Posts Tagged ‘Confesión de fe’

Domingo 21 del tiempo ordinario (A)

agosto 26, 2017

Lectura del libro de Isaías 22, 19-23 Colgaré de su hombro la llave del palacio de David

Así dice el Señor a Sobná, mayordomo de palacio: «Te echaré de tu puesto, te destituiré de tu cargo. Aquel día, llamaré a mi siervo, a Eliacin, hijo de Elcías: le vestiré tu túnica, le ceñiré tu banda, le daré tus poderes; será padre para los habitantes de Jerusalén, para el pueblo de Judá. Colgaré de su hombro la llave del palacio de David: lo que él abra nadie lo cerrará, lo que él cierre nadie lo abrirá. Lo hincaré como un clavo en sitio firme, dará un trono glorioso a la casa paterna.»

Sal 137, 1-2a. 2bc-3. 6 y 8bc R. Señor, tu misericordia es eterna, no abandones la obra de tus manos.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 11, 33-36 Él es el origen, guía y meta del universo

¡Qué abismo de generosidad, de sabiduría y de conocimiento, el de Dios! ¡Qué insondables sus decisiones y qué irrastreables sus caminos! ¿Quién conoció la mente del Señor? ¿Quién fue su consejero? ¿Quién le ha dado primero, para que él le devuelva? Él es el origen, gula y meta del universo. A él la gloria por los siglos. Amén. 

Lectura del santo evangelio según san Mateo 16, 13-20 Tú eres Pedro, y te daré las llaves del reino de los cielos

En aquel tiempo, al llegar a la región de Cesárea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: -«¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?» Ellos contestaron: -«Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremíaso uno de los profetas.» Él les preguntó: -«Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» Simón Pedro tomó la palabra y dijo: -«Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.» Jesús le respondió: -«¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo. Ahora te digo yo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo.» Y les mandó a los discípulos que no dijesen a nadie que él era el Mesías.

 

Creer en el Dios que cree en el hombre

 

El evangelio de hoy supone un momento de inflexión en el ministerio de Jesús. El anuncio del Reino de Dios realizado a Israel no ha tenido la acogida esperada. Esto explica la pregunta sobre las opiniones de la gente acerca de la identidad del hijo del hombre. Incluso si estas opiniones pueden ser favorables, pues interpretan a Jesús en clave profética y descubren en él una cierta presencia de Dios, no acaban de salir de los límites estrechos de lo que hoy consideramos el antiguo Testamento: si Jesús es un profeta más, de los antiguos, como Elías o Jeremías, o de los recientes, como Juan, significa que el Reino de Dios no se ha hecho todavía presente, que “tenemos que esperar a otro” (Mt 11, 3). Esto significa que la gente, cuyas opiniones recogen los discípulos, entienden a Jesús desde esquemas religiosos tradicionales, pero sin llegar a percibir la novedad contenida en su persona y su mensaje: que en él se realizan por fin las antiguas promesas. En este momento de crisis, en el retiro de un territorio pagano, y en la soledad del pequeño círculo de los más cercanos, Jesús trata de comprobar si esta incomprensión se da también en estos últimos. Si así fuera, el fracaso sería completo, la soledad, total. Su pregunta no es ahora impersonal, acerca de lo que piensa “la gente”, sino directa y personal: “vosotros, quién decís que soy yo”. Pedro, en nombre de todo el grupo, responde con palabras que son más que una mera opinión, que tienen el carácter de una confesión. Pedro no se deja guiar simplemente por las ideas religiosas que flotan en el medio ambiente, sino por su experiencia personal de seguimiento de Cristo. Su respuesta indica que la predicación y los signos de Jesús en su ministerio por Galilea no han caído totalmente en saco roto. Hay quien ha entendido, ha percibido la novedad, ha descubierto en el hombre de Nazaret la presencia del Mesías esperado.

Las palabras de Jesús en respuesta a la confesión de Pedro son enormemente significativas: lo declara dichoso, bienaventurado, es decir, partícipe de la nueva forma de felicidad propia de los niños del Reino de Dios (cf. Mt 5, 3-12); y esa dicha se debe a que ha sido depositario de una revelación: Simón, hijo de Jonás, es decir, hijo de la sangre y la carne, de las tradiciones nacionales y de los prejuicios culturales, no ha respondido así por ser miembro de esa tradición nacional o religiosa, sino que, elevándose sobre las opiniones comunes y los prejuicios ambientales, se ha abierto a la revelación que Dios ha hecho de manera definitiva en su Hijo Jesucristo. Todos entendemos que cuando habla de revelación Jesús no alude a experiencias místicas y visiones extraordinarias, sino al trato cotidiano con Él, a la acogida sincera de su Palabra, a la comprensión en fe del significado de los signos que realiza. Pedro no se limita a opinar, sino que confiesa, porque el seguimiento ha impregnado ya su personalidad.

Por eso, si el hijo de Jonás ha descubierto en el hijo del hombre al hijo de Dios, el Cristo, ahora es Jesús el que le descubre una nueva identidad, un nombre nuevo y una misión: Pedro, llamado a ser fundamento de la Iglesia y depositario de las llaves del Reino que Cristo ha traído a la tierra.

El cuadro que Mateo sitúa en Cesárea de Filipo, tierra pagana, bien puede trasladarse a hoy, a nuestro tiempo, nuestra cultura. Todo país o cultura es territorio de misión, pues la evangelización, incluso allí donde las ideas cristianas son dominantes, es necesaria una toma de postura personal. Si la fe cristiana se adopta por motivos nacionales, por tradición cultural o por contagio social, entonces es “la sangre y la sangre” la que la dicta; es un principio, pero es insuficiente. La carne y la sangre pueden ser también tomas de postura ante Jesús dictadas por motivos muy positivos, que ven en Jesús un gran maestro de moralidad, un luchador y mártir por la justicia o un profeta de hondo significado religioso, pero que no llegan a la confesión que lo reconoce como el Mesías, el Cristo, el Hijo de Dios que “tenía que venir al mundo” (Jn 11, 27). Para llegar a esta confesión, fruto de una revelación de lo alto, es preciso abrirse a la Palabra, realizar un encuentro personal con Jesús, hacer un camino personal de seguimiento, que nos permita descubrir en él al Ungido de Dios.

Esta experiencia y esta toma de postura personal ante Jesús tocan las fibras más íntimas de nuestra identidad, sacan lo mejor de nosotros mismos, el hombre nuevo que estamos llamados a ser, expresado en el nombre nuevo y en la misión que Jesús nos confía. En el texto de hoy se habla de la misión de Pedro, que toda la tradición de la Iglesia ha visto prolongada en sus sucesores. Pero Pedro, que habla aquí en nombre de todos los otros apóstoles, en cierto modo representa a todos los miembros de la Iglesia. Cada uno de nosotros tiene su propia misión en la comunidad de los creyentes, es decir, a cada uno de nosotros, en dependencia de nuestra personal vocación, Jesús nos confía su propia obra.

Así descubrimos una dimensión muy importante de nuestra fe, en la que no siempre reparamos lo bastante. Ser cristiano significa creer en el Dios que cree en el hombre. Que Dios cree en nosotros significa ante todo que confía en nosotros, y, por eso, nos confía la misión que Jesús ha venido a realizar en el mundo. Dios nos conoce, conoce nuestras debilidades, nuestra fragilidad. Pedro es también representante de ellas: así como Jesús lo declara bienaventurado, acto seguido (lo veremos la semana que viene) tendrá que reprenderlo, y todos recordamos sus negaciones. Y, no obstante, Jesús no se desdice de la misión y del riesgo de la responsabilidad que le confía. Creer en el Dios de Jesucristo es una invitación directa a creer en el hombre, a pesar de los pesares. Y ello tiene que reflejarse también en nuestra actitud respecto de la Iglesia, construida sobre el fundamento de los apóstoles, sobre la piedra que es Pedro. La fe y la confianza en la Iglesia no elimina sus debilidades, que merecen la crítica de Jesús (cf. Mt 16, 23) y su reconvención serena y llena de amor (cf. Jn 21, 15-17). Pero si Jesús, a pesar de todo ello, no ha dejado de confiar en Pedro (y, en él, en cada uno de nosotros, que lo confesamos como Mesías), ¿no habremos nosotros de creer y confiar en aquellos a los que Él ha entregado las llaves del Reino?

Domingo 12 del Tiempo Ordinario (C)

junio 18, 2016

Lectura del profeta Zacarías 12,10-11 Mirarán al que atravesaron

Lectura de la carta de San Pablo a los Gálatas 3,26-29 Los que habéis sido bautizados os habéis revestido de Cristo

Lectura del santo Evangelio según San Lucas 9, 18-24 Tú eres el Mesías de Dios. El Hijo del hombre tiene que padecer much

Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?

imagesLa persona de Jesús difícilmente deja indiferente a nadie. Incluso quienes se encuentran en cierto sentido en las antípodas de lo que Cristo representa han experimentado la fascinación de su persona, y muchos de ellos han tratado de atraer su figura hacia su propia posición. Los ilustrados del siglo XVIII vieron en Jesús a un maestro de la moralidad racional que ellos defendían, los revolucionarios de todo signo han querido ver en él una encarnación de sus propios ideales de subversión del orden (o desorden) establecido. Hasta el gran profeta del ateísmo y negador radical del cristianismo, Nietzsche, vio en Jesús una de las manifestaciones históricas del superhombre, si bien finalmente fallida. Como personaje histórico que es, Jesús está abierto a las más variadas interpretaciones de su persona y su vida. Aunque, con frecuencia, esas interpretaciones no son más que una proyección de las ideas de quienes las hacen, más que una apertura verdadera al mismo Jesús de Nazaret. También en tiempos de Jesús corrían diversas opiniones sobre su persona, pues tampoco en aquel tiempo dejaba indiferente a casi nadie. Las distintas opiniones sobre la identidad de Jesús tenían sobre todo, como era lógico en aquel tiempo y contexto social, una clave religiosa. De ahí que las respuestas que los discípulos dan a la pregunta inicial de Jesús, “¿qué dice la gente que soy yo?”, apunten a la figura más característica de la experiencia de Israel, el profetismo: Juan el Bautista, Elías, uno de los antiguos profetas. Pero esta primera pregunta no es más que el preámbulo de la verdadera pregunta, la que en realidad importa: “y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”; es decir, tú, ¿qué dices de mí? ¿Quién soy yo para ti? Es una pregunta inevitable, que todo creyente en Cristo tiene que plantearse alguna vez, o, mejor, que Jesús, de un modo u otro, plantea inevitablemente a todo creyente.

Esto es así porque la fe, en muchos casos heredada por tradición, tiene que ser en algún momento asumida personalmente. La pregunta se plantea y puede ser respondida sólo después de un cierto conocimiento de Jesús. Por eso, en la experiencia de muchos de nosotros, no es preciso denigrar, como a veces se hace, el hecho de haber recibido la fe en la infancia, como si esto fuera una pura imposición. Que no lo es necesariamente, lo revela el que siempre llega el momento en que hemos de asimilar como propio (o rechazar) el bagaje (no sólo el religioso) recibido en los primeros años de nuestra vida. De hecho, así se puede entender el hecho de que Mateo narre este episodio justamente en la mitad de su evangelio, cuando, tras un breve y aparente éxito inicial, muchos de los que siguieron a Jesús lo han abandonado, y él se dirige a Jerusalén, donde le espera la muerte en Cruz. Se trata de una encrucijada vital en la que los discípulos tienen que definirse y tomar partido. Lucas, en el texto que hemos leído hoy, subraya otro contexto de la pregunta, no menos importante: es un contexto de oración. Indica, significativamente, que se trata de la oración de Jesús a solas, a una soledad a la que se acercan los discípulos. Es decir, los discípulos rompen la soledad de Jesús (los discípulos verdaderos son lo que no le dejan solo), y, además, se introducen en su misma oración. La oración del cristiano significa participar en la oración de Cristo: retirarse para orar no es apartarse, sino entrar en relación, en primer lugar con Jesús; y, a partir de Él, con todo el mundo. Y es, precisamente, este contexto de oración y de relación viva con Él el que permite responder adecuadamente a la pregunta. La respuesta de Pedro, en nombre de todos los demás, no es una respuesta estándar, una opinión común, o una mera verdad teórica aprendida en algún libro y sin implicaciones vitales. No expresa lo que “se dice” de Jesús, sino la propia experiencia personal, mi respuesta a la pregunta dirigida a . Es decir, esta respuesta es una confesión de fe, que manifiesta una relación profunda de confianza y pertenencia. El que así confiesa habla de un vínculo vital lleno de consecuencias, positivas pero también peligrosas, pues está expresando la voluntad de compartir con el Maestro, en el que se reconoce al Ungido (Cristo) enviado por Dios, su vida y su destino.

El momento de la asunción personal de la fe implica, ciertamente, un paso hacia la madurez de la vida cristiana. No significa esto que se sepa ya todo, que se conozca todo lo que se sigue para la propia vida de esta confesión y este vínculo de fe. Significa que la relación con Cristo ya no es sólo cuestión de herencia cultural, de nacionalidad o de contagio sociológico, sino que es una decisión personal, y una decisión de fe, por la que se deposita la propia confianza en aquel que porta en sí el Reino de Dios y nos abre las puertas a la filiación divina.

Sólo cuando se ha dado este paso hacia la fe madura se puede producir la revelación por parte de Jesús del sentido, extraño y paradójico, de su mesianismo. No se trata de un mesianismo triunfal, que se impone y vence por la fuerza sobre los enemigos, sobre los “demás”, por ejemplo, sobre el invasor romano, o sobre los que no confiesan su nombre. Al contrario, Jesús empieza a hablar desde este momento (precisamente a sus discípulos, al pequeño círculo de los que han dado este paso de fe) de la necesidad de que el Hijo del hombre sufra, sea rechazado, condenado y entregado a la muerte.

Incluso para los creyentes que han dado el paso de una confesión personal resulta difícil aceptar images-2este extraño mesianismo. Todos tenemos metida hasta los tuétanos la idea de una victoria sobre los que, de un modo u otro, consideramos enemigos o rivales. Sin embargo, si en el caso de Cristo hubiera sido así, si hubiera usado su autoridad y su poder para derrotar, someter o destruir a “otros”, a determinados grupos, por ejemplo, nacionales, como los romanos invasores y ocupantes de su patria, o ideológicos, como los saduceos y los herodianos, detentadores del poder y colaboracionistas, o cualesquiera otros, lo único que habría hecho es instaurar una división más entre los seres humanos, entre “buenos” (en cualquier sentido) y “malos”, entre propios y extraños, entre amigos y enemigos. Al entregarse a la muerte, Jesús, en primer lugar, asume el destino de todos los seres humanos sin excepción, pues todos hemos de pasar por el amargo trance de la muerte; al asumir una muerte violenta e injusta, no se somete simplemente al puro hecho biológico del final del ciclo vital, sino que toca y asume sus raíces morales, ese “no deber ser” con que nos topamos tantas veces en la vida, que algunos padecen con especial crueldad, y que pone en cuestión incluso el sentido relativo de nuestro breve paso por este mundo.

¿No son nuestras cerrazones, nuestros egoísmos, nuestra tendencia a excluir y discriminar por cualesquiera motivos, una de las raíces principales del sufrimiento de los hombres y de las injusticias de nuestro mundo? Somos proclives a levantar murallas físicas, psicológicas, legales, que nos separan de “otros”, considerados indeseables en cualquier sentido. Es evidente que Jesús no ha venido a establecer nuevas fronteras, sino a eliminar y superar precisamente aquellas que son fruto del odio, la discriminación y la injusticia (pues aquí, es claro, no estamos hablando de problemas administrativos ni aduaneros). Pero, si esas fronteras excluyentes e injustas provocan sufrimiento y muerte, Jesús ha asumido ese precio para, removiéndolas, hermanarnos a todos en torno a sí, hijo del Padre, haciéndonos partícipes de su misma filiación. Lo entendió bien Pablo cuando exclama que la fe se expresa en el bautismo, por el que nos revestimos de Cristo y superamos así esas barreras raciales y religiosas, nacionales, sociales y sexuales, de modo que, en él, podemos descubrir los profundos vínculos que nos unen.

images-1Aceptar a Cristo por la fe, como Pedro hoy, significa aceptar el mesianismo de la Cruz, y esto implica aceptar la cruz en nuestra vida cotidiana. Seguir a Jesús, negarse a sí mismo, tomar la cruz de cada día, todo esto significa asumir el límite propio y ajeno, y no hacer de él una excusa para no amar, para excluir o para aislarse. Existen límites de muy diverso tipo que separan y enfrentan. Asumir el límite y tratar de superarlo es como morir un poco, pues ello comporta sufrimiento. Pero ese es el precio del verdadero amor. Ama de verdad el que está dispuesto a sufrir por la persona amada. Y el que acepta el reto del amor ya no acepta barreras, fronteras y divisiones que nos hacen extraños unos a otros, sino que, sabiendo que no siempre es fácil, que no hay garantías absolutas de éxito, que, en ocasiones, esa forma de vida comportará sufrimiento, pese a todo, vive abierto y dispuesto a reconocer en cualquier hombre o mujer, sin importarle su raza, condición social, ideología o confesión religiosa, a un hermano y hermana suya. Con frecuencia esa actitud tendrá la apariencia de una derrota, de una pérdida, de una negación, pero, al estar vinculada al Cristo en quien hemos depositado nuestra fe y nuestra confianza, y que murió por amor y resucitó para darnos nueva vida, se tratará en realidad de una victoria definitiva, de una ganancia que ya nadie podrá arrebatarnos