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Segundo Domingo de Pascua (A) “in Albis”

abril 22, 2017

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 2, 42-47 Los creyentes vivían todos unidos y lo tenían todo en común

Los hermanos eran constantes en escuchar la enseñanza de los apóstoles, en la vida común, en la fracción del pan y en las oraciones. Todo el mundo estaba impresionado por los muchos prodigios y signos que los apóstoles hacían en Jerusalén. Los creyentes vivían todos unidos y lo tenían todo en común; vendían posesiones y, bienes, y lo repartían entre todos, según la necesidad de cada uno. A diario acudían al templo todos unidos, celebraban la fracción del pan en las casas y comían juntos, alabando a Dios con alegría y de todo corazón; eran bien vistos de todo el pueblo, y día tras día el Señor iba agregando al grupo los que se iban salvando.

Sal 117, 2-4. 13-15. 22-24 R. Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia.

 Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro 1, 3-9 Por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza viva

Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que en su gran misericordia, por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza viva, para una herencia incorruptible, pura, imperecedera, que os está reservada en el cielo. La fuerza de Dios os custodia en la fe para la salvación que aguarda a manifestarse en el momento final. Alegraos de ello, aunque de momento tengáis que sufrir un poco, en pruebas diversas: así la comprobación de vuestra fe -de más precio que el oro, que, aunque perecedero, lo aquilatan a fuego- llegará a ser alabanza y gloria y honor cuando se manifieste Jesucristo. No habéis visto a Jesucristo, y lo amáis; no lo veis, y creéis en él; y os alegráis con un gozo inefable y transfigurado, alcanzando así la meta de vuestra fe: vuestra propia salvación.

Lectura del santo evangelio según san Juan 20, 19-31 A los ocho días, llegó Jesús

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: -«Paz a vosotros.» Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: -«Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.» Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: -«Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.» Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: -«Hemos visto al Señor.» Pero él les contestó: -«Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo.» A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: -«Paz a vosotros.» Luego dijo a Tomás: -«Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.» Contestó Tomás: -«¡Señor mío y Dios mío!» Jesús le dijo: -«¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto.» Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Éstos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.

 

Reunidos para ver al Señor

 

Si el tiempo de Cuaresma es un camino catequético para los catecúmenos que se preparan al Bautismo, el tiempo de Pascua es el momento de la catequesis mistagógica, de profundización de la catequesis bautismal: después de habernos sumergido en la muerte de Cristo, representada en las aguas bautismales, la luz de la Resurrección nos va iluminando los lugares de encuentro con el Señor. Y el primer lugar que ilumina esa luz es la propia comunidad de los discípulos. El Bautismo supone necesariamente la pertenencia a la comunidad creyente, la inserción en la Iglesia. Ser “creyente por libre”, sin comunidad ni comunión con los otros discípulos de Jesús, es una contradicción, prácticamente un imposible. Ser creyente en Cristo al margen de la comunidad que me anuncia y proclama la Palabra, que me ha bautizado y que parte el Pan de la Eucaristía, es lo mismo que ser cristiano sin Cristo. Y los que pretenden ser cristianos al margen de la Iglesia, en realidad viven también de ella (pues de ella toman la fe que dicen, pese a todo, profesar), pero a modo de parásitos, sin construirla ni mantenerla.

Es lo que, tal vez, intentó Tomás, que, quién sabe por qué motivos (por una desilusión profunda tras la muerte de Jesús, o por hartazgo de la compañía de los otros diez, que tras la muerte de Jesús se le hacía insoportable, o por cualesquiera otros motivos), se apartó del grupo y, en consecuencia, no pudo ver al Señor resucitado aquél “primer día de la semana” en que los demás discípulos estaban reunidos.

La primera lectura concluye diciendo que “Día tras día el Señor iba agregando al grupo los que se iban salvando”. Pertenecer a la Iglesia y agregarse al grupo (que el Señor nos agregue) no puede entenderse simplemente como un acto jurídico o una mera pertenencia social: aquí estamos hablando de algo mucho más radical, de un acto salvífico que sólo puede suceder por la acción gratuita de Dios. Se trata de un nuevo nacimiento: “Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que en su gran misericordia, por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha hecho nacer de nuevo”, nos escribe Pedro hoy. Eso es el Bautismo: una nueva vida, la nueva vida que Jesús resucitado nos comunica con su presencia.

Esa nueva vida se expresa y se manifiesta dentro y fuera de la comunidad creyente. Dentro se expresa en la escucha de la Palabra (la enseñanza de los Apóstoles), en la fracción del Pan y en la oración común, en una fe compartida que lleva a compartir también los bienes para remediar las necesidades materiales. El cuadro ideal que nos pinta el texto de los Hechos de los Apóstoles se refleja igualmente en el Evangelio, que presenta a los discípulos reunidos en torno a la mesa eucarística y recibiendo del Resucitado el saludo de paz.

Pero también se manifiesta hacia fuera, en primer lugar, en que la presencia del Señor Resucitado abre la comunidad que se escondía con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Es fácil comprender que ser discípulo de un ejecutado a muerte por blasfemo y sedicioso era muy peligroso. Pero los peligros externos, que nos pueden inducir a encerrarnos temerosos en nosotros mismos, se disuelven ante la evidencia del triunfo de la vida sobre la muerte. Jesús, presente en medio de los discípulos, abre la puertas de la comunidad, les abre las mentes y los corazones, les da su Espíritu y los envía: la comunidad de los creyentes no vive para sí misma, la Iglesia existe para anunciar el Evangelio, pues la Buena Noticia de la Resurrección no sólo es buena para el pequeño círculo de los discípulos, sino para el mundo entero. Y los creyentes que han visto al Señor salen de su cerrazón y anuncian abiertamente y sin miedo, y hacen muchos signos y prodigios; no se trata necesariamente de hechos milagrosos, en el sentido de maravillosos y sorprendentes, sino de signos de la vida nueva: hacer el bien a los extraños, curar a los enfermos, atender a los pobres, servir a Cristo en los pequeños hermanos, transmitir el perdón de los pecados en el ministerio de la reconciliación. Todas estas cosas, sin salirse del marco de la normalidad física, no dejan de ser sorprendentes, prodigiosas, pues expresan el milagro de un corazón nuevo, de una vida nueva.

Sin embargo, no podemos dejar de reconocer que la inserción en la comunidad eclesial no es siempre tan fácil. Se exhiben con suma frecuencia los mil motivos por los que uno se excusa de esa pertenencia, muchos de ellos los sentimos cada uno de nosotros cotidianamente. Son motivos que nos invitan a tomar el camino de Tomás y ausentarnos de la reunión con los otros discípulos “el primer día de la semana”. También las dificultades son aquí internas y externas. Las internas tienen que ver, sobre todo, con las debilidades, defectos y pecados de los propios miembros de la comunidad. El cuadro que se nos dibuja en el texto de los Hechos es más un ideal que una realidad efectiva. Ya hemos visto que la comunidad tiene tendencia a cerrarse en sí misma, dentro de ella habitan el miedo, también la ambición, la tentación de la violencia, existen además conflictos entre distintos puntos de vista. De todos estos problemas nos informan abundantemente los Evangelios, y también el libro de los Hechos de los Apóstoles y las Cartas de Pablo. El que se inserta en la comunidad creyente experimenta con relativa facilidad una cierta decepción: soñó entrar en una comunidad regida por criterios exclusivamente evangélicos, y se encuentra con miserias humanas que hacen opaca la luz del Resucitado. La tentación del purismo empuja a salir del grupo de estos discípulos tan imperfectos, entonces igual que ahora. Aquí se revela una de las debilidades fundamentales de la vida interna de la Iglesia: la falta de fe. Tomás es, una vez más, representante de esta actitud. Así como la fe nos lleva a la comunidad, su debilidad la debilita. La fe es un tesoro que llevamos en vasijas de barro (cf. 2 Cor 4, 7) y, por eso, la comunidad cristiana se encuentra siempre en peligro de desintegración, de dispersión. Cada vez que un miembro la abandona, sufre el cuerpo de Cristo.

Pero los mismos textos nos dan la clave para superar estas dificultades. En primer lugar, el hecho mismo de que es en la comunidad en donde podemos ver al Señor; en segundo lugar, se nos avisa de cuáles son las condiciones para que el Señor se haga visible: la reunión eucarística, la escucha de la Palabra y la fracción del pan; un elemento muy importante para el fortalecimiento de la fe es el testimonio interno de la comunidad. En esto han insistido constantemente los textos evangélicos de esta primera semana de Pascua, y también el evangelio de hoy. No hay que dar la fe por descontada dentro de la comunidad, es fundamental que nos comuniquemos nuestras experiencias de fe, que nos enriquezcamos mutuamente, que nos fortalezcamos unos a otros. Así se construye la comunidad. Porque, igual que la descripción de la primera comunidad cristiana es un ideal, pero, precisamente por ello, también es una tarea, una responsabilidad, la fe es un proceso (lo atestigua el mismo camino catequético y mistagógico) y de este proceso es responsable toda la comunidad cristiana. Los discípulos que vieron al Señor aquel primer día de la semana se lo comunicaron a Tomás, invitándolo a reintegrarse en el grupo. Pese a sus reticencias, y poniendo duras condiciones, Tomás accedió a participar “a los ocho días”, de nuevo “el primer día de la semana”. Las condiciones de Tomás eran razonables: no quería creer en fantasmas, ni participar en alucinaciones colectivas. Si se trataba del mismo Jesús, muerto en la cruz, tenía que tener en su cuerpo las huellas de la Pasión. “Tocar las heridas” no es sólo un desafío propio de la incredulidad, sino una exigencia de la encarnación, que se expresa en el dramático realismo de la muerte. En la imperfecta comunidad de los discípulos vive el cuerpo de Cristo, pero este cuerpo está herido. Debilidades y pecados, defectos y conflictos nos hablan de este cuerpo herido de Cristo. Y hay que tocar esas heridas para poder alcanzar la sanación y esquivar la tentación de un falso misticismo que no mira a la realidad. Del mismo modo que, hacia fuera de la comunidad, tocar las heridas significa mirar cara a cara los sufrimientos de los seres humanos, los pequeños hermanos de Jesús en los que se prolonga su pasión. Tocar esas heridas abiertas y todavía sangrantes tiene mucho que ver con los prodigios que los apóstoles y discípulos hacían como testimonio de la fe en cumplimiento del envío encargado por Cristo.

Naturalmente, fuera de la comunidad no todo son parabienes y aplausos (como sugiere el libro de los Hechos: “eran bien vistos de todo el pueblo”); también ahí hay dificultades, como nos recuerda en un contrapunto de realismo la carta de Pedro, que tiene hoy para nosotros especial actualidad: existen persecuciones y oposiciones que nos pueden hacer sufrir en pruebas diversas. Pero esas dificultades se superan precisamente por la presencia en la comunidad del Señor resucitado al que vemos por la fe, más valiosa que el oro y, por eso, necesitada de ser purificada, aquilatada y fortalecida. Así es posible la paradoja de la alegría en medio de la prueba.

Estamos viviendo en el “primer día de la semana”. No nos reunimos en el Sábado, el día en el que Dios descansó de su obra creadora, sino en el primer día, el día en el que Dios creó la luz y la separó de las tinieblas (cf. Gn 1, 3-4). Este primer día es el día de la nueva creación: Dios ha vuelto a crear la luz, la de la resurrección, y la ha separado de la oscuridad de la muerte. Y, por eso, nosotros podemos ver a Jesús vivo y en medio de nosotros, y podemos escuchar la palabra que nos dice: “Paz a vosotros”, haciendo así posible el ideal de la comunidad creyente, reconciliada y que, sin miedo y abiertamente, da testimonio ante el mundo entero.

Domingo de la 3ª Semana de Pascua (A)

mayo 3, 2014

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 2, 14. 22-33 No era posible que la muerte lo retuviera bajo su dominio

Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro 1, 17 – 21 Os rescataron a precio de la sangre de Cristo, el Cordero sin defecto

Lectura del santo evangelio según san Lucas 24, 13-35 Lo reconocieron al partir el pan

 

El camino a Emaús es de ida y vuelta

 

Si el primer lugar de encuentro con el Resucitado es la comunidad de discípulos, ésta se constituye como tal, no por iniciativa propia, sino convocada por el mismo Señor Resucitado, por medio de su Palabra y de la fracción del pan. La Eucaristía es la “fuente y la cima” de la vida y de la comunidad cristianas. Las experiencias que constituyeron el contexto de los encuentros con Cristo pascual fueron experiencias sobre todo eucarísticas. Es en ese contexto preciso en el que los discípulos vieron al que había muerto en la Cruz, pero ya no estaba en el sepulcro.

¿Qué significa aquí “ver”? ¿Por qué escribimos este verbo así, entre comillas?

El evangelio de los discípulos de Emaús lo explica de manera especialmente elocuente. Ahí se entiende bien qué vieron ellos, y qué significa para nosotros hoy ver a Cristo Resucitado.

1Esos dos discípulos eran, tal vez, un matrimonio; otras versiones dicen que, puesto que se da el nombre de uno de ellos, Cleofás, el otro podía haber sido el evangelista Lucas, que, sin embargo, dejó la cuestión abierta. Ello nos da la oportunidad de poner el propio nombre junto al de Cleofás en este texto modélico para todo cristiano. En estos dos discípulos se refleja dramáticamente el trauma y la desilusión producida por la muerte de Jesús. Vuelven a la vida de siempre después de haber despertado de un sueño: “nosotros esperábamos que él fuera el liberador de Israel”; un sueño que acabó convertido en una pesadilla: “los jefes de los sacerdotes y nuestras autoridades lo entregaron para que lo condenaran a muerte y lo crucificaran”.

El camino que están haciendo muestra que el grupo de los discípulos están en proceso de disgregación. Para un judío la cosa es clara: si Jesús acabó así, es que Dios no estaba con él, no era el Mesías; nos habíamos equivocado, nuestras esperanzas eran vanas. El terrible final de Jesús supone el final de la comunidad que se había congregado en torno a Él. Tras la muerte ha pasado tiempo (tres días) y las cosas siguen igual. Bueno, no del todo igual: es cierto que algunas mujeres les han sobresaltado, pues no han encontrado el cuerpo, y hablan de cosas raras, como apariciones de ángeles, pero los apóstoles han ido al sepulcro y han comprobado que el cuerpo no está, pero a él no lo han visto. Las mujeres representan aquí el amor que intuye algo a partir del signo negativo de la mera ausencia. Los que han ido a comprobar (la autoridad y la razón) no se conforman con eso: es verdad que el lugar de la muerte está vacío, pero eso no es suficiente para creer: “a él no lo han visto”.

Este “no ver” de los principales parece haber sido suficiente para este par de discípulos. En resumen, toda una descripción del fracaso que obliga a volver a lo de siempre, a Emaús.

Mientras iban caminando, ¿de qué hablarían? ¿De qué otra cosa más que de todo lo que había pasado esos días? Lo hacían con tristeza, ofuscados y desconcertados. Recordarían las palabras llenas de autoridad y novedad que habían escuchado de labios de Jesús, y los signos poderosos que le habían visto realizar, y que hablaban de que él, probablemente, era el Mesías. Y, sin duda, estos judíos piadosos recordarían todo esto a la luz de aquellas otras palabras, la Ley y los Profetas, escuchadas y meditadas tantas veces en la sinagoga. Al comentar todo esto, algunos de los textos recordados empezaron a brillar de un modo nuevo. Les hablaban de que lo sucedido a Jesús no era en realidad tan extraño: muchos textos proféticos lo habían anunciado, como los poemas del Siervo de Yahvé del profeta Isaías (cf. Is 42,1-7; 49,1-9; 50, 4-9; 52, 13-53,12): un Mesías sufriente y derrotado. Al ir recordando estos textos, poco a poco se les fueron abriendo las mentes, empezaron a entender que “era necesario que el Mesías padeciera”, se dijeron a sí mismos ¡qué torpes hemos sido para entender!, sintieron que les ardía el corazón…

El camino se les pasó volando. Al llegar no querían perder esa extraña sensación que les había acompañado por el camino, queríansearch retenerla. En realidad, el mismo Señor, ese mismo que había desaparecido de la tumba, los había acompañado y les había explicado las Escrituras, pero ellos, ofuscados, no habían sido capaces de reconocerlo. El caso es que, embargados por esta extraña sensación, por esta misteriosa presencia, decidieron repetir el gesto que Jesús les había mandado hacer “en su memoria”, pues realmente lo que habían vivido en el camino era una memoria viva ¡y no muerta!, no era el recuerdo impotente de un difunto: bendijeron el pan y lo partieron: “entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron, pero Jesús desapareció de su lado”.

¿Está claro? Mientras lo veían, no lo reconocieron, cuando lo reconocieron, dejaron de verlo. No se trata de ver con los ojos del cuerpo (como si los ciegos no pudieran tener la experiencia del resucitado), sino de “verlo” con los ojos de la fe, al escuchar y comprender las Escrituras, al partir el pan. A veces percibimos ciertos signos externos: suenan palabras, se realizan ciertos ritos, como bendecir el pan y el vino, pero estamos como ciegos para la presencia real del Maestro que nos habla y explica, del Señor que parte para nosotros el pan. En cambio, cuando descubrimos en todo eso la presencia de Cristo vivo (nos arden el corazón, se nos abren los ojos de la fe), lo que vemos físicamente no se distingue en nada de la realidad cotidiana, pero, eso sí, hemos descubierto en ella una dimensión nueva, superior, real: creer para ver.

Y ¿después? “En aquel mismo instante se pusieron de camino y regresaron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los once y a todos los demás”. Esa experiencia extraordinaria mientras iban de camino y al partir el pan les hizo realizar inmediatamente el camino de vuelta. De la disgregación, producto del fracaso, a la convocación, de la dimisión a la misión. La misión tiene primero un sentido interno. La experiencia del Resucitado lleva a dar testimonio de la propia experiencia en primer lugar a los demás discípulos. Así se recompone el grupo, se constituye la Iglesia. Igual que la presencia no reconocida de Jesús es la que ha explicado las Escrituras y partido el pan, así es él mismo el que convoca y reúne a las ovejas que se habían dispersado, cuando fue herido el pastor (cf. Mc 14, 27).

La experiencia eucarística se presenta aquí de manera dinámica, en camino, también en situación de crisis, de abandono. Jesús nos sale al encuentro y, si le damos conversación, nos explica las Escrituras; si le invitamos, nos invita él y parte para nosotros el pan. Tras la fracción del pan, el “ite missa est” nos envía, en primer lugar a nuestros hermanos como constructores de comunidad, como piedras vivas de la Iglesia; y, después, a todo el mundo, como testigos del Señor Resucitado. A veces nos embarga el miedo, pero tenemos que aprender a confiar en que ese testimonio no es sólo ni sobre todo cosa nuestra. Las en apariencia extrañas palabras que cierran la primera lectura (“esto es lo que estáis viendo y oyendo”) indican que, en el testimonio de la propia fe, los receptores del mismo pueden ver y entender, pues, como en el camino a Emaús, Jesús mismo actúa y habla.

La eucaristía es un enorme potencial que dejamos pasar por indolencia, indiferencia, superficialidad: escuchamos sin atención, mirando el reloj a ver cuándo acaba esto, los encargados de comentar la Palabra lo hacemos con frecuencia sin alma, de manera rutinaria y doctrinaria, no favorecemos que “arda el corazón”, sino que literalmente dormimos a las ovejas; en consecuencia, unos y otros asistimos a la fracción del pan sin el corazón caldeado, sin tomarnos en serio nuestro proceder, sin caer en la cuenta de que ahí se actualiza el precio de la sangre de Cristo con la que fuimos rescatados.

Los discípulos de Emaús nos ofrecen hoy una preciosa catequesis de lo que significa realmente la Eucaristía, sacramento para el camino de nuestra vida, que si a veces es un camino de huida y de disgregación, a la luz de la Palabra y de la fracción del pan se convierte en un camino de vuelta, de congregación, de testimonio y de misión.

Domingo 3 del Tiempo Ordinario (A)

enero 25, 2014

Lectura del libro de Isaías 8, 23b-9, 3 En la Galilea de los gentiles el pueblo vio una luz grande

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 1, 10-13. 17 Poneos de acuerdo y no andéis divididos

Lectura del santo evangelio según san Mateo 4, 12-23 Se estableció en Cafarnaum. Así se cumplió lo que había dicho Isaías

Jesús pasa, la luz brilla

 Al comienzo del ministerio público de Jesús el evangelista Mateo nos vuelve a recordar la profecía de Isaías que resonó en la noche de Navidad: “El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande”. La luz de la Navidad, reconocida y testimoniada por el profeta Juan, empieza a brillar con luz propia. Mateo nos indica que se cierra un ciclo, el de Juan (“cuando arrestaron a Juan…”), y empieza un tiempo nuevo. También para Jesús, que deja el pueblo en el que están sus raíces y marcha a la ciudad. Como no es posible esconder la luz ni ponerle un límite, Jesús comienza su ministerio en una encrucijada de caminos: la luz procede de Israel (“predicaba en las sinagogas”), pero se dirige realmente a todos (“camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles”). El tiempo nuevo, si bien enlaza con el anterior (cumple las profecías, se inaugura con el bautismo de Juan, recoge el núcleo del mensaje de éste), exige actitudes nuevas: para reconocer la presencia cercana de Dios es preciso romper con el pecado; o, tal vez, más exactamente, porque se ha acercado a nosotros el Reino de Dios, es posible romper con el pecado, pues se ha hecho presente el perdón y la fuente de la vida.

Una de las consecuencias principales del pecado es la división y la enemistad entre los hombres. Basta recordar la discusión y el cruce de acusaciones entre Adán y Eva tras el primer pecado. Si se ha hecho presente el Reino de Dios es posible establecer relaciones nuevas: Jesús y su predicación atraen a las gentes, aunque realmente es él el que va llamando y reuniendo. Su llamada no es anónima, no es un reclutamiento genérico, sino que es personal, dirigida a hombres concretos de carne y hueso, con nombres y apellidos: Simón y Andrés hijos de Juan, Santiago y Juan, hijos de Zebedeo (el apellido en la antigüedad era el patronímico); con domicilio, profesión; en circunstancias determinadas: echando el copo, reparando las redes… Pero es también una llamada radical: la llamada al seguimiento implica la disposición a dejar la seguridad de la profesión, de la casa paterna, incluso del propio nombre, como en el caso de Simón, llamado Pedro. Y es una llamada a ponerse en camino, y entablar relaciones mediadas por el mismo Jesús: seguir al maestro significa caminar junto a aquellos que también han sido llamados. La llamada a hacerse discípulos no significa entrar en una relación de dependencia que nos libera de toda responsabilidad: al contrario, Jesús nos llama a hacernos responsables no sólo de nuestros seres más cercanos, sino de todos los hombres: “seréis pescadores de hombres”. Es interesante que Jesús, al tiempo que nos llama a una forma nueva de vida, respeta nuestra identidad, nuestro modo de ser, nuestras capacidades: seguiréis siendo pescadores (y aquí cada cual tiene que aplicarse lo que más le convenga, y no sólo la profesión), pero de un modo nuevo, superior: pescadores de hombres.

Es llamativa la prontitud con que los primeros llamados responden a la invitación del Maestro. Es posible que ya lo hubieran escuchado y encontrado alguna vez (por ejemplo, en torno al Bautista, si tenemos en cuenta el Evangelio de Juan), pero eso no quita el que la llamada radical encuentre una respuesta generosa y rápida. Los nuevos tiempos del Reino de Dios no pueden esperar, es preciso tomar una decisión inmediata, pues la salvación se ha hecho ya presente. Jesús pasa, no hay que dejarlo pasar de largo.

Al reunir en torno a sí a sus discípulos, Jesús nos indica aspectos importantes de su ministerio, de su enseñanza, de su poder benéfico y curativo: no los ejerce en la soledad, sino en comunidad. Jesús ha venido para iluminar, para sanar, pero también para establecer un diálogo, para reunir.

Es bueno que al comienzo del tiempo ordinario, cuando nos aprestamos a seguir a Jesús por los caminos Galilea y acompañarlo hasta Jerusalén, renovemos la experiencia del primer encuentro, cuando tuvimos que asumir de manera más consciente y madura la fe. Es bueno y necesario porque el paso del tiempo va gravando esa experiencia primera y genuina con rutina, costumbre, cansancio, frustraciones y desilusiones, también, quien sabe, con olvidos o abandonos. Es preciso volver a sentir la frescura de la palabra de Jesús que nos llama por el nombre, y rememorar y rehacer la respuesta generosa que tal vez alguna vez realizamos y que después se ha ido amortiguando. Volver a Galilea, junto al lago, allí donde dejamos la barca y las redes, y sentir que merecía la pena asumir riesgos por seguir al Maestro de Nazaret. O, tal vez, estamos todavía demasiado enredados y hemos de hacer este encuentro por primera vez. Para algunos puede ser la experiencia de un estreno, para otros, la de una renovación y una profundización. Pero el hecho es que Jesús sigue pasando a nuestro lado, iluminándonos y llamándonos por el nombre.

Es necesario (¡lo necesitamos nosotros!) que Jesús nos interpele, que nos dejemos interpelar por él, que pronuncie nuestro nombre, o que nos dé uno nuevo, que nos llame al arrepentimiento (pues no somos ni mucho menos perfectos), que amplíe nuestros horizontes y nos desinstale. La desinstalación puede ser muy variada, no todos tienen que dejarlo todo en sentido literal (aunque algunos sí que son llamados a ello), pero todos somos llamados a la libertad (a desenredarnos), a la responsabilidad por nuestros hermanos, al seguimiento.

Al acudir a la llamada de Jesús, nos encontramos con los otros llamados, nos encontramos con la Iglesia. Este es, para muchos, el principal obstáculo. Pero es justo ahí en donde nos encontramos con Jesús y le seguimos. El ministerio de Jesús, ya lo hemos dicho, no se realiza en la soledad, sino junto con otros, que no elegimos nosotros, sino el mismo Cristo. El Reino de Dios y los nuevos tiempos que Jesús inaugura son tiempos de convocatoria, conversión, encuentro y comunidad, no de dispersión y ruptura. Vemos en el pasaje evangélico cómo Jesús es el eje en torno al cual se reúnen los discípulos. Aunque, para evitar toda tentación de romanticismo idealista, nos encontramos con el contrapunto de la Carta a los Corintios. Jesús reúne, pero nosotros, no convertidos del todo, nos encargamos de dividir, de separar, de organizar partidos… En Corinto y en tiempos de Pablo se dividían los fieles en nombre de Apolo, de Pablo, de Pedro, hasta de Cristo (siempre los hay más encumbrados). Caigamos en la cuenta de que apelaban a la autoridad de quienes la tenían realmente. Pero lo hacían no en el espíritu del Evangelio, ya que el fruto era la división. Esta enfermedad nos sigue afligiendo, porque seguimos enfermos del mismo virus. Hoy hay que poner otros nombres, a veces abstractos (progresistas, conservadores…), a veces más concretos y también, como en Corinto, dotados de indudable autoridad (formas y corrientes de espiritualidad, movimientos, carismas). Pero si esto nos distancia y divide, en vez de abrirnos los ojos para la aceptación mutua y el aprecio de la riqueza de la diversidad (no olvidemos que Jesús no destruye nuestra identidad natural –Simón, pescadores–, sino que la transforma elevándola –Pedro, pescadores de hombres–) es que estamos falseando el verdadero espíritu del Evangelio y desoyendo, en consecuencia, la llamada de Jesús. Sin embargo, no hemos de escandalizarnos demasiado de esto: estamos en camino, somos imperfectos, pero la llamada de Jesús es también una tarea que se confía a nuestra responsabilidad y por la que debemos empeñarnos. La unidad, más que un punto de partida, es el fruto de la conversión. Como Pablo llama a la conversión de todos al único Cristo en el que hemos sino bautizados, así también hoy es necesario que en la Iglesia, desde cualquier posición, carisma o forma de espiritualidad, sepamos convertirnos al único Cristo, en quien encuentran sentido y plenitud todos los carismas y todas las vocaciones. Y esto es posible no por un mero acto de nuestra voluntad, ni por una suerte de consenso de mínimos, sino porque todos y cada uno nos ponemos a la escucha del que nos llama por el nombre una y otra vez, para que, dejando las redes y las seguridades, nos pongamos en camino, tras él y junto con nuestros hermanos. Es justamente él, caminando con nosotros y en medio de nosotros, la luz que brilla en las tinieblas y que nosotros, con nuestras banderías, no debemos ocultar.