Tomás apodado el Mellizo, Natanael el de Caná de Galilea, los Zebedeos y otros dos discípulos suyos. Simón Pedro les dice: – «Me voy a pescar.» Ellos contestan: – «Vamos también nosotros contigo.» Salieron y se embarcaron; y aquella noche no cogieron nada. Estaba ya amaneciendo, cuando Jesús se presentó en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús. Jesús les dice: – «Muchachos, ¿tenéis pescado?» Ellos contestaron: – «No.» Él les dice: – «Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis. » La echaron, y no teman fuerzas para sacarla, por la multitud de peces. Y aquel discípulo que Jesús tanto quería le dice a Pedro: – «Es el Señor.» Al oír que era el Señor, Simón Pedro, que estaba desnudo, se ató la túnica y se echó al agua. Los demás discípulos se acercaron en la barca, porque no distaban de tierra más que unos cien metros, remolcando la red con los peces. Al saltar a tierra, ven unas brasas con un pescado puesto encima y pan. Jesús les dice: – «Traed de los peces que acabáis de coger.» Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red repleta de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y aunque eran tantos, no se rompió la red. Jesús les dice: – «Vamos, almorzad,» Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor. Jesús se acerca, toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado. Ésta fue la tercera vez que Jesús se apareció a los discípulos, después de resucitar de entre los muertos.

 

El encuentro junto al lago

 

La Palabra de Dios sigue hablándonos de la fe en la Resurrección como de un largo y no sencillo proceso. La muerte de Cristo, que sembró de desconcierto y desánimo a los discípulos, provocó también su dispersión.

El escenario de las apariciones cambia de Jerusalén a Galilea. Parece que, pese a las experiencias del Resucitado de los primeros momentos, los discípulos regresan a casa, a la vida cotidiana, a las ocupaciones de siempre. Algunos siguen vinculados, tal vez los galileos, y entre ellos Pedro parece seguir teniendo cierta autoridad, pues de él parte la iniciativa de ir a pescar: la vuelta a casa parece representar la vuelta a la vida de antes, volver a ser sólo un pescador de peces.

Pero la marcha a Galilea puede tener otra clave de lectura. La ofrece Marcos, en cuyo evangelio los ángeles mandan decir a los discípulos que vayan a Galilea: “allí lo veréis” (Mc 16, 7).

Si el episodio de Tomás nos recuerda que el lugar para poder ver al Señor es la comunidad, en la que se ingresa por el bautismo, que es el tema de reflexión de la segunda semana de Pascua, ahora la atención se fija en la Eucaristía. El bautismo es el momento del “primer amor”, la novedad de la fe, el sentirse una criatura nueva al nacer del agua y del espíritu. Y la eucaristía es el sacramento de la vida cotidiana. La vida cotidiana, el terruño, Galilea, las ocupaciones de siempre, la pesca en el lago… Todo eso puede ser, ciertamente, el lugar de la dimisión, del olvido y el abandono de lo que pareció un gran sueño. En la vida cotidiana puede ser “de noche” (cf. Jn 21,3), no se ve nada y esas ocupaciones cotidianas parecen estériles: no pescaron nada. Pero también en la vida cotidiana amanece, llega la luz, también ahí es posible “ver al Señor”. Él mismo se hace el encontradizo, llama e invita, y prepara para nosotros el pan.

La luz de la madrugada permite ver, pero no siempre es posible reconocer… Es lo que les sucede (otra vez) a los discípulos: ven sin reconocer. Es una fe todavía insegura, inmadura, vacilante: por eso Jesús los llama “muchachos”. Pero la presencia incluso no reconocida de Jesús hace que las cosas cambien: el lago y el trabajo cotidiano dejan de ser el lugar de la dimisión para convertirse en misión, la esterilidad se hace abundancia, Galilea, el pequeño mundo, se ensancha y abarca el mundo entero; la red se llena de 153 “grandes”. Unos dicen que son las especies de peces conocidas entonces, otros que el número de naciones de la antigüedad… La red abarca “el todo”, al mundo entero, no excluye a nadie, vincula a todos sin importar las diferencias y, pese a ello, no se rompe. La presencia del Resucitado genera una unidad elástica, no rígida, que respeta las diferencias. Donde la unidad se rompe por rigideces, ahí no hemos reconocido el Señor en nuestra orilla.

De hecho, los entendidos dicen que en el Evangelio de Juan y especialmente en estos últimos capítulos se refleja la integración de la comunidad del discípulo amado en la gran Iglesia, la que acepta la autoridad de Pedro. La Iglesia en misión, en efecto, une a la institución y a los carismas, a los que dirigen (“vamos a pescar”) y a los carismáticos que reconocen la presencia del Señor (“es el Señor”), sin rupturas, porque la red es, tiene que ser, elástica y abierta.

Los discípulos reconocen y confiesan por boca del discípulo amado y se reencuentran con el Señor Resucitado, que les devuelve su dignidad de apóstoles: Simón, que desnudo es sólo Simón, se reviste con la túnica que hace de él Pedro, la Roca, y dejando atrás todo temor se lanza al mar, al mundo en que ha de ser de nuevo pescador de hombres, sin dejarse asustar ya más por las dificultades y persecuciones que habrá de afrontar a causa de esta otra pesca, como leemos en el texto de los Hechos de los Apóstoles

El final de este evangelio, el episodio de la triple pregunta de Jesús a Pedro, nos recuerda que, en efecto, sólo en el amor es posible realizar la misión que el Señor nos confía, y que sólo en el amor es posible madurar como discípulo: “cuando seas viejo…”. Para dejar de ser sólo “unos muchachos” y alcanzar la madurez es preciso dejarse interrogar por este Cristo, herido con las huellas de la pasión (el Cordero degollado del libro del Apocalipsis), y responder, siendo consciente de las propias heridas: también Pedro se presenta ante Jesús herido por su orgullo, su cobardía y sus traiciones. Pero esas heridas pueden ser curadas por el misterio del amor, que lleva a la entrega confiada. La insistencia en la pregunta de Jesús parece subrayar: ¿de verdad me amas? El verdadero amor hay que probarlo superando muchas dificultades, también las que derivan de la propia debilidad. Pero sólo en esa insistencia, que puede llegar a producirnos tristeza, es posible llegar a ser fieles y responder desde el fondo del propio ser, en el que habita la verdad de nuestra vida, y no sólo de boquilla, como mero artículo de fe o de modo puramente formal. La llamada de Jesús, “sígueme”, suena otra vez pero de manera nueva, el camino se reabre: Pedro (el discípulo probado, maduro) puede de verdad cumplir su misión de pastorear el rebaño de Jesús, porque ahora está dispuesto, como el Buen Pastor, a dar la vida por las ovejas.

La madurez del discipulado es posible en la fidelidad y la perseverancia. Por eso la Eucaristía es el sacramento de la vida diaria. Los símbolos usados: la Palabra, el pan y el vino, nos hablan de la cotidianidad. En la vida cotidiana estamos asediados por la rutina, el aburrimiento, por mil dificultades: la primera lectura nos recuerda las primeras dificultades y persecuciones contra la naciente Iglesia; y sólo si hay perseverancia, fidelidad y constancia es posible seguir adelante, atravesar la noche, ver la luz del amanecer, “ver” al Señor.

Durante esta semana la Iglesia lee y medita en la Eucaristía diaria el discurso de Jesús del pan de vida (Jn 6). Comer el pan y beber la sangre, participar de la persona y la vida de Jesús, alimentar nuestra fe. Pero no es tan fácil. Muchos no entendieron, se echaron atrás “y ya no andaban con Él” (cf. Jn 6, 66). También hoy nos pasa. Nos parece que la misa es aburrida, no nos dice nada, no “vemos” nada ni “sacamos nada de ella” (como en la estéril noche de pesca de los discípulos). Pero es que hay que perseverar, ser fiel, atravesar la noche, confiar en que llegará la madrugada, en que vislumbraremos al Señor, con una fe tal vez vacilante (“muchachos”), pero que será posible reconocerlo, hacer una pesca abundante, llegar a la madurez también en la fe, descubrir que tenemos una misión que realizar, que, pese a todo, también pese a las heridas que la vida nos ha producido, podemos amar a Jesús y confiarnos a Él.

Y es que también en Galilea, o precisamente en Galilea, en lo ordinario de la vida, es posible ver al Señor y encontrarse con él.

Domingo 6 de Pascua (B)

mayo 5, 2018

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles 10,25-26.34-35.44-48 El don del Espíritu Santo se ha derramado también sobre los gentiles

Cuando iba a entrar Pedro, salió Cornelio a su encuentro y se echó a sus pies a modo de homenaje, pero Pedro lo alzó, diciendo: «Levántate, que soy un hombre como tú.» Pedro tomó la palabra y dijo: «Está claro que Dios no hace distinciones; acepta al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que sea.» Todavía estaba hablando Pedro, cuando cayó el Espíritu Santo sobre todos los que escuchaban sus palabras. Al oírlos hablar en lenguas extrañas y proclamar la grandeza de Dios, los creyentes circuncisos, que habían venido con Pedro, se sorprendieron de que el don del Espíritu Santo se derramara también sobre los gentiles. Pedro añadió: «¿Se puede negar el agua del bautismo a los que han recibido el Espíritu Santo igual que nosotros?» Y mandó bautizarlos en el nombre de Jesucristo. Le rogaron que se quedara unos días con ellos.

Salmo 97,1.2-3ab.3cd-4. R. El Señor revela a las naciones su salvación

Lectura de la primera carta del apóstol san Juan 4,7-1 Dios es amor

Queridos hermanos, amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor. En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Hijo único, para que vivamos por medio de él. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados.

Lectura del santo evangelio según san Juan 15,9-1 Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud. Éste es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado. Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer. No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure. De modo que lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo dé. Esto os mando: que os améis unos a otros.»

¿Se puede mandar el amor?

Vivir en el “primer día de la semana”, en el día de la nueva creación, significa ser capaz de ver al Señor resucitado con los ojos de la fe e insertarse en Él como los sarmientos en la vid, que con la savia de la vida nueva nos renueva por dentro. Sólo así podemos dar fruto, hacer fecunda nuestra vida. Al escuchar hoy la Palabra entendemos que ese fruto es el amor. Quien vive en Cristo no puede permanecer en el odio, en el rencor o la desconfianza, en la indiferencia hacia los demás o encerrado en sus prejuicios culturales, nacionales, ni siquiera en los religiosos.

Ahora bien, aquí surge fácilmente una objeción. ¿Es que se puede mandar el amor? ¿Puede el amor ser un “mandamiento”? Si entendemos el “mandamiento” como una ley moral y el amor como un peculiar modo de sentir, la objeción tiene sentido. No pocos la han alzado, por ejemplo, el filósofo Kant.

En realidad, el mandamiento del amor es mucho más que una “norma” moral, incluso si se la considera la más importante; lo mismo que el amor mismo es mucho más que un peculiar modo de sentir, parecido, por ejemplo, al sentimiento de simpatía.

San Juan nos dice hoy en su primera carta que “el amor es de Dios” y que “Dios es amor”. Jesús, por su parte, en el evangelio, nos revela que si hemos de amarnos unos a otros (“éste es mi mandamiento”) es precisamente porque el Padre le ha amado y Él nos ha trasmitido ese mismo amor y, por eso, así como Él permanece en el Padre, nosotros hemos de permanecer en Él. Es decir, el amor no es una simple exigencia moral, aunque más elevada, sino que es la misma vida de Dios, la vida interna de la Trinidad que relaciona al Padre con el Hijo y que es el mismo Espíritu Santo. Así pues, siendo la vida de Dios, no puede ser una “obligación” que pesa sobre nuestros débiles hombros: ¿quién puede estar obligado a elevarse por sus propias fuerzas hasta la vida de Dios? El amor sólo puede ser un don. Si se habla aquí de “mandamiento” hemos de entenderlo en el sentido de aquello que Dios nos ha mandado, es decir, de Aquél que nos ha enviado: el amor consiste, no en que nosotros hayamos amado, sino en que Dios nos ha amado y nos ha enviado a su Hijo (1 Jn 4, 10).

Es Él quien nos ha dado a conocer al Padre y su voluntad salvífica, quien nos ha mostrado el amor “más grande”, que consiste en dar la vida por sus amigos. Para hacernos partícipes de la vida misma de Dios, Cristo ha pagado el alto precio de la muerte en la cruz, como víctima de propiciación por nuestros pecados, es decir, por nuestra incapacidad de amar, de incluir, de romper fronteras y establecer vínculos… La cruz es la llave de entrada en esa vida de Dios que se ha hecho presente y accesible, y en la que podemos insertarnos al ver al Resucitado, al encontrarnos con Él allí donde se lo puede ver, al permanecer en Él como los sarmientos en la vid.

Todo el misterio de la salvación, de la encarnación, la muerte y la resurrección de Cristo se resume así en una propuesta de amistad y en una invitación a la alegría. Somos los amigos de Jesús si aceptamos la amistad que Él nos brinda; he aquí una alegría que trasciende las pequeñas alegrías de la vida, tantas veces empañadas por tristezas de todo tipo, porque en la amistad que Jesús nos ofrece tocamos la fuente de la vida y del amor, que es el mismo Dios.

Alegría y amistad son, por fin, la fuente de la verdadera libertad. No somos siervos de leyes abstractas que pesan sobre nosotros, por muy libres que nos queramos sentir haciendo lo que “nos da la gana”; pues, seamos sinceros, las “ganas” también tienen sus leyes que nos atan y nos esclavizan: sean las de nuestra fisiología, sean las de la manipulación propagandística. Pero nosotros no somos esclavos de un destino ciego marcados por nuestros instintos, o por la ironía de la historia: somos amigos del Hijo de Dios e hijos en el Hijo. Esto potencia y multiplica, en medio de nuestras muchas limitaciones, nuestras posibilidades de acción. Gracias a la libertad del amor podemos no someternos a los prejuicios ambientales, alzar la voz arriesgando en favor de la verdad y la justicia, perdonar a los que nos ofenden, y también tener la humildad de reconocer los propios pecados y pedir perdón por ellos; podemos, en definitiva, usar nuestra vida y sus posibilidades para dar con la libertad de la generosidad, y no para quitar. El amor es, más que un sentimiento, un modo de vida, fruto del don que hemos recibido de Cristo, y que se traduce en obras: guardar los mandamientos (como el mismo Cristo ha guardado los mandamientos de su Padre) es aceptar al que Dios nos ha enviado, permanecer en Él, tratar de vivir como Él vivió y de amar como Él amó: ofreciendo amistad y dando la vida.

Un modo de vida así es una aventura abierta, que depara sorpresas y abre horizontes inesperados. Los circuncisos que estaban con Pedro en casa del pagano Cornelio se extrañaron de que el don del Espíritu Santo se derramara sobre los gentiles. Ese es el género de sorpresas que depara el verdadero amor: apertura de fronteras, ampliación de horizontes, superación de barreras, la instauración de nuevos lazos de fraternidad entre aquellos que por razones nacionales, culturales o religiosas estaban separados o enemistados.

La Palabra de Dios nos invita hoy a examinarnos sobre los frutos del amor en nuestra vida. ¿A quién podríamos brindar nuestra amistad? ¿Qué “paganos” –según nuestros propios parámetros– pueden sorprendernos hablando en lenguas que nos descubren la novedad de Dios? ¿Qué porciones de mi vida –tiempo, conocimientos, comprensión, paciencia, capacidad de perdón, tal vez dinero– puedo dar todavía, aunque eso me implique alguna renuncia, una pequeña cruz?

La alegría colmada que nos promete Jesús no es la de una vida saciada por acumulación de bienes o de sensaciones (eso que se llama “vivir a tope”, y que nos acaba dejando vacíos, en cuanto nos topamos con nuestros propios límites). Ese género de felicidad es inestable y problemático, y en una gran parte no depende de nosotros: ahí no somos realmente libres. Jesús habla en cambio de esa plenitud de alegría que crece a medida que damos y que nos damos. Y eso sí que está en nuestras manos, independientemente de que tengamos mucho o poco. Porque de nosotros depende vivir con generosidad. Y la dignidad y la libertad que Jesús nos ha regalado al hacernos partícipes de la vida de Dios, que es el amor, constituyen la posibilidad más alta a la que el ser humano puede aspirar: ser amigos de Cristo, y llegar a ser en Él hijos de Dios.

Domingo 30 del Tiempo Ordinario (A)

octubre 27, 2017

Lectura del libro del Éxodo 22, 20-26 Si explotáis a viudas y huérfanos, se encenderá mi ira contra vosotros

Así dice el Señor: «No oprimirás ni vejarás al forastero, porque forasteros fuisteis vosotros en Egipto. No explotarás a viudas ni a huérfanos, porque, si los explotas y ellos gritan a mí, yo los escucharé. Se encenderá mi ira y os haré morir a espada, dejando a vuestras mujeres viudas y a vuestros hijos huérfanos. Si prestas dinero a uno de mi pueblo, a un pobre que habita contigo, no serás con él un usurero, cargándole intereses. Si tomas en prenda el manto de tu prójimo, se lo devolverás antes de ponerse el sol, porque no tiene otro vestido para cubrir su cuerpo, ¿y dónde, si no, se va a acostar? Si grita a mí, yo lo escucharé, porque yo soy compasivo.»

Sal 17, 2-3a. 3bc-4. 47 y 51ab R. Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza.

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Tesalonicenses 1, 5c-10 Abandonasteis los ídolos para servir a Dios y vivir aguardando la vuelta de su Hijo

Hermanos: Sabéis cuál fue nuestra actuación entre vosotros para vuestro bien. Y vosotros seguisteis nuestro ejemplo y el del Señor, acogiendo la palabra entre tanta lucha con la alegría del Espíritu Santo. Así llegasteis a ser un modelo para todos los creyentes de Macedonia y de Acaya. Desde vuestra Iglesia, la palabra del Señor ha resonado no sólo en Macedonia y en Acaya, sino en todas partes. Vuestra fe en Dios había corrido de boca en boca, de modo que nosotros no teníamos necesidad de explicar nada, ya que ellos mismos cuentan los detalles de la acogida que nos hicisteis: cómo, abandonando los ídolos, os volvisteis a Dios, para servir al Dios vivo y verdadero, y vivir aguardando la vuelta de su Hijo Jesús desde el cielo, a quien ha resucitado de entre los muertos y que nos libra del castigo futuro.

Lectura del santo evangelio según san Mateo 22,34-40 Amarás al Señor, tu Dios, y a tu prójimo como a ti mismo

En aquel tiempo, los fariseos, al oír que Jesús había hecho callar a los saduceos, formaron grupo, y uno de ellos, que era experto en la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba: -«Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?» Él le dijo: -«“Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser.” Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo.” Estos dos mandamientos sostienen la Ley entera y los profetas.

 

El mandamiento principal y el segundo que se le asemeja

Jesús había hecho callar a los saduceos, que le habían tendido una trampa (una trampa saducea): le plantearon la cuestión de la resurrección, pero con sorna, describiendo una situación en verdad ridícula (la de los siete hermanos que estuvieron casados sucesivamente con una misma mujer). Jesús les hizo callar, haciéndoles comprender lo ridículo que es creer que el Dios vivo sea un Dios de muertos. Los fariseos se alegraron de aquella victoria de Jesús, que confirmaba su propia posición, pero lejos de unirse a Él, decidieron tenderle otra trampa, una trampa farisea, es decir, una intrincada cuestión legal. La maraña de los 613 preceptos de la Ley (248 positivos y 365 negativos) planteaba frecuentes conflictos y problemas de interpretación sobre la prioridad de unos sobre otros, por lo que era un terreno ideal para tratar de pillar al joven Maestro de Nazaret en un renuncio que diera ocasión para acusarlo.

Jesús, como siempre, dice mucho con pocas palabras. Lo primero que le dijo a aquel experto en la ley es que la respuesta ya la tenía él, si es que de verdad estaba abierto a la Palabra de Dios, de la que tanto creía saber. De hecho, saltándose la prolija casuística de escribas y fariseos, Jesús se limita a citar dos textos del Antiguo Testamento: Deuteronomio 6, 5 para el amor a Dios, y Levítico 19, 18 para el amor al prójimo. Es decir, resuelve una cuestión que se antojaba irresoluble con extrema sencillez y apelando a la única fuente de autoridad reconocida por los fariseos. En segundo lugar, Jesús nos recuerda que “lo principal”, lo más importante, es aquello a lo que debemos entregar nuestro corazón, a lo que debemos amar más que a otras cosas. Pero, al decir esto, no está proclamando románticamente, como se hace a veces, que lo importante es amar, no importa a qué, a quién y cómo. Al contrario, al recoger el guante de aquel experto en la ley, Jesús concuerda con él en que hay un orden de importancias, hay cosas principales a las que hay que dar prioridad. Pero se desmarca de la actitud legalista, y va al fondo del corazón humano, allí donde habitan sus verdades existenciales, y nos dice que tenemos que jerarquizar adecuadamente nuestros amores. Esto significa que no cualquier amor es bueno, ni todo es igualmente digno de amor; pues es claro que todo el mundo ama algo y vive de ese amor suyo. Pero todos sabemos que no es bueno el amor egoísta a sí mismo, o el amor excluyente a los propios, o el amor apasionado a ciertos placeres o aficiones (qué sé yo, a beber sin medida, o al propio equipo de fútbol). En la respuesta de Jesús está supuesto lo que San Juan, el apóstol del amor, nos recuerda con claridad: “No améis el mundo, ni las cosas de este mundo” (1 Jn 2, 15). Para entender rectamente el mandamiento del amor es preciso no olvidar esta parte, como frecuentemente se hace. Para que en nosotros exista un recto “ordo amoris”, como decía San Agustín, es decir, un adecuado orden del corazón, es preciso saber dominarse a sí mismo, evitando que las inclinaciones de nuestra naturaleza se apoderen de nosotros y guíen nuestra conducta. San Juan, claro, no nos dice que no amemos a la creación, ni menos aún al prójimo, sino que aquí por “mundo” entiende “la concupiscencia de la carne (la sensualidad sin medida), la concupiscencia de los ojos (la avidez, la codicia) y la soberbia de la vida (la vanidad y la ambición)” (cf. 1 Jn 2, 16).

Jesús, en fin, nos dice con claridad qué debemos amar y con qué medida: a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con todo el ser; y al prójimo como a nosotros mismos. El amor a Dios, fuente de todo ser y de todo bien, tiene que ser un amor de entrega total, de plena unión con su voluntad, de completa actitud filial. Un amor así sólo puede orientarse a Dios, pues si se dirigiera a cualquier otra cosa (ideología, nación, partido, líder, afición, interés…) se convertiría inmediatamente en idolatría que nos reduciría a esclavos dependientes de algún falso dios. Sólo la perfecta entrega al único Dios garantiza nuestra libertad, porque a Él le debemos el ser y la dignidad, de Él venimos y a Él nos dirigimos. Como los tesalonicenses, que, al acoger la Palabra abandonaron los ídolos y se volvieron al Dios vivo y verdadero para servirlo, alcanzando así la libertad auténtica.

El amor al prójimo, por su parte, tiene como justa medida el amor que debemos profesarnos a nosotros mismos. Los demás son iguales a nosotros, por lo que el verdadero amor al prójimo no es de sometimiento servil, sino de respeto y apertura solidaria a sus necesidades, que son básicamente las mismas que las nuestras. Si al tratar de atender a nuestras necesidades nos cerramos a las de los demás, caemos en el egoísmo, y de ahí fácilmente derivamos al “uso” y abuso de los otros como meros medios para la satisfacción de nuestros intereses, es decir, caemos en la injusticia, la manipulación y la violencia. Pero sabiéndonos iguales en dignidad, el amor al prójimo se funda en el sentimiento de justicia, que se expresa en la versión negativa de la regla de oro: “no hagas a los demás lo que no quieras que te hagan” (Tob 4, 15); y en el sentimiento de compasión ante las necesidades ajenas, que se vierte en la fórmula positiva de la misma regla: “haced a los demás lo que queráis que os hagan a vosotros” (Mt 7, 12). Este es el recto orden de prioridades que nos enseña Jesús, para que, desde este mandamiento principal y del segundo, que se le asemeja, podamos amar todas las demás cosas en su justa medida, y abstenernos de amar aquellas cosas que nos apartan de nuestra verdad y nuestra salvación.

Ahora bien, si Jesús, para expresar cuál es mandamiento más importante, se ha remitido a dos textos del Antiguo Testamento, ¿en dónde está su novedad? ¿En qué sentido se puede decir que el mandamiento del amor es un mandamiento “nuevo” (Jn 13, 34)? En realidad se trata de una novedad largamente preparada: todo el Antiguo Testamento está lleno de motivos que la anticipan y anuncian. Basta que releamos la primera lectura de hoy. Pero, por otro lado, la novedad principal está en que esas citas las hace precisamente Jesús, que da a los dos preceptos del amor a Dios y al prójimo una profundidad y sentido nuevos. Él no ha venido a abolir la Ley ni los Profetas, sino a darles cumplimiento, a perfeccionarlos, a llevarlos hasta el final. Y esto es lo que hace en su respuesta. Y es que al hablar de Dios y del prójimo, Jesús nos está introduciendo en una comprensión completamente nueva de uno y el otro. El Dios del que habla es su Padre, su Abbá, que en Jesús se hace Padre de todos, buenos y malos, justos e injustos (cf. Mt 5, 45). Y de ahí la semejanza del segundo mandamiento con el primero: si Dios es Padre de todos, todos los seres humanos, hechos a semejanza de Dios, son hermanos entre sí. Jesús reinterpreta el mandamiento del amor al prójimo, que era antes de Él un amor limitado al más próximo, al familiar, al miembro del clan, todo lo más, de la comunidad israelita, y lo extiende a todos los hombres y mujeres sin excepción, todos hijos de Dios, todos llamados a la filiación en Cristo.

Domingo 22 del tiempo ordinario (A)

septiembre 2, 2017

Lectura del libro de Jeremías 20, 7-9 La palabra del Señor se volvió oprobio para mí

Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir; me forzaste y me pudiste. Yo era el hazmerreir todo el día, todos se burlaban de mí. Siempre que hablo tengo que gritar: «Violencia», proclamando: «Destrucción.» La palabra del Señor se volvió para mí oprobio y desprecio todo el día. Me dije: «No me acordaré de él, no hablaré más en su nombre»; pero ella era en mis entrañas fuego ardiente, encerrado en los huesos; intentaba contenerlo, y no podía.

Sal 62, 2. 3-4. 5-6. 8-9 R. Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 21-12, 1-2 Presentad vuestros cuerpos como hostia viva

Os exhorto, hermanos, por la misericordia de Dios, a presentar vuestros cuerpos como hostia viva, santa, agradable a Dios; éste es vuestro culto razonable. Y no os ajustéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir lo que es la voluntad de Dios, lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto.

Lectura del santo evangelio según san Mateo 16, 21-27 El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo

En aquel tiempo, empezó Jesús a explicar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día. Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo: -«¡No lo permita Dios, Señor! Eso no puede pasarte.» Jesús se volvió y dijo a Pedro: -«Quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar; tú piensas como los hombres, no como Dios.» Entonces dijo Jesús a sus discípulos: -«El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga.

Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí la encontrará. ¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? ¿O qué podrá dar para recobrarla? Porque el Hijo del hombre vendrá entre sus ángeles, con la gloria de su Padre, y entonces pagará a cada uno según su conducta.»

 

Cargar con la cruz para seguir a Jesús

 

El Evangelio de hoy completa el cuadro de Cesárea de Filipo que consideramos la semana pasada. Por eso, para una comprensión más plena es necesario leer juntos los dos textos. Una vez que los discípulos, por boca de Pedro, han confesado que Jesús es el Mesías, éste comienza con ellos una catequesis personalizada sobre el sentido de su mesianismo y que se concreta en el primer anuncio de su pasión. Esto choca frontalmente con las expectativas de un mesianismo triunfante, que somete con poder y fuerza a los enemigos de Israel. Jesús no deja de hablar de victoria, pero de un modo completamente distinto al que esperan los discípulos: primero tiene que ir a Jerusalén, someterse, padecer, incluso ser ejecutado. El triunfo sólo vendrá después de la completa derrota, mediante la resurrección “al tercer día”.

Que todo esto contradice de plano lo que los discípulos esperaban del Mesías se echa de ver en la reacción –una vez más, en representación de todo el grupo– de Pedro. Es una reacción que no puede sorprendernos, porque no puede ser más humana. Lo que sorprende es la dura respuesta de Jesús, que rechaza con virulencia y llama “Satanás” a aquel a quien acaba de declarar bienaventurado y de confiarle las llaves del Reino. Sin embargo, ese tremendo apóstrofe tiene su lógica, porque al rechazar el camino hacia la cruz Pedro está jugando el papel del tentador, que en el desierto ya le propuso a Jesús una forma de mesianismo más lisonjera, hecha de poder y de éxito (cf. Mt 4, 1-11), y que suponía pactar de un modo u otro con el diablo. El mesianismo que elije Jesús, el mesianismo de la cruz, es aquel en el que sus enemigos no son los hombres pecadores, sino sólo los pecados de los hombres; por ello, no se trata de liberar a unos del poder de otros (con lo que todo quedaría igual: unos sometidos a otros), sino de liberar a todos del poder del pecado que los somete, y hacer de todos ellos hermanos, hijos de un mismo Padre. Para ello es necesario renunciar a todo lo que signifique una alianza con cualquier forma de mal, como el sometimiento de los demás por medio de la violencia.

El camino de la cruz es el de la negación de sí, el de la entrega de la propia vida hasta la muerte. Y este camino, el de Cristo hasta Jerusalén, es, tiene que ser, el camino del cristiano en el seguimiento del Maestro.

Por eso, hoy, el “no” de Pedro nos tiene que hacer reflexionar. El mismo Pedro que nos representaba en la confesión de fe, nos representa también en el rechazo de la cruz. Y esta contradicción nos descubre que el camino cristiano es un camino complejo, en el que existen distintos momentos, todos ellos necesarios, pero insuficientes si los separamos entre sí. Pedro es bienaventurado porque ha comprendido en la fe y ha confesado la verdadera identidad de Jesús y, gracias a ello, ha recibido un nombre nuevo y una misión. Pero hoy comprendemos que confesar de manera ortodoxa, con ser fundamental (es el fundamento), no es suficiente si no se da el paso de aceptar la cruz que esa confesión lleva consigo. Si aceptamos a Jesús como el Mesías, tenemos que aceptar el mesianismo que él nos propone, no el que nosotros queremos soñar o imaginar.

Cuántas veces sucede que emprendemos un proyecto de vida cristiana (en el matrimonio, en una comunidad parroquial, en un movimiento o en la vida religiosa) llenos de entusiasmo y de optimismo, llevados precisamente por la fe que profesamos, por la revelación que hemos recibido de lo alto. Pero en cuanto tropezamos con las inevitables dificultades de la vida, con conflictos o decepciones, con algunos sufrimientos que nos causan precisamente aquellos con los que habíamos emprendido ese camino feliz, empezamos a renegar, a sentir la tentación de echarnos atrás, a decirnos que no, que no era esto lo que habíamos soñado, lo que nos habíamos imaginado. Somos creyentes ortodoxos, confesamos como se debe, y en esto somos bienaventurados, pero no estamos dispuestos a aceptar la cruz, la limitación, el sufrimiento que conlleva el camino que hemos emprendido en el seguimiento de Jesús. Parece que queremos enmendarle la plana a Cristo, que en su encarnación no ha elegido vivir en una campana de cristal ni en un mundo ideal, sino que ha asumido nuestra condición, nuestras limitaciones, y ha tomado sobre sí el pecado del mundo; nos gustaría un mesianismo y una salvación más fácil y ligera, en la que Dios desplegara su poder y nos librara como por arte de magia de nuestros problemas y dificultades. Pero esto es sólo una tentación en la que caemos con facilidad y en la que tratamos de hacer caer a Jesús, asumiendo así el papel del tentador.

Jesús, tras la primera reacción contra Pedro, dirige a los suyos (a todos nosotros) una enseñanza más sosegada sobre el significado verdadero del camino de seguimiento al que nos llama: si queremos caminar en pos de Él, tenemos que estar dispuestos a la negación de nosotros mismos, a cargar con la cruz, a perder la propia vida para ganarla. Pero, ¿no es esto algo imposible y absurdo? ¿No será esto una especie de masoquismo espiritual contrario a los deseos humanos de felicidad y que explica el amplio rechazo que el cristianismo se está ganando cada vez más en nuestros días, especialmente en el mundo más avanzado? Aunque puede ser verdad lo relativo al rechazo del cristianismo, no podemos estar de acuerdo en la acusación de masoquismo. Tomar la cruz no es hacer una opción por el dolor, sino una opción por el amor. Y el amor es lo más necesario para la vida, pero también lo más exigente, pues, a diferencia de la ley, no reclama simplemente un comportamiento determinado, sino el corazón y la vida entera. Por eso, como nos dice Jesús hoy, quien pierde la vida porque la entrega libremente, da vida y encuentra la vida. Tomar la cruz no significa buscar el dolor o el sufrimiento, pues estos están inevitablemente presentes en nuestra vida de un modo u otro. Significa no pararse en ellos, no hacer de la cruz una excusa para el egoísmo, para la autocompasión egocéntrica, para llamar la atención, en el fondo, para no amar; Jesús nos dice que carguemos con ella, pero no que nos quedemos en ella, sino que nos pongamos en camino, en su seguimiento. Tomar la cruz es elegir el amor y la entrega, la atención a los demás, el perdón… también cuando no me va tan bien, cuando experimento el dolor o la limitación, cuando siento no sólo las alas del amor, sino también su peso. En el fondo, la propuesta de Jesús está animada de una profunda lógica vital: el éxito social, la riqueza, el poder… son bienes efímeros, que no perduran, y que conducen inevitablemente a la muerte, que los corroe. Mientras que el camino difícil del amor y la entrega de sí nos conecta con la fuente de la vida, siembra nuestra vida perecedera con semillas de vida eterna. Las derrotas aparentes conducen a la victoria del “tercer día”, la victoria definitiva sobre la muerte.

Abundan hoy día autodenominadas “iglesias cristianas”, “universales”, etc. que predican la fe como camino de éxito social en este mundo, y prometen a sus fieles la riqueza material (frecuentemente, mientras los esquilman). Como los malos pastores de que habla San Agustín, predican que quienes vivan piadosamente en Cristo abundarán en toda clase de bienes, induciéndolos a vivir, o a tratar de vivir en la prosperidad que les ha de corromper, de modo que cuando sobrevengan las adversidades, los derribarán y acabarán con ellos. El que de esta manera edifica, no edifica sobre piedra, sino sobre arena (cf. S. Agustín, Sermón 46, sobre los Pastores, 10-11).

Muy distinto es el verdadero mensaje evangélico, que añade a la confesión de fe la disposición a entregar la propia vida como Jesús, libremente y por amor. Tomar sobre sí la cruz es lo mismo que nos dice hoy Pablo: presentar el propio cuerpo (la propia vida) como una hostia viva, santa, agradable a Dios. El misterio de la cruz es el misterio mismo de la eucaristía, el de la entrega hasta dar la vida. Pablo ejerce hoy de buen pastor, cuando nos exhorta a no acomodarnos a este mundo, sino a un discernimiento de lo bueno y lo perfecto, a ser libres de los dictados del ambiente, incluidas las burlas que tiene que afrontar el verdadero profeta, a caminar contra corriente y a ser una verdadera alternativa. Todo esto es lo que conlleva la verdadera confesión de fe en Jesús como Mesías y, venciendo la tentación diabólica de abandonar (como la que siente Jeremías) o de falsos mesianismos, la voluntad de seguirlo hasta Jerusalén.

Domingo 13 del Tiempo ordinario (A)

julio 1, 2017

Lectura del segundo libro de los Reyes 4, 8-11. 14-16a Ese hombre de Dios es un santo; se quedará aquí

Un día pasaba Eliseo por Sunem y una mujer rica lo invitó con insistencia a comer. Y siempre que pasaba por allí iba a comer a su casa. Ella dijo a su marido: –Me consta que ese hombre de Dios es un santo; con frecuencia pasa por nuestra casa. Vamos a prepararle una habitación pequeña, cerrada, en el piso superior; le ponemos allí una cama, una mesa, una silla y un candil y así cuando venga a visitarnos se quedará aquí. Un día llegó allí, entró en la habitación y se acostó. Dijo a su criado Guiezi: –¿Qué podemos hacer por ella? Contestó Guiezi: –No tiene hijos y su marido ya es viejo. Él le dijo: –Llama a la Sunamita. La llamó y ella se presentó a él. Eliseo le dijo: –El año que viene, por estas mismas fechas abrazarás a un hijo.

Salmo responsorial 88, 2-3. 16-17. 18-19 R/. Cantaré eternamente las misericordias del Señor.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 6, 3-4. 8-11 Por el bautismo fuimos sepultados con Él en la muerte, para que andemos en una vida nueva.

Hermanos: Los que por el bautismo nos incorporamos a Cristo fuimos incorporados a su muerte. Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que así, como Cristo fue despertado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva. Por tanto, si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él, pues sabemos que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio sobre él. Porque su morir fue un morir al pecado de una vez para siempre, y su vivir es un vivir para Dios. Lo mismo vosotros consideraos muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús.

Lectura del santo evangelio según san Mateo 10, 37-42 El que no toma su cruz no es digno de mí, el que os recibe a vosotros, me recibe a mí.

En aquel tiempo dijo Jesús a sus apóstoles: ­–El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí. El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará. El que os recibe a vosotros, me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me ha enviado. El que recibe a un profeta porque es profeta, tendrá paga de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo, tendrá paga de justo. El que dé a beber, aunque sea sólo un vaso de agua a uno de estos pequeños por ser discípulo mío, os aseguro que no quedará sin recompensa.

 

La medida del verdadero amor

 

Cualquiera que haya tenido el más mínimo contacto con eso que se suelen llamar “sectas destructivas” (sea por relación directa, sea por medio de quienes han estado en sus redes) sabrá que una de las primeras cosas que tratan de hacer estas sectas es romper los lazos familiares del adepto. Esto se puede hacer de formas sutiles o brutales, pero el resultado en el mismo. Las formas sutiles consisten en decir que tu familia te limita, que para empezar una nueva vida hay que romper con los lazos del pasado, que sólo así podrás desarrollarte en todo tu potencial, que tú estás muy por encima de ellos… Y no se refieren sólo a los padres y hermanos, sino también al esposo o la esposa, y hasta los propios hijos. Romper todo tipo de lazos familiares significa dejar al individuo desarmado, inerme, con lo que resulta fácil manipularlo y ponerlo en situación de total dependencia. En cuanto a los métodos brutales, no es difícil imaginar que quien cae en las redes de estos grupos, es prácticamente obligado a aislarse de sus relaciones anteriores y a profesar una relación de casi adoración hacia el líder del grupo o hacia la ideología que lo sustenta.

¿No son las palabras de Jesús en el Evangelio de hoy una variante de esta actitud sectaria? Porque parece que nos invita a poner en segundo plano nuestras relaciones familiares para centrarnos en exclusiva en su persona, como objeto de nuestro amor. Puede parecerlo, pero no es así. Jesús no dice que no debemos amar a nuestros familiares, padre, madre, hermanos, hijos, sino que el amor a Él debe estar en la cima de la jerarquía de nuestros amores. Y esto es así, sencillamente, porque también el amor familiar está afectado por el pecado y necesita ser redimido. Con mucha frecuencia las relaciones familiares están basadas en la violencia, la manipulación, el egoísmo, los celos. Aunque teóricamente se trata de la forma más incondicional y básica del amor (como el amor de la madre hacia sus hijos), en la práctica no es así y, con mucha frecuencia, las relaciones familiares se convierten en un infierno del que muchos aspiran sólo a liberarse. Por difícil que parezca, hasta la madre puede llegar a olvidarse de su niño de pecho y a no compadecerse del hijo de sus entrañas, como recuerda con dramatismo el profeta Isaías (49, 15).

La salvación que Jesús ha venido a traer a la tierra afecta también a las relaciones familiares, también este amor tan natural e inmediato necesita ser redimido. Y es Jesús el que nos da la medida de ese amor salvador: es el amor con el que Él mismo nos ha amado, dando su vida por nosotros en la cruz. Amar a Cristo más que al propio padre, madre, hermanos, hijos… es el mejor modo de llegar a amar a estos últimos de verdad e incondicionalmente. Porque en el amor a Cristo se purifica nuestra pobre capacidad de amar, tan afectada por el pecado, y en ese amor aprendemos la sabiduría de la cruz, adquirimos la fuerza y la gracia para vivir dando la vida por aquellos a los que amamos.

Pablo nos ayuda muy bien hoy a entender la naturaleza de este amor prioritario a Cristo: no se trata de algo meramente sentimental o psicológico. No es fácil mandar sobre los propios sentimientos, ni es lo mismo el sentir iluminado por la fe que el que experimentamos ante el ser amado. No hay que forzar las cosas por la vía emocional. El amor prioritario a Cristo significa una “incorporación” a su persona y, por tanto, a todo el misterio de su vida y de su muerte. No es una cuestión del mero sentimiento, ni tampoco un ejercicio de voluntarismo moral, sino del don que, por la fe, y en el bautismo, hemos recibido: muertos al pecado, nos convertimos en criaturas nuevas, que viven en la vida nueva de la resurrección. Esto que suena, tal vez, a sutileza teológica, tiene una traducción práctica en nuestra vida cotidiana: no nos guiamos sólo por intereses individuales, más o menos legítimos y más o menos egoístas, no dejamos que los sentimientos espontáneos guíen nuestro comportamiento, sino que el criterio de vida es para nosotros el amor con el que Cristo nos ha amado. Es un amor más fuerte que la muerte, pues en la resurrección la muerte ha sido vencida, y eso nos lleva a la disposición de dar la vida por los hermanos, por los nuestros y por los ajenos, por los cercanos y por los lejanos. Esto significa estar abiertos a las necesidades de los demás, tomar sobre nosotros, en la medida de nuestras posibilidades, la carga de los más débiles, perdonar cuando nos ofenden, no devolver mal por mal, y un largo etcétera que se desgrana a lo largo de los Evangelios. Naturalmente, en esta vida encontramos muchos obstáculos para vivir así, pero precisamente los Evangelios nos hablan de un camino de seguimiento, de un proceso en el que Jesús, Señor y Maestro, nos guía y enseña a crecer en ese amor, cuya semilla ya hemos recibido en el amor que Dios por medio de Jesucristo ya nos ha regalado.

Realmente, podemos pensar que si muchos matrimonios y familias cristianas fracasan es porque no acabamos de tomarnos en serio lo que supone el bautismo y el modo de vida que lleva consigo. No se trata de ser perfecto, sino de iniciar un camino en la escuela del amor que Jesús, no de modo teórico, sino vivo y existencial, nos transmite y enseña. Es ahí dónde podemos experimentar cómo ese perder la vida (las negaciones de uno mismo que el amor a veces exige) es realmente encontrarla, pues es encontrar la vida nueva del Resucitado.

A diferencia de esos amores sectarios, de los que hablábamos al principio, el verdadero amor cristiano es inclusivo y difusivo. Cuando vivimos en Cristo, el bien que hemos recibido de Dios, alcanza a todos los que se encuentran con nosotros, incluso si ellos no lo saben. Porque en la acogida de los discípulos de Cristo se está acogiendo al mismo Cristo. Y esto habla, además, del gran don que hemos recibido con la fe, y del don que podemos hacer a los demás cuando vivimos o tratamos de vivir con coherencia, de nuestra gran responsabilidad. El cristiano no vive para sí, sino para Dios y para los hermanos. Se sabe un “cristóforo”, un portador de Cristo, de modo que con su modo de vida hace posible el encuentro con el mismo Cristo Jesús, pero si no es coherente puede convertirse en un obstáculo de ese mismo encuentro. Ser cristiano de verdad significa automáticamente ser un enviado, un misionero, un testigo de ese amor más grande y primero, que eleva y purifica todos nuestros amores, al ponerlos en contacto con la fuente de todo amor, que no es sino Dios, el Amor puro y perfecto.

Domingo 7 del Tiempo Ordinario (A)

febrero 18, 2017

Lectura del libro del Levítico 19, 1-2.17-18 Amarás a tu prójimo como a ti mismo

El Señor habló a Moisés: – Habla a la asamblea de los hijos de Israel y diles: “Seréis santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo. No odiarás de corazón a tu hermano. Reprenderás a tu pariente, para que no cargues tú con su pecado. No te vengarás ni guardarás rencor a tus parientes, sino que amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo soy el Señor.”

Sal 102,1-2.3-4.8 y 10. 12-13 R. El Señor es compasivo y misericordioso.

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 3, 16-23 Todo es vuestro, vosotros de Cristo, y Cristo de Dios

Hermanos: ¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros? Si alguno destruye el templo de Dios, Dios lo destruirá a él; porque el templo de Dios es santo: ese templo sois vosotros. Que nadie se engañe. Si alguno de vosotros se cree sabio en este mundo, que se haga necio para llegar a ser sabio. Porque la sabiduría de este mundo es necedad ante Dios, como está escrito: “Él caza a los sabios en su astucia.” Y también: “El Señor penetra los pensamientos de los sabios y conoce que son vanos.” Así, pues, que nadie se gloríe en los hombres, pues todo es vuestro: Pablo, Apolo, Cefas, el mundo, la vida, la muerte, lo presente, lo futuro. Todo es vuestro, vosotros de Cristo, y Cristo de Dios.

Lectura del santo evangelio según san Mateo 5, 38-48 Amad a vuestros enemigos

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: Habéis oído que se dijo: “Ojo por ojo, diente por diente.” Yo, en cambio, os digo: No hagáis frente al que os agravia. Al contrario, si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra; al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica, dale también la capa; a quien te requiera para caminar una milla, acompáñale dos; a quien te pide, dale, y al que te pide prestado, no lo rehuyas. Habéis oído que se dijo: “Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo”. Yo, en cambio, os digo: Amad a vuestros enemigos, y rezad por los que os persiguen. Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos. Porque, si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y, si saludáis sólo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles? Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto.

 

La perfección del amor

 

imagesEl evangelio de hoy concluye la enseñanza rabínica de Jesús sobre la ley, que iniciamos la semana pasada. Y es aquí donde vemos hasta qué punto la enseñanza de Jesús en el Sermón de la montaña supera infinitamente las prescripciones de la antigua ley, y en qué medida la lleva a una perfección casi impensable. Si el mandamiento del amor es el corazón de la nueva ley del Evangelio, el amor a los enemigos supone su expresión más radical. Pero, cabe preguntar, ¿es esta novedad tan radical que sea imposible encontrar nada parecido, no sólo ya en el Antiguo Testamento, sino incluso en otras perspectivas religiosas o morales? La primera lectura viene a responder en lo referente al Antiguo Testamento. El texto del Levítico es una explícita llamada al amor y a la renuncia al odio, en la que el mismo Jesús se apoya para expresar el núcleo de la ley y su mandamiento principal (cf. Mt 22, 39), que expresa con claridad hasta qué punto el Nuevo Testamento está implícito en el Antiguo. Pero es que también en otras religiones y sistemas morales existen similares llamadas al amor universal. Sin entrar en grandes detalles, se podrían citar ciertas prescripciones del budismo y de la ética estoica. No debe extrañar que la llamada al amor no sea absolutamente exclusiva del Evangelio, pues cualquiera que tenga la mente abierta y el corazón en su sitio puede entender que el amor es preferible al odio, y que es en el amor y no en el rencor, la venganza y la violencia en donde el hombre encuentra su quicio vital, su perfecta realización y, a fin de cuentas, su salvación. Pero podemos plantearnos otro interrogante. ¿Es el mandato del amor universal, que alcanza hasta a los propios enemigos, algo realista? Sin negar la belleza del ideal, la vida real nos incita con frecuencia a considerar que se trata de un mandato de imposible cumplimiento. La santidad a la que llama el texto del Levítico, la perfección a la que nos llama Jesús, pueden cuadrar bien para Dios (en el que lo ideal y lo real coinciden), pero no para nosotros, imperfectos, débiles y limitados. Tal vez por esto, algunas de las posiciones religiosas y morales que llaman también al amor a todos (como los mencionados budismo y estoicismo) proponen, como camino para lograr esa benevolencia, adoptar una actitud de impasibilidad, que, es verdad, nos protege del sufrimiento por la vía de la indiferencia, pero que, si tal vez se abstiene de hacer mal a nadie, difícilmente podrá amar de verdad y activamente a criatura alguna.

En realidad, la gran novedad que encontramos en la revelación bíblica, ya desde el Antiguo Testamento, es que, por paradójico que parezca, el mandamiento del amor no es una exigencia ética, una norma moral que hemos de “cumplir” con la fuerza de la voluntad, en ocasiones cerrando los puños y apretando los dientes. Se trata más bien de una revelación que Dios hace de su propio ser. El mandamiento del amor nos dice quién es Dios, cómo se nos manifiesta, cómo nos mira y cómo quiere relacionarse con nosotros. Más que una norma que nos exige, es un don que se nos hace. Dios no se nos revela mandando, obligando, imponiendo, sino dándose. Si podemos seguir hablando de mandamiento, es en lo que esa expresión tiene de envío: Dios nos manda el amor, esto es, nos lo envía, nos lo entrega. Y si nosotros estamos abiertos a esa revelación, es claro que la luz de la misma no puede no reflejarse en nosotros. Así han de entenderse las palabras “Seréis santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo”, que Jesús reproduce al decir “sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto”.

Es claro que ser santos con la santidad de Dios, o perfectos con su perfección, está absolutamente por encima de nuestras fuerzas, y que no podemos alcanzarlo por más esfuerzos que hagamos. Por ello, algo así es posible sólo si lo recibimos como don. Así pues, el mandamiento del amor no es ante todo una norma de obligado cumplimiento, sino, más bien, la posibilidad de participar de la vida divina: es la vida misma de Dios actuando en nosotros.

La plena revelación de la vida divina se ha realizado en la persona de Jesucristo. Es Jesús quien refleja y encarna (hace imgrestkncarne) la santidad y la perfección de Dios en nuestro mundo. Es él quien hace cercano, concreto y posible lo que parece imposible a las solas fuerzas humanas. Porque si aceptamos la revelación y el don de Dios y su presencia encarnada en Jesús de Nazaret, si lo dejamos entrar en nuestra vida, es claro que algo ha de cambiar en nosotros. Y no de manera mágica, automática, sin nuestra participación. A partir del don del amor de Dios la dimensión moral tiene también cabida como respuesta positiva al don recibido. Y es que Dios apela a nuestra libertad, y la libertad humana es ante todo responsabilidad, esto es, libertad que responde a una llamada previa.

Si hemos de ser reflejo de la santidad de Dios que nos ha iluminado, esto no puede no expresarse en actitudes nuevas, que la Palabra de Dios hoy desglosa con detalle.

La primera de todas consiste en desterrar el odio de nuestro corazón. No “odiar de corazón a tu hermano” significa que, aunque en ocasiones surgen en nosotros de manera espontánea sentimientos negativos (como cuando nos sentimos injustamente tratados, ofendidos, etc.) no debemos permitir que ese sentimiento negativo de odio se instale en nuestro corazón como una actitud permanente, que dirige nuestros pensamientos y nuestras acciones. Antes bien, ante el mal procedente de nuestro prójimo, la respuesta adecuada (a la santidad de Dios reflejada en nosotros) ha de ser la de corregir al hermano, para que se enmiende. Es una manera concreta de responder al mal con el bien. El texto del Levítico pone aquí el acento en las relaciones con los más próximos, que son los propios familiares y, todo lo más, los miembros del pueblo de Israel.

imgres-1En el Evangelio Jesús universaliza esta exigencia y la extiende a todos sin excepción. El primer paso de esta universalización consiste en superar la vieja ley del Talión, que expresa una cierta medida de proporcionalidad en las relaciones de justicia, cuando se trata de resarcir por un daño recibido. La ley del Talión supone un cierto progreso, pues pone un límite al deseo de venganza que tiende a multiplicar la ofensa sufrida (como en el caso de la salvaje ley de Lamek, cf. Gn 4, 23-24). Pero la experiencia nos dice que la venganza, incluso si se la trata de contener en los límites de un daño proporcional y equitativo, genera un dinámica diabólica y creciente que no conoce fin, a no ser que se le oponga, por fin, un acto de positivo perdón. Jesús opone a la ley del Talión esas exigencias que nos parecen tan excesivas e imposibles, y se nos antojan como actitudes pasivas de cesión ante el mal y la injusticia, pero que, en realidad, una vez más, reflejan el modo en que Dios ha respondido al mal y al pecado humano. No se trata aquí, por tanto, de prescripciones jurídicas que dejan impune el crimen, sino de la adopción de actitudes activas, que tratan de responder al mal con el bien.

Frente a la medida del Talión, ya el libro del Levítico (y el mismo Jesús, que, como dijimos antes, lo cita en otro lugar) nos propone una medida positiva: amar al prójimo como a sí mismo. Porque el amor también se dirige a uno mismo, ya que tenemos no sólo la inclinación, sino también la obligación de procurar nuestro propio bien, de corregir nuestros defectos, y de cuidar y desarrollar el don que Dios ha depositado en nosotros. Esa medida es la que tenemos que aplicar con nuestros prójimos que, si en el Levítico son ante todo los de nuestra propia carne, Jesús extiende universalmente. De hecho, la segunda parte de la cita que Mateo pone en boca de Jesús: “Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo” no es posible encontrarla en la antigua Ley, sino que expresa la pobreza de la lengua aramea, que usa el verbo aborrecer para indicar los límites del propio amor (aborrecer significa “no preferir”, “no gozar del favor”; cf. Gn 29, 31; Lc 14, 26). Es decir, si en el Antiguo Testamento la universalidad del amor está sólo implícitamente apuntada (sobre todo en los profetas), y se manda amar a los propios, y contener en los límites de la ley del Talión la respuesta a los enemigos, ahora Jesús amplía la categoría de “prójimos” a todos, enemigos incluidos. Y este “imposible” moral se hace posible sólo si miramos a los demás desde el prisma de Dios, Padre de Jesús y Padre de todos, a cuya luz podemos descubrir a los demás de una manera nueva. Y no olvidemos que no sólo los enemigos son hermanos nuestros (hijos del mismo Padre) y potenciales amigos, sino que también nuestros hermanos y amigos se convierten con frecuencia en ocasionales enemigos, por los inevitables conflictos que tenemos precisamente con los más cercanos.

Así pues, es claro que el amor de que se habla aquí no se reduce a un mero sentimiento de simpatía o una especie de “buenismo” que cierra los ojos a los conflictos y las enemistades. ¿Cómo entender este amor que Jesús nos recomienda y nos revela en su propia persona?

Ante todo, el amor es la afirmación del otro en cuanto tal; y esta afirmación incluye toda una serie de matices que empiezan por el respeto. Amar al enemigo significa renunciar a instalarse en el odio, que conlleva la negación del otro y que va desde la ignorancia y la exclusión hasta su destrucción. Sin negar que existe la enemistad por multitud de motivos, mirando al otro desde el prisma de Dios Padre, descubro en él a un hermano y potencial amigo. Por ello, sin renunciar tal vez a la justicia, no dejaré de tenderle la mano si se encuentra en necesidad, de reconciliarme con él si existe la posibilidad, y de orar por él si esta es la única alternativa que me ofrece. Esta recomendación es de extraordinaria utilidad en estos tiempos en que parece crecer la hostilidad hacia el cristianismo y se multiplican en muchos lugares actitudes de persecución (a veces cruenta, a veces incruenta) contra los creyentes. Es la ocasión de responder en genuino sentido cristiano, de poner a prueba la autenticidad de nuestra fe, de purificarla si es que la hemos ido reduciendo a una serie de actitudes culturales y a ciertas convicciones teológicas y morales más o menos aburguesadas, sin la radicalidad propia del Sermón de la montaña.

La capacidad de descubrir en nuestros enemigos a nuestros hermanos, hijos del mismo Padre, habla de esa cualidad del amor que, como decía el filósofo Max Scheler, es como una luz que descubre los valores escondidos en el otro, que una mirada desprovista de amor es incapaz de percibir. El verdadero amor no sólo no es ciego, sino que es, por el contrario, el colmo de la lucidez. La perfección del nuestro Padre celestial a la que nos llama Jesús (y que él mismo porta en sí) es la de un amor que no se limita a las normas de convivencia de un grupo cerrado sobre sí mismo, sino que rompe fronteras y establece lazos incluso allí donde esto parece imposible.

Reflejar en nosotros la perfección del amor de Dios nos convierte, como nos recuerda Pablo, en templos de Dios, en los que habita el Espíritu Santo, el Espíritu del Amor. Más que de un privilegio se trata de un don y de una extraordinaria responsabilidad. ¿Cómo habremos de comportarnos para conservar y transmitir esa presencia en nosotros? A tenor de las mismas palabras de Pablo en la segunda lectura, posiblemente sea pertinente hacer una observación sobre las consecuencias del mandamiento del amor universal dentro del templo de Dios que es la Iglesia, cuerpo de Cristo. Parece un contrasentido que, al tiempo que proclamamos la universalidad del amor (a propios y extraños, amigos y enemigos) nos dediquemos a construir capillas dentro de la Iglesia, que compiten entre sí y se excluyen mutuamente. “Pablo, Apolo, Cefas, el mundo, la vida, la muerte, lo presente, lo futuro” podemos entenderlo hoy como la diversidad de caminos de espiritualidad, carismas, movimientos, tendencias (jesuitas y dominicos, focolares y neocatecumentales, Opus Dei y Cristianos por el Socialismo, conservadores y progresistas…), todos, si somos cristianos, esto es, de Cristo, hemos de trabajar por reconocernos, apreciarnos, amarnos unos a otros: ser generosos y benevolentes unos con otros, reconociendo el don que cada uno ha recibido para bien de todos, sin excluir, si procede, la corrección fraterna (corrigiendo, pero también dejándonos corregir), para, desde esa sabiduría del amor y esa suprema libertad, dar un testimonio concorde y unánime del único Señor y Dios Padre al que pertenecemos.

Domingo 23 del tiempo ordinario (C)

septiembre 4, 2016

Lectura del libro de la Sabiduría 9, 13-18 ¿Quién comprende lo que Dios quiere?
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a Filemón 9b-10. 12-17 Recíbelo, no como esclavo, sino como hermano querido
Lectura del santo evangelio según san Lucas 14, 25-33 El que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío

 

Posponer para mejor amar

El evangelio de hoy comienza con unas palabras enigmáticas, casi escandalosas, que parecen contradecir, no sólo el espíritu del evangelio mismo, centrado todo él en el mandamiento nuevo del amor, sino, incluso, los (viejos) mandamientos de la ley de Dios, que, en el cuarto de ellos, nos mandan honrar padre y madre. Al exponer las condiciones para ser discípulos suyos, Jesús dice que para ello es preciso “odiar” a padre, madre, mujer (marido), hijos, hermanos y hermanas, incluso a sí mismo. Es verdad que el texto en español que hemos leído está edulcorado, y no dice “odiar”, sino “posponer”. Si leemos diversas traducciones de este pasaje, podemos encontrar términos tan variados como “odiar” (así, por ejemplo, la Biblia de Jerusalén), posponer, despreciar, etc. La versión griega usa, de hecho, el verbo “miseo”, que significa literalmente odiar. ¿Es que la fe y el amor a Jesús y a Dios conllevan un conflicto con las relaciones humanas, precisamente, las más inmediatas, de modo que elegir la fe y el amor a Dios implica renunciar o, al menos, dejar en segundo plano aquellas?

En realidad, parece que detrás del verbo “odiar” usado por Lucas se esconde una insuficiencia del arameo subyacente, que carece del matiz que nosotros expresamos en el verbo “preferir”. Esta forma de entender ese extraño “odiar” (o “aborrecer”, o “posponer”) lo confirma la versión de este pasaje en el Evangelio de Mateo, que se expresa positivamente: “el que ama a su padre o a su madre, o a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí” (10, 37).

images-1Efectivamente, Jesús nos llama a una elección radical y sin componendas, que significa ponerlo a él en un primer lugar absoluto, en la cumbre de los afectos y de las preferencias. Sólo de esta forma radical y sin medias tintas es posible seguirle de verdad, ser realmente discípulo suyo. Pero esta preferencia radical y exclusiva, que conlleva “posponer” hasta los lazos afectivos más inmediatos, no significa una disminución o debilitación del amor que debemos a los nuestros, a nuestros padres, hermanos, mujeres o maridos, hijos, etc. Al contrario, la elección absoluta a favor de Jesús como nuestro único Señor y Maestro sana, purifica y fortalece nuestra capacidad de amar a todos, y también a los más cercanos, porque le da una medida nueva. Esa medida es, precisamente, el mismo Cristo y el amor con que nos ha amado. La apostilla “incluso a sí mismo” (en otras traducciones se dice “incluso a su propia vida”) aclara esto último: es Cristo el que ha despreciado su propia vida, al entregarla en la Cruz por nosotros. De ahí, también, la alusión a la Cruz: para caminar en pos de Jesús y ser discípulo suyo es preciso aceptar y tomar la cruz. Y esto no significa otra cosa que la disposición a amar hasta la entrega total de la propia vida. Amar dando la vida (despreciando la propia vida) significa tomar la decisión de amar sin condiciones, de poner el amor por encima de cualesquiera intereses, aficiones, valores que puedan disputarle a la fuente del amor (que es el mismo Cristo) el primer puesto en nuestros afectos, en el “ordo Amoris” de nuestro corazón.

Preferir a Jesús de manera exclusiva y sin componendas es conectarse a la fuente del amor verdadero, el mismo Dios. Es cierto que todo amor humano viene de Dios. Pero todos sabemos hasta qué punto el amor humano está herido, enfermo, debilitado y condicionado por el egoísmo, y, por tanto, dificultado por múltiples intereses, aficiones y valores que rivalizan continuamente en nosotros por ese “primer puesto” que Jesús reclama para sí. Y esta anemia de nuestros amores se manifiesta también en las relaciones más cercanas e inmediatas. ¡Cuántas veces los propios padres se quitan de encima a sus hijos pequeños, que les reclaman atención y amor, poniéndoles un DVD para que no les molesten mientras, por ejemplo, ven un partido de fútbol! Muchos matrimonios acaban mal por la incapacidad de tomar sobre sí la cruz de las inevitables limitaciones y defectos del otro. Muchos vínculos familiares se rompen por disputas ideológicas o económicas, a veces por grandes herencias, a veces por cuatro perras miserables…

Poner a Jesús en el primer lugar y preferirle por encima de todo significa valorar más el tesoro de la relación, de los vínculos familiares, de la amistad, etc., que nuestras aficiones o ideas particulares, la “razón” que creemos tener, o la fortuna grande o pequeña que tanto nos tienta, pero que no nos podremos llevar a la tumba. Ahora podemos entender también, por qué Jesús, al final de su llamada a una elección radical para ser sus discípulos, incluye además la renuncia a todos los bienes. No significa esto que todos, ni siquiera la mayoría, hayan de despojarse de todo lo que tienen para poder ser cristianos, sino que también debemos anteponer nuestra fe en Jesús a todo interés material, a todo egoísmo que grava e impide nuestra capacidad de amar.

El seguimiento de Cristo es una empresa que merece ser ponderada con cuidado. Emprenderla sin la disposición necesaria, pretendiendo searchcompaginar la fe con actitudes y formas de relación incompatibles con ella, es iniciar un camino a ninguna parte, afrontar una batalla perdida de antemano. Si para construir torres y ganar batallas hay que contar con los medios adecuados, también para poder llegar a ser verdaderos discípulos de Jesús tenemos que estar dispuestos a hacer acopio de los medios necesarios, cultivando en nuestra vida las actitudes acordes con la fe que profesamos. En realidad la adquisición de estos “medios” puede hacerse sólo en contacto vivo con el Maestro, que nos los enseña, y con su gracia y nuestra cooperación los va haciendo crecer en nosotros. No se puede aprender a tomar la propia cruz más que en la escuela de Aquel que entregó su vida en la Cruz; no es posible preferir a Cristo antes que la propia vida más que si estamos vitalmente vinculados por la fe, la oración y los sacramentos con el que despreció su propia vida imagespor amor nuestro.

Algo de esto nos enseña Salomón en la primera lectura. Él, considerado el hombre más sabio de su tiempo, tiene que reconocer que todos los conocimientos humanos, filosóficos o científicos, que con gran esfuerzo y no pocos errores vamos acumulando, no se pueden comparar con la sabiduría que Dios otorga a los que están abiertos a su enseñanza, y que sólo de Él es posible recibir, la sabiduría que salva, la sabiduría del amor. Jesús es el Maestro de esta sabiduría, que Dios nos ha enviado.

Decíamos al principio que esa aparente contradicción entre amar a Cristo y a los “propios” se resuelve cuando entendemos que preferir a Jesús es el mejor modo de amar de verdad y sin egoísmo a padres, hijos y hermanos. Al leer la carta de Pablo a Filemón, esa joya de la primera generación cristiana, entendemos, además, que gracias a esa preferencia nuestra capacidad de amar se amplía infinitamente, supera toda barrera y alcanza a todos. En Cristo, el Hijo de Dios, comprendemos que todos los hombres, sin excepción, son hermanos nuestros. Sin grandes proclamas ni manifiestos (de esos que tanto gustan hoy, pero que suelen quedarse en papel mojado) contra la monstruosa inhumanidad de la esclavitud, Pablo se limita a descubrirle a su amigo y discípulo Filemón que Onésimo, su esclavo, su propiedad, es, en realidad, hermano suyo en Cristo. Sin solemnes alardes ideológicos, Pablo había lanzado la carga de profundidad que habría de terminar con esa institución odiosa y contraria al plan de Dios. Y ahí vemos con toda claridad, con toda su fuerza, hasta qué punto preferir a Cristo por encima de todo es el mejor modo de amar a todos con un amor puro y un corazón indiviso, de superar barreras y conflictos, de poner las bases de un mundo nuevo y fraterno.