Posts Tagged ‘Cruz’

Viernes Santo

abril 19, 2019

Lectura del libro de Isaías 52, 13-53, 12 Él fue traspasado por nuestras rebeliones

Lectura de la carta a los Hebreos 4, 14-16; 5, 7-9 Aprendió a obedecer y se ha convertido para todos los que le obedecen en autor de salvación

Pasión de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 18, 1-19, 42 Prendieron a Jesús y lo ataron

 

Meditación ante Cristo muerto

 

Desde el domingo de Ramos y hasta el Sábado Santo la liturgia de la Iglesia nos pone delante de la pasión de Cristo. No se da prisa en anunciarnos la Resurrección. De esta forma nos recuerda que la muerte de Cristo no es apariencia pasajera, por la que pasa como de puntillas sin que apenas le toque de veras. Durante toda la semana, ya desde el domingo de Ramos, pero sobre todo hoy, se nos invita a mirar y contemplar al Cristo muerto, a tomar conciencia de la seriedad de su muerte.

¿Qué se puede decir ante Cristo muerto? Todos sabemos por experiencia lo difícil que es decir algo en presencia de un muerto. Ante el misterio de la muerte las palabras están de más. Tanto más, cuando el muerto es Jesucristo, el hijo del hombre, el hijo de Dios.

¿Cómo ha podido pasar una cosa así? Y ¿cuál es el significado de esta muerte?

En Jesús, el hijo del hombre, muere el hombre, cada ser humano, cada uno de nosotros. En su muerte está presente la muerte de todos los inocentes, de todas las víctimas de la violencia y de la injusticia, la muerte temprana e inmerecida de tantos. Y, en el fondo, ¿quién merece la muerte? En la muerte de Jesús podemos descubrir la muerte de nuestros muertos, de nuestros seres queridos, incluso podemos anticipar la propia muerte que en algún lugar y en algún momento nos está esperando.

También podemos descubrir en esta muerte esas “pequeñas muertes” de la vida cotidiana, que nos hablan de nuestra limitación y debilidad, que el mismo Jesús ha tomado sobre sí.

Pero en el Cristo muerto descubrimos también la muerte del hijo de Dios, la muerte de Dios. La voluntad humana, enferma por el pecado, ha querido de múltiples formas ocupar el lugar de Dios, desplazarlo y excluirlo de nuestra vida, hacerle callar, impedirle que nos hable, que venga a pasear por nuestro jardín “a la hora de la brisa” (Gn 3,8), que nos exija, nos corrija, nos cure y nos consuele.

El deseo de matar a Dios y excluirle de la vida humana es una tentación permanente de la soberbia humana que se ha encarnado de las más variadas formas en la historia de los hombres. “Dios ha muerto, y nosotros somos sus asesinos. ¿Cómo hemos hecho esto? ¿Cómo hemos po­dido vaciar el mar? ¿Quién nos ha dado una esponja ca­paz de bo­rrar el hori­zonte? ¿Qué hemos hecho para des­prender la tierra del sol?” Es la proclamación jubilosa y, al mismo tiempo, la acusación terrible que lanza el Zaratustra de Nietzsche, el profeta de la muerte de Dios.

Pero cuando el ser humano, queriendo ser igual a Dios, trata de matarlo, en realidad mata sólo al ídolo que se ha fabricado y se destruye a sí mismo, pues Dios es su Creador, el fundamento de su libertad y dignidad, la fuente de su amor y el horizonte de su esperanza.

Por ello, en la muerte de Cristo se unen la muerte de Dios y la muerte del hombre. Y precisamente por ello ante el Cristo muerto no podemos permanecer indiferentes. Su presencia inerte nos invita, casi nos fuerza a tomar partido.

¿De qué parte estamos nosotros?

Muy probablemente, mientras escuchamos y contemplamos el relato de la Pasión de Cristo, nuestros sentimientos se ponen de parte de Cristo. Nos ponemos mentalmente de su parte cuando sus discípulos parecen desentenderse de su agonía y duermen en el huerto de los olivos o cuando huyendo lo dejan solo; o cuando Judas lo entrega con un beso lleno de cinismo. Nuestros sentimientos están también de su parte cuando los judíos le acusan falsamente y piden su muerte, o cuando le golpean e insultan y cuando Pilatos se lava las manos y lo entrega a una muerte que él mismo sabe injusta. Y así, lo hemos ido acompañando mientras iba de camino al calvario, cuando finalmente lo han crucificado y ha muerto.

Nuestros sentimientos han estado de su parte y de parte de esos pocos que, en “esta hora del poder de las tinieblas”, se mantuvieron de su parte, iluminando esta noche de cobardía, traición, odio, mentira y muerte: Simón de Cirene, las mujeres de Jerusalén, el buen ladrón, el centurión romano, José de Arimatea y Nicodemo…

Pero la cuestión es que de parte de Jesús no debemos estar sólo con nuestros sentimientos mientras escuchamos o contemplamos. La pasión de Cristo no ha terminado, continúa desarrollándose cada día, en nuestro mundo, a nuestro alrededor, en nosotros mismos. Y también ahí hemos de tratar de estar de parte de Cristo. Y sólo así podremos participar en su pasión realmente y “completar en nuestro cuerpo lo que falta a las aflicciones de Cristo” (Col 1,24). Por ello, si queremos participar realmente en la pasión de Cristo, y no sólo sentimentalmente, es preciso que después, en casa, en la calle, en todo momento de la vida, allí donde continúa esa misma pasión nos pongamos de parte suya.

Porque si después de escuchar y participar en la liturgia esquivamos el encuentro con los demás, especialmente con aquellos que sufren, entonces no estaremos de parte de Cristo, sino de parte de aquellos que, huyendo, lo abandonaron. Y si ante aquellos que nos necesitan reaccionamos con indiferencia, entonces no estaremos de parte de Cristo, sino de parte aquel que lavándose las manos se quitó de en medio un molesto problema político; y cada vez que despreciamos a alguien o nos alegramos del mal ajeno, o consentimos que el odio, la ira, el rencor o el resentimiento dominen nuestros sentimientos, nuestras actitudes y las relaciones con los demás, cercanos o lejanos, nos ponemos, no de parte de Cristo, sino de parte de sus acusadores, de los que pidieron a gritos su muerte, de los que lo azotaron, escarnecieron y condenaron y contribuyeron de cualquier forma a este trágico final. Porque en los demás, cercanos y lejanos, buenos y malos, sufre y muere Jesucristo mismo, ya que “lo que hicisteis con uno de estos mis pequeños hermanos conmigo lo hicisteis” (Mt 25,40).

Ahora comprendemos que, si en la pasión y la muerte de Cristo están presentes los sufrimientos y la muerte de cada ser humano, en los sufrimientos y muerte de cada uno está presente la muerte de Cristo. Por ello, aquí no hay término medio: o estamos de parte del Cristo que muere, o estamos de parte de aquellos que le arrebatan la vida.

Cuando tomamos partido a favor de Cristo se nos revela un nuevo significado de su muerte, de la muerte del hombre y de la muerte de Dios y que ilumina este misterio: Jesús no muere simplemente aplastado por las fuerzas del mal, sino realizando un acto de soberana libertad y de amor extremo.

Al morir entregando libremente su vida, en ese mismo acto, Jesús ha comenzado a vencer a la muerte y nos muestra así que en el mundo existe algo más fuerte que el mal. El amor de Dios a la humanidad es tan fuerte, tan grande, tan loco que es capaz de asumir sobre sí esta realidad terrible en la que se resume todo el misterio del mal. Por ello, al participar en la pasión de Cristo descubrimos una luz que nos invita a no temer, a recuperar la esperanza, a sentirnos más fuertes que la misma muerte.

Naturalmente esto no esconde el rostro terrible e inhumano de la muerte: “muchos se horrorizaron al verlo, pues estaba tan desfigurado que no parecía hombre ni tenía aspecto humano” (Is. 52,14). Pero la muerte no tiene la última palabra, la última palabra la tiene Dios que justifica en Cristo a las víctimas y las rescata del abismo.

Si sentimos que a veces en nuestra vida, con nuestras acciones y actitudes no hemos estado de parte de Cristo, ahora, al contemplar su pasión, podemos volver a Él, con la confianza plena de que en su amor ilimitado nos acoge sin condiciones y sin reproches, como acogió a Pedro y a los demás discípulos.

En nuestra vida coexisten simultáneamente la luz y las tinieblas, la alegría y la tristeza, la esperanza y la duda, la gracia y el pecado. Pero nuestra fe en este Cristo muerto nos dice que la luz vence a las tinieblas, la alegría a la tristeza, la gracia y el perdón al pecado y a la muerte.

Ahora, y hasta la Resurrección pascual, se nos invita a callar y a contemplar este cuerpo inerte, a considerar cómo estar en nuestra vida de parte de este Mesías, de este Maestro y Buen Pastor que ha dado su vida por amor para la salvación de todos.

 

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Domingo 29 del Tiempo Ordinario (B)

octubre 20, 2018

Lectura del libro de Isaías 53, 10-11 Cuando entregue su vida como expiación, verá su descendencia, prolongará sus años

El Señor quiso triturarlo con el sufrimiento, y entregar su vida como expiación: verá su descendencia, prolongará sus años, lo que el Señor quiere prosperará por su mano. Por los trabajos de su alma verá la luz. El justo se saciará de conocimiento. Mi siervo justificará a muchos, porque cargó con los crímenes de ellos.

 Sal 32,4-5.18-19.20.9-2 R/: Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti.

Lectura de la carta a los Hebreos 4, 14-16 Acerquémonos con seguridad al trono de la gracia

Hermanos: Mantengamos la confesión de la fe, ya que tenemos un sumo sacerdote grande, que ha atravesado el cielo, Jesús, Hijo de Dios. No tenemos un sumo sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades, sino que ha sido probado en todo exactamente como nosotros, menos en el pecado. Por eso, acerquémonos con seguridad al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y encontrar gracia que nos auxilie oportunamente.

Lectura del santo evangelio según san Marcos 10, 35-45 El Hijo del hombre ha venido para dar su vida en rescate por todos

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús los hijos de Zebedeo, Santiago y Juan, y le dijeron: «Maestro, queremos que hagas lo que te vamos a pedir.» Les preguntó: «¿Qué queréis que haga por vosotros?» Contestaron:
«Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda.» Jesús replicó: «No sabéis lo que pedís, ¿sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber, o de bautizaros con el bautismo con que yo me voy a bautizar?» Contestaron: «Lo somos.» Jesús les dijo: «El cáliz que yo voy a beber lo beberéis, y os bautizaréis con el bautismo con que yo me voy a bautizar, pero el sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo; está ya reservado.» Los otros diez, al oír aquello, se indignaron contra Santia­go y Juan. Jesús, reuniéndolos, les dijo: «Sabéis que los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan, y que los grandes los oprimen. Vosotros, nada de eso: el que quiera ser grande, sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos. Porque el Hijo del hombre no ha venido para que le sir­van, sino para servir y dar su vida en rescate por todos.»

No será así entre vosotros

En estos domingos pasados hemos visto cómo los propios discípulos de Jesús expresan su extrañeza, incluso su oposición, al modo en que Jesús entiende y propone las relaciones conyugales, y la relación con la riqueza. En este domingo sucede algo similar con la cuestión del poder. La sexualidad, la posesión material y el poder social marcan tres direcciones fundamentales del espíritu humano y son, además, expresión del carácter menesteroso, de las necesidades básicas del hombre; pero también pueden ser el lugar en el que el ser humano se entrega con generosidad, lo que quiere decir, con renuncia. Jesús con su palabra y con el ejemplo de su vida quiere enseñarnos a hacer de esas dimensiones lugares de aparición del Reino de Dios. También en el ámbito de las relaciones conyugales, en el trato con los bienes económicos y en el de la autoridad social debe realizarse la segunda petición del Padrenuestro: “venga a nosotros tu Reino”.

Hoy tenemos que centrarnos en la realidad del poder y la autoridad. Y la cuestión es “servir” o “servirse”. La diferencia en la conjugación es mínima, una pequeña partícula reflexiva, pero ese mínimo matiz es capaz de cambiar el sentido entero de una vida.

En realidad, la tensión entre servir y servirse es inevitable en todos los ámbitos de la vida: en la familia, en el trabajo, en la sociedad y en la política, también, claro, en la religión y en la iglesia. Aunque tensión no significa necesariamente contradicción. Si estamos tan inclinados a servirnos es porque, como hemos dicho, somos menesterosos y tenemos muchas necesidades. Hasta en el amor, del que los griegos (hablando de Eros) decían que era hijo de “Poros” (abundancia) y “Penía” (pobreza), necesitamos recibir además de dar. Esto significa que la tensión se puede resolver solamente mediante el equilibrio de las dos dimensiones. Sin embargo, en cada ámbito de vida y actividad humana ese equilibrio se realiza de un modo parcialmente diverso. Pongamos como ejemplos la política y la religión (expresamente, la cristiana). Aunque concibamos la política como una actividad al servicio del bien común (una forma superior de ética, consideraban de nuevo los griegos), lo cierto es que un político que carezca de ambición está condenado al fracaso. En la política la voluntad de servir, imprescindible para que esa actividad no degenere en mero oficio de truhanes, tiene que ir acompañada de una cierta sed de poder. Sin ella, no podrá el político abrirse camino en ese mundo ni, por tanto, llegar a servir a la sociedad. Aquí, el equilibrio de las dos dimensiones es imprescindible para evitar tanto la corrupción como la ineficacia.

¿Puede decirse que sucede lo mismo en el campo de la experiencia religiosa o, más exactamente, cristiana? Creo que no, por un pequeño pero fundamental detalle. A diferencia de la política y otras ocupaciones, fruto de elección personal, en la vida de fe es Dios quien toma la iniciativa, es Cristo el que nos llama y elige: “No me habéis elegido vosotros, sino que yo os he elegido” (Jn 15, 16); “llamó a los que quiso” (Mc 3, 13). Y es esa misma llamada la que marca el sentido de la elección, que, evidentemente, no está en la línea del “servirse”, sino de la de servir.

Si esto es así, ¿cómo entender, entonces, la petición de los hermanos, hijos del Zebedeo? Ya hemos ido viendo cómo los discípulos de Jesús, incluso los más cercanos, entendieron el sentido de su mesianismo sólo de manera progresiva. Es natural que al principio, al reconocer en Jesús de Nazaret al Mesías prometido, le aplicaran los esquemas de compresión comunes a su tiempo: un mesianismo político que libraría a Israel de la opresión romana y restauraría el antiguo esplendor de la monarquía davídica. Es fácil comprender, que una interpretación político-religiosa de la figura de Jesús podía muy bien suscitar expectativas ligadas a cargos, prebendas y privilegios. Pero, más allá de las circunstancias históricas de entonces, que requirieron la paciente pedagogía de Jesús sobre el sentido de su mesianismo, es claro que la tentación del poder (del servirse) asoma en cualquier situación y en cualquier época. También hoy puede suceder y puede sucedernos. En la Iglesia y en cualquier vocación cristiana podemos sentir la tentación de servirnos de nuestra posición en beneficio propio. Como en el caso de los hijos de Zebedeo, no está dicho que nuestras motivaciones sean desde el principio totalmente puras y claras. El sacerdote puede ambicionar un cargo eclesiástico (ser párroco, o monseñor, u obispo…), el religioso puede desear con vehemencia que le nombren superior, el laico de la parroquia puede aspirar a ocupar un cargo de responsabilidad, o simplemente buscar reconocimiento público. Cuántas personas se mueven alrededor de grupos o estructuras cristianas buscando cosas distintas del seguimiento de Cristo y la entrega a los demás: buscan amigos, o ayuda material, o alguna forma de promoción, o incluso la oportunidad de viajar al extranjero…

El caso es que lo que nos narra el evangelio de hoy nos dice que no debemos ser en exceso puritanos, ni llevarnos las manos a la cabeza. Jesús no llama a puros, sino a pecadores, precisamente nos llama a nosotros. Y Él sabe que nuestras motivaciones no son impolutas. Justamente el hecho de ser Él el que nos llama nos debe dar confianza: él es un Mesías (un sumo sacerdote) capaz de compadecerse de nuestras debilidades, pues ha sido probado en todo exactamente como nosotros, menos en el pecado; él es un Maestro que nos va enseñando con paciencia a través de las circunstancias de la vida. Las ambiciones de los dos hermanos, que suscitan la ira de los demás (posiblemente, por el simple hecho de que tenían aspiraciones similares), le dan pie a Jesús para enseñarles y hacerles avanzar en la compresión del verdadero sentido de su mesianismo y, en consecuencia, del discipulado. Y lo mismo hace hoy con nosotros y con nuestras motivaciones ambiguas. Lo importante es estar abiertos a la enseñanza viva de Jesús, atentos a sus palabras y en actitud de seguimiento. Porque esa es la cuestión: estamos en camino. No seremos perfectos, pero estamos abiertos y en movimiento. Y entonces Jesús no nos reprocha por nuestros defectos y nuestras ambiciones, sino que nos enseña, y nos ayuda a comprender y a crecer.

La respuesta a Santiago y a Juan a la pregunta de Cristo es altamente significativa: la disposición a aceptar el bautismo y el cáliz de la eucaristía. Es claro que no se trata sólo de los ritos sacramentales, sino de lo que ellos significan: la participación real, existencial, en la Pasión de Cristo. Estamos bautizados, pero el bautismo es el comienzo de un camino, en el que somos alimentados por la Eucaristía, que se nos invita a repetir (al menos) semanalmente precisamente porque estamos llamados a progresar en el conocimiento, la compresión y la participación viva en el misterio insondable de Cristo. Si estamos dispuestos, aun cuando, como en el caso de los dos hermanos en su respuesta, no sepamos hasta el final lo que esto significa, entonces nuestras motivaciones se irán purificando progresivamente, y se nos dará sin duda el lugar que nos corresponde en la Iglesia y en el Reino de Dios, para servir en ella a Dios y a Cristo en los hermanos. Aquí rige una lógica nueva y distinta: no es la lógica del poder, sino la de la entrega. Es una grandeza de otro tipo, que no consiste en el boato externo y en los privilegios que comporta, sino en la libertad interior y en la dignidad del servicio.

No es fácil aceptar el camino de la Cruz, pero este es el único camino de seguimiento de Cristo. Y tampoco es tan difícil emprenderlo y encaminarse por él, si nos vamos ejercitando paso a paso en el servicio cotidiano, en la atención a las pequeñas necesidades de los que nos rodean. Así, en el día a día iremos realizando (haciendo real) lo que significa nuestro bautismo, bebiendo del cáliz eucarístico, haciendo nuestra no sólo la doctrina, sino también la vida de Aquel que nos ha justificado cargando con nuestros crímenes, que ha venido no para ser servido, sino para servir y dar la vida en rescate por todos.

 

Domingo 25 del Tiempo Ordinario (B)

septiembre 22, 2018

Lectura del libro de la Sabiduría 2, 12. 17-20 Lo condenaremos a muerte ignominiosa

Se dijeron los impíos: «Acechemos al justo, que nos resulta incómodo: se opone a nuestras acciones, nos echa en cara nuestros pecados, nos reprende nuestra educación errada; veamos si sus palabras son verdaderas, comprobando el desenlace de su vida. Si es el justo hijo de Dios, lo auxiliará y lo librará del poder de sus enemigos; lo someteremos a la prueba de la afrenta y la tortura, para comprobar su moderación y apreciar su paciencia; lo condenaremos a muerte ignominiosa, pues dice que hay quien se ocupa de él.»

Sal 53, 3-4. 5. 6 y 8 R. El Señor sostiene mi vida.

Lectura de la carta del apóstol Santiago 3, 16-4, 3 Los que procuran la paz están sembrando la paz, y su fruto es la justicia

Queridos hermanos: Donde hay envidias y rivalidades, hay desorden y toda clase de males. La sabiduría que viene de arriba ante todo es pura y, además, es amante de la paz, comprensiva, dócil, llena de misericordia y buenas obras, constante, sincera. Los que procuran la paz están sembrando la paz, y su fruto es la justicia. ¿De dónde proceden las guerras y las contiendas entre vosotros? ¿No es de vuestras pasiones, que luchan en vuestros miembros? Codiciáis y no tenéis; matáis, ardéis en envidia y no alcanzáis nada; os combatís y os hacéis la guerra. No tenéis, porque no pedís. Pedís y no recibís, porque pedís mal, para dar satisfacción a vuestras pasiones.

Lectura del santo evangelio según san Marcos 9, 30-37 El Hijo del hombre va a ser entregado. Quien quiera ser el primero, que sea el servidor de todos

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos se marcharon de la montaña y atravesaron Galilea; no quería que nadie se enterase, porque iba instruyendo a sus discípulos. Les decía: – «El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres, y lo matarán; y, después de muerto, a los tres días resucitará.» Pero no entendían aquello, y les daba miedo preguntarle. Llegaron a Cafarnaún, y, una vez en casa, les preguntó – «¿De qué discutíais por el camino?» Ellos no contestaron, pues por el camino habían discutido quién era el más importante. Jesús se sentó, llamó a los Doce y les dijo: – «Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos.» Y, acercando a un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo: – «El que acoge a un niño como éste en mi nombre me acoge a mí; y el que me acoge a mí no me acoge a mí, sino al que me ha enviado.»

 

La cruz elegida y la elección del servicio

 

Jesús continúa con sus discípulos la enseñanza sobre la cruz que había iniciado en Cesárea de Filipo. La incomprensión y oposición que esta enseñanza provoca hace que Jesús la limite exclusivamente a los más cercanos y que evite el encuentro con las masas. En verdad, el mensaje de la cruz sólo puede ser comprendido en el trato personal con el Maestro y, aún así, entenderlo y, sobre todo, aceptarlo no es cosa fácil. Y más si nos damos cuenta de que la cruz no es sólo la aceptación resignada de males que no podemos evitar, sino también un destino elegido. Esta es la clave que nos ofrece la primera lectura. Como un eco de los poemas del siervo de Yahvé del segundo Isaías (cf. Is 42, 1-7; 49, 1-7; 50, 4-9; 52, 13-15. 53, 10) este texto nos habla de la persecución del justo, que, en un dramático crescendo, llega hasta la condena a una muerte ignominiosa. Existen, de hecho, formas pasivas de presencia de la cruz que no podemos ni debemos buscar, como la enfermedad o la pobreza. Son males indeseables que, cuando resultan inevitables, hemos de tratar de sobrellevar, descubriendo en ellos un sentido que nos une a la cruz de Jesucristo. Pero, en la medida en que podamos evitarlos, debemos hacerlo, respecto de nosotros mismos, procurándonos con honestidad la salud y los medios de una vida digna; y también respecto de los demás, ayudando según nuestras posibilidades a los que sufren a causa de cualquier necesidad material. Jesús mismo alivia el hambre y la enfermedad de los que sufren, enseñándonos con ello que también nosotros debemos ayudar a los que padecen a superar sus males.

En cambio, el texto de la Sabiduría nos habla de una forma de sufrimiento que procede de la propia coherencia de vida, del compromiso con la verdad y la justicia, de la fidelidad a la propia conciencia y a Dios. No es raro que esta fidelidad y coherencia se atraigan la enemistad de algunos, del ambiente dominante que nos rodea, que no puede soportar un comportamiento que, por sí mismo, y aun sin pretenderlo, es una denuncia que pone al descubierto la inmoralidad entorno. La consecuencia de esta coherencia suele ser el rechazo y la persecución, en ocasiones incruenta (ridiculizar, difamar, hacer el vacío…), pero que a veces también llega hasta el derramamiento de sangre. Se trata así de acallar la voz incómoda del profeta, presionándola para que se amolde a formas de maldad socialmente aceptadas. Y, ante esta presión, el perseguido tiene que hacer una elección. Puede ceder y evitar la persecución adaptándose, y renunciando así a su propia conciencia, a sus convicciones morales o religiosas. Pero, a diferencia de las otras cruces, que en lo posible deben ser evitadas, aquí la única opción válida es la de aceptar la persecución para mantenerse fiel a uno mismo, al bien, la verdad, la justicia y la fe. Es decir, esta forma de cruz, si se presenta, ha de ser expresamente elegida, y siempre debemos estar en la disposición de cargar con ella. Así hay que entender este caminar lúcido y libre de Jesús hacia Jerusalén, donde sabe que le espera un proceso injusto y una muerte ignominiosa.

Y ese es el sentido de las palabras con las que Jesús cerraba el evangelio de la semana pasada: “el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio la salvará”. Estas palabras nos ayudan a comprender que elegir esta forma de cruz no tiene nada que ver con una especie de masoquismo espiritual, ni de heroísmo trágico. El anuncio de la pasión va acompañado de la profecía de la resurrección. El mensaje de la cruz es un mensaje pascual, que sin ocultar el rostro terrible y amenazante de la muerte, y una muerte de cruz (es decir, atroz e injusta), habla también del triunfo final del bien, de la justicia y de la vida.

La instrucción a los discípulos, que de momento son incapaces de entender, significa que quien sigue a Jesús ha de aceptar no sólo el hecho de su trágico final, sino la disposición a vivir del mismo modo que él, con la misma coherencia y con las consecuencias negativas que pueden sobrevenir, como el único camino de salvación verdadera. Es una instrucción de vital importancia porque, como se ve en el texto de hoy, mientras Jesús les habla de su próxima pasión, ellos están preocupados por el éxito en este mundo, por alcanzar posiciones de prestigio y poder, que incluso se disputan entre sí. Se puede decir que, al menos de momento, están en ondas completamente distintas. Pero Jesús no desespera por ello. Al contrario, toma pie en esa discusión de los apóstoles para introducirlos en la sabiduría de la cruz por la vía pedagógica del espíritu de servicio.

Frente a la lógica del poder, que busca el reconocimiento, la fama, la riqueza, el ser servido, Jesús propone otra forma de primacía: por un lado, hacerse servidor. No se trata de adoptar un espíritu servil, sino de hacer una libre elección. El servicio realizado libremente es parte de la esencia del amor. Pero, para ello, hay que dejar a un lado las actitudes arrogantes y autosuficientes. Y aquí entra en juego la enseñanza sobre los niños. Estos eran en la cultura del momento el prototipo de la insignificancia social. Jesús toma un niño y lo abraza, y lo señala como “el primero” y el más importante. Es claro que para los apóstoles el más importante era Jesús, al que confesaban como Mesías e Hijo de Dios. Pues bien, Jesús les dice que para acogerle a él, el más importante, tienen que acoger a los que, según los parámetros sociales, carecen de importancia, como ese niño, del que hace sacramento de su persona; y acogiéndole a él en los más pequeños acogen al mismo Dios. El verdadero camino de seguimiento de Jesús, que conduce a la salvación y a la vida, es el camino de la pequeñez (como la “infancia espiritual” de santa Teresa de Lisieux), del servicio y de la cruz.

La carta de Santiago nos da un cumplido ejemplo de esta sabiduría de la cruz. Cuando uno elige “ser importante”, “el más importante”, surge inmediatamente el conflicto, la envidia, la rivalidad, el desorden y toda clase de males. Esto es lo que sucede cuando uno pretende ante todo dar satisfacción a sus pasiones, poniendo a su servicio a los demás y las cosas más sagradas. Como atestigua Santiago, esto puede pasar incluso en el seno de la comunidad cristiana. Lo que indica hasta qué punto muchos creyentes siguen y seguimos sin entender ni aceptar el camino de la cruz y del servicio que nos propone Jesús. Y si esto es así, ¿qué testimonio pueden (podemos) dar? ¿Cómo anunciar el evangelio de Jesucristo, del amor y de la paz, si vivimos en contradicción con la enseñanza de nuestro Maestro? Cuando tal sucede, ¿no estamos volviendo sosa la sal y escondiendo la luz bajo el celemín? (cf. Mt 5, 13-16). Una fe vivida de modo tan incoherente hace estéril nuestra vida y vacía nuestra oración. Pero, no lo olvidemos, los discípulos tampoco entendieron enseguida las enseñanzas de Jesús. Igual que ellos, también nosotros estamos en camino, y tenemos la posibilidad de volvernos a la escucha de la Palabra, que es el mismo Cristo, y que nos comunica la sabiduría que viene de arriba, con sus actitudes de paz, comprensión, tolerancia y misericordia, y que da frutos de justicia y buenas obras, de servicio constante y sincero. Esta es la consecuencia de la escucha, acogida y comprensión de la Palabra del Señor, de la sabiduría de la cruz: convertirnos en mensajeros y agentes de paz, primero en la propia comunidad cristiana y, después, en el mundo entero.

Domingo 20 del Tiempo Ordinario (B)

agosto 18, 2018

Lectura del libro de los Proverbios 9, 1-6 Comed de mi pan y bebed el vino que he mezclado

La Sabiduría se ha construido su casa plantando siete columnas, ha preparado el banquete, mezclado el vino y puesto la mesa; ha despachado a sus criados para que lo anuncien en los puntos que dominan la ciudad: «Los inexpertos que vengan aquí, quiero hablar a los faltos de juicio: “Venid a comer de mi pan y a beber el vino que he mezclado; dejad la inexperiencia y viviréis, seguid el camino de la prudencia.”»

Sal 33, 2-3. 10-11. 12-13. 14-15 R. Gustad y ved qué bueno es el Señor.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios 5, 15-20 Daos cuenta de lo que el Señor quiere

Hermanos: Fijaos bien cómo andáis; no seáis insensatos, sino sensatos, aprovechando la ocasión, porque vienen días malos. Por eso, no estéis aturdidos, daos cuenta de lo que el Señor quiere. No os emborrachéis con vino, que lleva al libertinaje, sino dejaos llenar del Espíritu. Recitad, alternando, salmos, himnos y cánticos inspirados; cantad y tocad con toda el alma para el Señor. Dad siempre gracias a Dios Padre por todo, en nombre de nuestro Señor Jesucristo.

Lectura del santo evangelio según san Juan 6,51-58 Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: – «Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.» Disputaban los judíos entre sí: – «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?» Entonces Jesús les dijo: – «Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. El Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí. Éste es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre.»

 

El pan y la carne

 

La Palabra de Dios viene enmarcada este domingo por el tema de la sabiduría. A primera vista no parece tener una relación directa con el evangelio, en el que seguimos leyendo el discurso del pan de vida. El único vínculo visible es que la sabiduría divina se propone a sí misma por medio de un banquete. Para adquirir sabiduría hay que aceptar la invitación que ella misma cursa a todos los que la desean a participar de la mesa que ha preparado, a comer de su pan y beber de su vino. Una buena aclaración del sentido cristiano de esta sabiduría nos la ofrece Pablo en la carta a los Efesios. La sabiduría cristiana consiste en la sensatez y la sobriedad de vida, especialmente ante situaciones negativas. Ante los “malos tiempos”, como los que vivimos ahora, existe siempre la tentación no sólo de maldecir y poner mala cara, sino también de huir embotando nuestra conciencia, alienándonos del dolor que esa situación nos produce (y que puede ser global, social o estrictamente personal), por medio de la borrachera de vino, o de otras cosas: las drogas, los programas de televisión o el internet… Pablo nos propone otra forma de embriaguez: no la de las bebidas espiritosas (y sus otros sucedáneos), sino la del Espíritu Santo, que, en vez de aturdir nuestra conciencia, la despierta y nos abre los ojos y el corazón para ver los bienes que, pese a todo, recibimos continuamente de Dios; así aprendemos a usarlos adecuadamente, de manera que no vivimos compulsivamente para ellos, sino que, sirviéndonos de ellos con sensatez y sobriedad, los convertimos en ocasión para alabar y dar gracias a Dios. Pablo nos exhorta a dar gracias “por todo”, luego también por esos bienes necesarios para vivir, en los que la sabiduría nos descubre los signos y la prenda de otros bienes más elevados y definitivos, a los que aspiramos mientras usamos con libertad y generosidad los de este mundo. Como vemos, y contra lo que con frecuencia se afirma, la experiencia religiosa guiada por el Espíritu de Jesús, no sólo no nos aliena de este mundo, sino que nos da la sabiduría para valorar y usar sus bienes con justicia.

La síntesis y la vinculación armónica de estos dos tipos de bienes la vemos realizada precisamente en el discurso del pan de vida de Jesús: el pan que alimenta nuestro cuerpo y el vino que alegra nuestro espíritu se hacen en Cristo sacramentos de su cuerpo y de su sangre, prenda de salvación, alimento de vida eterna. Ya decíamos hace dos semanas que no hay contradicción entre el pan material y el pan que da la vida eterna.

En el diálogo sobre el pan de vida, Jesús hace una equiparación que no puede no causar extrañeza y escándalo. No sólo habla provocadoramente de sí mismo como el pan bajado del cielo, como el verdadero maná, sino que afirma con toda crudeza que ese pan es su carne, y que para alcanzar la vida eterna tenemos que comer su carne y beber su sangre.

No debemos pensar que el escándalo se produce por una pretendida antropofagia. Se trata en realidad del escándalo de la cruz. La carne de los animales ofrecidos en sacrificio era destruida y, en parte, también era comida en un banquete ritual. Si Jesús habla de que su carne y su sangre han de ser comida y bebida, es porque está hablando de que su propio cuerpo tiene que ser ofrecido en sacrificio; y si él es el verdadero maná, quiere decir que su cuerpo es el objeto del verdadero y definitivo sacrificio agradable a Dios.

En el episodio de las tentaciones en el desierto, Jesús responde al diablo citando un texto del Deuteronomio (cf. Dt 8, 3) que habla precisamente del maná: “no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mt 4,4; Lc 4, 4). Pues bien, esa Palabra hecha carne (cf. Jn 1, 14), se ha entregado en sacrificio hasta la muerte. Y el pan y el vino de la Eucaristía son el memorial de esa pasión; no un mero recuerdo, sino actualización y presencia real de la muerte de Cristo en la cruz. El que come ese pan y bebe ese vino entra en comunión profunda con el Cristo que ha ofrecido su cuerpo y derramado su sangre en el altar de la cruz, de modo que Cristo habita en él y él en Cristo, y así como participa de su muerte, participa también de su resurrección.

Pero igual que en los discípulos de aquel tiempo, la perspectiva de la cruz suscita en nosotros rechazo y escándalo. Nos echamos atrás ante una carne comida, es decir, destrozada, destruida. No debemos olvidar que en la antropología unitaria de la Biblia la carne expresa no una parte, sino el ser entero del hombre desde el lado de su corporalidad, esto es de su presencia física, que en él es una presencia ofrecida y entregada; no sólo un ser-ahí (sum), sino un ser-para (adsum).

Jesús, llegados a este punto del discurso del pan de vida, nos está introduciendo en la sabiduría de la cruz. Entendemos ahora el marco ofrecido por la primera lectura y también por la segunda. Se trata de una sabiduría superior, que no es de este mundo (cf. 1 Cor 2, 6-8), que a los ojos de este mundo, tanto de las mentes piadosas, como la de judíos, como de los espíritus críticos, el de los griegos, es locura y necedad (cf. 1 Cor 1, 23).

Pero es precisamente esta sabiduría la que nos instruye en el uso armónico de los bienes de la tierra como prenda de los bienes futuros y nos enseña que, en caso de que surja entre ellos oposición o conflicto (lo que no está excluido), hay que saber renunciar con libertad de espíritu a los primeros, para poder adquirir los segundos. Una renuncia que puede llevar, como en el caso de Cristo, incluso a la de la propia vida. Esta es la esencia de la sabiduría cristiana: vivir con sensatez en este mundo, disfrutando con gratitud de los bienes que Dios nos ha concedido, pero aspirando a los bienes de arriba (cf. Col 3, 1-4), y siendo libres, capaces de renunciar como Cristo a aquellos cuando lo exigen la fe y el amor, la coherencia de vida y el bien de los hermanos.

Domingo 5 de Cuaresma (B)

marzo 17, 2018

Lectura del profeta Jeremías 31,31-3 Haré una alianza nueva y no recordaré sus pecados

Mirad que llegan días –oráculo del Señor– en que haré con la casa de Israel y la casa de Judá una alianza nueva. No como la alianza que hice con sus padres, cuando los tomé de la mano para sacarlos de Egipto: ellos quebrantaron mi alianza, aunque yo era su Señor –oráculo del Señor–. Sino que así será la alianza que haré con ellos, después de aquellos días –oráculo del Señor–: Meteré mi ley en su pecho, la escribiré en sus corazones; yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo. Y no tendrá que enseñar uno a su prójimo, el otro a su hermano, diciendo: “Reconoce al Señor.” Porque todos me conocerán, desde el pequeño al grande –oráculo del Señor–, cuando perdone sus crímenes y no recuerde sus pecados.

Salmo 50 R/. Oh Dios, crea en mí un corazón puro.

 

Lectura de la carta a los Hebreos 5,7-9 Aprendió a obedecer y se ha convertido en autor de salvación eterna

Cristo, en los días de su vida mortal, a gritos y con lágrimas, presentó oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte, cuando en su angustia fue escuchado. Él, a pesar de ser Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer. Y, llevado a la consumación, se ha convertido para todos los que le obedecen en autor de salvación eterna.

Lectura del santo evangelio según san Juan 12,20-33 Si el grano de trigo cae en tierra y muere, da mucho fruto

En aquel tiempo, entre los que habían venido a celebrar la fiesta había algunos griegos; éstos, acercándose a Felipe, el de Betsaida de Galilea, le rogaban: “Señor, quisiéramos ver a Jesús.” Felipe fue a decírselo a Andrés; y Andrés y Felipe fueron a decírselo a Jesús. Jesús les contestó: “Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre. Os aseguro que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto. El que se ama a sí mismo se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo se guardará para la vida eterna. El que quiera servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre lo premiará. Ahora mi alma está agitada, y ¿qué diré?: Padre, líbrame de esta hora. Pero si por esto he venido, para esta hora. Padre, glorifica tu nombre.” Entonces vino una voz del cielo: “Lo he glorificado y volveré a glorificarlo.” La gente que estaba allí y lo oyó decía que había sido un trueno; otros decían que le había hablado un ángel. Jesús tomó la palabra y dijo: “Esta voz no ha venido por mí, sino por vosotros. Ahora va a ser juzgado el mundo; ahora el Príncipe de este mundo va a ser echado fuera. Y cuando yo sea elevado sobre la tierra atraeré a todos hacia mí.” Esto lo decía dando a entender la muerte de que iba a morir.

 

Quisiéramos ver a Jesús

 

fama de Jesús, al parecer, ha trascendido fronteras. No sólo las gentes de Galilea y Judea, y también las de la mestiza Samaria y las de los territorios circundantes a Palestina, sino incluso gentes extranjeras que han venido de lejos, “unos griegos”, han oído hablar de Jesús y expresan su deseo de verle.

Llama la atención, en primer lugar, la “burocracia” que provoca la petición: en vez de dirigirse directamente a Jesús, tienen que utilizar una red de intermediarios. Tal vez su condición de extranjeros les llevó a dirigirse a Felipe. El Evangelio especifica que “era de Betsaida”, una ciudad de frontera. El nombre de Felipe es también el de uno de los diáconos elegidos para el grupo de origen helenista y que evangeliza al funcionario etíope en el camino desértico de Gaza, y también en Samaria. Es, pues, un nombre que habla de apertura a lo distinto; de ahí, tal vez, que fuera por medio de este Felipe Apóstol como aquellos griegos trataron de cumplir su deseo. Del intermediario Felipe la petición se pasa a uno del círculo más cercano, Andrés, y, por fin, los dos se la hacen llegar a Jesús.

Un segundo detalle de la petición es el modo de expresarla: “quisiéramos…” Suena a “nos gustaría…” Jesús era un hombre que llamaba la atención: su modo de hablar, el contenido novedoso de su doctrina, los signos maravillosos que acompañaban al mensaje. Es normal que los visitantes y los peregrinos oyeran hablar de Él y eso suscitara el deseo de verlo, escucharlo, encontrarse con él, sea por mera curiosidad, o por la posibilidad de ver hechos extraordinarios, tal vez por el deseo de escuchar una nueva doctrina (eran, al fin y al cabo, griegos) o por un motivo más profundo. El Evangelio no nos informa de ello.

Llama inmediatamente la atención la extraña respuesta de Jesús, que parece que se sale por la tangente. Pero, en realidad, lo que dice tiene pleno sentido. Ver a Jesús no es ver a un predicador, a un profeta, a un milagrero, al fundador de una filosofía nueva. El que quiera ver todo eso deberá dirigirse a otros lugares, a otros maestros. Si se quiere ver a Jesús hay que mirar a la Cruz. No hay otro modo de concertar una entrevista: el dónde (el Gólgota) viene marcado por el cuándo: ha llegado la hora. Es la hora de la glorificación, que es el modo en que Juan expresa, al mismo tiempo, la muerte (la derrota, el sufrimiento, la ignominia) y la resurrección (el triunfo de la vida, del perdón y la reconciliación).

Jesús se refiere con fuerza a lo inevitable de esa cita: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo. Es así: la predicación, las parábolas, los encuentros, los signos extraordinarios, todo lo que Jesús ha hecho y realizado, y que parece que debería llevar a la victoria del reconocimiento, la aceptación y la fundación del Nuevo Pueblo de Dios, en el que la ley estará escrita en los corazones y no en tablas de piedra… exige por el contrario un final en apariencia trágico de derrota y muerte. Pero sólo así es posible que todo lo anterior, palabras, encuentros y milagros den fruto. La voz del cielo, que suena por nosotros, dice que pese a la aparente derrota de Jesús en la cruz, Dios está con Él.

Para “ver” a Jesús de manera fecunda, salvadora, hay que ir más allá de la curiosidad, del deseo de ver milagros, o de escuchar doctrinas nuevas, o de descubrir nuevos valores morales y religiosos… Todo eso es insuficiente. Porque palabras y hechos, doctrina y milagros van, en este caso, indisolublemente ligados a la persona misma de Jesús: es Él mismo el centro del mensaje, pues es Él la encarnación de la Palabra, la expresión hecha carne y sangre del amor de Dios para con los hombres. Por eso, sería contradictorio que se quedara todo en mera doctrina (por muy sublime que sea) y en gestos maravillosos (por muy milagrosos que se nos antojen): lo que Jesús anuncia y encarna es un amor más fuerte que la muerte, que sólo dará fruto si pasa por el crisol de la muerte, esa realidad al parecer definitiva que encarna el triunfo del mal y del pecado.

En Cristo la muerte en Cruz, por amor y libremente asumida, se convierte en una glorificación, en la prueba y la manifestación del triunfo del amor sobre el pecado y su fruto, la muerte.

Si queréis ver a Jesús mirad, pues, al Crucificado. Ya no hay tiempo para otras citas. Ha llegado su hora.

¿Qué sentido tiene todo esto para nuestra vida personal y para nuestra vida cristiana? En la vida de todo hombre, de un modo u otro, se hace presente la cruz. No es que haya que buscarla. Siempre se hace presente. Y son esos momentos los que ponen a prueba la autenticidad de unas convicciones y de unos valores, es decir, la fecundidad de una vida. Si uno, por ejemplo, se dedica a las cosas de la Iglesia (a la catequesis, al apostolado y la predicación o a las obras de solidaridad y ayuda a los necesitados), todo eso, que, en sí mismo está muy bien, puede quedar sin fruto, si a la hora de la verdad, uno no acepta la Cruz (que puede tener mil rostros: falta de éxito o reconocimiento, a veces conflictos con los más cercanos, con la misma Iglesia). Porque sólo ahí, en la Cruz aceptada, se identifica uno de verdad y hasta el final con Cristo. De otro modo, todo lo realizado, con estar muy bien, puede quedarse en una prédica moral o una actividad altruista, pero sin llegar a ese momento cumbre en el que el amor se hace carne y sangre y pide, de un modo u otro, dar la vida; o, por decirlo de otro modo, uno puede trabajar por el Reino, dar su tiempo y sus capacidades, y, al mismo tiempo, estar salvaguardando para sí la propia vida (exigiendo, por ejemplo, reconocimiento, éxito o estatus), en vez de darla.

Algo similar sucede en las otras vocaciones cristianas. El matrimonio, por ejemplo. El proyecto de vida en común basado en un amor humano elevado a sacramento y, por tanto, signo y realidad de la presencia de Cristo, no es un camino de rosas. Las crisis, el cansancio, las limitaciones de uno y otra, con frecuencia las ofensas, los disgustos que dan los hijos… son formas variadas en que la Cruz se hace presente y nos pone a prueba. La fidelidad, la perseverancia, los elementos tal vez grises de un amor verdadero tienen también un componente de Cruz, que, si no se aceptan, pueden dar al traste con una relación humanamente muy bien cimentada. La fidelidad “hasta la muerte” no es sólo una referencia cronológica (“hasta que la muerte nos separe”), sino la voluntad y la confianza de establecer un vínculo más fuerte que la muerte: en Cristo, realmente, ni la muerte nos separa, porque en la muerte en Cruz (en el amor hasta dar la vida), la vida entregada se hace fecunda y da fruto. Es ahí, precisamente, donde la ley se nos graba en el corazón.

Además de las cruces personales, están las otras, las presencias vivas de los que viven en el sufrimiento y del lado de los cuales se ha puesto Jesús, haciéndose uno de ellos. También en esa dirección hay que mirar para verlo, aceptarlo y servirle.

No es pues sólo cosa de doctrina o de trabajo, sino también de seguimiento, de “estar allí donde está Él”. Ya sabemos dónde.

Aquellos griegos que querían ver a Jesús probablemente fueron testigos de los acontecimientos que se desencadenaron inmediatamente después: estamos en la quinta semana de Cuaresma, al borde ya de la Semana Santa. Este domingo habla siempre de muerte y de vida: de cómo la muerte se transforma en vida, de cómo la vida vence a la muerte. Jesús, elevado sobre la tierra se hizo bien visible y accesible para todos. Griegos y judíos, buenos y malos, lejanos y cercanos… todos pueden verle, a todos atrae hacia sí.

Si en alguna ocasión alguien (pongamos, “unos griegos”) nos dicen que quisieran ver a Jesús (conocerlo, saber de Él, descubrirlo entre nosotros, en la Iglesia), podemos hablarles de sus palabras y obras (de la doctrina cristiana, de los sacramentos y las obras de caridad), pero no deberemos omitir ese momento clave, el de la hora decisiva, el de la Cruz, como el lugar de la plenitud de un amor hasta la muerte, que derriba fronteras, atrae a todos y da frutos de vida nueva.

Domingo 4 de Cuaresma (B)

marzo 9, 2018

Lectura del segundo libro de las Crónicas 36,14-16.19-2 La ira y la misericordia del Señor se manifiestan en la deportación y en la liberación del pueblo

En aquellos días, todos los jefes de los sacerdotes y el pueblo multiplicaron sus infidelidades, según las costumbres abominables de los gentiles, y mancharon la casa del Señor, que él se había construido en Jerusalén. El Señor, Dios de sus padres, les envió desde el principio avisos por medio de sus mensajeros, porque tenía compasión de su pueblo y de su morada. Pero ellos se burlaron de los mensajeros de Dios, despreciaron sus palabras y se mofaron de sus profetas, hasta que subió la ira del Señor contra su pueblo a tal punto que ya no hubo remedio. Los caldeos incendiaron la casa de Dios y derribaron las murallas de Jerusalén; pegaron fuego a todos sus palacios y destruyeron todos sus objetos preciosos. Y a los que escaparon de la espada los llevaron cautivos a Babilonia, donde fueron esclavos del rey y de sus hijos hasta la llegada del reino de los persas; para que se cumpliera lo que dijo Dios por boca del profeta Jeremías: «Hasta que el país haya pagado sus sábados, descansará todos los días de la desolación, hasta que se cumplan los setenta años.» En el año primero de Ciro, rey de Persia, en cumplimiento de la palabra del Señor, por boca de Jeremías, movió el Señor el espíritu de Ciro, rey de Persia, que mandó publicar de palabra y por escrito en todo su reino: «Así habla Ciro, rey de Persia: “El Señor, el Dios de los cielos, me ha dado todos los reinos de la tierra. Él me ha encargado que le edifique una casa en Jerusalén, en Judá. Quien de entre vosotros pertenezca a su pueblo, ¡sea su Dios con él, y suba!”»

Salmo 136, 1-2. 3. 4. 5. 6. R/. Que se me pegue la lengua al paladar si no me acuerdo de ti.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios 2,4-10 Estando muertos por los pecados, nos ha hecho vivir con Cristo

Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho vivir con Cristo –por pura gracia estáis salvados–, nos ha resucitado con Cristo Jesús y nos ha sentado en el cielo con él. Así muestra a las edades futuras la inmensa riqueza de su gracia, su bondad para con nosotros en Cristo Jesús. Porque estáis salvados por su gracia y mediante la fe. Y no se debe a vosotros, sino que es un don de Dios; y tampoco se debe a las obras, para que nadie pueda presumir. Pues somos obra suya. Nos ha creado en Cristo Jesús, para que nos dediquemos a las buenas obras, que él nos asignó para que las practicásemos.

Lectura del santo evangelio según san Juan 3,14-21 Dios mandó su Hijo al mundo para que el mundo se salve por él

En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo: «Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna. Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios. El juicio consiste en esto: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra perversamente detesta la luz y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras. En cambio, el que realiza la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios.»

 

A la luz por la cruz

 

La primera lectura que abre el mensaje de la Palabra no parece tener una relación clara con el evangelio. Podría entenderse en el sentido del refrán: “después de la tempestad, viene la calma”; es decir, tras el castigo del exilio, viene la reconciliación y la vuelta a casa; o, mirando ya directamente al Evangelio, después de la noche llega la luz: a través de la Cruz (a la que el Hijo del hombre tiene que ser elevado, como la serpiente en el desierto), se vislumbra ya la luz de la resurrección.

Cristo enseña a Nicodemo. Crijn_Hendricksz Volmarijn

La luz es, de hecho, el tema central del cuarto domingo de Cuaresma (en el ciclo A, que es el que marca la pauta, se lee el texto del Ciego de Nacimiento). Y de la luz habla Jesús en su conversación con Nicodemo, que, es bueno recordarlo, fue a ver a Jesús “de noche” (v. 2). Nicodemo es un discípulo “nocturno”, que rehúye la luz. Es un discípulo “en secreto, por miedo a los judíos” (Jn 19, 38-39), de esos que “no lo confesaban, para no ser excluidos de la Sinagoga” (Jn 12, 42).

La noche es aquí una situación vital, no un tiempo del día. La noche sirve para esconderse, como sucede con los que obran perversamente, que detestan la luz, porque los denuncia y pone al descubierto sus malas obras. Pero también puede servir sencillamente para no arriesgar, para vivir una vida tranquila, para sí, sin complicaciones. En la noche de la que se habla aquí viven también buenas personas, como Nicodemo, que mira a Jesús con simpatía, como alguien que viene de Dios, que se acerca a Él (aunque de noche), lo reconoce como maestro y admira sus obras extraordinarias. Sin embargo, no da el paso de la fe, de la confesión, del seguimiento. Eso exige salir a luz, arriesgar, adoptar un modo de vida que te la complica, te pide arriesgar tu estatus social (que, en este caso, es religioso, en el nuestro puede ser otro, social, político, laboral…), tu prestigio, el buen nombre que te has labrado; o, quien sabe, tal vez romper con algún otro aspecto inconfesable de la propia vida.

De hecho, la obra buena de la que Jesús habla y que nos acerca a la luz es, ante todo, la confesión de Jesús como Mesías, y, en consecuencia, la adopción de su modo de vida. Y entonces, inevitablemente, aparece en el horizonte la cruz. La cruz, tal como se plantea en el evangelio de hoy, en relación con el creyente temeroso y apocado, nocturno, con Nicodemo, es, efectivamente, la capacidad de arriesgar las seguridades (sociales, convencionales, incluso religiosas) que son propias de las “buenas personas”, pero que prefieren creer para sí, de noche, sin confesar públicamente, sin molestar al entorno hostil, en una palabra, sin aceptar la cruz de Jesús.

El evangelio de hoy, en que encaminamos la recta final de la Cuaresma, nos interroga por la calidad de nuestra confesión de fe. Puede ser que seamos, también nosotros, creyentes nocturnos, que prefieren la oscuridad a la luz, aunque nuestras obras no sean perversas. La perversidad de que habla Jesús, recordémoslo una vez más, es ante todo la ausencia de confesión y testimonio, la falta de valor para salir a la luz.

La tentación de la noche es permanente, propia de todo tiempo. También en épocas oficialmente religiosas, incluso cristianas, era difícil dar la cara y confesar hasta la aceptación de la cruz. La época de Jesús era hiperreligiosa. También lo era, y en sentido cristiano, la de Francisco de Asís o la de Teresa de Jesús. Y, sin embargo, para ellos, tomarse su fe en serio y salir a la luz supuso riesgos, renuncias e incomprensiones. Hoy en día, en nuestro entorno, también hay dificultades específicas. No vivimos tiempos de persecución violenta (aunque no debemos olvidar, que hay quienes sí que la padecen, en India o Nigeria, por ejemplo, por el mero hecho de ser cristianos, en otros lugares, más o menos oficialmente cristianos, por defender causas justas). Pero hoy en el mundo occidental, cada vez con más claridad, ser cristiano se está convirtiendo en una postura políticamente incorrecta, mal vista, objeto de una tolerancia desganada y desdeñosa, ya que choca con muchos de los estándares dominantes en múltiples campos (desde luego en materia sexual, matrimonial, bioética, pero también en otros). Por eso, también nosotros sentimos la tentación de vivir una fe “a lo Nicodemo”, en la noche, sin luz ni taquígrafos, en nuestro fuero interno (con esa idea tan peregrina de que la fe es “una opción personal”, como si lo personal fuera lo meramente privado, y no tuviera relevancia pública), sin tocar temas problemáticos (y, eso sí, sacando pecho en los que se atraen el aplauso de lo políticamente correcto), sin molestar mucho al entorno, en el fondo sin dar testimonio explícito a la luz del día, en una palabra, sin Cruz.

Pero en la Cruz está Cristo. De eso nos habla hoy la Palabra: un cristianismo sin confesión, sin luz y sin cruz es, al final, un cristianismo sin Cristo, moralina para espíritus delicados.

Se nos llama hoy, pues, a salir a la luz confesando. No es una luz que Dios nos envíe para condenarnos, juzgarnos o ponernos en evidencia: “Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo”; estamos hechos para la luz; y esa luz (de la fe confesada) nos da vida, nos regenera, nos da fuerzas para realizar “obras según Dios”.

¿Qué obras son esas?

La Cruz de la que nos habla Jesús y que nos hace ya vislumbrar la luz es la manifestación de un amor inmenso del Padre (“tanto amó Dios al mundo…”), que nos entrega a su Hijo para que nadie perezca, para que tengamos vida en abundancia, una vida plena, que eso significa vida eterna, y que, como con tanta fuerza dice hoy san Pablo, está ya operando entre nosotros (fijémonos en que usa tiempos en presente y en pretérito perfecto, que hablan de presencia y realización ya ahora).

Volvamos brevemente a la primera lectura. Si ese vínculo entre la situación de penuria (tempestad, exilio, etc.) con el “happy end” resulta problemática en relación con la compresión del Evangelio, es porque no se trata de algo automático, como el refrán citado puede dar a entender. No se trata de una “nueva era” (New Age) que adviene por combinaciones de estrellas. El Dios que “tanto amó al mundo hasta entregar a su Hijo” es un Dios dialogal, que no fuerza nuestra libertad. Nos llama a tomar postura, a ir a verle a plena luz, a hacer la buena obra de confesar a Jesús: “la obra de Dios es que creáis en quien él ha enviado” (Jn 6, 29). Eso puede llamarse, por ejemplo, participar en la Eucaristía los domingos, defender sin avergonzarnos valores cristianos, no tener miedo de confesar que lo somos. Si no lo hacemos así, estaremos, no sólo permaneciendo en la oscuridad, sino también ocultándoles la luz a otros: podemos plantearnos el testimonio que estamos dando a los propios hijos: nuestra fe escondida en el fuero interno puede convertirse en ellos en total ausencia de fe, de luz y de esperanza; podemos estar ocultando a “las edades (generaciones) futuras la inmensa riqueza de su gracia, su bondad para con nosotros en Cristo Jesús”, de la que Pablo nos habla hoy con vehemencia.

Es evidente que la fe debe llevar a las buenas obras de ayuda y solidaridad. Eso es una constante de la verdadera fe. Pero, puesto que esas obras gozan de buena prensa en nuestros días (es uno de los rasgos positivos del tiempo en que vivimos), y puesto que lo que está en crisis es la raíz explícitamente religiosa que hace posible esas obras, tal vez Dios nos esté llamando, en estos tiempos aciagos para la fe, a la buena obra de una confesión explícita, que, sin miedo a las consecuencias, abandone la noche y salga a la luz.

Domingo 22 del tiempo ordinario (A)

septiembre 2, 2017

Lectura del libro de Jeremías 20, 7-9 La palabra del Señor se volvió oprobio para mí

Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir; me forzaste y me pudiste. Yo era el hazmerreir todo el día, todos se burlaban de mí. Siempre que hablo tengo que gritar: «Violencia», proclamando: «Destrucción.» La palabra del Señor se volvió para mí oprobio y desprecio todo el día. Me dije: «No me acordaré de él, no hablaré más en su nombre»; pero ella era en mis entrañas fuego ardiente, encerrado en los huesos; intentaba contenerlo, y no podía.

Sal 62, 2. 3-4. 5-6. 8-9 R. Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 21-12, 1-2 Presentad vuestros cuerpos como hostia viva

Os exhorto, hermanos, por la misericordia de Dios, a presentar vuestros cuerpos como hostia viva, santa, agradable a Dios; éste es vuestro culto razonable. Y no os ajustéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir lo que es la voluntad de Dios, lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto.

Lectura del santo evangelio según san Mateo 16, 21-27 El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo

En aquel tiempo, empezó Jesús a explicar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día. Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo: -«¡No lo permita Dios, Señor! Eso no puede pasarte.» Jesús se volvió y dijo a Pedro: -«Quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar; tú piensas como los hombres, no como Dios.» Entonces dijo Jesús a sus discípulos: -«El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga.

Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí la encontrará. ¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? ¿O qué podrá dar para recobrarla? Porque el Hijo del hombre vendrá entre sus ángeles, con la gloria de su Padre, y entonces pagará a cada uno según su conducta.»

 

Cargar con la cruz para seguir a Jesús

 

El Evangelio de hoy completa el cuadro de Cesárea de Filipo que consideramos la semana pasada. Por eso, para una comprensión más plena es necesario leer juntos los dos textos. Una vez que los discípulos, por boca de Pedro, han confesado que Jesús es el Mesías, éste comienza con ellos una catequesis personalizada sobre el sentido de su mesianismo y que se concreta en el primer anuncio de su pasión. Esto choca frontalmente con las expectativas de un mesianismo triunfante, que somete con poder y fuerza a los enemigos de Israel. Jesús no deja de hablar de victoria, pero de un modo completamente distinto al que esperan los discípulos: primero tiene que ir a Jerusalén, someterse, padecer, incluso ser ejecutado. El triunfo sólo vendrá después de la completa derrota, mediante la resurrección “al tercer día”.

Que todo esto contradice de plano lo que los discípulos esperaban del Mesías se echa de ver en la reacción –una vez más, en representación de todo el grupo– de Pedro. Es una reacción que no puede sorprendernos, porque no puede ser más humana. Lo que sorprende es la dura respuesta de Jesús, que rechaza con virulencia y llama “Satanás” a aquel a quien acaba de declarar bienaventurado y de confiarle las llaves del Reino. Sin embargo, ese tremendo apóstrofe tiene su lógica, porque al rechazar el camino hacia la cruz Pedro está jugando el papel del tentador, que en el desierto ya le propuso a Jesús una forma de mesianismo más lisonjera, hecha de poder y de éxito (cf. Mt 4, 1-11), y que suponía pactar de un modo u otro con el diablo. El mesianismo que elije Jesús, el mesianismo de la cruz, es aquel en el que sus enemigos no son los hombres pecadores, sino sólo los pecados de los hombres; por ello, no se trata de liberar a unos del poder de otros (con lo que todo quedaría igual: unos sometidos a otros), sino de liberar a todos del poder del pecado que los somete, y hacer de todos ellos hermanos, hijos de un mismo Padre. Para ello es necesario renunciar a todo lo que signifique una alianza con cualquier forma de mal, como el sometimiento de los demás por medio de la violencia.

El camino de la cruz es el de la negación de sí, el de la entrega de la propia vida hasta la muerte. Y este camino, el de Cristo hasta Jerusalén, es, tiene que ser, el camino del cristiano en el seguimiento del Maestro.

Por eso, hoy, el “no” de Pedro nos tiene que hacer reflexionar. El mismo Pedro que nos representaba en la confesión de fe, nos representa también en el rechazo de la cruz. Y esta contradicción nos descubre que el camino cristiano es un camino complejo, en el que existen distintos momentos, todos ellos necesarios, pero insuficientes si los separamos entre sí. Pedro es bienaventurado porque ha comprendido en la fe y ha confesado la verdadera identidad de Jesús y, gracias a ello, ha recibido un nombre nuevo y una misión. Pero hoy comprendemos que confesar de manera ortodoxa, con ser fundamental (es el fundamento), no es suficiente si no se da el paso de aceptar la cruz que esa confesión lleva consigo. Si aceptamos a Jesús como el Mesías, tenemos que aceptar el mesianismo que él nos propone, no el que nosotros queremos soñar o imaginar.

Cuántas veces sucede que emprendemos un proyecto de vida cristiana (en el matrimonio, en una comunidad parroquial, en un movimiento o en la vida religiosa) llenos de entusiasmo y de optimismo, llevados precisamente por la fe que profesamos, por la revelación que hemos recibido de lo alto. Pero en cuanto tropezamos con las inevitables dificultades de la vida, con conflictos o decepciones, con algunos sufrimientos que nos causan precisamente aquellos con los que habíamos emprendido ese camino feliz, empezamos a renegar, a sentir la tentación de echarnos atrás, a decirnos que no, que no era esto lo que habíamos soñado, lo que nos habíamos imaginado. Somos creyentes ortodoxos, confesamos como se debe, y en esto somos bienaventurados, pero no estamos dispuestos a aceptar la cruz, la limitación, el sufrimiento que conlleva el camino que hemos emprendido en el seguimiento de Jesús. Parece que queremos enmendarle la plana a Cristo, que en su encarnación no ha elegido vivir en una campana de cristal ni en un mundo ideal, sino que ha asumido nuestra condición, nuestras limitaciones, y ha tomado sobre sí el pecado del mundo; nos gustaría un mesianismo y una salvación más fácil y ligera, en la que Dios desplegara su poder y nos librara como por arte de magia de nuestros problemas y dificultades. Pero esto es sólo una tentación en la que caemos con facilidad y en la que tratamos de hacer caer a Jesús, asumiendo así el papel del tentador.

Jesús, tras la primera reacción contra Pedro, dirige a los suyos (a todos nosotros) una enseñanza más sosegada sobre el significado verdadero del camino de seguimiento al que nos llama: si queremos caminar en pos de Él, tenemos que estar dispuestos a la negación de nosotros mismos, a cargar con la cruz, a perder la propia vida para ganarla. Pero, ¿no es esto algo imposible y absurdo? ¿No será esto una especie de masoquismo espiritual contrario a los deseos humanos de felicidad y que explica el amplio rechazo que el cristianismo se está ganando cada vez más en nuestros días, especialmente en el mundo más avanzado? Aunque puede ser verdad lo relativo al rechazo del cristianismo, no podemos estar de acuerdo en la acusación de masoquismo. Tomar la cruz no es hacer una opción por el dolor, sino una opción por el amor. Y el amor es lo más necesario para la vida, pero también lo más exigente, pues, a diferencia de la ley, no reclama simplemente un comportamiento determinado, sino el corazón y la vida entera. Por eso, como nos dice Jesús hoy, quien pierde la vida porque la entrega libremente, da vida y encuentra la vida. Tomar la cruz no significa buscar el dolor o el sufrimiento, pues estos están inevitablemente presentes en nuestra vida de un modo u otro. Significa no pararse en ellos, no hacer de la cruz una excusa para el egoísmo, para la autocompasión egocéntrica, para llamar la atención, en el fondo, para no amar; Jesús nos dice que carguemos con ella, pero no que nos quedemos en ella, sino que nos pongamos en camino, en su seguimiento. Tomar la cruz es elegir el amor y la entrega, la atención a los demás, el perdón… también cuando no me va tan bien, cuando experimento el dolor o la limitación, cuando siento no sólo las alas del amor, sino también su peso. En el fondo, la propuesta de Jesús está animada de una profunda lógica vital: el éxito social, la riqueza, el poder… son bienes efímeros, que no perduran, y que conducen inevitablemente a la muerte, que los corroe. Mientras que el camino difícil del amor y la entrega de sí nos conecta con la fuente de la vida, siembra nuestra vida perecedera con semillas de vida eterna. Las derrotas aparentes conducen a la victoria del “tercer día”, la victoria definitiva sobre la muerte.

Abundan hoy día autodenominadas “iglesias cristianas”, “universales”, etc. que predican la fe como camino de éxito social en este mundo, y prometen a sus fieles la riqueza material (frecuentemente, mientras los esquilman). Como los malos pastores de que habla San Agustín, predican que quienes vivan piadosamente en Cristo abundarán en toda clase de bienes, induciéndolos a vivir, o a tratar de vivir en la prosperidad que les ha de corromper, de modo que cuando sobrevengan las adversidades, los derribarán y acabarán con ellos. El que de esta manera edifica, no edifica sobre piedra, sino sobre arena (cf. S. Agustín, Sermón 46, sobre los Pastores, 10-11).

Muy distinto es el verdadero mensaje evangélico, que añade a la confesión de fe la disposición a entregar la propia vida como Jesús, libremente y por amor. Tomar sobre sí la cruz es lo mismo que nos dice hoy Pablo: presentar el propio cuerpo (la propia vida) como una hostia viva, santa, agradable a Dios. El misterio de la cruz es el misterio mismo de la eucaristía, el de la entrega hasta dar la vida. Pablo ejerce hoy de buen pastor, cuando nos exhorta a no acomodarnos a este mundo, sino a un discernimiento de lo bueno y lo perfecto, a ser libres de los dictados del ambiente, incluidas las burlas que tiene que afrontar el verdadero profeta, a caminar contra corriente y a ser una verdadera alternativa. Todo esto es lo que conlleva la verdadera confesión de fe en Jesús como Mesías y, venciendo la tentación diabólica de abandonar (como la que siente Jeremías) o de falsos mesianismos, la voluntad de seguirlo hasta Jerusalén.

Domingo 21 del tiempo ordinario (C)

agosto 20, 2016

Lectura del libro de Isaías 66,18-21 De todos los países traerán a todos vuestros hermanos

Lectura de la carta a los Hebreos 12,5-7.11-13 El Señor reprende a los que ama

Lectura del santo evangelio según san Lucas 13,22-30 Vendrán de oriente y occidente y se sentarán a la mesa en el Reino de Dios

La puerta estrecha y los horizontes amplios

images-1Jesús iba camino de Jerusalén, es decir, camino de su entrega por amor en la Cruz, y esa suprema lección venía precedida de una enseñanza itinerante por ciudades y aldeas, que, a tenor de lo que leemos hoy, estaba abierta a la participación de la gente. Jesús habla, pero también escucha, enseña, pero también se deja abordar por sus oyentes. Toda una lección para nosotros, los creyentes, y par ala misma Iglesia, que tiene que proclamar y enseñar la verdad del Evangelio, pero también tiene (tenemos) que escuchar las interpelaciones, a veces muy difíciles, que se le (nos) dirigen.

La que centra hoy nuestra atención es una pregunta clásica, una de esas que nunca quedan contestadas del todo, y que, por eso, reaparece siempre, en cada época y cultura. Hay una fuerte tendencia a proyectar sobre la pregunta las convicciones y los prejuicios de cada momento histórico, anticipando así la respuesta y, en consecuencia, desoyendo la que nos ofrece Cristo. Por ejemplo, hubo tiempos, no tan lejanos (algunos hasta tal vez los recuerden) en que se aseguraba que serán pocos los que se salven. Una aguda conciencia del pecado, que se extiende por doquier, más un cierto rigorismo moral, llevan a la convicción de que la salvación es un asunto demasiado caro, accesible a pocos: “Es tan caro el rescate de la vida, que nunca les bastará para vivir perpetuamente sin bajar a la fosa” (Sal 48, 9-10). Sin embargo, aunque se esté de acuerdo en que la salvación es algo que el hombre no puede alcanzar por sus solas fuerzas (“para los hombres es imposible”), sabemos que es un don de Dios, que Él ofrece sin condiciones: “para Dios todo es posible” (Mt 19, 26). Cuando se subraya la misericordia de Dios, dejando en penumbra la responsabilidad humana, se invierte el platillo de la balanza, y se tiende a afirmar que la salvación es accesible al margen de lo que hagamos o dejemos de hacer, hasta el extremo de defender la “apocatástasis” (doctrina que enseña que llegará un tiempo en que todas las criaturas libres compartirán la gracia de la salvación, incluidos los demonios y las almas de los réprobos). Tal sucede en nuestros tiempos, en los que, pese a que muchos han dejado de creer en la salvación, al perderse también la noción de pecado, existe una fuerte inclinación a desechar cualquier idea de castigo a causa de una culpa responsable. Entre estas opiniones extremas, pueden encontrarse posiciones intermedias para todos los gustos.

¿En cuál de ellas se sitúa Jesús? Llama la atención la respuesta aparentemente evasiva que da. ¿Es que acaso Jesús no quiere mojarse? En realidad, su respuesta es la única realista y posible. No nos habla de cantidades, sino que nos ofrece una enseñanza sobre el camino de salvación. No puede decir si son muchos o pocos, porque la salvación es una realidad abierta, no un destino inexorable prefijado desde la eternidad. Es, ciertamente, un don de Dios, pero también es algo que, en parte, depende de nosotros. Pues Dios ofrece la salvación, y la ofrece sin condiciones, pero nosotros podemos aceptarla o rechazarla, dependiendo de cómo respondamos a esa oferta gratuita. Dios no impone la salvación, sino que interpela a nuestra libertad, que puede responsablemente tomar partido. Aquí se pone de relieve el sentido más profundo y último de la responsabilidad: la capacidad de responder en un sentido u otro a la llamada de Dios. Y, como Dios nos llama directamente, por medio de su Palabra, pero también indirectamente, por medio de los valores y las exigencias de nuestra conciencia, el hombre puede también aceptar o rechazar la oferta de Dios, directamente por medio de la fe (y el modo de vida que se deriva de ella), o por medio de una vida acorde con la conciencia, por ejemplo en el servicio a los pequeños hermanos en los que anónimamente vive y sufre Jesús (cf. Mt 25, 31-46).

Es notable, a este respecto, que podemos saber con cierta precisión cuándo se da la aceptación (directa o indirecta) de la oferta de salvación, pero, en cambio, no podemos saber nunca del todo cuándo tiene lugar el rechazo: sólo Dios lo sabe, sólo Él ve hasta el fondo el corazón del hombre. Por eso, la Iglesia, que afirma de algunos que están ya en la gloria, junto a Dios (cuando los beatifica y canoniza), nunca afirma de nadie que se haya condenado, ni aún de Judas. Sin embargo, la Iglesia sí defiende la libertad del hombre y afirma su capacidad de tomar partido a favor y en contra de Dios, por eso mantiene la posibilidad de la condenación y, en consecuencia, rechaza la tesis de la apocatástasis.

Jesús nos dice en su respuesta que no es cuestión de muchos o pocos, sino de cada uno, y que se trata de una cuestión muy seria, que no debemos tomarnos a la ligera. La imgresalusión a la puerta estrecha hay que entenderla así. La salvación no es un “estado final” que poco o mucho tiene que ver con nuestra cotidianidad, sino que está en relación directa con la autenticidad de nuestra vida; y la vida, debemos reconocerlo, es un asunto serio y con el que no hay que jugar. Tomarse en serio la vida, vivirla con autenticidad, significa estar abierto a la Palabra de Dios, que consuela, pero también exige (“¡levántate!”, “¡sígueme!”, “¡camina!”), y tratar de vivir de acuerdo a esa Palabra, siendo fiel, justo, veraz, solidario, dispuesto al perdón, respondiendo, en suma, con amor al amor de Dios (que eso es la salvación). Todo esto es algo que comporta ciertas renuncias y dificultades, y por eso se puede hablar de puerta estrecha. Como dice un autor contemporáneo (Manfred Lütz, en su estupendo libro Dios. Una breve historia del eterno), “es cierto que ser moralmente íntegro también representa de vez en cuando una alegría; pero suele resultar más bien laborioso e ir acompañado de considerables desventajas para el bienestar personal”. No olvidemos lo que decíamos al principio: Jesús iba camino de Jerusalén, allí donde él personalmente iba a pagar el alto precio de la salvación que Dios ofrece a la humanidad entera.

Naturalmente, a todos nos gustaría una salvación más barata, a ser posible sin cruz. Pero Jesús nos enseña, no sólo con palabras, sino con el ejemplo de su propia vida, que esto no es posible, sino que “el Mesías tiene que padecer, para entrar así en su gloria” (Lc 24, 26). Sin el supremo sacrificio de la cruz, sin llegar hasta el extremo de la muerte, esa salvación no tocaría las fibras más profundas de la existencia humana, y no sería una salvación verdadera y definitiva, del mal, del pecado y de la muerte. Por eso, no valen aquí las quejas que emitimos con tanta frecuencia sobre nuestros males, físicos, psicológicos o morales. El autor de la carta a los Hebreos nos recuerda con otras palabras la exhortación de Jesús a tomar sobre sí la propia cruz (cf. Mt 16, 24): entender las dificultades y contrariedades de la vida como formas de corrección, ocasiones de purificación y fortalecimiento interior. En realidad no es que Dios nos castigue (ni temporal, ni eternamente), pero Él, que puede sacar bien del mal, resurrección de la muerte, nos enseña el bien que podemos extraer de las inevitables dificultades y contrariedades de la vida: son ocasiones para descubrir en ellas el rostro sufriente de su Hijo, y unirnos a él (cf. Col. 1, 24). Aunque nadie puede querer el dolor, pasando por su crisol con este sentido redentor, nos fortalecemos y curamos.

imagesLa Cruz es la puerta estrecha que Jesús ha elegido para entrar en la nueva Creación. Y el camino que lleva a Jerusalén es el camino angosto (en el texto paralelo de Mateo 7, 13-14) que lleva a la vida. Pero, precisamente hablando de esa puerta estrecha, Jesús dice que muchos querrán entrar por ella y no podrán, y de esa senda empinada afirma que son pocos los que dan con ella. ¿No avalan estas afirmaciones la tesis de que son pocos los que se salvan?

La primera lectura, leída a la luz del evangelio, puede darnos la clave de interpretación de esta espinosa cuestión y de la exigente respuesta de Cristo. Que hemos de tomarnos esta cuestión en serio (pues nos va en ella la vida), significa que no hemos de pensar que nos podemos asegurar la salvación gracias a ciertos signos externos, como la pertenencia a un pueblo o nación (el pueblo elegido) o a determinada institución. La salvación, que afecta a la profundidad y autenticidad de la vida de cada uno, no puede resolverse por la vía étnica, nacional, sociológica o jurídica. Tenemos que evitar caer en la trampa de pensar que la salvación es cosa de grupos determinados (como decía aquel chiste de Mingote, “al final, al cielo iremos los de siempre”), como creían muchos judíos de tiempos de Jesús y como, tal vez, seguimos pensando algunos cristianos. Podemos conocer “oficialmente” a Jesús como el Cristo por motivos puramente geográficos o culturales, pero que, al tiempo, no permitirle entrar en nuestra vida y que la conforme por dentro.

Entendemos ahora que la puerta estrecha no nos abre a un horizonte igualmente estrecho y de cortos vuelos. Lo que cuesta, a veces lágrimas, a veces sangre, tiene un valor superior. Y la senda empinada nos conduce a cimas, en las que disfrutamos de perspectivas amplias y paisajes impensables desde la placidez del valle. Así, la puerta estrecha se abre a horizontes que superan toda frontera, y en los que la salvación está abierta y ofrecida a todos los hombres y mujeres de todos los pueblos y naciones sin excepción. Pero esto significa que por esa puerta nuestro mismo corazón se abre y ensancha a la medida de toda la humanidad, a la medida del corazón del mismo Dios, que ha tomado carne en Jesucristo, y que no conoce fronteras. Dios quiere realmente que todos los hombres se salven y alcancen el conocimiento de la verdad (1 Tim 2, 4). Y nosotros, esforzándonos por entrar por la puerta estrecha, estamos contribuyendo a propagar esa apertura de espíritu, ese horizonte amplio en que, superando tal vez con dificultad nuestras propias cerrazones, descubrimos que todas las gentes de todos los países son nuestros hermanos, todos llamados a participar en esa salvación que consiste en la filiación divina que Cristo ha venido a traernos y nos ha regalado por su muerte y resurrección.

Domingo 12 del Tiempo Ordinario (C)

junio 18, 2016

Lectura del profeta Zacarías 12,10-11 Mirarán al que atravesaron

Lectura de la carta de San Pablo a los Gálatas 3,26-29 Los que habéis sido bautizados os habéis revestido de Cristo

Lectura del santo Evangelio según San Lucas 9, 18-24 Tú eres el Mesías de Dios. El Hijo del hombre tiene que padecer much

Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?

imagesLa persona de Jesús difícilmente deja indiferente a nadie. Incluso quienes se encuentran en cierto sentido en las antípodas de lo que Cristo representa han experimentado la fascinación de su persona, y muchos de ellos han tratado de atraer su figura hacia su propia posición. Los ilustrados del siglo XVIII vieron en Jesús a un maestro de la moralidad racional que ellos defendían, los revolucionarios de todo signo han querido ver en él una encarnación de sus propios ideales de subversión del orden (o desorden) establecido. Hasta el gran profeta del ateísmo y negador radical del cristianismo, Nietzsche, vio en Jesús una de las manifestaciones históricas del superhombre, si bien finalmente fallida. Como personaje histórico que es, Jesús está abierto a las más variadas interpretaciones de su persona y su vida. Aunque, con frecuencia, esas interpretaciones no son más que una proyección de las ideas de quienes las hacen, más que una apertura verdadera al mismo Jesús de Nazaret. También en tiempos de Jesús corrían diversas opiniones sobre su persona, pues tampoco en aquel tiempo dejaba indiferente a casi nadie. Las distintas opiniones sobre la identidad de Jesús tenían sobre todo, como era lógico en aquel tiempo y contexto social, una clave religiosa. De ahí que las respuestas que los discípulos dan a la pregunta inicial de Jesús, “¿qué dice la gente que soy yo?”, apunten a la figura más característica de la experiencia de Israel, el profetismo: Juan el Bautista, Elías, uno de los antiguos profetas. Pero esta primera pregunta no es más que el preámbulo de la verdadera pregunta, la que en realidad importa: “y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”; es decir, tú, ¿qué dices de mí? ¿Quién soy yo para ti? Es una pregunta inevitable, que todo creyente en Cristo tiene que plantearse alguna vez, o, mejor, que Jesús, de un modo u otro, plantea inevitablemente a todo creyente.

Esto es así porque la fe, en muchos casos heredada por tradición, tiene que ser en algún momento asumida personalmente. La pregunta se plantea y puede ser respondida sólo después de un cierto conocimiento de Jesús. Por eso, en la experiencia de muchos de nosotros, no es preciso denigrar, como a veces se hace, el hecho de haber recibido la fe en la infancia, como si esto fuera una pura imposición. Que no lo es necesariamente, lo revela el que siempre llega el momento en que hemos de asimilar como propio (o rechazar) el bagaje (no sólo el religioso) recibido en los primeros años de nuestra vida. De hecho, así se puede entender el hecho de que Mateo narre este episodio justamente en la mitad de su evangelio, cuando, tras un breve y aparente éxito inicial, muchos de los que siguieron a Jesús lo han abandonado, y él se dirige a Jerusalén, donde le espera la muerte en Cruz. Se trata de una encrucijada vital en la que los discípulos tienen que definirse y tomar partido. Lucas, en el texto que hemos leído hoy, subraya otro contexto de la pregunta, no menos importante: es un contexto de oración. Indica, significativamente, que se trata de la oración de Jesús a solas, a una soledad a la que se acercan los discípulos. Es decir, los discípulos rompen la soledad de Jesús (los discípulos verdaderos son lo que no le dejan solo), y, además, se introducen en su misma oración. La oración del cristiano significa participar en la oración de Cristo: retirarse para orar no es apartarse, sino entrar en relación, en primer lugar con Jesús; y, a partir de Él, con todo el mundo. Y es, precisamente, este contexto de oración y de relación viva con Él el que permite responder adecuadamente a la pregunta. La respuesta de Pedro, en nombre de todos los demás, no es una respuesta estándar, una opinión común, o una mera verdad teórica aprendida en algún libro y sin implicaciones vitales. No expresa lo que “se dice” de Jesús, sino la propia experiencia personal, mi respuesta a la pregunta dirigida a . Es decir, esta respuesta es una confesión de fe, que manifiesta una relación profunda de confianza y pertenencia. El que así confiesa habla de un vínculo vital lleno de consecuencias, positivas pero también peligrosas, pues está expresando la voluntad de compartir con el Maestro, en el que se reconoce al Ungido (Cristo) enviado por Dios, su vida y su destino.

El momento de la asunción personal de la fe implica, ciertamente, un paso hacia la madurez de la vida cristiana. No significa esto que se sepa ya todo, que se conozca todo lo que se sigue para la propia vida de esta confesión y este vínculo de fe. Significa que la relación con Cristo ya no es sólo cuestión de herencia cultural, de nacionalidad o de contagio sociológico, sino que es una decisión personal, y una decisión de fe, por la que se deposita la propia confianza en aquel que porta en sí el Reino de Dios y nos abre las puertas a la filiación divina.

Sólo cuando se ha dado este paso hacia la fe madura se puede producir la revelación por parte de Jesús del sentido, extraño y paradójico, de su mesianismo. No se trata de un mesianismo triunfal, que se impone y vence por la fuerza sobre los enemigos, sobre los “demás”, por ejemplo, sobre el invasor romano, o sobre los que no confiesan su nombre. Al contrario, Jesús empieza a hablar desde este momento (precisamente a sus discípulos, al pequeño círculo de los que han dado este paso de fe) de la necesidad de que el Hijo del hombre sufra, sea rechazado, condenado y entregado a la muerte.

Incluso para los creyentes que han dado el paso de una confesión personal resulta difícil aceptar images-2este extraño mesianismo. Todos tenemos metida hasta los tuétanos la idea de una victoria sobre los que, de un modo u otro, consideramos enemigos o rivales. Sin embargo, si en el caso de Cristo hubiera sido así, si hubiera usado su autoridad y su poder para derrotar, someter o destruir a “otros”, a determinados grupos, por ejemplo, nacionales, como los romanos invasores y ocupantes de su patria, o ideológicos, como los saduceos y los herodianos, detentadores del poder y colaboracionistas, o cualesquiera otros, lo único que habría hecho es instaurar una división más entre los seres humanos, entre “buenos” (en cualquier sentido) y “malos”, entre propios y extraños, entre amigos y enemigos. Al entregarse a la muerte, Jesús, en primer lugar, asume el destino de todos los seres humanos sin excepción, pues todos hemos de pasar por el amargo trance de la muerte; al asumir una muerte violenta e injusta, no se somete simplemente al puro hecho biológico del final del ciclo vital, sino que toca y asume sus raíces morales, ese “no deber ser” con que nos topamos tantas veces en la vida, que algunos padecen con especial crueldad, y que pone en cuestión incluso el sentido relativo de nuestro breve paso por este mundo.

¿No son nuestras cerrazones, nuestros egoísmos, nuestra tendencia a excluir y discriminar por cualesquiera motivos, una de las raíces principales del sufrimiento de los hombres y de las injusticias de nuestro mundo? Somos proclives a levantar murallas físicas, psicológicas, legales, que nos separan de “otros”, considerados indeseables en cualquier sentido. Es evidente que Jesús no ha venido a establecer nuevas fronteras, sino a eliminar y superar precisamente aquellas que son fruto del odio, la discriminación y la injusticia (pues aquí, es claro, no estamos hablando de problemas administrativos ni aduaneros). Pero, si esas fronteras excluyentes e injustas provocan sufrimiento y muerte, Jesús ha asumido ese precio para, removiéndolas, hermanarnos a todos en torno a sí, hijo del Padre, haciéndonos partícipes de su misma filiación. Lo entendió bien Pablo cuando exclama que la fe se expresa en el bautismo, por el que nos revestimos de Cristo y superamos así esas barreras raciales y religiosas, nacionales, sociales y sexuales, de modo que, en él, podemos descubrir los profundos vínculos que nos unen.

images-1Aceptar a Cristo por la fe, como Pedro hoy, significa aceptar el mesianismo de la Cruz, y esto implica aceptar la cruz en nuestra vida cotidiana. Seguir a Jesús, negarse a sí mismo, tomar la cruz de cada día, todo esto significa asumir el límite propio y ajeno, y no hacer de él una excusa para no amar, para excluir o para aislarse. Existen límites de muy diverso tipo que separan y enfrentan. Asumir el límite y tratar de superarlo es como morir un poco, pues ello comporta sufrimiento. Pero ese es el precio del verdadero amor. Ama de verdad el que está dispuesto a sufrir por la persona amada. Y el que acepta el reto del amor ya no acepta barreras, fronteras y divisiones que nos hacen extraños unos a otros, sino que, sabiendo que no siempre es fácil, que no hay garantías absolutas de éxito, que, en ocasiones, esa forma de vida comportará sufrimiento, pese a todo, vive abierto y dispuesto a reconocer en cualquier hombre o mujer, sin importarle su raza, condición social, ideología o confesión religiosa, a un hermano y hermana suya. Con frecuencia esa actitud tendrá la apariencia de una derrota, de una pérdida, de una negación, pero, al estar vinculada al Cristo en quien hemos depositado nuestra fe y nuestra confianza, y que murió por amor y resucitó para darnos nueva vida, se tratará en realidad de una victoria definitiva, de una ganancia que ya nadie podrá arrebatarnos

Domingo 5 de Pascua (C)

abril 23, 2016

Hechos de los apóstoles 14, 21b-27 Contaron a la Iglesia lo que Dios había hecho por medio de ellos

Apocalipsis 21, 1-5 Dios enjugará las lágrimas de sus ojos

Juan 13, 31-33a. 34-35 Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros

 

La nueva Jerusalén y su ley

imgresDesde tiempo inmemorial los seres humanos han diseñado utopías, es decir, formas ideales de sociedad y de cultura en las que los males que afligen desde siempre al ser humano fueran, si no desterrados para siempre, sí al menos limitados hasta niveles soportables. Lugares y formas de organización social en los que se redujera al mínimo el llanto y el dolor, el mal y la injusticia, y se lograra hasta donde fuera posible poner un coto a la muerte. Estas utopías con frecuencia no han pasado de ser proyectos escritos (Utopía de Sto Tomás Moro es la más célebre, pero hay muchas otras: la República de Platón, La Ciudad del Sol de Campanella y otros); en algunas ocasiones se han ensayado en la práctica sobre bases distintas, religiosas (la Florencia de Savonarola, o la Ginebra de Calvino) o pretendidamente científicas (la utopía marxista).

Difícil es valorar la mera imaginación de las cosas, pero parece que hay consenso en que los ensayos de realizar estas repúblicas ideales han generado, prácticamente siempre, mayores males que los que pretendían remediar. Las pasiones, los deseos, la libertad imprevisible del ser humano han acabado por forzar a los utópicos a prescindir de parte de la humanidad a la que pretendían servir, a violentar la naturaleza humana en el lecho de Procusto de sus deseos utópicos. En síntesis, para remediar el mal hay que producir tanto mal que, al final, suele resultar peor el remedio que la enfermedad.

¿No es la visión de la “Nueva Jerusalén” una versión más de esas utopías sangrientas? En el texto del Apocalipsis alienta el anhelo inextinguible del hombre por un mundo sin mal, sin dolor, sin muerte. Pero aquí no se trata de un sueño que se pone de espaldas a la realidad concreta del hombre y que, por tanto, se niega a mirar cara a cara el mal real de nuestro mundo. La clave de lectura de la visión de la nueva Jerusalén está en el Evangelio que hemos leído en este quinto domingo de Pascua.

Es un evangelio un poco raro en el contexto del camino pascual Mafaldaque venimos recorriendo. Recordemos que se trataba de ir descubriendo aquellos lugares en los que era posible “ver” al Señor con los ojos de la fe: la comunidad de discípulos, la Eucaristía, los Pastores. En esta semana se nos habla de un centro fundamental (si no del centro fundamental) de la fe cristiana: el mandamiento del amor. Es así: esas presencias del Resucitado iluminan el misterio del amor que Dios nos tiene, y tienen sentido para hacer posible que nosotros, los seres humanos, vivamos de ese mismo amor. Pero el “amor” del que aquí se habla no tiene nada de romántico, no es un sentimiento de simpatía universal, ni tampoco está dirigido sólo a aquellos que “nos caen bien”, militan en nuestro partido o que piensan como nosotros… De hecho, el evangelio, con sus primeras palabras, nos retrotrae a los momentos anteriores a la Pasión de Cristo: “cuando salió Judas del cenáculo”. Aunque aquí no se cita, en ese texto se dice que “era de noche”. Es decir, volvemos de la luz a la oscuridad. Y se hace, creo, precisamente, para recordarnos que aquí no hablamos de una hermosa pero irreal utopía, además de peligrosa, por excluyente.

El amor del que aquí se habla mira cara a cara el mal, no lo rehúye, no crea “cordones sanitarios” contra sus posibles portadores (¡¿quién no es portador?!). Dios mira al ser humano real, con todas sus miserias, y las asume sobre sí, las hace suyas, pasa por ellas. El amor de que se habla aquí no es romántico, ni utópico, ni cerrado en el pequeño grupo sectario que se forma a base de la exclusión de los “impuros”; por el contrario, es fuerte, realista, difícil: es la actitud del que está dispuesto a dar su vida en bien de los demás, en los que ve a sus hermanos. ¿Quién es capaz de un amor así? CruzSólo hay una respuesta: Jesús. El amor que nos manda tener entre nosotros es el amor que él nos regala: “que os améis unos a otros, como yo os he amado”. Un amor que mira y asume la limitación y que, por eso, se encarna en lo concreto: un amor que soporta, es paciente, perdona, asume, escucha, que dice la verdad, pero sin rigidez, que da siempre una nueva oportunidad. Es el amor del día a día, el único que nos sostiene en la vida cotidiana, y cuenta por ello con los momentos de cansancio, de debilidad, de rutina, de crisis.

La luz del Resucitado nos da la fuerza para amar también cuando “es de noche”, es decir, en el momento de la cruz, sin utopismos, pero con horizontes de esperanza. La nueva Jerusalén ha comenzado, pero está en camino. Hay que sembrarla con ese amor realista y encarnado, que, porque no es romántico, no es excluyente (hasta el enemigo es objeto de él), sino abierto a todos: es el amor universal de la misión de la Iglesia de la que nos habla la primera lectura.

En esta quinta semana de Pascua la Palabra de Dios, al tiempo que se concentra en el mandamiento del amor (la sustancia de las presencias del Resucitado y el motor de la misión), se introducen dos motivos íntimamente unidos: el Espíritu Santo y la próxima Ascensión de Cristo, que marca el final del intenso período de las apariciones del Resucitado. Su marcha conlleva una cierta noche, pero no es un abandono (el fin de la utopía), sino una nueva forma de presencia: el amor no es ante todo un esfuerzo moral, sino la presencia del Espíritu Santo, el Espíritu de Jesús en la Iglesia y en los creyentes. Esa presencia alimenta nuestra vida cristiana e ilumina esas presencias del Resucitado que hemos contemplado en las primeras semanas pascuales.

Si es de noche en nuestra vida, hemos de saber que la luz del Resucitado opera ya en nosotros gracias al Espíritu Santo que Jesús nos promete. Aunque sea de noche es posible hacer el bien y realizar este amor concreto, realista y encarnado, para así ser fieles a los momentos de luz. Si, pese a nuestras debilidades y defectos, tratamos de vivir de este amor previamente donado, entonces estaremos realizando la misión de la Iglesia, pues por él “conocerán que somos discípulos suyos”. Y si lo hacemos así, por muy deficiente que nos parezca nuestro testimonio, estaremos adelantando esa “utopía realista” y ya operante en la historia humana: la nueva Jerusalén, en la que Dios enjugará las lágrimas de nuestros ojos, y ya no habrá muerte, ni llanto ni luto, ni dolor.